La historia de Marco Fulvio Aquila – Capítulo 7.1

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CAPÍTULO 7 – LA CAZA

 7.1

A pesar de que el día amaneció gris y nublado el calor era asfixiante, debido a la humedad. Los pretorianos, en formación en uno de los patios, sudaban copiosamente mientras esperaban a la centuria[1] que venía a relevarlos. Algunos de ellos espiaban el cielo confiando en que llegase la lluvia, pero ninguno osaba dar muestras de sufrir el calor. Finalmente había llegado el momento que deseaban, partían para dedicarse a su cometido: proteger al emperador y acompañarlo en una campaña que se anunciaba larga y dura. Además, su jefe, montado en su corcel bayo, les estaba pasando revista.

Rapax controló por enésima vez a sus hombres. Sabía que todo estaba perfecto, como pocos instantes antes,  pero tenía que hacer algo mientras esperaba el relevo. Algo que le evitase tener que buscarla con la mirada en alguna de las ventanas del palacio, o cerca de su hijo, que en esos momentos estaba hablando con los esclavos que terminaban de colocar sus pertenencias en una pequeña carreta. Inspiró con fuerza, y pudo notar una ligera esencia de rosas, el olor de Lucrecia, que llevaba aún impregnado en su piel. No había tenido tiempo de bañarse, sólo de asearse con un paño húmedo; ya tendría ocasión de hacerlo esa noche. Hubiese preferido que el cónsul Sura efectuase el trayecto que tenía pensado en un primer momento, dando un rodeo hacia el norte en lugar de dirigirse hacia el este. Atravesarían la península hasta Aternum[2], y desde ahí embarcarían para cruzar el mar Adriático. Dirigirse hacia el este significaba tomar la via Tiburtina y pernoctar en Tibur, deshaciendo el camino que había recorrido junto a ella tres días antes. Rapax resopló, molesto a causa del calor y de él mismo. Tenía cosas muy importantes en las que pensar, como para preocuparse de esencias de rosas y caminos recorridos juntos. Pero no se arrepintió de haberle dicho ayer lo que sentía por ella. Tenía la extraña sensación de que no podía dejar asuntos pendientes antes de irse. Quizás fuese todo debido a aquel hombre… su hermano, que estaba junto a la ornatryx de Lucrecia en un rincón del patio. Vio que el joven esclavo que había terminado de colocar las pertenencias de Publio en el carro se acercó a la pareja, y se abrazaron. Ahora entendía a qué se debía la mirada lúgubre de Quinto al partir de palacio; se había dado cuenta de que su subalterno había puesto los ojos en la bella esclava, pero no tenía nada que hacer con ella. El muchacho regresó al carro y mientras Marco consolaba a Imilce los hombres cruzaron sus miradas, incrédulos aún por el destino que los había unido. No habían podido hablar a solas desde que el hispánico supo quién era, pero Rapax lo prefiría así. Le interesaba sólo saber quién era su padre, el hombre de la Medusa, pero probablemente, ni Marco lo sabría. Tenía quince días de dura marcha por delante al lado del cónsul Sura; él sí que lo sabía, y esperaba poder preguntárselo.

Finalmente escuchó el ruido inconfundible de un grupo de soldados en marcha; la centuria formó en el patio y saludó al oficial que tomaba el relevo. Montó en su caballo y dio la orden de partida, se unirían con Sura y el resto de los especulatores a las puertas del Castro Pretorio. Dejó que Publio encabezase la marcha, y el muchacho se ruborizó por el honor concedido. No era algo que permitiese el reglamento, pero se trataba sólo de pocas millas, hasta llegar al Castro Pretorio.

Giró su caballo y cuando estaba a punto de salir del patio, percibió un movimiento fugaz en una esquina. Se dio la vuelta, ella estaba ahí, medio escondida detrás de una columna. Detuvo su caballo en medio del patio. Lucrecia contenía la respiración; el conjunto formado por Rapax y Dominator formaban una estampa de increíble belleza. El animal era muy grande, los talones del hombre no llegaban a sobrepasar su vientre; el pelo blanco de la bestia se confundía con el color de la túnica y la capa. El pretoriano, con su coraza brillante, las plumas blancas que coronaban su casco y su porte altivo, no tenía nada que envidarle al mismísimo Marte.

La miraba fijamente; tras un toque ligero de las riendas y unos golpes con los talones, su montura relinchó, retrocedió unos pasos y dobló las patas delanteras, inclinándose hacia donde ella estaba, a modo de saludo. Él se mantenía en equilibrio a pesar de que el caballo estaba muy inclinado hacia delante. La tensión evidente de los muslos contrastaba con su rostro relajado, como si no estuviese haciendo esfuerzo alguno a pesar de que en esa posición muchos jinetes, tan expertos como él, habrían acabado de bruces en el suelo. Con una orden el caballo relinchó y se levantó sobre las patas traseras, caracoleó varias veces y antes de emprender el galope Rapax se giró de nuevo para mirarla, sonrió y partió a toda velocidad, levantando una nube de polvo.

Lucrecia, escondida detrás de la columna, sonrió a su vez y levantó la mano, aunque él ya no la veía. De repente, su sonrisa se heló en su rostro. Recordaba con claridad las palabras de la que fuese emperatriz, “¡No hay sitio para el amor entre estas paredes! ¡Aquí dentro el amor se convierte en odio!” pronunciadas apenas unos momentos antes de que empezase todo. ¿Era una premonición? Ella se negaba a aceptar de forma pasiva su destino. Ya había obedecido una vez, se había doblegado a los usos y las tradiciones. Recordó con asco su noche de bodas y la comparó con la que acababa de pasar con el hombre que había abandonado el palacio hace unos instantes. Haría todo lo posible para que fuese suyo para siempre, no le importaba quién era, los tiempos estaban cambiando. Los cargos, los títulos y los honores no estaban ya ligados inexorablemente a un origen noble, o a las tribus fundadoras de Roma. ¿No era acaso su familia la mejor prueba de ello? Quizás Rapax no fuese caballero por nacimiento, pero bastaba poco para que así fuese, el sello del emperador en un pergamino. Sería un escándalo, pero no le importaba. Que hablasen. Podría soportar cualquier humillación con ese hombre a su lado. Pero ¿cuándo? ¿Cuándo regresaría? ¿Y por cuánto tiempo?

Se giró y vio a Imilce, un hombre estaba con ella. No era posible ¿era él? Se acercó con disimulo, escondiéndose detrás de las columnas. La pareja estaba hablando y pudo oir a Imilce pronunciar su nombre, Marco. Había vuelto. Una vez más Imilce tenía algo que se le negaba a ella. Notó de nuevo, como años atrás en Itálica, una ola de odio ciego creciéndo dentro de su pecho. Ya los alejó una vez, podría hacerlo de nuevo si se lo propusiese. Pero estaba cansada, muy cansada. Regresó a sus estancias, entró despacio, soltándose el pelo, que llevaba recogido. Cogió un espejo, y se observó en él; le quedaban alrededor de los ojos restos del polvo de tinta de sepia con la que Acte la había maquillado la noche anterior, y el rojo del minio usado para sus labios se había difuminado y corrido alrededor de su boca. Pensó al ver su imagen reflejada que parecía una viuda, con el largo cabello suelto y sin peinar, desaliñada y con los ojos hinchados. Como manda la tradición siguió así el cuerpo de su marido de camino a la pira, pero entonces no sentía dolor ni vacío, sólo alivio. Sin embargo, aquella calurosa mañana de verano se sentía tal como debió sentirse años atrás en Itálica: sola, desvalida, rota. Se acercó hasta su cama y cogió la cajita de marfil que estaba a los pies de la lucerna, con forma de Mercurio alado. Al verla, se le ocurrió algo. De joven no había sido nunca demasiado religiosa, probablemente porque la vida no había hecho más que sonreírle hasta aquel momento. Pero cuando se casó descubrió que la vida estaba hecha también de momentos amargos, y empezó a rezar con convicción, y a seguir los ritos.

Colocó la cajita al fondo del larario[3], no sin antes abrirla de nuevo para cerciorarse de que el focale[4] de Rapax estaba aún en el interior. Buscó dos estatuillas y las puso a ambos lados de la caja: Mercurio para que lo protegiese durante el viaje, Marte para que esquivase los golpes del enemigo. Encendió algunas pequeñas lucernas, se arrodilló delante del altar y rezó con todas sus fuerzas, sujetando entre sus manos otra figurita, que representaba a su hijo.

“Dioses, protegedlos. Cuidad de mi vida” – murmuró en voz baja.

Regresó hasta su cama; se quedó sentada, mirando al vacío, no supo durante cuánto tiempo. No fue mucho, sólo hasta que Acte e Imilce entraron en las estancias y empezaron a abrir las cortinas. Imilce estaba seria, pero serena; hasta que Acte dijo algo y sonrió.

– “Imilce” – dijo Lucrecia sin levantar la voz, disimulando la rabia que sentía dentro de ella. Haciendo un colosal esfuerzo, dirigió una sonrisa a su esclava mientras se sentaba en una pequeña silla de mimbre, delante de su tocador. – “Péiname”.

– “Sí, domina. ¿Qué peluca quiere usar hoy?”

– “Ninguna. Sólo cepíllame, me voy a acostar, no voy a salir. Creo que dormiré” – dijo mientras acariciaba una botellita azul que contenía un potente narcótico.

– “¡Acte! Dame agua”.

En un instante la esclava apoyó un vaso de cristal sobre la mesa. Lucrecia echó unas gotas; cuando estaba a punto de apartar la botella vertió algunas más. Las suficientes para garantizarle un sueño profundo durante unas horas, que aflojase aunque fuese por un momento el nudo que notaba en la garganta.

Levantó la copa y empezó a beber.

– “Imilce, creo haberte visto con Marco en el patio. ¿Desde cuándo está en Roma?” – preguntó con una sonrisa y un tono inocente de voz.

Imilce detuvo su mano durante unos momentos; disimuló, como si estuviese simplemente separando algunos mechones del pelo de la tupida cabellera de su señora.

– “No mucho, domina. Lo volví a ver hace sólo pocos días”.

Lucrecia apuró la copa y sonrió.

– “Estarás muy contenta, volverlo a ver tras tantos años. ¿Cuántos?”

– “Quince años”.

– “Una vida” – contestó Lucrecia, mientras la observaba en el reflejo del espejo que acababa de coger. Imilce se preguntaba si los habría visto en el patio con Manio. No fue así, Lucrecia llegó cuando el carro había salido, pero Imilce sabía que su señora sospechaba quién era el padre de su hijo, se lo dio a entender hace unas noches, pero no estaba segura de ello.

– “¿Y qué hace en Roma?” – preguntó sin perder la sonrisa.

“Trabaja en el tabularium, domina. Hace de traductor”-

– “¿Traductor?”

– “Al griego. Era la lengua de su madre, y además de estudiar con Pausanias ha vivido algunos años en Atenas.”

– “¿Y qué hacía en Grecia?”

Imilce seguía peinando los largos cabellos de Lucrecia, inquieta. Sabía que no tendría que entrar en detalles, pero había visto pocas veces a su señora tan tranquila, osaría decir que incluso, apacible.

– “Estaba con Pausanias”.

– “Ah ¿estaban juntos? Un misterio de familia solucionado, entonces”. – contestó Lucrecia. Levantó la mano derecha, e Imilce dejó de peinarla. La patricia se giró, mirando a Imilce con expresión calmada.

La esclava bajó la mirada y se dispuso a limpiar los peines. Se sintió desfallecer cuando escuchó la siguiente pregunta de su señora.

– “¿Cuáles son vuestros planes?”

Imilce la miró. Tenía las manos sobre el regazo y la observaba, esperando su respuesta con una sonrisa en los labios.

– “¿Planes?”

– “Sí, planes. Él es un liberto, con una buena posición, puede formar su propia familia” – contestó Lucrecia. Imilce no daba crédito a sus oídos, quizás Acte tuviese razón, y que su señora accediese a liberarla antes del regreso del emperador y de su hermano Adriano.

– “El emperador le prometió a Marco que si alguna vez necesitaba algo, no dudase en pedírselo”.

– “El emperador es una persona generosa, lo sabemos todos” – contestó Lucrecia. “Y… ¿qué le pediría en estos momentos? Si estuviese aquí, claro.”

Lucrecia bostezó. El bebedizo empezaba a hacer efecto y notaba sus párpados pesados.

– “Mi libertad”. – contestó Imilce.

– “Es una pena entonces que el emperador no esté. Una pena, pero no una tragedia. Yo podría…”

Imilce creyó morir de felicidad al oir las palabras de Lucrecia, que sonreía, tranquila y relajada. Tomó valor, y se postró a sus pies.

“Por favor, domina, si usted quisiera, podría escribir a su hermano para que me concediese la libertad. ¡Por favor!”

Lucrecia se arrodilló al mismo nivel de Imilce, le puso un dedo debajo del mentón y la obligó a levantar la mirada. Imilce notó cómo se le helaba el corazón al ver el rostro de su señora. La sonrisa había desaparecido, su expresión era impasible, gélida. Le habló en voz muy baja.

– “Tú lo has dicho, si yo quisiera. Pero no quiero. Nunca te daré la libertad ¿me has oído? Nunca. Naciste esclava y morirás esclava”.

Lucrecia se levantó, perdió el equilibrio y estuvo a punto de tropezar con la mesa, mientras que Imilce, aún postrada en el suelo, lloraba desconsolada. De repente, interrumpió su avanzar incierto y se rió con tantas ganas, que al final logró tirar todo el contenido de la mesita al suelo. Era tan fácil hacerle daño a Imilce, tan increíblemente fácil que no encontraba siquiera gusto al hacerlo; la pasión, el amor hacia un hombre, te vuelve vulnerable, ella misma se estaba dando cuenta. Para Lucrecia, tal sentimiento era una novedad. Aunque amase profundamente a su hijo, el vacío increíble, la angustia, la sensación de vértigo que advertía, no tenían nada que ver con el hecho de que Publio hubiese empezado con aquel viaje su vida de adulto. Era algo para lo que se había preparado durante años, no para ese otro sentimiento que había despertado en ella el pretoriano en los pocos días que estuvieron juntos. No podía soportar el hecho de que él no estuviese a su lado mientras que Imilce tuviese a Marco; sabía que no podría negarse a una orden de su hermano o del emperador para liberarla si así lo deseaban, pero aún faltaba tiempo para eso. Mientras tanto, podía golpearla en el mismo lugar que le dolía en aquellos momentos, ese punto indeterminado entre las costillas, donde notaba una especie de puñal que hería sin rasgar la carne. Lucrecia, que seguía dando la espalda a su esclava volvió a hablar, muy despacio, fría, indiferente.

– “No te voy a necesitar más hoy. Eres libre… hasta mañana por la mañana. Tienes que instruir a la ornatrix de Pomponia Rubiria, la mujer del senador Graco. Además dentro de un par de días empieza la temporada de carreras en el Circo Máximo; quiero que te inventes un peinado que haga sombra al de esa amargada de Plotina, quiero que no se hable de otra cosa en toda Roma, hasta que…”

Lucrecia se dio la vuelta y taladró con la mirada a Imilce, que se estaba levantando del suelo y limpiándose la cara. Prosiguió su discurso.

– “… hasta que partamos a Baia.” – la mirada inquisitiva de Imilce dio pie a que Lucrecia lanzase otro de sus golpes – “Claro, no tienes idea dónde está Baia ¿verdad? En el sur, Campania, cerca de Neapolis. El senador Graco, siempre tan atento, me ha invitado a pasar un mes en su Villa, toda la Roma que cuenta, deja la ciudad en verano. Sí, descansa hoy, Imilce. Creo que vas a estar muy ocupada próximamente. ¡ACTE! Que no me moleste nadie”.

Lucrecia desapareció detrás de las cortinas acompañada por Acte, que miró con compasión a su amiga.

– “¡Venus! ¡Ayúdame! ¡Doce! ¡Qué salga un doce! ¡SI!”

Marco estaba cenando en la popina de Cyprianus, y se dio la vuelta para ver de dónde venían esos gritos; en el extremo opuesto de la sala, cuatro hombres estaban jugando a dados, levantando la voz.

– “Esos de ahí nos van a traer problemas” – decía nerviosa Galia, la mujer del tabernero, mientras secaba unos vasos. – “Como pase una patrulla de la cohorte urbana y entren a ver que es esta algarabía… Está prohibido jugar a los dados fuera de la Saturnalia[5] ¡nos pueden cerrar el local!”

– “Mujer, tengo que hacer la vista gorda, como hacen todos. Ya no ofrecemos los…’extras’, nos faltaba prohibir que se jugase ¡no vendría nadie!”

– “Ha sido idea suya ¿verdad?” – dijo Galia señalando al esclavo de Marco, que estaba recogiendo una mesa – “Desde luego…” – la mujer se giró de espaldas al marido y se dedicó a limpiar con saña el banco.

Marco siguió comiendo, sin demasiado apetito y sumido en sus pensamientos, sin darse cuenta de que Saturnio se había acercado.

– “Qué callado que está usted hoy, ‘dominus’. Bueno, aún más callado que de costumbre, quería decir. Y con lo elegante que está, preciosa la túnica. Aunque la verdad sea dicha, el color negro y la piel en verano como que dan un poco de agobio ¿no?”

– “La ha elegido Imilce” – concluyó Marco, pensativo.

Saturnio, al ver que su señor no le daba charla, siguió con su trabajo. Marco no dejaba de pensar en lo que le había contado Imilce cuando la encontró aquella tarde al salir del Tabularium, sentada en una esquina. Lo estaba esperando desde hacía horas, escondida en un rincón tranquilo. Llevaba bajo el brazo un bulto, una túnica nueva que le había comprado por la mañana, cuando salió del palacio sin saber exactamente a dónde ir. Dentro de pocos días Lucrecia volvería a alejarla de su lado y se la llevaría a Baia. Imilce estaba convencida de que lo hacía a propósito, porque les había visto en el patio; sin embargo Marco creía que podría tratarse de una simple casualidad. Según le habían dicho era algo habitual que los patricios pasasen los días más calurosos del verano lejos de la humedad oprimente de Roma. Le dolía profundamente tener que estar tantos días lejos de Imilce cuando la acababa de encontrar, pero por otro lado, no estarían separados más de un mes. Y, cuando la guerra terminase, o incluso antes, si su domina lo quisiese, Imilce sería libre. Le contó también uno de los muchos cotilleos de Acte, que la rabia de Lucrecia se debía al hecho de que Rapax, el pretoriano, había dejado la ciudad. Marco no había logrado aún asimilar el hecho de que, el que era hasta hace poco tiempo su enemigo, fuese su hermano. Por otro lado, Rapax también estaba emparentado con la que, según Acte, era su amante, aunque tal relación no podía definirse incestuosa: el Palatino había sido testigo de uniones mucho más ilícitas que la de dos primos de segundo grado. No le había dicho aún a Imilce quién era su padre, y pensó que quizás era mejor esperar a que fuese libre.

Saturnio se sentó a su lado, mientras el vocerío de la mesa con los jugadores de dados aumentaba, si cabe, aún más de volumen.

– “Dominus, creo que Galia tiene razón, esos traerán problemas. Tres son compinches, están desplumando al cuarto. Le han hecho ganar algunas partidas, pero ahora lo están despellejando vivo. Es el turno de uno de los timadores, cambiarán los dados, fíjese”.

Marco cambió de asiento y se colocó al lado de Saturnio, para poder ver mejor la mesa de los jugadores. El más joven de ellos, un hombre rubio y fuerte, a todas luces ya muy borracho, acababa de perder todo lo que había apostado tras haber sacado sólo pocos puntos. El hombre mascullaba de vez en cuando palabras incomprensibles para sus compañeros; sin embargo, Marco sabía en qué lengua estaba hablando. Era griego, y en particular el dialecto que se hablabla en Macedonia, el mismo idioma en el que le hablaba su madre cuando era pequeño. Sus miradas se cruzaron un instante, por casualidad; el hombre miraba sin verlo, abrumado por los vapores del alcohol, un punto indeterminado detrás de Marco. Había algo en él que le resultaba familiar, pero no lograba entender qué. Gracias a este detalle y a las indicaciones de Saturnio, observó con mayor atención a los jugadores. En efecto, vio cómo uno de los cómplices pasaba por debajo de la mesa algo al que estaba a punto de tirar. Probablemente eran dados trucados, pues el individuo lanzó y sacó once puntos. El estafado, en un momento de lucidez, se dio cuenta de los movimientos extraños de sus compañeros de juego e intentó aferrar el brazo del que acababa de pasar los dados. Uno de ellos sacó un pugio[6] con el que intentó apuñalarlo, pero éste esquivó el ataque, recibiendo sólo un corte superficial. Sin embargo, no pudo evitar el puñetazo de otro de los hombres, que lo dejó sin sentido. Marco se abalanzó sobre la mesa, cogió por el cuello a uno de los criminales mientras que con una patada fulmínea desarmó al hombre del puñal. Con pocos y certeros golpes, y gracias a la ayuda de Cyprianus y Saturnio, los timadores dejaron la popina, huyendo maltrechos por las estrechas calles de la Subura.

El hombre rubio seguía inconsciente sobre la mesa; Marco se acercó y lo examinó. Recobraría el sentido en poco tiempo, y al verlo más de cerca sus sospechas aumentaron. Habían pasado muchos años, pero el parecido era innegable. Rubio, corpulento, con una cicatriz en la barbilla, si de verdad era quien sospechaba tenía una marca muy peculiar. Giró el cuello del hombre y encontró lo que buscaba: una mancha de nacimiento en la nuca, un trozo de piel más oscura con forma de media luna.

– “Saturnio, Cyprianus, ayudadme a llevarlo arriba”.

– “¿Por qué?” – contestó el hispánico, de mala manera.

“Sé quién es” – dijo Marco como toda respuesta.

Cargaron con el hombre hasta el antiguo palomar, y lo apoyaron sobre el camastro de Marco. Apenas salió Cyprianus de la habitación el herido se empezó a lamentar, incorporándose en el catre, sujetándose la cabeza con las manos. Marco le dio un vaso con agua.

– “No es nada, dentro de un rato se te pasará. Bebe.” – bebió con ganas y levantó la mirada. Se lo quedó mirando, extrañado.

– “¿Te conozco?”

– “Sí, te llamas Krytios, naciste en Itálica, tu madre se llamaba Areté”.

– “¿Cómo sabes…?” – el hombre no apartaba la mirada de Marco, que se estaba acercando a la cama sujetando una lucerna a la altura de la cara.

– “Han pasado muchos años. Soy…”

– “Marco” – contestó el hombre – “No puede ser… Tú…”

“¿Qué haces en Roma?”

– “Hasta hace un rato, dejar que me robasen como un pardillo. Estaba celebrando que mi último ‘dominus’ me ha liberado en su testamento”.

Marco resopló, recordando la increíble historia de Saturnio. Krityos, al ver la mueca de sarcasmo dibujada en su cara, sacó un rollo que llevaba escondido en un pliegue de la túnica, y se lo lanzó con desprecio.

– “No te estoy mintiendo, léelo. Lo haría yo mismo, pero recuerda, no merecía que me enseñasen a leer”.

Marco atrapó el rollo que Krityos le había lanzado, y lo leyó.

– “Si no tienes dónde ir, quédate todo el tiempo que quieras. Te lo debo” – le dijo.

– “Por supuesto. Pero me debes mucho más que este catre lleno de pulgas” – contestó Krytios escupiendo al suelo.

– “Dominus ¿pero qué dice éste?” – cortó Saturnio, que no se había perdido detalle de la conversación.

– “¿No lo sabes?” – le contestó – “Claro… Estoy seguro de que no se lo ha dicho nunca a nadie. Es más, si su madre está muerta probablemente suspiró aliviado al llevarse su secreto a la tumba”.

Marco se acercó y lo cogió del cuello de la túnica.

– “¡Lo hicieron todo nuestras madres! ¡Desaparecísteis al día siguiente! ¡No supe nada!”

– “Sí, claro. Y no preguntaste ¿verdad? Cómodo…”

– “φίλος[7]

– “¡No me llames así!” – gritó Krytios abalanzándose sobre él. Saturnio intentó separarlos como pudo; los dos hombres estaban forjeceando, Marco lo empujó e hizo que Krytios cayese sobre el catre.

– “¡Basta ya! ¡Quietos los dos! Dominus, con usted uno no se aburre, desde luego, no hay día que no pase algo. ¿Se puede saber qué sucede?”

– “Cuéntaselo, Marco, díle quién soy”. – respondió Krytios mientras se levantaba de nuevo de la cama y recorría a grandes zancadas la habitación, limpiándose con la mano el hilo de sangre que tenía en el brazo.

– “Es mi primo. Su madre y la mía eran hermanas, crecimos juntos en la misma casa, en Itálica”.

Krytios se detuvo y señaló a Marco con el dedo.

– “Y ahora, cuéntale el resto. Imagino que Pausanias siguió dándote clases de retórica, estoy seguro de que serás capaz de contar una bonita historia”.

Marco carraspeó; Saturnio no daba crédito a sus ojos, era la primera vez que veía a su amo inseguro.

– “Una noche en que los amos no estaban en casa convencí a Krytios para que jugásemos en el atrio con las máscaras de los antepasados de la familia. Él no quería, pero yo insistí, diciéndole que no se atrevía porque tenía miedo; le dije que no eran más que trozos de cera, que los espíritus de los Ulpios no estaban encerrados en esas máscaras”.

– “Eso es algo muy típico de usted” – replicó Saturnio, preguntándose hasta donde llegaría la incredulidad y el escepticismo de su dominus. Las máscaras de los antepasados eran las reliquias más sagradas de cada casa y el respeto por los ancestros era algo muy arraigado en cualquier romano, fuera de la clase social que fuese.

– “Él al final me hizo caso, se puso una y jugamos a que era un lemur[8] que me perseguía y me daba caza. Pero tropezó, cayó de bruces y la máscara se rompió. Le partió la barbilla, empezó a gritar, había mucha sangre. Llegaron nuestras madres y nos llevaron de ahí, fue la última vez que los vi, a él y a mi tía. Al día siguiente mi madre me dijo que no tenía que decirle a nadie lo que había pasado, que habían arreglado todo”.

Krytios se detuvo y contestó a Marco, mirándolo fijamente a los ojos.

– “La solución perfecta. Yo me llevaba todas las culpas de tal sacrilegio pero a cambio se me ahorraba la vida y teníamos que dejar aquella casa. El joven ‘dominus’, que es ahora nuestro emperador, no le negaba nada a tu madre. Era su favorita y tú eras el más valioso de los dos. Yo no era nadie, un pedazo de carne analfabeto, destinado a trabajos pesados, tu futuro era el de un liberto culto, educado. Te trataron siempre mejor que a mí. No he entendido nunca el motivo, pero así era.”

Marco sabía cual era el motivo, por qué él no fue acusado de tal sacrilegio y por qué Krytios, a pesar de haberlo sido, pudo salvar su vida. Su madre le pidió ayuda a Trajano y éste intercedió por los dos. Si no hubiese sido su hijo probablemente los habrían ajusticiado.

– “Y así, mientras él se quedaba en Itálica yo tuve que irme con mi madre. A Thessalonica, su tierra natal, Macedonia”. – concluyó Krityos, mirando a Saturnio.

– “¿Cómo te fue la vida?” – le preguntó Marco.

– “Mejor que a muchos, peor que a ti”. – contestó, mirándole con hastío.

– “No estés tan seguro de eso, Krytios. He pagado con creces el daño que te hice”.

– “Eso espero. Entonces ¿me vas a ayudar?”

– “Hablaré mañana con Pausanias, podrá encontrarte algo”.

– “¿Está en Roma? Haciéndote de niñera, imagino”.

– “No exactamente. Duerme”.

Krytios se tumbó sobre el catre, tapándose la frente con el antebrazo, bronceado y musculoso. Probablemente había pasado estos años realizando algún trabajo físico, al aire libre. Marco salió por la ventana que daba a la terraza, seguido por Saturnio. Se sentó en el rincón habitual, donde pensaba y reflexionaba, esperando otra noche en vela.

Saturnio se sentó a su vez, a su lado. De repente saltó como si lo hubiesen pinchado con un alfiler.

– “¡El arcón! Que le hemos dejado solo dentro, si se pone a husmear y da con el gladio…”.

Marco movió casi imperceptiblemente la comisura de los labios y tiró del cordón que llevaba siempre al cuello, enseñándole a Saturnio la llave: éste suspiró tranquilo.

– “De todas maneras, mucho ha tenido que cambiar Krytios para que se haya convertido en un ladrón. Tranquilízate, Saturnio”.

Marco jugueteaba con unas briznas de paja que había en el suelo, llevándose una de ellas a la boca.

– “Me preguntaste qué me pasaba hoy. Imilce se va a ir dentro de poco, se la lleva Lucrecia a Baia” – dijo mientras mordisqueaba el tallo seco.

– “¿Baia?” – Saturnio ladeó la cabeza – “No quisiera yo ponerle nervioso, pero ahí una Vestal resiste virgen dos días, como mucho”.

– “Gracias por el apoyo moral, Saturnio. Si estuviese el emperador aquí… Imilce podría estar conmigo para siempre, sería libre y viviríamos nuestra vida”.

– “¿Y qué tiene que ver el emperador?”

– “Me lo prometió. En la ceremonia de liberación, me prometió que si alguna vez quisiera algo sólo tenía que pedírselo. No lo hice entonces, cuando era sólo un legado. Ahora le pediría que concediese la libertad a Imilce. Lucrecia no se podría negar”.

Saturnio estaba callado, mesándose la barba y pensando; estaba haciendo cuentas con los dedos de una mano. De repente, alguna idea se le debió pasar por la cabeza, pues abrió la boca de par en par y se giró mirando a Marco con expresión asombrada, alejándose de él.

– “¡No puede ser!”

– “¿Qué no puede ser?” – Marco miró extrañado al hombrecillo, que lo apuntaba con un dedo y empezaba a mover las manos nerviosamente.

– “¿Pero usted no ha caído aún?”

– “¿Caer en qué?” – contestó Marco, que estaba empezando a ponerse nervioso.

– “Yo seré corto de estatura, pero no tonto. Nadie haría por un esclavo cualquiera lo que su ‘dominus’ hizo por usted. ¿Cómo ha dicho su primo? ‘Te trataron siempre mejor que a mí. No he entendido nunca el motivo’. ¡Yo sí que lo entiendo!” – Saturnio se levantó, dando saltos y moviendo rápidamente la mano derecha, como si se acabase de quemar con un tizón. Marco se levantó a su vez, y se acercó al hombre. “¡Anda mi madre que ojo que tuve al localizarlo en el Coliseo! Yo convencido de que usted es un pardillo y resulta que es el hi—”

Marco se abalanzó sobre Saturnio y le tapó la boca con la mano.

– “Te repito lo que te dije cuando me seguiste por la Subura, ten la boca cerrada”.

Saturnio, como aquella noche, asintió con la cabeza hasta que Marco quitó la mano.

– “¿Desde cuándo lo sabe?” – se atrevió a preguntar, con un hilo de voz.

– “Desde ayer por la noche. Fui otra vez al Castro Pretorio”.

Saturnio chasqueó la lengua.

– “Menos mal que es usted tan listo… ¿Y con quién se vio?”.

Marco miró de reojo al hombrecillo y sonrió.

– “Pausanias, el cónsul Sura… y Rapax”. Quería hablar con él, saber qué pasó la otra noche. Sin embargo he sabido que él también…”

Esta vez el mismo Saturnio se tapó la boca con las dos manos.

– “¡Por Baco, sus ménades y la madre que me parió! ¿Y qué haré yo la próxima vez que oiga que al emperador las únicas faldas que le gustan son las del uniforme de sus generales?”

– “Morderte la lengua hasta que sangres” – contestó Marco. – “He estado pensando, ese es el motivo por el que intentaron matarme en Atenas.”

– “¿Tenía usted razón? ¿Fue el pretoriano?” – Saturnio movió la cabeza de un lado a otro, se asomó por la terraza y se llevó de nuevo a su amo al rincón en el que estaban sentados. – “¿Su hermano intentó matarle?” – dijo el hombre en voz tan baja que a Marco le costó entender qué estaba diciendo.

– “Sí. Saturnio, si no me he vuelto ya loco no lo haré nunca” – dijo Marco agachando la cabeza, apoyándola sobre las manos. El hombrecillo le dio unas palmadas en el hombro; siguieron hablando, toda la noche. Para Marco fue un alivio poder desahogarse con alguien mientras que Saturnio intentaba encontrarle, sin éxito, algún parecido a su amo con las estatuas del emperador en el foro.

Mientras tanto, Rapax estaba galopando por las colinas de Tibur. Había cenado en casa de un edil de la ciudad, que vivía en la lujosa Villa que perteneció al denostado Quintilio Varo, el general que murió en los bosques de Germania tras haber perdido tres legiones[9]. Rapax, al subir una de las colinas, vio un templo circular blanco, al borde de un precipicio. Llegaba hasta sus oídos el suave murmullo de las cascadas del río Anio; dio un ligero golpe de talones a Dominator y se dirigió hacia el templo. Conocía la fama de aquel lugar sagrado, sede de la Sibila Albunea, pues eran muchos los peregrinos que la visitaban todos los días para interrogarla. Llegó a la explanada del templo; se acercó, atraido por una figura femenina, inmóvil delante de la rampa de entrada. La brisa nocturna mecía la túnica blanca de la mujer, morena, esbelta, con el rostro cubierto por un velo también blanco. La sacerdotisa entró en el templo, y Rapax la siguió. Era una mujer joven, de brazos blancos y tersos. Se sentó en un taburete muy alto, a los pies del mismo había un brasero y a uno de los lados un pequeño altar sobre el que descansaba un libro.

– “¿Qué quieres preguntar a la Sibila?” – dijo la sacerdotisa, hablando con una voz profunda, embriagadora y suave.

“Nada, si no es capaz de leer mis pensamientos”. – contestó Rapax. Sabía cómo trabajaban los supuestos adivinos, pues normalmente, en la pregunta de los peregrinos se escondía la respuesta que esperaban obtener. Rapax movió la cabeza y se dio la vuelta, cuando había dado apenas dos pasos, la mujer volvió a hablar.

– “Quieres saber quién es el hombre de la Medusa. La Sibila no puede decírtelo”.

Rapax se dio la vuelta, extrañado. De repente una nube de vapor se levantó del brasero a los pies de la sacerdotisa, quien empezó a gemir y jadear. La mujer se agachó y el velo cayó sobre el brasero, quemándose al instante, pulverizándose; se giró y al verle el rostro Rapax no pudo evitar dejar escapar un grito ahogado. El rostro que tenía delante de sí era el de una anciana decrépita y ajada, de cuya boca sin dientes salía una voz que no pertenecía a este mundo, una voz que eran cien voces a la vez.

La sangre de tu sangre con tu sangre salvarás

Tu vida que es tu vida más que la vida amarás

El hielo quemará

El final será el principio

El destino, Tartessos

 

La mujer cayó al suelo, jadeante. Rapax se acercó y la levantó para que pudiese respirar mejor y creyó enloquecer al ver el rostro de Lucrecia delante de él; la sacerdotisa sacudió la cabeza, ya no era el rostro de su amante, si no el de su hermana, Livia. Rapax se alejó y subió al caballo, partiendo con un galope desenfrenado.

Muchas millas hacia el sur, dos hombres estaban sometiendo sus cabalgaduras al mismo esfuerzo. A pesar de que el pretoriano salió de la ciudad varias horas antes, el britano era veloz como el viento y le estaba ganando terreno. Cuando se trataba de dar caza, Drachir no sentía el cansancio.

Fin de escena. Relato completo en la página dedicada

[1] Grupo de ochenta soldados

[2] Pescara

[3] Pequeño altar presente en cada casa para el culto doméstico

[4] pañuelo

[5] Fiesta celebrada a finales de diciembre en la que se basa el actual carnaval

[6] puñal

[7] Amigo

[8] espíritu

[9] En la batalla de Teutoburgo se perdieron la XI, XII y XIII legiones, y sus águilas fueron tomadas por los germanos. Al saber la noticia se dice que el emperador Augusto no dejó de gritar “¡Varo! ¡Devuélveme mis legiones!”

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