La Historia de Marco Fulvio Aquila – Capítulo 7.2

CM-2-65
Circo Máximo – pinchar para visualizar web de origen

12 días más tardeAnte diem XI Kalendas Augustas (20 de JulioOnce días antes de las calendas de agosto)

Quinto galopaba veloz. Si había algo que no soportaba eran las travesías por mar, y los días pasados a bordo de la nave de transporte militar en la que viajó desde Grecia hasta Asia, se le hicieron terminables. Él estaba hecho para el vaivén a lomos de un caballo, no para el precario equilibrio sobre unas tablas de madera a merced de Neptuno. Localizó la villa rústica a las afueras de Antioquía; durante la travesía pudo hacer pocas cosas además de memorizar el mapa y las instrucciones necesarias para llevar a cabo su misión. Desgraciadamente, algo más le facilitó la tarea: una columna de humo que se levantaba en el anocher.

Espoleó su cabalgadura y al subir una colina no pudo evitar murmurar No… no…no…al ver el espectáculo que tenía delante de sí en el fondo de un pequeño valle. La parte residencial de la villa estaba ardiendo. Llegaban hasta sus oídos el sonido de voces concitadas, gritos, y algo que conocía muy bien tras haberlo olido en el campo de batalla; el agrio hedor a muerte y carne quemada. Bajó de su caballo y se acercó hasta una explanada en la que habían colocado varios cadáveres, algunos de ellos completamente carbonizados. Una esclava de cabellos blancos y físico enjuto estaba arrodillada al lado de un cuerpo, cubierto de llagas y quemaduras, pero no carbonizado como los demás, sin lugar a dudas el de una mujer.

– “.. domina… domina…” – murmuraba la anciana. Ésta levantó la mirada del cuerpo inerte de su señora.

-“¿Quién era?” – preguntó Quinto, temiendo recibir la respuesta que sospechaba

– “Mi domina… Livia.” – contestó la mujer. Observó a su ama sin vida, y habló, más al cadaver que yacía inerte que al hombre que le había preguntado. – La gritar, luego el humo. Me acerqué, la puerta estaba atrancada, no tenía fuerzas para abrirla. Cuando finalmente la pudieron tirar abajo estaba en el suelo, muerta. Es ella, lleva puesta su pulsera favorita. Un brazalete egipcio, una serpiente de oro con ojos de esmeraldas. Del mismo color de sus ojos, se lo decía siempre:domina, el mismo color de sus ojosy ella sonreía.

 Quinto dejó a la mujer hablando consigo misma y se acercó a la Villa; la confusión era tal que nadie se preocupó en preguntarle quién era o qué hacía allí. Vio al dueño de la finca que daba instrucciones a unos esclavos, el incendio estaba prácticamente dominado. Cuando el grupo de hombres se alejó, Quinto recorrió la parte de la casa en la que se encontraban las habitaciones. Sin lugar a dudas el cubículo más dañado era en el que se había originado el incendio. Apartó los restos de la puerta y entró; una esquina de la pequeña estancia se había librado de las llamas. La pared estaba ricamente decorada con un fresco en tonos claros y motivos florales; un pájaro con un espléndido plumaje azul cantaba dentro de una jaula dorada. Algo le llamó la atención; una mancha oscura destacaba en la pared clara, quizás era hollín, se acercó. Quinto formaba parte de los especulatores, especialistas dentro del cuerpo de élite de los pretorianos. Su misión era, además de proteger al emperador, recoger información; su trabajo era dar importancia a un detalle que para cualquier otra persona habría pasado desapercibido. Pequeños indicios, como aquella mancha en la pared, o el bastoncillo que en esos momentos estaba recogiendo del suelo, de los que usan normalmente las esclavas para maquillar los ojos de sus señoras. No había ninguna mesita cerca y vio en el suelo, al lado de donde lo encontró, una pequeña vasija de barro con polvo de carbón. Necesitaba más luz; salió de la habitación en ruinas, recogió un trozo de madera que aún ardía, y lo acercó a la pared.

Había algo escrito en ella, no con la habitual escritura cursiva que en ocasiones era prácticamente imposible descifrar, sino en mayúsculas, claras, perfectas como la inscripción en un monumento:

HE LLEGADO ANTES

TE ESPERO EN EBURACUM[1]

DRACHIR

Quinto inspiró con fuerza, apretando las mandíbulas; golpeó con un puñetazo la pared, dejando en ella la marca de sus nudillos ensangrentados. Cuando estaba a punto de salir de la habitación, otro objeto llamó su atención: un rectángulo de madera, con los bordes ennegrecidos por el humo del incendio. Lo cogió. Se trataba de dos tablas de madera, del tamaño del palmo de una mano, unidas por un gozne dorado. Las abrió, había dos retratos en su interior. A la izquierda un retrato de mujer, a la derecha el de un hombre. Reconoció en el retratado al hombre que daba órdenes a sus esclavos en el patio; la mujer no podía ser otra que su esposa, Livia, la hermana de Rapax. El parecido era innegable: el hoyuelo en la barbilla, el color y la forma de los ojos, la misma mirada que daba a su superior un aire rapaz, en la mujer denotaba inteligencia. La retratada llevaba en su mano derecha un estilo, que apoyaba en sus labios carnosos. El pelo, de color castaño claro, estaba recogido con una redecilla de oro de la que escapaban algunos mechones ondulados. La mayor diferencia con su hermano era el color de su piel, muy blanca. Quinto miró el retrato, mientras la rabia y la vergüenza crecían dentro de su pecho. Sin saber muy bien el motivo, desenvainó su pugio y golpeó con fuerza el gozne dorado, separando los dos retratos. Cogió el de la mujer y lo guardó en una bolsa de cuero. No podía presentarse delante de su superior sin haber cumplido sus órdenes o, por lo menos, sin llevarle la cabeza del asesino de Livia, aunque le costase la vida. Se alejó de la villa sin llamar la atención, dirigiendo una última mirada al cuerpo semi carbonizado, cuyos puños en alto en un último y desesperado gesto por protegerse de las llamas le recordaban los brazos alzados en una plegaria; era como si aquel cadáver exigiese venganza. La comparación entre aquella forma grotesca y la mujer cuya belleza no marchitaría nunca gracias a la habilidad del artista que la retrató, le hirió profundamente. Montó en su caballo, preparado para deshacer el camino que lo había llevado hasta allí, guiandose por las estrellas y el hilo plateado de la luna menguante.

En esos mismos momentos otra persona alzaba sus ojos al cielo, aunque a muchas millas de distancia. Imilce buscaba el último retal de la luna en el cielo cubierto de estrellas, mientras la brisa del mar le acariciaba el rostro. Podía oir la música del banquete y las risas de los comensales. El senador Graco debía de ser un hombre increíblemente rico, si podía permitirse una villa tan lujosa, que nada tenía que envidiar al palacio imperial. Varias terrazas escalonadas se asomaban al mar, invitando a quien pasease en ellas a dejar perder su mirada en el Mediterráneo, pero ella no podía apartar los ojos de un tenue resplandor que provenía del sur. El gran volcán se había despertado; no con la violencia con la que años atrás destruyó Pompeya, Herculano u Oplontis. Todos le decían que no pasaría nada, que aunque la erupción fuese tan violenta como la de aquel entonces estaban demasiado lejos como para sufrir daño alguno. Si Marco estuviese allí le explicaría todo, y ella se quedaría más tranquila. Pero él no estaba, se había quedado en Roma. ¿Cuándo terminaría el verano? Apenas pasase el calor estival el senador, Lucrecia y los demás patricios regresarían a Roma, y volverían a verse.

Reconoció la risa cristalina de Lucrecia entre las de los demás invitados. El buen humor que se apoderó de ella desde su triunfo en el Circo Massimo no la había abandonado. Quiero que te inventes un peinado que haga sombra al de esa amargada de Plotina, quiero que no se hable de otra cosa en toda Roma, hasta que partamos a Baia– le dijo Lucrecia aquella noche aciaga. ¿Pero cómo? ¿Qué podría inventarse que rivalizase con las montañas de rizos y postizos de la emperatriz? Marco la acompañó en sus compras la mañana siguiente; estuvieron un buen rato dentro de la tienda del vendedor de pelucas y cada vez que el comerciante sacaba una novedad de la trastienda, Imilce negaba con la cabeza. Marco sonrió al ver su expresión preocupada. Quizás lo menos sea más” – le dijo guiñándole un ojo mientras la sacaba de la tienda. Ella sonrió a su vez, recordando aquella noche en la que Lucrecia se lamentaba de los picores que tenía que sufrir por la peluca. Tenéis mucho pelo, le había dicho a su señora. Claro, esa era la solución, Marco tenía razón, lo menos es más. En ese caso, los cabellos naturales de Lucrecia quizás fuesen menos sofisticados, pero eran mucho más bellos que aquellas cascadas de bárbaro pelo muerto; además, tenía mucha cantidad, la suficiente como para poder realizar sin necesidad de postizos el peinado que se le había ocurrido.

La mañana de las carreras, Imilce tenía todo preparado. No había tenido tiempo de probar el peinado en la hija del cocinero, la única en todo el palacio que tenía una mata de pelo parecida. Así pues, cuando su domina pasó a su lado antes de sentarse, desafiándola con la mirada, Imilce notó que le temblaban las piernas. Respiró profundamente y se puso al trabajo; hizo varias trenzas en las sienes que entrelazó con cintas de seda verde y perlas. Las unió en una más grande debajo de su nuca, moldeándola en un único rodete. Onduló su larga cabellera con el calamistrum[2], formando unos rizos suaves y amplios, no como los apretados tirabuzones que se encaramaban por la cabeza de la emperatriz. Al terminar se alejó unos pasos y, cabizbaja, esperó, con la misma ansia del acusado al escuchar el veredicto del tribunal, a que su señora hablase.

¿Ya está?” – dijo Lucrecia, girándose de repente hacia su esclava. – ¿Me dejas todo este pelo suelto?” – exclamó recogiendo con una mano los preciosos cabellos castaños que surgían debajo de las trenzas y el moño. No soy ni una furcia ni una viuda de luto, no si te has dado cuenta.

La patricia se levantó furiosa y se acercó al ventanal; en esos momentos una brisa ligera entraba por la ventana, haciendo flotar el cabello junto con las cintas verdes que lo adornaban. Acte, que no había abierto boca hasta el momento, se dejó escapar una exclamación.

¡Domina! ¡Estáis preciosa!

Hoy va a hacer mucho calor” – dijo Imilce, tomando valor. – “la peluca os provoca irritaciones y va a ser imposible no sudar, aunque estéis a la sombra. Estaréis mucho más fresca que las demás damas y había pensado también en maquillaros muy poco. Os sobra algo que a ellas les falta, una belleza natural. Tenéis una piel muy bonita… 

Imilce seguía hablando, sin saber muy bien lo que decía. Al ver que su señora no seguía gritándole, sino que se había quedado en pie, inmóvil, no supo cómo reaccionar, y dejó que las palabras saliesen atropelladas por su boca. Lucrecia, mientras tanto, estaba viendo, como si estuviesen delante de ella en esos momentos, a la emperatriz y a las demás empapadas de sudor que, cayendo por las sienes, formaba churretones con la pesada crema de blanco de zinc con la que se embadurnaban el rostro. Por no hablar del olor que desprenderían aquellas montañas de pelo embadurnadas de afeite bajo el sol implacable del mediodía de julio en Roma, por muy a la sombra que estuviesen. A su lado parecería una niña; además, la jornada que tenían por delante era larga, muy larga. Veinticuatro carreras de cuádrigas, con sus intermedios, entretenimientos, carreras de caballos. Puede que sus nobles parientes aguantasen con buen aspecto durante la primera competición, tres como mucho. Podía oír ya el murmullo del gentío que estaba empezando a ocupar sus localidades en las gradas. Tenía razón aquel hombre con el que cenaron en palacio hace unas noches, Terencio; no estarían aún ocupadas ni un cuarto de ellas y dentro del palacio el eco de las voces recordaba el zumbido de un panal.

Lucrecia se dio la vuelta y levantó una mano. Tal gesto bastó para que Imilce se callase al instante.

 No insistas, te haré caso. Por todos los dioses, no por qué lo hago; pero puede que tengas razón. Acte, ayúdame a vestirme.

 Al cabo de una hora caminaban por uno de los pasajes subterráneos que llevaban desde el palacio directamente al palco imperial en el circo. Lucrecia iba detrás de la emperatriz, Vibia Sabina y Salonina Matidia, que habían venido de Tibur expresamente para la ocasión. Las obras de reconstrucción del Circo Máximo ordenadas por Trajano, que habían añadido cinco mil localidades a las existentes y arreglado los daños causados por un incendio ocurrido durante el reinado de Domiciano, acababan de terminar. Se trataba de una especie de inauguración oficiosa, a falta de que el emperador en persona lo hiciese. Las mujeres se habían saludado en la penumbra de los pasillos, por lo que no pudieron reparar en el peinado y el vestido de Lucrecia. Imilce y Acte iban detrás de su señora; ésta última, muerta de miedo, agarraba nerviosamente la mano de su amiga. Justo antes de entrar en el pasillo, Imilce le comentó algo que le había dicho Marco el día anterior, que iban a pasar por el mismo punto en el que, sesenta y cuatro años atrás, el emperador Calígula fue asesinado por uno de sus pretorianos. La mujer estrujaba la mano de su amiga mientras que, apretando los dientes y en voz baja, rezaba todas las plegarias que conocía para calmar los espíritus de los difuntos. Imilce sonreía sin hacerle demasiado caso; allí donde estuviese, el fantasma de Calígula tendría otras cosas en las que ocuparse, no en atormentarlas.

Salieron al palco, y la luz del mediodía cegó por unos momentos a Imilce; cuando distinguió lo que veía el espectáculo la dejó sin aliento. Ciento cincuenta mil personas llenaban a rebosar el circo; el cortejo encabezado por el promotor de las carreras, que no era otro que el senador Graco, estaba en esos momentos transitando por el lado opuesto del circuito de forma elíptica. No podía verlos, sólo intuirlo por el griterío del público, pues el obelisco de Augusto colocado justo en mitad de la spina[3] se lo impedía. Lucrecia se acomodó en un triclinio situado al lado opuesto del de Plotina, mientras que el puesto principal quedaría vacío, pues era reservado exclusivamente para el emperador. Más tarde, tras la primera carrera, se les uniría Graco. Una vez pasada la emoción por el espectáculo que tenía ante sus ojos, Imilce recordó con angustia que en ese palco se llevaría a cabo algo mucho más importante para ella que las carreras de cuádrigas; su inmediato futuro dependía de la impresión que causase Lucrecia.

En esos mismos momentos la emperatriz la estaba estudiando detenidamente, con una sonrisa sarcástica en los labios, mientras que, con disimulo, se rascaba la nuca con una varita de marfil. Imilce distinguió las primeras gotas de sudor resbalar por el cuello de Plotina, pero en esos momentos otra cosa le llamó la atención. Un griterío aún más fuerte se levantó en las gradas; el público más cercano al pulvinar[4] había visto a Lucrecia. No tanto a ella sino a la vaporosa túnica verde, la palla[5] del mismo color y los lazos de seda verde entrelazados entre los cabellos. Los seguidores del equipo verde estallaron de júbilo y la reacción de los seguidores de esa escudería se retransmitió por las gradas del circo como si se tratase de una ola. Era la primera vez desde hace años que nadie en el palco imperial mostraba tan abiertamente su simpatía por un equipo que no fuese el azul, el favorito de la aristocracia. Lucrecia inclinó ligeramente la cabeza aceptando los vítores que se multiplicaban mientras que en las gradas crecían manchas multicolores de color blanco, rojo, azul o verde, según por cual equipo simpatizasen los espectadores. Se giró de nuevo hacia Plotina y mantuvo su mirada. Tal como había imaginado, todas ellas lucían aparatosos peinados consistentes en inestables cascadas de rizos en forma de tiara, y, tal como a su vez había previsto Imilce, el fuerte calor empezaba a notarse en los rostros estirados de aquellas mujeres.

En las gradas inmediatamente posteriores al palco imperial, ocupados por la sociedad más exclusiva de Roma, las mujeres cuchicheaban entre ellas y señalaban con el dedo, sin demasiado disimulo, a Lucrecia, mientras que los hombres empezaban a sentir demasiado calor, y no a causa del sol de mediodía. Imilce suspiró aliviada, Lucrecia había triunfado, como lo hicieron los verdes aquel día. Ganaron dieciseis de las veinticuatro carreras de la jornada, una hazaña nunca vista antes en las carreras del Circo Máximo. Cuando el sol empezaba ya a ocultarse detrás del monte Aventino y el auriga del equipo verde que había ganado la última carrera terminaba su vuelta de honor, Lucrecia insistió en visitar las cuadras adjuntas a los puestos de salida o carceres, para saludar personalmente a los vencedores. Aulo Liviano, el jefe de los pretorianos, dispuso que un grupo de hombres acompañase a Lucrecia, al senador Graco y su séquito, mientras que él y otro grupo de soldados escoltaban de regreso a palacio a Plotina y las demás damas. A Imilce no se le escapó el gesto que hizo un joven soldado cuando la emperatriz pasó a su lado, arrugando ligeramente la nariz como si acabase de oler algo desagradable.

La actividad en las cuadras era frenética. En el lado que ocupaban los verdes, todo eran vítores y chanzas hacia los demás adversarios, quienes se estaban ocupando en recoger apresuradamente todas las pertenencias para volver a las respectivas escuderías, en el campo Marcio. La irrupción de un grupo de pretorianos hizo que las voces bajasen de tono. Lucrecia se acercó a la zona ocupada por los verdes, aplaudiendo.

 Senador, lamento que mis verdes os hayan amargado el día” – le dijo Lucrecia, sonriendo.

Suerte, Lucrecia. Pura suerte. La diosa fortuna no se ha sabido resistir a un talismán tan hermoso y encantador” – respondió Graco cogiendo la mano de Lucrecia y besándosela.

¿Suerte? Vamos, senador, dieciocho carreras de veinticuatro no es suerte. ¿Verdad chicos?” – dijo en voz alta dirigiéndose a los aurigas, mozos de cuadras y demás personal. Éstos respondieron con vítores y gritos. – “Os digo más, senador” – continuó Lucrecia mientras acariciaba la testuz de uno de los corceles – “Apuesto que hasta un mozo de cuadras de los verdes es capaz de ganar al mejor auriga de los azules”.

Un silencio profundo se abatió entre los presentes, parecía que nadie osase tan siquiera respirar. Graco sonrió.

– “Lucrecia, no lo puedes decir en serio” – contestó Graco, que empezaba a cansarse de los caprichos de la bella hispánica.

“No he hablado más en serio en mi vida. Que sea un diversium; una carrera a dos mangas, cambiando los caballos en la segunda, así no habrá sombra de dudas sobre quién es el mejor.” – replicó Lucrecia, sin apartar la mirada del senador.

En esos momentos uno de los presentes se acercó donde se encontraba Lucrecia; era el responsable de la escudería de los verdes. Probablemente fue un auriga en activo hasta que sufrió un accidente, como solía ser habitual en las pistas del circo, a juzgar por el brazo izquierdo, ligeramente más corto que el derecho.

“Domina, todos nosotros os agradecemos vuestra confianza, pero… Hace falta años de entrenamiento para llegar a ser un buen auriga. Es peligroso, un mozo de cuadras nunca podrá competir con un profesional…”

– “¡Yo sí que puedo!” – todos los presentes se dieron la vuelta para ver quién pronunciaba tales palabras. Imilce se llevó las manos a la boca, sorprendida. Quien había hablado y se hacía paso entre los demas hasta llegar donde se encontraban Lucrecia y Graco era sin lugar a dudas Krytios. No lo había visto desde que eran niños, pero Marco le había dicho que estaba en Roma, que era un hombre libre y que, gracias a Pausanias, le habían encontrado un trabajo en la escudería de los verdes.

 – “¿Estás loco?” – contestó el jefe del equipo de malos modos. – “¡Vuelve a tu sitio Krytios! ¡No has hecho más que darme problemas desde el primer día!”

– “¡Puedo ganar, Félix! Se me dan bien los caballos”.

– “Quizás herrándolos o cepillándolos. Ni hablar, te matarás en la primera curva. Y no lo sentiría por ti, sino por los caballos”.

– “Corro con los gastos” – replicó Lucrecia. – “Si él pierde” – señaló a Krytios – “pago por los caballos, el material dañado además del premio habitual para el vencedor. En los idus de Septiembre[6], aquí, en el Circo Máximo, que la última carrera sea un diversium. El mejor auriga de los azules contra… Krytios”.

Imilce no daba crédito a lo que estaba oyendo. No entendía cómo Lucrecia podría estar tan segura de lo que decía, y además, dudaba de que pudiese permitirse desembolsar los treinta mil sestercios que era el premio mínimo para un profesional del circo. Mientras tanto Krytios se percató de su presencia y le guiñó un ojo.

– “Tengo que consultar mi dominus factionis[7]” – accedió al final Felix, levantando los brazos.

– “Accederá, es un buen amigo” – contestó Graco. Según sus informes la situación financiera de Lucrecia no le permitiría afrontar tal gasto, no con su hermano junto al emperador en la montañosa Dacia. No cabía duda de que el mozo de cuadras perdería contra Crescens, el auriga campeón de los azules. Él mismo, en calidad de propietario de la escudería, había comprado sus servicios a precio de oro, arrebatando a los rojos su primera estrella desde hacía generaciones. Sí, no estaría nada mal que Lucrecia tuviese una deuda con él, podría serle muy útil.

Así pues ofreció su mano a Lucrecia y dijo en voz alta.

– “Acepto la apuesta: vuestro ‘mozo de cuadras’ contra Crescens, el campeón de los azules, aquí, en los idus de Septiembre”. 

Imilce se preguntaba, mientras observaba la línea oscura del mar, cuantas probabilidades tendría Krytios de ganar esa carrera, y aunque no entendía mucho de caballos, supo que poco tendría que hacer un ex-esclavo contra un profesional de la arena, con años de experiencia. De repente, una brisa fresca le provocó escalofríos, y regresó al interior de la villa, a esperar con Acte que Lucrecia se retirase a dormir.

[1] York

[2] Hierro caliente que se usaba para rizar el pelo

[3]              El gran muro de piedra y ladrillo levantado en el centro del Circo Máximo y de otros grandes circos del Imperio. Solía estar decorado con estatuas y otros elementos impactantes.

[4]              Palco imperial

[5]              velo

[6] 13 de septiembre

[7] Una especie de “director general” de la escudería

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2 thoughts on “La Historia de Marco Fulvio Aquila – Capítulo 7.2

    1. You don’t have to read it, is just a way to let you all know that if I don’t amuse you with my stupid random ramblings is because I’m busy elsewhere 🙂

      There are other CGI images of the circus in the website where I found the pic, you can click on the image and enjoy 🙂

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