La historia de Marco Fulvio Aquila – Capítulo 7.3

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Reconstrucción del puente de Trajano sobre el Danubio. Pinchar para fuente

Cinco días más tardeAnte diem VI Kalendas Augustas (25 de Julio – Seis días antes de las calendas de agosto)

Al atardecer del decimoquinto día de marcha, Sura y los especulatores tenían al alcance de su vista el campamento del emperador. Aunque habían sido testigos en varias partes del imperio de las proezas de las que eran capaces los ingenieros y arquitectos al servicio de Roma, el espectáculo que tenían delante de sus ojos los dejó sin aliento. Tras varias millas de camino por estrechos pasos de montaña entre los que el río Danuba[1] rugía como un león enjaulado, al llegar a Dobretae éste se abría en una planicie; el curso se volvía más tranquilo, pero la anchura era inmensa, casi una milla[2]. El emperador había cumplido su promesa, había domado el gran río. Un espectacular puente, el más largo jamás construido por el ingenio romano, lo atravesaba de lado a lado; veinte pilares de piedra servían de apoyo a veintiún arcos de madera sobre los que se apoyaba un suelo  del mismo material. En la orilla más cercana se podía ver que las obras de uno de los campamentos fortificados que defendían el acceso al puente aún no habían acabado; probablemente tampoco estaba terminado el fortín opuesto, pero habría que tener la vista de un halcón para distinguir qué sucedía al otro lado.

En la llanura estaban acampadas las dos nuevas legiones reclutadas especialmente para esta campaña militar, la II Traiana Fortis y la XXX Ulpia Victrix. Entre las dos legiones se levantaba un campamento fortificado, el de la I y la IV Cohorte Praetoria, y en medio de ellas se encontraba el praetorium, la tienda del emperador. En esos momentos, el centro del Imperio era esa frágil construcción de pieles y madera, no el palacio semi desierto en el Palatino de Roma.

Publio, el hijo de Lucrecia, y su esclavo, sonrieron. Por unos instantes se olvidaron de las dolorosas llagas que tenían en los muslos y en las posaderas. El hecho de que el joven pariente del emperador formase parte de la expedición no había reducido el ritmo frenético de la marcha; aunque cabalgaban más de cuarenta millas al día[3] ninguno de los dos jóvenes se lamentó. Publio hubiese preferido cortarse una mano a quejarse delante de Sura. No lo hizo ni siquiera cuando tuvo que dejar atrás el carro con sus pertenencias, que entorpecía la marcha. Ordenó a Manio que dispusiese sobre los caballos lo mínimo indispensable; como era de esperar, el joven patricio se desahogaba con su esclavo. No lo castigaba a golpes de látigo, pues al acampar cada atardecer estaba demasiado cansado como para hacerlo, sino que le encomendaba una serie infinita de tareas. Una tarde en la que le ordenó que cepillase de nuevo a su caballo, creyó advertir una mirada contrariada en el rostro del cónsul Sura, por lo que decidió no volver a importunar a su esclavo cuando éste se encontraba cerca.

Manio, por su parte, no dejaba ver su cansancio o su contrariedad fuera por seguir el consejo de su madre, o bien porque, por muy agotado que se sintiese, el hecho de poder cabalgar al lado de aquellos jinetes era lo más parecido a un sueño hecho realidad.

Una noche, intentó calmar el dolor lacerante que sentía en un muslo, sumergiendo la pierna en el agua fría del riachuelo junto al que habían acampado. Suspiró aliviado y agradeció el frío que sentía en esos momentos, tras el calor infernal de una jornada a caballo bajo el sol.

– “Cuando saques la pierna del agua te sentirás peor” – dijo alguien a sus espaldas. Se levantó ignorando las punzadas de dolor que atravesaban todo su cuerpo. Reconoció al centurión de los especulatores, al que todos, incluso el cónsul Sura, llamaban Rapax.

– “Siéntate, muchacho” – continuó el hombre mientras que, a su vez, se puso de cuclillas para beber del río. Rapax observó al chico; un fuego cercano le permitía reconocer los grandes ojos pardos y el pelo castaño. Eran los mismos del hombre que hasta hace pocos días había considerado su enemigo, y que en realidad era su hermano.

Manio seguía callado; sentía demasiado respeto por lo que el pretoriano representaba como para estropear ese momento diciendo algo estúpido. Rapax le dio un frasco que llevaba en la mano.

­– “Toma esto, póntelo sobre las llagas, te aliviará”.

– “Gracias, señor” – contestó Manio. Destapó la pequeña vasija, la acercó a la nariz y la alejó de inmediato, reprimiendo un conato de vómito.

“Lo sé, el olor es nauseabundo, pero te aseguro que funciona” – replicó Rapax.

Manio permanecía en silencio, cabizbajo, jugueteando con el frasco. El pretoriano tampoco hizo ademán de seguir hablando, se limitaba a observar al muchacho. Éste al final tomó valor y levantó la mirada, estudiando al hombre que tenía delante de sí: el estatuario rostro tostado por el sol, algunas pequeñas arrugas alrededor de los ojos y en la comisura de los labios, canas prematuras en las sienes. Por debajo de una de las mangas cortas de su túnica asomaba la costra de una herida reciente, que estaba cicatrizando. Manio se preguntaba cuántas heridas más tendría. Inspiró y tomando valor, dijo:

– “¿Por qué hacéis esto por mí, señor?” – dijo levantando la pequeña vasija que contenía el ungüento. – “Sois el tricenarius de los especulatores augustii, mientras que yo soy sólo un esclavo, no soy nadie”.

– “¿Cómo te llamas?” – preguntó Rapax, admirando el coraje del muchacho.

– “Manio”.

– “No vuelvas a decirlo nunca, Manio. No digas nunca más que no eres nadie. Tengo la intuición de que no serás esclavo toda tu vida, y creo saber qué es lo que quieres” – Rapax señaló una de las tiendas en las que en esos momentos descansaban un grupo de soldados. No hacía falta ser un augur[4] para darse cuenta de que el sueño del joven esclavo era formar parte de la caballería. Por muy cansado que estuviese, una vez terminadas sus tareas observaba a los pretorianos, estudiaba los aparejos de sus monturas o, a cambio de una pluma con la que adornar el casco, preguntaba a alguno de ellos detalles sobre sus armas o cómo usar la lanza en una carga contra el enemigo. Tampoco hacía falta demasiada perspicacia para suponer que, siendo su padre un liberto que contaba con la protección del cónsul Sura, su manumisión sería cuestión de poco tiempo.

– “Y, respecto a por qué hago esto por ti..” – Rapax sopesó sus palabras – “… digamos que me recuerdas a alguien. Sobre todo a mí, cuando tenía tu edad”.

 – “Gracias, de nuevo” – respondió Manio sonriendo.

 Rapax se levantó, caminó unos pasos; se detuvo de repente y volvió, poniéndose de nuevo en cuclillas, al lado del chico. Le dijo en voz baja:

– “Ah, y yo en tu lugar no le diría nada a tu amo sobre este remedio” – le dijo señalando el frasco – “probablemente te lo quitaría para usarlo sólo él”.

 – “Señor” – contestó Manio – “no tenía la menor intención de hacerlo”.

 Rapax sonrió, se apoyó en el hombro del joven para levantarse y desapareció engullido por la oscuridad de la noche. Los días siguientes siguió tratándolo como lo había hecho hasta ese momento, como se suelen tratar a los esclavos: simplemente como si no existiese.

Manio estaba recordando aquella noche mientras se dirigían hacia el campamento del emperador cuando una voz lo sacó de su ensueño.

– “Esclavo ¿cómo tengo que decírtelo? No cabalgues tan cerca de mí ¡apestas!” – le dijo Publio mientras, reprimiendo una mueca de dolor, intentaba cambiar de posición en la silla.

Manio sonrió con disimulo al oír estas palabras; no fue el único, Rapax, que cabalgaba a poca distancia, también lo estaba haciendo.

Los trescientos especulatores atravesaro el campamento de la Ulpia y entraron en el de los pretorianos al paso. Sura, Rapax, Publio, y detrás de él su esclavo, desmontaron a poca distancia de la tienda del emperador, y pudieron distinguir claramente el sonido de voces concitadas provenir del interior. En esos momentos, la lona que cubría la entrada se abrió de repente y el emperador en persona salió por ella, visiblemente contrariado y malhumorado. Los guardias germanos se cuadraron en su presencia. Eran tan altos y musculosos que a su lado el cuerpo delgado y fibroso de Trajano parecía más frágil de lo que era. Tenía cincuenta y dos años, y aunque su cuerpo no aparentaba tal edad, sí lo hacía su rostro de mejillas excavadas y expresión austera. Los ojos eran de color pardo, los labios finos y la nariz prominente; sin embargo, lo que llamaba la atención en la figura del emperador era el pelo completamente blanco, que lucía con orgullo al punto que en el campo de batalla, en las contiendas más feroces, no usaba el casco. Así sus soldados podían distinguir a su general en la refriega más por la blanca cabellera que por el paludamentum[5] púrpura.

Trajano salió al encuentro del grupo; se fundió en un abrazo con Sura. Rapax estaba detrás de él. Éste se cuadró y levantó el brazo derecho.

– “¡Ave, César!”

– “Ave, Flavio Messio Rufo. Echaba de menos mis especulatores, espero que hayáis descansado lo suficiente en Roma, Rapax. Creo que todos te llaman así ¿no?” – el emperador disimuló su inquietud al notar en el rostro y el brazo izquierdo de su hijo rastros de heridas recientes. Fingir no era su fuerte y aunque en los últimos veinte años no lo había visto más que en contadas ocasiones, cada vez que lo hacía sentía que el corazón le latía más fuerte en el pecho.

– “Gracias, César, así es”.

– “Y tú eres Publio… la última vez que te vi estabas aún en brazos de tu madre. Tu tío te está esperando” – dijo Trajano dándole la mano al joven, quien la estrechó ruborizado. Había sólo tres hombres por los que Publio sintiese un respeto cercano a la adoración ciega: su tío Adriano, el cónsul Sura y, sobretodo, el emperador.

– “César. Es un honor para mí estar aquí” – dijo el joven.

– “¿César? Somos familia, Publio, llámame ‘tío’. Creo que ha llegado la hora de que te deshagas de esto”– contestó Trajano cogiendo la bulla[6] del chico entre las manos. – “Quizás eres demasiado joven como para tomar la toga virilis[7], pero, vistas las circunstancias… Tu tío y yo somos los hombres de tu familia, creo que lo mejor es que tomes parte en esta campaña como lo que eres ya, un hombre. Si estás de acuerdo, obviamente. Quizás prefieras esperar a los Liberalia[8] cuando volvamos a Roma, así podrás dar el primer paseo con tu nueva toga en el foro, como es de rigor, y no en un campamento rodeado de soldados y…”

 Publio interrumpió entusiasmado al emperador.

– “¡No! ¡No! Lo prefiero mil veces aquí ¡por favor! Sé que mi madre estaría de acuerdo”.

 – “No me cabe la menor duda” – respondió Sura sonriendo.

“Sea, entonces” – dijo Trajano, quien, al levantar la vista vio detrás de su sobrino a un joven, seguramente su esclavo personal, a juzgar por el collar con la placa de bronce con el nombre de su familia escrito en él. En un instante se vio transportado en el tiempo, dieciséis años atrás, en Itálica, cuando delante del magistrado liberó a su propio hijo y le regaló el gladio que, a su vez le había regalado su padre cuando tenía su edad. Aunque apartó con la suficiente rapidez la mirada de aquel esclavo, Sura se dio cuenta de que el emperador acababa de reconocer a su nieto.

Trajano recuperó la compostura antes de haberla perdido e indicó el interior de la tienda. Los guardias germanos abrieron la lona; dentro de ella había sólo dos personas: Adriano, que estaba apuntando con su índice un plano desplegado sobre una mesa, y el arquitecto Apolodoro, que a duras penas podía mantener la calma.

– “Por Mitras ¡aquí está mi sobrino!” – dijo Adriano, borrando en un instante de su rostro la contrariedad que exhibía pocos instantes antes y luciendo la más entrañable de las sonrisas. Publio abrazó a su tío quien dijo mientras lo levantaba en volandas – “Que se prepare Decébalo ¡han llegado refuerzos de Roma!”

 Adriano seguía sonriendo mientras soltaba a Publio; se acercó a Sura, al que saludó estrechándole el brazo.

– “Veo que Publio ha traído consigo a los especulatores” – prosiguió Adriano mientras miraba a Rapax, firme en medio de la tienda. – “No hemos tenido ocasión de conocernos antes. Publio Elio Adriano” – dijo alargando la mano a Rapax.

– “Flavio Messio Rufo” – respondió Rapax estrechando el brazo con fuerza.

 – “O Rapax. Tu fama te precede, tricenarius”- prosiguió Adriano.

 – “Gracias, tribuno” – respondió el pretoriano. Bastaron esos pocos instantes y la mirada que cruzaron durante el saludo, para que ambos hombres se diesen cuenta de que no se gustaban. A Rapax le pareció inoportuna la desenvoltura con la que el sobrino del emperador se movía, como si estuviese él al mando y no su tío. Quizás se debiese a la arrogancia propia de los aristócratas para los que la guerra no era más que una especie de juego o un peldaño más que había que subir para avanzar en la propia carrera. Se preguntaba en esos momentos si sería verdad la historia de que Adriano se había dejado crecer la barba para ocultar unas cicatrices obtenidas en el campo de batalla; viendo su pose elegante, los cabellos oscuros perfectamente ondulados y perfumados, o el uniforme impecable, pensaba sin embargo que tales cicatrices no eran más que el recuerdo de un marido celoso. Se rumoreaba que cuando un grupo de senadores se burló de su acento tras su primer discurso en la curia, la dulce venganza de Adriano consistió en seducir a las mujeres de aquellos prohombres.

Por su parte, Adriano despreciaba los oscuros orígenes de Rapax y desconfiaba de él, pero ya que ni el emperador ni Sura eran de la misma opinión, decidió disimular y observar.

– “Quisiera hablar a solas con el cónsul Sura, tenemos asuntos urgentes que tratar, dejadnos solos por favor” – dijo Trajano. En pocos instantes todos dejaron la tienda; el emperador ordenó con un gesto a los esclavos presentes que se retirasen. Cuando se cercioró de que estaban solos se acercó a Sura.

 – “Lucio ¿se puede saber qué pasa?” – dijo Trajano mirando fíjamente a su amigo. – “No esperaba a los especulatores hasta dentro de unos veinte días, no los necesito aún y quería que “descansasen” en Roma el mayor tiempo posible. Pero hay otra cosa” – se acercó a Sura de manera que éste le pudiese oírle. – “¡El esclavo de Publio, el muchacho!” – dijo susurrando – “¿Quién es? Aunque no hace falta que me lo digas, basta verlo. ¿Por qué no lo he sabido?”

– “Nadie lo sabía, ni siquiera Pausanias. Él estaba en Grecia con Marco y yo no tenía contacto con nadie de tu casa; además, la muchacha se casó al poco tiempo con aquel otro esclavo, nadie sospechaba que Manio fuese hijo de Marco”.

El emperador se alejó de su amigo y recorrió con rápidas zancadas la tienda, llegando hasta donde había unas jarras, vació el escaso contenido de una de ellas en un vaso y bebió el vino.

– “¿Cómo está? Me refiero a Marco”.

– “Bien, vistas las circunstancias. Han pasado muchas cosas los pocos días que he estado en Roma. Tu secreto empieza a ser conocido por demasiadas personas. Probablemente Graco” – Sura inspiró y decidió que era inútil intentar dosificar las noticias y que era mejor decirlo todo en manera directa y rápida: qué había sucedido en Roma, todo lo que sabían sobre el papel de Graco, el asalto a Rapax y el rescate de Livia.

Trajano había escuchado con atención a su amigo, caminando despacio por la tienda, yendo y viniendo de la mesita en la que tenía disposición comida y bebida, para rellenar de vez en cuando su copa. Cuando finalmente Sura calló, él se sentó, sin decir nada; miraba, sin verlos, los pergaminos que había sobre su mesa de trabajo: los planos del puente, mapas de Dacia, el plano de Zarmizegetusa Regia.

– “¿Saben que soy su padre?”

 – “Marco lo sabe. Se dio cuenta cuando Rapax le enseñó el anillo; a diferencia de él, recordaba perfectamente quién le dio su gladio. No dijo nada entonces, y no se vieron después. Rapax ha intentado sonsacarme durante el viaje, le he dado respuestas vagas, pero es un hombre inteligente. De la misma manera que tras verme con Pausanias nos relacionó con sus recuerdos infantiles puede llegar a la conclusión de que ‘el hombre de la Medusa’ eres tú, sobretodo apenas te pongas eso” – dijo Sura señalando a su coraza de combate, que descansaba en una especie de cruz de madera colocada cerca del camastro de campaña, en el extremo opuesto de la tienda.

 Trajano apoyó la copa sobre la mesa, suspiró. Agachó la cabeza, masajeándose las sienes con los dedos. Sura tomó valor para hacerle una sugerencia a su amigo.

– “Quizás la única manera de que tus hijos estén de verdad a salvo sería reconocerlos oficialmente, adoptarlos. Nombrar a uno de ellos tu sucesor”.

 El emperador de repente pareció recobrar la energía con la que Sura lo vio salir de la tienda una hora antes.

– “¡Jamás! ¿Para que acaben como Tito y Domiciano? ¿Masacrándose entre ellos por el trono? No, Lucio, nunca. Ninguno de ellos será jamás emperador; no, si puedo evitarlo. Además, ya sabes a quién nombraré heredero” – dijo Trajano.

– “No pareces demasiado convencido. De todas maneras, Adriano es una buena elección”.

 – “Más de Plotina que mía” – concluyó el emperador, frunciendo el ceño y llenando por enésima vez su copa.

– “Pero está bien preparado, Marcio. Ha estudiado leyes, habla perfectamente griego, conoce otras lenguas y tiene algo que a ti te falta, habilidad política. Sabe moverse en Roma, negociar, es diplomático”.

 – “Y es arrogante, quiere tener siempre razón y saber de todo más que nadie. ¿Te puedes creer que estaba diciéndole a Apolodoro que había hecho mal los cálculos sobre la capacidad estructural del puente? Adriano sostiene que si mañana hacemos pasar todas las máquinas de guerra a la vez uno o más arcos de madera cederán, mientras que el arquitecto insiste en que el puente es sólido. He tenido que pegar un puñetazo en la mesa, dar mis órdenes y salir a tomar un poco de aire, mientras seguían discutiendo.”

 – “¿Y qué has decidido?” – preguntó Sura.

“Que mañana todas las máquinas de guerra atravesarán el puente… Pero no seguidas, una entre cada cohorte[9]” – contestó el emperador, guiñándole un ojo y sonriendo a su amigo. Ambos descargaron algo de tensión dándose una palmada en el hombro. – “Mi sobrino será orgulloso y engreído, pero suele tener razón. La mayor parte de las veces.”

 El rostro del emperador volvió a oscurecerse al instante.

– “¿Y Livia? El hombre que ha mandado Flavio, quiero decir, Rapax… ¿Es tan capaz como dice?”

 – “Me ha asegurado que pondría su vida en sus manos. En estos momentos estarán de camino a Roma, la llevará a palacio. Se alojará con tu familia, lleva una carta en tu nombre; se hará pasar por la hija de un noble de Partia, enemigo del rey Cosroes, que necesita la protección del emperador”.

 – “Otra mentira. Eso es lo que he dado a mis hijos, mentiras. He estado engañándome todos estos años. Cuando no era nadie me decía que no podía hacer más por ellos; después, cuando fui adoptado por Nerva y nombrado sucesor, acallé mi conciencia con la excusa de que valía la pena negarles una cierta posición social a cambio de una vida tranquila. Me consolaba diciéndome que por lo menos Livia… Cuando me dijiste que un hombre pudiente se había enamorado de ella, que la había tomado por esposa a pesar de que era estéril desde que sufrió aquella caída poco después de entrar en la pubertad y de que prácticamente no tenía dote…” – Trajano se acercó a una arqueta de la que sacó una copia del pequeño retrato que Quinto había encontrado en la villa de Antioquía – “Es tan hermosa como lo era su madre ¿cómo iba a dudarlo? Y sin embargo ese matrimonio era una maquinación de Graco; no es una coincidencia que tal pasión hacia mi hija por parte de su capataz naciese justo cuando había enviado a Rapax a Atenas”.

 Trajano recogió el retrato e hizo ademán de llenarse de nuevo la copa, pero Sura le detuvo. Estaba seguro de que algo más lo preocupaba; no lo había visto nunca así; el emperador entendió la mirada de su amigo y como toda respuesta le pasó un pergamino que había sobre la mesa. Sura leyó detenidamente.

– “¿Longino está en manos de Decébalo? ¿Cómo ha sido posible?”

 – “Se ofreció para ir a negociar con él su rendición. Sabía que probablemente acabaría como rehén, me negué, pero insistió. Dijo que me sería más útil dentro de las murallas de Sarmizegetusa que fuera. Le dejé ir. He fallado a mi mejor amigo, de la misma manera que le he fallado a mis hijos. Todos confían en que esta campaña será breve, pero no lo será. Y aunque gane la guerra, si no encuentro el tesoro de Decébalo es como si la hubiese perdido. La situación del erario es crítica, tengo enemigos poderosos. Graco tiene muchas simpatías, y bastante dinero como para comprar a quien se proponga.”

 – “No puede comprar el ejército, Marcio. Hasta el último soldado y pretoriano te son fieles”.

 – “¿Estás seguro? No pongas tu brazo en el fuego por mi causa, Lucio. Recuerda que Graco había corrompido a mi propio hijo”.

 Trajano descargó su rabia lanzando la copa que llevaba en la mano; ésta dio contra uno de los leños que sujetaba el techo de la tienda, rompiéndose en mil pedazos con un gran estruendo. De inmediato entró uno de los germanos de guardia, desenvainando su espada.

– “Tranquilo, Vatto, no pasa nada, se ha roto una copa” – contestó el emperador. El germano asintió y salió de la tienda sin decir una palabra. – “Y ahora, Lucio, pasemos a otros asuntos. Ponme al corriente sobre las obras de las nuevas termas.”

 

[1] Danubio

[2] Una milla romana medía entre 1.400 y 1.500 metros. La distancia que separa las dos orillas del Danubio entre las actuales Rumanía y Serbia, tiene una anchura de poco más de un kilómetro.

[3] Casi 60 kilómetros

[4] Sacerdote romano encargado de la toma de los auspicios y con capacidad de leer el futuro, sobre todo, en el vuelo de las aves.

[5] Manto o capa largos que usaban los oficiales. El manto de color púrpura era reservado  al general en jefe del ejército

[6] Amuleto que los niños llevaban colgando del cuello para alejar los malos espíritus.

[7] Toga que vestían los adultos. La ceremonia de la que habla el emperador normalmente se llevaba a cabo entre los dieciséis y diecisiete años de edad

[8] 17 de marzo

[9] Unidad formada por 480 hombres

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