La historia de Marco Fulvio Aquila – 7.4

Reconstrucción de una villa romana en Britania para el programa de Channel 4 “Rome Wasn’t Built in a Day”. Pinchar para fuente 

Ante diem I idi Augusti (12 de agosto – Un día antes de los idus de agosto)

Desiertos, colinas, llanuras, bosques, montañas… Syria, Cilicia, Galatia, Bitinia, Tracia, Moesia, Dalmacia, Pannonia… el paisaje cambiaba de aspecto, las regiones que atraversaba de nombre, sin que Quinto se diese cuenta. Cabalgaba sin descanso, cruzaba ríos o mares como si fuese un automa. Su uniforme y un salvoconducto imperial le abrían todas las estaciones de posta, pequeños cuarteles o grandes guarniciones de frontera. Pasaba de un caballo a otro sin descanso, viajaba por territorios inseguros, se permitía sólo las pocas horas de sueño necesarias para que no cayese exhausto de su montura. Se decía que Tiberio, mucho antes de ser emperador, viajó desde Roma a la frontera en Germania, para ver morir a su hermano Druso, en menos de tres días, dormitando sobre la silla, cambiando, como él, de cabalgadura.

No sabía si llegaría a emular la hazaña de Tiberio, aunque tampoco le importaba mucho. Drachir, o Furio Vipsanio, le esperaba en Eburacum para saldar cuentas. Se lo había prometido cuando lo apresaron y ahora también él tenía algo contra el britano.

Raetia, Germania, Galia, de nuevo el océano y, por fin, Britania. Durante la travesía de la manga de agua que separaba la isla del continente gozó de algunas horas de auténtico reposo. El día era tibio, no llovía, por lo que descansó en cubierta, acunado por el vavién de la nave. Se quedó dormido al instante, y, por primera vez desde hace mucho tiempo, soñó. O para ser exactos, se acordó, al despertar, que había soñado con Imilce. Estaban en Roma, en la domus Flavia. No había nadie en palacio, a pesar de que era de día y, como ocurrió aquella noche en la que la vio en la fuenta octágona, la estaba siguiendo, quería hablar con ella. Oía sus pasos suaves sobre el mármol mientras cruzaba por estancias y salas; la mujer lo llamaba con voz suave y misteriosa, lo estaba invitando. “¿Quinto dónde estás? Ven a por mí. ¿Dónde te has metido? Te espero ¡date prisa!” Él, mientras tanto, quería correr pero no podía; notaba que las piernas se le habían vuelto pesadas, dar un paso le costaba un esfuerzo titánico. “Quinto ¿no me quieres? Te estoy esperando ¡ven a por mí!” La voz de mujer había cambiado de tono; sabía, dentro de su absurdo sueño, que era Imilce quien hablaba, pero no era su voz. De repente, al dar la vuelta a una esquina vio que estaba en un patio en el que había un pequeño estanque. Ella se giró al advertir su presencia, dirigiéndose sonriente hacia él, con los brazos abiertos. Pero tropezó con algo y cayó en el estanque. Un estanque profundo, de agua negra como el carbón; Quinto notó que sus piernas se desentumecieron y corrió para sacarla del agua. Ella se aferró al brazo que introdujo en la balsa y la pudo sacar. Sabía que era Imilce, pero no lo era. Esta mujer era más delgada, y más alta. Estaba tosiendo, escupiendo parte del agua que había estado a punto de ahogarla. Cuando Quinto la sacó del todo del estanque ella se giró, la piel era muy blanca, el rostro más afilado. La mujer habló de nuevo, pero sin abrir la boca. “Me has salvado”- dijo con un acento extraño. Abrió los ojos y miró a Quinto. Unos hermosos ojos verdes.

Quinto despertó de repente; se estaban aproximando a tierra, los marineros se preparaban para el atraque. Se levantó y se asomó por el borde de la nave; ahí estaban, cuatro años después de haber dejado la novena legión, las blancas escolleras de Britania. Tres días después, al anochecer, llegó a Eburacum. Sabía dónde estaba la villa de los Vipsanios, era la más lujosa de aquellas tierras aunque mucho menos elegante que las casas de los ricos en Italia. A la hora de construir demoras en la isla predominaba el sentido práctico sobre la estética, sacrificando adornos por solidez. Había que contar con las diferencias en el clima, los grandes patios abiertos a los que daban habitaciones en los climas más cálidos no era algo práctico allí y las casas parecían más austeras.

Quinto escaló la tapia que rodeaba la casa por el lugar más oscuro posible. Todo parecía tranquilo y aunque el reinaba el silencio era evidente que no se trataba de una casa abandonada o vacía; eran mudos testigos de ello algunas antorchas encendidas o la tibieza del suelo en el interior. Aunque era verano hacía mucho más frío que en Roma, y en esos momentos probablemente estaban encendidas las grandes calderas de bronce que calentaban el agua cuyo vapor templaba el suelo y las paredes de algunas estancias.

Extrajo su gladio con el mayor sigilo posible, y examinó una a una las habitaciones por las que pasaba. No había nadie en ellas, pero un resplandor provenía del tablinum[1]. La puerta estaba entreabierta y había alguien sentado de espaldas a ella. Debía de tratarse del dueño de la casa, a juzgar por la rica túnica bordada que vestía el hombre que estaba sentado leyendo un pergamino a la luz de varias lucernas.

Quinto apoyó la punta de su espada en el cuello del hombre, a la altura de la yugular.

– “Quinto Terencio, te estábamos esperando” – dijo el hombre, sin moverse. Quinto se puso rígido, conocía la voz de Drachir y su forma de hablar. El perfecto latín de Furio Vipsanio, o Drachir el britano, nada tenía que ver con aquellas palabras de un acento tan marcado que le habría sido imposible de entender si no hubiese vivido en aquellas tierras. Quinto se acercó más, colocándose al lado del hombre. Sin lugar a dudas, no era él. Éste era mayor que Drachir; los cabellos, aún negros, estaban cuidadosamente peinados intentando disimular sin demasiado éxito unas entradas pronunciadas. En las delgadas mejillas del hombre se distinguían las señales de alguna vieja enfermedad, y la nariz, a pesar de ser de un tamaño considerable y de una forma peculiar, no daba a su propietario un aspecto grotesco, sino, aunque pareciese extraño, elegante.

– “¿Quién eres? ¿Su esclavo personal?” preguntó Quinto.

– “No hay esclavos en esta casa” – respondió el hombre – “La fidelidad no se obtiene con la propiedad o los latigazos. Somos todos britanos y libres”.

F. Murray Abraham, el actor que tenía en mente mientras escribía el personaje de Arbaces

Quinto arqueó ligeramente la comisura de los labios. Había sido testigo de la manera en la que Drachir se ganaba la fidelidad de sus subalternos, recordaba perfectamente el puñal empapado de sangre con el que había rebanado el cuello del seguaz que escondió en su tienda parte del oro robado a la novena legión.

– “¿Te sorprende, pretoriano?” – prosiguió al percibir la mueca de Quinto.

– “¿Dónde está?” – dijo Quinto, ignorando la pregunta – “Imaginaba que no encontraría un condenado por la ley de Roma esperándome tranquilamente en su casa”.

Esta vez fue su interlocutor quien sonrió levemente.

– “Llevas años lejos de Britania, no estás al corriente de las últimas noticias. Es cierto, mi señor Drachir no está en casa, pero sólo porque prefiere que os encontréis en otro lugar. Ésta era la casa de su padre y ahora es la suya. Desde que dejaste la IX Legión ha cambiado el tribuno y, lo que es más importante, el gobernador. Neracio Marcelo es mucho menos diligente que su predecesor. Mi señor no se dejó ver durante algunos años, su sentencia se traspapeló, algún escribano ocioso se olvidó de transcribir el supuesto crimen… Por lo que, entre unas cosas y otras al final… ¿Cómo es esa expresión que usáis? Ah, sí. ‘Tabula rasa’.”

– “No dejará de ser lo que es, por mucho que haya sido graciado por la burocracia.”

– “¿Tu superior  es mejor que él? ¿Por que te crees que ha hecho carrera tan rápido? Te voy a contar un secreto, Quinto Terencio. La persona que ha hecho de tu admirado Flavio Messio Rufo, el valiente Rapax, centurión de los especulatores augustii, es la misma que ordenó a mi señor la visita a una cierta villa rustica a las afueras de Antioquía. Los dos hacen su trabajo sucio”.

– “¿Y quién sería esta persona?”

– “¿Al cónsul Sura se le olvidó decírtelo? Si él no te dijo su nombre no seré yo quien lo haga.” – dijo bajando la mirada e inclinando ligeramente la cabeza. Cuando volvió a levantarla apartó ligeramente la silla en la que estaba sentado para aligerar la presión de la espada de Quinto.

“Piensa, recapacita, recuerda. Sobre todo recuerda una noche que te tocaba guardia en el Aula Regia. Rapax te dijo que esperases sus órdenes para entrar en la sala del trono; no te dio explicaciones, pero era para verse con alguien. Sin lugar a duda lo comentaron vuestros camaradas del turno precedente”.

Quinto envainó su gladio, sin apartar la mano del pomo. Estaba seguro de que había visto antes a esa persona, pero no lograba recordar dónde. Y estaba bien informado, sus compañeros de guardia le dijeron que Rapax se quedó en el Aula Regia hablando con un senador.

El britano se percató del cambio de expresión en la cara de Quinto, y prosiguió, como si estuviese leyendo sus pensamientos.

– “Exacto, un senador. ¿Y si ti dijese que ése senador es el propietario de la finca de Antioquía? ¡La misma en la que vivía su hermana!”

Quinto no dejaba de pensar, buscaba en los recuerdos de las conversaciones que tuvo con Rapax en Roma alguna referencia a un senador, pero no recordaba nada. Es cierto que habían pasado cosas extrañas, los hombres de Drachir le habían tendido una emboscada en Roma y éste había asesinado a su hermana.

– “¿Cómo sé que es verdad lo que me dices? ¿Quién te lo ha dicho?”

– “Permíteme” – respondió el britano, levantándose. Quinto se alejó unos pasos, sin perderlo de vista, atento al más mínimo movimiento. El hombre alzó un pliegue de la toga que llevaba encima de la túnica, y se lo puso sobre la cabeza. – “No dejas de preguntarte dónde me has visto ¿verdad?”

Mientras hablaba, la voz del hombre cambió; fue perdiendo paulatinamente su fuerte acento del norte, para pasar a hablar, con voz ajada, con el mismo peculiar deje de los griegos de Alejandría. El hombre se inclinó hacia un lado, era como si estuviese encogiendo delante de sus ojos, aunque no hacía más que doblar la espalda mientras se tapaba con el pliegue de la toga.

– “¡Bienvenidos a mi humilde establecimiento! ¿Qué os puedo ofrecer, hijos de la loba? ¿La dulce Astarte, perla de Bitinia? Tenemos todo lo que deseéis, nubias de la piel negra como el carbón, hibernias blancas como la niebla invernal. Entrad, entrad…”

Quinto susurró.

– “Arbaces…”

– “Así es” – contestó el hombre mientras se enderezaba y se descubría la cabeza – “En Roma se me conocía con ese nombre, aunque, obviamente, no me llamo así. Yo era Arbaces el alejandrino, lenón del prostíbulo favorito de la guardia pretoriana. Mi señor ha querido tener siempre ojos y oídos en Roma y antes de emprender su viaje a Oriente me ordenó que averigüase algunas cosas sobre tu jefe. En algo os parecéis, sois discretos y no os gustan las rubias, pero el resto de la guardia… o el resto de la ciudad, no se resisten a decir cualquier cosa en determinadas circunstancias. ¿Sabes pretoriano? Se obtiene más información gracias a la boca de una buena felatrix[2] que al látigo de un verdugo”.

– “¿Dónde está?” – Quinto preguntó de nuevo. Sabía que se encontraba en medio de algo mucho más grande que él. A fin de cuentas, no era más que un pillo del Transtíber que entró en el ejército para obedecer órdenes y formar parte de la grandeza de Roma, y aumentarla. Senadores, cónsules, intrigas… esas eran cosas de políticos.

“Dirígete al Norte. Cabalga durante tres días, lo verás en la tercera noche. Él te encontrará.” – Quinto hizo ademán de ire, pero Arbaces lo detuvo.

“Mi señor Drachir te ofrece su casa, por esta noche. Descansa, toma un baño, relájate. No habrás comido nada decente desde… ¿hace cuánto?”

– “Estás loco, Arbaces.”

– “Vamos, pretoriano. ¿Tienes miedo? ¿Crees que te envenenaremos, te ahogaremos, que un esclavo te torcerá el cuello mientras te hace un masaje? Te doy mi palabra de que nada te sucederá esta noche. A no ser que te atragantes con una espina o un hueso, eso ya no depende de mí. No tienes nada que perder, si tuvieses más miedo a la muerte que al deshonor no estarías aquí, sino escondiéndote por alguna parte.”

Quinto sonrió, pensando en lo absurdo de la situación en la que se encontraba. Arbaces tenía razón; además, no sabía muy bien por qué, no se sentía amenazado. Sería por su labia, o porque estaba tan cansado que la persepctiva de un baño caliente y una buena cena bien valía la posibilidad de ser lo último que hiciese. Normalmente no jugaba a los dados, pero las pocas veces que lo había hecho siempre se había levantado de la mesa con la bolsa más llena de cuando se sentó. Se despojó de su manto de viaje mientras decía a Arbaces:

– “Tienes razón. Si tu señor va a rebanarme el cuello, por lo menos que esté limpio”.

Ruinas del Circo de Massenzio, al lado de la Via Appia Antica, donde he situado el campo de entrenamiento de los verdes.

El sol acababa de salir; sus rayos no habían tocado aún el campo de entrenamiento, pero en menos de dos horas el calor sería tan insoportable que las pruebas tendrían que retomarse al atardecer, esperando que llegase un poco de la brisa marina. La hierba era amarillenta, y entre las nubes de polvo levantadas por los cascos de los caballos se distinguían los sepulcros levantados a la vera de la Vía Appia. El blanco mausoleo de Cecilia Metella destacaba entre todos ellos. Marco y Pausanias observaban, bajo la sombra de unos árboles, la cuádriga que giraba en torno el campo. Éste tenía las mismas dimensiones del Circo Máximo, incluída la spina, para que tanto auriga como cabalgaduras, tomasen bien las medidas.

“Quítame una curiosidad, Marco. ¿Y Saturnio? ¿Cómo se ha tomado la revelación sobre tus orígenes?” prosiguió Pausanias.

– “No hace más que insistir en que tenemos que cambiar de alojamiento, visto nuestro actual ‘estatus’”

– “No me lo puedo creer, ¿Saturnio ha dico ‘estatus’?”

– “Bueno, no exactamente. Ha dicho ‘tendríamos que salir de esta pocilga ahora que hemos subido de ‘tatus’. Me ha costado no poco esfuerzo entender qué quería decir”.

– “Marco, quizás no se equivoque del todo, me duele verte en aquel palomar destartalado”.

– “Me conoces, Pausanias. Sabes que nunca le he dado importancia al dinero, o a las comodidades. Además, comparado con la choza en las montañas griegas, el palomar es un palacio!”

Sin lugar a dudas lo era, aunque durante aquellos días de calor asfixiante, la temperatura era tan elevada dentro de aquellas cuatro paredes que dormía en la terraza. Por suerte, Krytios, desde que aceptó la absurda apuesta de competir contra un auriga profesional, dormía en la escudería de los verdes.

– “¿Cómo te sientes?” – prosiguió Pausanias.

– “No lo sé. Hay momentos en los que no siento nada, otras me alegro, a veces siento rabia. Sé que sin vuestra ayuda me habrían ejecutado. Imagino que al emperador le costó poco convencer al padre que no investigase el asesinato de su hijo.”

– “Una taberna nueva”.

– “¿Cómo?”

– “El tabernero. Dijo que aquella noche sirvió varias jarras de vino a ese joven, que estaba con otros dos tipos de aspecto no muy recomendable y que salieron juntos. Pasado un tiempo razonable trasladó el negocio a otro local en una zona que le garantizaba más negocio, los gastos corrieron a cuenta de Trajano. Aunque estoy convencido de que el padre del joven si hubiese sabido que fuiste tú te hubiese buscado para agradecértelo; su hijo no había hecho más que darle problemas toda su vida.”

– “Valgo una popina. Se lo diré a Cyprianus, por si quiere trasladarse al Quirinal”.

– “Me alegra que te lo tomes con filosofía”.

– “No me queda más remedio. Mejor no pensar que alguien está intentando matarme por todos los medios.”

Pausanias se sintió incómodo. Tanto a Marco como a Rapax les faltaba una tesela del mosaico para encajar todas las piezas; el pretoriano desconocía la identidad del “hombre de la medusa”, y Marco la del mandante. En un principio Pausanias no consideró necesario que el hispánico conociese el papel desempeñado por Graco, ahora era de vital importancia que siguiese sin saberlo, al estar en esos momentes Imilce bajo su mismo techo, en la villa de Baia.

De repente Marco emitió un gruñido, apretó con fuerza la valla de madera que delimitaba el campo; agachó la cabeza, y la apoyó en los brazos.

– “Pausanias, no puedo más, la echo de menos. Sé que es cuestión de pocos días, sin embargo… Hemos perdido demasiado tiempo. El tiempo. Llevo dos semanas atrapado en esta especie de no vida que es mi vida. No me comporté bien con ella, la olvidé demasiado pronto”.

– “No la olvidaste, Marco. Estuvo siempre contigo, y Clelia sufrió por ello. Pero aguantó, por vuestro hijo.”

Pausanias se dio cuenta de que Marco estaba llorando.

– “No hago más que causar dolor a quien me quiere. Según Saturnio todo empezó cuando convencí a Krytios para jugar con las máscaras de los antepasados. Se están vengando de mi. Si es así, por todos los dioses, que lo están haciendo bien”.

De repente los gritos de Felix, el entrenador, llamaron su atención. Marco observó con detenimiento la cuadriga, que estaba a punto de tomar la curva más cercana. Los caballos se estaban desbocando, el ayuntado en el exterior, el más rápido, galopaba a un ritmo endiablado, que no podían seguir los demás, y sobretodo el caballo a la extrema izquierda, que era el más lento. El carro se estaba doblando peligrosamente hacia la derecha mientras tomaba la curva, una de las ruedas perdió el contacto con el suelo.

– “¡Corta las riendas! ¡Por Júpiter, Krytios, córtalas!” – gritaba Felix.

Los aurigas llevan las riendas de los caballos atadas a la cintura, pues las cabalgaduras no se controlaban sólo con la fuerza de las manos y los brazos, sino también con los movimientos del cuerpo. Pero lo que suponía una ventaja a la hora de llevar los caballos podía convertirse en una trampa mortal en caso de accidente. No eran pocos los aurigas que morían aplastados por el carro y los caballos al no poder cortar a tiempo las riendas con la pequeña daga que llevaban al cinto. Sin embargo, Krytios no hacía ademán de coger el puñal. Es más, parecía incluso disfrutar de la situación, a juzgar por su rostro. Desplazó el peso del cuerpo hacia su izquierda, hasta quedarse casi sentado en el borde del carro. Su altura y su peso jugaron a su favor, la rueda izquierda volvió a apoyarse en la arena, y el caballo externo redujo la velocidad apenas a tiempo. Krytios lanzó un grito de euforia cuando el carro completó el giro sin haber volcado.

Auriga de los verdes. Mosaico del Museo Nazionale Romano

Felix hizo gestos para que interrumpiese la carrera; Krytios frenó las cabalgaduras y se liberó de las riendas, saltando ágilmente sobre la arena. Se quitó el caso y el peto de cuero.

– “Krytios, vas a acabar conmigo antes de que empiece el diversium. Estoy viejo para estos sustos. De todas maneras, nunca vas a tener tanta suerte, te ha faltado poco ¿entiendes?” – le decía Felix mientras se acercaban a Marco y Pausanias.

– “Felix, tranquilízate. Sabía lo que estaba haciendo cuando acepté el reto. Soy bueno ¿no?”

– “Por los dioses que tienes talento. Si te hubiese entrenado durante más tiempo podrías ser el mejor. Pero no lo eres, tenlo en cuenta.”

– “¿Dónde aprendiste a llevar así los caballos?” – preguntó Marco.

– “En Lycia[3]. Mi amo era un buen hombre. Tenía buenos caballos, y aunque yo era solo el herrero me dejaba dar unas vueltas. Pero, por muy buen hombre que fuese mi amo, el capataz no lo era. Hizo de todo para impedir que pudiese dedicarme a las carreras como un profesional. Cuando mi amo murió y me liberó, pensé que lo mejor era poner tierra de por medio y probar suerte en Roma. Esto es lo que quiero hacer y nadie me lo va a impedir”.

Marco admiró la determinación de su primo. Tampoco nadie le iba a impedir a él hacer lo que desease.

­– “Felix, la escudería tiene varios caballos aquí en el campo ¿no?”

– “Sí, exacto, tenemos unos veinte, además de tres yeguas y varios potros. Excelentes cabalgaduras”.

– “El más rápido y resistente de ellos.. ¿En cuánto tiempo me llevaría a Baia?”

IMG_1834
Un bosque en Haltwhistle, Northumberland. Más o menos donde se desarrolla la siguiente parte de la historia

La tercera noche. Arbaces le repitió que Drachir lo encontraría a la tercera noche. Quinto llevaba varias horas acampado en un claro, no quería estar dormido cuando viniese a por él. ¿Lo haría? Hasta hace unos momentos estaba convencido de que sería así, pero empezaba a dudar. Quizás Drachir se había olvidado de él, o quizás le tendería una trampa cualquier otro día, cuando menos se lo esperase; sería más propio de él, una especie de juego cruel. Avivó el fuego, y se tapó mejor con el manto; hacía frío, a pesar de que aún no había empezado el otoño. Cerró los ojos por unos instantes, los volvió a abrir de inmediato, había oído algo, el crujir de una rama. Puede que se algún ciervo merodease por los alrededores; se quitó el manto y desenvainó el gladio. Se acercó a los árboles, había algo entre las ramas más bajas. Las movió con la punta de la espada, algo se avalanzó sobre él, seguido por un extraño murmullo, y un batir de alas. Era una lechuza. Dejó escapar un juramento.

– “¡Por Mitras!”

– “No me lo puedo creer, Quinto Terencio muerto de miedo por un pajarraco.”

Drachir había aparecido de la nada, estaba al lado del fuego, armado. Vestido a la manera de los hombres de la Britania, con pantalones, una túnica de tela y una pelliza de piel de lobo sobre los hombros. Las mejillas pintadas con tatuajes de color azul, formando curvas y elipses. Lo único que lo diferenciaba del grupo de hombres que apareció al otro lado del claro eran sus cabellos cortos, a la romana.

– “Aquí estoy, Drachir.”

– “Bien hecho, soldado. Siempre cumpliendo órdenes, como el perro que eres.”

– “Tú también cumples órdenes. Me ha dicho tu lacayo Arbaces que de un cierto senador”.

– “Tienes razón, los dos cumplimos órdenes, y los dos dejaremos de hacerlo en breve. Tú antes que yo, tu motivo es más… “definitivo”. Más tarde será mi turno, no obedeceré ya a nadie, ni tan siquiera a ese gordo y fatuo Cneo Cornelio Graco. Memoriza el nombre; si por casualidad sales con vida de esta historia probablemente será porque yo no lo haga. Espero que le presentes la cuenta.”

Drachir se situó en el centro del claro, le dio las armas a uno de sus seguaces. Éstos formaron un círculo alrededor de los dos hombres; uno de ellos desarmó a Quinto.

– “Una lucha cuerpo a cuerpo, sin hierro de por medio. ¿Quieres saber algo más antes de empezar, Quinto?”

– “No hay nada que puedas decirme que me interese”.

– “¿Ni siquiera cómo la maté?”

– “Ví el resultado, no me importa qué hiciste”.

– “Una mujer hermosa. Muy hermosa. Por la que un hombre sería capaz de hacer una locura. El cuerpo de una diosa, la piel muy blanca, preciosos ojos verdes. El cuello fino, elegante… frágil”.

Quinto se avalanzó sobre Drachir, tirándolo al suelo. Parecía que lo había cogido desprevenido, le dio un par de puñetazos en la cara pero éste, con agilidad, se retorció y se liberó de la presa del romano.

– “Vas en serio, por lo que veo.” – Drachir se tocó el labio partido, y escupió un grumo de sangre.

Los dos hombres se apartaron, estudiándose, caminando en círculo. Quinto atacó de nuevo, pero esta vez Drachir estaba esperando la embestida. La lucha fue cruel, sin exclusión de todo tipo de golpes. Quinto jadeaba, a duras penas lograba esquivar los puñetazos. Creía que algún hombre del britano lo estaba ayudando, tal era la cantidad de golpes que llovían sobre su cuerpo. Pero no, era tan sólo él. Ninguno de sus derechazos encontraban el objetivo, se le estaba nublando la vista, y podía oir poco más que su propria respiración. En el gimnasio de los pretorianos él ganaba siempre las competiciones de lucha, sin embargo, frente a Drachir, parecía un novato. Además, esa noche no había reglas, ni árbitros que señalasen golpes bajos o prohibidos. Logró quitarse al britano de encima con un codazo en los riñones, se levantó, pero se tambaleaba. El círculo de guerreros se estaba estrechando en torno a ellos, podía oir a lo lejos sus gritos, los golpes que daban a los escudos incitando a su señor. Cayó de nuevo al suelo, Drachir había centrado por enésima vez la cabeza. No podía respirar, se estaba atragantando con su propia sangre. Todo se desvanecía, el pitido en los oídos era ensordecedor. Lo había intentado, había fallado. Mejor así, había llegado el momento de dejarse ir. Drachir ya no lo golpeaba, creyó ver una brecha en la muralla de britanos, y oir una voz lejana. Alguien se había arrodillado a su lado, y le levantaba la cabeza para que no se ahogase; había visto ya aquel rostro, hizo un último esfuerzo para recordar dónde… Una imagen se iba formando en su mente. A la luz del fuego, todas las noches desde que dejó la Villa en Antioquía, durante las escasas horas que dejaba descansar a los caballos, en un pequeño retrato. Sí, era ahí donde lo había visto. Era imposible, a no ser que estuviese ya muerto. Pudo pronunciar sólo una palabra, antes de abandonarse.

– “Livia”

[1] Estancia que hacía las veces de despacho

[2] Prostituta especializada en el sexo oral

[3] Una región en la costa sur de la actual Turquía

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3 thoughts on “La historia de Marco Fulvio Aquila – 7.4

  1. Most of this is impenetrable to me due to my poor Spanish, BUT I love the photo of the Circus of Maxentius. I actually used it in one of my stories 🙂 And I have very vivid memories of being there, twice.
    Trust the Romans to have a word like “felatrix”!

    1. Indeed you have? Oh, I’d love to read that! My story develops during Trajan’s time, therefore Maxentius’ circus wasn’t there yet, so I borrowed the spot as a training field for the green team. 🙂 A couple of years ago in the month of August during my holidays I visited several places along the Appia Antica. I love the Quintilius Villa.
      The “felatriX”, a very appreciated professional. 🙂

      1. The story with Maxentius’ circus will come after “Sword Dance.” It’s only a detail in the story, but the hero is named for Maxentius 🙂
        I love the Appian Way. So peaceful, and yet it’s easy to imagine it bustling with carts as it was in Roman times.

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