Split. Postal de un lugar lejano

Restos del palacio de Domiciano en Split (Croacia). Pinchar para ver la fuente

Para mí el proceso creativo es una especie de carrera de relevos. La escritura, nace de la creatividad del autor quien, a su vez, más o menos conscientemente, toma el relevo con sus palabras a quien le precedió o quien le acompaña en su carrera. Sigo sin ser capaz de considerarme “escritora” o “autora”, pero sin lugar a dudas, soy una que toma prestado, o que cuando siente ese impulso creativo, suele nacer de una chispa encendida por otros. En el caso de este relato, todo empezó con esta maravillosa pieza musical del maestro Ezio Bosso – Split, postcards from far away . Desde la primera vez que la escuché, sobre todo la versión que he enlazado, sabía que podía generar no una, sino mil historias. Hace unos días volvió la idea de escribir un pequeño relato inspirada por esta melodía. Otras cosas resuenan en este texto, también hay ecos de las primeras páginas de “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías. El protagonista, aunque refelexiona sobre la pérdida como Víctor Francés, tiene el cuerpo, nombre y apellidos de un actor croata. Espero que no le importe (como si se enterase). No podía dejar de asomarse Joseph Conrad, aunque fuese de lejos.

Split. Postal de un lugar lejano.

 

Estaba empezando a llover. Podía oír el repiquetear de las gotas de lluvia sobre el techo metálico del cobertizo de las herramientas en el jardín. Acarició las teclas del piano que la tía Draginja, un ser que en su familia hasta hace pocos meses no era más que una especie de figura mitológica cuyo nombre se pronunciaba en voz baja, con respeto —sobre todo por los millones de su difunto marido—y temor casi reverencial, había puesto a disposición de su hasta entonces ignorado sobrino. La tía Draginja cedió sin pestañear, no solo el piano, sino también la cómoda casa amueblada en tres niveles, demasiado grande para él, en un barrio residencial del norte de Londres. “Es una inversión. Él es el único de todos vosotros con talento, pues el Señor concentró todo el que tenía a disposición para tres generaciones de familia Bogdan en él. Por lo que dentro de pocos años podrá pagármela, si quiere” —repetía esa especie de Medusa cuando le preguntaban el motivo de tanta generosidad.

A pesar de tener solucionado el espinoso tema del alojamiento, y de que la beca que se le había concedido para sus estudios de postgrado en la Royal Academy of Music incluía, además de las clases, un reembolso económico, podía llegar a fin de mes en una de las ciudades más caras del mundo gracias a las estúpidas canciones que componía para anuncios en la radio o en la televisión, pues el alquilar la otra habitación estaba fuera de toda discusión. Había sido un día largo, entre las pruebas, el estudio y el trabajo. Había decidido continuar la mañana siguiente, y se levantó para irse a dormir. Sin embargo, sin saber por qué, llevado por el sonido metálico de las gotas de lluvia sobre el cobertizo, acarició las teclas, y tocó cuatro notas, seguidas por una pequeña variación de cinco.

— “Marja”

Tampoco supo por qué dijo el nombre que llevaba meses sin pronunciar. Se sentó y sus dedos empezaron a recorrer el teclado. Encendió la grabadora de su móvil y sacó una cartulina que llevaba siempre consigo, cuidadosamente enfilada en un bolsillo de la carpeta de piel en la que guardaba sus partituras, escondida, jamás a la vista, pero siempre presente. La colocó sobre el atril. Se trataba de una postal de Split: una vista nocturna del palacio de Diocleciano. De esta manera, llevado por los recuerdos, empezó a tocar. Un grupo de jóvenes del barrio, algo alterados tras haber salido del pub, cantaban bajo la lluvia de Londres; de la misma manera que lo hicieron otros jóvenes, meses atrás, bajo la lluvia croata. Marja sonrió entonces, al verlos pasar, y empezó a entonar la misma canción, con su voz aterciopelada de soprano. Marja y sus cabellos rubios iluminados por la luz del sol, mientras estaban tumbados en la playa. Marja y su sonrisa, su cuerpo esbelto que acarició aquel verano en Split, como acariciaba en esos momentos el teclado.

La melodía crecía en intensidad, y todos los recuerdos que se había esforzado en alejar de su mente, volvieron. No bastaba borrar sus fotos, cambiar de país, alejarse de los lugares en los que habían sido felices, no era tan sencillo. Mientras tocaba, no sólo volvían las imágenes de Marja, sino todo lo que sintió por ella, mientras la tuvo, y cuando la perdió. De repente. De un día para otro. Acababan de volver de Split, del viaje que se habían concedido para celebrar la graduación de ambos en el conservatorio de Zagreb. Ella se fue a dormir y no se despertó. Le llamó su compañera de piso, llorando, desesperada. Se habían llevado su cuerpo al tanatorio. Él colgó el teléfono y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la pared.

Mientras seguía tocando, componiendo por primera vez en su vida sin pararse a pensar cuál iba a ser la siguiente nota, notaba la rabia crecer en su pecho, por la jugarreta que les había hecho el destino. Ella desapareció de repente, se esfumó. No tuvieron tiempo tan siquiera de tener la primera discusión seria. Él no pudo nunca luchar por ella como en las novelas que de chico leía a escondidas, cuando su madre le apagaba la luz de la habitación, y sacaba de debajo de la almohada un libro y una pequeña antorcha para seguir leyendo. Él y Marja no habrían podido ser nunca como Heyst y Lena en aquella novela de Conrad; si un destino trágico los esperaba, hubiese sido mejor poder tener un Ricardo contra el que luchar por salvarla, aunque hubiese tenido que pagar el mismo precio de Heyst, derrotado, acabando con su propia vida, y pasar así el resto de la eternidad “buscando su mirada entre las sombras de la muerte”. De todos los posibles finales trágicos a su historia, ninguno era tan cínico y cruel como una muerte inesperada y absurda. Cualquier cosa habría sido mejor que eso, pero les tocó ese breve espacio de tiempo en el 2015. No faltaban, en la atribulada historia de su país natal, otros tiempos, u otras circunstancias, en los cuales tal pérdida hubiese podido ser fruto de algo mucho menos banal que una pequeña vena que estalla dentro de la cabeza de Marja o su corazón que se detiene de repente por una malformación imposible de detectar. Los podrían haber separado ejércitos invasores, el odio religioso, botas opresoras desfilando por las calles al paso de oca. En tal caso, no hubiese habido tortura capaz de hacerlo renunciar a su amor. Por ella habría atravesado campos minados, superado cualquier obstáculo, ignorado las circunstancias adversas, y derrotando él solo, con sus manos, a todo un ejército, con la bendita inocencia y el coraje que puede albergar un joven enamorado. No contó con que su enemigo era un gen minúsculo en las células de Marja, capaz de transformar un cuerpo perfecto y hermoso en algo tan frágil, capaz de romperse durante la noche. Quién sabe si estaba soñando con él cuando murió.

Sudando sobre el piano, mientras los borrachos cantaban ya frente a la puerta de su casa, y sus voces se mezclaban en sus recuerdos con las de otros ebrios bajo la lluvia en Split, sentía envidia, e incluso odio, al recordar algunas conversaciones oídas por casualidad en el metro, o en los pasillos de la academia. Maridos y novios quejándose de las pequeñas manías de sus esposas y novias, que hacían de la convivencia una dura prueba cotidiana, superada con increíble paciencia y gracias a su innata bondad de ánimo. Él no tuvo tiempo de saber si Marja era desordenada, no cerraba las ventanas o se olvidaba de tirar en seguida a la basura las compresas usadas. En esos momentos deseaba haber cogido al novio de turno por el cuello de la camisa y gritarle a la cara, decirle que no se daba cuenta de lo afortunado que era, que él habría dado su brazo derecho por tal inconveniente. Pero por aquel entonces era insensible. Era capaz de ignorar con honesta indiferencia a las parejas que paseaban por la calle cogidos de la mano, o se besaban en un parque. Sin embargo, el piano y aquellas notas que brotaban de sus dedos lo habían despertado del letargo emocional en el que llevaba viviendo desde que ella se fue.

Poco a poco, la melodía disminuyó de intensidad. Al tocar las teclas regresó a él otra imagen que lo calmó, la primera vez que la vio, en el conservatorio, mientras repasaba con su maestro el aria que formaría parte de su examen final: la primera de Mimí en “La Bohème”… “Me llaman Mimí, pero mi nombre es Lucía”. Él se quedó inmóvil, viéndola, escuchándola, durante toda el aria, incapaz de apartar los ojos de ella. Marja se dio cuenta de su presencia, y cantó los últimos versos mirándolo, y sonriendo. “No sabría qué más contarle sobre mí. Soy sólo su vecina, que la molesta a estas horas”. Se volvieron inseparables desde aquel día, y algunos compañeros les llamaron desde entonces, no sin una pizca de celos — hay veces que la felicidad ajena trae consigo algo de envidia — Rodolfo y Mimí.

Tocó la última nota, apagó la grabadora del móvil, cerró la tapa del teclado, y, con la postal en la mano, se sentó en el suelo, apoyándose en la pared. En esos momentos dos gruesas lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas, y, finalmente, meses después de su muerte, a miles de kilómetros de distancia, en un lugar lejano, lloró por Marja. A las lágrimas siguieron los sollozos, y una especie de lamento, bajo y continuo. Se dejó llevar, llorando como no lo había hecho nunca en toda su vida, hundiendo la cabeza entre los brazos, arrugando la postal con una mano.

Pasaron varios minutos. No se oía más que el repiquetear, ahora más sosegado, de la lluvia. Seguía sin levantar la cabeza, su respiración se había calmado. De repente creyó oír una voz, pero la ignoró. No estaba seguro de si la había oído, o era todo fruto de su imaginación.

“¿Estás mejor?” — levantó la cabeza. Era demasiado real como para ser una alucinación.
“¿Cómo?”
— “Perdona, quería sólo saber si ahora te encuentras mejor. Has pasado un mal rato”

La voz parecía provenir del suelo. Se percató de que cerca de él, en la pared, había una rejilla de aireación, a la cual nunca había dado demasiada importancia.

“¿Quién eres?”
— “Soy tu vecina. No quería importunar. Normalmente me siento en la escalera, en el recibidor, bebiendo una taza de té, y te escucho cuando tocas. Me llamo María”
— “Goran. Yo me llamo Goran”
— “Nunca había oído ese nombre”
— “Soy croata”

Goran notó que su corazón latía con más fuerza. Siguió hablando.

“No te había visto nunca, pero sabía que alguien vivía en la casa de al lado”
— “Yo tampoco te he visto, pero te he oído”
— “¿Te molesta el piano?”
— “No, no, para nada. No habías tocado nunca como esta noche”

No supo qué decir.

“¿Te ha gustado?”
— “Mucho. Era pura magia”

Cerró los ojos. Repitió esas palabras en voz baja, “pura magia”. Eran las mismas que, en otra lengua, otra mujer llamada Marja usaba para comentar sus piezas favoritas. ¿Otra mujer? Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Eran ya tres las coincidencias: su nombre, lo que dijo cuando le preguntó quién era —una respuesta digna de Mimí — , y esas dos palabras pura magia. ¿Podía ser posible? ¿Se estaba volviendo loco? Goran nunca vio a Marja muerta. No acudió al velatorio, ni a la cámara ardiente. Asistió de lejos a su entierro, espiando su funeral, como si fuese el protagonista de un cuento gótico. ¿Iba a tener que vivir al lado de un fantasma? Aunque se tratase de tres simples casualidades, si no hacía nada la voz al otro lado de la pared acabaría siendo de verdad un espíritu que lo atormentaría.

“María, perdona mi atrevimiento. Si quieres, podemos seguir hablando aquí, bebiendo un té o lo que quieras… Bueno, agua o té, no tengo nada más”

Pasaron algunos instantes, durante los cuales no se oía nada más que la lluvia y algún coche que pasaba de vez en cuando por la calle. Goran miraba la rejilla a través de la cual le había llegado la voz de María, como si esperase a que se animase y cobrase vida.

— “De acuerdo”

Él se levantó, como impulsado por un resorte. Se acercó al recibidor, encendió la luz y se miró con preocupación al espejo. El hombre cuyo reflejo le observaba desde el otro lado del cristal aparentaba diez años más de los que tenía en realidad. Las mejillas oscurecidas por la incipiente barba necesitaban un afeitado. Vestía unos vaqueros y un jersey negro, que ceñían un cuerpo alto y musculoso, más propio de un atleta que de un músico. Tenía el ceño fruncido, los ojos oscuros; el pelo negro, aunque bien cortado, estaba despeinado. Con el aspecto que tenía aquella noche, y con su marcado acento eslavo al hablar, no habría podido dar más de diez pasos por Kensington Gardens sin que un bobby apareciese por una esquina pidiéndole sus papeles. Sonó el timbre de la puerta, una sombra se adivinaba al otro lado de la cristalera. Abrió, y durante unos instantes, no supo si se sintió aliviado o defraudado. Sin lugar a dudas la mujer que tenía delante de él no era el fantasma de Marja, no podían ser más diferentes. Ésta era casi tan alta como él, morena, de ojos oscuros, aunque tenían la misma sonrisa: sincera, solar, contagiosa.

“Aquí estoy. Soy María” — le dijo, tendiéndole la mano. Él se extrañó del hecho de que, a pesar de que estaban cara a cara, ella no le miraba a los ojos, sino a un punto indefinido, ligeramente desviado sobre uno de sus hombros. Fue entonces cuando se percató del bastón que ella llevaba en una mano, y no pudo evitar sorprenderse. –”Creo que te has dado cuenta de que te he dicho la verdad respecto al no haberte visto nunca. Tendrás que guiarme hasta el salón, o la cocina”
“Sí, por supuesto, perdona” – contestó Goran, cogiéndola del brazo, acompañándola dentro de la casa.

Esa primera noche hablaron durante un par de horas, de todo un poco, de dónde venían, qué hacían en Londres. Sin embargo, María no le dijo que tenía la mala costumbre de cerrar mal el grifo de la cocina, pero sólo ese, nunca los del baño, y no siempre. Y que había veces que tenía que despertarse de madrugada para cerrarlo bien, pues en el silencio de la noche, el ruido de las gotas de agua al caer sobre el fregadero, podía resultar más molesto que una caravana de camiones desfilando bajo la ventana.

Goran no se lo reprochó nunca.

Advertisements

2 thoughts on “Split. Postal de un lugar lejano

  1. La elegancia se hace palabra en este relato. Mientras se mezclan pasado y presente en los recuerdos y pensamientos del músico, el destino le brinda otra oportunidad de ser feliz. Y el final, tan breve y sugerente, lo convierte en una historia que -pese a la brevedad- no deja de ser dramáticamente romántica. ¡Enhorabuena, amiga! Me encanta.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s