Manio

dscn7838Me he preguntado a menudo que fue de los personajes de mi “Historia de Marco Fulvio Aquila”. Escribí estas líneas en “un momento de arrebato”, hace unos meses. Este relato podría unirse al del pretoriano Nevio en Britania, y formar otra novela. Quien sabe.

Roma – 117 d.C – Invierno

Hace frío, pero no lo noto. Aún no ha amanecido. El cielo, detrás del Coliseo, empieza a cambiar imperceptiblemente de color. La bruma se desliza entre las columnas de los templos, aumentando la sensación de irrealidad. Oigo sólo mi respiración, el leve crujir de mi coraza de cuero. Lo demás es silencio. Se ha levantado una brisa ligera, helada, que hace ondear levemente los estandartes negros que adornan los soportales de las basílicas. Mi visita a Roma será breve; no viví en la ciudad más que unos pocos días, en la zona de servicio de la domus flavia, que en estos momentos es sólo una sombra oscura detrás del templo de Cástor y Pólux. Pero, a pesar del poco tiempo que he vivido aquí, Roma cambió mi vida. La de toda mi familia.

Observo el foro desde una de las ventanas del tabularium, donde mi padre trabajó algunos meses, hace años, mientras se forjaba nuestro destino. Me duelen las piernas; he hecho el viaje en sólo ocho días, desde Germania, usando los caballos y las postas de los correos imperiales, algo que no deja de tener su ironía, vistas las circunstancias. Un día Flavius Cerialis me hizo una generosa oferta: “Si necesitas algo, estoy a tu servicio…”. Casi diez años después le he pedido que interceda para que el prefecto de mi cohorte me concediera un permiso especial; el tiempo de ir a Roma y volver. Hoy tenía que estar aquí. Le tendré que hacer otra petición cuando vuelva. No estoy seguro de si la aceptará de tan buen grado, pues una cosa es ayudarme en un viaje, y otra concederme la mano de su única sobrina, que ha criado como a una hija. Los Cerialis pertenecen a la clase ecuestre, y yo nací esclavo; una distancia demasiado amplia que colmar sin desvelar mi secreto. Aunque podría superarla con el oro de Graco, si quisiese usarlo. Pero no quiero ensuciarme con algo que fue propiedad del senador, el hombre que quiso asesinar a mi familia. Mi padre, desde hace años, hace buen uso de ese dinero construyendo bibliotecas y edificios públicos en Itálica. Yo quiero conseguir lo que deseo gracias sólo a mi esfuerzo, y a mi tesón. Acaricio el brazalete de bronce que Lavinia me regaló hace unos meses. Deslizo el dedo por su interior, noto la inscripción “ANIMA MEA”. Alma mía. Un escalofrío recorre mi espalda, pues mi mente ha pasado de la que espero sea mi mujer –no sé por qué motivo- a alguien muy distinta a la que he dejado en una estancia en el palacio. O quizás no lo era tanto cuando tenía la misma edad de Lavinia.

Ordeno mis pensamientos, vuelvo a recordar las últimas horas. Los veteranos acampaban fuera de la ciudad, a lo largo de la Via Appia, para entrar al día siguiente por la puerta Capena y rendir homenaje a Trajano desfilando en el Circo Máximo. No me costó encontrar a los de la XXX Ulpia Victrix, cerca de la tumba de los Escipiones. Reconocí los estandartes, y mientras buscaba algún rostro conocido entre los hombres que descansaban junto a las fogatas, algo llamó mi atención. En un recinto había varios caballos. Uno de ellos, apartado de los demás, rascaba la tierra con los cascos y resoplaba nervioso, moviendo la testuz. Habría reconocido a ese animal entre centenares. Me acerqué, extendí la mano y acaricié la mancha blanca de su cabeza, la única fuente de luz en un pelo negro como la boca del Averno.

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“Bucéfalo… ¡Eres tú!” – había cepillado su pelo centenares de veces; hacía doce años. Entonces era el caballo más joven de toda la turma, y el más inquieto. Yo era el único que podía acercarse a él sin recibir una coz, o un mordisco. Bueno, aparte de su jinete habitual.
“¿Manio?” — sonreí. Aquella voz era inconfundible. Era lo más parecido al fragor de un trueno en un cielo sereno. La voz del centurión Cayo Popilio Lenas era capaz de llegar hasta el último jinete de la turma en el fragor de la más cruenta de las batallas. “Mi viejo caballo se ha dejado acariciar toda su vida sólo por dos personas. Una soy yo, y la otra era un zagal hispánico que sirvió unos meses en el campo durante la segunda campaña de Dacia y que, a pesar de estar asignado a esas señoritas con túnica blanca de la guardia pretoriana, sabía apreciar la compañía de los legionarios de la XXX”.

Nos abrazamos. Popilio se alegró de que hubiese cumplido mi sueño, entrando a formar parte yo mismo de un cuerpo de caballería. “Aunque no fuese en la XXX”. Hablamos junto al fuego, recordando anécdotas de aquellos tiempos; me contó cómo fue el final de la campaña en Dacia, y la siguiente, en Partia. Aquellos hombres siguieron a Trajano hasta el confín del mundo conocido; más que su emperador fue siempre su general, aquel que compartió con ellos penurias y gloria, que los conocía por su nombre, que peleaba entre ellos en el campo de batalla. Lo menos que podían hacer por él era homenajearlo, ahora que había muerto. Iban a desfilar en un triunfo póstumo por el que fue el “mejor de los príncipes”, título que le acababa de otorgar el Senado. Un triunfo por la victoria en unas tierras que ya no formaban parte del Imperio. Partia se ganó con la misma rapidez con la que se perdió. El sueño de Trajano se esfumó con su último respiro. El emperador Adriano decidió que el precio y el esfuerzo que requería conservar aquellas tierras era demasiado alto, y las abandonó. No hacía falta que Popilio o sus camaradas dijesen en voz alta lo que pensaban; flotaba en el ambiente una extraña mezcla de dolor, resignación y rabia. Durante las horas que pasé con ellos nadie mencionó al nuevo emperador. Como si no existiese. Por lo menos, hasta que las cenizas de Marcio Ulpio Trajano descansasen definitivamente a los pies de su columna, en su foro.

– “Hablando de señoritas de túnica blanca” – masculló Popilio. Escupió un hueso, y se puso de pie. Un oficial pretoriano se estaba acercando a nosotros.
– “¿Eres Manio Fulvio Aquila?” – dijo el oficial. No me reconoció, pero yo a él sí. Tengo buena memoria para las caras y los nombres; Nevio Varo era uno de los pretorianos de la IV Cohorte Pretoria en Dacia, al servicio del emperador. Había hecho carrera durante aquellos años, como lo demostraba el penacho de su casco y los torques que decoraban su coraza. Asentí. – “Ven conmigo”. No tenía cabalgadura, pues la había dejado en la última estación de posta. Popilio ensilló a Bucéfalo y me dio las riendas.

Cuando llegamos al palatino había oscurecido ya, sin embargo sabía perfectamente dónde estábamos. En una entrada lateral que da a un patio que lleva, por un lado al cuartel de la guardia pretoriana, por otro a la zona de servicio del palacio. Un poco más allá están las cuadras en las que había pasado buena parte de mis jornadas como esclavo en la domus flavia. Seguí a Nevio por unos pasillos y estancias que no conocía. Atravesamos salones, jardines; llegamos a las estancias privadas de la familia imperial. Me hicieron entrar en una pequeña antecámara. Unas cortinas negras dividían la misma; varias lucernas iluminaban la habitación, débilmente. Espirales grises de incienso subían desde varios pebeteros hasta el techo.

– “Acércate”.

No me había dado cuenta de que una mujer estaba sentada en una esquina. Vestía de negro, un velo cubría su cabeza. Cuando se lo quitó la reconocí. Como podría haberlo hecho cualquier ciudadano del Imperio. No era la primera vez que la veía; aunque nunca tan cerca como esta noche. Era Plotina, la esposa de Trajano.

– “Sabía que uno de vosotros acabaría viniendo. Estaba segura. ¿Cómo te llamas?”

Me sorprendí. Si me encontraba en esos momentos en su presencia era porque Pompeya Plotina sabía perfectamente quién era. No entendía el sentido de aquella pregunta.

– “Manio Fulvio Aquila, augusta”.
– “¿Por qué no escogiste el apellido Elio? A fin de cuentas pertenecías a la familia[1] de mi sobrino… el emperador Adriano. Según la costumbre un liberto toma el nombre de su antiguo amo”.
– “Lo hice por mi padre. Preferí tomar sus apellidos”

Juraría que Plotina se sentó aún más rígida si cabe. El tiempo la había tratado razonablemente bien; no le había dejado más que algunas arrugas en la comisura de los labios, el pelo cano y la piel que había perdido la frescura de la juventud.

– “¿Cuántos años tienes?”

Estaba seguro de que era otra pregunta de la cual conocía la respuesta.

– “Veintisiete, augusta”.
– “Marcio tenía treinta y dos cuando nos casamos, apenas lo conocía. Arreglaron todo nuestras familias. Me enamoré de él, a pesar de todo; con todo mi corazón. Era imposible no hacerlo, todos lo amaban, sus soldados… Sin embargo él… Con el tiempo mi amor se convirtió en odio. Lo detestaba. Me preguntaba por qué me negaba a mí algo que daba desde el primero al último de sus soldados, que había dado a otras mujeres antes que a mí”.

Apreté las mandíbulas y agarré con fuerza el pomo del gladio que llevaba al costado. El gladio de mi padre, con una cabeza de águila en la empuñadura. Ella lo sabía, conocía su secreto. Nuestro secreto.

– “¿Por qué me cuenta esto?”
– “Porque representas mi mayor victoria, y mi mayor derrota. Sé quién eres, sé a quién pertenecía ese gladio. Yo también tengo mis secretos. Si tú supieses…”

Rió, en voz muy baja. Era una risa desagradable, que tenía poco de humano. Me acordé de algo que me contó mi tío sobre la Sibila de Tibur. Quizás todo era un sueño y dentro de poco los ronquidos de Popilio me despertarían junto al fuego en el campamento de la Via Appia. ¿A quién tenía delante de mí, a una emperatriz o a una pitonisa? Me atreví a hacerle otra pregunta.

¬ “¿Por qué estoy aquí?”
– “Porque nada importa ya. Tú y tu familia habéis dejado de ser un problema para mí desde el momento que encendí la pira funeraria de mi marido y la sucesión estaba asegurada. Todo el odio se desvaneció, y me quedaron sólo los buenos recuerdos. Lejanos, muy lejanos. Las noches de invierno son muy largas en los puestos de frontera, lo sabes bien. Yo acompañaba siempre a Trajano, por muy escondido que fuese el rincón del Imperio donde lo mandaba Domiciano. Hablábamos mucho por entonces. Y él apreciaba el hecho de que lo siguiese, y no me quedase en algún lugar más cómodo, y lejano. Adriano… el emperador, no os considera un peligro. No os considera nada en absoluto, por lo menos por el momento. Depende de vosotros que las cosas sigan así. Depende de ti: tu padre está ocupado siendo el mecenas de Itálica, es demasiado filósofo como para inculcar sueños de gloria a tus hermanos. Además, son muy pequeños, no creo que tengan idea del misterio que rodea sus orígenes. Tu tío bastante tiene con vivir aún, nunca volvió a ser el mismo tras el ‘accidente’ de Reate. Así que quedas tú. Ya se encargará Adriano de ti, si quiere; he hecho todo lo que he podido por él, le he puesto el Imperio en sus manos. Que lo defienda él solo, yo estoy cansada”.

Las palabras de Plotina eran proféticas a fin de cuentas, y se resumían en un “el emperador sabe quién eres, no bajes la guardia”. Magnífico. Me pregunto cómo tendré que afrontar el resto de mi vida, cuánto pesarán esas palabras en ella. He empezado en el ejército desde lo más bajo, estoy a un paso de ser nombrado centurión, mi carrera parecía prometedora. ¿Qué hago ahora? Nunca podré sobresalir demasiado, pues corro el riesgo de que el emperador me vea como una amenaza. Como si quisiera serlo. No soy ambicioso ni estoy loco. Pero tampoco voy a renunciar a lo único que he querido hacer toda mi vida.

No dije nada, ella tampoco. Seguíamos los dos en silencio, creo que en mi cara se leía demasiado claramente por lo que estaba pasando, pues en un cierto punto Plotina dulcificó su expresión, osaría decir que en esos momentos parecía hasta “maternal”. De repente tuve ganas de irme de allí.
– “¿Es todo, augusta?”
– “No. Tienes que ver algo antes de irte. Has recorrido un largo camino para llegar hasta aquí, y saludar a… Ya no tiene sentido no llamarlo por lo que era. Has venido desde Germania para saludar a tu abuelo”.
Plotina se levantó, y corrió la cortina negra que dividía la habitación. Sobre un pedestal descansaba un pequeño cofre de oro y plata, con figuras mitológicas repujadas sobre el metal, adornado de piedras preciosas. En la tapa, una cabeza de Medusa, con ojos de zafiros verdes y serpientes coloreadas por cabellos.

– “Os dejo solos”

Plotina salió por una puerta lateral. No recuerdo cuánto tiempo estuve a solas con las cenizas de Marcio Ulpio Trajano, mi abuelo. Durante largos momentos no pude mover un músculo. Cuando al final lo hice, desenvainé el gladio, y lo coloqué sobre el cofre, apoyando mis manos sobre él. Sólo lo vi aquel mes en Dacia, nunca me habló. Recuerdo mi llegada al campamento de Dobreta; él había salido de la tienda en la que estaba reunido con Adriano y Apolodoro de Damasco. Saludó a todos, y durante unos instantes, mientras abrazaba a su sobrino-nieto Publio, me miró. Entonces no pude entender por qué me miró así. No volvió a hacerlo, lo veía siempre de lejos, y nunca cruzamos nuestras miradas. Años después, cuando mi padre me contó toda la verdad, creí entender qué se ocultaba detrás de sus ojos. Mi padre me dijo que la última vez que lo vio, hace once años, en este mismo palacio, antes del desfile triunfal por la victoria en Dacia, era la viva imagen de la soledad. Quizás era por eso que, mientras apoyaba mis manos en el cofre, no podía dejar de susurrar como si estuviese rezando a los dioses… “No estás solo”.

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El graznido de un cuervo me saca de mi ensoñación. Ya no queda rastro de la noche en el cielo, la neblina se resiste a abandonar el foro, flota entre las columnas de los templos, los escalones de las basílicas. Debajo de esta ventana en el tabularium la plataforma de los rostra se alza sobre la bruma. Llegan a mis oídos sonidos apagados. A un par de millas de distancia los tambores de las legiones empiezan a tocar.
Alguien está detrás de mí. Nevio Varo carraspea.

– “Lo siento, tenemos que irnos”
– “Gracias por dejarme entrar en el tabularium”
– “¿Vuelves con tus camaradas de la XXX? ¿Desfilarás con ellos?”
– “No desfilaré. Regreso a Germania”

Nevio sonríe.

“Existe una sola razón por la que alguien pueda tener prisa en volver a Germania en pleno invierno. ¿Cómo se llama?”

– “Lavinia” – mientras me ajusto el casco salimos fuera del edificio.

“¿Dónde la conociste?”
– “En Argentoratum[2]. Sirvo en la VIII Augusta. Mi tía Livia es amiga de la suya, por lo que insistió en que fuese a visitarlos. La primera vez creo que ni miré a esa chiquilla que se escondía nerviosa detrás de las faldas de su tía. Cinco años después volví a verlos. Mi tía me pidió que le llevase una carta a su amiga. Cuando entré de nuevo en aquella casa no la reconocí, había cambiado tanto. Ahora que finalmente voy a ascender a centurión podré pedir su mano.”
– “Ah ¡las flechas de Cupido! Llevo tantos años usando ésta” – dijo Nevio mientras golpeaba su coraza – “que no hay manera de que uno de esos dardos centre mi corazón y caiga rendido bajo los encantos de una sola mujer.”

Extiendo el brazo para saludar al pretoriano, éste me mira y estalla en una sonora carcajada.

– “¡Por Mitras! ¡Ahora sé finalmente quién eres! No he dejado de darle vueltas a la cabeza, al final he caído. ¡Tú eras el muchacho que metió un puñado de barro en la boca del sobrino del emperador, hacer doce años, en Dobreta! Esa tarde me hiciste ganar tres denarios de plata, aposté que vencerías tú. A pesar de que el tricenarius de los especulatores os separó, no cabía duda sobre quién estaba ganando el combate”.

Monto a Bucéfalo; tengo que darme prisa, dentro de poco los veteranos de la XXX se prepararán para el triunfo.

– “Que los dioses estén contigo, Manio Fulvio Aquila. Quién sabe, si puedo reclutar mis propios hombres puede que pase por Argentoratum”

Alzo la mano derecha y saludo al pretoriano. La idea de que, no se sabe cuándo, quizás acabe prestando un servicio directo a Adriano, no deja de ser absurda. Aunque no tanto como lo ha sido este viaje a Roma.

1.- En el sentido romano. La “familia” incluía también a los esclavos de la casa

2.- Actual Estrasburgo

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11 thoughts on “Manio

      1. Let me see:

        “The squawking of a raven takes me out of my reverie. There is no longer a trace of night in the sky, the fog refuses to leave the forum, floats between the columns of the temples, the steps of the basilicas. Below this window in the tabularium the platform of the rostra rises over the mist. Sounds to my ears. A few miles away, the drums of the legions begin to play.”

        Well, it’s not the same but… it has improved VERY much!

      2. Indeed! Do you remember first google translations? Seemed made by a drunken Indian Chief high on peyote. 🙂
        They have improved even the sentences with subordinate clauses, although they’ve to work a little bit more on those:

        “A chill runs down my back, for my mind has passed from what I hope my wife – I do not know why – to someone very different from the one I left in a palace stay. Or maybe it was not so when she was the same age as Lavinia.”

      3. Yes, a part of me is glad that they have not yet penetrated the mysteries of human cognition when it comes to language. The other part would really like to have access to a top-quality machine translator!

  1. Qué bueno es saber que los personajes que me enamoraron siguen vivos en algún lugar de tu tintero. Esta es otra muestra de la facilidad que tienes para la escritura. ¿Seguiremos sabiendo de Manio y Lavinia? 😉

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