Veo el mundo tal y como es

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Lorenzo Lotto – retrato triple

Londres – 1598

Formamos un trío interesante, los dos hombres retratados y yo mismo, observándose, y yo a ellos, esta calurosa tarde de junio. Parecemos uno de esos retratos triples de Lorenzo Lotto, o del mismo Tiziano, autor del cuadro que se encuentra a mi izquierda, el retrato de mi abuelo John. Creo conocer bien al otro retratado, a mi derecha, pues soy yo mismo. Han pasado ya… dieciséis años. Por los clavos de Cristo, qué rápido que pasa el tiempo. Fue sólo cuando colgué estos dos cuadros, uno al lado del otro, que tuve la certeza de que aquello que oí siempre en familia era verdad: “Eres el vivo retrato del abuelo John”. Así es. Como dos gotas de agua.

Posábamos de la misma manera, de medio perfil, apoyando un brazo en un parapeto de piedra o mármol: mi abuelo mirando hacia su izquierda y yo a la derecha, como si los maestros venecianos que nos pintaron hubiesen tenido la tentación de hacernos dialogar en el futuro. Sin embargo, fue todo fruto de la casualidad; no había visto antes el cuadro de Tiziano. Éste se guardó cuando yo era niño durante unas obras, para que no se dañase, y quedó inexplicablemente olvidado en el desván durante décadas, hasta que lo recuperé. También encontré sus diarios, es por eso que sé tantas cosas de él, muchas más de las que supo nunca mi padre.

El lazo invisible que me une a mi abuelo no es sólo un parecido físico. Los cabellos negros y los ojos azules del primer Lord Hawkwood saltaron una generación. Mi padre tenía el pelo castaño de mi abuela, sus ojos marrones claros y su piel blanca, resplandeciente como la niebla en Padua bajo los rayos del sol. Mi abuelo, como yo, fue a Italia y volvimos con un retrato bajo un brazo y una bella esposa de la mano. Él lo hizo a una edad en la que la mayor parte de sus conocidos empezaban a pensar más en quién dejar una herencia que en crear una nueva familia. Pero él lo hizo; ardía en él una energía que lo hacía parecer mucho más joven de lo que era. Parecemos idénticos, en esos cuadros, pero yo tenía casi la mitad de sus años cuando otro maestro italiano, Jacopo Robusti, el Tintoretto, me retrató. Mi abuelo escribió en el primero de sus diarios que vivió dos vidas, y que la segunda empezó una mañana al salir de una taberna cerca de la catedral de Saint Paul. Creo que la fuente de su inagotable energía era el haber encontrado un motivo para vivir cuando había abandonado toda esperanza.

El artífice de tal milagro fue el tío-abuelo del joven que se hospeda ahora en mi casa. Desde aquel día, nuestras dos familias están unidas por una colaboración muy especial. Don Francisco de Villegas nunca pasó a los libros de historia, como tampoco lo hicieron sus descendientes, ni lo haremos ninguno de nosotros, pues nuestro trabajo no es tejer la tela de la historia, sino cardar los hilos que forman parte de su trama, dejarlos suaves al tacto. La reina de Inglaterra, Catalina de Aragón, le encomendó a mi abuelo el futuro de su hija María como sucesora de Enrique VIII. El primer Lord Hawkwood, con la ayuda de Don Francisco de Villegas, logró que así fuese. Tal fue su empeño que mi abuelo expiró apenas diez días después de que María Tudor fuese coronada. Pero había que asegurarse de que María reinase, y lograr encontrar un equilibrio, aunque fuese precario, en las relaciones entre Inglaterra y España. Por ese motivo mi padre prosiguió la misión de mi abuelo, de la misma manera que otro Villegas, don Fernando, sucedió a su hermano, don Francisco. Gracias a nuestras dos familias, María Tudor murió en su cama, en 1558, y el que fue su esposo, Felipe II, sobrevivió a numerosos atentados mientras permaneció en Londres. Como era de esperar, durante los turbulentos tiempos de la sucesión cualquier simpatía real o inventada hacia España, podía significar la muerte, y mi padre prefirió cerrar la casa de Londres durante algunos años y poner tierra de por medio, llevándonos a una de las fincas de familia en el Lancashire.

A pesar de todo, los lazos entre las familias Hawkwood y Villegas no se rompieron. Una vez de vuelta a Londres, mi padre y Don Fernando Villegas usaron su red de contactos en ambas cortes, y en otras en Europa, para vigilar a quien vigila oficialmente por la seguridad de Felipe II e Isabel I. Cuando mi padre falleció, me tocó recoger el testigo. Somos la respuesta a la pregunta que se hizo el poeta de la antigua Roma, Juvenal: ¿quién vigila a los vigilantes?

En esta misión hemos tenido éxitos discretos. Mi padre evitó varios atentados contra la vida de Felipe II, y yo otros tantos contra la de Isabel. Hicimos lo posible para evitar el desastre de la Armada Invencible. Villegas (Don Alonso, habíamos alcanzado ya la tercera generación) logró que frente a la misma se colocase al inútil del Marqués de Medina Sidonia, al cual costó muy poco convencer para que no atacase la flota inglesa atracada en Plymouth. Yo me tenía que encargar de menguar la presencia de ilustres almirantes en la flota inglesa. Fallé. Drake y Hawkins llegaron ilesos a Plymouth. Pero me tomé la revancha personalmente dos años después sisándole a Drake el galeón Virgen del Rosario debajo de las narices. La comisión que me cobré in situ bastará para que mi hija pueda vivir cómodamente toda su vida. No fue un gesto noble, lo sé. Sin embargo, la máscara que uso en la corte, la de mecenas de las artes no demasiado espabilado, no sale a buen precio. Mi abuelo empleó el dinero de César Borgia en varias actividades que suelen ser muy rentables, y gracias a ellas vivimos cómodamente, pero en los últimos tiempos hemos sufrido algún que otro revés que hacía necesaria una entrada extra. Además, lo reconozco, Drake me era particularmente antipático; Dios lo tenga en su gloria o el diablo en su infierno.

– “Siento interrumpir la reunión familiar, Richard, pero tenemos que hablar de nuestra hija”

Hasta hace no mucho tiempo podía notar la presencia de Laura a mi lado con antelación; su perfume a bergamoto, un suave crujir a telas. Pero hoy se ha acercado por la derecha, y estoy empezando a perder el oído por ese lado. Otro recuerdo de Drake; sin lugar a dudas, un cañonazo deja secuelas menos placenteras que los doblones de oro puro, depositados a un diez por cien de interés en el banco de Santón en Venecia. Doblones que a estas alturas se habrán convertido en el enésimo préstamo al rey Felipe. Extraño mundo.

– “¿Isabella está bien?” – pregunto, sin apartar la mirada de los cuadros.
– “¿Cuánto tiempo se va a quedar ese joven en casa?”
– “Puede que, un año, por lo menos. Formará parte de los secretarios del embajador Mendoza”
– “¿Y no has pensado que quizás no sea una buena idea que un atractivo joven de 23 años viva bajo el mismo techo que tu hija?”

Saludo mentalmente al abuelo y a mi viejo yo, y me enfrento a los ojos verdes de Laura. Su tono de voz es tranquilo y apacible, pero conozco demasiado bien ese brillo en su mirada como para no saber que es presagio de tormenta, por lo que no me queda más remedio que amainar velas. Aunque no entiendo el motivo.

– “Isabella es sólo una niña, Laura. Tiene catorce años”.
– “Quince, la semana que viene. Y se está enamorando”.

De repente advierto una sensación imprevista, inesperada. No había notado algo así desde que la ropera de un noble en Ferrara atravesó mi muslo. Como frío metal que desgarra algo dentro de mí. Por primera vez soy consciente de que tarde o temprano Isabella dejará de ser mi niña para ser la mujer de otro. Me empeño, sin embargo, en negar la evidencia y detener el tiempo con una respuesta estúpida.

– “Él ni siquiera se da cuenta de que existe, y está prometido con una muchacha española que tendrá por lo menos tres apellidos y miles de olivos en Andalucía”
– “Es un joven que ha salido de su país y se ha alejado de la autoridad paterna por primera vez, es obvio que ahora no piensa en Isabella, sino en alguna dama de compañía de la reina, en partidas de naipes o caballos de pura raza. Pero no hace falta que te diga lo hermosa que es nuestra hija. Además, te recuerdo que yo estaba prometida cuando te conocí”.

Sonrío. Ciño su cintura y beso un pequeño lunar que tiene en el cuello.

– “Lo recuerdo perfectamente… ¡Y con un Gonzaga!”
– “Pobre Ludovico…” – Laura sonrió. Una de sus sonrisas enigmáticas, como la de una madonna de Leonardo. – “Pero era un Gonzaga de segundo grado”
– “Para mi fortuna… No se puede comparar esta humilde morada llena de goteras con el palacio ducal de Mantua.”
– “No cambies de tema, estábamos hablando de Isabella”
– “Tienes razón, no es una buena idea que él viva aquí durante toda su permanencia. Lo había pensado ya, pero por otro motivo; tiene que convivir con jóvenes de su edad, empezar a establecer contactos que le puedan ser útiles en el futuro. Pero me va a llevar un tiempo encontrarle el lugar y la compañía apropiados.”
– “Y, si en un futuro él la mirase con otros ojos… Creo que nada me haría más feliz. Sería una bonita manera de sellar la sociedad entre los Hawkwood y los Villegas, ya que no habrá un cuarto Lord Hawkwood” – Laura intenta mantener la voz firme, pero no puede. La abrazo con más fuerza. Llevo diez años dando todos los días gracias a Dios por no habérsela llevado junto con mi hijo.
“Amor c’ha nulla amato amar perdona, mi prese per costei piacer si forte, che come vedi, ancor non m’abbandona”– le susurro al oído.

Cambio el pronombre a los versos de Dante. Lo que nos une es tan fuerte como el amor de los amantes Paolo y Francesca. Durante mucho tiempo se apoderó de ella una sensación de culpa, y me llevó años convencerla de que no le reprochaba tal pérdida. No soy perfecto. Mis defectos superan con creces mis virtudes y hay muy poco en mí del héroe clásico. Pero juro por lo que más quiero, por Laura, y por Isabella, que habría sido capaz de quitarme la vida si ella hubiese visto en mi mirada algo parecido al reproche.

– “Richard, tu acento sigue siendo terrible”

Iba a contestarle, pero alguien se acerca. Reconozco el inconfundible trote de potrilla de Isabella sobre el suelo de madera. Entiendo, al ver el brillo en su mirada, que su madre tiene razón. Como siempre. Nada será igual. Isabella ya no es mi niña. No me queda más que empeñarme para que su vida de adulta empiece de la mejor de las maneras.

Oigo otros pasos detrás de ella, más fuerte, decididos. Me separo de Laura.

– “Padre, está ya preparado” – dice Isabella, mientras siento dentro de mí algo muy parecido a los celos. Cuando ella se aparta lo veo.
– “Por los clavos de Cristo, Gonzalo” – el joven me mira con sorpresa. Sus ojos pardos parecen aún más grandes. Se toca con sorpresa el jubón damasquinado.
– “¿No estoy bien? ¿Hay algo que no va?” – pregunta mientras se toca los puños de las mangas de la blanca camisa de holanda, se toca la golilla y se ajusta el jubón que ciñe su torso como un guante. – “¿No estoy lo bastante bien vestido?”
– “Diría lo contrario. Vas “demasiado” bien vestido. Será mejor que te pongas algo cómodo y menos… llamativo” – concluyo señalando su sombrero y la larga pluma de faisán.
– “¿No vamos al teatro? Creía que esto era apropiado para la corte”
– “La representación no es en la corte. Isabel no está para comedias, últimamente. Ni para tragedias. Vamos a Shoreditch, al Curtain. Con ese aspecto prácticamente le estás rogando a uno de los honestos pillos del barrio que te corte la bolsa”.

Observo sus finas calzas, y los zapatos de piel. Los señalo.

– “Sobretodo esos. Fuera. Ponte calzones normales y botas”.
– “¿Botas? Pero con este calor…”
– “Botas. Me lo acabarás agradeciendo, Gonzalo. Y date pisa, tenemos que salir dentro de poco, vamos a pie”.

El muchacho obedece, sin rechistar. Isabella lo sigue con la mirada, y suspira.

– “Pues yo creo que estaba muy bien, padre”.

Laura se separa de mi lado, susurrando un “te lo dije”.

– “No vamos a palacio, sino a un barrio frecuentado por todo tipo de gente. Es mejor no llamar la atención”.
– “Podríais ir en el carruaje”
– “No, tiene que familiarizarse con la ciudad, es mejor así”

Mientras hablo me ajusto la espada al cinto. Es un arma ligera, y, si se tercia, fácil de usar. Gonzalo regresa. Ha cambiado el fino conjunto de seda clara por unos calzones oscuros de gamuza verde, y un jubón ligero, del mismo color. Quizás las mangas acuchilladas están un poco pasadas de moda. La camisa es la misma, a la valona, sin golilla, con el cuello blanco sobre el jubón. Apruebo con la mirada.

– “Tampoco está mal así” – se le escapa a Isabella. Suspiro y miro a Laura. Ella sonríe, pidiéndome disculpas con la mirada.
– “¿Qué vais a ver?” – me pregunta.
– “La historia cómica del mercader de Venecia”
– ¿Es de Jonson?”
– “No, Shakespeare. Tengo ganas de ver qué se ha inventado esta vez. Espero que sea una obra menos sangrienta que “El judío de Malta” de Marlowe”.
– “No recuerdo cómo acabó”
– “Con el judío Barrabás cayendo vivo en un caldero de agua hirviendo, tras haber envenenado con un potaje a su hija y a todas las monjas de un convento”

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Cinquedea expuesta en el Victoria & Albert Museum – Londres

Contesto mientras me ajusto detrás del cinto la cinquedea que compré hace años en Venecia, y que desde entonces me ha sacado de varios apuros. Le paso una daga corta a Gonzalo, y se la ajusta con ademán seguro. Oh, Laura, Laura. ¿No podrías haberme dejado algunos días más en mi bendita ignorancia? Pues ahora veo también con otros ojos al joven que, hasta hace pocos instantes, no era más que un huésped en mi casa. Alguien a quien ayudar a dar los primeros pasos en este mundo complicado de conjuras y engaños en el que nos ha tocado vivir. Es un mozo bien plantado, alto para ser español. Bien educado, competente tanto en lenguas como con la espada; algo bisoño e ingenuo, pero con trazas. Tendrá que aprender deprisa. El viejo mundo del rey prudente y la reina virgen tiene el tiempo contado, y la transición no dejará de ser traumática. Pero tendremos tiempo para preocuparnos de eso. En estos momentos, lo importante es la obra.

– “Que lo paséis bien” – Laura me hace volver a la realidad.

Salimos a la calle y nos dirigimos hacia las blancas agujas del municipio. Hay que proseguir hacia el Norte. Una vez en Bishop Street tendremos que caminar con cuidado, evitando los carros que circulan demasiado deprisa y demasiado cerca de las casas, y esquivando el contenido de los vasos de noche que se vacían desde las ventanas sin avisar a los viandantes.

La lluvia de la mañana ha convertido la calle en un lodazal, y en pocos minutos tenemos las botas salpicadas de barro, a pesar de caminar sobre tablas de madera. Las finas calzas de Gonzalo y sus zapatos de piel de cabrito en estos momentos serían irreconocibles.

– “Milord…”

No caben dudas de que el joven es educado.

– “Espero no ser impertinente…”

Aunque quizás me equivoque.

– “Estaba pensando que, quizás…”

Lo cojo del brazo apenas a tiempo para evitar que choque con dos hombres que transportan un tonel a una de las muchas tabernas que dan a la calle. Aprovecho el momento para plantarle cara.

– “Si tienes algo que decirme, dímelo”.

Creo que he exagerado con mi tono de voz, pues palidece y traga saliva. Sé que en determinadas circunstancias puedo infundir demasiado temor en mi interlocutor. Puede que se deba al efecto de mis ojos azules claros con el pelo negro como ala de cuervo. Mucha gente lo encuentra inquietante.

– “Milord, os agradezco vuestra amabilidad conmigo, que excede cuando debido a la amistad que os une a mi padre y mi familia, pero creo que sería mejor si encontrase alojamiento fuera de vuestra casa”.

Prosigo el camino intentando disimular la sonrisa. Tengo que reconocer que este joven es un pozo de sorpresas.

– “¿Has hablado con mi esposa de este asunto?”
– “¿Con madonna Laura? No. ¿Por qué debería?”
– “¿Acaso no estás a gusto en mi casa?”
– “Milord, por supuesto que lo estoy. Pero creo que sería mejor que no tengáis que preocuparos por mí, cuando entro o salgo…”

Ahora intento disimular la risa con un golpe de tos. No cabe duda de que a este joven le llama más la atención lo que hay fuera de mi casa que dentro de ella,

– “Gonzalo, tu padre me ha encomendado tu persona durante tu estancia en Londres. Recuerda que no llevamos éstas” – doy un golpe ligero a la empuñadura de mi espada – “por decoración”.
– “Sé defenderme” – responde con un tono de orgullo – “y Madrid es igual de peligrosa que Londres, según las horas y las circunstancias”.
– “Pero ahora estás aquí, bajo mi responsabilidad. Y tienes mucho que aprender. Sin embargo, comprendo tu deseo de libertad. Imagino que si me dices esto es porque has encontrado ya algo”.
– “No, bueno. No la he visto aún, pero me han hablado de una casa en la que alquilan habitaciones. Cerca de Saint Paul, en Watlyn Street”.

Levanto las cejas. Podría ser peor.

– “Si lo prefieres así. De todas maneras, te acompañará alguien de mi servicio, el joven Thomas Brewer. Necesitarás un criado. ¿Quién te ha sugerido el lugar?”
– “El hijo del embajador Mendoza. Conoce la casa…”
– “Más bien la taberna, diría yo. Lo mejor es que no te presentes como español”.
– “No, desde luego. Había pensado en hacerme pasar por florentino. No creo que sepan diferenciar el acento”.
– “Estoy seguro de que no”.
– “Madonna Laura podría enseñarme algunas palabras. No conozco más que las cuatro malsonantes que se pueden aprender entre la soldadesca”.
– “Creo que estará encantada de darte lecciones, aunque es una maestra implacable. Hoy, sin ir más lejos, se ha burlado de mi acento”.
– “Vos también conocéis la lengua. Habéis vivo allí ¿no?”
– “Por algún tiempo. Entre Ferrara y Venecia”.
– “¿Conocisteis allí a madonna Laura?”
– “Sí”.

Me doy cuenta de que nunca le había contado a nadie qué sucedió aquellos meses. Mis padres habían muerto ya, no tenía que dar cuenta a nadie de mis actos. En aquel país me encontré repitiendo los pasos de mi abuelo, siguiendo las huellas de otra Lucrezia, y acabé siendo yo también objeto de la ira de un Alfonso d’Este. Los nietos siguieron los pasos de sus abuelos. Sí, creo que es una buena idea contarle a este joven lo que pasó en Ferrara, hace dieciséis años.

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Supuesto retrato de César Borgia

― “Gonzalo, te voy a contar cómo conocí a Laura, y qué pasó. Iba a ir a Italia con mi padre, para que me presentase a nuestros contactos en la península. Nuestro primer destino iba a ser Venecia, pero cuando teníamos ya todo preparado mi padre enfermó. Se fue en tan poco tiempo que pudo sólo escribir cartas de presentación, ya que no lo podría hacer en persona. Iba a estar ausente varios meses, quizás más de un año. Cerré la casa, pero antes de irme, encontré en el desván el retrato de mi abuelo John y sus diarios. Me los llevé para leerlos durante el viaje, no sé por qué. Supe, gracias a esos papeles, que la Duquesa de Ferrara, Lucrezia Borgia, fue su único amor, durante muchos años. Mi abuelo fue el hombre de confianza de su hermano, César Borgia, a quien sirvió y brindó su amistad sincera. Cuando eran unos muchachos César le salvó la vida, en Siena, y John fue para César mucho más que un amigo. Fue él quien, reventando caballos desde Navarra a Ferrara, le llevó a Lucrezia la noticia de la muerte de César en una emboscada en Viana. Se quedó a su lado, en Ferrara, hasta que murió tras dar a la luz el enésimo hijo de Alfonso d’Este. Una niña, que también murió”

Hemos llegado a una de las puertas de la ciudad, Bishopgate. Los soldados de guardia nos dedican una mirada distraída sin dejar de charlar. El río de gente que sale de la ciudad para ir al teatro no es un problema, por el momento. Quizás lo sea más tarde, al regreso, excitados por la representación y el alcohol, pero eso será asunto del siguiente turno de guardia.

– “Milord ¿vuestro abuelo era el amante de Lucrezia Borgia?” – Gonzalo parece realmente interesado en lo que le estoy contando.
– “No lo era en Ferrara. Sucedió años antes, en Roma. Cuando ella se refugió en el convento de San Sixto, para escapar de su matrimonio con el milanés Giovanni Sforza. Milán empezaba a ser un aliado molesto para los Borgia. Había que deshacer el matrimonio, y mientras se tomaba tiempo, se estudiaba dónde mover pieza, con quién casar a Lucrezia: Nápoles, Mantua, Ferrara… Mientras César y el papa Borgia sopesaban pros y contras, mi abuelo leía libros con Lucrezia en el claustro de San Sixto. Hasta que, como les sucedió a Paolo e Francesca en la Divina Comedia, “no pudieron seguir adelante”. Como en el poema, aquella relación terminó en tragedia. Lucrezia se quedó embarazada, pero encontraron un chivo expiatorio, un cierto Pedro Calderón, conocido como Perotto. César se creyó que aquel humilde mozo de cuadras era el padre del niño. Su reacción fue terrible; mató al joven, y a la doncella de Lucrezia. Ambos sabían quién era en realidad el padre, pero no lo delataron. O, por lo menos, si confesaron delante de César antes de morir, éste no lo dio a conocer. John siguió a César en sus campañas en Emilia Romaña. Estuvo a su lado cuando el veneno, que los Borgia habían usado a placer, acabó con la vida de Alejandro VI y casi con la de su ambicioso primogénito. John lo ayudó a escapar a Ostia, pero en un momento de distracción, Gonzalo Fernández de Córdoba se lo llevó a España, prisionero del rey Fernando”.

Gonzalo me mira y sonríe.

– “Pero César Borgia logró escapar del castillo de Chinchilla. Y creo adivinar quién le ayudó en la fuga”.
– “Así es, Gonzalo”
– “Pero, hay algo que no entiendo. Si cabía la posibilidad de que César supiese que John era el padre del hijo de Lucrezia… ¿Por qué arriesgó éste su vida para salvarlo?”

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Castillo de los d’Este – Ferrara

– “Porque se lo debía. John habría muerto desangrado en Siena si César no lo hubiese ayudado: eliminó a unos ladrones que lo asaltaron y lo llevó al hospital de Santa Maria della Scala. Además, en su conciencia y en la de Lucrezia pesaban como una losa las vidas de Perotto y Pantasilea, la doncella. Por ese motivo, aunque nunca volvió a alejarse de ella tras darle la noticia de la muerte de César, no volvieron a acostarse. Pasó a formar parte de la corte, de su grupo de admiradores: literatos como Pietro Bembo, o nobles como Francesco Gonzaga de Mantua. Él era uno más, pero con una sola diferencia. Lucrezia lo amaba sólo a él, en silencio. Y Alfonso d’Este, el duque, lo sabía. No pudo probarlo; es imposible encontrar pruebas donde no las hay. Nunca perdieron la compostura, ni siquiera cuando estaban solos, ni se escribieron billetes románticos que podrían ser interceptados. No hablaron nunca de amor, a los dos les bastaba saber que ese sentimiento existía, cada vez más fuerte, alimentado sólo por su presencia. Hasta que ella enfermó tras dar a luz, pues en eso consistía la cruel venganza del duque: dejarla embarazada una y otra vez. Y esa era la penitencia de Lucrezia: permitírselo. Para cuando el señor duque se dignó a visitar a su esposa agonizante, molesto por haberle alejado de sus cañones y su amante oficial, encontró la puerta de la alcoba atrancada. John estaba con ella, acompañándola en sus últimos momentos, hablándole. Cuando se dio cuenta de que ya no respiraba, recitó unos versos de Ausiàs March, un poeta valenciano. Los mismos que ella repitió cuando supo que César había muerto. “La gran dolor que llengua no pot dir, del qui-s veu mort e no sap on irà…”. John seguía recitando el poema mientras el conde y su guardia intentaban derribar la puerta. “Lo teu esguard no-m donarà espavent”. “No temeré tu mirada”, repitió. Y besó sus labios ya fríos. Escapó. Saltó a través de la ventana de la alcoba, cayó al foso del castillo. Evitó buceando los virotes de las ballestas, y huyó a Venecia. Se refugió durante un tiempo en casa del maestro Tiziano, y regresó a Inglaterra. En Londres conoció a tu tío-abuelo, Don Francisco de Villegas. Pero esta parte de la historia la conoces bien”.

– “Milord, ibais a contarme qué sucedió en Ferrara… Pero a vos, no a vuestro abuelo. Y creo que estamos llegando”.

Así es. Delante de nosotros, entre unos campos, se alzan dos edificios de unas tres alturas, de planta octogonal; eran dos teatros, el Curtain, y el Theatre. El que estuvieran fuera de las murallas de la ciudad era una argucia para evitar, en la medida de lo posible, el cierre periódico de los teatros por motivos de salud pública. En los alrededores había varias tabernas. Podían acudir hasta tres mil personas a cada representación, sobre todo a las más populares, y de ellas sacaban tajada no sólo las compañías de actores y los empresarios, sino taberneros, busconas, pillos y ladronzuelos que aprovechaban las aglomeraciones para aligerar a los incautos del peso de sus bolsas. Los dos teatros, a pesar de estar tan cerca, no se hacen la competencia. El apetito de espectáculos teatrales por parte de los súbditos de la reina Isabel parece insaciable. Además de estos dos teatros, hay otro en la orilla sur del Támesis, el Rose. Probablemente la compañía de actores de los hermanos Burbage acabarán mudándose también a la otra orilla, abandonando el Theatre, y los infinitos pleitos con el propietario del terreno. Quién sabe cuándo sucederá. Los tiempos de la corte de justicia son bíblicos. Mientras tanto, el barrio más cercano a los teatros, Shoreditch, se ha convertido en el hogar de actores y escritores. Greene, Marlowe, Spenser, Shakespeare, Jonson. Todos habían vivido, o lo hacen aún, en esas calles.

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Suburbios del norte de Londres con el Curtain. Grabado de la época

“Tienes razón, Gonzalo. Te lo contaré en el entreacto”

La campiña se ha convertido en un lodazal. La masa de espectadores confluye al edificio octagonal. Hoy no hay espectáculo en el Theatre; probablemente los Burbage estarán en el juzgado, por lo que ganar la entrada al Curtain costará esfuerzo, además de los tres peniques por el acceso a los cómodos palcos con vista sobre el escenario. Mi posición social, y mi fama de sibarita, me impiden ver la obra desde donde me gustaría hacerlo. Entre el pueblo, de pie en la platea, a pocos metros del escenario, prácticamente mezclado con los actores. O, si estuviese cansado, en los bancos de madera de las gradas bajas, las localidades de a dos peniques, entre los tenderos, los empleados y la pequeña burguesía. Pero Lord Richard Hawkwood tiene que ocupar uno de los palcos altos, cerca del “cielo”, el techo que protege el escenario de la intemperie y que está decorado con signos del zodiaco, constelaciones y personajes mitológicos.

Me acerco a uno de los cobradores, dejo el dinero en la caja, y nos seguimos abriendo paso a empujones. Reconozco al tipejo con aspecto de comadreja que se acerca demasiado al flanco de Gonzalo. Aparte de su honesto oficio de ladronzuelo, se gana la vida, razonablemente bien, recogiendo información que me ofrece, cuando es necesario, a la lumbre de algunas velas grasientas en las sucias mesas de “El Toro Rojo”, mientras remoja el gaznate con varias pintas de cerveza.

-“Bardolph, el joven está conmigo, así que métete las manos en los bolsillos. O donde te plazca, basta que no lo hagas donde ibas a hacerlo”

El hombre palidece, algo casi nunca visto en él. Sólo yo lo llamo Bardolph. Cuando oí la descripción de uno de los personajes del “Enrique IV” y “Enrique V”, “su cara es toda bubones, pústulas, bultos e inflamaciones, y sus labios hacen el oficio de soplete de su nariz, que está como carbón encendido, unas veces roja, y otra azul”, no tuve dudas. A partir de ese momento el honesto Dick Chapman pasaría a ser Bardolph, ojos y oídos discretos desde Shoreditch hasta Eastcheap. Las mejores informaciones las he obtenido de los parroquianos de “La Cabeza de Jabalí” o de “La Sirena”, pocas veces en los pasillos de Whitehall o Westminster.

– “Lo ziento milord. Zi lo hubieze zabido…” – no logro entender el por qué el buen Bardolph abusa de la letra ese en su vocabulario a pesar de tener el ceceo más exagerado que haya oído nunca. O quizás precisamente ése era el motivo. – “¡Dejaz pazo a zu ezelencia, inmundaz zabandijaz!”

Bardolph se ha tomado a pecho el error en la elección del pollo a desplumar, y logra abrir las masas delante de nosotros como la proa de una nave que rompe el hielo apenas formado.

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Globe Theatre – Londres

Finalmente entramos en el teatro, y veo que Gonzalo disimula una mueca de asco. Casi tres mil almas aglomeradas dentro de un círculo de madera en la jornada más calurosa del año no se caracterizan por su buen olor. Sonrío al ver que el joven intenta disimular su asombro, mientras levanta la mirada a los tres órdenes de galerías que envuelven la platea y el escenario. Le hago notar dónde están nuestras localidades en el primer piso, en uno de los laterales. De entre los barrotes de madera de la barandilla asoma la punta de una bota, y el humo de una pipa asciende hasta acariciar las paredes decoradas. Subimos y, nada más entrar al palco, reconozco los cabellos rubios ondulados, el pendiente-una perla en forma de pera-, y el porte inconfundible de Edward de Vere, conde de Oxford. Se gira al vernos entrar.

– “¡Oh, Hawkwood! ¡Qué sorpresa! No esperaba veros hoy por aquí”
– “No sois el único” – contesto, recordando la pálida cara de Bardolph. El conde se aparta para ver mejor a mi acompañante.
– “¿Dónde habéis dejado a vuestra deliciosa esposa?”
– “Hoy hace demasiado calor. Además, no podía dejar de mostrar a mi joven huésped una de las atracciones de la ciudad. Permitid que os presente a Gonzalo de Villegas y Esquivia. Gonzalo, Edward de Vere, conde de Oxford”

El conde concede una leve inclinación de la cabeza como saludo. No hace ademán de levantarse, pues el pie que asomaba por las rendijas del palco descansa sobre un mullido cojín, apoyado a su vez, sobre un taburete.

– “Me perdonaréis si no me levanto, pero sufrí un pequeño percance en Holanda. Don Gonzalo, no he visto ejército peor pertrechado ni soldados tan desarrapados, pero reconozco que vuestros tercios saben luchar” – con un gesto de la mano nos hace saber que podemos sentarnos. Gonzalo parece impasible delante del comentario de Oxford. Bien por él. Tendrá que aguantar no pocas provocaciones apenas se sepa que es español. Además, no conviene contrariar al conde de Oxford, pues, a pesar de que ha dejado de ser desde hace años el favorito de la reina Isabel, es siempre un grande de Inglaterra, y el yerno del todopoderoso William Cecil, secretario privado y principal consejero de su majestad. Oxford sigue hablando. Pocas veces he visto en mi vida alguien tan enamorado de la propia voz.

– “Sí, Hawkwood” – prosigue mientras se toca la pierna – “hacéis bien en no interesaros en política y dedicaros al arte y la buena vida”.
– “La política no se me da bien, milord Oxford. La vida es tan corta que no vale la pena perder tiempo y energía en vano”.
– “Y… ¿qué os ha traído a la “pérfida Albión”, joven Villegas?
– “Soy uno de los secretarios del embajador Mendoza”
– “Pardiez, Hawkwood. Y eso que no os interesáis por la política”
– “Es el hijo de un buen amigo. Se aloja en mi casa, por el momento. ¿Sabéis de qué va la comedia?” – pregunto, para cambiar la conversación, señalando el escenario.
– “Oh, sí. Sobre un mercader, que pide prestado a un judío tres mil ducados. No son para él, sino para un joven y apuesto amigo que está cortejando a una rica dama. El judío no pide otra garantía para conceder el préstamo que tres libras de la carne del mercader”.
– “Y yo que creía que sería menos truculenta que el “Judío de Malta” de Marlowe” – contesto, exagerando una mueca de asco.
– “No, no, no, lo es. Os aseguro que nadie muere y que algunos pasajes os resultarán muy interesantes, a vos y a vuestro huésped”
– “¿Conocéis al autor, milord?” – pregunta Gonzalo.
– “Oh, sí, muy bien. Prácticamente como a mí mismo” – responde el conde mientras alza una copa de vino.

Finjo estar muy interesado en lo que sucede en las gradas y la platea. Desde hace algún tiempo, corren rumores incontrolados sobre el autor, que se ha impuesto en la escena teatral de Londres con obras no sólo de gran éxito, sino de extraordinaria calidad. Hace algún tiempo Bardolph me refirió algo que había sucedido en “La Sirena”, la taberna favorita de actores y escritores. Ben Jonson, visiblemente borracho, llamó a William Shakespeare impostor y lo retó a escribir algo delante del respetable. En la ciudad hay quien no logra entender de dónde ha sacado un oscuro y desconocido actor de provincias el talento, la inspiración y el genio para escribir tales obras y poemas habiendo asistido sólo a la escuela media y sin haber visto más mundo que el que hay entre Stradford y Londres. Han salido a la luz, en los corrillos de artistas, toda serie de nombres como “auténticos autores” de esas obras: desde Kit Marlowe hasta el conde de Oxford. Y, por los clavos de cristo, Edward de Vere goza por todos los poros de su piel de tal rumor. Es sabido que escribió obras que se han representado en la corte, cuando gozaba de la gracia de Isabel. Que ha vivido años fuera de Inglaterra, en Italia, país en el que se desarrollan muchas de las obras de Shakespeare, como la de hoy. Que Oxford es un hombre de exquisita cultura, domina el latín y el griego… Si el hijo del guantero de Stradford no es el auténtico autor de Romeo y Julieta, es el candidato perfecto. ¿Mi opinión al respecto? Los versos son igualmente extraordinarios, sea si los escribió el hombre que en estos momentos está sentado a mi lado, o el otro que puedo ver, nervioso, entre bambalinas, corriendo de un lado a otro, dando las últimas instrucciones.

– “Y bien, Gonzalo ¿qué te parece?” – le pregunto al joven.
– “Es curiosa la forma del edificio, muy diferente a los corrales de comedias de Madrid. Aunque el entusiasmo del público es parecido”
– “¿Qué ha sido lo último que has visto?”
– “La viuda valenciana, de Lope. Justo pocos días antes de que los teatros fuesen cerrados por orden del rey. Por “inmoralidad””
– “Le pediré a tu padre que me mande una copia”
– “Una pieza excelente. Y Fernanda de Rojas nos enamoró a todos los presentes en su papel de Leonarda. Cuando recitó los versos “si ardéis como yo, mi amor, avivad conmigo el juego, que cuando se apaga el fuego, llega después el helor” la corrala casi se vino abajo por el estruendo de los aplausos y los vítores. Creo que tal escándalo tuvo que mucho que ver con la orden del rey. Qué mujer, milord. Tendríais que haberla visto”
– “Me la puedo imaginar, Gonzalo. Lamento informarte que hoy no verás mujeres en el escenario. Los papeles femeninos los hacen chicos jóvenes” – creo, vista la reacción de Gonzalo, que no lo sabía.
– “¿Y por qué?”
– “Se considera indecente que una mujer sea actriz”
– “¿Cómo? Herejes hipócritas…” – masculla en castellano, en voz tan baja que apenas lo puedo oír. “Apelan a la indecencia cuando desde aquí puedo ver hasta cuatro busconas a la caza de clientes”.

Le contesto en inglés, para que no quepan dudas de que no tenemos nada que ocultar. Por lo menos en este palco.

– “Los actores y empresarios no hacen más que adaptarse. Las autoridades también cierran los teatros en Londres, y con mayor frecuencia que en Madrid. La indecencia es sólo una excusa, como lo es la amenaza a la salud pública durante los periodos de plaga. El auténtico peligro son las palabras, las ideas. El año pasado Jonson y Nashe representaron en el Swan una obra titulada “La isla de los perros”. No pudieron tan siquiera terminarla. Irrumpieron los alguaciles y detuvieron a los autores y actores. Nunca se había visto en público una crítica tan feroz y mordaz del gobierno y de todos aquellos que contaban algo en la corte. Ante las censuras y prohibiciones los autores y empresarios se han inventado siempre un ardid. Si las mujeres no pueden actuar lo hacen los chicos, si no se pueden abrir teatros en la ciudad se hace a poca distancia de sus puertas, si no se puede incitar a la rebelión a la tiranía se representa la muerte de un tirano de la antigua Roma. Ya sabes “hecha la ley, hecha la trampa”. Creo que este es el caso en el que se puede aplicar mejor el dicho”.
– “Bravo, excelente explicación” – dice alguien a mis espaldas. Me giro y veo una versión rejuvenecida de Oxford. Los cabellos son igual de rubios, aunque más largos, peinados en estrechos tirabuzones. Lleva un fino bigote, un elegante jubón negro, abierto. Asoma debajo de él una camisa blanca con amplio cuello de encaje y puños que tapan la mitad de la mano. La espada que lleva al flanco es una extraordinaria pieza italiana, con elaborados gavilanes doblados formando los guardamanos.
– “¡Henry amigo mío! Conoces a Lord Richard Hawkwood. Su acompañante es un caballero español, Don Gonzalo…” chasquea los dedos, como si se hubiese olvidado del nombre. Yo sé que no es así. La memoria de Oxford es proverbial, no se trata más que de una puesta en escena. Nada extraño, visto el lugar. Gonzalo se levanta y esboza una reverencia.
– “Gonzalo de Villegas y Esquivia”

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– “Henry Wriothesley, conde de Southampton” – contesta éste, devolviendo el saludo con una inclinación de la cabeza. “España, una tierra preciosa. La última vez estuve en Cádiz. Bueno, la vi de lejos, pues no desembarcamos” – concluye, mostrando sus dientes blanquísimos, y se sienta al lado de Oxford.
– “Vuestra excelencia es sin lugar a dudas más afortunado que yo, pues no he visto tal ciudad ni de lejos. Yo soy de Madrid. Me he criado en la árida meseta, no acunado por las olas del mar”

Bravo, Gonzalo. No había imaginado que tendría que lidiar tan pronto con ejemplares de tal envergadura; sin embargo, aguanta bien los envites. Todo el mundo sabe qué estaba haciendo el conde de Southampton cerca de Cádiz en 1596. Formar parte de la escuadrilla naval que, capitaneada por el conde de Essex y Charles Howard, capturó y hundió buena parte de la flota española de base en Cádiz. Por cierto, tampoco pude evitarlo, me enteré del ataque demasiado tarde.

– “Hawkwood, presentad mis respetos a vuestra esposa” – prosiguió el recién llegado.
– “Lo haré, gracias. ¿Todo bien por Irlanda?” – pregunto a Southampton con la peor de las intenciones. El paseo triunfal que tenía que ser la expedición del conde de Essex para aplastar un foco rebelde en la isla, se está convirtiendo en una debacle, gracias, entre otros, a los soldados españoles que combaten al lado de los irlandeses. La propaganda oficial está ocultando la verdad. Verdad que, obviamente, conozco de primera mano. Southampton se mesa los bigotes, mientras responde sin mirarme a los ojos. – “No puede ir mejor. Está casi todo hecho, por eso he regresado ya”
– “Centrémonos en la obra” – tercia Oxford, mirándome de reojo – “O en Lady Grey, si no os gusta la representación” – concluye, saludando con la mano a una dama enjoyada dos palcos más allá, que intenta aliviar el calor abanicándose con parsimonia.

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Globe Theatre – The Merchant of Venice © Manuel Harlan – Shakeaspeare’s Globe FB page

Uno de los empleados del teatro ha cambiado la pesada caja de cobrador por una campanilla de considerables dimensiones, con la que avisa que la obra está a punto de empezar. Suena la música, y los actores aparecen sobre el escenario. Las máscaras, el ritmo de la ciacona, el baile, despiertan recuerdos en mí. Me hace falta un menor esfuerzo de imaginación que a buena parte del público para ver, en lugar de las tablas del escenario, los canales y callejones de Venecia. La ciudad del Dogo es un espejismo sobre el agua, sobre todo los días brumosos del invierno. La luz en el estudio del maestro Tintoretto-en Cannareggio, frente a la iglesia de la Madonna dell’Orto- en la plaza San Marcos, el Arsenal. El puente del Rialto con las tiendas de los orfebres, donde compré, llevado por un instinto inexplicable pues aún no la conocía, el anillo que regalé meses después a Laura cuando unimos nuestros destinos. En el escenario, el mercader Antonio se pregunta por qué está triste, sin saber el motivo. Ahora entiendo por qué, cuando Oxford dijo que apreciaríamos ciertos versos de la obra, tenía aquella odiosa mirada suya de prepotencia. Un joven de Venecia, Salarino, le contesta al mercader Antonio que probablemente está triste porque toda su riqueza está en el mar, en barcos que viajan a Trípoli, México o Inglaterra. Nombra una nave en particular, el San Andrés. Como uno de los barcos apresados en Cádiz por la escuadrilla de Essex. Miro a Oxford, que se retuerce el bigote complacido. La toma del San Andrés me afectó personalmente. Había invertido una suma considerable en una parte del cargamento, especias y sedas. ¿Por qué ese personaje, de entre todas las mercancías posibles que se pueden transportar en una nave, habla de “especias esparcidas en la corriente, y aguas turbulentas que se arropan con mis sedas”? Nadie sabía que tenía capital invertido en ese barco, pues mi cuota resultaba en el libro contable bajo el nombre del agente de los Villegas en Sevilla. ¿Es sólo una casualidad? ¿Oxford lo sabe? ¿Escribió él esas líneas o Southampton, mecenas de Shakespeare, se las sugirió? Y, si sabe lo del San Andrés, ¿qué más cosas sabe de mí? ¿Las actividades de los Hawkwood desde el primer lord, mi abuelo?

Noto que Gonzalo también se ha resentido con los versos sobre el San Andrés. Pero lo que para él no es sino una herida ligera en su orgullo patrio, para mí puede ser el principio del fin. Si tengo suerte, las consecuencias no serán más que un retiro definitivo al campo y la resolución de mi consorcio con los Villegas. Si no la tengo, acabaré con mis huesos en una celda de la torre, esperando que el verdugo me corte la cabeza por espía y traidor a la corona.

Traidor, a pesar de que he salvado la vida a la reina Isabel en muchas más ocasiones que Oxford y Southampton juntos.

Los años de práctica en la corte, disimulando lo que no siento y lo que no soy, me ayudan a parecer muy interesado en la obra, a pesar de que estoy organizando mentalmente mi fuga de Londres. O qué o qué no puedo hacer contra estos nobles. O si no tengo que hacer más que aguantar, y esperar que caigan por su propio peso. Calma, Richard. Piensa, recapacita.

Southampton será el primero en caer, estoy seguro. Ha jurado fidelidad a Essex, unirán sus destinos. Es de vital importancia que la expedición a Irlanda fracase definitivamente. Además, sé que ha anticipado su vuelta por otro motivo: su amante, la prima de Essex. Isabel la odia. Me tengo que asegurar de que se una definitivamente a ella. Un embarazo imprevisto puede ser la solución, y en ese caso puedo contar con dos aliados: la fogosidad del joven conde, tras varios meses de guerra, y la doncella de la dama. Si ésta hace uso de alguna hierba o esponja para evitar sorpresas, a tal hierba se le puede añadir otra que neutralice su efecto. Con respecto a Oxford, no sé hasta qué punto su aventura holandesa ha contado con la bendición de la reina. Si así es, no sería más que el enésimo disgusto en una larga serie de disgustos. Probablemente la gota que colmará el vaso de la paciencia de Isabel Tudor. Pensándolo bien, creo que no me queda más que capear el temporal. Sí. Oxford y Southampton no son más que dos cometas que pronto saldrán de la órbita de la reina virgen.

Ahora puedo reír con ganas de las escenas cómicas entre Lanzarote Gobbo, el criado del judío Shylock, y su padre.

Pero la alegría dura poco; cuando aparece en escena el segundo pretendiente de la mano de la bella Porcia, el público estalla en sonoras carcajadas. Es el “príncipe de Aragón”, una manera elegante de decir “español”. Gonzalo, a mi lado, palidece.

– “Gracias, milord. Si no fuera por vos creo que hoy acabaría la jornada retando a duelo a la mitad del público”
– “Pídeme consejo sobre tu vestimenta antes de salir. Sobre todo, si te entran ganas de ponerte golilla, un sombrero como ése y una pluma de faisán”

Aragón se pavonea por el escenario, examinando los tres cofres de oro, plata y plomo, que son la clave para solucionar el enigma que concede la mano de Porcia. Iba vestido prácticamente igual a Gonzalo antes de que saliésemos de casa: golilla almidonada y aparatosa pluma de faisán incluidas. Las erres exageradas al hablar, las haches aspiradas a la manera de la “jota” castellana, imposibles de pronunciar para los ingleses… Todo hacía del príncipe de Aragón un personaje irresistiblemente cómico para el público. No hay nada más entretenido que ver sobre el escenario al enemigo secular ridiculizado y … derrotado. No obtiene la mano de Porcia, pues ha elegido el cofre de plata con el lema “quien me elige tendrá lo que se merece”; mientras saca del cofre, en lugar del retrato de Porcia, la máscara de un bufón, el fragor de las risas parece que va a tirar abajo el teatro. Sobre todo, cuando Aragón dice, con voz temblorosa “hoy un payaso ha venido ante vos, pero se despiden dos”.

– “No quiero ni imaginar qué hubiese sucedido. Yo en este palco a la vista de todo el público, vestido igual que ese personaje patético. Creo que cortaré esa pluma y la usaré para escribir”

Entreacto. Finalmente.

– “Hawkwood ¿le pasa algo a Don Gonzalo? Juraría que ha palidecido” – dice Oxford, la viva imagen de la candidez y la inocencia.
– “Nada que una jarra de cerveza no pueda arreglar” – contesto. Alzo los dedos con una moneda entre ellos, al instante un muchacho que vende bebidas me pasa un vaso colmado.
– “Caliente como meada de yegua e igualmente nauseabunda…” – murmura Gonzalo con disimulo mientras se limpia la boca con la manga – “…herejes”. Concluye, alzando la jarra y sonriendo a manera de saludo a Oxford.
– “¿Qué os parece la obra, don Gonzalo?” – pregunta Southampton, tan falsamente interesado como su amigo.
– “La encuentro muy entretenida. Me ha gustado mucho el mensaje encerrado en el cofre dorado”
– “No todo cuanto brilla es oro”
– “Exacto. Mis versos favoritos son aquellos que dicen “muchos hombres han vendido su vida, sólo por contemplar mi aspecto / las tumbas doradas encierran gusanos”. Es una gran verdad. Las apariencias engañan. La belleza exterior puede encerrar la podredumbre, y la muerte. Quien quiere algo debe arriesgarlo todo, considerar qué es lo que realmente merece nuestra atención y esfuerzo. Está claro, siguiendo este razonamiento, qué cofre esconde el retrato de Porcia. Los pretendientes egoístas, como el príncipe de Marruecos, o los necios, como el de Aragón, descartarán desde el principio el único cofre con la imagen de la dama. Aquel por el que, a pesar de estar fabricado con el más humilde de los metales, el plomo “se debe arriesgar todo lo que se tiene”.
– “Bravo, don Gonzalo” – tercia Oxford – “habéis entendido a la perfección el enigma de los cofres. Me congratulo con vos. Hawkwood, espero que no escondáis a este joven brillante como escondéis a vuestra bella esposa. Tendréis noticias mías pronto. Henry, vayamos a presentar nuestros respetos a Lady Grey. Como siga asomándose así por la barandilla para que vayamos, caerá a peso sobre el público en la platea”.

Los saludamos. Suspiro, por fin, relajado.

– “Si hubiese sabido que Oxford y Southampton estaban aquí, habríamos ido al Rose”.
– “Milord, os seré sincero… ¡me estoy divirtiendo!”
– “Bendita juventud… Me sorprendes positivamente, Gonzalo. Te creía demasiado tímido e inseguro cuando llegaste. Te has comportado muy bien; educado pero difícil de amedrentar. De todas maneras, tienes que estar atento. Hazme caso, ten cuidado. Y mantén los ojos siempre bien abiertos”
– “¿Me podéis terminar de contar ahora vuestra historia sobre cómo conocisteis a madonna Laura?”
– “Cierto… ¿Por dónde me había quedado? Mi abuelo, Lucrezia… y yo. Llevado por la curiosidad fui a Ferrara. Quería pasear por aquellas calles, ver el castillo, la fortaleza estense. Entrar en ella, si hubiese sido posible. Como sabes, nuestra cobertura, la que hemos usado siempre los Hawkwood durante nuestros viajes en Italia, ha sido el arte. Hacemos de intermediarios entre los pintores y los nobles. Todo empezó de una manera natural. Mi abuelo se había convertido, aún sin proponérselo, en un experto de arte. No lo estudió en academias o en libros, simplemente lo vivió. Todo lo que sabía sobre pintura lo aprendió viendo al Pinturicchio decorando los apartamentos Borgia en el Vaticano, a Leonardo dibujando cabezas de ángeles o ancianos en una esquina del pergamino en el que acababa de crear armas increíbles o fortalezas inexpugnables para César Borgia, al maestro Tiziano trabajando durante el mes que estuvo recluido en su casa de Venecia. Todo lo que aprendió se lo enseñó a mi padre, y éste a mí. Por eso, cuando llegué a Ferrara me precedía una cierta fama, que me acabó abriendo las puertas del castillo de los d’Este. Si hubiese sido necesario podrían hablar por mí varios cuadros del Tintoretto que, a pesar de que los había adquirido para algunos compradores en Inglaterra, podrían ayudar al por entonces duque a olvidar quién era. No fue necesario, pues conté con una aliada en la corte, Lucrezia d’Este. Ella sí que sabía sobre mi abuelo, como yo sobre la suya. Guardaba los diarios de su abuela, que también descubrió por casualidad. Lucrezia estaba casada con Francesco Maria della Rovere, Duque de Urbino. Un matrimonio político, de conveniencia, como todos los matrimonios entre nobles. E infeliz, como buena parte de ellos. Volvía a menudo a Ferrara, con cualquier excusa. La habían casado con un hombre doce años más joven que ella, que detestaba y despreciaba, pues no dejaba de compararlo con su único amor, el marqués del Vignola, Ercole Contrari. Retomó su relación con él después del matrimonio. Su hermano Alfonso, el Duque de Ferrara, no tardó en descubrirlo, pues el amor los volvió irresponsables, e indiscretos. Lucrezia rogó a su hermano una y mil veces que la librase de aquel matrimonio que la oprimía, y que la entregase a Ercole. No era posible. El Duque no podía permitirse el lujo de contrariar al de Urbino. Dependían de él sus buenas relaciones con el papado y con el rey de España, y lo apoyaba en su proyecto de emparentar su casa con los reyes de Polonia. Además, si perdía su alianza con Urbino, perdía una montaña de dinero. Se cerraría para siempre una fuente de ingresos que le permitía vivir como el Duque de Ferrara merecía. En resumidas cuentas, Ercole Contrari se había convertido en un problema del que había que librarse”

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Lucrezia d’Este

– “Contrari… ¿No es el apellido de vuestra esposa de soltera?”
– “Ercole era su hermano. Mi estancia en Ferrara coincidió con una de Lucrezia, como te he dicho antes. Nos convertimos en muy buenos amigos. Su hermano Alfonso fomentaba nuestros encuentros, creo que con la esperanza de que ella se olvidase de Ercole. Yo era inofensivo. Habría vuelto a Inglaterra, cumpliendo mi papel de “distracción”. Sin embargo, me convertí en una coartada cómoda para Lucrezia. Le decía a su hermano que salía a cabalgar conmigo, pero no íbamos más allá de una casa de campo de los Contrari. Ah, no te imagines una bucólica cabaña en el bosque, sino una hermosa villa con jardines inmensos y una de las bibliotecas mejor surtidas que haya visto en mi vida, en la que pasaba las horas leyendo, hasta que Lucrezia aparecía del brazo de Ercole y me decía que podíamos volver. Una tarde, mientras estaba leyendo una magnífica edición del “Orlando Furioso” de Ariosto, entró una joven en la biblioteca. No me había visto. Cogió un libro y se sentó bajo un ventanal, para leer con buena luz. No era sólo hermosa; nunca había visto tanta fuerza y decisión en la mirada de una mujer. Supe entonces que iba a ser ella, no dudé un instante. Había dejado un libro apoyado en el borde del pupitre de lectura, lo rocé con el codo, sin darme cuenta, y cayó con gran estruendo. Ella levantó la mirada de su libro. No se había asustado, me miraba curiosa, sorprendida. No sé cómo hice para llegar a su lado, y presentarme. De aquella tarde recuerdo hasta el mínimo detalle del momento en el que levantó los ojos del libro, pero todo lo demás está envuelto en una especie de bruma: no me preguntes de qué hablamos, cómo o cuando salí de la biblioteca y regresé con Lucrezia a la ciudad. Así pues, cada vez que Lucrezia se veía con Ercole en aquella villa, yo lo hacía con Laura: hablábamos, paseábamos por los jardines… Y a pesar de lo que puedas pensar, Gonzalo, no pasó nada más. Ella era muy joven, y estaba prometida con un Gonzaga”

Hago una pausa. Observo al público en las gradas y en la platea. Veo, en el primer orden de la galería, una pareja cogida de la mano. Él le susurra algo al oído y ella se ruboriza. Reconozco los síntomas, yo he estado allí antes de ellos. En unos años, si tienen tanta suerte como yo, esos gestos no serán nuevos. Quizás ella ya no se sonrojará cuando le hable al oído, o puede que él no lo haga ya tan a menudo como antes. Será todo distinto, aunque igual, en el fondo. Me he preguntado a menudo qué instinto puede llevar a un hombre a buscar algo nuevo en otra mujer. Quizás no se trate más que nostalgia por aquellos primeros tiempos. Sin entender que la complicidad que se gana con los años es tanto o más valiosa que los primeros ardores.

– ¬ “¿Milord?”
– “Perdón… ¿cómo decís en España? “Se me ha ido el santo al cielo” Me hablabas antes sobre la belleza de esa comedianta que viste en Madrid. Por muy hermosa que sea, tanto o más que la misma lady Grey” – señalo el palco en el que la susodicha cambia mohínas con Oxford y Southampton – “… les faltará siempre algo que le sobra a Laura. No sé definirlo aún, tras dieciséis años. Creo que me llevará toda la vida solucionar este enigma”

Noto a Gonzalo algo apurado. Me estoy dejando llevar demasiado por las confidencias, no sé por qué lo hago. Quizás por el comentario de Laura sobre el hijo que perdimos. Puede que esta conversación la hubiera tenido con él, si hubiese vivido.

– “¿Entonces qué sucedió? ¿Le pasó algo a Ercole Contrari? Os habéis referido a él usando el pasado.”
– “Eres muy perspicaz, Gonzalo. Una tarde Lucrezia me dijo que no se vería con Ercole, pues éste había recibido una invitación para una cacería con el conde Bentivoglio y Palla Strozzi. Tuve un mal presentimiento cuando me lo dijo. Había observado a esos dos caballeros en la corte; a fin de cuentas, no he hecho otra cosa durante toda mi vida: estudiar a la gente, observar. Los sorprendí en varias ocasiones cuchicheando entre ellos, o interrumpiendo su conversación con el Duque Alfonso si yo pasaba cerca. Sabía que Strozzi pasaba por apuros económicos, y a pesar de ello se había interesado por el precio de algunos cuadros. No le dije nada a Lucrezia, para no preocuparla sin motivo y no levantar sospechas en el Duque. Fui hasta la villa de los Contrari, y le pregunté a Laura si sabía dónde había ido su hermano. Me indicó el lugar exacto donde estaba el pabellón de caza de los Strozzi. Cuando llegamos todo estaba muy tranquilo en los alrededores. Demasiado. No había perros fuera de la casa, ni criados desollando las presas. Obligué a Laura, no sin esfuerzo, a que me esperase en el lindero del bosque. Me acerqué al pabellón. Era una estructura de planta baja. Una única estancia hacía las veces de salón y cocina. Había trofeos de caza colgados en las paredes, y una gran chimenea, en el fondo; estaba encendida. Cuatro hombres estaban sentados alrededor de una mesa de roble; había algo para comer sobre ella: quesos, embutidos, pan y frutos secos. Ercole estaba sentado de espaldas a la ventana. Strozzi llenaba su copa, Bentivoglio reía, y el tercer hombre miraba a los demás de reojo, visiblemente nervioso. Jugueteaba con algo entre las manos, no pude ver de qué se trataba. Ercole bebía con ganas, sus gestos eran inseguros. Los demás alzaron a su vez las copas, pero me di cuenta de que se mojaban sólo los labios. Ercole empezó a cabecear, como si se estuviese durmiendo. De repente, se apoyó con todas sus fuerzas en la mesa, y se levantó. Apuntó con un dedo hacia los hombres, y tiró al suelo la copa de la que estaba bebiendo. No lograba mantener el equilibrio. Strozzi gritó con todas sus fuerzas al hombre nervioso “¡AHORA, BURRINO!” Éste se levantó; entonces pude ver qué llevaba entre las manos: un lazo metálico, hecho con un hilo de metal finísimo, que lo mismo se puede usar para cortar un queso que torcerle el cuello a una liebre… O a un hombre. No lo pensé dos veces, abrí la ventana rompiendo el cristal con la empuñadura de mi espada. Bentivoglio desenfundó a su vez, pero yo me abalancé sobre él. Venía lanzado, no me fue difícil herirlo en un costado. Llegué a la espalda del tal Burrino, ahondé la hoja, que le salió por el pecho. Cayó sin haber soltado el lazo, llevándose a Ercole con él al suelo. No sé si le dio tiempo a reconocerme; el veneno lo había hecho vomitar y aunque el lazo estuvo poco tiempo alrededor de su cuello, se ahogó con su vómito. Sólo quedábamos en pie Strozzi y yo. La pelea fue larga, dura. Los dos éramos buenos espadachines. Oí un grito; Laura se había acercado al pabellón al oír el estruendo, y había visto todo desde la ventana. Me distraje. Strozzi tiró una estocada, pero por suerte resbaló y en lugar de centrar mi pecho, me atravesó un muslo. Llevado por la desesperación, sacando fuerzas aún no sé de dónde, avancé tres pasos tirando a su lado derecho y luego al izquierdo. Hice un amago, y cuando él esperaba el golpe por el lado izquierdo, repetí en el derecho, hiriéndolo en un costado. Cayó al suelo. Bentivoglio estaba vivo, pero no podía levantarse. Cogí a Laura de la mano, y escapamos. Llegamos a Ferrara, disimulando la herida y el dolor infernal que sentía al caminar. A pesar de que los duques me habían ofrecido hospedaje en la fortaleza, rechacé la oferta, llevado quizás por el recuerdo de en qué circunstancias mi abuelo tuvo que dejar la ciudad. Había preferido alojarme en una posada con habitaciones. Una propina generosa al propietario nos libró de preguntas indiscretas. Laura se encargó de todo, con una entereza difícil de imaginar en una muchacha tan joven. Tras apenas una hora volvió con Lucrezia y con un médico. Cuando el galeno terminó de curar y vendar mi herida, Lucrezia lo despachó. Sólo entonces ellas dieron rienda suelta a sus sentimientos. Se abrazaron, y lloraron juntas su pérdida. Mientras tanto, yo terminaba de preparar mi equipaje. Tenía que escapar cuanto antes de Ferrara. Cabía la posibilidad de que Alfonso d’Este hubiese organizado el atentado a Ercole. Strozzi y Bentivoglio me habían visto. Viajo ligero de equipaje; había metido la ropa en un zurrón, y los cuadros, sin enmarcar, los había enrollado y los llevaba dentro de un par de tubos de cuero. Besé la mano de Lucrezia. No tenía valor para despedirme de Laura, no podía ni hablar. Pero ella lo hizo. “Llévame contigo” – me dijo – “Ercole era mi única familia, no quiero seguir viviendo en la misma tierra que los asesinos de mi hermano”. No pude decir más que un patético – “¿Conmigo?” – “¿No te has dado cuenta de que te amo? Llévame contigo, Richard, o déjame morir aquí”. Abrí mi bolsa y saqué de ella un saquito de terciopelo con el anillo que compré en Rialto. Se lo coloqué en el dedo, y sonreí al ver que le quedaba perfecto, a pesar de que ni siquiera la conocía cuando lo compré. Le besé las manos, y después los labios. “Os deseo toda la felicidad que os merecéis” – dijo Lucrezia. En tres semanas llegamos a Londres.”
– “¿Y qué fue de Lucrezia?”
– “Pasados unos años el duque accedió a que se separase de su marido, y volvió definitivamente a Ferrara. Ha muerto esta primavera”
– “El duque, esos nobles… ¿Os acusaron de algo?”
– “Recibí una carta de Alfonso d’Este poco tiempo después, de su puño y letra. En ella lamentaba que hubiese tenido que dejar Ferrara sin haberme despedido. Me informaba de un desgraciado accidente de caza que sucedió aquel mismo día, en el que perdieron la vida Ercole Contrari y un siervo al que llamaban Burrino; que Bentivoglio y Strozzi se recuperaban de sus heridas y que éste último me escribiría apenas se lo permitiese su estado de salud, a propósito de un cuadro de Tintoretto que quería comprar. Me mandaba sus saludos más afectuosos y lamentaba que no pudiésemos volvernos a ver, ya que mis asuntos me habrían tenido, sin lugar a dudas, demasiado ocupado como para poder volver a Ferrara por lo menos durante quince años. Añadió una postdata, en la que decía que madonna Laura Contrari desapareció misteriosamente el día en el que murió su hermano; lamentaba que Ferrara hubiese perdido una joven tan bella y brillante. Recuerdo perfectamente las últimas palabras de la carta: “Rezo todos los días al Altísimo rogándole que la guarde y la vele, allá donde esté, pues tengo la certeza de que el Señor no puede haber llamado aún a su seno un alma tan noble y pura”.

Gonzalo silbó.

– “Menudo pájaro, el Duque. En resumidas cuentas, os hace entender que sabe todo pero que no hará nada al respecto, mientras estéis alejado de Ferrara por lo menos durante quince años. No deja de ser conveniente para todos ellos que el otro único testigo del “accidente de caza” esté tan lejos”
– “Así es”
– “¿Han pasado ya el tiempo de, llamémoslo destierro? ¿Volveréis a Ferrara?”
– “Todo sucedió hace dieciséis años, como te dije. No volveré nunca. Con tan solo mencionar aquella tierra se reabre el dolor de Laura”
– “¿Strozzi os escribió a propósito del cuadro?”
– “Sí, lo hizo. Quería comprar el Tintoretto”
– “¿Se lo vendisteis?”
– “Sí. Una maravillosa Danae que se deja poseer por Zeus en forma de lluvia de oro. Creo que le costó casi todo el dinero que le concedió el duque Alfonso por los servicios prestados”

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Tintoretto – Danae

De repente me entra un ataque de risa. Ante la mirada inquisitiva de Gonzalo, sigo hablando.

– “Era una falsificación. Una copia burda, pero Strozzi no sería capaz de notar la diferencia ni siquiera si la hubiese pintado mi hija. Me consta que no deja de enseñarlo a quien entra en su casa, pavoneándose delante de él. Si te digo quién lo pintó…”
– “¿Quién?”
– “¡El hermano mayor de Bardolph! Además, puedes ver y apreciar por ti mismo la “mano del maestro” – hago un gesto que envuelve todo el teatro, los palcos decorados, el “cielo” del escenario.

Reímos los dos a carcajadas. En esos momentos vuelve a sonar la campanilla que avisa del comienzo de la segunda parte de la obra. Oxford y Southampton entran en el palco y toman asiento.

– “¡Hawkwood! Lady Grey creerá que os estáis mofando de ella. Ha preguntado tantas veces por vos y vuestro amigo que temo que no se ha pasado la primera parte abanicando con tal gracia su escote por Henry y por mí. De todas maneras, le he presentado disculpas de vuestra parte y le he repetido por enésima vez que con vos no hay escote que valga, por muy pronunciado que sea o abundante su contenido”
– “Milord Oxford, pensará que soy un maleducado”
– “¿Vos? Jamás de los jamases. La paciencia de milady Grey con vos es infinita. Y no logro entender el motivo, por mucho que me esfuerce. La ignoráis como si no fuese más que un jarrón chino”.
– “Espero que nunca se entere de que comparáis su estilizada figura con la de un jarrón Ming”
– “Sois tremendo, Hawkwood. Aunque… pensándolo bien, la veo demasiado rellenita, últimamente”.

Los actores vuelven al escenario. Parto por la mitad la empanada de carne que compramos antes de entrar, y le paso un trozo a Gonzalo. Veo que no se fía, pues el mordisco que le da es minúsculo. Me ha dicho en varias ocasiones que, si no fuera por mi casa, acabaría muriendo de hambre en este país. Sin embargo, sonríe mientras mastica y le da un bocado más grande.

No logro concentrarme demasiado sobre lo que pasa en el escenario. Los dos amantes, Basanio y Porcia, me aburren. No los encuentro interesantes, y además era obvio desde el principio que sería él quien se casaría con Porcia. Ahora Saverio y Salarino se burlan de la desesperación de Shylock: su hija se ha fugado con el cristiano Lorenzo, llevándose un cofre lleno de ducados. “¡Oh! ¡Mi hija! ¡Oh! ¡Mis ducados! ¡Oh, mis ducados cristianos!” Ahí abajo, en la platea, el pueblo goza de la desdicha del judío. Yo no puedo; no siento conmiseración por el avaro, sino simpatía por el padre que ha perdido a su hija. Lo entiendo bien; he sentido hoy algo parecido, aunque en grado infinitesimal comparado con la pérdida del judío, y, aun así, me ha dolido. Por eso, cuando se pregunta por qué el mercader Antonio lo odia tanto, simplemente por ser judío, su alegato me toca aún más a fondo que al resto del público. “¿No tenemos ojos, los judíos? ¿Manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones?” Le había hablado antes a Gonzalo sobre el poder de las palabras. Tomemos por ejemplo el populacho de la platea. Hace sólo pocos minutos, se reían de la imitación que hacía Salarino. ¿Qué es para ellos un judío? La mayor parte no han conocido o visto uno en su vida. El judío es para ellos el ser despreciable que pertenece al pueblo que crucificó a Nuestro Señor (olvidándose de que Jesucristo en persona era judío). De él se pueden hacer chanzas, llamarlo marrano y equipararlo a los españoles, o a cualquier otro enemigo. Hasta que no han oído las palabras de Shylock, ninguno de los que están ahí abajo ha pensado por un instante que, en el fondo, no son tan diferentes de un judío; que ambos sufren las mismas dolencias y los curan los mismos remedios. Durante unos segundos, no se oye volar una mosca; puede que, por unos escasos instantes, el público haya visto a un enemigo como a un ser humano. Es muy poco tiempo, pero sin lugar a dudas, más del que hayan dedicado a pensar sobre algo así en toda su vida.

Ése es el auténtico poder subversivo de los teatros: las palabras hacen que, al mismo tiempo, desde el tendero sentado en la grada baja, pasando por el pillo en la platea o el lord en el palco, piensen. Ahí se basa el peligro. El pueblo no debe pensar; el poder lo necesita necio y mudo. Carne de cañón que mandar al campo de batalla, pozo sin fondo a explotar con impuestos injustos, espaldas que se curvan sobre los campos hasta romperse. Ésa es la razón por la que tarde o temprano cerrarán definitivamente los teatros, y tardes como ésta no serán más que un recuerdo. Algo que contar a quienes no vieron nunca la grandeza y la miseria humana sobre un escenario. Si Oxford y Southampton pudiesen escuchar mis pensamientos… Pronunciadas en voz alta, estas palabras me costarían un pasaje sin regreso a la Torre de Londres.

La representación ha terminado. Ahí está, maese Shakespeare de Stradford, saludando al público y recibiendo ovaciones. El conde de Oxford es una máscara imperturbable, una estudiadísima pose de fingida indiferencia.

Entre el batir de palmas del público y la algarabía, apenas entiendo qué me está diciendo Gonzalo. Tiene prisa por salir y aliviar la vejiga, le digo que me espere fuera de la taberna en la que compramos la merienda. Me pongo en pie; con la excusa de aplaudir a mi vez, puedo ver por dónde sale Gonzalo. Ahí está, cruzando la platea. Va a salir por la entrada central. Se ha equivocado, tendría que haber salido por la lateral, justo debajo de este palco. Ahora entiendo el motivo de tal distracción. Una muchacha lozana y hermosa en la platea le sonríe. Gonzalo se acerca, y ella, con gesto pícaro, le susurra algo y pasa los brazos alrededor de su cuello. Él sonríe y se deshace de tan placentero yugo, negando. Le tendré que explicar que, si de verdad quiere quitarse de encima una mujer, con esa sonrisa logrará lo contrario. Creo que el efecto de la cerveza en su cuerpo le gana al encanto de los graciosos hoyuelos en las mejillas de la moza. Al final se aleja, y la chica alza los hombros, con el gesto inconfundible de que ha hecho todo lo que ha podido. Sigo la dirección de la mirada de la joven; no va hacia la espalda de Gonzalo, sino un poco más a su izquierda, al parapeto de madera que separa las gradas de la salida. Hay dos hombres apoyados en él, con el chapeo del sombrero calado y el herreruelo bien cerrado… ¿Con este calor? Uno de los hombres alza el ala del sombrero, y sigue con la mirada a Gonzalo, que está ganando la salida. Lo reconozco, es un francés, se llama Levasseur y hace el trabajo sucio del embajador del rey Enrique IV. Es un tipo frío, calculador. He tenido mis más y mis menos con él; estaba convencido de que había regresado a Francia. Levasseur me mira, sonríe y se toca con dos dedos el sombrero.

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Basil Rathbone como Levasseur en “Capitán Blood”

Me da muy mala espina. Será mejor que eche un vistazo en persona. Será probablemente una casualidad, pero mi instinto no me ha engañado nunca. Me uno al río de gente que intenta salir del edificio. Me abro paso dando algún que otro codazo y recibiendo a cambio una buena dosis de insultos pronunciados en varias lenguas y acentos. Finalmente estoy fuera. Por suerte Gonzalo es alto, y puedo ver que se está acercando a la taberna. Pocos pasos detrás veo los sombreros de los franceses, pero están demasiado lejos. Cuando llego a la taberna han desaparecido. Gonzalo no está dentro, doy la vuelta al edificio, no hay nadie.

– “¡Mierda! ¡Por los clavos de Cristo!” – grito en voz alta. ¿Cómo es posible que no lo haya visto apenas llegué?

Hay una daga clavada en la pared de adobe y madera, que sujeta un trozo de papel. Me acerco. Es la mía, la que di a Gonzalo antes de salir de casa.

A medianoche, en Blackfriars.
Ven tú solo. Levasseur

La noche es calurosa; demasiado, para estas latitudes. El caer del sol no ha traído refrigerio alguno. Es más, la humedad del río emponzoña el ambiente. Si no baja pronto viento fresco del norte, o llueve, se presentará, puntual, la plaga. Pero en estos momentos quien me preocupa es Gonzalo. ¿Qué habrá hecho Levasseur con él? No he vuelto a casa después del teatro, para no alarmar a Laura e Isabella. He mandado una nota con la que avisaba que cenábamos fuera, y el mismo mensajero le ha dado otra a Thomas Brewer, en la que le ordenaba que ensillase dos caballos y los llevase a Saint Paul antes de medianoche. El buen Thomas ha cumplido a la perfección mis instrucciones. Le he dicho que no pierda de vista Blackfriars y el río, y que si ve o escucha algo raro, que acuda cabalgando como el rayo y con la pistola en mano.

Reina el silencio. Veo el brillo del agua del Támesis delante de mí y, a un lado, un edificio oscuro, el teatro de Blackfriars. Las campanas de Saint Paul tocan la medianoche. Levasseur se materializa delante de mí, como salido de la nada.

– “Puntual como siempre, Hawkwood”
– “¿Dónde está el chico?”

Levasseur silba; por una esquina asoman un par de hombres que llevan a Gonzalo atado. No parece que tenga ninguna herida, sólo una magulladura en la sien. El francés da otra señal, y desaparecen por dónde habían venido.

– “Como has visto, está bien. Mucho mejor que mi Mousqueton; tendrá que comer sopas durante algún tiempo. Le acortaré el apodo y lo llamaré Mouston, vistos los dientes que ha perdido”.
– “¿Por qué te lo has llevado?”
– “Era sólo una garantía. ¿Habrías venido si te hubiese mandado una invitación formal? No creo, visto como terminó nuestro último encuentro”

No se equivocaba. No tenía gana alguna de repetir casi una hora de estocadas, que tuvimos que dejar por puro agotamiento.

– “Te rodeas de gente fina ¿eh? Oxford y Southampton, nada menos”
– “Que nos hayamos encontrado siempre en tugurios no quiere decir que no visite palacios. ¿Qué quieres?”
– “Tengo que hacerte una propuesta. Imagino que conocerás en detalle el tratado de paz de Vervins, firmado entre tu señor el rey Felipe de España…”
– “No es mi señor”
– “Como tú digas. Entre los reyes Felipe II de España y Enrique IV de Francia”
– “¿Y bien?”
– “Hay una cláusula secreta”
– “¿Y me la vas a desvelar, Levasseur? No te creía un traidor. Te ofendiste tanto cuando sugerí que lo eras, que estuvimos una hora cruzando aceros en Moorefields”.
– “Si hay algún traidor ése es Enrique IV. Ha abjurado de nuestra fe protestante”
– “¿Eres un hugonote?”
– “Perdona si nunca tuvimos tiempo de hablar de religión, pero sí, lo soy”
– “Tu rey ha firmado el edicto de Nantes que ha terminado con las guerras de religión en Francia. Él mismo lo garantiza”
– “Sí, el rey hugonote que cambió de fe como de casaca porque “París bien vale una misa” ¿Qué valor tiene la palabra de un rey que cambia de religión según su conveniencia?”
– “No me has citado para una lección de teología. ¿Qué ha establecido la cláusula secreta?”
– “Los dos reyes, al mismo tiempo que han sellado la paz y concertado el matrimonio de sus vástagos, han establecido una llamada “línea de la paz”, en un meridiano que atraviesa las Azores. De ahí al oeste, no hay paz que valga y, sobre todo, se permite la piratería”.
– “El Caribe”
– “Exacto. En las islas y el mar del Caribe se ha abierto la veda. El primero que llega se lleva lo que hay”.
– “Libre saqueo”
– “Con los soberanos de Francia y España haciendo como que no ven. Además, han decidido que por muchas bulas que promulgue el papa, sus católicas majestades no harán ni caso”.
– “¿Tu propuesta?”
– “Muy pocos conocen por ahora la existencia de esta cláusula, y quien lo sabe se prepara para zarpar. En muy poco tiempo el tráfico de naves piratas y corsarias en el Caribe será comparable al de un día de mercado. Yo mismo me embarcaré; dejaré el servicio del embajador, a Enrique Borbón y a esta vida de estrecheces. Seamos socios. Me consta que te comportaste como un auténtico lobo de mar en un asunto con un cierto galeón español y Sir Francis Drake”
– “Aprendo rápido”
– “Aunque, si no quieres volver a alejarte de tu señora, lo entendería perfectamente. Por lo que puedes participar sólo con capital”

Levanto las cejas.

– “¿Y te espero aquí sentado mientras te conviertes en el dueño y señor de Tortuga?”
– “¿Te fue mejor con el San Andrés?”
– “Me pregunto si queda alguien en Londres que no lo sepa”
– “Piénsalo. Te doy un día, mon ami”.
– “Levasseur ¿desde cuándo somos amigos?”
– “Estos son tiempos extraños, Hawkwood. Tiempos en los que te puedes fiar sólo de un buen enemigo. Y tú has sido el mejor”.

Levasseur me ofrece la mano, la estrecho. Vuelve a silbar, y de la misma esquina aparecen los hombres que llevan maniatado a Gonzalo. Le quitan las ataduras y le dan un empujón no demasiado amistoso.

El francés me saluda, como en el teatro, tocándose el ala del sombrero, y desaparece engullido por las sombras. Uno de sus compadres escupe, mientras pronuncia maldiciones desdentadas en un francés ininteligible.

– “¿Te han tratado bien?”
– “Sí. Excepto cuando tuvieron que dejarme inconsciente fuera de aquella taberna. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué quería?”
– “Es alguien que está sólo de paso por la ciudad. Quería proponerme un negocio”
– “¿Bueno?”
– “Depende. Rentable, sin lugar a dudas. Démonos prisa, Thomas nos espera con los caballos en las escalinatas de Saint Paul. Hemos caminado bastante por hoy”

london-blackfriars

Estoy en casa, fumando, casi en la oscuridad. A mis espaldas, los hombres pintados por Tiziano y Tintoretto siguen imperturbables su muda conversación a la luz de una vela. Yo, mientras tanto, limpio, con escrupulosa lentitud, las cenizas y los restos de tabaco que se han acumulado en la cazoleta de la pipa. Rasco el fondo con un bastoncillo de madera, tallado minuciosamente con formas geométricas. Me lo regaló el cacique de una tribu de indios taínos en la isla Hispaniola, durante mi estancia en el Caribe, cuando me preparaba a conciencia para darle una sorpresa a Francis Drake. Recuerdo la paz que sentía observando esas aguas turquesas. Levasseur me ha ofrecido la oportunidad de regresar, esta vez no para robar a un ladrón, sino por cuenta propia. Podría acallar mi conciencia diciéndome que no es mi problema: es el rey Felipe quien ha dejado la puerta más hermosa de su imperio abierta. Si no lo hago yo, lo hará otro. Dejemos que sea otro. Es más, dejémoslo todo. Creo que el no haber tenido hijos varones es una señal del destino. El primer Hawkwood hizo posible el reinado de una Tudor, yo acompañaré a la última. No habrá más Tudores en el trono de Inglaterra, como no habrá más Hawkwoods vigilando a los vigilantes. Jacobo de Escocia espera paciente la salida de escena de Isabel. Otros querrán impedírselo. Quién sabe, quizás en estos momentos Essex está planeando en Irlanda cómo quitarle la corona a Isabel. Si así es, haré todo lo que está en mi mano para impedírselo. Al rey Felipe, que se está apagando entre rosarios, misas y remordimientos en el Escorial, le sucederá otro Felipe. Tan incompetente que su propio padre ha decidido regalar de su mano trozos del Imperio antes que dejar que los pierda él sólo.

Pero Felipe III será un problema de Gonzalo Villegas. Y de los pocos hombres justos que lucharán para que lo inevitable se retrase lo más posible. El imperio español es demasiado grande como para que se esfume en tan poco tiempo. Así pues, mañana le diré a Levasseur que no cuente conmigo. ¿Cuántos años de “servicio” me quedan por delante? No muchos. Cuatro. Cinco, a lo sumo.

Esta vez sí que la oigo llegar. Me da un beso en la mejilla, y se sienta a mi lado.

– “¿Cómo ha sido el día?”
– “Digamos que… entretenido. Por cierto, Gonzalo me ha pedido permiso para alojarse en otro lugar”
– “Espero que no sea en el barrio de los actores”
– “No, cerca de Saint Paul”
– “Podría ser peor”

Sonrío mientras cebo la pipa con tabaco.

– “Laura ¿y si volviésemos a Italia? Quiero decir, para siempre”
– “¿Cuándo? ¿Dónde?”
– “Dentro de algunos años. En Toscana; Florencia, o Siena” – Suspira aliviada – “Sabes que no te pediría nunca que volvieses a Ferrara”
– “¿Y por qué tendríamos que dejar Inglaterra?”
– “Creo que la misión de nuestra familia está llegando a su fin. Además, empiezo a preguntarme demasiado a menudo qué estoy haciendo en realidad, y, sobre todo, para qué”
– “Richard, sabes que sufro cuando desapareces durante días, o meses. Nunca te he preguntado dónde o por qué te ibas. Ahora me dices que toda esta incertidumbre acabará. Pues bien, estoy deseando que llegue ese día. ¿Y qué haremos en Toscana?”
– “Además de vivir cómodamente de renta, como ahora, el Gran Duque Ferdinando I está aumentando su colección de obras de arte. Le puedo procurar buenas telas”.
– “¿Y qué harás hasta entonces?”
– “Guiar a Gonzalo, hacer lo posible para que Isabel I muera en su cama y con la corona en la cabeza y, si llega la ocasión, conceder la mano de Isabella a alguien que la merezca y la ame. Espero que el afortunado no se la tenga que llevar a escondidas quién sabe dónde”.
– “Cuando hayas hecho todo esto, mereceremos un descanso, sin lugar a dudas. No es poco trabajo, tal y como está el mundo”
– “Me has recordado unos versos de la obra que hemos visto hoy, y con los que estoy plenamente de acuerdo ‘Yo veo el mundo tal y como es. Un escenario donde cada uno debe interpretar su papel. Y el mío es uno triste’”

Laura me mira incrédula.

– “Triste. Tu papel es uno triste”
– “Bueno, no me identifico exactamente con los últimos versos”
– “No, desde luego. Triste…” – Laura se tapa la boca, y empieza a reír. – “¿Tú? ¿Triste?”

Ríe con tan buena gana que se le saltan las lágrimas. Yo tampoco puedo dejar de reír.

– “Sí, tristísimo… ¡Desconsolado!”

Casi no puedo pronunciar la última palabra. Laura se levanta y me tiende la mano.

– “Entonces, no me queda más remedio que hacer algo para aliviar tu sufrimiento”

Me olvido de reyes y reinas, conjuras, traiciones, nobles ambiciosos y gobernantes incapaces. La próxima escena en esta tragicomedia de la que Laura y yo somos protagonistas, será a puerta cerrada.

FIN

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2 thoughts on “Veo el mundo tal y como es

  1. Enhorabuena!! Los datos históricos que en otro relato se me hubieran atragantado, no ocurre con el tuyo, al que aderezas con estimulantes del apetito lector, como bellas metáforas, giros de sarcástico humor inglés, y sobre todo una historia bien contada. Con ese estilo tan tuyo, que desplaza entre las palabras, como sin querer, una socarronería que no resulta chocante, porque está llena de gracia y clase.
    Una delicia de principio a fin.

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