Epifanía

Tempestad en Whitley Bay (Northumberland – UK) Foto de Thomas Heaton

Había poca gente para ser sábado y principio de la temporada alta. El tiempo no ayudaba: la lluvia de una borrasca, que parecía ser más de principios de invierno que de verano, golpeaba con saña los ventanales que daban a la escollera, y de vez en cuando las olas alcanzaban el sendero que asomaba al acantilado, salpicando a los últimos parroquianos que se apresuraban a entrar.

El cantante dio un golpecito con el índice al micrófono. Al instante, un pitido de los altavoces se alzó por encima del rugir del viento y la tormenta. Alguien silbó en señal de protesta. El cantante pidió disculpas, pasándose la mano por el cabello engominado, imitando una pose pasada de moda que no desentonaba con el local. Cuando se entraba en ese pub se tenía siempre la sensación de encontrarse en un lugar indefinido a caballo entre los años setenta u ochenta: la moqueta que un día lejano fue granate, o puede que roja, la bola de cristal de discoteca, la barra y los taburetes de escay, la música que sonaba de fondo…  Sólo los móviles que manejaban los chicos de una mesa, universitarios celebrando el fin de curso, recordaban la actualidad. En su rincón habitual, saboreando su pinta, concentrado en ella como si su vida dependiese de apurarla con precisión quirúrgica, estaba un pescador del pueblo. Repeinado y pulcro, como todos los sábados a la misma hora. Tras la muerte de sus padres no cambió su costumbre: seguía viniendo sólo el sábado, llegaba a las siete y se iba una vez terminado el concierto. La única diferencia era que ahora se le veía sonreír más a menudo que antes, y de vez en cuando lo acompañaba una chica joven, su sobrina. Un par de bebedores metódicos, de los que no faltan un día, y dos parejas de mediana edad, completaban el público.

Tras una señal del cantante, el guitarrista tocó los primeros acordes. Una balada lenta, melódica, para ir caldeando el ambiente. A pesar de encontrarse en un lugar algo apartado, el pub era una atracción, no sólo de la comarca. Había quien venía de Newcastle para disfrutar de la atmósfera. Treintañeros de barbas cuidadas y bigotes decimonónicos, de esos que llaman hipsters en las revistas de moda, y que se deshacían en elogios a propósito del fantástico ambiente vintage. El secreto que los diseñadores de interiores intentaban descifrar sin éxito era sencillo: la decoración no se había cambiado en cuarenta años. El propietario, ahora anciano, siempre había dejado la remodelación para el invierno siguiente, y dedicaba el mes de cierre para restaurar él mismo, con habilidad, eventuales daños. No había hecho más obras que las estrictamente necesarias, en la cocina y los inodoros, para no tener problemas con los inspectores municipales. Los cuales, como no tenían mucho que inspeccionar en la comarca, eran especialmente escrupulosos. Sin embargo, el dueño confiaba en que en los próximos años cambiaría su suerte. Estaba seguro de que los turistas que llenaban los vuelos charter que volaban sobre sus cabezas volverían en masa, cuando no les resultase más económico pasar del mar del Norte al Mediterráneo. A fin de cuentas, había votado “LEAVE” para algo ¿no? Quizás no volverían los tiempos de las cartulinas descoloridas en blanco y negro, con señoras elegantes protegidas por amplios sombreros y sombrillas de encaje, retratadas mientras observan el mar con “Recuerdos de Whitley Bay” escrito en el ángulo superior izquierdo de la postal, pero estaba seguro de que las cosas cambiarían.

El cantante se mecía, apoyado sobre el micrófono, moviendo el brazo saludando al escaso público con ademán seguro. Cerró los ojos para no ver a los jóvenes que, indiferentes a su arte, se hacían selfies y buscaban como rabdomantes el punto donde la conexión fuese los suficientemente buena como para subir las fotos a Instagram. Viajó con la imaginación, acunado por su propia voz aterciopelada, a un lugar al otro lado del océano: la ciudad llena de luces, espejismo en el desierto. Confundió en su mente el aullar lejano de las olas por la ovación de un público entregado. Céline estaba en la primera fila, aplaudiendo extasiada. Probablemente lo llamaría para su próximo disco de duetos.

El final de la canción se fundió con los truenos y los relámpagos. De repente, un estruendo sacudió las vigas de madera, el pequeño edificio tembló hasta los cimientos. Había saltado la luz y se quedaron a oscuras. No gritó nadie, todos volvieron sus miradas hacia el mar. El cantante siguió tarareando las últimas palabras de la canción en voz baja: “el océano… el océano...”. Bajó del escenario, seguido por sus músicos. El propietario salió de detrás de la barra, los jóvenes dejaron los móviles sobre la mesa. El pescador, los bebedores metódicos y las parejas también se acercaron a los ventanales, y enmudecieron delante del espectáculo que tenían frente a ellos. En el eterno atardecer del hemisferio norte en verano, el gris del cielo, del mar y la lluvia se mezclaban. Era uno de esos momentos que los pintores llevan generaciones intentando plasmar, y ninguno de los presentes quiso romper la magia, hasta que volvió la luz.

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