Argumentos de (poco) peso

Barrio español. Nápoles. Pinchar para fuente

En el 2017 ha pasado, sin mayor pena ni gloria, un aniversario que en teoría debería haberme importado algo. Entre septiembre y octubre del año pasado, hace veinte que dejé España y me vine a vivir a Italia. Quizás el hecho de no haber marcado la fecha en el calendario se deba a que nunca he tenido la sensación de salir cerrando una puerta, y de que aquí, a pesar de haber encontrado el compañero de una vida, al no haberme embarcado ni en hipotecas ni en perpeturar la especie, tengo siempre una especie de sensación  de perpetua transitoriedad. Además, españoles e italianos somos pueblos relativamente semejantes, con lazos entrecruzados a lo largo de la historia desde tiempos remotos: por ejemplo, el vencedor del conflicto civil entre César y Pompeyo se empezó a decidir en Munda (en los alrededores de la actual Osuna), y en pocos sitios me he sentido tan en España como en el casco viejo de Nápoles. Sin embargo, a pesar de todo, muy de tarde en tarde alguien (y siempre se trata de una persona, no de una situación, una cosa, o quien sabe qué) me hace caer en la cuenta de que “soy extranjera”. Además, cosa curiosa, el señalarme como tal viene siempre de quien se encuentra en dificultad y, a falta de argumentos de más peso, señala tal diferencia. No me voy a engañar, no se trata de una falta exclusiva del interlocutor del momento, es algo que llevamos los seres humanos en los genes, apuntar con el dedo “al otro”. Me ha pasado en el trabajo, donde, por el teléfono, mi condición de no-italiana resulta evidente (no puedo ni imaginar qué tiene que vivir quien lleva la extranjería escrita en el color de la piel o los rasgos físicos) por lo que quien, al otro lado del aparato, quería descargar su frustración por cuestiones relacionadas con la empresa en la que trabajo, tarde o temprano (perdón, más temprano que tarde) sacaba a relucir un “usted no es italiana ¿verdad?”.

Hoy la tara de mi extranjería ha salido a la luz con alguien en España. Contacté hace unos días mi editorial haciendo presente mi perplejidad por los lugares en los que se han colocado los sesenta ejemplares para librerías, la mayoría de ellos en pequeños centros en los que no conozco a nadie. Seguirán detalles en facebook, pues será el juego estrella del 2018 “¿Dónde está Marco?”, una versión-peplum de “¿Dónde está Wally?” Presumo que debe haber una serie no corta de motivos por los cuales mi primera novela sea difícil de colocar en librerías, empezando por el precio, que no es tirado por lo limitado de la… tirada, pasando por que el tema sea más o menos atractivo (¿otra de romanos? ¡por favor!), o el hecho de que yo no soy nadie y los libreros están saturados de libros… Sin embargo, el primer (y único) argumento sacado a colación por mi interlocutora era lo duro que ha sido “dejar el libro de una autora extranjera en plena campaña navideña”. Sin lugar a dudas, un argumento de peso.

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