El guardés del tabaco – reseña

Un inglés dijo que los bravos, a diferencia de los cobardes, solo morimos una vez

Así comienza “El guardés del tabaco”, la segunda novela de Jairo Junciel. Aníbal Rosanegra se dirige a nosotros, los lectores, y, mientras espera “con anhelo la llamada de una Parca que nunca se acuerda de mí”, nos relata su vida. Desde el principio, como hicieron otros ingleses. Aunque, sin llegar a la precisión autobiográfica de Sterne y su Tristram Shandy, que nos ilustra hasta el momento de su concepción, Aníbal, como David Copperfield, narra su vida desde su alumbramiento en Salamanca, cerca de las orillas del Tormes.

Todo el libro está escrito con tales buenas trazas y maestría, que parece que estamos leyendo la obra de un escritor curtido tras decenios de batallas literarias que no su segunda novela. Osaría decir que la presentación de los personajes es la marca de “casa Junciel”; es imposible de olvidar la de Guzmán, o “Jose Antonio Guzmán Santalla para clérigos, justicias y autoridades”, que he leído y releído varias veces. En poco menos de una página el autor nos describe el tuerto con tal acierto que hace falta muy poca imaginación para verlo… y olerlo. Es en los pequeños detalles donde las descripciones de Junciel dan en la diana. Mucho más efectiva que mil palabras, a la hora de transmitir la atmósfera de las casas de placer y las tabernas, es la descripción de las marcas que han dejado en el suelo de madera las espadas de los centenares de parroquianos que se han sentado en esas mesas, y nada más descriptivo, a la hora de hacernos llegar el “perfume” de un asaltante de caminos que “el aliento le olía igual que si hubiera comido boñigas de vaca y tras vomitarlas se hubiera bañado en ellas”.

Abunda en la novela el uso del lenguaje de germanías, usado por los bravos y delincuentes en aquellos tiempos. Aunque se puede entender el significado de las expresiones y determinadas palabras sin excesiva dificultad, aconsejo escuchar el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española de Don Arturo Pérez-Reverte, que trataba sobre esta jerga.

Seguimos a Aníbal a lo largo de su formación, desde las enseñanzas del bachillero Villarroel, a sus primeros pasos solo en el mundo, en los que será su mentor el tuerto Guzmán, compañero de armas de su padre, y por último con el, en principio su jefe como guardés del tabaco, y después amigo, Cucha. Aunque en su mundo la presencia femenina pueda parecer una anécdota formada en su mayor parte por enceradas, escanfardas, focarias, coimas, loras, cotorreras… vamos, putas, los momento más emotivos de la novela están ligados a tres mujeres: su madre Felisa, la anciana Romana, que vive en una ermita abandonada cuidada por el negro Ebenizer, y María Feilding, la hermosa camarera de la reina Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V.

“El guardés del tabaco” es una excelente y apasionante novela de capa y espada, con todos los ingredientes de los clásicos: acción, humor, emociones, luchas y aventuras, aderezados por personajes simpáticos y siniestros. Una auténtica gozada para el lector, uno de esos libros que se quedan pegados en las manos y, sobretodo, uno de esos protagonistas que dejan huella.

Por lo tanto, ya terminada la lectura, con el libro lleno de subrayados y esquinas de hojas dobladas, acaricio la cubierta y me despido de Aníbal, dejándolo en buena compañía en mi biblioteca.

Espero que agradezca la compañía; los imagino juntos, a Rosanegra y Alatriste, remojando el mostacho en un vaso de vino, rigurosamente puro y sin aguar, que esa es cosa de romanos y taberneros ladrones. Los veo sentados, codo con codo, y gracias a la imaginación, en la Taberna del Turco en Madrid, o en La Rubí en Salamanca, aunque el capitán hubiese podido ser, anaquel en mano, el abuelo o bisabuelo del guardés del tabaco. Me los imagino a los dos, silenciosos, pues no son dos bravoneles de tres al cuarto, o, como diría Cervantes, “un valentón de espátula y gregüescos” de válgame dios o voto a tal o cual, pues, ya que se trata de mentar a los ingleses, ya lo dijo ese del que se acordó Aníbal al empezar su relato: “concede a todos tus orejas, pero a pocos tu voz”. De todas maneras, cuando el guardés habla, se le nota la buena parla, gracias a los libros leídos y a las lecciones de su amigo y maestro Villarroel. Y me los imagino ahí, en Madrid o Salamanca, o en una taberna cualquiera en el Parnaso de los héroes de ficción, mientras se acerca a su mesa alguien con aspecto de chupatintas, y veo a Aníbal, a punto de torcer la boca, detener el gesto al ver la mirada del capitán que le da a entender que es alguien de fiar. Un tal Isidoro Montemayor*, secretario de la Condesa de Cameros, que también se las tenía que ver a diario con otro tipo de bravos, no de esos cargados de hierro de Toledo y Vizcaya, sino de esos otros, mucho más peligrosos, que frecuentan la corte y sus mentideros. Él ha venido a la taberna a ahogar sus penas en el vino, y a lamentarse de las mujeres, veletas y traicioneras. Aníbal, al oír el último calificativo se lleva por instinto la mano al costado, donde una herida había cicatrizado pero nunca sanado, mientras Alatriste chasquea los labios, se seca los bigotes y mira a la puerta, deseando casi ver entrar por ella a Martín Saldaña y sus corchetes.

* protagonista de la trilogía de Alfonso Mateo-Sagasta formada por “Ladrones de tinta”, “El Gabinete de las Maravillas” y “El reino de los hombres sin amor”

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