Ada McQueen

Me llamo Ada McQueen, y tengo 485 años.

La primera parte de mi vida terminó el 20 de Junio del 2090, en una carretera comarcal. Perdí el control de mi motocicleta en una curva, y cuando me llevaron al hospital más cercano estaba destinada a morir allí. No tenía derecho a curas médicas por “conducta irresponsable”, pues viajaba a bordo de un viejo medio de locomoción a hidrocarburo, algo que de por sí conlleva pena de reclusión por descarga ilegal de CO2 en el ambiente, y además, había robado la moto de un museo algunos años antes. Siempre me gustaron los viejos motores, era algo que me obsesionaba desde que era pequeña. Busqué información sobre los mismos en la clandestinidad, me las ingenié para lograr carburante y me gustaba viajar con ella por la noche, en lugares solitarios, sintiendo el viento en mi cara y las tripas encogerse de la emoción cuando cogía velocidad y saltaba una pequeña loma. Creo que esta pasión la debo de tener escrita en el ADN, por parte de ese antepasado que según me contaron era actor y amaba los motores tanto o más que yo, y corría en cualquier cosa que tuviese pistones y bielas dentro. Nunca he tenido miedo a la muerte, era cien veces mejor dejar la piel en una curva que no terminar como mi tatarabuelo, comido por dentro por el cáncer y escupiendo sangre en un hospital en Méjico. Así pues, el 20 de Junio del 2090, al perder el control de la moto me dije “hasta aquí hemos llegado”. Terminé en la sala de urgencias de un hospital, destinada a ser dividida en cuantas partes se pudiesen aprovechar de mí: hígado, corazón, óvulos. Dicen que cuando estás a punto de morir te pasa toda la vida por delante. Falso. Pero sí que te enteras de todo aquello que sucede a tu alrededor: oía a los médicos hablar entre ellos mientras examinaban mi cuerpo y valoraban cuánto se podía aprovechar de él. Cuando estaban a punto de abrirme llegó otra mujer a urgencias, en mis mismas condiciones; también la iban a despachar sin más miramientos por “conducta irresponsable”. No me acuerdo en estos momentos del motivo, quizás fuese una fumadora, o una alcoholizada, o quizás había hecho “bungee jumping” sin tener firmado un seguro. En resumidas cuentas, ahí estábamos las dos, preparadas para el descuartizamiento. No sé por qué, empezaron por ella; cuando dos o tres de sus órganos estaban ya dentro de contenedores especiales, rumbo a tal o cual hospital, entró otro enfermero. Había llegado una llamada urgente, dijo, la “recién llegada” no era para reciclar; era un pez gordo, la hija de cierto multimillonario, y a ella le tocaba criogénesis. Nunca podré olvidar el tono de voz de los presentes, estaban todos paralizados, presos del terror. De repente uno de ellos, un hombre con voz de barítono dijo “Hay que dar el cambiazo, nadie se va a dar cuenta. Tienen la misma edad y hasta se parecen”. Y así fue. Inyectaron algo en mi gotero y me quedé profundamente dormida, hasta que desperté, hace un par de años. No ha sido difícil adivinar qué sucedió después: mi cabeza y espina dorsal, debidamente preparados, entraron en el depósito de criogénesis con un nombre que no era el mío, y la que en teoría era yo terminó descuartizada e incinerada. La heredera tuvo un bonito funeral de cuerpo ausente. Cuando volviese a nacer no quedaría nadie que pudiese reconocerme, y el mismo equipo médico que me preparó se las ingenió para que las muestras genéticas de la heredera millonaria, fuesen cambiadas con las mías en la base de datos médica.

Así pues, cuatrocientos cincuenta años después de haber nacido volví a abrir los ojos. Al principio me sentía confundida, con todo aquel personal sanitario que orbitaba a mi alrededor con aire deferente y servil, llamándome con el apellido de la famosa y multimillonaria heredera. Por un tiempo no dije nada; no era mi intención decirle a aquella gente que se habían equivocado y que yo no era quien ellos creían que era. Cuando estaban a punto de darme el alta vino a verme un hombre de aspecto bovino que me enseñó toda una serie de documentos y actas, mis posesiones. Me entregó las llaves de lo que sería mi casa; me aseguró que el bufete que representaba había cumplido a la perfección su cometido, siguiendo las instrucciones del que fuera último titular de la fabulosa fortuna, que desgraciadamente falleció a la venerable edad de cien años a los pocos días de mi “resurrección”.

Me preguntaba qué iba a hacer conmigo misma. Durante un tiempo llevé una existencia retirada, las riquezas que se habían acumulado y fructificado en medio milenio seguían haciéndolo sin que yo me interesase ni hiciese nada por aumentarlas. Así que me dediqué a estudiar qué había sido del mundo durante los siglos de ausencia. Me llamó la atención que había poca gente por la calle: la población mundial se había reducido tres cuartas partes. Apenas diez años después de mi accidente empezaron los planes masivos de esterilización y comenzó la colonización de Marte para explotar sus minas. Cuando el número de habitantes no disminuía a la velocidad requerida, alguna que otra pandemia o guerra civil planificada al milímetro ayudaba a cuadrar las cuentas, hasta que en la Tierra quedaron todos aquellos suficientemente ricos como para permitirse vivir en ella y todos aquellos que trabajaban al servicio de los ricos, mientras que los deshechos de la humanidad se amasaban en el subsuelo de otro planeta.

Me llamo Ada McQueen. Y voy a hacer todo lo posible –dinero no me falta– para cambiar este mundo que ya no reconozco.

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