El arma más poderosa

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Madrazo – El Gran Capitán y el cadáver de Nemours tras la batalla de Ceriñola

 

Andria (Apulia) – 13 de febrero de 1503

— Excelencia, esperan su orden.

La voz de Íñigo me trae de vuelta a la realidad. Miro a mi alrededor; las dos formaciones esperan mi señal, dentro del campo preparado para la pelea, en terreno neutral. Los caballos relinchan, las armaduras relucen bajo la luz del tibio sol de finales de invierno. Trece caballeros franceses y trece italianos, inmóviles, unos frente a otros, en un silencio irreal.

Recuerdo cómo hemos llegado hasta aquí. Mientras las tropas francesas aumentan como el caudal de un río en primavera, los refuerzos que he pedido con insistencia a sus majestades durante el último año se me han concedido a cuentagotas; conozco su número, hasta el último peón. Parezco uno de esos contadores del Rey Fernando, pájaros de mal agüero emperchados en mis hombros. No hago más que firmar recibos y documentos; de vender mi alma al mismísimo Lucifer, no tendría que usar tanto la pluma. Mientras algunos en Castilla me acusan de esconderme en Barleta, con los franceses a un lado y el mar al otro, yo escribía algo más que cuentas. Me carteaba con quien conoce mejor que nadie a los franceses, pues ha luchado con ellos y los ha conocido en la corte del Rey Luis, en Chinon. He quemado todas sus cartas, como él habrá destruido las mías; durante estos meses, gracias a esas misivas, he aprendido a ver a estos caballeros franceses con los ojos de César Borgia de Francia, Duque de Valentinois. Siempre he sentido por César el respeto que nunca tuve por su—en buena hora— difunto hermano, Joan, Duque de Gandía. Ese inútil consentido por su padre, hombre tan hábil político en según qué circunstancias, como ciego delante de las muchas carencias y vicios de su hijo. A pesar de que entré victorioso en la ciudad eterna como un general romano, el papa Alejandro presentó al Duque de Gandía y Capitán General de las tropas pontificias como el héroe que recuperó la fortaleza de Ostia. Sin embargo cayó gracias a mí, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Por si fuera poco, tuve que asistir a la liturgia pascual tres escalones detrás de Joan Borgia. Cuando el papa, en un torpe intento de paliar mi rabia me entregó la rosa de oro, me di cuenta de que César, por entonces cardenal de Valencia, me estaba mirando. En sus ojos leí un: “Os entiendo, yo cargo con el mismo lastre que vos”.

— Excelencia…

— Sí, Íñigo. Proceded.

Tras la señal, Charles la Motte, capitán de los franceses, pica espuelas; los trece corceles franceses parten como rayos. A pesar de que el fragor de la galopada y los gritos de ánimo de los espectadores me impiden escuchar al capitán de los italianos, Ettore Fieramosca, sé qué está aullando: esperar a los franceses en formación cerrada, con las lanzas bajadas. Tras el estruendo del choque veo con satisfacción que la formación ha aguantado, tal como lo habían practicado hasta la saciedad, desde que Charles la Motte cayó en la trampa.

A principios de año nos encontrábamos en un punto muerto. Nosotros relativamente bien abastecidos por mar, los franceses fuera de la ciudad, pero sin efectuar un asedio cerrado. Una situación que podía alargarse durante meses. Era habitual que grupos de caballeros de ambas tropas participasen en pequeñas escaramuzas, tomando luego como rehenes a los derrotados, para engordar las bolsas con el rescate. Cuando me confirmaron que Charles la Motte iba a hacer una salida, ordené a Próspero Colonna que él y sus hombres fuesen en su busca. Como era de esperar, pues Próspero es el mejor condottiero de Italia, el francés terminó aquella tarde “huésped” en uno de los palacios que ocupábamos en Barleta, y, para mostrar a los prisioneros lo holgado de nuestra situación, organicé una opípara cena en su honor. Tras haberles servido buen vino —y el más fuerte—Íñigo López de Haro lanzó sus anzuelos: los franceses picaron. Que si no era cierto que la caballería francesa fuese la mejor de Europa, que a nuestro juicio los caballeros italianos eran los mejores de la cristiandad, los hombres de armas más valientes con los que hubiésemos luchado nunca, que los franceses no podían compararse con ellos… —Los italianos son gente vil y cobarde. Si diez caballeros italianos luchasen contra diez franceses, yo mismo formaría parte de la escuadra, y les haríamos morder el polvo—. No estaba presente cuando La Motte, borracho como una cuba, pronunció estas palabras, pero me encargué de recordárselas: había lanzado un desafío a los italianos, el honor exigía que se llevase a cabo, no podía echarse atrás. Tan bien insistí (César me sugirió herirlos en el orgullo e incitar su soberbia), que cuando La Motte me dio una lista con los nombres de los participantes, ya no eran diez, sino trece. Próspero y Fabrizio Colonna eligieron a los trece mejores caballeros a disposición de los italianos, en representación de toda la península.

El griterío aumenta. Los hombres luchan por parejas, o pequeños grupos. Fieramosca ha logrado tirar de su caballo a La Motte, y lo espera, espada en mano. En otro lado del campo tres caballeros italianos han desjarretado a varios caballos. Los franceses caídos protestan ante los árbitros, pero está permitido hacerlo. En apenas una hora, las peleas concluyen a favor de los italianos, La Motte se rinde ante Fieramosca, y finalmente, lo hace el último francés que quedaba en pie.

Regresamos a Barleta con Fieramosca abriendo la marcha, jaleado por el pueblo, llevando victoriosos a sus prisioneros en cadenas. Nosotros, los españoles, vamos cargados con el arma más poderosa que pueda llegar a tener nunca un ejército: la moral. Todos estos hombres están convencidos ahora, como yo, de que ganaremos esta campaña.

—Excelencia, hay un problema. Los franceses, no tienen el dinero que habían prometido en caso de derrota.

— Me lo imaginaba, Íñigo. Habla con mi tesorero, pagaré yo las mil trescientas coronas. Ya arreglaré cuentas con el Rey.

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