Lucio

Hacía un año que en Roma gobernaba Tito Flavio César Vespasiano Augusto, y ésta dominaba un vasto territorio, incluido todo el Mar Mediterráneo que, en su soberbia de conquistadora, llamaba Mare Nostrum. Como si algo tan frágil y perecedero como el hombre pudiese dominarlo. Por eso, a menudo, las aguas recordaban a los romanos que no habían sido derrotadas, sino que simplemente soportaban su presencia. Una mañana del mes de Junio, en la superficie del mar, en apariencia plácido, en un punto indeterminado entre Italia y Grecia, flotaban los restos de la última víctima de tal recuerdo: una galera de transporte militar. De la imponente nave no quedaban más que trozos de vela, maderos sueltos, algún que otro cadáver, rollos con instrucciones militares y mapas que nadie iba a ejecutar ni consultar. Sin embargo, si se prestaba más atención, se veía alguien que se aferraba a la vida con la misma fuerza con la que se sujetaba a un rectángulo formado por varios listones de madera, unidos por la parte final de una de las cuadernas: un hombre.

Hablaba, aunque de su boca no salía más que un rascar áspero que poco recordaba a una voz. Se dirigía a los dioses con tal insistencia, que su plegaria llegó a sus oídos. Júpiter, molesto, iba a ordenar a su hermano Neptuno que levantase una ola que acabase con la vida miserable de ese humano que le impedía gozar de su siesta. Ya había logrado algo imposible: pasar la jornada sin sobresaltos a pesar de que, por insistencia de Juno, todos los dioses estaban reunidos en un banquete en el Monte Olimpo; un homenaje a sus raíces griegas. Estaba a punto de dar la orden, cuando Marte le rogó que no acabase con el hombre, que lo escuchasen. Así pues, todos prestaron atención. Incluso Baco rechazó una copa de vino para saber qué estaba diciendo el moribundo.

— “He cumplido con mi deber de buen romano, he engendrado un hijo que perpetuará el nombre de mi gens, me he aplicado en el estudio de las leyes, he abrazado con convicción el oficio de las armas, que para mí han sido algo más que un paréntesis incómodo en mi carrera política…”
— “Así es” —dijo Marte— “hacía tiempo que no veía un hombre tan dotado para la carrera militar…”
— “Sssshhh ¡Calla!” —terció Venus— “Hay algo más. Lo notamos”

Un amorcillo que dormitaba al lado de la diosa se despertó, y comenzó a batir sus pequeñas alas. Todos callaron. El hombre continuaba con su monólogo desesperado.

— “Sabía que iba a suceder algo. Nada más poner el pie en la cubierta, la madera crujió como cuando se clava en el crucifijo al condenado a muerte. Los soldados no logran distinguir el ruido metálico del martillo que golpea el metal del clavo, de el de la madera que cruje y se abre bajo su impacto. Yo sí. Lo he escuchado decenas de veces en Judea, y lo volví a oír cuando subí a la nave…”

El hombre tosió, escupió agua mientras sus manos se aferraban a la madera como las garras de un águila a su presa. En uno de sus dedos lucía el sello de su familia, una de las más antiguas de Roma.

— “Es Lucio Cornelio Dolabella”
— “Todos sabemos quien es, Marte. Pero no podemos escudriñar dentro de su alma hasta que no nos deje hacerlo, recuerda. Hasta que no dé voz a sus pensamientos, o los escriba, éstos seguirán escondidos en su corazón. Pero sé que ahora va a hacerlo” — respondió Venus.
— “Si no muere antes” — interrumpió la Discordia con su sonrisa ajada.
— “¡No lo hará!” — tronó Júpiter — “Por lo menos, no hasta que desvele su secreto”
— “¡Silencio!” — terció Juno — “Escuchémoslo”

— “Dioses… oh, dioses… Sí, he sido un buen romano. O por lo menos creía que lo era, hasta que… Pero no he podido… Lo he intentado, pero no he podido evitarlo…”— volvió a toser, vomitando al concluir la crisis un hilo de bilis y agua salada — “Nada más pisar la nave, me di cuenta que era inútil oponer resistencia. Esa galera estaba condenada, pero no tenía porque llevárselo a él también. No, si podía evitarlo. Me inventé una excusa, una tarea inútil y le ordené que partiese con el transporte sucesivo, que zarparía de Brundisium el día siguiente. Sabía que Druso no protestaría, sobre todo delante de los legionarios, pero evité mirarlo a los ojos cuando me despedí de él. No podía soportar decirle adiós. No me importa morir; sin embargo, me llevaré conmigo la duda de si él también… Dioses… Quisiera saber si… solo yo sentía… Druso… Druso…”

Lucio perdió el sentido. Mecido por el vaivén de las maderas, encerrado en el mundo de la inconsciencia, recordaba los gestos de su amigo: esa manía de tocarse la barbilla mientras pensaba, o estaba enfrascado en la lectura de un libro. Era como si lo viese de nuevo: en las termas del cuartel, durante la batalla, en las reuniones con el legado de la legión. Su físico era imponente. Anchas espaldas, manos elegantes pero fuertes, abundante cabello negro, rizado, ojos pardos que parecían cambiar de color en según que circunstancias; negros como el ónice durante la lucha, o de color miel cuando le hablaba relajado en el campamento, bajo las estrellas, antes de retirarse a dormir. Era un lector voraz, que disfrutaba tanto leyendo como comentando sus lecturas. Por el contrario, Lucio fue siempre un lector distraído; olvidaba con facilidad personajes y detalles. En una de aquellas largas noches en vela bajo las estrellas de Judea, durante el largo asedio a Masada, confesó a Druso que apenas lograba recordar la Odisea, más allá de que Ulises finalmente regresó a Itaca tras su periplo por el mar. Éste se ofreció a recordársela, y cada noche le narraba una escena. Su voz era suave, aterciopelada, tan diferente del tono que usaba para dar órdenes a la tropa, que parecía provenir de otro hombre. Tenía algo de sobrenatural, mágico como uno de los encantos de Circe. Sin embargo, escuchándolo, Lucio no se convirtió en un cerdo como los compañeros de Ulises, sino que se preguntó, de repente, si ése sería el tono de voz que usaría en la intimidad de su cama. Aquella noche, azorado y avergonzado por sus propios pensamientos, se retiró prácticamente sin despedirse. No pudo dormir. No podía dejar de pensar dónde le podrían llevar sus sentimientos. ¿Qué sería peor? ¿Qué Druso lo ignorase o que también lo amase? ¿Qué sería de ellos? ¿Se convertirían en una broma soez, un cotilleo de soldados? Roma conquistaba y sometía no sólo con los gladios de sus ejércitos, sino también con la verga de sus soldados, con la que se sometían a quienes consideraban, despectivamente, inferiores: mujeres, jóvenes, esclavos. El sexo, el amor entre hombres adultos, libres y ciudadanos, era un tabú. Pocos insultos eran tan hirientes como ser llamado cinaedus.

Lucio tomó una decisión; al regresar a Roma tras la capitulación de Masada se empeñó en borrar de su mente el recuerdo de la voz de Druso. Dejó de encontrar excusas para demorar su boda con Servilia, tuvieron un hijo. Durante cinco años luchó una batalla titánica contra sí mismo, ocultando sus sentimientos, engañándose. Se le había hecho ya insoportable continuar su vida militar, compartiendo rancho y estrecheces con él mientras habría dado su brazo derecho por que le susurrase al oído la historia de Ulises y Calipso. Decidió que esa iba a ser la última campaña militar; a su regreso dejaría el ejército y ocuparía el escaño que llevaba esperándole meses en el Senado de Roma. Puede que intentase engendrar otro hijo, o se empeñase en hacer feliz a su esposa. Pero nada de eso iba a suceder ya; otros brazos lo esperaban, los de la muerte, en el fondo del mar.

— “Padre… ¿Cuál es la respuesta?” — preguntó Venus — “¿Lo ama?”
— “Tú lo has dicho, hija. No podemos entrar en el corazón de los hombres si ellos no nos abren las puertas, y las de Druso están cerradas, lo sabes bien. Dejemos que se cumpla su destino. Ya no reza, qué extraña paz” — concluyó, acercando su copa a Ganímedes, que la llenó de hidromiel hasta el borde. Fijó su mirada en tres mujeres vestidas de negro, sentadas al pie de unas rocas apartadas. Una de ellas acariciaba unas tijeras de plata que descansaban en su regazo sin apartar la vista del padre de los dioses.

Lucio salió de su sopor; se dio cuenta de que le estaban abandonando las fuerzas, que ya no aguantaría mucho tiempo más agarrado a los maderos. La luz del sol de mediodía lo cegaba, se reflejaba en las aguas, entraba en sus pupilas como agujas. Tenía sed, mucha sed. Le parecía escuchar de nuevo el cómitre que, golpeando su tambor, daba el ritmo de boga en la galera. Un batir continuo, rítmico, incesante. Un golpe, otro golpe, otro golpe… Notaba que no podía sujetarse más, estaba resbalando. Un golpe, otro golpe, otro golpe… De repente, se dio cuenta de que el sonido de ese batir le llegaba amortiguado por el agua: se estaba hundiendo. Un golpe, otro golpe, otro golpe… Lo último que quedó en la superficie fue su mano. Cuando finalmente se dejó llevar, notó que tiraban de él. Lo estaban subiendo a un bote. El instinto le llevó a inspirar todo el aire que entraba en sus pulmones, mientras intentaba expulsar el agua que había tragado. El sol seguía cegándolo, no veía nada. Alguien lo tenía entre los brazos, lo había girado para que no se atragantase y le daba golpes en la espalda. Cuando por fin pudo centrar la vista vio que quien le sujetaba lucía una coraza de cuero, con una figura alada repujada en el centro; una coraza que había visto cientos de veces. Escuchó de nuevo la voz aterciopelada que le había acompañado bajo las estrellas de Judea, contándole historias de héroes perdidos.

— “Por todos los dioses, Lucio, creía que no iba a llegar a tiempo. No vuelvas a hacerme esto, no me alejes más de tu lado”

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