Ada McQueen (versión ampliada)

Esta es una versión ampliada de un relato que presenté a uno de los concursos literarios de Zenda. Se me quedaron varias cosas en el tintero que no pude contar por el límite de palabras, así que, aprovechando que en otro concurso el tema era un relato de ficción y el límite de palabras era mucho más amplio, he incluido las partes que tuve que cortar para Zenda por falta de espacio. Aún no ha sido publicado el fallo de dicho concurso, pero con 499 relatos presentados, el pasar al grupo de finalistas y ganarlo entraría ya en lo que en Italia denominamos familiarmente “culo”.

Mi nombre verdadero es Ada McQueen, y tengo 485 años.

La primera parte de mi vida terminó el 20 de Junio del 2090, en una carretera comarcal. Perdí el control de mi motocicleta en una curva, y cuando me llevaron al hospital más cercano estaba destinada a morir allí. No tenía derecho a curas médicas por “conducta irresponsable”, pues viajaba a bordo de un viejo medio de locomoción a hidrocarburo, algo que de por sí conlleva pena de reclusión por descarga ilegal de CO2 en el ambiente, y además, había robado la moto de un museo algunos años antes. Siempre fui una rebelde. Una muestra de ello era mi afición por los viejos motores, que me obsesionaban desde que era pequeña. Busqué información sobre los mismos en la clandestinidad, me las ingenié para lograr carburante y me gustaba viajar con ella por la noche, en lugares solitarios, sintiendo el viento en mi cara y las tripas encogerse de la emoción cuando cogía velocidad y saltaba una pequeña loma. Creo que esta pasión la debo de tener escrita en el ADN, por parte de ese antepasado que según me contaron era actor y amaba los motores tanto o más que yo, y corría en cualquier cosa que tuviese pistones y bielas dentro. Nunca he tenido miedo a la muerte, era cien veces mejor dejar la piel en una curva que no terminar como mi tatarabuelo, comido por dentro por el cáncer y escupiendo sangre en un hospital en Méjico. Así pues, el 20 de Junio del 2090, al perder el control de la moto me dije “Hasta aquí hemos llegado”. Terminé en la sala de urgencias de un hospital, destinada a ser dividida en cuantas partes se pudiesen aprovechar de mí: hígado, corazón, óvulos. Dicen que cuando estás a punto de morir te pasa toda la vida por delante. Falso. Pero sí que te enteras de todo aquello que sucede a tu alrededor: oía a los médicos hablar entre ellos mientras examinaban mi cuerpo y valoraban cuánto se podía aprovechar de él. Cuando estaban a punto de abrirme llegó otra mujer a urgencias, en mis mismas condiciones; también la iban a despachar sin más miramientos por “conducta irresponsable”. No me acuerdo en estos momentos del motivo, quizás fuese una fumadora, o una alcoholizada, o quizás había hecho “bungee jumping” sin tener firmado un seguro. En resumidas cuentas, ahí estábamos las dos, preparadas para el descuartizamiento. No sé por qué, empezaron por ella; cuando dos o tres de sus órganos estaban ya dentro de contenedores especiales, rumbo a tal o cual hospital, entró otro enfermero. Había llegado una llamada urgente, dijo, la “recién llegada” no era para reciclar; era un pez gordo, la hija de cierto multimillonario, y a ella le tocaba criogénesis. Nunca podré olvidar el tono de voz de los presentes, estaban todos paralizados, presos del terror; no habían seguido los protocolos médicos necesarios para preservar el cerebro y la médula espinal en las mejores condiciones, y ésta se había dañado irremediablemente. De repente uno de ellos, un hombre con voz de barítono dijo “Hay que dar el cambiazo, nadie se va a dar cuenta. Tienen la misma edad y hasta se parecen”. Y así fue. Inyectaron algo en mi gotero y dejé de oír las voces, hasta que desperté, hace un par de años. No ha sido difícil adivinar qué sucedió después: mi cabeza y espina dorsal, debidamente preparados, entraron en el depósito de criogénesis con un nombre que no era el mío, y la que en teoría era yo terminó descuartizada e incinerada. La heredera tuvo un bonito funeral de cuerpo ausente. Cuando volviese al mundo no quedaría nadie que pudiese reconocerme, y el mismo equipo médico que me preparó se las ingenió para que las muestras genéticas de la heredera millonaria, fuesen cambiadas con las mías en la base de datos médica. Tuve suerte; apenas un año después del accidente cambiaron todos los procedimientos de almacenamiento del ADN, protección de datos y autorizaciones para acceder a las fichas médicas, por lo que habría sido imposible modificar los datos, o sustituir las muestras de tejido.

Así pues, cuatrocientos cincuenta años después de haber nacido volví a abrir los ojos. Recuerdo que lo primero que sentí fue una ligera corriente de aire fresco en mis mejillas, que procedía del aparato de aire acondicionado instalado en la pared opuesta a mi cama, y lo primero que escuché fue el zumbido ligero del motor. Resulta curioso, muchas cosas han cambiado durante los siglos en los que dormía sin soñar o tener pesadillas, pero a simple vista esos aparatos no lo han hecho. Probablemente habrán reducido la dimensión de los motores, que en sus primeras versiones contaminaban casi tanto como mi motocicleta, pero lo que veía era tal como lo recordaba: el display luminoso, las rejillas, el zumbido.

En un primer momento me sentía confundida, con todo aquel personal sanitario que orbitaba a mi alrededor con aire deferente y servil, llamándome con el apellido de la famosa y multimillonaria heredera. Los primeros días de regreso a la conciencia hablaba muy poco; no hacía más que observar mi cuerpo. Mío, pero no el mío. Era tal como lo recordaba, pero sin cicatrices, ni marca alguna. Me preguntaba si  aquella otra cabeza que formaba parte de mi cuerpo, mío pero no el mío, había llegado a pensar algo los años que vivió. Ahora sé bien cómo funciona el proceso. Treinta años atrás, el último miembro en vida de la multimillonaria familia autorizó mi regeneración, para que el apellido—pero sobretodo la fortuna—no se perdiese. Clonaron mi cuerpo, cabeza incluida, que se gestó en una especie de incubadora gigante en la que otros cuerpos se regeneraban como el mío, sin necesidad de un vientre humano; práctica considerada ahora bárbara, pero que se aplicó en los primeros cien años de la regeneración por criogénesis. Apenas salidos de la incubadora, aquellos seres a los que nadie parió con dolor venían sometidos a una pequeña operación en su cerebro, algo parecido a una lobotomía, para evitarles la carga de una conciencia. Aún así, me pregunto si este cuerpo, al que una vez le unía una cabeza idéntica a la mía, tiene recuerdos propios, si esas imágenes que creo ver apenas me despierto son mis sueños o los de aquella otra yo que murió para cederme su cuerpo, que ha sido siempre el mío. Me toco los brazos, las piernas. Son firmes, bien torneados. Este cuerpo hacía ejercicio físico, como lo hice yo, siglos atrás. ¿Prepararán cuerpos flácidos para los vagos? ¿Los someterán a años de vida sedentaria para evitar un trauma al regenerado? Tomé la decisión de no pensar en mi nuevo-viejo cuerpo, mío pero no el mío, abstraerme de todo; hubo un periodo, al poco tiempo de renacer, en el que me inventaba dolores inexistentes para que me suministrasen pastillas que acallasen mi conciencia y mi consciencia, pero una mañana las rechacé. No fue un gesto heroico, sino práctico; si había pasado más de cuatrocientos años dormida, era estúpido seguir haciéndolo, y me obligué a ver el cuerpo que tocaba como aquel que tuve hasta que perdí el control de mi motocicleta.

Hablaba poco o nada con el personal médico; no era mi intención decirle a aquella gente que se habían equivocado y que yo no era quien ellos creían que era. Cuando estaban a punto de darme el alta vino a verme un hombre de aspecto bovino que me enseñó toda una serie de documentos y actas, mis posesiones. Me entregó las llaves de la que sería mi casa, o para ser sincera vistas las dimensiones, mansión; me aseguró que el bufete que representaba había cumplido a la perfección su cometido, siguiendo las instrucciones del que fuera último titular de la fabulosa fortuna, que desgraciadamente falleció a la venerable edad de cien años pocos días antes de mi “resurrección”.

Me preguntaba qué iba a hacer conmigo misma. Durante un tiempo llevé una existencia retirada, las riquezas que se habían acumulado y fructificado en medio milenio seguían haciéndolo sin que yo me interesase ni hiciese nada por aumentarlas. Así que me dediqué a estudiar qué había sido del mundo durante los siglos de ausencia. Me llamó la atención que había poca gente por la calle: la población mundial se había reducido tres cuartas partes. Apenas diez años después de mi accidente empezaron los planes masivos de esterilización y comenzó la colonización de Marte para explotar sus minas. Cuando el número de habitantes no disminuía a la velocidad requerida, alguna que otra pandemia o guerra civil planificada al milímetro ayudaba a cuadrar las cuentas, hasta que en la Tierra quedaron todos aquellos suficientemente ricos como para permitirse vivir en ella y todos aquellos que trabajaban al servicio de los ricos, mientras que los deshechos de la humanidad se amasaban en el subsuelo de otro planeta. No me enteré de todo esto buscándolo en La Nube, pues no existía ninguna referencia. Me llevó años reunir toda la información, encontrar una rendija en la tupida red de secretos y ocultaciones. No fue algo fácil, pero tenía ya una cierta experiencia sobre cómo llegar a saber cosas que en teoría no debía. Obviamente, fue mucho más difícil que destripar los secretos de un motor de cuatro tiempos, pero lo logré. A fin de cuentas, el mecanismo para obtener información tampoco ha cambiado mucho durante los milenios, como los aparatos de aire acondicionado en cuatrocientos años; cuando fui consciente de toda la suciedad que escondía el mundo en apariencia perfecto en el que vivía, volvió a adueñarse de mí la negrura que me atenazó cuando me planteé dilemas morales sobre el origen de mi cuerpo, mío pero no el mío. Caí en una depresión profunda. No paraba de maldecir a los médicos de aquel otro hospital, deseando con vehemencia que los primeros en excavar el rojo subsuelo de Marte hubiesen sido ellos. Sentía una especie de placer morboso imaginando el médico con voz de barítono llorando su desgracia o deseando la muerte. Me preguntaba por qué el último y maldito miembro de la archimaldita y multimillonaria estirpe me tuvo que traer de vuelta, para vivir en un mundo en el que los derechos en los que creí y por los que luché en mi primera vida habían sido pisoteados, aniquilados.

Fue entonces cuando comenzaron los episodios de autolesión. O por lo menos, así los clasificaron mis médicos, abogados, psicólogos, toda esa gente que vive a costa de la multimillonaria heredera. Lo que no sabían, era que le estaba devolviendo a Ada McQueen sus cicatrices: aquella en el antebrazo tras caerme de bruces del mono patín, el corte en el dedo índice de la mano izquierda, que me hice cuando aprendía a cortar verduras, en aquellos tiempos en los que la humanidad aún cocinaba… Una vez había devuelto parte de mis viejas cicatrices a su sitio, empezó a rondarme por la cabeza la idea del suicidio. Incluso un día lo intenté; me tiré de cabeza en las aguas transparentes de la piscina cubierta—de la vida de rica heredera lo que más agradezco es tener a disposición un par de ellas, una en el interior y otra en los jardines de la villa—con la intención de no subir más a la superficie. Había perdido ya el conocimiento, pero alguien me sacó del agua, y me reanimó. Mientras escupía agua mezclada con cloro, mi instinto me llevó a inspirar todo el aire que pudiese entrar en mis pulmones; entonces vi unos pies masculinos alejarse. Cerré por un momento los ojos; cuando los volví a abrir, estaba completamente sola en la piscina, hasta que llegó sofocada una de las muchachas de servicio, una chica menuda y solícita; se nota que nació de una madre que la parió con dolor, no como el resto del personal, probablemente androides. Me preguntó si estaba bien, disculpándose por no haber llegado antes. Le dije que no era nada, que había solo tragado un poco de agua de la piscina sin querer. Le di la tarde libre y le pedí que me dejase sola. Me puse el albornoz y me eché en una tumbona. Al meter la mano en uno de los bolsillos me di cuenta de que había un trozo de papel, doblado. Lo abrí: “El mundo puede cambiar – Mañana, Parque Oeste, mediodía”

Mi nombre verdadero es Ada McQueen. Y voy a hacer todo lo posible—dinero no me falta, y además, tenemos un plan— para cambiar este mundo que ya no reconozco.

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