El buen soldado

Bartolomeo Manfredi – Soldado portador de la cabeza del Bautista – Museo del Prado – Imagen descargada del sitio internet del Museo – enlace

Roma – Junio 1606

— ¡Esa es la expresión que iba buscando! ¡No mováis un músculo!
El pintor levanta los brazos, como si quisiera detener el tiempo y aprisionar en él al hombre que está posando. Deja sobre la mesa paleta y pinceles, ignorando el estruendo que hacen al perder su precario equilibrio y caer al suelo; coge el primer papel que encuentra y empieza a dibujar con un carboncillo en una esquina los rasgos del hombre: los ojos negros, grandes, fijos en un punto a su derecha, detrás de la espalda del pintor. La boca está entreabierta, en el rostro una expresión de alegre sorpresa, la aleta de la nariz dilatada como la de un caballo cuando está a punto de iniciar la carrera. El maestro no hacía dibujos preparatorios de sus obras, trazaba como mucho algunas líneas con la punta de los pinceles en la base húmeda de la preparación del lienzo; el pintor seguía sus pasos hasta en eso, pero sabía que al hombre delante de él no le sobraba la paciencia. De hecho, a los pocos momentos se giró del todo enfrentándose al objeto que le había llamado tanto la atención; el pintor resopló, se concentró en el papel para terminar de plasmar los rasgos que había memorizado, intentando no distraerse lo más mínimo.
— Señor Manfredi, lo siento. En mi defensa puedo decir que no habría parpadeado si ella se hubiese quedado en la puerta.
El pintor, Bartolomeo Manfredi, terminó el boceto; con un trazo mínimo dibujó el hoyuelo que había visto por primera vez en la mejilla de su modelo, el austero soldado español, quien, hasta hace un instante, no le había dedicado más que miradas hoscas. No había sido fácil convencerlo para que se quedase en el estudio y aceptase a regañadientes que fuese él quien le hiciera el retrato, a pesar de todo.

— ¿Dónde está el maestro? — le dijo aquel hombre cuando entró con zancadas decididas a primera hora de la mañana en la casa, apartando a Manfredi con un brazo. — He vuelto a Roma lo antes posible, tenía que retratarme. Me gané tal derecho en una partida a cartas en la Taberna del Oso hace veinte días. Le hice jurar que pagaría su deuda de juego cuando volviese del absurdo encargo que me había encomendado Su Excelencia.— Abrió la puerta del dormitorio, gritando. — ¡Michele! ¿Estás durmiendo la última borrachera? ¡Levántate, lombardo del demonio! — Cuando el soldado regresó sobre sus pasos preguntó de nuevo a Manfredi, esta vez hablando despacio, como si su interlocutor fuera duro de oído o de sesera. O puede que las dos cosas. — ¿Me podéis decir dónde está Michelangelo Merisi da Caravaggio, el pintor? Me dio esta dirección, es aquí donde trabaja ¿no?
— Así es. O era, hasta hace dos días. Se ha ido de Roma.
— Espero que por un buen motivo, señor…
— Manfredi. Bartolomeo Manfredi. Ha tenido que escapar de la justicia, discutió con Ranuccio Tomassoni; hay quien dice que lo hicieron por un partido a pallacorda, o por una deuda de juego. No se soportaban desde hacía tiempo; bastó poco para pasar de las palabras a los aceros, y le cortó la femoral de una estocada. Se desangró en pocas horas.
— Pardiez. ¿Y sabéis dónde ha ido?
— Según me han dicho se ha refugiado en Paliano, cerca de Frosinone, en la casa de Filippo Colonna. Pero no creo que esté mucho tiempo ahí, el papa exige que responda de su delito.
— ¿Y vos qué hacéis aquí?
— Soy… era… uno de sus discípulos, he aprendido de él todo lo que sé de pintura. Puedo pintaros yo, si lo deseáis.
El español rió — No tengo con qué pagaros, el dinero que le gané a vuestro… maestro, me lo he gastado ya, y ya sea Su Excelencia el señor embajador que su majestad el Rey se toman con bastante calma el pagarnos la soldada. Es más, como no lo hagan pronto, volveré a hacer el Levante. El corso es duro, pero acaban llegando ducados de los buenos a la bolsa.
— Os pintaré gratis — el soldado arqueó las cejas — Quiero decir, para conseguir un contrato necesito muestras de mi trabajo para enseñar a los clientes, y no tengo prácticamente nada. Vuestro retrato sería mi tarjeta de presentación.
El hombre escuchaba al pintor, mientras paseaba por la estancia, casi vacía a excepción hecha de un caballete, un par de lienzos, pinceles y tarros con aceites y pigmentos. En una esquina descansaba una serie de objetos de lo más variado, que sirvieron en su tiempo como material de escena para los cuadros que fueron pintados tiempo atrás entre esas cuatro paredes: instrumentos musicales, ropas, mantos, partituras, una armadura. Alzó la mirada al techo, y vio que colgaba una cuerda atada a una argolla. Tiró de ella y se abrió una trampilla, por la que entró la luz de la mañana formando una diagonal perfecta, iluminando la casa.
— ¿Entonces, aceptáis que sea yo quien pinte vuestro retrato, señor…? — Manfredi observaba con temor al hombre, que apoyaba con indolencia la mano izquierda en el pomo de su espada mientras seguía sin soltar la cuerda que había liberado la trampilla.
— Capitán Martín de Contreras, al servicio de su excelencia el Conde de Monterrey, embajador de su majestad el Rey Felipe III. — Manfredi sonrió para sus adentros; no había amanecido aún el día en el que conociese un soldado español que no se creyese más importante que el papa. — Y sí, acepto. Con una condición: ya que usaréis mi retrato como muestra de vuestro trabajo pintaréis también una copia. No voy a posar durante horas para algo que no pueda llevarme de vuelta a Madrid.
Bartolomeo Manfredi empezó a arrepentirse de su oferta, calculando lo que le costaría saldar la deuda de juego de su maestro. Y encima por partida doble. Tenía sólo dos telas preparadas y el gasto extra en pigmentos y colores lo obligaría a seguir una dieta rígida a base de pan y lechugas. Pero necesitaba pintar, casi más que comer.
— Cuando queráis empezamos, señor capitán. ¿Qué os parece un ‘soldado portador de la cabeza del Bautista’?

Manfredi apoyó el carboncillo sobre la mesa, satisfecho del resultado. Supo entonces quien había llamo la atención del capitán Contreras; la madre del chiquillo que, a sus pies, había cogido los pinceles que se le habían caído poco antes.
— Lena.
— ¿Has sabido algo, Bartolomeo? ¿Dónde está?
La mujer se había acercado al pintor, suplicante, con la voz rota, sin hacer el menor caso al hombre alto y moreno que no apartaba sus ojos de ella.
— En Paliano.
— ¡Voy con él!
— No digas tonterías, Lena. Estará poco tiempo, aunque los Colonna lo protejan está siempre en los estados pontificios, se marchará de ahí apenas le sea posible, a Nápoles, o Sicilia…
— ¡Tiene que volver! Aunque sea por él — respondió la mujer señalando al niño, ajeno a las lágrimas de su madre. Mientras tanto, Contreras había apoyado la bandeja sobre la cual su alter ego retratado llevaba la cabeza del último profeta, y se acercó al grupo formado por la mujer, el pintor y el niño. No era la primera vez que veía su rostro; la había observado ya antes, dibujada en un altar de la iglesia de Sant’Agostino, llevando en brazos a ese niño, y en otro altar, en San Pietro, aplastando junto con su hijo la cabeza de la serpiente. El capitán no era un hombre culto, pero el servicio de escolta a Su Excelencia suponía ir a donde él fuese; y mientras su señor asistía a misa él, no demasiado interesado en el oremus del oficiante, observaba los cuadros que adornaban las iglesias de Roma. Al estar delante de ella reconoció que Caravaggio le había hecho justicia. Durante las largas misas, no podía apartar la mirada de la piel de la mujer retratada; no había visto nunca una tan blanca y tersa, llegando a la conclusión de que el talento del artista había mejorado la naturaleza, pero no era así. Y no era el único en admirar tal belleza; el cardenal Scipione Borghese usó toda la influencia y poder derivados de ser el sobrino del papa, para que, por cien escudos, la tela conocida como la Virgen de los Palafreneros, fuese descolgada de la basílica de San Pietro para llegar a su colección privada.
La mujer se sentó en un taburete; sollozaba. De repente, se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano y se dirigió, decidida, a la esquina en la que se amontonaban enseres y ropas. Revolvió hasta que encontró lo que buscaba, un vestido de color naranja oscuro. Lo sacudió, alzándose miles de motas de polvo, dibujando torbellinos gracias a la luz que entraba por la trampilla en el techo.
— Me llevo este vestido, es mío. — Al pasar de nuevo al lado de la mesa de trabajo del pintor, se detuvo a observar el dibujo a carboncillo de Contreras, y finalmente lo miró, como si acabase de advertir su presencia. Éste se dio cuenta de que estaba sudando copiosamente, no sólo por el calor de junio y el coselete; notaba la boca seca, no sabía qué decir. Fue Lena quien habló, dirigiéndose al pintor, a pesar de no apartar la mirada del capitán. — Bartolomeo, bien hecho. Al final va a resultar que eres un pintor de verdad — inclinó la cabeza a modo de saludo a Contreras. — Si sabes algo más de Michele, mándame recado. Vamos a casa, Tommaso.
Contreras regresó a su posición; recogió la bandeja de plata, pero la dejó caer al instante. Se quitó el morrión y todas las piezas de su coselete. Luchaba por desatar los correajes que unían el guardabrazo al peto; no lograba abrirlos, notaba los dedos torpes, como si fuese la primera vez que tuviese que despojarse de su armadura, algo que había hecho miles de veces.
— ¡Demonios! — gritó cuando finalmente pudo aflojar las cinchas y las piezas de metal que cubrían sus brazos y torso cayeron al suelo. Tenía la sensación de estar viviendo uno de esos sueños en los que se tiene que escapar de algo pero se notan las piernas pesadas y no se logra dar un paso sino con un esfuerzo titánico. Con la diferencia de que no era él quien escapaba, sino una mujer morena de piel increíblemente blanca y suave. Cuando se deshizo de todas las piezas de metal saltó sobre las mismas. Cogió su espada, sin preocuparse de meter las faldas de la camisa dentro de los calzones.
— ¿Dónde vive? — le preguntó a Manfredi mientras abría la puerta. — “En Piazza delle Cinque Lune… Entre Sant’Agostino y Piazza Navona— contestó el pintor, resignado a trabajar en su cuadro quién sabe durante cuánto tiempo sin su modelo. — Lena suele hacer este efecto — dijo en voz alta, observando el boceto a carboncillo mientras lo colocaba entre la madera del caballete y el lienzo.
Contreras salió a la calle, intentando localizar a la mujer. No podría estar muy lejos, sobre todo con el niño. Pero las estrechas calles estaban llenas a rebosar; mientras intentaba dar con ella entre el gentío decidió que lo mejor era llegar lo antes posible a la dirección que le había dado el pintor. Distinguió al fondo de la calle las columnas corintias del Panteón, y corrió hacia ellas. Recorrió las calles más anchas, evitando carruajes, mendigos y charcos. Dejó a su izquierda la plaza de San Eustaquio y entró por uno de los extremos de Plaza Navona. Atravesó la plaza, buscando a Lena entre los puestos del mercado, sin encontrarla. Cuando llegó a la Plaza de las Cinco Lunas, prácticamente sin resuello y empapado de sudor, se dijo que ella no podía haber llegado aún. En un portal un hombre anciano tejía cestas usando un fajo de cañas secas. El español lo miraba, preguntándose por qué ese rostro le resultaba tan familiar. Se refrescó en una fuente, metiendo la cabeza bajo el caño de agua fría y dejando que el pelo le chorrease sobre los hombros; se tiró hacia atrás las greñas con las manos y se enjuagó la barba, acercándose al cestero, mientras éste le devolvía miradas desconfiadas. Sabe que ha visto ese hombre en algún otro lado. Le son familiares la larga barba blanca, las mejillas excavadas y la frente, que se llena de arrugas cuando alza los ojos para observarlo. Pasa de largo y espera, apoyado a una pared. El primero en aparecer es el niño; el cestero lo llama con una mano, y le regala un animal confeccionado con unos mimbres tiernos. Poco después aparece Lena; pasa bajo el arco de Sant’Agostino, llevando un capazo con verduras apoyado en la cadera. Dentro del mismo se adivina el color naranja del vestido que se ha llevado del estudio del pintor. Su semblante es serio, distraído; mira al suelo y de vez en cuando se le escapa un suspiro. Cuando levanta los ojos se encuentra con la mirada del capitán Contreras, que durante la espera mordisquea nervioso una paja. Ella lo mira y recorre con los ojos toda la plaza, como si buscase, o temiese, la aparición de alguien por una esquina.
Se acerca. — ¿Me habéis seguido, señor soldado? — pronunció las dos últimas palabras en castellano. Contreras no pudo evitar sorprenderse. — No ponga esa cara, vuesa merced. Os delata vuestro acento.
— ¿Y lo de soldado?
— En Roma los españoles de vuestra edad son eclesiásticos, nobles o soldados. Podéis ser sólo lo último. Además, no llevabais la armadura como quien se pone un disfraz. Se nota que es vuestra segunda piel.
La mujer sorprendió a Contreras; se había fijado en él, a pesar de no haberlo demostrado. Siguió un largo silencio, exento de embarazo. Simplemente se observaban. Fue Contreras quien lo rompió.
— El pintor, Manfredi, tiene razón. Michele no va a estar por mucho tiempo en Paliano, no puede quedarse en los estados pontificios. Si lo hace, acabará prisionero en Tor di Nona. Yo, en su lugar, iría a Nápoles.
— ¿Vuesa merced cree que no volverá nunca?
— Puede que lo haga, dentro de un tiempo. Creo que… — el capitán se mesaba la corta barba, mientras pensaba — sólo hay una persona que pueda interceder por él frente al papa y lograr que se le indulte la pena.
— ¿La marquesa Colonna?
— No. El cardenal Borghese. No se conformará con el cuadro que ha comprado a la confraternidad de los palafreneros. Querrá más. Y si logra que su tío el papa lo indulte, tendrá a su servicio al mejor pintor de nuestros tiempos, eternamente agradecido.
— Y ese indulto. ¿Cuándo llegará?
— Dentro de bastantes meses. Un par de años, si no más.
— ¡Demasiado! No puedo esperar tanto tiempo — Lena tenía la voz rota por la angustia, y los ojos llenos de lágrimas. Contreras sintió una punzada de envidia y celos.
— ¿Vos conocéis bien a Michele? No recuerdo haberos visto antes.
— Lo bastante como para haber jugado con él alguna que otra partida a cartas. Esta mañana fui a su estudio a cobrarme la última apuesta: un retrato.
— ¿Y vos qué os jugásteis?
— Mi espada — contestó, moviéndola ligeramente. Era una pieza única. El mejor de los aceros toledanos forjado en una hoja brillante y un filo letal, engañosamente frágil en apariencia. Los gavilanes del guardamanos eran dos espirales, forjadas en forma de serpientes, protegiendo parte de la empuñadura. El pomo era una pequeña esfera de acero. Lena observó el arma, y se dibujó una sonrisa triste en su rostro.
— Sin lugar a dudas, toda una tentación para Michele. ¿Y si la perdíais?
— Yo nunca pierdo a naipes.
— Estáis demasiado seguro de vos mismo.
— Es necesario. En mi oficio la duda, la inseguridad, se pagan con la muerte.
El cestero silbó. Lena miró en su dirección; un grupo de hombres pasaba en esos momentos bajo el arco de Sant’Agostino. Nerviosa, se cubrió la cabeza con una estola y les dio la espalda.
— Entrad en la taberna — dijo a Contreras, señalando el local al lado opuesto a su puerta. — Decid a Cesco que buscáis un rincón tranquilo para beber vino blanco de Frascati. Esperadme, tengo algo que pediros. — terminó, llevándose en volandas al niño. El capitán no quitaba ojo a los hombres. Eran tres, uno de ellos de aspecto amenazador, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla llegando hasta la comisura de los labios. Uno de esos individuos a los que no conviene mirar durante más de pocos segundos si no se quieren tener problemas. Cuando Contreras estaba a punto de comprobarlo, el cestero llamó su atención.
— Aquí tiene su encargo, señor— el hombre le entregó una esterilla, mientras el grupo pasaba detrás del soldado.
— ¡Viejo! Dile a Lena que pasaré a visitarla… ¡esta noche! — dijo el tipo de la cicatriz mientras hacía un gesto obsceno, dándose codazos con sus compadres. Contreras llevó por instinto su mano a la ropera, pero el anciano negó imperceptiblemente. El español relajó los dedos y apretó la mandíbula, los tendones marcándose en la cara.
— Se han ido. Désela a la Lena — dijo el anciano señalando la estera, y prosiguió con su trabajo, como si no estuviese allí.
Al otro lado del portón por el que había entrado la mujer había una taberna. De unos goznes oxidados colgaba un viejo emblema de madera, desconchado, en el que se podía leer En las cinco lunas, con cinco media lunas blancas pintadas sobre un campo que años atrás probablemente había sido rojo. Contreras entró en el local, largo y estrecho. Detrás del banco de madera el tabernero, aburrido, limpiaba con pocas ganas unas jarras de barro. Era un hombre obeso y calvo, cuya incipiente barba tiznaba de negro su cara. Levantó los ojos hacia el recién llegado.
— Busco un rincón tranquilo para beber vino blanco de Frascati — atacó Contreras, sin esperar un qué se le ofrece que probablemente nunca habría salido de boca de Cesco, el tabernero. Éste levantó con desgana una tabla de madera y se acercó al soldado.
— Te manda Lena — afirmó más que preguntó. Contreras se aguantó las ganas de quitarle la papada de un guantazo, por permitirse el tuteo, pero se contuvo. Iban ya dos veces que lo tuvo que hacer en pocos minutos, antes con el tipo de la cicatriz, y ahora con el tabernero. Su intuición le decía que si esa mujer iba a entrar de alguna manera en su vida, no le faltarían ocasiones para poner sujetos como esos en su sitio. Deseaba ambas cosas.
Cesco le indicó una mesa prácticamente escondida para quien entrase de la calle, situada detrás de un panel de madera. Tardó unos momentos en acostumbrarse a la penumbra. Filtraba más luz de una puerta situada a sus espaldas que de las dos velas de sebo encendidas sobre la mesa. El tabernero le sirvió una jarra y un vaso. El soldado estaba seguro de que lo que habría dentro no sería ni tan siquiera vino. Faltaría más que fuese fresco o de Frascati. Sin embargo, estaba sediento y se notaba pegajoso, debido tanto al sudor por la carrera bajo el sol que calentaba ya como en pleno verano, como por el agua goteando de la cabellera, que le había empapado la camisa. Así pues, llevado por la desesperación más que por la curiosidad, llenó el vaso y se lo llevó a la nariz.
— No hay que fiarse de las apariencias — se dijo tras apurar el contenido de un trago. Era sin lugar a dudas un excelente vino blanco. Y fresco.
Entró luz por sus espaldas; alguien había abierto la puerta que cerraba el pasillo. Como si fuese una aparición, de repente Lena estaba sentada delante de él.
— He dejado a Tommaso con una vecina. Se preguntará vuesa merced qué tengo que pediros.
— Protección ¿no es así?
Lena agachó la cabeza y afirmó levemente, secándose con disimulo las lágrimas.
— ¿Cuánto tiempo lleváis en Roma?
— Dos años en este encargo. Y estuve en otras ocasiones.
— Entonces estáis al corriente de los cotilleos de la ciudad. En particular sobre Michele, y no sólo sobre quien compra sus cuadros.
— Así es.
— Y sabréis entonces a lo que me dedico ¿no? — Lena lo miró a los ojos. No había vergüenza en su mirada. Sí, toda Roma sabía que Caravaggio usaba el pueblo como modelo: cortesanas en la piel de santas, prostitutas y amantes como Lena posando como la Virgen, su hijo bastardo el niño Jesús… o cesteros como San Mateo. Fue entonces cuando finalmente recordó donde había visto antes a ese hombre: en los tres cuadros de San Luigi dei Francesi como San Mateo, y en Santa María del Popolo como San Pedro. Contreras asintió.
— ¿Por qué yo? No me conocéis; puede que sea peor que ese bruto con la cicatriz en la mejilla.
— En mi oficio la intuición es tan importante como la habilidad en usar la espada en el vuestro. ¿Dónde prestáis servicio?
— Soy capitán de la guardia del Conde de Monterrey.
— No creía que fuéseis un oficial… Quizás mi propuesta os ha insultado. Pero, si aceptáis os daré una parte de lo que gane. — Contreras levantó la mano, negando con la cabeza. Muchos de los soldados que, tras haber servido en los ejércitos del rey podían regresar a la patria para contarlo, no llevaban consigo más que la licencia en un tubo de plomo, con la bolsa tan vacía como las tripas. Así, entre una petición a tal o cual noble para que el soberano les concediese una pensión, muchos vivían de su coima, a quienes quitaban buena parte de lo ganado con el sudor de sus muslos a cambio de una protección que solía traducirse, para desgracia de la mujer, en palizas y malos tratos. A él siempre le repugnó esta práctica y se juró que antes de hacer algo así se abriría en dos con su espada. No se aprovecharía de las ganancias de Lena. Prosiguió.
— No quiero dinero. Pero hay otro problema. Me tengo que ausentar a menudo de Roma, y cuando estoy pueden pasar días sin tener un momento que dedicar a mis asuntos.
— Michele no hacía la guardia a mi puerta. Basta poco, que se corra la voz de que no estoy a disposición del primer indeseable que quiera tomarme. Que no respetarme puede traer problemas. Además, si estáis posando para Bartolomeo quiere decir que tenéis algunos días a disposición ¿no?
— Así es. Creo que os podré ser útil ya hoy. El de la cicatriz ha dicho al cestero que vendrá a haceros una visita esta noche. Creo que se llevará una buena sorpresa — terminó Contreras, tocándose los bigotes y sonriendo.
— ¡Gracias, mil gracias! Mi puerta está en el segundo piso. Entrad por aquí, no por el portón que da a la plaza, Cesco os indicará el camino.
— Volveré al anochecer. — dijo Contreras, tras entregarle la esterilla.

Pasadas algunas horas, el capitán Martín de Contreras caminaba a paso rápido por las calles de Roma. No sabía si aquel individuo de la cicatriz era peligroso de verdad, y no sólo lo parecía, por lo que llevaba consigo, además de su ropera, una vizcaína ceñida a sus riñones, una pistola y una daga escondida en las botas. Al llegar a la Plaza de las Cinco Lunas, vio que el modesto negocio del cestero estaba cerrado; no así la taberna. El establecimiento estaba tan vacío como por la tarde, probablemente se llenaría después, a noche cerrada. Cesco le salió a su encuentro.
— Te abro la puerta, Lena me ha avisado que vendrías — a pesar de que seguía con el tuteo, Contreras notó que la actitud del tabernero había cambiado. Osaría decir que el tono de su voz era hasta servicial. Abrió la puerta y salieron a un pequeño patio con un pozo en mitad del mismo, al que daban las ventanas de los edificios circundantes. — Esa verja a la izquierda da a las escaleras. Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Lena es una buena mujer, no me perdonaría si le pasase algo. — Terminó, ofreciéndole la mano.
La casa era modesta, pero pulcra; más pequeña aún que el estudio del pintor. Constaba solo de dos estancias. En la más grande una chimenea ocupaba parte de una pared; había una olla sobre el fuego encendido, y una repisa con utensilios de cocina. Cerca de la ventana estaba una mesa con un par de sillas y una cesta con labores en el suelo. Sentado a su lado, el pequeño Tommaso jugaba con el animal que le había dado el cestero. En la pared opuesta a la chimenea una puerta daba a otra habitación, más pequeña, en la que se podía ver una cama, una cuna y un baúl. Completaban el modesto mobiliario un biombo de madera que escondía un par de arcones, y un pequeño cuadro, al lado de la puerta de la habitación. Un retrato de Lena y el niño, recién nacido.
Al principio, engañaron la espera con la cena. Dieron buena cuenta del cocido con verduras. El capitán recordó al cestero. Tardé en caer en la cuenta de quién era, dijo. Se llama Pietro, contestó Lena. Contreras sonrió. No podía llamarse de otra manera; Matteo, como mucho. Lena apoyó una mano bajo el mentón, mientras jugueteaba con unas migas de pan sobre la mesa.
— Sin Michele no tenemos quien hable por nosotros. La ciudad nos ignoraba, éramos los últimos, y ahora estamos en las capillas encargadas por los poderosos, con nuestros pies sucios, nuestras arrugas, nuestra pobreza. Por primera vez los que mandan nos miran a la cara. ¿Quién lo hará ahora? Baglioni no, desde luego, con esas santas que parecen figuras de cera. Durante un tiempo fuimos el centro de la atención, ahora volveremos a desaparecer, tragados por esas sombras que tanto le gustaban.
— Quizás no… Bartolomeo, por ejemplo.
— No llegará nunca a ser tan bueno como Michele. O tan apreciado. Aprenderá, como todos, a malvenderse por un plato de lentejas.
Contreras se preguntaba qué sería ahora de Lena. No le faltaría pan que llevarse a la boca, de eso se encargaría él… ¿por cuánto tiempo? Ella prosiguió, como si estuviese leyendo su pensamiento. No se engañe por esto, señor capitán. Dijo moviendo la mano abarcando la humilde estancia. Tengo mis ahorros. Sabía que él desaparecería tarde o temprano. Por una mujer, por matar a alguien o porque alguien lo habría matado. No podré pagarme la sepultura en Sant’Agostino, no llego a ser una “cortesana honesta”, pero desde luego no soy una “puta de vela”. No acabaré ejerciendo en una esquina por pocas monedas cuando no me queden dientes en la boca. Un día tendré mi mesón, un lugar tranquilo, sirviendo comidas, con habitaciones para la gente de paso. De esa sobra en Roma, gente que viene y se va… como vos, señor capitán. Tarde o temprano os iréis.
— Hoy estoy aquí. Háblame del tipo de la cicatriz.
Lena sonrió, agradeciendo el tuteo. Le dijo que era un amigo del hombre que había matado Michele, Ranuccio Tomassoni.
— Sé también el motivo. No fue por un estúpido partido a pallacorda, o una deuda. Fue todo por Fillide. Así era la vida con Michele, tenía que compartirlo con una multitud, con su arte, sus cambios de humor… Días enteros sin pronunciar palabra porque sabía que tenía la cabeza en otro lado, en el próximo encargo, en los pechos de Fillide. Por eso no dejé de verme con mis clientes fijos, por mucho que él se hiciese el celoso.
Contreras la interrumpió. No quería saber detalles de su vida íntima con el pintor. Era ya noche cerrada y probablemente el de la cicatriz estaría a punto de cobrar su visita.
— Lena, el hombre.
— Se llama Giorgio. Un matón, pero cobarde. Cuando aquella noche se pusieron las cosas feas salió por piernas. Su especialidad es la fuerza bruta, los puños y su mole, pero con un arma en la mano es un patán. Michele y los demás se burlaban de él por ello. Sé lo que quiere, vengarse con una presa fácil como yo. Qué mayor placer que tomársela con la mujer de su enemigo.
— Haré que se le pasen las ganas, Lena.
La mujer se retiró a dormir. Mientras tanto, Contreras estudió la habitación. Colocó el biombo de madera más cerca del dormitorio, sentándose detrás de él, apoyado en la pared. Tenía la corazonada de que vendría solo, pero a una hora en la que ella durmiera, para tomarla por sorpresa. Tras algo más de una hora escuchó cómo alguien estaba forzando la puerta. Mientras el suelo de madera crujía por el peso del tal Giorgio, le llegó a sus narices un inconfundible olor a vino malo. El bravo había pasado la noche buscando valor para su hazaña en el fondo de una jarra. Contreras vio dos pies bajo el biombo. Tenía razón, venía solo, aunque probablemente sus compadres lo esperarían en la plaza. A esas horas el buen Cesco habría cerrado la taberna. En el mismo instante en el que el matón se dio cuenta de que Contreras estaba agazapado detrás del biombo, éste le dio una patada en los tobillos que le hizo perder el equilibrio. El crujir del suelo de madera al recibir en pleno el peso de Giorgio, coincidió con el del cartílago de su nariz rompiéndose. El capitán no lo dejó levantarse, inmovilizándolo con una rodilla en los riñones, mientras que con la mano izquierda le tiraba del pelo y empuñando la daga con la derecha le pinchaba la yugular.
Giorgio se lamentaba, escupiendo sangre sobre el suelo de madera. Contreras lo levantó, a pesar de la mole del matón, sin esfuerzo aparente. Lo obligó a sentarse en una silla; le ató las manos, mientras Lena lo observaba de brazos cruzados.
— Le dijiste a Pietro el cestero que pasarías a “visitar” a Lena, eres hombre de palabra, por lo que veo. — dijo Contreras. Giorgio escupió un grumo de sangre que fue a parar entre las botas del capitán. — Vaya ¿no me digas que tienes redaños? No lo esperaba de tal montaña de tocino — terminó, dándole un puñetazo en el estómago que le hizo perder el aliento.
Lena alzó una mano.
— Basta así, capitán. Creo que messer Giorgio ha entendido que no debe volver a esta casa. Ni buscar mi compañía.
— ¿Has oído a la dama? — dijo Contreras, cogiéndolo de una oreja. — Como vuelva a verte por aquí te hinco tres palmos de mi espada en las tripas. Discúlpame, Lena. Voy a bajar la basura.
Desató al hombre, y bajó con él hasta la plaza, pinchándole con la daga en los riñones, por si uno de sus compadres lo estuviese esperando. Así era; los mismos individuos que iban con él por la tarde le salieron al paso, desenfundando las espadas. Giorgio alzó los brazos, frenándolos.
— Quietos.
— Me place saber que puedes usar la lengua para hablar. — Lo alejó de él con un puntapié mientras extraía la ropera — Y ahora, todos a dormir ¿estamos?
— Creo que no. Nosotros somos tres, y tú eres uno.
— Vaya, vaya, vaya… Hasta sabes contar, Giorgio. — El matón hizo una señal con la barbilla y los otros dos atacaron. Temiendo tal respuesta, Contreras se había acercado más a uno, para tener tiempo de despachar a los dos si se terciara. Fue fácil deshacerse del primero, mientras paraba el golpe con la espada girándose le clavó la daga en un costado, pasándolo de parte a parte. No logró retomar la posición a tiempo, y el otro llegó a darle un tajo en el brazo con su arma. El herido se levantó y salió corriendo, con una mano en el costado. Tras pocas estocadas, el segundo decidió que Contreras era demasiado rival, por lo que salió también él por pies. El capitán, jadeante, se acercó a Giorgio con las dos armas en ristre, los grandes ojos negros brillando por la furia. El hombre permanecía inmóvil, demasiado aterrorizado como para moverse. — Estás empezando a cansarme, Giorgio de los cojones. Te repito, no vuelvas a acercarte a Lena, a su hijo, o a esta plaza. Que no se te ocurra volver creyendo que no estoy; sabes cuántos soldados españoles estamos en la ciudad ¿no? Así que si no estoy yo, estará un camarada. Tocarle un pelo a esa mujer sería como tocárselo al mismo Rey Felipe ¿entendido?
El italiano no se molestó tan siquiera en contestar, salió corriendo. Contreras, por la rabia, cogió una piedra del suelo y se la tiró. Estoy perdiendo puntería, se dijo.

A la mañana siguiente, Bartolomeo Manfredi continuaba trabajando en el retrato, para su sorpresa con el modelo en carne y hueso, que se presentó sonriente a la misma hora del día anterior, a pesar de que, al ponerse la coraza para posar, vio que lucía un vendaje en uno de los brazos. No le fue difícil adoptar la expresión que tanto le había gustado al pintor. A Contreras le bastó recordar la cara de Lena cuando le limpió la herida, sus dedos delicados rodeándole el brazo mientras lo vendaba, la piel blanca de su pecho asomando por el escote de su vestido. Él no pudo resistir la tentación de tocarla con la punta de los dedos, estando tan cerca. Pero los apartó, deteniéndose ante la mirada divertida de la mujer. No estaba acostumbrada a recibir tal trato de un hombre; solían agarrarla, manosearla, aferrarla como si no fuese más que un utensilio creado para su satisfacción. Contreras se tomó su tiempo, y ella se lo dio. Dos años después él regresó a Madrid, llevándose a Lena, su hijo y el cuadro de Manfredi. Caravaggio no había vuelto a Roma; moriría dos años más tarde, precisamente durante el viaje de regreso a la ciudad, pues finalmente, el papa Paolo V Borghese le había concedido el indulto. Lena se dio cuenta de que en la capital de las Españas había también mucha gente de paso, casi tanta como en Roma, y pudo abrir su mesón con hospedería. Por un tiempo, Martín de Contreras siguió sirviendo en los ejércitos, pero tras resultar gravemente herido en una escaramuza en Flandes, se decidió a pedir la licencia. Fue uno de los afortunados que consiguió sacar de las exhaustas arcas del reino una pensión por los servicios prestados, gracias a las buenas palabras de su señor el Conde de Monterrey y también a ese cuadro que se trajo de Roma. A quien quisiera escucharlo, mientras servía vinos en el mesón de Lena, Contreras contaba que al rey le dolió tanto prescindir de sus servicios, que se quedó con su retrato a cambio de una pensión, para que el monarca lo viese cuantas veces quisiese, señalándolo con orgullo diciendo, “este era uno de mis buenos soldados*”.

*De hecho, el cuadro conocido como “Soldado portador de la cabeza del Bautista”, de Bartolomeo Manfredi, formó parte de las colecciones reales, y ahora se encuentra en el Museo del Prado.

Nota: el conde de Monterrey fue embajador en Roma y virrey de Nápoles años después, pero he tomado el nombre de las memorias de, no podía ser otro, el Capitán Alonso de Contreras. 

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