Valentia Edetanorum

Ilustración sobre las guerras sertorianas en Hispania. Pinchar en imagen para fuente

El humo oscurecía el sol, que había iniciado su descenso por occidente. El procónsul Cneo Pompeyo Magno observaba la moneda que tenía entre las manos; una pieza de plata, con una cornucopia grabada en el anverso. Cerró el puño, apretando las mandíbulas, mientras intentaba dominar la rabia. Nada estaba saliendo como había planeado; creía que en poco tiempo borraría de la historia a Cayo Sertorio, y sin embargo se le resistía. Unos meses antes, en la batalla de Laurión, tuvo que engañar a las parcas cuando estaban a punto de cortar el hilo de su vida. Escapó de noche junto a pocos fieles, para refugiarse en los cuarteles de invierno en la Galia Narbonense. Él, un procónsul enviado por el Senado de Roma para librar a la República del último de los seguidores de Mario, estaba siendo burlado por Sertorio, que campaba a sus anchas en Hispania, respetado por las tribus iberas, fuente casi inagotable de valientes guerreros. El rebelde contaba con el apoyo de sus ciudades, como lo había hecho hasta ese día Valentia. La batalla tuvo lugar delante de sus murallas; tras una jornada de sangre el legado de Sertorio, Herenio, cayó derrotado. Sin embargo, mientras observaba los cuerpos de los suyos aniquilados a los pies de la Porta Saguntina, a Pompeyo le sabían a poco las diez mil bajas del enemigo.

Estudió una larga fila de prisioneros, que esperaban maniatados su fin. Tras una señal, sus legionarios se dedicaron con saña a la tarea; reconoció a uno de los condenados, un optio que con ocho soldados y algunos hispanos, acabaron con la vida de toda una centuria.

— A éste empaladlo y cortadle las piernas —dijo Pompeyo, lanzando con disgusto la moneda que tenía aún en el puño. Prosiguió su marcha hasta un templo cercano; reconoció, cincelado en la tapia que lo delimitaba, medio derruida, el bastón y la serpiente símbolo del dios Esculapio. Bajo el porticado del peristilo se amasaban mujeres, niños y ancianos, que se habían refugiado allí buscando protección. En medio del patio destacaba una figura inmóvil, un sacerdote. Vestía una toga que tiempo atrás fue blanca, pero que ahora estaba manchada con churretones de sangre reseca y fluidos corporales de los heridos que durante las últimas horas habían buscado amparo en el templo del dios. Era un hombre maduro, de pelo y corta barba gris; su rostro estaba marcado por profundas arrugas. Se apoyaba en un bastón, y fijaba con sus ojos pardos un punto indeterminado por encima del hombro de Pompeyo. Cuando éste se acercó, se dio cuenta de que en realidad los ojos del sacerdote fueron una vez negros, pero que ahora estaban cubiertos por un ligero velo blanco.

— ¿Qué quiere de mí el procónsul?— dijo el sacerdote, con voz tranquila y relajada. El romano se sorprendió no sólo por su tono de voz y por la pregunta, sino por el hecho de que en realidad sí que quería algo de aquel hispano, quería saber.
— ¿Por qué os habéis aliado con el traidor Sertorio?
— Es mejor que Galba.
— ¿Mejor? Es un rebelde, no se somete a la autoridad del Senado de Roma. Vuestra ciudad es una colonia latina, vuestros fundadores eran soldados itálicos, debéis obediencia al Senado.
— Ellos fueron la simiente de un pueblo nuevo. No debemos nada a Roma. Obedecemos a nuestra conciencia.
— No, a un loco que no se separa de una corza blanca.
— Es un don de la diosa Diana. Le hacen llegar mensajes a través de ella. A veces los dioses nos eligen como mensajeros, intermediarios.

Pompeyo se ajustaba, nervioso, las muñequeras de cuero. No sabía por qué estaba perdiendo su tiempo escuchando al sacerdote. Por una parte tenía ganas de reservarle el mismo tratamiento que al optio rebelde, cuyos alaridos se sobreponían al fragor del saqueo. Hubiese bastado poco, una mirada a su escolta personal, que lo acompañaba como una sombra, y el hispano se habría callado para siempre. Sin embargo, no podía evitar seguir interrogando al anciano.

— ¿Te hablan los dioses?
— No. Veo cosas que aún no han sucedido. A medida que estos se van apagando— dijo, señalándose los ojos— las imágenes brotan en mi cabeza.

El procónsul sabía qué quería preguntarle ahora, pero antes de hacerlo el sacerdote le respondió.

— Veo al gran Pompeyo regresando triunfante a Roma, acogido como un héroe. Veo más batallas, más conquistas, el triunfo, la gloria, magníficos edificios llevarán tu nombre… Pero también veo traición, muerte, tu cabeza rodando cerca de un gran río, al otro lado del Mare Nostrum…
— ¡Cierra la boca! ¿Escuchas?— llegaban hasta ellos los sonidos de la muerte, los gritos agónicos del optio, las súplicas de los condenados, el fuego devorando las casas. — Ya he escapado de la muerte una vez, volveré a hacerlo si es necesario. Sin embargo, es tu Valentia la que muere.
— No lo hará. ¿Ves ese niño?— continuó, señalando un bebé que lloraba en brazos de su madre—cuando será muy anciano volverá, con otros, para reconstruir la ciudad, por mandato del heredero de tu peor enemigo. Llegará un tiempo, cuando el senado de Roma no será más que un recuerdo, en el que vendrán otros. Echarán raíces en esta tierra y dejarán de ser extranjeros, como los soldados que trazaron estas murallas hace más de cien años.

El sacerdote volvió a su mutismo. Pompeyo deshizo su camino, regresó a la explanada en la que habían ajusticiado a los prisioneros. Fijó su mirada en los restos del optio, que se había convertido en una ensangrentada masa amorfa. Un ayudante le acercó su caballo. Montó con agilidad, e impartió las últimas órdenes.

— Destruid la ciudad, arrasadla, que no quede rastro de ella ni de sus habitantes. — Recapacitó por unos instantes — Excepto el templo de Esculapio y quienes estén en su interior.

Esqueleto de la edad republicana encontrado en el yacimiento arqueológico de la Almoina, Valencia.
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César y Lucrecia

Viana, reino de Navarra, 12 de marzo de 1507

Quería que fuese algo rápido. Y sin embargo, respiro aún. No puedo levantarme, ni apartar los ojos de este cielo gris, de las nubes. No tengo frío, a pesar de que me han desnudado. Uno de ellos ha creído hacer algo piadoso colocando una piedra sobre mi entrepierna, a modo de taparrabos. Pensándolo mejor, si hubiese sido rápido no podría recordarte ahora. Germaneta… Germaneta meua…*  Llorarás cuando sepas que me han matado ¿verdad, Lucrecia? Alguien te hará llegar la noticia hasta Ferrara, apenas me encuentren. No llores delante de ellos, retírate a un lugar privado, que no puedan regodearse en tu dolor, esos d’Este fríos como el viento de tramontana. Aunque, quizás no me llores, pues ya te hice derramar todas tus lágrimas. Me gustaría que lo hicieses, ojalá pudiese ver tu llanto. Soñaba contigo con los ojos abiertos, durante mi reclusión en Chinchilla y en Medina del Campo. Te veía en un rincón de mi celda, tal como te vi aquella noche en tu castillo de Nepi. Vestida de negro, pálida, mirándome, enigmática como una esfinge. Durante el viaje de Roma a Nepi había anticipado nuestro encuentro con la imaginación; esperaba que me acogieses con un sinfín de insultos y reproches. Sin embargo, una vez delante de ti, te miraba y, por primera vez en nuestras vidas, no sabía qué pensabas. No podía derribar ese muro que habías levantado. No me echaste en cara su muerte, no me acusaste de dar la orden que acabó con la vida de tu marido, Alfonso de Bisceglie. Llegué, seguro de mí, repitiendo para mis adentros, mientras me conducían a tu presencia, el discurso que había preparado a conciencia; el destino de nuestra familia, el fin—deshacernos de la alianza con España—justificado con la sangre de un inútil vínculo matrimonial con los Aragón de Nápoles. No pude pronunciar palabra, atemorizado por tu frialdad.

Abriste solo los labios para preguntarme:

— “¿Quién será el próximo?”
— “Alfonso d’Este”.
— “Duquesa de Ferrara. Sea”.

A ello te dedicaste en cuerpo y alma durante los muchos meses que duraron las negociaciones; hiciste todo lo posible para que el asunto se concluyese con éxito: aplacaste la ira de nuestro padre cuando el viejo duque Hércules tiraba demasiado de la cuerda, pues nunca estaba satisfecho con la suma de la dote. Me negabas sonrisas que regalabas a otros. Un par de veces reventé caballos desde mis tierras de Romaña al Vaticano deseoso de verte sonreírme con todo tu ser, como hacías antes. Sin embargo, seguías llevando esa máscara que podía ver solo yo. Bailábamos juntos tras las cenas ofrecidas a los embajadores; nuestro padre y yo te exhibíamos como a uno de esos monitos amaestrados de las Indias. Mirad cómo baila madonna Lucrecia, no dejéis de referirlo al señor duque Hércules y al señor Alfonso. Te levantaba en mis brazos mientras danzábamos al compás de un saltarello y sonreías a los espectadores. Cuando te retirabas con tus damas yo lo hacía engullido por las sombras. A cada una de tus sonrisas negadas seguía un nuevo cadáver flotando en el Tíber. Que tiemble toda Roma por la rabia de César Borgia. Perseguía con saña a los autores de los poemas o las canciones que el pueblo cantaba sobre nosotros. Falsedades sobre nuestra familia, quién dormiría esa noche con la hija del papa, si su padre o su hermano. Acallaba, con cada golpe de mi puñal, aquella parte de mí que deseaba que tuviese algo de verdad.

Años después, cuando las fiebres casi te mataron, me precipité a tu lecho. A partir de ese momento empecé a entender tu fuerza, tu coraje. Me había equivocado; creía que el valor podía medirse por la toma de un castillo, un duelo a espada, el enfrentarme yo solo a siete toros bravos en la arena. Nunca le di importancia al papel al que te condenamos: ser durante toda la vida una pieza movida a lo largo y ancho del tablero de la península para mayor gloria de nuestro nombre. Estaba convencido de que abrir las piernas de vez en cuando al consorte que mejor nos conviniese en cada momento, parir los hijos que viniesen, era un trabajo fácil comparado con el mío; poco esfuerzo para tanto beneficio. Sin embargo, hace falta mucho coraje para sobrevivir en el ambiente hostil de una pequeña corte. Sola, dejando a tus hijos atrás, cargada a pesar de tu juventud con el dolor de demasiadas pérdidas, sin aliados, objeto de críticas; acabaste por ponerlos a todos de tu parte, incluido ese marido que clamó al cielo cuando supo que su padre pretendía desposarlo con la hija del papa. No tienes que ser tan débil si de nuestra estirpe—a excepción de Jofré—quedas solo tú; la mujer que me observaba desde un rincón de mi celda, la figura hierática vestida de negro, con su dolor y dignidad por armadura.

Y ahora sé, finalmente, por qué me miraba desde las sombras. Porque esperaba oír algo que nunca le dije. Las últimas palabras que saldrán de mis labios, aquí, desde esta zanja húmeda en el reino de Navarra, tras una escaramuza imposible a la que me lancé con la esperanza de una muerte rápida, honrosa.

Miro las nubes, se abren por un instante. Hago un esfuerzo, me quedan solo estas dos palabras.

— “Lucrecia, perdóname”.

 

*Hermanita, hermanita mía…