Confiar y esperar

Los viajes al Castillo de If se me hacen cada vez más cortos. Durante esta cuarta lectura de “El conde de Montecristo”, hasta la paréntesis romana de Luigi Vampa me ha resultado tan breve, que ha sido como volver a uno de esos lugares que de niño parecen enormes y de adulto minúsculos.

Todo en esta novela es excesivo, y todo se le perdona: el número exagerado de páginas, los errores cronológicos, las escenas grandilocuentes, los “¡Oh!” y los “¡Ah!”. Creo que la próxima vez que compre un libro viejo, me haré con una traducción decimonónica, pues Don Arturo Pérez-Reverte me ha puesto las ganas. Si se quiere una edición moderna, esta de Navona es un buen ejemplar, aunque, puestos a ser exquisita, los pocos gazapos que me he encontrado molestan al tratarse de una edición por la que se pagan más de cuarenta euros, un desembolso que requiere un cierto esfuerzo en los tiempos que corren.

Si en la anterior lectura descubrí las virtudes de Maximilien Morrell, en esta me he regodeado en los defectos de Edmond Dantés. Es un personaje que hoy en día difícilmente pasaría indemne por el Sanedrín de las redes sociales; su argucia durante la farsa que es la presentación de los falsos Cavalcanti lo habría convertido en trending topic, para perder la mitad de sus followers al hablar de su esclava Haydée y su siervo Alí. Sin embargo, tras la pérdida de followers y el bloqueo de su cuenta, habría reaccionado a la Rhett Butler, con un “francamente querida, me importa un bledo”. A Dantés le consentimos todo (como a su creador Dumas, por ejemplo, el sostener sin que le tiemble la pluma que la cocina italiana es la peor del mundo); es nuestro niño mimado, el de Dumas y el de nosotros los lectores, o al menos de los que lo amamos, tal y como es, con sus muchísimos defectos. El tratamiento al que somete el buen Maximilien al final del libro se puede clasificar como tortura psicológica. Al conde de Montecristo, a pesar de que su vendetta se ha cumplido, le falta poco para no reunir a Maximilien con su amada Valentine, por el simple hecho de que duda del sufrimiento del joven:

“Ahora bien, ¿y si me equivocase, si este hombre no es lo bastante desgraciado para merecer la felicidad?”

Hay que amar mucho a Edmond para consentirle tal crueldad con el genuinamente perfecto Maximilien Morrell (al cual dediqué esta entrada del blog tras la lectura precedente), sobre todo, tras haberse vengado lo justo de Danglars, justificando su benignidad por las consecuencias de su venganza sobre Villefort. El banquero Danglars fue quien puso en movimiento la maquinaria que sepultó vivo durante catorce años a Edmond Dantés en el Castillo de If; fue él quien escribió la carta que acusaba a Dantés de agente bonapartista, quien emborrachó a Caderousse para acallar su conciencia mientras tejía la trampa, quien convenció a Morcef a presentar la denuncia anónima al procurador del rey Villefort quien, a su vez, difícilmente se habría cruzado en la vida de Dantés si no hubiese sido por Danglars. ¿Y cómo lo paga? Con unos días pasando hambre en las catacumbas de San Sebastián y unas canas prematuras. Él sobrevive con una bolsa con cincuenta mil francos en su poder, mientras que Caderousse muere a manos de Benedetto, Morcef se suicida y Villefort se vuelve loco.

El conde de Montecristo, el Edmond Dantés 14.0, lleva a las últimas consecuencias el ser la mano de la Providencia, y de tanto mencionar a Dios, llega a creer que lo es. El remordimiento por el “daño colateral” representado por la muerte del hijito de Villefort a manos de su madre, la envenenadora Heloise, no deja de parecerme hipócritas lágrimas de cocodrilo. Dumas preparara el camino a la condescendencia, presentando siempre al pequeño Edoard como un niño insoportable y repelente. Cada vez que nos encontramos con él contesta mal a los mayores, tortura animales o desparrama acuarelas, ante la mirada benévola de Montecristo, que sabe (¿no es acaso la mano de Dios?) que su condescendencia es el medio necesario para agradar a su madre, quien hará lo que sea, y envenenará a todo aquel que se ponga entre el camino de su criatura y la herencia de los Saint-Meran e Villefort.

Así pues, sumemos a los conocidos pecados de Edmond Dantés: la soberbia, el cinismo y la crueldad, también la hipocresía. ¿Entonces? ¿Por qué amarlo? Porque es imposible no hacerlo. Si los más despreciables asesinos en el corredor de la muerte puede contar con decenas de fans que harían lo que fuese por ellos ¿no vamos a idolatrar menos a Dantés? ¿Cómo podemos resistirnos al Lord Ruthwen que atrae a todas las miradas en su palco del Teatro Argentina en Roma? Ese al que la condesa G., que conoció a Byron y que como tal lo consideraba experto en vampiros (se había difundido la fama de que el autor de El vampiro no podía ser Polidori, sino él), no duda de que Montecristo es uno de ellos, como lo demuestran

“Esos cabellos negros, esos grandes ojos que brillan como una llama extraña, esa palidez mortal”

Dumas, con pocos trazos de pluma, nos lo describe de forma irresistible cuando se despoja de su disfraz de abate Busoni y revela a Villefort su identidad

“El abate se arrancó la falsa tonsura, sacudió la cabeza y sus largos cabellos negros, no ya comprimidos, le cayeron sobre los hombros y enmarcaron su rostro viril”

Aitor Luna sería, por físico y talento, un Edmond Dantés ideal. Pinchar en la foto para fuente.

La belleza de Dantés no está solo formada por los cánones clásicos de la belleza “alto, esbelto, con unos bonitos ojos negros y unos cabellos de ébano”, sino por la señal que ha dejado en su cuerpo y en su alma catorce años de prisión en el Castillo de If. Esa aura que le hace decir a Franz D’Epinay en la cueva de mil y una noches en la isla de Montecristo “¿Habéis sufrido mucho, señor?”; al preguntarle el conde en qué se nota, éste contesta “En todo. En vuestra voz, en la mirada, en vuestra palidez y hasta en la misma vida que lleváis”. Un sufrimiento que lo ha cambiado tanto como para llevarle a pensar, delante del espejo del barbero de Livorno que “era imposible que su mejor amigo, si es que le quedaba alguno, le reconociera. Ni siquiera él se reconocía”.

La belleza, el sufrimiento, el peso de la injusticia, la inocencia perdida y la venganza; es imposible no sentirse atraídos por tal mezcla. ¿Y el amor? En más de mil doscientas páginas de narración, Edmond Dantés y la bella catalana Mercedes Herrera no comparten más de una veintena; no cabe el romanticismo en la vida del conde de Montecristo mientras no haya justicia. Algo difícil de aceptar por todos aquellos que han llevado la novela de Dumas a la pantalla, inventándose finales felices tan ridículos como los de la serie de televisión con Depardieu; aunque, en este caso, era algo previsible, visto que el único parecido entre el actor francés y el conde, es que los dos son franceses. Morrell y Valentine sono la pareja romántica de la novela, romanticismo como no, exagerado y decimonónico.

Creo recordar que un escritor en una entrevista declaró que uno de los primeros textos que escribió fue una continuación de “El conde de Montecristo”, frustrado por su final, ese “confiar y esperar” que deja en el aire más incógnitas que respuestas. Somos nosotros los lectores quienes con nuestra imaginación, espoleada por la pluma de Dumas, imaginamos que pasará cuando esa “vela blanca, grande como el ala de una gaviota”, desaparezca del todo, engullida por el azul del mar Mediterráneo.

Isla de Montecristo
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