Conocido desconocido

Nighthawks – Edward Hopper

 

Fue por una de esas conversaciones de bar. Se encontró metiendo baza, o fue él quien lo hizo. Habían pasado varios meses y ya no lo tenía claro. Cuando pasa el tiempo se duda de los recuerdos; nunca se está seguro de qué sucedió exactamente en un momento determinado. Ante la duda, te aferras a una versión de los hechos y se da por buena, sin más. Por eso, a esas alturas creía que fue ella quien entró en su conversación, gracias a algo que en ese país pone de acuerdo a desconocidos en pocos instantes: la burocracia y todas aquellas normas y mecanismos que en la cabeza del legislador o el político de turno eran algo genial, pero que puestos en práctica convertían la vida de los sufridos ciudadanos un infierno.

Así pues, ella—hemos quedado en que fue ella quien empezó—hizo partícipe al desconocido de un par de trucos para intentar superar los continuos errores que proporcionaba la nueva herramienta burocrática a la hora de introducir un cierto tipo de datos en el sistema. Consciente, mientras lo hacía, de que se estaba poniendo colorada como un tomate. Pasó a ser algo habitual desde aquel entonces, cada vez que coincidían: la mutua consciencia de que se encontraban en una situación incómoda sin ningún motivo. Aquella mañana, ella salió la primera del bar tras haber pensado unas diez veces mientras pagaba el desayuno si tenía que saludarlo al salir, pero a juzgar por las miradas furtivas que él echaba en su dirección, parecía claro que no era la única que se encontraba en tal dilema. Nunca tuvo todas esas dudas con la joven madre y su bebé: se decían hola y adiós, se saludaban si coincidían en la acera o entrando y saliendo en el bar, a pesar de que nunca compartió con esa mujer ningún truco para engañar al pérfido programa informático: simplemente hizo algunas carantoñas a su hijita. Pero con él no sabía nunca qué hacer. Lo único que compartían era la certeza de que el otro—la otra—estaba igual de incómodo porque había quedado algo pendiente entre ellos. Quizás si aquella primera mañana ambos hubiesen tenido valor para despedirse con un hasta luego, buenos días, esa sensación de y ahora qué no se habría quedado colgando en el aire, como una amenaza, o una promesa.

Por más que analizase la situación con la lógica, no llegaba a conclusión alguna. De acuerdo, era alto y agradable a la vista, podría definirse un hombre atractivo; tenía un cierto aire a un actor americano, Kyle Chandler, el coronel Cathcart de “Catch 22”. Sin embargo, no salía muy bien parado tras una mirada más crítica. Llevaba la ropa un punto demasiado estrecha, calzaba zapatos francamente horribles y encima se ponía gel en el pelo, dejando algún que otro mechón de punta. Probablemente era bastante más joven que ella, pues tenía sólo algún que otro cabello blanco. Los retales de sus conversaciones en el bar no le habían dejado la sensación de que fuese un hombre demasiado inteligente; ni tan siquiera la voz, que para ella era un rasgo que bastaba para convertir un asno en un Adonis, era mínimamente memorable. No se lo imaginaba leyendo un libro ni aunque se lo hubiese encontrado con uno bajo el brazo. Y entonces ¿por qué pasó un mal rato cuando un día estaban los dos delante de la caja para pagar sus consumiciones? ¿Por qué no podía sentir la indiferencia de cuando se sentaba alguien a su lado en el metro?

Quizás porque sabía que el conocido desconocido se encontraba en su misma situación. Lo cual no dejaba de tener su maldita gracia, pues nunca la había visto maquillada, ni hace quince años o veinte kilos, cuando los silbidos de los obreros se activaban automáticamente cada vez que pasaba cerca de un edificio en construcción. Entonces sí que habría un motivo para mirarla de reojo, adoptar una pose de indiferencia muy poco espontánea; había veces que a ella le entraban ganas de recriminarle qué narices encontraba de interesante en su cara ojerosa a las siete y pico de la mañana.

No soportaba más el seguir con la sensación de tener algo pendiente con el desconocido cada vez que se cruzasen por la calle o en el bar. Había que aclarar las cosas lo antes posible: hacer de tripas corazón, mirarle a la cara y soltar a bocajarro un aclaremos las cosas. Con un epílogo variable entre una cara anonadada o acabar dándose el lote en el retrete, como se ve en las películas. Tras unas pocas frases de circunstancia con las que habrían constatado que era inútil negar la evidencia: se gustaban a pesar de todo. La ocasión llegó. Lo vio por la calle, lejos de oídos indiscretos. Aceleró el paso, yendo decidida hacia él, que no se había percatado de su presencia pues estaba escribiendo algo con el móvil. Cuando estuvo a punto de abrir la boca apareció en su mente una imagen, nítida y clara: unos pantalones bajados, el botón de su chaqueta a punto de salirse del ojal, unos horribles calcetines de hilo y un par de zapatos negros, bastante vulgares, pisando las baldosas de un baño.

Ella pasó de largo, fingiendo buscar algo en el bolso.

Pide, que te será dado

La queja más unánime sobre Twitter es que se ha convertido en el templo de la crispación, el mal rollo, los trolls y todo aquello que de negativo puede dar internet. Como todas las generalizaciones, son injustas. Trolls haberlos haylos, pero también hay gente capaz de hacerte pasar un buen rato, y que encima es generosa. El locutor Sergi Carles nos deleita con su buen humor en su cuenta @TodoJingles, nos enseña entresijos de su trabajo, comparte frikismos varios, y además tiene una segunda cuenta, @JinglesPoesia en la que recopila peticiones de locuciones. Tras escuchar en su voz el íncipit de una de mis novelas favoritas de los últimos años, “El guardés del tabaco”, me armé de valor y le pedí que leyese uno de mis textos, Un monólogo sobre Ulises .

Había pasado más de un año, y como yo no soy de quienes van exigiendo cosas gratis, ya ni me acordaba del asunto. Hasta que ayer me llegó un mensaje directo por Twitter con la gran noticia. Aquí está el video.

 

Conversaciones entre ausentes

Grafomanía – ejercicio en latín cursivo

Laura Mínguez ha escrito en Jot Down un bellísimo artículo sobre las cartas (quien quiera leerlo, que acoquine y pague la subscripción, que aún no está disponible gratis) que me ha hecho reflexionar sobre ellas. La abuela cebolleta cascarrabias que hay en mí ha levantado la voz, como siempre y cada vez con más frecuencia, refunfuñando sobre lo que se han perdido los milennials, la emoción de comunicar por carta de papel. Y si a las cartas iba unido un amor de juventud, miel sobre hojuelas. El cartero se volvía una figura mítica, el mensajero de los dioses, anhelado y esperado. Se regresaba a casa de los estudios o el trabajo con prisas, llavero en mano; ya antes de abrir el buzón se escudriñaba por las rendijas para intentar descubrir el objeto del deseo oculto entre las sombras. Si se piensa bien, era un ejercicio bastante estúpido, porque el tiempo pasado bizqueando deseando poseer la visión a infrarrojos de Superman era tiempo robado a la operación mecánica de abrir el buzoncito de marras. El escribir y recibir cartas de papel tenía una vertiente fetichista que jamás lograrán alcanzar los correos electrónicos y los whatsapps. Acariciar con la punta de los dedos ese objeto que a la vez fue acariciado días antes por el amado, el rasguear del bolígrafo o la pluma sobre el papel mientras se escribe, una banda sonora mucho más armónica que el tic tic tic del teclado, que aún con todo es un ejercicio físico incomparablemente más placentero que la escritura en las odiosas pantallas táctiles.

Pero, una vez aparcada la abuela cebolleta y su versión sofisticada, la “old-fashioned snob”, pensándolo bien, la esencia de las “conversaciones entre ausentes”, como define las cartas Laura Mínguez en su artículo, no ha cambiado.

Lo que sí ha cambiado ha sido el tiempo, la velocidad de reacción. Las relaciones epistolares destinadas a sucumbir tardaban más tiempo en morir por el simple hecho de que pasaban semanas entre una misiva y otra; pero entonces, como ahora, existía la función “Block”. Este ejercicio de memoria asociado a las cartas me ha llevado a recordar algo que hice de adolescente; algo de lo que ahora, con la “inútil sabiduría de la vejez”, como diría Tomasi di Lampedusa, me avergüenzo profundamente. En las revistas semanales para jóvenes, entre un truco sobre cómo ocultar el acné y las diez pistas para saber si tu chico te engaña, había una sección de anuncios para “pen friends”. Un día, no sé por qué, escribí a un chico de Madrid que había puesto en su anuncio que veraneaba donde lo hacía yo. No me acuerdo si fue ese el principal motivo por el que lo hice. Él me dio una buena impresión (imagino que porque escribía bien) y a la segunda carta le mandé una foto mía en el apartamento de verano con mi querido perro Black, el pastor alemán. Obviamente, a vuelta de correo él hizo lo propio, me mandó una foto suya con su perro y… desilusión, horror y pavor. Con el paso de los decenios he olvidado sus rasgos, por lo que no sería capaz de jurar que era realmente tan feo como para provocarme tal espanto, pero recuerdo perfectamente ese chihuaha color marrón diarrea de ojillos saltones. Escogí, obviamente, la manera más vil de hacerle saber la impresión que me causó su foto: se la devolví por correo, sin tan siquiera dos líneas y encima con un sobre en el que escribí su nombre y dirección a máquina. Hace falta ser “stronza”. Si creyese en la ley del péndulo, diría que pagué con creces mi ruindad en forma de plantones recibidos por algún que otro rollito de discoteca en sesión de tarde que se desvanecía en la nada y no se presentaba a la cita del “día después”.

Pero retomemos el discurso, una vez dejado atrás el vergonzoso recuerdo. Sea entonces que ahora, bajo forma de papel o de bit, la “esencia de las conversaciones entre ausentes” sigue siendo la descrita por Laura Mínguez. Por no hablar de los sentimientos, igual de intensos que los plasmados en letras, que aletean alrededor de quienes las escriben y las leen: espera, ansia, dudas. Mis estériles ejercicios de escritura incluyen a menudo una carta, o adopto directamente el estilo epistolar (si una es “old fashioned snob” lo es en todos los ámbitos). Las cartas son un caudal inagotable de sentimientos.