Final de trayecto

Ivan Pasič era un hombre metódico y pulcro. Había hecho del orden su razón de vida por lo que, cuando reconoció que determinadas circunstancias, tan inexorables como ajenas a su voluntad, habrían mutado el orden en caos e incertidumbre, decidió suicidarse. Se había declarado siempre un ferviente admirador del periodo republicano de la Antigua Roma, y sobre todo, del recurso al suicidio como la única salida de escena honorable. Lo planificó todo hasta el último detalle para no caer en errores banales de cálculo; no pretendía acabar como Catón el Uticense, sacándose las tripas con las manos por el tajo desacertado con el que no logró matarse al primer intento.

Así pues, cuando decidió acabar con su vida tirándose bajo el tren metropolitano, se dedicó a la preparación con laboriosa tenacidad. Estudió los horarios del metro, cual sería la hora mejor para no causar demasiados problemas a los usuarios del servicio público. Siempre le habían irritado las interrupciones de servicio debidas a otros suicidas más torpes que él, o a hombres cuyas coronarias decidían reventar en plena hora punta. A rigor de lógica, el momento más adecuado era pocos minutos antes de la interrupción del servicio semanal ordinario, el viernes a medianoche. Si cogía el penúltimo tren y se bajaba en la penúltima parada, podría aprovechar la llegada del último convoy para lanzarse contra él. No solía coger el metro a esas horas, por lo que hizo algunas pruebas; nunca varios días seguidos, para no llamar la atención. De igual manera, para que nadie se acordase de él durante sus reconocimientos, se camufló con el tejido urbano vistiéndose como uno de los tantos hombres grises que entran y salen del ferrocarril. Dejó por tanto en casa su inseparable sombrero de pita, y cambió el traje de lino crudo por unos tejanos y una sudadera, que adquirió con profundo disgusto en unos grandes almacenes. Eligió un rincón, entre el andén de la penúltima estación y la salida, al que no llegaba el ojo de las cámaras de seguridad, donde podría esperar la llegada del último tren y tomar carrerilla desde allí para su último salto. Contó mentalmente los segundos necesarios para tal operación, imaginó el salto mientras marcaba el tempo con la mano derecha, como había visto hacer muchas veces a los atletas que se preparaban para el salto triple.

Una vez finiquitado el asunto de la ejecución material de su muerte, pasó a otros preparativos. Pagó a su casero un mes de alquiler por adelantado con la excusa de que estaría ausente una buena temporada por un largo viaje. Con el mismo pretexto dejó a su gato Angst bajo el cuidado de una vecina amante de los animales, que seguramente no lo abandonaría. Los últimos días los dedicó a limpiar con esmero el ya impoluto apartamento, tiró las pocas cosas inservibles que había acumulado en la casa durante los últimos años, efectuó un inventario exhaustivo de los miles de libros que eran la única decoración de todo el inmueble, dejando precisas instrucciones respecto a la cesión de los mismos a la biblioteca municipal, o en su defecto, a la que fue su escuela. Limpió el frigorífico, el horno y demás electrodomésticos; empacó trajes, camisas, zapatos, ropa interior.
Antes de salir de su casa para siempre, dejó encima de la mesa del salón, en buen orden, varios documentos personales incluida una póliza vida pagable incluso en caso de suicidio (había pagado durante decenios una cantidad extra para que cubriese tal eventualidad, era mejor prevenir) a una sobrina de Belgrado a la que vio por última vez hace un decenio.

Ivan Pasič salió de su casa, dejó las llaves en el buzón y se dirigió al metro. Eran las 23,25. A las 23,55 esperaba oculto en el andén; oyó el tren que se acercaba, movió los dedos cual muda batuta, una, dos, tres, una, dos y … Carrera … El choque contra el frontal del tren en desaceleración no le hizo perder el conocimiento; mientras volaba sobre los raíles sonreía satisfecho por el excelente trabajo realizado. Constató, además, que había logrado caer con el cuello encima de la vía. Pudo oír el chirriar de los frenos, el acercarse del vehículo, vio la llanta metálica de la rueda que se acercaba inexorablemente, con certeza quirúrgica. Todo era perfecto hasta que se dio cuenta, en la última fracción de segundo, de que no recordaba el motivo por el que se había matado.

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