Muerte en el hielo – reseña

 

Quienes habéis visto la serie de la HBO “The Terror”, podéis haceros una vaga idea de qué os váis a encontrar cundo leáis la novela de Álber Vázquez “Muerte en el hielo”, que narra lo sucedido a la nave San Telmo y a sus 644 hombres, tras encallar en las costas de lo que sería conocida como isla de Livingstone, en la Antártida, a principios de septiembre de 1819. Escribo “vaga” con razón; recordad el frío y las penalidades que sufrió la tripulación del Capitán Franklin en 1845, y multiplicadlo por la enésima potencia. ¿Hecho? Pues ahora multiplicad de nuevo por diez el resultado, y cuando leáis la novela de Álber Vázquez os daréis cuenta de que os habéis quedado cortos.

Los hombres del brigadier Rosendo Porlier no estaban intentando buscar un paso entre los hielos que comunicase dos continentes. Sólo tenían que doblar el cabo de Hornos, “nada, en cualquier caso, que no se hubiera hecho cientos y cientos, ¡miles!, de veces en los últimos siglos”, y llegar al Perú cuando, la fatalidad, para usar la palabra tan querida por Alexandre Dumas, se presentó a bordo del San Telmo en forma de un timón roto por la borrasca. La nave perdió el contacto con el resto de navíos de la formación y fue a la deriva, hasta que encalló. Los hombres que sobrevivieron al brutal impacto contra la costa se las tuvieron que ver con los coletazos del invierno austral vistiendo tan solo un ligero uniforme de entretiempo (aquellos que lo llevaban), sin más abrigo que una manta deshilachada y raída, calzando botas de cuero de suela fina y flexible, apta para subir y bajar a toda prisa los puentes de una nave de guerra, pero que los dejaba prácticamente descalzos en una playa de piedras agudas y cortantes.

Álber Vázquez narra con gran habilidad el padecimiento de aquellos hombres. No se trata sólo de un frío que entumece y entorpece los movimientos, hace perder la razón y convierte el color de la piel en azul (la tripulación del San Telmo mostraba la piel en tonos azulados que, eso sí, se perdían en diferentes grados de tonalidad en función de lo helado que estuviera el hombre), sino cómo, ante una situación extrema, el tenue barniz de la civilización se resquebraja. La lenta pero inexorable pérdida de la Humanidad ante circunstancias adversas  es un tema que ha sido tratado ya muchas veces por la literatura, como en “El corazón de las tinieblas” o “El señor de las moscas”. Cada hombre reacciona de manera diferente: honor, resignación, rebeldía, locura, angustia. Todo a través de un narrador conciso, directo, cercano (“morirse en un asco, sobre todo para el que se muere”), que realiza continuos guiños al lector. Es una novela cargada de dramatismo, con una crueldad inimaginable (además, sin la necesidad de sacarse de la manga un oso polar mutante), pues no hay peor bestia que el hombre cuando deja de serlo. Y, a pesar de todo, nos ofrece momentos de una belleza y un lirismo inimaginables en una historia de tales características, como en las 25 páginas del capítulo 16. Gracias a la falta de noticias sobre qué sucedió a aquellos hombres tras el naufragio, el autor da rienda suelta a su imaginación, construyendo un mosaico, verosímil y absurdo—como sólo la realidad puede llegar a ser—sobre lo que pudo suceder las horas sucesivas al naufragio.

“Muerte en el hielo” es una novela imprescindible, no sólo para los aficionados a la novela histórica, sino también para los amantes de la buena literatura. Reivindica un hecho que se borró de la Historia: que fueron los españoles los primeros en llegar a la Antártida, no la expedición del capitán británico William Smith el 15 de octubre de 1819.

“Que se sepa de nosotros y nuestra desdicha”.

Para terminar, la Terror y la San Telmo se diferencian en otro aspecto. Mientras que la Royal Canadian Geographical Society ha encontrado los restos del Terror (Vídeo) en España un proyecto privado para realizar una búsqueda de los restos del San Telmo se ha quedado sin financiación por parte del gobierno.

Mientras España se pone de acuerdo para hacer paces con su historia, Rosendo Porlier y sus hombres llevan esperando doscientos años en esa tierra inhóspita, formados en la playa de guijarros. Imagino al brigadier el día en el que, finalmente, un navío español se acercará a la costa de rocas negras, murmurando en voz tan baja que apenas puedan oírlo los tenientes Ostos y Marín, un “a buenas horas”, seguido de una orden, pronunciada en voz alta. “Caballeros, saluden la bandera”.

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