Argos

Estaba durmiendo tranquilamente en mi esquina, sin llamar la atención, hasta que he notado un olor nauseabundo. Soy el perro más viejo que haya vivido nunca en Ítaca, puedo ver sólo sombras y me cuesta levantar la pata para mear, pero el olfato, los dioses sabrán el motivo,  lo sigo teniendo excelente. Y ese olor a mierda de cerdo puede venir únicamente de una persona: Eumeo, el porquero. Que las furias se lo lleven de mi lado ¿se puede saber qué ha venido a hacer aquí? Nunca entra en palacio, es más, si lo hace, Euriclea le grita de malas maneras y lo acompaña a la puerta, o a las cocinas. Pero no está solo, habla con alguien, que camina curvado, apoyándose en un bastón. Parece un mendigo, así lo creo. Ya he dicho que no veo bien, pero hay algo en ese hombre que me obliga a fijarme en él. Llega hasta mi trufa un olor diferente, abriéndose paso entre todos los que asaltan mis sentidos: el hedor del porquero, la grasa de los venados que se están cociendo a fuego lento para el banquete de esta noche, el incienso que arde lentamente en los pebeteros… Un olor que no he olvidado, a pesar de que han pasado veinte años.

Si fuese más joven ladraría, pegaría brincos, movería la cola, aullaría, pero de mi garganta sale sólo un gemido quedo. El mendigo gira la cabeza, y se acerca, un par de pasos, para detenerse de repente. ¡Es él! ¡Amo! ¡Amo! ¿Cómo es posible que haya cambiado tanto? Ahora entiendo, hay algo que brilla detrás de él, una figura alta y blanca como la nieve, la diosa Atenea, que lo ha cuidado y oculta la figura de Ulises, rey de Ítaca, bajo el disfraz de un pordiosero. ¿No me escondo yo también bajo un aspecto engañoso? Yo no soy este viejo saco de pulgas, con el pelo lleno de nudos, devorado por las garrapatas y con dos velos blancos que cubren mis pupilas. Es un truco, un disfraz; en el fondo, sigo siendo el cachorrillo que aprendía, con su amo, a cazar cabras, ciervos y liebres.

Crecí con Telémaco, su hijo; a sus pies deposité la primera presa, orgulloso de mi hazaña. Me empeñé en ser el mejor perro de caza que haya corrido nunca por las colinas pedregosas de la isla, para poder demostrarle al amo, cuando regresase, que había aprendido bien sus lecciones, que podía estar orgulloso de mí. Pero el tiempo pasaba, sin que llegasen de Ulises más que noticias vagas. Mientras tanto, mi agilidad menguaba y Telémaco se olvidó de mí. Tenía otras cosas en las que pensar, otras batallas que luchar. Vérselas con esas alimañas que acechan el trono de Ulises, que quieren apropiarse de todo lo que es suyo: el poder, la isla, su esposa.

He creído durante años que el ama Penélope no me quería. Cuando me miraba, había una sombra de oscura añoranza en sus ojos; yo le recordaba a su marido, mi presencia era un dolor añadido al suyo, y estaba convencido de que, si no me sacrificaba, era sólo por respeto a su esposo. Sin embargo, hace unos meses sucedió algo. Los pretendientes estaban, como todas las noches, borrachos, saciados. Yo dormitaba al lado del fuego cuando uno de ellos, que apenas podía tenerse en pie, tropezó y me pisó una pata. No sé de dónde saqué las fuerzas; le aferré un tobillo, veloz como un rayo, y le traspasé el talón de parte a parte con mis colmillos. El dolor despertó al hombre de su borrachera, desenvainó su espada, y estaba a punto de traspasarme con ella cuando se oyó la voz del ama. “¡Quieto! Que nadie ose tocar al perro de Ulises”. No dijo nada más; se retiró a su habitación, como todas las noches, a tejer. Cuando los pretendientes se fueron a su vez, o dormían la borrachera tirados en el patio, me uní a ella. No recuerdo cuánto tiempo tardé en llegar a la estancia; estaba delante del telar, entre las sombras se distinguía el tronco del olivo alrededor del cual mi amo construyó la cama, el palacio, sus vidas. Me dejé caer al lado de la puerta; estaba lo bastante cerca como para entender que no estaba tejiendo, sino deshaciendo la labor. “Has descubierto mi secreto”, dijo, acercándose y, por primera vez en nuestras vidas, acariciándome una oreja.

Lo que daría por que lo hiciese ahora el amo. Me acercaría gustoso a lamerle los pies, pero no puedo hacer más que gemir y mover, despacito, la cola. La diosa levanta poco a poco su brazo derecho, la luz que irradia de su figura cae sobre nosotros y noto cómo se deshacen las cataratas de mis ojos. Veo a Ulises no ya como un pordiosero, sino como el rey de Ítaca. Me mira; una lágrima solitaria cae por su mejilla. Sí, amo, te esperaré al otro lado. Antes de morir le escucho pronunciar mi nombre, con un susurro. Argos.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.