Muerte en Viana

Viana, reino de Navarra, 12 de marzo de 1507

Quería que fuese algo rápido. Y sin embargo, respiro aún. No puedo levantarme, ni apartar los ojos de este cielo gris, de las nubes. No tengo frío, a pesar de que me han desnudado. Uno de ellos ha creído hacer algo piadoso colocando una piedra sobre mi entrepierna, a modo de taparrabos. Pensándolo mejor, si hubiese sido rápido no podría recordarte ahora. Germaneta… Germaneta meua*. Llorarás cuando sepas que me han matado ¿verdad, Lucrecia? Alguien te hará llegar la noticia hasta Ferrara, apenas me encuentren. No llores delante de ellos, retírate a un lugar privado, que no puedan regodearse en tu dolor, esos d’Este fríos como el viento de tramontana. Aunque, quizás no me llores, pues ya te hice derramar todas tus lágrimas. Me gustaría que lo hicieses, ojalá pudiese ver tu llanto. Soñaba contigo con los ojos abiertos, durante mi reclusión en Chinchilla y en Medina del Campo. Te veía en un rincón de mi celda, tal como te vi aquella noche en tu castillo de Nepi. Vestida de negro, pálida, mirándome, enigmática como una esfinge. Durante el viaje de Roma a Nepi había anticipado nuestro encuentro con la imaginación; esperaba que me acogieses con un sinfín de insultos y reproches. Sin embargo, una vez delante de ti, te miraba y, por primera vez en nuestras vidas, no sabía qué pensabas. No podía derribar ese muro que habías levantado. No me echaste en cara su muerte, no me acusaste de dar la orden que acabó con la vida de tu marido, Alfonso de Bisceglie. Llegué, seguro de mí, repitiendo para mis adentros, mientras me conducían a tu presencia, el discurso que había preparado a conciencia; el destino de nuestra familia, el fin—deshacernos de la alianza con España—justificado con la sangre de un inútil vínculo matrimonial con los Aragón de Nápoles. No pude pronunciar palabra, atemorizado por tu frialdad.

Abriste solo los labios para preguntarme:

—¿Quién será el próximo?
—Alfonso d’Este
—Duquesa de Ferrara. Sea.

A ello te dedicaste en cuerpo y alma durante los muchos meses que duraron las negociaciones; hiciste todo lo posible para que el asunto se concluyese con éxito: aplacaste la ira de nuestro padre cuando el viejo duque Hércules tiraba demasiado de la cuerda, pues nunca estaba satisfecho con la suma de la dote. Me negabas sonrisas que regalabas a otros. Un par de veces reventé caballos desde mis tierras de Romaña al Vaticano deseoso de verte sonreírme con todo tu ser, como hacías antes. Sin embargo, seguías llevando esa máscara que podía ver solo yo. Bailábamos juntos tras las cenas ofrecidas a los embajadores; nuestro padre y yo te exhibíamos como a uno de esos monitos amaestrados de las Indias. Mirad cómo baila madonna Lucrecia, no dejéis de referirlo al señor duque Hércules y al señor Alfonso. Te levantaba en mis brazos mientras danzábamos al compás de un saltarello y sonreías a los espectadores. Cuando te retirabas con tus damas yo lo hacía engullido por las sombras. A cada una de tus sonrisas negadas seguía un nuevo cadáver flotando en el Tíber. Que tiemble toda Roma por la rabia de César Borgia. Perseguía con saña a los autores de los poemas o las canciones que el pueblo cantaba sobre nosotros. Falsedades sobre nuestra familia, quién dormiría esa noche con la hija del papa, si su padre o su hermano. Acallaba, con cada golpe de mi puñal, aquella parte de mí que deseaba que tuviese algo de verdad.

Años después, cuando las fiebres casi te mataron, me precipité a tu lecho. A partir de ese momento empecé a entender tu fuerza, tu coraje. Me había equivocado; creía que el valor podía medirse por la toma de un castillo, un duelo a espada, el enfrentarme yo solo a siete toros bravos en la arena. Nunca le di importancia al papel al que te condenamos: ser durante toda la vida una pieza movida a lo largo y ancho del tablero de la península para mayor gloria de nuestro nombre. Estaba convencido de que abrir las piernas de vez en cuando al consorte que mejor nos conviniese en cada momento, parir los hijos que viniesen, era un trabajo fácil comparado con el mío; poco esfuerzo para tanto beneficio. Sin embargo, hace falta mucho coraje para sobrevivir en el ambiente hostil de una pequeña corte. Sola, dejando a tus hijos atrás, cargada a pesar de tu juventud con el dolor de demasiadas pérdidas, sin aliados, objeto de críticas; acabaste por ponerlos a todos de tu parte, incluido ese marido que clamó al cielo cuando supo que su padre pretendía desposarlo con la hija del papa. No tienes que ser tan débil si de nuestra estirpe—a excepción de Jofré—quedas solo tú; la mujer que me observaba desde un rincón de mi celda, la figura hierática vestida de negro, con su dolor y dignidad por armadura.

Y ahora sé, finalmente, por qué me miraba desde las sombras. Porque esperaba oír algo que nunca le dije. Las últimas palabras que saldrán de mis labios, aquí, desde esta zanja húmeda en el reino de Navarra, tras una escaramuza imposible a la que me lancé con la esperanza de una muerte rápida, honrosa.

Miro las nubes, se abren por un instante. Hago un esfuerzo, me quedan solo estas dos palabras.

—Lucrecia, perdóname.

*Hermanita, hermanita mía

El desafío de Barleta

Ferrer-Dalmau – El gran capitán

A las afueras de Andria (Apulia) – 13 de febrero de 1503

—Excelencia, esperan su orden.

La voz de Íñigo me trae de vuelta a la realidad. Miro a mi alrededor; las dos formaciones esperan mi señal, dentro del campo preparado para la pelea, en terreno neutral. Los caballos relinchan, las armaduras relucen bajo la luz del tibio sol de finales de invierno. Trece caballeros franceses y trece italianos, inmóviles, unos frente a otros, en un silencio irreal.

Recuerdo cómo hemos llegado hasta aquí. Mientras las tropas francesas aumentan como el caudal de un río en primavera, los refuerzos que he pedido con insistencia a sus majestades durante el último año se me han concedido con cuentagotas; conozco su número, hasta el último peón. Parezco uno de esos contadores del Rey Fernando, pájaros de mal agüero emperchados en mis hombros. No hago más que firmar recibos y documentos; de vender mi alma al mismísimo Lucifer, no tendría que usar tanto la pluma. Mientras algunos en Castilla me acusan de esconderme en Barleta, con los franceses a un lado y el mar al otro, yo esperaba un signo de la providencia; cuando me cansé de esperarla, fui a buscarla.

—Excelencia…
—Sí, Íñigo. Proceded.

Tras la señal, Charles de la Mote, capitán de los franceses, pica espuelas; los trece corceles franceses parten como rayos. A pesar de que el fragor de la galopada y los gritos de ánimo de los espectadores me impiden escuchar al capitán de los italianos, Ettore Fieramosca, sé qué está aullando: esperad a los franceses en formación cerrada, lanzas bajadas. Tras el estruendo del choque veo con satisfacción que la formación ha aguantado, tal como lo habían practicado hasta la saciedad, desde que Charles la Motte cayó en la trampa.

A principios de año nos encontrábamos en un punto muerto. Nosotros relativamente bien abastecidos por mar, los franceses fuera de la ciudad, pero sin efectuar un asedio cerrado. Una situación que podía alargarse durante meses. Era habitual que grupos de caballeros de ambas tropas participasen en pequeñas escaramuzas, tomando luego como rehenes a los derrotados, para engordar las bolsas con el rescate. Cuando me confirmaron que Charles la Motte iba a hacer una salida, ordené a Próspero Colonna que él y sus hombres fuesen en su busca. Como era de esperar, pues Próspero es el mejor condottiero de Italia, el francés terminó aquella tarde “huésped” en uno de los palacios que ocupábamos en Barleta, y, para mostrar a los prisioneros lo holgado de nuestra situación, organicé una opípara cena en su honor. Tras haberles servido buen vino —y el más fuerte—Íñigo López de Haro lanzó sus anzuelos: los franceses picaron. Que si no era cierto que la caballería francesa fuese la mejor de Europa, que a nuestro juicio los caballeros italianos eran los mejores de la cristiandad, los hombres de armas más valientes con los que hubiésemos luchado nunca, que los franceses no podían compararse con ellos…

—Los italianos son gente vil y cobarde. Si diez caballeros italianos luchasen contra diez franceses, yo mismo formaría parte de la escuadra, y les haríamos morder el polvo.

No estaba presente cuando La Motte, borracho como una cuba, pronunció estas palabras, pero me encargué de recordárselas: había lanzado un desafío a los italianos, el honor exigía que se llevase a cabo, no cabía tirarse atrás. Tan bien insistí (cuando la providencia se resiste hay que provocarla), que cuando La Motte me dio una lista con los nombres de los participantes, ya no eran diez, sino trece. Próspero y Fabrizio Colonna eligieron a los trece mejores caballeros a disposición de los italianos, en representación de toda la península.

El griterío aumenta. Los hombres luchan por parejas, o pequeños grupos. Fieramosca ha logrado tirar de su caballo a La Motte, y lo espera, espada en mano. En otro lado del campo tres caballeros italianos han desjarretado varios caballos. Los franceses caídos protestan ante los árbitros, pero está permitido hacerlo. En apenas una hora, las peleas concluyen a favor de los italianos, La Motte se rinde ante Fieramosca, y finalmente, lo hace el último francés que quedaba en pie.

Regresamos a Barleta con los italianos abriendo la marcha, jaleados por el pueblo, llevando victoriosos a sus prisioneros en cadenas. Nosotros, los españoles, vamos cargados con el arma más poderosa que pueda llegar a tener nunca un ejército: la moral. Todos estos hombres están convencidos ahora, como yo, de que ganaremos esta campaña.

—Excelencia, hay un problema. Los franceses, no tienen el dinero que habían prometido en caso de derrota.
—Me lo imaginaba, Íñigo. Habla con mi tesorero, pagaré yo las mil trescientas coronas. Ya arreglaré cuentas con el Rey.