El último león del Coliseo

Se dejó atrapar. Los hombres con túnica venían a los montes del Atlas desde hace generaciones. Desde que era un cachorro, la vida se dividía en comer y escapar. Al final quedaron sólo algunas leonas. Cuando las cogieron todas, se vio obligado a cazar por su cuenta. No le resultó demasiado complicado, pues no faltaban presas. No las más grandes, como las gacelas, que también se las habían llevado, sino conejos, roedores, pequeños mamíferos. Había multitud de ellos.

Tantos que terminaron por comerse el pasto y los arbustos, hasta que no les quedó nada. El vergel se convirtió en un desierto sembrado de carroñas. Por eso al final se dejó atrapar. No se puede huir demasiado lejos si no tienes las fuerzas.

Lo metieron en una jaula, y empezó su último viaje. Primero en un carro, después a bordo de un barco sobre el mar inmenso, durante el cual los hombres con túnica le daban de comer conejos frescos, y algún trozo de una carne que no supo reconocer. Recobró fuerzas y como señal de agradecimiento arrancó el brazo de un bocado a uno de los hombres que introducían en la jaula su ración diaria. No vestía con la túnica, sólo con un taparrabos. Quizás fue por eso que los demás se tomaron el accidente a risa, y lo echaron por la borda cuando murió desangrado.

Lo descargaron en un puerto que había visto tiempos mejores. La mitad de los almacenes se caían a pedazos y buena parte de los atraques en la dársena estaban vacíos. Tampoco asistió a mucho ajetreo durante el último viaje en carro. Atravesó la ciudad; no pocos edificios residenciales se habían quemado y estaban en ruinas. Entre las rendijas de los arcos triunfales crecían rastrojos, los transeúntes que lo observaban parecían estar más hambrientos que él. Lo bajaron de noche a un subterráneo que olía a humedad y vísceras. Escuchó algún que otro rugido aislado que resonaba en el eco de las bóvedas de piedra.

Al final lo sacaron de la jaula, lo metieron en una plataforma de madera, subió a la superficie y volvió a ver la luz del sol. El suelo era de arena, de forma elíptica, dentro de un enorme edificio ovalado. Algunos espectadores con túnica estaban sentados en las gradas, a la sombra gracias a unos telones raídos. La mayor actividad provenía de la parte más alta del edificio. Con la ayuda de unos brazos de madera los hombres desmontaban grandes piezas de mármol travertino. Otros picaban las gradas más bajas y cargaban después los trozos de piedra en cestas.

No se recuerda al último león del Coliseo. Puede que actuase bien y no se dejara cazar fácilmente, o despedazara con la debida fiereza a un condenado ad bestias. Lo que es seguro es que el espectáculo fue una lejana sombra del que presenció el emperador Tito; los juegos inaugurales que duraron más de cien días y en los que se aniquilaron más de mil animales salvajes. El último león de un Coliseo ya en ruinas, habría pensado—de poder hacerlo— que, a fin de cuentas, los hombres con túnica no eran tan inteligentes, si a fuerza de convertir vergeles en desiertos habían acabado con ellos mismos.