La carta (incluye postdata)

Abrió deprisa el buzón, recogió las cartas y se apresuró en subir a casa. Era una calurosa tarde de verano en Madrid y sólo tenía ganas de estar un buen rato bajo una ducha de agua helada. Dejó las cartas y las llaves sobre la mesa de la cocina, apoyó su bolso en una silla y cuando estaba a punto de beber un vaso de agua, algo le llamó la atención. Le temblaban las piernas cuando se sentó. Debajo del sobre de la tarjeta de crédito había otro, de color amarillo; apartó las otras cartas y cogió ésa. La dirección estaba escrita con una caligrafía masculina, elegante, que conocía a la perfección; uno de los números de su código postal se había emborronado, alguien lo había repasado con un bolígrafo, pero lo habían escrito mal el número, por lo que la carta, antes de llegar a su destino, había dado vueltas por las cuatro esquinas del país. Leyó estupefacta el matasellos, algún lugar en el norte de África, hace seis meses. Le temblaban los dedos mientras abría el sobre, estaba tan nerviosa que rompió un trozo del papel. La carta era corta:

“Querida Penélope, dejo Faecia y el rey Alcinoo. Me he cansado de viajar, vuelvo a casa. Llámame cuando leas esto, quiero… necesito volver a verte”.

Debajo de la firma leyó una dirección de Londres, un número de teléfono y un correo electrónico. Buscó su bolso, sacó el teléfono y marcó el número; después de varios ‘clicks’ una fría voz cibernética le hizo saber que el número no existía. Volvió a marcar, la respuesta fue la misma. Abrió la aplicación de correo, escribió algunas líneas y dejó el móvil sobre la mesa, observándolo, rezando para que se escuchase el tono de nuevo mensaje. Respiró profundamente e intentó calmarse. Había esperado esa carta durante tanto tiempo, y en particular lo que había escrito en ella, que pensó que en algún lado un espíritu cruel se estaba riendo de ella. Durante un año todas sus cartas llegaron en un tiempo razonable, menos esa.

Hizo una mueca al ver el sobre de la tarjeta de crédito al lado del sobre amarillo, y recordó cómo lo había conocido.

Daunt Books Library

Estaba en Londres, visitando a una amiga; ésta tenía que trabajar aquel día, por lo que fue ella sola de compras. Quería ir a una librería de Marylebone High Street, una tienda preciosa, de época eduardiana[1]. Tras una hora examinando las estanterías y dando vueltas por los pasillos, escogió dos volúmenes, un libro de bolsillo y una preciosa edición en tapas duras de “Sentido y Sensibilidad”. Pero, tras entregarle su tarjeta al cajero, ésta fue rechazada. Se maldijo por su fe ciega en la tecnología, siempre llevaba consigo poco dinero suelto y no era la primera vez que se encontraba en una situación tan embarazosa.

–          “Si no le importa le puedo pagar yo el libro. Ya me dará usted el dinero después” – dijo una voz detrás de ella. Se dio la vuelta, la voz pertenecía a un hombre alto, que le estaba sonriendo.

–          “No, no puedo aceptar, es usted muy amable, pero no puedo, la verdad” – contestó, sonrojándose como un tomate. Pagó el libro de bolsillo con dinero suelto y salió de la tienda susurrando “gracias otra vez”. Salió y giró a la izquierda, caminando deprisa. La tarde era bastante fría, se levantó el cuello del abrigo y, cuando estaba a punto de cruzar Paddington Street, se dio cuenta de que el hombre de la librería estaba a su lado. Le sonrió de nuevo y le entregó algo que llevaba bajo el brazo, era el libro.

–          “Por favor, acéptelo, insisto” – dijo.

–          “Lo siento, de verdad que no puedo. No vivo en Londres, no podría devolverle el dinero nunca, no puedo aceptar”.

–          “¿Le puedo ofrecer por lo menos una taza de té? A no ser que usted tenga una cita, o…”

–          “No, no tengo que ir a ningún sitio en particular”- replicó, arrepintiéndose inmediatamente de haber sido tan sincera. Aunque fuese un hombre muy atractivo, se trataba siempre de un desconocido. Él, cómo si estuviese leyéndole el pensamiento, le ofreció la mano.

–          “Me llamo John. John Thornton[2]” – Ella no pudo evitar sonreir y mirarlo con incredulidad – “Sí, ése es precisamente el efecto que hace mi nombre en la gente. Por lo menos en gente que frecuenta librerías. Juro solemnemente que me llamo así y que no tengo manufacturas de algodón en el Norte”.

Ella sonrió y se estrecharon la mano.

–          “Penélope Reverte” – Ésta vez le tocó a ella explicarse al ver la expresión de su cara. – “Soy española, estoy de visita, he venido a ver a una amiga, aquí en Londres. Es mi mejor amiga desde que teníamos catorce años, fuimos juntas al colegio”. Se sintió un poco estúpida por haber entrado en tantos detalles respecto a su estancia en la ciudad, haciendo aún más incómoda una situación que ya lo era, no podría empeorarla más aunque siguiese diciendo tonterías. Empezó a llover, y él señaló el Coco Momo Café, delante de ellos. Penélope asintió, y cruzaron la calle.

Coco Momo Cafe - Paddington Street - London
Coco Momo Cafe – Paddington Street – London

Pasaron una hora en el Café, tomando té y hablando. Ella enseguida se sintió a gusto con John, aunque nunca se había sentido cómoda hablando con hombres guapos. Las pocas veces que lo había hecho, tenía la sensación de que se estaba examinando, mientras que otras mujeres alrededor la estudiaban y juzgaban. Sin embargo, cualquier cosa con él era sencilla y tranquila; tenían muchos intereses en común y siguieron hablando de libros, películas y series de televisión cuando, al dejar de llover, pasearon por Regent’s Park. Perdió por completo la noción del tiempo hasta que su amiga la llamó diciéndole que había vuelto y que la cena estaría lista en una hora. Decidieron coger juntos el metro, ya que también él tenía que llegar hasta la línea de Piccadilly para volver a casa.

Entraron, sin decir palabra, en el ascensor que llevaba al andén, estaban solos. Algunas veces, incluso en ciudades caóticas como Londres, aparecía de vez en cuando como por arte de magia una isla de soledad, materializándose de la nada. El ascensor bajó; estaban callados por primera vez desde que se encontraron en la calle. Él se apoyaba contra la pared metálica de la cabina, tenía los brazos cruzados, sujetando su abrigo, observándola con una sonrisa extraña dibujada en su rostro. Los ojos, que a la luz del sol eran azules, tenían ahora el mismo tono gris del acero que los rodeaba. Se acercó a ella, diciendo, en voz muy baja; “bueno pues… aquí estamos…” De repente el ascensor se paró. Sonó una campanilla y se abrieron las puertas; un ruidoso grupo de estudiantes españoles entró y Penélope no pudo evitar reirse cuando entendió el cumplido que una de las chicas hizo al trasero de John. Ni siquiera hablaron mientras esperaban el tren. Ella, por primera vez, se sintió incómoda; sentía que estaba pasando algo entre ellos, ya no era una chiquilla, era hasta atractiva, según le decía mucha gente, y ése era el momento en el que, según todos los tratados sobre el cortejo hablados o escritos desde que el Hombre dejó las cavernas, él tenía que hacer algo, lanzar una señal, acercarse a ella tal como hizo poco antes en el ascensor. Sin embargo no hizo nada, ni dijo nada. Estaba solo ahí de pie, observándola.

Cuando el metro llegó se sentaron juntos. Sacó el libro de Jane Austen de uno de los bolsillos de su abrigo y lo dejó sobre el regazo de Penélope.

–          “Ya no puedes negarte. Por favor.” – le dijo mirándola, suplicándole con los ojos. Ella puso una mano sobre el libro, rozando sus dedos por un momento, y lo miró.

–          “Muy bien” – replicó – “y tú… ¿quieres algo de mi parte?” – continuó, coqueta.

–          “Oh, sí...” – le susurró al oído, acercándose a ella mientras sacaba algo del bolsillo interior de su chaqueta. Le enseñó una pluma estilográfica, una Parker negra ribeteada en oro; sacó de uno de los bolsillos de sus vaqueros negros una pequeña tarjeta blanca, de un restaurante en Soho. – “Escríbeme tu dirección”.

–          “¿De correo electrónico? – contestó con un tono de voz más entusiasmado del que quería.

–          “No, tu dirección de casa. Quiero escribirte cartas”.

Penélope cogió la pluma con una expresión perpleja y ligeramente desilusionada en su cara.

–          “Soy un tipo a la antigua” – dijo guiñándole un ojo – “Date prisa, la próxima parada es la nuestra”. Le devolvió la tarjeta y la pluma mientras el tren estaba frenando, y se unieron a la marea de gente que llenaba la estación de intercambio de Piccadilly Circus. Recorrieron los pasillos y las escaleras que llevaban hasta la línea azul, comentando de vez en cuando los carteles de las obras de teatro del West End. Cuando subieron al otro metro ella notó que se le encogía el corazón. John se bajaría cuatro paradas después, en Russell Square. Estaban pegados el uno a la otra; él estaba detrás de ella, se sujetaba de un pasamanos horizontal, mientras ella lo hacía de uno vertical, a su lado. John era tan alto que tenía que agachar un poco la cabeza; ella notaba el suave roce de su barba acariciando su sien. Leicester Square, Covent Garden, Holborn… veía los nombres de las estaciones sin leerlos, cerró los ojos. El tren dio un frenazo y él le puso una mano en la cintura.

–          “Ha sido un placer... Penélope” – dijo besándole con delicadeza la sien antes de bajar. Ella abrió los ojos y reconoció el color castaño oscuro de su pelo mientras se alejaba por el andén. Lo siguió con la mirada mientras pudo, y cuando ya no lo pudo ver más se dio cuenta de que nunca en su vida se había sentido tan sola.

Russell Square

Cuando se sentó en el tren sacó el libro de su bolso, hojeándolo. Encontró un trocito de papel, una de las servilletas del Coco Momo Café; había algo escrito, con letras mayúsculas, elegantes: “UN DÍA…”. El papel señalaba la página 337, capítulo 49, cuando Edward Farriss finalmente confesa su amor a Elinor. “Ahora su corazón se había abierto a Elinor, con todas sus debilidades, todas sus…” – ésa era la línea que Penélope leyó por encima de la servilleta en la que había escrito John.

El tono de aviso de su móvil la sacó de su ensueño. Tocó la tecla, nerviosa, y cuando vio que se trataba de uno de los muchos mensajes de spam que recibía al día estuvo a punto de tirar con rabia el teléfono. Tocó el botón de rellamada pero la voz mecánica contestó, como antes, “el número llamado no existe”. Movió las piernas, nerviosa; no podía vivir en aquella incertidumbre, muriéndose cada vez que sonase su móvil. Era viernes por la tarde, encendió su ordenador y media hora después estaba imprimiendo los billetes de avión. Pagó una fortuna, era mitad de agosto, temporada alta para los españoles, pero no le importó. Ni siquiera reservó un hotel; si todo hubiese ido bien no le habría hecho falta, y en caso contrario tenía reservado para la vuelta un asiento business con British Airways para el último vuelo de la noche.

Esa noche, despierta en la cama, recordó sus cartas. La primera le llegó diez días después de regresar a España. “Querida Penélope, acabo de llegar a la tierra de los comedores de loto”. John empezaba todas sus cartas refiriéndose a los países en los que estaba como si fuesen una de las muchas tierras que Ulises visitó en su viaje de vuelta a Ítaca. Los sellos de las cartas cambiaban de vez en cuando: Túnez, Grecia, Turquía, Irán, India… Ella contestaba a una casilla postal de Londres, y él recibía sus cartas dos o tres después de que ella recibiese las suyas. Siguieron así durante doce meses, con esa especie de extraña conversación desincronizada. John le hablaba de los países que visitaba, o de los objetos que compraba. Se refería a las horas que pasaron juntos en Londres con ternura, o continuaba una de las muchas discusiones que habían dejado a medio terminar. Le confesó que había observado sus movimientos desde que entró en la librería y que se puso a propósito a hacer la cola en la caja detrás de ella para hablarle apenas hubiese tenido ocasión.

Sin embargo, de repente, las cartas dejaron de llegar. La última estaba fechada el 20 de Febrero, exactamente un año después de conocerse. Tras aquella carta, silencio. Llevada por la curiosidad ya había buscado cosas sobre él en google cuando las cartas llegaban con regularidad. Pero el resultado de la búsqueda era siempre el mismo, referencias al homónimo personaje literario, al actor que había interpretado el papel en la adaptación de la BBC, y, muchas páginas después, hombres que eran o muy viejos o muy jóvenes para ser él.

Algunas horas después estaba en uno de los taxis negros de Londres, demasiado nerviosa como para distinguir lo que veía a través de la ventanilla. La ciudad no era más que un movimiento confuso de colores, hasta que finalmente reconoció la arquitectura neoclásica del British Museum; unos minutos después el taxi se paró en Bedford Square. Pago con dinero contante y sonante, ya no salía de casa si no lleva una buena cantidad de billetes en la cartera, no como cuando conoció a John.

Estuvo inmóvil delante de la entrada durante unos minutos, recogiendo el valor y la fe que le quedaban. Observando la antigua casa de estilo Georgiano, con la entrada principal enmarcada elegantemente con un arco de piedras blancas y marrones, se dio cuenta de lo diferentes que eran sus mundos. Ella era hija de un conductor de autobús, su madre trabajó toda la vida como secretaria en una pequeña empresa; calculó que con el dinero necesario para limpiar las ventanas y el latón de esa casa sus padres habrían podido pagar el alquiler de un mes del pequeño piso en el barrio de Chamartín en el que creció.

Subió las escaleras, leyó el nombre sobre el timbre, “John Thornton”, y llamó. Oyó el ruido de unos pasos acercándose, la puerta se abrió y vio sus ojos de nuevo.

Bedford Square - London
Bedford Square – London

Se le heló la sonrisa en su rostro. Efectivamente los ojos que tenía delante de ella eran los mismos de John, tal y como los recordaba. Eran de un color azul muy particular, como el hielo de un lago de montaña derriténdose bajo los rayos de sol primaveral, pero quien se encontraba delante era una señora mayor, elegante, bastante alta, que llevaba el pelo, blanco y sedoso, recogido en un moño.

–          “Tú debes de ser Penélope” – dijo la mujer con una voz cálida y aterciopelada. – “Entra, por favor. Soy Helen, la madre de John”.

Abrió la puerta, y la dejó entrar. Le indicó un salón a mano izquierda, iluminado por uno de los ventanales que daban a los jardines.

–          “Siéntate, por favor. Te prepararé un té. Earl Grey sin azúcar ni leche ¿verdad?” – Penélope miró a Helen y murmuró – “Sí, gracias”.

El salón no era demasiado grande, pero era muy confortable, y amueblado con elegancia. Había dos sillones al lado del ventanal, con una mesita entre ellos; encima de ella, un libro abierto, con unas gafas encima. Probablemente Helen estaba sentada allí leyendo cuando ella llegó. Había una gran chimenea a un lado de la habitación, con dos fotos enmarcadas en plata. En una de ellas John, sonriente, besaba a su madre. Tenía el mismo aspecto que cuando lo conoció. En la otra un John más delgado y pálido, con el pelo más largo, miraba fijamente el objetivo de la cámara con una pose seria y adusta, como en un retrato de Lorenzo Lotto. Había otros objetos sobre la chimenea; ella sonrió al reconocerlos. Una pequeño delfín de bronce que John compró en Grecia, una diminuta tetera turca que le salió prácticamente gratis tras regatear cinco minutos en un bazar a orillas del Mar Negro. En la pared opuesta, una máscara tribal africana, un grabado japonés… Mientras examinaba los objetos, una extraña sensación se apoderó de Penélope. Todo estaba dispuesto a la perfección, tan milimétricamente bien expuesto. Los libros de la librería alineados meticulosamente, sin una mota de polvo. Comparó aquella simetría con el jaleo caótico que reinaba en su librería de Madrid. Se apartó un poco para poder ver mejor la entrada de la casa, vio que del perchero colgaba sólo un impermeable de mujer, seguramente pertenecía a Helen. No había calidez en aquella casa, todo en ella le daba el aspecto de… un mausoleo.

Se sentó, derrotada, en la otra butaca, diciéndose que no podía ser verdad. Pero lo era, probablemente… ése era el motivo por el cual no recibió más cartas.

Helen entró en la habitación llevando una bandeja con una tetera, dos tazas y un platito con pastas de té.

Penélope abrió la boca, incapaz de hablar hasta que escuchó su propia voz, ajada, decir: “¿John se ha…?”

–          “Muerto” – concluyó Helen apoyando la bandeja sobre la mesita. – “Sí, así es”.

–          “¿Cuándo?” – contestó Penélope mientras dos grandes lágrimas caían por sus mejillas.

Helen se tomó algo de tiempo para contestar, sirvió el té y se reclinó en su butaca. Empezó a hablar, mirando fuera de la ventana.

Era a finales de marzo. John acababa de volver a Londres apenas dos días antes. Vine para saludarle; estaba ahí, sacando esos objetos de unas cajas de cartón, estaba muy nervioso. Ya me había hablado de tí en sus cartas cuando estaba fuera del país, por lo que le entendí cuando dijo:

–          ‘Mamá, no me ha llamdo, no sé nada de ella. Esperaba recibir una llamada suya después de haberle mandado la carta en la que le decía que volvía a casa, pero no lo ha hecho, no me ha mandado correos, nada. Ha debido de pasar algo’.

–          ‘John, tú y tus extravagancias. ¿Por qué no le diste tu número desde el principio?’

–          ‘No quería presionarla. Estaba absolutamente seguro de que era la mujer de mi vida desde el primer instante en el que la vi, pero sabía que estaría mucho tiempo lejos, no quería que se sintiese obligada. Sabes perfectamente que iba a ir a lugares muy peligrosos, no quería que se convirtiese en mi viuda antes de haberla tan siquiera besado.’

–          ‘John, te llamará, estoy segura. ¿Desde dónde le escribiste la última carta?’

–          ‘Trípoli’

–          ‘¡Por Dios, John! ¡Si la recibe será de milagro!’

–          ‘¡Es verdad, tienes razón!’

 

Dejó lo que llevaba en la mano por el suelo y salió del salón. Le oí subir, moverse a toda prisa por su habitación. En menos de cinco minutos había bajado de nuevo, con una pequeña mochila, su chaqueta de piel negra y un casco en la mano.

–          ‘¿Dónde vas?’

–          ‘A Heathrow. Habrá algún avión que vuele esta tarde a Madrid ¿no?’

–          ‘John ¿estás seguro de lo que haces?’

–          ‘Atraversaría el océano por ella, mamá. Bésame y deséame suerte. Te llamaré cuando llegue”.

 

Nos besamos y salió. Le oí poner en marcha la moto y se fue. Él era así, todo lo hacía por instinto y normalmente todo le salía bien. Lo solía llamar “mi amuleto”. El teléfono sonó dos horas después, era la policía. Perdió el control de la moto cuando entró en la autopista que lleva al aeropuerto, resbaló, al mismo tiempo en el que estaba llegando un camión. Murió al instante. Según la policía no le dio ni siquiera tiempo de enterarse qué estaba pasando”.

Helen terminó de hablar mientras tenía la taza de té entre sus manos. Penélope la miró, incapaz de pronunciar una sola palabra. Mil ideas le pasaron por la mente, pero había una en concreto que no podía quitarse de la cabeza; no cogió el té, que seguía sobre la mesita.

“Usted había oído hablar de mí, de nosotros… ¿Por qué no intentó contactarme? – le preguntó, temblándole la voz.

“Creo que era mi manera de vengarme de tí, querida Penélope. Él estuvo siempre en peligro, durante muchos años. Trabajaba para el Gobierno, pero, como puedes ver” – dijo Helen moviendo la mano, indicando la casa – “John no necesitaba el dinero de los contribuyentes para vivir, pero él era así. No fue del todo sincero contigo; sí que poseía manufacturas de algodón, pero no en Europa, sino en India. Entre otras cosas, empresas, corporaciones. Dejó que su… – dudó por unos momentos – que el asistente de su difunto padre se ocupase de todo. Se alistó en el ejército cuando acabó la Universidad, los últimos años ha trabajado para el MI5[3]. El día que te conoció estaba a punto de irse otro año de servicio en el extranjero, el último. Después dejaría el servicio activo. Había pasado quince años temiendo una llamada de teléfono y cuando llegó fue por un estúpido accidente de moto. Por tu culpa”.

La voz de Helen se rompió mientras miraba a Penélope. Pero, a pesar de lo que ella podría esperar escuchando sus palabras, no había rastro de odio en su mirada, sólo una especie de resignación. De hecho, unos momentos después siguió hablando, con el mismo tono suave que usara antes de que Penélope le preguntase por qué.

– “Por lo tanto, lo único que fui capaz de hacer los primeros dos meses fue intentar odiarte. Dí instrucciones a la compañía telefónica para que cancelasen el número de John, y también anulé el contrato con la casilla de correos por si volvías a escribir y a alguna alma caritativa se le ocurría devolverte las cartas con el sello “fallecido”. Me mudé a esta casa, preparé un pequeño apartamento en la parte de abajo, en el que vivo, y pasé mis días arreglandola para este momento. Porque sabía que un día vendrías. Me di cuenta, sola, en esta casa en la que un día todos fuimos felices, que quizás existía un motivo por el cual tenía que sufrir tanto. Quizás Dios, si existe, diseñó todo por algún motivo que se nos escapa. Pero estoy segura de una cosa, querida. Si John estuviese aún con nosotros habríais sido muy felices juntos. Si quieres puedes subir, y ver su habitación”.

Penélope se levantó de la butaca y se acercó a Helen, besándola suavemente en la mejilla. Subió las escaleras. Cuando entró en la espaciosa habitación se sintió, cosa extraña, en paz. Había un gran armario de caoba; abrió dos puertas. Acarició las mangas de las chaquetas y las camisas. Reconoció el abrigo que llevaba cuando se conocieron; lo cogió y se lo puso. Cerró los ojos, recordando aquella tarde, arropándose con la tela, grande y cálida. Se sentó en la cama y vio en la mesilla de noche sus cartas, apiladas con cuidado, y encima de ellas la pluma estilográfica de John. La cogió, se aferró a ella; cuando estaba colgando su abrigo de nuevo en el armario oyó voces en las escaleras. Mientras cerraba las puertas vio algo reflejado en el espejo interno que le hizo gritar. John. No el John que conoció sino ése otro, esa versión más esbelta y frágil retratada dentro de un marco de plata apoyado sobre la chimenea.

“¡Thomas!” – pudo oir a Helen mientras subía las escaleras – “¿Pero qué estás haciendo? ¡Le va a dar un infarto a la pobre chica!”

Penélope miró al hombre, era de verdad una copia exacta de John, aunque diferente. Mientras que John tenía el cuerpo y el aspecto de un atleta, él parecía un contable; el pelo era más largo, pero cortado a la perfección. Estaba afeitado, era más delgado, igual de alto que John pero menos corpulento. Llevaba gafas, con esas lentes que cambiaban de color bajo el sol. Ahora se estaban aclarando, revelando los ojos, de un color azul, un tono muy particular, que recordaba el hielo de un lago de montaña durante el deshielo.

– “Me llamo Thomas, Thomas Thornton” – dijo, dándole la mano.

Helen entró en la habitación en ese preciso instante.

“Lo siento Penélope. Estaba a punto de explicarte que John había dejado todo en manos de su hermano, su hermano gemelo. Pero no sabía que Thomas iba a venir hoy, y no tuve valor para decírtelo” – dijo la mujer, disculpándose con la mirada.

Penélope se dio cuenta de que no había dicho más que unas pocas palabras desde que llegó a aquella casa.

– “Creo que lo mejor que podemos hacer ahora es bajar y terminar de tomarnos el té. Thomas ¿te unes a nosotras?” – él sonrió y Penélope sintió de repente una punzada de dolor, dentro de ella. Cuando Thomas sonreía, todas las diferencias que había notado con el recuerdo que tenía de John desaparecían.

Hablaron durante varias horas en el salón. Helen les contó historias de los tiempos en los que “sus chicos” eran pequeños, Penélope habló sobre España y su niñez; comieron juntos y Thomas se ofreció a acompañarla de vuelta al aeropuerto. Cuando saludó a Helen se abrazaron.

– “Lo siento, Penélope. Por favor, perdóname. Lo he empeorado todo. Espero de todo corazón volver a verte, cariño”.

Veinte minutos después, Thomas conducía, en silencio; no había abierto la boca desde que dejaron Bedford Square.

“¿A qué hora tienes que embarcar?”

– “Oh, bastante tarde, a las diez de la noche”.

– “Son aún las cinco, el tiempo es precioso, luce el sol. Vamos a dar una vuelta por la orilla del río ¿qué te parece? Apuesto a que no habías visto un sol así la última vez que estuviste en Londres” – de repente cambió de expresión y golpeó con la mano derecha el volante – “¡Tom, eres un bocazas!” – se dijo en voz alta – “Lo siento, no me había dado cuenta de que la última vez que estuviste aquí…”

– “No te preocupes, no pasa nada” – replicó Penélope – “de hecho el tiempo fue horrible, sólo vi el sol cuando estaba con tu hermano en Regent’s Park.”

Los dos permanecieron en silencio durante un rato. Mientras tanto habían llegado a Victoria Embankment[4] y aparcó el Smart. Cuando apagó el motor, Penélope dijo.

“¿Es cierto eso que se dice de los hermanos gemelos?” – él la miró. La mujer no podía leer su mirada, escondida detrás de un par de gafas de sol muy oscuras que le daban un aspecto rapaz. – “Te has preocupado por si herías mis sentimientos, pero tendría que haberte preguntado yo cómo te sientes”.

Thomas se quitó las gafas, sonriendo tímidamente. Ésta vez tuvo su lengua bajo control, pues estuvo a punto de decir que empezaba a entender qué había visto John en ella.

Sin embargo dijo “tendremos tiempo de hablar de eso, pero, por ahora ¡salgamos de esta lata de sardinas!” – se bajaron del coche, y caminaron por el puente de Waterloo hasta la otra orilla del río, paseando después despacio bajo la sombra de los árboles a la vera del Teatro Nacional. Se detuvieron, de cara al Támesis, apoyando los brazos sobre la balaustrada.

– “A veces me siento como si me faltase una parte de mi, desde que John nos dejó” – dijo de repente – “Hay días que los paso prácticamente enteros en la oficina, pues la empresa es el sitio que menos recuerdos me trae de John. Creo que mi secretaria me odia cordialmente” – terminó, sonriendo.

– “Deberías sonreír más a menudo, Tom. Todos deberíamos hacerlo” – replicó Penélope, cogiéndole la mano.

Aterrizó en Barajas por la noche, muy tarde, o mejor dicho por la mañana muy temprano. Encendió su móvil, y tras un par de minutos empezó a vibrar y a hacer bip. Pensó que tras casi veinticuatro horas sin conexión de datos tendría por lo menos una docena de spams en su bandeja de entrada. Cuando comprobó el correo estaba ya en el taxi, mientras en la radio empezaba su canción favorita de Chambao, el nuevo remix 2013 de “Ahí estás tú”. Tenía sólo tres spams y siete correos de Tom. Penélope le había dado su tarjeta cuando la acompañó al aeropuerto. Seis de ellos contenían sólo un emoticono sonriente, en el séptimo se leía: “Espero que tu vuelo de vuelta haya sido agradable. Perdóname por haberte llenado la bandeja de entrada de mensajes, pero alguien me dijo hoy que tenía que sonreir más a menudo. 🙂Penélope también lo hizo mientras cerraba el teléfono, tatareando la canción de la radio.

De esa pregunta que te haces sin responder / Dentro de tí está la respuesta para saber / Tú eres el que decide el camino a escoger

Hay muchas cosas buenas y malas, elige bien / Que tu futuro se forma a base de decisiones / Y queremos alegrarte con nuestras canciones

Ahí estás tú

[1] En el Reino Unido es el período que cubre el reinado de Eduardo VII, y se extiende desde 1901 a 1910 (Wikipedia)

[2] Nombre del protagonista de la novela “Norte y Sur”, de Elizabeth Gaskell, muy popular en Gran Bretaña.

[3] Servicios secretos británicos

[4] Una zona de embarcadero en el Támesis, al lado del puente de Waterloo

Postdata

Thomas Lawrence - portrait of David Lyon - Thyssen-Bornemisza Museum - Madrid
Thomas Lawrence – retrato de David Lyon – Museo Thyssen-Bornemisza – Madrid

Penélope estaba disfrutando de una tranquila tarde de octubre en uno de sus lugares favoritos de Madrid, el Museo Thyssen-Bornemisza. Había quedado de acuerdo con Manuela, su compañera en la pequeña empresa de importación-exportación en la que trabajaba, que una vez al mes ella se quedaría en la oficina durante la pausa de la comida, pero saldría una hora antes para poder ir al Museo a última hora, cuando no se paga la entrada.

Como ya conocía bastante bien el Thyssen, dedicaba cada visita como mucho a dos cuadros. Uno de sus favoritos era el retrato de un lord inglés, David Lyon, pintado por Thomas Lawrence.

De repente se dio cuenta de que alguien estaba a su lado.

– “¡Tom!” – lo abrazó sonriendo y lo saludó como hacen los españoles, dándole dos besos en las mejillas. – “¿Qué estás haciendo en Madrid? No tenía idea de que ibas a venir. ¿Por qué no me dijiste nada?”

– “¿Y perderme tu cara? Quería verte y, por si no te lo han dicho nunca, la cara que pones cuando estás sorprendida es una de las cosas más graciosas que he visto en mi vida”.

Penélope le dio un golpecito en el hombro, y sonrió. Lo observó unos instantes. A pesar de que habían seguido en contacto a través de correo electrónico, e incluso habían hablado por teléfono en alguna ocasión desde que se conocieron en agosto, era la segunda vez que se veían. Tom iba vestido muy elegante, un traje de chaqueta gris, camisa azul celeste, corbata oscura y un par de zapatos negros hechos a medida. El pelo parecía más oscuro y llevaba las gafas con las lentes de transición que en esos momentos eran ya prácticamente transparentes. No tenía nada que ver con los vaqueros y la camiseta negra que llevaba en Londres.

– “Pareces otro, tan…”

– “¿Aburrido?”

– “.. profesional” – concluyó Penélope – “¿Cómo me has encontrado? Llevo siempre el móvil apagado cuando estoy aquí”.

– “Aunque no te lo creas, puedo ser muy encantador con las señoras cuando quiero”.

– “Te lo dijo Manuela”.

– “Sí. Su inglés es casi tan horrible como mi español, pero por suerte ‘Thyssen’ se pronuncia igual en los dos idiomas” – replicó Tom.

“¿Y qué estás haciendo en Madrid? Además de reirte de mi cara, por supuesto”.

– “Es el mejor lugar para seguir nuestros intereses en Sudamérica sin tener que pasar ocho horas dentro de un avión” – dijo Tom. La verdad era que nunca había venido a Madrid para este tipo de reuniones, pero tenía muchas ganas de verla.

– “¿Y tú? Creo haber entendido que vienes aquí a menudo”.

– “Sí, un viernes al mes, más o menos. Éste” – dijo Penélope señalando el retrato – “es uno de mis cuadros favoritos. Me recuerda Inglaterra”.

– “Menos mal que no has dicho que te recuerda a mí”.

– “No, tú no te pareces a él para nada. Sin embargo, hay un cuadro de Tiziano en Venecia con un hombre idéntico a ti. Un valiente capitán con una armadura negra que sujeta un estandarte”. 

Pala_pesaro_02
Pala Pesaro – detalle – Tiziano

– “Me alegro, porque este tipo es clavado a uno de mis compañeros en Eton, Reginald Ashford-Jones”.

– “Oh, suena a personaje importante” – dijo Penélope, intentando no reírse al escuchar como había pronunciado ese nombre.

– “Un bastardo pretencioso” – contestó Tom. Empezó a sonreir como si se estuviese acordando de un chiste y soltó una sonora carcajada – “hasta que un día John y yo lo encerramos en la habitación del decano, desnudo como un gusano”.

– “¿Cuánto tiempo vas a estar en Madrid?”

– “Ya no tengo reuniones, soy todo tuyo hasta el domingo por la tarde”.

– “¿Y te alojas en…?”

– “El Palace”.

Penélope sonrió de nuevo. “Obviamente, el hotel más caro de Madrid. Cuando hablo contigo siempre se me olvida que eres más rico que Craso”.

– “Me lo tomaré como un cumplido”

– “Deberías” – contestó ella.

Quedaron de acuerdo en encontrarse un par de horas después en la parada de metro de Ópera. Fueron a tomar unas tapas a “La casa del pulpo” y a tomar unas copas en el Mercado de San Miguel. Pasaron juntos una deliciosa velada, y el día después Penélope lo llevo a hacer el clásico tour turístico, el Palacio de Oriente, Puerta del Sol, Parque del Retiro…

Madrid Plaza de la Villa
Plaza de la Villa – Madrid

Tras una deliciosa cena en “Casa Botín” pasearon hasta la Plaza de la Villa. Tom no había dicho una palabra desde que salieron del restaurante, recordándole a Penélope el hombre reservado que conoció en Londres.

– “Tengo que decirte algo, Penélope. Cuando me conociste, en casa de John… Desde que murió iba a menudo a su casa, a ver a mi madre, a hacerle compañía. Un día me pidió que llevase algo a su habitación, y, sin saber por qué, empecé a leer las cartas que le habías enviado. Estaban en la mesilla de noche. Las he leído todas, lo siento, sé que no tendría que haberlo hecho”.

Penélope se sintió rara al oirlo, no sabía qué decir. Se dio cuenta de que advertía una especie de rabia creciéndole dentro, no hacia Tom sino John y su capricho de comunicar por carta. De repente se dio cuenta de lo egoísta que había sido, intentando atarla con un conjuro bajo forma de unas cartas preciosas, escritas con una caligrafía perfecta, golpeándola en su punto débil con precisión quirúrgica.

– “Eran personales. Sí, no deberías haberlo hecho, pero… Fue hace una vida, Tom. A veces siento que ese día no hubiese pasado nunca, como… Si hubiese sido una pérdida de tiempo aferrarme al recuerdo de algo de lo que ni  tan siquiera estoy segura de que fuese cierto. Tu madre me dijo que quizás todo ocurrió por otra razón… ¿Cuál? Viví doce meses como una ermitaña, sólo por esas cartas, por el momento en el que las recibía y por cuando las escribía. ¿Para qué las he escrito?” – su voz se rompió, y empezó a llorar – “¿Para un cadáver? Por favor, Thomas, dime… ¿para qué?” – Penélope sollozó, sintiendo que su corazón se llenaba de angustia al darse de bruces con la cruda realidad.

Se acercó a ella, tomándole el rostro entre las manos. Susurró.

– “Para que me enamorase de ti. Me enamoré de ti al leer tus cartas, y te amé aún más apenas te ví, y cuanto más te conozco más te amo. Por eso estaba tan callado aquel día, me daba miendo pensar que pudieses leer en mis ojos, notar lo que sentía”.

Penélope lloraba y reía al mismo tiempo.

– “Por eso vine a Madrid” – prosiguió – “las reuniones eran una excusa. Tenía que saber si puedo esperar que tu…”

Ella lo abrazó, y lo besó.

– “Necesito a alguien verdadero en mi vida, Tom. Una persona que pueda tocar, despertarme a su lado, hablarle, incluso discutir. Estoy cansada de palabras escritas. Llévame contigo”.

Mientras salían de la Plaza de la Villa, cogidos de la mano, Penélope tuvo la sensación de que los estaban observando. Se giró de repente, pero no había nadie más en la plaza. Tom la estrechó entre sus brazos, se besaron de nuevo y subieron por la Calle Mayor.

Sin embargo, alguien los había estado observando toda la noche. Alguien que caminaba ahora deprisa en dirección opuesta y subió al asiento trasero de un coche negro aparcado en la Calle del Sacramento. El conductor dio al hombre un pasaporte y otros documentos, su nueva identidad, esperaba que la última. Un jet privado lo estaba esperando en el pequeño aeropuerto de Cuatro Vientos; el vuelo hasta Houston sería largo, y habría tenido tiempo de sobra en el avión para reflexionar y convencerse de que había hecho lo que debía. Tomó una decisión siete meses atrás, sabía que les habría hecho daño a todos, pero ahora estaban seguros.

Aunque había observado a la pareja con una punzada de nostalgia, se alegraba de que ella ahora estuviese con Tom, ya que su hermano era sin lugar a dudas alguien mucho mejor de lo que él nunca había sido. Por lo menos, Tom nunca había usado a Penélope, como hizo él. No estaba interesado en ella cuando la vio en la librería, sino en el libro de bolsillo que había comprado. Contenía información muy valiosa, su contacto había dejado esa copia del último best seller de Conn Igulden sobre la pila de libros, pero, cuando estaba a punto de cogerlo, Penélope se le adelantó. El problema que tuvo al pagar los libros le dio la oportunidad de hablarle y, cuando ella fue al baño en el Coco Momo Café, cambió la edición que estaba en su bolso por otra que él había comprado en la librería, escribió esas dos palabras en la servilleta y la puso dentro de la copia de “Sentido y Sensibilidad”. John era sincero cuando las escribió, podría haber dejado que ella se fuese tras tomar el té, inventarse una excusa, una llamada de teléfono, una reunión imprevista, pero no pudo evitar sentirse atraído por ella y esperó que “UN DIA…” él pudiese ser libre de amar. Estaba tan cansado de actuar, hacerse pasar por otro, ser cada vez una persona diferente. Le daría sólo un año más a los servicios secretos, y luego dimitiría; mientras tanto, John decidió disfrutar de la tarde. No la engañaba cuando le decía en sus cartas que recordaba a menudo las horas que pasaron juntos.

John tenía la firme intención de continuar su relación donde la había dejado; las cartas eran un señuelo, una manera de que ella no lo olvidase. Desgraciadamente, algo salió mal en Trípoli. Uno de los hombres de Gadafi que había detenido tras una larga persecución, logró escaparse de la cárcel el día antes de su ejecución y juró venganza. Creyó que había logrado despistar al libio y borrar su rastro, pero no fue así; los servicios le informaron cuando regresó a Londres de que su cobertura estaba comprometida, y que la única solución para proteger a su familia era fingir su muerte. Él tenía que tomar una decisión al respecto, y lo hizo. Cuando su madre vino a verle a Bedford Square tenía todo preparado, había ensayado su actuación hasta el último detalle. Podría haber sido un excelente actor si hubiera querido, pero le hacían falta dos cosas para desaparecer: una excusa y un público. Penélope era la excusa (habría podido contactarla cuando quisiese, tenía su número de teléfono desde hacía meses), y su madre el público. Cuando salió de su casa se odió a si mismo, y tuvo la tentación de tener un accidente de verdad y acabar con todo; pero le faltó valor. Había pasado los últimos meses enterrado vivo, escondido en un pequeño apartamento el tiempo necesario para convencer al hombre que le daba caza, de que de verdad estaba muerto. Antes de dejar Inglaterra para siempre fue a ver a su madre. Ella le dijo que Tom estaba en Madrid, por lo que pidió a quienes prepararon su fuga que pudiese dejar Europa desde España. Cuando los vio juntos supo que, sin quererlo, había logrado hacer algo bien.

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