Capítulo 1- El coliseo

1.

Miró el objeto que llevaba en las manos, un cuadrado de barro cocido con el número X dibujado en el centro, y luego otros dos, un vii, y un ix. Demasiadas las cosas nuevas que estaba viviendo, el largo viaje desde Grecia, por tierra y por mar, su nuevo trabajo como funcionario imperial, por el momento un simple copista. Atrás quedaban su escondite en las montañas del Pireo y su duro entrenamiento cotidiano. Una mañana Pausanias le dijo que era hora de dejar Grecia y encaminarse hacia Roma, donde estaría más seguro, alguien garantizaba por su seguridad. Alguien, no se sabe quién; nunca había descubierto sus orígenes, pero algo o alguien velaba por él desde que era pequeño. Pausanias era el rostro, pero no la mano ejecutora. Fue él quien se lo llevó de Itálica cuando la sangre del patricio aún manchaba su daga y lo acompañó hasta Atenas; fue él quien apareció de la nada años después en una noche negra y desesperada, fue él quien lo llevó al nido del águila, cerca del monte Olimpo y quien una mañana le dijo que todo estaba preparado en Roma.

Había pasado todo el día en las oscuras estancias del palacio imperial, intentando aprender las diferencias entre los distintos tipos de correspondencias oficiales, cuales eran los mensajes que había que copiar rápidamente para que llegasen hasta los rincones más lejanos del Imperio, desde Caledonia hasta Siria. Cuando le dijeron que bastaba por hoy y que fuera a divertirse dudaba entre ir a las termas o al circo, pero al bajar del Palatino la inmensa mole del anfiteatro lo atrajo como un imán. Miles de personas se apresuraban en llegar a sus localidades, pues faltaba poco para el espectáculo más esperado de la jornada, las luchas entre gladiadores.

Esquivó los vendedores ambulantes, las veladas literas dentro de las cuales se escondían las damas de alta alcurnia, y las prostitutas que ofrecían sus servicios. Las más osadas se ofrecían gratis, pues no eran muchos los potenciales clientes que, además de serlo, eran también agraciados. Y el apuesto hispánico era un ejemplar muy por encima de la media: alto, de cabellos y ojos castaños, llevaba la barba como los filósofos griegos, y al no ser más que un funcionario (o como amaba decir él, “un simple maestro de escuela”) no se vestía con la complicada toga, sino con una simple casaca de lino claro ceñida por un cinturón que resaltaba el color aceitunado de su piel y su excelente forma física.

Dio la vuelta alrededor del enorme hemiciclo para encontrar el arco marcado con la misma “X” que aparecía en su tesela; tras encontrarlo alzó los ojos y se recreó en el blanco deslumbrante de la piedra, en los arcos y las estatuas que cobijaban. Llegó con la mirada hasta lo más alto, a los mástiles de madera que sujetaban el gran telón que reparaba a los espectadores del sol; se oyó una gran ovación, y todos aquellos que querían entrar se apresuraron a hacerlo. Él también se dispuso a ello, respiró hondo, puso su mano en el colgante que llevaba al cuello mientras recordaba con nostalgia los ojos más bellos del mundo, y se unió al río de personas que entraban. Se llamaba Marco Fulvio Aquila y aunque aún no lo sabía, no era un simple funcionario; sólo tres personas sabían quién era en realidad, y una de ellas no era otro que Marcio Ulpio Trajano, el emperador.

2.

Entró por el arco marcado con el número X, y sin saber muy bien dónde iba se dirigió a unas escaleras que bajaban hasta las gradas. Dos guardias cruzaron sus lanzas y le impidieron el paso:

¿Dónde vas, desgraciado? Estas son las gradas reservadas para los senadores y las vestales.

Perdón, no sabía…

¿Otro hispánico? Por Júpiter, sois peor que una plaga de langostas, ¿ha quedado alguien en la Baetica? Tienes que ir arriba, imbécil, ¡fuera de aquí!

Marco se alejó, volvió a subir las escaleras por las que había bajado y se apresuró a subir otra rampa que lo llevaría a las gradas superiores; al girar para subir la tercera rampa alguien que bajaba a toda velocidad chocó contra él y casi lo tiró al suelo. En una fracción de segundo se recuperó del golpe y aferró el antebrazo del fugitivo con la mano izquierda; le retorció el brazo hasta que el hombre dejó caer algo al suelo, la bolsa de dinero que colgaba hasta hace poco de la cintura. El ladrón, un hombre de baja estatura, pelo corto y negro, no paraba de gritar y suplicar piedad…

¡Perdón! ¡Señor! ¡No quería! Bajaba corriendo las escaleras y sin darme cuenta me llevé su bolsa, no quería…

Estoy harto de que en esta ciudad me traten como a un imbécil… y lo que querías – sin mediar más palabras propinó al hombre un puntapié en las posaderas que hizo que acabara con sus huesos en el segundo anillo. Éste se levantó y huyó como si escapara de la misma Medusa.

Finalmente salió del meandro de pasillos y puertas hasta llegar a las gradas de tercer orden en las que el pueblo y los funcionarios de bajo nivel como él se amasaban en unos bancos de madera. Al salir del vomitorio no pudo ver enseguida la arena, lo único que veía eran los leños que hacían la veces de banco y las piernas de quienes los ocupaban. Tras abrirse paso entre los vendedores de todo tipo de género que buscaban compradores entre el público, llegó a la balaustrada que se asomaba sobre la elipse. Un rayo de sol que se colaba entre el velarium lo cegó, pero apenas se movió unos metros pudo ver perfectamente todo el anfiteatro Flavio a sus pies. Alguien que quería acomodarse en su localidad lo empujó sin demasiados miramientos, por lo que subió también por las gradas de madera hasta llegar a la más alta. A pesar de la altura podía distinguir perfectamente el espectáculo que se desarrollaba veinte metros más abajo; el desfile del organizador de los juegos acababa de terminar, no había llegado a tiempo para leer el programa de los combates, pero no le costó trabajo entender los comentarios excitados de sus vecinos de banco. El “editor” de los juegos de esta tarde estaba echando literalmente la casa por la ventana; era un edil a fin de mandato y buscaba votos para la re-elección, por lo que el encuentro final sería el más esperado de la temporada: el mirmillo Astyanax contra el retiario Kalendio en una lucha “sine missione”, a muerte. Sólo alguien tan poderoso como el edil se podía permitir pagar al lanista del ludus magnus un combate en el que uno de los dos gladiadores más famosos de Roma moriría.

3

Los hombres sentados alrededor de Marco no hacían más que apostar sobre la victoria de uno u otro gladiador. Las cuotas estaban equilibradas, ninguno de los dos era favorito pues el número de victorias durante su carrera era idéntico y, además, provenían de la misma escuela de gladiadores. El corredor de apuestas apuntaba frenéticamente las cuotas en una tablilla de cera mientras recogía las monedas; al pasar al lado de Marco éste le dió dos ases a favor del mirmillo. No era muy dado al juego, pero decidió probar; había estado a punto de perder toda su bolsa por culpa del ladronzuelo que se cruzó por las escaleras, así que decidió ofrecer dos monedas como agradecimiento a la diosa fortuna. Una vez vuelta la calma en las gradas se dedicó a observar con atención cuanto le rodeaba. Había estado en otros anfiteatros en provincias, pero no podían compararse a la majestuosidad del Anfiteatro Flavio. Las mujeres tenían un espacio reservado unos metros a su derecha; uno de sus compañeros en las dependencias imperiales no hacía más que repetir que no entraría en el anfiteatro ni aunque combatieran Jupiter contro Marte hasta que los hombres y las mujeres se pudiesen sentar juntos, como en el Circo Máximo.

Toda Roma parecía estar presente esa tarde en los juegos, desde los tenderos que se habían apresurado a cerrar sus negocios hasta los caballeros del orden ecuestre, que ocupaban el segundo orden de gradas. Las blancas togas de los senadores orladas de rojo se confundían con el mármol de los pocos asientos libres y cerca de la arena las vestales esperaban el comienzo de los juegos.

Los bucinatores anunciaron con largos toques de tromba la entrada del “editor” y de la familia imperial en el palco principal. El emperador estaba combatiendo contra los dacios, era la segunda y se esperaba que definitiva campaña, por lo que encabezaba la comitiva su mujer, Pompeya Plotina. Tras años acompañando a su marido desde el norte de Hispania hasta el limes de la Germania Superior, la emperatriz se había alojado definitivamente en la Domus Flavia del Palatino. Plotina saludó al público con un gesto casi imperceptible, mientras otros miembros de la familia imperial se acomodaban en unos triclinios dispuestos para la ocasión. Marco sonrió al reconocer una de las ilustres damas, Lucrecia Domicia Paulina. Habían pasado quince años pero recordaba como si fuera ayer a aquella muchachita pizpireta, cuando, acompañada por su hermano Publio y su hermana Elia, venía a visitar a sus tíos. Por aquel entonces él era sólo un esclavo de los Ulpios de Itálica, como su madre, y ella sólo una patricia de provincias. Al lado de Lucrecia un muchacho de unos doce años, vestido aún con la “toga praetexta” infantil miraba con expresión aburrida la arena mientras su tía Elia intentaba llamar su atención señalándole el espectáculo de los marineros de la flota del Miseno que estaban comenzando a retirar parte del velarium que protegía las gradas de los rayos del sol. Completaban el grupo un senador de barriga prominente y papada arduamente ganada durante años de banquetes, y un oficial pretoriano colocado de pie tras los triclinios de las damas.

Tras otro toque de los bucinatores una inmensa polvareda se alzó desde la arena, se escuchó un estruendo de maderas y poleas; el griterío de sesentamil gargantas se hizo ensordecedor cuando, como por arte de magia, aparecieron cinco parejas de gladiadores. El espectáculo podía empezar.

4.

El público acogió con entusiasmo a los gladiadores; un árbitro por cada pareja de luchadores controlaba que no se produjesen golpes prohibidos. Una de ellas llamó enseguida la atención de Marco, eran dos mujeres; no había visto nunca un combate de gladiadoras, pues era un espectáculo demasiado refinado para las provincias. En este caso una bárbara, una hibernia alta como un hombre, de piel blanquísima y pelo rojo como el fuego, luchaba contra una pequeña y ágil numida. La piel casi negra de la africana contrastaba con la palidez espectral de su contrincante; combatían armadas de espadas cortas, que las obligaban a un combate cuerpo a cuerpo y usaban unos pequeños escudos redondos para defenderse. Unas simples grebas de cuero protegían sus piernas hasta las rodillas y unas fajas de piel cubrían sus senos. La hibernia, a pesar de su envergadura, lograba contrarrestar con agilidad los ataques continuos de la más pequeña, quien intentaba agotar así a su contrincante. La numida quiso sorprender a su adversaria dando un salto con el que prácticamente se encaramó hasta su cuello, pero la bárbara se agachó rápidamente y, girando sobre sus talones, imprimió tal velocidad a su espada que, con un golpe certero, cortó la greba de cuero y los músculos de la pantorrilla. El arbitro detuvo la lucha al instante, declarando así la prima vencedora de la tarde.

Pero el pueblo esperaba impaciente el espectáculo principal, el duelo entre Astyanax y Kalendio, por lo que no dudaba en apoyar casi exageradamente, con sus gritos, un gladiador de cada pareja para intentar que acabasen antes los combates. Preferían al secutor Ajax sobre el retiarius Crito, y el hoplomacus sobre el tracio. Cuando uno de los dos provocator que luchaban entre sí cayó herido, la masa estalló de júbilo. En poco tiempo, otros dos gladiadores habían recibido ya las palmas de la victoria y abandonado la arena por la puerta de la vida.

Mientras unos esclavos se llevaban los heridos, la lucha entre la última pareja de gladiadores se había vuelto, si cabe, aún más encarnizada. El mirmillo se protegía con su enorme escudo de los golpes del tracio, que con su “sica”, la espada curvada, intentaba buscar un resquicio por el cual enfilarla y herir a su adversario posiblemente en los muslos, que no estaban protegidos. Cuando lo logró, un grito liberador retumbó en todo el anfiteatro, grito al que se unió Marco, pues él también esperaba con ansia el encuentro final. El mirmillo se arrodilló derrotado y levantó la mano izquierda pidiendo clemencia, pero el público del anfiteatro había dictado sentencia, y como una sola voz una palabra se oía por todas las gradas: “IUGULA! IUGULA! IUGULA!. El “editor” hizo un rápido cálculo de votos y sestercios; con sólo una mirada suya el derrotado mirmillo entendió cuál era su destino y ofreció su cuello a la sica del tracio.

Así abandonaron la arena los dos últimos gladiadores; uno por la puerta de la vida con una palma en la mano, el otro, arrastrado por unos garfios que le había clavado entre los omóplatos un siniestro personaje vestido de Caronte, hacia la puerta libitinaria, la puerta de la muerte.

5.

Marco volvió a dirigir su mirada al palco imperial. El desnivel de las gradas y la posición de su tribuna en el óvalo del anfiteatro, le otorgaba una buena vista de todo lo que en él sucedía, sobretodo en ese momento en que había bajado el sol y tanto el velarium como el toldo del palco estaban retirados. El sangriento espectáculo del que acababa de ser testigo había infundido entusiasmo en el joven patricio, quien conversaba ahora animadamente con el oficial pretoriano, imitando los movimientos y los gestos de los gladiadores. Lucrecia y la emperatriz Plotina se habían levantado de sus triclinios y se habían retirado al fondo de la tribuna, probablemente para comer algo, aunque no podía verlas desde su posición, mientras que Elia Domicia hablaba con el senador. De nuevo las trombas anunciaron el inicio del esperado final de velada y las patricias regresaron para ocupar sus triclinios; Lucrecia se había retrasado y se apresuró a tomar asiento alejando con un gesto a su ornatrix que le estaba arreglando el velo y el peinado. Marco no pudo ver a la esclava, sólo adivinar su presencia por el gesto impaciente de Lucrecia, un brazo que se retiraba, una sombra.

Astyanax y Kalendio entraron a la arena por la puerta de la vida, caminando despacio, saludando al público. Astyanax, el mirmillo, lucía un espectacular tocado de plumas azules sobre su casco ricamente decorado; las alas de éste eran muy anchas y onduladas, fabricadas expresamente para que los golpes recibidos con la espada resbalaran sobre la cabeza del gladiador. Llevaba el rostro completamente protegido por una visera metálica que tenía sólo unos agujeros a la altura de los ojos. El escudo era rectangular, muy grande, pues con él tenía que protegerse prácticamente todo el cuerpo; la parte inferior de su pierna izquierda, que quedaba descubierta, venía protegida por una espinillera metálica. El brazo derecho blandía una espada reluciente y unas protecciones hechas de franjas de cuero rellenas adornadas a juego con su escudo. Kalendio, el retiarius, no llevaba casco ni escudo; sus armas eran una pesada red y un tridente. Como medidas defensivas llevaba sólo una placa metálica a la altura del hombro izquierdo y protecciones hechas con tiras de piel en ese brazo y en las piernas, hasta las rodillas. El mirmillo tenía el cuerpo mejor protegido, pero era lento por el peso del escudo y el casco, que además le estrechaba mucho su campo de visión. Se trataba de una lucha entre la mejor defensa y el mejor ataque.

Alrededor de Marco se había desatado el delirio; los espectadores hacían conjeturas sobre quién tenía más posibilidades de victoria basándose en el aspecto de los dos luchadores, o en detalles supersticiosos como cuál de los dos había pisado la arena en primer lugar, o con cual pie. Un hombretón a sus espaldas, que por su olor debía regentar una carnicería, aseguró haber visto volar por el lado de Astyanax tres cuervos, mensajeros de Plutón, por lo que el vencedor sería sin lugar a dudas Kalendio. Otras personas cambiaban sus apuestas e incluso había quien lo arriesgaba todo apostando por una stans missus, que fueran declarados vencedores ambos gladiadores. Algo que no había pasado desde hacía más de veinte años, en los juegos inaugurales del anfiteatro, cuando Marcio y Atilio, tras horas de combate, recibieron la palma de la victoria y el rudis de madera que les daba la libertad de manos del mismísimo emperador Tito.

Marco sonreía al oír estas conversaciones; le apasionaban los juegos gladiatorios y las carreras de cuádrigas como al que más, pero desdeñaba las supercherías. Ganaba quien estaba mejor preparado, quien había recibido la promesa de un premio extra por la victoria o quien con un golpe de fortuna lograba cortar la piel de su adversario unos centímetros más arriba o abajo, se pasaba de la victoria a la derrota según lo que se cortaba con la espada, una arteria o un capilar.

A la señal del “editor” empezó el combate; Kalendio, el retiarius, quiso aprovechar su mayor movilidad y agilidad dando vueltas alrededor de Styanax, con la finalidad de cansarlo y de aprovechar uno de los muchos ángulos ciegos que dejaba el casco del mirmillón, para efectuar un ataque por sorpresa. Styanax no se dejó sorprender, su potencia física era admirable, y a pesar de que el calor empezaba a dificultarle la respiración bajo su casco, logró tener al retiarius siempre enfocado. Éste a un cierto punto se alejó, tomó carrerilla y lanzó su red contra Styanax, el cual quedó prácticamente inmovilizado. Sólo con un esfuerzo titánico logró levantar aún más su escudo, que ahora pesaba el doble gracias a la pesada red, agacharse y evitar así el tridente de Kalendio, que lo había dirigido a su cuello. De todas maneras, hirió la espalda del mirmillo, y un chorro de sangre manchó la arena y la red, haciendo delirar al público. Styanax parecía condenado, pero la fortuna, como pensaba Marco, vino en su ayuda; cuando Kalendio iba a retirar el tridente para dar sucesivamente el golpe de gracia, éste se enganchó con su misma red. El pescador se había pescado él solo, momento que aprovechó Styanax para levantarse, y, con toda la fuerza de sus músculos, moverse hacia atrás arrastrando con la red a Kalendio. Acto seguido, sin dar tiempo a que éste reaccionase, lo embistió con todas sus fuerzas, clavándole la espada en un costado a través de la red.

Todo el público se levantó de sus asientos y jaleó el nombre de Styanax alentándolo con gritos de ánimo, “Hoc habet! Hoc habet!,¡Ya lo tiene! ¡Ya lo tiene!. El árbitro detuvo la lucha para quitar la red que había aprisionado a los dos combatientes; el retiarius quedó tumbado en la arena, sangrando copiosamente por la herida que tenía en el costado. A duras penas pudo incorporarse lo suficiente como para alzar el brazo izquierdo y pedir clemencia. El gesto del “editor” esta vez fue teatral, se levantó de su asiento observando las gradas, levantó los brazos pidiendo silencio y dijo: “Iugula!. La espada de Styanax acabó con la vida de Kalendio, para gozo del pueblo de Roma.

6.

La voz de Marco era una más de las sesenta mil voces del anfiteatro, contento por irse del lugar con algún sestercio más de los que tenía cuando entró. Se dió la vuelta para buscar entre las gradas al corredor de apuestas, mirando en dirección al palco imperial. Sus ocupantes lo estaban abandonando, Lucrecia seguía teniendo problemas con su tocado, por lo que volvió a llamar a su esclava, quedando las dos solas en el palco; Marco enmudeció y la sonrisa se congeló en su rostro. No podía ser. No podía ser ella. Quizás se estaba equivocando, quizás algún dios aburrido estaba jugando con él y le estaba gastando una broma, presentándole un espejismo que desaparecería apenas cerrara los ojos. Bajó de las gradas de madera como si las furias lo persiguiesen, sin apartar la mirada del objeto de su obsesión; Lucrecia y su esclava ya habían salido, necesitaba, tenía, debía llegar a la calle antes de que la familia imperial desapareciese entre la muchedumbre. Bajó las escaleras arrollando a todo aquél que se encontraba en su camino, se tropezó con el tenderete improvisado de un vendedor de amuletos, empujó sin miramientos a patricios y senadores cuando llegó al primer nivel del anfiteatro. Una marea humana obturaba la salida, intentó avanzar a empujones pero lo único que consiguió fueron miradas de desprecio y gestos amenazadores por parte de quienes también querían salir. Miró a la derecha, a su lado tenía uno de los setenta y seis arcos que formaban el perímetro del anfiteatro, cada uno adornado con una estatua. No lo dudó ni un instante, la situación le obligaba a tomar un atajo. Pasó por el hueco que había entre el pedestal de la estatua y el arco, y miró hacia abajo; por suerte, debajo de sus ojos vió el toldo de una tienda que hacía las veces de taberna cuando se desarrollaban los juegos, así que se colgó de la pared de travertino y se dejó caer, esperando que la lona soportase su peso. Se deslizó por ella y con un último salto pudo llegar al suelo sin demasiados problemas. Sólo dos chiquillos que estaban jugando en las inmediaciones notaron la acrobacia de Marco, pero antes de que pudieran llamar la atención de alguien éste se había levantado ya y corría hacia el cortejo imperial. Pudo distinguir varias literas, un grupo de esclavos detrás de ellas y un cordón de pretorianos. Ahora no tenía dudas, era ella. Reconocía sus cabellos, negros y rizados, la figura diminuta, perfecta. Llevaba una túnica color lavanda, larga hasta los pies, y un cordón en la cintura; hablaba con otra esclava algo mayor que ella, Marco también la reconoció, se llamaba Acte, era la esclava personal de Lucrecia desde que era una niña. Las dos mujeres se giraron para ver unos equilibristas que realizaban juegos malabares; Marco avanzaba a duras penas entre el gentío, quería gritar y no podía. A pocos metros de él estaban esos labios carnosos con los que había soñado durante años, incluso pudo distinguir el pequeño lunar que tenía en su pecho, y que había besado cientos de veces, una vida atrás. Hizo un último esfuerzo para acercarse al cortejo, pero el último pretoriano, alertado por la algarabía, lo golpeó con su escudo tirándolo al suelo en el preciso instante en el que gritó su nombre: “¡¡¡IMILCE!!!”.

Cuando ella se giró Marco yacía en el suelo

– “¿Qué ha sido eso?, le preguntó Acte.

– “Lo de siempre, uno de los pretorianos ha alejado con malos modos a alguien, respondió Imilce. Juraría que había oido su nombre, por eso se detuvo unos instantes, pero no vio a nadie que la buscara.

– “Estas bestias… son como su jefe… anda, vamos Imilce, si ladomina” nos necesita y no nos ve volveremos a la arena ¡pero con los leones!, dijo Acte mientras la cogía del codo y se la llevaba.

En ese momento otros brazos levantaban a Marco del suelo, y se lo llevaban prácticamente a rastras, en dirección contraria.

– “¿Estás loco? Te dije que no llamaras la atención cuando llegases a Roma… gritar como un poseso delante de la familia imperial… por Zeus… ya no te pueden ver, levántate, pesas demasiado para los viejos huesos de Pausanias– quien hablaba era un hombre mayor, de pelo y barba canos, vestido con una sencilla túnica gris de lino grueso, de tipo griego.

– “Siempre me he preguntado cómo te las arreglas para estar presente en cada momento crítico de mi vida, Pausanias. Desde que tengo uso de razón apareces para echarme una mano cuando lo necesito” – dijo Marco mientras se sacudía la tierra que ensuciaba su vestido. Acto seguido cogió el colgante que llevaba al cuello y se lo enseñó al anciano – “¿Has visto? ¡Esta aquí! ¡Ella está aquí!” – le dijo con expresión eufórica.

No es extraño. Tu antiguodominus” es el señor del mundo, desde hace seis años, Marco. Ha pasado bastante tiempo como para estar seguro de que su poder tiene bases sólidas y de que nadie va a intentar arrebatarle su título o hacerle daño a su familia. Es normal que ahora acudan sus parientes desde Hispania, figurémonos si Lucrecia Domicia no iba a ser la primera en llegar: su primo es el emperador y su hermano probablemente será el próximo…

¿Adriano?” – Marco sonrió al recordar a aquel muchacho un poco raro que se escapaba de las comidas familiares en Itálica para mezclarse con los esclavos en las cocinas, o con él, el hijo de una de las esclavas dedicadas al cuidado personal de la “domina”…

– “ en qué piensas… No ha perdido la costumbre, cuando viene a Roma se relaciona  hasta con actores” – De repente el semblante del hombre se volvió serio – “Marco, escucha, discreto, por favor. Te conozco y que ya mañana  intentarás encontrar la manera de entrar en la zona de servicio de la Domus Flavia. No puedo impedírtelo, eres un hombre, pero recuerda Atenas…

El semblante de Marco se volvió duro como la piedra, sus ojos pardos atraversaron el rostro del griego como si fuesen de ónice…

– “¿Crees que no me acuerdo? Estaba allí cuando los mataron, y no por qué… ¿Por qué? ¿Qué me ocultas, Pausanias? ¿Quién soy? ¿Por qué los mataron? Clelia, Eumenes… eran mi mujer y mi hijo, Pausanias, los estoy llorando desde hace cinco años… eran mi mujer y mi hijo y yo tenía que haber muerto con ellos… Así que, si el destino ha puesto a Imilce en mi camino de nuevo, por todos los dioses que nada ni nadie va a detenerme” – dicho lo cual se alejó con rápidas zancadas del lugar, mezclándose entre la muchedumbre.

7.

Marco se alejó, subiendo por la Via Sacra. No se dignó siquiera a echar un vistazo a la colosal estatua de Nerón situada en las inmediaciones del anfiteatro, pues estaba demasiado sumido en sus pensamientos. Se sentía excitado, enfadado, eufórico, colérico… el encuentro con Imilce, aunque fortuito, en otras circunstancias le hubiese hecho sentir como si Cupido le hubiese atravesado con todas las flechas de su carcaj; sin embargo, la presencia repentina de Pausanias, le trajo a la memoria otros recuerdos, un dolor y una rabia inmensos que creía haber dominado gracias a la dura disciplina a la que éste le sometió en el nido del águila.

Dejó atrás el templo del dios Julio y la plataforma de piedra desde la cual los oradores podían dirigirse al público congregado en la explanada del Comitium. A su derecha se encontraba la Basílica Emilia, con sus arcos y pórticos que durante el día se encontraban repletos de abogados en búsqueda de clientes. Miró por unos instantes la escalinata de acceso, y reconoció al hombrecillo que intentó robarle la bolsa. Éste, en vez de huir, hizo lo contrario y nada más verlo se levantó y fue hacia él.

– “¿Qué quieres? ¿Terminar el trabajo u otro puntapié?” – le dijo Marco con malos modos. No se molestó ni siquiera en disminuir su velocidad; la gente se estaba retirando del foro para ir a sus casas, por lo que el hombre se tuvo que poner prácticamente a correr para poder ponerse a su altura.

– “¡Señor! ¡Señor! Perdone por lo de antes, es que estoy muy necesitado… ¿no le haría falta un esclavo?” – al oír estas palabras Marco se paró de repente.

Yo no tengo esclavos” – dijo mientras observaba detenidamente a su interlocutor. Éste vestía una sucia túnica, que no había visto el agua casi desde hacía tanto tiempo como quien la llevaba. Una costra de mugre más oscura, casi azul, adornaba el cuello del hombre – “ además, no se pueden tener dos dueños al mismo tiempo, ¿qué has hecho con tu placa?

Abrió los ojos como platos.

 – “¿Cómo?

Si quieres pasar por un hombre libre, por lo menos deberías limpiar el rastro que te ha dejado el hierro de tu collar de esclavo en el cuello.

Empezó a tartamudear mientras se restregaba el cuello con la mano derecha, intentando borrar el oscuro churretón – “Yo, yo, esto… lo juro por Dis Pater, que venga y me arrastre delante del mismísimo Plutón ¡Soy un hombre libre!

Marco, que mientras tanto había retomado su camino, se giró y fulminó con la mirada al ladronzuelo, quien tartamudeó aún más, si cabe.

– “Bueno… sí… no… puede que técnicamente sea un esclavo, midominusmurió sin haber dejado testamento… esto… ¡Se lo juro! Yo era su único esclavo, quería probar fortuna en Roma, había perdido casi todos sus haberes y… eso, que íbamos por la Vía Aurelia de noche y nos asaltaron y yo escapé… por favor, déjeme ir con usted, seré su ayudante, su esclavo personal…

Yo no tengo esclavos

Ah, ya, usted es una especie de filósofo ¿no?” – la enésima mirada de Marco hizo enmudecer al pintoresco personaje, pero por poco tiempo – “no, lo digo por la barbita, y por la pinta así como de griego que tiene usted.

Marco soltó por lo bajo un juramento.

¡Que me dejes en paz!

¡Pero si es usted hispánico, como yo, le he reconocido el acento! Yo soy de Emérita Augusta, he sido incluso actor en el teatro, qué tiempo, qué tiempos… ¿Ha pasado usted últimamente por ahí? No vea lo bonito que nos ha dejado el teatro nuestro amado emperador, que Marte proteja ahí en tierra bárbara que está…” – la continua cháchara del hombre recordaba a Marco el ruido de un enjambre de abejas cambiando de panal.

¡Basta!

Marco se giró cogiendo por los hombros al hombre

– “Escucha, como te llames

Saturnio,dominus, Saturnio

¡Que no vas a ser mi esclavo! ¿Lo entiendes? No los tengo ni los tendré, llámalo filosofía o como te de la gana, pero aléjate de mi ¿vale?

¡Saturnio! ¡Siempre haciendo amigos, por lo que veo!” – quien hablaba era un individuo de aspecto siniestro, de mediana estatura, con una cicatriz que le atraversaba el ojo derecho y la nariz rota típica de los gladiadores. Por su aspecto y por el de sus dos acompañantes Marco no dudó en identificarlos como unos matones, probablemente antiguos soldados sin arte ni oficio, que hacían las veces de guardaespaldas o recaudadores de los usureros que abundaban en los barrios bajos de la ciudad.

El grupo les había cortado el paso apenas Marco y Saturnio habían dado la vuelta a la esquina de la Basílica Emilia para dirigirse hacia el foro de Nerva. El hombrecillo empezó a hablar, escondiéndose detrás de las anchas espaldas del hispánico mientras lo hacía.

– “¡Nasica! ¡Qué sorpresa verte por aquí! ¿Qué se te ofrece?

No me tomes el pelo, pequeñajo. Sabes perfectamentequé se me ofrece; hiciste trampas jugando a los dados en casa de mi jefe, y eso es algo que le sienta muy mal… es una falta de respeto ¿estamos?

– “¿Trampas? ¿Yo? No no no no, de ninguna manera, vamos… dijo Saturnio mientras intentaba escabullirse y escapar. Uno de los otros dos hombres, un bruto alto como un cíclope, lo cogió del cuello y lo levantó del suelo, haciendo que los pies de Saturnio no tocasen el empedrado.

Marco levantó los brazos llamando la atención del grupo.

– “Tranquilos, calma, seguro que se podrá llegar a un acuerdo razonable ¿no?

El tercer hombre del grupo dio un empujón a Marco.

– “No te metas donde no te llaman, éste es un asunto entre el enano hispánico y nuestro jefe.

¿Y quién es vuestro jefe?

Erastes Fulmen, del Aventino” – respondió Nasica.

Para sorpresa de los bandidos, Marco alzó los brazos al cielo, arrebató a Saturnio del abrazo poco cariñoso del cíclope y lo empezó a zarandear él mismo, gritando como un poseso.

– “¿Del millón de habitantes de Roma has tenido que ir a robar a Erastes Fulmen? ¡Maldita la fortuna y el destino que te han puesto en mi camino, Saturnio! ¿Te das cuenta de lo que has hecho?” – soltó al hombre mientras caminaba entre el grupo moviendo los brazos e imprecando en voz alta. Todos los miraban sorprendidos – Es el capitán del llamadocollegium” del Aventino, el hombre más peligroso de la ciudad, lo hasta yo que acabo de llegar ¡por Júpiter! ¿Sabes lo que significa?

Saturnio se rascaba la cabeza sin entender muy bien que es lo que estaba haciendo su pretendido “dominus”, y se atrevió a dar una respuesta “¿Que me van a matar?. Mientras tanto Marco se había colocado justo en medio del grupo formado por los tres atacantes y Saturnio, mientras continuaba con su perorata

¡Exacto! Que te van a matar, y a también por ser testigo. Y francamente, si te hubiese conocido ayer no me hubiese importado demasiado, pero…. ¡HOY! ¡HOY!

El matón que los había parado, Nasica, se le quedó mirando y preguntó:

¿Y qué pasa hoy?

Pues que finalmente tengo un motivo para vivir” – contestó Marco con voz gélida. Con un movimiento fulmíneo cogió por la nuca a los dos hombres que tenía más cerca y con un gesto veloz y letal hizo que chocasen sus cabezas. Los hombres cayeron aturdidos al suelo y uno de ellos sangró copiosamente; el tercero se avalanzó sobre él pero Marco se agachó con la agilidad de un gato, y mientras estaba justo encima Marco se levantó y lo arrojó encima de sus compadres. Mientras tanto Saturnio se hizo con el puñal de uno de ellos y se lo pasó a Marco, mientras dos se levantaban aturdidos. El golpe en la cabeza había dejado sin sentido a uno de los malhechores. No tuvo problemas en neutralizar a los otros dos enemigos; el bandido más temido de Roma no había mandado a sus mejores hombres para acabar con un raterillo insignificante.

Saturnio observó la escena con la boca abierta, al final pudo sólo decir:

Pero… ¿quién es usted? Marco le sonrió y dijoEsa es una buena pregunta. Vamos, ¡por aquí! Antes de que losvigilesse nos echen encima.

Echaron a correr dejando atrás la Curia Iulia y redujeron su velocidad al paso apenas entraron en el foro de Nerva. Pudieron recobrar aliento apoyándose a una de las columnas, momento que aprovechó Marco para decirle a Saturnio:

Creo que es mejor que vengas conmigo, será más seguro para tí. Te buscarán por la zona del Aventino, no donde yo vivo. Vamos, no perdamos tiempo” – dijo Marco cogiéndolo por el brazo, para evitar que Saturnio se tirase a sus pies, como probablemente habría hecho si hubiese podido.

Cuando se adentraron por el bosque de columnas del foro de Augusto, Saturnio seguía callado. Prosiguieron dejando el majestuoso templo de Marte Ultor a la izquierda, dirigiéndose hacia el arco que se abría en el alto muro edificado por el primer emperador, Augusto, para separar su foro de las ínsulas que se adivinaban detrás de él. Sólo en ese momento, cuando Saturnio se dio cuenta de dónde le estaba llevando Marco, se atrevió a abrir la boca.

Pero… ¡si por ahí se va a laSubura! ¡No me diga que vive ahí,dominus!

Yo no tengo esclavos, te lo he dicho. Y sí, vivo en la Subura ¿y?

Pues que usted no tiene pinta de vivir en la Subura, es más, que si hubiese sabido que vive ahí ni siquiera le hubiese parado en el foro, que yo estaba convencido de que vivía en un barrio un poco… mejor. Vamos, no en el Palatino, pero por lo menos en el Quirinal, que se está más alto, corre un poquito de brisa y uno no arriesga a morir achicharrado por un incendio o atravesado por el puñal de gente como la que ha dejado ahí atrás pagando el peaje a Caronte…” – el hasta hace poco callado Saturnio hablaba a toda velocidad mientras gesticulaba incansablemente.

– “El último lugar de Roma en el que te buscará Fulmen será aquí; esta zona pertenece a Lucio Voreno, y no pueden entrar los matones del Aventino a buscarte si no quieren desencadenar una guerra entre facciones. Así que, decides: en la Subura vivo o en el Aventino muerto.

– “Bueno, si las opciones son esas,dominus

Yo no tengo esclavos

¿Pero cada vez que le llame así me va a contestar con la frasecita de marras? Y, una pregunta… por lo menos vivirá usted en el primer piso de una de estas ínsulas ¿no?

Te equivocas, en el último. Prácticamente en el tejado – dijo Marco dándole la espalda al hombre, esbozando una enigmática sonrisa.

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