Capítulo 2 – La domus Flavia

1.

Flavio Messio Rufo atravesó el pórtico en la entrada de la Domus Flavia, el suntuoso palacio imperial, con paso rápido. Tras escoltar a los miembros de la familia imperial del anfiteatro al palacio había tenido que dirigirse  al Castro Pretorio para pasar revista a los nuevos reclutas asignados a su cohorte; otros asuntos lo habían entretenido más de lo que hubiese querido en el cuartel, por lo que corría el riesgo de llegar tarde a su cita, algo que sinceramente detestaba. Entró en la sala que hacía las veces de cuerpo de guardia que se hallaba tras el ingreso del palacio, se quitó apresuradamente el pesado casco adornado con blancas plumas de avestruz e hizo un gesto a un asistente para que le ayudase a quitarse la coraza de metal. Se lavó apresuradamente la cara y los brazos con el agua de una palangana y se secó con un lienzo limpio; desde una de las estrechas ventanas se veía el cielo, aún teñido de rojo. Sólo entonces, al constatar que no había caído aún la noche, se permitió descansar unos momentos sentado, bebiendo un vaso de agua.

El joven centurión consultó en unas tablillas de cera, los turnos de guardia en las diferentes estancias imperiales con expresión severa. Era el responsable de la seguridad de los miembros de la familia imperial hasta las idus de Agosto, algo que en un principio le había irritado. Él era un hombre de acción, duro e implacable, por lo que hacer de niñera a unos cuantos provinciales apenas llegados a la ciudad no era algo que lo hiciese feliz, pero eran las órdenes, y había que seguirlas. Tiberio Claudio Liviano, el prefecto o jefe de las fuerzas pretorianas, estaba con el emperador y la IV Cohorte Pretoria en Dacia, por lo que el resto de fuerzas pretorianas que estaban en la ciudad se harían cargo de la seguridad de las estancias imperiales y sus ocupantes por turnos. Liviano dejó establecido que empezasen ellos, los speculatores augusti, y luego cada una de las restantes nueve cohortes. Flavio era el jefe de ese cuerpo, centurio speculatorum o tricenarius, con apenas veinticinco años, una carrera que para un itálico hubiese resultado meteórica, para un provincial como él era algo pocas veces visto. Aunque debía parte de su afortunada carrera militar a la persona con la que tenía que verse de ahí a pocos instantes, su éxito se basaba en una dedicación absoluta a su deber de soldado y a una devoción casi maniática a la disciplina. Los pretorianos no era un cuerpo bien visto por el resto de los legionarios y los otros cuerpos de seguridad presentes en la ciudad, como las cohortes urbanas y los vigiles. Un legionario prestaba servicio en las cuatro esquinas del imperio bajo las más duras condiciones, mientras que un pretoriano lo hacía en la capital, con todas las ventajas que esto conllevaba; los miembros de las cohortes urbanas y de los vigiles les envidiaban el sueldo infinitamente más alto, o el gozar de un rancho que incluía carne todos los días. Por ese motivo exigía de sus soldados un comportamiento irreprochable; dirigía a sus hombres con puño de hierro y no toleraba la más mínima falta de disciplina, de ahí que fuese conocido por el apodo de Rapax, como la temida XXI legión de Augusto.

Apoyó el vaso de barro sobre la mesa y se levantó; su ayudante acudió con el peto de cuero y le ayudó a ponérselo sobre la túnica blanca y la subarmalis vestis, una especie de chaleco acolchado que protegía el pecho del roce de la coraza. Rapax pudo verse reflejado en un escudo ornamental que adornaba la pared; era alto, de complexión atlética y piel oscura, único rasgo que denotaba sus orígenes orientales. Tenía el pelo castaño, aunque las sienes lucían ya unas canas prematuras para su edad; las facciones eran marcadas, y sus ojos verde oscuro estaban enmarcados por unas cejas bien perfiladas. La nariz aguileña y el ceño casi siempre ligeramente fruncido hacían honor a su apodo; cuando Flavio Messio Rufo miraba fijo a alguien, el destinatario se sentía como una liebre a la merced de una rapaz.

Quinto, Marcio, vuestro turno en el Aula Regia empieza en la primera vigilia, pero esperad a que os llame, yo estaré allí  dijo Rapax a dos pretorianos que esperaban en la sala para tomar servicio. Acto seguido se levantó y salió de la estancia.

2.

Rapax entró en el Aula Regia por una puerta que daba directamente a ella desde el puesto de guardia. Varias antorchas intentaban iluminar la sala, algo prácticamente imposible debido a las dimensiones de la misma; no obstante, el brillo de las hachas hacía que los mármoles polícromos reluciesen. Pero era un tímido simulacro de lo que podría verse cuando entrase la luz del sol a través de las numerosas ventanas colocadas en la parte más alta de la sala. A lo largo y alto de las paredes se abrían numerosas hornacinas decoradas con arcos y columnas, y en su interior, estatuas de basalto negro que representaban a dioses y héroes. En uno de los dos ábsides semicirculares situados en el eje de la suntuosa sala, se hallaba el trono en el que el emperador acogía a los embajadores y atendía a sus súbditos durante las recepciones oficiales. El suelo estaba decorado con motivos cuadrados y circulares de mármol blanco, rosa y verde; el Aula Regia de la Domus Flavia dominaba Roma como ésta lo hacía en todo el mundo conocido. Era el centro del poder, se podía respirar y tocar y Rapax se sentía orgulloso de formar parte del mecanismo que regulaba la vida de millones de personas.

Podéis iros ya, estaré aquí hasta que llegue vuestro cambio” – dijo a los dos pretorianos de guardia. Éstos se miraron extrañados por un momento, pues iba en contra de las reglas, pero cuando se encontraron con la mirada glacial de su superior obedecieron alegrándose por acortar, aunque fuera pocos instantes, el pesado turno de guardia, monótono e interminable.

Una figura se movía al otro lado de la sala. El senador Cneo Cornelio Graco paseaba muy lentamente, como si estudiase cada una de las vetas de mármol del podio sobre el que descansaba el trono situado a pocos pasos.

– “Siempre tan puntual…centurión “ – dijo Graco, subrayando la última palabra con un tono casi irónico – “Hace mucho tiempo que no hemos tenido una tranquila conversación a solas, el anfiteatro no era el lugar más apropiado…

Unos cinco años, senador” – respondió Rapax.

– “Han cambiado muchas cosas ¿verdad? Por aquel entonces… eras…” – dejó la frase sin terminar con la clara intención de que lo hiciese su interlocutor, para dejar claro, por si cupiese duda alguna, quién era cada uno de ellos.

– “Un soldado auxiliar de la III Cohorte Thracum Syriaca destacada en Antioquía, senador.

Qué carrera tan extraordinaria, de soldado simple en los auxiliares a tricenarius” – Rapax se preguntó durante cuánto tiempo tenía pensado humillarlo, y la siguiente frase pronunciada por el senador confirmó su intuición. Éste sacó un pequeño rollo de papel de entre los pliegues de su toga y se lo entregó – “Alguien que conoces te manda recuerdos.

Vuestro rehén” – dijo Rapax abriendo rápidamente el pergamino.

– “Que palabra más fea… llamémoslagarantía. Tu hermana vive una vida apacible en Antioquía como mujer del capataz de mis granjas. Está bien, es feliz, y lo seguirá siendo, mientras que no me des motivos para que deje de serlo.

Ésta carta la puede haber escrito cualquiera.

Vamos ¿crees que soy un ingenuo? Eres el jefe de losespeculatores, tu red de informadores es casi tan buena como la mía, sabes perfectamente que Livia está bien. Además si estamos hablando aquí es porque yo cumplo con mi palabra ¿no?

Y yo cumplo con cuanto se me ha asignado” – contestó secamente Rapax. Se preguntaba qué es lo que estaba tramando el senador, seguramente quería decirle algo, pero mientras tanto se divertía en dar vueltas alrededor del tema desconocido, de la misma manera que orbitaba alrededor del trono vacío.

Casi. El hombre está vivo” – ése era el punto, entonces. La misión de Atenas, la familia que había que exterminar. Lo organizó todo meticulosamente, tardó tres meses en encontrarlos con los escasos datos que le había dado Graco. Un robo más en un callejón desierto, dos ladrones que sorprenden a una familia a la vuelta de casa, tres cuerpos desangrándose en el suelo, era algo fácil, lo difícil había sido dar con ellos. – “No encontraron el cuerpo del hombre, sólo los de la mujer y el niño” – Él asaltó a la mujer por la espalda, le tapó la boca con una mano y con la otra le cortó el cuello con su puñal, mientras su compañero hacía lo propio con el hombre. O creía que lo hacía, no pudo verlos bien, una antorcha hacía que todo estuviese sumergido en la sombra, menos el estrecho círculo de luz en el que se encontraba. Se oyeron gritos, alguien se aproximaba y tuvieron que huir, no sin que antes el otro despachase al crío.

Graco observaba detenidamente a Rapax mientras éste recordaba lo sucedido, parecía que estuviese leyendo sus pensamientos

– “La próxima vez busca un colaborador a tu altura, centurión. El imbécil de Lisandro admitió que quizás por las prisas no cortó el cuello donde debía. Te doy otra oportunidad, demuéstrame que tus informadores son mejores que los míos. Encuéntralo y termina tu trabajo; tómate tu tiempo, sin prisas. Ése es el primer encargo, luego habrá otro.

¿La retribución?

Eso es lo que me gusta de ti, siempre al grano. Por el primer encargo ¿Te parece bien tribuno?

El precio era bueno, toda una cohorte pretoriana bajo su mando para empezar, sólo había un puesto por encima de tribuno de cohorte, pero supondría que los planes de Graco iban mucho más allá de eliminar algún enemigo; lo comprendió al ver la mirada de avaricia y hasta lujuria que dirigía al trono vacío.

– “¿Y por el segundo?” – no hizo falta que el senador le contestase. El prefecto del pretorio lo nombraba directamente el emperador. Graco subió al podio de mármol mientras acariciaba los brazos del trono; muy lentamente se ajustó la toga y se sentó en él. Sacó una moneda de su bolsa, un áureo reluciente, recién acuñado. Empezó a leer lo que había escrito en ella “Imp Traiano Augustus…la giró y leyó de nuevo “SPQR Optimo Principi…

– “El senado y el pueblo de Roma… Dejemos a Trajano con sus batallitas, es el mejor general romano desde los tiempos de Julio César, y yo necesito el oro de Dacia. Mientras tanto, me ocuparé del senado. Con prometerles la mitad del tesoro de Decébalo bastará. Me hará falta tiempo. El pueblo no es un problema, cuando llegue el momento adecuado bastará poco para que den la espalda a su amado emperador. Marco Antonio se ganó a la pleble durante un funeral, con un poco de oratoria y una toga ensangrentada.” – dijo Graco mientras jugueteaba con la moneda entre los dedos.

¿Y el ejército?

¿Una serpiente sin cabeza puede morder?” – respondió Graco mirando a Rapax.

– “No, pero he oído que hay serpientes que pueden matar sin morder. Se enroscan alrededor de sus víctimas, abrazándolas, y cuando éstas quieren escapar no se pueden mover, y mueren asfixiadas.” – dijo Rapax.

Graco borró la sonrisa sardónica que hasta hace pocos momentos se dibujaba en su pingüe rostro, se levantó del trono y se acercó lentamente al centurión.

– “Basta con tener la serpiente a distancia y no dejar que se acerque demasiado, entonces” – dicho lo cual lanzó la moneda al aire, que fue atrapada por Rapax con un movimiento veloz de su mano izquierda.

Si me disculpas, centurión, la familia imperial me espera. Déjate ver por el triclinio, serás una visita muy apreciada por la joven viuda y su hijo. Me he dado cuenta de cómo te mira esa mujer; es demasiado bella y sensual para el papel de viuda triste, creo que me va a ser muy útil. leer dentro de las personas, y vosotros dos tenéis muchas cosas en común: la ambición y la falta de escrúpulos.

Dicho lo cual el senador se alejó de la sala, saliendo por la puerta que comunicaba con el patio a través del cual se accedía al comedor imperial. Apenas la cerró Rapax se dio cuenta de que estaba apretando con tanta fuerza el papiro que aún tenía en su mano derecha que lo había roto. Respiró hondo para intentar ordenar sus pensamientos y retrocedió hasta la puerta que comunicaba con el puesto de guardia, abriéndola con ímpetu.

– “¡QUINTO! ¡MARCIO! ¡A vuestros puestos! ¡Tú, prepara mi caballo!” – los dos pretorianos se pusieron firmes y obedecieron al instante las órdenes de su superior. Apenas cinco minutos después Flavio Messio Rufo, más conocido con el nombre de Rapax, salía de la ciudad por la puerta Capena a toda velocidad, espoleando su caballo, raudo por la Via Appia como si montase el mismo Pegaso. Detuvo a Dominator unas millas más adelante; bajó de él jadeando casi tanto como su montura y se alejó unos cuantos pasos. Se percató de que aún tenía en la mano la moneda que le había dado Graco, la observó con atención y la lanzó con todas sus fuerzas. Tras ese gesto, más calmado, cogió las riendas de Dominator y volvió a la ciudad.

3.

A pesar del tiempo que pasó en el Aula Regia, el senador Graco no llegó tarde al banquete que la emperatriz Plotina había dispuesto para las personas con las que habían compartido, ella y su familia, la jornada en el anfiteatro. Debido al reducido número de invitados la cena se dispuso en un pequeño triclinio situado en las estancias privadas del palacio. Las proporciones del suntuoso comedor principal, la cenatio Jovis, no eran compatibles con el plan de la velada, una tranquila cena con dos de los hombres más influyentes de la ciudad y sus esposas. Uno era el senador Graco, el otro, el edil Cayo Plaucio Terencio, quien concluía así su jornada triunfal tras la clausura de los juegos que le habían costado prácticamente la mitad de su patrimonio, pero con los que se había asegurado su re-elección al cargo. Mientras parecía observar las deliciosas pinturas que decoraban la habitación, en realidad estaba imaginando ya las próximas etapas de su cursus honorum; ahora edil, luego pretor, después senador, puede que hasta cónsul… o gobernador de alguna provincia, Hispania por ejemplo, y puestos a elegir, la Bética, que tiene mejor clima. Se dio cuenta de que tenía al Senador Graco prácticamente a sus espaldas sólo cuando vio dibujada en la pared su oronda sombra, que eclipsaba la suya, pues el ambicioso patricio era un hombre menudo y delgado.

¡Terencio! Te felicito de nuevo por los juegos, maravillosos, dignos de un emperador. Una pena que sólo hubiese una jirafa en las venationes[1]” – dijo el senador, mientras cogía una copa de vino que le ofrecía un esclavo. Graco tenía una dote única; humillar al mismo tiempo que hacía un cumplido.

– “¡Pues le pagué tres a Rutilio! El muy rufián… dijo que dos habían muerto durante el viaje en barco, la excusa de siempre. Estoy seguro de que se las habrá vendido a alguien y serán la atracción principal en Capua, en Baia, o en vete a saber dónde. Alguien honesto no se hace millonario importando animales para el circo, y él tiene una villa en Tusculum[2] digna de Cicerón.” – el hombre acompañaba sus palabras con gestos teatrales, como si fuese la reencarnación del famoso abogado mientras defendía un cliente. Graco lo estudiaba atentamente, los pliegues de la toga se ceñían al hombro con un lujoso prendedor de oro; la tela era de la mejor calidad, lino de trama finísima, y el oro y otras gemas preciosas abundaban en los anillos del edil. Su mujer, delgada y diminuta como él, se movía vaporosa en un triunfo de sedas y las joyas eran tan numerosas y caras como las de su marido. Terencio era aún más rico que Rutilio, y probablemente tan deshonesto como él; Graco sonrió, estaba seguro de que tras las debidas pesquisas, el joven edil pasaría a formar parte de sus fieles… si quería llegar a ser senador.

El triclinio daba a un pequeño patio ornado con un delicioso jardín, aunque la sensación era la de estar completamente rodeados por el mismo, ya que las paredes estaban decoradas de tal manera que se creaba la ilusión de encontrarse en un parque. Pinos, cipreses, arbustos y pájaros estaban dibujados con tal fidelidad que hasta parecía que el viento meciese las ramas.

La emperatriz y el resto de la familia hizo su entrada en el triclinio; las mujeres se acomodaron en el diván central. Plotina llevaba una sencilla túnica de color azul, pero el peinado contrastaba con la sobriedad del vestido; los cabellos castaños estaban recogidos hacia arriba formando una complicada cascada de rizos que desafiaban la fuerza de gravedad. Los postizos que llevaba en la cabeza formaban una especie de tiara puntiaguda, apenas un poco más alta que la de Lucrecia. Ella, a diferencia de su prima, vestía una lujosa túnica de seda roja como su pelo, ribeteada con hilos de oro, como lo eran también los dos cordones que resaltaban su figura, uno en la cintura y otro debajo de sus senos. Mientras que otras matronas decoraban su rostro con pecas postizas, Lucrecia podía presumir de varios lunares; las dos invitadas observaban atentamente hasta el último de los detalles de su vestimenta y joyas, para poder comentarlas con sus amigas el día siguiente. De todas maneras se quedarían para ellas los detalles más originales, para poder lucirlos en su persona en la primera ocasión; si algo no faltaba en la vida de una rica patricia romana, eran banquetes en los que exhibirse. Elia Domicia, a diferencia de su hermana y su prima, no merecía más que una mirada distraída, pues nada en su figura valía la pena de ser comentado.

Una vez acomodados todos, empezaron a degustar unas olivas y setas que varios esclavos les habían servido en unos pequeños platos.

– “Siento que la cena empiece tan tarde, amigos” – dijo Plotina – “Espero que no tengáis problemas luego para volver a casa

No os preocupéis, Augusta, nuestra casa no está demasiado lejos de aquí y además, mi escolta personal puede hacerse cargo de cualquier imprevisto” – respondió Graco.

– “Graco tiene lo mejor que puede ofrecer el imperio” – continuó Terencio – “guardaespaldas germanos, preceptores griegos…

bailarinas de Gades[3]” – prosiguió la mujer de Graco, tumbada en el diván de frente al del marido. Era casi tan rechoncha como él y ocupaba buena parte del triclinio, es más, parecía una ballena encallada vestida con lujosas telas orientales.

– “No te olvides de los abanicadores de Nubia, querida” – prosiguió su marido – “son tus favoritos, creo que por la calidad de su…mango. ” – dijo Graco guiñando un ojo a su consorte, quien, en un primer momento se quedó con la boca abierta y expresión sorprendida, para pasar acto seguido a reír a carcajadas, como todos los demás. Excepto el joven Publio, el hijo de Lucrecia, que estaba tumbado al lado de la rechoncha mujer, y  no reía porque no hubiese entendido la salida. Aunque acababa de cumplir trece años sabía perfectamente a lo que se refería el senador; el regalo de su madre para tal fecha fue una joven esclava que lo ayudase a descubir los secretos de Venus. Lo que ella no sabía era que había pocas cosas sobre la materia que él no supiese ya. Publio Celso Valerio acababa de entrar en aquella fase de la adolescencia en la que se observa con superioridad y desdén a los adultos, pues acababa de darse cuenta, una vez perdida la inocencia de la niñez, de que son pocos los seres humanos que merecían su admiración.

– “¿Tenéis bailarinas gaditanas, senador?” – dijo Lucrecia – “me encantaría poder verlas, dicen que son criaturas extraordinariamente sensuales. A pesar de que Itálica dista sólo unas millas de Gades no he podido admirarlas nunca. Según mi padre no era un espectáculo digno de los Elios; y ni siquiera de los Celsos, mi difunto marido era un buen hombre, pero no sabía divertirse.

Pues no podéis faltar a mi próximo banquete, querida Lucrecia.” – respondió el senador.

En esos momentos entraron unos esclavos con una enorme bandeja con todo tipo de moluscos y crustáceos apoyados sobre una pequeña montaña de hielo. Una exclamación de júbilo acogió tales delicias y durante un rato, el único sonido que se escuchaba era la suave música de fondo y el chupeteo de las conchas y caparazones. Lidia Drusilla, la mujer del edil, tras tirar al suelo una de las conchas vacías y lavarse las manos en un pequeño aguamanil con pétalos de rosa que le ofreció un siervo, se sentó y tras secarse y limpiarse con una servilleta le preguntó a Lucrecia.

– “¿Habéis podido conocer ya a vuestras parientes Salonina Matidia y su hija Vibia Sabina?

Aún no, están en sus tierras en Tibur[4]; han tenido la amabilidad de invitarnos, saldremos mañana al alba. Adriano me habla siempre maravillas de esas tierras, él adora ese lugar, dice que si pudiese construiría una villa allí para estar lejos de Roma durante el verano ¿sabes Plotina?” – contestó Lucrecia sin dejar de mirar a su familiar. Era plenamente consciente de los rumores que circulaban sobre el afecto que nutría la mujer del emperador por su hermano y se divertía provocándola a la mínima ocasión. Pero si algo caracterizaba a Pompeya Plotina era la sangre fría, y pareció no inmutarse por el comentario de Lucrecia, susurrando sólo un – “Sí, cierto, lo sé.

4.

Mientras los invitados estaban dando buena cuenta de la morena hervida que se sirvió a continuación, se oyeron unos pasos decididos acercándose por el patio. Un hombre de una cierta edad pero de complexión atlética, vestido de uniforme, llegaba acompañado por dos subalternos que se quedaron escondidos entre las sombras del jardín sin acercarse más. Era evidente que venía de un largo viaje, pues estaba sudado y tenía manchas de tierra en el peto de cuero, la túnica y el casco que llevaba bajo el brazo. Plotina se dio la vuelta, se levantó sonriente y acercó sus manos al hombre.

¡Lucio! ¡Querido Lucio, qué sorpresa! ¿Qué haces aquí? ¿Va todo bien? ¿Traes noticias de Trajano?” – éste sonrió y besó las manos de la mujer.

 – “Augusta

No, Lucio, por lo menos no me llames así, francamente detesto el “Augusta”, me hace sentir vieja como una cariátide.

– “De acuerdo, Plotina. Puedes estar tranquila, va todo bien. Hay cosas que ultimar antes de que empiece la campaña definitivamente, ya sabes como es Trajano, tiene que tener todo bajo control. Siento interrumpir vuestra cena” – dijo observando con detenimiento a los invitados. No hacían falta presentaciones, pues todos sabían quién era: Lucio Licinio Sura, dos veces cónsul, mano derecha y mejor amigo de Marcio Ulpio Trajano. Elia cedió su puesto en el diván central para que Sura ocupase el lugar de honor, y ella se acomodó en el triclinio del senador. Unos esclavos descalzaron al invitado y le lavaron los pies y los brazos. Mientras tanto Sura se volvió hacia la entrada del triclinio, e hizo una señal al pretoriano de guardia:

¡Pretoriano!” – éste se acercó, era Rapax.

– “¡Ah! Eres tú, Rapax

¡Señor!” – dijo éste saludando a su superior. Aunque la memoria de Sura era proverbial no dejó de extrañarle que el segundo hombre más poderoso del imperio recordase su nombre, pues sólo se habían encontrado en un par de ocasiones.

– “Encárgate de que mis hombres coman y descansen, ya los mandaré llamar cuando haya terminado de cenar.” – Rapax asintió con un gesto y salió. Mientras tanto, un esclavo entregó al ex-cónsul un pequeño plato en el que había una buena porción de pescado desmenuzada. Sura se apoyó en el diván y empezó a comer de buena gana.

Delicioso, Plotina, delicioso. Como siempre tumagirus[5]se supera, no hay nadie que cocine la morena como él. Elia, Lucrecia, qué inmenso placer es ver las dos flores más bellas de Hispania finalmente en Roma… Publio, estás hecho un hombre…” – éste se ruborizó ligeramente, estaba claro que Sura pertenecía al selecto grupo de “humanos admirables”. El hombre le guiñó un ojo con un gesto cómplice; acto seguido detuvo sus ojos negros sobre el senador Graco, mirándolo fijamente – “Graco, otro placer inesperado… Dicen las malas lenguas que sólo te dejas ver por Roma cuando Trajano no está; y mira por dónde cuando nos fuimos no estabas, y ahora sí.

Coincidencia, una simple coincidencia. Soy un hombre afortunado con intereses en las cuatro esquinas del imperio; mis viñedos de Massalia[6] requerían mi atención.” – respondió el senador sonriendo.

Graco, el campesino  dijo Sura con desdén, mientras remojaba un trozo de morena en un cuenco con garum, la salsa de pescado con la que todo romano aderezaba cualquier plato. – ¡Ah! Qué despistado que soy, las cartas” – sacó de debajo de su peto dos rollos de papel, entregó uno a Plotina y otro a Lucrecia. La emperatriz apoyó el suyo en el regazo, para leerlo con calma más tarde, mientras que Lucrecia al reconocer el sello dijo: – “¡Es de Adriano!” – la abrió y empezó a leer ávidamente.

– “¡Publio, hijo, tu tío quiere que estés con él en la campaña de Dacia! ¡Qué excelente noticia!” – Lucrecia estaba realmente excitada y entusiasmada.

¡Pero si es un niño! ¿Qué puede hacer en un campamento militar? – fue la primera vez durante prácticamente toda la velada en la que se oía la delicada voz de Elia Domicia.

Tía, tengo ya trece años, no soy un niño, lo ha dicho Sura.” – dijo Publio con ímpetu.

Domicia, desde luego, ni que fueras su madre. Le ayudará a curtirse y no luchará, estará allí para ayudar a Adriano, limpiarle la coraza, tomar contacto de la vida militar, entrenarse con los soldados y esas cosas ¿verdad, Lucio?” – Lucrecia conocía al hombre desde que era una niña y podía permitirse llamarlo por su nombre en presencia de los demás. Sentía que el hecho de que la presencia de su hijo en el frente fuese requerida por su hermano era una señal más del glorioso futuro que tendría por delante. En su mente ya se fraguaban fantasías en las que su vástago igualaba la temprana carrera de Octavio Augusto, e incluso la superaba. Sura asintió

– “Además, viajará conmigo. Dentro de una nundina[7] tenemos que partir, el viaje hasta Dobretae[8] es largo. Apolodoro ha terminado prácticamente el puente sobre el Danubia[9]; y dentro de pocos días las tropas y los suministros podrán cruzar a la otra orilla. El muchacho estará bien, Domicia.” – la cuestión quedó zanjada, sobretodo porque hizo su entrada el plato principal de la noche, flamenco asado. El cocinero de la emperatriz hizo honor a su fama y presentó el ave de pie sobre una de sus patas y con todas sus plumas, como si estuviese viva. Los esclavos presentaron la peana sobre la que estaba el animal dándole un par de vueltas; luego la apoyaron en el suelo y abrieron el cuerpo del mismo, del que sacaron el asado propiamente dicho, aún humeante. Lo troncharon y cortaron en pequeños trozos, que sirvieron sucesivamente a los invitados.

Tras saborear apenas dos o tres bocados, Sura apoyó su plato en la mesa y le preguntó a Lucrecia mientras se chupaba los dedos:

– “Dime, Lucrecia ¿Qué te parece tu nueva morada? ¿Es como te la esperabas?

Infinitamente mejor, Lucio. Es como un sueño hecho realidad, desde el Palatino hay una vista invidiable de toda la ciudad y además, es muy tranquilo

Espere a que empiece la temporada de carreras en el circo, señora” – apuntó Terencio – “¡Luego me dirá si el Palatino le parece tranquilo con ciento cincuenta mil romanos aullando bajo su ventana en el Circo Máximo!

Pues soy una gran aficionada, estoy deseando que empiece la temporada; hasta he encargado túnicas nuevas de color verde, para que quede claro cuál es mi caballeriza favorita” – respondió la mujer. Al oír estas palabras Sura rió con ganas:

– “¿Lafactio prasina”? ¡Estupendo! Eres un regalo de los dioses, Lucrecia. Si algo no perdonan los romanos a su emperador, es que no acuda a todas las carreras del circo y no demuestre un mínimo de pasión por los caballos y los aurigas; por lo menos ahora tendremos a algún miembro de la familia imperial en el palco. Trajano va sólo si no le queda más remedio; creo que cuando empieza la temporada se inventa una guerra sólo para tener una buena excusa para no acudir. No olvides invitar en al palco al Senador Graco en la primera carrera, querida.

¿Por qué?

¿No te lo ha dicho? Nuestro querido senador no se dedica sólo a cuidar de sus viñedos en Galia, es prácticamente el único propietario de lafactio veneta”, los azules.– apuntó Sura señalando al senador, quien asintió sonriendo.

– “¡Senador! ¡Exijo que me enseñe las caballerizas y los terrenos donde se entrenan sus caballos!” – dijo Lucrecia a Graco.

No para espiar el equipo enemigo, espero” – contestó.

– “Graco, cuéntale todo a la dama, admite que tu criadero de caballos en Mutina[10] vende ejemplares tanto a tu caballeriza como a la de los verdes” – continuó Terencio.

Si es por eso, también a los rojos y a los blancos… Pero los mejores van para los azules. Lucrecia, nuestro amigo Terencio ha descubierto mis cartas, espero que seáis discreta, tengo una reputación que mantener.” – dicho lo cual rieron todos.

El resto de la velada transcurrió sin mayores novedades; la interminable serie de brindis finales que caracterizaban los banquetes se redujeron a sólo un par, eso sí, con excelente vino de Falerno ligeramente diluido. Sura se alzó del diván y levantó su copa:

– “Por nuestro emperador, Marcio Ulpio Trajano, mi amigo; si no lo hubiese conocido quizás hoy estaría en Barcino[11] cuidando mis panales y descansando al sol, y sin embargo aquí estoy, con sesenta y cinco años, yendo de aquí para allá, desayunando gachas de legionario, comiendo polvo y cenando flamenco asado ¡Que Júpiter, Juno y Minerva lo protejan!

Todos los presentes se pusieron de pie, alzaron sus copas y brindaron a la salud del emperador; nadie se percató de que mientras levantaba la suya, Graco tenía la mano izquierda detrás de la espalda, los dedos medio y anular doblados.

5.

Terminada la cena y saludados los invitados, Lucrecia no fue directamente a sus habitaciones. Se puso a pasear por el inmenso palacio, bajo la luz de la luna. Volvió a la parte pública del mismo, hasta llegar al enorme peristilo; vagó entre las columnas y admiró la original fuente con forma de octágono situada en el centro. Se sentía feliz, eufórica; desde que tenía uso de razón había soñado con Roma y sus palacios, el lujo, las fiestas… Contaba los días que faltaban hasta que pudiese asistir a una digna de tal nombre, como los famosos banquetes de Domiciano. Evitó cualquier referencia al último de los Flavios durante la cena; no era tonta, sabía que no se podía ni siquiera nombrarlo, pues el Senado que había prácticamente aniquilado se apresuró a decretar la damnatio memoriae cuando las cenizas de su cuerpo aún estaban calientes; su nombre fue borrado de los monumentos, sus estatuas abatidas y quedaba prohibido pronunciar su nombre.

Por suerte el senador Graco parecía saber gozar de la vida, no como sus austeros y flemáticos parientes. No le apetecía en absoluto ir a Tibur a conocer a la rama italiana de la familia; otras matronas romanas ásperas y secas como Plotina, pero no podía aplazar más la visita, hubiese sido descortés por su parte. Además, le habían dicho que en esa zona las aguas eran excelentes para la piel; podría sumergirse en las pozas termales cerrando los ojos haciendo como si escuchase sus conversaciones, que seguramente serían tan aburridas como ellas. Siguiendo una extraña asociación de ideas, y sin saber por qué, se sorprendió pensando en el apuesto pretoriano que les había acompañado todo el día. Lo estaba haciendo mientras, sentada al borde de la fuente, jugueteaba con el agua estancada. Cuando apartó la mano vio una figura reflejada, alguien estaba detrás de ella.

Se giró, asustada. A dos pasos de ella se encontraba una mujer que aún conservaba parte de su belleza, a pesar de lo ajado de su rostro y las arrugas alrededor de sus ojos. Llevaba el largo cabello suelto; era morena, aunque varias mechas blancas se adivinaban entre la oscura cabellera. Llevaba una túnica blanca, de lino, y estaba descalza. La mujer sonrió a Lucrecia, sin mirarla nunca directamente a los ojos. Era como si estuviese observando alguien detrás de ella, por lo que instintivamente Lucrecia movió el cuello a un lado, aunque sabía que allí no había nadie, sólo la fuente y el agua cristalina.

De repente la mujer pareció volver en sí, asintió a su invisible interlocutor y miró a Lucrecia.

Me recuerdas a mí, aunque yo era mucho más joven que la primera vez que pisé este palacio. Eres muy bonita, Lucrecia” – le dijo, acariciándole el pelo. Lucrecia sintió un escalofrío y se alejó de la mujer. Las pocas veces que había sentido miedo en su vida había reaccionado de la misma manera, mutando el miedo con la rabia.

quién eres… No acabo de entender la generosidad del emperador, que te permite vivir aún en palacio, yo te hubiese tirado a la calle” – dijo Lucrecia, casi escupiendo las palabras.

Una risa tenebrosa salió de la boca de la mujer.

– “Sigo aquí por los servicios prestados… Trajano me ha dejado aquí, como hizo Nerva antes que él. Y no me puedes amenazar con nada, soy uno más de los fantasmas que pueblan estas salas, la única diferencia es que yo respiro, pero estoy tan muerta como ellos.” – la mujer volvió a enmudecer, esta vez miraba hacia abajo, como si tuviese delante a un niño.

“ ‘Los servicios prestados¿Entonces los rumores son ciertos? ¿Fuiste la asesina del emperador Domiciano?” – le preguntó Lucrecia. Aunque la figura delante de ella le provocaba repulsión, otro sentimiento más fuerte se apoderó de ella, la curiosidad. La mujer sonrió de nuevo y se irguió; por unos instantes volvió a ser la Augusta, la mujer del porte majestuoso, Domicia Longina. Hija del gran general Cneo Domicio Corbulón, amante de su cuñado el emperador Tito, Augusta tras la muerte de éste y la subida al poder de su marido, Domiciano.

– “Sólo he sido una más de sus víctimas. Mis hijos… dejó morir a mis hijos por despecho.No llames al médico, unas fiebres no pueden acabar con mi hijo. Si es mío, puta.’ Los dos eran suyos, y los dejó morir. Y mató a Tito.” – en ese momento, volvió a hablar con la figura detrás de Lucrecia – “Amor mío, él te alejó de mí. Pero he cumplido con mi promesa. Sí, claro, ahora se lo digo

Volvió a mirar a Lucrecia, y de nuevo Lucrecia tenía delante de sí los despojos de una mujer.

– “Eres la que te tienes que ir ¡Es por tu bien! Este palacio está maldito ¡MALDITO! ¿Ves esas losas de mármol? Esos extraños dibujos no son vetas, es sangre ¡es la sangre de los muertos!” – mientras pronunciaba estas palabras se acercó a Lucrecia, cogiéndola de las manos – “¡Huye! ¡Vete! ¡No hay sitio para el amor entre estas paredes! ¡Aquí dentro el amor se convierte en odio! ¡Te acabará matando! ¡TIENES QUE IRTE!

Apretaba cada vez más las manos de Lucrecia, parecía increíble que un ser en apariencia tan frágil tuviese tanta fuerza. Mientras no dejaba de apretar las muñecas de Lucrecia con una mano, con otra le quitó un alfiler de pelo de marfil, lo aferró como si fuese un puñal y estaba a punto de clavárselo en el cuello cuando alguien paró su mano. Lucrecia no daba crédito a sus ojos, era aquel pretoriano. Había aparecido de la nada, aferrando con la mano izquierda la muñeca de la asesina mientras que rodeaba con su brazo derecho la cintura de la mujer, alejándola de ella. Pero lo más sorprendente fue oír aquella voz, que susurraba al oído de la mujer como si en vez de estar inmovilizando a alguien peligroso, estuviese simplemente calmando una crisis histérica. Hablaba en voz baja, mientras miraba fijamente a Lucrecia.

– “Ssshhhhhtttt… Augusta… Tranquila, ya ha pasado… Tranquila… Tranquila” – como si él fuese un encantador de serpientes la mujer dejó caer al suelo su arma improvisada, desapareció toda la rabia de su rostro y empezó a llorar. Rapax siguió hablando muy despacio.

– “Ya ha pasado, Augusta. Ya está. El emperador os espera en vuestras habitaciones” – al pronunciar estas palabras ella se dio la vuelta.

– “¿Quién? ¿Tito? ¿Ha vuelto?” – le dijo esperanzada. Él, con una infinita dulzura, la liberó de su abrazo y le sonrió.

– “Sí, ha vuelto, os espera, Augusta” – hizo un gesto a dos pretorianos que se encontraban a pocos pasos de allí y se la entregó.

– “Acompañadla a sus habitaciones. Y aseguraos de que no vuelva a salir de ellas, como os había ordenado ¡por Jupiter que os arrepentiréis de ésto!” – la cara de Rapax no admitía objeciones. Los pretorianos se alejaron llevando a Domicia Longina, conscientes de que su jefe les haría pasar un mal trago el día siguiente.

Rapax permaneció frente a Lucrecia, inmóvil, sin pronunciar una palabra. Sabía que delante de una mujer a punto de explotar lo mejor era permanecer callado.

– “¿Se puede saber desde cuándo nos estabas observando?” – le preguntó mientras le temblaba la voz.

– “Os he seguido desde que dejásteis el triclinio, señora. He visto todo.

¿Me estabas espiando, acaso? ¿Por qué no la has alejado antes?” – Lucrecia notaba una furia ciega crecerle dentro del pecho.

– “Cumplía con mi trabajo, os estaba escoltando. La he dejado hablar porque normalmente no es peligrosa” –

¿¡NORMALMENTE!?” – Lucrecia desató toda su rabia propinando una sonora bofetada a Rapax, quien no se inmutó. – “¡Esa vieja loca ha estado a punto de matarme, cretino!

Cuando Domicia Longina quiere matar, lo hace sin que su víctima se de cuenta.” – contestó Rapax clavando sus ojos verdes en los ojos pardos de Lucrecia. Nunca había tenido delante de él una mujer tan bella, incluso bajo la tenue luz de la luna y la luz distante de las antorchas y los candelabros que iluminaban el palacio. Ella volvió a levantar la mano para darle otra bofetada pero él la detuvo al instante, a pocos centímetros de su cara. Siguió mirándola sin decir palabra mientras se iban acercando, lentamente. Estaba tan cerca de ella que podía notar su cálido aliento salir de la boca.

– “Señora, permitid que os acompañe a vuestras habitaciones” – dijo Rapax sin soltar la mano de Lucrecia. Se la bajó lentamente y se apartó apenas unos centímetros para dejarla pasar, rozándolo.

Ella caminaba lentamente, consciente de la muda presencia del hombre detrás de ella, recreándose en el recuerdo de su mirada. Al llegar a sus estancias entró sin darse la vuelta, y con un gesto ordenó a Acte que cerrase la puerta.

6.

Apenas se cerró la puerta, Lucrecia caminó a toda velocidad hasta su tocador.

¡IMILCE! – gritó. Al no aparecer se giró hacia Acte – ¿Se puede saber dónde está? ¡IMILCE!

Cuando se sentó en un pequeño taburete tenía ya a su ornatrix detrás de ella.

– “Aquí estoy, domina” – dijo, mientras se apresuraba a quitar los hilos y las pequeñas horquillas de madera que sujetaban el complicado peinado.

Tan lenta como siempre ¡date prisa en quitarme esta maldita peluca! He pasado toda la noche con unas ganas locas de rascarme ¡no puedo más!” – contestó Lucrecia metiendo los dedos entre los primeros resquicios que aparecían entre la peluca y su cuero cabelludo.

Domina, os advertí. Tenéis mucho pelo y al comprimirlo con las fajas de lino para poner encima la peluca, el calor os habría irritado la piel…” – se calló al instante al encontrar la mirada de su dueña reflejada en el espejo de bronce bruñido.

¿Te he pedido tu opinión? Podría haberse inventado un peinado más sencillo, maldita Plotina. Aaaahhh ¡qué alivio!” – dijo cuando Imilce, con movimientos precisos, le quitó la peluca, las fajas y aireó los largos cabellos castaños de Lucrecia.

Acte, mientras tanto, ayudaba a su señora a desvestirse y le trajo una fina túnica con tirantes, de ligera seda color malva.

– “Si ya lo decía mi madre, domina. Para presumir, hay que sufrir” – apuntó la esclava.

Para sufrimiento, aguantar tu cháchara, Acte.

Las dos siervas intercambiaron una mirada que lo decía todo, su señora estaba de mal humor, como siempre. Pero Acte no desistía, se moría de curiosidad por oir la versión de su “domina” de lo ocurrido durante la velada, por eso, mientras se llevaba la preciosa túnica roja le preguntó:

– “¿Se ha divertido durante la cena,domina’?

No exactamente… Ha sido una noche, muy interesante…” – dijo mientras jugueteaba con un mechón de su largo cabello, mientras Imilce la peinaba. – “Adriano quiere que Publio esté con él, en Dacia.

Imilce continuó peinándola sin levantar la mirada del peine. Lucrecia miraba el espejo, quería ver la reacción de su ornatrix.

Imilce, tu hijo lo acompañará.” – no pudo evitar sonreir al ver cómo se le caía el peine de las manos.

Domina ¿mi hijo?” – prosiguió Imilce sin saber de dónde estaba sacando el aliento para seguir hablando.

Sí, tu hijo. Publio va a servir a Adriano y tu hijo servirá a Publio. Es dos años mayor que él, ya es fuerte y alto como un roble.” – la esclava seguía peinando a su señora. Su rostro no transmitía ninguna emoción evidente, excepto por una lágrima que rodaba por su mejilla izquierda, demasiado pequeña como para que Lucrecia pudiese advertirla reflejada en el espejo de bronce.

– “¿Cómo se llama? Tu hijo ¿cómo se llama?” – se había prometido a sí misma ver a Imilce desesperada. Sabía perfectamente cómo se llamaba su hijo, y esperaba que al pronunciar su nombre ella se derrumbase por dentro. Aunque el comportamiento de Imilce fue siempre el de una buena esclava, Lucrecia advertía dentro de ella un orgullo que nunca había logrado doblegar, y eso era algo que detestaba.

Manio, domina.”

– “Tiene que haber sido difícil para él crecer sin un padre.” – le dijo Lucrecia. Quería que sus palabras surtiesen el mismo efecto sobre su esclava que el de una jauría de lobos hambrientos en un redil roto.

– “Lo ha sido, domina. Néstor murió cuando era aún muy pequeño.” – Lucrecia agradeció a Imilce la oportunidad que le estaba brindando, en bandeja de plata.

Sabes que no me refiero a Néstor…” – Imilce seguía peinando a su dueña, aparentemente muy concentrada en quitar el más mínimo nudo de la sedosa cabellera – sino a aquel joven, el hijo de la ornatrix de tía Marcia… ¡Ah! ¡Justo! Marco… Desapareció ¿verdad? Fue un periodo de extrañas desapariciones. También se desvaneció en la nada el hijo de aquel magistrado… y el preceptor griego, siempre en casa de los tíos. Pero pronto encontraste a alguien que te consolase ¿verdad Imilce?” – tras estas palabras ésta cepillaba con más ímpetu el pelo de Lucrecia.

– “Él escapó y a la primera ocasión abriste las piernas al siguiente. No se podía esperar nada más de dos esclavos, está claro. Cepilla fuerte, no me haces daño…” – Lucrecia estaba segura de su triunfo, lo sabía por la furia con la que Imilce la peinaba y por la cara de Acte. – “Tienes ocho días para despedirte de tu hijo, Imilce. Tranquila, no le pasará nada, en Dobretae hay dos legiones y una cohorte de pretorianos. Eso sí, si por su culpa le pasa algo a mi hijo, te lo devolveré en pedazos tan pequeños que no te quedará nada para quemar en la pira.

Lucrecia se levantó y despachó con un gesto de la mano a Imilce y pudo comprobar con satisfacción la magnitud de su victoria. El orgullo había dejado paso a algo diferente, por la forma en la que Imilce la miraba. Probablemente se trataba de odio, y se alegraba de ello.

– “Acte, sal y díle al pretoriano que quiero verlo.

¿Qué pretoriano?

Desde luego, hay veces que pareces tonta. ¿Quién va a ser? Rapax, el centurión, está aquí fuera. Hazlo entrar y luego vete, no te necesitaré más por hoy.

Sí, ‘domina’, cómo ordenéis” – Acte salió y a los pocos instantes oyó la puerta que se volvía a cerrar. Siempre había sido una persona impulsiva y la rebelde de la familia, pero a pesar de ello se preguntaba de dónde había sacado el valor para hacer algo así, y para hacer lo que probablemente haría esta noche. Quizás Domicia Longina tenía razón y eran esas paredes las que le hacían comportarse así.

Notó que él estaba detrás de ella, de nuevo a unos pocos pasos.

Señora ¿me habéis mandado llamar?” – dijo Rapax. Su voz no era el suave susurro que salió de sus labios cuando estaban en la fuente. El tono ahora era marcial, seguro. Lucrecia se dio la vuelta y observó con placer cómo el impasible oficial no pudo evitar abrir ligeramente la boca cuando la vio. La fina túnica que llevaba dejaba poco a la imaginación. Además, Lucrecia se había colocado justo delante de una lucerna que aumentaba la transparencia de la tela. Se acercó muy despacio a él.

Quería pedirte disculpas, por la bofetada. Estaba algo nerviosa.” – seguía acercándose mientras hablaba. Cuando estaba a apenas un paso de él le cogió la mano izquierda. – “Y quería darle las gracias, a la mano que me ha salvado.

Tenía la mano del pretoriano entre las suyas, y la acariciaba. Observó el anillo de sello que llevaba en el dedo medio, de oro, con el camafeo de sardónice, ónix rojo. La mano hábil de un artesano había tallado en él una cabeza de Medusa.

Es precioso. Una obra de arte.” – dijo Lucrecia acariciando el anillo. Tenía la vaga sospecha de haberlo visto antes, pero no lograba recordar dónde.

– “Era de mi padre. O por lo menos así me han dicho. No lo conocí nunca.” – contestó. La marcialidad había desaparecido de su voz.

¿De dónde eres?

Antioquía.

Siria está muy lejos.” – dijo Lucrecia colocando la mano de Rapax detrás de su cintura, sus bocas estaban ya a pocos centímetros.

Hispania también.

La mano derecha del pretoriano apretó la espalda de Lucrecia, mientras ella acariciaba su rostro, la potente mandíbula, el hoyo en medio de ésta, los cabellos. Él deshizo con una mano los lazos que sujetaban la ligera túnica, que cayó al suelo. Recordó las palabras de Graco en el Aula Regia y agradeció a Venus que tuviese razón. Su mente, que siempre había sido lúcida, sucumbió a su deseo; no le importaba si lo que estaba haciendo estaba bien o no. Sólo sabía que nunca se había sentido así, que deseaba cada poro de la piel de esa mujer, y que la tenía entre sus brazos, entregada y jadeante. Le besó el cuello mientras ella desataba las correas laterales del peto; la tuvo que alejar unos instantes para poder deshacerse de él. Ella le ayudó a desnudarse, la cogió entre sus brazos y la llevó a la cama.

Horas después, cuando ella se había dormido finalmente, se vistió deprisa y salió de las habitaciones. Subió a una pequeña terraza en lo más alto del Palatino; la luna iluminaba la mole oscura del Circo Máximo, y pintaba reflejos plateados en el agua del Tíber. Suspiró profundamente, satisfecho, y en esos momentos, cuando el cielo comenzaba a cambiar casi imperceptiblemente de color, se sintió más potente que el mismísimo Trajano.

Mientras tanto, en la Subura, Marco entraba sigilosamente por la ventana de su modesta habitación que daba directamente al tejado. Se descalzó, se despojó de las armas con cautela y las escondió debajo de la cama, junto con los pantalones de legionario y el caracallus, la capa gala con capucha. Saturnio dormía profundamente en el otro cuarto, sus ronquidos no dejaban lugar a dudas, no lo había oído volver. Se tumbó en la cama mirando las vigas del techo, preguntándose si su sed de venganza se apagaría cuando Imilce volviese a ser suya, y cuando cerró los ojos, vio lo que veía todas las noches. El grito mudo de Clelia, la mano que le tapaba la boca y el arma que le cortaba el cuello. Una mano con un anillo de oro con una cabeza de Medusa tallada en un camafeo de sardónice.

[1]              La caza con la que empezaban, por la mañana, los juegos en el Coliseo

[2]              Localidad cercana a Roma en la que los hombres más ricos de la ciudad tenían sus villas de campo.

[3]              Cádiz

[4]              Tívoli

[5]              Cocinero

[6]              Marsella

[7]              Periodo de ocho días, equivalente a nuestra semana.

[8]              En la actual Rumanía

[9]              Danubio

[10]            Módena

[11]            Barcelona

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