Capítulo 3 – Lares y penates

1.

Marco se giró en su modesto camastro, inquieto. Normalmente los ruidos de la calle y los primeros rayos de sol lo iban despertando poco a poco: el ir y venir de los habitantes de la ínsula, los últimos carros que se apresuraban a entregar las mercancías antes de que no pudiesen circular por el centro de la ciudad, los tenderos que se disponían a abrir sus negocios. Sin embargo aquella mañana un fuerte olor a incienso impregnaba toda la habitación, además de un murmullo, una especie de letanía y el sonido de algún instrumento parecido a un cascabel. Abrió lentamente los ojos y dudó si seguía despierto o lo que veía era el fruto de su imaginación o un sueño. A los pies de su cama se encontraba un sacerdote, con su blanca toga sobre la cabeza, que agitaba una varilla de incienso con la mano izquierda y movía una especie de sonajero con la mano derecha, musitando una oración salve Vesta Mater- Vobis offero puro corde hunc panam farreumet vos omnes date mihi domofamiliae nostrae valetudinemac felicitatem in opere nostro[1]. Detrás de él, Saturnio recitaba también la oración, o fingía hacerlo pues era obvio que no la sabía y lo único que hacía era repetir la última palabra que había salido por boca del sacerdote, acentuándola, tirando por encima de su hombro alubias al suelo.

Marco se levantó raudo de la cama y se dirigió al sacerdote, lo cogió por un codo y lo acompañó hasta la puerta, susurrándole unas palabras. El hombre, tras el enfado inicial por haber sido tratado en un modo, a su juicio poco respetuoso, sonrió y se fue.

Al cerrar la puerta de su modesta vivienda y girarse, Marco casi se dio de bruces con Saturnio, que llevaba aún un puñado de alubias en la mano y con la boca abierta señalaba a la puerta.

  • ¿Y por qué ha hecho éso?” – dijo el
  • ¿Por qué? ¡Si alguien tiene que preguntarse por qué, soy yo!” – respondió Marco volviendo a su habitación para
  • Pues porque había que purificar la casa, bueno, casa es decir demasiado, había que purificar estas habitaciones ¡que no tiene ni larario!
  • Ya te lo dije ayer por la noche, no creo en ciertas
  • ¡Pero qué le costará, digo yo! Basta un rinconcito, un altar pequeñito, cuatro o cinco figuras, así se honran a los antepasados y a los dioses que protegen el hogar, los lares y los penates y ¡ya está! ¿Usted sabe en lo que se convierten los espíritus de los antepasados si no se les honra? ¿Eh? Que usted es listo sólo para lo que quiere ..”

El hombre se calló al instante al interceptar la mirada hostil de Marco, quien mientras tanto seguía arreglandose para salir, lavándose la cara y las manos. Aunque su semblante era serio, dentro de sí sonreía al ver la preocupación del pequeño hispánico, quien como era su costumbre, aguantó callado pocos instantes.

  • ¡Lemures! Si no se trata bien a los antepasados se convierten en lemures, y vienen para atormentarnos, y no nos dejan dormir, .. y… ¡hasta tienen la cola rayada!” – continuó Saturnio levantando el dedo.
  • Pero veo que tienes lo necesario para calmarlos ¿no?” – sonrió Marco señalando las alubias que Saturnio tenía en la mano y las que estaban por el
  • No, si encima me viene con Que no yo qué es lo que aprendió en Grecia los años que vivió allí, que perdió los principios de todo buen hispano.” – continuó hablando Saturnio, sin percatarse de la nube sombría que atravesó el semblante de Marco por unos instantes – “Me falta sólo oírle decir que no cree en la divinidad del emperador.
  • El emperador es sólo una persona, unos gobernaron bien, otros peor, pero el emperador es tan de carne y hueso como y como yo, te lo puedo
  • No, si ahora me dirá que conoce al mismísimo
  • Pues sí, yo era un esclavo de su familia, como lo era mi Ella murió cuando yo tenía trece años, coincidió con una estancia de Trajano en Itálica, había terminado su mandato comolegatusen la frontera germánica y en poco tiempo tenía que partir para serlo en Legio, en el norte del país. Él me concedió la libertad justo antes de irse a ocupar su nuevo puesto; lo hizo en persona, recuerdo la ceremonia delante del magistrado. Era un buen dominus, todos lo respetábamos y se hacía respetar, con firmeza pero sin crueldad y se está demostrando un buen emperador, pero es humano.

Saturnio abrió los ojos como platos y dejó caer al suelo las pocas alubias que le habían quedado en la mano.

  • ¿Usted es un liberto de los Ulpios? Entonces ¿qué hace viviendo en esta ratonera?
  • Eso es algo que te contaré otro día, ya te he dicho bastantes cosas por ¿No tienes hambre? Hay una popina[2] aquí abajo, si quieres desayunar…” – a pesar de la oferta Saturnio no se movió, se mesaba la rala barba y podían hasta oirse los engranajes de su cabeza mientras pensaba – “¡Lo tengo! ¡Usted es cristiano!
  • No, no soy Baja, ahora vengo yo” – empujó al hombre con delicadeza fuera de casa, y volvió a su habitación.

Por un momento se había olvidado de que él tendría que irse al palatino a trabajar y que Saturnio rondaría por casa, por lo que tenía que poner a buen recaudo lo que había ocultado debajo de su jergón la pasada noche. Sacó el caracallus, los pantalones y las armas: un puñal y un gladio en el que la empuñadura estaba decorada con la cabeza de un águila. Abrió el arcón, que era el único mueble presente en la habitación e introdujo en él sus pertenencias, cerrandolo con un candado. Se quitó la fina cuerda de cuero que llevaba al cuello y la pasó por la llave, que pasó a acompañar al pequeño colgante de madera. Sonrió al tocarlo y al pensar que Imilce estaba en la ciudad; todos aquellos años de dolor y sufrimiento habían servido para algo, y finalmente tenía la felicidad al alcance de su mano. Soltó el colgante y llevó la mano a su cuello, justo debajo de la mandíbula, donde la barba ocultaba una larga cicatriz. Sólo ella podría darle un poco de paz.

2.

Marco cerró la puerta y bajó por los empinados escalones de madera que separaban sus habitaciones del resto del edificio. Las cuatro paredes que le servían de cobijo habían sido construídas apresuradamente por el propietario de la ínsula partiendo de lo que no habría sido, sobre el papel, más que un palomar, así podría alquilar también ese espacio. Cuando Pausanias le llevó allí la primera noche que llegó a Roma, no protestó por lo incómodo de su morada; no había mejor sitio del que poder entrar y salir sin llamar la atención. Si alguien te busca, no mira nunca hacia arriba.

Llegó al primer rellano y revolvió el pelo de un chiquillo delgado y menudo que jugaba con unos huesos; era el hijo de un empleado de la fullona cercana y aunque el padre trabajaba de sol a sol, las pocas horas que transcurría en casa bastaban para impregnar el ambiente del olor rancio de los orines con los que limpiaban y coloreaban las telas. Roma era una ciudad de contrastes, en la que pocos metros separaban la miseria de las ínsulas de los mármoles del foro.

Iulo, no te olvides, mañana empiezas la escuela” – dijo Marco al niño, que lo observó con sus enormes ojos tristes y pardos. Su madre, que con un cepillo y algo de agua intentaba arrancar de las paredes de madera el olor y la podredumbre, corrió un lienzo sucio que hacía las veces de puerta de su casa. – “No cómo agradecérselo. Prometo que le pagaré apenas pueda.” – le dijo la buena mujer. Era joven, no tendría más de 20 años, aunque la fatiga y la vida había empezado a hacer mella en su rostro. Marco le sonrió.

– “No es necesario, será sólo una hora al día como mucho, y probablemente no todos los días, dependerá de mis obligaciones. Si Iulo viene cuando haya clases me doy por  pagado.

Marco saludó a la mujer y bajó las escaleras con pasos rápidos hasta llegar al patio, donde se topó con Saturnio que estaba hablando con una de las prostitutas del lupanar del primer piso. La tarde anterior Saturnio dejó de lamentarse y quejarse de su suerte, en cuanto se dio cuenta a qué se debía el trajín de hombres que entraban y salían de uno de los soportales de la ínsula. La mujer había sido interceptada por Saturnio en la fuente, mientras estaba llenando un ánfora con agua; a pesar de la hora temprana estaba ya preparada para ejercer su profesión. Llevaba en la cabeza una llamativa peluca de color azul cobalto a juego con la túnica, no le faltaba una buena cantidad de colorete en las mejillas y había acentuado su mirada con una sombra del mismo color.

Que no, Saturnio, que no. De servicios gratis, nada; sólo para él, pero no quiere” – dijo guiñándole el ojo a Marco. Éste se acercó y le dio un beso en la mejilla, cogió a Saturnio del brazo y se lo llevó casi a rastras, mientras la prostituta se acomodaba el cántaro en la cadera y suspiraba.

Saturnio miró a Marco.

Es usted mi héroe. Si es que yo no qué es lo que les hace a las mujeres. Una caída de párpados, una media sonrisa y las deja tiesas.

Llámalo carisma

Ca… ¿qué? Eso es otra de esas palabrejas griegas. Desde luego con usted no me haré rico, pero acabaré con una cultura… Vamos, que terminaré hecho un Seca.

Séneca.

Vale, eso.

Habían alcanzado el extremo opuesto del patio, al que daba la puerta de atrás de la taberna de la esquina. Marco conocía al dueño, y podía entrar cuando aún no había quitado las tablas de madera que cerraban la entrada al local desde la calle.

¡Está cerrado!dijo un hombre al oirlos entrar. Tendría unos cuarenta años, era corpulento, su cara necesitaba un afeitado y lucía unas considerables ojeras. Habló sin dejar de limpiar con un paño y un poco de agua las mesas de su local, mientras una mujer rubia trasteaba detrás del banco. Ésta levantó los ojos y mutó la expresión contrariada con una sonrisa que le iluminó el rostro; el tabernero era tan desaliñado como su mujer elegante, a pesar de lo modesto de su vestimenta. Era de una belleza espectacular, más alta que su marido, con una larga melena rubia y los ojos azules.

¡Pero si es Marco! ¡Pasa, pasa! Cyprianus, no seas zopenco y limpiale una mesa a Marco

El tabernero también cambió su expresión y se apresuró a limpiar la mesa más cercana a Marco y a poner dos taburetes.

¿Y ésto?” – dijo Cyprianus con cara de asco señalando a Saturnio.

Lo recogí ayer en el foro.

Pues podrías haber recogido un perro, como todos. Seguro que olería mejor.

Un poco de respeto ¿eh? ¡Que estoy de cuerpo presente!” – dijo el hombrecillo en un arranque de orgullo.

Se llama Saturnio, dice que quiere ser mi esclavo.” – Marco siguió hablando con Cyprianus como si estuviese solo.

¿Tu esclavo? Pero si todo el mundo sabe que tú…

No tiene esclavos, no, ya lo sé, he cogido el concepto, gracias.

A estas alturas el hombre empezaba a lamentarse de haber puesto el ojo en el hispánico, por mucho que viviese a escasos metros de un lupanar y la mujer del tabernero fuese lo más parecido a Venus que hubiese visto en su vida. Marco le puso una mano encima del hombro; ni siquiera él lograba entender el motivo, pero a pesar de todo Saturnio le caía simpático y lo quería ayudar.

Cyprianus, ayer te lamentabas de que no llegas con el trabajo y que y Galia estáis agotados. Él te puede echar una mano.

Ni pensarlo, con esas pintas me espanta a los clientes. Es más, para que es un esclavo fugitivo.

Al oír las palabras del tabernero, Saturnio se encogió y bajó la cabeza, mientras que con una uña raspaba uno de los nudos de la madera de la mesa. Aunque Cyprianus no era la persona más inteligente del mundo, no hacía falta mucha perspicacia para darse cuenta de que había dado en el clavo.

No, no, no…” – repetía el hombre mientras que con un rápido gesto se colocó el trapo mugriento sobre el hombro y cruzó los brazos – vamos, que no.

Marco siguió hablando sin quitar la mano del hombro de Saturnio.

Bueno, hay otro inconveniente, tiene una deuda de juego con Erastes Fulmen.

¿¡Qué!?” – esta vez fue Galia quien habló. – “Por Jano, Marco, ahora que nos está empezando a ir bien el negocio ¡si lo descubren nos queman el local!

No te preocupes, no lo descubrirán, sabéis de sobra que no pueden venir hasta aquí sin que lo sepa Lucio Voreno y acabe ardiendo algo más que esta popina. Además, vistas las circunstancias no tenéis ni que pagarle, basta que le deis de comer, y duerme en mi casa. Para vosotros todo son ventajas, confiad en ” – Saturnio perdió de repente interés en el estudio de la mesa.

¿Sin sueldo?

¿No querías ser mi esclavo? Que yo sepa los esclavos no cobran. Y por si no te das cuenta te estoy ayudando, así que no estropees más las cosas.” – tras esta frase Saturnio pareció recapacitar y se postró a los pies del tabernero suplicando.

Yo repito que hubiese sido mejor para todos si en el foro te hubieses encontrado un perro. Pero me siento en deuda contigo por lo de la otra noche…” – mientras el hombre reflexionaba se rascaba la barba mirando con el rabillo del ojo a su mujer que no parecía estar muy de acuerdo –  “Bueno, Marco si tu garantizas por él… pero que se lave ¿estamos?  dijo ofreciendo a Marco la mano derecha – ¡Hecho!” – respondió, y acto seguido clavaron sus ojos en el pequeño hispánico.

Pero que manía que tienen con el agua, digo yo. Pues lo siento, a las termas no voy. Les recuerdo además que soy indigente y no tengo ni siquiera el cuarto de as para la entrada.” – dijo Saturnio mientras se levantaba del suelo. Marco se levantó a su vez y cogió un cepillo que estaba dentro de un balde, lanzando una mirada cómplice a Cyprianus quien entendió sin necesidad de palabras las intenciones del hispano.

Bueno, pues no vayas a las termas. Siempre podemos encontrar otra solución ¿verdad Cyprianus?

Claro que ” – contestó éste mientras dejaba el trapo sobre la mesa y se acercaba por la espalda.

Si ya lo sabía yo que ustedes eran personas raaaaaaa….  Cyprianus cogió por las axilas a Saturnio mientras Marco lo hacía de los pies y se lo llevaron en volandas al patio. Lo lanzaron dentro de la fuente y mientras el tabernero se encargaba de que el hombrecillo no escapase de la pila Marco frotaba con el cepillo de buena gana; lograron quitarle la túnica sucia y adecentarlo o por lo menos convertirlo en algo parecido a un ser humano. Marco y Cyprianus observaron satisfechos su trabajo, tras haber vestido a Saturnio con una túnica vieja del tabernero que le llegaba casi hasta los tobillos. Volvieron a entrar a la popina, donde finalmente desayunaron. Marco, unas simples gachas y el nuevo empleado del local los restos de la cena de la noche anterior. Mientras comían el tabernero seguía limpiando las mesas.

Por cierto, Marco ¿has oído la última noticia? Finalmente alguien le ha dado su merecido a Butimas, lo han encontrado esta mañana en un callejón, abierto en canal como una res.

Ah ¿sí?” – Marco respondió con indiferencia mientras seguía comiendo sus gachas.

Germano malnacido, que las furias lo despedacen ahí donde esté” – farfulló Galia – “la pobre Tirsa aún no puede ni levantarse de la cama, de la paliza que le pegó. La ha dejado desfigurada para toda la vida, puede que lisiada. Y todo por quedarse para ella el pago del último cliente del día. Espero que haya dejado este mundo chillando como el cerdo que era. Si tuviese delante a quien se lo ha cargado le estrecharía la mano.

Marco se levantó de la mesa y le entregó a la mujer el plato vacío, pero al dárselo se le resbaló. Él logró aferrarlo antes de que cayese al suelo con la mano izquierda, cogió por unos instantes la mano a Galia y le dio el plato, sonriendo.

Saturnio había terminado de comer con satisfacción y se estaba limpiando la boca con el dorso de la mano.

Si no es mucho preguntar ¿qué es lo que hizo por ustedes mi no-dominus aquí presente?

Pues me libró de dos indeseables que venían todas las noches a dar la murga.” – contestó el mesonero.

Les pedí sólo con delicadeza que fuesen a otro sitio a beber.

¡Con delicadeza!” – sonrió Galia – Nunca había visto nada igual, estaban esos dos haciendo de las suyas y de repente se arrastraban por el suelo recogiéndose los dientes.

Ya, la escena me suena de algo” – contestó Saturnio y poniéndose de pie dio dos palmadas – Entonces ¿por dónde empiezo?

Cyprianus ha sido tan amable de dejarme que use una parte de la trastienda como escuela para los chicos del barrio. Límpiala y consigue un par de bancos, unos taburetes y unas tablillas para escribir.– respondió Marco.

Sí, claro, faltaría más. Y ya puestos unos pergaminos y un par de mapas…” – prosiguió Saturnio.

No, de los mapas me encargo yo. Hay miles en los archivos del palatino, no echarán de menos un par de ellos” – dijo Marco mientras se dirigía hacia la salida. – Tengo que irme, es muy tarde y aún tengo cosas que hacer. Saturnio, compórtate o esta noche te llevo de vuelta al Aventino ¿estamos?

Lo que usted mande, dominus.”

Marco salió a toda prisa sin molestarse tan siquiera en contestar a Saturnio. Tenía aún algo muy importante que hacer, en la zona de servicio de la Domus Flavia.

3.

Marco salió a la calle, que a aquellas horas ya estaba llena a rebosar. El pueblo de Roma vivía en la calle, y para desesperación de Marco parecía que en aquella calurosa mañana de principios de julio, hasta el último de sus ciudadanos se encontrase entre él y el Palatino. Bajó apresuradamente la estrecha calleja sobre la que asomaba su ínsula, pero pocos metros más adelante se tuvo que detener, pues, como sucedía con regularidad, un atasco había bloqueado la circulación: los portadores de una litera habían calculado mal la vuelta de una esquina y habían tirado abajo el puesto de un vendedor ambulante de sandías, las cuales se habían desparramado por el suelo. La algarabía era tremenda, el ocupante de la litera discutía con el dueño del tenderete, los esclavos porteadores con los empleados del tendero, y aprovechando la confusión, algunos pilluelos se llevaban todas las sandías que podían, mientras que un par de matronas que se habían resbalado y caído por culpa de la pulpa roja de las sandías rotas, intentaban ponerse de pie.

Superar esa barrera humana era imposible, por lo que Marco decidió dar un rodeo. Volvió sobre sus pasos y se adentró en la Subura en vez de salir de ella; giró noventa grados a su derecha y se coló en las obras de las nuevas termas que estaba construyendo el emperador, aprovechando los restos de la domus áurea del odiado Nerón. Trajano había empezado un ambicioso plan de re-estructuración urbana, devolviendo al pueblo de Roma el uso público de un amplio espacio en una de las siete colinas de Roma, el Celio. Con paso rápido y ágil logró atrevesar el amplio solar en obras y apareció debajo del coliseo. Aunque aún no se habían abierto las puertas del anfiteatro sus alrededores ya se estaban llenando de gente; dejó atrás la fuente de forma cónica conocida como meta sudans y en poco tiempo llegó hasta el extremo del Palatino, a escasa distancia del Circo Máximo, donde se encontraba una de las muchas entradas de servicio a las domus imperiales. Mientras que en la zona superior de la colina, en la que se encontraba el palacio y otras zonas de uso exclusivo de la familia imperial o de los más altos funcionarios del Estado reinaba la calma, debajo de ella una infinidad de pasillos de servicio comunicaban las diferentes zonas del palacio y en ellos un ir y venir incesante de esclavos y funcionarios, hacía posible que en la parte noble del edificio todo funcionase a la perfección.

Marco empezó su búsqueda en las cuadras.

¿Perteneces a la casa de Lucrecia Domicia?preguntó al primer esclavo que encontró, un herrero sudoroso que con la ayuda de una enorme pinza metía un trozo de metal incandescente en el agua. – No, sus caballos están en las cuadras del fondo, pregunta por ahí. – Dijo mientras sacaba el hierro humeante del agua y lo examinaba.

Marco prosiguió hasta donde le había indicado el hombre. La mayor parte de las cuadras estaban vacías, y sólo en la última encontró a un muchacho que estaba cepillando con brío un caballo bayo.

¿Perteneces a la casa de Lucrecia Domicia?preguntó de nuevo Marco. El chico, que estaba de espaldas, se volvió. Era muy joven, un adolescente, aunque la cara aniñada, los ojos pardos y el cabello ondulado contrastaban con su cuerpo, que era ya prácticamente el de un hombre. Debido al calor, estaba trabajando vestido sólo con su ropa interior, pues había apoyado la túnica en el mango de un rastrillo con el que se limpiaban las cuadras. El chico se la puso para hablar con Marco.

¿qué se le ofrece?preguntó con una sonrisa.

Busco una esclava, creo que es la ornatrix de la domina, se llama Imilce. ¿La conoces? Quisiera hablar con ella.

Al oír el nombre el chico cambió la expresión y frunció el ceño.

¿Y de qué le tiene que hablar? Hemos llegado hace poco a la ciudad, aquí no conoce a nadie.siguió el muchacho, cruzándose de brazos y examinando con su mirada atentamente a Marco.

Soy un viejo amigo suyo, de Itálica. Yo era un esclavo en la domus del emperador.Marco no lograba adivinar el por qué de la actitud recelosa del chico.

Yo soy de Itálica, y no me acuerdo de haberte visto nunca por ahí.Marco se percató del repentino tuteo.

Han pasado muchos años… ¿Ella está en palacio?

No. Se ha ido esta mañana temprano a Tibur con la domina, volverá en cinco días.respondió el joven, con un tono hostil – Le diré a mi madre que la has buscado.dicho lo cual, retomó el cepillo y continuó su trabajo.

Marco se quedó petrificado durante unos instantes, farfulló un “gracias” por lo bajo y salió a toda prisa del establo, chocándose casi con otro esclavo que estaba entrando. Éste llegó hasta la cuadra en la que estaba trabajando el chico.

Manio ¡no me habías dicho que tenías parientes en Roma!dijo el esclavo, mientras cogía el rastrillo y se puso a amontonar la paja sucia con él.

¿Parientes? ¿Qué dices?contestó Manio.

Pues ese hombre que acaba de salir. ¡Sois idénticos!

Sí, claro, cómo no. Anda Caledus, ponte a trabajar, que como venga Syrio y nos vea charlando nos arranca la piel a tiras.contestó el joven.

Marco no supo cómo llegó al pupitre que ocupaba en una de las salas de los copistas; el chico en la cuadra era hijo de Imilce. Desde que volvió a verla la tarde anterior no se le había pasado por la cabeza que también ella pudiese haber rehecho su vida, y no pudo evitar sentir el sabor agrio y amargo de los celos en la garganta. Él también había tenido un hijo, pero años después. ¿Y si existía un marido? Probablemente otro esclavo de Lucrecia ¿quién podría ser? Marco copiaba mecánicamente el texto del informe que tenía delante de él, la hoja de servicios de un legionario, nacido en, hijo de… Escribió con precisión, “nombre de la madre: Lapia – nombre del padre: desconocido”. La pluma no llegó a apoyarse sobre el papiro… ¿sería posible? El chico no tendría más de quince años, por lo que no debió nacer demasiado tiempo después de que tuviese que escapar de Itálica. Recordó los rasgos del joven, reconoció los labios carnosos de Imilce, su mirada orgullosa, pero había algo más en él, algo que ahora se atrevía a definir como suyo.

Recordó aquella noche, la única que pasaron juntos; se conocían desde niños, el amor entre ellos brotó poco a poco, como algo natural y nunca pasaron de robarse besos y caricias a escondidas, pues vivían en la ilusión de la juventud, creían que tendrían toda la vida por delante. Hasta que el destino en forma de un joven patricio cegado por el vino y la lujuria se cruzó en su camino. Habían pasado muchos años, pero recordaba cada instante; Pausanias lo había escondido en el bosque, en un chamizo que usaba un pastor de la zona para protegerse del frío durante las noches de invierno. Marco permaneció inmóvil, mirando ora el fuego, ora sus manos manchadas de sangre, la sangre del hijo del magistrado que intentó violar a Imilce. No supo cuanto tiempo pasó, oyó pasos fuera de la cabaña y entró Pausanias acompañado por Imilce.

– “Volveré antes de que salga el sol, la acompañaré a casa antes de que nadie se de cuenta de su ausencia” – dijo el preceptor griego, y se fue.

Marco entendió en aquellos momentos el significado de su gesto y por primera vez se alegró de que su madre hubiese ya muerto, por lo menos ella no sufriría por lo que había hecho.

Imilce, lo siento, he estropeado todo, podía haber soltado el perro, lo habría alejado…” – bajó la mirada de nuevo al fuego. La chica corrió a abrazarlo y a besarlo.

Habría vuelto, me rondaba desde hacía días, desde que vino con su padre a un banquete ofrecido por el dominus. No te lo había dicho, tenía miedo de tu reacción ¡perdóname Marco!” – le dijo sollozando. Siguieron abrazados largo rato, en silencio. Sabían que probablemente no volverían a verse; aunque Marco no era ya un esclavo, si averiguaban que había matado a un patricio recibiría el mismo castigo que cualquier otro criminal, la crucifixión, por lo que si quería seguir vivo tendría que huir de Itálica. No hicieron falta palabras cuando volvieron a mirarse, se desnudaron en silencio y se entregaron el uno a la otra, deseando que el tiempo se parase. Pero no lo hizo, y demasiado pronto Pausanias regresó para llevarse a Imilce. Antes de dejar el cobertizo, la muchacha se quitó un colgante de madera que llevaba al cuello y se lo puso a Marco.

Me lo dio mi abuela, cuando era muy pequeña. Vivía en las montañas, y tenía fama de bruja, la vi sólo ese día, pero recuerdo perfectamente sus palabras. Me puso este colgante al cuello, y me dijo Te llamas Imilce, como la hija de Ipal, de la tribu de los Béticos. Vivirás una larga vida, un día perderás a tu corazón y con él la dicha. Cuando esto suceda, le darás este colgante y su reflejo te lo devolverá, muchos años después, en el centro del mundo. Y volverás a ser feliz – Nunca he entendido que querían decir estas palabras, hasta ahora. que un día nos volveremos a ver.

Imilce salió de la cabaña, y no volvió a verla, hasta ayer. Habían pasado casi dieciséis años, y hoy había visto a su hijo… ¿Era también suyo? Deshechó de inmediato la idea como una locura, y siguió con su trabajo.

Poco después de la hora sexta vio entrar en la sala un pretoriano; Marco siguió copiando sin prestarle más interés y lo oyó acercarse, acompañado por el responsable de su sección en el archivo. El militar le estaba pidiendo unos documentos, y al llegar a la altura del pupitre de Marco se paró y apoyó la mano derecha sobre él. Éste contuvo la respiración, no daba crédito a sus ojos. La mano que tenía a medio palmo lucía un anillo de sello de oro, con un camafeo en sardónice rojo con una cabeza de medusa grabada. Marco recobró su sangre fría y sin levantar la cabeza se retiró de su mesa y se dirigió hacia unas estanterías, haciendo como si buscase un legajo. Se situó detrás de la estructura cuya forma recordaba un panal, en el que en cada una de las celdas descansaban una decena de rollos. Así pudo observar al pretoriano mientras éste hablaba con el archivista jefe; del hombre que atacó a él y a su familia en Atenas recordaba el anillo y la mirada rapaz de unos ojos verde oscuro iluminados por una antorcha. Estaba seguro de que el anillo era el mismo, pero quizás se trataba sólo de una casualidad. Se acercó lo más que pudo para no delatar su presencia, el pretoriano caminó unos pasos más hasta situarse cerca de uno de los ventanales. Un haz de luz que entraba del exterior iluminó el rostro del hombre, y pudo verle con claridad. El anillo era el mismo, la mirada idéntica… Serían demasiadas casualidades.

Volvió a su puesto apenas el pretoriano dejó la sala, y preguntó a un escribano sentado a su lado si sabía quién era el oficial que se acababa de ir.

– “Flavio Messio Rufo, centurión de los “especulatores”, apodadoRapax, y con razón. Un pájaro de mal agüero, te lo digo yo. Esta mañana estaban azotando en un patio a dos de sus hombres, algo gordo debió pasar ayer por la noche. O quizás simplemente se quedaron dormidos durante la guar…” – el hombre dejó de hablar al darse cuenta de que el archivista lo miraba de malos modos.

Marco se levantó de nuevo para llevar las hojas que había copiado a la mesa del encuadernador, quien añadiría los nuevos folios al rollo que contenía los informes de la decimotercera legión. Era un hombre simpático y rechoncho, y sonrió al ver a Marco.

Vaya, veo que le has cogido la mano, has sido muy rápido” – le dijo.

Era un trabajo fácil, aunque algo monótono, todos estos legionarios. Podría haber algún pretoriano, para variar” – respondió Marco con un gesto cómplice.

Pues olvídate, todo el papeleo de los pretorianos lo llevan en su cuartel, el Castro Pretorio. Veamos qué tengo para darte ahora… toma, hay que pasar a limpio la última recaudación de impuestos en Judea. Acabarás pronto ¡lo único que les sobra a esa gente son profetas!” – contestó mientras se reía el sólo de su propia chanza.

Marco lo saludó y pasó al aula de los cartógrafos. La mañana anterior había ayudado a uno de ellos, un funcionario bastante anciano, que tras tropezar contra una esquina se le habían caído buena parte de los mapas que llevaba consigo. Marco fue el único que se paró a ayudarle y le llevó la mitad de ellos al archivo correspondiente. El hombre, agradecido, le dijo que pasase cuando quisiese, y Marco aprovechó la invitación para pedirle algún mapa viejo para la escuela. Mientras el anciano los buscaba, Marco localizó otro mapa que le interesaba, pero que no podía pedir prestado: una planta del Castro Pretorio. Aprovechó una distracción de Chryses, que así se llamaba el cartógrafo, para colocar la planta entre los dos mapas; los enrolló y salió con ellos debajo del brazo.

Un par de horas después, acabado su turno de trabajo, Marco volvió a pasar por las cuadras, esperando volver a ver al muchacho, el hijo de Imilce. Tuvo la suerte de encontrarlo mientras llevaba con una carretilla heno fresco a los establos. Marco se desató el cordón que llevaba al cuello y le dio el colgante al chico, que lo miraba atentamente.

Dale ésto a tu madre cuando vuelva.

El joven estudió el humilde rectángulo de madera, y cambió la expresión, sorprendido.

Lleva tallado su nombre, en la lengua de los íberos. Ella me enseñó cómo se escribía

No he sabido nunca lo que querían decir esos extraños signos, no tuvo tiempo de decírmelo cuando me lo dio.” – contestó Marco. Tomó valor al ver que la hostilidad en la mirada del chico había dado paso a la curiosidad, y añadió.

 – Por favor, prométeme que se lo darás, es muy importante.

Lo haré” – levantó la mirada y clavó sus ojos pardos en los de Marco. – ¿Quién eres?

Pregúntaselo a tu madre, sólo ella lo sabe.

Regresó a la Subura caminando muy despacio, sumido en sus pensamientos, preguntándose quién era el pretoriano y por qué había querido acabar con él y su familia. Necesitaba hablar con Pausanias, pero no sabía dónde encontrarlo. Casi sin darse cuenta se encontró delante de su ínsula; la voz de Saturnio le despertó de su ensoñación.

¡Ave dominus! ¿Señor? Pero qué cara me lleva, que parece que ha visto a un espíritu.

Marco miró al hombrecillo.

Te equivocas, he visto a dos.

 

4.

Aquella mañana, mientras Saturnio intentaba purificar la humilde morada de Marco, un pequeño grupo formado por un par de carros y unos pocos caballeros salió de la ciudad por la puerta Esquilina para tomar la Via Tiburtina. Aunque con un buen caballo se llegaba a Tibur en pocas horas, los dos carros en los que viajaban Lucrecia y su séquito, si no había inconvenientes, llegarían al anochecer. En uno de ellos viajaba la domina, tumbada cómodamente, mientras que en el otro, Acte e Imilce dividían el espacio disponible con todos los enseres de los que su señora no podía separarse, ni siquiera para tan corta estancia. En el pescante dos esclavos, que se encargaban de conducir el carro.

Ninguno de los viajeros estaba entusiasmado con el viaje. Publio hubiese preferido quedarse en Roma, hablando con Sura sobre la próxima campaña contra los dacios o entrenándose con el centurión de los pretorianos, como le había prometido, en lugar de ir a visitar a unas parientes lejanas. Tal era su frustración, que disimulaba su contrariedad azuzando a su caballo perdiendo de vista en pocos instantes a los carros; luego los esperaba y volvía hacia ellos con un trote ligero. Lucrecia, tras la noche pasada con Rapax, no ardía en deseos de viajar, y el saber que pasaría mínimo cinco noches sin verlo, la volvía loca. Había esperado que él formase parte del grupo de pretorianos a caballo que los escoltaban, pero no fue así. Lo buscó entre los guardias en los pasillos de la Domus Flavia y en el patio en el que se habían subido a los carros, pero no lo encontró. Como siempre desahogó su rabia en alguien y como siempre, en Imilce. En el último momento ordenó que Manio, su hijo, se quedase en Roma, a pesar de que el chico viajaba siempre con ella en cualquier desplazamiento ocupándose de los caballos.

Imilce y Lucrecia habían nacido en la misma casa y compartieron los primeros juegos, cuando Lucrecia se escapaba con su hermano a la zona de los esclavos. Allí pudo observar que, a pesar de ser una esclava, Imilce gozaba de algo que ella desconocía, el amor de su familia, y la envidiaba por ello. Aquellos pequeños gestos de afecto que le dedicaban sus padres u otros esclavos eran algo desconocido para ella, educada en la rígida disciplina de un pater familias devoto de la tradición republicana, a pesar de que la república había muerto hacía generaciones. Por tal motivo, llegada a una cierta edad, se les prohibió a ella y a su hermano Adriano, el frecuentar a los hijos de los esclavos. Aún así lo continuaron haciendo, era un pequeño gesto de rebeldía; hasta que un día los pillaron y su madre les castigó con diez golpes de vara, bajo la mirada horrorizada de su hermana Elia, que nunca participó en ninguna de las muchas trastadas de sus hermanos. Adriano recibió los golpes en silencio, pero con la determinación de seguir haciendo lo que más le gustase y Lucrecia acató las órdenes prometiéndose que no iba a ser la única en recibir un castigo. Hizo, por primera vez en su vida, algo en lo que acabó siendo maestra: instigar a alguien a hacer ciertas cosas con la convicción de que la idea era exclusivamente suya. Se propuso alejar a Imilce de casa, y lo hizo inculcando en su madre la idea de que ellas no podían tener una ornatrix peor que la de la tía Marcia. Así pues se podía mandar a Imilce, que tenía ya edad para empezar a trabajar, a la domus de la tía para aprender los secretos de la mejor ornatrix de Itálica. Transcurrida poco más de una semana del castigo, Lucrecia pudo observar, escondida en las cuadras, la dolorosa escena de la separación de Imilce de sus padres. Cuatro años después, Ipacia, la ornatrix de tía Marcia murió, por lo que Imilce regresó a la domus, una vez aprendidos todos (o buena parte) de sus secretos.

A partir de ese momento Lucrecia la veía todos los días, ya que pasó a formar parte del grupo de esclavas que se dedicaban al cuidado personal de la domina y sus hijas. Imilce volvió hecha prácticamente una mujer de rara belleza, orgullosa y serena, con una nueva luz en los ojos. A los pocos años, Acte entró al servicio de Lucrecia como criada personal, y desde el principio se mostró tan eficiente en su trabajo como aficionada a la charla y los cotilleos, por lo cual no tardó mucho en saber de la amistad que había nacido tiempo atrás entre Imilce y el hijo de Ipacia, Marco. Un día que se llevó a Imilce para que le acompañase durante sus compras, sorprendió al muchacho hablando con ella mientras la esperaba fuera de la tienda del comerciante de telas. Acte tenía razón, algo había entre los dos. Así pues, al final de cuentas, Imilce había ganado; ella había hecho de todo para que Imilce se alejase del amor y ahora era más amada que nunca, mientras que a ella le esperaba un matrimonio con un patricio aburrido, un viejo amigo de su padre que le doblaba la edad. Pronto se le presentó la ocasión de herir de nuevo a la joven; su familia ofreció un banquete en honor del nuevo magistrado, quien se presentó acompañado por su mujer y su hijo, de unos veinte años, una especie de sátiro aficionado al vino y a toda fémina que se le pusiese por delante. Así pues, con la excusa de un arreglo urgente de su tocado, convocó a Imilce al triclinium[3]. Había lanzado el anzuelo, y el pez picó. En poco tiempo la mirada de la esclava perdió su luz, su rostro alegre se volvió oscuro y sombrío, hasta que un día la encontró tan pálida que su tez se podía confundir con las máscaras de cera de los antepasados que adornaban el atrium[4]. Algo había pasado, el hijo del magistrado desapareció, y también lo hicieron el joven Marco y el preceptor griego de la domus de los tíos. No le preocupó ni lo más mínimo qué sucedió, le bastaba contemplar satisfecha cómo la sonrisa se había borrado del rostro de Imilce. Y no había vuelto en todos estos años.

Lucrecia apartó con el mango de su abanico las cortinillas del carro, buscando con la mirada a Publio. Estaba un poco más adelante, hablando con uno de los pretorianos. Ante la vista del soldado, Lucrecia volvió a pensar en Rapax, y una inmensa furia se apoderó de ella. No estaba acostumbrada a tal desplante. Era ella quien desaparecía, quien hacía esperar o dejaba al otro con la palabra en la boca, y no al contrario. Con el traqueteo del carro y debido al cansancio, la rabia dejó paso a la melancolía. Cerró los ojos, los rayos del sol que atravesaban las cortinillas dibujaban sombras extrañas en sus párpados; revivía las caricias de la noche, el fuego verde de los ojos de su amante, sus manos acariciándola, los músculos de su pecho, sus cicatrices. Él no estaba cuando se despertó, y lo odió por ello. Cuando Lucrecia se levantó vio entre las sábanas arrugadas el pañuelo que él llevaba al cuello. Lo cogió y lo olió, cerrando los ojos, lo puso dentro de una cajita de marfil y lo guardó en un pequeño arcón; hubiese querido dejar en Roma también la ligera presión que sentía en medio del pecho cada vez que pensaba en él. Lucrecia era una mujer práctica, y ya que era inútil reprimir su deseo, se dejó llevar por él y mecida por el movimiento del carro imaginaba detalles sobre su próximo encuentro, quedándose dormida con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

  • Desde luego ¡que poca vergüenza que tiene! Mira que la conozco desde hace años y que de que pie .. vamos, cojea de los dos, pero… ordenarle a Manio que se quedase en Roma cuando estábamos ya preparados para salir… eso es mala uva, y lo demás son tonterías. Yo lo que le pasa, que está rabiosa porque el centurión no se ha presentado. Y él, bien que ha hecho, si ya me he dado yo cuenta de que el tal Rapax no se dejará engatusar fácilmente, si su mote lo dice todo… ojalá haya encontrado de una vez la horma de sus sandalias… Qué tiparraca. Y cuando volvamos en apenas tres días, Manio se irá con el joven dominus y quién sabe cuándo lo volverás a ver

Acte no había dejado de hablar desde que salieron de la ciudad. Imilce tenía la mirada perdida en el horizonte y permanecía en silencio, escuchando las palabras de Acte sin oírlas, apabullada por el dolor inesperado provocado por la separación de Manio. Había contado con cada uno de los días que faltaban para separarse de su hijo, y ahora Lucrecia le había robado cinco. De repente se irguió, como si se acabase de despertar de un sueño, o una pesadilla. Cogió la mano de su compañera y clavó en ella sus ojos oscuros, inundados de lágrimas que no dejaría escapar; había aprendido desde hace muchos años a no llorar con su domina rondando por los alrededores.

  • Acte ¿no podré ser feliz nunca?” – dijo Imilce con voz La esclava la rodeó con sus brazos.
  • Para nosotros la felicidad es un lujo, considérate afortunada porque un día lo fuiste,
  • ¿Lo fui? Hace tanto tiempo que ni me acuerdo, La noche más feliz de mi vida fue también la más desdichada, la última… la única noche que pasé con él. Si no me he vuelto loca en todos estos años es porque cuando veo a Manio lo veo a él. ¿Qué haré cuando se vaya? ¿Qué haré?

Imilce se deshizo dulcemente del abrazo de su amiga, y se sumió de nuevo en uno de sus silencios. Acte la conocía, y sabía que lo mejor en esas circunstancias era no decirle nada, y dejarla en paz. Imilce observó la ciudad alejarse, y recordó los días felices de Itálica y la primera vez que Marco le dijo que la amaba. Estaba esperando a que Lucrecia terminase sus compras en la tienda del vendedor de telas, cuando oyó su voz. Estaba detrás de ella, no se había dado cuenta. Marco era sigiloso como un gato y le gustaba sorprenderla.

  • No te veo desde hace días ¿dónde estabas?
  • No he podido salir de casa, lo ¿Cómo van los estudios con Pausanias?.
  • Bien, es difícil, pero voy El griego que me enseñó mi madre no tiene nada que ver con el que estudio; ella era de Macedonia, en el norte. El griego culto es tan diferente… yo creía que hablándolo ya iba a ser más fácil, pero no es así. Pero disfruto, Imilce. No sabes la cantidad de cosas diferentes que puedo leer ahora en esa lengua, es todo un mundo nuevo para mí, los escritos griegos recogen toda la sabiduría del mundo, es la civilización, es…

Marco calló al verla reir.

  • Te aburro, lo siento.
  • No, por favor, .. Has cambiado tanto desde que dejé esa casa. ¿Recuerdas aquella vez, al poco de llegar, cuando te sorprendí mirando las estrellas y me dijiste que querías saber todo sobre ellas? Ahora lo sabes.” – le dijo Imilce cogiéndolo de la mano. Marco bajó la mirada.
  • Porque mi madre murió, el dominus me liberó y se encargó de que Pausanias fuese mi maestro, para poder llegar a ser preceptor yo No puedo evitar pensar que mi madre tuvo que morir para que yo pudiese…
  • Marco, no digas Quizás el dominus te hubiese liberado de todas maneras.
  • .. No sé, pasó todo tan rápido, la muerte de mi madre, el regreso del dominus, entre un destino y otro, la manumissio[5]. Antes de empezar la ceremonia me dio su gladio, con una cabeza de águila en la empuñadura…” – Marco recordaba en voz baja, con la mirada ausente. De repente volvió en sí y miró a Imilce. – “Tengo una noticia que darte, por eso te he buscado. Pausanias me ha dicho que puedo empezar ya a dar clases.” – le dijo riendo.
  • ¡Es maravilloso Marco!” – Imilce lo abrazó Había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho desde que lo conocía, pero por primera vez fue algo diferente. Se miraron sonrojados y se separaron bruscamente, ella bajó la mirada e intentó recoger un rizo rebelde que se había salido de la cinta que le sujetaba el pelo. Marco volvió a hablar, apresuradamente.
  • Se trata sólo de dar las primeras lecciones a un grupo de niños por la calle, pero ya es Más adelante, con el estudio y la ayuda de Pausanias quizás pueda convertirme en preceptor en alguna familia noble, entonces podría vivir por mi cuenta y, ahorrando… podríamos… si quisieras…” – el muchacho le cogió las manos, mientras Imilce, ruborizada, parecía no saber qué decir.
  • ¡Marco! Yo soy una esclava, no puedo hacer lo que quiero, Lucrecia y su madre no querrán dejarme ir
  • Legalmente perteneces a su padre, y cuando él muera, al hermano de Estoy seguro de que si el tribuno Trajano se lo pide, te liberarán a también, y entonces podríamos estar juntos.
  • ¿Cómo puedes estar tan seguro?
  • Me lo dijo aquel día, Imilce, cuando me dio su ‘Pídeme lo que quieras, se lo debo a tu madre’; si él lo pide no se lo negarán, son parientes, él es un tribuno bien visto por el emperador, confía en mí.

Imilce no fue capaz de pronunciar media palabra.

  • Dime que cuando llegue el momento aceptarás ser mi esposa, Te amo con todo mi corazón y haré lo que sea para que un día puedas serlo. Por el espíritu de mi madre, lo que más he querido en esta vida hasta ahora, te juro solemnemente que un día serás mi esposa… si quieres. Dímelo.

Ella levantó la mirada hasta encontrarse con la de Marco; sus ojos negros brillaban por la emoción, sonrió y cuando fue a hablar Lucrecia la llamó. Soltó las manos de Marco y se alejó, no sin antes decirle “. Apenas tuvieron tiempo de soñar con los ojos abiertos sobre su futura vida juntos; pasados poco más de diez días, una noche que Marco fue a verla, al entrar por las cuadras de la domus de los Elios sorprendió a un hombre joven, probablemente un noble a juzgar por su vestimenta, que estaba intentando forzar a Imilce. Marco se abalanzó sobre él y lo separó de la muchacha; a pesar de que el individuo estaba visiblemente borracho, para Marco no fue tarea fácil reducirlo. Cuando éste sacó un puñal que llevaba escondido en el cinto, forcejearon; Marco logró quitárselo y separarse del agresor, pero al abalanzarse éste una vez más sobre Marco, el puñal que aún aferraba se clavó profundamente en el vientre del joven patricio, matándolo al instante.

Marco escapó, e Imilce, asustada, se retiró a la habitación que compartía con otras esclavas, de la cual la sacó Pausanias con discrección, unas horas más tarde. Al pasar por el establo vio que no quedaba señal alguna de la lucha mortal de la que había sido testigo, siguió a Pausanias hasta un bosque cercano, y allí, dentro de la cabaña de un pastor, estaba Marco, paralizado por lo que había hecho. Nada más verla pareció darse cuenta de las consecuencias de lo sucedido aquella noche; se consolaron y amaron por primera vez. No lo volvió a ver.

El mejor amigo de Imilce entre los esclavos de la casa era Néstor, el dispensator[6]. Nada más verla el día siguiente, se dio cuenta de que algo muy grave tenía que haber sucedido. Imilce se fiaba ciegamente de él, pues ambos guardaban los secretos del otro; Néstor fue el primero en saber de los sentimientos que nutría ella por Marco, y sólo Imilce sabía que Néstor sería incapaz de abusar de ella, sencillamente porque no le interesaban las mujeres. Si en otras casas podía ser tolerado el “gusto griego”, no era así en la domus de los Elios, y empezaban a nacer rumores sobre el motivo por el que el dispensator aún no se había casado ni se le conocían aventuras con ninguna de las esclavas. Imilce le contó a Néstor todo lo que había pasado la noche anterior; su amigo escuchó atentamente y tras un largo rato callado, mientras la abrazaba y dejaba que sus lágrimas mojasen su pecho le dijo a Imilce.

  • Te voy a proponer algo, No hace falta que me contestes nada ahora, piensa en lo que te voy a decir, reflexiona y llegarás a la conclusión de que será lo mejor para los dos. Necesitas alguien que te proteja. Te has convertido en una mujer muy hermosa, y puede que en un futuro alguien quiera herirte como lo hizo el hijo del magistrado. Además, has pasado toda la noche con Marco… ¿y si te has quedado embarazada? Razón de más para que alguien te proteja. Yo puedo hacerlo, si quieres. Te puedo ofrecer seguridad, afecto y protección; lo otro no me interesa. Además, si nos casamos, el dominus no me verá ya con recelo, siempre ha sospechado algo, pero mi discreción no le ha dado nunca pruebas de cuáles son mis gustos. Piénsalo, es lo mejor para los dos.

Néstor tenía razón, e Imilce aceptó su propuesta; también la tuvo respecto a las consecuencias de la noche pasada con Marco, pero dada la rapidez con la que se casaron el tiempo de su embarazo no levantó sospechas. Néstor fue un buen hombre y un marido ejemplar, por lo que las palabras despectivas de Lucrecia de la noche anterior supusieron para ella una doble humillación; por oír el nombre del que fue su marido pronunciado con tal desprecio, y porque ella sólo había conocido íntimimamente a un hombre. Desgraciadamente Néstor murió cinco años después, pero ya no estaba sola, tenía a su hijo. Sabía que la vida lo habría alejado de su lado tarde o temprano, pero no estaba preparada para una separación tan repentina.

Los carros se detuvieron a la altura del blanco mausoleo circular de los Plaucios, en un cruce de caminos. Delante de ellos, en una colina, se levantaba la hermosa ciudad de Tibur, con las columnas relucientes del templo de Hércules Victorioso brillando bajo el sol del verano; se adivinaban lujosas villas escondidas entre los olivares esparcidos por las faldas de la montaña. Un esclavo a caballo salió al encuentro de la comitiva, para indicarles el camino hasta las tierras y la domus de Salonina Matidia.

 

 

  1. De patre vestro[7]

Ese mismo día, mientras en la Subura Saturnio intentaba purificar las habitaciones de su escéptico dominus y un par de carros salían dirección a Tibur por la puerta Esquilina, una lujosa domus patricia situada en la cumbre del monte Quirinal hervía ya de actividad. Un numeroso grupo de clientes esperaba ser recibido por su patronus, y se agolpaban en el ingreso porticado de la casa. Era costumbre en Roma que un hombre libre se pusiese bajo protección de otro de mayor rango, ofreciéndole sus servicios, que venían pagados a su vez con alguna moneda o, lo que era más importante, con algún favor. Si Roma había pasado de ser un grupo de chozas cerca de una ciénaga a dominar el mundo, se debía no sólo a sus ejércitos, sino también a la tupida red de relaciones y favores entre los poderosos y quienes aspiraban serlo.

El vestibulum de la domus era amplio y con un cómodo porticado, bajo el que algunos clientes se refugiaban ya de los primeros rayos del ardiente sol del verano. Estaba decorado con un gusto austero, castrense. No abundaban las estatuas, como en otras casas, pero había varios bancos de piedra en los que poder descansar. El dueño de la villa estaría en Roma por pocos días, y su numerosa clientela no quería perder la ocasión de dejarse ver y ser vista.

El dominus se encontraba en su despacho, el tablinum, examinando un legajo y esperando a que entrase el esclavo encargado de pasarle la lista de quienes querían ser recibidos. Al oir abrirse la puerta el hombre alargó la mano esperando recibir la tablilla de cera con la lista, pero al no recibirla levantó los ojos y miró a su nomenclator.

¿Y bien? Si mis oídos no me engañan lo que viene del vestíbulo no es el murmullo de las tórtolas ¿por qué no me das la lista?

Dominus, hay alguien que no figura en ella y que pretende ser el primero, tiene un aspecto extraño, estaba a punto de llamar al ostiarius[8] para que lo echase pero ha insistido en que no lo haga antes de decirle una palabra en su nombre…

Su amo dejó el rollo que estaba leyendo sobre la mesa, apoyó los brazos sobre los de la silla en la que estaba sentado y con un imperceptible movimiento de su mano derecha ordenó a su esclavo que la dijese…

– “Passer[9]

– “Llámalo y espera instrucciones fuera” – dijo en un tono que no admitía “peros” ni dudas. Se levantó de la silla y observó el patio interior en el que un pequeño jardín y una fuente refrescaban el ambiente. Oyó la puerta abrirse y cerrarse a los pocos instantes y unos pasos que se acercaban. Sin volverse aún dijo: “nuestro gorrión ha crecido…

Se ha convertido en un águila…” – respondió su interlocutor. Era un hombre de barba y pelo canos, vestido con tal modestia que podría ser confundido con un pordiosero. Su mirada, límpida y noble contrastaba con la pobreza de su vestimenta.

El dominus se acercó hasta el hombre, sonrió y se fundieron en un abrazo fraterno.

– “Pausanias, amigo mío… Tienes razón, se ha convertido en un águila, una metamorfosis digna de tu adorado Ovidio.

Se separaron emocionados y se miraron, estudiando el paso del tiempo en el rostro del amigo. Habían transcurrido casi treinta años desde que coincidieron por primera vez en el ejército; sin saber por qué, protegieron al joven hijo del nuevo gobernador de Syria, que acababa de llegar para cumplir su primer encargo oficial en las legiones, tribuno laticlavio bajo el mando de su padre.

en qué piensas, amigo. Recuerdas aquellos tiempos… menudo trío que éramos, el gorrión, el filósofo y el oso hispánico.

Lucio…” – replicó Pausanias al instante.

Me siguen llamando así, no te creas. La diferencia es que ahora lo hacen aún más a escondidas que antes; en Syria yo era un simple centurión y ahora soy Lucio Licinio Sura, cónsul de Roma, mano derecha del emperador Trajano, etcétera etcétera etcétera. Pero creéme, hay veces que daría todo a cambio de volver a ser el oso hispánico.

Te encuentro bien, Lucio.

Creo que se lo debo al mísero rancho de la legión. La cena de ayer fue la primera comida decente que probé en semanas.

Sura se volvió a sentar detrás de su mesa, indicó a Pausanias una silla y le pidió que se acomodase, éste se acercó a ella cojeando ligeramente; había terminado el tiempo de los recuerdos, tenían asuntos importantes y delicados que tratar.

Cuéntame todo, Pausanias, tengo que referir al emperador hasta el último detalle. ¿Qué pasó en Atenas? No recibimos más que un escueto mensaje cifrado en el que decías que había pasado algo y teníais que dejar la ciudad.

Fue una emboscada, todo por mi culpa, bajé la guardia. Habían pasado ya muchos años desde que dejé Hispania con el chico, me había confiado. Como sabes, llevábamos una vida tranquila en Atenas, Marco enseñaba conmigo en la Academia, se había casado con una buena muchacha, mi sobrina Clelia, habían tenido un niño. Empezaron a llegarme rumores de alguien que estaba haciendo preguntas sobre un joven hispánico, pero no le demasiada importancia, hasta que una noche alguien me informó de que un tal Lisandro, que había pagado esa tarde a precio de oro una prostituta de Rodas, alardeó con la chica sobre un cierto trabajo que iba a hacer esa noche, ‘sesgar la semilla hispánica’. Tuve un mal presentimiento, no por qué, y fui de inmediato con un par de amigos de confianza hasta su casa, pero no había nadie. Oímos unos gritos en un callejón cercano, pero cuando llegamos estaban todos muertos, o así lo creímos. Al acercarme a Marco pude comprobar que aún respiraba, aunque sangraba por el cuello copiosamente. Rasgué una parte de mi túnica, tapé la herida como pude y me lo llevé… ¡Mi maldita pierna! No me dejó correr por esas calles empinadas. Lo siento, he defraudado a Marcio, se lo prometí… le he defraudado…

Pausanias terminó la frase sin levantar la mirada del suelo, moviendo la cabeza.

Te equivocas, no has defraudado a nadie. Ten en cuenta que las circunstancias habían cambiado mucho desde la noche en que nos vimos a las afueras de Itálica, con el muchacho asustado y escondido en el cobertizo. Entonces se trataba sólo de alejarlo de allí, llevarlo lo más lejos posible el tiempo necesario para que se olvidase lo ocurrido. Al padre del muerto le bastó aquel cuento de que habían visto salir a su hijo de una popina borracho con un par de conocidos criminales. Creo que por muy magistrado que fuera la desaparición de su vástago le supuso un alivio; acababan de llegar a Itálica intentando poner el mayor espacio de tierra posible entre ellos y Valentia, donde ya había provocado un gran escándalo.

Pero si hubiese adiestrado a Marco como lo hice después, hubiese sido capaz de deshacerse de sus asaltantes.” – Pausanias repetía en voz alta delante de Sura algo que se había dicho infinidad de veces durante esos años.

No había motivo para adiestrarlo, Pausanias. ¿Para qué? No era más que el hijo secreto de un oscuro legatus[10] de provincias, que por aquel entonces luchaba por sobrevivir en aquellas circunstancias políticas, y contentar en lo posible al emperador Domiciano que lo ponía constantemente a prueba. Tenía que acatar sus órdenes, ser eficiente pero no brillante, para no llamar la atención, o hubiese terminado sus días acusado de traición.Cuando sucedió aquello yo estaba cerca de Itálica, porque Marcio no pudo ni siquiera pasar por su casa al recibir la orden del emperador de volver a la frontera germana de inmediato y me encargó que arreglara unos asuntos en su nombre, recuerda.

El griego volvió a mirar a los ojos a su amigo, asintiendo; era evidente que éste también repetía en voz alta algo que se había dicho a sí mismo multitud de veces, pero que no había tenido ocasión de decir nunca en voz alta.

Además, Pausanias, por los dioses que hiciste bien tu trabajo, cuando llegó el momento de darte la orden de llevarlo a Roma nos costó un año dar contigo, estaba a punto de bajar por el Peloponeso con una legión entera para buscaros.

¿Y los mellizos? Cuando quedé inválido y Marcio me mandó a su casa de Itálica como preceptor apenas habían empezado a gatear.

Al chico lo ayer, es pretoriano, está prestando ahora servicio como centurión de los especulatores.” – Sura se detuvo al percibir una mirada curiosa de su viejo compañero de armas.

No me mires así, no tenemos nada que ver con su meteórica carrera. Desapareció durante unos meses sin dejar rastro, poco antes de que llegase tu mensaje desde Atenas. Por fortuna al poco tiempo nos llegó una comunicación de que había vuelto a Antioquía. He hecho tirar del catre antes de que saliese el sol al archivista del Castro Pretorio para darme su informe, lo estaba leyendo cuando has llegado. Tras un misteriosopermiso especialempezó a subir de grados en su cohorte, luego en la legión hasta pasar a formar parte de los especulatores. Ese permiso es el único que no está firmado por un superior directo… algo muy raro. Se ve que al fin y al cabo la Medusa funciona.

¿Qué Medusa?

Nunca en mi vida he conocido a nadie como Marcio, supersticioso y racional al mismo tiempo. Quiso dejar algo para el chico, Flavio, antes de marchar de marchar definitivamente de Antioquía. Hizo que reprodujesen en un anillo de sello de ónice rojo la cabeza de Medusa que decora todas sus corazas. Dice que le ha traído siempre buena suerte y que protegería a su hijo. Y lo ha hecho, cuando lo ayer me cuenta de que lo llevaba.

Pausanias se movió en su silla, no podía estar sentado demasiado tiempo sin que la pierna empezase a molestarle, pero no fué el hormigueo que empezaba a sentir lo que le hizo cambiar de posición, sino la mención de ese anillo. Lo poco que recordaba Marco de su agresor era una pieza idéntica en la mano que apretaba la boca de Clelia poco antes de degollarla. Probablemente sería una casualidad, pero no podía evitar sentirse incómodo; rechazó la idea con otra pregunta.

¿Y la niña?

Mujer, querrás decir. Livia. Sigue viviendo en las afueras de Antioquía, se ha casado con el vilicus[11] de la villa rústica más extensa del Oriente.

¿Sabes quién es el dueño no?

Esta vez fué Sura quien cambió de posición en su silla y pronunció un nombre con desprecio.

Cneo Cornelio Graco. También estaba en la cena de ayer y me han dicho que se vio a solas con Flavio, oRapax, es ése su mote, durante el cambio de guardia.

Le daría noticias sobre su hermana.

Puede… No me gusta. El senador Graco es lo más parecido a un forúnculo en las posaderas, adviertes su presencia sólo cuando vas a sentarte. Pausanias, el emperador está preocupado. Sabes que en estos primeros años de gobierno se ha ocupado de afianzar su posición y de garantizar su seguridad y la de los suyos. Parece ser que ahora está todo bajo control, pero aún así hay algo que lo tiene inquieto. No son las legiones, sabe que cada uno de sus soldados daría por él hasta la última gota de su sangre, pero tiene la certeza de que alguien está tramando para derrocarle. Alguien que paga bien y es temido, no hemos logrado obtener un nombre ni siquiera bajo tortura. Por eso el emperador quiere tener a los suyos cerca, o bien localizados; en unos días me llevo el joven Publio a Dacia. Puede que el ataque a Marco no fuese una casualidad y alguien más sepa quién es, o sospeche de su existencia.

¿Va a reconocer oficialmente a sus hijos? ¿Piensa adoptarlos?

Todas las veces que he sacado el tema me da respuestas vagas, pero no creo que lo haga. Plotina quiere que adopte a Adriano y lo nombre sucesor, y para unirlo aún más a la familia planea casarlo con la hija de una sobrina, Vibia Sabina. Lo conoces, si su mujer quiere algo, no se lo va a negar. Por mucho que le cueste.

¿Por qué dices eso?

Los he observado juntos; ya sabes que un campamento militar es mal sitio para disimular, y Marcio es todo menos un buen actor. No se encuentra a gusto con él, no lo comprende y piensan de manera diferente sobre casi todo, pero si Adriano tiene alguna característica de la familia es la lealtad. Y es inteligente, sabe acomodarse a cada situación; Marcio se encuentra en su ambiente sólo entre soldados, mientras que Adriano, a pesar de su aspecto indolente, apenas se lo propone, allá donde lo pongas parece que durante toda su vida no ha hecho otra cosa. Se le da bien la política, conoce las artes, no hace más que discutir con el arquitecto Apolodoro sobre sus proyectos.

¿Y la campaña? ¿Será larga?

.Espero que no. Te seré sincero, Pausanias, necesitamos desesperadamente el oro de Decébalo. Domiciano acabó él sólo con todo el tesoro de la victoria en Judea, Nerva no tuvo tiempo de intentar solucionar el desastre financiero. El emperador está pagando las obras de las nuevas termas de su propio bolsillo; sin el oro de Dacia su mando corre peligro, pero paradójicamente, mientras no llegue este oro puede estar seguro de que nadie intentará derrocarlo. Sólo él será capaz de derrotar a Decébalo y hacer desfilar su tesoro por la Via Sacra.

Sura se levantó y se dirigió a una pequeña mesa situada en un rincón, cogió una jarra de agua, sirvió un vaso para Pausanias y otro para él. Se lo dio a su amigo y volvió a sentarse.

He hablado demasiado, ahora te toca a ti; ¿cómo se encuentra Marco en Roma? ¿Dónde vive?

Está bien, le he encontrado una buhardilla en la ínsula roja y amarilla al lado del cuartel general de Lucio Voreno.

Sura prorrumpió en una sonora carcajada.

Desde luego, no dirá Marcio que no está bien protegido. Durante el día, por una cohorte pretoriana en el Palatino y por la noche por el peor grupo de ladrones de toda Roma

Además te recuerdo que sabe defenderse por sólo. Tendrías que haberlo visto ayer al finalizar los juegos, estuvo a punto de organizar un escándalo a la salida, la ha visto.

Marcio estaba seguro de que Lucrecia se habría traído a Imilce. Déjalo que la vea, creo que tiene derecho a un poco de felicidad tras lo que ha pasado.

Sura cogió el rollo con la hoja de servicios de Rapax, se acercó hasta la puerta del tablinum, llamó a su esclavo y le ordenó que devolviese el informe al Castro Pretorio y que despachase a todos sus clientes, pues no iba a recibir a nadie. Se volvió hacia Pausanias y le dijo:

Ahora, amigo mío, déjemonos de hablar de nuestro gorrión y sus polluelos y dediquémonos a nosotros. Quiero enseñarte mi biblioteca y te advierto que si no criticas la elección de los títulos me ofenderé.

Los dos hombres salieron del tablinum y se adentraron en el jardín, hablando como lo que eran, dos viejos amigos que no se veían desde hacía años y tenían mucho que contarse. Durante algunas horas olvidarían aquella misión a la que habían dedicado sus vidas, proteger a los hijos del hombre más poderoso del mundo conocido.

¡Ave dominus! ¿Señor? Pero qué cara me lleva, que parece que ha visto a un espíritu.

Marco miró a Saturnio como si se hubiese despertado de un sueño.

Te equivocas, he visto a dos.” – En ese momento Marco decidió ir a las termas, para hacer ejercicio e intentar poner orden a sus pensamientos. Dejó a Saturnio con la palabra en la boca y se dirigió a unas que no distaban mucho de su ínsula. Hasta que el nuevo complejo termal construido por el emperador estuviese terminado, el pueblo acudía a otros establecimientos más pequeños, diseminados por toda la ciudad. No había mucha gente, y pudo ejercitarse antes en el gimnasio sin sufrir aglomeraciones. Echaba de menos sus entrenamientos con Pausanias; tras años de dura disciplina y ejercicio en el refugio de las montañas, para Marco se había convertido en una necesidad el practicar diariamente el lanzamiento del disco o la jabalina, o la lucha cuerpo a cuerpo. Tras una hora de ejercicio pasó a la sala de los masajes; un esclavo le limpió el sudor de su cuerpo con un strigilum[12] y otro le masajeó los músculos contraídos del cuello y los hombros.

Una vez sumergido en el agua caliente del calidarium[13], Marco apoyó la nuca y los brazos en el borde de la piscina y cerró los ojos. No se opuso a los pensamientos e imágenes que pasaban por su cabeza, como los relámpagos en una tormenta. Una imagen se repetía constantemente: Imilce tal y como la había visto ayer a la salida del anfiteatro Flavio, buscándolo entre el gentío. No podía dejar de pensar en ella, y al hacerlo, se sentía culpable, pues se dio cuenta de que por mucho que se esforzase en pensar en Clelia, no la veía. Recordaba partes de ella, su sonrisa, sus ojos azules y tristes, pero no la podía ver como veía a Imilce; se despreció por no ser capaz de recordar la cara de la madre de su hijo. Eumenes. Le puso el nombre de uno de los generales de Alejandro Magno, en recuerdo de las historias que de pequeño le contaba su madre sobre las hazañas de su compatriota, pero incluso la imagen del niño se desvanecía en el vapor del agua, junto a la de su madre. Veía sólo a Imilce, deseaba sólo a Imilce, no sería feliz hasta que no abrazase a Imilce.

Abrió los ojos y pasó rápidamente al frigidarium[14]. Aunque nunca en su vida había dado demasiada importancia al juicio de los demás, estaba seguro de que si las termas hubiesen estado llenas, el efecto que la imagen de Imilce había provocado en su cuerpo habría suscitado algún que otro codazo y cuchicheo. Por ello se tiró prácticamente de cabeza en la piscina de agua helada, aguantó todo lo que pudo en el fondo y salió a la superficie sólo cuando empezaba a sentir sus pulmones a punto de explotar buscando oxígeno.

Marco regresó a su ínsula cuando el sol se había escondido ya en occidente; decidió que esa misma noche se adentraría en el Castro Pretorio para buscar el informe del centurión de los pretorianos, quizás podría encontrar una pista que le confirmase que su intuición no le había engañado y que el hombre que vio en la sala de los copistas era el mismo que mató a su mujer. Así pues, tras cenar en la popina con Saturnio se retiró a sus habitaciones y le dijo al pequeño hispánico que iba a dormir. Esperó a que fuese noche cerrada para sacar del arcón el caracallus, los pantalones de legionario y su gladio; se cambió y agudizó el oído. Por el volumen de sus ronquidos se convenció de que Saturnio dormía profundamente y saltó desde la ventana de su cuarto a la terraza de la ínsula, sumergiéndose en la noche iluminada por la luna llena.

[1]              Salve Madre Vesta – Os ofrezco con el corazón puro pan de farro – y todos vosotros dad a mi casa – y a nuestra familia valor – y felicidad por nuestros actos

[2]              taberna

[3]              comedor

[4]              vestíbulo

[5]              Ceremonia mediante la cual se concedía la libertad a un esclavo. Cuando se hacía en presencia de un magistrado se denominaba manumissio per vindictam

[6]              Esclavo que llevaba los libros contables de la domus

[7]              Sobre vuestro padre

[8]              portero

[9]              gorrión

[10]            Legado u oficial al mando de una legión

[11]            capataz

[12]            Arco metálico con el que los romanos se secaban el exceso de sudor o el agua al salir del baño

[13]            Piscina de agua caliente

[14]            Piscina de agua fría

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