Capítulo 4 – El Castro Pretorio

1.

Marco atravesó la terraza de su ínsula, hasta llegar al extremo opuesto, un ángulo que daba al callejón más estrecho y oscuro que la rodeaba. La primera noche que salió, dejó una cuerda atada a la barandilla de la rampa de escaleras que baja directamente desde la terraza al patio; como en las noches anteriores, tiró la cuerda a la calle y bajó por ella hasta llegar a un par de metros del suelo. Tomó tierra flexionando las rodillas, alzó la mirada para asegurarse de que nadie lo había visto y se adentró en el dédalo de callejas. A pesar de que llevaba pocos días en la ciudad sabía hacia dónde tenía que dirigirse, al noreste, y la luz de la luna lo ayudaba iluminando la ciudad. Por ese motivo se dio cuenta al instante de que algo sucedía en una calle lateral. Tres hombres estaban amenazando a otro con bastones y mazas; el desafortunado les entregó su bolsa de dinero y suplicó clemencia, pero a pesar de ello empezaron a pegarle con saña. Marco observó que se encontraban en el extremo opuesto de un pequeño tejadillo que protegía la entrada a una tienda; los atacantes estaban demasiado ocupados ensañándose con su presa para darse cuenta de que Marco se había encaramado al saliente. Cayó sobre dos de los hombres, los tiró al suelo, extrajo el gladio e hirió en un costado al que estaba aún de pie, le quitó el bastón y con él dejó inconscientes, con un movimiento fulminante, a los dos malhechores cuando intentaron levantarse. Devolvió la bolsa de cuero a la sorprendida víctima y desapareció de su vista con tal rapidez que el hombre se quedó inmóvil como una estatua, hasta que oyó lamentarse al sujeto que estaba herido por la espada de su salvador y decidió que lo mejor era escapar.

Todas las noches era la misma historia; bastaba dar la vuelta a pocas esquinas en la Subura para ser testigo de alguna agresión. Había leído los epigramas de Juvenal cuando estaba en Atenas, y había creído siempre que cuando éste aconsejaba a los romanos hacer testamento antes de salir solos por la noche, se trataba de una exageración del poeta, sin embargo pudo comprobar por sí mismo que no era así. No se había planteado ni siquiera el motivo por el cual ayudaba a las víctimas, era obvio. Cada golpe que daba, cada cuchillada que repartía, no iba dirigida a quien en ese momento estaba delante de él, sino al hombre del anillo y su compinche. Ahora podía defenderse, devolver el daño que había recibido multiplicado por diez. Había cambiado mucho desde aquella noche en Atenas: la barba cubría la cicatriz del cuello, el entrenamiento diario había aumentado considerablemente su masa muscular, el odio y la frustración lo habían endurecido aún más que las noches heladas y los días abrasadores en las montañas. Hasta que se lo llevó de Atenas, Marco no supo que Pausanias había servido en el ejército; suponía que su cojera derivaba de algún tipo de accidente, pero nunca se lo preguntó al griego y éste nunca se lo dijo, hasta el primer día en que empezó a entrenarlo. Con el ejercicio físico Pausanias fue un maestro tan tenaz e inflexible como con la retórica o la astronomía; había noches en las que se sentía tan cansado y le dolía tanto el cuerpo que no tan siquiera podía pensar en su pérdida, por ese motivo los primeros meses fueron los menos duros. Lo peor llegó después, cuando su cuerpo se había acostumbrado al entrenamiento y notaba más el dolor de su espíritu que el de sus brazos o piernas. Por eso había veces que en lugar de dormir limpiaba las armas del refugio.

No le faltaron objetos que pulir en sus noches insomnes, pues Pausanias de vez en cuando desaparecía durante unos días y volvía cada vez con algo diferente. Se había propuesto adiestrarlo en el uso de todo tipo de arma conocida en el Imperio, por lo que en poco tiempo su escondite se convirtió en una armería que recogía todo tipo de ellas: gladios romanos, largas picas macedonias, hondas baleares, falcatas íberas, curvadas espadas persas, arcos de Partia… Un día Pausanias tardó más de lo habitual; cuando regresó encontró a Marco sentado en una roca plana, afilando concienzudamente una falcata. El griego volvió esta vez sólo con un objeto debajo del brazo, envuelto en unos paños.

Siempre regreso con el corazón en vilo; no nunca si te voy a encontrar con la hoja entre las manos o en las entrañas” – le dijo, mientras llegaba despacio cojeando visiblemente hasta donde se encontraba Marco. Éste alzó apenas la mirada de su trabajo y le contestó con expresión seria.

No te preocupes, nunca pasará algo así. No quiero hacer el trabajo de la parca; será ella quien corte el hilo de mi vida. Mientras tanto espero poder encontrar a tiempo la respuesta a la pregunta que me tiene despierto por la noche. Marco dejó de afilar y dirigió a Pausanias una mirada dura como el pedernal que llevaba en la mano.  – “¿Por qué?

El hombre suspiró y le pasó el bulto que había traído consigo. Era evidente, por la forma del mismo, que se trataba de un gladio; Marco apoyó la falcata en el suelo, cogió un puñal que llevaba a la cintura y rompió con un gesto seguro las cuerdas que ceñían la parte superior del envoltorio. Quitó el paño que cubría lo que debería ser la empuñadura de la espada, y no pudo evitar que la sorpresa le cortase la respiración. Una cabeza de águila, de perfil, asomaba entre las telas; el artesano que forjó el gladio usó una trama de fino hilo de cobre para reproducir el plumón del cuello, por lo que el plumaje del ave resultaba ahora, tras el paso de los años, de un color más cercano al rojo que al marrón. La emoción se apoderó de Marco, el águila le trajo recuerdos de tiempos lejanos y felices, de aquel día en el que recibió la libertad de manos de su dominus. Cuando Marco volvió a mirar a Pausanias con los ojos brillantes, éste pudo reconocer por unos instantes  al niño de Itálica, el hijo de su mejor amigo.

Un día tendrás tu respuesta, y querrás seguir viviendo.

Cuatro años y medio después, mientras Marco, en la Subura, escapaba de la escena del ataque lo más rápido posible, empezaba a creer que Pausanias tenía razón. La respuesta estaba al alcance de su mano, en el Castro Pretorio. Avanzó entre las sombras, siempre hacia el noroeste, pero se dio cuenta de que alguien le seguía. Continuó su camino sin dejar ver que se había percatado de la presencia de su perseguidor, dio la vuelta a una esquina y se escondió a la sombra de la hornacina de un pequeño altar. A los pocos instantes, cuando éste pasó, lo inmovilizó y le puso una daga al cuello.

¡Do.. do.. dominus! ¡Que soy yo, Saturnio!” – Marco no soltó el cuello del hombrecillo, es más, aumentó la presión que ejercía con la hoja de su puñal hasta que salió un pequeño hilo de sangre – “¿Pero qué hace? ¡Que soy yo! ¡Su humilde servidor! ¡Su esclavo!

Si Saturnio hubiese sabido que esa era la palábra mágica, la hubiese dicho apenas Marco lo atrapó.

Yo no tengo esclavos.” – contestó Marco soltándolo.

El hombrecillo hispánico levantó los ojos al cielo estrellado y resopló. Acto seguido se olvidó de lo que acababa de oir y continuó hablando.

Es usted, entonces. El justiciero que por las noches deshace entuertos por las estrechas calles de la Subura.

Marco lo miró extrañado, no hubiese imaginado que Saturnio era capaz de elaborar una frase tan complicada; el hombrecillo sonrió y entendió el significado de esa mirada.

Empiezan a circular epigramas sobre usted… No se ponen de acuerdo en cómo llamarlo, eso sí; que siel justiciero,la sombra Creo que debería llevar algo que lo distinguiese, dejar una prenda a quienes salva… ¿qué le parece una pluma roja?” – dijo Saturnio riendo.

Marco se volvió hacia él, enfurecido, lo volvió a coger del cuello, esta vez con sólo una mano y lo levantó sin esfuerzo hasta apoyarlo en la pared.

– “Ésto no es cosa de guasa ¿entiendes? No estamos en el teatro, mi propósito no es divertir a un público que pague la entrada y aún faltan meses para los Saturnales[1]. Una pluma roja, menuda estupidez. Te voy a dar un consejo, si quieres que te suelte. A propósito de lo que has visto hoy, ten la boca cerrada. No dirás muchas más cosas si hablas.” – Saturnio asintió con las pocas fuerzas que le quedaban, Marco soltó la presa y el hombre cayó como un muñeco de trapo al suelo. Empezó a toser y a gatear torpemente intentando alejarse del rayo de acción de las manos de Marco. – Ahora véte, vuelve a casa.

Señor, no… Puedo serle de ayuda…” – Saturnio tosía y carraspeaba. Marco lo levantó para que recobrase aliento e hiciese un poco menos de jaleo. Evaluó la situación y llegó a la conclusión de que esa noche le habrían hecho falta otro par de manos para entrar en el cuartel por donde tenía pensado hacerlo. Había estudiado detenidamente el plano que robó en el Palatino antes de salir de sus habitaciones, y había decidido entrar a través del ramal subterráneo del acueducto del Aqua Marcia[2] que abastecía el Castro Pretorio; para hacerlo tendría que forzar un sumidero que probablemente sería una pesada losa de piedra o una reja de hierro y era harto improbable que pudiese levantarla él solo. Así pues asintió e hizo un gesto a Saturnio para que no hablase más, y le indicó con señas que lo siguiera. No hubo más percances, sólo tuvieron que esconderse un par de veces cuando pasó una ronda de vigiles[3], y otra para evitar el nutrido grupo formado por un patricio de vuelta de un banquete con sus guardaespaldas. En Roma, como siempre, lo que era válido para los pobres no lo era para los ricos; aquellos que se podían permitir una escolta de cinco o seis fornidos esclavos germanos o galos podían dejar tranquilamente sus lujosas domus por la noche sin necesidad de hacer testamento.

Al llegar a las murallas a la altura de la Porta Viminalis, esperaron la ocasión para poder salir por ella sin llamar la atención de los guardias. Ésta se les presentó cuando cerca de ellos, un arriero se detuvo a controlar las pezuñas de uno de los bueyes que tiraba del carro en el que había transportado a la ciudad, en horario nocturno como prescribían las normas, un cargamento de aceite. Marco y Saturnio subieron al carro, se taparon con un telón mugriento que había en él, y salieron de la ciudad. A una señal de Marco se apearon sin llamar la atención, giraron a la izquierda y caminaron paralelos a la muralla. Poco tiempo después, distinguieron a su derecha la mole del inmenso cuartel y encontraron uno de los sumideros que conectaban el acueducto con la superficie. La diosa Fortuna lo asistió dos veces esa noche, pues Marco no habría podido mover nunca la pesada reja de hierro sin la ayuda del pequeño hispánico, y además no estaba cerrada con un candado. Se introdujo él primero por el estrecho agujero que conectaba con el acueducto, esperó a Saturnio y lo ayudó a descender. Entendió por qué la reja no estaba cerrada; probablemente acababan de terminar algún trabajo de mantenimiento del túnel, pues la malta del techo que se levantaba a escasa distancia de la cabeza de Marco estaba aún húmeda, y un hachón que se usaba para iluminar los túneles cuando se trabajaba en ellos humeaba. Marco lo encendió chocando dos pequeñas piedras de pedernal que llevaba consigo y la antorcha prendió al instante. El agua era fría, cristalina, y le llegaba a las rodillas, a medio muslo a Saturnio. Caminaron en dirección al cuartel, y al poco tiempo llegaron al final del estrecho canal, que daba a un amplio estanque de contención. Si Marco no se equivocaba, en el extremo opuesto debería encontrarse otro sumidero que conectase con el exterior.

  • Saturnio, camina pegado a la – susurró Marco. La forma circular de la cisterna y las piedras con la que estaba construída contribuyeron a crear un extraño efecto acústico, por lo que Saturnio oyó la voz de su amo no desde donde estaba él, sino por el otro lado. Asustado, pegó un brinco, se alejó instintivamente de aquella voz, adentrándose hacia el interior de la cisterna.
  • ¡Ayuda!” – gritó cuando perdió pie, pues sólo un borde estrecho rodeaba la construcción a la misma altura del acueducto que la El hombrecillo empezó a chapotear ruidosamente, Marco no sabía si Saturnio podría nadar o simplemente se había asustado al caer en la parte profunda de la cisterna. Salió de dudas inmediatamente, pues el hombre se mantenía a flote y empezó a nadar de forma algo aparatosa pero eficaz. Se aproximó hasta el bordillo en el que se encontraba Marco y éste le ayudó a subir. Mientras intentaba recobrar resuello, Saturnio no paraba de hablar.
  • Menos mal que en mis tiempos de actor en Emérita Augusta me preparé para los espectáculos acuáticos. Un espectáculo muy fino, tendría que haberlo visto,Neptuno y sus Nereidas”, yo hacía de tritón. Pequeñito, sin muchos músculos, pero muy apañado.
  • Creía que odiabas el agua” – respondió Marco intentando disimular una No podía evitarlo, por muy nervioso que le pusiese su ‘servidor’, siempre le hacía reír, y era algo que agradecía.
  • Cuando se trata de lavarse, Si es por necesidad o por arte, al agua patos, como aquel que dice.
  • Vamos, es por aquí” – contestó Como pensaba, en el otro extremo de la cisterna, unas manillas de hierro clavadas en la pared hacían las veces de escalera que daba al exterior. Marco apagó la antorcha con su capa, la dejó en un soporte cercano, subió y constató con alivio que la salida se encontraba en una esquina apartada de uno de los varios patios de armas del cuartel, y que además la reja que separaba la cisterna del exterior no estaba cerrada por cerrojo alguno. Salió y esperó a Saturnio, quien llegó acto seguido y le ayudó a bajar la reja sin hacer ruido. Se encaminaron, escondiéndose entre las sombras, hacia las construcciones situadas en el centro del inmenso cuadrado que era el Castro Pretorio, allí se encontraba el archivo según el plano que había estudiado. Ordenó a Saturnio que lo esperase agazapado detrás de un banco de piedra y él entró en el edificio. No había guardias dentro, sólo las armerías y el perímetro amurallado del cuartel estaban vigilados por centinelas, por lo que pudo dirigirse al archivo sin problemas. Conocía bien cómo se catalogaban los papeles en palacio y supuso sin equivocarse que el mismo sistema sería usado por los pretorianos, a fin de cuentas un burócrata es un burócrata. Y el encargado del archivo debía ser uno meticuloso y eficiente, pues el orden era estricto y no había un legajo fuera de su sitio. El que le interesaba era el primero de la celda dedicada a la letra “M”, pues como era de esperar los informes se archivaban por nomen[4] y Messio era el del pretoriano que había visto en el Palatino. Le extrañó que estuviese tan a mano, por lo que fue hasta la mesa del archivista para consultar el registro de entradas y salidas de los documentos; efectivamente, ese mismo día alguien lo había retirado. Un rayo de luna iluminaba una esquina de la mesa, y acercó a ella el pergamino; se leía lo siguiente, “Atio en nombre de Cons. Sura. ¡El cónsul Sura! Se había introducido en el corazón de la guardia pretoriana para buscar respuestas y sin embargo las preguntas aumentaban. ¿Por qué estaba interesado el cónsul en la hoja de servicio de ese pretoriano?

Marco no perdió más tiempo, escondió el rollo en un bolsillo interior de su capa, colocó el registro en el mismo lugar en el que lo había encontrado y salió del edificio. Llamó con un gesto a Saturnio y regresaron lo más rápidamente que pudieron al patio por el que habían venido y bajaron a la cisterna; Marco volvió a encender la antorcha y se dirigieron de vuelta al acueducto.

Do… este, señor ¿qué fácil ha sido no? Como dirían por ahí, coser y cantar. ¿Le puedo preguntar qué ha venido a buscar aquí, si puede saberse?

No, no puedes.

Usted siempre tan laco.. loco.. locó…

Lacónico. Mi madre me dijo que mi abuelo era de Laconia… será por eso.

Ah, ¡entonces usted es medio espartano! ¡Augh! ¡Augh! ¡A…!” – por enésima vez desde que se encontraron en el foro, la mirada gélida de Marco hizo callar al locuaz hispano. Marco pensó que Saturnio tenía razón, había sido todo demasiado fácil, y de hecho cuando apoyó la antorcha en la base en la que la había encontrado, se dio cuenta de que la reja del sumidero por el que habían entrado estaba cerrada con un cerrojo; probablemente los vigiles al hacer la ronda se dieron cuenta de que faltaba el candado y lo pusieron. Señaló la reja a Saturnio y éste se volvió blanco como la cera.

¿Qué hacemos ahora?

Seguir adelante, no nos queda otra; llegar hasta la rama principal del acueducto y esperar encontrar un acceso sin cerradura.

No encontraron uno hasta varias millas más adelante, en la puerta Esquilina, por lo que cuando finalmente regresaron a su ínsula, empapados y exhaustos, no quedaba más de una hora de oscuridad. Marco sacó el rollo de pergamino del bolsillo de su capa, lo metió en el arcón, se quitó las armas, la ropa mojada y se tumbó en su camastro. Abrió los ojos y vió a Saturnio en la puerta de la habitación, inmóvil.

¿Y bien?

¿No piensa usted leer lo que está escrito ahí?” – preguntó el hombrecillo apuntando el dedo hacia el mueble.

Mañana. He esperado cinco años, un par de horas más no cambiarán nada.” – dicho lo cual se durmió profundamente.

2.

Al día siguiente Pausanias se dirigió temprano a la ínsula de Marco para hablar con él; no se podía quitar de la cabeza el anillo del que le habló Sura, el regalo que Trajano hizo años atrás a su segundo hijo, idéntico al que Marco recordaba que lucía el asesino de su mujer. El destino hubiese sido demasiado cruel si un hermano hubiese asesinado al otro sin saber quién era en realidad.

Subió despacio por la escalera que daba desde el patio directamente al techo de la ínsula, era la manera más discreta de llegar al viejo palomar que hacía las veces de casa de Marco. Apoyó la pierna buena en una caja situada al lado de la pared y con un salto se encaramó hasta la ventana de la habitación. Marco estaba de espaldas a ella, sentado en su cama, con algo entre las manos.

 – Pausanias… Haces más ruido que todos los elefantes de Aníbal en estampida.” – le dijo Marco dándose la vuelta. El griego reconoció el legajo que estaba leyendo el joven, pues lo había visto apenas veinticuatro horas antes en manos de su viejo amigo Sura.

¿Qué lees?” – Pausanias quería saber la versión de su protegido, pero algo le decía que su intuición era cierta; por primera vez en su vida deseó haberse equivocado.

¡Es él! Lo vi ayer en el scriptorium de palacio, lo reconocí. El hombre que nos atacó en Atenas.

¿Cómo?

Es un pretoriano, se llama Flavio Messio Rufo y lo apodanRapax, es él, lo reconocí. Reconocí su mano, el anillo, la mirada. Y ayer me colé en el Castro Pretorio y me llevé su informe. ¡Es él!

Marco tenía una mirada febril, mientras hablaba apuntaba con el dedo índice el rollo, se había levantado del camastro y recorría la angosta habitación con amplias zancadas. Pausanias se tomó un poco de tiempo; mucho dependía de lo que dijese ahora al hombre fuerte y decidido en el que se había convertido el chaval desesperado de Itálica, o el joven roto de Atenas. Pero la apuesta en juego era demasiado alta como para andarse con sutilezas; la situación era desesperada, y había que evitar por todos los medios que Marco siguiese con sus pesquisas.

¿Lo reconoces por un anillo? La Medusa es un talismán muy común.” – respondió Pausanias con aparente frialdad.

– “¿Y la mirada? La reconocería en cualquier rostro.

Marco…” – el hispánico lo interrumpió antes de que pudiese seguir hablando.

Además, recuerdas la fecha en la que nos atacaron ¿no? Mira, lee su hoja de servicios, estaba depermiso especial, la fecha coincide y además hay dos cosas muy extrañas, no pone dónde estaba destinado, no hay firma de un directo superior ¡Toma, lee! ¿Otra coincidencia? ¿No crees que son demasiadas? Además, consulté el registro de entrada y salida del documento. ¿Sabes quién lo consultó ayer? Sura, la mano derecha del emperador. ¿Tampoco es extraño esto?” – Marco entregó el rollo a Pausanias, quien lo leyó detenidamente. En efecto, como le dijo Sura la mañana anterior, faltaba la firma en el permiso y, como había notado Marco, no se indicaba ningún destino. Tenía razón, demasiadas coincidencias… pero ninguna prueba. Tendría que insistir en este punto para convencer a su interlocutor, y a sí mismo.

Son indicios, Marco, no pruebas. ¿Qué piensas hacer? Estás hablando del centurión de los especulatores, está rodeado de hombres armados, es un hombre valiente, su hoja de servicios es brillante, ha recibido varias condecoraciones…

¡Mató a Clelia!

¡No sabes si es él! ¡Por todos los dioses Marco! ¿Qué vas a hacer, preguntárselo? Si es él te elimina y acaba el trabajo que empezó, si no lo es, te mete en el calabozo más oscuro del Castro Pretorio y mueres de todas maneras. ¡Recapacita! ¡Tus conclusiones carecen de toda lógica!

Pausanias temía haber perdido su partida.

Pero si es él sabré por qué, Pausanias. Aunque quizás debería preguntártelo a tí.” – Marco pronunció las últimas palabras muy lentamente, mientras se acercaba a escasa distancia del que fue su preceptor. Pausanias se dió cuenta de que los años de entrenamiento habían dado su fruto; al tener a Marco tan cerca se percató de que por primera vez sentía algo diferente delante de él, miedo. Pero había jurado dos cosas a Marcio Ulpio Trajano antes de partir a Itálica para proteger a su hijo, que lo haría con su vida y que por su vida, nunca le habría dicho al joven quién era su padre. Por eso, sin inmutarse ni dejar ver qué sentía en aquellos momentos, le contestó.

Lo sabrás cuando llegue el momento, no antes.

Marco continuó inmóvil, a un pulgar del griego, y le respondió, susurrando.

Hay veces que me pregunto qué te corre por las venas, Pausanias. Clelia era tu sobrina, Eumenes era como un nieto para ti.

Y están muertos, y estás vivo. Y lo está Imilce

Al oir el nombre de la esclava, Marco se alejó de donde estaba el griego con un gesto de rabia; éste enrolló el papiro, y apuntó con él a Marco. Había llegado el momento de pasar al contraataque e insistir en su único punto débil.

Sigue con esta locura y te reunirás con ellos en los Campos Elíseos mientras Imilce te llora.

No te das cuenta de lo que me estás pidiendo…”–  Pausanias había puesto el dedo en la llaga. Marco se sintió culpable, como el día anterior en las termas cuando no lograba recordar la cara de su mujer, mientras que podría describir la Imilce que vio por pocos instantes a las afueras del anfiteatro hasta el último detalle, e incluso la Imilce de quince años atrás, o cuando aún era prácticamente una niña, la primera vez que la vio en la domus. Y sin embargo, cada vez que intentaba recordar la que fue su familia, ésta se iba desvaneciendo, borrando en su recuerdo. Se alejó de Pausanias y se sentó en el camastro, bajando la mirada, derrotado por el peso de una verdad que le resultaba abrumadora, aplastante. Marco negaba, movía la cabeza, hablando en voz tan baja que su preceptor ni siquiera podía oirlo; Pausanias se agachó para poder entender qué decía. Marco levantó un poco la mirada y fijó sus ojos en los del griego. Ya no leía en ellos odio, sino desesperación. Siguió susurrando, con la voz casi rota.

– “¿No lo entiendes Pausanias? Si tengo la posibilidad de vengarme al alcance de mi mano, por remota que sea… si la abandono por Imilce, si rehago mi vida con ella… ¿Qué marido soy? ¿Qué padre?

No te culpes por querer amar y vivir” – le contestó Pausanias. Apoyó una mano en el hombro de Marco, y recordó otra mañana de verano, años atrás. Su sobrina Clelia estaba embarazada, y sumida en sus pensamientos, hilaba la lana con la que tejería una manta para tener caliente al bebé durante el invierno. Marco no estaba en casa y Pausanias había pasado para saludarla; dejó el huso en un taburete cercano y miró a su tío con sus grandes ojos celestes. Le dijo pocas palabras, mientras acariciaba su vientre abultado: “Mi marido me quiere, pero está enamorado de un fantasma. Sin embargo a él lo amará con todo su ser y amándolo a él, me querrá un poco más.

Pausanias sabía que no podía decirle mucho más a Marco en aquellos momentos, le quedaba sólo esperar a que reaccionase a sus palabras.

Ayer fui a buscarla a palacio, no estaba.” – prosiguió Marco, levantándose. Se acariciaba la barba pensativo, mientras se acercaba lentamente a la ventana. – Un muchacho en los establos me dijo que se había ido a Tibur con la domina. Su hijo, Imilce tiene un hijo. ¿Lo sabías?

Pausanias respiró aliviado por el hecho de que finalmente podría decirle algo a Marco respecto a su pasado sin tener que mentir.

No, no lo sabía.” – la escasa correspondencia de esos años con Sura y Trajano constaba de pequeños mensajes cifrados en los que nunca se hizo referencia a la muchacha o lo que fue de ella. Marco mientras tanto seguía caminando lentamente, en círculos, por la habitación.

Se parece a ella. No qué pensar, ese chico tendrá unos quince años. Cuando subí al scriptorium no dejaba de darle vueltas, lo primero que sentí fue celos al saber que ella había rehecho su vida tan pronto, pero también puede ser que… Te parecerá una locura, pero creo que se parece también a mí. nos dejaste solos, aquella noche, cuando tuve que escapar y…

lo que quieres decir. Bueno, saldrás de dudas en breve, no creo que su domina se quede muchos días en Tibur. Si fuese así, más razón aún para abandonar tu descabellado proyecto de interrogar al pretoriano, Marco.” – Pausanias asimiló la información que le había dado su protegido con aparente indiferencia, sin embargo no hacía más que pensar en lo que se había enterado aquella mañana, la posibilidad de que Rapax fuese quien atentó contra la vida de Marco y su familia en Atenas, de que el hijo de Imilce pudiese ser de Marco, por lo que sería el primer nieto del emperador Trajano. Tenía que reunirse con Sura inmediatamente y ponerlo al día. Alzó el rollo que llevaba en la mano y dijo a Marco:

Me encargaré de que esto vuelva de donde ha salido. Recapacita, Marco” – Pausanias se dirigió a la puerta. – Creo que es mejor que baje por las escaleras, empiezo a estar demasiado viejo para saltar por los tejados…

Pausanias no tuvo tiempo de terminar la frase, pues entró Saturnio abriendo la puerta sin llamar, bostezando y rascándose la cabeza, dándose casi de bruces con Pausanias. El hombrecillo pegó un brinco y se alejó lo que pudo, imitando la posición de defensa que había visto la noche anterior a su amo, alargando las piernas y moviendo los brazos.

Tanto el griego como el siervo dijeron al unísono…

¿Quién es?

Marco indicó a Saturnio con la mano.

Lo encontré el otro día en el foro” – iba a seguir hablando, pero Saturnio lo interrumpió levantando los brazos.

Quietos, no, no, ni una palabra… Usted, desconocido amigo de mi dominus, no salga con eso depor qué no te encontraste un perroni con eso de quetodo el mundo sabe que no tiene esclavos’. Que soy pequeño de altura, pero no de entendederas, ya está bien, un poco de respeto.” – Saturnio observó con mayor atención al hombre y al darse cuenta de que llevaba en la mano el rollo que recuperaron la noche anterior del Castro Pretorio, lo empujó de nuevo dentro de la habitación y cerró la puerta.

Dominus ¿ha visto lo que lleva? ¡El pergamino que nos costó tanto sacar del Castro Pretorio! Que casi me quedo ahogado ahí dentro toda esa agua y.. y… y… ¡que no se lo puede llevar!

Marco intentó poner cara seria mientras contestaba a Saturnio, pero ante las salidas de su siervo, cada vez le costaba hacerlo más.

Saturnio, es Pausanias, lo conozco desde que era un niño. Es como un padre para y confío plenamente en él. ¿Por qué no se puede llevar el pergamino?

¡Pues porque no qué pone!” – respondió el hombrecillo abriendo los brazos, como sorprendido por tener que explicar a su señor algo tan obvio.

Tampoco sabes por qué fui a buscarlo ¿no?” – contestó Marco guiñándole un ojo. La lógica y la prontitud de la respuesta de su amo, dejó al hombre sorprendido por unos momentos en los que, como era habitual en él cuando tenía que aclararse las ideas, se rascaba la barba y miraba un punto indeterminado en el techo. Pausanias, mientras tanto, observaba la escena; la presencia de ese hombre en la vida de Marco podía facilitar o complicar la misión a la que había dedicado su vida.

¿Te fías de él?” – preguntó Pausanias a Marco.

Sí. Sin lugar a dudas. No me preguntes por qué, no lo ni yo, pero me fío de él. Es Saturnio, de Hispania. Puede que sea un esclavo fugado, o quizás la historia absurda que me contó en el foro sea verdad y fuese el único esclavo de un dominus tan pobre como él que murió hace poco. Se buscaba la vida en el anfiteatro Flavio, es allí donde lo por primera vez, cuando intentó robarme la bolsa.– contestó Marco.

No me lo recuerde, no me lo recuerde. Que de menuda me he librado, podría haber acabado como aquellos matones en el foro, el Butimas ése del que hablaba Cyprianus o los ladrones de ayer por la noche. ¡Robarle ala sombra! Aunque yo insisto que se tiene que buscar otro apelativo, que ése no me gusta ¡Menuda idea…!Saturnio cerró la boca al ver cómo Marco lo fulminó con una mirada con la que le daba la orden de callarse, mientras que esta vez era Pausanias quien abría la boca sorprendido y lanzaba a Marco una mirada inquisitiva. Faltaba sólo que Marco fuese el desconocido del que se empezaba a hablar en la Subura, un encapuchado misterioso que aparecía como una sombra sigilosa y ayudaba a las víctimas de los numerosos actos violentos que poblaban la noche en la zona más peligrosa de la ciudad.

Sí, soy yo, me llamen como me llamen. No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada. La primera noche que llegué a Roma no podía dormir, bajé a la calle y vi a dos hombres que intentaban forzar a una prostituta. Los dejé sin sentido, estaba todo demasiado oscuro, no me vieron. Me llevé el caracallus de uno de ellos y los pantalones del otro, probablemente eran ex legionarios. La noche siguiente bajé cubierto por sus ropas y armado.” – dijo Marco señalando el gladio y las vestimentas tiradas por el suelo.

Pausanias sabía que era inútil prohibirle sus incursiones nocturnas, aunque fuesen peligrosas.

No creo que te fuese fácil dejar a Butimas fuera de juego, tengo entendido que el germano era alto como una montaña.” – le dijo Pausanias a Marco.

Fuiste quien me enseñó que la agilidad vence a la envergadura, recuerda. Matarlo fue fácil, aunque menos de lo que les costó a aquellos canallas matar a Clelia y Eumenes. Ya que no pude evitar sus muertes, evitaré la de otros inocentes. No me vas a negar eso.

Pausanias dio unas palmadas en el hombro de Marco y se dirigió de nuevo hacia la puerta. No, no iba a ser él quien negase a Marco hacer algo que lo ayudase a sentirse menos culpable, por muy peligroso que fuese. Sabía que Marco podría enfrentarse sin temor al más aguerrido de los gladiadores del circo sin sufrir un rasguño, se había dedicado a ello concienzudamente durante los últimos cinco años. Al ver el gladio en el suelo, la espada favorita que su amigo Trajano donó a su primogénito cuando lo liberó, la recogió. Examinó la empuñadura y el ojo amarillo del águila, el plumón de bronce, el pico poderoso; recordó la conversación de la mañana anterior con Sura, y le pasó la espada a Marco.

¿Sabes Saturnio? Tienes razón,la sombrano está bien. MejorÁguila”” – miró a los ojos de Marco. – A fin de cuentas es el nombre que elegiste, Marco.

Asintió y cogió la espada. Era la costumbre que el esclavo, al ser liberado, escogiese sus nuevos apellidos, el “nomen” y “cognomen” de hombre libre para que así constase en el acta que redactaba el  magistrado presente en la ceremonia. Normalmente el apellido que elegía un neo liberto derivaba del de la familia a la que sirvió, pero al ver el precioso dono que recibió de su dominus, cambió de idea en el último momento y cuando el magistrado le preguntó con la fórmula ritual, cuáles serían los nombres que lo identificarían como hombre libre, dijo con voz clara: “Marco Fulvio Aquila”. Marco, el nombre que le puso su madre, Fulvio[5], por la asonancia con Ulpio y por el color del plumaje del ave de la empuñadura, Aquila, como la que lo observaba desafiante desde la empuñadura del gladio.

Pausanias salió de la habitación dejándolos solos. A los pocos momentos, se oyeron sus pasos bajando por las escaleras de madera que unían el palomar con el último piso de la ínsula; mientras tanto Saturnio recogías las ropas y las armas del suelo y adecentaba en lo posible la humilde estancia. Marco se dirigió a la palangana de barro en la que tenía un poco de agua para lavarse, se limpió la cara y se cambió de túnica, en silencio. Se sentó en el camastro para abrocharse las sandalias que había dejado bajo la cama; mientras se ajustaba las tiras de cuero alrededor de los tobillos, oyó a Saturnio que tímidamente le preguntaba.

Dominus, perdone si le hago una pregunta. ¿Quiénes eran Clelia y Eumenes?

Marco se levantó de la cama, cogió el cinturón que estaba en el suelo, se lo puso y respondió.

Eran mi mujer y mi hijo. Voy a la taberna a desayunar algo, y luego a la trastienda de Cyprianus, para preparar la clase. Cuando bajes recoge a Iulo, el niño que vive en el piso de abajo, no quiero que falte a la primera lección.

Cerró la puerta y salió, dejando a un sorprendido Saturnio recogiendo las pertenencias de su amo en el arcón. Se preguntó cuántos misterios más escondería ese hombre taciturno, huraño y leal.

3.

Pausanias se adentró en las estrechas callejas de la Subura y subió por las calles empinadas lo más rápido que le consintió su pierna tullida. Apretaba el rollo con la hoja de servicios de Rapax en su pecho, como si temiese que por culpa del más mínimo encontronazo éste se le pudiese escapar de las manos. Llegó hasta la colina llamada Quirinal y se detuvo para recobrar aliento. Las calles eran ahora más anchas y había más luz, pues las altas ínsulas de hasta cinco o seis pisos en las que se hacinaba el pueblo de Roma habían cedido paso a los muros externos de la lujosas domus patricias, que se erguían dentro de suntuosos jardines. Entró a la domus de Sura por el ingreso de servicio que usaban los esclavos; el dominus había dado instrucciones de dejar libre acceso al griego, a cualquier hora del día o de la noche. Encontró al señor de la casa en su estudio, como el día anterior, hablando con un hombre bajo y fornido que llevaba unos planos enrollados debajo del brazo. Al ver a Pausanias a la puerta del tablinum, Sura despachó a su interlocutor, no sin darle antes una bolsa llena de dinero. Tenía que seguir las instrucciones del emperador, y disponía de poco tiempo para hacerlo antes de partir de vuelta a Dacia: ponerse al día de cuanto había sucedido en la ciudad durante las semanas de ausencia, impartir nuevas órdenes e informarse sobre el estado de construcción de las nuevas termas. El hombre que se acababa de ir era el jefe de obras y la bolsa contenía los áureos[6] necesarios para seguir con el trabajo durante un par de meses.

Buenos días, Pausanias, acércate. ¿Tan mediocre es mi biblioteca que ya me has traído otro libro?” – le dijo sonriendo, aunque al aproximarse su amigo se dio cuenta de que no era un libro el rollo que le había entregado. Nada más abrirlo reconoció la hoja de servicios de Rapax y lo miró sorprendido.

Lo tenía Marco.

¿Cómo?” – respondió el cónsul levantándose de la mesa. – ¿Qué hacía con ésto? ¿Cómo  lo ha procurado?” – Sura siguió hablando, alargando un brazo para que el griego se acercase más a él y le pudiese hablar casi susurrando, mientras pasaban al patio al que asomaba el tablinum.

Ya te dije que lo instruí bien… Ayer por la noche entró en el Castro Pretorio y se lo llevó” – Pausanias contó a su compañero casi todo lo que había descubierto esa mañana, empezando por las propias dudas que nutrió ya el día anterior respecto al anillo que el emperador había regalado a su segundo hijo años atrás en Antioquía, pasando por el encuentro de Marco con Rapax en palacio y con sus dudas sobre el hijo de Imilce.

Cuando Pausanias terminó su relato se encontraban en el centro del patio y se sentaron en un banco de piedra que se encontraba al lado de un pequeño estanque en el que nadaban algunos peces rojos. Estuvieron callados durante unos instantes hasta que Sura le dijo a Pausanias.

¿Crees que Marco tiene razón?

Lucio, mismo hiciste sacar este rollo de los archivos del Castro Pretorio porque había algo que no te cuadraba de la carrera de Rapax, y Marco no se equivoca respecto a las fechas. Recuerda lo que me dijiste, que perdistéis su rastro hasta que volvisteis a saber de él, poco después de que tuviésemos que dejar Atenas.

Si es él quien atacó a Marco y a su familia, no dejo de preguntarme qué motivos tendría para hacerlo… Pero creo que nos equivocamos de pregunta, Pausanias. El quid de la cuestión no es por qué él, sino quién era el que dio la orden. Y todo me lleva a un nombre. que estamos pensando en la misma persona, amigo.

Sura se levantó del banco de piedra y empezó a caminar alrededor del estanque, mientras Pausanias pronunciaba en voz alta sus mismos pensamientos.

Cneo Cornelio Graco, todo apunta a él. Livia vive en una de sus propiedades, se reunió sin testigos con Rapax, es lo bastante rico como para corromper a media Roma y ambicioso como para quitarse de en medio todo obstáculo a sus planes. Si tenemos en cuenta los rumores de los que me hablaste ayer, probablemente es él quien está tramando contra Trajano y seguramente ha descubierto que Marco es su hijo y quiere empezar a limpiar el terreno.

Sura asentía a cada una de las afirmaciones de su amigo, no había que perder más tiempo e intentar poner freno a una situación que podría irseles de las manos.

Iré inmediatamente al cuartel, convocaré a Rapax. Le diré que que trabaja para Graco, veremos mo reacciona y qué sabe. Le daré órdenes de partir a Tibur, con un mensaje para Lucrecia, pidiéndole con una excusa que vuelva a Roma, y que la escolte en el viaje de regreso. Así por lo menos hoy y mañana Marco no lo encontrará en la ciudad y cuando esté, esperemos que la vuelta de Imilce lo distraiga.

Pausanias no había contado todo a su amigo, le quedaba aún algo por decir.

Para ser sinceros, ya ha encontrado algo con lo que distraerse.” – Pausanias siguió sin mirar a los ojos a su viejo camarada. – Desde hace algún tiempo alguien se dedica, al amparo de la oscuridad de la noche, a repartir justicia en la Subura. Sabes que es un barrio peligroso y que al caer el sol pasa de todo. Ese alguien es Marco.

Sura alzó los ojos al cielo y le preguntó a los dioses qué más cosas podían salir mal o complicarse por sí solas. Decidió que no le comentaría al emperador el “pasatiempo” de su hijo, ya que con lo que tendría que contarle a Trajano, la primera media hora a solas con él sería menos llevadera que un ataque frontal de las tribus de Decébalo.

¿Dices que lo has instruído bien? Esperemos que sea así… No podemos encerrarlo en el scriptorium de palacio todas las noches, aunque por Júpiter que lo haría de buena gana. No hay tiempo que perder, tengo que ir al Castro Pretorio lo antes posible, no quiero encontrarme con Rapax en el palatino, estoy convencido de que Graco tiene espías hasta en las cocinas.

Sura regresó a su tablinum y escribió algo en una tablilla de cera, llamó un esclavo de confianza y le ordenó entregársela a Rapax, y sólo a él.

Voy a cambiarme, resultaré más convincente con el uniforme, no con la toga. ¿Marco ha ido ya al palatino?” – le preguntó a Pausanias.

No. Ha montado una pequeña escuela en la trastienda de una popina para dar clases a los chiquillos del barrio, estará con ellos un par de horas.

Mejor. Gracias Pausanias; ven esta noche a cenar, y te diré cómo ha ido mi conversación con Rapax.”

Dicho lo cual se despidió de su amigo con un abrazo, entró en su cubiculum[7] y en menos de media hora partió al Castro Pretorio escoltado por sus lictores[8].

Rapax se encontraba en el puesto de guardia en el palatino cuando el esclavo de Sura le entregó el mensaje de su dominus. En un primer momento se sorprendió al recibir la convocatoria del cónsul, pero pensó que quizás tenía que referirle algún mensaje del prefecto del pretorio, que estaba con el emperador en Dacia. Mientras su ayudante le ponía la coraza pensaba en la propuesta del senador Graco. Desde el coloquio que tuvo con él no hacía más qué pensar en cómo dar con el hispánico de Atenas; la otra vez sabía en qué ciudad buscarlo y aunque no fue fácil logró dar con él. Ahora desconocía su paradero, podría estar en cualquier rincón del imperio, por lo que tendría que empezar sus pesquisas donde lo dejó, en Atenas. No podía encargarse en persona, pero no le faltaban hombres de confianza ni contactos con los que comenzar la búsqueda, y si lograba cumplir con su misión, Livia estaría bien y él sería tribuno. Un provincial como tribuno en una cohorte pretoriana, algo nunca visto. Desde que tuvo uso de razón quiso dedicar su vida al ejército, pero al no ser ciudadano romano no habría podido servir más que en las tropas auxiliares y sin llegar a alcanzar nunca un puesto de mando; sólo los equites o caballeros podrían serlo y él no era nadie.

Nunca supo quién era su padre; se crió en casa de sus tíos, unos pequeños comerciantes que lo acogieron a él, su madre y su hermana. Su madre murió cuando eran muy pequeños y nunca sintió afecto por sus parientes, por lo que su hermana era la única persona a la que quería en este mundo. Apenas tuvo edad para ello, se alistó en el ejército y a él le dedicó su vida, pero a pesar de su capacidad, dedicación y esfuerzo podría llegar a ser, cuando tuviese ya el cuerpo lleno de cicatrices, un primus pilus[9] que se limitaría a cumplir las órdenes de algún tribuno seguramente mucho menos capaz que él. Por eso aceptó la propuesta de Graco, por poco honorable que fuese. Ya tendría modo de demostrar su valía apenas saliese de las tropas auxiliares, y así lo hizo. No le gustaba Graco, ni tener que depender de él; tras hablar con él en el Aula Regia comprendió la magnitud de sus planes, sólo el emperador nombra al prefecto del pretorio y si Graco le ofreció ese puesto, si en el futuro hubiese seguido colaborando con él, era porque él mismo se veía emperador.

No sería la primera vez que un emperador hubiese sido depuesto por la fuerza; es más, era algo que no lo escandalizaba demasiado, siempre que se tratase de sustituir a un incompetente o un tirano como lo fue Domiciano, pero Trajano no lo era. De todas maneras, muchas cosas podrían cambiar hasta que Graco se sintiese lo suficientemente fuerte como para dar el golpe y, como le dijo, no haría nada hasta que se conquistase la Dacia y su oro.

De camino hacia el cuartel no pudo evitar comparar a las mujeres que se cruzaban en su camino con Lucrecia; aunque hubiese deseado formar parte de la escolta que la habría acompañado a Tibur logró frenar su impulso y no se dejó ver por ella hasta que dejó el palacio. Quería ser para esa mujer algo más que un capricho o uno más de una serie de admiradores; quería conquistarla, tenerla a su merced, y sabía que la mejor manera de entrar en su corazón era no ponérselo fácil.

Cuando llegó al cuartel subió de dos en dos los escalones que llevaban al segundo piso del edificio principal, en el que se encontraba el despacho del prefecto, donde le esperaba Sura. El cónsul estaba de pie al lado de un ventanal desde el que observaba los ejercicios de la tropa en el patio de armas, cuando lo oyó llegar se giró y lo miró detenidamente. El centurión de los especulatores lucía un uniforme impecable, los pliegues de la túnica que le llegaba un palmo encima de las rodillas eran simétricos, perfectos; la tela era blanca como las plumas que lucía el penacho de su casco que en esos momentos llevaba bajo el brazo. La coraza plateada estaba lustrada a la perfección y no había más decoración que la reproducción de los músculos pectorales. Rapax miraba al frente sin cruzar sus ojos con el cónsul, pero a pesar de ello se dio cuenta de que éste no lo miraba con gentileza, sino que lo estaba escudriñando como si delante de él se desplegasen las filas del ejército enemigo. No lograba entender su cambio de actitud, las pocas palabras que le dirigió en la Domus Flavia no presagiaban ninguna hostilidad por su parte.

lo qué hiciste durante tupermiso especial” – dijo levantando el rollo – y que trabajas para Graco.

Así que era ese el motivo, Sura lo sabía. Apretó la mandíbula y siguió mirando al frente.

¿Qué te ha ofrecido?

Rapax decidió que era inútil negar la evidencia.

Si sigo con él hasta el final… Ser prefecto del pretorio, señor.

Sura dejó caer el rollo sobre la mesa con un movimiento brusco y se dirigió con dos zancadas a escasa distancia de Rapax, que continuaba mirando al frente.

Sabes perfectamente que el prefecto del pretorio es un cargo nombrado directamente por el emperador, y que si Graco te lo ha ofrecido es porque él en persona pretende serlo.¿No has pensado lo que significa? Se trata de alta traición, pretoriano. Traición al emperador que has jurado proteger. Podría encerrarte en un calabozo y hacer que te estrangulen, sin tan siquiera darte una muerte honorable, pero no lo haré. Quiero que sigas con Graco, pero me tienes que informar de cualquier cosa que haga o te diga.

Tiene a mi hermana como rehén.” – respondió Rapax mirándo esta vez a los ojos de su interlocutor.

Asegúrate de que Graco no sospeche nada y tu hermana seguirá sana y salva.Yo me encargaré de hacerla salir de Antioquía y traerla a Roma.

Puedo aceptar e ir acto seguido a contarle todo a Graco

Lo primero que haría sería acabar contigo porque no se fiaría ya de tí, sospecharía que estás haciendo el doble juego y la primera en pagar las consecuencias sería Livia. Además, Graco tiene que seguir con su plan hasta que tengamos pruebas suficientes para arrestarlo, procesarlo por alta traición y ejecutarlo.

Sura se alejó de Rapax y caminó por la amplia habitación; el centurión se había percatado del hecho de que el cónsul había llamado a su hermana por su nombre. El cónsul se detuvo en medio de la sala y le preguntó:

¿Qué te dijo en el Aula Regia? ¿Cuál es tu próxima misión?

Rapax se dio cuenta de que sabía absolutamente todo sobre su relación con Graco y todos sus movimientos.

Me dijo que el hombre de Atenas está aún vivo, tengo que encontrarlo y terminar con él, aunque no sabe dónde está.

Sura se preguntó si Graco sabría también que Rapax era hijo de Trajano o se trataba simplemente de una macabra casualidad; tanto Pausanias como él juraron al emperador que se encargarían de la seguridad de sus hijos y de que nunca les revelarían la identidad de su padre. Aunque no iba a romper su juramento sintió que lo que iba a decir era lo más parecido a romperlo, pero era necesario. Se acercó de nuevo a Rapax, quería observar detenidamente su reacción ante lo que iba a decirle.

El hombre que buscas está en Roma. Y es tu hermano.

Rapax no pudo evitar soltar una carcajada a pesar de lo dramático de la situación.

Eso es imposible, sólo tengo una hermana.

Te conozco desde que naciste, haz memoria, busca en tus recuerdos e incluso en los más lejanos verás que aparezco; me has visto pocas veces, pero todo de tí. Tu padre tuvo otro hijo, cinco años antes de que nacieras, en Hispania. Busca en tus primeros recuerdos, antes de que vivieras con tus tíos en la ciudad de Antioquía; recordarás una pequeña villa en el campo, la luz del sol, tus primeros juegos… Yo estaba allí.” – Sura hablaba en voz baja, como si estuviese realizando un conjuro. Rapax cerró los ojos; el cónsul tenía razón, siempre se había preguntado si ciertas imágenes ligadas a su niñez no habían sido fruto de su imaginación. Recuerdos fragmentados, un día soleado de primavera jugando con Livia en un jardín, tres soldados que hablaban con su madre, ella que cogía el brazo de uno de ellos, otro que caminaba apoyándose en una muleta, un tercero más corpulento que sus compañeros. Su madre que se acercaba con ese hombre del cual no recordaba los rasgos, pues lo único que sus ojos de niño veían era la mirada aterradora de la cabeza de Medusa repujada en el peto de cuero. Instintivamente, mientras recordaba, acariciaba su anillo tallado con una Medusa idéntica a la que recordaba, y que le dio su madre moribunda. Era de tu padre, velará por siempre, me lo ha prometido; ahora juraría por primera vez en su vida que había visto una sombra moverse en la habitación en la que su madre se estaba apagando, un hombre corpulento, uno de aquellos tres soldados. Como lo vio años más tarde, a través de las rendijas en el suelo de madera del almacén situado bajo el techo de la modesta casa de sus parientes, hablando con su tío. Rapax levantó los ojos humedecidos por las lágrimas y observó a Sura, sabía que la soldadesca lo apodaba, por su envergadura, “el oso hispánico”, y comprendió entonces que era él esa sombra que aparecía y desaparecía de sus sueños infantiles. Cuando volvió a verlo muchos años más tarde, en el ejército o en el cuerpo de los pretorianos no lo relacionó nunca con aquellos recuerdos, que había prácticamente olvidado.

Sí… es verdad… recuerdo… ¿Mi padre está vivo?¿Ese hombre es mi hermano?¿Qué tiene Graco contra él?” – a medida que se iba formulando estas preguntas el centurión parecía ir volviendo en sí.

Con el tiempo encontrarás respuesta a todas tus preguntas. Por ahora, prosigue con tus pesquisas, manda a alguien de confianza a Atenas para que busque alguna pista sobre el paradero de Marco, tu hermano, asegurándote de que Graco sepa que te estás ocupando de dar con él.” – Sura le hablaba con tono decidido y firme, pero no amenazador como al principio de su coloquio.

Está en Roma ¿pero dónde?

Muy cerca de ti. Te ha visto en el scriptorium del palatino, y cree haberte reconocido. Me han dicho que ha cambiado bastante desde que le perseguías en Atenas, pero no te será difícil identificarlo entre los copistas. Graco te ha encargado acabar con él, yo te ordeno protegerlo, pero con discreción. Por el momento es mejor que no se encuentre contigo cara a cara, ha jurado vengar la muerte de su familia y te aseguro que ahora sabe atacar y defenderse tan bien como tú.

Sura cogió una tablilla de cera que estaba sobre la mesa del prefecto y se la entregó.

Lleva de inmediato este mensaje a Tibur, a la domus de Salonina Matidia. Entrégaselo a Lucrecia Domicia Paulina; en él le pido que vuelva a Roma. La escoltarás mañana de vuelta a la ciudad, con su hijo. Asegúrate de que regrese con todos sus esclavos personales.

A Rapax le llamó la atención este particular; sabía con cuántos esclavos había viajado cuando salió al alba del palacio, pues aunque no dejó que ella le viese, él la observaba desde las estancias de los pretorianos. Sura siguió hablando.

Espero que te des cuenta en qué situación te encuentras, Rapax, y que hayas comprendido que por el bien de Livia y el tuyo me debes fidelidad a mí, no al senador Graco.

Rapax asintió.

Seguiré sus órdenes, cónsul; cómo habéis dicho, es lo mejor para mi hermana y espero que haciéndolo pueda un día hallar la respuesta a una simple pregunta.

¿Cual?

¿Por qué?

Sura le indicó la puerta con un gesto casi imperceptible, Rapax se cuadró y saludó, saliendo del despacho con paso decidido. Se aproximó a la ventana que daba al patio, vio a Rapax montar un espléndido caballo negro y salir a toda velocidad en dirección de la Via Tiburtina.

4.

Pausanias salió de la domus de Sura y regresó a la ínsula de Marco, pues quería asegurarse de que su protegido se hubiese tranquilizado, y también hablar con su “esclavo”, para comprobar si realmente era alguien digno de confianza. Se dejó llevar por la corriente humana que bajaba de las colinas de la ciudad para dirigirse al foro. Parecía que todo el pueblo de Roma se dirigiese al centro de la Urbe; el valle entre las colinas del Palatino y el Capitolio, que antes de la fundación de la ciudad no era más que una ciénaga de aguas pútridas plagadas de mosquitos, se había convertido, gracias al ingenio y a la laboriosidad del pueblo romano, en una serie de amplias calles, plazas, basílicas y pórticos. Todos tenían prisa en llegar a uno de los foros, unos porque tenía que asistir a un pleito, sea como directo interesado o como espectador, otros porque tenían que hacer compras en alguna tienda cercana, o simplemente para curiosear. Lo importante era salir a la calle, alejarse de las ínsulas malsanas en las que el pueblo vivía hacinado. Hasta el más pobre habitante de la Subura podía sentirse parte de la capital del imperio caminando a la sombra de edificios envidiados por todo el mundo conocido.

El griego reflexionó sobre sus conversaciones de aquella mañana, primero con Marco y luego con Sura. Su mente viajó en el tiempo, treinta años atrás, al día en el que coincidió por primera vez con Trajano en el ejército, y reflexionó sobre las sorpresas que puede deparar el destino. Quien le hubiera dicho que su vida habría cambiado tanto. Pensó que a pesar de considerar a Trajano y Sura sus mejores amigos, a los que les unía una amistad mucho más sólida que la camaradería propia de unos antiguos compañeros de armas, prácticamente no los había visto desde que los dejó en Antioquía. A Trajano lo vio sólo en contadas ocasiones, cuando volvía a Itálica entre un destino y otro, y a Sura durante alguna visita esporádica. La última vez que vio al cónsul fue cuando escondió a Marco en el bosque tras la muerte del hijo del magistrado, y habían ya pasado quince años.

Marco. Las dos huídas, de Itálica y Atenas, habían marcado su vida; cuando perdió a Imilce, perdió su inocencia, entró traumáticamente en el mundo de los adultos. La pérdida de su familia en Atenas lo rompió por dentro, aunque no lo demostrase. Cuando recobró el conocimiento tras el ataque, con el cuello aún vendado por un retal de la túnica de Pausanias, le preguntó por Clelia y Eumenes. El griego negó con la cabeza y bajó la mirada mientras sujetaba a Marco, pero éste no lloró, ni gritó, ni se desesperó. Se cerró en un mutismo del que no salió sino tras muchos días. Nunca volvió a hablar de su mujer y su hijo hasta que Pausanias lo encontró la otra tarde a las afueras del Coliseo, y aquella mañana, sentado en el jergón de su humilde morada, fue la primera vez que lo vio roto recordándolos. Lo había visto reir pocas veces en los cinco años que pasaron desde que dejaron Atenas, por lo que cuando, al entrar al patio de su ínsula y verlo sonriente apoyado en el dintel de la puerta de la trastienda en la que había montado su improvisada escuela, se alegró profundamente y esperó que a partir de ahora pudiese hacerlo más a menudo. Que pudiese relajar el ceño siempre fruncido, que finalmente volviese a su vida la felicidad que le había sido negada. Quién sabe si el encuentro de Marco con Saturnio fuese la primera señal de piedad de los dioses, pues la sonrisa que se dibujaba en su rostro la estaba provocando el hombrecillo.

Lo primero que notó Pausanias fue, además de la sonrisa de Marco, el sonido de una lira, completamente desafinada, que junto con una voz aún menos entonada producía una cacofonía tal que hasta un perrillo que se encontraba allí, aullaba al compás de la música. Al llegar a la altura de Marco éste lo saludó poniéndole una mano sobre el hombro, y le indicó con una mano la improvisada aula.

Dentro de ella, una decena de chavales sentados sobre algunas esterillas en el suelo observaban con la boca abierta a Saturnio que, encaramado a una escalera de madera apoyada en la pared, tañía la lira y cantaba. Dos grandes telas, una roja y otra amarilla, tan desteñidas que resultaba difícil comprender cuál era su color original, hacían las veces de fondo de escena. Los extremos superiores estaban atados a las rejas de un pequeño ventanuco, y dos niños sentados a los pies de la escalera las movían. Saturnio se había vestido con un un lienzo tan desteñido como las dos telas, imitando los pliegues de una toga. En la cabeza lucía una pequeña corona hecha con hojas de laurel y se había puesto también una barba postiza, de rizado cabello anaranjado.

  “¡Oooooohhhh! ¡Llama voraz! ¡Oooohhhhh! ¡Terrible deidad!” – cantaba el hispánico desde lo alto de la escalera, acompañado por los aullidos del perrillo que hacían las veces de coro.

Ha querido ofrecerle a los niños uno de los papeles que le hicieron famoso, según él, en Emérita Augusta. Nerón que desde lo alto del Palatino canta durante el gran incendio de Roma.   dijo Marco a Pausanias, tapándose la boca con la mano para intentar controlar las carcajadas.

Saturnio se puso en pie, en precario equilibrio sobre la escalera, levantando aún más la voz.

Omnívora fuerza atroz… ¡De fuerza brutal! ¡Quema! ¡Queeeeee…….!se había levantado con tanto ímpetu sobre la débil estructura, que la escalera resbaló de su apoyo en la pared, por lo cual Saturnio cayó al suelo envuelto por las telas de su improvisada toga y las de la escena. Los chiquillos rieron y aplaudieron, Saturnio no lograba levantarse por el lío que se había hecho con las telas y el perrillo, no se sabe si por los efluvios que salían de los lienzos o por venganza por el mal rato que habían pasado sus delicados tímpanos, aprovechó para levantar la pata y aliviar su vejiga sobre el bulto informe en el que se había convertido Saturnio.

Marco dio unas palmadas llamando al orden a los niños, se acercó a Saturnio y lo ayudó a levantarse.

Gracias, Saturnio, creo que mis alumnos no se olvidarán del gran incendio de Roma durante mucho tiempo.” – dijo mientras lo levantaba y le quitaba las telas que le entorpecían los movimientos.

¡Ay qué batacazo! ¡Ay mi trasero!” – se lamentaba el hombre apoyándose en los brazos de su amo. Cuando se dio cuenta de que también Pausanias lo estaba observando se intentó adecentar y adoptando una expresión digna se quitó la improvisada toga y el polvo que se le había acumulado en su túnica raída.

Usted también por aquí… Vaya, si llego a saberlo cobro billetes por la entrada, así por lo menos sacaba algo para darme una alegría con las chicas del primer piso.” – dijo el hombrecillo mirando hacia donde estaba Pausanias pero sin fijar la vista en él.

El griego le contestó.

Pues habrías debido, Saturnio. Se nota que tienes tablas y dominas la escena, has recitado a la perfección a pesar de contar con un instrumento que llamarlo musical sería exagerar. Te felicito, espléndido.

Saturnio hinchó el pecho y señaló a Marco.

¿Ve? ¿Que le decía yo? Se nota que el señor entiende de musas y sabe apreciar lo bueno cuando lo ve… ¡No como otros!

Saturnio, bájame el plano del cuartel, lo he dejado arriba y tengo que devolverlo sin falta.” – dijo Marco.

Saturnio obedeció al instante y desapareció raudo a cumplir su cometido, no por las ganas de subir hasta el último piso de la destartalada ínsula, sino para escapar de Galia, la mujer del tabernero, que lo estaba buscando para mandarlo a trabajar en la popina.

Marco entró en la escuela y mientras recogía las tablillas de madera que habían dejado sus alumnos tiradas por el suelo, Pausanias examinó el local.

No es la academia, pero has hecho un buen trabajo.

Marco asintió y comentó apresuradamente, para borrar el recuerdo de la escuela en Atenas que le trajeron las palabras de Pausanias.

Se ha encargado Saturnio de todo.” – comprendió por la mirada de Pausanias cuál era la pregunta que le quería hacer. – Respecto a lo que me has dicho hoy… Te prometo que no haré más pesquisas sobre ese hombre. Pero no qué sucederá si lo encuentro de nuevo.

Pausanias suspiró, esperando que Sura hubiese sido capaz de controlar al pretoriano y alejarlo en lo posible de Marco. Al poco tiempo llegó Saturnio con el plano, se lo entregó  y éste se fue. El griego le pidió a Saturnio que lo acompañase hasta la fuente del patio, y se sentó en ella, suspirando aliviado. La pierna le dolía terriblemente y no pudo evitar que una mueca de dolor se dibujase en su rostro.

Duele ¿verdad?” – le dijo Saturnio señalando la pierna – No se crea que no soy un buen observador, me he dado cuenta de lo que sufre cuando camina. ¿Hace muchos años que está así?

Sí, muchos. Es un recuerdo de cuando era joven, ambicioso y estaba enamorado. Una herida de guerra, cuando servía en el ejército. Los partos[10] tomaron una de nuestras ciudadelas en la frontera; la asediamos para reconquistarla y cuando finalmente rompimos una brecha en la muralla me caí de la torre de asedio. Quería impresionar a una mujer luciendo una corona muraria[11] y lo único que conseguí fue una rodilla rota, varios huesos machacados y la licencia definitiva del ejército.

¿Y qué pasó con la mujer?” – Saturnio enrojeció al instante nada más formular la pregunta, dándose cuenta él sólo que se había tomado demasiadas confianzas. Pausanias sonrió y le dijo:

Siguió sin darse cuenta de que existía. Tenía ojos sólo para su hombre, que además era mi mejor amigo… Pero eso es otra historia, quizás te la cuente otro día.

Pausanias miró a los ojos al hombrecillo hispánico, el cual reconoció la mirada dura que había visto en el rostro de su amo. No pudo resistir mucho tiempo el contacto visual, y alejó la mirada, llegando a desear que apareciese Galia en esos momentos para mandarle algún trabajo que hacer en la popina. Sin embargo, la mujer no apareció y el griego seguía clavando sus ojos oscuros en el hombre.

Saturnio, no te dejes engañar por mis canas o mi cojera, soy aún muy capaz de hacerte daño, tal donde estoy y sin tener tan siquiera que levantarme, prácticamente sin tener que mover un dedo. Te lo diré sólo una vez, es de vital importancia que a Marco no le suceda nada, si así fuese, y no tuvieses una buena excusa que darme, quiero que sepas que te consideraré directo responsable de lo que le pase. Quiero que me informes de cualquier cosa rara que veas; déjame un mensaje en la popina que está en la esquina al lado del templo de Isis en el Campo Marcio. ¿Has entendido?

Saturnio movió la cabeza sin atreverse a decir nada, y volvió a respirar sólo cuando vio al griego sonreir.

Ahora, Saturnio, cuéntame algo sobre ti.” – le dijo Pausanias invitándolo a hablar con un gesto de la mano.

Saturnio lo hizo; el extraño griego le cohibía, sabía que era muy capaz de cumplir sus amenazas a pesar del aspecto amable que tenía cuando borraba de su rostro aquella mirada que podía ser dura como la piedra, por eso le obedeció y le contó a grandes rasgos su vida. Nació en Iria Flavia[12], en el noroeste de la península ibérica, a orillas de una ría que conducía hasta el impetuoso océano, en una tierra siempre verde, mojada por las lluvias, tierra de misterios, hechizos y brujerías. Era el hijo pequeño de un herrero, nació hombre libre y escapó de casa cuando tenía quince años, pues quería salir de su pueblo y conocer el mundo. Lo primero que supo de éste fue que era un lugar cruel, y tuvo que ingeniárselas para sobrevivir pues su orgullo le impidió volver a casa. Se dirigió hacia el sur en busca del sol que echaba de menos en su tierra natal hasta que llegó a Emérita Augusta, donde pasó los mejores años de su vida y descubrió su amor por las escenas, hasta que otra pasión terminó por arruinarle, el juego y los dados. Perdió lo único que poseía, su libertad, y pasó a ser comprado por un traficante de esclavos que lo vendió a otro que a su vez lo vendió al que fue su dominus durante unos años, un pequeño comerciante que gastó todo lo que tenía en una inversión algo arriesgada, unas sedas de Oriente que nunca llegaron a su destino, por lo cual vendió todas sus posesiones menos a Saturnio y emprendió con él la larga marcha hacia Roma, donde pretendía volver a empezar gracias a la ayuda de un pariente lejano. Pero su amo murió sin hacer testamento antes de llegar a la urbe; a partir de este momento contó al griego la misma historia que contó a Marco, que continuó él sólo el camino a Roma. Pero no era así; su compatriota se dio cuenta de quién era en cuanto habló con él en el foro, un esclavo fugitivo. Pensó que si contaba aquella mentira muchas veces se acabaría convirtiendo en realidad y que borraría como con un conjuro los que fueron, sin lugar a dudas, los peores meses de su vida. Por muy duro que fuese el Averno no sería como lo que pasó cuando murió su dominus; cayó de nuevo en las manos de un traficante de esclavos, y pasó a ser uno más de los que se rompían la espalda de sol a sol en una gran finca agrícola a las afueras de Reate[13] hasta que un día, aprovechando una distracción de un vigilante en un campo, se escabulló escondiéndose entre las altas espigas del grano que estaba a punto de ser segado. Huyó, no se detuvo, no dejó de caminar durante días, sin perder de vista la vía Salaria que lo llevaría hasta Roma. Sabía que si lograba llegar a la gran ciudad podía esconderse entre la multitud que la inundaba y que difícilmente darían con él. Pero antes tenía que librarse del collar de bronce del que colgaba una placa que lo identificaba como esclavo y prometía un premio a quien lo entregase a su dominus. Alguien que no había visto nunca, pues ésa era una de las muchas fincas del poderoso señor, un senador. Logró encontrar en un pequeño poblado ya muy cerca de Roma a un herrero que tuvo lástima de él y le quitó con unas grandes tenazas el estrecho collar de bronce. Saturnio aferró la placa, la misma que había visto colgando en el cuello de los demás esclavos de la finca; sabía perfectamente qué decía y se sintió más libre por el simple hecho de no haber podido leer nunca la suya. Se acercó hasta las orillas del Tíber, que le señalaba con sus turbias aguas la dirección a seguir y lanzó con todas sus fuerzas el cuadrado de metal al río, mientras murmuraba en voz baja la inscripción: Fugi, tene me cum revocaveris me domino meo Graco accipis aureum(soy un fugitivo, quien me devuelva a mi señor Graco recibirá un áureo como recompensa). Eso es lo que era Saturnio en realidad, un esclavo fugitivo propiedad del senador Cneo Cornelio Graco.

Rapax espoleó a Dominator y salió a toda velocidad de la ciudad. Cuando se sentía nervioso o agitado, lo único que podía tranquilizarlo era montar a su espléndido corcel negro como el carbón, notar el aire acariciando su rostro, oir el ruido de los cascos sobre la tierra. Era la segunda vez en poco tiempo que salía de la ciudad a galope tendido para intentar calmar su ánimo, aunque sabía que esta vez no lograría hacerlo facilmente. No sabía qué pensar, qué hacer; se dio cuenta de que si continuaba su loca carrera a tal velocidad acabaría reventando el caballo, pues el fiel Dominator no habría disminuido su paso a menos que su dueño no se lo ordenase. Así pues, se apartó de la via Tiburtina, tiró de las riendas y llevó al caballo con un trote ligero hasta una pequeña arboleda a la vera del Anio[14]. Dejó al animal bebiendo en la orilla, se quitó el casco y el focale[15], y lo empapó con el agua del río para refrescarse con él la cara y el cuello. Sonrió mientras escurría el pañuelo con las manos, recordando el que se olvidó en las estancias de Lucrecia.

Al menos algo de positivo había en tal locura, volvería a verla antes de lo esperado. Rapax era un hombre metódico, disciplinado hasta en los pensamientos, pero no era capaz de encauzarlos en una sola dirección, pasaba de una a otra de las noticias que había sabido de Sura. Tenía un hermano, un hermano mayor; cuando pensaba en él lo primero que recordaba era la expresión de terror y rabia de su rostro mientras él le cortaba el cuello a su mujer, después se sucedían otros recuerdos. Cuando dio con él pasó algunos días espiándolo para saber cuál sería el mejor momento para cumplir su misión. Recordaba alguien que aparentaba menos años de los que le dijo Sura que tenía: alto, espigado, muy delgado, casi grácil, de grandes ojos castaños y pelo del mismo color, bastante largo. No se preguntó en ningún momento qué había hecho ese hombre y su familia para tener que morir; lo único que sabía es que gracias a su muerte podría finalmente hacer carrera en el ejército, probablemente dejar la problemática frontera oriental en la que arriesgaba la piel cada día, a manos de una de las muchas tribus judías constantemente en revuelta, o por los partos. La muerte no le asustaba, lo que no soportaba era la idea de no poder ser más que un subalterno toda su vida sabiendo que tenía cualidad para el mando; cuando aceptó la propuesta de Graco no sabía si éste cumpliría con su palabra, pero decidió arriesgar. Si no cumplía con lo prometido se encargaría de hacérselas pagar, por numerosos y fornidos que fuesen los guardaespaldas germanos que no lo abandonaban ni de noche ni de día o porque tuviese a Livia como rehén. Sura le dijo que se encargaría de que su hermana dejase Antioquía; no creía que pensase arrebatarla de las garras de Graco pidiéndoselo amablemente. Si su plan era sacarla a escondidas de la finca tendría que hacerlo uno de sus propios hombres, alguien de quien se fiase ciegamente; Quinto era el mejor, sólo él podría llevar a cabo con éxito tal misión.

Decidió que cuando regresase a la ciudad visitaría de nuevo el scriptorium, siguiendo el consejo de Sura de ser discreto; si le había dicho que el hispánico podría representar una amenaza si lo reconociese, seguramente sería así, pero tampoco podía pasar buena parte del día en el mismo edificio que él como si no hubiese sabido nada. Ahora que sabía quien era en realidad ¿qué sentiría al volverlo a ver? Pensó también en Sura ¿por qué había estado presente en su vida desde que era tan pequeño? El soldado con la Medusa en la coraza era su padre, ahora estaba seguro de ello, a pesar de que Sura no contestó a su pregunta sobre si estaba vivo. ¿Quién era?

Preguntas, preguntas, su cabeza se llenaba de preguntas sin respuesta, de dudas. Se dio cuenta de que, al pasear a orillas del río sumido en sus pensamientos, se había alejado bastante del caballo y de que el sol se encontraba ya en su cenit. Se ató el pañuelo al cuello, y con una una carrera veloz llegó al flanco del animal, se puso el casco y montó en él sin esfuerzo alguno.

Mandó un mensaje al Castro Pretorio desde la primera estación de posta que encontró en la via Tiburtina, con órdenes de que tres pretorianos viniesen lo antes posible a la domus de Salonina Matidia para formar parte de la escolta que al día siguiente a primera hora tendría que acompañar de vuelta a Roma a Lucrecia, su hijo y los esclavos.

La propiedad de Salonina Matidia se encontraba a los pies de una colina, rodeada por olivares. A pesar de que el día era muy caluroso, soplaba una ligera brisa que venía de esa altura, y que hacía que las altas temperaturas fuesen mucho más soportables que en la ciudad, donde el calor era húmedo y pegajoso. Cruzó la verja que delimitaba la propiedad, bajó del caballo y entregó las riendas a un esclavo. Se dirigió a la villa urbana, la casa principal, y se anunció al ostiarius que lo condujo al interior del edificio. Atravesó el atrio y fue acompañado hasta el peristilo, un patio rodeado de columnas y un porticado, adornado con unos árboles frutales y una fuente. En una zona a la sombra se encontraban dos mujeres trabajando en un telar y un poco más apartada, tumbada en un triclinio se encontraba Lucrecia, que se abanicaba mientras oía la charla de las otras con los ojos cerrados.

Rapax se cuadró delante de la domina, una de las dos mujeres que estaban tejiendo.

Traigo un mensaje del cónsul Sura para Lucrecia Domicia Paulina – dijo. La dueña de la casa le indicó con una mano a Lucrecia, quien abrió los ojos en ese momento y se sorprendió al ver delante de ella al hombre en el que no había dejado de pensar desde que dejó la ciudad. Éste se acercó y le entregó unas tablillas de madera; Lucrecia borró la sonrisa que se había empezado a dibujar en su rostro ante el gesto marcial del pretoriano y la indiferencia con la que le entregaba el mensaje. Sólo mantuvo su mirada durante unos breves instantes con la del hombre, y la frialdad con la que la escrutaban aquellos ojos verdes provocaron en ella un gesto de rabia que no pudo disimular al recoger las tablillas. Abrió con decisión las tiras de cuero que las cerraban y leyó el contenido; mientras leía el pretoriano la observaba. La belleza de la mujer, vestida con una túnica de seda color celeste y con los cabellos recogidos con una redecilla de oro lo había impresionado profundamente; el atuendo sencillo, el peinado, el rostro libre de maquillaje le trajo a la memoria la última vez que la vio, en la cama, durmiendo plácidamente como una niña. Rapax alzó los ojos de ella apenas un instante antes de que ésta cerrase las tablillas.

Salonina, querida, Sura quiere vuelva a Roma. Imagino que la conversación de mi hermana Elia sea algo difícil de soportar.” – dijo sonriendo a su pariente. Quiere que regresemos mañana sin falta, este soldado nos acompañará.

Rapax se dio cuenta del tono despectivo que usó al llamarlo “soldado” y no “pretoriano” sonriendo para sus adentros, era mucho mejor el desprecio que la indiferencia. Lucrecia ignoró su presencia mientras la dueña de la casa lo despedía pidiéndole que siguiese a uno de sus esclavos que lo acompañaría a las cocinas para que comiese algo. Sólo cuando estaba dejando el patio porticado Lucrecia lo siguió con la mirada, ocultando su sonrisa con el abanico.

Lucrecia no podía dormir aquella noche. No era por el calor, las noches de verano en Itálica eran mucho más calurosas y la brisa que había empezado a soplar por la tarde no se había extinguido haciendo que la temperatura fuese agradable. Su habitación era una de las que daban al atrio de la casa y podía ver desde la cama el reflejo de la luz de la luna en el agua del impluvium. La cortina que hacía las veces de puerta durante el verano rielaba mecida por la cálida brisa y la luz que se colaba a través de ella dibujaba extraños dibujos en el suelo. A pesar de su nerviosismo finalmente se durmió pero se despertó de repente, creyó haber oído un ruido; alguien había apartado la cortina y había entrado en la habitación. Vio una silueta negra a contraluz y tuvo la certeza de que era él. Se levantó de la cama y se acercó; sí, era él, vestido sólo con la blanca túnica del uniforme. Notaba el calor de su cuerpo, su cercanía; levantó la mano y le acarició el rostro, como hizo noches atrás en el palatino. Él le cogió la mano y la apartó de su cara, y la condujo fuera de la estancia. Atravesaron el atrio y el vestíbulo y salieron de la casa, donde un joven esclavo les esperaba sujetando a Dominator por las tiendas. Rapax subió al caballo y ayudado por el esclavo colocó a Lucrecia delante de él. Con un toque casi imperceptible de los talones el caballo se puso en movimiento con un trote ligero.

Lucrecia se había dejado llevar, permanecía callada, apoyándose en el pecho del hombre mientras éste, apoyando el mentón sobre sus cabellos, conducía el caballo por un sendero estrecho, iluminado por la luz de la luna. Se adentraron en una cañada y a un cierto punto advirtió un olor fuerte, algo desagradable. Era el olor del azufre; las cañas se abrieron dejando paso a un claro en el que había una poza de agua sulfurosa. Sabía que abundaban en la zona, pero no había tenido aún ocasión de bañarse en ellas. Rapax detuvo al caballo, la hizo bajar, después se apeó él y ató las riendas de Dominator a las cañas.

Se acercaron hasta la poza y, siempre sin pronunciar una sola palabra, Rapax se desnudó, le quitó la túnica a Lucrecia y la llevó de la mano hasta el agua. Estaba fría, pero en aquellos momentos ninguno de los dos pareció percatarse de ello; una vez dentro del pequeño estanque se abrazaron y dejaron que fuesen sus cuerpos los que hablasen por ellos.

[1]              Fiesta en honor de Saturno, que se celebraba del 17 al 23 de diciembre, durante la cual se celebraban grandes banquetes y los padrones servían a los esclavos. El Carnaval deriva de esta fiesta.

[2]              Existen aún en nuestros días algunos tramos de este acueducto; uno de ellos suministra agua a la famosa Fontana di Trevi.

[3]              Guardia nocturna que servía como servicio de orden público y sobre todo como bomberos.

[4]              Nomen genticilium – primer apellido. Denominaba al clan de pertenencia

[5]              “Fulvus” – rojizo, amarillo oscuro

[6]              Moneda de oro del valor de cien sestercios

[7]              dormitorio

[8]              Escoltas al servicio de los cónsules

[9]              Primer centurión de una legión, generalmente un veterano.

[10]            Partia – Corresponde a las actuales Armenia e Irán

[11]            Condecoración que se concedía al soldado que lograba entrar el primero en una ciudad asediada

[12]            Padrón (Galicia)

[13]            Rieti

[14]            Río Aniene, afluente del Tíber

[15]            Pañuelo que llevaban los soldados al cuello para protegerlo del roce de la armadura

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s