Capítulo 5 – El reencuentro

5.1.

¡Huevos podridos!” – le susurró Acte a Imilce apenas se empezó a mover el carro. – Te lo juro por Isis, esta mañana cuando entré en su habitación para despertarla apestaba a huevos podridos! Además, ayer una cara rabiosa insistiendo en que si no la despertaba al despuntar el día me arrancaría la piel a tiras y esta mañana no había manera de que se levantase de la cama, llevaba una cara de tonta que no te digo. Aquí una servidora te asegura que ayer por la noche pasó algo con el pretoriano, se ha levantado con la misma cara del otro día cuando salimos de Roma, y encima esta vez el pájaro no ha escapado, ahí está. Pero mira que es guapo, hasta decir basta. Espero sólo que la tenga con las riendas estrechas…

Imilce oía la charla de su amiga sin escucharla, se sentía feliz, eufórica. Podría volver a abrazar a su hijo y disfrutar de él unos días más antes de que partiese con el joven dominus a Dacia. Por el momento no quería pensar en lo que sucedería tras unos días, cuando Manio se alejase de ella quién sabe durante cuánto tiempo. Acte, mientras tanto, seguía hablando. Ella también había notado el extraño olor que desprendían los cabellos de su domina cuando terminó su baño, y la estaba peinando en el tepidarium[1] de las pequeñas termas de la domus. No fue la única cosa extraña que sucedió aquella mañana; a pesar de que al deshacer un pequeño nudo en su cabellera le dio un tirón bastante fuerte, no recibió la reprimenda habitual o un pinchazo con la aguja. Lucrecia simplemente pareció no darse cuenta mientras miraba un punto indefinido de la pintura  que adornaba el techo.

Alrededor de la hora tercera[2] el grupo se puso finalmente en marcha. Rapax salió el último, para asegurarse de que estuviesen los mismos esclavos que dejaron Roma, como le ordenó Sura. Así era, dos hombres y dos mujeres en un carro con las pertenencias de la domina y otro esclavo que conducía el que ocupaba Lucrecia.

Dos pretorianos encabezaban el cortejo escoltando el carro de la domina, detrás de ella el carro con los esclavos y por último, él y Quinto. Lo había mandado llamar porque quería observarlo detenidamente hasta que llegase el momento de la misión de rescate de Livia, pues de ese hombre iba a depender la vida de su hermana. Suponía que tendría que pasar aún algo de tiempo para que se llevase a cabo, probablemente no antes de que se hubiese conquistado la Dacia. Rapax estaba seguro de que así sería, que Trajano sería capaz de dominar ese pueblo, e incluso a los partos si se lo propusiese. Se preguntaba si, sabiendo que el objetivo final de Graco era derrocar al emperador, habría aceptado llevar a cabo la misión de Atenas; probablemente el desenlace hubiese sido el mismo, hacer como si le obedeciese y traicionarlo a la primera ocasión. Le extrañaba que alguien tan astuto y ladino como el senador Graco no hubiese llegado a la misma conclusión, por lo que estaba seguro de que Graco jugaba con dados trucados y que se descubriría cuando ya no tuviese a Livia bajo su poder.

El joven Publio alcanzó a los dos pretorianos a lomos de su caballo blanco. La tarde anterior, cuando Rapax  llegó a la domus, él estaba en el templo de Hércules Victorioso ofreciendo un sacrificio para que el semidios lo protegiese durante su próximo viaje y le infundiese valor, por lo que cuando le dijeron que Rapax había venido para acompañarlos ya de vuelta a Roma, le pareció ver en ello la primera señal de que la divinidad había escuchado sus plegarias.

Rapax  se dirigió con el joven a la cabeza del cortejo y mandó a uno de los hombres que la encabezaban a cubrir la retaguardia.

Tampoco está nada mal este otro, Imilce.” – le dijo Acte llamando la atención de la mujer dándole un ligero codazo y señalándole a Quinto. – Tiene cara de ser un poco bruto, pero para que es un buen hombre. Y además, no te ha quitado ojo de encima.– Dijo ofreciéndole una sonrisa al pretoriano, que no se percató del gesto de coquetería de la esclava.

¿Pero qué dices?” – finalmente las palabras de su amiga parecieron hacerle volver a la realidad.

Que no es normal que en todos estos años no te hayas dado ninguna alegría al cuerpo. Que pareces una vestal, eso es lo que te digo. El no dar rienda suelta a los instintos no es bueno para la salud, una está nerviosa y salta a la mínima ocasión, que bastante tenemos ya con soportar los cambios de humor de la domina. Y además, ahora estamos en Roma, no en Itálica. Allí éramos pocos esclavos, venía mucha menos gente de visita, y no obstante te pasó lo que te pasó. Eres una mujer muy guapa y atraes a los hombres, por mucho que intentes evitarlo. Necesitas uno que te proteja y antes de que llegue alguien a llevarse lo que no quieres por la fuerza, es mejor que elijas tú. Si eres la concubina de uno como ése, estarás tranquila. Eso sí, esperando que nadie de renombre se fije en ti, en ese caso de poco te vale el pretoriano por muy grande que tenga el gladio.

¡Acte!” – a Imilce le gustaba el juego que entablaba a menudo con su amiga en sus conversaciones, haciendo como que se escandalizaba por su lenguaje procaz y directo. Pero tenía razón, como siempre. A pesar del poco tiempo que llevaban en Roma había notado cómo la miraban los muchos esclavos del palatino o los soldados; las pocas veces que había acompañado a su domina fuera de palacio a hacer alguna compra no se atrevía a levantar la mirada del suelo. Observó con disimulo el pretoriano; como había dicho Acte, no tenía un aspecto refinado, era moreno, de ojos oscuros, no demasiado alto, muy musculoso. La nariz era grande pero algo achatada, probablemente rota por algún golpe, tenía una pequeña cicatriz en la barbilla y otra en el pómulo izquierdo. Pero a pesar de que sus facciones no eran bellas y regulares como las de su directo superior, el conjunto era agradable, probablemente por la sonrisa que aparecía en su cara mucho más a menudo que en la del centurión.

¡Ah! ¡Y no te he contado lo mejor!Acte se acercó a la oreja de su amiga y le susurró – La domina quiere que le consiga más silfio. Y ya sabes para qué se usa esa hierba… Al ritmo que la usa esta mujer ¡va a acabar extinguiéndose[3]!

Acte e Imilce rieron de buena gana, la mirada de Imilce se cruzó por unos instantes con la del pretoriano; cuando le sonrió ésta se ruborizó y miró hacia otro lado.

Al cabo de unas horas, debido al calor que empezaba a ser difícil de soportar y al traqueteo del carro, las dos mujeres se quedaron dormidas. Imilce estaba en la parte derecha, y Acte en el otro lado. Habían usado unos bultos como cojines y se habían dormido, con una pequeña lona sujetada por dos palos haciendo las veces de parasol. De repente se oyó un grito, el carro efectuó un movimiento brusco, girando hacia la izquierda con tal rapidez que la rueda posterior derecha dio contra el alto bordillo al margen de la calzada, se rompió y se salió del eje, ladeando el carro hacia ese lado. Imilce cayó del mismo casi sin darse cuenta de lo que había pasado, lo único que notó fue que salió despedida cayendo hacia el lado derecho de la calzada junto con unos bultos y un par de arcones, golpeándose la cabeza con el bordillo. Perdió el conocimiento por unos instantes, mientras el caos se desencadenaba a la altura de la décima milla de la via Tiburtina. Un niño que corría al borde de la calzada había tropezado cayendo sobre la misma justo cuando pasaba el carro; el esclavo que llevaba las riendas viró bruscamente para intentar evitarlo provocando la ruptura de la rueda y del eje.

Por unos instantes lo único que se oyó fueron los gritos desesperados de una mujer, la madre del chico que en esos momentos había acabado debajo del carro y que estaba a punto de ser aplastado, mientras éste se inclinaba por la pérdida de la rueda.

Rapax retrocedió rápidamente al oir el tumulto y vio a Quinto que sacaba a Imilce de debajo de los enseres que se habían caído y la entregaba a los cuidados de Acte, que había podido bajar de la tartana con su proprio pie al ocupar el lado que no había perdido la rueda. Se oyó un crujido, el carro se estaba inclinando aún más aplastando al niño que había quedado debajo.

¡Quinto! ¡Ayúdame! ¡Ponte a este lado del carro, sujétalo para que no se caiga, así puedo sacar al niño!” – dijo Rapax mientras se quitaba el casco.

Quinto apoyó la espalda contra el parapeto del carro, a la altura de la rueda rota. Aferró el extremo inferior del mismo y haciendo palanca con las piernas semiflexionadas impidió que éste se cayese del todo. Los brazos y todo el cuerpo temblaban, las venas del cuello estaban hinchadas y el rostro estaba deformado debido al esfuerzo por un rictus grotesco. No podría resistir mucho más tiempo pero acudieron en su ayuda los dos esclavos que estaban al pescante; mientras tanto Rapax había desaparecido debajo del mismo, y al cabo de un momento aparecieron las piernas del muchacho. Lucio, otro de los pretorianos, tiró de él sacándolo por completo de debajo del carro, y lo entregó a la madre. Contrariamente a cuanto esperaban todos, Rapax no salía aún.

¡Señor!” – gritó Quinto prácticamente sin respiración – ¡Señor! ¿Sucede algo?

Quinto, se me han enganchado las correas de la coraza ¡ayúdame!

Quinto hizo una señal a Lucio y a su compañero, que lo sustituyeron sujetando el carro. Se quitó el casco, cogió el puñal que llevaba atado al cinto y desapareció como una exhalación debajo del carro. Se arrastró hasta donde se encontraba Rapax; como le había dicho, las correas que cerraban la coraza a la altura del hombro izquierdo se habían enganchado con el eje roto y el centurión no se podía mover. Quinto cortó las mismas con un gesto rápido, hizo lo mismo con las del otro hombro y las que cerraban el peto por la parte inferior y retrocedió arrastrando a su superior de la cintura hasta que se pusieron a salvo, dejando la coraza, ahora privada de sus sujeciones, abandonada bajo el carro como la piel vieja de una serpiente.

Los dos pretorianos y los esclavos soltaron el carro al instante, éste se ladeó y con el peso, al caer y sin una rueda, se rompió la que quedó intacta en el accidente, desparramándose casi la totalidad de su contenido.

Lucrecia observó la escena asomándose por las cortinillas de su carro con gesto contrariado; ya habían salido demasiado tarde de Tibur y este desagradable accidente iba a retrasar su llegada aún más. Mientras los pretorianos y los dos esclavos recobraban aliento, Rapax acudió hasta donde estaba Lucrecia. Estaba cubierto de sudor y de tierra, la túnica había perdido su color inmaculado y el peto acolchado que amortiguaba el peso de la coraza estaba desgarrado por los hombros, donde había cortado Quinto para liberarlo de su presa.

¿Qué ha pasado?

Un niño que corría cerca de la calzada, ha tropezado y se ha caído delante del carro. También se ha hecho daño una de sus esclavas, la más joven. El niño había terminado debajo del carro, lo he sacado.

Lucrecia se asomó un poco más, cubriéndose la boca y la nariz con la palla[4]. Vio al borde de la vía a la madre del chiquillo mientras éste recuperaba el conocimiento aturdido, pero sin ninguna herida de importancia. Lucrecia arrugó la nariz al ver las pobres vestimentas y su aspecto; aunque no llevaban el collar de esclavos tenían un aspecto mucho más miserable que los suyos.

El carro podía haberte aplastado, dos pretorianos arriesgando su vida por salvar a un muerto de hambre que nunca será nadie. ¿Por qué lo has hecho?

Rapax se irritó por las palabras de Lucrecia, la cual, como si la vida fuese una obra de teatro, se obstinaba en ponerse la máscara de la patricia altiva, arrogante, a menudo cruel. Él sabía que existía otra Lucrecia que aparecía cuando, cansada de mantener una pose, se rendía. La que dormía como una niña, la que únicamente quería apoyar la cabeza en un hombro y descansar, dejándose mecer a la luz de la luna. La frustración que le produjeron las palabras de la mujer lo llevaron a contestarle de manera algo brusca.

Digamos por simpatía. Probablemente, cuando era un niño como ése y tenía más sueños que comida en el estómago, una matrona enjoyada y cubierta de sedas, cómodamente tumbada en su litera llevada a hombros por varios esclavos en las estrechas calles de Antioquía, al verme también se tapó la nariz con su palla llamándomemuerto de hambre.” – respondió quitándose la tierra de los brazos. Lucrecia no tuvo tiempo de reaccionar a las palabras de Rapax cuando se acercó uno de sus esclavos.

Domina, el carro se ha roto, no podemos arreglarlo nosotros. Nos pueden ayudar a llevarlo hasta un establo y volveríamos mañana a recogerlo una vez reparado.

¿Con todas mis cosas dentro? Mañana no quedaría nada, idiota. y Atio no os separáis de él hasta que lo hayan arreglado y volvéis mañana a Roma. ¿Cómo está Imilce?

Bien, le duele un poco la cabeza, pero está bien.

Menos mal… Sería una pena perder ahora una ornatrix tan hábil como ella, con el tiempo que me ha costado que aprenda. ¿Se puede saber qué estás mirando? ¡Vete de una vez y obedece mis órdenes!

Lucrecia observaba contrariada los restos del accidente, mientras Publio lo hacía divertido montado en su caballo blanco. No se había perdido detalle de la conversación entre Rapax y su madre. Nunca había visto a nadie, sobretodo a alguien que podría considerarse un subalterno, hablarle así, y por Hércules que estaba gozando de la escena. Lucrecia se acomodó de nuevo entre los mullidos cojines de pluma de oca y le dijo a Rapax con gesto indolente.

Dos de tus hombres pueden llevar en sus caballos a Acte e Imilce, vámonos.

Creo que no va a ser posible, señora.” – otra vez esa voz fría y marcial. Le parecía increíble que pudiese salir de la misma boca que le susurraba la noche pasada al oído bajo la luz espectral de la luna. – No podemos velar por vuestra seguridad y la de vuestro hijo si tenemos que hacer de niñeras a sus esclavas. El reglamento lo prohíbe.

¿Y cómo voy a hacer? ¡Las necesito cuando lleguemos a Roma!

Rapax esbozó una sonrisa y señaló al lujoso carromato que ocupaba Lucrecia.

Ahí hay sitio de sobra.

Mientras tanto uno de los pretorianos le acercó el casco y las riendas de Dominator. El centurión montó en él sin apartar la mirada de Lucrecia que, nerviosa, jugueteaba con el mango de su abanico. Finalmente resopló y llamó a sus esclavas.

¡ACTE! ¡IMILCE! ¡Venid de inmediato!

Las dos mujeres se acercaron, Acte acompañaba a Imilce llevándola por un codo. Ésta tenía algún rasguño en un brazo y las piernas, pero podía caminar bien.

¡Subid!” – les dijo Lucrecia apartándose y abriendo la portezuela del habitáculo. Las esclavas no reaccionaron durante unos instantes. – ¡Os he dicho que subáis! Atio y Acranio vendrán mañana con el carro. ¡Vamos, no tenemos todo el día!

Rapax perdió a Lucrecia de vista cuando pasó a ocupar el otro lado. Mientras las esclavas subían la oyó decirle a Acte.

Cierra bien las cortinillas. Si te atreves a abrirlas y a asomar la cabeza para cotillear una vez hayamos atravesado las puertas de la ciudad te daré personalmente cinco latigazos ¿entendido?

El resto del viaje transcurrió sin más contratiempos. Entraron por la puerta Tiburtina cuando el sol se escondía en occidente y llegaron al patio del palatino cuando había desaparecido ya por el horizonte, aunque aún no había caído la noche. Lucrecia bajó del carromato como una exhalación sin dirigir tan siquiera una palabra a ninguno de los presentes. Acte e Imilce recogieron los objetos personales que su dueña había dejado en el carromato; Imilce llevaba algunos en los brazos, cuando al girarse casi se dio de bruces con el pretoriano que la había rescatado. Se sintió en el deber de decirle algo.

Muchas gracias por sacarme de allí. Acte me ha dicho que lo hiciste tú. Gracias de nuevo…

Quinto. Me llamo Quinto Terencio.

Yo Imilce

Lo sé… He oído tu nombre cuando te llamaba la domina.” – Imilce bajó la mirada e hizo ademán de querer continuar su camino pero el hombre le bloqueaba el paso. Éste se apartó dejándola pasar. – ¿Volveré a verte?

Imilce lo miró a los ojos, probablemente Acte tenía razón, parecía un buen hombre y tenía coraje. Asintió casi imperceptiblemente y apresurando el paso alcanzó a Acte, que se había dado prisa en llevarse todo lo que podía para dejarles solos, odiándose a sí misma por ser tan débil pues no podía evitar el sentir que con ese pequeño gesto había traicionado a Marco.

Quinto se quedó inmóvil, observándola mientras marchaba con paso veloz y los bultos que había recogido del carro apoyados en la cadera, sin darse cuenta de que Rapax se había acercado. A pesar de que el centurión era temido por la tropa, él, más que temerlo, lo respetaba. Si algo hacía falta en el cuerpo de los especulatores augustii eran oficiales competentes y Flavio Messio Rufo era el mejor.

Señor ¿ha estado usted alguna vez en Hispania?

No.

Yo tampoco. Me preguntaba si allí todas las mujeres son así.

Si así fuese, Quinto, ya dónde quiero ir cuando reciba la honesta missio[5] y la paga…” – le contestó Rapax dándole una palmada en el hombro. – Y con quiéndijo en voz muy baja.

5.2.

Imilce no pudo hablar con Acte cuando entró en palacio, tenía que servir a la domina mientras se daba un baño para refrescarse y asearse tras el viaje. Lo agradeció, pues estaba segura de que no habría hecho más que preguntarle de qué había hablado con Quinto, y no tenía ganas de hacerlo. No la abandonaba esa incómoda sensación que había experimentado al no rechazarlo con firmeza; se sentía nerviosa e intentó olvidar los sucesos del día buscando en un arcón peines, hilos, agujas y un calamistrum[6] con los que peinar a Lucrecia cuando volviese a sus estancias. Cenaba con el cónsul Sura, y seguramente querría mostrarse espléndida, como siempre.

¡Madre! ¡Madre, has vuelto!” – Manio corrió hacia ella levantándola en volandas. Imilce sonrió pensando que hace apenas un año era ella quien lo hacía, y ahora su hijo le pasaba dos cabezas y la alzaba prácticamente sin esforzarse. Lo abrazó y lo besó en el cuello, notando, al contacto, algo más que el fino hilo de cobre del cual colgaba su placa de esclavo. Se alejó un poco y acercó al chico a la luz de una lucerna cercana. La sonrisa de Imilce se congeló en su rostro; no podía respirar, las manos le temblaban mientras cogía un cordón que su hijo llevaba al cuello. Lo tiró y comprobó que de él colgaba aquel pequeño amuleto de madera que entregó a Marco una noche nefasta, a las afueras de Itálica. La garganta se le llenó con un grito ahogado, deshizo el nudo del cordón y se alejó acariciando el cuadrado de madera, mirándolo como si tuviese delante de sí un espíritu del pasado y, por absurdo que fuese, buscó a su alrededor entre las sombras que empezaban a formarse en las estancias, al que fue su único amor.

un día perderás a tu corazón y con él la dicha… le darás este colgante y su reflejo te lo devolverá… en el centro del mundo…y volverás a ser feliz

Recordaba las palabras de su abuela, y cayó de rodillas… ahora las entendía. Su reflejo, Manio era idéntico a su padre. El centro del mundo, Roma era el centro del mundo. Volverás a ser feliz¿Era así? ¿Volvería a serlo? Apretó el amuleto entre las manos y, de rodillas, como estaba, se meció sin pronunciar palabra; gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, cálidas, saladas. Manio la observaba, en su cabeza se empezaba a formar una idea que no se atrevía a formular.

Imilce se levantó muy despacio, abrió las manos, temiendo por un instante que todo hubiese sido fruto de su imaginación y no tuviese nada dentro de ellas. Sin embargo, ahí estaba, gastado por el tiempo, con las runas íberas prácticamente ilegibles tras el paso de los años.

Hijo ¿quién te ha dado ésto?” – preguntó a Manio con voz temblorosa.

Un hombre, vino a los establos preguntando por ti. Me dijo que te conocía de Itálica, que había sido esclavo en la domus del emperador. Me pidió que te diese el colgante cuando te viese y que sólo sabes quién es. Madre…

Imilce asintió, con leves movimientos de la cabeza; era él, sin lugar a dudas.

Se llama Marco. Lo conozco desde que era niña, pero hace muchos años que no nada de él.” – miró a Manio. – Desde hace quince años, cuando tuvo que dejar Itálica. Él es…

El joven se acercó a su madre y la abrazó, sintiendo sus lágrimas humedecerle el pecho. La apartó un poco de sí, cogió el colgante de sus manos y se lo puso al cuello, muy despacio, apartando los mechones de pelo que se salían de las finas fajas de lino con las que Imilce se había recogido el cabello. Ató el cordón, rozó con los dedos el amuleto de madera y enjugó las lágrimas de su madre. Desde que era pequeño tenía con ella estos gestos de hombre adulto, como si fuese consciente, aún si saberlo, de que para su madre era algo más que su hijo, un espejismo de carne y hueso, el simulacro de otra persona.

Lo sé, ahora entiendo” – Manio unió todos los cabos sueltos, los recuerdos que tenía del hombre al que llamaba “padre” cuando era muy pequeño, la sombra de tristeza que siempre había visto en la mirada de su madre, conversaciones interrumpidas con Acte apenas hacía presencia, Caledus que creyó que el hombre del establo era un pariente – No llores, madre. Será mejor que la domina no te encuentre así ¿verdad? Me lo has dicho siempre…

Por mal que estés no lo dejes ver.” – repitió Imilce al unísono. – Pero esta vez es diferente, hijo. Mis lágrimas son de felicidad. ¿No te dijo nada más? ¿Dónde vive o qué hace?

Volverá a buscarte, verás. Le dije que estabas fuera cinco días, estoy seguro de que pasará por el establo.

Se oyeron las voces de Lucrecia y de Acte acercándose por uno de los pasillos; Manio dio un rápido beso en la mejilla a Imilce y salió por otro lado justo antes de que la domina entrase con Acte detrás de ella llevando la ropa sucia. La esclava moría de ganas por saber qué le tenía que contar su amiga, pues sus ojos la interrogaban con insistencia. Sin embargo al ver la expresión seria en su rostro y el ligero rubor, levantó la mirada hacia el techo dejándola por un caso perdido.

Vistieron y peinaron a la domina con rapidez, el cónsul Sura y su hermana la estaban esperando para cenar en el triclinio. Como siempre, entraron ellas detrás de Lucrecia; Acte la ayudó a arreglar las finas telas de su túnica y la palla cuando se tumbó en el diván, e Imilce permaneció unos pasos atrás medio oculta entre las sombras, esperando que Lucrecia la dejase ir, pues quería estar sola y alejarse de cualquier lugar en el que pudiese estar un pretoriano, como los dos que estaban de guardia, aunque Quinto no fuese uno de ellos. Tenía la sensación de ser observada, vigilada, y casi dio un salto cuando en uno de los escasos momentos en los que se atrevió a levantar los ojos del suelo notó que el cónsul la estaba mirando. No era una mirada como las que se encontraba cuando acompañaba a la domina de compras; no había lujuria en los ojos de héroe cansado del prohombre, sino más bien curiosidad.

Por suerte Lucrecia la despachó al poco tiempo e Imilce se alejó de inmediato de la estancia. Acte no vino con ella, pues al ser la esclava personal de la domina no la dejaba hasta que ésta no se retiraba a dormir. Imilce aún no había memorizado correctamente el dédalo de pasillos y habitaciones; además, al intentar alejarse de cualquier pretoriano  apenas oía el sonido de sus sandalias, acabó perdiéndose del todo. Finalmente logró dar con un lugar familiar, un gran patio rectangular en cuyo centro había una fuente octagonal; sabía que en el extremo opuesto se encontraba la inmensa aula regia, y que tendría que ir en dirección contraria para llegar a su destino. Distinguió con angustia, hablando en la puerta que comunicaba la gran sala de las recepciones con el jardín, a dos de los pretorianos que los habían escoltado desde Tibur, Quinto y el oficial. Al girarse bruscamente la gravilla del patio crujió casi imperceptiblemente, pero no para Quinto que miró hacia donde provenía el ruido y esbozó una sonrisa al reconocerla. El hombre se dirigió hacia ella e Imilce quedó paralizada durante unos instantes pero finalmente pudo reaccionar, giró los talones y se alejó corriendo de inmediato. Oía los pasos del pretoriano detrás de ella, que resonaban haciendo eco al entrar en el espacioso triclinio. Giró a la izquierda, entró en una sala semicircular que conectaba con el comedor y salió a otro inmenso patio. El sonido de los pasos que la perseguían no se apagaba; pegada a la pared y llena de terror, entró por una pequeña puerta a una rampa de escaleras de servicio que comunicaba a los diferentes pisos del palacio. Nada más entrar se escondió entre las sombras, intentando acallar los latidos de su corazón. Tomó coraje, se asomó y vio al pretoriano pasar de largo, entrando por la entrada principal del edificio que se encontraba unos pasos más adelante. Imilce suspiró, el peligro se había alejado; apenas tuvo tiempo de creerse a salvo, cuando alguien tiró de ella por la cintura y le tapó la boca con la mano.

Unas horas antes

Esto…dominus¿esta noche tampoco piensa salir?” – le preguntó Saturnio a Marco que estaba sentado en la terraza de su ínsula, observando el cielo cambiar de color, pasar del celeste al anaranjado, mientras el sol se sumergía entre los tejados de la Subura.

No, Saturnio, lo haré.” – Marco se levantó y se sacudió el polvo de la túnica.

La noche anterior la pasó en vela, sentado en ese mismo lugar, prácticamente sin moverse, pensando, reflexionando, tal como lo hizo otras noches, en su refugio de las montañas del Pireo. Sin embargo en Roma no podía acompañar su pensamiento con el movimiento lento y acompasado de la piedra de afilar sobre la hoja de su gladio, ese sonido, repetido durante toda la noche, podría no pasar desapercibido incluso en la ruidosa Subura. Había mantenido la promesa que hizo a Pausanias de no indagar más sobre el pretoriano, pues no habría podido saber mucho sin volver al Castro Pretorio o interrogar a sus compañeros de armas. Además, aunque prestó especial atención al cuerpo de guardia en palacio, no volvió a verlo. Pero sí que pudo averiguar algo más sobre Imilce, y sin demasiado esfuerzo. Su belleza no había pasado inadvertida entre el personal de servicio del palacio; el nuevo grupo de esclavos recién llegados de Itálica eran la novedad del momento en ese mundo cerrado y privilegiado del que formaban parte los esclavos y libertos del palatino. Su condición de vida era infinitamente mejor que la de la mayor parte de la población esclava de la ciudad, y además, al ser tan numerosos, el peso sus tareas no era insoportable, dejándoles tiempo para dedicarse a chismes y habladurías. Cuando volvió al palatino tras la primera lección en su escuela, antes de ir a devolver el plano del Castro Pretorio a Chryses, el cartógrafo, con la excusa de que se había perdido y no encontraba el scriptorium, aprovechó para entablar conversación con dos jardineros. Le bastó mencionar lo fácil que era perderse en el enorme palacio si se prestaba servicio en él desde hacía poco tiempo, para que uno de ellos dijese que no le importaría que se perdiese una cierta esclava hispánica recién llegada de Itálica, la ornatrix de Lucrecia Domicia. Marco había tenido que recurrir a toda su sangre fría para no hacerle tragar el rollo que llevaba bajo el brazo mientras el hombre no hacía más que hablar de su belleza, sus curvas, sus pechos y sus labios carnosos. Su paciencia se vio recompensada con la mejor de las noticias, Imilce era viuda y no se le conocía un amante.

Dejó a los jardineros dándose codazos y riendo cuando el otro dijo no por mucho tiempodándose prisa en llegar a la estancia de los cartógrafos. Chryses estaba inclinado sobre uno de los mapas, escribiendo en una esquina del reverso una sigla. Entró sin hacer el menor ruido y se aprovechó de la concentración del anciano para dejar el plano donde lo encontró. Una vez depositado en su celdilla carraspeó para llamar la atención del hombre, que se giró y lo miró sin reconocerlo con sus ojos miopes. Cuando se acercó más, el cartógrafo se levantó despacio y enrolló el mapa que tenía en la mano.

Marco, el joven hispánico. Veo que estás tomando como una costumbre el visitar a este viejo.” – se aproximó con una sonrisa desdentada y le pasó el mapa que había siglado.- Por favor, ponlo en la tercera celda de la segunda fila, justo donde acabas de dejar el plano del Castro Pretorio.

Marco se sintió sorprendido y tan estupefacto como cuando él mismo dejaba a Saturnio con la boca abierta.

Trabajo en estas estancias desde antes de que nacieses, joven. Llegué el año después del gran incendio[7], era un copista como tú; he servido a nueve emperadores y no creo que llegue a ver a un décimo. Soy tan despistado que hay veces que me calzo con dos sandalias diferentes y he perdido la cuenta de cuantas comidas me he saltado por olvido. Pero los mapas… para eso tengo buena memoria… ¡mejor que la tuya!

Marco sonrió recordando las palabras del fiel funcionario imperial mientras iba con Saturnio a la popina. Visitó también a Chryses el día después, y probablemente lo haría cada vez que pudiese. Era agradable escuchar sus anécdotas, lo que había significado vivir cuarenta años a la sombra del poder, la incertidumbre durante el año de los tres emperadores o el reinado del terror de Domiciano.

Saturnio…” – le dijo Marco poniéndole una mano en el hombro mientras bajaban por las angostas escaleras de la ínsula – he visto por las calles algunas pintadas a favor delÁguila ¿Tú sabes algo?

¿Yo? ¿Qué voy a saber yo?” – contestó.

Claro… Pues la Subura está llena, creo haber visto unas diez. Son siempre las mismas dos frases, alternadas. ¿Y dices que no sabes nada?

Saturnio no tuvo las fuerzas para negar con vehemencia, simplemente levantó un poco los hombros y alzó las manos.

Te creo, te creo. Además sabes perfectamente quescelestise escribe concintercalada.[8]

Saturnio enrojeció al instante y se dio una palmada en la frente.

¿Están escritas mal todas las pintadas?

No, no todas. Sólo las que están antes de entrar en el foro de Augusto” – contestó Marco antes de saludar a Cyprianus y Galia. No había muchas personas en el local, por lo que Saturnio cenó con él.

Pues la verdad, para lo bien situado que está este sitio, no hay nunca demasiada gente, no.” – dijo Saturnio mientras saboreaba un delicioso lirón asado en brocheta chupándose los dedos. – ¿Y sabe usted por qué dominus? Pues porque no hay alicientes. Es la única popina en Roma en la que uno no se puede aliviar con la camarera pagando el extra de rigor. Se lo he dicho a Cyprianus, que la visión de las gracias de su mujer pone brioso como un caballo árabe a más de uno y que habría que aprovechar para comprar una esclava que trabajase sirviendo en todos los sentidos. El muy tonto dice que no, que no se comprará ninguna esclava, que eso es pecado y se lo prohibe su religión. ¿Existe algún dios tan cruel que te prohiba gozar de los secretos de Venus?

Marco miró al hombre con sorpresa.

No te has dado cuenta.

¿De qué me voy a tener que dar cuenta?” – contestó Saturnio limpiándose los restos de grasa en los bajos de la túnica.

Pues que son cristianos. Cyprianus y Galia son cristianos.

Saturnio tragó saliva y golpeó la mesa con la palma de la mano.

Ya sabía que yo que tarde o temprano me toparía con alguno. Pues no lo parecen, y yo los veo normales. Dicen por ahí que los cristianos se reúnen en cuevas, sacrifican niños y se beben su sangre.

Son tonterías, Saturnio, no sacrifican nada. Es más, sostienen que el nazareno cuya memoria veneran se sacrificó él mismo para limpiar los pecados de todos los hombres. Por lo que son gente muy pacífica.

Saturnio estaba a punto de interrumpir a su amo cuando vieron a Pausanias entrando en la popina, buscando a Marco. Se le notaba cansado y le faltaba el resuello, seguramente habría venido casi corriendo de donde estaba.

Marco, traigo buenas noticias. Ella ha vuelto.

Imilce intentó librarse de los brazos que la inmovilizaban entre las sombras de una de las escaleras de servicio de palacio. Alguien la había aferrado por la cintura y le estaba tapando la boca.

No grites, o nos van a descubrir” – le dijo el hombre que la estaba agarrando. Asintió con la cabeza, no porque se rindiese con facilidad a su destino, sino por el temor de que al oirla gritar alguien viniese a ayudar a su agresor. Si no reaccionaba, quizás quien la estaba atacando bajaría la guardia y podría escapar, pero si los asaltantes hubiesen sido más, estaba condenada. El desconocido cargó con ella al hombro como si fuese un fardo y subió por las escaleras; aunque Imilce no podía verlo, oía el ruido de las armas que resonaban al compás de sus zancadas. Se dio cuenta de que éste iba vestido con una especie de manto con una capucha, por lo que no podría aprovechar en aquellos momentos para arrebatarle el puñal que seguramente llevaría al cinto, pues habría tenido que apartar la tela y se habría dado cuenta al instante.

Llegaron hasta el final de las escaleras, a una puerta que daba a una pequeña terraza; la noche era clara, a excepción de unas pocas nubes cercanas al disco plateado que iluminaba la noche. El hombre la dejó con cuidado en el suelo, apoyándola en una pared no muy alta, mientras él quedaba envuelto por las sombras provocadas por una de las nubes que tapaban la luna. La noche era extrañamente silenciosa, se podía oir sólo la respiración jadeante de Imilce; cuando el hombre empezó a hablar, aunque lo hizo en voz muy baja, casi susurrando, Imilce lo pudo oir perfectamente.

Te llamas Imilce, como la hija de Ipal, de la tribu de los Béticos” – mientras hablaba, el hombre alargó el brazo izquierdo, hasta tocar el cuello de la esclava. Con un ligero movimiento de los dedos, cogió el cordón que llevaba al cuello y tocó el cuadrado de madera que le había dado Manio. Mientras lo hacía, la luz de la luna salió victoriosa de su batalla contra la nube que intentaba ocultarla, e Imilce pudo ver al hombre que estaba de cuclillas delante de ella. La luz descubría gradualmente su cuerpo e Imilce, aturdida por las palabras que estaba escuchando en boca del desconocido, se sintió ahogar cuando pudo distinguir la empuñadura del gladio que colgaba de su flanco, una cabeza de águila, de plumaje rojizo.

Te lo prometí. Te dije que un día serías mía.” – la luz de la luna iluminaba ya completamente la terraza pero Imilce seguía sin poder ver la cara de su interlocutor, oculta bajo la capucha. Ella la retiró con manos temblorosas y vio delante de sí los grandes ojos almendrados de su hijo. Acarició el rostro amado con las yemas de los dedos, mientras las lágrimas le mojaban la cara. Quería decir algo, pero no podía. Tocó la barba suave, su mentón, hasta que, al notar la cicatriz que atravesaba su cuello apartó la mano de repente.

¿Qué te han hecho Marco?” – dijo con un hilo de voz. Marco se quitó la capa, la apoyó en el suelo y, de rodillas, ciñó de nuevo el talle de Imilce, esta vez con dulzura. Imilce apoyó la cabeza en su pecho y lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos. Mientras recorría con los brazos la espalda del hombre, se abandonó y por primera vez en quince años, dio rienda suelta al dolor y al amor que había llevado siempre dentro y que no había podido nunca demostrar. Lloraba y reía al mismo tiempo, agarrándose al cuerpo de Marco como si quisiese entrar dentro de él, mientras que Marco hundía la cabeza en el cuello de Imilce, besándolo, acariciándole la nuca. Se apartaron unos instantes para mirarse a los ojos, emocionados, felices, incapaces de pronunciar palabra alguna. Marco deshizo lentamente los lazos que unían las tiras que cerraban la túnica de Imilce, descubriendo su pecho, estatuario bajo la luz de la luna, sublime. En ese momento, observando el cuerpo de Imilce, los senos perfectos, la boca entreabierta y su mirada entregada, comprendió que todo lo que había sufrido y pasado durante aquellos años, adquiría un nuevo sentido. Supo, sólo en aquel preciso instante por qué no hizo nunca lo que Pausanias temía y no se abrió las entrañas con alguna de las muchas armas que se acumularon durante los años pasados en el nido del águila: el motivo no era obtener respuesta a un por qué, sino poder vivir ese momento, sólo ése, ver la piel color de oliva de Imilce bañada por la luz de la luna. Por muchos que fuesen los años que le quedasen por vivir a su lado, el sufrimiento, la desesperación, el frío que le había helado las entrañas, el calor que le había abrasado la piel eran el precio a pagar, el castigo por haber intentado enterrar en su mente, en un momento de debilidad, esa imagen, ese cuerpo de mujer que no había dejado de amar desde la primera vez que lo vio y que volvía a tener delante de sí. Se recreó en su visión, en las formas redondeadas, en las que ya no quedaban rastros de los ángulos de la adolescencia. Moldeó con sus manos su cintura, bajándole la túnica hasta las rodillas; deshizo los nudos del subligar[9] descubriendo el triángulo de vello oscuro y rizado. Se pusieron de pie, e Imilce desató el cinturón de piel del que colgaban el gladio y el puñal, y los dejó caer encima de la capa; le quitó la túnica mientras él se dejaba hacer, levantando los brazos. Ella sonreía pícara, pensando en la cara que pondría Acte si pudiese verla en aquellos momentos. Imilce había despreciado siempre su cuerpo acusándolo de ser la causa de todos sus males para, como le había dicho Acte, acabar convirtiéndose en una vestal. En ocasiones habría querido ser una simple esclava de las cocinas para poder vestirse con una túnica hecha de tela áspera y sucia, pero al servir a la domina tenía que cuidar su aspecto aunque no lo desease. Sin embargo, había bastado la presencia de Marco para que se sientiese orgullosa del cuerpo que pocas horas antes despreciaba, y de la mirada de deseo y aprobación que recibía. Mientras acariciaba los fuertes pectorales y los brazos, se preguntaba qué habría sido de él durante aquellos años en los que se perdieron para que su cuerpo cambiase tanto. Sin embargo, las manos eran las mismas, grandes, bien proporcionadas, con dedos largos y fuertes, con las venas bien marcadas. Le abrió el palmo de la mano izquierda, y mientras la besaba, Marco le dijo algo.

Imilce. Tu hijo…

Se llama Manio…

¿Es…?

Imilce asintió levantando la cara de sus manos y mirándolo a los ojos.

Sí. Es nuestro.

Se besaron con toda el hambre que habían acumulado durante años, ávidos por recuperar las caricias perdidas, los susurros que nunca fueron pronunciados. El suelo de ladrillos les resultó acogedor como la más mullida de las camas, las estrellas fueron testigos de su abrazo y cuando Marco entró en su cuerpo Imilce se sintió completa, dueña, amante. Respondía a cada acometida con movimientos sinuosos de su pelvis, el resultado era una coreografía perfecta, un baile que no habían olvidado, manos entrelazadas, piel que busca la piel, fuerza, caricias, hasta no poder más y abandonarse, dejarse llevar. Gozar. Amar. Vivir.

5.3.

La suave brisa que anticipaba el alba agitaba las llamas de las lucernas, meciendo las telas en la entrada de la habitación. En una mesita cercana a la cama un pequeño Mercurio de bronce, el mensajero de los dioses, con el pétaso y los tobillos alados, sujetaba con un brazo una balanza de la que colgaban dos platillos sobre los que descansaban dos pequeñas lámparas de aceite, que, al moverse, dibujaban en la pared del cubiculum sombras inciertas. Lucrecia notó una presión en el pecho; por un minúsculo instante, un miedo ciego y primitivo le hizo abrir los ojos hasta que recordó que lo que la oprimía era el brazo de Rapax, profundamente dormido, apoyado sobre ella. Se giró apenas, estirándose satisfecha como una gata, para ver mejor el hombre que dormía de espaldas, con la cara girada hacia el otro lado y que aún estando ausente en el mundo de los sueños, le había puesto encima ese brazo posesivo. Se recreó observando los músculos de los omóplatos, la piel tersa en la que brillaban minúsculas gotas de sudor, el valle formado por la espina dorsal. Sonrió al notar tres pequeños arañazos en un hombro, donde ella había clavado sus uñas unas horas antes; los rozó con los dedos, y él se despertó, girándose y aferrándola por la cintura, acomodando la cabeza en el hueco entre el hombro y el cuello.

Sigo enfadada contigo, no por qué te permito ciertas cosas, cómo me humillaste ayer delante de todos, incluso de mi hijo…” – le dijo Lucrecia, intentando no reír por las cosquillas que le provocaban los besos que el hombre le estaba dando en el cuello. Él levantó la cabeza, con expresión seria, asombrado.

Sabes perfectamente por qué…” – le dijo mientras sacaba la mano izquierda de debajo de su cintura y empezó a acariciarle el muslo, subiendo despacio hasta su sexo, hundiendo delicadamente los dedos en él; la miró por unos instantes durante los cuales, el reflejo de las lucernas se mezclaba con las hebras verdes y amarillas de sus ojos, y volvió a besarle el cuello y a mordisquearle el lóbulo de la oreja. Sí, Lucrecía sabía el motivo por el que al final pasaba por alto sus desplantes: nunca nadie la había hecho gozar como él. Fue dada en esposa cuando acababa de entrar en la pubertad a un hombre que no conocía y le triplicaba la edad, con el cual el sexo no era más que un acto brutal y doloroso cuyo único objetivo era el de engendrar un heredero. Cuando cumplió con su deber y nació Publio, su marido perdió todo interés en ella, excepto cuando acababa demasiado borracho tras un banquete. A Lucrecia no le faltaron admiradores e incluso llegó a acostarse con alguno, como aquel joven poeta de cabello negro, rizado, y largas pestañas, un burdo imitador de Catulo que le dedicaba versos. Al quedarse viuda siguió de vez en cuando quitándose las ganas, divirtiéndose en seducir a los maridos más jovenes de sus conocidas, aunque pocas veces se los llevase a la cama, pues había que evitar el escándalo. Hay cosas que aunque en Roma fueran la práctica común no se podían hacer en Itálica. Sí, por muy enojada que se sintiese cuando Rapax le llevaba la contraria en público, le bastaba recordar sus manos recorriendo su cuerpo para perdonarlo al instante.

De todas maneras, Lucrecia, si te sirve de consuelo” – siguió hablando Rapax sin interrumpir los besos y las caricias – el turno de servicio de mi centuria en palacio termina dentro de poco más de un mes, en los idus de agosto[10] y no tendrás que seguir aguantando mi falta de diplomacia.

Lucrecia abrió los ojos, esforzándose en asimilar lo que le acababa de decir Rapax mientras su cuerpo respondía, como siempre, a las caricias del hombre. El primer día que llegaron a Roma había oído algo al respecto a los turnos del cuerpo de guardia en palacio, pero hasta ese momento no le había dado mayor importancia a la noticia. Con la respiración entrecortada, cediendo casi completamente al deseo, pudo articular una frase.

Pero estarás en el Castro Pretorio ¿no?

Rapax levantó de nuevo la cabeza mirándola; Lucrecia estaba con la guardia bajada y con aquella simple pregunta, había derribado el muro de estudiada indiferencia que construía cada vez que le hablaba. Él había abierto una brecha, y se preguntaba qué porcentaje de verdadera preocupación se escondía detrás de tal pregunta. Se colocó encima de ella, penetrándola de nuevo, empujando suavemente, colocando sus manos entre sus sienes, aferrando con ellas su cabeza como si quisiese entrar también en su mente.

Soy el centurión de losspeculatores augusti, nuestro cuerpo es uno de los mejor preparados de todo el imperio, y está empezando una guerra decisiva. El emperador no va a ser tan necio como para dejar en Roma trescientos de sus mejores hombres a pulirse las armas o hacer de guardianes a cuatro paredes y tres mujeres. Trajano quizás tenga sus defectos, pero está claro que la estupidez no es uno de ellos. No sé… dónde nos mandarán… Lucrecia… basta… palabras…

Fue la primera vez que hicieron el amor, conscientes del tiempo limitado que tenían a disposición. Hasta que Lucrecia no le hizo aquella pregunta, él no se había detenido a pensar cuantas veces podría verla, pues era un ejercicio mental al que no estaba acostumbrado. Por su parte Lucrecia había dado por sentado, como siempre, que tendría siempre a su alcance todo lo que quisiese, y en esos momentos lo quería a él. A raíz de aquella simple pregunta los besos y las caricias se convirtieron en los granos de arena en la parte superior de una clepsidra, destinados inexorablemente a disminuir y sin tan siquiera la certeza de que la mano de los dioses girase el reloj de arena para darles otra oportunidad.

Cuando se extinguió la llama de la última lucerna ya había amanecido; Rapax se vistió y dejó a Lucrecia en la cama, acurrucada, aparentemente dormida. Sin embargo, ella tenía los ojos abiertos y al oirle marchar alcanzó con una mano una cajita de marfil que se encontraba a los pies del Mercurio alado. Sacó un pañuelo blanco de él y lo olió, girándose al lado de la cama que aún conservaba su calor, volviéndose a hacer un ovillo sobre el lecho desordenado, meciéndose mientras hundía la cara en el pañuelo que unos días antes Rapax llevaba al cuello y que aún estaba impregnado de su olor. Mientras respiraba su fragancia y lo mojaba con sus lágrimas tomó una decisión. No volvería a pasar. Tenía que alejarse de él mientras aún le quedasen fuerzas para hacerlo, no podía permitir que nadie la redujese a tal estado, mucho menos un pretoriano de oscuros orígenes; debía olvidarlo y Roma era el mejor lugar para hacerlo. Recordó que el senador Graco le había hecho llegar una invitación para ir esa tarde al teatro de Pompeyo y luego al banquete que ofrecería en su lujosa villa; aunque en un principio no tenía intención de aceptar, cambió de idea. Con las mejillas aún húmedas se levantó de la cama, se dirigió a su scriptorium y sin vestirse escribió al senador confirmando su presencia; dejó la tablilla con el mensaje junto con instrucciones de que fuese entregada esa misma mañana y volvió a acostarse, no sin antes volver a meter el pañuelo húmedo en la cajita de marfil y lanzarla con todas sus fuerzas contra la pared.

Marco sintió la luz del sol acariciándole el rostro; era un día maravilloso, una mañana llena de luz, se encontraba en medio de un campo de trigo, acariciaba las espigas y se giró al oir un niño que lo llamaba. Con él estaba una mujer rubia, esbelta, de ojos azules y sonriente, que lo saludaba con la mano. Era la primera vez que Clelia y Eumenes aparecían en sus sueños serenos, felices; no sabía dónde se encontraba y aunque tenía la certeza de que estaba soñando, no quería despertarse. ¿Serían acaso los campos Elíseos? Tendrían que serlo, pues lo inundaba una sensación de paz y tranquilidad. La mujer y el niño seguían saludándolo con la mano, alejándose de él mientras caminaban hacia el sol cuya luz acabó envolviéndolos hasta que no pudo distinguirles; oía sólo sus risas, sus voces diciéndole adiós, y notaba la luz que lo cegaba. Se despertó; un rayo de sol caía directamente sobre sus ojos y al moverse, Imilce, que estaba abrazada a él, se giró y siguió durmiendo. Estaban tumbados sobre su caracallus, y había amanecido hacía ya un buen rato. Se levantó y se asomó con cuidado por el borde del parapeto de la pequeña terraza en la que se encontraban, vio a los pretorianos que hacían la ronda en el patio de la fuente octagonal, y a otro par en los jardines que se podían ver al otro lado. Imprecó en voz baja, no tenía que haberse quedado dormido; había entrado en palacio protegido por las sombras de la noche, ahora no podría salir de su escondite sin llamar la atención. O, por lo menos, no podría hacerlo vestido tal y como llegó.

Se arrodilló al lado de Imilce y le besó el hombro.

Imilce, despierta.

Ella abrió los ojos y sonrió, pero de inmediato se levantó preocupada al ver que el sol había ya salido.

¡Nos hemos quedado dormidos! ¿Cómo harás para salir de aquí, Marco?

No saldré. Recuerda, yo también trabajo en palacio.” – le contestó guiñándole un ojo. Se puso de pie, en el centro de la terraza para que no pudiese ser visto por los pretorianos de guardia. Se ató el subligar y las correas con las que se sujetaban el gladio y el puñal; se puso la túnica por encima y enrolló el manto, mientras tanto Imilce se había puesto la túnica y recogido el pelo. El bulto de las armas era evidente bajo la túnica de Marco, pero si su plan salía bien nadie se daría cuenta; se acomodó el ovillo formado por el caracallus bajo el brazo y tendió la mano a Imilce.

Vamos. Yo bajaré hasta los subterráneos, irás desde donde te encontré hasta las estancias de tu domina. ¿Estás preparada?

Imilce sonrió.

Lo estoy. A hacer lo que sea, ahora que finalmente has vuelto a mi lado. Sería capaz de caminar sobre un sendero de brasas ardientes con tal de no volver a perderte.

Será mucho más fácil, quédate a la sombra y no hagas ruido. Recuerda, estaré siempre cerca de tí, nada ni nadie nos separará.” – le dijo Marco acariciándole el cuello, sellando sus palabras con un beso apasionado.

Bajaron por la escalera que llevaba a la terraza. No se oía ruido ni paso alguno y llegaron sin problemas al mismo punto en el que Marco encontró a Imilce la noche anterior; se despidieron y Marco permaneció oculto en el ingreso a las escaleras hasta que vio la desaparecer por la entrada principal de ese ala del palacio, la que daba a los jardines. Bajó otro tramo de escaleras hasta los subterráneos de servicio. Ningún pretoriano se fijó en él, los pocos con los que se cruzó iban de prisa pues usaban esas galerías como un atajo para poder llegar al otro extremo del palacio. Marco continuó su camino, cabizbajo para no llamar la atención, hasta que subió de nuevo por otras escaleras, que llevaban al scriptorium de palacio y a las salas de los cartógrafos y copistas.

Entró con sigilo en la sala de Chryses, y suspiró con alivio al ver que el anciano aún no había llegado. Estudió el local y halló un escondite adecuado para sus armas y el manto. Por suerte una de las estanterías para los mapas estaba construída con ladrillos y no era un mueble de madera apoyado a la pared. Cerró la puerta de la estancia, se quitó la túnica y las armas, las envolvió en el caracallus y escaló la librería, agarrándose de las celdas de ladrillos, colocando el bulto cada vez en una celda superior hasta que llegó a la última. Situó el manto y las armas en el fondo, pegados a la pared, y se dejo caer al suelo con un salto ágil. Recorrió la estancia para asegurarse de que sus pertenencias no se pudiesen ver desde el ángulo opuesto de la habitación, se vistió y se sentó al lado de una ventana. Era demasiado pronto para arriesgarse a ser visto por alguien en los pasillos, y decidió esperar a Chryses. Sabía que el anciano podría recelar al encontrarlo a aquellas horas, pero estaba seguro de que se podía fiar de él. No lo había denunciado cuando se dio cuenta de que se había llevado el plano del Castro Pretorio, y además, un sexto sentido le confirmó que era de confianza, como Saturnio.

Cerró los ojos durante unos instantes, recreándose en el recuerdo de la piel de Imilce y en la felicidad que lo embargaba. No creía en las premoniciones, pero el sueño que tuvo antes de despertar lo confortó. Quizás Pausanias tenía razón, no tenía que culparse por querer amar y vivir, y en esos momentos lo deseaba con todas sus fuerzas. Reharía su vida con Imilce, cuando volviese el emperador de la campaña en Dacia le pediría que la liberase, y podría volver a empezar, con ella y con su hijo, Manio. Tenía que verlo de nuevo lo antes posible, Imilce le había dicho que tendría que viajar con el joven Publio a Dacia, para formar parte del séquito de Adriano, y aunque sabía que estaría seguro no dejaba de ser un viaje complicado; podría pasar cualquier cosa y perderlo ahora que lo acababa de encontrar. También pensó en el pretoriano, en el hecho de que en esos momentos estuviese tan cerca de la persona que más amaba y a la que más odiaba en este mundo. Estaba convencido de que era Rapax quien mató a Clelia, por mucho que Pausanias intensase hacerle cambiar de idea; es más, recordó la conversación que mantuvo con el griego en sus destartaladas estancias y llegó a la conclusión de que su tutor sabía mucho más de lo que le había contado. Tuvo la intuición que Pausanias intentaba proteger al pretoriano, y se preguntaba por qué. Al final el cansancio pudo más que las miles preguntas que le rondaban por la cabeza, y se quedó dormido, sentado en una silla apoyando la cabeza contra el marco de la ventana que iluminaba la estancia.

Si fuera joven y apuesto empezaría a pensar que te has enamorado de mí, Marco.” – dijo Chryses riendo al entrar en la sala. Marco se despertó y sonrió. Antes de que pudiese contestar, el anciano siguió hablando. – Pero si mi olfato no me engaña alguien más ocupa tu corazón ¿verdad? ¡Ah! Aunque han pasado muchos años recuerdo perfectamente el olor a hembra. Y hueles a hembra de la cabeza a los pies, joven, pero no te preocupes. Lo nota sólo el viejo Chryses, el siracusano. Los dioses me están quitando el sentido de la vista pero me compensan aumentando el del olfato.

El anciano tuvo este discurso desde que entró por la puerta hasta que se sentó en una silla delante de Marco. Como siempre, lo había dejado sin palabras y no sabía si había sido una buena idea esconder las armas justo en la estancia del agudo siciliano. Acercó su silla hasta la de Marco y dándole un golpecito en la rodilla le preguntó.

¿Es hermosa?

Lo es. La conozco desde que era una niña, llevaba muchos años sin verla, se ha convertido en una mujer de belleza excepcional, Chryses. Ojalá pudieras verla. Se llama Imilce.

He oído hablar de ella, una de las esclavas de Lucrecia Domicia. Y por lo que veo ella te corresponde. Tienes suerte, Marco.” – contestó el cartógrafo, con la mirada perdida en algún recuerdo de juventud.

¿Qué piensas del emperador?” – Marco no supo por qué le hizo tal pregunta al cartógrafo. Quizás porque quería conocer la opinión de aquel sabio anciano sobre el dominus que lo liberó cuando era un adolescente.

Que se puede decir lo que se quiera de él sin temer que alguien te delate, y ya es mucho. Es un buen emperador, como lo fue Tito. Fue una lástima que muriese tan joven… ¿Sabes qué es lo que más me gusta de Trajano? Que pasa largas temporadas fuera de Roma… y que no tiene hijos.” – dijo el hombre riéndose con una sonrisa desdentada y la voz ajada.- Hay algo en este palacio que corrompe a quien lo habita. No, un buen emperador no debe tener hijos, y si los tiene, alejarlos lo más posible del poder y de Roma. Dicen que en los subterráneos del templo de Castor y Polux, en el foro, hay un dragón que mata a quien se acerque con su aliento pestífero.

Marco levantó las cejas, no esperaba que un hombre de ciencia pudiese dar crédito a tales habladurías absurdas.

No me mires así, perfectamente que el mal olor deriva de los restos de la ciénaga que cubría el foro, estoy usando una metáfora. No ha habido retoño de la familia imperial, o un probable sucesor, que no pareciese maldito. O morían misteriosamente como Druso el ahijado de Augusto, o envenenados como Gérmánico, o a los pocos años de subir al poder enloquecían como Nerón, o se convertían en seres depravados como Domiciano, que dejaban la gestión del imperio en manos de libertos que miraban sólo aumentar sus privilegios y enriquecerse. La maldición del dragón toca también a los prefectos del pretorio; cuando llegué, quien mandaba en Roma era Tigelino[11] y un puñado de ex esclavos, mientras el emperador se dedicaba a asesinar a sus familiares y a tocar la lira. Sí, el aliento mortal del dragón llega también al cuerpo de guardia, ha hecho bien Trajano en turnarlos.

Marco aprovechó la ocasión que le brindaba Chryses.

He oído que ahora está encargado de la seguridad de palacio un centurión de los especulatores que llaman Rapax ¿qué te parece?

Un buen soldado, atento a la disciplina, implacable. Se hace respetar y su conducta en servicio es intachable. Es como si tuviese que demostrar constantemente que ocupa ese puesto por méritos propios, acallar las habladurías.

¿Cuáles?

Se dice que ha hecho carrera bajo el ala de un personaje importante, circulan todo tipo de rumores sobre él, el hecho de que fuese un completo desconocido hace apenas unos pocos años y que no se sepa nada de él con certeza, no ha hecho más que aumentar la sed de noticias sobre su persona.

Chryses, es una pena que estés recluído en esta sala, podrías ser de gran ayuda al emperador, seguramente lo harías mucho mejor que los libertos de los que me has hablado.

¿Yo? Si he sobrevivido cuarenta años en palacio y he servido a nueve emperadores es por algo, porque he pasado desapercibido. Te habrás dado cuenta de que cuando estoy cerca de otros funcionarios finjo que soy duro de oído, torpe o simplemente tonto. Llevo tantos años por estos pasillos que al final me toman por un mueble viejo, hablan, cuchichean convencidos de que no los oigo, pero se equivocan. Está todo almacenado aquí.” – Dijo el anciano tocándose la sien con el dedo índice – Y en un memorial que llevo escribiendo desde que llegué a palacio. Será una lectura interesante, aunque no estaré aquí para escuchar las críticas, se hará público sólo cuando haya muerto. Creo que tendrías que irte, joven. Tengo mucho trabajo, el cónsul Sura nos ha traído mapas nuevos de la Dacia que hay que copiar antes de que se lleve de vuelta los originales.

El cartógrafo se levantó y se puso a examinar una de las copias, mascullando cuando encontraba un error y tomando notas en unas tablillas de cera. Marco lo saludó, no sin antes levantar los ojos hasta la librería en la que había escondido sus cosas.

Mientras tanto, en la Subura, Saturnio paseaba por la terraza de la ínsula, hecho un manojo de nervios. Cuando entró en la habitación de Marco, extrañado porque a pesar de la hora que era no lo hubiese despertado, vio que su amo no estaba en ella, el jergón estaba en orden y no había rastro ni del caracallus ni de las armas. El arcón en el que los guardaba no estaba cerrado con el cerrojo, lo abrió y vio que no estaban dentro. ¿Y si le había pasado algo? No dejaba de pensar en las palabras de Pausanias el griego y en su amenaza, ni siquiera velada, sobre lo que le esperaba si le sucedía algo a Marco. Bajó a la popina, con la esperanza de encontrarlo allí, pero no estaba, ni siquiera en la improvisada escuela en la que lo esperaban ya algunos niños. No podía esperar más, iría a buscar al griego, seguiría sus instrucciones y le dejaría un mensaje en la popina cercana al templo de Isis. Era una buena caminata hasta el Campo Marcio, por lo que se puso en marcha sin perder más tiempo. Llegó lo más rápido que le permitieron sus cortas piernas, no tuvo dificultad para encontrar el establecimiento que le había indicado Pausanias y dejó un mensaje para el griego al tabernero. La preocupación de Saturnio se podía medir en la poca atención que prestaba a las muchas mujeres que pasaban a su lado al ir o al volver del templo de la diosa, de la cual las romanas eran particularmente devotas.

¿Ha pasado algo Saturnio?” – Pausanias, como su pupilo, era sigiloso y Saturnio no se percató de su presencia hasta que lo llamó.

¡Por Júpiter qué susto me ha dado! Ya se ve de quién aprendió mi dominus eso de moverse como un fantasma sin dejar rastro, la verdad que últimamente no gano para sustos. Bueno, no gano para nada porque mucho balde arriba balde abajo con Cyprianus, pero no suelta ni una moneda…

Pausanias interrumpió al hispánico.

¡Saturnio! ¿Se puede saber por qué me has buscado?

Mi amo, que no ha vuelto esta noche. Cuando pasó usted por la popina ayer por la noche, salió a la velocidad del rayo como si le persiguieran las tres furias y no he vuelto a saber nada de él, y como usted me dijo que si le pasaba algo…” – Saturnio terminó la frase pasándose el dedo índice por el cuello. Pausanias sonrió.

Seguramente habrá dedicado la noche a recuperar el tiempo perdido con Imilce, Saturnio, no te preocupes. Has hecho bien en avisarme, me acercaré a palacio para asegurarme de que está allí. Vamos, imagino que tendrás que volver a tus quehaceres, tenemos que ir en la misma dirección ¿vienes conmigo?

Saturnio estaba a punto de contestar que sí, cuando se quedó con la boca abierta sin poder pronunciar palabra, mientras observaba a un grupo de mujeres que charlaba animadamente a los pies de las escalinatas de acceso del templo. Vestían de manera llamativa y no iban acompañadas por ninguna esclava o ningún hombre que las escoltase, por lo que podían ser sólo dos cosas. No eran prostitutas, pues no se movían como tales y no estaban buscando clientes; es más, si se acercaba algún hombre lo despachaban con indiferencia o con risas burlonas. Una de ellas era más alta que las demás, y llevaba los abundantes cabellos color rojo como el fuego, recogidos siguiendo la última moda. Cuando se giró para hablar con otra de las mujeres del grupo, Saturnio la reconoció de inmediato, a ella y a alguna de sus compañeras. Eran actrices, y las conocía muy bien; formaban parte de la compañía de cómicos de la que él mismo formaba parte en Emérita Augusta y a los que tuvo que dejar sin despedirse, cuando se jugó su libertad en una partida de dados. Su dominus no era el único en reecontrar en Roma a la mujer de su vida; pero a diferencia de él, Saturnio no podría presentarse de nuevo a ella. No tenía nada que ofrecerle, era un esclavo fugitivo más pobre que las ratas, sin pasado ni futuro.

Saturnio ¿me has oído?

El pequeño hispánico apartó la mirada de las mujeres y asintió al griego. Éste empezó a caminar y Saturnio lo siguió cabizbajo; se giró un instante para mirarla por última vez. Estaba subiendo por las escaleras con sus compañeras, cubriéndose los cabellos con una estola antes de entrar en el templo.

Adiós Ifigenia” – susurró mientras se secaba una lágrima con el dorso de la mano.

 

 

 

 

5.4.

Acte estaba revisando con Marcia, la sarcinatrix[12], el vestuario de su domina; controlaba una a una cada túnica y palla por si se encontraba el mínimo roto, descosido o mancha. A un lado quedaban amontonados los vestidos descartados que necesitaban un arreglo, mientras que los aprobados se guardaban cuidadosamente en un arcón.

Veamos éste…” – dijo Acte poniendo a contraluz una preciosa tela color azul oscuro – “No, hay que lavarlo y arreglarlo aquí. Desde luego, vaya desperdicio, una tela de Tarso que era perfecta.

No creo que quede bien, Acte, se notaría mucho el remiendo.” – le respondió Marcia examinando la tela con atención.

Que lo laven y luego mira a ver si se puede aprovechar la tela para otra cosa. La cantidad de ropa que está tirando desde que llegamos a Roma. Pero digo yo, si de toda la vida en los banquetes hay que ponerse por encima la synthesis[13] será por algo ¿no? Para evitar que las salpicaduras de las salsas te dejen perdido. Pues ella, nada, a llevar la contraria, “yo no me pongo eso”, y todos detrás a seguirle la corriente.

Acte siguió refunfuñando un buen rato cada vez que examinaba otro vestido y despachó a Marcia a sus quehaceres, mientras escribía en una tablilla la lista de las telas que habría que comprar al vestiarius[14] en la Saepta Julia[15].

Éste, encantado de la vida con la nueva moda de mi domina. Se hará de oro a su costa…

¿Quién se va a hacer de oro?” – dijo Imilce que se había acercado hasta su amiga sin que ésta se hubiese dado cuenta. Acte se giró para contestarle pero se quedó con la boca abierta sin pronunciar palabra. Al final pudo reaccionar y le dijo:

¡Pero qué cara llevas niña! Parece como si no hubieses dormido en toda la noche… Te noto rara…

Imilce sonrió y se sentó al lado de Acte cogiéndole la mano.

Acte… ¿has comprado ya el silfio para la domina? Me preguntaba si podría…

Acte abrió los ojos como platos y sonrió tapándose la boca.

¡No me digas! ¡El pretoriano! Y yo que creía que eras un caso imposible…” – le dijo dándole palmadas en las rodillas.

¿El pretoriano? No, por Vesta… ¡Marco! ¡Marco está aquí! Lo ayer por la noche cuando me retiré. No sabía quién era, un encapuchado me llevó en volandas a una de las terrazas de palacio ¡era él!

Los ojos de Acte se humedecieron, era la mejor noticia que podía darle su amiga, la abrazó y la besó en la mejilla.

No te preocupes, mujer. Que llevo años sisándole a la domina el silfio para usarlo cuando mi Syrio quiere montar algo que no sean los caballos del establo.” – le contestó guiñándole un ojo. – Ya te lo daré yo, tranquila. Ay ¡qué alegría más grande me has dado! Y cuéntame ¿qué ha sido de él todo este tiempo?

Imilce le contó a Acte lo que pocas horas antes le había revelado Marco: la huída a Atenas, su nueva vida, el asesinato de su familia, la llegada a Roma, su encuentro con Manio… A cada detalle que Imilce le contaba Acte abría los ojos sorprendida, reía o se quedaba con la boca abierta.

Quizás no tendrás que esperar a que vuelva el emperador para poder ser libre y estar con Marco para siempre, bajo el mismo techo. Si la domina quisiese podría mandarle una carta a su hermano Adriano y te podría liberar con un documento oficial firmado por él mismo ¿no?

Imilce movió la cabeza mirando a su amiga.

Desde luego, Acte. Y luego dices que yo soy una inocente. Ella nunca hará algo así, ya verás cuando vuelva el emperador, la que armará cuando se lo pida. Creo que le será más fácil conquistar Dacia. Es más, no tiene que saberlo, prométemelo. Por eso necesito el silfio, no puedo quedarme embarazada ahora, no hasta que vuelvan Adriano y el emperador y yo sea libre.

No, desde luego, y con la puntería que tuvo Marco la primera vez mejor no arriesgarse… Ven conmigo, la domina aún tardará en despertarse.” – le dijo Acte a Imilce llevándosela de la mano.

Sin embargo Lucrecia estaba despierta; no había logrado conciliar el sueño más que unos pocos instantes, durante los cuales se repetía el mismo sueño del que recordaba sólo una túnica blanca como la nieve empapada de sangre y ella que gritaba “¡quédate!”. Cada vez que abría los ojos su mirada se dirigía hacia el mismo rincón de su cubiculum, allí dónde había caído la cajita de marfil que había estrellado contra la pared. Cuando se apagó el murmullo de la conversación de sus esclavas en la estancia contigua, Lucrecia se levantó de la cama, se acercó a ese rincón y con la punta de los dedos, como si no quisiese que el resto de su cuerpo se diese cuenta de lo que estaba haciendo, recogió el focale blanco de Rapax.

En ese instante su propietario estaba sentado en su pequeño scriptorium en las estancias de los pretorianos en palacio, mordisqueando distraidamente un melocotón. Se limpió con una servilleta y observó el hueso del fruto que había dejado en un platillo de madera; a pesar de que Antioquía estaba mucho más cerca de Persia que de Roma, sólo cuando llegó a la capital pudo probar por primera vez el delicioso fruto originario de aquella región oriental. Muchas cosas que hasta hace pocos años eran un lujo las tenía ahora al alcance de la mano: comida exótica, los mejores caballos, el mando de una centuria, y era sólo el principio… podía disponer de todo lo que desease, o casi todo. Estaba a punto de estudiar la correspondencia que le acababa de dejar un ayudante sobre la mesa, cuando reconoció con una mueca de disgusto una tablilla con un sello muy peculiar, un Jano bifronte. No hacía falta abrirla, sabía que no había nada escrito dentro de ella, pues era la señal acordada para verse con el senador Graco, de la manera más discreta y rápida posible. Llegó en poco tiempo a la domus del senador, que no distaba mucho del palacio. El ostiarius lo acompañó al tablinum en el que Graco lo estaba esperando sentado detrás de una inmensa mesa de madera de cedro, repiqueteando los dedos gordezuelos sobre la misma.

Centurión.” – dijo como saludo, sin indicarle ninguna de las sillas que se encontraban en la estancia para que se pusiese cómodo. Siguió un largo silencio, durante el cual Graco no dejó de mover los dedos sobre la mesa. – Imagino que habrás empezado a indagar para dar con el paradero del hombre de Atenas, pero no te he llamado por eso. ¿Has oído hablar del Águila?

La mirada curiosa de Rapax habló por si sola.

No, por supuesto. Estás demasiado ocupadointimandocon la aristocracia como para saberlo.

Rapax entendió la indirecta del senador.

Creía que alegrar las veladas de la viuda fuese parte de mi misión, senador.” – respondió. Tenía que admitir que le gustaba el doble juego del que formaba parte tras haber aceptado la propuesta de Sura, aunque tendría que evitar dejarse llevar demasiado.

Mientras pasas tus noches cumpliendo fielmente mis instrucciones, centurión, alguien a  quien el pueblo ha empezado a llamarel Águilalas dedica a poner orden en la Subura, y eso no está bien.

¿No, señor?

No. La ciudad tiene que ser insegura por la noche, el crimen tiene descontento al pueblo, ése es el primer paso.

El segundo imagino que sea una inesperada falta de grano para que el pueblo, además de descontento, esté hambriento.” – Rapax tanteaba el terreno, intentando saber hasta dónde era capaz de llegar el senador con tal de lograr su objetivo.

Graco se levantó y paseó por la estancia muy despacio, hasta colocarse detrás del pretoriano que seguía mirando al frente.

Eres un hombre inteligente, sabía que había hecho bien en sacaros de ese agujero inmundo en el que vivíais, centurión.” – respondió el senador en voz baja, a sus espaldas. No pudo ver cómo Rapax apretaba las mandíbulas, los tendones tensos por la presión, los ojos verdes brillando con un destello siniestro. La velada referencia a su hermana puso a prueba su sangre fría; hubiese bastado muy poco para matarlo allí mismo, dadas las circunstancias. Un movimiento fulmíneo de su codo derecho contra la garganta del senador, éste que desconcertado pierde el equilibrio y cae para recibir una puñalada certera en la ingle que le cercena la vena femoral, dejándolo desangrarse como un cerdo mientras Rapax le tapa la boca con una mano. Un final lento y patético, no hubiese merecido menos. Sin embargo, Rapax respiró hondo, se giró hacia el senador y con una ligera inclinación de la cabeza le contestó.

Y yo le estoy agradecido por ello. ¿Qué se sabe del talÁguila?

Muy poco. Se trata de un hombre fuerte, aparece de repente sin que los agresores o las víctimas sepan de dónde, acaba el trabajo con pocos y certeros golpes, lucha con las manos, un gladio o un puñal, no se sabe. Se tapa con un viejo caracallus, lleva pantalones de legionario y desaparece con la misma rapidez con la que apareció.

No me da demasiados indicios.

No, por eso esta noche podrás estudiar mismo su terreno. Daré un banquete, pero no aquí, sino en la domus que acabo de comprar en el Quirinal. Escoltarás a Lucrecia Domicia de vuelta al palatino, así podrás atravesar la Subura cuando vayas a esperarla y cuando la acompañes de vuelta. Entre los invitados está también el cónsul Sura, pero tiene unas costumbres algo castrenses, seguramente se retirará mucho antes que ella escoltado por sus lictores.

El senador Graco volvió a sentarse detrás de su lujosa mesa tomando unos legajos que había encima de ella. Levantó un momento la mirada para despedir al pretoriano que continuaba firme delante de él.

Eso es todo. Encuentra a ese mamarracho y deshazte de él. Por cierto, Lucrecia… ¿Te ha contado algo interesante?

¿Ella? Es sólo una mujer, senador.” – respondió Rapax saludando con una leve inclinación de la cabeza mientras salía de la estancia.

Rapax regresó con paso veloz al palatino, esperando que el senador se conformase con una respuesta tan vaga, pues no quería que éste intuyese cuánto le importaba en realidad Lucrecia y que pudiese usarla en su contra, como hacía con Livia. Durante las noches que compartieron juntos, Lucrecia sí que mencionó algo que podría interesar a Graco, el itinerario del viaje que de allí a pocos días efectuaría Sura con su hijo hasta Dobretae; en vez de viajar por la ruta más rápida darían un rodeo, viajarían hacia el norte de la península itálica, embarcarían en Ancona hasta Aquileia y luego desde allí viajarían por tierra hasta su destino, alargando el viaje de dos días. Rapax hubiese deseado formar parte de la guardia personal de Lucrecia esa noche durante el banquete, pero Graco había sido claro, no lo quería allí dentro. Quinto sería sus ojos y sus oídos durante la velada, estaba seguro de que no lo decepcionaría.

Cuando llegó al puesto de guardia en palacio, se encontró con Quinto que esperaba instrucciones. Al poco tiempo se presentó Syrio, el esclavo encargado de la cuadra de Lucrecia y que venía todos los días a informarle sobre los planes de la domina para la jornada fuera de palacio; además de la cena en la nueva domus del senador Graco, en una hora saldría en su litera a hacer unas compras en la ciudad, y por la tarde acudiría al teatro de Pompeyo.

Cuando el esclavo salió, impartió órdenes a Quinto.

y Cayo acompañaréis a Lucrecia Domicia en sus compras, al teatro de Pompeyo y luego a la domus de Graco. No harán falta más hombres, saldrá del teatro con el cónsul Sura y sus lictores. Probablemente regresará tarde, cuando deje la domus os estaré esperando con cuatro hombres más.

Quinto sonrió al oir a su superior; probablemente pasaría buena parte del día cerca de la ornatrix de la noble dama, y era una perspectiva que no le disgustaba en absoluto.

Disfruta del día, Quinto; recuerda, aunque el periodo de servicio en palacio será lo más parecido a unas vacaciones que tendremos durante mucho tiempo, no hay que bajar la guardia.

¿Vacaciones? Casi reviento el caballo para llegar a Tibur con el tiempo justo de levantar yo solo un carro y arriesgarme luego a morir aplastado por el mismo. Por lo menos espero poder reírme hoy en el teatro…” – enmudeció al notar la mirada poco amable de su superior – muy discretamente y sin bajar la guardia, señor.

Rapax se levantó y le dio una palmada en el hombro.

Acompáñame al patio de armas; ya has oído al esclavo, la domina no estará lista hasta dentro de una hora, que probablemente serán dos. Quiero desentumecer los músculos y eres el único en toda la centuria capaz de hacerme sudar empuñando un gladio, además, quiero comentarte algo a propósito del banquete de esta noche.

No fueron dos horas, pero faltó poco para ello. Cuando el pequeño cortejo formado por los dos pretorianos, la litera llevada a hombros por seis esclavos, Acte e Imilce, bajaron por la via Sacra hacia el centro del foro, las calles de la ciudad estaban llenas a rebosar. Cayo, que encabezaba el grupo, tuvo que utilizar un par de veces su lanza, cruzándola para abrir la barrera humana que prácticamente les cerraba el paso. Finalmente llegaron al primer destino, una serie de pequeñas tiendas en el porticus margaritaria, en el que los joyeros especializados en perlas, los margaritarii, exponían sus preciosas mercancías. Lucrecia bajó de la litera y entró en una de las tiendas acompañada por Acte, dejando claro a Imilce con un gesto de la mano que no era necesaria su presencia. Ésta se sentía cohibida al saber que Quinto estaba tan cerca de ella, a pesar de que no le había dirigido la palabra y prácticamente no había cruzado la mirada con él. Se quedó quieta unos instantes, pero empezaba a hacer calor y prefería estar a la sombra, por lo que se acercó a un pequeño tenderete bajo el pórtico en el que se exhibían las piezas más modestas. En cierto momento, aprovechándose del gentío, un hombre de aspecto repugnante se le acercó por detrás más de lo debido, magreándole las nalgas. Imilce emitió un pequeño grito al notar la mano del hombre, quien mientras tanto disimulaba tocando con la otra la mercancía expuesta.

Quítale tu asquerosa mano de encima” – tronó la voz de Quinto. El hombre, demasiado distraído y excitado por su ocupación, no se dignó ni en darse la vuelta para ver quién había hablado.

¿Y quién lo dice?” – farfulló sin apartar los ojos del escote de Imilce. Quinto Terencio, pretoriano, y un amigo aquí presente” – le contestó el soldado, mientras que con un ligero movimiento empezó a extraer el gladio de su vaina. El hombre se dio la vuelta cambiando instantáneamente de color. Quinto lo aferró por el cuello de la túnica con una mano. – Esta mujer es una esclava que pertenece a la familia imperial, así que prácticamente le has estado tocando el trasero al emperador en persona ¿entendido? Vete de aquí y que no vuelva a verte, tengo buena memoria para las caras… ¡Sobre todo si es tan fea como la tuya!

Quinto lanzó sin esfuerzo aparente al hombre por las escaleras del pórtico, mientras que quienes habían asistido a la escena reían de buena gana. Imilce también lo hizo, tapándose la mano con la boca.

Gracias… otra vez.” – sabía que tenía que justificarse por su actitud del día anterior, consintiendo primero en volver a verlo para escapar de él cuando lo encontró en el patio que daba al Aula Regia.

– “Yo, perdona… cuando volvimos de Tibur, y me preguntaste si volverías a verme… no debí hacerte creer

Quinto la interrumpió con un gesto de la mano.

No, no sigas. Quizás mi aspecto poco refinado o mis modales brutales de soldado te lleven a pensar lo contrario, pero te aseguro que no tomo nada que desee con la fuerza. No voy a negar que me gustas mucho, y eres la mujer más bella que he conocido en mi vida, pero no te pondré una mano encima si no quieres. Bueno, siempre y cuando no acabes debajo de un carro, o que no tenga que apartarte de moscones como ése, mi intuición me dice que no es el primero ni será el último.” – terminó la frase riendo, como hacía tan a menudo. Mientras Quinto hablaba salieron del pórtico y se acercaron a una pequeña fuente que había en una esquina; el pretoriano se mojó las manos en el agua cristalina y se refrescó la cara y el cuello.

Hoy va a hacer un calor tremendo.

Estoy acostumbrada, en Itálica en verano hace mucho más calor que aquí.” – respondió Imilce. Cuando terminó de decir estas palabras, un esclavo que llevaba una gran tinaja de barro sobre la cabeza tropezó y dejó caer la pieza al suelo, que se rompió con un gran estruendo. Varios transeúntes se mojaron con el líquido que se derramó de la misma y nació una gran algarabía. Imilce tuvo casi que gritar para hacerse oir. Pero lo estoy algo menos al ruido, Itálica era mucho más tranquila.

Sin embargo a me gusta. Nací aquí ¿sabes? Muy cerca, al otro lado del Tíber. Mi familia vivía encima de la tienda de un calderero, nos despertábamos con el ruido de los martillos que moldeaban el cobre y nos acostábamos cuando los carros entraban a la ciudad para descargar sus mercancías” – contestó Quinto de vuelta a donde estaba la litera de Lucrecia, Cayo y los esclavos. – Es más, te parecerá absurdo, pero en la guerra lo que no soporto es el silencio del campamento la noche precedente a la batalla. Me siento como si estuviese ya muerto.

Quinto se puso el casco y volvió a situarse detrás de la litera, Lucrecia y Acte se estaban ya acercando. Acte sonrió a su amiga y mientras la domina se acomodaba le dijo:

Vaya, vaya, qué peligro que tienen estos pretorianos, será por el uniforme, digo yo. Tan blanca la tela y tan morenos y bien plantados ellos…” – la litera se alzó con un movimiento brusco y se oyó la voz de Lucrecia.

Un día de estos a vosotras dos de tanto hablar se os va a secar la lengua. Ponte al otro lado de la litera, Acte, si tengo que oíros cotillear toda la mañana me va a venir dolor de cabeza.

Al cabo de unas horas terminaron de visitar las tiendas que la domina consideró imprescindibles para comprar lo que necesitaba para estar perfecta aquella noche. Imilce entró con ella en todas las demás, para aconsejar a su domina a la hora de adquirir perfumes, pelucas, telas… Cada vez que salía de una de las tiendas temía darse de bruces con Quinto, pero el pretoriano parecía estar siempre muy ocupado controlando los alrededores de la litera. Cuando salieron de la última de ellas, la del vestiarius en la Saepta Julia, Imilce suspiró aliviada… ¿o decepcionada? Hubiese querido hablar con Acte, ella tenía más experiencia en estos asuntos y podría ayudarla. Necesitaba oir de la boca de su amiga que no era un ser despreciable porque le gustase saberse cortejada por alguien como él. Otros hombres la habían rondado y ella no había dejado nunca de recibir sus atenciones con fastidio, deseando que la olvidasen pronto, sin embargo las atenciones del romano no la hacían sentir así. Quizás todo era debido a la vuelta de Marco y a las horas que transcurrieron juntos en la terraza del palatino; era como si hubiese vuelto a nacer, sus sentidos se hubiesen agudizado, dejando atrás una época de su vida caracterizada por una especie de sopor. Cuando la sombra del palacio encaramado sobre una de las colinas de Roma cayó sobre ella sonrió al pensar que Marco estaba allí, tan cerca de su hijo.

Entraron en el patio e Imilce no se preocupó más sobre si Quinto la estaba mirando, o qué estaba haciendo. Tenía la mirada fija en los establos, no había podido hablar aún con su hijo para contarle lo que había pasado la noche anterior. Cuando Lucrecia bajó de la litera, Acte y un esclavo fueron detrás de ella llevando varios paquetes. Imilce se quedó atrás, girando la cabeza en dirección de las cuadras.

¡Imilce!” – la llamó Lucrecia al no encontrarla a su lado. Se dio cuenta de qué era lo que deseaba e hizo algo que sorprendió a todos los presentes; suspiró, movió la mano derecha como alejándola de ella y le dijo: ve con tu hijo, no te voy a necesitar durante el baño.

Imilce sonrió, pasó el bulto que llevaba a Acte y cruzó corriendo el patio como si fuese el mismo Mercurio. Manio estaba limpiando las pezuñas de uno de los caballos con una cuña de hierro; soltó la pata del caballo y le dio unas palmadas en el lomo.

¡Madre!” – sólo una cosa podía haber sucedido para que ella estuviese así de contenta. –¿Lo has visto?

Sí, anoche. Y está más cerca de lo que crees, es uno de los copistas del palacio. Me dijo que pasaría a verte hoy. ¿No lo has visto verdad? No, claro, qué tonta que soy, me lo habrías dicho enseguida.

Imilce no dejaba de hablar abrazada a Manio. Soy tan feliz, hijo. Si no tuvieses que irte sería perfecto, no podría pedir más. Prométeme que tendrás cuidado.

Le contó lo mismo que había narrado a Acte por la mañana, omitiendo aquellos detalles que se cuentan a una amiga, pero nunca a un hijo. Éste la dejó hablar, siguiendo atento cada palabra, asintiendo, sonriendo, como hacía siempre. Mientras su madre hablaba llevó el caballo hasta su cuadra; cuando el joven estaba cerrando el postigo de la misma, ella se dio cuenta de que había visto algo, pues notó que Manio se erguía y fijaba un punto detrás de su espalda. A escasa distancia de ellos estaba Marco, se había acercado con sigilo mientras Imilce hablaba, sin que se diesen cuenta. La esclava cogió con su mano izquierda la de su hijo, y extendió la derecha hacia Marco; éste se acercó y durante unos momentos estuvieron callados, emocionados por el momento que estaban compartiendo. Imilce tenía uno a cada lado, le parecía estar viviendo un sueño.

Sois iguales… Manio, éste es tu…

quién es” – contestó el joven. Se fundieron los tres en un abrazo, las tres cabezas agachadas como si estuviesen realizando una plegaria a los dioses.

– “Cuando llegué a Roma creía que ya no tenía un hijo.” – dijo Marco mirando a los ojos al chico.

Ni yo un padre.

Conocí a Néstor. Era un buen hombre; estoy seguro de que fue un buen padre.

El mejor; aunque nos dejó demasiado pronto.

Durante los pocos momentos que estuvieron juntos tuvieron la sensación de que el tiempo y los años que pasaron separados se esfumaban. Marco preguntó a su hijo qué querría hacer en su vida.

Nunca me lo he planteado, soy un esclavo.

Es sólo cuestión de tiempo, seréis liberados como yo. Dime ¿qué quieres hacer?

Manio acarició la testuz del caballo que acababa de meter en la cuadra.

Si pudiese… quisiera servir en el ejército, formar parte de la caballería. Madre, por eso no tengo miedo de acompañar al joven dominus, es más, estoy deseando partir. Ver al emperador al mando de sus legiones para conquistar un enemigo que nadie ha podido doblegar ¿te imaginas? Estar en una de las legiones de Trajano, aunque sea el último de los esclavos es algo muy importante para mí; y si un día fuese libre… poder formar parte yo mismo de una turma[16] sería mi mayor deseo; algo demasiado bonito como para que se pueda hacer realidad.

Marco sonrió a su hijo, orgulloso.

Es mejor no dejar volar demasiado la imaginación, Manio. Piensa en cumplir tus deberes, todo llegará.

Una voz les trajo a la realidad.

¿Quién eres? No se puede estar aquí.” – dijo un hombre que se acercaba decidido. Era muy moreno de piel, fuerte y con cara de levantarse todos los días de mal humor. Marco lo observó y sonrió.

Syrio ¿no te acuerdas de mí?

En Itálica, el estrecho lazo de parentela que unía a los Elios y los Ulpios se extendía también a los respectivos esclavos, y Marco conocía bien a aquellos que habían servido en la casa de Lucrecia durante toda su vida. Syrio, el encargado de las cuadras y los caballos, era uno de ellos. El hombre se acercó despacio, sorprendido.

¿Marco? Por todos los dioses ¿qué haces aquí?” – miró a Imilce y a Manio, acariciándose la barbilla hasta que una sonrisa se dibujó en su rostro curtido por el sol. – Ahora entiendo por qué el chico me recordaba siempre a alguien” – dijo mientras apuntaba con el índice ora a Manio, ora a Marco – ¡Ja! Y seguro que Acte lo sabe, aunque no me explico cómo ha aguantado todos estos años sin decirme nada.

Syrio saludó a Marco estrechándole enérgicamente el brazo.

Me alegra verte, no sabes cuánto. Manio, tienes que venir conmigo, siento interrumpiros pero tenemos cosas que hacer.

El muchacho asintió y obedeció, sin mostrar contrariedad. Nunca se había negado a realizar un trabajo, cumplía con cuanto se le asignaba de buena gana, como si supiese que cualquier tarea que le pudiesen encomendar no fuera más que algo transitorio o pasajero, un paso más con el que alcanzar una meta desconocida. Dio un beso a su madre y abrazó a Marco, y salió corriendo de los establos para alcanzar a Syrio.

Marco e Imilce lo observaron irse, con los ojos brillantes por la emoción del momento vivido.

Creo que tendré que irme yo también” – dijo Imilce – la domina me necesitará.

Marco se asomó fuera de las cuadras, se cercioró de que no había nadie en los alrededores y volvió a entrar cogiendo a Imilce de la mano, llevándola a un rincón apartado en el que había amontonada paja fresca.

No, ella aún no te necesita, y yo sí.” – siguió hablando, con una voz muy suave, mientras tiraba de ella.

No puedo entretenerme mucho, tengo que peinarla, acompañarla al teatro y a un banquete en casa de un senador.

Razón de más para aprovechar el tiempo ¿no?” – le dijo mientras la ceñía fuertemente con los brazos. – Dame mil besos, luego, ciento; luego otros mil segundos; luego, ciento…[17]” – murmuraba mientras le besaba el cuello y la acomodaba encima de la paja, añadiendo besos sobre las caricias, acortando la cuenta de besos que habían esperado quince años para ser dados y recibidos.

5.5

¡Dioses! ¡Mi marido!

¡Por Venus, su marido!

¡Corre! ¡Escóndete! ¡Aquí, en este arcón!

¡OCUPADO!

¡No! ¡En el otro!

 

Los diecisietemil espectadores que llenaban la cávea del teatro de Pompeyo estallaron al unísono en sonoras carcajadas, disfrutando del mimo, una pequeña obra cómica que anticipaba la obra principal de la tarde. Cuando terminase, otro segundo acto muy diferente se desarrollaría en las gradas. Los hombres, sentados en los escalones de la cavea, se levantarían para buscar entre las bellas matronas que ocupaban las gradas superiores aquella que les regaló, antes de entrar en el teatro, una mirada procaz, promesa de futuras aventuras. Sin embargo, en aquellos momentos los magistrados y senadores sentados en las primeras filas de los brillantes escalones de mármol blanco dividían sus miradas entre las actrices que ocupaban la escena y Lucrecia. El senador Graco, que corría con los gastos de la representación, había dispuesto que los escalones centrales más cercanos a la orquestra, formasen una especie de palco privado a disposición de sus ilustres invitados. Esta escalinata central daba acceso al templo de Venus Victrix situado en lo alto, justo en la mitad del semicírculo formado por la cavea. Los lictores del cónsul Sura delimitaban el perímetro del área reservada, en la que el mismo cónsul, Lucrecia y otros invitados asistían a la representación acomodados sobre mullidos cojines. Varios esclavos sostenían sombrillas para proteger del sol de la tarde a tan ilustres invitados. Imilce y Acte sujetaban un par de ellas para dar sombra a su domina, y detrás de ellas, justo delante de la muralla formada por los lictores, se situaban los dos pretorianos que velaban por la seguridad de la patricia.

Los senadores y magistrados sentados en sus butacas en la orquestra, se giraban con mayor o menor disimulo según su audacia para observar a Lucrecia, que, medio tumbada sobre unos cojines, se abanicaba lentamente y sonreía. Calzaba unas lujosas sandalias con piedras preciosas encastonadas entre la delicada piel de gamuza; la túnica, de color verde pálido, carecía de bordaduras o adornos y llevaba el pelo recogido, sin peluca o postizos. Para aquella tarde Lucrecia había decidido dar muestra de su elevada posición social a través de las joyas: las que llevaba a los pies, el brazalete de oro en espiral, con forma de serpiente, que llevaba en el brazo derecho, los anillos y sobre todo el espectacular cordón de oro, formado por centenares de pequeñas hojas de laurel, que cruzaban su cuerpo, desde el pecho hasta la espalda.

Imilce no prestaba atención a cuanto ocurría en el escenario; la sombrilla que tenía que sujetar casi de frente a ella para dar sombra a Lucrecia, le ocultaba la visión de los actores y del espectacular frontal de escena formado por dos cuerpos de columnas de granito de varios colores; su única preocupación era seguir el movimiento del sol que poco a poco se empezaba a ocultar detrás de las gradas. Esperaba con ansia el momento en el que la sombra cubriese definitivamente la cavea y pudiese cerrar la sombrilla; hacía mucho calor, no había prácticamente comido en todo el día y se notaba desfallecer. No sabía cuánto podría aguantar, las risas y los aplausos le llegaban atenuados, como si ella se encontrase dentro de uno de los envases de cristal en los que la domina guardaba sus unguentos. Observó la sombra acercarse, se encontraba ya a pocas pulgadas de las sandalias de Lucrecia, tenía que resistir, podría hacerlo, si sólo pudiese beber algo… Oyó una ovación a lo lejos, mientras la sombra empezaba a rozar los tobillos de su señora. De repente, todo se volvió negro y cayó al suelo.

Quinto disfrutaba del mimo como los plebeyos apiñados en las gradas más altas. Hacía quince años que no metía pie en el teatro de Pompeyo, y era la primera vez que podía observar el espectáculo desde una posición tan privilegiada. Alzó la mirada por un instante a las últimas gradas, hacia la derecha, justo debajo de la zona de las mujeres. Era el lugar que normalmente ocupaban él y sus familiares o amigos; cuando tenía unos doce años, entraba en el teatro, junto con sus amigos del transtíber, ya la noche anterior para coger sitio, para ellos o para quien le diese algunas monedas a cambio. Conocía de memoria, todos y cada uno de los pasillos internos, las puertas, las gradas. Mientras sus compañeros dormían sobre los escalones de mármol él solía recorrer el teatro, bajaba hasta la orquestra, subía al escenario, lo cruzaba, recorría el inmenso pórtico rectangular que se extendía a espaldas de la escena, y llegaba hasta las puertas de la misma curia de Pompeyo, sin tener miedo, como sus compañeros, de encontrarse con el espíritu del gran Julio César, asesinado en su interior.

Volvió del mundo lejano de sus recuerdos juveniles al presente; aunque las historias representadas en los entreactos cómicos eran casi siempre las mismas, seguía disfrutando de ellas de buena gana, si bien ahora tenía que guardar una cierta compostura y no podía reír hasta las lágrimas. El calor apretaba, y aunque su uniforme de pretoriano no era la vestimenta más adecuada para soportarlo, se había acostumbrado a ello tras quince años de servicio. Cuando los reclutas novatos le preguntaban cómo hacía para soportar el calor, él contestaba siempre que simplemente lo estaba acumulando para el invierno, pues la armadura que era casi incandescente en verano se convertía en un pedazo de hielo en invierno. Y, puestos a elegir, prefería el calor de Roma en verano que el gélido invierno de Britania, que tuvo que soportar cuando era un legionario de la Novena, conocida como legio Hispana. Era algo curioso el hecho de que estuviese constantemente rodeado por cosas que tenían que ver con Hispania, sin haber puesto nunca pie en ella. Como eran hispánicos los cómicos que se exhibían en aquellos momentos; el greges[18] de Emérita Augusta gozaba de fama en todo el imperio, y daban buena muestra de ello las dos actrices que se estaban exhibiendo en el escenario, una haciendo el papel de patricia infiel y la otra de su esclava correveidile. La patricia era una mujer escultural de cabellos rojos como el fuego, y el movimiento de su cuerpo sinuoso, apenas cubierto por una túnica de fina y transparente seda, excitaba a los espectadores y era estudiado por las mujeres. Hispania debía ser sin lugar a dudas una tierra besada por Venus, si era capaz de producir hembras de tal belleza. Observó a Imilce, apenas un par de escalones bajo de él; se dio cuenta de que algo debía pasarle pues se estaba inclinando hacia un lado, dio un salto adelante y la aferró antes de que tocase el suelo.

Quinto se la llevó en volandas al interior del gran teatro por uno de los varios vomitorios que permitían la entrada y salida de los espectadores; durante unos instantes la oscuridad del pasillo lo cegó, pero sabía perfectamente donde tenía que dirigirse. Giró a la derecha y apoyó a Imilce en el suelo, se quitó el casco, su focale y mojó el pañuelo en una pequeña fuente de la que fluía sin interrupción un chorro de agua fría; las gotas de agua, al caer sobre las placas ardientes de su lorica, siseaban y se evaporaban al instante. Humedeció el cuello de Imilce con el pañuelo, mientras la sujetaba por la espalda; ella seguía inconsciente, pero estaba seguro de que se recuperaría pronto, pues conocía los efectos de los golpes de calor; con un poco de agua y descanso, la esclava se reanimaría en pocos instantes. Una vez que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad observó detenidamente a Imilce, las gotas de agua y sudor que brillaban en su cuello, el peso, para él casi imperceptible, de su cuerpo sobre su brazo, y tuvo que hacer un esfuerzo titánico para contenerse y no hacer lo que deseaba en aquellos momentos: acercarla a él, rozar aquellos aquellos labios con los suyos, o acariciar su mejilla. No lo haría porque sabía que nunca la podría tener; lo había esperado, hasta que un par de horas antes la vio salir de los establos acalorada e intentando recogerse el pelo con una cinta. Pocos momentos después lo hizo un hombre; conocía demasiado bien la expresión de satisfacción dibujada en el rostro del desconocido como para que le pasase desapercibida. El hombre, atlético y apuesto, sonreía y con paso veloz desapareció por las escaleras de servicio del palacio. El tiempo a disposición en Roma era limitado; si no hubiese tenido que dejar la ciudad no se dejaría amedrentar por la presencia de un rival, pero recordó las palabras de Rapax: el turno de servicio en palacio era un paréntesis de tranquilidad; probablemente antes de las calendas de septiembre estaría marchando allí donde sus superiores lo ordenasen y, como siempre, que pudiese regresar a Roma o cuándo, no dependía más que de los dioses.

Quinto sacudió la cabeza, rechazando definitivamente aquella idea que, mientras hablaba con ella en el foro le pareció genial, y que ahora le resultaba absurda.

¡Imilce! ¿Cómo está? ¿Qué le ha pasado?” – preguntó Acte arrodillándose al lado de su amiga y del pretoriano.

No ha sido nada, sólo el calor. Asegúrate de que beba agua, e intenta estar con ella aquí a la sombra todo el tiempo que puedas.” – le dijo Quinto poniéndose el focale al cuello, húmedo y tibio del calor de Imilce. Mientras se colocaba el casco prosiguió. – Acte, no le digas que la he traído yo, díle que ha sido uno de los lictores ¿me haces este favor?

Acte asintió, mirando perpleja el rostro fuerte y amable del pretoriano, la nariz ancha y los grandes ojos negros que en aquellos momentos la miraban suplicantes. La esclava entendió que su amiga había llegado al corazón del rudo soldado.

Sí, claro, faltaría más.” – le contestó. Siguió con la mirada a Quinto, que desapareció por el vomitorio engullido por la luz externa, en el mismo momento en el que el público presente en el teatro de Pompeyo rompía en aplausos.

Sura estudió el tablero de juego que tenía delante de él; no se trataba de uno como tal, sino de toda una mesa, de brillante granito negro egipcio, sobre de la cual unas listas de oro puro formaban las sesenta y cuatro casillas que delimitaban el juego. Se apoyó en el respaldo de la silla para estudiar la jugada mientras saboreaba su bebida, nieve de alta montaña mezclada con zumo de limones y otras frutas. Graco era un hombre rico, tanto o más que los míticos Craso o Mecenas[19], pero nadie lo diría viéndolo. Su toga era inmaculada y el borde de un rojo intenso, pero lucía un sólo anillo en el dedo, su sello, con una piedra negra como el granito sobre el que ahora apoyaba la mano, y un simple brazalete de oro. Para el senador ser el hombre más rico del imperio no se traducía en la exhibición de joyas, sino en tener al alcance de la mano cosas imposibles, raras, únicas. Gozar de una fresca brisa en su domus mientras la ciudad se ahogaba de calor, bebidas hechas con nieve de montaña cuando no la había cientos de millas a la redonda, una biblioteca selecta y con títulos raros, a juzgar por las exclamaciones de sorpresa que provenían de la misma, por boca de ese poeta un tanto huraño, al que el senador había invitado a compartir la jornada en el teatro y a cenar.

El cónsul era consciente de que estaba jugando dos partidas a la vez con Graco; una, la que le estaba dejando ganar de manera discreta tras su último movimiento con el que había desprotegido una zona importante de su tablero. Sura podría hacerse, si el senador seguía con esa táctica, con una buena parte de sus piezas y ganar esta partida, la menos importante. La que lo preocupaba era la otra, en la que se jugaba el imperio; Sura tendría que descubrir cuales eran sus milites[20] y sus movimientos. Se había apoderado ya de uno, Rapax, pero estaba seguro de que habían muchos más¸ seguramente buena parte en el senado, quizás incluso alguno en la frontera del imperio, por ejemplo Osroes, el rey de los partos. Mientras tanto Sura tenía que proteger sus piezas. El emperador, en la retaguardia, estaba rodeado de su ejército y por el momento no estaba amenazado. Las piezas más expuestas estaban en la ciudad: Marco y su hijo, el único nieto vivo del emperador; Graco se había cobrado ya el segundo en Atenas. Dentro de pocos días alejaría de sus garras al hijo de Marco y la esclava, y al sobrino de Adriano, quedando ellos solos en Roma, protegidos por el anonimato. Sura había estudiado a la mujer discretamente cuando ésta acompañaba a Lucrecia; sin lugar a dudas el primogénito de Trajano había heredado su buen gusto con las mujeres. Es más, Imilce le recordaba mucho a Barsine, la madre de Rapax: morena de piel, abundantes cabellos rizados, no muy alta pero de formas sinuosas y perfectas. Sufrió un pequeño desmayo por el calor cuando asistían a la representación; un pretoriano se la llevó por unos momentos al interior del teatro para que se reanimase, y Lucrecia hizo un comentario sarcástico sobre el hecho de que el militar pareciese más pendiente de su esclava que de ella misma.

El senador carraspeó ligeramente, y Sura volvió a concentrarse en el juego.

Me había distraído” – contestó Sura moviendo pieza.

Imagino que tendréis muchas cosas de las que ocuparos, cónsul, entiendo que tengáis la cabeza en otro lado” – respondió Graco moviendo otro de sus milites que en este caso desprotegía la parte derecha de la formación. Sura miró a los ojos a su contrincante.

Graco, te agradezco tu intención” – dijo Sura señalando el tablero – pero no me gustan las victorias fáciles.

No quería ofenderos, sólo hacer que la jornada fuese más agradable.

Me bastan tus trucos imposibles” – contestó Sura alzando la copa que tenía a su lado – nieve en julio” – dijo bebiendo un pequeño trago.

Ningún truco, cónsul. Nada es imposible; tengo una finca en Reate, en un pequeño valle entre altas montañas. Basta recoger la nieve en invierno, almacenarla en unas grutas que hay en mi propiedad, excavadas en un particular tipo de roca muy poco porosa y lejos de los ríos subterráneos, de manera que la humedad sea mínima. Así, cuando quiero una bebida fría me basta que unos esclavos llenen una enorme tinaja con la nieve helada y partan apenas anochezca hacia Roma con un carro ligero cambiando los caballos en cada estación de posta. Tenéis en vuestra copa lo que queda de una tinaja que partió ayer por la noche de Reate.– respondió el senador esbozando una sonrisa ladina.

Todo ese trabajo, recorrer setenta y dos millas en menos de una jornada, emplear quien sabe cuántos esclavos y caballos por ésto.” – rebatió Sura alzando de nuevo la copa. – Sin tener en cuenta toda la nieve derretida y perdida por el camino.

Si quiero algo lo obtengo, no importa el precio y el esfuerzo, cónsul. Quería deleitar a mi huésped con una bebida fría, y lo he hecho.

Un tenue escalofrío recorrió la espina dorsal del cónsul, llegando hasta detrás de la nuca. Las palabras del senador produjeron en él la misma sensación del sonido del toque del bucinator[21] antes de la batalla, pues ambos sabían de qué se estaba hablando en realidad. Sura le indicó el tablero como señal de que rehaciese su jugada. El senador volvió a colocar el peón en la casilla que ocupaba anteriormente y se concentró en el estudio de las piezas.

¿Y esta brisa fresca? No me digas que has secuestrado a Borea[22] y lo tienes atado detrás de una cortina.” – continuó Sura mientras escudriñaba al senador.

También tiene su explicación. Cuando compré este terreno ordené al arquitecto que lo estudiase, con calma, durante todo un año, de manera que dispusiese los jardines, los patios y las habitaciones de modo que abriendo o cerrando determinadas puertas o ventanas se pudiesen crear corrientes que refrescasen toda la domus en verano. De todas maneras, dentro de poco hará demasiado calor incluso para soportarlo en esta casa; apenas arregle unos asuntos iré a Baiae.” – Graco movió pieza dejando claro a Sura que empezaba a jugar en serio. Dejaba siempre un hueco invitante en una de las alas de su formación, pero si Sura se abalanzaba sobre él le podría comer las piezas y podría lanzar un ataque frontal a las suyas.

Graco ¿hay algún rincón del imperio sin una domus de tu propiedad?

El senador se quedó pensativo durante unos instantes.

Sí, Britania. Odio el clima.

Los dos rieron con gusto y siguieron jugando. Una hora más tarde, cuando el esclavo personal del senador les informó que la cena estaba ya preparada y todos los invitados los estaban esperando, dejaron la partida sin terminar, en tablas. Ninguno de los dos podía ganar.

Graco había dispuesto una cena exquisita para sus invitados; como era habitual en él, la procesión de esclavos llevando bandejas rebosantes de deliciosos manjares no era infinita. El hecho de que Graco prefiriese la calidad a la cantidad le libraba muchas veces de tener que vérselas con los profesionales de los banquetes, aquellos seres cuya única ocupación durante el día era encontrar una invitación a cenar para llenar la barriga hasta la noche siguiente y llevarse las sobras envueltas en sus servilletas.

Aquella velada Sura y Lucrecia eran los invitados principales, por lo que ocupaban el triclinio central. En el lateral al lado de Lucrecia se encontraban Graco y la mujer de otro senador invitado, y en el triclinio opuesto, éste, Pomponia Rubiria, la esposa de Graco, y el poeta. Un hombre de unos cincuenta años, de pocas palabras, que picaba con desgana el contenido de los manjares dispuestos en la mesa central mientras miraba a los comensales con una mezcla de soberbia y desprecio.

Cuando casi todos los platos fueron servidos, Graco llamó la atención de los presentes.

Amigos, he preparado para nuestro querido Décimo Junio Juvenal, que a todas luces prefiere la compañía de los libros de mi biblioteca a la nuestra, un plato especial.

El senador batió las palmas y entró un esclavo llevando una gran bandeja humeante que colocó en la mesa central delante del poeta. Juvenal se encontró, cara a cara, con la mirada apagada de un enorme rodaballo.

Al ver el plato todos rieron de buena gana y aplaudieron; incluso Lucrecia que, a pesar de que acababa de llegar a Roma, conocía la historia del exilio del poeta en tiempos de Domiciano a causa de una de sus sátiras. Trataba sobre un rodaballo tan extraordinario que era digno de ser cocinado sólo para el emperador, por lo que toda la corte se reunía para deliberar sobre cómo debía ser cocinado tal prodigio de la naturaleza. En algo más de ciento cincuenta versos, el poeta hizo una crítica tan mordaz del emperador y de su corte, que tuvo que alejarse de Roma, “en tiempos del último Flavio que laceraba el mundo exánime”, para salvar su vida de la ira de Domiciano.

Juvenal se incorporó en el triclinio, mirando ora el pescado, ora Graco, en silencio. Los demás también callaron, expectantes, hasta que el poeta empezó a aplaudir y a reir.

Graco, por la musa Talía, sois el único que se ha atrevido a cocinarme un rodaballo desde que volví a Roma. Creo que por miedo a que acabasen en una de mis nuevas sátiras

¿Nos podéis anticipar el tema de la próxima?” – le preguntó Lucrecia.

El poeta se volvió y pareció mirarla por primera vez en toda la jornada; Lucrecia se había cambiado de túnica. Para la noche había elegido una azul oscura, hecha con una tela tan fina que podía distinguir sin mucho esfuerzo las aureolas de sus pezones. Llevaba el peinado recogido siguiendo la moda lanzada por la emperatriz, y las joyas eran las mismas que llevaba en el teatro. El espléndido cordón formado por doradas hojas de laurel brillaba en la incipiente penumbra.

Las mujeres: su soberbia, su crueldad y sus licenciosas costumbres.” – contestó Juvenal. Lucrecia sonrió, contenta por la ocasión que le brindaba el poeta.

Entiendo. Sois de los que echan de menos los tiempos de la ilustre antepasada del senador, Cornelia, madre de los Gracos. Los tiempos gloriosos de la vieja república en los que las mujeres eran virtuosas, se escondían en casa tejiendo, pariendo hijos, cuidando del fuego del hogar y cuyos maridos podían matarlas si habían bebido vino.” – Lucrecia levantó la copa que llevaba en la mano y bebió un pequeño sorbo. – Aquellos gloriosos tiempos en los que la mujer no podía participar en los banquetes más que en calidad de perrillo faldero pegado a la túnica de su amo, dueño y señor, sentada en un taburete, jamás tumbada en el triclinio.

Juvenal asintió.

No podría haberlo dicho mejor ni yo mismo, Lucrecia Domicia.

Ella observó al poeta, y mientras mordisqueaba distraídamente un dátil prosiguió.

Sólo puede haber un motivo detrás de tanta inquina, me gustaría saber por culpa de qué mujer nos tenéis a todas en tan baja consideración.

Juvenal apartó los dedos de la bandeja con el pescado y se limpió las manos con una servilleta. Su rostro seguía siendo tan hierático como al inicio de la velada, pero Lucrecia supo que su intuición era acertada, por lo que concluyó.

Lamento darle una noticia, Décimo Junio. Los tiempos han cambiado. Es más, lo único que han cambiado son las apariencias, siempre hemos estado ahí. Empezando por Cornelia, pasando por Livia, Agripina o Domicia Longina…

Al oir este último nombre Pomponia Rubiria se incorporó de inmediato en su triclinio.

¿Es verdad eso que dicen Lucrecia? ¿Qué vive aún en el palatino?

Así es, la he visto.

Entonces los rumores son ciertos: ¡está viva! ¿Y cómo fue vuestro encuentro?” – la mujer del senador no daba crédito a sus oídos y estaba ya redactando mentalmente las cartas que iba a mandar el día siguiente a sus veinte amigas más allegadas.

Interesante…” – sonrió Lucrecia – intentó sacarme un ojo con uno de mis alfileres de pelo.

¡Por Juno! Es verdad lo que se decía sobre ella ¡está loca!” – Pomponia y la cascada de fina seda con la que cubría su imponente mole no cabían en sí de la excitación. Lucrecia sabía que era imposible, pero la opulenta matrona parecía aún más gorda que cuando la vio por primera vez en palacio, cuatro noches atrás. De todas maneras, la envergadura de la mujer no le impedía moverse con gracia, como un hipopótamo dentro de las aguas del Nilo.

Lucrecia, me alegra ver que no logró su propósito.” – contestó Sura – ¿podemos saber cómo saliste del trance?

Por suerte una guardia pretoriana bloqueó su mano cuando estaba a punto de golpearme, de lo contrario no qué hubiese sido de mí… A fin de cuentas soy sólo una mujer ¿no?

Contestó Lucrecia, inclinando con gracia la cabeza delante del poeta. El senador Graco sonrió y le dirigió estas palabras a Lucrecia.

Curioso, hoy alguien se ha referido a con las mismas palabras.

¿Puedo saber quién?” – preguntó Lucrecia sonriendo divertida.

Obviamente alguien que no te conoce para nada, querida.

Quinto, tal y como le había ordenado Rapax, prestaba atención a cuanto sucedía en aquella velada, y no le pasó desapercibida la frase que acaba de pronunciar el senador. Sin embargo, la parte más interesante de su informe no sería la cena, sino la partida que jugaron a solas Sura y Graco antes de la misma. Aquella tarde, tras haber hecho la ronda alrededor de la domus con los lictores del cónsul para asegurarse de que no hubiera armas escondidas en los aledaños, entró en ella por una puerta de servicio. Permaneció a prudente distancia de los dos hombres, en el peristilo al cual asomaba el tablinum del dominus. No podía oir la conversación, pero advirtió la tensión en el rostro del cónsul y la fingida cortesía en el del senador, hasta que, tras una frase de éste, los dos rieron y continuaron el juego en el que estaban empeñados sin pronunciar más palabras.

El cónsul Sura se retiró antes de que terminase la velada que, sin embargo, no se alargó demasiado. La domina Lucrecia se excusó diciendo que estaba cansada, por lo que se dispusieron a dejar la domus del senador Graco apenas cayó la noche. Acte e Imilce suspiraron aliviadas al recibir la orden de prepararlo todo para el regreso a palacio. Imilce estaba agotada, apenas pudo descansar media hora en los oscuros pasillos del teatro de Pompeyo antes de volver a ocupar su puesto detrás de su señora. Había esperado que Quinto se hubiese interesado por su estado, pero el pretoriano siguió manteniéndose a distancia, tal como lo hiciera tras haberla librado por la mañana de aquel individuo en el foro. Le extrañó su actitud, aunque sabía que era mejor así; si el hombre hubiese querido transformar su interés en algo más concreto, supondría un problema tanto para ella como para Marco. No pudo sospechar que el pretoriano no la había perdido de vista durante todo el día, excepto cuando preparó a su domina antes de la cena, y que su aparente indiferencia era estudiada hasta el mínimo detalle. Quinto había tomado una decisión y por mucho que le costase no se iba a echar atrás; además, en aquellos momentos no podía permitirse el lujo de distraerse, ya tendría tiempo de pensar en la esclava hispánica una vez fuera de servicio.

No era una noche oscura, el cielo estaba iluminado por la luna apenas menguante y las estrellas resplandecían sobre las siete colinas de la urbe. En el Quirinal, a poca distancia del ingreso principal de la domus del senador Cneo Cornelio Graco, Rapax observaba la entrada esperando a Lucrecia, oculto entre las sombras. No encontró rastro del nuevo héroe del populacho en el trayecto desde el palatino, o al menos no en persona; sin embargo, el pueblo de Roma aclamaba su nombre. Para oir la voz de la ciudad no hacía falta aguzar el oído, sino pasear por un barrio popular como la Subura. Bastaba leer las pintadas en las paredes más o menos desconchadas de las ínsulas, para conocer de primera mano el humor de la ciudad: cuál era el gladiador preferido, el auriga mejor cotizado en las apuestas, el último cotilleo del barrio, qué prometía el próximo candidato a tribuno de la plebe en su propaganda electoral. Los graffitis en favor del águila habían llegado incluso hasta ese tranquilo barrio residencial; cerca de su hombro, en la pared en la que se había apoyado, una mano anónima advertía a los malintencionados que tuviesen cuidado con el águila. Rapax volvió a leer la pintada por enésima vez mientras esperaba que apareciesen Quinto y Cayo y sonrió al pensar que ningún graffiti había advertido al águila que estuviese atento a Rapax.

Por fin se abrió la pesada puerta de madera; Quinto y Cayo aparecieron y el centurión salió a su encuentro junto con un grupo de cuatro pretorianos. Acto seguido cruzó el umbral la litera de Lucrecia transportada por los seis porteadores, con sus dos esclavas detrás de la misma. Rapax dispuso a sus hombres y saludó a Quinto.

¿Novedades, Quinto?

Ninguna, señor. Todo está tranquilo.

También por aquí, todo tranquilo…” – contestó Rapax mientras observaba los alrededores y esperaba a que un par de esclavos encendiesen unas antorchas con las que iluminar en lo posible el camino de los porteadores – demasiado tranquilo. Por Júpiter ¿estáis esperando que Prometeo[23] os traiga la lumbre?” – dijo a los esclavos que aún no habían terminado su trabajo. En ese momento Lucrecia movió la cortina y se asomó para comprobar que sus oídos no le habían engañado. En lugar de saludarlo con una sonrisa le regaló un mohín y no se dignó a mirarle a los ojos mientras decía cerrando de nuevo la tela.

De buen humor como siempre, centurión. Descansa esta noche, lo necesitas.

Rapax ignoró la recomendación de Lucrecia. Como dijo a Quinto, en toda la noche, desde el trayecto del Palatino hasta la domus del senador, no se encontró con nada digno de mención. No dejaba de ser algo raro, pues no tomó el camino más directo, sino que dio un rodeo por la Subura para ver si podría encontrarse con el águila, o con alguna situación que hiciese necesaria la presencia del héroe. No se tropezó ni con uno ni con otra; quizás fuese demasiado pronto.

¡En marcha!” – ordenó. Había estudiado la manera más rápida de llegar al Palatino, atravesando la Subura hasta llegar a la puerta situada en el muro que la separaba del foro de Augusto, pero sabía que las estrechas callejuelas cerca de la misma, oscurecidas aún más por la sombra del alto muro, podrían ser el lugar ideal para una emboscada. Quizás fue por haberlo previsto con antelación que, cuando estaban a punto de doblar una esquina, no se sorprendió demasiado al ver el grupo de diez hombres que apareció de repente delante de ellos. Rapax prefería mil veces la acción a la duda, por lo que no pudo evitar sonreír cuando se los encontró de frente.

¡Emboscada! ¡Quinto, Cayo, Lucio, llevaos las mujeres a palacio!” – aulló el centurión más que gritó.

Sus hombres no pudieron obedecer enseguida sus órdenes, ya que tres de los agresores intentaban bloquear su huida. No fue tarea fácil, pero mientras Quinto y Lucio luchaban, Cayo ordenó a los aterrorizados porteadores y a las esclavas que lo siguieran, y se alejaron en dirección al foro. Rapax, mientras repartía golpes con su gladio, pudo ver que los asaltantes dejaban escapar la litera, a Acte e Imilce, por lo que suspiró aliviado al comprobar que no era Lucrecia el objetivo del asalto. En pocos instantes Quinto y Lucio eliminaron a los tres hombres que se les habían echado encima, cumplieron las órdenes de su centurión y se alejaron para alcanzar la litera y escoltarla con la mayor rapidez posible hasta el foro. Rapax paraba con rapidez los golpes que recibía de su adversario, aunque más que verlos los intuía por el sonido del arma de su contrincante; era prácticamente imposible ver nada, ya que los esclavos con las antorchas huyeron como si tuviesen a Cerbero mordiéndoles los talones. El centurión, al arremeter a su vez contra su agresor se dio cuenta de que el gladio había tocado carne; por fortuna los adversarios no llevaban corazas, por lo que empujó con fuerza hasta que la sangre de su enemigo le salpicó el brazo.

Retrocedió hasta llegar a una zona fuera de la sombra del muro, ligeramente iluminada por una antorcha encendida al lado de un altar cercano. Si tenía que luchar, prefería hacerlo con algo de luz; además, al retroceder se dio cuenta de que los malhechores se esforzaban en llegar hasta su posición. Sus hombres aguantaban, pero los agresores no eran unos simples salteadores de caminos, estaban bien preparados y eran capaces de luchar a la par con sus pretorianos, los soldados mejor preparados del imperio.

Otro asaltante cayó bajo el gladio de uno de sus hombres pero éste sucumbió acto seguido. Rapax estaba agotado, recogió la espada del caído y retrocedió un poco más, repartiendo golpes con ambos brazos; aunque se deshizo de otro enemigo se trataba siempre de una lucha impar, en ese momento de cinco contra dos. Rapax y el último de sus hombres, empuñando también dos espadas, iban retrocediendo poco a poco teniendo a distancia a sus enemigos con los brazos estirados. De repente, algo cayó sobre los agresores. No era algo, sino alguien. Un hombre armado en todo punto, cubierto por un caracallus que ocultaba sus facciones, dejó sin sentido a uno de ellos. Rapax y su pretoriano aprovecharon la sorpresa de sus presuntos verdugos para atacarlos con saña; el soldado a su lado cayó al mismo tiempo que uno de sus enemigos por lo que las fuerzas, gracias a la inesperada ayuda del que a todas luces era el águila del que hablaba toda la Subura, finalmente estaban parejas. Por poco tiempo pues, tal y como le dijo Graco, el hombre misterioso sabía luchar. Cuando finalmente todos sus enemigos yacieron muertos o inconscientes, Rapax aprovechó para tomar resuello y observar a su inesperado benefactor.

Había oído hablar de tí…” – dijo Rapax alejándose paulatinamente del águilaaunque creía que ayudabas sólo a gente indefensa…

No llevabas las de ganar, pretoriano. Esperé a intervenir hasta que que no habrías salido vivo de aquí” – contestó el hombre. Rapax seguía caminando, lentamente, orbitando alrededor del hombre encapuchado.

Vaya, gracias. ¿Puedo saber a quién le debo mi vida? ¿Quién eres?

Ya sabes cómo me llaman.

No, tu verdadero nombre.

Me llamo Nadie.

Rapax se detuvo y empezó a reir.

Ah entonces vienes de Troya y llevas veinte años surcando el Mare Nostrum buscando la ruta de vuelta a Itaca. Puede que lo seas, tienes un extraño acento al hablar, no estoy seguro si es griego o hispánico.

Los dos hombres permanecían quietos, uno de frente al otro. Marco respiraba profundamente, estudiando al oficial. Había seguido la litera de Lucrecia desde que dejó la villa en el Quirinal; al llegar a la zona de la Subura, prefirió observarles desde lo alto, siguiendo la comitiva pasando de un tejado a otro. Fue durante uno de esos saltos que perdió de vista al grupo. Pudo oir con claridad el ruido de la lucha y se apresuró a bajar a una terraza que estaba a un nivel inferior, por fortuna para ver que los asaltantes dejaban escapar a Lucrecia, Acte e Imilce. Tranquilizado sobre la seguridad de la esclava, sobretodo al ver que el oficial había mandado otros dos pretorianos como escolta, y que la litera ya había entrado en el foro de Augusto, siguió con atención la lucha sangrienta que se estaba llevando unos metros más abajo. El centurión tenía razón, en otras circunstancias no habría ayudado a ninguna guardia pretoriana, pero quería comprobar si el oficial era aquel Flavio Mesio Rufo, conocido como Rapax, el hombre que, estaba convencido de ello, había asesinado a su mujer. Marco observaba sobre todo las manos del centurión, intentando reconocer aquella que se había apoyado sobre su pupitre en el scriptorium. Pero había muy poca luz y no estaba seguro de que el pretoriano delante de él fuese el mismo que pudo ver de lejos, en palacio, cuando se escondió detrás de las estanterías de la biblioteca. Necesitaba alguna pista más.

Tienes buen oído.” – contestó Marco.

Gracias.” – respondió Rapax. Tiró uno de los dos gladios que aún empuñaba al suelo, se enjugó el sudor que le caía por la frente con el antebrazo y siguió hablando. – Bueno, señor Nadie, ya que no quieres decirme tu nombre, te diré el mío.

Rapax se acercaba lentamente hacia Marco, sopesando el gladio que aún empuñaba en la mano izquierda. No iba a desaprovechar la oportunidad que le estaba brindando la Fortuna; se sabía que era una diosa caprichosa, y probablemente no volvería a tener la ocasión de satisfacer la petición del senador Graco. Tenía que demostrar a ese patricio engreído que podría seguir confiando en él, por lo que, a pesar del cansancio, se acercó un poco más.

Me llamo Flavio Mesio Rufo, centurión de los speculatores augusti… y me han ordenado matarte.

Rapax intentó coger desprevenido a Marco golpeándole en el cuello antes de terminar de hablar, pero el hispánico reaccionó con prontitud pues nada más oirle pronunciar su nombre lo reconoció, a pesar de la penumbra. Saldaría cuentas con él allí mismo, a centenares de millas de distancia de otra calleja en la que todo empezó, de la simple lápida de mármol pentélico que acogía en el Kerameikos[24] los restos de Clelia y Eumenes. Sentía que cada golpe de su espada, cada movimiento, compensaba cada una de las lágrimas que no había podido derramar postrado ante esa lápida.

Fue una lucha de igual a igual; una de las arremetidas de Marco abrió una profunda herida en el brazo izquierdo de Rapax, pero éste pasó a empuñar la espada con el brazo derecho. A pesar de que había perdido sensibilidad en su mejor brazo, no le supuso una desventaja, pues sabía pelear casi igual de bien con el derecho. El fragor de las armas y el resuello de Marco y Rapax era el único sonido que se podía escuchar en las desiertas calles de la Subura, mudos testigos de un combate digno de héroes homéricos. A un cierto punto, aprovechándose del hecho de que el pretoriano estaba menos fresco, Marco lo acometió con una serie seguida de hendientes, a izquierda y derecha. Acorraló a Rapax contra una pared, los gladios cruzados, intendando desarmarlo y cortarle el cuello. El pretoriano, apoyada la espalda contra el muro, reunió todas las fuerzas que le quedaban, lanzó un grito animal y ayudándose con una pierna logró alejar un par de pasos a Marco y hacerle perder momentáneamente el equilibrio. En el preciso instante en que bajó la guardia para no caer, Rapax lo golpeó en la cabeza con la empuñadura de su gladio, dejándolo inconsciente en el suelo.

El pretoriano, con el brazo izquierdo inerte, se acercó a Marco. Había perdido el sentido y sería fácil terminar en ese momento con su vida, traspasándole el corazón con la punta de su espada. Llevado por la curiosidad se arrodilló y le quitó la capucha, pero no había luz suficiente para verle el rostro. Se acercó renqueando hasta una esquina, enfundó su gladio y cogió la antorcha de su soporte; dirigió el haz de luz directamente a la cara de su enemigo. No podía dar crédito a sus ojos, ese hombre… Se volvió a arrodillar para verlo más de cerca, le quitó del todo el caracallus y lo estudió detenidamente. ¿Era posible que fuese él? ¿El hombre de Atenas? ¿Su hermano? Era más musculoso, llevaba barba, pero estaba casi seguro de que era él. Dejó la antorcha en el suelo, a su lado, y le abrió los párpados. Los ojos eran oscuros, como los de… Marco, así le dijo Sura que se llamaba. Algo le llamó la atención, una línea más oscura bajo la barba; la tocó, una cicatriz le atravesaba el cuello. Él vio a Lisandro en Atenas pasar su daga bajo la barbilla de aquel hombre… no había dudas, era él. Sus ojos se posaron en el gladio que el hispánico empuñaba aún; lo cogió y estudió la empuñadura, un águila. La pieza de metal que unía la hoja a la empuñadura también estaba decorada con una serie de figuras repujadas en el hierro, dos grifos, una cenefa dorada y una figura englobada dentro de un círculo. Con gran esfuerzo logró mover su brazo izquierdo y ponerlo al lado de la espada que había apoyado sobre el pecho de Marco; estiró los dedos de la mano y lo que vio le quitó la respiración. Conocía bien la figura labrada en el gladio de su hermano: una cabeza de Medusa, idéntica a la que lucía en su sello.

Rapax se alejó del cuerpo exánime del hispánico, demasiado aturdido como para reflexionar sobre lo que había visto. Se podía oir el el ruido de una patrulla que se estaba aproximando, seguramente era Quinto a la cabeza de un grupo de pretorianos. Se acercó a Marco y cargó con él, tenía que llevárselo de allí lo antes posible, y esperó tener fuerzas suficientes para llevarlo hasta el único lugar que en ese momento le pareció seguro.

[1]              Habitación templada, de paso entre la del baño de agua caliente y el baño de agua fría

[2]              Los romanos dividían el día en 12 horas diurnas (a partir del alba) y 12 nocturnas. Tratándose en este momento de la narración del mese de julio (las “horas” diurnas en verano duran más que en invierno), la hora tercera puede equivaler sobre las 9 de la mañana.

[3]              El jugo de la raíz del silphium, laserpicium o lacrima Cyrenaica se usaba como contraceptivo, sea diluído o condensado en pastillas. Su uso fue tan masivo que era muy difícil de conseguir y acabó extinguiéndose ya en época romana.

[4]              chal

[5]              Momento que señalaba el fin del servicio en el ejército. Para los pretorianos eran 16 años, mientras que para los legionarios entre 20 y 25 (los auxiliares). En ese momento recibían un diploma y un premio en dinero o en tierras.

[6]              Pequeño tubo de hierro que calentándose se usaba para rizar los cabellos

[7]              El famoso incendio de Roma ocurrió durante el reinado de Nerón en el verano del 64 d.c.

[8]              Los “graffiti” con los que Saturnio ha embadurnado la Subura son SCELESTI, CAVETE AQUILAM (canallas, cuidado con el águila) y AQUILA SCELESTIS PUGNAT (el águila lucha contra los canallas)

[9]              Ropa interior, parecido a un tanga.

[10]            13 de agosto

[11]            Ofonio Tigelino, prefecto del pretorio desde el 62 al 68 d.c. durante el reinado de Nerón. Los últimos tres años compartió cargo con Cayo Ninfidio Sabino

[12]            costurera

[13]            Manto o túnica blanca que se ponía encima del vestido cuando se acudía a un banquete.

[14]            Comerciante de telas

[15]            Plaza porticada en el Campo Marcio, cerca del panteón de Agripa, en cuyos soportales se encontraban tiendas que vendían artículos de lujo.

[16]            Unidad de caballería formada por treinta jinetes

[17]            “Da mi basia mille, deinde centum, dein mille altera, dein secunda centum…” – poema de Catullo

[18]            Compañía teatral

[19]            Marco Licino Craso y Gayo Clinio Mecenas, dos de los personajes más ricos e influyentes de la historia del Imperio Romano

[20]            Piezas del juego llamado  “ludus latrunculorum”, o juego de los soldados.

[21]            trompeta

[22]            En la mitología greco-romana, el viento del norte

[23]            El titán Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos

[24]            Necrópolis de Atenas

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