Capítulo 6 – Cara a cara

6.1

Rapax cargó con el cuerpo de Marco, subiendo por las calles empinadas de la Subura, de regreso al Quirinal. Le costaría un buen rato llegar a su destino, le dolía la herida en el brazo, estaba cansado y el hombre que llevaba a cuestas era una carga pesada. Cuando ya no pudo distinguir a la patrulla dejó a Marco en el suelo. Le quitó el caracallus y se lo puso; el reflejo de las pocas antorchas que encontraría en su camino, y su uniforme, podrían llamar la atención. Se ató a la cintura las armas de Marco y volvió a cargar con él. Se dio cuenta de que se estaba aproximando a toda carrera una ronda de vigiles, de ahí a pocos instantes se daría de bruces con ellos. Dejó a Marco en el suelo apoyado a la pared de una popina, él se sentó a su lado cubriéndose con el caracallus, esperando que los soldados al pasar no se fijasen en ellos y los tomasen por lo que parecían, dos clientes de la taberna que estaban durmiendo la borrachera.

Intentó calmar su respiración, aguzando el oído. En esos momentos no podía hacer más que recobrar fuerzas y esperar; le volvían a la memoria las palabras del cónsul Sura: “El hombre que buscas está en Roma. Y es tu hermano. Sura tenía razón, el hombre que buscaba en Atenas estaba en Roma, por lo tanto podía ser verdad también que fuese su hermano. Tenían en común la Medusa, o Gorgona, la misma efigie aparecía en el gladio de Marco y en su anillo. ¿Por qué tenía un arma tan valiosa? Era un simple liberto, y él sólo había visto gladios de tal factura en manos de militares de alto rango, tribunos, generales. Mientras pensaba, cabizbajo, Rapax tocaba su anillo; la suya también era una pieza única, y era igual de extraño que alguien como él poseyera un sello de tal calidad. Su madre le dijo que era de su padre… ¿y si el gladio de Marco también lo era? ¿Quién era su padre?

Los vigiles se estaban acercando, podía ya distinguir la luz de sus antorchas. En esos momentos notó que Marco murmuraba algo, en breves instantes se despertaría.

¡Dioses!” – masculló Rapax. – “sigue durmiendo…hermano’” – y le volvió a dar un golpe en la cabeza. En el preciso instante en el que se volvió a acurrucar debajo del manto los soldados dieron la vuelta a la esquina. El centurión podía ver solo un pequeño espacio del empedrado de la calle, a su lado. Notó que los vigiles frenaban su paso, probablemente los estaban observando. En esos precisos instantes vio un pequeño reguero rojo deslizarse entre las piedras; era la sangre de su herida en el brazo. No lograba apartar los ojos del minúsculo hilo encarnado que bajaba lentamente; le parecía imposible que los soldados no lo vieran, en esos momentos, para él, esa pequeña corriente roja le parecía más caudalosa que el Tíber.

Son sólo dos borrachos. ¡Adelante!” – ordenó el jefe del grupo. Mientras los vigiles se alejaban Rapax suspiró. Esperó a que el callejón se sumiese de nuevo en la oscuridad y volvió a cargar con Marco. Tendría que hacer otra pausa apenas llegase a la cima de la colina. En ese punto se abrían espacios abiertos y domus lujosas, el trayecto desde ese punto hasta su destino lo tendría que hacer sin pararse y lo más rápidamente posible.

Dejó a Marco en el suelo y se sentó junto a él. Mientras intentaba poner orden a sus pensamientos, miraba al hispánico. Era probable que fuese su hermano, pero para él no era nada. Su única familia sería siempre Livia. Mientras se calmaba su respiración notó que una nueva sensación se adueñaba de él, y era la rabia. Durante toda su vida lo habían controlado, manipulado, sin que él fuese consciente de ello; su padre, fuese quien fuese, el cónsul Sura, el senador Graco. Se dio cuenta de que toda su existencia no era más que una gran patraña, que por mucho que se esforzase siempre había alguien detrás moviendo los hilos, decidiendo por él. Y era una sensación que no soportaba. Volvió a mirar al hombre inconsciente, el águila. Él también cobijaba su buena dosis de rabia; daban muestra de ello su propio cuerpo dolorido por los golpes recibidos, la herida que palpitaba en su brazo izquierdo. No sabía dónde se escondió tras el asalto en Atenas, pero sí qué hizo. Entrenarse, prepararse para una venganza que tuvo al alcance de su mano esa noche. Por Júpiter que le faltó poco para lograrlo, nunca había luchado contra nadie tan preparado. No sabía si Marco lo había reconocido como el asesino de su mujer en Atenas; probablemente sí, vista la saña con la que le atacó nada más pronunciar su nombre. Necesitaba respuestas. Se levantó, cargó de nuevo con Marco. Se despertaría dentro de poco tiempo, tenía que darse prisa.

Finalmente, sin saber de dónde había sacado fuerzas, llegó a las puertas de una lujosa domus. Dejó a Marco en el suelo, golpeó la puerta tres veces y se quitó el caracallus, para que fuese evidente al adormecido ostiarius que abrió que tenía delante a un pretoriano. No debía de tener un buen aspecto, pues el esclavo se negaba a dejarlo pasar. Se quitó el anillo y se lo dio al esclavo.

Enséñaselo a tu dominus. Dile que Rapax está aquí… con su… hermano.

Rapax se apoyó agotado al dintel, esperando. Mientras tanto Marco empezaba a moverse y a decir frases sin sentido. Si no se apresuraban a abrir esa maldita puerta lo tendría que golpear de nuevo, esperaba que se pudiesen encargar de él antes de que volviese en sí, probablemente no estaba informado del grado de parentela que le unía al asesino de su mujer y no quería ser él quien se lo dijese.

A pesar de que la puerta era de roble macizo enmarcada en bronce pudo oir los gritos que el dueño de la casa dirigía al ostiarius; cuando la puerta se abrió salieron dos esclavos que se encargaron de Marco, y un tercero que salió apresuradamente de la casa. El compungido portero le devolvió el anillo a Rapax.

Por aquí, por aquí” – llegaron hasta un pequeño triclinium[1] que daba a uno de los laterales del atrio, y pusieron a Marco sobre uno de los divanes. Otros esclavos encendieron lucernas y llevaron una jarra con agua y vasos; Rapax la arrebató de las manos del esclavo y bebió con ganas, estaba muerto de sed. Al poco tiempo el esclavo que había salido corriendo volvió con otra persona, un médico. Examinó a Marco, quien no dejaba de hablar, estaba delirando. El médico extrajo de la caja en la que llevaba sus instrumentos una pequeña ampolla con un líquido de color ámbar; echó unas gotas en un vaso de agua y con la ayuda de un esclavo que incorporó a Marco se la hizo beber. El efecto fue inmediato, dejó de mascullar y se quedó profundamente dormido, respirando regularmente.

En ese momento el médico se acercó a Rapax, estudió la herida, la limpió y se dispuso a coserla con hilo y una aguja.

Le dolerá un poco.” – dijo al pretoriano.

No es la primera vez que me cosen, haga su trabajo.” – contestó Rapax.

El centurión apretó la mandíbula y dejó que el galeno suturase la herida sin pronunciar palabra o lamentarse. No perdía de vista el atrio de la casa, esperando que apareciese su dueño. Lo hizo al mismo tiempo que recibía una visita, un hombre algo mayor que entró cojeando y que tenía todo el aspecto de ser un preceptor o un filósofo… ¡Un filósofo! ¡Atenas! Lo había visto allí, era un pariente de la mujer de Marco, el propietario de la academia en la que el hispánico daba clases. ¿Qué hacía en Roma? No lograba entender por qué esa escena le resultaba familiar; los dos hombres estaban hablando, y de repente se giraron para mirarle. Entonces se dio cuenta; los últimos días le habían venido a la memoria repetidas veces aquellos viejos recuerdos de niño, en Antioquía. Por una broma del azar, los dos hombres que lo miraban estaban en la misma posición en la que los recordaba. Habían pasado los años, los cabellos que en el griego antes eran rubios ahora eran blancos, el tiempo había dejado su huella en aquellos cuerpos que antes eran atléticos, pero estaba seguro. El hombre que acababa de entrar era el que recordaba con muletas; su interlocutor, que entonces era un oficial, llegó a ser cónsul y ahora era la mano derecha del emperador. Rapax cambió de expresión, por un momento relajó el ceño y la rabia dio paso a la incredulidad. No lograba entender qué sucedía, el motivo. Siempre la misma pregunta por qué, por qué. Qué tenían que ver esos hombres con él, por qué no supo nunca que tenía un hermano, por qué no le decían quién era en realidad.

El cónsul Sura impartió una orden a dos esclavos; entraron en el triclinium con unas parihuelas, pusieron encima a Marco y se lo llevaron. Se detuvieron luego al lado del cónsul y el otro hombre; éste observó al enfermo por unos instantes y asintió. Sura le puso una mano en el hombro y se despidió de él.

Mientras tanto, el médico le había vendado el brazo a Rapax y se fue tan silenciosamente como cuando llegó; se detuvo a hablar unos momentos con Sura a la entrada del triclinium.

El cónsul se sentó en el mismo diván en el que poco antes descansaba Marco; su rostro mostraba sincera preocupación, no quedaba rastro del severo superior con el que se encontró en el Castro Pretorio. Cogió la jarra de agua, llenó el vaso vacío del pretoriano y se sirvió.

¿Te duele mucho?” – le preguntó a Rapax señalándole el brazo vendado.

No más de lo habitual.” – contestó el pretoriano.

– “Cuéntame qué ha pasado.” – dijo el cónsul sin más preámbulos.

Fui con cuatro pretorianos a la domus del senador Graco para escoltar a Lucrecia Domicia de vuelta a palacio. Poco antes de salir de la Subura sufrimos una emboscada, diez hombres. Mi prioridad es la seguridad de la familia imperial por lo que ordené a tres de los míos que la escoltasen de regreso. Cuando las cosas se pusieron feas apareció él” – dijo señalando al triclinio, refiriéndose a Marco. – Quedamos solos. No lo había reconocido, la capucha del caracallus le tapaba el rostro. Tenía delante de al “águila” apenas unas horas después de que el senador Graco me ordenase quitarlo de la circulación. Lo sabíais ¿no? Que Marco, el hombre de Atenas, mi…hermano, era el águila.”

Lo sabía. Desde hace poco tiempo. ¿Qué te dijo Graco?

Que no convenía que un héroe ayudase al pueblo; él necesita que la plebe esté descontenta, y el águila le desbarata sus planes. Me sugirió que fuese yo en persona a escoltar a Lucrecia Domicia y así tendría ocasión de atravesar la Subura y podría toparme con él.Rapax reflexionó unos instantes; ya se dio cuenta de que quienes los habían atacado no eran unos simples ladrones, y que además dejaron escapar a Lucrecia. Una banda organizada podría querer secuestrarla para cobrar luego un rescate, la vida de un miembro de la familia imperial podía valer una fortuna. Sólo quedaba una explicación. – “Era un pretexto.

¿Un pretexto?

Esos hombres… no querían atentar contra la vida de Lucrecia, robarle o secuestrarla; apenas pudieron se desentendieron de ella. Venían a por mí. Graco me ha tendido una trampa.

El cónsul se llevó la mano a la barbilla; Graco podría haber sabido desde el principio quién era o quizás supo de la entrevista que tuvieron en el Castro Pretorio y optó por deshacerse de él ante la duda de que no le fuese completamente fiel.

Si es así tu hermana está en peligro, hay que sacarla de Antioquía lo antes posible.” – respondió.

Me encargaré de ello, partiré mañana mismo.

No, no. Es mejor que Graco vea que no cambias tus costumbres a pesar del asalto; los que os atacaron ¿están todos muertos?

Estaban llegando refuerzos cuando salí de allí, si no estan todos muertos, estarán a buen recaudo.

Asegúrate de que no queden testigos, puede que alguno te viese llevándote a Marco, es algo que Graco no tiene que saber en absoluto.

Si no puedo ir a por mi hermana quiero que lo haga mi mejor hombre, Quinto Terencio, confío plenamente en él.

El cónsul Sura asintió. Rapax se quedó pensativo, jugueteando con la copa que tenía en la mano, una pieza de cristal azulado, como la jarra y las otras copas que descansaban sobre una elegante mesita de madera de cedro. Abrió la boca un par de veces, como si estuviese a punto de hablar; calló, apretando las mandíbulas, mientras sus ojos se humedecían. Al final habló, suplicando al hombre que tenía delante de él con la mirada.

¿Quién es mi…? ¿Quién es nuestro padre?

No te lo puedo decir.

¿Tan insignificante soy para él?” – dijo Rapax en voz baja. –Nunca he echado de menos el tener un padre, me bastaba ver los de mis amigos en Antioquía para saber que hay veces que es mejor no tenerlo. Pero ahora quiero saberlo. ¿Quién es el hombre de la Medusa?” – le preguntó a Sura levantándose de repente. Llevaba aún las armas de Marco, extrajo el gladio con la mano derecha, poniendo delante de la mirada del cónsul las dos Gorgonas, la que lucía en su anillo y la labrada en el gladio. El cónsul se puso rígido. – Cónsul, no deberíais haber despertado mis recuerdos de infancia: tres hombres, militares. El hombre que se ha llevado a Marco, se llama Pausanias ¿verdad? Lo he visto en Atenas, en la Academia. Ahora lo recuerdo perfectamente, es uno de aquellos hombres, el de las muletas. Usted es el segundo, le he visto otras veces: cuando murió mi madre, y hablando con mi tío. Del tercero no puedo recordar más que la maldita Medusa, no logro ver más en mi mente, aunque me esfuerce…

Flavio, es mejor así.

Ya… ¿Mejor para o para él?” – respondió Rapax con rabia, sin percatarse de que Sura lo había llamado por su nombre de pila.

Para los dos. Por el momento. Vuelve a palacio, descansa.” – Rapax resopló recordando las palabras de Lucrecia.

¿Descansar? ¿Dormir?” – contestó Rapax moviéndose inquieto por la estancia con rápidas zancadas. – No quién soy, desde hace cuatro días no de quién es la vida que estoy viviendo: descubro que el senador que me ha ayudado a hacer carrera lo que quiere es derrocar al emperador, vengo a saber que uno de los hombres más influyentes de todo el imperio era uno de los fantasmas de mi niñez y que además tengo un hermano al que he intentado asesinar tras haber degollado a su mujer. Ah, y además he intentado asesinarlo dos veces pues en sus ratos libres se dedica a hacer de justiciero y, para terminar por donde he empezado, el senador lo quiere muerto. ¿Se me ha olvidado algo? ¿Y queréis que duerma?

Rapax se detuvo y pareció darse cuenta en aquellos instantes de que llevaba aún en la mano el gladio de Marco, lo sopesó en la mano, cerró la mandíbula, lo aferró y golpeó con todas sus fuerzas la mesita, rompiéndola por la mitad y volcando su contenido. La jarra y los vasos se desintegraron en mil pedazos, causando tal estruendo que varios esclavos llegaron corriendo, pero una mirada de Sura los detuvo antes de que entrasen a la sala.

Vuelve a palacio, Rapax. Mañana ven con Quinto Terencio al Castro Pretorio a la hora tercera[2], y hablaremos sobre cómo librar a Livia de las garras de Graco. La campaña definitiva contra Decébalo está a punto de empezar, y necesitaremos a los speculatores. Es inútil esperar más, vendréis conmigo, con vosotros como escolta no tendré que dar ese absurdo rodeo por Aquileia.

El cónsul advirtió que la expresión de Rapax se volvía sombría al hacer referencia al cuerpo de élite de la guardia pretoriana, y creyó adivinar el motivo.

Puede que el senador Graco te haya ayudado, según tus palabras, ahacer carrera, pero no te quepa duda de que eres el mejor speculator que haya visto nunca y que no hay nadie en todo el cuerpo que merezca sertricenariusmás que tú.– le dijo Sura a Rápax, poniéndole una mano sobre el hombro, al mismo tiempo que le quitaba el gladio y lo dejaba sobre el triclinio.

El cónsul apoyó la espada sobre el triclinio, al lado del caracallus de Marco que, con las prisas, había sido olvidado sobre el mismo. Sura recogió el manto, pensativo, y una luz le iluminó la mirada. Rapax, una vez desahogada su rabia, se había vuelto a sentar y estaba cabizbajo, sin mirar a Sura.

Graco quería que le entregases aláguila” ¿no?” – dijo Sura enseñándole la tela a Rapax.  – “Pues se lo vas a dar. Reúnete mañana con él a primera hora, dile que has cumplido con tu misión.

¿Y si no me cree?” – respondió el centurión.

Te creerá. Enséñale el caracallus ensangrentado, y un par cualquiera de armas. Si quiere ver el cuerpo no tendrás dificultad en conseguir un cadáver fresco y magullado, es algo que no falta en Roma. Puede que no te crea, pero lo acabará haciendo al ver que el “águila” ha desaparecido y ya no se deja ver por la Subura.

¿Y cómo piensa convencer a Marco?

No creo que me cueste demasiado esfuerzo, tiene algo más en que pensar ahora: la ornatrix de Lucrecia Domicia, es un viejo amor de juventud, tuvieron que separarse cuando vivían en Itálica, pero ahora se han vuelto a encontrar en Roma.

Rapax esbozó una sonrisa.

Es un buen motivo para que el águila no se deje ver más, sin lugar a dudas. Pero puede que aún le queden ganas de terminar lo que iba a hacer hoy. ¿Él sabe que somos…?

El pretoriano dejó la frase sin terminar.

No, no lo sabe. Me ocuparé también de eso.

Sura le dio el caracallus de Marco.

Ahora vete, llévate uno de mis caballos. Nos veremos mañana, una vez hayas pasado por la domus de Graco para darle la buena noticia.

Rapax asintió y salió del triclinium escoltado por un esclavo que lo acompañó a las cuadras. Lucio Licinio Sura lo siguió con la mirada y se quedó unos instantes más en la pequeña sala, viendo sin mirar, los fragmentos de madera y de cristal azul esparcidos por el suelo. Cogió el gladio que yacía sobre el diván, y lo observó con nostalgia. Hacía muchos años que no lo veía, veinte, para ser exactos. Durante el viaje de Itálica a Legio, cuando Trajano iba a tomar posesión de su cargo como legatus[3], Sura se dio cuenta de que su amigo ya no llevaba consigo la espada de la que no se había separado desde que lo conocía. No hacía falta preguntarle qué había hecho con ella, seguramente se la había dado a Marco, su primogénito, después de la manumissio. Sura movió la cabeza, pensativo, recordando aquellos momentos en los que se preguntaba por qué Trajano no se comportaba como cualquier otro patricio romano. Muchos tenían hijos con las esclavas de la familia: los más atentos los liberaban en su testamento junto con otros esclavos, la mayoría ni siquiera se preocupaban de ellos. Pero era Marcio Ulpio Trajano, y no era como los demás.

6.2.

El esclavo dormitaba en un pasillo, sentado en el suelo y apoyado en la pared; esperaba el regreso de su domina, para abrir la puerta que conducía a sus estancias, encender más lucernas o llamar a otros esclavos. Al fondo del corredor en penumbra un par de pretorianos estaban de guardia, inmóviles y atentos. Se despertó de repente; normalmente, bastaba el suave roce de las sandalias de su domina sobre el pavimento para hacerle abrir los ojos, por lo que el ruido de un grupo de pretorianos a paso rápido y las concitadas voces de Acte e Imilce le hicieron ponerse en pie con la rapidez de un dardo lanzado por una ballistae[4].

¡Acte, por Juno y por todos los dioses, cállate de una vez!” – gritó Lucrecia entrando por como una exhalación por las puertas que acababa de abrir el esclavo. Dos de los pretorianos quedaron de guardia en la entrada de las estancias, mientras que los demás regresaron por donde habían venido.

¡Ay, domina! ¡Ay que nos iban a matar! Pero por qué habremos dejado Itálica ¡ahí no pasaban estas cosas!

¡ACTE! Si el zarandeo que he soportado dentro de la litera transportada por esos brutos no me ha hecho vomitar toda la cena ¡lo acabarán haciendo tus gritos! ¡Cállate te he dicho!

La esclava se calló de inmediato, pero apenas lo hizo se puso a llorar desconsoladamente. Lucrecia la miró y comprendió que otra reprimenda aumentaría aún más si cabe el volumen de su llanto, así que le dijo en el tono de voz más suave que pudo.

¡Ya está bien! Ya ha pasado todo. Cálmate, quedate un rato aquí sentada hasta que estés más tranquila, Imilce me ayudará a desvestirme. Con el temblor de manos que tienes serías capaz de rasgarme la palla.”

Lucrecia entró en su cubiculum, se sentó delante de su tocador e Imilce empezó a desvestirla, quitándole primero el velo que llevaba sobre la cabeza sujetado con una diadema. Apoyó sobre la mesa los alfileres de pelo que adornaban el peinado con su señora y le preguntó.

Domina ¿no ha pasado miedo?” – . Bajó los ojos de inmediato al cruzar la mirada con la de su señora, reflejada en el espejo de bronce.

Que no lo haya demostrado no quiere decir que no lo sintiese, Imilce. ¿Cómo es esa frase que le dices siempre a tu hijo?Por mal que estés no lo dejes ver¿no? En este caso, lo que vale para un esclavo, vale para un patricio.

Imilce siguió con su trabajo, quitando horquillas, postizos y pinzas, ahuecando y cepillando el cabello de Lucrecia. Como siempre, la había sorprendido y no sabía qué decir; mientras tanto Lucrecia jugueteaba con uno de los adornos que le acababa de quitar.

Además, Imilce, seré…sólo una mujer, pero tengo un arma secreta.

Levantó el adorno que tenía entre las manos, un largo palillo negro rematado a cada lado, en la parte más alta, con dos figuras, una silueta masculina y una femenina, talladas en una extraña piedra verde clara, opaca. Los rostros de tales figuras eran singulares, de ojos rasgados y pómulos marcados, y vestían unas túnicas muy largas, de mangas anchas. Tanto el hombre como la mujer sujetaban una especie de esfera a la altura del pecho. Lucrecia cogió el bastoncillo con el pulgar y el índice, presionando al mismo tiempo los dos círculos; se oyó un chasquido casi imperceptible y el bastoncillo se abrió como la vaina de un fruto, por el que asomaba una cuchilla afiladísima, reluciente. Volvió a presionar las esferas y la hoja desapareció. Imilce había observado la escena paralizada, con la boca abierta.

Veo que estás sorprendida, Imilce. Como sabes me lo regaló Adriano, me lo hizo llegar antes de que partiésemos de Itálica.” – Lucrecia abrió una cajita lacada en negro, alargada, que tenía unos extraños símbolos blancos, hechos con madreperla, en la tapa. Era el estuche de tan sorprendente accesorio; Lucrecia levantó el fondo del mismo con un dedo, y sacó un pequeño papiro. – Lo que no sabes es que me mandó también una carta.

Lucrecia desenrolló el papiro y leyó en voz alta:

De Publio Elio Adriano a su hermana Lucrecia Domicia

Estoy seguro de que acabarás metiéndote en algún lío aquí en Roma, por lo que te mando este presente que podrá serte útil. Aprieta al mismo tiempo los dos círculos tallados en el regazo del hombre y la mujer, pero ten cuidado, asegúrate de que al hacerlo el tallo negro del bastoncillo no apunte hacia tí. Lo acabo de comprar a un mercader del Saepta Julia, el cual me ha asegurado que viene de la otra parte del mundo, de Xeres[5], y que es un objeto que perteneció a una ilustre señora emparentada con el emperador de esas tierras. Me ha contado, además, que quien le vendió la pieza se la dio a un precio irrisorio porque circulaban voces de que el objeto está hechizado y que toda mujer que lo use sufrirá increíbles penas de amor. No dudé en regalártelo porque ni ni yo damos crédito a tales supercherías, pero creo que es mejor que no se lo digas a esa esclava tuya, Acte. Sería capaz de tirarlo si lo supiera y yo me vería obligado a venderla para recuperar aunque sea una parte de lo que me costó pues, aunque el honesto fenicio que me lo vendió lo pagó poco, me lo ha revendido a un precio más que considerable.

Ave atque vale[6]tu hermano que te adora, Publio.

Lucrecia volvió a poner el pequeño papiro en su escondite y guardó la extraordinaria pieza en su estuche, sonriendo.

Por suerte no fue el alfiler que me quitó del pelo esa loca.

No, domina, no fue así. De todas maneras aunque lo hubiese sido, aquel pretoriano le bloqueó la mano ¿no?” – contestó Imilce recordando la conversación entre Lucrecia y la mujer del senador Graco que había escuchado durante la cena.

Lucrecia se quedó pensativa recordando aquella noche, y por instinto dirigió su mirada al arcón en el que había guardado de nuevo el pañuelo de Rapax.

Sí, así fue.” – respondió. Con un gesto de la mano hizo entender a su ornatrix que no quería que le cepillase más el pelo. Imilce, quiero saber si le ha pasado algo.” – no fue necesario que Lucrecia dijese a quién se refería, Imilce lo había entendido. – Avisadme cuando tengáis noticias suyas, no importa la hora. No hace falta que me ayudes a desvertirme, lo haré yo sola. Ahora vete, quiero estar sola… Ah, y cierra la puerta.

Sí, domina.” – cuando Imilce salió de la estancia, Lucrecia permaneció inmóvil, mirando fijamente a un punto indefinido de la misma, recordando la oscuridad, un grito, el choque de las armas, mientras notaba como crecía dentro de ella una oscura sensación de angustia y pérdida, que se esforzaba en ignorar.

Acte seguía sentada donde la habían dejado, estaba bebiendo un vaso de agua y se había tranquilizado, aunque cuando apoyó el vaso Imilce se dio cuenta de que aún le temblaban las manos.

¿Estás mejor, Acte?

Sí, sí, gracias. Pero vaya susto me he dado, ha sido horrible ¿verdad? Y sin embargo la domina impasible, hay veces que me pregunto si dentro del pecho tiene un corazón o un trozo de hielo.

Pues yo no estaría tan segura…” – contestó Imilce. Se acercó a su amiga y le dijo en voz baja – quiere que le demos noticias del pretoriano.

¿Qué pretoriano?

¡Acte!” – Imilce se dio cuenta sólo al verla sonreir que la esclava estaba bromeando. – “Como te decía, me ha pedido que la avisemos cuando sepamos algo de él ¡sea la hora que sea! Estaba pensando… podría buscar a Quinto, y preguntárselo ¿no?

Acte se puso en pie de inmediato para colocar en su sitio el taburete en el que se había sentado a descansar. Miró a Imilce muy seria, era evidente que ya no bromeaba.

No, Imilce. Déjalo en paz, no seas cruel.

¿Cruel? ¿Pero qué estás diciendo?” – le preguntó sorprendida y dolida.

Te digo que ese hombre está loco por ti y encima se te ocurre buscarlo por el palacio a estas horas de la noche, sola.

Pero… yo no creo que él sienta nada por…” – se calló al recordar sus palabras esa misma mañana en el foro. Acte no se dio cuenta de que Imilce se había callado, pues siguió hablando sin preocuparse de su amiga.

Te digo que él siente, y mucho. No fue uno de los lictores del cónsul Sura quien te llevó a la sombra en el teatro de Pompeyo, fue él. Y encima me pidió que te dijese que fue otro quien lo hizo. Siempre que estás cerca no aparta la mirada de ti, por mucho que lo disimule, ya te lo dije el otro día cuando salimos de Tibur. Te busca con los ojos, siempre.

Yo…

Tú, lo que tienes que hacer es evitarlo, Imilce.” – Acte se acercó a su amiga, suplicándole – Aléjate de él, es lo mejor. Sobretodo de día, con Marco que puede aparecer por cualquier lado. ¿Y si os ve juntos? ¿Qué puede pensar? Voy a buscar a Syrio, él se enterará cuando vuelve, o escuchará a los otros pretorianos y nos lo dirá enseguida.

Acte tenía razón, no había hecho más que darle voz a sus propios pensamientos. Sí, tenía que ignorar a ese hombre, por muy halagador que fuera saberse cortejada; Marco le contó lo que pensó de los jardineros que hablaron de ella y lo que costó contenerse y no callarlos de malas maneras. Sonrió recordando sus caricias, cómo se sentía cada vez que la tocaba, el suave tono de su voz cuando le susurraba palabras de amor al oído o cuando se le quebraba al narrarle cómo había perdido a su familia y los años de soledad. Sabía que no podía reprocharle el que se hubiese casado en Grecia, pero no pudo evitar sentir la punzada irracional de los celos cuando se lo contó. Ella no lo había olvidado nunca, pero él sí que lo hizo. Quizás a los hombres les resultase más fácil, como en la historia de Ulises que Marco le había contado hace muchísimos años, en Itálica. El héroe amaba a Penélope pero al mismo tiempo dividió el lecho de Circe y de Calipso; quizás para ellos contase más el “aquí y ahora” que lo inalcanzable. Ulises no sabía si volvería a ver a Penélope, Marco creía que no se encontraría nunca más con ella. Pero eso pertenecía al pasado, ahora Marco estaba muy cerca, en pocas horas habían compartido experiencias que no los separarían nunca jamás; sólo había que esperar a que acabase la guerra para que iniciasen una nueva vida juntos. ¿Estaría pensando en ella en aquellos momentos?

Lo estaba haciendo. Imilce formaba parte de una serie de figuras que aparecieron en la mente de Marco mientras estaba incosciente. Tras la lucha con Rapax, todo se volvió negro y vacío, como si estuviese inmovilizado en el fondo de un pozo oscuro en el que le llegaban voces a lo lejos… duerme, hermano… haga su trabajo… ¿es él? Sí, es Marco…intentaba abrir los ojos, gritar, decir que estaba ahí, pero no podía hacerse entender. De repente no oyó más las voces, todo era oscuridad y vacío hasta que empezó a percibir un olor, que recordaba bien. Lo envolvió la fragancia de las flores de ibisco, y acto seguido la oscuridad se volvió una luz cegadora, acababa de salir de la sombra de un peristilo y se encontraba en un jardín. Lo reconoció enseguida, estaba en uno de los patios de la domus  de sus señores en Itálica. A un lado se abría un triclinio; se acercó a él, pasando de la tierra del jardín al pavimento decorado con un moisaco hecho de teselas blancas y negras, que formaban una serie de figuras geométricas. Al observar sus pies se dio cuenta de que calzaba unas lujosas sandalias, y de que no iba vestido como lo había hecho siempre, con una túnica sencilla ceñida a la cintura, sino con una toga blanca, de lino fino de la India. Imilce lo esperaba tumbada en uno de los divanes, sonreía; ella también vestía una túnica blanca, inmaculada, como la de una vestal. Estaba bellísima, con el cabello recogido, sujetado por una diadema. En uno de los divanes laterales pudo distinguir a Lucrecia, que se inclinaba para susurrarle algo a un hombre que estaba tumbado de espaldas, probablemente alguien convaleciente por una enfermedad, o una herida, tal como lo demostraban un par de muletas apoyadas al respaldo. Marco sabía que lo que estaba viendo no era real, pero se abandonó a tal ficción, al calor del sol de su tierra, el trinar de los pájaros. Imilce extendió una mano, y lo llamó.

Bienvenido a casa” – le dijo mientras él le besaba delicadamente la mejilla.

¿Esta es nuestra casa?” – contestó, sorprendido.

Sí, una de ellas. Pero es tu favorita, donde naciste.” – le contestó. Marco se sentó a su lado y apoyó la cabeza en el regazo de Imilce, que le acariciaba el pelo. – Has llegado pronto, amor mío. Nos queda un largo viaje antes de llegar aquí.

¿Un viaje?” – contestó. Levantó la cabeza mirando a su mujer embelesado; nunca la había visto tan bella, tan satisfecha.

Sí. Largo y penoso para todos…” – Marco se giró, era Lucrecia quien había hablado. El hombre que estaba con ella seguía de espaldas, podía verle sólo el cabello, castaño, ondulado, pues el cuerpo permanecía oculto por uno de los brazos del diván. Mientras éste se incorporaba Marco advirtió una sensación extraña, una especie de vaivén; de repente todo se volvió oscuro como antes, no pudo ver la cara del hombre por pocos instantes, pero sí oirle terminar la frase que empezó Lucrecia …hermano.

El vaivén se convirtió en un zarandeo, el aroma de ibisco se mutó en el inconfundible olor a orines del cuartucho de sus vecinos, la oscuridad ya no era absoluta. Marco volvía poco a poco al mundo real, y al hacerlo, recordó por un instante el fuego verde de una mirada asesina y el sonido inconfundible de un gladio al ser desenvainado. El mismo instinto de supervivencia que lo salvó en las noches oscuras y solitarias del nido del águila, hizo mover su mano derecha como un resorte al notar que había alguien a su lado. La oscuridad de su inconsciencia se diluía al mismo tiempo que oía voces agitadas, pero su mano había aferrado carne, y seguía apretando mientras gritaba con todas sus fuerzas. Notó que se había caído al suelo, alguien iluminaba con una lucerna las entrañas destartaladas de su ínsula.

¡Dominus! ¡Dominus, suéltelo! ¡Lo está ahogando, suéltelo!” – imploraba Saturnio mientras aferraba los brazos de Marco en el vano intento de que éste soltase el cuello de uno de los esclavos que lo habían traído desde la domus del cónsul Sura.

Marco pareció volver en sí y miró a su alrededor, soltando el cuello del pobre esclavo que de cuclillas intentaba tomar resuello y respirar. Intentó levantarse, pero se sentía mareado, la cabeza le dolía terriblemente y estaba aún desorientado. Pausanias se acercó con el segundo de los porteadores, y acompañaron a Marco hasta su cama. Éste se echó en ella, y recordó de repente.

¡Pausanias, el pretoriano! Otra vez él ¡Intentó matarme de nuevo!” – exclamó Marco mientras se incorporaba. El griego lo sujetó por los hombros y lo obligó a tumbarse. El hispánico miró preocupado a la puerta de su habitación en la que se encontraban aún los dos esclavos que lo habían traído, uno de ellos lucía en su cuello las abrasiones provocadas por sus manos e intentaba respirar con regularidad. Pausanias entendió el motivo de su mirada.

No te preocupes, son de confianza. Y mudos como una pared, son un botín de guerra de su amo.

Pausanias, me faltó poco, lo tenía a mi merced. Me dijo su nombre, era él, Rapax, dijo que tenía órdenes de matarme.

Marco, tranquilo. Es un pretoriano, y tenía delante de el águila. Te tapaba el caracallus, no te había reconocido y por eso te atacó.

¿Reconocerme?” – Marco volvió a sentarse sobre el catre, esta vez se incorporó con tanta velocidad que tuvo que llevarse las manos a la cabeza por el dolor. – ¿Qué has querido decir? ¿Si me reconociese? ¿Qué más daba? Intentó matarme en Atenas, no habría hecho más que terminar lo que empezó hace cinco años.

Las cosas han cambiado. Y sigues vivo…” – respondió hierático el griego.

¿Qué ha cambiado? Pausanias… ¿quién es ese hombre?” – Marco suplicaba a su mentor con la mirada, no sabía cómo podría reaccionar si le dijese la verdad, o al menos, aquella pequeña parte que podía contar sin traicionar al emperador. Por fortuna, el médico que lo atendió en casa de Sura le había dado el frasco que contenía el resto del narcótico que le había suministrado anteriormente.

Lo sabrás, a su debido tiempo. Ahora bébete esto, te hará descansar. Has sufrido una fuerte conmoción cerebral, tienes que estar quieto y dormir.” – dijo Pausanias mientras sacaba el frasco de una bolsita que llevaba colgada al cinturón.

¡No quiero! ¡Contéstame Pausanias! ¡Qué tiene que ver conmigo ese hombre!” – Marco intentó quitarle el frasco a Pausanias, pero este bloqueó su mano con una velocidad y una fuerza inaudita en un hombre de su edad. El griego se giró e hizo un gesto a los dos esclavos y a Saturnio, que no se había perdido un detalle de la conversación.

¡Sujetadlo!” – ordenó el griego. – ¡Tú, bloquéale las piernas! ¡Saturnio! ¡La cabeza! ¡Sujétale la cabeza!

El forcejeo duró un buen rato, Marco se batió como un animal herido, intentaba librarse con todas sus fuerzas. Consiguieron que no se moviese, pero continuaba girando la cabeza de un lado a otro sin abrir los labios, hasta que Saturnio, sin demasiada delicadeza, le tapó la nariz de manera que al abrir la boca para respirar Pausanias pudo verter el contenido del frasco en la boca. Marco tosió repetidas veces, parecía que se estaba ahogando, pero dejó de moverse al poco tiempo, finalmente se había quedado dormido.

Pausanias asintió levemente, y todos soltaron a Marco. Saturnio se sentó a los pies de la cama, resoplando por el esfuerzo. Los dos esclavos recogieron las parihuleas con las que habían traído a Marco y los dejaron solos. El pequeño hispánico se quedó mirando al griego que seguía sentado en al borde del catre, con la cabeza agachada, los codos apoyados sobre las rodillas y las manos en la frente, reflexionando. A los pocos instantes levantó la mirada, pues Saturnio estaba llamando su atención dándole golpecitos en las piernas. El hombrecillo abrió los brazos.

¿Y bien? ¿Puedo saber qué está pasando aquí o no?

Pausanias sonrió.

No, no puedes. Aunque te enterarás dentro de poco, probablemente.” – el griego se levantó de la cama, suspirando. – Dormirá hasta bien entrada la mañana, no lo despiertes. Si las cosas van como imagino, mañana querrá hacer otra de sus incursiones nocturnas. No lo detengas, déjalo salir.

Saturnio entendió que era inútil hacerle más preguntas a ese extraño hombre de cabellos blancos. Además, pocos hombres, incluso más jóvenes, habrían podido detener la mano de Marco con la rapidez y la fuerza con la que lo hizo el griego pocos momentos antes. Recordó las palabras del mismo en el patio y supo que no lo había engañado cuando le dijo que podía hacerle daño si quisiese, por lo que optó por callar. Pausanias salió de la habitación cerrando la puerta, no sin antes decir en voz muy baja.

Estoy viejo ya para estas cosas.

Unas horas más tarde, una domus en el Quirinal.

Dígales que se vayan.

El senador Graco abrió los ojos de repente al oir esa voz. Algunas lucernas no se habían apagado aún y al abrir los ojos, vio a su lado las siluetas al contraluz de las dos jóvenes esclavas que había llamado la noche anterior para entretenerlo. Pensó por un momento que había imaginado aquella voz, pero al girarse para seguir durmiendo vio a un hombre a los pies de su cama. No pudo dar crédito a sus ojos cuando, al acercarse más el hombre, vio que se trataba de Rapax, el centurión. Éste volvió a repetir, con voz más alta.

Que se vayan.” – las dos muchachas se despertaron al unísono, empujadas por el senador. Se fueron sin hacer ruido, recogieron sus túnicas que yacían a los pies del lujoso lecho de su dominus y salieron.

Graco se levantó de la cama y se vistió, despacio. Sabía de qué era capaz el soldado que tenía delante de sí y que si sus intenciones eran matarlo, lo habría hecho mientras dormía.

¿Cómo has entrado aquí?

Soy un speculator, es mi trabajo. Podría decirle que no ha sido fácil, senador, pero mentiría. Sus guardias germanos dieron buena cuenta del vino que sobró del banquete de la pasada noche y duermen profundamente. Le sugeriría que cambiase de guardaespaldas, ya sabe lo que pasa con estos bárbaros, se acostumbran rápidamente a los lujos de la urbe, y prefieren un buen Falerno sin diluir a su cervesia[7], que seguramente ahora les parecerá atractiva como un vaso de orines.

Graco encendió varias lucernas y no se sorprendió al ver el aspecto de Rapax: sucio, con un par de hematomas en la cara y el brazo izquierdo vendado. Llevaba un bulto bajo el brazo, que dejó caer a los pies del patricio. Se trataba de un caracallus ensangrentado, un gladio y un par de pugios[8].

Eláguilaya no será un problema, senador.” – dijo Rapax. Graco se puso de cuclillas para examinar el manto y las armas. Se levantó satisfecho y se dirigió a una mesita para servirse un poco de agua.

¿Cómo ha sido?

Lo ha matado su sentido de la justicia…” – contestó Rapax. Estaba convencido de que el senador era el el que había dado la orden del ataque. Había examinado con Quinto los cuerpos de los asaltantes que eran sin lugar a dudas ex legionarios, probablemente expulsados del ejército, vista su edad, por lo que decidió que era inútil no mencionar, aunque de forma indirecta, el incidente de la Subura.

Graco intuyó a qué se refería el soldado. No esperaba volver a verlo, algo había salido mal y era muy probable que si Rapax seguía vivo era porque alguien le había ayudado a defenderse de sus hombres; el hecho de que hubiese sido el águila no dejaba de ser algo irónico.

y mis pocos escrúpulos. No podía dejar pasar la ocasión de cumplir con sus órdenes, senador.” – terminó Rapax.

Se acercó con rapidez a Graco, que no pudo evitar retroceder dos pasos, perdiendo su sangre fría. Rapax sonrió al pasar a su lado y se sirvió a su vez un vaso de agua. Apuró el contenido del mismo, y sin apartar los ojos del senador, dejó la copa sobre la mesita, lo miró fijamente unos instantes más y salió de la habitación, dejando a un Graco pensativo. Se había dado cuenta de que había perdido el control sobre el centurión, algo había cambiado desde que hablaron en el Aula Regia, unos días antes. El senador recogió el caracallus del suelo; una pieza ordinaria, sucia, agujereada en varios puntos y manchada de sangre. Había llegado el momento, no había más tiempo que perder, tenía que poner su plan en marcha.

6.3

Rapax cerró los ojos mientras el esclavo lo masajeaba. Le dolía todo el cuerpo y notaba los músculos agarrotados tras la lucha y los golpes recibidos la pasada noche. El esclavo, sin querer, le rozó la herida del brazo y Rapax cerró la mandíbula ahogando un grito de dolor y las ganas de descargar su frustración en el hombre que, aterrorizado, continuaba con el masaje temiendo que el oficial le recriminase su torpeza. Sin embargo, prefirió ignorar a ambos, al esclavo y al dolor, alejándolos con un movimiento de la mano. Se levantó del banco de mármol sobre el que estaba tumbado y se metió en la piscina de agua caliente. Era una fortuna que en el palacio imperial hubiese unas pequeñas termas a disposición de la guardia pretoriana en pleno funcionamiento a cualquier hora del día; si él fuese aún un simple legionario envidiaría eso, y no la porción diaria de carne. Se sumergió, aguantando la respiración, notando el latir de su corazón, su pulso, el murmullo lejano del agua que alimentaba la piscina. Cuando sacó la cabeza para respirar vio que Quinto estaba entrando en esos momentos; tenía que hablar con él antes de ir al Castro Pretorio para verse con el cónsul Sura y le había dado cita en las termas. Quinto se percató de la mueca de dolor dibujada en el rostro de su superior cuando éste apoyó los brazos en el borde de la piscina.

¿Cómo va la herida?

Duele como si tuviese un perro rabioso colgando del brazo, por lo que imagino que va bien. ¿Te has encargado de los prisioneros?

señor. Ya no hay testigos.

¿Qué has averiguado sobre ellos?

Los dos que quedaban vivos no estaban en condiciones de hablar, pero no ha hecho falta interrogarles. quiénes eran. Britanos. Formaban parte del cuerpo de auxiliares en mi legión en Britania, la IX Legio Hispana.

No sabía que se hubiese ya creado un cuerpo de auxiliares britanos. A pesar de los años pasados tras la revuelta de Boudica[9], y la victoria sucesiva de Claudio, existen aún reticencias para formar un cuerpo completo de soldados nativos.

Así es, pero este grupo formaba parte de un… llamémosloexperimentopor parte de nuestro prefecto del campamento en Eburacum[10]. Se reveló una decisión desastrosa.

¿Por qué lo hizo?

Fue todo obra del cabecilla del grupo, él convenció al prefecto. Un medio romano, hijo de un tribuno retirado que se quedó en el país y tenía como concubina una mujer de la tribu de los Brigantes[11]. Puede ser muy persuasivo si se lo propone; es muy inteligente, habla latín sin acento alguno. Es como si dos personas diferentes viviesen en el mismo cuerpo. Por la mañana, en el campamento con los suyos era Drachir el britano, con el cuerpo pintado, adornado con amuletos y con una piel de oso sobre los hombros. Por la tarde, al salir del pretorio[12] tras la reunión cotidiana de los mandos, con su uniforme impecable, la lorica perfectamente bruñida, la cara limpia de tatuajes, era Furio Vipsanio.

Rapax alzó la cabeza del borde de la piscina y miró a Quinto incrédulo.

¿Es el hijo de Sexto Vipsanio?” – recordaba el nombre del tribuno. No eran muchos los oficiales que decidían quedarse en Britania tras la honesta missio y aunque habían pasado casi treinta años desde que dejó el servicio, aún se hablaba de él cuando Rapax entró a formar parte del ejército. El hecho de que un tribuno, pater familias de una de las familias más prestigiosas de la Urbe hubiese renunciado a todo, a un puesto en el senado, a una lujosa domus en el Celio por una modesta residencia en Ratae[13] y cediese las derechos derivados de la primogenitura a su hermano con tal de quedarse en una tierra inhóspita y sombría, podía definirse como algo extraordinario. Rapax se sintió incómodo al escuchar la descripción que Quinto había hecho del tal Drachir, o Furio Vipsanio. Una persona con dos caras… como el dios Jano que usaba Graco para sus mensajes cifrados.

Hablas de él en presente. ¿No estaba con sus hombres?

Quinto negó con un leve movimiento de su cabeza.

Cuéntame con detalle que pasó en Eburacum.

Como le he dicho, no hubo problemas al principio. No es una zona tranquila, estábamos acostumbrados a ataques esporádicos de las tribus más rebeldes, pero al poco tiempo de la llegada de los britanos al campamento los incidentes aumentaron, y cambiaron de tipología. Ya no se trataba de escaramuzas sin una lógica, ataques casuales a patrullas, sino que empezaron a asaltar a los grupos de transporte. Una vez incluso robaron el carro con la paga de seis meses. Mientras tanto iban surgiendo problemas de disciplina entre los britanos y el resto de los auxiliares germanos, desaparecieron unos gladios de la armería, la situación se iba haciendo insostenible. Para todo el mundo, menos para nuestro prefecto. Yo no me fiaba de Drachir y los suyos, es más, estaba convencido de que tenían mucho que esconder, pero no tenía pruebas.

Un día un grupo de pictos atacó el convoy del grano; era algo extraño, nunca se les había visto tan al sur y necesitábamos desesperadamente ese suministro, pues las cosechas habían sido desastrosas ya que las lluvias torrenciales las habían dañado. Así pues, tras sufrir ese ataque no lo perdí de vista. Una mañana se alejó del campamento, se subió a su caballo y se fue solo hacia el bosque. Lo seguí, aunque estuve a punto de perderlo. Al llegar a un claro desmontó y se sentó a la sombra de un roble. Estaba esperando a alguien y para engañar el tiempo cantaba en voz baja una canción. Al poco tiempo llegaron un grupo de pictos a caballo, se abrazaron y conversaron durante unos minutos. No pude entender qué decían, estaban demasiado lejos y no más que pocas palabras en su lengua. Drachir se alejó un instante y desató un bulto que llevaba atado a la grupa del animal, entregando su contenido a los pictos. Eran algunos gladios y les dio también una bolsa que probablemente contenía dinero. Como pensaba, el asalto al convoy del grano no fue una casualidad, seguramente era un encargo de Drachir y las armas y el dinero, además de cuanto habían robado, eran su pago.

Tenía que denunciarlo a mis superiores; por fortuna el prefecto había partido aquella mañana. Difícilmente me habría creído debido a su amistad con Drachir, por lo que pude hablar con el tribuno que se había quedado al mando. Éste no dudó un instante de mis palabras, pues él mismo desconfiaba de los britanos. Por la noche entramos por sorpresa en sus tiendas, para buscar alguna prueba que los delatase. Los dioses nos ayudaron pues sólo uno de ellos fue tan inconsciente como para guardar algunos objetos robados y dinero en su tienda. Fue lo último que hizo, ya que Drachir, hecho una furia, se abalanzó sobre él antes de que pudiésemos detenerlo y lo degolló por su torpeza. Cuando todos fueron apresados, el tribuno dijo que mi testimonio sobre el encuentro con los pictos en el bosque, junto con lo que habíamos encontrado bastaba para ajusticiarlos. Cuando se los estaban llevando Drachir se detuvo delante de mí. Me miró con sus ojos fríos, azules, del color de un lago de montaña durante el deshielo.Romano ¿rezas a menudo a tus dioses?’ – me dijo con un latín más puro que el mío – ‘Pídeles que no vuelva a encontrarte en mi camino’. Aquella noche se escaparon del calabozo en el que estaban encerrados. Desaparecieron sin dejar rastro. Hasta hoy.

Rapax se quedó pensativo, estudiando el reflejo del agua en la bóveda azul pálido del calidarium. Como sospechaba, habían sido atacados por un grupo de mercenarios, y de los mejores. De repente tuvo una intuición.

Quinto ¿cuando pasó lo de Eburacum?

Hace poco más de cinco años” – contestó el pretoriano.

Cinco años, el mismo tiempo que había pasado desde que Cneo Cornelio Graco apareció en su vida. Recordó un detalle de la primera vez que lo vio en Antioquía, y que entonces le había llamado la atención: no paraba de toser a pesar de que aquella primavera fuese particularmente cálida. Entonces le vino a la memoria una frase que dijo el senador tras un ataque violento de tos. Por mucho que intente olvidarme de la Britania mis pulmones no hacen más que acordarse de ella. Maldito clima.

No, no era una casualidad. Graco llevaba muchos años preparando su partida para apropiarse del imperio, juego que pensaba ganar moviendo sus piezas por los cuatro puntos cardinales de su geografía, desde Britania hasta Antioquía y quién sabe dónde. Rapax sonrió al recordar lo que le contó Quinto sobre la conversación entre el senador y el cónsul Sura la tarde anterior, y qué estaban haciendo: jugando al ludus ladrunculorum. Graco era un hombre paciente, discreto, pero al mismo tiempo seguro de sí, podría decirse que incluso descarado. Estaba demasiado seguro de sí mismo, iba dejando demasiadas pistas por su camino, no se preocupaba demasiado en ocultar sus piezas.

Rapax salió de la piscina, seguido por Quinto. Le pasó un lienzo para secarse mientras él hacía lo mismo con otro.

La situación es delicada, Quinto. Hoy mismo saldrás para cumplir una misión muy importante, hablaremos sobre los detalles de la misma con el cónsul Sura en el Castro Pretorio. Tienes que ir a Antioquía, lo antes posible. Irás hasta una villa rústica cinco millas fuera de la ciudad, tienes que sacar de ella a una mujer. A mi hermana Livia. Si han intentado acabar conmigo también lo querrán hacer con ella.

Quinto no daba crédito a lo que oía.

¿Qué pueden tener contra una mujer?

Lo mismo que tienen contra mí; alguien la está usando para chantajearme, pero no logro entender el motivo. Intentaré averiguarlo en el camino a Dobretae. Los speculatores augusti partimos con el cónsul Sura para formar parte de la campaña contra los Dacios, lo antes posible.

Rapax notó un gesto casi imperceptible de decepción en el rostro de Quinto. Habían hablado en ocasiones anteriores de lo que les hubiese gustado formar parte de la batalla definitiva que derrotase a Decébalo.

No te preocupes, llegarás a tiempo de ver caer las murallas de Sarmizegetusa Regia[14]. La tienes que poner a salvo, ella es…” – se detuvo un momento antes de continuar – es mi única familia, Quinto.

Salieron del calidarium y se dirigieron al vestuario. Se cambiaron en silencio, cada uno sumido en los propios pensamientos.

Señor… ¿por qué yo?

Porque me fío de ti, Quinto. Me fío sólo de ti.le contestó poniéndole los brazos sobre los hombros. – “Vamos, el cónsul nos espera.

Saturnio cabeceaba, sentado en el suelo del viejo palomar. Se había propuesto no perder de vista a su señor un solo instante desde que lo trajeron de madrugada, y así fue. O por lo menos así creía. Estaba tan cansado que no estaba seguro si la mañana anterior vio a Ifigenia de verdad o lo había soñado. Durante todo el día no abrió boca en la taberna de Cyprianus mientras limpiaba las mesas o estaba ocupado en otros quehaceres. No se dio ni siquiera cuenta de las miradas inquisitivas que mandaba el tabernero a su mujer mientras ésta se encogía de hombros. Saturnio no podía quitarse de la cabeza a la mujer de pelo rojo como el fuego; tenía que volver a verla, pero no así, no podía presentarse delante de ella como lo que era. Tampoco podía pedir ayuda a su amo, de liberto de los Ulpios no tenía más que el nombre, y si algo faltaba en casa eran sestercios con los que poder comprarse, aunque fuese por pocas horas, el aspecto de un hombre libre. Al final, el cansancio venció sobre su fuerza de voluntad y Saturnio se quedó dormido, roncando tan fuerte que acabó sacando a Marco de su sopor. Le dolía la cabeza y tardó bastante en poder incorporarse. Al principio no estaba muy seguro de qué había pasado la noche anterior; luego se acordó del asalto sufrido por la domina de Imilce y los pretorianos, ellas que lograban escapar… y Rapax. Como siempre, Pausanias no contestó a sus preguntas cuando se despertó en casa llevado por aquellos dos esclavos. Estaba harto de preguntas sin respuesta, las iba a obtener costase lo que costase.

Abrió el arcón, pero vio que el gladio y el caracallus no estaban dentro. Miró debajo de la cama, rebuscó por la habitación, pero no los encontraba. Probablemente se los había llevado el pretoriano. Masculló una maldición y dio un puntapié a un pequeño taburete que salió despedido hasta la cabeza de Saturnio; el hombre se despertó de repente.

¡Dominus! ¿Qué hace en pie? ¡Tiene que guardar cama!

No, Saturnio, voy a salir.” – Marco se cambió de túnica, contrariado por haber perdido su gladio; se prometió recuperarlo pronto y mientras se ataba las sandalias, pensaba dónde podría encontrar las armas para aquella noche. Se asomó por el pequeño ventanuco que daba a la calle – La hora sexta[15], tengo que darme prisa si quiero encontrarlo en palacio.

Saturnio se había levantado y se tocaba la frente, en la que le estaba creciendo un buen chichón.

¿Encontrar a quién?

A Rapax, el pretoriano.

¿Pero no ha tenido bastante? ¡Si lo poco que pudo decir ayer por la noche es que había sido él quien lo redujo a esas condiciones!

Pero no me mató. ¿No te parece raro? Hace cinco años me quiere matar y ayer no lo hace. Imagino que fue él quien me llevó al lugar de donde venían los esclavos que me trajeron esta madrugada.

¡Yo de do…!” – Saturnio se tapó la boca con las manos. Si el griego no se lo djo probablemente era porque no tenía que saberlo, pero él había reconocido al esclavo que su dominus intentó estrangular cuando estaba aún medio inconsciente. Marco clavó su mirada en la del hombre. Éste siempre se preguntaba, desde que lo había conocido, cuál era la extraña magia que usaba el liberto para que de repente, a su voluntad, esos ojos pardos le pudiesen provocar tal terror.

¿Qué esperas? Dime de quién son esos dos esclavos.

Pues estaba yo un día en el foro, tan tranquilo, cuando de repente pasó una litera a toda velocidad y…

¡SATURNIO!” – gritó Marco levantándose de repente. – Te voy a procurar otro chichón que haga juego con el que tienes ya. ¡Habla!

Pertenecen a la casa del cónsul Lucio Licinio Sura” – contestó a toda velocidad.

Marco se quedó de pie en medio de la habitación sin bajar el dedo con el que estaba amenazando a Saturnio.

¿Sura? ¿Por qué iba Rapax a llevarme a casa del cónsul Sura?

Saturnio movió los brazos abriendo y cerrando la boca como si fuese un pez fuera de un estanque.

Exacto. No tiene sentido” – dijo Marco.

El esclavo se lo quedó mirando extrañado, bajando los brazos. Pausanias y Cyprianus le preguntaron a su amo, la primera vez que vieron a Saturnio, por qué no había recogido en el foro a un perro en lugar de a él; había momentos en los que el esclavo estaba convencido de que habría sido lo mejor.

Marco salió de su ínsula como una exhalación, usando las termas en obras como un atajo. Estaba tan sumido en sus pensamientos que no se percató de los insultos de los que fue objeto cuando tiró sin darse cuenta al suelo el groma[16] con el que un arquitecto estaba tomando las medidas para trazar una calle. Hacía mucho calor y cuando llegó a la altura del anfiteatro Flavio tuvo que reducir el paso, se empezaba a encontrar mal y necesitaba refrescarse. Se acercó a una fuente y sumergió la cabeza en la pila, dejando que el líquido empapase su túnica. Tenía que encontrar a Rapax en el Palatino y enfrentarse a él, saber por qué no lo mató. Lo sabrás a su debido tiempo” – le dijo Pausanias. El tiempo había llegado.

Se dirigió directamente hasta el puesto de guardia de los pretorianos en la Domus Flavia pero, como no podía ser de otra manera, un pretoriano no le dejó pasar. Había esperado, en vano, que algún guardia distraído hubiese abandonado momentáneamente su puesto, algo a todas luces imposible vista la disciplina férrea con la que Rapax llevaba el mando. Se dirigió entonces a la cancillería, dando un buen rodeo por todas las estancias y pasillos por los que podían circular libremente los funcionarios y los esclavos en servicio. El pretoriano seguía sin aparecer. Decidió entonces trabajar durante un par de horas, quizás pudiese verlo durante el cambio de guardia de la tarde. Cuando estaba a punto de entrar en el gran scriptorium se dio de bruces con Chryses.

¡Marco! No esperaba ya verte por aquí ¡felicidades!” – le dijo el anciano. Marco no entendía qué quería decir el siracusano.

¿Felicidades?

¿No lo sabes aún?” – continuó Chryses, riendo. – Te lo dije, no se mueve una brizna de paja en todo el Palatino sin que venga a saberlo. Te han ascendido, ya no eres un copista, sino un traductor. Espero que puedas venir a charlar conmigo de vez en cuando, aunque ya no trabajes en este edificio.

¿No voy a estar aquí? ¿Dónde me mandan?” – Marco no entendía nada. Chryses lo cogió del brazo y lo acompañó hasta un ventanal con vistas al foro. Al otro lado del mismo, debajo de la suave pendiente del Capitolio, el mármol blanco del templo de Saturno relucía al sol; detrás de él, anclado a la colina, sobresalía el majestuoso edificio del Tabularium[17]. El anciano señaló el edificio con su índice curvado. Traductor ab aepistulis graecis[18]: cada vez hay más documentos que traducir y debido a tu conocimiento del griego eres más útil allí que copiando informes.

Marco sospechó que no era ese el motivo de su traslado, sino alejarlo lo más posible del palatino y la guardia pretoriana. El siciliano se equivocó al interpretar la expresión de contrariedad que apareció en el rostro del hispánico y sonrió dándole una palmada en el hombro.

No pongas esa cara, podrás ver a tu Imilce siempre que quieras.

Imilce…” – Marco sonrió al recordarla, esperaba que no se hubiese asustado mucho tras la experiencia vivida la noche anterior. – “No, no era por ella… Sólo que… la noticia me ha sorprendido, eso es todo.

Bien. Tengo que dejarte, joven. Los mapas de los que te hablé ayer, corren aún más prisa de lo que pensaba, el cónsul Sura regresa antes de lo previsto a Dobretae.

¿Antes? ¿Cuándo?” – respondió Marco preocupado. Manio iba a formar parte del séquito del cónsul.

Puede que mañana mismo. Las copias aún no son perfectas, y lo acabo de saber… Menos mal que los viejos necesitamos menos horas de sueño. Recuerda, ven a visitarme de vez en cuando, ahora te tengo que dejar. Ave atque vale”.

Vale” – logró decir Marco en voz baja. ¿Lo sabría Imilce? Tenía que encontrarla lo antes posible, a ella y a Manio. Entró un momento en el scriptorium, el archivista jefe le confirmó que a partir del día siguiente tendría que presentarse en el tabularium y que no se esperaba verlo hoy en el trabajo. Marco, resentido por el hecho de que fuese siempre el último en enterarse de cualquier hecho que lo implicase, disimuló con el archivista, diciéndole que había pasado simplemente para saludar.

Mientras tanto, Imilce, gracias a Syrio, también se acababa de enterar de que Manio se iría antes de lo previsto. Con una excusa salió de las estancias de su domina, necesitaba respirar, se sentía como si le hubiese caído una losa pesada en el pecho, demasiado abrumada como para poder llorar. Se encontró, casi sin darse cuenta, en el soportal de la fuente octogonal cercana al Aula Regia, que se encontraba en la parte opuesta. Era la hora del cambio de guardia en la gran sala del trono, por lo que no le dio mayor importancia al sonido cada vez más cercano de unas caligas[19] que atravesaban el jardín. Cuando levantó la mirada vio a Quinto delante de ella, jadeante, había venido corriendo hasta donde se encontraba.

Imilce… gracias a los dioses que estás aquí… Quería hablar contigo, tengo poco tiempo… vengo a despedirme de ti, apenas mi caballo esté preparado me voy y no si te veré nunca más.

La esclava pareció despertar de un sueño.

¿Tú también? Mi hijo se va mañana… lejos… lejos de .

De repente, el dolor que llevaba acumulado dentro de sí desde que supo la noticia se apoderó de ella, y empezó a llorar desconsoladamente. Quinto no pudo resistir más, la abrazó fuerte, dejando que las lágrimas de Imilce le mojaran el pectoral de cuero. La tenía estrechada entre los brazos y aunque se había prometido a sí mismo no decirle nunca lo que sentía por ella, sus propósitos se derrumbaron al verla así.

Si pudiese… si pudiese quedarme… lucharía por ti… con todas mis fuerzas.” – le susurraba al oído mientras ella lloraba desconsoladamente. – que no me amas, que tienes a otro, pero lucharía por ti, hasta que un día, el más feliz de mi vida, no tuviese…

Quinto la apartó, observó su cara mojada por las lágrimas; tenía su rostro perfecto entre las manos. El susurro se convirtió en un gemido – “ que robarte un beso. La besó sin que ella tuviese fuerzas para reaccionar. Apenas se dio cuenta de qué había pasado, Quinto se estaba alejando, cruzando rápidamente el patio y entrando por la puerta trasera del Aula Regia. Pudo oir a lo lejos unas órdenes concitadas, y un caballo partir a galope tendido. Se quedó inmóvil unos instantes, girada hacia el lado por donde se había ido el pretoriano. Cuando se dio la vuelta, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano, vio horrorizada a Marco que salía de detrás de una columna. Esperaba que acabase de llegar y no la hubiese visto, pero no era así. La miraba sin decir palabra.

 Yo… no quería… él… se va…” – empezó a decir, buscando una excusa.

¿Lo vas a echar de menos?” – le dijo Marco mientras se acercaba a ella, caminando lentamente. Nunca lo había visto así, el rostro completamente calmo, con una frialdad en la mirada de la que no lo creía capaz. No pudo evitar retroceder mientras él se acercaba.

No he llegado a conocerlo tanto como para echarlo de menos” – contestó Imilce con un punto de orgullo.

Creía que estarías despidiéndote de Manio, él también se va a ir, necesita tus besos más que él.

Imilce mutó el miedo por una rabia ciega; si Marco hubiese reaccionado de manera diferente… Pero esa calma, esa frialdad, y su tono de superioridad la herían mucho más que cualquier grito.

¿Quién eres para darme lecciones? ¿Tengo que recordarte cuántos años te he llorado? ¿Dónde estabas? ¿Eh? ¿Dónde estabas? Ah, se me había olvidado ¡con tu nueva familia! ¿Estarías aquí si no los hubiesen matado? ¡No! No estarías. Y probablemente el hombre que acaba de irse hubiese sido mi última oportunidad para ser feliz y ahora estaría otra vez sola, completamente sola.

Te estaba abrazando” – dijo Marco sorprendido por la reacción de la mujer.

Me estaba consolando, Marco” – contestó Imilce mientras le temblaba la voz – Necesitaba un hombro en el que llorar, y tú, como siempre, no estabas.

¿A qué sabe la traición?“ – Marco sabía que estaba siendo injusto, pero los celos pudieron más que la razón.

No lo sé, explícamelo. tienes experiencia. 

Imilce se alejó del patio, reprimiendo sus sollozos. Marco se quedó inmóvil, observándola mientras se alejaba. Estaba demasiado conmocionado para reaccionar. Cuando finalmente volvió en sí se dio cuenta de que dos oficiales pretorianos se estaban acercando por el lado opuesto del porticado a la cabeza de un grupo de cinco solados. Uno de los oficiales era Rapax. Marco bajó la cabeza y se dispuso a abandonar el patio, no era su intención enfrentarse a él con seis de sus hombres a su lado completamente armados. Aguzó el oído, y pudo distinguir claramente a Rapax impartir la orden de llevarle un cierto informe al Castro Pretorio, donde pasaría la noche.

6.4.

Mientras Marco se alejaba del patio de la fuente octogonal, intentaba poner en orden sus pensamientos. Se sentía disgustado consigo mismo, con Imilce, con Rapax, con todo el mundo. Sabía que había sido injusto con ella, pero la escena de la que había sido testigo le había provocado un dolor tan agudo que no supo reaccionar de otra manera, a pesar de que cualquier testigo imparcial hubiese podido constatar que la mujer estaba recibiendo pasivamente las atenciones del pretoriano. Tenía que pedirle perdón a Imilce, pero antes tenía que consultar otra vez el plano del castro pretorio: si había entrado una vez, podía hacerlo de nuevo. En su anterior incursión se había preocupado de memorizar dónde se encontraban los archivos, pero no el alojamiento del prefecto y los oficiales. Tardó pocos momentos en llegar hasta las estancias de Chryses, no había nadie. Cerró la puerta, si entraba alguien por lo menos tendría tiempo de inventarse una excusa para justificar su presencia. El mapa estaba en la misma celdilla en la que lo había dejado, lo cogió y se acercó al ventanal para estudiarlo mejor. El edificio que buscaba se encontraba justo en el medio del campamento; identificó en el mapa el sumidero por el que había entrado unos días antes, y recorrió mentalmente el trayecto, no sería difícil encontrar las estancias de los oficiales. Cuando iba a dejar el plano en la estantería se dio cuenta de que había otros mapas sobre las mesas de los cartógrafos, planos de ciudades y campamentos. Masculló una maldición en voz baja, había corrido un riesgo inútil consultando el plano del Castro Pretorio, pues todos los campamentos militares tenían la misma estructura: rectangulares, con cuatro puertas y dos calles principales que los atraversaban, una de norte a sur y otra de este a oeste, con el praetorium en el centro, en el cruce de las mismas. Por muy bien que supiese manejar las armas, Marco nunca había estado cerca de un campamento hasta que llegó a Roma.

Al abrir la puerta se dio casi de bruces con Chryses, que estaba entrando. El anciano se detuvo, giró la cabeza a izquierda y derecha para constatar si se acercaba alguien, y habló en voz baja a Marco.

No tientes demasiado a la diosa Fortuna, es caprichosa. Si algo te ha salido bien una vez no quiere decir que sea así siempre.

Marco se dio cuenta de que era la primera vez que veía al siracusano serio; su expresión arisca poco tenía en común con el anciano sonriente que había encontrado apenas una hora antes.

Chryses, tengo que saber la verdad.

Y una vez la sepas ¿estarás mejor?– contestó el cartógrafo. Abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrase, cerrándola después y empujando al hispano dentro de la estancia con una energía de la que Marco no le creía capaz.

¿Sabes algo sobre mí?” – le preguntó Marco, perspicaz.

Lo poco que es lo que mismo me has contado, joven. Eres un misterio, no se sabe nada de ti antes de que aparecieses en Roma como caído de una de las esferas celestes. Pero no eres el único. Igual de misterioso es el pasado del centurión de los especulatores augustii, por el cual pareces estar muy interesado últimamente. Preguntas por él en el scriptorium, te interesas por los informes de los pretorianos, por su cuartel, y, casualmente, usas esta habitación como armería.

Marco se resignó al hecho de que nada pasase desapercibido al agudo siracusano, pero se alegró de que, tal como había esperado, éste se hubiese guardado bien de denunciarlo o meterlo en un apuro.

Ya no las tengo en mi poder, necesito otras ¡Ayúdame!” – le suplicó en voz baja.

Chryses levantó los brazos, negando con la cabeza. Se acercó hasta su escritorio, rompió la esquina de un pergamino que tenía sobre la mesa y escribió algo en él. Se acercó a Marco, siempre con cara de pocos amigos.

Toma” – le dijo a Marco sin más explicaciones. Éste dio la vuelta al trozo de papiro, sorprendido.

No lo entiendo. ¿En qué idioma está escrito?

Etrusco. Quedamos muy pocos en saber leer y escribir en esta antigua lengua. Dáselo al sacerdote del templo de Feronia[20], cerca del teatro de Pompeyo. Él te dará lo que necesites sin hacer preguntas.

¿Por qué me ayudas?

No lo ” – dijo mientras volvía a su mesa. Abrió la ventana, y llegó hasta sus oídos el ruido lejano de la ciudad; se podían ver las lujosas domus del palatino y más allá, detrás del mármol blanco del Circo Máximo, se distinguía la sombra de una de las siete colinas, el Aventino. – Es bella ¿verdad?” – dijo señalando el panorama. – “Bella y letal. Te ayudo, joven Marco, porque no quiero que Roma te devore y te corrompa. Te lo dije en otra ocasión, esta ciudad, este palacio… envenenan. Por mucho incienso y hierbas aromáticas que se quemen en los pebeteros de los templos, en el anfiteatro y en el circo, no se puede esconder el auténtico olor de Roma: sangre, podredumbre, corrupción. Te ayudo para que te puedas salvar, para que por lo menos no te dejes contaminar por ella. He visto demasiados hombres justos perderse por el camino, traicionar y ser traicionados; por eso, si puedes, vuelve con tu Imilce a Hispania. Lo único que puede ofrecer Roma es sangre y corrupción, sangre y corrupción…

El anciano no paraba de repetir estas palabras mientras movía los planos que tenía sobre la mesa y seguía con su trabajo, olvidándose de Marco. Éste salió de la estancia, y bajó hasta las cuadras, pensativo. Manio estaba atareado, controlando las bridas y los aparejos de los caballos. Se acercó a Marco, no sin cerciorarse antes de que Syrio no rondase por los alrededores.

Si buscas a mi madre, la domina la ha mandado a hacer unas compras.

Gracias. ¿Cómo está?

Disimula, se hace la fuerte pero no está bien. Y no sólo porque yo me vaya mañana.” – el muchacho lanzó a su padre una mirada inquisitiva.

Sí, hemos discutido” – admitió Marco – Por mi culpa.

Tienes que entenderla. No ha sido fácil para ella, sola todos estos años.

Lo sé, pero, no podía volver, me habrían ajusticiado.

Manio dejó las bridas en el suelo.

Ahora entiendo, no lo sabías.

¿Saber el qué?” – preguntó Marco.

Nunca fuiste acusado, no se presentaron cargos. El magistrado, el padre del joven que murió… cerró el caso. Habrías podido volver unos meses después.

¿Cómo lo sabes?

Me lo ha contado mi madre, hace un rato, antes de salir. Imagino que si no te lo dijo cuando os volvísteis a ver era para que no te sintieras culpable. Pero tenía que decírtelo, para que puedas entenderla mejor.

Mentiras, medias verdades, engaños. Manio tenía razón, ahora podía entender el sufrimiento de Imilce, cómo se debió sentir cuando él le habló de Clelia y Eumenes; cuando le echó en cara el beso que le había dado el pretoriano, ella no pudo reaccionar de otra manera. Entendía a Imilce, pero no a Pausanias; él tenía que saberlo, lo había engañado deliberadamente, pues durante los meses siguientes a su huída en más de una ocasión le había preguntado al griego si ya podía regresar, y éste le aseguró que lo habían acusado formalmente y que apenas hubiese vuelto a pisar Itálica sería apresado.

Marco miró a su hijo, admirado. Imilce le había comentado que era un muchacho muy maduro a pesar de su edad, y lo estaba demostrando. Tenía que hablar con ella, urgentemente.

¿A dónde la ha mandado la domina?preguntó Marco.

Cerca de aquí, al vicus Tuscus, en el foro, al lado del templo de Cástor y Pólux. Tiene que recoger un par de libros para el joven dominus.

Gracias, volveré con ella.

“Te odio, y te amo. A menudo me he preguntado el motivo, lo desconozco. Y sin embargo, me siento así, y me maldigo[21]”. Lucrecia examinaba entre sus manos la pulsera que había encontrado en la mesa de su tocador. Una pieza sencilla, formada por ocho piedras de granito azul, engarzadas por dos hilos de oro; sobre las piedras el artesano había grabado los versos de un poema de Catulo que conocía bien. En la parte posterior de cada una de las piedras cercanas en los extremos de la pulsera se leían dos nombres: Flavio y Lucrecia. Era un regalo de Rapax, sin lugar a dudas. Pero ¿dónde estaba? Creyó oír un ruido detrás de ella, en la pequeña terraza que daba a un amplio jardín por el que solía pasear después de comer. Se asomó, pero no vio a nadie; cuando se giró estaba delante de ella. Cerró los ojos unos instantes, apoyó una mano en su pecho mientras él le besaba la frente con delicadeza. Estaba demasiado cansada para interpretar la comedia que se había propuesto recitar cada vez que estuviese delante de él; aunque ya sabía que había resultado herido tras la refriega de la noche pasada, se estremeció al comprobar que llevaba un brazo vendado, y que tenía alguna magulladura en la sien.

¿Te gusta la pulsera?” – le dijo Rapax, mientras se la abrochaba.

¿De verdad me odias?” – le preguntó Lucrecia colocando la otra mano sobre su pecho, mirándolo a los ojos; la luz del sol que entraba del exterior hacía que éstos fuesen de un verde clarísimo.

. Te odio cuando te comportas como una niña consentida y viciada. Te odio cuando me hablas con desdén” – contestó Rapax en voz muy baja.

¿Y me amas?” – susurró ella.

Sí. Te amo cuando sonríes. Te amo porque eres inteligente y valiente; me hubiese gustado tanto ver mo ponías en su sitio a ese poeta amargado durante la cena en casa del senador Graco. Te amo porque eres inocente y perversa al mismo tiempo. Mañana me voy y no cuándo volveremos a vernos, Lucrecia, o si….

Calla” – Lucrecia puso un dedo sobre sus labios.

Volveré esta noche, tengo que irme ahora.

Quédate. Un momento” – susurró Lucrecia mientras cogía una de sus manos y la introducía debajo de su túnica. Rapax aceptó la invitación y desató el subligar de la mujer, mientras él hacía lo mismo con el suyo. – Y luego vuelve por la noche… y… cuando acabe… la guerra volverás…

Rapax no apartaba la mirada de su rostro mientras embestía, de pie, a la bella patricia que apoyaba la espalda en la pared. Cada vez que hacía el amor con ella tenía la sensación de estar caminando hacia un precipicio; cuanto más gozaba, más se acercaba al borde del mismo, se precipitaría por él y caería. No le dejó acabar la frase, la besó con ansia. Arremetía sujetándola solo con un brazo, era ligera como una muñeca, mientras tenía la otra meno apoyada en la pared. Se dio cuenta de que por debajo de sus dedos abiertos se podía distinguir la pintura que la decoraba; la había visto otras veces, una pintura de tema mitológico, Perseo que acababa de cortar la cabeza de Medusa. Antes de volver a besarla se percató de que entre sus dedos se distinguía la cabellera ensangrentada, formada por un nido de serpientes.

Marco se dirigió con rápidas zancadas hasta el foro. Los tenderos estaban cerrando sus negocios, había quien se dirigía al anfiteatro, quien a las termas; en Roma el gentío era como una marea que subía y bajaba, por lo que, cuando Marco se detuvo sin aliento en la via Sacra, eran pocas las personas que pasaban por ahí, y nadie lo empujó ni lo increpó porque estaba inmóvil en medio de la calle. Se giró, dejando a sus espaldas el templo de Saturno. Había dejado atrás el templo de Cástor sin darse cuenta, y pudo divisar el vicus Tuscus, la calle de los libreros, en el lado más cercano. La brisa ardiente de primera hora de la tarde le trajo un olor algo desagradable, que de vez en cuando salía de los bajos del templo de los dioscuros; el dragón de la superstición popular del que le habló Chryses en su momento. Entonces la vio. Se había parado, al ver a Marco; el viento le había deshecho el peinado y los rizos de su larga melena negra caían sobre los hombros, mecidos por la brisa al mismo ritmo que los pliegues de su túnica color malva, la que llevaba cuando la encontró de nuevo en Roma, al salir del Coliseo. Imilce llevaba en la mano izquierda un par de rollos, que acababa de retirar del librero; había bajado la mirada, y al levantarla cuando él se acercó, vio que ella apenas lograba contener las lágrimas. Se maldijo al leer el dolor reflejado en sus ojos negros, la cogió de la mano y se apartó con ella hacia una esquina.

Perdóname. Por favor, perdóname” – le dijo Marco.

Imilce lo miraba, seria y silenciosa. Al cabo de unos momentos que a Marco le parecieron durar una eternidad, ella habló.

No tenías derecho a juzgarme, no sabes lo que he pasado. No debías, Marco” – el tono de su voz era casi tan frío como el que él había usado con ella esa misma mañana.

 – Lo siento, no sabía que no habíam presentado cargos, que podría haber vuelto. Me lo ha dicho Manio. ¡Creéme! ¡Habría hecho de todo para volver! ¡Me engañaron!– Marco le suplicaba, con la voz rota por la emoción. – “¿De verdad crees que si lo hubiese sabido no habría hecho lo que fuese para volver a verte? Te lo prometí por el espíritu de mi madre, recuerda, te lo prometí. Perdóname, por favor, fueron los celos quienes hablaron por mí.

Imilce dejó que las lágrimas inundasen sus mejillas.

No hablemos del pasado, sólo puede hacernos daño.” – le contestó – Si por ti hablaron los celos por lo hizo el orgullo, yo también lo siento. Acabamos de reencontrarnos tras tantos años separados. No debemos discutir”  Marco le acariciaba los hombros y cuando al final vio una tímida sonrisa iluminar el rostro de Imilce, quiso besarla, pero ella le dio los rollos que llevaba en la mano y le sonrió pícara, mientras se apartaba y se recogía el pelo. Marco leyó los sellos con los títulos de las obras.

Los comentarios de Julio César sobre la guerra en Galia. Veo que el hijo de Lucrecia se está tomando en serio la campaña contra los dacios.

Eso espero, que se tome algo en serio por una vez en su vida. Estoy preocupada por Manio; el joven Publio puede ser muy insolente, y aunque nuestro hijo es bueno y paciente, que puede hacer perder la paciencia a cualquiera. Manio no está acostumbrado a ser un esclavo personal, no sabe lo que le espera.

Es un muchacho inteligente, y maduro.” – contestó Marco. – Sabe que si quiere que se haga realidad su sueño de entrar a formar parte de una turma[22], no se puede permitir perder los nervios con el sobrino del probable próximo emperador.

Imilce miró a Marco, sorprendida.

Vaya, para haber pasado cinco años perdido por las montañas, estás al corriente de los últimos cotilleos de palacio” – le dijo Imilce.

Marco frunció el ceño.

No sobre lo que de verdad me interesa saber” – contestó en voz baja. – ¿Vamos? Le prometí a Manio que pasaríamos a verlo. Por cierto, me han ascendido.

¿Qué?” – respondió Imilce sonriendo. Marco se giró y señaló el edificio del Tabularium, que se encontraba detrás de ellos.

Traductor de documentos oficiales al griego, empiezo mañana” – respondió Marco.

¿Y cuándo vas a recibir la primera paga?

Marco la miró extrañado; si a alguien le preocupaba menos el dinero que a él, era a Imilce, quien sonrió al verlo tan perplejo.

No me mires así ¡no puedes ir a trabajar al Tabularium con esa túnica tan andrajosa! No cómo te han dejado entrar en el palatino, la verdad.

Será por mi carisma” – le contestó riendo mientras la abrazaba y le daba un beso en el cuello. Ella lo alejó sonriendo; no estaban bien vistas las efusiones por la calle, aunque, al ser esclava, nadie se habría escandalizado demasiado por ello. No obstante, y a pesar de que no había mucha gente, prefirió guardar las formas. Marco mientras tanto sonreía;  por una parte se sentía relajado por haber hablado con Imilce y hecho las paces, pero por otro lado estaba tenso, trazando un plan en su cabeza sobre lo que tendría que hacer esa noche. Tendría que ir al templo de Feronia apenas oscureciese y luego dirigirse al Castro Pretorio; prácticamente tendría que atravesar la ciudad de un lado a otro, le llevaría demasiado tiempo y no quería alejarse del palatino excesivamente pronto, pues deseaba  poder estar cerca de Manio e Imilce el mayor tiempo posible. Por un momento pensó en mandar a Saturnio a recoger las armas, pero rechazó la idea. Imaginárselo intentando convencer a un anciano y austero sacerdote de Feronia, a entregárselas gracias a un mensaje escrito en etrusco, no dejaba de resultarle cómico, pero no haría más que traerle problemas.

Mientras tanto, Saturnio se encontraba precisamente cerca del templo, pero con otras intenciones: ver, aunque fuese de lejos, a su Ifigenia. Había llegado mucho antes de que empezase la representación, con la esperanza de verla entrar por el ingreso reservado a los cómicos del teatro de Pompeyo. Reconoció a varios de sus antiguos compañeros, pero Ifigenia no estaba allí. De repente, a pesar del calor, le empezaron a entrar sudores fríos y se llevó la mano al estómago.

Maldito Cyprianus. Con que ostras fresquísimas ¿eh?” – masculló en voz baja. Mientras se sujetaba las tripas, que crujían como unas bisagras sin engrasar, se acordó de que había cerca un retrete público. Se dispuso a escapar del rincón desde el que controlaba cual Can Cerbero[23] la entrada de los artistas, cuando se dio de bruces con el objeto de su deseo.

¡SATUR!” – sólo una persona en el mundo lo había llamado así, y esa era Ifigenia. – “¿Eres tú?” – sonrió la mujer, mientras se abanicaba con un muy poco discreto flabellum[24] de plumas multicolores. Detrás de ella una joven esclava, una muchachita etíope, altísima, de dientes tan blancos como negra era su piel, acompañaba a su domina dándole sombra con un umbraculum[25]. Saturnio se hallaba en una difícil encrucijada: la alegría de verla se mezclaba con el dolor lacerante que le atravesaba las tripas.

¡Ifigenia!” – pudo decir sudando copiosamente.

Entonces… ¿de verdad eres tú?” – la mujer lo observaba con un gesto teatral, la sonrisa radiante se congeló en su rostro por unos momentos. Cerró lentamente el abanico y de repente, la dulce expresión de su rostro se transformó en la de Tisífone[26], una de las furias. Blandió el accesorio en su mano como si fuese un arma y arremetió con él contra Saturnio, golpeándole repetidas veces en la cabeza mientras gritaba – ¡Malnacido! ¡Sinvergüenza! ¿Dónde te habías metido? ¡Desapareciste de un día para otro! ¡Infame! ¡Me exigieron saldar tus deudas de juego! ¡Me dejaste sin nada!

Saturnio apenas podía contestar con un hilo de voz a la lluvia de porrazos que le estaba cayendo encima.

¿Vinieron? ¡Pero si me vendieron para saldar la deuda! ¡Ifigenia! ¿No ves que tengo aún los churretones verdes oscuros del collar de esclavo en el cuello?

¡Qué dices, si nunca te he visto tan limpio en tu vida! ¡Ni siquiera cuando hacías de Tritón!

Saturnio recordó angustiado la manía por la higiene personal de su amo, el baño indeseado en la fuente de la ínsula y los restregones del cepillo de Cyprianus por el cuello.

¡Te juro que es verdad!” – contestó. Sus tripas seguían exigiendo satisfacción, sobretodo debido a los nervios provocados por el inesperado encuentro con su amada, por lo que representó el segundo papel favorito de su nutrido repertorio, Mercurio, mensajero de los dioses, y escapó a una velocidad indudablemente mayor de la que Ifigenia podría alcanzar nunca, corriendo con los altos coturnos[27] que calzaba.

¡SATUR! ¡SATUR VUELVE AQUI AHORA MISMO!” – la voz de Ifigenia se podía oír perfectamente por encima del ruido que provenía de las obras de mantenimiento de la red de alcantarillado, e incluso se dice que los clientes de las termas de Agripa, a media milla de distancia, se preguntaron de dónde procedía aquel griterío infernal.

Saturnio también pudo oír los gritos de Ifigenia cuando entró en el evacuatorio público, y mientras estaba sentado entre un comerciante y un liberto, humedeciendo la esponja en el pequeño caudal de agua que corría a sus pies, no tuvo más remedio que encogerse de hombros y decir a sus vecinos: Creo que no se ha alegrado de verme.

Varias horas más tarde, cuando era ya noche cerrada, Marco se encontraba en la cisterna subterránea de agua que comunicaba con el Castro Pretorio. Le dolían la cabeza y las piernas, no se había recuperado del todo de la conmoción cerebral de la noche anterior y, además, tuvo que correr, escondido entre las sombras, al ir a recoger las armas y volver al campamento de los pretorianos. Al pasar por las calles más estrechas no pudo esconderse en ningún carro que se dirigiera hasta la puerta Tiburtina. Divisó el edificio del pretorio, en el que se alojaban los oficiales, y subió la escalera. Imaginó que Rapax, ejerciendo las funciones del prefecto del pretorio, ahora que éste se encontraba con el emperador, se alojaría en sus estancias. Entró con sigilo, sin hacer ruido; vio una puerta en uno de los lados, y se acercó a ella. Se trataba de un pequeño cubículo en el que había un camastro, y un bulto encima de él que no podía ser otro que el centurión de los speculatores, profundamente dormido. La luz que filtraba del exterior a través de un ventanuco era escasa, sin embargo, no tuvo que acercarse demasiado para darse cuenta de que pasaba algo raro. De repente se encontró con la hoja de un gladio en el cuello, y una voz familiar que le decía:

¿Me buscabas?” – Rapax desarmó a Marco con la mano derecha y lo hizo salir del cubículo, para volver a la antecámara que hacía las veces de estudio del prefecto, en la que había una mesa amplia de trabajo en el centro.

Marco se acercó a una de las esquinas de la mesa, sobre la que se encontraba una pequeña lucerna. La cogió rápidamente lanzándola a la cara de Rapax, mientras que con un movimiento veloz esquivaba el hendiente del pretoriano; lo desarmó y esta vez fue él quien había reducido a Rapax, el cual, sin embargo, no se mostraba demasiado preocupado sino que sonreía.

Sí, te buscaba. Para acabar lo que tenía que hacer ayer” – le contestó Marco. Su intención no era la de venir hasta el Castro Pretorio para asesinar al pretoriano, sino para encontrar respuesta a alguna de sus preguntas. Sin embargo, la sonrisa del militar le hizo perder su sangre fría y recordarle lo que pasó en Atenas, por lo que levantó la mano armada para asestar el golpe fatal.

¡MARCO, NO!” – dijo una voz desde la sombra.

¿Pausanias? ¿Por qué no tendría que matarlo? ¡Él asesinó a Clelia!

Porque es tu hermano” – contestó una segunda voz.

Rapax aprovechó el momento de indecisión de Marco para desarmarlo. Encendió más lucernas. Cuando hubo bastante luz en la habitación el hispánico no dio crédito a sus ojos. Había visto en otras ocasiones al hombre que había hablado en último lugar, no sólo en estatuas o monedas sino cuando era muy joven, años atrás, pues era un buen amigo de su dominus.

El cónsul Sura. Pausanias ¿qué está pasando aquí? ¿Qué quiere decir queéles mi hermano? Yo no tengo hermanos ¡no he conocido nunca a mi padre!

Rapax, que había terminado de iluminar la estancia pasó al lado del cónsul, quien le dio un objeto: el gladio de Marco con el águila en la empuñadura. Rapax lo apoyó encima de la mesa, desenfundó el arma lentamente y se acercó a Marco, empuñando el gladio de manera que la Medusa grabada en su anillo y la repujada en la empuñadura del arma quedasen delante de sus ojos.

Yo tampoco lo he conocido, pero nos ha dejado algo. A ti el gladio, a mí el anillo. Fíjate en las dos Medusas, son idénticas. El anillo me lo dio mi madre cuando estaba a punto de morir, en Antioquía.

Marco miró al pretoriano horrorizado; él sí que sabía quién le dio la espada, lo sabía, recordaba sus palabras: Pídeme lo que quieras, se lo debo a tu madre. ¿El emperador? ¿Su dominus? ¿Era su padre? Buscó con la mirada a Pausanias, que en aquellos momentos estaba detrás de Rapax; el griego negó levemente con la cabeza mientras decía.

Marco, también fue tu madre quien te dio la espada cuando ella enfermó. Recuerdas ¿verdad?” – insistió el griego. Era a todas luces obvio que el pretoriano no tenía ninguna pista sobre la identidad de su padre y que tendría que seguir ignorándolo.

¿Por qué mataste a Clelia?” – le preguntó Marco a Rapax.

Se lo ordenó la misma persona que mandó a los sicarios la noche pasada para que acabasen con él” – contestó Sura.

¿Y usted? ¿Qué tiene que ver en toda esta historia?

Una promesa. Vuestro padre era nuestro compañero de armas en Antioquía, juramos proteger a sus tres hijos.

¿Tres?” – contestó Marco. Ahora empezaba a entender. Al haber sido un esclavo nacido en la familia estaba al corriente de dónde habían prestado servicio militar los Ulpios;  Trajano hijo, el actual emperador, sirvió como tribuno laticlavio bajo las órdenes de Marco Ulpio Trajano padre, en Antioquía, pocos años después de que él naciese. ¿Tengo otro hermano?

Hermana, Livia, mi hermana melliza.” – contestó Rapax. – Ahora también ella corre peligro, he mandado a mi mejor hombre para ponerla a salvo.

Marco se encontraba tan aturdido que se dejó caer sobre una silla, apoyando los brazos sobre la mesa. Recordó las palabras de Chryses, la mañana que habló con él sobre el emperador: “¿Sabes qué es lo que más me gusta de Trajano? Que pasa largas temporadas fuera de Roma… y que no tiene hijos.Chryses se equivocaba, tenía hijos. Que había que eliminar, si alguien quería asegurarse de que nadie invocase la línea dinástica para sucederlo, una vez muerto. Habían logrado asesinar ya a un directo descendiente del emperador.

¡Manio!” – Pausanias y el cónsul lo miraron de nuevo, implorándole que no hablase más de la cuenta – He sabido aquí en Roma que tengo otro hijo, ya me han matado uno ¿no corre peligro?

Creo que trescientos speculatores durante el viaje y treinta legiones en Dacia pueden garantizar su seguridad” – respondió Sura. Éste se acercó a Pausanias, y lo abrazó.

Amigo mío, te dejo solo con Marco, creo que tendréis cosas de las que hablar. Estaremos en contacto.

Que los dioses te acompañen, Lucio– contestó el griego.

He dado orden de que un grupo de hombres os escolten cuando salgáis” – prosiguió Rapax – Aunque sepas defenderte solo” – terminó, hablando delante de Marco. Éste se levantó y se quedaron uno frente al otro, cara a cara. No voy a ser tan hipócrita como para decir que siento haber asesinado a tu mujer. Puedo decirte sólo que no es algo de lo que me sienta especialmente orgulloso.

Rapax le tendió la mano, y Marco se la estrechó. Acto seguido él y Sura salieron. Marco se volvió a sentar, tomando el gladio entre sus manos, acariciando el plumón repujado en bronce del cuello del águila. Pausanias cogió una silla, y la acercó donde estaba sentado Marco; éste no se atrevía a hablar, al final, tuvo el valor para preguntarle al griego, con un hilo de voz.

¿El emperador? ¿Mi padre es el emperador?

Pausanias asintió.

Es algo tan obvio.” – prosiguió Marco, hablando en voz baja – Ahora encajan todas las piezas, perfectamente. ¿Sabes? Me viene a la memoria, con nitidez, la primera vez que te vi. Acababa de cumplir diez años, estabas en el atrio de casa, podías caminar a duras penas y te apoyabas en un bastón. Estabas hablando con la domina Marcia, que te miraba contrariada, con cara de pocos amigos. Ahora entiendo por qué. Su hijo, un Ulpio, tenía la desfachatez de mandar un tutor para que educase al bastardo engendrado con su ornatryx, y, por si fuera poco, había tenido dos hijos más con una oriental de bajo rango, que a sus ojos era poco más que una prostituta.

No lo era, Marco. La madre de Flavio y Livia era una mujer excepcional, y yo la quería. La amaba apasionadamente, pero en secreto, ella estaba enamorada de Trajano, yo no existía para ella. Intenté llamar su atención, pero lo que conseguí fui romperme la pierna en una escaramuza contra los partos.

¿Por qué no me dijiste que podía haber regresado a Itálica?” – le preguntó Marco.

No podías. La domina Marcia… tu abuela. No soportaba tu presencia, le recordabas constantemente lo bajo que podía caer su hijo. Habían discutido muchas veces por ti y Trajano pensó que lo mejor sería tenerte lejos de Itálica.

Lo mejor… Entonces ¿nadie sospechaba que Manio era hijo mío?

No. Imilce se casó enseguida con Néstor y un parto adelantado de poco menos de un mes no sorprende a nadie. Es más, yo mismo no lo supe hasta que me lo dijiste que el hijo de Imilce era también tuyo y estaba aquí en Roma. Creo que es algo que sabía sólo ella.

Te equivocas, también lo sabía su amiga Acte, la esclava personal de Lucrecia.

¿Acte, callada todos estos años?” – sonrió Pausanias. “No cómo ha resistido sin reventar.

Cneo Cornelio Graco, a pesar de que faltaban sólo un par de horas para el amanecer, seguía trabajando en su estudio, escribiendo unas cartas. Un esclavo le anunció que había llegado el hombre que estaba esperando. Aunque oyó perfectamente que éste había ya entrado, hizo caso omiso, y siguió escribiendo. Se oía sólo el roce de la afilada pluma de oca al escribir sobre un preciado papiro de trama finísima y delicada; de repente, otro sonido llegó hasta los oídos del senador, el silbido metálico de un puñal atravesando el aire. Se clavó en su mesa, sobre el papel, apenas a media pulgada de sus dedos.

No me gustan tus juegos, senador. Me has mandado llamar, dime qué quieres.

Graco levantó la mirada. Tenía delante de él a un hombre alto, moreno y musculoso, de ojos azules. Vestía una impecable túnica de viaje, iba armado con un gladio y con el puñal que se disponía a recoger él mismo de la mesa.

¿Dónde estabas ayer por la noche? Faltabas ” – dijo el senador.

No soy tan estúpido como para dejarme degollar como un cordero. Había muchas probabilidades de que al final pasase lo que pasó.

Tienes otra misión.

El precio ha subido, Graco.

El senador cruzó los brazos sobre su vientre prominente.

¿No quieres saber de qué se trata?

El precio ha subido. Si lo aceptas, yo también.

Soy todo oídos” – contestó Graco.

El mismo pacto que tienes con Osroes” – respondió el hombre, enfundando su puñal mientras sonreía al ver la cara del senador.

¿Qué pacto? Yo no tengo ningún acuerdo con el rey de los partos.

Graco, no me engañas. No eres como nosotros; Trajano y yo, por ejemplo, estamos hechos de otra pasta. Lo tuyo no es la guerra, te gusta demasiado la buena vida y las comodidades como para tener que molestarte en visitar las fronteras y simular que te interesa extender el imperio. Las batallas campales no son de tu agrado, prefieres las maquinaciones, las conjuras. Estar cómodamente sentado mientras tu imperio florece rodeado por reinos que no te causen problemas– el hombre no apartaba sus ojos del senador mientras hablaba, con voz profunda y grave.

Creo que me he perdido algún detalle… no eres rey de nada, Furio Vipsanio. ¿O prefieres que te llame Drachir?

En Roma puedes llamarme Furio Vipsanio. En Britania soy Drachir, y seré el primer rey de los britanos. Uniré todas las tribus de la isla: brigantes, pictos, cornuavos, caledones, parisios… Boudica reunió sólo un puñado de tribus y os hizo temblar, todas las tribus britanas unidas pueden acabar con el dominio de Roma.

¿Y pretendes que te ayude a expulsar a Roma de la isla?– contestó el senador abriendo los brazos, con una expresión incrédula.

Britania no dejará de ser una provincia. Para Roma seré el gobernador, para los britanos seré su rey. Hay que hacer más carreteras, acueductos, planificar ciudades construídas con piedra y mármol, no con chabolas de fango. Quiero que mi pueblo simplemente prospere bajo el ala protectora de Roma.

¿Y después? ¿Qué te impedirá deshacerte de Roma?

Drachir miró a su alrededor. Vio sobre una mesita una bandeja de bronce bruñido, brillante como el sol. La cogió y la lanzó encima de la mesa del senador.

Graco, mírate ¿Cuántos años tienes? ¿Cuántos más piensas vivir? Cuando Britania esté preparada ya no será un problema tuyo.

El senador cogió la bandeja y la apartó, sabía perfectamente qué aspecto tenía y que más de veinte años de edad lo separaban del hombre que lo miraba desafiante.

Sea. Gobernador de Britania y rey de tus muchos y fieles súbditos. Tu isla florecerá acariciada por el sol… bueno, por la bruma y la lluvia, para ser precisos.

Drachir sonrió; siempre le había repugnado el senador Graco, pero reconocía que le gustaba la sutil ironía a la que era tan aficionado.

Entonces ¿de qué se trata?” – preguntó al senador.

Tienes que ir a Antioquía, lo antes posible. Y matar a una mujer.

¿¡Qué!?” – Drachir lanzó una sonora carcajada. – Eso lo puede hacer cualquiera, no me necesitas para esto.

El trabajo tiene que hacerlo alguien de confianza, Furio Vipsanio. Además, no será fácil, esta mañana el mismísimo jefe de los speculatores, por orden del cónsul Sura, ha mandado al mejor de sus hombres para que proteja a esa mujer.

El senador movió varias tablillas y pliegos que tenía encima de la mesa hasta que encontró lo que buscaba.

Un cierto Quinto Terencio” – continuó el senador con fingida indiferencia.

¿Quinto Terencio? ¿Servía en la IX Legio Hispana en Eburacum?” – contestó Drachir con un brillo en los ojos.

Graco volvió a consultar la tablilla.

Sí. El mismo.

Drachir rió de nuevo, batiendo las palmas.

Dame los detalles y parto de inmediato.

Graco le entregó un pliego cerrado, sellado con la efigie del dios Jano. Drachir salió de la estancia sin decir más palabras.

tampoco vivirás para siempre, britano” – dijo Graco en voz baja, mientras se levantaba de su silla para ir a descansar un par de horas.

[1]              comedor

[2]              Sobre las 9 de la mañana

[3]              Oficial al mando de una legión

[4]              Catapulta, pieza de artillería

[5]              China

[6]              Hasta luego y que estés bien

[7]              Cerveza a base de grano, sin lúpulo.

[8]              puñales

[9]              Reina de la tribu de los icenos que en los años 60 y 61, durante el reinado de Nerón, encabezó una rebelión contra la ocupación romana

[10]            Actual York

[11]            Tribu formada por otros grupos tribales que ocupaban los actuales Yorkshire, Cleveland, Durham e Lancashire

[12]            Estancia del comandante

[13]            Ratae Corieltavorum, actual Leicester

[14]            Capital de Dacia

[15]            mediodía

[16]            Instrumento formado por un asta vertical y dos horizontales de las que colgaban pequeños pesos de plomo

[17]            Archivo general del Estado

[18]            Departamento de la cancillería imperial palatina que traducía los documentos oficiales al griego, para enviarlos a las ciudades orientales.

[19]            Calzado militar

[20]            Diosa protectora de la naturaleza y de los animales salvajes

[21]            ODIO ET AMO QVARE ID FACIAM PORTASSE REQUIRIS NESCIO SED FIERI SENTIO ET EXCRUCIOR. Poema de Catullo

[22]            Unidad formada por treinta jinestes

[23]            Perro guardián con tres cabezas que según la mitología clásica vigilaba las puertas del inframundo

[24]            abanico

[25]            sombrilla

[26]            Las furias eran tres: Aleto, Megera y Tisífone

[27]            Calzado de escena, con unas cuñas muy altas

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