Capítulo 7 – La caza

CAPÍTULO 7LA CAZA

A pesar de que el día amaneció gris y nublado el calor era asfixiante, debido a la humedad. Los pretorianos, en formación en uno de los patios, sudaban copiosamente mientras esperaban a la centuria[1] que venía a relevarlos. Algunos de ellos espiaban el cielo confiando en que llegase la lluvia, pero ninguno osaba dar muestras de sufrir el calor. Finalmente había llegado el momento que deseaban, partían para dedicarse a su cometido: proteger al emperador y acompañarlo en una campaña que se anunciaba larga y dura. Además, su jefe, montado en su corcel bayo, les estaba pasando revista.

Rapax controló por enésima vez a sus hombres. Sabía que todo estaba perfecto, como pocos instantes antes,  pero tenía que hacer algo mientras esperaba el relevo. Algo que le evitase tener que buscarla con la mirada en alguna de las ventanas del palacio, o cerca de su hijo, que en esos momentos estaba hablando con los esclavos que terminaban de colocar sus pertenencias en una pequeña carreta. Inspiró con fuerza, y pudo notar una ligera esencia de rosas, el olor de Lucrecia, que llevaba aún impregnado en su piel. No había tenido tiempo de bañarse, sólo de asearse con un paño húmedo; ya tendría ocasión de hacerlo esa noche. Hubiese preferido que el cónsul Sura efectuase el trayecto que tenía pensado en un primer momento, dando un rodeo hacia el norte en lugar de dirigirse hacia el este. Atravesarían la península hasta Aternum[2], y desde ahí embarcarían para cruzar el mar Adriático. Dirigirse hacia el este significaba tomar la via Tiburtina y pernoctar en Tibur, deshaciendo el camino que había recorrido junto a ella tres días antes. Rapax resopló, molesto a causa del calor y de él mismo. Tenía cosas muy importantes en las que pensar, como para preocuparse de esencias de rosas y caminos recorridos juntos. Pero no se arrepintió de haberle dicho ayer lo que sentía por ella. Tenía la extraña sensación de que no podía dejar asuntos pendientes antes de irse. Quizás fuese todo debido a aquel hombre… su hermano, que estaba junto a la ornatryx de Lucrecia en un rincón del patio. Vio que el joven esclavo que había terminado de colocar las pertenencias de Publio en el carro se acercó a la pareja, y se abrazaron. Ahora entendía a qué se debía la mirada lúgubre de Quinto al partir de palacio; se había dado cuenta de que su subalterno había puesto los ojos en la bella esclava, pero no tenía nada que hacer con ella. El muchacho regresó al carro y mientras Marco consolaba a Imilce los hombres cruzaron sus miradas, incrédulos aún por el destino que los había unido. No habían podido hablar a solas desde que el hispánico supo quién era, pero Rapax lo prefiría así. Le interesaba sólo saber quién era su padre, el hombre de la Medusa, pero probablemente, ni Marco lo sabría. Tenía quince días de dura marcha por delante al lado del cónsul Sura; él sí que lo sabía, y esperaba poder preguntárselo.

Finalmente escuchó el ruido inconfundible de un grupo de soldados en marcha; la centuria formó en el patio y saludó al oficial que tomaba el relevo. Montó en su caballo y dio la orden de partida, se unirían con Sura y el resto de los especulatores a las puertas del Castro Pretorio. Dejó que Publio encabezase la marcha, y el muchacho se ruborizó por el honor concedido. No era algo que permitiese el reglamento, pero se trataba sólo de pocas millas, hasta llegar al Castro Pretorio.

Giró su caballo y cuando estaba a punto de salir del patio, percibió un movimiento fugaz en una esquina. Se dio la vuelta, ella estaba ahí, medio escondida detrás de una columna. Detuvo su caballo en medio del patio. Lucrecia contenía la respiración; el conjunto formado por Rapax y Dominator formaban una estampa de increíble belleza. El animal era muy grande, los talones del hombre no llegaban a sobrepasar su vientre; el pelo blanco de la bestia se confundía con el color de la túnica y la capa. El pretoriano, con su coraza brillante, las plumas blancas que coronaban su casco y su porte altivo, no tenía nada que envidarle al mismísimo Marte.

La miraba fijamente; tras un toque ligero de las riendas y unos golpes con los talones, su montura relinchó, retrocedió unos pasos y dobló las patas delanteras, inclinándose hacia donde ella estaba, a modo de saludo. Él se mantenía en equilibrio a pesar de que el caballo estaba muy inclinado hacia delante. La tensión evidente de los muslos contrastaba con su rostro relajado, como si no estuviese haciendo esfuerzo alguno a pesar de que en esa posición muchos jinetes, tan expertos como él, habrían acabado de bruces en el suelo. Con una orden el caballo relinchó y se levantó sobre las patas traseras, caracoleó varias veces y antes de emprender el galope Rapax se giró de nuevo para mirarla, sonrió y partió a toda velocidad, levantando una nube de polvo.

Lucrecia, escondida detrás de la columna, sonrió a su vez y levantó la mano, aunque él ya no la veía. De repente, su sonrisa se heló en su rostro. Recordaba con claridad las palabras de la que fuese emperatriz, “¡No hay sitio para el amor entre estas paredes! ¡Aquí dentro el amor se convierte en odio!pronunciadas apenas unos momentos antes de que empezase todo. ¿Era una premonición? Ella se negaba a aceptar de forma pasiva su destino. Ya había obedecido una vez, se había doblegado a los usos y las tradiciones. Recordó con asco su noche de bodas y la comparó con la que acababa de pasar con el hombre que había abandonado el palacio hace unos instantes. Haría todo lo posible para que fuese suyo para siempre, no le importaba quién era, los tiempos estaban cambiando. Los cargos, los títulos y los honores no estaban ya ligados inexorablemente a un origen noble, o a las tribus fundadoras de Roma. ¿No era acaso su familia la mejor prueba de ello? Quizás Rapax no fuese caballero por nacimiento, pero bastaba poco para que así fuese, el sello del emperador en un pergamino. Sería un escándalo, pero no le importaba. Que hablasen. Podría soportar cualquier humillación con ese hombre a su lado. Pero ¿cuándo? ¿Cuándo regresaría? ¿Y por cuánto tiempo?

Se giró y vio a Imilce, un hombre estaba con ella. No era posible ¿era él? Se acercó con disimulo, escondiéndose detrás de las columnas. La pareja estaba hablando y pudo oir a Imilce pronunciar su nombre, Marco. Había vuelto. Una vez más Imilce tenía algo que se le negaba a ella. Notó de nuevo, como años atrás en Itálica, una ola de odio ciego creciéndo dentro de su pecho. Ya los alejó una vez, podría hacerlo de nuevo si se lo propusiese. Pero estaba cansada, muy cansada. Regresó a sus estancias, entró despacio, soltándose el pelo, que llevaba recogido. Cogió un espejo, y se observó en él; le quedaban alrededor de los ojos restos del polvo de tinta de sepia con la que Acte la había maquillado la noche anterior, y el rojo del minio usado para sus labios se había difuminado y corrido alrededor de su boca. Pensó al ver su imagen reflejada que parecía una viuda, con el largo cabello suelto y sin peinar, desaliñada y con los ojos hinchados. Como manda la tradición siguió así el cuerpo de su marido de camino a la pira, pero entonces no sentía dolor ni vacío, sólo alivio. Sin embargo, aquella calurosa mañana de verano se sentía tal como debió sentirse años atrás en Itálica: sola, desvalida, rota. Se acercó hasta su cama y cogió la cajita de marfil que estaba a los pies de la lucerna, con forma de Mercurio alado. Al verla, se le ocurrió algo. De joven no había sido nunca demasiado religiosa, probablemente porque la vida no había hecho más que sonreírle hasta aquel momento. Pero cuando se casó descubrió que la vida estaba hecha también de momentos amargos, y empezó a rezar con convicción, y a seguir los ritos.

Colocó la cajita al fondo del larario[3], no sin antes abrirla de nuevo para cerciorarse de que el focale[4] de Rapax estaba aún en el interior. Buscó dos estatuillas y las puso a ambos lados de la caja: Mercurio para que lo protegiese durante el viaje, Marte para que esquivase los golpes del enemigo. Encendió algunas pequeñas lucernas, se arrodilló delante del altar y rezó con todas sus fuerzas, sujetando entre sus manos otra figurita, que representaba a su hijo.

Dioses, protegedlos. Cuidad de mi vida” – murmuró en voz baja.

Regresó hasta su cama; se quedó sentada, mirando al vacío, no supo durante cuánto tiempo. No fue mucho, sólo hasta que Acte e Imilce entraron en las estancias y empezaron a abrir las cortinas. Imilce estaba seria, pero serena; hasta que Acte dijo algo y sonrió.

Imilce” – dijo Lucrecia sin levantar la voz, disimulando la rabia que sentía dentro de ella. Haciendo un colosal esfuerzo, dirigió una sonrisa a su esclava mientras se sentaba en una pequeña silla de mimbre, delante de su tocador. –Péiname.

Sí, domina. ¿Qué peluca quiere usar hoy?

Ninguna. Sólo cepíllame, me voy a acostar, no voy a salir. Creo que dormiré” – dijo mientras acariciaba una botellita azul que contenía un potente narcótico.

¡Acte! Dame agua.

En un instante la esclava apoyó un vaso de cristal sobre la mesa. Lucrecia echó unas gotas; cuando estaba a punto de apartar la botella vertió algunas más. Las suficientes para garantizarle un sueño profundo durante unas horas, que aflojase aunque fuese por un momento el nudo que notaba en la garganta.

Levantó la copa y empezó a beber.

Imilce, creo haberte visto con Marco en el patio. ¿Desde cuándo está en Roma?” – preguntó con una sonrisa y un tono inocente de voz.

Imilce detuvo su mano durante unos momentos; disimuló, como si estuviese simplemente separando algunos mechones del pelo de la tupida cabellera de su señora.

No mucho, domina. Lo volví a ver hace sólo pocos días.

Lucrecia apuró la copa y sonrió.

Estarás muy contenta, volverlo a ver tras tantos años. ¿Cuántos?

Quince años.

Una vida” – contestó Lucrecia, mientras la observaba en el reflejo del espejo que acababa de coger. Imilce se preguntaba si los habría visto en el patio con Manio. No fue así, Lucrecia llegó cuando el carro había salido, pero Imilce sabía que su señora sospechaba quién era el padre de su hijo, se lo dio a entender hace unas noches, pero no estaba segura de ello.

¿Y qué hace en Roma?” – preguntó sin perder la sonrisa.

Trabaja en el tabularium, domina. Hace de traductor

¿Traductor?

Al griego. Era la lengua de su madre, y además de estudiar con Pausanias ha vivido algunos años en Atenas.

¿Y qué hacía en Grecia?

Imilce seguía peinando los largos cabellos de Lucrecia, inquieta. Sabía que no tendría que entrar en detalles, pero había visto pocas veces a su señora tan tranquila, osaría decir que incluso, apacible.

Estaba con Pausanias.

Ah ¿estaban juntos? Un misterio de familia solucionado, entonces.contestó Lucrecia. Levantó la mano derecha, e Imilce dejó de peinarla. La patricia se giró, mirando a Imilce con expresión calmada.

La esclava bajó la mirada y se dispuso a limpiar los peines. Se sintió desfallecer cuando escuchó la siguiente pregunta de su señora.

¿Cuáles son vuestros planes?

Imilce la miró. Tenía las manos sobre el regazo y la observaba, esperando su respuesta con una sonrisa en los labios.

¿Planes?

Sí, planes. Él es un liberto, con una buena posición, puede formar su propia familia” – contestó Lucrecia. Imilce no daba crédito a sus oídos, quizás Acte tuviese razón, y que su señora accediese a liberarla antes del regreso del emperador y de su hermano Adriano.

El emperador le prometió a Marco que si alguna vez necesitaba algo, no dudase en pedírselo.

El emperador es una persona generosa, lo sabemos todos” – contestó Lucrecia. Y… ¿qué le pediría en estos momentos? Si estuviese aquí, claro.

Lucrecia bostezó. El bebedizo empezaba a hacer efecto y notaba sus párpados pesados.

Mi libertad.contestó Imilce.

Es una pena entonces que el emperador no esté. Una pena, pero no una tragedia. Yo podría…

Imilce creyó morir de felicidad al oir las palabras de Lucrecia, que sonreía, tranquila y relajada. Tomó valor, y se postró a sus pies.

Por favor, domina, si usted quisiera, podría escribir a su hermano para que me concediese la libertad. ¡Por favor!

Lucrecia se arrodilló al mismo nivel de Imilce, le puso un dedo debajo del mentón y la obligó a levantar la mirada. Imilce notó cómo se le helaba el corazón al ver el rostro de su señora. La sonrisa había desaparecido, su expresión era impasible, gélida. Le habló en voz muy baja.

lo has dicho, si yo quisiera. Pero no quiero. Nunca te daré la libertad ¿me has oído? Nunca. Naciste esclava y morirás esclava.

Lucrecia se levantó, perdió el equilibrio y estuvo a punto de tropezar con la mesa, mientras que Imilce, aún postrada en el suelo, lloraba desconsolada. De repente, interrumpió su avanzar incierto y se rió con tantas ganas, que al final logró tirar todo el contenido de la mesita al suelo. Era tan fácil hacerle daño a Imilce, tan increíblemente fácil que no encontraba siquiera gusto al hacerlo; la pasión, el amor hacia un hombre, te vuelve vulnerable, ella misma se estaba dando cuenta. Para Lucrecia, tal sentimiento era una novedad. Aunque amase profundamente a su hijo, el vacío increíble, la angustia, la sensación de vértigo que advertía, no tenían nada que ver con el hecho de que Publio hubiese empezado con aquel viaje su vida de adulto. Era algo para lo que se había preparado durante años, no para ese otro sentimiento que había despertado en ella el pretoriano en los pocos días que estuvieron juntos. No podía soportar el hecho de que él no estuviese a su lado mientras que Imilce tuviese a Marco; sabía que no podría negarse a una orden de su hermano o del emperador para liberarla si así lo deseaban, pero aún faltaba tiempo para eso. Mientras tanto, podía golpearla en el mismo lugar que le dolía en aquellos momentos, ese punto indeterminado entre las costillas, donde notaba una especie de puñal que hería sin rasgar la carne. Lucrecia, que seguía dando la espalda a su esclava volvió a hablar, muy despacio, fría, indiferente.

No te voy a necesitar más hoy. Eres libre… hasta mañana por la mañana. Tienes que instruir a la ornatrix de Pomponia Rubiria, la mujer del senador Graco. Además dentro de un par de días empieza la temporada de carreras en el Circo Máximo; quiero que te inventes un peinado que haga sombra al de esa amargada de Plotina, quiero que no se hable de otra cosa en toda Roma, hasta que…

Lucrecia se dio la vuelta y taladró con la mirada a Imilce, que se estaba levantando del suelo y limpiándose la cara. Prosiguió su discurso.

– “ hasta que partamos a Baia.” – la mirada inquisitiva de Imilce dio pie a que Lucrecia lanzase otro de sus golpes – Claro, no tienes idea dónde está Baia ¿verdad? En el sur, Campania, cerca de Neapolis. El senador Graco, siempre tan atento, me ha invitado a pasar un mes en su Villa, toda la Roma que cuenta, deja la ciudad en verano. Sí, descansa hoy, Imilce. Creo que vas a estar muy ocupada próximamente. ¡ACTE! Que no me moleste nadie.

Lucrecia desapareció detrás de las cortinas acompañada por Acte, que miró con compasión a su amiga.

¡Venus! ¡Ayúdame! ¡Doce! ¡Qué salga un doce! ¡SI!

Marco estaba cenando en la popina de Cyprianus, y se dio la vuelta para ver de dónde venían esos gritos; en el extremo opuesto de la sala, cuatro hombres estaban jugando a dados, levantando la voz.

Esos de ahí nos van a traer problemas” – decía nerviosa Galia, la mujer del tabernero, mientras secaba unos vasos. – Como pase una patrulla de la cohorte urbana y entren a ver que es esta algarabía… Está prohibido jugar a los dados fuera de la Saturnalia[5] ¡nos pueden cerrar el local!

Mujer, tengo que hacer la vista gorda, como hacen todos. Ya no ofrecemos los…extras, nos faltaba prohibir que se jugase ¡no vendría nadie!

Ha sido idea suya ¿verdad?” – dijo Galia señalando al esclavo de Marco, que estaba recogiendo una mesa – Desde luego…” – la mujer se giró de espaldas al marido y se dedicó a limpiar con saña el banco.

Marco siguió comiendo, sin demasiado apetito y sumido en sus pensamientos, sin darse cuenta de que Saturnio se había acercado.

Qué callado que está usted hoy,dominus. Bueno, aún más callado que de costumbre, quería decir. Y con lo elegante que está, preciosa la túnica. Aunque la verdad sea dicha, el color negro y la piel en verano como que dan un poco de agobio ¿no?

La ha elegido Imilce” – concluyó Marco, pensativo.

Saturnio, al ver que su señor no le daba charla, siguió con su trabajo. Marco no dejaba de pensar en lo que le había contado Imilce cuando la encontró aquella tarde al salir del Tabularium, sentada en una esquina. Lo estaba esperando desde hacía horas, escondida en un rincón tranquilo. Llevaba bajo el brazo un bulto, una túnica nueva que le había comprado por la mañana, cuando salió del palacio sin saber exactamente a dónde ir. Dentro de pocos días Lucrecia volvería a alejarla de su lado y se la llevaría a Baia. Imilce estaba convencida de que lo hacía a propósito, porque les había visto en el patio; sin embargo Marco creía que podría tratarse de una simple casualidad. Según le habían dicho era algo habitual que los patricios pasasen los días más calurosos del verano lejos de la humedad oprimente de Roma. Le dolía profundamente tener que estar tantos días lejos de Imilce cuando la acababa de encontrar, pero por otro lado, no estarían separados más de un mes. Y, cuando la guerra terminase, o incluso antes, si su domina lo quisiese, Imilce sería libre. Le contó también uno de los muchos cotilleos de Acte, que la rabia de Lucrecia se debía al hecho de que Rapax, el pretoriano, había dejado la ciudad. Marco no había logrado aún asimilar el hecho de que, el que era hasta hace poco tiempo su enemigo, fuese su hermano. Por otro lado, Rapax también estaba emparentado con la que, según Acte, era su amante, aunque tal relación no podía definirse incestuosa: el Palatino había sido testigo de uniones mucho más ilícitas que la de dos primos de tercer grado. No le había dicho aún a Imilce quién era su padre, y pensó que quizás era mejor esperar a que fuese libre.

Saturnio se sentó a su lado, mientras el vocerío de la mesa con los jugadores de dados aumentaba, si cabe, aún más de volumen.

Dominus, creo que Galia tiene razón, esos traerán problemas. Tres son compinches, están desplumando al cuarto. Le han hecho ganar algunas partidas, pero ahora lo están despellejando vivo. Es el turno de uno de los timadores, cambiarán los dados, fíjese.

Marco cambió de asiento y se colocó al lado de Saturnio, para poder ver mejor la mesa de los jugadores. El más joven de ellos, un hombre rubio y fuerte, a todas luces ya muy borracho, acababa de perder todo lo que había apostado tras haber sacado sólo pocos puntos. El hombre mascullaba de vez en cuando palabras incomprensibles para sus compañeros; sin embargo, Marco sabía en qué lengua estaba hablando. Era griego, y en particular el dialecto que se hablabla en Macedonia, el mismo idioma en el que le hablaba su madre cuando era pequeño. Sus miradas se cruzaron un instante, por casualidad; el hombre miraba sin verlo, abrumado por los vapores del alcohol, un punto indeterminado detrás de Marco. Había algo en él que le resultaba familiar, pero no lograba entender qué. Gracias a este detalle y a las indicaciones de Saturnio, observó con mayor atención a los jugadores. En efecto, vio cómo uno de los cómplices pasaba por debajo de la mesa algo al que estaba a punto de tirar. Probablemente eran dados trucados, pues el individuo lanzó y sacó once puntos. El estafado, en un momento de lucidez, se dio cuenta de los movimientos extraños de sus compañeros de juego e intentó aferrar el brazo del que acababa de pasar los dados. Uno de ellos sacó un pugio[6] con el que intentó apuñalarlo, pero éste esquivó el ataque, recibiendo sólo un corte superficial. Sin embargo, no pudo evitar el puñetazo de otro de los hombres, que lo dejó sin sentido. Marco se abalanzó sobre la mesa, cogió por el cuello a uno de los criminales mientras que con una patada fulmínea desarmó al hombre del puñal. Con pocos y certeros golpes, y gracias a la ayuda de Cyprianus y Saturnio, los timadores dejaron la popina, huyendo maltrechos por las estrechas calles de la Subura.

El hombre rubio seguía inconsciente sobre la mesa; Marco se acercó y lo examinó. Recobraría el sentido en poco tiempo, y al verlo más de cerca sus sospechas aumentaron. Habían pasado muchos años, pero el parecido era innegable. Rubio, corpulento, con una cicatriz en la barbilla, si de verdad era quien sospechaba tenía una marca muy peculiar. Giró el cuello del hombre y encontró lo que buscaba: una mancha de nacimiento en la nuca, un trozo de piel más oscura con forma de media luna.

Saturnio, Cyprianus, ayudadme a llevarlo arriba.

¿Por qué?” – contestó el hispánico, de mala manera.

quién es” – dijo Marco como toda respuesta.

Cargaron con el hombre hasta el antiguo palomar, y lo apoyaron sobre el camastro de Marco. Apenas salió Cyprianus de la habitación el herido se empezó a lamentar, incorporándose en el catre, sujetándose la cabeza con las manos. Marco le dio un vaso con agua.

No es nada, dentro de un rato se te pasará. Bebe.” – bebió con ganas y levantó la mirada. Se lo quedó mirando, extrañado.

¿Te conozco?

Sí, te llamas Krytios, naciste en Itálica, tu madre se llamaba Areté.

¿Cómo sabes…?” – el hombre no apartaba la mirada de Marco, que se estaba acercando a la cama sujetando una lucerna a la altura de la cara.

– “Han pasado muchos años. Soy…

Marco” – contestó el hombre – “No puede ser… Tú…

¿Qué haces en Roma?

Hasta hace un rato, dejar que me robasen como un pardillo. Estaba celebrando que mi último ‘dominus’ me ha liberado en su testamento.

Marco resopló, recordando la increíble historia de Saturnio. Krityos, al ver la mueca de sarcasmo dibujada en su cara, sacó un rollo que llevaba escondido en un pliegue de la túnica, y se lo lanzó con desprecio.

No te estoy mintiendo, léelo. Lo haría yo mismo, pero recuerda, no merecía que me enseñasen a leer.

Marco atrapó el rollo que Krityos le había lanzado, y lo leyó.

Si no tienes dónde ir, quédate todo el tiempo que quieras. Te lo debo” – le dijo.

Por supuesto. Pero me debes mucho más que este catre lleno de pulgas” – contestó Krytios escupiendo al suelo.

Dominus ¿pero qué dice éste?” – cortó Saturnio, que no se había perdido detalle de la conversación.

¿No lo sabes?” – le contestó – Claro… Estoy seguro de que no se lo ha dicho nunca a nadie. Es más, si su madre está muerta probablemente suspiró aliviado al llevarse su secreto a la tumba.

Marco se acercó y lo cogió del cuello de la túnica.

¡Lo hicieron todo nuestras madres! ¡Desaparecísteis al día siguiente! ¡No supe nada!

Sí, claro. Y no preguntaste ¿verdad? Cómodo…

φίλος[7]

¡No me llames así!” – gritó Krytios abalanzándose sobre él. Saturnio intentó separarlos como pudo; los dos hombres estaban forjeceando, Marco lo empujó e hizo que Krytios cayese sobre el catre.

¡Basta ya! ¡Quietos los dos! Dominus, con usted uno no se aburre, desde luego, no hay día que no pase algo. ¿Se puede saber qué sucede?

Cuéntaselo, Marco, díle quién soy.respondió Krytios mientras se levantaba de nuevo de la cama y recorría a grandes zancadas la habitación, limpiándose con la mano el hilo de sangre que tenía en el brazo.

Es mi primo. Su madre y la mía eran hermanas, crecimos juntos en la misma casa, en Itálica.

Krytios se detuvo y señaló a Marco con el dedo.

Y ahora, cuéntale el resto. Imagino que Pausanias siguió dándote clases de retórica, estoy seguro de que serás capaz de contar una bonita historia.

Marco carraspeó; Saturnio no daba crédito a sus ojos, era la primera vez que veía a su amo inseguro.

Una noche en que los amos no estaban en casa convencí a Krytios para que jugásemos en el atrio con las máscaras de los antepasados de la familia. Él no quería, pero yo insistí, diciéndole que no se atrevía porque tenía miedo; le dije que no eran más que trozos de cera, que los espíritus de los Ulpios no estaban encerrados en esas máscaras.

Eso es algo muy típico de usted” – replicó Saturnio, preguntándose hasta donde llegaría la incredulidad y el escepticismo de su dominus. Las máscaras de los antepasados eran las reliquias más sagradas de cada casa y el respeto por los ancestros era algo muy arraigado en cualquier romano, fuera de la clase social que fuese.

Él al final me hizo caso, se puso una y jugamos a que era un lemur[8] que me perseguía y me daba caza. Pero tropezó, cayó de bruces y la máscara se rompió. Le partió la barbilla, empezó a gritar, había mucha sangre. Llegaron nuestras madres y nos llevaron de ahí, fue la última vez que los vi, a él y a mi tía. Al día siguiente mi madre me dijo que no tenía que decirle a nadie lo que había pasado, que habían arreglado todo.

Krytios se detuvo y contestó a Marco, mirándolo fijamente a los ojos.

La solución perfecta. Yo me llevaba todas las culpas de tal sacrilegio pero a cambio se me ahorraba la vida y teníamos que dejar aquella casa. El jovendominus, que es ahora nuestro emperador, no le negaba nada a tu madre. Era su favorita y eras el más valioso de los dos. Yo no era nadie, un pedazo de carne analfabeto, destinado a trabajos pesados, tu futuro era el de un liberto culto, educado. Te trataron siempre mejor que a mí. No he entendido nunca el motivo, pero así era.

Marco sabía cual era el motivo, por qué él no fue acusado de tal sacrilegio y por qué Krytios, a pesar de haberlo sido, pudo salvar su vida. Su madre le pidió ayuda a Trajano y éste intercedió por los dos. Si no hubiese sido su hijo probablemente los habrían ajusticiado.

Y así, mientras él se quedaba en Itálica yo tuve que irme con mi madre. A Thessalonica, su tierra natal, Macedonia.concluyó Krityos, mirando a Saturnio.

¿Cómo te fue la vida?” – le preguntó Marco.

Mejor que a muchos, peor que a ti.contestó, mirándole con hastío.

No estés tan seguro de eso, Krytios. He pagado con creces el daño que te hice.

Eso espero. Entonces ¿me vas a ayudar?

Hablaré mañana con Pausanias, podrá encontrarte algo.

¿Está en Roma? Haciéndote de niñera, imagino.

No exactamente. Duerme.

Krytios se tumbó sobre el catre, tapándose la frente con el antebrazo, bronceado y musculoso. Probablemente había pasado estos años realizando algún trabajo físico, al aire libre. Marco salió por la ventana que daba a la terraza, seguido por Saturnio. Se sentó en el rincón habitual, donde pensaba y reflexionaba, esperando otra noche en vela.

Saturnio se sentó a su vez, a su lado. De repente saltó como si lo hubiesen pinchado con un alfiler.

¡El arcón! Que le hemos dejado solo dentro, si se pone a husmear y da con el gladio….

Marco movió casi imperceptiblemente la comisura de los labios y tiró del cordón que llevaba siempre al cuello, enseñándole a Saturnio la llave: éste suspiró tranquilo.

De todas maneras, mucho ha tenido que cambiar Krytios para que se haya convertido en un ladrón. Tranquilízate, Saturnio.

Marco jugueteaba con unas briznas de paja que había en el suelo, llevándose una de ellas a la boca.

Me preguntaste qué me pasaba hoy. Imilce se va a ir dentro de poco, se la lleva Lucrecia a Baia” – dijo mientras mordisqueaba el tallo seco.

¿Baia?” – Saturnio ladeó la cabeza – No quisiera yo ponerle nervioso, pero ahí una Vestal resiste virgen dos días, como mucho.

Gracias por el apoyo moral, Saturnio. Si estuviese el emperador aquí… Imilce podría estar conmigo para siempre, sería libre y viviríamos nuestra vida.

¿Y qué tiene que ver el emperador?

Me lo prometió. En la ceremonia de liberación, me prometió que si alguna vez quisiera algo sólo tenía que pedírselo. No lo hice entonces, cuando era sólo un legado. Ahora le pediría que concediese la libertad a Imilce. Lucrecia no se podría negar.

Saturnio estaba callado, mesándose la barba y pensando; estaba haciendo cuentas con los dedos de una mano. De repente, alguna idea se le debió pasar por la cabeza, pues abrió la boca de par en par y se giró mirando a Marco con expresión asombrada, alejándose de él.

¡No puede ser!

¿Qué no puede ser?” – Marco miró extrañado al hombrecillo, que lo apuntaba con un dedo y empezaba a mover las manos nerviosamente.

¿Pero usted no ha caído aún?

¿Caer en qué?” – contestó Marco, que estaba empezando a ponerse nervioso.

Yo seré corto de estatura, pero no tonto. Nadie haría por un esclavo cualquiera lo que sudominushizo por usted. ¿Cómo ha dicho su primo?Te trataron siempre mejor que a mí. No he entendido nunca el motivo. ¡Yo que lo entiendo!” – Saturnio se levantó, dando saltos y moviendo rápidamente la mano derecha, como si se acabase de quemar con un tizón. Marco se levantó a su vez, y se acercó al hombre. ¡Anda mi madre que ojo que tuve al localizarlo en el Coliseo! Yo convencido de que usted es un pardillo y resulta que es el hi—

Marco se abalanzó sobre Saturnio y le tapó la boca con la mano.

Te repito lo que te dije cuando me seguiste por la Subura, ten la boca cerrada.

Saturnio, como aquella noche, asintió con la cabeza hasta que Marco quitó la mano.

¿Desde cuándo lo sabe?” – se atrevió a preguntar, con un hilo de voz.

Desde ayer por la noche. Fui otra vez al Castro Pretorio.

Saturnio chasqueó la lengua.

Menos mal que es usted tan listo… ¿Y con quién se vio?.

Marco miró de reojo al hombrecillo y sonrió.

Pausanias, el cónsul Sura… y Rapax. Quería hablar con él, saber qué pasó la otra noche. Sin embargo he sabido que él también…

Esta vez el mismo Saturnio se tapó la boca con las dos manos.

¡Por Baco, sus ménades y la madre que me parió! ¿Y qué haré yo la próxima vez que oiga que al emperador las únicas faldas que le gustan son las del uniforme de sus generales?

Morderte la lengua hasta que sangres” – contestó Marco. – He estado pensando, ese es el motivo por el que intentaron matarme en Atenas.

¿Tenía usted razón? ¿Fue el pretoriano?” – Saturnio movió la cabeza de un lado a otro, se asomó por la terraza y se llevó de nuevo a su amo al rincón en el que estaban sentados. – ¿Su hermano intentó matarle?” – dijo el hombre en voz tan baja que a Marco le costó entender qué estaba diciendo.

Sí. Saturnio, si no me he vuelto ya loco no lo haré nunca” – dijo Marco agachando la cabeza, apoyándola sobre las manos. El hombrecillo le dio unas palmadas en el hombro; siguieron hablando, toda la noche. Para Marco fue un alivio poder desahogarse con alguien mientras que Saturnio intentaba encontrarle, sin éxito, algún parecido a su amo con las estatuas del emperador en el foro.

Mientras tanto, Rapax estaba galopando por las colinas de Tibur. Había cenado en casa de un edil de la ciudad, que vivía en la lujosa Villa que perteneció al denostado Quintilio Varo, el general que murió en los bosques de Germania tras haber perdido tres legiones[9]. Rapax, al subir una de las colinas, vio un templo circular blanco, al borde de un precipicio. Llegaba hasta sus oídos el suave murmullo de las cascadas del río Anio; dio un ligero golpe de talones a Dominator y se dirigió hacia el templo. Conocía la fama de aquel lugar sagrado, sede de la Sibila Albunea, pues eran muchos los peregrinos que la visitaban todos los días para interrogarla. Llegó a la explanada del templo; se acercó, atraido por una figura femenina, inmóvil delante de la rampa de entrada. La brisa nocturna mecía la túnica blanca de la mujer, morena, esbelta, con el rostro cubierto por un velo también blanco. La sacerdotisa entró en el templo, y Rapax la siguió. Era una mujer joven, de brazos blancos y tersos. Se sentó en un taburete muy alto, a los pies del mismo había un brasero y a uno de los lados un pequeño altar sobre el que descansaba un libro.

¿Qué quieres preguntar a la Sibila?” – dijo la sacerdotisa, hablando con una voz profunda, embriagadora y suave.

Nada, si no es capaz de leer mis pensamientos.contestó Rapax. Sabía cómo trabajaban los supuestos adivinos, pues normalmente, en la pregunta de los peregrinos se escondía la respuesta que esperaban obtener. Rapax movió la cabeza y se dio la vuelta, cuando había dado apenas dos pasos, la mujer volvió a hablar.

Quieres saber quién es el hombre de la Medusa. La Sibila no puede decírtelo.

Rapax se dio la vuelta, extrañado. De repente una nube de vapor se levantó del brasero a los pies de la sacerdotisa, quien empezó a gemir y jadear. La mujer se agachó y el velo cayó sobre el brasero, quemándose al instante, pulverizándose; se giró y al verle el rostro Rapax no pudo evitar dejar escapar un grito ahogado. El rostro que tenía delante de sí era el de una anciana decrépita y ajada, de cuya boca sin dientes salía una voz que no pertenecía a este mundo, una voz que eran cien voces a la vez.

La sangre de tu sangre con tu sangre salvarás

Tu vida que es tu vida más que la vida amarás

El hielo quemará

El final será el principio

El destino, Tartessos

 

La mujer cayó al suelo, jadeante. Rapax se acercó y la levantó para que pudiese respirar mejor y creyó enloquecer al ver el rostro de Lucrecia delante de él; la sacerdotisa sacudió la cabeza, ya no era el rostro de su amante, si no el de su hermana, Livia. Rapax se alejó y subió al caballo, partiendo con un galope desenfrenado.

Muchas millas hacia el sur, dos hombres estaban sometiendo sus cabalgaduras al mismo esfuerzo. A pesar de que el pretoriano salió de la ciudad varias horas antes, el britano era veloz como el viento y le estaba ganando terreno. Cuando se trataba de dar caza, Drachir no sentía el cansancio.

12 días más tardeAnte diem XI Kalendas Augustas (20 de JulioOnce días antes de las calendas de agosto)

Quinto galopaba veloz. Si había algo que no soportaba eran las travesías por mar, y los días pasados a bordo de la nave de transporte militar en la que viajó desde Grecia hasta Asia, se le hicieron terminables. Él estaba hecho para el vaivén a lomos de un caballo, no para el precario equilibrio sobre unas tablas de madera a merced de Neptuno. Localizó la villa rústica a las afueras de Antioquía; durante la travesía pudo hacer pocas cosas además de memorizar el mapa y las instrucciones necesarias para llevar a cabo su misión. Desgraciadamente, algo más le facilitó la tarea: una columna de humo que se levantaba en el anocher.

Espoleó su cabalgadura y al subir una colina no pudo evitar murmurar No… no…no…al ver el espectáculo que tenía delante de sí en el fondo de un pequeño valle. La parte residencial de la villa estaba ardiendo. Llegaban hasta sus oídos el sonido de voces concitadas, gritos, y algo que conocía muy bien tras haberlo olido en el campo de batalla; el agrio hedor a muerte y carne quemada. Bajó de su caballo y se acercó hasta una explanada en la que habían colocado varios cadáveres, algunos de ellos completamente carbonizados. Una esclava de cabellos blancos y físico enjuto estaba arrodillada al lado de un cuerpo, cubierto de llagas y quemaduras, pero no carbonizado como los demás, sin lugar a dudas el de una mujer.

  • .. domina… domina…” – murmuraba la anciana. Ésta levantó la mirada del cuerpo inerte de su señora.
  • ¿Quién era?” – preguntó Quinto, temiendo recibir la respuesta que
  • Mi .. Livia.” – contestó la mujer. Observó a su ama sin vida, y habló, más al cadaver que yacía inerte que al hombre que le había preguntado. – La gritar, luego el humo. Me acerqué, la puerta estaba atrancada, no tenía fuerzas para abrirla. Cuando finalmente la pudieron tirar abajo estaba en el suelo, muerta. Es ella, lleva puesta su pulsera favorita. Un brazalete egipcio, una serpiente de oro con ojos de esmeraldas. Del mismo color de sus ojos, se lo decía siempre:domina, el mismo color de sus ojosy ella sonreía.

 

Quinto dejó a la mujer hablando consigo misma y se acercó a la Villa; la confusión era tal que nadie se preocupó en preguntarle quién era o qué hacía allí. Vio al dueño de la finca que daba instrucciones a unos esclavos, el incendio estaba prácticamente dominado. Cuando el grupo de hombres se alejó, Quinto recorrió la parte de la casa en la que se encontraban las habitaciones. Sin lugar a dudas el cubículo más dañado era en el que se había originado el incendio. Apartó los restos de la puerta y entró; una esquina de la pequeña estancia se había librado de las llamas. La pared estaba ricamente decorada con un fresco en tonos claros y motivos florales; un pájaro con un espléndido plumaje azul cantaba dentro de una jaula dorada. Algo le llamó la atención; una mancha oscura destacaba en la pared clara, quizás era hollín, se acercó. Quinto formaba parte de los especulatores, especialistas dentro del cuerpo de élite de los pretorianos. Su misión era, además de proteger al emperador, recoger información; su trabajo era dar importancia a un detalle que para cualquier otra persona habría pasado desapercibido. Pequeños indicios, como aquella mancha en la pared, o el bastoncillo que en esos momentos estaba recogiendo del suelo, de los que usan normalmente las esclavas para maquillar los ojos de sus señoras. No había ninguna mesita cerca y vio en el suelo, al lado de donde lo encontró, una pequeña vasija de barro con polvo de carbón. Necesitaba más luz; salió de la habitación en ruinas, recogió un trozo de madera que aún ardía, y lo acercó a la pared.

 

Había algo escrito en ella, no con la habitual escritura cursiva que en ocasiones era prácticamente imposible descifrar, sino en mayúsculas, claras, perfectas como la inscripción en un monumento:

 

HE LLEGADO ANTES

TE ESPERO EN EBURACUM[10]

DRACHIR

 

Quinto inspiró con fuerza, apretando las mandíbulas; golpeó con un puñetazo la pared, dejando en ella la marca de sus nudillos ensangrentados. Cuando estaba a punto de salir de la habitación, otro objeto llamó su atención: un rectángulo de madera, con los bordes ennegrecidos por el humo del incendio. Lo cogió. Se trataba de dos tablas de madera, del tamaño del palmo de una mano, unidas por un gozne dorado. Las abrió, había dos retratos en su interior. A la izquierda un retrato de mujer, a la derecha el de un hombre. Reconoció en el retratado al hombre que daba órdenes a sus esclavos en el patio; la mujer no podía ser otra que su esposa, Livia, la hermana de Rapax. El parecido era innegable: el hoyuelo en la barbilla, el color y la forma de los ojos, la misma mirada que daba a su superior un aire rapaz, en la mujer denotaba inteligencia. La retratada llevaba en su mano derecha un estilo, que apoyaba en sus labios carnosos. El pelo, de color castaño claro, estaba recogido con una redecilla de oro de la que escapaban algunos mechones ondulados. La mayor diferencia con su hermano era el color de su piel, muy blanca. Quinto miró el retrato, mientras la rabia y la vergüenza crecían dentro de su pecho. Sin saber muy bien el motivo, desenvainó su pugio y golpeó con fuerza el gozne dorado, separando los dos retratos. Cogió el de la mujer y lo guardó en una bolsa de cuero. No podía presentarse delante de su superior sin haber cumplido sus órdenes o, por lo menos, sin llevarle la cabeza del asesino de Livia, aunque le costase la vida. Se alejó de la villa sin llamar la atención, dirigiendo una última mirada al cuerpo semi carbonizado, cuyos puños en alto en un último y desesperado gesto por protegerse de las llamas le recordaban los brazos alzados en una plegaria; era como si aquel cadáver exigiese venganza. La comparación entre aquella forma grotesca y la mujer cuya belleza no marchitaría nunca gracias a la habilidad del artista que la retrató, le hirió profundamente. Montó en su caballo, preparado para deshacer el camino que lo había llevado hasta allí, guiandose por las estrellas y el hilo plateado de la luna menguante.

 

En esos mismos momentos otra persona alzaba sus ojos al cielo, aunque a muchas millas de distancia. Imilce buscaba el último retal de la luna en el cielo cubierto de estrellas, mientras la brisa del mar le acariciaba el rostro. Podía oir la música del banquete y las risas de los comensales. El senador Graco debía de ser un hombre increíblemente rico, si podía permitirse una villa tan lujosa, que nada tenía que envidiar al palacio imperial. Varias terrazas escalonadas se asomaban al mar, invitando a quien pasease en ellas a dejar perder su mirada en el Mediterráneo, pero ella no podía apartar los ojos de un tenue resplandor que provenía del sur. El gran volcán se había despertado; no con la violencia con la que años atrás destruyó Pompeya, Herculano u Oplontis. Todos le decían que no pasaría nada, que aunque la erupción fuese tan violenta como la de aquel entonces estaban demasiado lejos como para sufrir daño alguno. Si Marco estuviese allí le explicaría todo, y ella se quedaría más tranquila. Pero él no estaba, se había quedado en Roma. ¿Cuándo terminaría el verano? Apenas pasase el calor estival el senador, Lucrecia y los demás patricios regresarían a Roma, y volverían a verse.

 

Reconoció la risa cristalina de Lucrecia entre las de los demás invitados. El buen humor que se apoderó de ella desde su triunfo en el Circo Massimo no la había abandonado. Quiero que te inventes un peinado que haga sombra al de esa amargada de Plotina, quiero que no se hable de otra cosa en toda Roma, hasta que partamos a Baia– le dijo Lucrecia aquella noche aciaga. ¿Pero cómo? ¿Qué podría inventarse que rivalizase con las montañas de rizos y postizos de la emperatriz? Marco la acompañó en sus compras la mañana siguiente; estuvieron un buen rato dentro de la tienda del vendedor de pelucas y cada vez que el comerciante sacaba una novedad de la trastienda, Imilce negaba con la cabeza. Marco sonrió al ver su expresión preocupada. Quizás lo menos sea más” – le dijo guiñándole un ojo mientras la sacaba de la tienda. Ella sonrió a su vez, recordando aquella noche en la que Lucrecia se lamentaba de los picores que tenía que sufrir por la peluca. Tenéis mucho pelo, le había dicho a su señora. Claro, esa era la solución, Marco tenía razón, lo menos es más. En ese caso, los cabellos naturales de Lucrecia quizás fuesen menos sofisticados, pero eran mucho más bellos que aquellas cascadas de bárbaro pelo muerto; además, tenía mucha cantidad, la suficiente como para poder realizar sin necesidad de postizos el peinado que se le había ocurrido.

La mañana de las carreras, Imilce tenía todo preparado. No había tenido tiempo de probar el peinado en la hija del cocinero, la única en todo el palacio que tenía una mata de pelo parecida. Así pues, cuando su domina pasó a su lado antes de sentarse, desafiándola con la mirada, Imilce notó que le temblaban las piernas. Respiró profundamente y se puso al trabajo; hizo varias trenzas en las sienes que entrelazó con cintas de seda verde y perlas. Las unió en una más grande debajo de su nuca, moldeándola en un único rodete. Onduló su larga cabellera con el calamistrum[11], formando unos rizos suaves y amplios, no como los apretados tirabuzones que se encaramaban por la cabeza de la emperatriz. Al terminar se alejó unos pasos y, cabizbaja, esperó, con la misma ansia del acusado al escuchar el veredicto del tribunal, a que su señora hablase.

 

¿Ya está?” – dijo Lucrecia, girándose de repente hacia su esclava. – ¿Me dejas todo este pelo suelto?” – exclamó recogiendo con una mano los preciosos cabellos castaños que surgían debajo de las trenzas y el moño. No soy ni una furcia ni una viuda de luto, no si te has dado cuenta.

 

La patricia se levantó furiosa y se acercó al ventanal; en esos momentos una brisa ligera entraba por la ventana, haciendo flotar el cabello junto con las cintas verdes que lo adornaban. Acte, que no había abierto boca hasta el momento, se dejó escapar una exclamación.

 

¡Domina! ¡Estáis preciosa!

Hoy va a hacer mucho calor” – dijo Imilce, tomando valor. – “la peluca os provoca irritaciones y va a ser imposible no sudar, aunque estéis a la sombra. Estaréis mucho más fresca que las demás damas y había pensado también en maquillaros muy poco. Os sobra algo que a ellas les falta, una belleza natural. Tenéis una piel muy bonita…

 

Imilce seguía hablando, sin saber muy bien lo que decía. Al ver que su señora no seguía gritándole, sino que se había quedado en pie, inmóvil, no supo cómo reaccionar, y dejó que las palabras saliesen atropelladas por su boca. Lucrecia, mientras tanto, estaba viendo, como si estuviesen delante de ella en esos momentos, a la emperatriz y a las demás empapadas de sudor que, cayendo por las sienes, formaba churretones con la pesada crema de blanco de zinc con la que se embadurnaban el rostro. Por no hablar del olor que desprenderían aquellas montañas de pelo embadurnadas de afeite bajo el sol implacable del mediodía de julio en Roma, por muy a la sombra que estuviesen. A su lado parecería una niña; además, la jornada que tenían por delante era larga, muy larga. Veinticuatro carreras de cuádrigas, con sus intermedios, entretenimientos, carreras de caballos. Puede que sus nobles parientes aguantasen con buen aspecto durante la primera competición, tres como mucho. Podía oír ya el murmullo del gentío que estaba empezando a ocupar sus localidades en las gradas. Tenía razón aquel hombre con el que cenaron en palacio hace unas noches, Terencio; no estarían aún ocupadas ni un cuarto de ellas y dentro del palacio el eco de las voces recordaba el zumbido de un panal.

 

Lucrecia se dio la vuelta y levantó una mano. Tal gesto bastó para que Imilce se callase al instante.

 

No insistas, te haré caso. Por todos los dioses, no por qué lo hago; pero puede que tengas razón. Acte, ayúdame a vestirme.

 

Al cabo de una hora caminaban por uno de los pasajes subterráneos que llevaban desde el palacio directamente al palco imperial en el circo. Lucrecia iba detrás de la emperatriz, Vibia Sabina y Salonina Matidia, que habían venido de Tibur expresamente para la ocasión. Las obras de reconstrucción del Circo Máximo ordenadas por Trajano, que habían añadido cinco mil localidades a las existentes y arreglado los daños causados por un incendio ocurrido durante el reinado de Domiciano, acababan de terminar. Se trataba de una especie de inauguración oficiosa, a falta de que el emperador en persona lo hiciese. Las mujeres se habían saludado en la penumbra de los pasillos, por lo que no pudieron reparar en el peinado y el vestido de Lucrecia. Imilce y Acte iban detrás de su señora; ésta última, muerta de miedo, agarraba nerviosamente la mano de su amiga. Justo antes de entrar en el pasillo, Imilce le comentó algo que le había dicho Marco el día anterior, que iban a pasar por el mismo punto en el que, sesenta y cuatro años atrás, el emperador Calígula fue asesinado por uno de sus pretorianos. La mujer estrujaba la mano de su amiga mientras que, apretando los dientes y en voz baja, rezaba todas las plegarias que conocía para calmar los espíritus de los difuntos. Imilce sonreía sin hacerle demasiado caso; allí donde estuviese, el fantasma de Calígula tendría otras cosas en las que ocuparse, no en atormentarlas.

 

Salieron al palco, y la luz del mediodía cegó por unos momentos a Imilce; cuando distinguió lo que veía el espectáculo la dejó sin aliento. Ciento cincuenta mil personas llenaban a rebosar el circo; el cortejo encabezado por el promotor de las carreras, que no era otro que el senador Graco, estaba en esos momentos transitando por el lado opuesto del circuito de forma elíptica. No podía verlos, sólo intuirlo por el griterío del público, pues el obelisco de Augusto colocado justo en mitad de la spina[12] se lo impedía. Lucrecia se acomodó en un triclinio situado al lado opuesto del de Plotina, mientras que el puesto principal quedaría vacío, pues era reservado exclusivamente para el emperador. Más tarde, tras la primera carrera, se les uniría Graco. Una vez pasada la emoción por el espectáculo que tenía ante sus ojos, Imilce recordó con angustia que en ese palco se llevaría a cabo algo mucho más importante para ella que las carreras de cuádrigas; su inmediato futuro dependía de la impresión que causase Lucrecia.

 

En esos mismos momentos la emperatriz la estaba estudiando detenidamente, con una sonrisa sarcástica en los labios, mientras que, con disimulo, se rascaba la nuca con una varita de marfil. Imilce distinguió las primeras gotas de sudor resbalar por el cuello de Plotina, pero en esos momentos otra cosa le llamó la atención. Un griterío aún más fuerte se levantó en las gradas; el público más cercano al pulvinar[13] había visto a Lucrecia. No tanto a ella sino a la vaporosa túnica verde, la palla[14] del mismo color y los lazos de seda verde entrelazados entre los cabellos. Los seguidores del equipo verde estallaron de júbilo y la reacción de los seguidores de esa escudería se retransmitió por las gradas del circo como si se tratase de una ola. Era la primera vez desde hace años que nadie en el palco imperial mostraba tan abiertamente su simpatía por un equipo que no fuese el azul, el favorito de la aristocracia. Lucrecia inclinó ligeramente la cabeza aceptando los vítores que se multiplicaban mientras que en las gradas crecían manchas multicolores de color blanco, rojo, azul o verde, según por cual equipo simpatizasen los espectadores. Se giró de nuevo hacia Plotina y mantuvo su mirada. Tal como había imaginado, todas ellas lucían aparatosos peinados consistentes en inestables cascadas de rizos en forma de tiara, y, tal como a su vez había previsto Imilce, el fuerte calor empezaba a notarse en los rostros estirados de aquellas mujeres.

 

En las gradas inmediatamente posteriores al palco imperial, ocupados por la sociedad más exclusiva de Roma, las mujeres cuchicheaban entre ellas y señalaban con el dedo, sin demasiado disimulo, a Lucrecia, mientras que los hombres empezaban a sentir demasiado calor, y no a causa del sol de mediodía. Imilce suspiró aliviada, Lucrecia había triunfado, como lo hicieron los verdes aquel día. Ganaron dieciseis de las veinticuatro carreras de la jornada, una hazaña nunca vista antes en las carreras del Circo Máximo. Cuando el sol empezaba ya a ocultarse detrás del monte Aventino y el auriga del equipo verde que había ganado la última carrera terminaba su vuelta de honor, Lucrecia insistió en visitar las cuadras adjuntas a los puestos de salida o carceres, para saludar personalmente a los vencedores. Aulo Liviano, el jefe de los pretorianos, dispuso que un grupo de hombres acompañase a Lucrecia, al senador Graco y su séquito, mientras que él y otro grupo de soldados escoltaban de regreso a palacio a Plotina y las demás damas. A Imilce no se le escapó el gesto que hizo un joven soldado cuando la emperatriz pasó a su lado, arrugando ligeramente la nariz como si acabase de oler algo desagradable.

 

La actividad en las cuadras era frenética. En el lado que ocupaban los verdes, todo eran vítores y chanzas hacia los demás adversarios, quienes se estaban ocupando en recoger apresuradamente todas las pertenencias para volver a las respectivas escuderías, en el campo Marcio. La irrupción de un grupo de pretorianos hizo que las voces bajasen de tono. Lucrecia se acercó a la zona ocupada por los verdes, aplaudiendo.

 

Senador, lamento que mis verdes os hayan amargado el día” – le dijo Lucrecia, sonriendo.

Suerte, Lucrecia. Pura suerte. La diosa fortuna no se ha sabido resistir a un talismán tan hermoso y encantador” – respondió Graco cogiendo la mano de Lucrecia y besándosela.

¿Suerte? Vamos, senador, dieciocho carreras de veinticuatro no es suerte. ¿Verdad chicos?” – dijo en voz alta dirigiéndose a los aurigas, mozos de cuadras y demás personal. Éstos respondieron con vítores y gritos. – “Os digo más, senador” – continuó Lucrecia mientras acariciaba la testuz de uno de los corceles – “Apuesto que hasta un mozo de cuadras de los verdes es capaz de ganar al mejor auriga de los azules”.

 

Un silencio profundo se abatió entre los presentes, parecía que nadie osase tan siquiera respirar. Graco sonrió.

 

– “Lucrecia, no lo puedes decir en serio” – contestó Graco, que empezaba a cansarse de los caprichos de la bella hispánica.

“No he hablado más en serio en mi vida. Que sea un diversium; una carrera a dos mangas, cambiando los caballos en la segunda, así no habrá sombra de dudas sobre quién es el mejor.” – replicó Lucrecia, sin apartar la mirada del senador.

 

En esos momentos uno de los presentes se acercó donde se encontraba Lucrecia; era el responsable de la escudería de los verdes. Probablemente fue un auriga en activo hasta que sufrió un accidente, como solía ser habitual en las pistas del circo, a juzgar por el brazo izquierdo, ligeramente más corto que el derecho.

 

“Domina, todos nosotros os agradecemos vuestra confianza, pero… Hace falta años de entrenamiento para llegar a ser un buen auriga. Es peligroso, un mozo de cuadras nunca podrá competir con un profesional…”

 

– “¡Yo sí que puedo!” – todos los presentes se dieron la vuelta para ver quién pronunciaba tales palabras. Imilce se llevó las manos a la boca, sorprendida. Quien había hablado y se hacía paso entre los demás hasta llegar donde se encontraban Lucrecia y Graco era sin lugar a dudas Krytios. No lo había visto desde que eran niños, pero Marco le había dicho que estaba en Roma, que era un hombre libre y que, gracias a Pausanias, le habían encontrado un trabajo en la escudería de los verdes.

 

– “¿Estás loco?” – contestó el jefe del equipo de malos modos. – “¡Vuelve a tu sitio Krytios! ¡No has hecho más que darme problemas desde el primer día!”

– “¡Puedo ganar, Félix! Se me dan bien los caballos”.

– “Quizás herrándolos o cepillándolos. Ni hablar, te matarás en la primera curva. Y no lo sentiría por ti, sino por los caballos”.

– “Corro con los gastos” – replicó Lucrecia. – “Si él pierde” – señaló a Krytios – “pago por los caballos, el material dañado además del premio habitual para el vencedor. En los idus de Septiembre[15], aquí, en el Circo Máximo, que la última carrera sea un diversium. El mejor auriga de los azules contra… Krytios”.

 

Imilce no daba crédito a lo que estaba oyendo. No entendía cómo Lucrecia podría estar tan segura de lo que decía, y además, dudaba de que pudiese permitirse desembolsar los treinta mil sestercios que era el premio mínimo para un profesional del circo. Mientras tanto Krytios se percató de su presencia y le guiñó un ojo.

 

– “Tengo que consultar mi dominus factionis[16]” – accedió al final Felix, levantando los brazos.

– “Accederá, es un buen amigo” – contestó Graco. Según sus informes la situación financiera de Lucrecia no le permitiría afrontar tal gasto, no con su hermano junto al emperador en la montañosa Dacia. No cabía duda de que el mozo de cuadras perdería contra Crescens, el auriga campeón de los azules. Él mismo, en calidad de propietario de la escudería, había comprado sus servicios a precio de oro, arrebatando a los rojos su primera estrella desde hacía generaciones. Sí, no estaría nada mal que Lucrecia tuviese una deuda con él, podría serle muy útil.

 

Así pues ofreció su mano a Lucrecia y dijo en voz alta.

 

– “Acepto la apuesta: vuestro ‘mozo de cuadras’ contra Crescens, el campeón de los azules, aquí, en los idus de Septiembre”.

 

Imilce se preguntaba, mientras observaba la línea oscura del mar, cuantas probabilidades tendría Krytios de ganar esa carrera, y aunque no entendía mucho de caballos, supo que poco tendría que hacer un ex-esclavo contra un profesional de la arena, con años de experiencia. De repente, una brisa fresca le provocó escalofríos, y regresó al interior de la villa, a esperar con Acte que Lucrecia se retirase a dormir.

 

Ante diem VI Kalendas Augustas (25 de Julio – Seis días antes de las calendas de agosto)

Al atardecer del decimoquinto día de marcha Sura y los especulatores tenían al alcance de su vista el campamento del emperador. Aunque habían sido testigos en varias partes del imperio las proezas de las que eran capaces los ingenieros y arquitectos al servicio de Roma, el espectáculo que tenían delante de sus ojos los dejó sin aliento. Tras varias millas de camino por estrechos pasos de montaña entre los que el río Danuba rugía como un león enjaulado, al llegar a Dobreta éste se abría en una planicie; el curso se volvía más tranquilo, pero la anchura era inmensa, casi una milla[17]. El emperador había cumplido su promesa, había domado el gran río. Un espectacular puente, el más largo jamás construido por el ingenio romano, lo atravesaba de lado a lado; veinte pilares de piedra servían de apoyo a veintiún arcos de madera sobre los que se apoyaba un suelo  del mismo material. En la orilla más cercana se podía ver que las obras de uno de los campamentos fortificados que defendían el acceso al puente aún no habían acabado; probablemente tampoco estaba terminado el fortín opuesto, pero habría que tener la vista de un halcón para distinguir qué sucedía al otro lado.

En la llanura estaban acampadas las dos nuevas legiones reclutadas especialmente para esta campaña militar, la II Traiana Fortis y la XXX Ulpia Victrix. Entre las dos legiones se levantaba un campamento fortificado, el de la I y la IV Cohorte Praetoria, y en medio de ellas se encontraba el praetorium, la tienda del emperador. En esos momentos, el centro del Imperio era esa frágil construcción de pieles y madera, no el palacio semi desierto en el Palatino de Roma.

Publio, el hijo de Lucrecia, y su esclavo, sonrieron. Por unos instantes se olvidaron de las dolorosas llagas que tenían en los muslos y en las posaderas. El hecho de que el joven pariente del emperador formase parte de la expedición no había reducido el ritmo frenético de la marcha; aunque cabalgaban más de cuarenta millas al día[18] ninguno de los dos jóvenes se lamentó. Publio hubiese preferido cortarse una mano a quejarse delante de Sura. No lo hizo ni siquiera cuando tuvo que dejar atrás el carro con sus pertenencias, que entorpecía la marcha. Ordenó a Manio que dispusiese sobre los caballos lo mínimo indispensable; como era de esperar, el joven patricio se desahogaba con su esclavo. No lo castigaba a golpes de látigo, pues al acampar cada atardecer estaba demasiado cansado como para hacerlo, sino que le encomendaba una serie infinita de tareas. Una tarde en la que le ordenó que cepillase de nuevo a su caballo, creyó advertir una mirada contrariada en el rostro del cónsul Sura, por lo que decidió no volver a importunar a su esclavo cuando éste se encontraba cerca.

Manio, por su parte, no dejaba ver su cansancio o su contrariedad, fuera por seguir el consejo de su madre, o bien porque, por muy agotado que se sintiese, el hecho de poder cabalgar al lado de aquellos jinetes era lo más parecido a un sueño hecho realidad.

Una noche, intentó calmar el dolor lacerante que sentía en un muslo sumergiendo la pierna en el agua fría del riachuelo junto al que habían acampado. Suspiró aliviado y agradeció el frío que sentía en esos momentos, tras el calor infernal de una jornada a caballo bajo el sol.

– “Cuando saques la pierna del agua te sentirás peor” – dijo alguien a sus espaldas. Se levantó ignorando las punzadas de dolor que atravesaban todo su cuerpo. Reconoció al centurión de los especulatores, al que todos, incluso el cónsul Sura, llamaban Rapax.

– “Siéntate muchacho” – continuó el hombre mientras que, a su vez, se puso de cuclillas para beber del río. Rapax observó al chico; un fuego cercano le permitía reconocer los grandes ojos pardos y el pelo castaño. Eran los mismos del hombre que hasta hace pocos días había considerado su enemigo, y que en realidad era su hermano.

Manio seguía callado; sentía demasiado respeto por lo que el pretoriano representaba como para estropear ese momento diciendo algo estúpido. Rapax le dio un frasco que llevaba en la mano.

­– “Toma esto, póntelo sobre las llagas, te aliviará”.

– “Gracias, señor” – contestó Manio. Destapó la pequeña vasija, la acercó a la nariz y la alejó de inmediato, reprimiendo un conato de vómito.

“Lo sé, el olor es nauseabundo, pero te aseguro que funciona” – replicó Rapax.

Manio permanecía en silencio, cabizbajo, jugueteando con el frasco. El pretoriano tampoco hizo ademán de seguir hablando, se limitaba a observar al muchacho. Éste al final tomó valor y levantó la mirada, estudiando al hombre que tenía delante de sí: el estatuario rostro tostado por el sol, algunas pequeñas arrugas alrededor de los ojos y en la comisura de los labios, canas prematuras en las sienes. Por debajo de una de las mangas cortas de su túnica asomaba la costra de una herida reciente, que estaba cicatrizando. Manio se preguntaba cuántas heridas más tendría. Inspiró y tomando valor, dijo:

– “¿Por qué hacéis esto por mí, señor?” – dijo levantando la pequeña vasija que contenía el ungüento. – “Sois el tricenarius de los especulatores augustii, mientras que yo soy sólo un esclavo, no soy nadie”.

– “¿Cómo te llamas?” – preguntó Rapax, admirando el coraje del muchacho.

– “Manio”

– “No vuelvas a decirlo nunca, Manio. No digas nunca más que no eres nadie. Tengo la intuición de que no serás esclavo toda tu vida, y creo saber qué es lo que quieres” – Rapax señaló una de las tiendas en las que en esos momentos descansaban un grupo de soldados. No hacía falta ser un augur[19] para darse cuenta de que el sueño del joven esclavo era formar parte de la caballería. Por muy cansado que estuviese, una vez terminadas sus tareas observaba a los pretorianos, estudiaba los aparejos de sus monturas o, a cambio de una pluma con la que adornar el casco, preguntaba a alguno de ellos detalles sobre sus armas o cómo usar la lanza en una carga contra el enemigo. Tampoco hacía falta demasiada perspicacia para suponer que, siendo su padre un liberto que contaba con la protección del cónsul Sura, su manumisión sería cuestión de poco tiempo.

– “Y, respecto a por qué hago esto por ti…” – Rapax sopesó sus palabras – “… digamos que me recuerdas a alguien. Sobre todo a mí, cuando tenía tu edad”.

 

– “Gracias, de nuevo” – respondió Manio sonriendo.

 

Rapax se levantó, caminó unos pasos; se detuvo de repente y volvió, poniéndose de nuevo en cuclillas, al lado del chico. Le dijo en voz baja:

 

– “Ah, y yo en tu lugar no le diría nada a tu amo sobre este remedio” – le dijo señalando el frasco – “probablemente te lo quitaría para usarlo sólo él”.

 

– “Señor” – contestó Manio – “no tenía la menor intención de hacerlo”.

 

Rapax sonrió, se apoyó en el hombro del joven para levantarse y desapareció engullido por la oscuridad de la noche. Los días siguientes siguió tratándolo como lo había hecho hasta ese momento, como se suelen tratar a los esclavos: simplemente como si no existiese.

 

Manio estaba recordando aquella noche mientras se dirigían hacia el campamento del emperador cuando una voz lo sacó de su ensueño.

 

­- “Esclavo ¿cómo tengo que decírtelo? No cabalgues tan cerca de mí ¡apestas!” – le dijo Publio mientras, reprimiendo una mueca de dolor, intentaba cambiar de posición en la silla.

 

Manio sonrió con disimulo al oír estas palabras; no fue el único, Rapax, que cabalgaba a poca distancia, también lo estaba haciendo.

 

Los trescientos especulatores atravesaron el campamento de la Ulpia y entraron en el de los pretorianos al paso. Sura, Rapax, Publio, y detrás de él su esclavo, desmontaron a poca distancia de la tienda del emperador, y pudieron distinguir claramente el sonido de voces concitadas provenir del interior. En esos momentos, la lona que cubría la entrada se abrió de repente y el emperador en persona salió por ella, visiblemente contrariado y malhumorado. Los guardias germanos se cuadraron en su presencia. Eran tan altos y musculosos que a su lado el cuerpo delgado y fibroso de Trajano parecía más frágil de lo que era. Tenía cincuenta y dos años, y aunque su cuerpo no aparentaba tal edad sí lo hacía su rostro de mejillas excavadas y expresión austera. Los ojos eran de color pardo, los labios finos y la nariz prominente; sin embargo, lo que llamaba la atención en la figura del emperador era el pelo completamente blanco, que lucía con orgullo al punto que en el campo de batalla, en las contiendas más feroces, no usaba el casco. Así sus soldados podían distinguir a su general en la refriega más por la blanca cabellera que por el paludamentum[20] púrpura.

 

Trajano salió al encuentro del grupo; se fundió en un abrazo con Sura. Rapax estaba detrás de él. Éste se cuadró y levantó el brazo derecho.

 

– “¡Ave, César!”

 

­– “Ave, Flavio Messio Rufo. Echaba de menos mis especulatores, espero que hayáis descansado lo suficiente en Roma, Rapax. Creo que todos te llaman así ¿no?” – el emperador disimuló su inquietud al notar en el rostro y el brazo izquierdo de su hijo rastros de heridas recientes. Fingir no era su fuerte y aunque en los últimos veinte años no lo había visto más que en contadas ocasiones cada vez que lo hacía sentía que el corazón le latía más fuerte en el pecho.

 

– “Gracias, César, así es”.

 

– “Y tú eres Publio… la última vez que te vi estabas aún en brazos de tu madre. Tu tío te está esperando” – dijo Trajano dándole la mano al joven, quien la estrechó ruborizado. Había sólo tres hombres por los que Publio sintiese un respeto cercano a la adoración ciega: su tío Adriano, el cónsul Sura y, sobretodo, el emperador.

 

– “César. Es un honor para mí estar aquí” – dijo el joven.

 

– “¿César? Somos familia, Publio, llámame ‘tío’. Creo que ha llegado la hora de que te deshagas de esto“ – contestó Trajano cogiendo la bulla[21] del chico entre las manos. – “Quizás eres demasiado joven como para tomar la toga virilis[22], pero, vistas las circunstancias… Tu tío y yo somos los hombres de tu familia, creo que lo mejor es que tomes parte en esta campaña como lo que eres ya, un hombre. Si estás de acuerdo, obviamente. Quizás prefieras esperar a los Liberalia[23] cuando volvamos a Roma, así podrás dar el primer paseo con tu nueva toga en el foro, como es de rigor, y no en un campamento rodeado de soldados y…”

 

Publio interrumpió entusiasmado al emperador.

 

– “¡No! ¡No! Lo prefiero mil veces aquí ¡por favor! Sé que mi madre estaría de acuerdo”.

 

– “No me cabe la menor duda” – respondió Sura sonriendo.

 

“Sea, entonces” – dijo Trajano, quien, al levantar la vista vio detrás de su sobrino a un joven, seguramente su esclavo personal, a juzgar por el collar con la placa de bronce con el nombre de su familia escrito en él. En un instante se vio transportado en el tiempo, dieciséis años atrás, en Itálica, cuando delante del magistrado liberó a su propio hijo y le regaló el gladio que, a su vez le había regalado su padre cuando tenía su edad. Aunque apartó con la suficiente rapidez la mirada de aquel esclavo, Sura se dio cuenta de que el emperador acababa de reconocer a su nieto.

 

Trajano recuperó la compostura antes de haberla perdido e indicó el interior de la tienda. Los guardias germanos abrieron la lona; dentro de ella había sólo dos personas: Adriano, que estaba apuntando con su índice un plano desplegado sobre una mesa, y el arquitecto Apolodoro, que a duras penas podía mantener la calma.

 

– “Por Mitras ¡aquí está mi sobrino!” – dijo Adriano, borrando en un instante de su rostro la contrariedad que exhibía pocos instantes antes y luciendo la más entrañable de las sonrisas. Publio abrazó a su tío quien dijo mientras lo levantaba en volandas – “Que se prepare Decébalo ¡han llegado refuerzos de Roma!”

 

Adriano seguía sonriendo mientras soltaba a Publio; se acercó a Sura, al que saludó estrechándole el brazo.

 

– “Veo que Publio ha traído consigo a los especulatores” – prosiguió Adriano mientras miraba a Rapax, firme en medio de la tienda. – “No hemos tenido ocasión de conocernos antes. Publio Elio Adriano” – dijo alargando la mano a Rapax.

 

­– “Flavio Messio Rufo” – respondió Rapax estrechando el brazo con fuerza.

 

– “O Rapax. Tu fama te precede, tricenarius”- prosiguió Adriano.

 

– “Gracias, tribuno” – respondió el pretoriano. Bastaron esos pocos instantes y la mirada que cruzaron durante el saludo, para que ambos hombres se diesen cuenta de que no se gustaban. A Rapax le pareció inoportuna la desenvoltura con la que el sobrino del emperador se movía, como si estuviese él al mando y no su tío. Quizás se debiese a la arrogancia propia de los aristócratas para los que la guerra no era más que una especie de juego o un peldaño más que había que subir en la propia carrera. Se preguntaba en esos momentos si sería verdad la historia de que Adriano se había dejado crecer la barba para ocultar unas cicatrices obtenidas en el campo de batalla; viendo su pose elegante, los cabellos oscuros perfectamente ondulados y perfumados, o el uniforme impecable pensaba sin embargo que tales cicatrices no eran más que el recuerdo de un marido celoso. Se rumoreaba que cuando un grupo de senadores se burló de su acento tras su primer discurso en la curia, la dulce venganza de Adriano consistió en seducir a las mujeres de aquellos prohombres.

 

Por su parte, Adriano despreciaba los oscuros orígenes de Rapax y desconfiaba en él, pero ya que ni el emperador ni Sura eran de la misma opinión decidió disimular y observar.

 

– “Quisiera hablar a solas con el cónsul Sura, tenemos asuntos urgentes que tratar, dejadnos solos por favor” – dijo Trajano. En pocos instantes todos dejaron la tienda; el emperador ordenó con un gesto a los esclavos presentes que se retirasen. Cuando se cercioró de que estaban solos se acercó a Sura.

 

– “Lucio ¿se puede saber qué pasa?” – dijo Trajano mirando fíjamente a su amigo. – “No esperaba a los especulatores hasta dentro de unos veinte días, no los necesito aún y quería que “descansasen” en Roma el mayor tiempo posible. Pero hay otra cosa” – se acercó a Sura de manera que éste le pudiese oírle. – “¡El esclavo de Publio, el muchacho!” – dijo susurrando – “¿Quién es? Aunque no hace falta que me lo digas, basta verlo. ¿Por qué no lo he sabido?”

– “Nadie lo sabía, ni siquiera Pausanias. Él estaba en Grecia con Marco y yo no tenía contacto con nadie de tu casa; además, la muchacha se casó al poco tiempo con aquel otro esclavo, nadie sospechaba que Manio fuese hijo de Marco”.

El emperador se alejó de su amigo y recorrió con rápidas zancadas la tienda, llegando hasta donde había unas jarras, vació el escaso contenido de una de ellas en un vaso y bebió el vino.

– “¿Cómo está? Me refiero a Marco”.

– “Bien, vistas las circunstancias. Han pasado muchas cosas los pocos días que he estado en Roma. Tu secreto empieza a ser conocido por demasiadas personas. Probablemente Graco” – Sura inspiró y decidió que era inútil intentar dosificar las noticias y que era mejor decirlo todo en manera directa y rápida: qué había sucedido en Roma, todo lo que sabían sobre el papel de Graco, el asalto a Rapax y el rescate de Livia.

Trajano había escuchado con atención a su amigo, caminando despacio por la tienda, yendo y viniendo de la mesita en la que tenía disposición comida y bebida, para rellenar de vez en cuando su copa. Cuando finalmente Sura calló, él se sentó, sin decir nada; miraba, sin verlos, los pergaminos que había sobre su mesa de trabajo: los planos del puente, mapas de Dacia, el plano de Zarmizegetusa Regia.

– “¿Saben que soy su padre?”

 

– “Marco lo sabe. Se dio cuenta cuando Rapax le enseñó el anillo; a diferencia de él, recordaba perfectamente quien le dio su gladio. No dijo nada entonces, y no se vieron después. Rapax ha intentado sonsacarme durante el viaje, le he dado respuestas vagas, pero es un hombre inteligente. De la misma manera que tras verme con Pausanias nos relacionó con sus recuerdos infantiles puede llegar a la conclusión de que ‘el hombre de la Medusa’ eres tú, sobretodo apenas te pongas eso” – dijo Sura señalando a su coraza de combate, que descansaba en una especie de cruz de madera colocada cerca de su camastro de campaña, en el extremo opuesto de la tienda.

 

Trajano apoyó la copa sobre la mesa, suspiró. Agachó la cabeza, masajeándose las sienes con los dedos. Sura tomó valor para hacerle una sugerencia a su amigo.

 

– “Quizás la única manera de que tus hijos estén de verdad a salvo sería reconocerlos oficialmente, adoptarlos. Nombrar a uno de ellos tu sucesor”.

 

El emperador de repente pareció recobrar la energía con la que Sura lo vio salir de la tienda una hora antes.

 

– “¡Jamás! ¿Para que acaben como Tito y Domiciano? ¿Masacrándose entre ellos por el trono? No, Lucio, nunca. Ninguno de ellos será jamás emperador; no, si puedo evitarlo. Además, ya sabes a quién nombraré heredero.” – dijo Trajano.

 

– “No pareces demasiado convencido. De todas maneras, Adriano es una buena elección.”

 

– “Más de Plotina que mía.” – concluyó el emperador, frunciendo el ceño y llenando por enésima vez su copa.

 

­– “Pero está bien preparado, Marcio. Ha estudiado leyes, habla perfectamente griego, conoce otras lenguas y tiene algo que a ti te falta, habilidad política. Sabe moverse en Roma, negociar, es diplomático.”

 

– “Y es arrogante, quiere tener siempre razón y saber de todo más que nadie. ¿Te puedes creer que estaba diciéndole a Apolodoro que había hecho mal los cálculos sobre la capacidad estructural del puente? Adriano sostiene que si mañana hacemos pasar todas las máquinas de guerra a la vez uno de los arcos de madera cedería, mientras que el arquitecto insiste en que el puente es sólido. He tenido que pegar un puñetazo en la mesa, dar mis órdenes y salir a tomar un poco de aire, mientras seguían discutiendo.”

 

– “¿Y qué has decidido?” – preguntó Sura.

 

“Que mañana todas las máquinas de guerra atravesarán el puente… Pero no seguidas, una entre cada cohorte[24].” – contestó el emperador, guiñándole un ojo y sonriendo a su amigo. Ambos descargaron algo de tensión dándose una palmada en el hombro. – “Mi sobrino será orgulloso y engreído, pero suele tener razón. La mayor parte de las veces.”

 

El rostro del emperador volvió a oscurecerse al instante.

 

– “¿Y Livia? El hombre que ha mandado Flavio… Rapax… ¿Es tan capaz como dice?”

 

– “Me ha asegurado que pondría su vida en sus manos. En estos momentos probablemente estarán ya de camino a Roma, la llevará a palacio. Se alojará con tu familia, lleva una carta en tu nombre; se hará pasar por la hija de un noble de Partia, enemigo del rey Osroes, que necesita la protección del emperador.”

 

– “Otra mentira. Eso es lo que he dado a mis hijos, mentiras. He estado engañándome todos estos años. Cuando no era nadie me decía que no podía hacer más por ellos; después, cuando fui adoptado por Nerva y nombrado sucesor, acallé mi conciencia con la excusa de que valía la pena negarles una cierta posición social a cambio de una vida tranquila. Me consolaba diciéndome que por lo menos Livia… Cuando me dijiste que un hombre pudiente se había enamorado de ella, que la había tomado por esposa a pesar de que era estéril desde que sufrió aquella caída poco después de entrar en la pubertad y de que prácticamente no tenía dote…” – Trajano se acercó a una arqueta de la que sacó una copia del pequeño retrato que Quinto había encontrado en la villa de Antioquía – “Es tan hermosa como lo era su madre ¿cómo iba a dudarlo? Y sin embargo ese matrimonio era una maquinación de Graco; no es una coincidencia que tal pasión hacia mi hija por parte de su capataz naciese justo cuando había enviado a Rapax a Atenas”.

 

Trajano guardó el retrato e hizo ademán de llenarse de nuevo la copa, pero Sura le detuvo. Estaba seguro de que algo más lo preocupaba; no lo había visto nunca así; el emperador entendió la mirada de su amigo y como toda respuesta le pasó un pergamino que había sobre la mesa. Sura leyó detenidamente.

 

– “¿Longino está en manos de Decébalo? ¿Cómo ha sido posible?”

 

– “Se ofreció para ir a negociar con él su rendición. Sabía que probablemente acabaría como rehén, me negué, pero insistió. Dijo que me sería más útil dentro de las murallas de Sarmizegetusa que fuera. Le dejé ir. He fallado a mi mejor amigo, de la misma manera que le he fallado a mis hijos. Todos confían en que esta campaña será breve, pero no lo será. Y aunque gane la guerra, si no encuentro el tesoro de Decébalo es como si la hubiese perdido. La situación del erario es crítica, tengo enemigos poderosos. Graco tiene muchas simpatías, y bastante dinero como para comprar a quien se proponga.”

 

– “No puede comprar el ejército, Marcio. Hasta el último soldado y pretoriano te son fieles”.

 

– “¿Estás seguro? No pongas tu brazo en el fuego por mi causa, Lucio. Recuerda que Graco había corrompido a mi propio hijo”.

 

Trajano descargó su rabia lanzando la copa que llevaba en la mano; ésta dio contra uno de los leños que sujetaba el techo de la tienda, rompiéndose en mil pedazos con un gran estruendo. De inmediato entró uno de los germanos de guardia, desenvainando su espada.

 

– “Tranquilo, Vatto, no pasa nada, se ha roto una copa” – contestó el emperador. El germano asintió y salió de la tienda sin decir una palabra. – “Y ahora, Lucio, pasemos a otros asuntos. Ponme al corriente sobre las obras de las nuevas termas.”

 

Ante diem I idi Augusti (12 de agosto – Un día antes de los idus de agosto)

 

Desiertos, colinas, llanuras, bosques, montañas… Syria, Cilicia, Galatia, Bitinia, Tracia, Moesia, Dalmacia, Pannonia… el paisaje cambiaba de aspecto, las regiones que atraversaba de nombre, sin que Quinto se diese cuenta. Cabalgaba sin descanso, cruzaba ríos o mares como si fuese un autómata. Su uniforme y un salvoconducto imperial le abrían todas las estaciones de posta, pequeños cuarteles o grandes guarniciones de frontera. Pasaba de un caballo a otro sin descanso, viajaba por territorios inseguros, se permitía sólo las pocas horas de sueño necesarias para no caer exhausto de su montura. Se decía que Tiberio, mucho antes de ser emperador, viajó desde Roma a la frontera en Germania, para ver morir a su hermano Druso, en menos de tres días, dormitando sobre la silla, cambiando, como él, de cabalgadura.

 

No sabía si llegaría a emular la hazaña de Tiberio, aunque tampoco le importaba mucho. Drachir, o Furio Vipsanio, le esperaba en Eburacum para saldar cuentas. Se lo había prometido cuando lo apresaron y ahora también él tenía algo contra el britano.

 

Raetia, Germania, Galia, de nuevo el océano y, por fin, Britania. Durante la travesía de la manga de agua que separaba la isla del continente gozó de algunas horas de auténtico reposo. El día era tibio, no llovía, por lo que descansó en cubierta, acunado por el vavién de la nave. Se quedó dormido al instante, y, por primera vez desde hace mucho tiempo, soñó. O para ser exactos, se acordó, al despertar, de que había soñado con Imilce. Estaban en Roma, en la domus Flavia. No había nadie en palacio, a pesar de que era de día y, como ocurrió aquella noche en la que la vio en la fuenta octágona, la estaba siguiendo, quería hablar con ella. Oía sus pasos suaves sobre el mármol mientras cruzaba por estancias y salas; la mujer lo llamaba con voz suave y misteriosa, lo estaba invitando. “¿Quinto dónde estás? Ven a por mí. ¿Dónde te has metido? Te espero ¡date prisa!” Él, mientras tanto, quería correr pero no podía; notaba que las piernas se le habían vuelto pesadas, dar un paso le costaba un esfuerzo titánico. “Quinto ¿no me quieres? Te estoy esperando ¡ven a por mí!” La voz de mujer había cambiado de tono; sabía, dentro de su absurdo sueño, que era Imilce quien hablaba, pero no era su voz. De repente, al dar la vuelta a una esquina vio que estaba en un patio en el que había un pequeño estanque. Ella se giró al advertir su presencia, dirigiéndose sonriente hacia él, con los brazos abiertos. Pero tropezó con algo y cayó en el estanque profundo, de agua negra como el carbón; Quinto notó que sus piernas se desentumecían y corrió para sacarla del agua. Ella se aferró al brazo que introdujo en la balsa y pudo sacarla. Sabía que era Imilce, pero no lo era. Esta mujer era más delgada, y más alta. Estaba tosiendo, escupiendo parte del agua que había estado a punto de ahogarla. Cuando Quinto la sacó del todo del estanque ella se giró, la piel era muy blanca, el rostro más afilado. La mujer habló de nuevo, pero sin abrir la boca. “Me has salvado”- dijo con un acento extraño. Abrió los ojos y miró a Quinto. Unos hermosos ojos verdes.

 

Quinto despertó de repente; se estaban aproximando a tierra, los marineros se preparaban para el atraque. Se levantó y se asomó por el borde de la nave; ahí estaban, cuatro años después de haber dejado la novena legión, las blancas escolleras de Britania. Tres días después, al anochecer, llegó a Eburacum. Sabía dónde estaba la villa de los Vipsanios, era la más lujosa de aquellas tierras aunque mucho menos elegante que las casas de los ricos en Italia. A la hora de construir demoras en la isla predominaba el sentido práctico sobre la estética, sacrificando adornos por solidez. Había que contar con las diferencias en el clima, los grandes patios abiertos a los que daban habitaciones en los climas más cálidos no era algo práctico allí y las casas parecían más austeras.

 

Quinto escaló la tapia que rodeaba la casa por el lugar más oscuro posible. Todo parecía tranquilo y aunque reinaba el silencio era evidente que no se trataba de una casa abandonada o vacía; eran mudos testigos de ello algunas antorchas encendidas o la tibieza del suelo en el interior. Aunque era verano hacía mucho más frío que en Roma, y en esos momentos probablemente estaban encendidas las grandes calderas de bronce que calentaban el agua cuyo vapor templaba el suelo y las paredes de algunas estancias.

 

Extrajo su gladio con el mayor sigilo posible, y examinó una a una las habitaciones por las que pasaba. No había nadie en ellas, pero un resplandor provenía del tablinum[25]. La puerta estaba entreabierta y había alguien sentado de espaldas a ella. Debía de tratarse del dueño de la casa, a juzgar por la rica túnica bordada que vestía el hombre que estaba sentado leyendo un pergamino a la luz de varias lucernas.

 

Quinto apoyó la punta de su espada en el cuello del hombre, a la altura de la yugular.

 

– “Quinto Terencio, te estábamos esperando” – dijo el hombre, sin moverse. Quinto se puso rígido, conocía la voz de Drachir y su forma de hablar. El perfecto latín de Furio Vipsanio, o Drachir el britano, nada tenía que ver con aquellas palabras de un acento tan marcado que le habría sido imposible de entender si no hubiese vivido en aquellas tierras. Quinto se acercó más, colocándose al lado del hombre. Sin lugar a dudas, no era él. Éste era mayor que Drachir; los cabellos, aún negros, estaban cuidadosamente peinados intentando disimular sin demasiado éxito unas entradas pronunciadas. En las delgadas mejillas del hombre se distinguían las señales de alguna vieja enfermedad, y la nariz, a pesar de ser de un tamaño considerable y de una forma peculiar, no daba a su propietario un aspecto grotesco, sino elegante, aunque pareciese extraño.

 

– “¿Quién eres? ¿Su esclavo personal?” preguntó Quinto.

 

– “No hay esclavos en esta casa” – respondió el hombre – “La fidelidad no se obtiene con la propiedad o los latigazos. Somos todos britanos y libres”.

 

Quinto arqueó ligeramente la comisura de los labios. Había sido testigo de la manera en la que Drachir se ganaba la fidelidad de sus subalternos, recordaba perfectamente el puñal empapado de sangre con el que había rebanado el cuello del seguaz que escondió en su tienda parte del oro robado a la novena legión.

 

– “¿Te sorprende, pretoriano?” – prosiguió al percibir la mueca de Quinto.

 

– “¿Dónde está?” – dijo Quinto, ignorando la pregunta – “Imaginaba que no encontraría un condenado por la ley de Roma esperándome tranquilamente en su casa”.

 

Esta vez fue su interlocutor quien sonrió levemente.

 

– “Llevas años lejos de Britania, no estás al corriente de las últimas noticias. Es cierto, mi señor Drachir no está en casa, pero sólo porque prefiere que os encontréis en otro lugar. Ésta era la casa de su padre y ahora es la suya. Desde que dejaste la IX Legión ha cambiado el tribuno y, lo que es más importante, el gobernador. Neracio Marcelo es mucho menos diligente que su predecesor. Mi señor no se dejó ver durante algunos años, su sentencia se traspapeló, algún escribano ocioso se olvidó de transcribir el supuesto crimen… Por lo que, entre unas cosas y otras al final… ¿Cómo es esa expresión que usáis? Ah, sí. ‘Tabula rasa’.”

 

– “No dejará de ser lo que es, por mucho que haya sido graciado por la burocracia.”

 

– “¿Tu superior  es mejor que él? ¿Por que te crees que ha hecho carrera tan rápido? Te voy a contar un secreto, Quinto Terencio. La persona que ha hecho de tu admirado Flavio Messio Rufo, el valiente Rapax, centurión de los especulatores augustii, es la misma que ordenó a mi señor la visita a una cierta villa rustica a las afueras de Antioquía. Los dos hacen su trabajo sucio”.

 

– “¿Y quién sería esta persona?”

 

– “¿Al cónsul Sura se le olvidó decírtelo? Si él no te dijo su nombre no seré yo quien lo haga.” – dijo bajando la mirada e inclinando ligeramente la cabeza. Cuando volvió a levantarla apartó ligeramente la silla en la que estaba sentado para aligerar la presión de la espada de Quinto.

 

“Piensa, recapacita, recuerda. Sobre todo recuerda una noche que te tocaba guardia en el Aula Regia. Rapax te dijo que esperases sus órdenes para entrar en la sala del trono; no te dio explicaciones, pero era para verse con alguien. Sin lugar a duda lo comentaron vuestros camaradas del turno precedente”.

 

Quinto envainó su gladio, sin apartar la mano del pomo. Estaba seguro de que había visto antes a esa persona, pero no lograba recordar dónde. Y estaba bien informado, sus compañeros de guardia le dijeron que Rapax se quedó en el Aula Regia hablando con un senador.

 

El britano se percató del cambio de expresión en la cara de Quinto, y prosiguió, como si estuviese leyendo sus pensamientos.

 

– “Exacto, un senador. ¿Y si ti dijese que ése senador es el propietario de la finca de Antioquía? ¡La misma en la que vivía su hermana!”

 

Quinto no dejaba de pensar, buscaba en los recuerdos de las conversaciones que tuvo con Rapax en Roma alguna referencia a un senador, pero no recordaba nada. Es cierto que habían pasado cosas extrañas, los hombres de Drachir le habían tendido una emboscada en Roma y éste había asesinado a su hermana.

 

– “¿Cómo sé que es verdad lo que me dices? ¿Quién te lo ha dicho?”

 

– “Permíteme” – respondió el britano, levantándose. Quinto se alejó unos pasos, sin perderlo de vista, atento al más mínimo movimiento. El hombre alzó un pliegue de la toga que llevaba encima de la túnica, y se lo puso sobre la cabeza. – “No dejas de preguntarte dónde me has visto ¿verdad?”

 

Mientras hablaba, la voz del hombre cambió; fue perdiendo paulatinamente su fuerte acento del norte, para pasar a hablar, con voz ajada, con el mismo peculiar deje de los griegos de Alejandría. El hombre se inclinó hacia un lado, era como si estuviese encogiendo delante de sus ojos, aunque no hacía más que doblar la espalda mientras se tapaba con el pliegue de la toga.

 

– “¡Bienvenidos a mi humilde establecimiento! ¿Qué os puedo ofrecer, hijos de la loba? ¿La dulce Astarte, perla de Bitinia? Tenemos todo lo que deseéis, nubias de la piel negra como el carbón, hibernias blancas como la niebla invernal. Entrad, entrad…”

 

Quinto susurró.

 

– “Arbaces…”

 

– “Así es” – contestó el hombre mientras se enderezaba y se descubría la cabeza – “En Roma se me conocía con ese nombre, aunque, obviamente, no me llamo así. Yo era Arbaces el alejandrino, lenón del prostíbulo favorito de la guardia pretoriana. Mi señor ha querido tener siempre ojos y oídos en Roma y antes de emprender su viaje a Oriente me ordenó que averigüase algunas cosas sobre tu jefe. En algo os parecéis, sois discretos y no os gustan las rubias, pero el resto de la guardia… o el resto de la ciudad, no se resisten a decir cualquier cosa en determinadas circunstancias. ¿Sabes pretoriano? Se obtiene más información gracias a la boca de una buena felatrix[26] que al látigo de un verdugo”.

 

– “¿Dónde está?” – Quinto preguntó de nuevo. Sabía que se encontraba en medio de algo mucho más grande que él. A fin de cuentas, no era más que un pillo del Transtíber que entró en el ejército para obedecer órdenes y formar parte de la grandeza de Roma, y aumentarla. Senadores, cónsules, intrigas… esas eran cosas de políticos.

 

“Dirígete al Norte. Cabalga durante tres días, lo verás en la tercera noche. Él te encontrará.” – Quinto hizo ademán de ire, pero Arbaces lo detuvo.

 

“Mi señor Drachir te ofrece su casa, por esta noche. Descansa, toma un baño, relájate. No habrás comido nada decente desde… ¿hace cuánto?”

 

– “Estás loco, Arbaces.”

 

– “Vamos, pretoriano. ¿Tienes miedo? ¿Crees que te envenenaremos, te ahogaremos, que un esclavo te torcerá el cuello mientras te hace un masaje? Te doy mi palabra de que nada te sucederá esta noche. A no ser que te atragantes con una espina o un hueso, eso ya no depende de mí. No tienes nada que perder, si tuvieses más miedo a la muerte que al deshonor no estarías aquí, sino escondiéndote por alguna parte.”

 

Quinto sonrió, pensando en lo absurdo de la situación en la que se encontraba. Arbaces tenía razón; además, no sabía muy bien por qué, no se sentía amenazado. Sería por su labia, o porque estaba tan cansado que la persepctiva de un baño caliente y una buena cena bien valía la posibilidad de ser lo último que hiciese. Normalmente no jugaba a los dados, pero las pocas veces que lo había hecho siempre se había levantado de la mesa con la bolsa más llena de cuando se sentó. Se despojó de su manto de viaje mientras decía a Arbaces:

 

– “Tienes razón. Si tu señor va a rebanarme el cuello, por lo menos que esté limpio”.

 

 

El sol acababa de salir; sus rayos no habían tocado aún el campo de entrenamiento, pero en menos de dos horas el calor sería tan insoportable que las pruebas tendrían que retomarse al atardecer, esperando que llegase un poco de la brisa marina. La hierba era amarillenta, y entre las nubes de polvo levantadas por los cascos de los caballos se distinguían los sepulcros levantados a la vera de la Vía Appia. El blanco mausoleo de Cecilia Metella destacaba entre todos ellos. Marco y Pausanias observaban, bajo la sombra de unos árboles, la cuádriga que giraba en torno el campo. Éste tenía las mismas dimensiones del Circo Máximo, incluída la spina, para que tanto auriga como cabalgaduras, tomasen bien las medidas.

 

“Quítame una curiosidad, Marco. ¿Y Saturnio? ¿Cómo se ha tomado la revelación sobre tus orígenes?” — prosiguió Pausanias.

 

– “No hace más que insistir en que tenemos que cambiar de alojamiento, visto nuestro actual ‘estatus’”

 

– “No me lo puedo creer, ¿Saturnio ha dico ‘estatus’?”

 

– “Bueno, no exactamente. Ha dicho ‘tendríamos que salir de esta pocilga ahora que hemos subido de ‘tatus’. Me ha costado no poco esfuerzo entender qué quería decir”.

 

– “Marco, quizás no se equivoque del todo, me duele verte en aquel palomar destartalado”.

 

– “Me conoces, Pausanias. Sabes que nunca le he dado importancia al dinero, o a las comodidades. Además, comparado con la choza en las montañas griegas, el palomar es un palacio!”

 

Sin lugar a dudas lo era, aunque durante aquellos días de calor asfixiante, la temperatura era tan elevada dentro de aquellas cuatro paredes que dormía en la terraza. Por suerte, Krytios, desde que aceptó la absurda apuesta de competir contra un auriga profesional, dormía en la escudería de los verdes.

 

– “¿Cómo te sientes?” – prosiguió Pausanias.

 

– “No lo sé. Hay momentos en los que no siento nada, otras me alegro, a veces siento rabia. Sé que sin vuestra ayuda me habrían ejecutado. Imagino que a… – Marco no sabía ni siquiera cómo llamarlo – Trajano le costó poco convencer al padre del joven al que maté en Itálica que no investigase el asesinato de su hijo.”

 

– “Una taberna nueva”.

 

– “¿Cómo?”

 

– “El tabernero. Declaró, mintiendo, que aquella noche sirvió varias jarras de vino a ese joven, que estaba con otros dos tipos de aspecto no muy recomendable y que salieron juntos. Pasado un tiempo razonable trasladó el negocio a otro local en una zona que le garantizaba más beneficios, los gastos corrieron a cuenta de Trajano. Aunque estoy convencido de que el padre del joven si hubiese sabido que fuiste tú te hubiese buscado para agradecértelo; su hijo no había hecho más que darle problemas toda su vida.”

 

– “Valgo una popina. Se lo diré a Cyprianus, por si quiere trasladarse al Quirinal”.

 

– “Me alegra que te lo tomes con filosofía”.

 

– “No me queda más remedio. Mejor no pensar que alguien está intentando matarme por todos los medios.”

 

Pausanias se sintió incómodo. Tanto a Marco como a Rapax les faltaba una tesela del mosaico para encajar todas las piezas; el pretoriano desconocía la identidad del “hombre de la medusa”, y Marco la de quien dio la orden de matarlo. En un principio Pausanias no consideró necesario que el hispánico conociese el papel desempeñado por Graco, ahora era de vital importancia que siguiese sin saberlo, al estar en esos momentes Imilce bajo su mismo techo, en la villa de Baia.

 

De repente Marco emitió un gruñido, apretó con fuerza la valla de madera que delimitaba el campo; agachó la cabeza, y la apoyó en los brazos.

 

– “Pausanias, no puedo más, la echo de menos. Sé que es cuestión de pocos días, sin embargo… Hemos perdido demasiado tiempo. El tiempo. Llevo dos semanas atrapado en esta especie de no vida que es mi vida. No me comporté bien con ella, la olvidé demasiado pronto”.

 

– “No la olvidaste, Marco. Estuvo siempre contigo, y Clelia sufrió por ello. Pero aguantó, por vuestro hijo.”

 

Pausanias se dio cuenta de que Marco estaba llorando.

 

– “No hago más que causar dolor a quien me quiere. Según Saturnio todo empezó cuando convencí a Krytios para jugar con las máscaras de los antepasados. Se están vengando de mí. Si es así, por todos los dioses, que lo están haciendo bien”.

 

De repente los gritos de Felix, el entrenador, llamaron su atención. Marco observó con detenimiento la cuadriga, que estaba a punto de tomar la curva más cercana. Los caballos se estaban desbocando, el ayuntado en el exterior, el más rápido, galopaba a un ritmo endiablado, que no podían seguir los demás, y sobretodo el caballo a la extrema izquierda, que era el más lento. El carro se estaba doblando peligrosamente hacia la derecha mientras tomaba la curva, una de las ruedas perdió el contacto con el suelo.

 

– “¡Corta las riendas! ¡Por Júpiter, Krytios, córtalas!” – gritaba Felix.

 

Los aurigas llevan las riendas de los caballos atadas a la cintura, pues las cabalgaduras no se controlaban sólo con la fuerza de las manos y los brazos, sino también con los movimientos del cuerpo. Pero lo que suponía una ventaja a la hora de llevar los caballos podía convertirse en una trampa mortal en caso de accidente. No eran pocos los aurigas que morían aplastados por el carro y los caballos al no poder cortar a tiempo las riendas con la pequeña daga que llevaban al cinto. Sin embargo, Krytios no hacía ademán de coger el puñal. Es más, parecía incluso disfrutar de la situación, a juzgar por su rostro. Desplazó el peso del cuerpo hacia su izquierda, hasta quedarse casi sentado en el borde del carro. Su altura y su peso jugaron a su favor, la rueda izquierda volvió a apoyarse en la arena, y el caballo externo redujo la velocidad apenas a tiempo. Krytios lanzó un grito de euforia cuando el carro completó el giro sin haber volcado.

 

Felix hizo gestos para que interrumpiese la carrera; Krytios frenó las cabalgaduras y se liberó de las riendas, saltando ágilmente sobre la arena. Se quitó el caso y el peto de cuero.

 

– “Krytios, vas a acabar conmigo antes de que empiece el diversium. Estoy viejo para estos sustos. De todas maneras, nunca vas a tener tanta suerte, te ha faltado poco ¿entiendes?” – le decía Felix mientras se acercaban a Marco y Pausanias.

 

– “Felix, tranquilízate. Sabía lo que estaba haciendo cuando acepté el reto. Soy bueno ¿no?”

 

– “Por los dioses que tienes talento. Si te hubiese entrenado durante más tiempo podrías ser el mejor. Pero no lo eres, tenlo en cuenta.”

 

– “¿Dónde aprendiste a llevar así los caballos?” – preguntó Marco.

 

– “En Lycia[27]. Mi amo era un buen hombre. Tenía buenos caballos, y aunque yo era solo el herrero me dejaba dar unas vueltas. Pero, por muy buen hombre que fuese mi amo, el capataz no lo era. Hizo de todo para impedir que pudiese dedicarme a las carreras como un profesional. Cuando mi amo murió y me liberó, pensé que lo mejor era poner tierra de por medio y probar suerte en Roma. Esto es lo que quiero hacer y nadie me lo va a impedir”.

 

Marco admiró la determinación de su primo. Tampoco nadie le iba a impedir a él hacer lo que desease.

 

­– “Felix, la escudería tiene varios caballos aquí en el campo ¿no?”

 

– “Sí, exacto, tenemos unos veinte, además de tres yeguas y varios potros. Excelentes cabalgaduras”.

 

– “El más rápido y resistente de ellos.. ¿En cuánto tiempo me llevaría a Baia?”

 

 

La tercera noche. Arbaces le repitió que Drachir lo encontraría a la tercera noche. Quinto llevaba varias horas acampado en un claro, no quería estar dormido cuando viniese a por él. ¿Lo haría? Hasta hace unos momentos estaba convencido de que sería así, pero empezaba a dudar. Quizás Drachir se había olvidado de él, o quizás le tendería una trampa cualquier otro día, cuando menos se lo esperase; sería más propio de él, una especie de juego cruel. Avivó el fuego, y se tapó mejor con el manto; hacía frío, a pesar de que aún no había empezado el otoño. Cerró los ojos por unos instantes, los volvió a abrir de inmediato, había oído algo, el crujir de una rama. Puede que se algún ciervo merodease por los alrededores; se quitó el manto y desenvainó el gladio. Se acercó a los árboles, había algo entre las ramas más bajas. Las movió con la punta de la espada, algo se abalanzó sobre él, seguido por un extraño murmullo, y un batir de alas. Era una lechuza. Dejó escapar un juramento.

 

– “¡Por Mitras!”

 

– “No me lo puedo creer, Quinto Terencio muerto de miedo por un pajarraco.”

 

Drachir había aparecido de la nada, estaba al lado del fuego, armado. Vestido a la manera de los hombres de la Britania, con pantalones, una túnica de tela y una pelliza de piel de lobo sobre los hombros. Las mejillas pintadas con tatuajes de color azul, formando curvas y elipses. Lo único que lo diferenciaba del grupo de hombres que apareció al otro lado del claro eran sus cabellos cortos, a la romana.

 

– “Aquí estoy, Drachir.”

 

– “Bien hecho, soldado. Siempre cumpliendo órdenes, como el perro que eres.”

 

– “Tú también cumples órdenes. Me ha dicho tu lacayo Arbaces que de un cierto senador”.

 

– “Tienes razón, los dos cumplimos órdenes, y los dos dejaremos de hacerlo en breve. Tú antes que yo, tu motivo es más… “definitivo”. Más tarde será mi turno, no obedeceré ya a nadie, ni tan siquiera a ese gordo y fatuo Cneo Cornelio Graco. Memoriza el nombre; si por casualidad sales con vida de esta historia probablemente será porque yo no lo haga. Espero que le presentes la cuenta.”

 

Drachir se situó en el centro del claro, le dio las armas a uno de sus secuaces. Éstos formaron un círculo alrededor de los dos hombres; uno de ellos desarmó a Quinto.

 

– “Una lucha cuerpo a cuerpo, sin hierro de por medio. ¿Quieres saber algo más antes de empezar, Quinto?”

 

– “No hay nada que puedas decirme que me interese”.

 

– “¿Ni siquiera cómo la maté?”

 

– “Ví el resultado, no me importa qué hiciste”.

 

– “Una mujer hermosa. Muy hermosa. Por la que un hombre sería capaz de hacer una locura. El cuerpo de una diosa, la piel muy blanca, preciosos ojos verdes. El cuello fino, elegante… frágil”.

 

Quinto se abalanzó sobre Drachir, tirándolo al suelo. Parecía que lo había cogido desprevenido, le dio un par de puñetazos en la cara pero éste, con agilidad, se retorció y se liberó de la presa del romano.

 

– “Vas en serio, por lo que veo.” – Drachir se tocó el labio partido, y escupió un grumo de sangre.

 

Los dos hombres se apartaron, estudiándose, caminando en círculo. Quinto atacó de nuevo, pero esta vez Drachir estaba esperando la embestida. La lucha fue cruel, sin exclusión de todo tipo de golpes. Quinto jadeaba, a duras penas lograba esquivar los puñetazos. Creía que algún hombre del britano lo estaba ayudando, tal era la cantidad de golpes que llovían sobre su cuerpo. Pero no, era tan sólo él. Ninguno de sus derechazos encontraban el objetivo, se le estaba nublando la vista, y podía oír poco más que su propria respiración. En el gimnasio de los pretorianos él ganaba siempre las competiciones de lucha, sin embargo, frente a Drachir, parecía un novato. Además, esa noche no había reglas, ni árbitros que señalasen golpes bajos o prohibidos. Logró quitarse al britano de encima con un codazo en los riñones, se levantó, pero se tambaleaba. El círculo de guerreros se estaba estrechando en torno a ellos, podía oir a lo lejos sus gritos, los golpes que daban a los escudos incitando a su señor. Cayó de nuevo al suelo, Drachir había centrado por enésima vez la cabeza. No podía respirar, se estaba atragantando con su propia sangre. Todo se desvanecía, el pitido en los oídos era ensordecedor. Lo había intentado, había fallado. Mejor así, había llegado el momento de dejarse ir. Drachir ya no lo golpeaba, creyó ver una brecha en la muralla de britanos, y oir una voz lejana. Alguien se había arrodillado a su lado, y le levantaba la cabeza para que no se ahogase; había visto ya aquel rostro, hizo un último esfuerzo para recordar dónde… Una imagen se iba formando en su mente. A la luz del fuego, todas las noches desde que dejó la Villa en Antioquía, durante las escasas horas que dejaba descansar a los caballos, en un pequeño retrato. Sí, era ahí donde lo había visto. Era imposible, a no ser que estuviese ya muerto. Pudo pronunciar sólo una palabra, antes de abandonarse.

 

– “Livia”

 

Ides septembris (Idus de septiembre – 13 de septiembre) – madrugada

 

Imilce se había quedado dormida. Hacía un par de horas que había llegado al refugio secreto que compartía con Marco en el palacio. Un pequeño cubículo en un ala que en esos momentos se encontraba desierta. El emperador estaba lejos de la ciudad, y esa estancia normalmente estaba destinada a los esclavos de los altos funcionarios que se desplazaban allá donde estuviese el emperador. Había una pequeña ventana desde la que, asomándose, podía verse la parte más alta del anfiteatro y las astas de madera que sujetaban el enorme velario que los marineros de la flota del Miseno extendían los días que había juegos.

 

Se revolvió inquieta en el pequeño camastro, abrió los ojos. Marco estaba arrodillado al lado de la cabecera de la cama.

 

– “Estaba descansando, no pretendía quedarme dormida. Menos mal que finalmente mañana se celebra esa bendita carrera de cuádrigas. Lucrecia va a cambiarse cuatro veces, dos durante la carrera y otras dos en el banquete. Ya no sé qué más inventar para peinarla. ¿Hace mucho que estás aquí?”

 

– “Un rato. No quería despertarte.” – respondió Marco mientras recorría con la yema de los dedos el cuello de la mujer. – “Estaba con Pausanias, me ha dado una carta del cónsul Sura”.

 

– “¿Para ti?”

 

– “Más bien para los dos. Entre otras cosas, trata de Manio. No te preocupes, está bien”

 

Imilce se sentó. Habían vuelto de Baia apenas una semana antes y la primera noche en la que se encontraron en esa pequeña habitación, Marco le había contado todo lo que le había pasado desde que llegó a Roma, y todo lo que sabía sobre su pasado. Había preferido esperar su vuelta a la urbe para decírselo. No lo hizo ni siquiera la noche en la que apareció como traído por un espíritu a la villa del senador Graco a Baia.

 

– “Nosotros recibiendo cartas de un cónsul de Roma. No puedo creérmelo aún.”

 

– “¿Qué sientes?”

 

– “Miedo. Por ti, por Manio. Hay veces que me da la sensación de que todo el mundo conoce tu secreto, hasta creo que Lucrecia me trata de manera diferente. A veces, cuando me mira… me da miedo, Marco.”

 

– “Ella no lo sabe, Imilce. Además ¿temes que pueda hacerte daño? No la creo capaz.”

 

– “En una cosa tienes razón, no lo sabe, pero respecto a lo otro… No tienes idea de cuánto cambió desde que se casó. A peor. Siempre la has disculpado, ya te he dicho lo que hizo” – Imilce advirtió que muy a su pesar se estaba irritando – “Privarme de Manio cuando fuimos a Tibur, aumentarme las tareas de forma que no tengo prácticamente tiempo para respirar. De acuerdo, ella no lo sabe, como tú no sabes quién es la persona que está intentando mataros… A vosotros dos. Me he esforzado en recordar el aspecto del pretoriano, buscándole un parecido contigo.”

 

– “Hemos salido a nuestras madres, por lo visto” — sonrió Marco, guiñándole un ojo. Imilce no era capaz de enfadarse con Marco, siempre lograba hacer o decir algo que la hiciese sonreír.

 

– “Enséñame la carta”

 

Marco se la entregó. Imilce la acercó a la luz y empezó a leer, o intentó hacerlo.

 

– “¿Qué es esto? No se entiende una palabra, Marco. ¿Cómo voy a pronunciar “D Odufr Ixñylr Dtxld, vdñgrv”?

 

Marco sonrió; se sentó a su lado.

 

– “Está cifrado. Es una manera de escribir mensajes que se pueden descrifrar sólo si se conoce la clave. La verdad, no es muy complicado hacerlo; es un sistema que usaba Julio César en Galia cuando tenía que mandar mensajes y así evitar que lo entendiesen sus enemigos. Cada letra del mensaje cifrado corresponde a otra del alfabeto desplazado a izquierda o a derecha según el número de la clave”

 

– “Marco, no entiendo nada”

 

– “Lo entenderás enseguida cuando veas ésto” – sacó varios pliegos de una carpeta de piel que había traído consigo. En uno de ellos se podía ver una serie de letras; Imilce reconoció la primera línea, el abecedario. – “Para solucionar el enigma basta escribir debajo del primer abecedario otro, a partir de la izquierda o de la derecha desplazado un cierto número de veces”

 

– “Está clarísimo, vamos, no sé cómo no me di cuenta yo sola” – respondió Imilce cruzando los brazos.

 

“El número clave no podía ser otro que tres, estaba convencido. No había más que hacer la prueba, escribir otro abecedario empezando tres letras después de la A o tres letras antes de la Z. Luego no hace falta más que probar, y tuve suerte a la primera, ésta es la clave, sustitye las letras de la carta por su equivalente en la primera fila de la clave[28]

A B C D E F G H I J K L M N Ñ O P Q R S T U V W X Y Z
D E F G H I J K L M N Ñ O P Q R S T U V W X Y Z A B C

 

 

Imilce apoyó los dos pergaminos sobre la cama.

 

– “D es la letra A. O es M, d es A, U es R, F es C, y R… O. A Marco… ¡Es tu nombre!” – Imilce desarrolló completamente el rollo de papel y lo miró con desazón. “Es larguísima ¡nos va a llevar toda la noche descifrarla!”

 

Marco sonrió, rodeó con un brazo la cintura de su amada y dio un par de besos al lunar de su escote.

 

– “Recuerda que soy un funcionario y que tenemos una cierta fama de no trabajar demasiado. Esta mañana en vez de traducir una aburridísimo informe sobre el estado del puerto de Polemonion[29], he descifrado la carta”

 

Imilce se la arrebató de las manos y leyó en voz alta:

 

“A Marco Fulvio Aquila, saludos

 

Dentro de pocos días moveremos el campamento. Hacia dónde nos dirigimos es algo que no puedo confiar a una carta, ni siquiera a una cifrada, sobre todo de una manera tan sencilla. De todas maneras, no es éste el motivo que me ha llevado a coger la pluma y privarme de las ya pocas horas de sueño que puedo permitirme. Lo hago para darte noticias de un joven de nuestro séquito. Pero antes, aprovecho esta ocasión para pedirte perdón por la burda manera en la que desempeñé la misión encomendada por mi amigo. Pausanias ha hecho su trabajo mucho mejor que yo, no hay duda de ello, tengo la prueba delante de mis ojos cada día. Sin embargo, yo les he fallado, a los dos. Me desinteresé de ellos, de tus hermanos; sé que es un ejercicio inútil el pensar en lo que podría haber sido y no fue. Probablemente Pausanias lo corroboraría citando a dos o tres filósofos. En estos momentos él me sería de más ayuda que una cohorte de los mejores legionarios, pues es el único que logra calmar a Marcio, su presencia lo tranquiliza y, si algo sobra en estos momentos es el nerviosismo: no llegan ciertas noticias de Roma que espera con ansia, hay que preparar una guerra en la que la victoria es la única opción posible, y, por si fuera poco, tiene que fingir indiferencia cuando se cruza con el esclavo personal de su joven sobrino Publio. Con éste  y con Manio estoy empezando a descontar mi deuda con todos vosotros; no sé que sería del muchacho si no hubiese frenado en más de una ocasión al hijo de Lucrecia. Lamento decirlo, porque a fin de cuentas es tu pariente, pero es el joven más egocéntrico, engreído y orgulloso que he conocido en mi vida. Cuando llegue el momento de incorporarse al ejército, a pesar de que no lo haga como soldado raso, que es lo que merece, Marcio ha decidido que lo mejor es destinarlo al lugar más incómodo posible, rodeado de subalternos y veteranos curtidos como cuero viejo. La guarnición de Masada[30] es el lugar más indicado; quizás un par de años “cómodamente” alojado en un viejo cuartel situado en la cima de un risco abandonado por los dioses y abrasado por el sol le sirva de lección, y lo aparte de su destino: convertirse en la reencarnación de Calígula.”   

 

Imilce interrumpió la lectura.

 

“Sabía que iba a tener problemas con Publio. ¿Qué habrá pasado?”

 

Marco sonrió levemente.

 

“Sigue, te falta por leer la parte más interesante.”

 

“Creo que algún filósofo de esos que conoce Pausanias habrá escrito en alguna de sus obras que, si se tiene la idea de hacer algo, es mejor empezar enseguida. Por lo que Marcio decidió que era mejor que Publio comenzase a experimentar en su piel, de la mano del centurión Severiano y sin esperar a Judea, la dura vida del ejército. Cada día, desde el alba hasta la hora del rancho, el centurión lo somete a una sesión de entrenamiento sin descanso. Cuando hoy por fin lo dejó libre se sentó fuera de su tienda y empezó a comer, devorando su ración. Una joven esclava que llevaba dos pesados cubos de agua del río tropezó y cayó al suelo, empapando a Publio. Éste se levantó y alzó a la muchacha tirando de la larga trenza con la que se había recogido el pelo. Distraído por las súplicas y los lloros de la muchacha, Publio no se dio cuenta de que Manio estaba detrás de él; cuando levantó el brazo para pegar un bofetón a la esclava éste bloqueó su mano. Publio se giró y respondió dando un puñetazo a Manio, quien tuvo los reflejos suficientes para esquivar el golpe y darle a su vez un derechazo que lo tiró al suelo. Rodaron por el suelo, que con el agua derramada se había convertido en un lodazal. Los soldados observaban divertidos la escena, pues Publio durante las dos semanas precedentes no había hecho mucho esfuerzo para ganarse el respeto de la tropa, más bien lo contrario. Es más, empezaron a reír y vitorear a tu hijo cuando éste cogió un puñado de barro y lo metió en la boca de Publio, que no había dejado de insultar a la muchacha y a él.

 

En ese momento apareció Rapax y los separó; apenas Publio se limpió la boca le dijo que él no era nadie para darle órdenes; así pues aproveché ese momento para acercarme a ellos y preguntarle si consideraba que un cónsul de Roma tenía la autoridad suficiente. La muchacha seguía en el suelo y ordené a Manio que se la llevase. Era una situación muy delicada; sobre el papel no es más un esclavo que ha agredido a su señor, y si no fuese por la antipatía que Publio ha despertado con su conducta en el ejército, el dejar tal agresión sin castigo habría traído consecuencias. Para evitar más problemas Manio dejará de servir a Publio, se encargará de los caballos; sólo alguien tan incapaz de leer la realidad como el hijo de Lucrecia ha tomado tal cambio de tareas como un castigo. No lo ha hecho así Adriano; ha exigido que Manio sea castigado públicamente, aunque Trajano le ha convencido de que no es oportuno retrasar la maniobra de todo un ejército por un problema de orden doméstico, y que más adelante se ocupará del asunto. Lo cual equivale a no hacerlo nunca, y Adriano lo sabe. Nos adentramos en territorio enemigo y tendremos cosas más importantes en las que pensar. Espero poder volver a escribirte para darte noticias de tu hijo.

Ave atque vale – L.L.S.”

 

Imilce dejó la carta sobre la cama.

 

“¿Esta carta tendría que tranquilizarme? No quiero ni imaginar qué puede haber sucedido si un día me dices que traes malas noticias. Adriano, el hermano de Lucrecia, es la única persona que puede concederme la libertad; ¡no lo hará nunca! Es un hombre rencoroso”

 

― “Y ambicioso. Si quiere ser el sucesor de Trajano no tiene que contrariarlo. Si lo pide os liberará a los dos”

 

― “¿Estás seguro de que el emperador lo hará?”

 

Marco abrió de nuevo la carpeta de cuero y sacó un pequeño papel doblado por la mitad. Había sido lacrado con un sello que representaba la cabeza de Medusa. Se lo entregó a Imilce, con una sonrisa enigmática en el rostro. Había pocas palabras escritas en él, sin cifrar: “La promesa que te hice en Itálica sigue en pie. Ahora más que nunca.”

 

Ella lo miró frunciendo el ceño. No cabía duda de que Marco había cambiado mucho durante los años en que estuvo lejos de ella. Había veces que apenas lograba reconocer en ese hombre enigmático al muchacho del que se enamoró.

 

— “Me pregunto de dónde sacas tanta sangre fría. ¿No podías haberme enseñado este papel antes de leer la carta?” – le dijo sin poder evitar sonreír al ver que él también lo hacía. Marco recogió lentamente los pliegos y los metió de nuevo en la carpeta.

 

“No te creas, hay veces que mi sangre no es tan fría. Me suele pasar cuando estás a mi lado. Tendré que preguntarle a Pausanias el motivo” — había apoyado la carpeta en el suelo y se había acercado aún más a Imilce. Rodeaba  su cintura con un brazo mientras con la otra mano le acariciaba el cuello.

 

“Creo que Pausanias te diría que, en ciertas circunstancias, un hombre debe callarse y pasar a la acción” – contestó Imilce, abrazándolo.

 

Mientras tanto, en el Norte de Britania

 

No paraba de llover. El animal, tumbado en su recinto, escuchaba el repiquetear de las gotas de lluvia que golpeaban el techo del cobertizo. El agua se filtraba por una grieta, caía sobre su cabeza y recorría su cuerpo formando pequeñas charcas. Estaba demasiado cansado como para moverse, aunque la pesada cadena que lo ataba a la pared tampoco le dejaba mucho espacio. Apenas comenzase a filtrar la primera luz del sol, como siempre, alguien vendría para atarlo a la rueda del molino. Vueltas y más vueltas, girando en una órbita absurda, un círculo perfecto. Lo habían convertido en un animal de tiro aunque de vez en cuando, durante sus sueños de bestia, le asaltaban recuerdos, olor a hierba fresca. Alguien se estaba acercando; intuía un débil resplandor reflejado en la pared de madera. Era demasiado pronto, estaba demasiado cansado. Permaneció inmóvil, mientras una persona abría la portezuela de madera del establo y pasaba con sigilo a su lado. La figura encapuchada había dejado una lucerna apoyada en un pequeño taburete de madera. Mientras tanto, el animal recogía fuerzas. No había salido aún el sol, era demasiado pronto para empujar la rueda de molino; aunque fuese lo último que hiciese se dejaría llevar. Un inútil gesto de rebeldía y después se acabaría todo.

 

Supo que había llegado el momento cuando notó a su lado la fría humedad de la capa de lana. El humano había cometido un error, estaba demasiado cerca, dentro del radio de acción de la pesada cadena. Se abalanzó sobre la figura, que cayó al suelo quizás con una excesiva velocidad, como si pesara muy poco. Eran ligeros los brazos que pugnaban por librarse de la presa y, bajo la débil luz de la pequeña lucerna pudo ver la piel de quien se escondía debajo del pesado manto britano; su blanca piel le hizo dudar un momento, recordar qué había sido… Quién había sido. Apenas aflojó la presión su víctima se arrastró al fondo del cobertizo.

 

“¡No me hagas daño! Estoy aquí para ayudarte” – dijo la figura mientras se arrodillaba y se bajaba la capucha que cubría su rostro. Era una mujer, de piel muy blanca, y ojos verde claro. Mientras el animal se daba cuenta de que por primera vez desde hace muchos días entendía lo que se le decía, recordó que hubo un tiempo en que era un ser humano, y recordó también dónde había visto aquel rostro. Había pasado un mes desde que perdió el sentido en un bosque, para despertarse días después atado con esas cadenas, y recordó que ése era el mismo rostro dibujado en un pequeño retrato que se llevó de las ruinas de una villa en llamas a las afueras de Antioquía. “Soy Livia, tú eres Quinto Terencio, y regresaremos juntos a Roma”

 

El hombre, pues tal era, tras escuchar esas palabras, agachó la cabeza y creyó despertar de un sueño. Observaba su cuerpo sucio, los andrajos con los que estaba cubierto, sus manos llenas de cortes, las uñas rotas. Delante de la mujer cobró conciencia de en qué se había convertido, como si ella fuese Circe y acabase de romper el hechizo que lo había transformado en un cerdo. Comprendió además quién era ella, y qué representaba: la esperanza, la posibilidad de poder volver a Roma, o, por lo menos, intentarlo. Otra sensación se apoderó de él, la vergüenza. Se tocó con dedos temblorosos su ojo izquierdo, o más bien, su cuenca vacía. Cuando se despertó en aquel establo, una vez iniciada su metamorfosis, tenía un brazo en cabestrillo y una venda que le tapaba media cara. Se la quitaron el primer día que lo pusieron a empujar la piedra. Con el ojo sano pudo ver la mueca de asco del hombre encargado de tal tarea, y pudo reconocer un juramento en la única palabra que el bárbaro pronunció.

 

Quinto sintió un nudo en la garganta, y no pudo hacer otra cosa más que sollozar; Drachir había hecho algo más que dejarlo tullido, lo había roto por dentro, despojándolo día tras día de su humanidad. El britano no volvió a ensuciarse las manos con él; eran siempre sus subalternos quienes lo torturaban o lo ataban a la rueda mientras él observaba desde la distancia, fijando en el romano su mirada azul hielo. Las últimas palabras que le dirigió cuando se lo llevaron prisionero fueron proféticas. Tenía razón, Quinto tendría que haber rezado a los dioses y pedirles que Drachir, o Furio Vipsanio, no volviese a cruzarse en su camino.

 

Livia hizo ademán de acercarse a él, pero la detuvo con un gesto de la mano. Levantó su mirada tullida, pero la mujer no se descompuso. Quizás ya lo había visto así.

 

– “Fui a por tí a Antioquía, pero llegué tarde. Vi una anciana que lloraba el cadáver de su domina y la llamaba Livia. Creía que había fracasado, lo único que podía hacer era venir a Britania, y hacérselas pagar a Drachir”. Hablaba en voz muy baja, ronca. No pronunciaba una palabra desde hacía semanas.

 

– “¿Viniste a por mí? Yo no sé más que tu nombre, oí a Drachir llamarte así en el bosque. Sé que eres romano, y mi única esperanza para poder escapar de aquí. La mujer que viste muerta era una esclava que se me parecía. Nunca he entendido el motivo por el cual ese hombre apareció de repente en mi casa. Se introdujo en mi habitación, mató a mi sierva, le colocó mi pulsera y acto seguido me dejó sin sentido. Cuando volví a abrir los ojos me llevaba en su caballo y lo último que vi de lo que hasta entonces había sido mi hogar era una columna de humo. ¿Por qué fuiste a Antioquía? ”

 

– “Por orden de Rapax” – Quinto se corrigió al leer la expresión perpleja – “De tu hermano Flavio, quiero decir. Me ordenó que fuese a tu casa y te llevase a un lugar seguro”.

 

– “¿Por qué?”

 

– “Desconozco el motivo. Solo sé que sufrió una emboscada en Roma a manos de hombres de Drachir y que temía por tu seguridad”. – Quinto reflexionó sobre lo que la mujer le había dicho. – “¿Tú estabas también en el bosque? ¿Qué pasó cuando perdí el sentido?”

 

– “Drachir había levantado su hacha, iba a acabar contigo cuando una voz se oyó en el lindero del bosque. Apareció de repente, como traída por un encanto, una vieja menuda y enjuta, con todo el cuerpo cubierto de tatuajes. No dejaba de repetir una frase, apuntaba a Drachir con el dedo. Éste bajó el arma y durante unos instantes, su expresión cambió. Estaba aterrorizado. Recobró enseguida su compostura, pero por lo que he podido averiguar la mujer no hacía más que repetir que los dioses te protegen, y que si te mataba caería una maldición sobre él”.

 

Esta vez fue Quinto quien la miró extrañado.

 

– “No me imagino a Drachir aterrorizado por una anciana”

 

– “No es una vieja cualquiera. Es Nivian, la hermana de Myrddin, el más potente de una especie de sacerdote de la religión britana”.

 

– “Un druida. Oí hablar de él durante mi estancia en Eburacum.”

 

– “Exacto, un druida. Entonces Drachir decidió salvarte la vida y, dejó que Nivian te curase. Le juró que no te mataría; él se ha asegurado de que, a pesar de todo, sigas vivo”.

 

– “No por dentro. Casi logra acabar conmigo. Pero ¿cómo vamos a escapar?”

 

– “Lo tengo todo preparado desde hace un par de semanas, pero he esperado que te recuperases. Los primeros días no resistías más de una hora empujando la rueda de molino, sin embargo ahora lo haces durante varias, y sin descanso. Drachir tenía que alimentarte para no caer en la ‘maldición’ y al hacerlo nos estaba dando una oportunidad.”

 

– “Pero por lo que veo tú tienes libertad de movimiento, no estás encerrada como yo, podrías haber escapado antes”.

 

– “¿Y dónde iría? ¿Cómo? No he estado nunca en este país. La verdad es que nunca he viajado más que la corta distancia que separa la ciudad de Antioquía de la villa. Además, ya intenté huir cuando me raptó. Me encontró menos de un día después, y … me… pegó y estuvo a punto de… Pero no lo hizo, no me ha vuelto a tocar desde entonces. Exige que duerma con él en su cama, pero no me toca. Quizás esperaba que con el tiempo fuese yo quien me acercase a él. Se equivoca.”

 

El rostro de Livia pareció transformarse al pronunciar estas últimas palabras. Su mirada se volvió gélida, casi tanto como la de su secuestrador. Quinto asimilaba la información que ella le estaba dando; la mujer había comprendido su situación con una sangre fría admirable. Pocas personas en su lugar, incluídos buena parte de los hombres que conocía, habrían sabido desenvolverse con tal destreza. Rapax se habría comportado de igual manera, analizando pros y contras, posibilidades de éxito, eligiendo la mejor o la única salida posible.

 

– “¿No temes que él se de cuenta de que has salido de la habitación y te busque en estos momentos?”

 

Livia sonrió y al instante sus ojos claros perdieron su frialdad.

 

– “Nivian. Se ha encargado de que esta noche y la próxima Drachir duerma como un lirón por lo menos ocho horas. Normalmente duerme muy mal, por eso tenemos que escapar mañana por la noche. Se daría cuenta en seguida de que algo extraño sucede si puede dormir dos noches seguidas”

 

– “¿No temes que la hermana del druida te traicione?”

 

– “Es un riesgo que estoy dispuesta a correr”

 

A pesar de que había pasado poco tiempo desde que Livia entró en el establo, Quinto se sentía una persona completamente diferente. Sus sentidos se habían agudizado, su mente empezaba a trazar planes de fuga.

 

– “No sé ni siquiera dónde estamos, ni si este cobertizo y el molino están lejos de la casa principal. Me desperté aquí tras perder el sentido en el bosque y no me han hecho salir”.

 

– “El molino es un edificio separado. La casa está a unos cien pasos hacia el este. No es una villa al estilo romano, es un edificio de piedra, sencillo, con una amplia sala y cocina en la planta baja, su habitación está en el piso de arriba. Sus hombres duermen en los establos. Les he oido repetir a menudo la misma palabra… “Vilanda”, o “Volanda””

 

– “¡Vindolanda! ¿Era esa?”

 

– “Sí”

 

– “¿Hay algo a los alrededores que te haya llamado la atención? Descríbeme donde estamos.”

 

– “En un valle, entre unas colinas que dan a Norte y bosques al sur. Las colinas son muy onduladas, hay veces que entre una serie y otra se forma un hueco. Estamos cerca de uno de ellos, y sí, hay algo que me llamó la atención en él: un enorme sicomoro.”

 

Quinto sonrió.

 

– “Sé dónde estamos, Livia. Si la noche es despejada podremos llegar a Vindolanda, es un campamento romano.”

 

– “¿Te han dicho alguna vez que cuando sonríes pareces otro?”

 

– “¿Un Polifemo simpático?”

 

– “Te seré sincera, ni siquiera me había dado cuenta de que has perdido un ojo”.

 

Livia se le acercó, sacando un objeto que tenía escondido en un bolsillo de la capa.

 

– “Te dije que tenía todo preparado. Déjame probar la llave”.

 

Se trataba de una especie de ganzúa de hierro que abría las esposas que apresaban las muñecas de Quinto. Los goznes se abrieron con un crujido. Apoyó los hierros en el suelo y cogió las manos del hombre con suma delicadeza, teniendo cuidado de no tocar las llagas que tenía alrededor de las muñecas.

 

– “Funciona. Estoy segura de que escaparemos, y lograremos ponernos a salvo”.

 

– “¿Por qué estás tan segura?”

 

– “Porque me fío de ti, Quinto”.

 

Eran las mismas palabras que le había dicho Rapax semanas atrás, cuando le encomendó salvarla. Bajó la mirada, como si estuviese muy interesado en la paja que había sido su lecho durante todas aquellas largas noches. La verdad era que creía saber el motivo por el cual Drachir había secuestrado a Livia en lugar de matarla. “Una mujer por la que un hombre sería capaz de hacer una locura”, le había dicho el britano antes de masacrarlo a base de golpes. Livia no dijo nada más, volvió a ponerle las esposas, se llevó la lucerna y lo saludó rozándole el hombro con una mano. Quinto no se movió. Había dejado de llover, ni siquiera se había dado cuenta.

 

 

Ese mismo día, en el Circo Máximo de Roma. Hora séptima

 

Era una de esas tardes de cielo terso y azul, como sólo las había en Roma. Tras los meses de verano, en los que el calor oprimía la ciudad con una capa de humedad asfixiante, gracias a las primeras lluvias de septiembre se podía finalmente volver a respirar. La luz inundaba toda la ciudad y los días eran tan claros que parecía que las colinas albanas podían tocarse con la mano.

 

Marco entró al circo y se detuvo un momento en las gradas. Había conseguido gracias a Krytios, unas localidades con una vista inmejorable, prácticamente a la altura de la última línea de meta, a pocos pasos de las localidades más exclusivas, cerca del pulvinar, el palco imperial. El espectáculo que brindaba a sus ojos el Circo Máximo era diferente al del Coliseo. No sólo por la diferencia de aforo, pues el número de espectadores era el triple que el del anfiteatro Flavio, sino también por algo intangible en el ambiente, provocado quizás por la promiscuidad en las gradas al mezclarse hombres y mujeres. El circo era el lugar preferido por el pueblo para cortejar y ser cortejado. Marco sonrió al ver a un joven que se ofrecía en ahuecar el cojín del asiento de una bella dama, una viuda de buen ver o una recién divorciada, que asistía a las carreras acompañada por una amiga mayor que ella, para guardar las apariencias. Probablemente el próximo gesto del galán sería ofrecerse a sacudir el polvo levantado por las cuadrigas y que manchó la túnica de la mujer. O puede que la ayudara a desenganchar el borde de la misma de las sandalias. Así lo hizo, el joven estaba siguiendo las recomendaciones de Ovidio al pie de la letra. El poeta escribió un famoso tratado sobre el amor y los rituales del cortejo, dedicando una sección a cómo comportarse en el circo, que incluía todo tipo de tácticas, incluso el vitorear al mismo equipo de la bella de turno, aunque no fuera el propio.

 

A poca distancia de los dos amantes, en la pista, unos esclavos se estaban llevando los restos de un carro y limpiaban la arena. Un auriga o un caballo en la carrera anterior habían pagado su tributo de sangre al pueblo, que sonreía satisfecho en las gradas. “Sangre y corrupción”, dijo Chryses refiriéndose a Roma. Marco seguiría el consejo del siracusano, volvería a Hispania con Imilce, lo antes posible, dejaría atrás la ciudad y sus contradicciones junto la mujer de su vida. Apartó la mirada de la mancha roja que se resistía a desaparecer de la arena para volverla hacia el pulvinar. El palco imperial estaba vacío, sus ocupantes habían aprovechado de la pausa para refrescarse y, en el caso de Lucrecia, cambiarse.

 

Alguien estaba agitando los brazos en las gradas, intentando llamar su atención. Era Saturnio, aunque le había costado reconocerlo, sentado al lado de una mujer con una vistosa cabellera roja. Esa mañana Marco le ofreció las entradas para el circo, lo llevó a las termas, lo acompañó al mejor tonsor[31] de la Subura, le compró una túnica nueva, aunque modesta, y le rogó que fuese a visitar a Ifigenia. Si el hispánico era a veces insoportable cuando estaba de buen humor, lo era aún más deprimido. Desde su encuentro con la actriz parecía un alma penando en el Averno. Aunque Marco no tuviese la experiencia de un Ovidio y su conocimiento del sexo femenino no fuese suficiente como para escribir un libro, dio a Saturnio algunos consejos sobre cómo comportarse para intentar aplacar la ira funesta de Ifigenia, que nada tenía que envidiar a la de Aquiles a las afueras de Troya.

 

— “¡Amo! ¡Amo! ¡Estamos aquí!” — la sonrisa de Saturnio le dio a entender que todo había ido bien.

 

— “La encantadora Ifigenia, supongo.” – dijo Marco a la mujer, inclinándose – “Saturnio me ha hablado mucho de ti”

 

“Y mi Satur también me ha hablado mucho de ti” – le contestó, dándole un golpecito en el hombro con su inseparable abanico – “Me lo ha contado todo”. Dijo pícara guiñándole un ojo.

 

Saturnio creyó hacerse más pequeño de lo que era; aunque negaba vigorosamente con la cabeza. No le faltaban ganas al hispánico de coger a su siervo por el cuello y hacerlo volar hasta la pista. Ifigenia continuó hablando.

 

“Exacto, todo. Hemos estado hablando largo y tendido. ¡Teníamos tantas cosas que decirnos! Sé que eres hispánico como nosotros ¡cuánto echo de menos nuestra tierra! Llevamos varios años de gira, de aquí para allá sin un momento de tranquilidad. Pero qué le vamos a hacer, la vida del artista, a fin de cuentas es lo que más me gusta”

 

Marco no lograba meter baza en la riada dialéctica de la mujer, podía como mucho asentir y dejar que la actriz siguiese hablando, en esos momentos lo más importante era saber hasta dónde había abierto la boca su no-esclavo.

 

— “También sé que viviste varios años en Grecia. Precisamente iremos allí después de Roma  ¡qué emoción! ¡La tierra donde ha nacido el teatro! ¡Y actuaremos en Epidauro! No quepo en mí de la alegría, si lo pienso me tiemblan las manos ¡mira, mira!” – dijo la mujer mientras extendía la palma de la mano izquierda con pulso firme, a pesar de que el peso de los anillos y pulseras habría hecho vacilar la diestra de Hércules en persona. — “De todas maneras” – prosiguió la mujer bajando la voz – “puedes estar tranquilo, no diré tu secreto a nadie. Aunque parezca mentira, cuando quiero estoy más callada que una tumba”.

 

“¿Secreto?” – logró decir Marco con la mejor de sus sonrisas. Ifigenia se acercó aún más si cabe, hablando tan bajo que a duras penas se la podía entender.

 

“Satur me ha dicho que tú no eres lo que pareces. Que estás de… “incógnito”

 

— “Saturnio se equivoca. Yo no soy más que un liberto que trabaja traduciendo aburridos documentos y que da clases en un almacén destartalado a una decena de niños” – contestó, mientras repasaba mentalmente las diferentes maneras en las que podría hacerle daño hasta hacerlo arrepentirse de haber abierto la boca.

 

“No, no, a mí no me engañas. Tengo muy buen ojo para los cuerpos, tú eres fuerte como una roca, estoy segura de que arrancabas más aplausos que yo”.

 

Marco siguió sonriendo, ahora ligeramente más aliviado, pues poco tenía que ver un público con su verdadero secreto.

 

“¡Un campeón olímpico! ¡Quien me lo iba a decir, campeón de pentathlon[32]! Una pena lo de tu rodilla, lo siento mucho” – dijo la mujer apoyando la mano en su rodilla derecha y dejándola ahí más tiempo del debido. — “Voy a saludar a unas amigas, creo que van a tardar aún un rato en limpiar ese desastre” dijo señalando con el abanico el grupo de esclavos que trabajaba en la arena.

 

“Veo que has seguido mi consejo, te dije que fueses sincero con ella”.

 

— “¡Lo he sido! Juro que le he contado toda la verdad… sobre mí. Pero no pude evitar adornar su persona con un toque de color. Además usted, lo mismo me sirve para filósofo que para atleta”.

 

— “¿Y se puede saber cómo me lesioné la rodilla? ¿Cuando me levante tengo que cojear?”

 

— “Durante la última prueba del pentathlon, la lucha con Tideo de Tebas. Y no, no hace falta… Aunque es mejor que no me sea demasiado ágil subiendo o bajando escaleras delante de ella”

 

— “Gracias por decírmelo. Por lo visto mis consejos funcionaron” – contestó Marco indicando con la cabeza la localidad que ocupaba poco antes Ifigenia.

 

—  “Usted sabe tratar a las mujeres. ¡Se lo he dicho siempre! Al principio no pude más que estar callado y fiarme de mis reflejos. Ifigenia ha tenido siempre muy buena puntería, ya me entiende. Le ofrecí entonces un cucurucho de fruta seca garrapiñada, que le encanta. Una vez con la boca llena, pues hablé, sin más. Le conté todo lo que me pasó y por qué desaparecí. Y cuando rematé la faena diciendo que tenía entradas con la mejor vista de todo el circo para las carreras de hoy… Prácticamente cayó rendida a mis pies.”

 

Marco levantó las cejas incrédulo. Probablemente fue él quien terminó a los pies de la bella y logorreica mujer, y no al contrario. Saturnio se levantó y llamó la atención de un hombre que se movía por las gradas. Silbó y éste acudió a él, abriendo las tablillas enceradas que llevaba colgando al cuello.

 

Saturnio sacó una moneda reluciente de una bolsa y se la dio al hombre.

 

“Un áureo por Krytios de los verdes, “erupit et vicit” en las dos carreras”

 

— “¿Has apostado todo ese dinero por Krytios ganador al último momento en las dos carreras? No quiero saber de dónde ha salido esa moneda”

 

— “Me la ha dado Ifigenia para que apueste por ella”

 

— “¡Saturnio!”

 

— “¡Que es la verdad! ¡Se lo juro! Desde luego, por una mentirijilla que he podido decir, mentiroso me llaman”

 

Marco decidió dejarlo por imposible.

 

“Y allí abajo ¿Cómo ha ido?” — preguntó señalando la pista.

 

— “Azules y verdes empatados en victorias, un par de carreras para los blancos y un auriga de los rojos que no lo volverá a contar. Parece increíble la cantidad de sangre que tenemos dentro del cuerpo” – musitó Saturnio mirando con atención los trabajos de limpieza de la arena, que acababan de concluir.

 

— “¿Y Krytios?” – la voz de su amo lo trajo de vuelta a la realidad.

 

— “Ha ganado dos carreras, como Crescens, el auriga de los azules. No han competido en las dos últimas, se están reservando, por lo visto”

 

— “¡Ya estoy aquí!” – dijo Ifigenia sentándose entre los dos hombres. Quitó con gracia el polvo de la túnica de Saturnio. – “¿Ése era el corredor de apuestas? ¿Has apostado el áureo que te di?”

 

— “Por supuesto, palomita” – contestó, lanzando una mirada triunfal a su amo.

 

“¿Y cómo dices que se llamaba el bruto que te rompió la rodilla?” – dijo Ifigenia girándose hacia Marco, olvidándose de nuevo la mano apoyada en el muslo del hombre.

 

“Tideo de Tebas. Lo recuerdo como si fuera hoy”.

 

La actriz iba a continuar con su cháchara cuando el público más cercano al palco imperial se levantó. Todos los espectadores se giraron para ver qué estaba sucediendo; la emperatriz y su séquito estaban ocupando de nuevo sus localidades. Marco se puso de puntillas para poder ver todo el palco. Finalmente distinguió a Imilce entre las sombras, como siempre, cerca de su señora pero en un lugar discreto. Sus miradas se cruzaron y, aunque estaba seguro de que ella no podía haberlo visto al estar tan lejos, sonrió, preguntándose cómo pudo ser tan necio, cómo pudo creer que la vida lejos de esa mujer podía llamarse vida.

 

Lucrecia estaba espléndida; se presentó en el circo con el mismo peinado que había lucido en la ocasión anterior. Aunque Imilce le aseguró que ese estilo había causado admiración entre las patricias romanas, ninguna se atrevía a apartarse de la moda impuesta por la emperatriz. Plotina, orgullosa, seguía fiel a las cascadas improbables e incómodas de postizos y pelucas. Y, aunque Marco no podía distinguir su rostro desde donde estaba, estaba seguro de que el protagonismo que estaba tomando Lucrecia en la corte no sería de su agrado.

 

Entre las personas que ocupaban los triclinios del palco estaba el senador contra el que había apostado Lucrecia, Graco. No podía imaginar Marco que en el ademán imperioso con el que el senador ordenó que sonasen las trombas, se escondía el ansia de ocupar el trono y eliminar cualquier obstáculo que se presentase en su camino, él incluido.

 

Los aurigas entraron en la arena y comenzaron la vuelta de honor, recogiendo los vítores del público. Cuando giraron la segunda meta y entraron en la recta en la que se encontraban sus localidades, Marco y los demás se levantaron para verlos mejor. Krytios sujetaba con la mano izquierda las riendas, mientras que con la derecha alzada, empuñando el látigo, recogía las ovaciones del público y las miradas lánguidas de las mujeres.

 

“Por Venus ¡qué espectáculo!” – suspiró Ifigenia. En efecto así era; bajo la corta casaca verde se podían admirar las piernas largas, musculosas y bien torneadas de Krytios. Su cuerpo atlético era perfectamente proporcionado, fuerte; los brazos en tensión brillaban por el aceite con el que lo habían masajeado. Los cabellos rubios habían crecido, y caían en suaves ondas hasta la nuca. Llevaba un manto ligero de color verde oscuro alrededor sobre los hombros, recogido en pliegues sobre los antebrazos. Sin lugar a dudas parecía que Hermes o Apolo habían bajado del Olimpo para mezclarse con los mortales. Crescens, el auriga de los azules, a su lado parecía un Vulcano deforme.

Krytios reconoció a Marco en las gradas y lo saludó; éste sonrió satisfecho. Estaba orgulloso de haber podido compensar, de alguna manera, todo el daño que le había causado, de haber podido devolverle con creces cuanto le había quitado con aquel juego irresponsable cuando eran niños. Al principio le costó ganar su confianza y tuvieron no pocas discusiones. Alguna vez se entrenó con él en el gimnasio; los encuentros de lucha eran una buena ocasión para que su primo pudiese desahogarse.

Las dos cuadrigas se detuvieron delante del palco, saludaron, y se dirigieron a la línea de salida. Los ayudantes de cada equipo acudieron raudos a preparar los aurigas. La primera manga la correrían con los propios caballos, mientras que la segunda lo harían con los del adversario. Unos mozos sujetaban a los caballos por las riendas, mientras otro subía al carro, le daba el casco, se llevaba el manto y enrollaba con fuerza las largas riendas con varias vueltas alrededor de la cintura. El mozo tiró con fuerza de ellas para comprobar que estaban bien atadas, y mientras tanto Krytios colocaba entre las mismas el puñal con el que podrían cortar las tiras de cuero en caso de accidente.

Todo estaba preparado. Los mozos y el resto del personal abandonaron la arena, el público enmudeció. Incluso desde la localidad más lejana a la línea de salida podía oírse el resoplar nervioso de los caballos, el crujir de los ejes y los goznes de los carros. Krytios y Crescens observaban nerviosos al palco, en el que Graco, al haber una vez más organizado y pagado de su bolsillo las carreras, tenía que bajar la mappa, o pañuelo blanco con el que se daba la salida. El senador, saboreando el momento, cogió la misma con lentitud geológica y finalmente lo dejó caer.

Ciento cincuenta mil bocas al unísono jalearon a sus campeones. La salida fue fulminante, Crescens ganó distancia rápidamente y pudo doblar la primera de las metas con relativa comodidad, pues llevaba casi un carro de ventaja. En la siguiente recta Krytios intentaba recuperar y estuvo a punto de adelantar a su adversario, pero éste cerraba bien el espacio y no le dejaba pasar. Marco, Saturnio e Ifigenia no podían ver bien qué sucedía en la recta contraria, pero en pocos instantes estaban girando la segunda meta. El azul seguía siempre en cabeza y Krytios por el momento no podía hacer más que no perder demasiado espacio. A pesar de que en el intermedio habían regado la arena para que no se levantase demasiado polvo, al pasar delante de sus localidades los aurigas desparecieron envueltos en una nube, y ellos mismos poco podían ver, hasta que los carros no completaron la primera vuelta y se dirigían por segunda vez hacia la primera meta. La situación no cambió hasta que en la spina se bajó el quinto de los delfines de bronce dorado que indicaban el número de vueltas recorridas. Algo estaba pasando al final de la recta, todo el público en la curva opuesta se había puesto en pie y los gritos aumentaron.

Cuando las cuadrigas aparecieron, Marco vio que Krytios, como en el entrenamiento en la Via Appia, había tomado la curva demasiado larga y hacía palanca con su cuerpo para que el carro no volcase. No lo hizo, pero había perdido aún más terreno respecto a Crescens.

Al pasar delante de la línea de llegada por sexta vez, el estruendo provocado por los seguidores de los azules había enmudecido a los verdes. Iba a ser muy difícil, casi imposible, que Krytios pudiese recuperar tanto terreno en la última vuelta.

— “Saturnio ¿los ves? ¿Qué está pasando?”

En las gradas opuestas el griterío aumentó más si era posible, el estruendo era ensordecedor.

— “¿Pero qué quiere usted que vea, si soy formato bolsillo? ¡Espere! ¡Espere! ¡Están girando! ¡Ahí llegan! ¡Krytios ha recuperado! ¡Está a punto de adelantarlo por la parte interior!”

En efecto en la última curva esta vez había sido Crescens quien, cometiendo un error de cálculo, no le había cerrado bien el espacio, y Krytios estaba aprovechando para pasar entre la cuadriga azul y el muro de la spina. Pero al hacerlo no le quedaban más que escasas pulgadas entre la pared y las ruedas. Un pequeño error de cálculo y las consecuencias habrían sido desastrosas.

Se encontraban los dos prácticamente emparejados en la recta final. Crescens usaba su látigo lo mismo para azuzar a sus caballos que para molestar a los de Krytios.

– “¡Vamos! ¡Vamos!” – gritaba Marco. Faltaban pocos pasos para llegar a la meta, el perno del eje del carro verde estaba tan cerca del muro que saltaban chispas. Sonaron las trombas, la carrera había finalizado, pero durante unos momentos, cegados por la polvareda levantada por los carros, no supieron quién había ganado. En pocos instantes la cortina de polvo se abrió y vieron la bandera verde ondeando en la línea de meta. Tal y como había apostado Saturnio, Krytios resultó ganador en el último momento recuperando la desventaja.

Los caballos frenaron su carrera a la altura de los carceres y en lugar de dar la vuelta de honor, rehicieron el camino volviendo al trote a la línea de meta. Los aurigas descendieron ayudados por los mozos de cada escudería. Una vez liberados de las riendas, pasaron a controlar si había desperfectos en los carros y limpiaron los caballos.

Krytios saludó al público alzando el brazo derecho. Aunque estaba contento, no exultaba. Quedaba lo más difícil, conducir cuatro caballos para los que él era un completo desconocido. Normalmente un auriga y sus caballos se entendían con pocos gestos, adquiridos tras horas y horas de entrenamiento. La segunda parte de un diversium era siempre la más espectacular; si el auriga no era lo bastante hábil, el conflicto entre los caballos y su nuevo conductor podía resolverse en un desastre.

 

El nerviosismo se respiraba también en las gradas. Los corceles del equipo verde se encabritaron en el preciso momento en el que Crescens, el auriga de los azules, estaba a punto de subir al carro. Resbaló y se dio de bruces en el suelo, provocando las mofas y la hilaridad de los seguidores verdes en la tribuna; los del equipo azul defiendieron a su jinete, volaron insultos y algún que otro bofetón entre las dos facciones, hasta que un grupo de vigiles restableció la calma.

 

Apenas Crescens y Krytios montaron en los carros y cogieron las riendas, los animales se revolvieron inquietos. La operación de enrollar las riendas llevó el doble de tiempo que en la ocasión anterior, y a los aurigas les costó lo indecible poder mantener los dos carros quietos en la línea de salida.

 

Finalmente el juez de competición dio el visto bueno desde la spina; Graco se levantó de su asiento, tomó de la mano a Lucrecia y le entregó el pañuelo blanco para que fuese ella quien diese la salida. Lucrecia sonrió satisfecha, ciento cincuenta mil almas estaban pendientes de sus movimientos. Marco se dio cuenta de que en esos momentos la emperatriz le dio la espalda para beber agua; la domina de Imilce estaba jugando con fuego. Si Lucrecia hubiese sido Julio César, en vez de rechazar tres veces la corona que le ofreció Marco Antonio, se la habría arrebatado de las manos[33]. Y si no pecase de orgullo, se habría dado cuenta de que su ambición la estaba cegando y que se estaba ganando a pulso la enemistad de la emperatriz. Sin embargo, ajena al desdén de Plotina, Lucrecia gozaba inmensamente de su momento de gloria… y de la mirada impertinente del apuesto auriga por el que se había jugado, llevada por un instinto irresponsable y primitivo, buena parte de su patrimonio.

 

Lucrecia bajó la mappa, y el circo estalló. Los carros partieron raudos, aunque indisciplinados. Ambas trayectorias eran muy diferentes a las de la primera carrera, tanto que ambos giraron en torno a la primera meta mucho más lejos de lo que sería oportuno. Crescens se llevó la peor parte, pues los corceles del equipo verde respondían mucho peor a las órdenes de su improvisado conductor. Krytios, a pesar de que llevaba muy poco tiempo entrenando, lo había hecho siempre con esos caballos, que eran muy jóvenes. Con la ayuda de Félix había construido un sistema de instrucciones que consistía no sólo en el movimiento de las riendas o los habituales “izquierda” o “derecha”, sino que además las órdenes venían impartidas con un cierto tipo de silbidos.

 

Krytios tampoco se encontraba a gusto con el tiro de los azules, ni con el carro en sí, que encontraba demasiado rígido respecto al suyo. La primera vuelta terminó con una ligera ventaja del primo de Marco, que se redujo al poco tiempo. Crescens era un campeón veterano, y lo demostraba con cada latigazo y con el adelantamiento espectacular que realizó en la tercera vuelta.

 

– “Creo que la fortuna empieza a estar a mi lado” – dijo Graco, luciendo la más encantadora de sus sonrisas.

 

– “En Hispania tenemos un dicho, senador” – contestó Lucrecia – “No vendas la piel del oso antes de cazarlo”

 

– “No te falta razón, Lucrecia. Aunque, creo que tu mozo de cuadras no va a ganar esta carrera. No puede controlar a los caballos… Mira, está demasiado cerca de la spina, de nuevo. Una cosa es hacerlo en la recta, y otra en la curva. Crescens le va a cerrar la trayectoria y probablemente su bello cuerpo acabará rebozado de arena o estrellado contra uno de los conos de la meta”

 

En efecto, así era. Se estaban acercando a toda velocidad a la curva y Crescens cerraba a la perfección todo el espacio. Lucrecia, y buena parte del público en tribuna, se levantaron en el mismo instante en el que las ruedas del carro chirriaban contra la spina. Al girar, aunque Krytios intentó evitarlo, dio con el hombro izquierdo en el cono de piedra de la meta. La inercia lo empujó al parapeto opuesto del carro, faltando poco para que cayese de él. No lo hizo, pero cuando recobró la posición vertical, había perdido de nuevo la trayectoria. Había ido a parar prácticamente a los carceres. El público ahogó un grito. El brazo izquierdo le colgaba inerte, y se veía claramente que el hombro se le había dislocado. Se deshizo del látigo, y empuñó las riendas con la derecha.

 

– “¡Se le ha salido el hombro, no va a poder seguir!” – exclamó Saturnio.

 

Ya no quedaba nadie sentado en sus localidades. Las últimas tres vueltas iban a ser espectaculares. Krytios azuzó los caballos, que poco a poco empezaban a ganar terreno. No notaba el brazo izquierdo, pero la adrenalina le impedía sentir dolor alguno. Aguzó la vista y, observando el carro de su rival cuando giró la meta sucesiva, se dio cuenta de que la rueda izquierda se movía de manera extraña, no se mantenía firme, sino que vibraba, aleteaba. El eje no encajaba ya perfectamente en el hueco, y bastaría un ligero toque con la spina para que se saliese la rueda. Si el caballo situado a la derecha del tiro, el más veloz, tirase de repente hacia ese lado… A Krytios se le ocurrió algo, una idea absurda, pero podría funcionar.

 

Empezaba la última vuelta, estaba ya muy cerca del carro de Crescens cuya rueda izquierda vibraba vistosamente, estaba a punto de salirse del eje. Superada la última curva, quedaba sólo la recta final, tenía que hacerlo ahora o nunca. Krytios emitió tres cortos silbidos y, a pesar del estruendo, Fulmen, el caballo de la derecha, su favorito, movió las orejas. Silbó de nuevo tres veces; el caballo, obediente, cambió de trayectoria seguido por los demás. Crescens no pudo evitar que el carro se moviese bruscamente unos pocos pasos, los suficientes para que la rueda diese con la spina y se saliese del eje. El carro se inclinó y salió despedido hacia la derecha; Crescens soltó las riendas y pudo cortarlas con su puñal instantes antes de que el vehículo volcase. La velocidad y la fuerza que llevaba hizo que se rompiese la pieza de madera que sujetaba los aparejos de los caballos al carro, y mientras los corceles continuaban la carrera, el habitáculo dio varias vueltas de campana deteniéndose debajo de las gradas.

 

Krytios había ganado también la segunda carrera, la victoria era completa, suyo el diversium. Aulló, más que gritó, levantando el brazo derecho al cielo. Cuando el carro se detuvo y los mozos lo desataron, cayó exhausto en la arena, perdiendo el sentido.

 

Un par de horas más tarde, tumbado en un triclinio con una excelente copa de vino de Falerno en la mano, Krytios estudiaba los mármoles polícromos en la pared de la cenatio Iovis. Sonrió al recordar que cuando llegó a Roma, el destartalado palomar en el que dormía su primo le pareció un palacio y ahora, dos meses después, se hallaba precisamente en el palacio imperial, en la sala oficial de banquetes, y como invitado de honor.

 

Lamentó sólo que el encontronazo con la spina del circo lo hubiese privado de la merecida vuelta triunfal en la arena. Se despertó en las cuadras, con el hombro vendado. Perder el sentido tenía su lado positivo, sobretodo si un médico y dos ayudantes tenían que poner en su sitio un húmero dislocado. Cuando despertó, Marco estaba a su lado.

 

“Esto empieza a ser una costumbre” – dijo Krytios, levantándose torciendo el gesto mientras se llevaba la mano al hombro herido.

 

“¿El qué?”

 

— “Yo que acabo fuera de juego y tú que eres lo primero que veo cuando abro los ojos. Ya me gustaría ver algo más bonito que tu cara, primo.”

 

Krytios sonrió al recordarlo, mientras extendía un brazo para que una esclava le rellenase la copa. Le gustaba cómo vivían los ricos, y, si seguía cosechando éxitos como el de hoy, en poco tiempo podría comprarse una villa con un triclinio, seguramente no tan lujoso como el del palacio imperial, puede que un poco más pequeño. Pero no mucho, pensó recordando las bolsas llenas de dinero, treinta mil sestercios para ser exactos, que le entregó en las mismas cuadras el senador Graco. Si algo podía decirse de él, es que perdía con clase.

 

Abrió los ojos volviendo de su ensoñación y vio que Lucrecia, en el triclinio delante del suyo, le sonreía y alzaba también su copa. No cabía lugar a dudas, ser rico era algo muy pero que muy placentero.

 

Lucrecia miraba a su alrededor, satisfecha. La cena había terminado, aunque no la velada. Había organizado para concluirla un entretenimiento con mimos y danza. Nada de escandaloso, ni bailarinas de Gades ni efebos desnudos. Creía que Plotina iba a estar presente, pero la emperatriz a mitad de la comida adujo un fuerte dolor de cabeza para retirarse, rogando a los demás que continuasen. “Mejor”, pensó la patricia agradeciendo su suerte. La cara de vinagre de su ilustre pariente le estaba amargando la fiesta. Si Adriano estuviese allí la celebración hubiese sido memorable. Él sí que sabía divertirse. Pero estaba lejos, en Dacia, tomando lecciones de cómo se comporta un emperador en el campo. Lejos, con Rapax. Apartó de su mente al pretoriano, se sentía irritada, no le había mandado ni siquiera una carta, no sabía nada de él. No se dio cuenta de que tenía la mirada fija delante de ella, sin saber qué estaba mirando. Cuando lo hizo, vio los ojos azules y la sonrisa impertinente de Krytios. Se levantó, irritada, y fue a cambiarse a sus estancias. En una mesa estaba la correspondencia, que aún no había podido leer: una carta de Publio, y otra de Adriano.

 

Britania – en esos momentos

 

Livia se levantó de la cama, sigilosa como una gata, sin atreverse casi a respirar. Drachir se giró, cambió de postura y siguió roncando, ajeno a sus planes. Bajó a la cocina, había ocultado en una alacena todo lo necesario para la fuga; había robado a un chico del servicio unos pantalones, una casaca, y un manto britanos. Escapar campo a través con una larga túnica de lana no habría sido lo más cómodo. Se cambió, se ciñó con una correa de cuero los pantalones y dejó el manto sobre la mesa de la cocina. Cogió un pequeño cuchillo que estaba en la mesa y se lo colocó en la cintura. Necesitaba las armas de Quinto, sabía dónde las había guardado Drachir, en un arcón cerca de la puerta principal. Le había visto dejarlas ahí la primera noche que llegó a aquella casa. “Éste va a ser tu hogar durante un tiempo, Livia. Tengo asuntos que tratar aquí en el Norte y no quería dejarte sola en la villa de Eburacum. Ésta es una demora sencilla. Te acostumbrarás”. Se equivocaba, como en otras muchas cosas. No lograba entender cómo un hombre tan hábil, calculador y cruel cuando se trataba de luchar, mandar y subyugar, fuese tan ciego en todo aquello que tenía que ver con ella.

 

De todas maneras, tampoco tenía sentido divagar sobre ello en esos momentos, tenía otras cosas en las que pensar. Entró en la sala, llegó hasta el arcón, lo abrió, cogió el gladio y el puñal de Quinto, y otro manto para él. Cuando se dio la vuelta se le heló la sangre en el cuerpo. Drachir estaba apoyado en la chimenea, cuyo hogar estaba siempre encendido para calentar la enorme sala. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, y una mirada en sus gélidos ojos que conocía a la perfección. Aquella que paralizaba de terror a sus subalternos cuando no ejecutaban sus órdenes tal como deseaba.

 

“¿Tan estúpido me crees?” – dijo con un tono de voz tan glacial como su mirada, en ese latín perfecto y sin acento alguno, que poco tenía que ver con su atuendo de bárbaro, los pantalones de piel y la túnica corta de mangas largas. Livia se sentía incapaz de reaccionar, paralizada como una liebre delante del lince que la va a devorar; seguía ahí de pie, con las armas y el manto entre los brazos, sin entender qué estaba haciendo ahí en el confín del mundo, lejos de todo lo que había conocido. — “Te llevo observando desde hace semanas, lo he visto todo. Cada pequeño hurto, cómo ibas a escondidas al molino y lo espiabas como un animalillo curioso”

 

“Nevian…” – fue lo único que pudo decir.

 

“Repito ¿tan estúpido me crees? ¿La hechicera más famosa de la Britania aparece en mi casa, me prepara “unas hierbas” y yo me las tomo como un niño obediente que se bebe su cuenco de leche para desayunar? No me fío de esa vieja loca”.

 

— “Pero cuando apareció en el bosque…”

 

Drachir cambió de postura y repitió los mismos gestos que hizo aquella noche, exagerándolos, burlándose de él mismo.

 

— “¿Lo hice bien, verdad? Mi mejor interpretación, sin lugar a dudas. Por supuesto que no me creo esa tontería del romano y la maldición. Pero mis hombres la creen, y es uno de los motivos por los que sigue vivo. Mis hombres y el pueblo creen además en todas las historias que giran alrededor de esa estirpe de druidas. Según una profecía, el primer rey de Britania lo será gracias a Myrddin y no quiero enemistarme con su hermana, y por lo tanto con él. Porque yo seré el primer rey de Britania, y tu serás mi reina”.

 

Livia reaccionó, al fin, al oír esas palabras. Una carcajada breve y amarga.

 

— “Una reina cautiva. Prisionera”

 

— “Ya lo eras”

 

— “¿Perdón?”

 

— “Cneo Cornelio Graco. ¿Sabes quién es?”

 

— “Sí, el propietario de la finca rústica donde vivía”.

 

— “Y quien contrató mis servicios para asesinar a tu hermano y a tí”.

 

— “¡Flavio!”

 

— “Está vivo. Tuvo la fortuna de que no me encargase personalmente del asunto”.

 

Drachir prosiguió.

 

— “Tú eras su rehén. Chantajeaba a tu hermano. Le ayudó en su carrera en la guardia pretoriana y lo tenía a su servicio, atado con un doble hilo. Y ahora ha decidido que no le servís y me ha pagado para deshacerse de vosotros”.

 

— “¿Por qué?”

 

— “A tu señor se le quedan pequeñas sus fincas y sus villas. Quiere ser el próximo emperador”.

 

— “¿Y qué tenemos que ver mi hermano y yo con ello?”

 

— “Lo ignoro. Pasé por la villa por la tarde, para estudiar la casa y el terreno. Me hice pasar por un comerciante; cuando quiero puedo ser especialmente encantador, sobre todo con las viejas señoras, y había una esclava anciana que era particularmente sensible a mis encantos. Me dijo quién era el propietario de la finca, desde hace cuánto tiempo vivías allí, que tu marido era un buen amo y que todos los esclavos creían que tú también eras una buena domina pero que no eres feliz porque la Bona Dea[34] no te manda hijos”.

 

– ¿Por qué no me has matado?

 

– “Iba a hacerlo, hasta que te vi. No pude. Entonces no supe el motivo. Vi que la esclava que estaba contigo se te parecía, la maté a ella, le puse tu pulsera y provoqué el incendio. Varios esclavos se quedaron atrapados en las cocinas, no sería fácil echar bien la cuenta de cuantos murieron. Días después te escapaste, cerca de Emona[35]. No sabes lo poco que faltó para que tuvieses éxito, no sé cómo no te diste de bruces con algún convoy militar que se dirigía a la Dacia. No habría vuelto a verte y no podría soportarlo. Cuando al final te atrapé eras tan hermosa que me faltaba la respiración, y estuve a punto de hacer lo que he hecho ya otras veces, tomar por la fuerza lo que no se me da voluntariamente. Pero tu reacción me desarmó. Al principio luchaste, como todas” – se tocó la ceja derecha, donde le había quedado una pequeña cicatriz – “pero de repente te detuviste. Te dejabas hacer, pero estabas inmóvil, no apartabas tus ojos de mí, no olvidaré nunca tu mirada. No era una mirada de desdén, era vacía, sin alma, muerta. Me detuve. Pero seguí con mi plan de fuga. Las mujeres pueden cambiar, sabría ganarte con el tiempo. Finalmente vi, hace unas semanas, cómo quiero que me mires: como lo miras a él. Y si para ver esa luz en tus ojos, aunque sea a escondidas entre las sombras y espiándote, el hombre que más odio tiene que seguir vivo, sea. Ese es el otro motivo por el cual Quinto Terencio sigue respirando”

 

Era el discurso más largo que le había oído desde que la secuestró. Mientras hablaba se estaba alejando de la chimenea, y acercándose a ella. Livia dejó caer todo lo que llevaba en las manos, menos el puñal de Quinto, que desenfundó. Lo amenazó con él.

 

– “Nunca seré tuya, no eres más que un asesino, estás loco. He visto lo que eres capaz de hacer ¿de verdad crees que un día me olvidaré de todo y caeré entre tus brazos? Voy a usar tus palabras ¿tan estúpida me crees?”

 

– “No lo eres. Un día, simplemente, te darás cuenta de que soy tu única opción, te acabarás acostumbrando.”

 

– “¡Jamás! Escaparé”

 

– “Ya te atrapé una vez, y estaba solo. Aquí estoy en mi tierra, tengo centenares de hombres a mi servicio.”

 

Livia miró a su alrededor, se sentía completamente desamparada. Drachir no estaba haciendo más que repetir lo que ella misma dijo a Quinto la noche anterior. No podría escapar sola, además ¿escapar dónde? Sólo dos hombres podrían ayudarla, uno estaba a escasa distancia, encadenado, y el otro, su hermano, al mando de una cohorte de pretorianos, quién sabe dónde. ¿Y si mientras tanto el senador Graco había logrado acabar con él, tal como tenía previsto? Drachir se acercaba.

 

– “¡No te acerques!” – Livia pasó de amenazar al hombre con el puñal, a apoyar la punta en su propio cuello. Advirtió una señal de alarma en el rostro del britano. Quizás esa era la táctica para ganar tiempo, no sabía muy bien para qué. – “Tú lo has dicho, no sé dónde ir. Además sé que si el senador Graco quiere algo lo obtiene, y si pretende matarme lo acabará haciendo. Puede que como dices tú seas mi única opción. Pero sólo si me importa seguir viva”

 

Acto seguido movió la mano con la intención de sesgar su proprio cuello, pero Drachir la detuvo con las suyas. Forcejearon, ella tenía la mano izquierda libre. La metió por debajo de la casaca, sacó el cuchillo que acababa de robar en la cocina, y lo hundió hasta el mango en el costado de Drachir. Éste la miró incrédulo, soltado su presa. Momento que aprovechó Lidia para asestar dos cuchilladas con el pugio de Quinto en el estómago de su enemigo.

 

Recogió el gladio, el manto para Quinto, escapó hacia la cocina y salió por la puerta de atrás, corriendo lo más rápidamente que le permitían sus piernas. La noche era muy oscura. Había salido por la parte trasera de la casa, los establos se encontraban a su derecha, el molino a la izquierda, y detrás de él, las colinas entre las cuales estaba encastrado el sicomoro, a una media milla. Entró en el molino y tomó la lucerna, por suerte aún encendida, que colgaba de un gancho en la pared. Se acercó al recinto en el que el romano estaba prisionero.

 

– “¡Quinto!” – susurró, casi sin aliento, asfixiada por la carrera – “¡Quinto soy yo, tenemos que irnos ahora!” – El hombre estaba tumbado en la paja, acurrucado, hecho un ovillo. — “¡Quinto! ¡Despierta Quinto!”

 

Apoyó la lucerna en un taburete de madera y se giró. El hombre apenas se movía, estaba diciendo algo, no entendía el qué.

 

— “¡Quinto, levántate!” – dijo Livia, angustiada. Pasaba algo. Se arrodilló a su lado y le levantó la cabeza. Sus manos tocaron un líquido espeso, pegajoso. El rostro estaba cubierto de sangre, el ojo sano, tumefacto. — “¡No, no, no! ¡Quinto, dime algo!” – el hombre intentaba hablar. Livia cogió un cubo con agua y le tiró el contenido por la cabeza, limpiándole después el rostro con las manos y su manto. — “Quinto ¿qué ha pasado?”

 

— “Me pegaron tras desatarme de la rueda… Vete, yo no puedo… Apenas veo nada, vete…”

 

— “Me iré, pero contigo, juntos. ¡Vamos soldado!” – Livia tiró de él. Aunque no era una mujer menuda intentar levantar a un hombre de la estatura y musculatura de Quinto era prácticamente imposible. Sacó la ganzúa de hierro del bolsillo de su manto, le soltó las esposas y quitó la cadena que lo apresaba. Llenó el cubo de agua en el abrevadero de las bestias y le mojó de nuevo la cabeza. Quinto se estaba espabilando. Livia no dejaba de hablarle — “¡Vamos! Estás al servicio de mi hermano, eres un pretoriano ¿no? ¿Vas a dejar tu misión sin cumplir? ¿Qué pensará de ti? Tenemos que llegar al campamento romano”.

 

— “Ve tú, Livia. ¿Recuerdas el sicomoro? No tienes más que dejártelo a la espalda, dirigirte al sur, hacia los bosques. Cuando encuentres un riachuelo tienes que subir su curso hacia el oeste, y llegarás a Vindolanda. El comandante de la guarnición se llama Flavius Cerialis, dile quién eres. Que Quinto Terencio que servía en la IX legión tenía que rescatarte, siguiendo órdenes del cónsul Lucio Licinio Sura, y que Drachir te retenía contra tu voluntad”.

 

— “Si tienes fuerzas para hacerme este discurso, las tienes para escapar. ¡Vámonos!”

 

Le llevó un buen rato poder levantarse, apoyando los brazos en las tablas del recinto. Ella le colocó la cintura de la que colgaba el gladio, y le dio su puñal. Él no podía más que ver manchas y sombras, pero notó que su pugio estaba pegajoso y húmedo. Sin lugar a dudas era sangre.

 

— “¿Qué ha pasado?”

 

— “Drachir. Lo he apuñalado”

 

— “¿Está muerto?”

 

— “No me he parado a comprobarlo. ¿Puedes caminar?”

 

Livia le seguía hablando, le preguntaba de dónde era, repetía cómo llegar a Vindolanda, el nombre del comandante de la guarnición. Quinto se dio cuenta de que si ignoraba el lacerante dolor de cabeza y el insoportable pinchazo que sentía con cada respiración podría caminar. Probablemente le habían roto un par de costillas. Se puso él sólo el manto que ella le había traído.

 

— “Creo que puedo. Tienes que guiarme, decirme qué ves” – ella le cogió de la mano, y salieron del molino, engullidos por la oscuridad de la noche.

 

Roma. Palacio imperial.

 

El músico acercó la flauta a los labios, un suave sonido rítmico salió de la misma, acompañando los movimientos perfectos y sinuosos de los bailarines, jaleados por los invitados en los que el vino había comenzado ya a hacer efecto. Sus sombras, reflejadas en los mármoles de la lujosa cenatio iovis, tenían efectos hipnóticos, aumentados por el humo del incienso, y las llamas de los pebeteros. Se añadieron a la melodía la cítara, tambores y cimbales. Lucrecia observaba el espectáculo con expresión de esfinge. Nadie habría adivinado nunca, a pesar de que en su rostro estuviese dibujada una sonrisa complacida y hierática, que dentro de ella se estaba desencandenando una tempestad. Había leído las cartas de su hijo y de su hermano, en las que le contaban, con todo lujo de detalles, lo que había sucedido en Dacia.

 

Los bailarines se habían dispuesto en parejas, alrededor de un gran pebetero del cual se alzaba una embriagadora columna de incienso. Los gestos mímicos eran tan explícitos que dejaban poco lugar a la imaginación. Lucrecia, vista la ausencia de la emperatriz, había dado órdenes de que ejecutasen una danza en honor de Baco; las mujeres movían las caderas, los hombres fingían acometerlas al ritmo de la música. Los invitados aplaudían, susurraban al oído de sus compañeras de triclinio quienes miraban a sus hombres dedicándoles sonrisas que eran promesas de bailes más íntimos y placenteros.

 

Lucrecia estaba planeando en su mente otra coreografía, cómo hacerle pagar a Imilce tal insulto, el que su hijo, un esclavo, hubiese osado levantar la mano contra Publio, sin pagar por ello.

 

Giró la cabeza. Casi escondida, detrás de una columna, estaba Imilce, hablándole a alguien al oído; era Marco, sin lugar a dudas. Cuando la música llegó a su clímax sonrió, esta vez sintiéndolo de verdad.

 

Todos los invitados aplaudieron, se encendieron las lucernas que se habían apagado para el baile y los músicos, esta vez sin acompañamiento de bailarines, tocaron otra pieza.

 

Lucrecia bebió un poco de vino y se giró a su izquierda, al triclinio del senador Graco.

 

– “Senador, tengo entendido que empezaste tu carrera como abogado ¿no?”

 

– “Nunca se me dieron bien las armas, prefería las batallas legales en la basílica Emilia. No llegué a ser un Cicerón, pero me defendía”

 

– “Entonces tengo que pedirte que me aclares una duda. Si alguien comete un asesinato… ¿su delito prescribe?”

 

Graco alzó las cejas, alerta. Su sexto sentido le avisaba que Lucrecia iba a contarle algo muy interesante.

 

– “No, siempre y cuando alguien directamente interesado en el crimen acuse al presunto asesino formalmente, un pariente del difunto, su hijo o su padre, por ejemplo. El estado no tiene la capacidad de presentar cargos[36]

 

– “Oh, vaya…”

 

– “¿Por qué me lo preguntas, Lucrecia?”

 

– “No me hagas caso, tonterías… Bueno, no precisamente tonterías. Estoy preocupada por una de mis esclavas, mi ornatrix”

 

– “Ah, la hermosa Imilce”

 

– “Sí, exacto. Hace unos quince años, en Itálica, la rondaba uno de los esclavos de mi tío el emperador. Ya no era esclavo, lo había liberado poco antes, cuando partió a su destino como legado a Legio[37]. Ese esclavo… ese liberto… era un tipo extraño, nunca me gustó. No sé, me daba un poco de miedo, te seré sincera. Una noche tuvimos en casa invitados, un magistrado y su hijo. Esa misma noche asesinaron al joven, se dijo que fueron dos malos elementos, borrachos, los vieron salir juntos de una taberna cuando era ya casi madrugada. Sin embargo, yo siempre he pensado que el liberto teuvo algo que ver, pues me consta que el joven muerto prestó demasiadas atenciones a Imilce. Pues bien, el liberto también desapareció, no se volvió a saber nada de él, hasta hace poco. ¡Está aquí en Roma! ¡Y rondando de nuevo a mi esclava! Sufre de ataques enfermizos de celos ¿y si fue él el culpable? A ella le gusta ir provocando a los hombres ¿Y si pasa algo?”

 

Graco empezaba a sentirse como un zorro al que acaban de abrir las puertas de un corral lleno de huevos y gallinas. ¿Era posible que tuviese tan cerca a alguien a quien había intentado dar la caza por medio imperio?

 

– “Lucrecia querida, te olvidas de la guardia pretoriana, que, si la memoria no me engaña, te ha sacado ya un par de veces de apuros. Si yo fuese el prefecto del pretorio tu duda me ofendería. ¿Cómo se llama el hombre del que sospechas?”

 

– “Estaba aquí hace poco, lo he visto hablando con Imilce. Se llama Marco Fulvio Aquila”

 

Graco sonrió y dijo una frase de circunstancias, algo así como que no tenía nada de que preocuparse y que seguro que sus temores eran infundados. Puede que en el circo Lucrecia le hubiese hecho perder treinta mil sestercios, pero por otro lado, le estaba asegurando el imperio.

 

[1]              Grupo de ochenta soldados

[2]              Pescara

[3]              Pequeño altar presente en cada casa para el culto doméstico

[4]              pañuelo

[5]              Fiesta celebrada a finales de diciembre en la que se basa el actual carnaval

[6]              puñal

[7]              Amigo

[8]              espíritu

[9]              En la batalla de Teutoburgo se perdieron la XI, XII y XIII legiones, y sus águilas fueron tomadas por los germanos. Al saber la noticia se dice que el emperador Augusto no dejó de gritar “¡Varo! ¡Devuélveme mis legiones!”

[10] York

[11] Hierro caliente que se usaba para rizar el pelo

[12]            El gran muro de piedra y ladrillo levantado en el centro del Circo Máximo y de otros grandes circos del Imperio. Solía estar decorado con estatuas y otros elementos impactantes.

[13]            Palco imperial

[14]            velo

[15] 13 de septiembre

[16] Una especie de “director general” de la escudería

[17] Una milla romana medía entre 1.400 y 1.500 metros. La distancia que separa las dos orillas del Danubio entre las actuales Rumanía y Serbia, tiene una anchura de poco más de un kilómetro.

[18] Casi 60 kilómetros

[19] Sacerdote romano encargado de la toma de los auspicios y con capacidad de leer el futuro, sobre todo, en el vuelo de las aves.

[20] Manto o capa largos que usaban los oficiales. El manto de color púrpura era reservado  al general en jefe del ejército

[21] Amuleto que los niños llevaban colgando del cuello para alejar los malos espíritus.

[22] Toga que vestían los adultos. La ceremonia de la que habla el emperador normalmente se llevaba a cabo entre los dieciséis y diecisiete años de edad

[23] 17 de marzo

[24] Unidad formada por 480 hombres

[25] Estancia que hacía las veces de despacho

[26] Prostituta especializada en el sexo oral

[27] Una región en la costa sur de la actual Turquía

[28] He adoptado por congruencia con el texto el abecedario moderno en castellano, que se diferencia en algunas letras del latín

[29] Actual Fatsa, en la costa turca del Mar Negro

En Judea

[31] barbero

[32] Salto de longitud, lanzamiento de disco, de jabalina, carrera de velocidad y lucha

[33] “Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces” (William Shakespeare – Julio César – Acto III – el discurso de Marco Antonio).

[34] Diosa de la fertilidad, castidad y la salud

[35] Actual Liubliana, en Eslovenia

[36] En el derecho romano no estaba contemplada la figura del fiscal

[37] León

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