Capítulo 8 – Tartessos

CAPÍTULO OCTAVO – TARTESSOS

 

Ante diem XVII calendae octobris (14 de septiembre)

 – “¡Párate, Livia!”

 – “¡No! ¡Tenemos que seguir adelante!”

 – “¡He dicho que te pares!”

 Livia no dejaba de correr, tirando con fuerza de la mano de Quinto. La noche era más oscura que la boca del Averno.

— “¡Por Júpiter, eres más terca que una mula! ¡Quieta!” – exclamó Quinto, deteniéndose de repente y tirando de la mujer con todas las fuerzas que le quedaban, hasta que ella se detuvo a pocas pulgadas de él. Podía oír su respiración entrecortada, y juraría que hasta notaba su aliento en el cuello.

— “Creo que no hemos seguido una línea recta desde que cambiamos dirección a la altura del sicomoro. Si nos desviamos mucho no será fácil atravesar el riachuelo, tenemos que entrar a Vindolanda por la puerta oeste. Si la pasamos de largo tendríamos que entrar por la puerta norte, y podemos tener problemas para descender al valle del río y volver a subir la colina en la que está el fuerte. Y si nos pasamos de largo, no nos quedaría otra opción más que llegar al campamento de Vercovicium, que está mucho más lejos y encima en lo alto de una colina muy escarpada. No sé si podría hacerlo. ¿Entiendes ahora por qué te he dicho que te pares?”

 — “Sí”

 — “Dime que ves, Livia”

 — “Muy poco, aunque creo que hay más luz que antes ¿no será ya la aurora?”

 — “Imposible”

Livia se giró, se dio cuenta de que podía distinguirse a lo lejos alguna estrella.

 

— “Ayer hubo luna llena, creo que el cielo está muy nublado. Si se abriesen las nubes…”

 

— “Calla un momento, escucha”

 

Se callaron los dos. Se estaba levantando una suave brisa, Quinto creyó distinguir un sonido.

 

— “¡Árboles!” — dijo — “Y algo más…” — No había soltado la mano de Livia. De repente la cogió por los hombros y la obligó a ponerse en cuclillas. — “… pasos” — terminó Quinto, susurrando.

 

Livia notó un nudo en la garganta, estaba simplemente aterrorizada. ¿Era posible que los hubiesen alcanzado ya? ¿Y sin llevar antorchas? Poco a poco pudo distinguir la silueta de la cabeza de Quinto, e incluso creyó notar la línea de las colinas que habían dejado atrás.

 

El pretoriano se dio la vuelta. En efecto, eran pasos sobre la hierba, muy cerca de ellos. Dejaría que se acercasen más y después saltaría sobre quien les estaba siguiendo. Calculaba cuánto tiempo le quedaba para entrar en acción. Vendería cara su piel, no estaba dispuesto a volver a aquel molino. Cuando oyese el tercer paso se abalanzaría sobre quien fuese. Tres pasos. Uno… Livia notó que se estaban abriendo las nubes; Quinto tenía razón, alguien se acercaba. Dos… Él se aseguró de que Livia estuviese detrás de él, le haría de escudo hasta que llegase el momento. Tres… Livia no tuvo tiempo de decirle qué era lo que estaba viendo, ahora con la luz de la luna apenas menguante que se filtraba entre un ligero velo de nubes. El pretoriano saltó y aferró el sujeto, parecía llevar encima una pelliza de piel de… ¿oveja?

 

El animal emitió un balido largo y sufrido.

 

— “¡Quinto, es sólo una oveja!” — Livia se quedó estupefacta delante del cuadro que tenía delante de sí. El hombre había atrapado a la bestia con una llave de lucha ejecutada a la perfección; con las piernas alrededor del cuerpo del animal, sujetándolo con un antebrazo por el cuello. No pudo evitar reírse, y pronto, a la risa, siguió una sonora carcajada. No podía más, estaba riendo tanto que cayó al suelo.

 

— “¡Mierda de bicho!” — masculló Quinto, dejando libre a la presa, que se alejó dando cuatro brincos. — “Deduzco por cómo te estás divirtiendo que puedes ver más que yo”

 

Quinto se levantó, jadeaba, y le dolía mucho un tobillo. Le había costado no poco esfuerzo derribar a su lanudo oponente que, unos pies más allá, se había tumbado sobre la hierba y, una vez pasado el susto, se disponía a rumiar plácidamente.

 

— “Cuando se te pase el ataque de risa acércate y dime qué ves”

 

Sin lugar a dudas la noche había clareado, pues incluso él mismo pudo advertir la sombra de Livia acercándose.

 

— “Tenías razón, no estamos en línea recta con el sicomoro, ni siquiera puedo distinguir su silueta. Un poco más adelante hay un bosque, creo que estamos cerca de él. Espera, oigo algo más…”

 

Los dos se callaron; sí, se oía algo más que el suave murmullo de las hojas de los árboles mecidas por la brisa que, poco a poco, se estaba convirtiendo en viento.

 

— “¡Agua!” — dijeron los dos al unísono.

 

Una hora más tarde se encontraron con las primeras casas del poblado situado en los aledaños de la puerta oeste del fuerte de Vindolanda. Todo estaba tranquilo; las familias de los soldados auxiliares dormían en sus chozas, la taberna y todos los demás establecimientos, estaban cerrados. Livia pudo guiar sin dificultad a Quinto, varias antorchas iluminaban la puerta del campamento. Una empalizada de madera, con varios pies de altitud, formaba un rectángulo dentro del cual se encontraban las barracas de los soldados y las demás construcciones. Cuatro soldados estaban de guardia; dos en las torres que flanqueaban la puerta, otros dos al pie de la misma.

 

— “¡Alto!” — gritó uno de ellos. Quinto alzó los brazos. Livia, a su lado, estaba escondida bajo el pesado manto britano, y la capucha cubría su rostro. Podría pasar por un hombre joven, o un muchacho.

 

— “¡Deteneos!”  — dijo el segundo soldado.

 

— “Soy Quinto Terencio, pretoriano de los speculatores augustii. Estoy en Britania para cumplir una misión encomendada por el cónsul Lucio Licinio Sura. Venimos a pedir refugio y a hablar con el prefecto Flavio Cerialis”

 

Quinto se imaginaba cuál iba a ser la reacción de los centinelas, por lo que no se sorprendió cuando el primer soldado respondió:

 

— “Si tú eres un speculator, yo soy la vestal máxima y aquí mi colega es el flamen dialis[1]— dijo en tono jocoso, que se volvió amenazador un momento después — “¡Largo de aquí he dicho, si no queréis que os eche dándoos una patada en las posaderas!”

 

El pretoriano notó una ola de rabia ciega creciéndole dentro del pecho. No había arriesgado su vida para que un auxiliar escrupuloso le impidiese terminar su trabajo. Pero no podía demostrar de ninguna manera que decía la verdad. Todas sus pertenencias, su sello y el salvoconducto imperial, estaban en la casa de la que habían huido, o quizás las había destruido Drachir.

 

— “¡Y yo te digo, soldado, que por esta puerta o por otra acabaré entrando en el campamento, y que tu comandante no se alegrará mucho al saber que nos has hecho perder un tiempo precioso! ¡Avisa a Cerialis, enciérranos mientras lo haces donde lo consideres más oportuno, pero hazlo, por Mitras!”

 

El discurso de Quinto pareció no hacer mucha mella en el impasible soldado.

 

Livia se acercó, bajándose la capucha. La antorcha colocada en la base de la torre iluminó por completo su rostro, dejando al militar con la boca abierta. No había esperado que el acompañante de aquel hombre fuese la mujer más bella que había visto en toda su vida.

 

— “Por favor, el pretoriano está diciendo la verdad, lo juro. Déjanos entrar, y avisa al prefecto, te lo ruego”

 

El auxiliar dudaba. Una mujer y un lisiado no podrían causar demasiados problemas dentro del fuerte, sobre todo si los encerraba en la celda de castigo. Se recreó en la aparición que tenía delante de él, los ojos color verde claro, el óvalo perfecto del rostro, los labios delineados y carnosos al punto justo. Se dijo que si todo ese asunto terminaba con él limpiando las letrinas durante un mes, por lo menos tendría algo en lo que pensar. Carraspeó.

 

— “Por ahora vais directos a la celda de castigo”

 

Cogió la antorcha y la acercó a Quinto, que pudo distinguir la luz que proyectaba la misma, y los rasgos de su interlocutor.

 

— “Cerialis me conoce. Dile que Quinto Terencio, que sirvió en la IX Hispana, le pregunta qué hizo con la vajilla de su mujer, y si su hermano le ha mandado las redes para cazar pájaros”

 

— “¡Abrid la puerta!” — aulló el auxiliar. Las pesadas hojas se abrieron con lentitud, justo el espacio necesario para que pudieran entrar. — “Te juro por Doliqueno[2] que si me estás tomando el pelo te la verás conmigo” — Terminó el centinela mientras entraban al campamento. Hizo señas a dos soldados, les ordenó que los llevaran a la celda mientras él tomaba el decumanus[3] para dirigirse a la residencia del prefecto, el praetorium, situado en la parte opuesta del campamento, cerca de la puerta Este.

 

El trayecto fue breve, los hicieron entrar en una pequeña barraca de adobe, en la que había un camastro al fondo, y un ventanuco. Los soldados cerraron la puerta y se quedaron fuera de guardia. Entraba bastante claridad como para que Livia pudiese acompañar a Quinto al camastro, sentándose ella en el suelo, a su lado.

 

— “¿Qué querías decir con eso de la vajilla y las redes de caza?”

 

— “Mi última misión antes de dejar Britania fue acompañar desde Eburacum al prefecto y la cohorte, cuando tomaron el relevo de esta guarnición. Fue una larga marcha, tardamos el doble del tiempo habitual en llegar, pues nos seguía una caravana con todas las pertenencias del prefecto, nuevas armas, las familias de los soldados… Tuvimos mucho tiempo para hablar. Me dijo, entre otras cosas, cuánto le gustaba la caza y que lo primero que haría al llegar sería escribir a su hermano en Batavia[4] y pedirle que le mandase unas buenas redes para cazar pájaros. La vajilla era un precioso juego de más de cincuenta piezas de valiosa cerámica roja de Galia, aún por estrenar, la favorita de su mujer. El día que regresé a Eburacum lo último que vi fue a Sulpicia Lepidina, la dulce consorte de Cerialis, echando pestes por la boca porque al abrir la caja de madera con la vajilla vio que todas las piezas se habían roto durante el viaje”

 

No hablaron durante un buen rato. Se podía oír sólo el paso de los guardias en la empalizada. La luz de la luna entró por el ventanuco, iluminando el brazo y la mano de Quinto, tumbado en el camastro. Livia la observó, la tenía muy cerca. Era una mano fuerte, las venas palpitaban en su dorso. Los dedos eran largos y anchos. No era la mano de alguien que hubiese tenido una vida fácil. Ésos eran dedos que habían tenido que arañar, una mano que había tenido que golpear con fuerza para abrirse paso en la vida. No cabía dudas de que Quinto Terencio era un luchador nato.

 

— “Misión cumplida, pretoriano” — dijo Livia, rompiendo el silencio.

 

— “Queda bien poco del pretoriano en mí; tal como estoy no podría hacer la guardia ni en el valetudinarium[5]

 

— “Tienes siempre un futuro como pastor” — respondió Livia. Los dos sonrieron. — “En serio, Quinto. Gracias”

 

— “Yo he hecho bien poco, tú has sido muy valiente”

 

— “He matado a un hombre” — dijo Livia, dándose cuenta de lo que había hecho — “Nunca habría imaginado que sería capaz de hacer algo así” — dijo, con voz rota. — “¿Tú has matado a muchas personas, Quinto?”

 

— “Varias… Es mi trabajo. Soy… era…” — rectificó con un tono amargo — “… era un soldado. Me han adiestrado para ello. No me había parado a pensar en ello antes. Creo que el adiestramiento consiste en convencerte de que el enemigo es una cosa, privado de su humanidad. No ver que el hombre que tienes delante de ti quizás no hable tu lengua, pero es un padre, un hermano, un hijo como tú. Que vive, siente y ama, como lo puedes hacer tú”

 

Gruesas lágrimas caían por las mejillas de Livia. Estaba empezando a ser consciente del horror por el que había pasado.

 

— “Pero en tu caso es diferente, Livia. Drachir era alguien efectivamente privado de humanidad. Una persona que te había hecho daño, humillado…”

 

— “… y yo lo he matado” — Livia lloraba, desconsolada — “Me dijo cosas absurdas, en la casa…”

 

Sollozaba sin control, gimiendo, hipando.

 

— “Sshhhh… Calla, no digas nada más. Tendremos tiempo de hablar de ello más adelante, si quieres”

 

— “¡Oh, Quinto!” — dijo Livia, inclinándose sobre su brazo, llorando.

 

— “Todo irá bien” — Quinto acarició su cabello, permanecía inmóvil, muy quieto, su ciega mirada dirigida al techo.

 

Livia no paraba de llorar, mojándolo con sus lágrimas. Quinto apartó la mano de su pelo, y la llevó a su flanco izquierdo, al grueso cinturón de cuero que le ceñía la cintura. La pieza de madera que tenía escondida entre la tira de piel y su túnica estaba aún allí, no se había caído durante su huida. La cogió y la acarició, siguiendo, como había hecho durante su viaje, y durante las noches de su cautiverio, las pinceladas, esta vez sin verlas. No hacía falta, tenía esas líneas grabadas a fuego en la memoria. La última noche que la hechicera lo curó, le pasó a escondidas el retrato de Livia, y él lo aferró, como un náufrago un tronco a la deriva. Y en esos momentos, mientras con una mano acariciaba el retrato de la mujer arrodillada a su lado, real como las lágrimas que mojaban su otra mano, se dio cuenta de algo, a pesar de que su futuro era incierto, de que no había dejado atrás el peligro, del dolor lacerante que recorría todo su cuerpo… No había sido tan feliz en toda su vida.

 

Un sonido familiar llegó a sus oídos, un grupo de soldados acercándose a paso ligero por el camino de grava. Alguien estaba hablando con voz muy fuerte, y mientras abrían la puerta de la celda, Quinto se levantó rápidamente, asegurándose de que Livia estuviese detrás de él.

 

— “¡Y si me has molestado para nada te hago limpiar las letrinas con la lengua y hacer el viaje de vuelta a Batavia de rodillas ¿entendido?” — aunque habían pasado cinco años, Quinto reconoció al instante la voz de Flavio Cerialis, prefecto de la IX Cohorte de los Batavos de estancia en Vindolanda. Entró como una estampida dentro de la barraca. Si seguía siendo como lo recordaba, el prefecto era un hombre no demasiado alto pero corpulento, con el cabello muy rubio, los ojos azules incrustados en un rostro redondo y lleno, y unas mejillas perennemente rosáceas. Ésto, además del trato cordial y afable, lo hacían parecerse más a un campesino que a un miembro de la clase ecuestre[6]. Pero, quien lo conocía de verdad, sabía que podía ser otro cuando dejaba a un lado al campesino y se transformaba en el soldado, como en esos momentos. — “Veamos, supuesto-Quinto-Terencio-que-servías-en-la-IX-y-ahora-eres-un-pretoriano” — Cerialis pronunció su nombre y el largo epíteto como si formase una sola palabra, probablemente un insulto — “La vajilla terminó en una zanja bajo las letrinas de la puerta Sur, que probablemente pasarán a ser las mejores amigas del soldado Cogitato, y mi hermano me mandó unas redes que apenas he podido usar, porque he estado demasiado ocupado intentando mantener la calma en este lugar abandonado por los dioses”

 

Cerialis arrebató una antorcha de la mano de uno de sus subordinados y se acercó a Quinto y Livia.

 

“Me acuerdo de Quinto Terencio y tú no te pareces a él. Hizo que el interminable trayecto hasta llegar aquí resultase ameno. No he hablado a menudo con alguien que hubiese nacido en Roma, y mucho menos en la Subura”

 

— “Yo soy del Transtíber, como bien recordará el prefecto” — contestó Quinto.

 

“Lo recuerdo perfectamente. Aunque cualquiera puede saber dónde ha nacido alguien. Es más difícil que un impostor sepa que en el lupanar de Arbaces había dos gemelas famosas por un cierto número que no voy a repetir por respeto a la señora” — dijo moviendo la antorcha para iluminar mejor a Livia, que seguía medio escondida detrás de las anchas espaldas de Quinto.

 

“Eran trillizas. Aunque es algo que sé sólo de oídas, no podía permitirme pagarlas” — terminó Quinto, sintiéndose incómodo por la presencia de Livia.

 

Cerialis cambió de expresión, desfrunció el ceño y se acercó aún más al pretoriano.

 

— “Por todos los dioses…” – murmuró. Tardó unos instantes en reaccionar. — “¡Eres tú! ¡Esperadnos fuera y dejadnos solos!” — dijo el prefecto a los soldados detrás de él. Éstos desaparecieron rápidamente, cerrando la puerta. Sabían cuando era mejor cumplir las órdenes sin rechistar. — “Siéntate, Quinto, por favor, y cuéntame todo”

 

Así lo hizo, contó en detalle la misión, el viaje a Antioquía, la vuelta a Britania, su lucha con Drachir y su prisión. No mencionó al senador Graco. No estaba seguro de si el britano fue sincero antes de su enfrentamiento en el bosque, ni, en caso contrario, si la larga red de corruptelas y favores que había pagado el senador llegase hasta ese recóndito lugar.

 

“Así que ha sido el mismo Furio Vipsanio o Drachir quien te ha reducido así y secuestró a la señora en Antioquía. Es un asunto feo, sin lugar a dudas. Sabía que Vipsanio estaba rondando por estas tierras. En teoría por “cuestiones familiares”, pues su madre era de una de las tribus de la zona, los textoverdos, pero sé que no hace más que establecer alianzas y reuniones con otras, hasta con los caledones. Desgraciadamente es el niño mimado del gobernador Neracio Marcelo, lo que lo convierte prácticamente en intocable. Haré mis averiguaciones. Esperemos que de verdad haya muerto, la vida de todos nosotros sería mucho más fácil. Venid conmigo, mi mujer se ocupará de Livia, y de ti se encargará mi médico. Has tenido suerte, está aquí en lugar de en Vercovicium. He visto bastantes heridas en mi vida como para darme cuenta de que necesitas ayuda, amigo”

 

Abrió la puerta. Los soldados se cuadraron, saludando a su comandante.

 

“Soldado Cogitato, descansa. Nada de letrinas y, por una vez y sin que sirva de precedente, haces honor a tu nombre[7]

 

El grupo tomó el decumanus. Al llegar a la puerta del praetorium el prefecto cogió a Livia por un brazo.

 

“Acompañad a Quinto Terencio al valetudinarium. Voy a buscar al médico y a dejar esta hermosa dama a los cuidados de mi mujer”

 

Dos guardias acompañaron a Quinto al edificio, que no estaba muy distante del praetorium. Construido con madera y adobe como todos los del fuerte, tenía tres alas que formaban un pequeño patio. Llevaron al pretoriano a la estancia reservada para los oficiales. No había ningún paciente en los tres camastros pegados a las paredes. Lo acostaron en uno de ellos, y se fueron sin decir palabra. A los pocos momentos llegó un hombre enjuto y calvo, acompañado por dos ayudantes aún medio dormidos, que llevaban unas cajas de madera colgando de los hombros gracias a unas tiras de cuero.

 

“Buenas noches, Quinto Terencio. Soy Anicio Ingenuo, el medicus[8] de este campamento, y el de Vercovicium. Tienes suerte, hoy estaba aquí” — dijo el hombre mientras ordenaba a sus ayudantes que encendiesen más lucernas y antorchas.

 

“No eres griego, creía que todos los buenos médicos lo eran” — respondió Quinto

 

El hombre suspiró.

 

— “¡Si tuviese un áureo por cada vez que me lo han dicho! Grecia tiene que proporcionar a todo el imperio buenos doctores, pedagogos, filósofos, bailarines, actores, efebos… ¿No es pedir demasiado a un país tan pequeño? No, vengo de la Galia, pero si te sirve de consuelo, mi maestro era griego. Y el mejor. Veamos” – el doctor desabrochó el cinturón de cuero de Quinto. Al quitárselo cogió inadvertidamente el retrato de Livia, el pretoriano se dio cuenta y aferró la muñeca de Anicio para que lo soltase. — “No diré nada, forma parte del secreto profesional” — contestó el doctor, con un hilo de voz. Para ser un hombre gravemente herido le estaba haciendo mucho daño. Quinto soltó la presa, Anicio giró el trozo de madera y vio el retrato. No cabía dudas, era el rostro de la mujer con la que se había cruzado en el patio del praetorium; dejó la pieza de madera debajo de la almohada. Con la ayuda de sus dos asistentes lo desnudó. Tenía un vistoso hematoma en un costado, y al tocarlo el pretoriano sofocó un lamento. — “Un par de costillas rotas” — enumeró el galeno con burocrática lentitud — “laceraciones y abrasiones por todo el cuerpo… una herida profunda en el tobillo derecho… Nada particularmente grave. Ahora te examinaré los ojos. Repito que es tu día de suerte, estoy especializado en dolencias oculares. Acércame esa lucerna” — dijo a uno de los subalternos.

 

El medicus examinaba el rostro de Quinto, sin pronunciar palabra.

 

“La situación es muy grave, pero no desesperada. Tengo que operarte lo antes posible. Ya no puedo hacer nada por el ojo izquierdo, aunque tengo que reconocer que te lo curaron bien. Te puedo salvar aún el derecho, se te está desprendiendo la retina. Pero antes hay que lavarte, la higiene es muy importante para la recuperación de un enfermo. ¡Traed la tina y llenadla de agua caliente!” — los ayudantes salieron raudos de la habitación para ejecutar las órdenes de su jefe. — “Mientras estés aquí te lavarás así, las termas quedan prohibidas hasta nueva orden. Son un foco de infecciones, sobre todo oculares. Ferialis me ha dicho que tengo que dejarte como nuevo. Por Galeno que será difícil, pero lo intentaré”.

 

Tras bañarlo, tumbaron a Quinto de nuevo. Le vendaron el costado y el tobillo, y le sujetaron la cabeza, los hombros y las piernas al camastro con unas cinchas de cuero.

 

-— “Es muy importante que estés inmóvil cuando te opere, si no quieres quedarte completamente ciego. ¿Entendido?”

 

El paciente no dijo nada, y dejó que el galo continuase con su trabajo. El hecho de que el pretoriano no pudiese ver con claridad lo que estaba sucediendo, ayudó al éxito de la cirugía. Pocas personas habrían sido capaces de mantener la sangre fría al ver un médico acercándose con una aguja de cobre, muy fina y afilada. Creyó enloquecer por el dolor que estaba sintiendo, y tuvo que reunir todo su valor para no gritar como un desesperado. El medicus pareció leerle el pensamiento.

 

— “Puedes gritar, es algo que se espera oír por estos andurriales. Basta que no te muevas”

 

Quinto no hizo ni lo uno ni lo otro. Finalmente, notó con alivio que los asistentes estaban untando el ojo con una pomada que aliviaba el terrible picor que estaba sintiendo. Le vendaron los ojos, ya no podía ver nada en absoluto.

 

 “La operación ha salido bien, pero aún no podemos cantar victoria. La cabeza tiene que estar completamente inmóvil durante tres días y bajo ningún concepto puedes quitarte la venda, el más mínimo rayo de luz directa llevaría al traste todo mi esfuerzo. Lo siento, pero tengo que dejarte atado a la cama. Dos veces al día vendrán mis ayudantes para darte masajes, cambiarte las vendas del costado y lavarte. Ningún movimiento, si quieres volver a ver. Y sé tienes un buen motivo para no perder la vista” — terminó el médico, apoyando una mano en su hombro. — “Ahora bebe esto, te ayudará a dormir”

 

Para cuando Anicio Ingenuo y sus asistentes salieron de la habitación, Quinto estaba profundamente dormido.

 

Lo despertaron ruidos que le eran familiares, caligae marchando, herreros dando forma a las herraduras de los caballos sobre los yunques, órdenes concitadas… Unos sonidos que lo habían acompañado durante años, en el cuartel de la IX en Eburacum, en Oriente, en el Castro Pretorio… y que en poco tiempo pasarían a formar parte de su pasado. No tuvo tiempo para dejarse atrapar por la melancolía, advirtió que alguien se estaba acercando. No los pasos ligeros de los asistentes del medicus, sino el pisar fuerte del prefecto Cerialis.

 

— “Buenos días Quinto, me alegra ver que has dormido bien, ya es mediodía. He hablado con Ingenuo, y me ha puesto al día sobre tu estado. Lo siento, pero sus órdenes son estrictas, como te dijo. Tienes que estar así tres días”

 

— “¿Noticias de Drachir?”

 

— “No cabe dudas de que eres Quinto Terencio, directo al grano, como siempre. Siento no poder darte buenas nuevas, o, por lo menos, ciertas. Ha desaparecido de la faz de la tierra”

 

Quinto inspiró profundamente, cerrando los puños. Drachir se estaba convirtiendo en la peor de sus pesadillas.

 

— “¿Livia lo sabe?”

 

— “No”

 

— “Creo que es mejor decirle que ha muerto”

 

— “Estoy de acuerdo. Además, tampoco tenemos la certeza de que esté vivo. Quinto, si hubieses aparecido por aquí dentro de una semana no nos habríamos visto. La IX Cohorte de los Batavos dejamos Vindolanda. Viene a reemplazarnos la I Cohorte de los Tungrianos. Regresamos a casa. Yo, finalmente, a gozar de la honesta missio[9] y de mi familia, éste era mi último encargo. Según Ingenuo podrás viajar con nosotros. Por el momento olvida subirte a un caballo, viajarás “cómodamente” con las señoras en un carro. Os acompañaremos hasta Lutetia[10], y de ahí podéis llegar a Roma con transporte militar en unos dieciocho días. Además, creo que es oportuno que hasta que nos vayamos, cuanta menos gente os vea a Livia y a ti, mejor. Recuerdas qué quiere decir “batavos” ¿no?”

 

— “Los mejores”

 

— “Exacto. Me fío de mis hombres, pondría la mano en el fuego por ellos; sin embargo, de la gente del poblado… No suelen venir nunca a esta parte del fuerte, pero si no quieres problemas es mejor no ir a buscarlos ¿verdad?”

 

Quinto no contestó. Cerialis carraspeó.

 

— “Tengo muchas cosas que hacer, Quinto. Ya hablaremos cuando puedas salir de aquí y descansar en mi casa”

 

El pretoriano no lo saludó; siguió, impasible, encerrado en su mutismo. En una semana dejarían Vindolanda, dentro de cinco habría cumplido su misión. Sura le había dejado instrucciones precisas en caso de que surgiese cualquier problema o considerase que no era seguro dejar a Livia en el palacio imperial, como habían pensado en un primer momento. Tragó saliva. Allí, inmóvil, rodeado de oscuridad, se sentía como el condenado a muerte qué sabía con certeza en que día lo darían como pasto a las fieras del circo. Cinco semanas. Treinta y cinco días. ¿Qué haría después? Ya no servía para ser soldado, mucho menos un speculator. ¿Qué le tenía preparado el destino? Había otra pregunta que rondaba por su cabeza, y que no tenía el valor de formular. Alguien entró en la estancia, y se sentó al lado de su cabecera.

 

— “Hola, Quinto” — creyó que le iba a estallar el corazón en el pecho cuando escuchó su voz. Livia estaba a su lado, apoyando una mano en su hombro.

 

“Livia, siento no poder saludarte como es debido” — contestó.

 

— “Tienes que ser paciente, son sólo tres días. ¿Has hablado con el prefecto? Lo he visto salir de aquí cuando venía ¿Se sabe algo?

 

— “Drachir ha muerto. Lo encontraron donde lo dejaste

 

Livia tardó un poco en contestar.

 

— “Creía que iba a estar peor al saberlo, pero me equivocaba. Me siento aliviada”

 

Quinto no hacía más que repetirse que había hecho bien en mentir a Livia, pero no lo soportaba. Cambió de tema.

 

— “Cerialis y la cohorte dejarán en una semana el fuerte. Nos acompañarán hasta Lutetia, será una manera segura de viajar. Una vez en Galia mandaré un mensaje para tu hermano y Sura, advirtiéndolos de que estás sana y salva. Iremos a Roma, a un lugar seguro. Me ocuparé de todo”

 

— “¿Y después?”

 

— “No sé qué será de nosotros”

 

Callaron. Ese plural se quedó flotando en el aire viciado de la estancia, amargo como una promesa incumplida.

 

“En la casa, Drachir me dijo el nombre de quien ha urdido el plan para matarnos a Flavio y a mi”

 

— “También me lo dijo, en el bosque. No estaba seguro de si lo habías oído”

 

— “Estaba demasiado lejos como para oír de qué hablábais”

 

En esos momentos Quinto no estaba pensando en el senador Graco, sino en la frase que dijo el britano y que se presentaba en su mente una y otra vez, de forma involuntaria;  cuando ella salió del molino, cuando le quitó las cadenas, cuando estalló en carcajadas al verlo abrazado a una oveja… es una mujer por la que un hombre sería capaz de hacer una locura.

 

Livia le contó a Quinto todo lo que Drachir le había dicho, sin omitir ningún detalle; el pretoriano se preguntaba qué tendría que ver el asesinato de Livia y Rapax con la ambición sin límites de Graco.

 

— “He pensado que quizás podría leerte algo, para que te sea más leve la espera” — dijo Livia. El tono ligero con el que pronunció estas palabras lo irritó; ignoraba cuánto le había costado a la mujer decir aquella frase, burlándose del tiempo, como si tuviesen todos los granos de arena de todas las clepsidras del mundo a su disposición.

 

— “Nunca he sido un hombre de letras. Pero me gustaría oírte leer” — Quinto se engañó, pensando que en el fondo no hacían nada malo, que se trataba de una distracción inocente. Estaba convencido de que ella no sentía más que pena por él, y el hacerle compañía, o leerle un libro, no era más que un acto de piedad.

 

— “Cerialis no tiene muchos libros, pero hay algunos excepcionales. Como esta Ilíada en doble versión, griega y latina”

 

— “¿Sabes leer griego antiguo?”

 

— “Sí. Pero lo tengo un poco olvidado, entiendo mejor la versión latina. ¿Quieres que empiece?”

 

— “Por favor”

 

— “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves…”

 

En la oscuridad del valetudinarium, escuchando a Livia leer los versos de Homero, Quinto recordó finalmente dónde había oído su voz. Había tenido siempre una extraña sensación desde la primera vez que la oyó, como si despertase algún recuerdo… O un sueño. Ese sueño absurdo que tuvo mientras atravesaba en una nave el mar entre Galia y Britania. Una Imilce que se transformaba en otra mujer; ahora entendía quién era, Livia.

 

Establecieron una especie de rutina durante los días en los que Quinto estaba confinado. Venía a media mañana, después que los ayudantes del medicus lo habían lavado y masajeado; se quedaba con él hasta que le daba de comer, lo dejaba descansar, y regresaba tras el segundo turno de masajes. Cada vez que ella entraba en la estancia él se prometía no dejarla quedarse mucho tiempo, aduciendo que estaba cansado, pero puntualmente aplazaba ese momento con una excusa.

 

Le leyó toda la Ilíada. Cuando, en el VI Canto el poeta describe la despedida de Andrómaca y Héctor, Livia dijo, en voz muy baja, casi para sí misma.

 

— “Tiene que ser algo horrible despedirse del hombre que se ama, sabiendo que no lo volverás a ver”.

 

Quinto hizo como si no la hubiese oído, y cambió de tema, diciéndole que se había cansado de lecturas y que prefería jugar a los acertijos. Hablaron mucho, él le contó historias divertidas de su niñez en el Transtíber, anécdotas del ejército, o cosas que había visto durante sus viajes, y ella de los recuerdos de su infancia con Rapax.

 

“¿Cuántos corazones rotos ha dejado Quinto Terencio en Roma?” — le preguntó Livia en la última mañana de reclusión.

 

Él sonrió.

 

“Uno. El mío”

— “¿Qué sucedió?”

— “Me gustaba mucho una esclava del palacio imperial, pero todo se acabó antes de empezar. Ella tenía ya un hombre y yo una misión que cumplir, ir a Antioquía a por una mujer, tan testaruda como hermosa”.

 

Como todas las veces que la conversación derivaba hacia algún tema relacionado con los sentimientos, o el futuro, los dos callaron, agradeciendo cada uno de ellos, en su fuero interno, que la herida de Quinto les prohibiese poder mirarse a la cara mientras conversaban. Finalmente llegó la tarde en la que Anicio Ingenuo le quitaría las vendas, para descubrir si la delicada operación había sido un éxito. Livia salió del valetudinarium con la promesa de volver a verse a la hora de cenar en el triclinium de la casa del prefecto. Cuando estaba a punto de salir de la puerta principal le vino a la mente la solución a uno de los acertijos que le había propuesto Quinto, y volvió para darle la respuesta. La puerta de su estancia estaba entreabierta; ella se acercó y pudo ver a los ayudantes del medicus masajeando el cuerpo desnudo del pretoriano. Livia sabía que debía irse de inmediato, pues se arriesgaba a que alguien la viese fisgando en tales circunstancias, pero no lograba apartar la vista de él. Cuando desabrocharon las cinchas que le inmovilizaban la cabeza, y lo ayudaron a ponerse de pie, el medicus se giró hacia la puerta. Finalmente Livia reaccionó; estaba convencida de que el cirujano la había visto, y salió en dirección al praetorio lo más rápidamente que pudo.

 

Estuvo nerviosa toda la tarde; por lo que había visto, por el resultado de la operación o el próximo viaje para el cual faltaban sólo cuatro días. Sulpicia Lepidina, la mujer de Cerialis, llevaba ya hablando con Livia un buen rato en el triclinio vecino al suyo, pero ésta no la escuchaba, a pesar de que había nacido una fuerte simpatía entre las dos mujeres. Sulpicia había tenido pocas ocasiones durante aquellos años de hablar con una mujer que pudiese considerar una amiga, y con Livia se entendía a la perfección.

 

— “Livia ¿vas a volver a Antioquía con tu marido?”

 

— “No sé aún lo que haré. O qué puedo, o no puedo hacer. Además, para mi marido estoy muerta, quizás lo mejor es que lo siga estando”

 

— “¿Lo amas?”

 

— “No. Me casé con él porque así no seguía siendo un peso para mis tíos, que eran ya muy ancianos. Nunca me trató mal, sólo con una cortés y fría indiferencia. Ahora sé por qué, lo habían obligado a casarse conmigo, y él tenía ya su concubina. No me tocó nunca. Dormimos en la misma habitación sólo unos meses para guardar las apariencias”

 

— “Triste destino el nuestro. Las mujeres pocas veces tenemos la posibilidad de casarnos con alguien que amemos de verdad. Aunque yo no me puedo quejar, he tenido mucha suerte. Obviamente mi matrimonio con Flavio fue combinado por nuestras familias. Yo era muy joven cuando me casé, prácticamente una niña, y él tenía ya treinta años. La primera noche estaba aterrorizada, pero Flavio no me presionó. Se pasó varios meses cortejándome, haciendo que me enamorase de él, y cuando finalmente consumamos nuestro matrimonio fue algo muy hermoso”

 

— “¿Cómo es? El estar con un hombre, quiero decir”

 

— “Puede ser maravilloso, o una pesadilla. Cuando llegue el momento, Livia, asegúrate de que tu hombre sea un amante experto. Nosotras podemos aprender rápidamente, a ellos les lleva más tiempo. Por lo que he oído, muchos hombres piensan sólo en satisfacer su deseo, sin preocuparse mínimamente de si la mujer que tienen a su lado está disfrutando como ellos o no. Un amante experto sabe qué es lo que tiene que hacer para dejarte satisfecha”

 

Livia se sonrojó profundamente al escuchar las palabras de su amiga. Por un lado, recordaba el cuerpo desnudo de Quinto, y por otro, lo que dijo el prefecto sobre su lupanar favorito en Roma. Para su alivio, el marido de Sulpicia se unió a la conversación, hablando de sus futuros planes de caza en Batavia.

 

Estaban todos esperando al medicus y a Quinto. Cuando empezaban a preocuparse, el galeno apareció en la puerta del triclinio.

 

Prefecto Cerialis, me complace anunciarle que he cumplido con cuanto usted me había ordenado.

 

Se giró e hizo una señal a Quinto para que entrase. Caminaba con dificultad, apoyándose en una muleta. El medicus le había puesto un parche en la cuenca vacía, el tonsor del campamento le había arreglado la barba, peinado el cabello, y lucía una túnica larga en tonos oscuros. Calzaba un par de calceus[11] de piel oscura. El único recuerdo de su cautiverio era el cinturón de cuero. Todos los presentes estaban callados, Livia y Quinto no apartaban la mirada el uno del otro. El pretoriano nunca la había visto tan increíblemente bella; aunque ya lo era vestida como un muchacho, en esos momentos, arreglada con una stola[12] de color azul y una palla[13] del mismo color colocada sobre los cabellos castaños recogidos, era la personificación de Venus. Livia fue la única en darse cuenta de que en un instante, el rostro del pretoriano se ensombreció, y su expresión cambió, como si acabase de perder algo muy precioso.

 

“Os pido disculpas, pero necesito tumbarme, me encuentro aún bastante débil”

 

Livia se levantó y ayudó a Quinto a tumbarse en su triclinio, al lado del prefecto Cerialis. Ella se acomodó en el que quedaba libre. Cuando los postres fueron servidos, Cerialis alzó su copa

 

“Me alegra verte recuperado, Quinto. Brindo a tu salud y al buen hacer de Anicio Ingenuo. ¿Qué piensas hacer cuando vuelvas a Roma?”

 

“Lo primero es culminar mi misión, llevar a Livia Messia a un lugar seguro”

 

— “¿Te reincorporarás a los speculatores?” – le preguntó de nuevo Cerialis.

 

“Creo que tengo ya poco que ver con el ejército”

 

“¡Tonterías! Ingenuo me ha asegurado que dentro de poco estarás completamente recuperado. ¿Lo dices por el ojo? ¡Ja! Aníbal también estaba tuerto y aniquiló ocho legiones en Canne[14]. ¿Dónde fuiste destinado cuando dejaste Britania?”

 

“Entré en la caballería. Me uní a la expedición de Plinio contra los nabateos”

 

“¡El conquistador de Arabia!”

 

“Después me eligieron para el cuerpo de los speculatores. Participé en la primera campaña dácica, y lo iba a hacer también en la segunda”

 

“¿Y dices que no tienes más que dar al ejército y a Roma? Estoy seguro de que cambiarás de opinión cuando te sientas con fuerzas”

 

“Prefecto, sabéis perfectamente que para hacer bien nuestro oficio hace falta algo más que la fuerza física. No creo que sea aún capaz…”

 

“Pero si tú lo deseas…”

 

Quinto se encogió de hombros.

 

“¿Deseo? Lo que yo desee no tiene importancia alguna. Perdonadme, me siento muy cansado. Gracias por la deliciosa cena, Sulpicia Lepidina”

 

Cerialis hizo un gesto hacia un esclavo que ayudó a Quinto a levantarse. Livia lo siguió con la mirada, sin darse cuenta de que una gruesa lágrima descendía por su mejilla.

 

“¿Tan terrible fue lo que le hizo Drachir?” le preguntó Cerialis, francamente preocupado.

 

“Lo rompió por dentro, apagó su luz. Fui testigo de cómo lo hizo”

 

Al día siguiente, una vez libre de ataduras, le resultó más fácil a Quinto aplazar el momento de un nuevo encuentro con Livia; tenía que hacer los ejercicios que le había aconsejado el medicus, hablar con Cerialis… Pero por mucho que quisiese evitarla la vio, antes de cenar, en el patio del praetorium. Livia le sonrió; su rostro se iluminó de tal manera que Quinto deseó haber perdido la vista para siempre. Diez agujas de Anicio Ingenuo habrían dolido menos que el ver cómo se transformó el rostro de Livia cuando la saludó con frialdad, llamándola por su nombre completo. El pretoriano había logrado su objetivo, alzar una barrera invisible entre los dos. Livia se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar. Tampoco lo hizo en la cena, durante la cual ella no abrió la boca y Quinto contestaba con monosílabos a las preguntas de Cerialis. El prefecto y su mujer se miraban extrañados, no lograban entender el motivo de tal cambio.

 

Esos días se vieron muy poco. Livia se volcó en ayudar a Sulpicia a empaquetar todos sus enseres que viajarían en unos carros aparte, pues los Cerialis tenían prisa por volver a su tierra. Sulpicia daba instrucciones y amenazaba con la peor de las torturas a sus esclavos si algo hubiese llegado roto a Batavia. La tarde antes de emprender el viaje, mientras observaba los juegos de Druso y Británico, los hijos de Cerialis, al ruido de las pequeñas espadas de madera de los niños se sobreponía el sonido metálico de verdaderos gladios. Quinto estaba entrenándose con el prefecto, era el primer día que volvía a coger un arma. Se había recuperado con tal rapidez que había dejado al medicus Ingenuo sin palabras, quien aseguraba que el suyo era un caso tan extraordinario que escribiría sobre él para dejar constancia de su buen hacer.

 

Livia no aguantó más, dejó los niños al cuidado de una esclava y con una excusa se retiró sin cenar. A partir de Lutecia tendría que viajar sola con él. Un viaje que hace tan sólo unos días esperaba con ansia, y que ahora la llenaba de aprensión.

 

8.2

 

Idus octobris (15 de Octubre)

 

Roma – Foro

 

Cneo Cornelio Graco ocupaba su escaño en la Curia Julia, el Senado; en el primer banco a la izquierda de la estatua de bronce que representaba la Victoria, muy cerca del podio de mármol en el que se colocaba la cathedra[15] del emperador cuando presidía la sesión.

 

Esa mañana advertía una mueca jocosa en la estatua, como si se estuviese burlando de él. Ella y todo el mundo lo estaba haciendo, gracias a aquel don nadie venido de Hispania y que se encontró con el poder casi sin quererlo. Marcio Ulpio Trajano, desde Dacia, le estaba amargando el día por boca del senador Cayo Postumio Labieno, quien, en el lateral opuesto de la sala, estaba anunciando la reforma judicial que el emperador presentaba al aula para su aprobación inmediata.

 

Júpiter Pluvio[16] se había unido a la fiesta descargando sobre la ciudad una tempestad que duraba desde primera hora de la mañana. De vez en cuando algún rayo iluminaba el pavimento de mármol y las estatuas en sus hornacinas; pero ni siquiera el trueno podía acallar los gritos de los patres conscripti[17]. Graco sabía que había perdido esta batalla antes de que empezase. Él nunca se exponía en primera persona en el aula, dejaba que fuesen otros quienes expresasen sus opiniones e intentasen conducir, dentro de lo posible, el voto. El aula estaba medio vacía, sin embargo el número de senadores alcanzaba el quorum y la votación sería válida. Estaba convencido de que no se trataba de una casualidad; ninguno de los mejores oradores de su facción estaban presentes. Quien por uno, o por otro problema, no había acudido a lo que sobre el papel no era más que una aburrida sesión de rutina. Él mismo estaba allí de casualidad, y sin embargo, no faltaba ninguno de sus enemigos, empezando por Labieno. ¿Y quien tenía de los suyos? Lucio Junio Bruto. Y un debate entre Labieno y Bruto era algo así como ver una lucha entre un elefante y un mosquito.

 

En otros tiempos habría sabido qué estaban maquinando Labieno y sus correligionarios antes de entrar en la curia, esta vez no. Y era el segundo gran error que había cometido en poco tiempo. Cuando Lucrecia le dijo que el hijo de Trajano llevaba meses en Roma, y trabajaba todos los días a escasa distancia de esa misma aula, Graco decidió tomarse las cosas con calma, y dejar que la lenta pero implacable máquina burocrática del imperio hiciese lo que no pudo un asesino a sueldo en Grecia. Así pues, había dedicado ese mes a establecer contactos en Hispania, buscar algún acusador anónimo a buen precio, convencer al padre del asesinado a presentar cargos y juntar algunos testimonios de buena memoria y mayor fidelidad. El hecho de que recordasen cosas que no vieron nunca, no tenía en el fondo mucha importancia.

 

Y pensar que ese día aciago empezó de la manera más anodina y aburrida posible. El senador más anciano, que presidía la sesión, abrió la misma y preguntó si había propuestas para el orden del día. Labieno asintió; empezó a leer una misiva del emperador a los senadores, sobre la importancia que tenía que la máquina legislativa del estado no se parase, a pesar de que él estuviese lejos de la urbe luchando por el bien del pueblo de Roma. Siguió una primera propuesta de ley de carácter económico, que empezó a levantar ampollas entre los presentes, pues eran normas contra los directos intereses de los propietarios de latifundios, y la obligación de que los senadores invirtiesen como mínimo una tercera parte de sus riquezas en la península italiana.

 

Cuando Labieno terminó de leer esa primera propuesta, Graco se movió casi imperceptiblemente en su asiento, y, a la pregunta del presidente si alguien hablaba en contra de la moción presentada por Labieno, Bruto se levantó y lo hizo. Su discurso fue favorablemente acogido por parte de los presentes, y Labieno no utilizó su turno de contra réplica.

 

Lucio Junio Bruto se sentó en su escaño, muy satisfecho por la impresión que había causado un discurso tan certero, que había hecho enmudecer al mismo Labieno. Más Graco intuyó que lo peor estaba por llegar, y así fue.

 

Labieno volvió a tomar la palabra y leyó la segunda propuesta de ley, y mientras la iba escuchando, punto por punto, Graco imaginó sin demasiado esfuerzo a Sura dictándosela a Trajano nada más llegar a Dacia. La reforma de la justicia se basaba en tres puntos: la reducción del tiempo del proceso, la prohibición de la acusación anónima y la prohibición de ejecutar condenas en caso de falta de pruebas sólidas. Prácticamente una ley cosida a medida de Marco Fulvio Aquila. Fue entonces cuando notó que la estatua de la Victoria se estaba burlando de él.

 

Y, como no hay dos errores sin un tercero, en lugar de levantarse él mismo cuando el presidente preguntó quién iba a hablar en contra de la moción, dejó que el envalentonado Lucio Junio Bruto lo hiciese.

 

“Tu quoque Brute?[18]

 

Labieno dijo ésto en voz baja, con un inequivocable acento de sorna. Desgraciadamente para el orgullo de Lucio Junio Bruto, lo hizo en uno de los escasos momentos en los que el silencio en el aula era total, excepto por el sonido de la lluvia golpeando en los ventanales. Los senadores que estaban sentados cerca de Labieno rieron de buena gana, mientras que los adversarios abuchearon y patearon. El presidente golpeó con su bastón tres veces en el suelo y llamó al orden.

 

¡Patres conscripti! No toleraré en esta sesión ningún tipo de salida de tono. ¡Ni mucho menos bromas de dudoso gusto! ¡Recordemos con el debido respeto el nombre que lleva esta curia!”

 

Siguieron murmullos de aprobación. Labieno alzó la mano derecha en señal de disculpa. Bruto hizo un largo y aburrido discurso en contra de la propuesta de ley, hablando sobre un sistema procesal que, según su juicio, funcionaba perfectamente desde hacía generaciones e insistiendo en el hecho de que cuanto más largo el proceso, mejor era la defensa de los acusados. Graco se masajeaba las sienes. Definitivamente, tendría que haberse quedado en casa; el contraataque de Labieno sería implacable, pues Bruto le había dejado no una, sino varias puertas abiertas para hacerlo.

 

El presidente cedió el turno de palabra a Labieno. Éste se puso en pie y se ajustó teatralmente la toga.

 

“En primer lugar, pido perdón a esta asamblea por mis palabras. Eran una falta de respeto, sea para el divino Julio, que para el ilustre antepasado del senador Bruto”

 

Éste aceptó las disculpas con un gesto de la cabeza.

 

“El senador Bruto” prosiguió Labieno — “sostiene que un proceso largo ayuda a la defensa del acusado. No puedo estar más de acuerdo”. Una serie de murmullos se levantó en el aula, Labieno tuvo que alzar el tono de voz — “Si lo dice Lucio Junio Bruto, no puede  másque ser verdad. Es más, lo dice con conocimiento de causa, pues el senador Bruto es… abogado, como lo fue su padre, y antes el padre de su padre, y ahora dos de sus hijos, su yerno…” Las protestas subieron de tono, el presidente llamó la atención de los congregados. — “Es algo obvio que cuanto más largo es un proceso, mayor es el beneficio de su defensa ¡sobre todo el económico!”

 

“¡Eso es mentira! ¡Los abogados no cobramos honorarios!”

 

“Senador ¡por supuesto que no! Esa es una de las muchas cosas que, en teoría, no suceden en nuestro amado imperio: los abogados no reciben honorarios, en el ejército, sólo los oficiales pueden casarse, las mujeres no pueden exhibir sus joyas en público o… ¡se puede jugar a los dados sólo durante los Saturnalia!”

 

Un coro de carcajadas se alzó entre los bancos ocupados por el sector de Labieno, pues la afición del senador Bruto al juego era bien conocida.

 

“Senador Labieno, ya que parecéis estar tan ducho en los honorarios y supuestos beneficios del ejercicio de mi profesión, sabréis perfectamente que cinco diferentes clientes en un mes son más rentables que uno solo en el mismo lapso de tiempo. Cuanto más dure un proceso, menos clientes puedo tener, y eso iría contra mis intereses según cuanto habéis expuesto ¿no?”

 

El interpelado extendió un brazo, y su liberto le entregó una buena cantidad de pequeñas tablillas de madera. Las fue examinando una a una, enseñándolas a sus colegas.

 

“Éstos son billetes que me han pasado en los soportales de la basílica Emilia. Todos estos, a pesar del tiempo inclemente y que he recogido sólo los últimos. Son tarjetas de visita de abogados ofreciendo sus servicios… perdón” se detuvo un momento y descartó uno que devolvió con fingido embarazo a su asistente. Graco alzó la ceja, era demasiado obvio qué buscaba Labieno. Esperó que Bruto no fuese tan inocente como para caer en la trampa. Se equivocó.

 

“¿Qué estáis escondiendo, senador Labieno? ¿No podemos saber de qué se trata?”

 

“Lo siento, es una carta personal, mi liberto la ha metido entre los billetes por error, no es algo que interese al aula” la interpretación de Labieno era magistral, parecía sinceramente en dificultad.

 

“Dejad que sea el aula la que decida si nos interesa o no el contenido de ese billete”

 

“En tal caso…” Labieno se irguió y mostró la nota a su alrededor — “es sólo una invitación para ir a cenar esta noche… ¡A casa de la hermana de Lucio Junio Bruto! Por lo visto la ilustre Servilia se aburre mucho mientras su marido está de viaje en Panonia[19]

 

La algarabía se hizo ensordecedora.

 

“¡Senador Labieno! ¡Basta de chanzas y exponga sus argumentos!” tronó el senador qué presidía la sesión.

 

“Con mucho gusto. En resumidas cuentas, hay tantos abogados en Roma que no es tan fácil como sostiene el senador Bruto adquirir nuevos clientes. ¿Y qué podemos decir de la odiosa figura del acusador anónimo? ¿Existe algún válido motivo para seguir consintiendo su existencia? El sistema judicial no ha hecho más que alimentarse de sí mismo, ha crecido de manera enorme a base de corruptelas, convirtiéndose en un monstruo informe que ha llegado la hora de redimensionar. Esa es la base de la propuesta del emperador”

 

Graco hizo un gesto al presidente.

 

“El senador Cneo Cornelio Graco pide la palabra”

 

Todos callaron. Labieno no disimuló una mueca de triunfo.

 

“Ilustres colegas, nos estamos equivocando. No debemos centrar nuestro debate en cuánto más o menos justa sea la reforma propuesta. Tenemos que preguntarnos otra cosa: “¿por qué ahora?” ¿Es realmente algo tan urgente que requiera su aprobación sin que sea César en persona el que nos presente sus argumentos? El senador Labieno hablaba de intereses personales de abogados como el senador Bruto, para no aprobar esta reforma… ¿Estamos seguros de que tal prisa no nazca de los intereses de otros? Se ha debatido en este aula mucho sobre la defensa del cliente, eclipsando la otra cara de la moneda: la condena del culpable. Y el resultado de esta reforma será el que no pocos culpables quedarán en libertad. Así pues, paters conscripti, hagámonos estas dos preguntas. ¿Por qué ahora? Pero, sobre todo ‘cui prodest[20]?”

 

Los senadores que ocupaban los bancos cercanos al senador Labieno, se alzaron como una manada de lobos hambrientos. Labieno los detuvo con un gesto de su mano derecha.

 

­­— “Senador Graco ¿acaso estáis acusando el emperador de imparcialidad? ¿De usar este aula para su beneficio personal?”

 

— “Sólo digo que el César aún no se ha acostumbrado a los usos de Roma”.

 

Labieno señaló con un dedo a Graco.

 

“Finalmente, senador Graco, habéis descubierto vuestro juego. ¡Un provincial que osa decirle a un miembro de la gens[21] Cornelia qué es lo que tiene que hacer! Ilustre colega, muchos de los patres conscripti aquí presentes descienden de los primeros senadores de la Galia Cisalpina nombrados por el divino Julio César. ¿Y cómo los miraron nuestros antepasados, los orgullosos Cornelios, o los Postumios, cuando pisaron la curia por  primera vez? Julio César fue el primero en entender qué es lo que hace grande Roma ¡La unión de todos los pueblos que creen en ella! Sin ir más lejos, hoy un provincial como Marcio Ulpio Trajano ha presentado una propuesta de ley para evitar la despoblación de la Italia central, el abandono de las tierras que debilitan la península itálica, que ocupa un lugar en su corazón, tan importante como Hispania. ¿Acaso no podía haber pensado en ello el romanísimo Cneo Cornelio Graco? ¡No lo ha hecho! ¡Es capaz sólo de criticar una medida justa por el simple hecho de que la ha propuesto un Ulpio de Itálica y no un Cornelio de Roma! Además es fácil criticar a un emperador justo y noble como Trajano. ¿Dónde estaba el senador cuando hace unos años, en tiempos menos felices, había quien estaba pagando un alto precio por oponerse a un tirano sanguinario?”

 

Mientras pronunciaba estas últimas palabras, Labieno se estaba retirando los pliegues de la toga de su brazo izquierdo, y se arremangaba la túnica, mostrando el brazo. Todos los presentes callaron. Cayo Postumio Labieno fue uno de los senadores condenados a morir en la arena por el emperador Domiciano, y el único que se salvó, pagando un alto precio: un león le había devorado prácticamente todos los músculos de la extremidad, reduciéndola a poco más que hueso y piel.

 

Graco enmudeció. A fin de cuentas, nadie es muy locuaz en su propio funeral. Labieno llamó con un gesto a su liberto, quien se apresuró a arreglarle la toga. Mientras tanto, el senador seguía hablando, esta vez en un tono de voz más sosegado.

 

— “Patres conscripti, las propuestas de ley que he tenido el honor de presentar en nombre de César son reformas justas y necesarias. Escritas desde el amor de nuestro emperador por Roma y por todos sus ciudadanos. A nosotros no nos queda más que ratificarlas”

 

Una ovación se alzó en el aula. Casi todos los senadores aplaudieron, los más cercanos a Labieno fueron a estrecharle la mano.

 

— ¡El senado aprueba por unanimidad! – exclamó el presidente de la sesión. Graco se fue, pasando por el centro del aula, altivo, seguido por Bruto y unos pocos senadores más. Había perdido la batalla, probablemente no llegaría a ser nunca emperador, pero aún podía herir de muerte a los hijos de Trajano; a ellos, y a lo que más querían. Dejaría pasar algunos días, los suficientes para que creyesen que Cneo Cornelio Graco estaba acabado.

 

 

 

Mare Nostrum. Entre Massilia[22] y Corsica[23]

 

Livia observaba el mar desde la cubierta de la nave. El viento soplaba fuerte en popa, y su mirada se perdía en el oleaje, levantado por la embarcación. Elegía un remolino, un dibujo de espuma, y lo seguía con los ojos hasta que desaparecía lejos de su alcance, o se desvanecía engullido por otra ola. Era un pasatiempo estúpido, pero cualquier cosa valía con tal de no pensar en lo humillada que se sentía. El viaje por tierra en Galia desde Lutetia hasta Massilia fue aún más insoportable que la etapa anterior. Por mucho que dijese que ya no lo era, Quinto llevaba el ser un pretoriano en la sangre. Era el escolta perfecto, eficaz, presente cuando hacía falta subir o bajar de un carro o una nave de transporte… pero mudo. En Lutetia mandó un mensaje urgente para el cónsul Sura, se le concedió un salvoconducto gracias a Cerialis, y se informó de cuál era el primer transporte militar hacia el sur. Livia pensaba que, al viajar ellos solos – tarde o temprano – estarían obligados a hablar como antes, sin embargo se unieron a un grupo de oficiales y sus familias, que regresaban a Roma. Así pues, ella viajaba en los carros con las esposas y los niños, mientras Quinto y los respectivos maridos lo hacían a caballo. Probablemente esas mujeres pensaban que Livia era engreída y orgullosa, pues habló muy poco con ellas. La verdad era que echaba terriblemente de menos a Sulpicia, las confidencias y su amistad sincera. Se emocionaba al recordar la despedida; se abrazaron y lloraron. Se preguntaba si lograría volver a tener una amiga tan querida como Sulpicia.

 

En algunas ocasiones le pareció que Quinto bajaba la guardia, y volvía a ser la persona de los primeros días en Britania. Como cuando coincidieron en el camino con un pastor y sus ovejas. Él cabalgaba detrás del carro de Livia, y le sonrió indicando el ganado. Desgraciadamente, esos momentos eran breves, y la vuelta a la extraña normalidad que se había establecido entre ellos, era aún mas dolorosa. Los primeros días Livia sufrió, lloró a escondidas, pero desde que embarcaron la desesperación cedió el paso a la rabia. Ella no había hecho nada para ser tratada así. Sólo se había enamorado.

 

El viento se volvió mas frío, y la nave comenzó a cabecear con mayor intensidad. Livia se había refugiado en la popa, medio escondida entre la cabina exterior y el gran timón de madera. Quinto apareció tras dar la vuelta a la cabina.

 

“¡Estás aquí! Te he buscado por todas las partes. El capitán dice que se está levantando una marejada y que todo el pasaje tiene que ir bajo cubierta”

 

“Estoy bien donde estoy, gracias”

 

“Livia, tienes que bajar”

 

“¿Vuelvo a ser sólo Livia? Ahora que me acababa de acostumbrar a que me llames Livia Messia”

 

Quinto resopló. Como si hubiese sido fácil para él deshacer lo que habían construido juntos esos pocos días en Britania. Decidió que era inútil hablar con ella, la bajaría a la fuerza.

 

“¡No me toques!” – respondió Livia rabiosa cuando la cogió del brazo.

 

“¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué te comportas así?”

 

“¿ Y tú me lo preguntas? Desde aquella maldita noche eres otro. Desde aquella cena. Veías mejor cuando estabas atado a aquella cama del valetudinarium, a pesar de todo”

 

“Me dejé llevar… Te pido disculpas. En la oscuridad viví un sueño maravilloso, pero irrealizable. Me desvié del objetivo. Yo no puedo… No debo desear…Además, tengo una misión por cumplir”

 

 “Ah, es eso. Formo parte de la misión, soy una cosa, como el enemigo”

 

 “No. Tú eres un sueño, inalcanzable, y yo soy un lisiado que no tiene nada que darte”

 

Las palabras de Quinto le estaban dando fuerza; durante aquellos largos días en los que no había hecho más que pensar, Livia había llegado a creer que se lo había imaginado todo, y que Quinto no sentía nada por ella.  

 

“¡No soy un sueño! ¡Estoy aquí! ¡Soy real! ¿No merezco ser tratada como una mujer? ¿Que se tengan en cuenta mis sentimientos?  Mi padre se desentendió de mí, mi hermano ha tenido que ir a buscarse la vida, mi marido me trataba con indiferencia, con el mismo trato frío y cortés que me has dado estos días. Un marido al que obligaron a casarse conmigo y que no me tocó con un dedo. ¿No importa lo que yo quiera?” Livia se acercó y le acarició la mejilla.  — “¿No importa a quien yo quiera? Porque yo te quiero, Quinto: tuerto, cojo o manco. Desde que te vi en ese bosque, cuando Drachir te espiaba. Estabas acostado al lado del fuego, y tenías algo entre las manos. Me enamoré de ti en ese instante. Y mi amor aumentaba con cada vuelta de rueda del molino, con cada golpe que te daban”.

 

Quinto le cogió las manos y se las besó.

 

“He cruzado todo el imperio por ti. Y volvería a hacerlo: tuerto, cojo o manco. Hasta que no me quedase más que una brizna de energía. Porque tú me darías fuerza. He creído estar enamorado otras veces, pero me engañaba. No hay nada que se pueda comparar a lo que siento por ti. Aquella noche en el bosque, estaba mirando ésto”

 

Quinto le dio a Livia el retrato de Antioquía, el que se había llevado de su casa en llamas. La madera estaba ajada, y la pintura se había desgastado por los bordes. Gruesas lágrimas mojaban las mejillas de la mujer. Quinto acarició su rostro, limpiándoselas con los pulgares.

 

– “Ubi tu Gaia ego Gaio” – de repente todos los obstáculos que le habían parecido insuperables se desvanecieron al pronunciar esas palabras. En el fondo, era todo muy sencillo, como la fórmula ritual que los esposos pronunciaban en el matrimonio, delante de testigos. “Donde tú estés, estaré yo”

 

– “Ubi tu Gaio ego Gaia” contestó Livia. Quinto la abrazó, y se besaron. Al separarse una ráfaga de viento se llevó la palla de Livia, que cayó al mar y desapareció engullida por una ola.

 

– “¿Crees en los presagios?” – le preguntó Livia.

 

– “No. Además, me da más miedo decirle a tu hermano que me voy a casar contigo, que ir a recuperar tu palla de las manos del mismo Neptuno”

 

El pretoriano sonreía, feliz; no quedaba en él rastro del hombre de aspecto temible y gesto austero que viajó a su lado por media Europa.

 

– “Te lo dije en Britania, cuando sonríes pareces otro. Y… a propósito de Britania” – Livia bajó la mirada. Apoyaba las manos en el pecho de Quinto, mientras tomaba valor para hablar. — “No sé si te acuerdas lo que me dijo Drachir sobre lo que opinaban mis esclavos sobre mí, que la Bona Dea no me mandaba hijos” — Él asintió. —“Es algo que sabía sólo mi esclava personal, pues es la única que me ha visto sin ropa. Yo no podré tener hijos nunca, Quinto. Con nadie. Cuando era muy jovencita tuve un terrible accidente, una caída de caballo. Pasé muchos días muy mal, al borde de la muerte. Apareció no sé de dónde – pues mi tíos no se lo podían permitir – un médico que me salvó; pero para hacerlo tuvo que operarme, y me vació por dentro. ¿Me puedes querer aún?”

 

— “Aún más si cabe. Lo siento mucho por ti, amor mío” — la abrazó con más fuerza. — “Cuando estaba atado en aquella cama del valetudinarium te conté historias de mi niñez en el Transtíber. Historias simpáticas, anécdotas divertidas. Pero hay otras muchas que contar, historias de abusos, de dolor, de muerte. Livia, te puedo asegurar que si algo sobra en Roma son niños que necesiten una familia. Los hijos son sobre todo de quien los cría y los ama, no sólo de quien los engendra.”

 

El oleaje aumentó. Una ola rompió a estribor, salpicándolos de agua.

 

— “Y ahora, Livia Messia Terencia, repito que tenemos que ir bajo cubierta. Es una orden” — dijo Quinto, llevándosela en volandas.

 

Roma.

 

— “Y yo le digo que tendría que aceptar la oferta de su primo”

 

— “Saturnio, estoy bien donde estoy”

 

— “¡Pero yo no! Hable por usted, que vive sólo de amor, yo soy más presei, esto, prusei…”

 

— “Prosaico”

 

— “¡Eso! Y de buen prosaico le digo que su primo es muy amable al ofrecerle hospitalidad en su nueva domus. Krytios se ha convertido en el héroe del Circo Máximo, hasta tiene ofertas para ir a exhibirse a otros circos en el imperio. Ha ganado en poco tiempo una montaña de dinero y ha sido tan amable de compartir su suerte con usted, a pesar de todo, si me permite que le diga mi opinión…” Marco lo asaeteó con una de aquellas miradas que hacían al hispánico aún más pequeño. — “Lo que iba diciendo, me quedaré más tranquilo si sé que vive bajo un techo decente. Bueno, menos cuando se queda a… “dormir” en palacio, que además tarde o temprano, se les acabará la jauja, pues volverá su… esto… el emperador con todo su séquito y adiós nido privado de amor con la señora Imilce”

 

Conocía a Saturnio desde hacía ya varios meses, y Marco intuía que estaba intentando decirle algo, como solía suceder, sin mucho éxito y dando unos rodeos tan amplios que probablemente a estas alturas su no-esclavo se había olvidado de lo que le tenía que decir. La lluvia, que no había dejado de caer durante todo el día, había aumentado de intensidad, y se habían refugiado bajo los soportales del foro de Nerva, mientra iban de camino a casa.

 

— “Saturnio ¿tienes algo que decirme?”

 

— “¿Yo? ¡Ah, sí! Esto… Ifigenia ha hablado con el director del greges[24] y… Pues que vuelvo a formar parte de la compañía”

 

— “¡Felicidades, Saturnio! ¡Es una excelente noticia! ¿Cuando te incorporas?”

 

— “Ahora en Roma tienen todos los puestos cubiertos, pero me necesitarán para la gira a Epidauro dentro de un mes. Y luego iremos a Arelate[25], y, de vuelta a Hispania, estaremos dos meses en Tarraco y finalmente regresaremos a Emérita Augusta. Lo que intentaba decirle, es eso, que me voy. Y le estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho por mí, y… pues eso, que me sentiría mejor imaginándolo en la domus de Krytios que no en el palomar. Aunque yo estoy convencido de que cuando su pa… perdón, el emperador vuelva, lo mandará mínimo de gobernador a Sicilia, o…”

 

— “No, Saturnio. No lo hará, y aunque lo hiciese, yo no lo aceptaría. Estoy muy contento por ti, amigo”

 

— “¿Amigo? No me diga estas cosas que me emociono”

 

— “Tú eres un amigo, Saturnio. No te quepa la menor duda” — dijo Marco ofreciéndole la mano. Se abrazaron — “Y ahora vayamos a la taberna. Yo a cenar algo… Y tú al trabajo. ¿Se lo has dicho a Cyprianus?”

 

— “Esta mañana, apenas me he enterado. Lo siento mucho por Galia, sinceramente no sé lo que hará sin mi ayuda la mujer, se me ha quedado con una cara cuando se lo he dicho… Desesperadita, vamos”

 

— “¡Alabado sea nuestro señor Jesucristo que ha escuchado mis plegarias!” — le dijo la mujer del tabernero cuando le dejó una pequeña jarra de vino sobre la mesa, media hora después — “Sé que es pecado decir lo que te digo, Marco, pero no veía la hora de que se fuese! ¿Sabes la cantidad de vasos y platos que nos ha roto? ¡Que no llego para cubrir los gastos que me ha provocado ese desgraciado! Como actor será bueno (aunque tampoco me lo creo), pero lo que es en una modesta popina ¡no sabe dónde poner las manos!”

 

A mayor prueba de lo que estaba diciendo la mujer, se escuchó un gran estruendo, pues a Saturnio se le acababan de caer los platos que había recogido de una mesa.

 

Marco sonrió mientras rellenaba el vaso de barro y se llevaba el líquido a los labios. Echaría de menos a aquel extraño personaje, a pesar de que entró en su vida cuando intentó robarle su escaso patrimonio. Lo que apreciaba de Saturnio era la falta de doblez, su autenticidad. Algo que no había encontrado a menudo en Roma, sobretodo en las estancias imperiales, en el Palatino o entre sus colegas en el tabularium.  De repente, otro ruido se unió al del agua, que no paraba de caer del cielo. Un ruido sordo, opaco, húmedo. Alguien gritó en la calle, todos se asomaron por la puerta de la popina. Estaban cayendo cascotes desde lo alto de la ínsula. Siguieron otros ruidos, un crujir de madera, y un gran estruendo que hizo temblar todo el edificio.

 

Salieron a la calle, ya había quien estaba gritando al terremoto. Sin embargo, Marco levantó la vista hasta el palomar… o donde solía estarlo. La estructura había colapsado, arrastrando en su caída el piso de abajo. Se oían más extraños crujidos y seguían cayendo cascotes.  Marco entró en la ínsula, para ayudar a la gente que escapaba de la misma.

 

Llegó un grupo de vigiles, y su comandante comentó la situación.

 

— “Ha sido el agua. Se ha infiltrado por ahí arriba, los materiales eran de pésima calidad y han caído por su propio peso, como si fuesen arena. Hay que asegurarse de que los inquilinos que han dejado sus casas hayan apagado los fuegos, falta sólo que estalle un incendio. ¿Están todos?”

 

Marco echó un vistazo a su alrededor.

 

— “¡Falta una familia!” — exclamó entrando de nuevo en la ínsula.

 

— “¡Espera, es peligroso! ¡Se puede derrumbar todo el edificio! ¡Vuelve aquí!” —  el comandante pasó a dar instrucciones para que la desalojasen por completo y liberasen la calle.

 

Mientras tanto, Marco intentó subir por las escaleras que usaban siempre, pero en un cierto punto el acceso estaba bloqueado por travesaños de madera y cascotes. Tendría que acceder a lo que, hasta hace pocos momentos, era el último piso desde arriba. Bajó y se dirigió a otro de los patios de la ínsula, subió por otras escaleras a la terraza y desde ahí pudo ver un enorme cráter que se abría donde antes estaban sus habitaciones, de las que no quedaban más que una esquina de su dormitorio, en el único punto en el que el techo no se había derrumbado. Saturnio y Cyprianus se unieron a él; por suerte, la cuerda que Marco había usado cuando rondaba por el barrio como el águila estaba aún allí. La desató y se la enrolló por la cintura.

 

“Sujetad la cuerda mientras bajo. Iulo y sus padres no han salido ¡voy a por ellos!”

 

— “¡No podemos estar seguros de cuanto tiempo resistirá en pie esta parte de la terraza!”

 

— “Por eso, cuanta más prisa me de, mejor. ¡Sujetad fuerte!”

 

Marco descendió, apoyándose en los cascotes. Resbaló, pero Cyprianus y Saturnio tenían la cuerda bien sujeta y no se precipitó hasta lo que antes era el tercer piso. Llegó hasta donde estaba la casa de Iulo. Vio una mano que asomaba entre dos vigas de madera y un trozo de pared. La tocó, tiró de ella, no recibió respuesta. Pudo ponerse en pie sobre las piedras sin perder el equilibrio, empujó los maderos y retiró los primeros cascotes. Un hombre y una mujer yacían abrazados debajo de los escombros, con el cráneo roto; habían muerto al instante.

 

— “¡IULO!” — gritó Marco. Recordó cual era su rincón favorito, donde le gustaba jugar, en el rellano de la escalera. Quizás había tenido suerte y el techo no colapsó sobre su cabeza, sino que lo que cayó fue una viga dejando el espacio suficiente para no aplastar a un niño. — “¡IULO! ¿Estás ahí? ¡Dime algo!” — Marco pegó el oído a los escombros, creía haber oído algo. — “¡IULO!” — Sí, obtuvo una respuesta, muy débil, un lamento. — “¡El niño está vivo! ¡Necesito que baje alguien más a ayudarme!”

 

Mientras tanto, un grupo de vigiles habían subido a la terraza, y otros se estaban preparando para bajar donde se encontraba Marco. Anochecía, y la oscuridad dificultaba el trabajo. Marco quitaba piedras y maderos; se le unieron dos vigiles y juntos pudieron abrir un angosto acceso, en el que Marco introdujo una antorcha. En efecto una viga había caído dejado un hueco lo suficientemente ancho como para que pudiese entrar alguien… Pero no de su envergadura.

 

— “¡Saturnio ven aquí, ayúdame, yo no puedo entrar!” – al poco tiempo el hispánico estaba bajando con una cuerda. Entendió sin necesidad de mayores explicaciones que tenía que hacer. — “Allá voy. Como dijo aquél… Qualis artifex pereo[26]!”

 

Marco apartó la antorcha para que pudiese entrar Saturnio, y la volvió a introducir apenas lo hizo.

 

— “¡Ya lo tengo! Un trozo de pared le bloquea las piernas. ¡Ya está!”

 

Al poco tiempo, Saturnio apareció por el hueco y le pasó el cuerpo del niño. Tenía sin lugar a dudas una pierna rota, y una fuerte contusión en la cabeza. Marco aferró al chiquillo y lo pasó a uno de los vigiles. Tiró también de Saturnio cuando apareció por el agujero. Se abrazaron emocionados.

 

— “¡Fuera de aquí, vamos!” — gritó el comandante de los vigiles asomándose por el cráter de la terraza. Primero subió Saturnio, después los otros vigiles. Quedaba Marco, que estaba escalando la montaña de escombros. De repente su mirada cayó sobre en un objeto. Ahí estaba su arcón, dentro del cual estaba su gladio con la empuñadura en forma de águila. De repente, el pensamiento de perderlo para siempre se le hizo insoportable.

 

— “Marco ¿qué haces? ¡Sube de inmediato!”

 

— “Ahora vengo ¡seguid sujetando la cuerda!” — Marco se movió como un equilibrista sobre la única viga horizontal que llegaba hasta el último ángulo que quedaba en pie de su casa. Alcanzó el arcón, lo abrió y cogió el gladio. Volvió sobre sus pasos pero al pasar de nuevo sobre la viga ésta se rompió, Marco cayó unos metros y quedó colgando en el vacío, sujetando con la mano izquierda la cuerda y la derecha su gladio. Al final lograron subirlo y dejaron la terraza lo más rápidamente que pudieron. Nada más llegar a la calle, buena parte de la misma cayó sobre su peso.

 

— “Muchas gracias Saturnio ¡has salvado a Iulo!”

 

— “Una cosa la tengo clara. Cuando ya no esté a su servicio puede que vea mucho mundo… pero ¡lo que me voy a aburrir! ¿Y los padres del chiquillo?”

 

Marco negó con la cabeza.

 

“No hay tiempo que perder, vayamos a la domus de Krytios, imagino que sabes dónde está. Consigue una carreta para llevarnos a Iulo, avisaré a Pausanias. Ojalá se salve”


 

 

Ante diem XIV calendae Novembris (18 de octubre)

 

Dobrugia[27] – campo de batalla

 

El gobernador de la Moesia[28], Lucio Fabio Justo, había pedido ayuda al emperador Trajano. Las incursiones de los dacios en su territorio, ayudados por tribus aliadas, empezaban a ser un problema, y la presencia de las legiones del emperador podrían poner fin a estas escaramuzas. El emperador aceptó. El asalto a la capital dacia, Sarmizegetusa, no se llevaría a cabo sino tras un largo asedio, que había que preparar con obras de ingeniería durante las cuales el grueso del ejército poco tenía que hacer. Así pues eligió a dos legiones, la caballería y sus speculatores y fue a Dobrugia.

 

Trajano, doscientos cuarenta equites legionis[29] y sus speculatores, ocupaban una pequeña colina, y desde ella observaban, montados en sus caballos, la disposición de las propias tropas y las del enemigo. No estaba previsto el uso de la caballería para aquella batalla, pero las circunstancias podían cambiar. Muy cerca del emperador, Rapax sujetaba con una mano las riendas de Dominator, mientras que con otra acariciaba el pomo de su nueva spatha[30]; no podía evitar sentirse incómodo. Esa mañana fue convocado por Trajano, antes de que saliese de su tienda. Al entrar, éste, vestido con su coraza de batalla y con el casco debajo del brazo, estaba hablando con el cónsul Sura. Cuando se giraron a ver a Rapax, éste sintió que había algo en esa situación que le resultaba extrañamente familiar. Pero algo aún más raro iba a suceder. Sura salió de la tienda y los dejó solos. Trajano cogió una spatha de la armería y se la entregó. Era un arma excelente, la larga hoja estaba perfectamente afilada y en la empuñadura se veía el mismo símbolo que lucía el emperador en medio de su coraza: una cabeza de Medusa.

 

— “Mi tricenarius necesita una spatha”

 

“César, no puedo aceptar un regalo tan precioso”

 

— “Acéptala, Flavio. Por favor”

 

Rapax cogió el arma, inclinando la cabeza.

 

“Gracias, César. La usaré con honor”

 

— “No me cabe la menor duda de que lo harás” — contestó Trajano. Abrió la boca como si estuviese a punto de decir algo más, pero calló.

 

Así pues, mientras esperaban que comenzase la batalla, Rapax no dejaba de preguntarse el por qué de ese regalo, y su significado. El arma era de idéntica factura al gladio de Marco, se repetían los mismos símbolos y decoraciones; se diferenciaban sólo por la longitud de la hoja y el pomo, que carecía de decoraciones. Alzó la mirada al cielo azul; sobre ellos y a muchos pies de altura, dos águilas volaban en círculos.

 

“Un buen augurio, César” — dijo Sura. Trajano asintió, a pesar de que, como máxima autoridad religiosa del imperio que era, no podía decir lo que pensaba en realidad: que esas aves habían aprendido que dos ejércitos enfrentados significaban abundante comida a disposición sin hacer esfuerzo alguno por cazarla.

 

Un sonido hizo volver a Rapax a la realidad. Tambores de guerra. El enemigo estaba avanzando. Otro sonido se alzó, una mezcla de trombas y tambores unido a una especie de silbido de ultratumba. De repente, detrás de las tropas enemigas aparecieron centenares de soldados a caballo.

 

“Caballería sármata… ¡catafractos!” — dijo Sura.

 

Los romanos tenían el sol a su espalda, y sus rayos se reflejaban directamente sobre la caballería enemiga, formando una visión espectacular. Monturas y jinetes iban protegidos con corazas doradas que brillaban al sol, hechas de múltiples piezas de bronce, cosidas entre ellas con hilos de hierro y que recordaban las escamas de un pez. Estaban armados con largas picas, y sus estandartes estaban formados por cabezas de dragón o de lobo con las fauces abiertas, a los que estaban unidas largas tiras de tela. Gracias al viento, éstas se movían con movimientos sinuosos, además de difundir un extraño sonido, semejante a un lamento.

 

Trajano se adelantó y recorrió la línea que formaba la caballería, pasando revista.

 

— “¡Ahí los tenéis! Que esperan estos bárbaros ¿que nos echemos a temblar? ¿Qué salgamos corriendo? Ellos están acorazados, pero son mucho más lentos que nosotros ¡Sabéis lo que tenéis que hacer! Su intención es rodear a nuestros legionarios y sembrar el caos ¡pero nosotros se lo vamos a impedir! ¡Recordad! Nosotros somos más ágiles, hay que cansarlos, intentar evitar las lanzas, y si es posible, desarmarlos. Mirad con vuestras spathas al cuello del enemigo, pero sobre todo, hay que impedir que rodeen a nuestras tropas ¿entendido? ¿Vamos a dejar que esos cobardes, que se esconden bajo sus corazas porque no tienen valor para enfrentarse con nosotros cuerpo a cuerpo, ganen? ¿Vamos a permitirlo?”

 

— “¡NO, CÉSAR!” — gritaron todos al unísono.

 

— “¿Estáis conmigo? ¿Estáis con Roma?”

 

— “¡POR TRAJANO! ¡POR CÉSAR!”

 

— “¡POR ROMA!”— gritó Trajano partiendo al galope.

 

Rapax golpeó con los talones a Dominator y partió tras el emperador, que cabalgaba delante de él a velocidad endiablada. Estaba tan concentrado en no perderlo de vista que no se dio cuenta hasta el último instante de que un sármata lo estaba cargando; tuvo el tiempo justo de tirar las riendas y hacer caracolear a su montura de manera que la pica de su enemigo pasase de largo sin rozarlo. Rapax, con un gesto instintivo, movió el brazo izquierdo. La larga spatha centró su objetivo y cercenó el cuello del sármata, en el preciso instante en el que el cuello quedaba desprotegido del casco. No se giró para ver si su enemigo había caído al suelo. Otro sármata cargaba contra el emperador, esta vez con más éxito; era obvio que se trataba de un jinete con más experiencia, que sabía que lo primero que tenían que hacer era privar a los romanos de sus cabalgaduras. Así lo hizo, insertó a la montura de Trajano, que perdió las patas y cayó al suelo, derribando al emperador. Rapax se acercó y desmontó para proteger con su spatha a Trajano, en el mismo momento que el sármata iba a golpearlo con la suya.

 

El emperador se giró y vio a Rapax a su lado. Otros pretorianos se acercaron para defender a Trajano, mientras un sármata lanzó una flecha que se clavó en la pantorrilla del emperador. Rapax atravesó con su arma a un tercero que iba a asestar un golpe definitivo. Aprovechó que los speculatores formaron un círculo alrededor de Trajano para cargárselo a los hombros y subirlo a un caballo, momento en el cual una flecha sármata lo hirió a su vez en un costado.

 

Rapax montó y se llevó al emperador del campo de batalla. Llegó hasta su tienda y lo dejó en un camastro; el medicus rompió el asta de madera de la flecha y con una especie de pinza se abrió paso en la carne, envolviendo con tal artilugio la punta de la flecha, de manera que pudo extraerla sin lacerar más la carne.

 

Trajano sofocó un grito.

 

— “¡Mierda!”  — masculló.

 

“César, la herida no es grave”

 

“¡Lo sé, lo sé! ¿Cómo está él?” — dijo señalando a Rapax. Éste se había quitado la coraza. La flecha lo había golpeado en un costado, entre las tiras de piel que la cerraban, evitando que se clavara en la carne.

 

“Es sólo un rasguño”

 

El medicus estaba vendando a toda velocidad la pantorrilla del emperador. Sura entró en la tienda.

 

— “¡Marcio! ¿Estás bien?”

 

— “Sí, gracias a Rapax”

 

— “La situación se nos está escapando de las manos. Los sármatas y los dacios están difundiendo el rumor de que estás herido gravemente, incluso que has muerto. Están intentando sembrar el pánico en nuestras filas. Sabes que los hombres resistirían hasta el final, pero tal rumor les está dando alas a nuestros enemigos y pueden llegar a romper nuestras líneas”

 

— “Deben mejorar su puntería si quieren matarme ¡vamos!” — pero el emperador apenas se levantó cayó de nuevo al suelo, no podía tenerse en pie. — “¡Mierda!” — repitió, mientras Rapax lo sostenía. De repente un brillo extraño iluminó su mirada.

 

— “¡Fuera, doctor! Otros hombres necesitan tus servicios, has terminado conmigo”

 

El medicus recogió sus instrumentos y salió de la tienda.

 

— “Ayudadme a quitarme ésto” — dijo el emperador, desatando las cinchas que cerraban su coraza. — “Trajano no ha muerto. Puede que hoy ya no pueda luchar, pero esta batalla la ganaremos con el emperador al mando. O por lo menos, con alguien que todo el mundo creerá que lo es. Rapax se pondrá mi uniforme, coraza, el paledamentum[31] y casco. Cuando salga de esta tienda todos tendrán que creer que soy yo ¿estamos? Flavio ¿estás dispuesto a hacerlo por Roma?”

 

— “Sí, César”

 

Trajano aferró el brazo de Rapax y clavó en él su mirada. — “Sabes que no le pediría esto a cualquiera ¿verdad? Ni siquiera a Adriano ¿entiendes qué quiero decir?” — Rapax lanzó una mirada inquisitiva a Sura, que asintió. — “Hoy ya me has salvado la vida, hijo. Ayúdame ahora a salvar el nombre de Roma. Y recuerda” — dijo sonriendo con el mismo brillo rapaz de su hijo en la mirada — “yo sólo sé usar la mano derecha”. Terminó el emperador, entregándole la propia spatha.

 

Rapax salió de la tienda seguido por Sura. Trajano fue cojeando hasta otro camastro, que estaba en un rincón de la tienda, donde se guardaban todas las armas. Se tumbó y observó la muda cruceta de madera desnuda, en la que pocas horas antes descansaba su armadura, la que ahora ceñía el cuerpo de su hijo. Aguzó el oído, acostumbrado a los sonidos de mil y una batallas. Primero pudo oír los vítores de los soldados en la retaguardia, después no pudo reconocer más que el entrechocar lejano de las armas, y los gritos de los heridos que eran llevados a la tienda que hacía de valetudinarium. Se preguntaba si no había mandado a Rapax a una muerte segura; no podría perdonarse si así fuese. No sabía si su hombre había logrado rescatar a Livia, esperaba noticias desde hacía semanas, pero no llegaba ninguna.

 

Pasaron un par de horas, y de repente, algo cambió. Los tambores enemigos habían enmudecido, se alzaban los vítores de sus guerreros. Se acercaban varios caballos, alguien estaba fuera de la tienda.

 

“¡Que no entre nadie hasta nueva orden!” — dijo Sura mientras abría la tienda dejando paso a Rapax, que se despojaba de la armadura sin decir palabra.

 

“La victoria ha sido completa, César” – dijo el cónsul.

 

“¡Lo sé, Lucio, lo sé!” se acercó a Rapax “Estaba seguro de que no me defraudarías”

 

“Gracias, César” contestó, sin mirar a los ojos al emperador. Había deseado durante toda su vida tener delante de él a su padre y ahora que finalmente había llegado tal momento no sabía qué hacer, ni qué decir. Por el momento, ambos superaron tal tesitura ayudándose con el cambio de la armadura. Una vez recuperada la suya y la spatha, Trajano se mojó la cabeza, cogió un lienzo y apoyándose en el hombro de Sura salió de la tienda para saludar a los soldados que lo vitoreaban fuera de ella.

 

— “¡TRAJANO, TRAJANO!” — gritaban las tropas mientras Rapax permanecía en el interior de la tienda, con su subarmalis vestis empapada de sudor y manchada de sangre en el costado. Como todas las veces que había luchado en una batalla, en aquel momento lo invadía una extraña sensación de irrealidad, y recordaba las imágenes de la lucha como un espectador imparcial, como si él no hubiese tenido nada que ver con ello. Recordaba los gritos, la sangre, el polvo levantado por los caballos, la lucha sin cuartel contra los sármatas, y él que impartía órdenes. Por una broma del destino finalmente había hecho lo que había deseado hacer siempre, desde que tenía uso de razón, comandar un ejército. Pero era una farsa, como por otro lado lo había sido toda su vida. Quizás lo único que había sido auténtico en ella era aquel cuerpo tibio de mujer en Roma; había hecho bien en escribirle una larga carta pocos días antes. Si en la batalla la fortuna le hubiese sido adversa, él habría dejado este mundo sin haber desnudado su alma a la única mujer que había amado.

 

Un rayo de luz lo cegó unos instantes, habían abierto la tienda. Entraron Trajano y Sura. El emperador cogió una silla y se sentó delante de Rapax. Le ofreció una copa de vino.

 

“Estoy orgulloso de ti”

 

Alguien se estaba acercando a galope. “¡Mensaje urgente para el cónsul Lucio Licinio Sura!”

 

Éste salió de inmediato de la tienda y recogió un pequeño tubo de cuero que le entregó un correo imperial, prácticamente desfallecido.

 

­ “¡Marcio!” Sura entró en la tienda — “¡Es un mensaje de Quinto Terencio! ¡Desde Lutetia!”

 

“Por todos los dioses ¿Lutetia?”

 

Sura leyó rápidamente, sonrió.

 

“Está con Livia. Un cierto Furio Vipsanio, un hombre del senador Graco, tenía la orden de asesinarla en Antioquía pero se la llevó a Britania. Quinto la ha rescatado y la está llevando a un lugar seguro en Roma. Marcio, ese hombre les confesó que fue el senador Graco quien le dio la orden de asesinar a Rapax y a Livia”

 

“Ha llegado la hora” dijo el emperador levantándose con esfuerzo. Abrió una arqueta de la que sacó dos rollos de papiro lacrados con el sello imperial. — “La orden de arresto de Graco, no podemos esperár más”

 

“César, quiero detenerlo yo. Dadme el permiso para ir a Roma” dijo Rapax, poniéndose en pie.

 

“Concedido. Aquí tienes también un salvoconducto para que llegues a Roma lo antes posible. Enciérralo en el agujero más oscuro de la cárcel mamertina, pero tienes que hacer otra cosa, Flavio. Tienes que encontrar más pruebas; la misma ley que habría podido exonerar a Marco lo puede hacer con Graco. Encuentra pruebas escritas de su puño y letra, él no confesará nunca. ¿Entendido?”

 

Trajano le entregó la orden a Rapax. Los dos hombres se fundieron en un abrazo, emocionados.

 

“Espero que un día me perdones por todo lo que no he hecho por ti y por tu hermana” dijo el emperador con voz rota, aferrándose al cuello de su hijo. Éste asintió y salió de la tienda. En seis días, gracias al salvoconducto imperial y cambiando caballo en cada estación de posta, llegaría a Roma.

 

8.3

 

Ante diem XI calendae Novembris (21 de octubre) – Tercera vigilia[32] – A las afueras del puerto de Ostia

 

“Livia, despierta, tenemos que irnos”

 

Ella no dormía, no lo había hecho durante el escaso par de horas que pasaron desde que se retiró a descansar, apartada del grupo de las mujeres, para que pudiera irse después sin llamar la atención.

 

Quinto tiraba de su mano, llegaron hasta una pequeña arboleda, donde el pretoriano había dejado atado a su caballo. La ayudó a montar, y luego lo hizo él subiendo con un salto ágil. La noche era fría, y Livia se acurrucó entre los brazos de Quinto. Sentía su respiración cálida y firme en la sien, el roce de su barba y el calor de su cuerpo. La mujer cerró los ojos, mecida por el trotar del caballo. Nunca se había sentido tan segura y tranquila en toda su vida.

 

— “Tengo una cosa que decirte”

 

— “¿Otra confesión? Livia, te recuerdo que tenemos por lo menos veinte años de convivencia por delante, si me cuentas todo en este viaje te cansarás demasiado pronto de mi fea cara”

 

— “¡Quinto! ¿Es posible que te tomes todo a broma? De todas maneras, te lo diré: nuestro beso en el barco, no fue el primero”

 

— “No tengo muy buena memoria, pero estoy seguro de que recordaría algo así”

 

— “Estabas inconsciente”

 

— “¿Fue en Vindolanda?”

 

— “No. Tu primera noche en el molino. Nivian te estaba curando, y yo espiaba desde el quicio de la puerta. Ella te dejó unos instantes y entré yo. Estabas tan desvalido… delirabas. Me arrodillé a tu lado, y puse tu cabeza en mi regazo. No hacías más que hablar. Decías  “Lo siento, señor, he fracasado… pero no está muerta, la he visto… dentro del agua… lo siento… no puedo sacarla del agua, el agua es negra y fría”. Estabas ardiendo, creía que te ibas a morir entre mis brazos. Me incliné y te besé. Recuerdo el sabor metálico de tu sangre. Me fui antes de que regresase Nivian. Ése fue nuestro primer beso”

 

Quinto ciñó con fuerza la cintura de Livia. No supo qué decir, y mientras notaba que se le encogía el corazón, bendijo cada uno de los golpes que le dio Drachir aquella noche en Britania, y esa especie de triángulo perverso que formaron los tres. Probablemente fue testigo de aquel beso, que aumentó su obsesión al ver lo que nunca obtendría voluntariamente de Livia. Una obsesión que alimentaba el odio que el britano sentía por él y que, con cada abuso – fruto de aquel odio – no hacía que aumentar el amor que Livia le profesaba. Un círculo vicioso del que también formaba parte, con su muda adoración por la mujer del retrato que se llevó, sin saber por qué, de aquella casa en Antioquía.

 

Cabalgaron en silencio, siguiendo la Via Portuensis, que unía Ostia y su puerto a la ciudad. Cuando estuvieron cerca del río Tíber, observaron el ir y venir de las barcazas y botes que descargaban alimentos en los almacenes cercanos al Mons Testaceus. Livia no se perdía detalle, con los ojos bien abiertos. Empezaba a clarear, y vio la silueta de la colina dibujada sobre el cielo libre de nubes, y sobre la cual volaban dando círculos decenas de gaviotas.

 

“¿Es esa una de las siete colinas?” preguntó, curiosa. Estaba llegando a la capital del imperio, sobre la cual no había hecho más que leer multitud de historias que le hicieron compañía durante las largas y tediosas jornadas en la villa rustica de Antioquía.

 

“No. Ahí donde la ves, esa montaña la ha hecho el hombre. Son los restos de las ánforas descargadas del puerto que transportaban aceite, grano y vino, y que han alimentado la ciudad durante generaciones. Estamos pasando delante del estómago de Roma”

 

Al otro lado del río, la ciudad se estaba despertando. Livia vio la gran extensión de techos, imponentes edificios y templos. En esta orilla, las casas eran mucho más modestas. Quinto detuvo el caballo y bajaron.

 

“Proseguiremos a pie. Nos queda aún mucho camino por hacer” Dio una palmada a los lomos del animal y lo alejó. — “Probablemente acabará siendo la cena de varias familias. En este barrio no abunda la carne”

 

Cogió a Livia de la mano, y se introdujeron por un dédalo de callejas estrechas e ínsulas que probablemente no vieron un buen día ni siquiera cuando las construyeron. De vez en cuando se abría un espacio, con un pequeño altar dedicado a alguna deidad en una esquina, o una fuente en otra. Un olor fuerte y desagradable impregnaba el ambiente, a pesar del frío.

 

“¿Dónde estamos? preguntó Livia.

 

“Bienvenida al Transtíber. Aquí nací yo. Poco más allá está la casa en la que viví cuando era niño”

 

“Me recuerda donde vivía con mis tíos en Antioquía. No he estado siempre en confortables villas rústicas rodeada de comodidades y esclavos”

 

La humedad aumentó; al dar la vuelta a una esquina se dieron prácticamente de bruces con el río, que bajaba bastante crecido. Había una isla en medio del cauce, en la cual se levantaba un templo, y dos puentes unían las respectivas orillas.

 

“¿No cruzamos por el puente?”

 

“No, mejor que no nos vean los guardias, cruzaremos en barca”

 

Llegaron a la orilla del río. Varias barcas descansaban en el terreno arcilloso, apoyadas boca abajo, cerca de unas casetas donde había algunas más, apiladas o en reparación. Quinto le hizo un gesto a Livia, para que se cubriese la cabeza con la capucha del manto. El pretoriano se detuvo cuando llegaron a una de las casetas, que tenía dibujada en la madera una figura que recordaba a una loba. Un par de hombres estaban sentados delante de un fuego y estiraban los brazos hacia él para calentarse; uno de ellos tenía una serpiente tatuada en una mano.

 

“¿Sigues siendo el barquero más feo de toda Roma?” dijo Quinto, dando un ligero puntapié al hombre tatuado.

 

Éste se giró. Livia amagó una exclamación. Era, sin lugar a dudas, el hombre más feo que había visto en su vida: ojos saltones de color indefinido tirando al pardo, una nariz enorme y llena de venas rojas a punto de explotar, cabellos ralos que puede alguna vez fueron rubios, y una boca en la que no había dos dientes sanos seguidos.

 

— “Si me compras una barca pasaré a ser el segundo” — dijo echándole un vistazo.

 

— “¿No me reconoces, Caronte?”

 

Al escuchar el apodo, el hombre se levantó. Superaba en altura a Quinto por una cabeza, y era casi dos veces más ancho que él.

 

“Existe sólo una persona sobre la tierra a la que dejo que me llame así y pueda seguir con todos los huesos en su sitio”

 

— “Y ese soy yo…”

 

— “¡Quinto!” — dijeron los dos a la vez. El gigante abrazó al pretoriano. — “¡El pequeño Quinto! ¡Por todos los dioses y que me parta un rayo! Creía que estabas cubriéndole el culo al emperador allá por Dacia. Perdona lo que te he dicho antes, pero… maldición ¿qué te ha pasado en la cara?”

 

— “Ya te lo contaré otro día. Necesitamos un pasaje discreto a la otra orilla, al campo de Marte”

 

— “Eso está hecho” — contestó el bruto, examinando de arriba a abajo a Livia mientras cogía uno de los pesados botes y lo colocaba a la vera del río, como si fuese tan ligero como una cáscara de nuez — “Me vas a tener que ayudar con los remos, como en los viejos tiempos” — prosiguió — “Ha llovido bastante estos días y el río baja crecido” — se giró para observar a Quinto mientras trabajaba. — “Ahora que te miro con atención, no sé cómo no te he reconocido antes. Aún con un ojo tienes siempre esa mirada de hijo de mala madre. Pero estás más fuerte. Mucho músculo noto yo debajo del manto. ¡Veamos de qué pasta estás hecho!”

 

El tal Caronte le lanzó un bulto muy pesado; Quinto lo atrapó, pero estuvo a punto de perder el equilibrio.

 

— “No está mal para un “pretoriano” ¿Dónde has dejado el uniforme?”

 

— “En Britania” — contestó Quinto mientras colocaba el bulto en la parte de atrás de la barca.

 

— “Ya está todo preparado. ¡Vamos sube! Yo me ocupo de la dama” — dijo el hombre cogiendo a Livia con una delicadeza inesperada en tal coloso — “Permita usted, señora. Si es tan amable, se tendría que tumbar y cubrirse con la lona”

 

El barquero subió a bordo, e introdujo el bote en el agua empujando con un remo.

 

“¡Boga, Quinto!” —- no dijo nada más, pues estaba muy pendiente de evitar las zonas donde el agua formaba remolinos. Dio algunas instrucciones precisas al pretoriano, mientras subían la caudalosa corriente del Tíber. Livia, escondida debajo de la lona, no podía ver nada, sólo oía el golpear rítmico de los remos con el agua. La travesía no duró mucho; la barca se arenó suavemente, Quinto alzó la lona y la ayudó a ponerse en pie. Caronte no descendió del bote.

 

— “Muchas gracias, Caronte”

 

— “De nada, hermano” — los dos hombres se abrazaron, y el barquero le dio unas fuertes palmadas en la espalda — “Si te quedas en la ciudad pasa a verme un día. Señora…” — saludó con un gesto de la cabeza a Livia, quien se bajó por unos instantes la capucha y le sonrió. El hombre se quedó con la boca abierta y mientras los vio alejarse murmuró en voz baja. — “Hijo de mala madre…”

 

“¿Ese hombre es tu hermano?” — le preguntó Livia.

 

Quinto rió de buena gana.

 

— “No, no… Es un amigo del barrio, pero es lo más parecido a un hermano que he tenido nunca”

 

Caminaron a buen paso durante más de media hora. Roma ofrecía ahora otra cara, formada por templos de mármol reluciente, establecimientos termales, tiendas que aún no habían abierto, ínsulas perfectamente encaladas y pintadas. Subieron una colina, por unas calles empinadas pero anchas y bien pavimentadas.

 

— “Esta sí que es una de las siete colinas, Livia. El Quirinal. Y ahora tenemos que cruzar las murallas, estamos cerca de la Porta Salutaris”

 

— “¿Habrá guardianes allí, no?”

 

— “Conozco un… atajo” — contestó Quinto.

 

Cuando finalmente llegaron a su destino, una lujosa domus en lo más alto del Quirinal, Livia estornudó tres veces seguidas. Cualquier otra mujer hubiese hecho un drama por haberse tenido que introducir a oscuras en un ramal secundario de las cloacas empapándose hasta los huesos. Ella no lo hizo, se dejó guiar por Quinto hasta que salieron al otro lado de las murallas servianas[33], pero estaba completamente aterida por el frío, y los labios habían adquirido una preocupante tonalidad violácea.

 

“Ya hemos llegado” — Quinto golpeó con el pomo de su gladio una puerta secundaria, que daba a las cocinas. A la tercera llamada un esclavo aún medio dormido abrió un recuadro de madera que hacía las veces de mirilla. — “Busco a Cástor. Díle que soy Quinto Terencio”

 

— “¿Contraseña?”

 

— “Passer[34]

 

El esclavo abrió la puerta y los dejó entrar. Los condujo a través de una serie de pasillos a un pequeño estudio que daba a un patio interior, en el que estaban encendidos dos braseros. Livia se postró delante del fuego, y Quinto se sentó a su lado dándole calor.

 

Al poco tiempo entró otro hombre.

 

— “¡Finalmente estáis aquí! Soy Cástor, el liberto del cónsul. Me dejó instrucciones precisas antes de partir y en sus cartas no ha hecho más que repetirme que todo el servicio tenía que estar preparado por si aparecía Quinto Terencio. Voy a buscar a la persona que tenéis que ver. Os traerán ropa de abrigo y algo para comer y beber. Disculpadme”

 

Cuando finalmente todos los esclavos los dejaron solos, Livia dijo:

 

— “¿El cónsul? ¿Estamos en la domus del cónsul Sura?”

 

— “Sí”

 

— “¿Quién tiene que venir?”

 

— “Sólo sé que es una persona de total confianza del cónsul, y que se llama Pausanias. Él sabrá qué es lo que tenemos que hacer”

 

Había un triclinio en la habitación. Quinto se sentó hacia la cabecera, con la espalda apoyada a la pared, y dejó que Livia se tumbase, apoyando la cabeza sobre su regazo. Se durmieron al instante. Él se despertó al escuchar ruidos que provenían del atrio. La luz del sol iluminaba ya la habitación, y llegaban apagados los ruidos propios de la actividad doméstica, esclavos que iban y venían, ruido de cacerolas en la cocina y proveedores que descargaban en ella lo necesario para la jornada. Aunque el dominus estuviese lejos, tal casa requería atenciones constantes; la casa tenía que funcionar como si el amo hubiese salido a dar un paseo, en lugar de conquistar con el ejército un territorio hostil.

 

La puerta se abrió y apareció Cástor con un hombre de cabellos blancos, que cojeaba al andar. Livia, mientras tanto, se había sentado en el lecho y se preguntaba por qué ese hombre mayor la miraba de aquella manera. Pausanias había enmudecido; habían pasado más de veinte años, y volvía a tener delante de él el rostro de la única mujer a la que había amado.

 

“Eres idéntica a tu madre” logró decir con un hilo de voz. Apenas pronunció estas palabras pareció salir del estado de ensoñación en el que se había sumido. — “Nos espera una litera fuera. Quinto, me pondrás al día durante el trayecto”

 

Salieron a la calle por la misma puerta de servicio. Les esperaba una gran litera de mano con seis fornidos esclavos como porteadores. Subieron, y emprendieron la marcha. Las cortinas estaban echadas, y Livia no podía ver por dónde iban. Oía los ruidos de la calle, el ir y venir de la gente, mercaderes ofreciendo sus mercancías o el resoplar de los porteadores y las instrucciones que impartía su jefe.

 

Quinto contaba al hombre llamado Pausanias qué había hecho desde que partió de Roma para cumplir la misión de rescate. El hombre de cabellos blancos la miraba de vez en cuando: no como lo hacían la mayor parte de los hombres, con codicia, o hasta temor reverencial, si no con una infinita ternura. Había conocido a su madre y le recordaba a ella. Quizás era ese el motivo. De repente, la litera se detuvo y Pausanias abrió la cortinilla. Estaban delante de la puerta de una ínsula, y una muchachita alta y delgada, de piel tan negra como el carbón, esperaba en la puerta. Quinto hizo ademán de bajar.

 

“No, sólo ella, tú tienes que venir conmigo a otro lugar” Pausanias sonrió al ver la cara de Quinto, probablemente él puso una parecida cuando se despidió para siempre de la madre de Livia. “Os volveréis a ver muy pronto, es mejor que Livia se quede aquí. Ya no es prisionera, pero hay que ser discretos” — Pausanias carraspeó; en esos momentos la expresión “tercer incómodo” parecía haber sido creada pensando en él. “Te espero fuera, Livia”

 

“Bueno…” dijo Livia — “yo… espero volver a verte muy pronto” le dijo a Quinto clavando en él sus pupilas verdes. Se giró, pero él la agarró con fuerza por un brazo. La besó con pasión. A pesar de que habían estado solos en otras ocasiones desde que hablaron en el barco, y se habían besado más de una vez, ningún beso fue como ése: profundo, intenso, urgente, desesperado. Pausanias, fuera de la litera, tosió. Quinto la dejó ir, incapaz de pronunciar palabra alguna. Tampoco lo hizo Livia, que se apresuró a taparse con la palla, temiendo que toda Roma supiese como se sentía al ver su rostro sofocado. Quinto apartó la cortina, y vio a Livia y al griego entrar apresuradamente en el portal seguidos por la joven etíope.

 

Domus Flavia – Estancias de Lucrecia

 

De Flavio Messio Rufo a Lucrecia Domicia Paulina, saludos

 

La resistencia es inútil, rindámonos a la evidencia: nosotros, que hemos ido por la vida desdeñando y abjurando de eso que los poetas llaman amor, hemos claudicado. Derrotados en todos los frentes: tú y yo, Lucrecia. Alguien me dijo una vez que nosotros dos somos iguales, y tenía razón. Por eso sé perfectamente cómo te sientes; lo que sientes, porque es lo mismo que siento yo. Estamos nerviosos, enfadados con el resto del mundo, porque por primera vez en nuestra vida nos damos cuenta de que tenemos un lado débil y vulnerable, y no sabemos cómo convivir con nuestra fragilidad, nosotros que siempre nos hemos considerado fuertes e imbatibles.

 

Pero, permíteme empezar por el principio, el motivo principal por el que te escribo, la excusa que me empujó a coger hace un rato el stilo[35]. Ha vuelto ha pasar algo entre tu hijo y tu joven esclavo; tu hermano Adriano te dará más detalles. Si tu hijo Publio sigue respirando lo debe a ese muchacho, que probablemente planeabas despellejar vivo apenas lo hubieses visto. Tendría más cosas que decirte sobre él, pero tendrás que esperar a cuando nos veamos. Puede que para entonces tenga la respuesta definitiva sobre algo que me afecta personalmente; intuyo que la solución está más cerca de lo que creo. Puedo decirte sólo que el hecho de que fuese precisamente él quien lo salvase, ha sido el motivo por el cual ahora veo el mundo con otros ojos.

 

Estoy divagando, perdóname. Esto es lo que pasó. Publio viajaba con la retaguardia y los carros con los suministros debido a un pequeño problema de salud; nada grave, pero que no le permitía cabalgar. Tienes que saber que es táctica habitual de estos bárbaros realizar ataques esporádicos, por sorpresa, para intentar cortar la línea de suministros. Lo hicieron ese día y tu esclavo, en lugar de salir corriendo como los demás, defendió a tu hijo, cuando, desarmado y en el suelo, esperaba el golpe final de un bandido dacio. El muchacho mató al bárbaro y resistió al lado de Publio hasta que llegamos como refuerzo.

 

¿Por qué lo hizo? Porque él es así, hace lo que siente porque es su índole, que es opuesta a la de Publio. Y no es de extrañar que Manio, aunque era un esclavo, sea mucho más apreciado que tu hijo. Cuando pelearon a causa de la muchacha dacia, la tropa no jaleaba a Publio, sino a Manio. A pesar de que la naturaleza de tu hijo, como la tuya, es más parecida a la de ese muchacho de lo que creéis. Pero os obstináis en poneros la máscara del patricio prepotente, con la que no hacéis otra cosa más que ocultar vuestro miedo. Porque ese es vuestro problema: el pánico a vivir. No levantes la ceja como sueles hacer, Lucrecia, sabes que te digo la verdad.

 

Ahora, tras un largo rodeo, volvamos a nosotros, a nuestro miedo a ser débiles porque nos amamos. Estamos equivocados los dos, lo que sentimos nos hace más fuertes; hagamos un pacto, y demostremos al mundo que juntos podemos superar cualquier obstáculo. No sé si te has dado cuenta, pero esta es una oferta de matrimonio en toda regla, que sé ya que no rechazarás, aunque sea sólo por ver la cara de Plotina, Salonina Matidia y Vibia Sabina cuando lo sepan. Pero te pongo una condición, deja la Lucrecia que en realidad no eres en el Palatino. La que compartirá el resto de su vida conmigo será la Lucrecia inteligente, capaz de entregarse sin calcular antes si le conviene o no. Por mi parte, puedo decirte sólo que te amo, y que deseo en estos momentos sólo una cosa: volver a abrazarte y hacerte el amor.

 

Ah, no he tenido un lapsus cuando he escrito que Manio “era esclavo”. Adriano le ha concedido la libertad, a él y a su madre, por haber salvado la vida de tu hijo. La Lucrecia que yo amo, una vez pasado el primer momento de incredulidad, estará de acuerdo con el acto de su hermano.

 

Ave atque vale – Flavio

 

Lucrecia releyó la carta por décima vez; tenía el focale de Rapax en la mano, y sonreía. Se sentía inmensamente feliz, a pesar del dolor que representaba no poder estar entre sus brazos. Ahora, finalmente, estaba segura de que ella también poseía aquello que había envidiado a Imilce toda su vida: el amor de un hombre. Amor incondicionado, real, auténtico. Que él no estuviese físicamente a su lado era sí, insoportable, pero estaba segura de que aquella guerra, o las que viniesen, no podrían separarlos nunca más.

 

Dudaba sobre si en realidad ella era de tan noble espíritu como el muchacho que había salvado a su hijo: no se arrepentía demasiado de haberle hablado al senador Graco sobre Marco. De todas maneras, había pasado ya más de un mes desde aquella cena en palacio y no había sucedido nada; puede que a fin de cuentas el senador la hubiese simplemente ignorado.

 

Tenía otras cartas encima de la mesa; la de Adriano con el acto oficial de manumissio[36] para Imilce y Manio, y una narración detallada de los mismo hechos.

 

“¡Imilce!” llamó Lucrecia.

 

“Domina”  la hispánica se acercó con los peines y cepillos. Lucrecia alzó apenas la mano derecha, e Imilce dejó, obediente, los objetos que había cogido.

 

“¿Hace mucho que no recibes noticias de tu hijo?”

 

“Poco más de un mes. ¿Ha pasado algo?”

 

“No, no… Acércate, entonces yo seré quien te dé las buenas noticias”

 

Imilce se acercó a su señora llena de temor. Jamás había recibido buenas noticias de Lucrecia, sobre todo cuando hablaba con ese tono, tan inocente en apariencia.

 

“Acércate más…” dijo Lucrecia.

 

Imilce lo hizo. La patricia se levantó y le quitó la placa de bronce que llevaba al cuelo, y le entregó el acto de manumissio. — “Eres libre”

 

Imilce empezó a llorar. ¿Se trataba de la enésima broma cruel de Lucrecia? ¿La estaba engañando?

 

“Créeme, eres libre. Tu hijo Manio tiene algo del “héroe homérico” dentro de él… Salvó la vida del mío durante una emboscada a los carros de suministros. Mi hermano, como agradecimiento, os ha concedido la libertad. Está todo escrito en esos papeles; la de tu hijo es completa, no hay más alto magistrado que el emperador, y él mismo ofició el acto de manumissio de Manio. Tú tienes sólo que acudir a uno cualquiera, en la basílica Julia, o la Emilia, con los documentos que te he dado y firmar delante de él. Repito, eres libre”

 

— “Yo… No sé qué decir”

 

— “Has insistido tanto últimamente con lo de tu libertad que me esperaba algo más de entusiasmo por tu parte”

 

— “¿Y ahora? ¿Qué haré?”

 

— “Imagino que casarte y establecerte con Marco, quizás en Roma, o dónde queráis. En eso consiste la libertad. De todas maneras, me gustaría que siguieses a mi servicio, asalariada, obviamente, hasta que me encuentres una buena sustituta”

 

— “¡Gracias!”

 

— “Eso ya está mejor” — Lucrecia esbozó en su rostro una sonrisa casi imperceptible. — “¿Qué haces aquí? ¿No tienes que darle la noticia a nadie? ¡Vamos!”

 

Imilce salió finalmente de su estupor, y se fue corriendo de la estancia, tenía que ver a Marco lo antes posible. Lucrecia la observó marcharse; creía que le iba a costar mucho desprenderse de aquel odio por Imilce, pero se sorprendió al notar que había sido algo fácil. Es más, era casi tan placentero como deshacerse de un vestido con el que nunca se ha estado cómoda, o como del horrible peinado impuesto por Plotina, que se llevaba siguiendo la dictadura de la moda aunque se pasasen las penas del Averno llevándolo. Sonrió, recordando la referencia a la emperatriz en la carta de Rapax. No cabía duda de que él la conocía muy bien, mejor que nadie. En verdad, la cara que pondría Plotina al saber que dejaría el palacio por un oscuro centurión, era uno de los muchos motivos por los que aceptaba su propuesta. Y se imaginaba también a las demás matronas romanas, como aquella elefanta casada con el senador Graco, Pomponia Rubiria, cuchicheando sobre ella. Y, mientras se ponía el pañuelo de Rapax al cuello, agradeció a su marido que muriese justo a tiempo para dejarle los medios económicos con los cuales vivir. Quizás no podría permitirse más fiestas lujosas, y series infinitas de vestidos y joyas. Pero, finalmente, en aquel imperio lleno de mujeres sin amor, como la mujer que vagaba por los pasillos de palacio y que fue una vez emperatriz, podría elegir con quien vivir, y a quien amar. Además, aún tenía tiempo de disfrutar de la buena vida hasta que Rapax volviese. Quién sabe dónde lo destinarían después; Lucrecia empezaba a fantasear sobre su nueva vida en algún lugar perdido del imperio, enseñando un poco de clase a las mujeres de los colegas de su marido .

 

Imilce casi se dio de bruces con Marco, que había ido a buscarla.

 

— “¡He recibido otra carta de Sura!” — Marco se sorprendió al verla tan feliz y radiante. — “¿Lo sabes ya?”

 

— “¡Sí! ¡Somos libres! ¡Libres!”

 

Lloraron los dos, abrazados. Marco la llevó en volandas hasta su refugio secreto en el palacio.

 

— “Marco, ¿qué haces? Tenemos que ir al magistrado para que firme mi acta de libertad ¡Déjame en el suelo! ¡Suéltame!” — dijo sonriendo.

 

— “El magistrado puede esperar, yo antes quiero hacer un experimento”

 

— “¿Experimento?”

 

— “Nunca he hecho el amor contigo como mujer libre, tengo ganas de saber si el hecho de que lo seas cambia la experiencia en algo. No te rías, es un sacrificio que tenemos que hacer por la ciencia”

 

 

Ese mismo día. Por la tarde

 

Marco regresó a la domus de Krytios sin darse cuenta ni de cómo lo hizo. Acababa de dejar a Imilce de nuevo en palacio, tras haber regresado de la cita con el magistrado que firmó el acta de libertad. Tenían muchas cosas que organizar: la boda, su nueva vida juntos. No querían perder más tiempo, ya lo habían hecho durante demasiados años.

 

Aunque vivía desde hacía unos días en casa de su primo, coincidían muy poco, prácticamente sólo en la cena, pues estaba muy ocupado con los entrenamientos o las carreras. La domus no era muy grande, estaba en el Campo de Marte, en una buena zona cerca de la Saepta Julia y el Pantheon. Obviamente, después del palomar en la Subura, ese hogar parecía un palacio. Saturnio estaba ayudando a Cyprianus y Galia a adecentar su nueva popina. Tras el derrumbamiento en la vieja ínsula, el local quedó inutilizable por orden de la prefectura, y, conociendo los tiempos interminables de la burocracía imperial, decidieron que era mejor alquilar enseguida otro local, a la espera de saber qué sucedía con el suyo.

 

Marco estaba preocupado por el pequeño Iulo. Aún no se había despertado tras el accidente que mató a su familia. Según el medicus, no se podía hacer más que esperar. Llevaba así ya una semana, y podían pasar muchos días más antes de que despertase. O quizás no lo hiciese nunca.

 

“Stefanos ¿ha despertado?” — preguntó Marco a uno de los sirvientes al entrar.

 

Krytios había decidido que no tendría esclavos, y que todas las personas que trabajaran para él lo harían como asalariados. Mucha gente consideró tal gesto como la enésima excentricidad del nuevo divo de la arena.

 

“No, señor. Señor, tenemos un huésped en casa. Lo trajo Pausanias, a media mañana. Ahora está en el peristilo. Pausanias ha salido hace una hora, estará a punto de regresar”

 

— “Gracias, Stefanos”

 

Efectivamente, un hombre estaba sentado en un pequeño banco en el peristilo. Era moreno, de cabellos abundantes y ondulados, con barba. Muy fuerte, a juzgar por sus piernas musculosas y los brazos en tensión que sujetaban el asiento de piedra como si quisieran arrancarlo de cuajo. Cuando el hombre se giró, Marco se dio cuenta de que llevaba un parche en un ojo… y de que ya lo había visto antes. Era el pretoriano que besó a Imilce en el patio de la fuente octagonal.

 

— “Te he visto ya antes, aunque tenías mejor aspecto. En el palacio imperial” — dijo Marco, olvidando las normas básicas de la buena educación; no obstante, considerando que la última vez que vio a ese hombre estaba besando a Imilce, creía que se estaba comportando mejor que bien.

 

— “Yo también te he visto allí”

 

— “¿Por qué estás aquí?”

 

— “Me ha traido Pausanias. Acabo de volver de un largo viaje”

 

Ante la palabra “viaje” Marco recapacitó unos instantes.

 

— “¿Eres tú el pretoriano que Rapax mandó a por Livia a Antioquía?”

 

— “Sí. Me ha costado hacerlo” — dijo señalando el ojo perdido — “pero está a salvo”

 

Recelaban el uno del otro, no sabían qué ni cuánto decirse.

 

— “¿Tú eres el hombre de Imilce, no?” — continuó Quinto.

 

— “Su marido, dentro de pocos días. ¿Por qué lo preguntas?” — Marco estaba empezando a irritarse. Como aquella vez en palacio, dejó que los celos hablasen por él antes de recapacitar sobre lo que estaba diciendo. — “¿Quieres seguir por donde lo dejaste en el patio de la domus flavia?”

 

Quinto tragó saliva.

 

“Dioses… ¡estabas allí! Lo siento mucho, es más, quiero pediros disculpas a los dos por mi comportamiento entonces. Apenas supe que Imilce tenía un hombre tendría que haberla dejado en paz; y además, tú me viste… Sólo ahora puedo entender cuanto daño os causé, espero que me perdonéis” — Quinto extendió el brazo. — “Soy Quinto Terencio”

 

— “Marco Fulvio Aquila” — contestó, estrechando el brazo del pretoriano. Le pareció sincero. “¿Qué ha sucedido? ¿Dónde hebéis estado estos meses?”

 

— “Llegué tarde a por ella; el hombre que tenía orden de matarla no lo hizo, y se la llevó a Britania. Sabía que me habían mandado a mí, tenía viejos asuntos pendientes conmigo y quiso saldar nuestras cuentas en su tierra. Se puede decir que Livia intercedió por mí. Al final logramos escapar y llegar a un campamento romano. ¿Qué tienes tú que ver con esta historia?”

 

— “Mucho, aunque no haya visto a Livia en mi vida, o a tu jefe sólo en contadas ocasiones”

 

Alguien estaba accediendo al atrio de la domus. Pausanias se acercó.

 

— “Livia estará aquí dentro de poco, para conocerte, Marco. Creo que por el momento es mejor que esté en casa de Ifigenia, me pareció lo más apropiado. Además, por lo que Quinto Terencio ha visto y oído, por el vínculo que ha creado con Livia… Creo que ha llegado el momento de que ambos sepáis toda la verdad. Venid conmigo al tablinum, os diré todo lo que sé” — dijo Pausanias.

 

Livia descendió de la litera en la que había efectuado el corto trayecto entre la ínsula en la que vivía Ifigenia y la domus de Krytios, llena de emoción. Pausanias le había contado todo: quién era su padre, que tenía otro medio hermano, nacido en Itálica, y que sus orígenes era el motivo por el cual el senador Graco intentó acabar con todos ellos. Cuando eran niños, Rapax le había hablado muchas veces de sus recuerdos de los hombres de uniforme que los visitaban cuando vivían con su madre en una bonita villa. Esos eran recuerdos de su hermano, no suyos, pero él se los había contado tantas veces que incluso creyó recordarlos en esos momentos. El hombre de la Medusa. Cuando su madre murió, y tuvieron que afrontar juntos la vida con el escaso afecto que le daban sus tíos, Rapax se aferraba a aquel recuerdo, repitiéndole una y otra vez que ese hombre vendría a por ellos y los arrebataría de aquella pobreza, no sólo económica, sino afectiva. A ella nunca le llamaron la atención aquellas fantasías; sentía sólo una pena infinita por haber perdido a su madre.

 

Lo primero que vio al entrar en aquella domus fue a Quinto; estaba hablando con Pausanias y otro hombre en el tablinum de la casa. La dulce sonrisa del pretoriano la llenó de calidez, y la reconfortó. Él era lo único que contaba en esos momentos en su vida; todo lo demás, quien fuese o dejase e ser, carecía de importancia.

 

Hablaron durante largo tiempo, contando cada uno todo aquello que sabían. Para Marco fue un duro golpe saber que quien había urdido toda la trama asesina fuese el mismo senador bajo cuyo techo Imilce pasó un mes entero en Baia. Por fortuna, no sospechaba de ella. De vez en cuando los recién encontrados hermanos se sonreían tímidamente, sin saber muy bien qué decirse. Quinto aún no había asimilado las noticias tan importantes que había recibido en tan poco tiempo. La mujer que amaba era la hija del emperador, del hombre más potente del mundo; el hecho de que ni ella misma lo supiese no le restaba importancia. Si antes de saber quién era Livia en realidad ya se sentía incapaz de ofrecerle todo lo que merecía, ahora que lo sabía se sentía aún menos digno de su mano. Pero, por otro lado, el peligro no había desaparecido. Graco seguía aún en libertad; tenía que estar aún más alerta si cabe.

 

Stephanos los interrumpió. “Creo que el niño se está despertando”. Todos fueron a su cubículo. No había abierto aún los ojos, pero estaba hablando, y movía la cabeza. Livia se sentó en la cama, y le cogió la mano. Iulo abrió los ojos, parpadeó varias veces.

 

— “¿Eres una diosa?” — le preguntó a Livia — “Mi mamá me llevó una vez al templo a ver la estatua de la diosa, y no era tan bonita como tú”

 

— “No, pequeño, no lo soy. ¿Tú como te llamas?”

 

— “Iulo”

 

— “Es un nombre muy bonito. Un día te contaré la historia de un niño que se llamaba como tú, que escapó de una ciudad en llamas para ir a un país lejano, en el que hizo cosas muy importantes[37]

 

— “¿Y tú como te llamas?”

 

— “Livia”

 

— “¿Dónde estoy, Livia? ¿Dónde están mis padres?” — el niño vio entonces a Marco de pie, cerca de la cabecera de la cama — “Maestro ¿dónde están?”

 

— “Hubo un terrible accidente donde vivíamos. Tú has tenido suerte, estabas herido, pero te has salvado. Sin embargo… lo siento, Iulo, tus padres han muerto”

 

El niño rompió a llorar, y se aferró a Livia.

 

— “Está anocheciendo” — dijo Pausanias — “Es mejor que Livia regrese a casa de Ifigenia. Stephanos, llama la litera”

 

“¡No te vayas, Livia! ¡No me dejes!”

 

— “Puede venir conmigo, podría cuidarle. El apartamento de Ifigenia es grande, además, tampoco puedo salir mucho, hasta que no recibamos noticias de mi hermano, o instrucciones del… emperador. Nos haríamos compañía”

 

— “Me parece una buena idea. Avisaré al médico. Acompáñalos, Quinto”

 

 

Ante diem IX calendae Novembris (23 de octubre)

 

Había dejado pasar ya suficientes días, casi diez. Sabía que lo espiaban, pero no dio motivo alguno para que desconfiasen de él, por lo menos en apariencia. Durante todos aquellos días no salió de su lujosa domus, no acudió a la basílica, al foro, y mucho menos al senado. A los ojos de toda Roma, Cneo Cornelio Graco era un cadáver político que se estaba descomponiendo poco a poco, lejos de la vista de todos. Sin embargo, él había seguido movimiendo sus piezas, recibiendo informadores que entraban por alguno de los pasadizos secretos que hizo construir en la domus. Su arquitecto no se dedicó sólo a estudiar los movimientos del sol o las corrientes de aire para hacer que la misma fuese fresca en verano y cálida en invierno. La cella nivaria que almacenaba el hielo que hizo las delicias del cónsul Sura en aquella tórrida tarde de verano, estaba conectada a través de pasadizos secretos con la cloaca máxima. Por mucho que los espías de Trajano tuviesen mil ojos puestos en la puerta principal de la residencia, o incluso en la secundaria, podía hacer entrar o salir un ejército de ella sin que nadie los viese.

 

Como no vieron al hombre que estaba delante de él. Una escena que se repetía, meses después.

 

— “No tienes buen aspecto” — dijo el senador, bebiendo una copa de vino. Era la enésima de la jornada; tras varios días de duro trabajo, ahora que tenía todo organizado, se había concedido unas horas de asueto, que consistían en pensar en todo lo que pudo haber sido y nunca sería, mientras ingería, una tras otra, copas del mejor Falerno de los últimos años.

 

— “Tú tampoco, senador”

 

— “¿Qué haces aquí? Aunque, tengo que admitir que tu don de la oportunidad es proverbial, llegas justo a tiempo para participar a una fiesta de la que espero disfrutarás”

 

— “Estás acabado, Graco. Dije tu nombre”

 

— “Ya estaba acabado antes de que lo dijeses… Drachir. Calculé mal mis movimientos, me dejé llevar por, digamos, el entusiasmo al ver mi objetivo al alcance de la mano. Repito, si quieres unirte a la fiesta contacta a Muzio, está prevista para esta noche. Tengo todo tan bien organizado que no lo puedes echar a perder ni siquiera tú… Drachir” — dijo el senador, pronunciando la última palabra con desprecio. —  “¿Qué quieres?”

 

— “Información. Saber por qué”

 

— “¿Por qué… qué?”

 

— “Qué tenía que ver la muerte de aquellas personas con tus planes para convertirte en emperador”

 

— “Drachir, Furio Vipsanio, o como demonios quieras llamarte… Tan inteligente que pareces para lo que quieres. Recapacita unos instantes. Recuerda las lecciones de historia que te daba un aburrido pedagogo en aquella isla fría y lluviosa de la que vienes. Los emperadores, empezando por el divino Augusto, han llegado al poder heredándolo o usurpándolo. La adopción del mejor candidato posible es algo nuevo, Nerva lo hizo con Trajano. ¿Y qué han hecho buena parte de los emperadores una vez alcanzado el poder? O ¿cómo lo han alcanzado? Asesinando a los herederos. Ergo: Marco Fulvio Aquila, Flavio Messio Rufo y Livia Messia son hijos de Trajano. Lo cual no deja de tener su gracia. Si no te hubieses dejado engatusar por ese par de hermosos ojos verdes, tú habrías sido Rey de Britania con una reina de sangre real a tu lado”

 

— “¿Sabías que no la maté?”

 

— “Sé todo, maldito imbécil que piensas con la entrepierna. La ‘fiesta’ que he organizado es una fiesta de despedida, pues probablemente a estas horas un correo imperial está reventando caballos entre Dacia y Roma trayendo mi orden de detención por alta traición. Quédate con la mujer si quieres, pero asegúrate de que todos los demás mueran. ¿Estamos?” Cuando Graco alzó la vista de la copa el britano se había ido. — “Ah, el amor…” — susurró, Graco emitiendo después un graznido áspero y seco.

Ante diem VIII calendae Novembris (24 de octubre)

 

Rapax bajó del caballo, que cayó exhausto en el patio del Castro Pretorio. Mostró sus órdenes al oficial al mando, escogió a una decena de hombres y sin cambiarse partieron al galope hacia la domus del senador Graco. El sol había salido hacía un par de horas, estaba lloviznando y todos aquellos que vieron pasar a un grupo de pretorianos a caballo por el centro de la ciudad, supieron que algo muy grave estaba sucediendo.

 

Graco los esperaba en el atrio de su domus, perfectamente afeitado y peinado, luciendo con orgullo su toga orlada de rojo y los calcei del mismo color. Más o menos traidor, según para quién, era siempre un senador de Roma.

 

— “Cneo Cornelio Graco, quedáis detenido acusado de alta traición, varios intentos de asesinato y complot para derrocar al emperador, Marcio Ulpio Trajano. Seréis escoltado hasta la cárcel mamertina, juzgado y ajusticiado cuando lo determine el emperador”

 

— “Flavio Messio Rufo, veo que estás disfrutando del momento” — dijo el senador, extendiendo los brazos para ser atado. — “No sé si conoces el dicho: “ ‘Quien ríe el último’…”

 

— “Sin lugar a dudas, tú reirás el último, senador. Con una soga al cuello, mientras el verdugo retuerce tu pescuezo de cerdo”

 

— “Te equivocas, Rapax. Empezaré a reír mucho antes”

 

El pretoriano no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda. Condujeron al preso hasta la cárcel mamertina. Cuando lo estaba entregando a los carceleros, oyó que alguien intentaba abrirse paso hasta él; era Pausanias.

 

— “¡Las mujeres! ¡Han desaparecido!” — gritó el griego.

 

— “Te lo dije, Rapax. Corre, corre, sigue al viejo” — Dijo el senador, riendo como no lo había hecho en su vida.

 

Partieron a lomos de dos caballos y en pocos momentos llegaron a la domus de Krytios. Stephanos los esperaba en la puerta. Vieron en el atrio a Acte en el suelo, que lloraba desconsolada. Marco, Quinto, Krytios y Saturnio se estaban armando.

 

“¡Señor! ¡Se las han llevado a todas!” — Quinto le vino a su encuentro. No había entrado en muchos detalles en el mensaje urgente que había enviado a Dacia, y Rapax quedó impresionado por el aspecto de su subalterno. No cabía duda de que había hecho de todo para salvar a su hermana. Rapax lo cogió del brazo.

 

“¿Qué quieres decir?”

 

— “He ido a ver cómo estaba Livia, a casa de Ifigenia, la mujer que la hospedaba. El apartamento estaba en desorden, la esclava de la casa asesinada, y no había rastro de ellas, ni siquiera del niño que estaba cuidando”

 

Rapax se acercó entonces a Acte. Sin lugar a dudas ese “todas” incluía también a la domina de la esclava.

 

— “¡Acte! ¿Qué le ha pasado a Lucrecia? ¡Acte, contesta!”

 

— “He ido a despertarla, su habitación también estaba en desorden. La ventana estaba abierta, eso me ha llamado la atención, pues sufre mucho el frío. Entonces he ido a por Imilce, pero tampoco estaba en su cubículo, y ahí también estaba todo patas arriba”

 

— “¡En la domus Flavia! ¡Se las han llevado del palacio imperial!” — Rapax se acercó a los demás hombres. — “No podemos fiarnos de la guardia pretoriana. ¿Qué habrá hecho Graco con ellas?”

 

“¿Ha dicho Graco? ¿El senador Cneo Cornelio Graco?” – dijo Saturnio. Era la primera vez que se pronunciaba el nombre del traidor en su presencia, de haber sucedido antes no habrían perdido un tiempo precioso.

 

“El mismo” — contestó Pausanias.

 

“Entonces creo que sé dónde las ha llevado. Yo era esclavo en una de sus villas rústicas, en Reate[1]. Es el lugar ideal para encerrarlas, hay unas grutas excavadas en la montaña, que se usan como almacén, pero también como prisión para los esclavos cuando nos castigaban. Yo puedo guiarles, no me olvidaré de ese lugar en mi vida”

 

— “Pero necesitamos refuerzos, y no podemos contar con la guardia pretoriana” — dijo Quinto.

 

“Pediremos ayuda a Lucio Voreno” — contestó Pausanias. — “Tiene sus negocios, algunos de ellos ilegales, en la Subura, pero estoy en contacto con él. No mandé a Marco a vivir al lado de su cuartel general por casualidad. Cabía la posibilidad de que tarde o temprano necesitásemos hombres para algo así y que no hiciesen demasiadas preguntas con tal de ser pagados”

 

— “Vamos entonces, no hay tiempo que perder” — dijo Marco.

 

 

 

 

“¡AGUA! ¡Agua! ¡El niño necesita beber!” — Livia aporreaba la puerta de la celda en la que las habían encerrado, había perdido la cuenta de las horas que llevaban ahí dentro. Nadie podría decirlo. Estaban prácticamente a oscuras, la única luz que entraba era la de una antorcha en el pasillo que conducía a aquella celda, y que se filtraba por una pequeña apertura con barras de hierro que había en la puerta.

 

— “¡Cállate, zorra!” — contestó su carcelero, a lo lejos.

 

Livia regresó al rincón de la celda que compartía con Imilce y el pequeño Iulo. Ifigenia y Lucrecia estaban sentadas separadas, en otras esquinas. Se sentó en el suelo y el niño acudió a su regazo, dejando el de Imilce. Las dos mujeres se apoyaron la una en la otra. Livia cerró los ojos, pensando en todo lo que había vivido en los últimos días, cómo pasó de la felicidad extrema a la deseperación absoluta.

 

Cuando las encerraron, ella fue la que más se resistió. Se negaba a aceptar que los dioses fuesen tan crueles con ella, que el mismo día que Quinto la vio desnuda para terminar en sus brazos, acabase con unos bandidos secuestrándola y dando con ella y las demás mujeres en aquel lugar horrible. Por eso, cuando las encerraron, gritó, aulló, y golpeó con las manos la puerta de la celda hasta desollárselas.

 

— “Es inútil” — dijo Lucrecia. — “Resígnate, no se han tomado la molestia de traernos hasta aquí para abrirnos la puerta, por mucho que gritemos”

 

— “Mi hermano vendrá a por nosotras” — contestó Livia, sentándose en el suelo.

 

“¿Y quién es? ¿El dios Marte reencarnado?”

 

“Lo conoces: Flavio Messio Rufo, tricenarius de los speculatores augustii

 

— “¡Vaya! Sí, lo conozco, y, aunque te puedo asegurar que confío en sus muchas cualidades, creo que en este caso no pueda ayudarnos ni siquiera él”

 

— “Tú eres la sobrina del emperador” — dijo Ifigenia — “seguro que te estarán ya buscando”

 

— “¿Tú crees? Soy sólo su sobrina nieta, y estoy convencida de que en estos momentos la emperatriz Plotina estará haciendo sacrificios en algún templo, dando las gracias por haberse librado de mí”

 

— “Pero yo soy su hija, e Imilce la prometida de su primogénito” — contestó Livia — “es por eso por lo que nos han secuestrado”

 

— “Veo que estás tan cuerda como la vieja que vaga por los pasillos de la domus flavia, querida”

 

— “Livia tiene razón” — dijo Imilce — “Marco es hijo del emperador, como lo son Rapax y ella. Yo sabía lo de Marco desde hace algún tiempo”

 

Lucrecia soltó una carcajada llena de sarcasmo.

 

— “No me lo puedo creer ¿somos parientes?” Lucrecia  no pudo evitar reír, a pesar de las circunstancias.

 

— “Nosotras dos en tercer grado. Tenemos un bisabuelo en común” dijo Livia.  

 

— “Todo queda en familia…” — respondió Lucrecia en voz baja – “Entonces, visto lo visto, Ifigenia, es probable que efectivamente nos estén buscando. Aunque otra cosa es que nos encuentren. Tienes razón Livia, es por eso por lo que nos han capturado: estamos haciendo de cebo para nuestros hombres. Querida, perdona pero no nos hemos presentado como es debido: soy la futura mujer de tu hermano Flavio”

 

— “Tenéis en común la sangre fría. ¿Cómo puedes estar tan tranquila?”

 

— “Te puedo asegurar que no lo estoy, Livia. Lo que tengo es mucha experiencia en fingir mis sentimientos”

 

Livia recordaba esta conversación, mientras acunaba a Iulo, e Imilce apoyaba la cabeza en su hombro. Le gustaba la hispánica, habló con ella durante la última cena que hicieron todos juntos ¿era posible que fuese sólo ayer? Aquella cena en la que su piel no hacía más que recordarle lo que había vivido con Quinto, pocas horas antes.

 

Se dejó llevar una vez más por los recuerdos, y volvió a aquella mañana, en casa de Ifigenia: estaba dando el desayuno a Iulo, y oyó voces provenir de la puerta. Ifigenia y su esclava iban al teatro y estaban saludando a alguien.

 

— “¡Hola Quinto!” – dijo Iulo.

— “Buenos días” — Livia se giró y sonrió. Como la mañana anterior, la jornada empezaba con una visita del pretoriano.

“Escoge una mano” — le dijo al niño, tendiendo sus puños delante de él. Iulo fue a tocar la mano derecha, pero Quinto negaba con la cabeza mientras movía la izquierda. El niño entendió el mensaje y la señaló con un dedo.

“¡Ésta!”

Quinto abrió la mano. Dentro de ella tenía un águila tallada en un trozo de madera de olivo.

— “¡Muy bien hecho! Has encontrado el águila de nuestra legión. La tienes que custodiar con tu vida, eres el aquilifer[2]. ¿Sabes cuál es nuestra legión, verdad?”

— “¡La IX Hispana!”

— “¡Exacto! Y ahora tienes que descansar, para ponerte bueno del todo. El aquilifer tiene que estar siempre en forma, lleva el estandarte con el águila, es el soldado más importante de la legión”

Quinto arropó al niño, que tenía el águila de madera aferrada en su pequeño puño.

“¿Sabes tallar la madera?” — le preguntó Livia cuando pasaron al triclinio. Era un día soleado, y la luz iluminaba la estancia.

— “Los turnos de guardia en la frontera pueden ser interminables y yo duermo muy poco. Mientras mi compañero estaba de guardia, yo tallaba”

— “¿Qué vas a hacer hoy?”

— “Pues, lo mismo que ayer, intentar matar el tiempo hasta que no te vea en la cena” — sonrió. — “Pausanias insiste en que no deje el servicio. No sé qué hacer, Livia. No sé si podré volver a ser un soldado nunca… Además, según fuentes fiables, la competencia en el gremio de los pastores de ovejas es despiadada. De todas maneras, no tengo que tomar una decisión enseguida, tenemos que esperar. ¿Y tú qué haces cuando te dejo sola?”

— “Cuido a Iulo, hablo con Ifigenia. Cuando vuelve del teatro tiene una cantidad interminable de cotilleos e historias increíbles que contarme”

Se quedaron callados un buen rato. Quinto se puso muy serio, como si estuviese tomando una decisión importante. Inspiró con fuerza; se acercó a ella, y le acarició el rostro.

— “Dioses, eres tan hermosa que me duele mirarte…”

Livia bajó la mirada. Él se acercó más, y la besó. Dulcemente, suavemente. Ella respondió a sus besos.

— “Si quieres que me pare dímelo ahora, porque dentro de un instante ya no podré resistir más…”

— “No, sigue, te lo ruego”

Quinto la cogió entre los brazos, y la llevó a su cubículo. Ella le quitó el parche, y besó con dulzura la cuenca vacía. Él la desnudó poco a poco, y besó con idéntica ternura la cicatriz que atravesaba su bajo vientre.

Ella no podía creer que aquellas manos fuertes y duras, aquella mano que había observado inerte bajo la luz de la luna en Britania, fuese capaz de tanta delicadeza al tocarla, o acariciarla. Que aquella mano ruda pero al mismo tiempo de piel increíblemente suave al tacto, fuese artífice de tal magia. Y no sólo la mano, sino también sus brazos, su boca, su lengua, su miembro erecto… Sulpicia tenía razón, estar con un hombre podía ser algo realmente maravilloso.

Livia recordaba aquellas caricias, sentada en el suelo de la celda; cerraba con fuerza los ojos, no quería abrirlos, no quería darse cuenta de dónde estaba en realidad, quería seguir perdida en su sueño, en sus recuerdos, en aquello que no sabría si podría volver a vivir nunca.

En esos precisos instantes, el grupo de rescate formado por los hombres de la familia y diez de Lucio Voreno, estaban apostados fuera de la entrada a la gruta. Saturnio los había conducido a través de un bosque, alejándose de la Vía Salaria. A pesar de que estaba anocheciendo, como bien dijo pudo guiarlos sin perder el camino. La intuición del hispánico fue acertada; una decena de hombres estaban acampados delante del ingreso, con dos que hacían la guardia en la puerta.

“Parece ser que estamos igualados en fuerzas” — dijo Marco señalando al grupo de guardia, fuera del ingreso de la gruta — “Aunque no sabemos cuántos puede haber dentro”

— “Saturnio ¿hay otra entrada?” — preguntó Rapax.

— “Creo que sí, una de las veces que me llevaron abajo estaban encerrando a otro esclavo. Habían entrado por el otro extremo del pasillo excavado en la roca. A ambos lados hay celdas, además de los almacenes para las provisiones o el hielo. Pero no sé por dónde se entra, lo siento”

— “¿Recuerdas algo en particular de las personas a las que viste? ¿Te llamó algo la atención?”

— “Ahí abajo está muy oscuro… Puede que me equivoque, pero creo que tenían la cabeza mojada”

— “Puede bastar. Quinto y yo nos encargaremos de encontrar la otra entrada, a fin de cuentas, seguir pistas, rastros y huellas es nuestro trabajo. Esperad aquí, creo que os daréis cuenta de cuándo hemos entrado. Apenas empiecen a distraerse, atacad. Y, recordad, una vez liberadas las mujeres hay que buscar pruebas que incriminen a Graco. Mañana se registrará su domus de Roma, pero puede ocultarlas donde menos lo esperemos, incluso en uno de los almacenes”

— “De acuerdo” — contestó Marco. Dio instrucciones a los demás sobre dónde disponerse; mientras lo hacía, no se dio cuenta de que otro hombre entraba a la gruta.

Rapax y Quinto siguieron la dirección indicada por Saturnio, guardando la distancia suficiente para no ser vistos; después, se acercaron más a las rocas, examinando las plantas y el terreno.

“Creo que ese rastro puede ser un sendero. Además las ramas de los arbustos están dobladas y rotas” — dijo Quinto.

— “Sí, puede ser. Acerquémonos”

El bosque llegaba casi hasta la pared de piedra, y el suelo estaba húmedo. Rapax apoyó la mano en la montaña, cubierta por líquenes y musgo. La humedad le mojaba la mano.

— “Por aquí. Sí, Quinto, es aquí”

Más adelante, cubierta por la maleza, había una reja, cerrada con una cadena y un candado. El agua se deslizaba por la pared de roca, cayendo en espesas gotas. Rapax sacó unas ganzúas de hierro, y empezó a forzar el candado.

— “Señor, cuando todo esto acabe, tengo una cosa que pedirle”

— “Creo que es mejor que lo hagas ahora, quién sabe cómo acabará ‘esto’”

— “Pues… Le pido que me conceda la mano de su hermana”

Rapax soltó el candado por unos momentos y se giró hacia su subalterno.

— “¿Ella está de acuerdo?”

— “Sí”

— “Cuando la vea tengo que preguntarle qué demonios encuentra de atractivo en tu fea cara” — contestó volviendo a dedicarse al candado.

— “Eso es algo que me pregunto yo también, señor”

El candado se abrió con un crujido. Rapax guardó la ganzúa y se giró de nuevo hacia Quinto.

— “Bueno. Siempre si salimos de ésta: si mi hermana quiere algo, yo no tengo valor para negárselo. Creo además que, a partir de ahora, me puedes tutear” — Rapax le ofreció el brazo. — “Y, para terminar, te la mereces. Pocos hombres habrían hecho por ella lo que has hecho tú. Y ahora, aclarado este punto” — abrió la verja con cuidado y extrajo su gladio — “Vamos adentro. Nuestras señoras nos esperan”

Imilce fue la primera en darse cuenta de que alguien se estaba acercando. Cuando se abrió la puerta de la celda, Livia seguía con los ojos cerrados, empecinada en no dejar que la realidad la sacase de sus recuerdos. Ojalá lo hubiese podido hacer; cuando los abrió, lo que vio delante de ella la aterrorizó más de lo que hubiese podido imaginar. En pie, sujetando una antorcha, delante de ella, estaba Drachir. Vestido a la romana, sin sus tatuajes azules en el rostro. Muy desmejorado, más delgado, con el rostro demacrado y profundas ojeras.

“No puede ser” — dijo Livia con la voz rota, llorando desconsolada. — “No puede ser, yo te maté”

— “No lo hiciste. Te informaron mal; imagino que lo hizo tu querido Quinto, para no hacerte sufrir más” — chasqueó la lengua y movió la cabeza. — “Ha empezado bien, contándote una mentira”

— “Déjalas libres, al fin de cuentas soy yo a la que quieres ¿no? Déjalas ir”

— “Lo que les suceda o les deje de suceder no me importa. Tú lo has dicho, quien me interesa eres tú” — dijo Drachir, aferrándola por la muñeca. Livia pataleó y gritó, debatiéndose como una fiera. Sus gritos eran desgarradores, no parecían ni siquiera humanos. De repente, para sorpresa del britano, una de las mujeres en la celda se abalanzó sobre él: Lucrecia le estaba clavando las uñas en el rostro.

Drachir dejó caer la antorcha y se quitó a la mujer de encima, lanzándola de peso contra la pared. Tiró de Livia hacia la puerta; apenas salieron, se oyeron más pasos y gritos. Quinto estaba cargando contra él como un toro, pero Drachir consiguió darle un codazo en el cuello que le quitó la respiración y dio con él en el suelo. Extrajo un gladio y se enfrentó con Rapax, que venía hacia él. El britano le clavó el arma en un costado, y salió corriendo por la misma dirección por la que entraron los pretorianos, cargándo con Livia en el hombro. Quinto se recuperó, y salió tras ellos. Rapax cayó en la puerta de la celda, mientras se escuchaban gritos provenir del otro extremo del pasillo. Marco y los demás estaban atacando a los carceleros.

Rapax levantó la vista, Lucrecia gritó y se acercó donde había caído. Una enorme mancha de sangre oscura se estaba extendiendo en el blanco uniforme.

“¡Quédate! ¡Quédate conmigo, no me dejes sola! ¡Flavio, quédate!” – Lucrecia chillaba fuera de sí. Intentaba detener la hemorragia con la mano, mientras el hombre se estaba desangrando entre sus brazos.

“Lucrecia…” – dijo Rapax, mientras escupía sangre — “Lucrecia… ¿Leíste mi carta?”

“Sí, amor mío. Calla, no hables…”

“Tengo que saber… saber, antes de…” — tosió — “tu respuesta… a mi oferta…”

Lucrecia tuvo que agacharse hasta apoyar el oído cerca de su boca, el ruido de la lucha sin cuartel que se estaba desencadenando en aquella gruta no le dejaba entender qué le estaba diciendo Rapax.

“Sabes que no puede ser más que una. Sí. Aunque sea sólo por ver la cara de Plotina”

Él rió, pero también tosió y escupió. Cuando cerró los ojos la sonrisa no se había borrado de su rostro.

¡Imilce! — Marco entró jadeando, empuñando su gladio, chorreando sangre. La hispana se lanzó a sus brazos. Detrás de Marco entraron Saturnio y Krytios.

“¿Palomita estás bien?” – dijo el hispánico abrazando a la actriz.

“¡Saturnio!”   Marco se arrodilló al lado de Rapax. — “Saturnio ¿sabes si hay un médico por aquí?”

“Sí, son tantos los esclavos que trabajan en los campos que hay uno fijo, aunque lo mismo vale para enderezar un hueso que para hacer parir a una vaca”

“¡Ve a por él! Que Krytios y varios hombres vayan contigo ¡traedlo aquí aunque sea arrastrándolo ¿entendido? ¡Corre!” le dijo Marco.

— “Ifigenia, acerca la antorcha por favor, quiero ver bien su herida” — ordenó Marco mientras rasgaba el uniforme de Rapax. Con un retal del mismo, limpió como pudo los bordes. El tajo era profundo, y seguía manando la sangre. Separó los lados de la herida con las manos. — “Creo que los intestinos están enteros, pero hay que intentar detener la hemorragia, hasta que llegue el médico. Ven, Imilce, tus manos son más pequeñas” — Cogió una de las manos de la mujer y la introdujo en la herida. — “Ahora aprieta, fuerte”

Rapax emitió un lamento, mientras Lucrecia le enjugaba el sudor de la frente.

— “Esperemos que llegue ayuda cuanto antes” — Marco apoyó una mano en el hombro de Rapax“Resiste, hermano. Imilce, voy tras ellos”

— “¡Marco!”  gritó Imilce.

Éste recorrió el pasillo de piedra, tanteando la pared en la oscuridad. Al llegar al exterior se mojó las manos en el agua que caía sobre las rocas, y se las limpió en su túnica. La sangre de su hermano se las había dejado pegajosas y no habría podido empuñar el gladio. Recorrió pocos pasos, y escuchó el sonido inconfundible de dos armas entrechocando entre sí. Drachir y Quinto mantenían una lucha feroz; el britano acababa de derribar a Quinto con un golpe dado con la empuñadura de su gladio y un rodillazo. El pretoriano había retrocedido, y cuando Drachir iba a golpearlo, Marco interpuso su arma. El britano intentaba golpear a Marco, pero éste paraba todos los hendientes, aunque tenía que retroceder por el ímpetu del ataque. Quinto se recuperó, y lo atacaba a su vez. Livia se dio cuenta de que Drachir se estaba cansando; además de tener que vérselas con dos atacantes, parecía obvio no se había recuperado de las graves heridas que le provocó en Britania. De hecho, fue más lento en una de las respuestas a Quinto, momento que aprovechó Marco para clavarle el arma en el mismo punto donde lo había herido Livia.

Drachir cayó al suelo, y levantó los brazos.

— “¿A qué esperas, Quinto Terencio? Lo estás deseando ¿no?”

Quinto se acercó muy despacio. Marco apuntaba su gladio al pecho del britano, atento por si se levantaba de nuevo. El pretoriano blandía su arma con las dos manos.

— “No te mereces el final que te voy a dar. No te mereces morir tan rápido” — dijo mientras alzaba el gladio y lo bajaba con fuerza, cercenando casi por completo el cuello del hombre.

“¡Quinto!” — Livia y él se abrazaron.

Deshicieron el camino que habían hecho y regresaron a la gruta. El médico acababa de llegar y se estaban llevando a Rapax al ingreso de la misma, donde había más espacio. Lo colocaron sobre una mesa y el galeno empezó la delicada operación, bajo la atenta mirada de Krytios, que le había advertido que si el enfermo fallecía, él lo seguiría acto seguido al Averno.

“Imilce, no podemos hacer más que esperar. Ven conmigo a echar un vistazo a los almacenes” dijo Marco.

Cogieron una antorcha, y entraron en el primero de los almacenes. Se trataba de una enorme cavidad excavada en la roca, donde estaban apiladas centenares de ánforas. Marco recorrió la estancia, iluminándolas con el hacha de luz.

“Ánforas de aceite. Parece ser que es de la cosecha de este año” — una tras otra las ánforas desfilaban delante de sus ojos, firmes como soldados disciplinados. Todas eran iguales, con unos letreros impresos en los cuellos de las mismas, los tituli picti, con el signo de Graco y otros datos impresos en ellas. Ese aceite se distribuiría después a la ciudad, e incluso en otras partes del imperio.

Marco e Imilce llegaron al fondo de la caverna; mientras regresaban, él se detuvo de repente.

“¿Qué sucede Marco?” —  le preguntó Imilce, que no se había separado de su lado.

“Todas las ánforas eran iguales ¿verdad?”

— “Sí, creo que sí”

— “No… hay algo que no me cuadra, estoy seguro” — volvieron sobre sus pasos, caminando más despacio, iluminando una a una las tres filas verticales de ánforas.

“¡Ésa, Marco! ¡Ésa!” — Imilce señaló una colocada en lo más alto, tercera fila. No estaba en perfecta posición vertical, encajada la base en la fila inferior, sino que estaba un poco ladeada, y la forma era diferente.

— “¡Es verdad! No tiene un sello, sino algo escrito… ¿Puedes leerlo?

“Súbeme a tus hombros, Marco” – No perdió tiempo en seguir las instrucciones de Imilce. La colocó sobre sus hombros, ligera como si fuese un niño — “PATRI PROV BAETICAE”

“¡La Bética! ¡Viene de Hispania! ¿Puedes cogerla?”

“No llego”

“Espera, hay una escalera apoyada en la pared del fondo” Marco la bajó de sus hombros, aferró la escalera y la apoyó en la pila de ánforas. — “Sube, yo la sujeto”

“Ya está…. Pesa muy poco, Marco ¡ya la tengo!”

Depositaron el ánfora en el suelo, y quitaron el tapón de corcho que la sellaba. Llegó hasta sus narices un fuerte olor a pescado, probablemente ese recipiente fue usado durante un tiempo para transportar garum[3]. Marcó volcó el contenido de la misma, de ella salieron varios tubos de cuero. Abrió uno de ellos, contenía papiros enrollados. Había más objetos dentro del ánfora, pero no salían por la apertura. Marco no perdió más tiempo, y rompió la vasija con la empuñadura de su gladio: más tubos, tablillas de madera y documentos se desparramaron por el suelo. Empezó a leerlos a la luz de las antorchas; estuvo callado mucho rato, se oía sólo el crepitar de la antorcha, voces y algunos gritos a lo lejos.

“No me lo puedo creer. Toda nuestra vida está en estos documentos… Declaraciones de esclavos en Itálica sobre mi nacimiento… Lo que sucedió con Krytios y las máscaras, quien escribe se lamenta del trato de favor que recibí… Ésta es una carta de… ¡De Trajano a mi madre! Aquí alguien jura que yo soy su hijo… Los informes que mandaba Rapax a Graco cuando me buscaba en Grecia. Cartas de Antioquía… ¡Ésta es del marido de Livia, aceptando la propuesta del senador a cambio de una cantidad considerable de dinero!  Hay incluso una carta del rey Osroes de Partia, aceptando un pacto de mutua no-agresión cuando Graco fuese emperador. Estas son listas con nombres de senadores comprados por Graco, y la cantidad de dinero que les ha dado, con la promesa de restitución p.o.T, o sea… post obitum Traianii ¡Tras la muerte de Trajano! Con todas estas pruebas ni Cicerón en persona sería capaz de lograr la absolución del senador Graco. Tenemos la confirmación de su sentencia de muerte en nuestras manos”

“¿Esto quiere decir que todo ha terminado? ¿Que viviremos finalmente en paz?”

“Eso espero… Eso espero…”

Recogieron los documentos y salieron abrazados de aquella caverna; cuando llegaron al ingreso, se detuvieron al oír un grito desgarrador. Era de Lucrecia.

 

Calendae Maias. Annus DCCCLIX a.u.c.

Seis meses después. Primero de Mayo. Año 106 d.c.    

Marco entró en la domus, ajustándose la blanca toga. Aún no se había acostumbrado a llevarla, y tenía siempre la sensación de que se le caería por un lado y acabaría tropezando en ella y haciendo el ridículo. Por fortuna no sucedió aquella mañana, justo cuando estaba hablando con sus primeros clientes[4] en el foro, dándoles cita para el día siguiente. No tenía intención de presentarse a ningún cargo, pero necesitaba apoyo de todos los ciudadanos posibles para llevar a cabo algunos proyectos que tenía en mente. La jornada era luminosa y soleada. Al pasar por el peristilo se detuvo un momento a observar el jardín, a aspirar el perfume de las flores y escuchar el trinar de los pájaros. Cuando retomó sus pasos sonrió al ver el mosaico de una de las estancias que daban al peristilo. Fue por ese mosaico que eligió esa domus en particular como su hogar en Itálica. No quería ocupar ninguna de las casas de los ulpios, sino que decidió comprarse una por su cuenta. Afortunadamente, una de las muchas cosas que habían cambiado en los últimos meses era ésa: ahora tenía más dinero del que nunca hubiese soñado poseer. Saludó al búho del mosaico, una de las más de treinta aves que decoraban el suelo, y prosiguió su camino.

Llegó al triclinio; Imilce estaba tumbada en uno de los divanes, y le sonreía. Estaba bellísima, vestida con una túnica y una palla tan blancas como el lino de su toga, y llevaba el pelo recogido con una diadema. En esos momentos Marco tuvo la extraña sensación de haber ya vivido ese momento. En efecto, sin apartar la vista de su esposa sabía que Lucrecia estaba sentada en el triclinio opuesto al de Imilce y que estaba acompañando a un hombre tumbado en él. Y sabía cómo le saludaría su mujer.

“Bienvenido a casa”

Su perplejidad debió dibujarse en su rostro, pues Imilce se sentó, extrañada.

“Marco ¿te encuentras bien?”

“Sí, es sólo…. Una sensación rara, como si hubiese vivido ya este momento. Tú que me dabas la bienvenida, exactamente donde estás, diciendo que esta es mi casa, que yo nací aquí y que hemos vuelto de un largo viaje”

“Querido ¡nosotros hemos vuelto de un largo viaje!” terció Lucrecia — “Es más, bajamos del barco hace quince días y aún me da vueltas la cabeza. No sé cómo lo ha podido soportar Flavio, en sus condiciones”

El hombre tumbado en el triclinio con Lucrecia se giró para saludarle. Era Rapax, aún muy pálido. Pasó dos meses entre la vida y la muerte, y habían llegado a Itálica hacía pocos días; ellos habían comprado la domus al lado opuesto de la suya, en la misma manzana.

“Además, Marco, tú no has nacido en esta casa ¿no?” continuó Rapax. — “Pareces tú el preñado, con presentimientos y otras extrañezas, y no tu mujer”

Marco besó a Imilce, y se tumbó a su lado, abrazándola y acariciándole el vientre, que empezaba a notarse.

Rapax se inclinó hacia la mesa situada entre los divanes y cogió una copa.

“Brindo por el senador Graco, que espera la muerte en la cárcel mamertina… ¡Y por su dinero! No cabe duda de que lo estamos gastando bien”

“¡BRINDO POR ELLO!” exclamó Quinto, que en esos momentos estaba entrando en el triclinio, llevando a Livia del brazo — “Yo le doy las gracias por haberme alejado de mi destino ¡Ser el mejor pastor tuerto de ovejas de todo el imperio!” — todos rieron ante la ocurrencia. “Pero le doy gracias, sobre todo” — continuó — “Por haberme llevado a los brazos de mi mujer” terminó, besando a Livia en el cuello.

“Oh, dioses” dijo Rapax, haciendo una mueca de fingido asco — “¡Te recuerdo que es mi hermana!”

Su antiguo superior le tendió el brazo, y Quinto lo estrechó calurosamente. Marco dejó su sitio a Livia en el diván, y él fue a tumbarse en otro. Livia besó a Imilce y la abrazó. En su día creyó que no volvería a tener una amiga como Sulpicia Lepidina, la mujer del prefecto del campamento de Vindolanda, pero se equivocó. Desde la primera vez que tuvieron ocasión de hablar en Roma, y sobre todo tras la traumática experiencia de su breve secuestro, las dos mujeres se habían vuelto inseparables.

Los tres hijos de Trajano, tras haberse repartido en partes iguales el inmenso patrimonio del senador Graco, que había sido confiscado por ser un traidor y les fue asignado como indemnización, decidieron que reharían su vida en Itálica, en señal de reconocimiento a sus orígenes. Además, así dejaban Roma; ninguno de los presentes echaba de menos la ciudad, sobre todo por los malos recuerdos que les traía.

“¿Puedo ir a la cocina a saludar a Acte?” preguntó Iulo a Livia. El niño había entrado como una estampida en el triclinio.

La presencia de Acte en las cocinas era la prueba viviente de la metamorfosis de Lucrecia. Tras recibir la carta con la propuesta de matrimonio de Rapax, a Imilce le costó entender el cambio de actitud con ella; poco después, la patricia dio una prueba inesperada de valor cuando agredió a Drachir en la celda. Sin embargo, fue durante la larga convalecencia de quien iba a ser su marido, que se convirtió literalmente en otra persona. Imilce y Marco dejaron Roma mucho antes que ellos, apenas se concluyó el proceso contra Graco. Rapax estaba demasiado débil, aún cabía la posibilidad de que no se recuperase del todo, y mucho menos se le podía someter a un viaje de casi veinte días por tierra y mar. Así pues, cuando Lucrecia se dio cuenta de que para Acte separarse de su amiga Imilce le suponía un dolor enorme, Lucrecia simplemente la liberó; a ella y a Syrio, que sabía que era el compañero de la esclava. Y cuando repartieron el patrimonio de Graco, le pidió a su por entonces ya marido, que se le dejase una renta digna a la que sería viuda del senador, Pomponia Rubiria, y a sus dos hijos.

De esta manera, Acte pasó a formar parte del servicio de Imilce. Sin embargo, le pidió a su amiga que la dejase al mando de la cocina, pues no quería ejercer más como sierva personal. Acte la dirigía con la disciplina propia de un centurión, y gozaba preparando las recetas de Apicio[5] e inventando otras nuevas que hacían las delicias de Marco y su familia.

“Iulo, vienes ya de la cocina. ¿Qué te había dicho respecto a las mentiras?” contestó Livia al niño.

“Vale mamá ¿puedo volver a la cocina?”

“Sí… ¡Pero no comas dulces! Vamos a cenar dentro de muy poco”

Imilce le preguntó a Livia desde cuándo el niño la llamaba “mamá”.

“Desde esta mañana. Se levantó y me llamó así. Pero no llama “papá” a Quinto, y está muerto de celos”

“Hablando de hijos ¿Qué noticias hay de los vuestros?” preguntó Quinto.

“Publio está en Judea, en Masada” contestó Lucrecia — “Aprendiendo ‘disciplina’, como la llama mi marido”

“Sabes que le hace falta, Lucrecia” — le contestó éste.

“¿Y Manio?”

“He recibido una carta suya hoy. Ha llegado hace poco a la Germania Superior suspiró Imilce — “Se está adiestrando para entrar en la caballería de la VIII Augusta. Creo que su campamento está muy cerca de donde vive tu amiga Sulpicia, Livia. Me cuesta hacerme a la idea de que lo veré muy poco” terminó Imilce, acariciándose el vientre. Livia le dio un beso en la sien.

“¡Por cierto!” dijo Quinto — “He leído el programa de la próxima temporada de carreras en el circo. ¿Adivinad quién es el auriga más esperado? ¡El mismísimo Krytios de Roma!”

“Entonces la reunión familiar será completa. El greges de Emérita Augusta se exhibirá en el anfiteatro durante un par de meses a partir de Junio. ¡Saturnio e Ifigenia estarán aquí una temporada!” dijo Marco alzando su copa.

Rapax estaba en silencio, absorto en sus pensamientos. Últimamente no dejaba de pensar en las palabras que le dijo la Sibila Albúnea en Tíbur. La sangre de tu sangre con tu sangre salvarás. Él había salvado la vida a su padre, vertiendo la propia. Tu vida que es tu vida más que la vida amarás. Observaba a Lucrecia, que hablaba divertida con los demás. No cabía dudas de que ella representaba todo para él, y que la amaba más que a la propia vida. El hielo quemará. Recordaba perfectamente la mirada azul hielo del hombre que lo hirió mortalmente; lo que más recordaba de esa herida era la punzada ardiente de la hoja de metal atravesando su cuerpo. Creía que estaba muriendo, y efectivamente así fue durante dos largos meses de agonía, hasta que de aquel final nació algo nuevo, la Sibila dijo “El final será el principio”. De hecho así fue, de aquella falsa muerte nació un nuevo inicio, cuyo destino…

“Marco ¿dónde está Tartessos? ¿Existe?”

“Flavio, estamos en Tartessos. Los griegos llamaban así a esta zona de la Hispania, que, según sus historiadores, fue la cuna de la primera civilización que nació en Occidente. ¿Por qué lo preguntas?” preguntó Marco, extrañado.

Rapax contó a los presentes qué le dijo la Sibila en Tibur. Todos se quedaron callados, reflexionando sobre la increíble sucesión de hechos que los había unido y los llevó hasta aquella casa. La vida de cada uno de ellos había sufrido un giro inesperado en los últimos meses. Marco, que tras el largo período de aislamiento en las montañas había adquirido el hábito de reflexionar sobre todo lo que le sucedía, había pensado en más de una ocasión en la serie infinita de coincidencias y azares que habían marcado su vida. Su historia podría haber sido muy diferente, a partir de aquella mañana en la que decidió en el último momento ir al coliseo y no a las termas. Quién sabe la de cosas que no habría sido capaz de encontrar en su camino, empezando por Imilce y Manio. Tampoco existiría la criatura que empezaba a tomar forma en el vientre de su esposa. O quizás todo empezó a ser diferente aquella noche cuando, preocupado, pasó a ver a Imilce y evitó que aquel patricio borracho abusase de ella. Quién sabe cuántos y cuáles eran los mecanismos que creaban la historia de cada uno de ellos, o la propia historia. Quién sabe, si aquella tarde del mes de julio hubiese ido a las termas en lugar de al coliseo, cómo habría cambiado la historia de Marco Fulvio Aquila.


EPÍLOGO

El triunfo de Trajano

DCCCLX a.u.c. – 107 d.c.

 

Marcio Ulpio Trajano se tocaba nervioso las muñequeras de bronce, y se ajustaba por enésima vez la cinta púrpura que ceñía su coraza. A través de la ventana le llegaba el eco sordo de la masa de gente que, desde primeras horas de la mañana, se agolpaba en el foro, y había ocupado los lugares con mejor vista en la Via Sacra. El día del triunfo había llegado; desfilaría delante de toda la ciudad, exhibiendo el tesoro de Decébalo. Dacia había caído; sobre las ruinas de Sarmizegetusa se estaba alzando una nueva ciudad, la Colonia Ulpia Traiana Augusta Dácica Sarmizegetusa, y la misma Roma estaba cambiando, gracias a él y al oro de Decébalo. En su estudio se amontonaban los planos de los nuevos proyectos que había encargado a su arquitecto, Apolodoro de Damasco: un nuevo foro, que sería el más grande de todos, que incluiría una plaza porticada, una nueva biblioteca, una basílica, un mercado y una espectacular columna conmemorativa de las dos campañas dácicas. El arquitecto había previsto demoler parte de la colina del Quirinal para construir el foro, y algunos edificios ya existentes serían derrocados. Entre ellos la lujosa domus del ex senador Graco, lo cual no dejaba de proporcionarle un inmenso placer al emperador.

Sin embargo, la obra que esperaba ver con más ansia era el puerto nuevo y las obras de encauzamiento del Tíber. En efecto, le quedaba aún mucho trabajo por hacer; el futuro del imperio estaba en Oriente, lo cual significaba conquistar Partia.

El emperador no estaba nervioso por el inminente desfile, sino por las personas que estaba esperando en esos momentos. Quería compartir el triunfo con ellos, aunque lo tuviese que hacer de aquella manera clandestina.

Se abrió una pequeña puerta lateral, que normalmente quedaba escondida tras una cortina. Era una entrada discreta a su estudio privado, lejos de miradas indiscretas.

“César, están aquí” — dijo Aulo Liviano, el prefecto de los pretorianos.

— “Házlos pasar, Aulo. Espera fuera, te llamaré cuando hayamos terminado”

Tres personas entraron en el estudio. Trajano les hizo una señal para que se acercasen donde él se encontraba.

“Hija mía” Livia se aproximó a su padre. Era la primera vez que lo veía o, para ser exactos, la primera vez que podía recordar haberlo visto. Todos los habitantes del imperio estaban familiarizados con la fisonomía del emperador; ella pudo comprobar que había algo en él que las esculturas no podían transmitir. Una personalidad capaz de conectar con su interlocutor, una característica que era peculiar en la familia, pues la poseían también sus dos hermanos, a pesar de que ninguno de ellos se parecía a su padre. — “El buen Pausanias tiene razón: eres idéntica a tu madre. Debió ser un duro golpe para él verte. No me lo dijo nunca, pero sabía que él también estaba enamorado de ella, sin embargo yo se la arrebaté, fui un egoísta. Pausanias habría sido un excelente marido, le habría dado todo aquello que fui incapaz de darle yo”

La mirada de Trajano se humedeció, mientras acariciaba la mejilla de Livia. Siguió hablando.

“Cómo me asustaste cuando tuviste aquel accidente, hija. Mandé a mi medicus personal; entonces era un legado en la frontera del Reno[6], en Germania. Tenía miedo de que no llegase a tiempo”

“¿Lo mandaste tú?” finalmente Livia logró decir algo — “Me salvaste tú…”

Trajano asintió. Carraspeó y cambió el tono de voz.

“¿Cómo te trata tu marido?”

“De la mejor de las maneras. Además, Flavio le recuerda siempre que me tiene que tratar bien, aunque no hace falta que lo diga. Quinto es el mejor hombre del mundo”

El emperador se dirigió a los tres.

“Me alegro de que viváis todos en Itálica. Es algo que me llena de felicidad. Flavio…”

Tendió el brazo a Rapax, y se abrazaron. Trajano no había olvidado el tiempo que pasaron juntos en Dacia; de sus tres hijos, era el único con el que había convivido en estrecho contacto. Estaba más delgado. Aunque había pasado ya mucho tiempo desde su herida fatal, su cuerpo evidentemente lo recordaba como algo reciente.

“¿Para cuándo está previsto el nacimiento?”

“En otoño”

“Me alegro mucho. Estoy seguro de que en Partia echaré de menos a mi lado hombres como Quinto y como tú” el emperador percibió la mirada inquisitiva de su hijo — “Me llevará años organizar todo como tiene que ser antes de emprender la conquista. Espero que para entonces no caiga en la tentación de llamarte, Flavio. No puedo exponeros más, hijos. El reparto del patrimonio de Graco se ha hecho de manera discreta, y vosotros gozáis de sus rentas sin resultar directamente como beneficiarios de las mismas. Pero, si alguien se pusiese a investigar, llegaría a vosotros. En tal caso, no os renegaría; es algo que me he jurado a mí mismo no hacer. Por eso, todo mi trabajo tiene un único objetivo. ¿La grandeza de Roma? Dejemos que lo piensen así en el senado. Sin embargo, yo intento hacer lo mejor que puedo mi trabajo…” dijo, abriendo los brazos incluyendo los planos de Apolodoro sobre la mesa — “… para algo más que para el bien de Roma. Para el vuestro. Para que nadie vuelva a creerse capaz de poder hacerlo mejor que yo, y caiga en la tentación de eliminar mi estirpe. Aunque no lo creáis, os quiero demasiado como para poneros este peso sobre vuestros hombros” terminó, apoyando las manos sobre los hombros de Marco y Rapax.

Trajano miró a Marco. A diferencia de sus hermanos, él pudo vivir una infancia más serena, pero después pagó con creces el precio. Si se tuviera que pesar en una balanza la carga de dolor que habían tenido que soportar sus hijos, probablemente él era quien había pagado el precio más alto.

“Marco, el protector de las artes. Sé que estás haciendo de Itálica el centro de la cultura en Hispania. Pausanias no ha sabido resistir a la tentación de una nueva Academia al estilo de la de Atenas y se ha ido hasta la Bética arrastrando la pierna. Tras años en los que él ha cuidado de ti ahora tienes que hacerlo tú por él. ¿Cómo están Imilce y los niños? ¿Y Manio?”

“Están todos muy bien, gracias. Hemos llamado Marcio a nuestro tercer hijo. Manio está en Germania Superior, forma parte de la caballería de la VIII Augusta”

Se oyó el sonido de las trombas, y el clamor del gentío aumentó. Aulo Liviano dio un par de ligeros golpes a la puerta.

“Lo siento hijos, ha llegado el momento. Lamento que hayáis tenido que hacer un viaje tan largo para esto. Os llevaré conmigo en mi corazón, siempre”

“No tienes por qué disculparte. El viaje ha valido la pena, padre” dijo Livia. A Trajano se le rompió el alma al oírla llamarlo así. Le acarició una mejilla, emocionado.

“Como ya sabéis, Graco será ejecutado al finalizar el triunfo, como manda la tradición. Creedme, lo haría con gusto con mis propias manos, pero es un traidor, y como tal, acabará despeñado por la Roca Tarpeya[7] Rapax reconoció la mirada del emperador cuando pronunció estas palabras, era la misma de la batalla en Dobrugia. — “Cuando pienso hasta dónde pudo llegar…” apoyó una mano en el cuello de Rapax — “… y que cuatro de mis pretorianos secuestraron a Lucrecia y a Imilce dentro de palacio. Liviano se encargó de ellos” dijo, señalando la puerta con un gesto — “Pero es muy duro saber que no te puedes fiar prácticamente de nadie. Muy duro. Por eso os he dicho antes que no quiero poneros este peso sobre los hombros”

Abrazó y besó a sus hijos, uno a uno.

“¡Abre, Aulo!” el prefecto del pretorio abrió la puerta.

Los hijos de Trajano salieron por ella; lo último que vieron, fue a su padre de espaldas, vestido con la coraza de gala, los brazos apoyados sobre la mesa, cabizbajo. La viva imagen de la soledad.

 

La celda de la cárcel mamertina era un lugar frío y húmedo. Graco llevaba año y medio encerrado en aquel agujero. Contando los días gracias a las veces que se abría la reja sobre su cabeza, desde la cual le pasaban con una cesta atada a una cuerda, la cantidad mínima de sustento para que pudiese llegar vivo al día de la ejecución de su sentencia. Hasta el día anterior llevaba aún puestos los restos de la toga que vestía cuando lo detuvieron. Sin embargo, con la comida y el agua, llegó una raída túnica de tejido áspero. Por lo visto, una toga sucia podía valer como vestimenta durante su juicio, pero no para su ejecución. Sabía que lo iban a ajusticiar aquel día. Aunque los carceleros no habían dejado de recordárselo, lo habría sabido él solo, escuchando los sonidos que filtraban por la reja: el murmullo de la masa, el redoblar de los tambores, el sonido de las trombas. Trajano recibía su triunfo. Había asistido como espectador a dos, los de Vespasiano y Tito. Entonces era joven, aunque ya ambicioso, y estaba casi tan delgado como lo era en aquellos momentos. Tras año y medio de reclusión, estaba seco como la mojama, y la piel que colgaba de sus antebrazos era como pergamino viejo.

La reja del techo se abrió de nuevo. Iban a bajar a alguien, pues estaban montando la estructura de madera a la que engancharían la polea que sujetaba la cuerda y el precario asiento formado por un trozo de cuero. Una figura velada bajó a la celda.

“Graco, me has defraudado. Te ordené que acabaras con sus bastardos, y no lo has hecho.”

“Augusta…”

“¡NO ME LLAMES ASÍ! Odio el epíteto, lo sabes. Me hace sentir como lo que soy: una estatua austera, tan decorativa como inútil”

La mujer se acercó. La emperatriz Plotina apartó el velo de la cara, apoyándolo sobre la tiara de cabellos que adornaba su cabeza.

“Tantos años esperando encontrar alguien a quien confiar el pequeño secreto que me contó mi querida suegra Marcia en el lecho de muerte. Años recogiendo información y detalles que donar a alguien capaz de ejecutar mi venganza. Años aguantando la compañía de un hombre que me desprecia… ¿para qué?”

Graco no dijo nada, fiel a su costumbre de no abrir boca cuando no tenía nada que añadir o cuando sabía, como en esos momentos, que ante una mujer llena de rabia no valían las palabras.

“No tienes ni idea de lo que significa que tu noche de bodas tu marido te diga que ha aceptado casarse contigo sólo por la presión de su familia y que no te amará nunca, porque ya se había enamorado dos veces y no había más espacio en su corazón. No tienes idea lo que significa, tras cuidar durante meses de una suegra moribunda, que ésta se ría en tu cara diciéndote que tu marido – que nunca te ha tocado –  ha tenido hijos con otras mujeres. Qué alegría me diste cuando me dijiste que le habías reservado el mismo tratamiento a su bastarda. Pero acabaste entregándola, aunque sin quererlo, a un hombre que la adora. Eres un inútil, Graco”

“Sólo puedo decir en mi defensa que lo intenté. Y hoy pagaré por ello”

Plotina volvió a cubrirse el rostro con el velo, y se acercó bajo la reja.

“¡Que venga!” ordenó.

El asiento desapareció por el agujero, y acto seguido bajó un hombre corpulento, que llevaba un delantal encerado, y algo en la mano. Al llegar al suelo, Graco vio que lo que ese hombre llevaba eran unas tenazas.

“No puedo arriesgarme a que antes de que caigas por la Roca Tarpeya te entre un deseo irrefrenable de irte de este mundo descargando tu conciencia, y diciendo mi nombre. Si tienes algo que decir, hazlo ahora; después te será difícil hacerte entender sin lengua. De todas maneras, este hombre es sordo, no te va a oír por mucho que grites”

Plotina tiró de la cuerda; mientras subía a la superficie, los gritos de Graco se mezclaban con los vítores de la plebe.

 

FIN

[1] Rieti

[2] Portador del estandarte del águila en una legión

[3] Salsa de sabor muy fuerte hecha con tripas de pez puestas a macerar al sol. Hispania producía en grandes cantidades

[4] Protegidos a los que un hombre rico daba todos los días una contribución a cambio de apoyo político

[5] Marco Gavio Apicio, gastrónomo romano del siglo I d.c., autor del libro “De re coquinaria”, gracias al cual han llegado hasta nuestros tiempos muchas recetas de la gastronomía romana

[6] Rhin

[7] Abrupta pendiente junto a la cima sur de la colina capitolina, desde la cual se ejecutaba, desde tiempos de la República, a los traidores, lanzándolos al vacío

 

 

 

 

[1] Sacerdote encargado del culto de Júpiter, uno de los más respetados e influyentes

[2] Deidad oriental, objeto de culto en un templo y un altar cuyos restos han sido descubiertos por los arqueólogos en el interior del campamento de Vindolanda fechado a finales del II siglo d.c.

[3] Línea de este a oeste que trazaba una de las avenidas principales de un campamento romano

[4] Zona entre el viejo curso del Rhin y el río Waal. Actual Nijmegen (Holanda)

[5] Hospital del campamento

[6] caballero

[7] En latín “cogitatus” quiere decir “reflexión, idea”

[8] médico

[9] Licencia definitiva del ejército

[10] París

[11] Calzado romano tipo bota que se ataba con cordones o cintas

[12] túnica

[13] velo

[14] En el 2 de agosto del 216 a.c. En la Apulia, sur de Italia

[15] Silla sin reposabrazos con respaldo ligeramente curvo

[16] Vocación del dios Júpiter relacionada con la lluvia

[17] Padres de la patria. Forma habitual de referirse a los senadores

[18] “¿También tu, Bruto?” Frase que dijo Julio César a uno de sus asesinos, Marco Junio Bruto.

[19] Actual Austria

[20] ¿A quién beneficia?

[21] Una de las tribus fundadoras de Roma

[22] Marsella

[23] Córcega

[24] Compañía teatral

[25] Actual Arles (Francia)

[26] ¡Qué gran artista muere conmigo! – frase que se dice pronunció Nerón al morir.

[27] Región geográfica entre el Danubio y el Mar Negro, en la actualidad entre Rumanía y Bulgaría

[28] Comprende partes de las actuales Rumanía, Bulgaría y Macedonia

[29] Caballería de las legiones. Constaban de ciento veinte miembros por legión

[30] Espada militar más larga que el gladio de un legionario, usada sobre todo por la caballería, pues era ideal para golpear montado a caballo.

[31] Manto de color púrpura que llevaba el general en una batalla

[32] La tercera vigilia duraba desde medianoche hasta las tres de la mañana

[33] Roma tuvo dos diferentes murallas: las servianas, construidas por Servio Tullio y las aurelianas. En la época en la que esta ambientada esta historia las segundas murallas aún no se habían construido

[34] gorrión

[35] Fino utensilio de hierro, usado para escribir

[36] liberación

[37] Iulo o Ascanio era hijo de Eneas, soldado troyano que escapó de la ciudad en llamas con su familia, llegando a la península italiana. De Iulo desciende la gens Iulia, tribu a la que pertenecía Julio César

[38] Rieti

[39] Portador del estandarte del águila en una legión

[40] Salsa de sabor muy fuerte hecha con tripas de pez puestas a macerar al sol. Hispania producía en grandes cantidades

[41] Protegidos a los que un hombre rico daba todos los días un contributo a cambio de apoyo político

[42] Marco Gavio Apicio, gastrónomo romano del siglo I d.c., autor del libro “De re coquinaria”, gracias al cual han llegado hasta nuestros tiempos muchas recetas de la gastronomía romana

[43] Rhin

[44] Abrupta pendiente junto a la cima sur de la colina capitolina, desde la cual se ejecutaba, desde tiempos de la República, a los traidores, lanzándolos al vacío

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