Nevio

La madera de las escaleras crujió bajo sus botas. Llegó hasta la cima de la torreta; el soldado de guardia lo afrontó e, instintivamente, se movió hacia él, pero se relajó al reconocer al pretoriano. Aunque ni él ni ninguno de sus camaradas habían visto uno antes, sabían perfectamente qué aspecto tenía un guardia personal del emperador. Y además éste, que había llegado hace unos días al fuerte, tenía que ser alguien importante, ya que gozaba de acceso ilimitado a cualquier estancia del campamento, incluído el principia en el que se conservaban los estandartes y el dinero.

“¡Señor!” – dijo el soldado, cuadrándose. “Soldado” – replicó el pretoriano al pasar junto al guardia, reconociendo su mirada aunque la noche fuese cerrada y la única fuente de luz unas antorchas dentro del fuerte, varios metros por debajo de ellos. La mayor parte de los soldados auxiliares con los que se había encontrado durante su visita a las guarniciones del norte de Britania envidiaban su posición; otros lo despreciaban, ya que estaban convencidos de que los pretorianos eran un hatajo de privilegiados, vagos y avariciosos, dispuestos a venderse al mejor postor apenas un general ambicioso quisiese comprarse el trono. Pero de vez en cuando, Nevio Varo, el pretoriano, se encontraba con una mirada en la que lucía una chispa especial, la misma que tenía él hace casi dieciocho años, una mirada que quería decir “un día seré uno de vosotros”.

Nevio dirigió su mirada al Norte, inspirando el aire helado mientras se arropaba mejor con su capa azul oscuro. Parecía que la primavera ignorase aquella tierra, aunque estuviesen ya a mitad del mes de abril. Probablemente en Roma los frutales habían florecido; seguro que lo habían hecho ya en el pequeño trozo de tierra que poseía en Hispania. Lo había comprado con el premio que Adriano había otorgado a los pretorianos al subir al trono; se trataba de una tradición, ya que habían pasado muchos años desde la última vez que el cuerpo se vio directamente involucrado en la proclamación de un nuevo emperador. Ésta sería su última misión en nombre de Adriano y de Roma, después se retiraría a su tranquila villa a orillas del Mediterráneo, bañada durante todo el año por la luz del sol. Quizás fuese solo, o no. Sinceramente, nunca le habían importado demasiado las mujeres. Quizás lo hiciese con la graciosa bailarina de Gades[1] con la que dormía cuando estaba en Roma. A pesar de todas sus dudas tenía muy claro qué tipo de mujer no se llevaría nunca, una como la esposa del comandante del fuerte, aburrida y estúpida como una oca. Durante las tres últimas cenas había devorado insaciablemente los últimos cotilleos de la ciudad, preguntado una serie infinita de dudas sobre cual sería la moda entre las damas sofisticadas y tenía una curiosidad ilimitada sobre cómo se peinaba la emperatriz. Debido a que su conocimiento de la materia era escaso, ya que en Roma había frecuentado muchas más mujeres en la Subura que en el Palatino, dibujó un retrato de supuesta elegancia femenina que habría escandalizado a Vibia Sabina, la mujer de Adriano. Aunque la joven Valeria era muy bella, no era desde luego el tipo de mujer que tenía en la mente cual hipotética compañera en su buen retiro. Sonrió al recordar a la chica de pelo rojo que había conocido aquella tarde al volver al fuerte con sus hombres.

Una carreta cargada de toneles se había atascado en el barro, bloqueando la estrecha calle que conducía desde el poblado hasta la puerta sur. Un hombre anciano y gordo estaba sentado en el pescante, azotando un par de enormes bueyes blancos que permanecían inmóviles e indiferentes al chasquido del látigo o a los esfuerzos de una mujer joven que mientras tanto tiraba de ellos. “¿Va para rato?” – preguntó Nevio. “Depende de lo que quieras beber en la cena. Si te quedas ahí pasmado sin ayudarnos beberás agua, pero si quieres vino es mejor que vengas y me eches una mano” – replicó la mujer, que jadeaba por el esfuerzo si molestarse siquiera en levantar la cabeza y saber quien estaba tan ansioso de entrar en el fuerte. El hombre del carro se giró y su rostro palideció al ver al pretoriano. “¡Perdone a mi hija señor!” – dijo el hombre, balbuceando mientras Nevio bajaba de su caballo y se acercaba. Mientras tanto, el centurión al mando de la puerta vio horrorizado cómo el enviado del emperador estaba a punto de empujar un carro atascado en el barro, por lo que llamó a algunos hombres y en pocos instantes las ruedas se liberaron, los bueyes emprendieron su marcha y todos pudieron entrar en el fuerte. “Espero que el vino sea bueno, muchaha” – le dijo a la chica cuando el carro giró a la izquierda para entrar en el almacén de la guarnición. Ella se dio la vuelta y se sonrojó avergonzada al darse cuenta de que el hombre alto con el uniforme azul y el casco adornado con una vistosa cresta roja que caminaba al lado de su caballo blanco, no era uno de los soldados del fuerte.

reconstrucción del parapeto en madera y una torre de reconocimiento en un fuerte romano.

Nevio se despertó de su ensueño. Estaba de pie en una esquina de la torreta norte, pensando en lo que le tendría que hacer el día siguiente y en lo que había dejado atrás. A pesar de lo que pudiesen pensar los auxiliares, su vida como pretoriano no había sido fácil. Se unió al cuerpo el año precedente a la campaña definitiva contra los dacios, entró con el emperador en la capital conquistada, Sarmizegetusa. Le sirvió con lealtad durante trece años, había peleado en bosques frondosos, en la arena hirviente, bajo la lluvia helada y el sol abrasador, para acabar dándose cuenta de que los enemigos más peligrosos se escondían entre las blancas columnas del foro. Estaba con  Trajano cuando murió en Cilicia[2] y fue leído su testamento, en el que adoptaba a Adriano como hijo y heredero. Habían pasado cinco años desde aquel día, y ahora tenía que llevar a cabo esta misión, la última. Adriano quería construir un muro en Britania, que la dividiese de este a oeste, y estaba recogiendo la información necesaria para que tal proyecto pudiese llevarse a cabo. Había que preocuparse de multitud de detalles: el muro lo construirían tres legiones. Casi veinte mil hombres a los que había que dar un alojamiento, alimentar y proveer de material. Había que establecer además contactos con las tribus locales para asegurar la seguridad del emperador, y proponer un trazado definitivo para el muro.

Todo estaba tranquilo, los únicos sonidos que llegaban a sus oidos eran el murmullo del agua que corría en un pequeño valle al este y el castañear de los dientes del soldado que estaba de pie en la esquina opuesta. Suspiró aliviado; él también se estaba helando, provenía de la templada Valentia, en Hispania, mientras que todos los habitantes del fuerte eran originarios de Batavia[3], una tierra situada justo al otro lado del estrecho canal de agua que dividía Britania del continente. También hizo mucho frío esa mañana, cuando cabalgó con sus hombres hacia el norte para explorar el territorio. El sol se estaba alzando sobre la niebla, en un amplio valle, y no lograba distinguir la cima de la colina por la que estaban subiendo. Azuzó a su caballo, que casi resbaló debido al terreno helado; cuando finalmente logró llegar a la cima perdió el aliento. Una cadena de altas colinas, extendiéndose de este a oeste, se asomaba sobre un horizonte infinito de niebla. Las montañas parecían proas de galeras rompiendo un mar blanquecino. A medida que la luz del sol cobraba fuerza, iba deshilachando la niebla, revelando una vasta llanura de hierba helada y, algunas millas más allá, la espesa linea verde oscura de un bosque infinito.

Niebla rodeando las colinas del Whin Sill – Muro de Adriano

Emitió una sonora carcajada, mientras nubes blancas salían de su boca. “Aquí. El muro pasará por aquí” – dijo mientras movía los brazos abrazando las sinuosas colinas. “Pero sería más fácil construirlo allí abajo” – replicaba uno de los hombres de su compañía señalando el valle a sur por el que habían venido. Nevio replicó: “el emperador quiere algo más que un simple muro. Claudio” – dijo el pretoriano, mirando con entusiasmo a los ojos de su compañero, hablando en voz alta y rotunda – “imagina el efecto que hará a esos bárbaros cubiertos por pieles de oveja y la piel pintada de azul, que viven en chozas fabricadas con estiercol de vaca y paja. El mensaje que queremos que entiendan es sencillo: ‘aquí estamos, venid si os atrevéis’”.

Sí, había mucho trabajo por hacer antes del verano, cuando viniera el emperador. Debería irse a la cama, e intentar dormir. Entró en su habitación, en la residencia del comandante. Tenía un pequeño recibidor con unas baldas de madera en las que apoyar el casco y las armas; al lado de la cama había un brasero encendido. Cerró la puerta y oyó un sonido casi imperceptible, una respiración. Su mano aferró la empuñadura de su espada, pero al oir un ligero tintineo y advertir una sutil fragrancia a bergamoto la soltó, sonriendo mientras se despojaba de las armas y la capa. “¿Qué estás haciendo aquí Valeria?” – dijo, girándose hacia la cama. Vio a la mujer tumbada, desnuda, cubierta sólo por una piel de oso, con sus grandes ojos verdes que recorrían su cuerpo de la cabeza a los pies, con una sonrisa lasciva dibujada en el rostro. Sí, quizás no fuese la mujer más inteligente que hubiese conocido nunca, pero estaba ahí, tentadora. Un regalo de Venus, la diosa del amor, en carne y hueso. Aunque no era un hombre demasiado religioso, pensó que rechazar tal regalo podría considerarse incluso un sacrilegio. Sin lugar a dudas, rechazarla hubiese sido un gesto muy grosero, se dijo a sí mismo mientras se acercaba sonriendo a la cama.

[1] Cádiz

[2] Una zona de la actual Turquía

[3] Una zona entre el viejo curso del Rin y el río Waal, en la actual Nijmegen (Holanda)

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