No temeré tu mirada – Prólogo y epílogo

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Tiziano Vecelio – Pala Pesaro

PROLOGO

_ “¿Me váis a decir ahora quién es?” – Jacopo Pesaro señaló a una de las figuras representadas en el retablo. Tras meses de trabajo el cuadro estaba finalmente terminado, la obra oficialmente entregada a los franciscanos tras una breve ceremonia y una bendición. Normalmente el maestro no se molestaba en entregar la obra en persona, pero esa mañana había hecho una excepción. La iglesia estaba prácticamente vacía, había sólo un par de beatas que estaban sentadas en un banco, desgranando sus rosarios mientras esperaban al confesor.

– “Sí, creo que lo haré” – Tiziano Vecelio se giró para mirar la cara a su interlocutor, monseñor Jacopo Pesaro. Era él quien le había pagado la obra, muy bien y puntualmente, como siempre, y estaba en su derecho. Reconoció, con una pizca de orgullo, que había plasmado a la perfección en el lienzo el rostro de aquel hombre: orgulloso, altanero… y muy rico. Volvió a mirar el cuadro, a la figura que despertaba tanta curiosidad en su mecenas, el soldado que llevaba el estandarte victorioso de los Borgia, y recordó aquella noche, meses atrás. Llovía como sólo podía llover en Venecia, empapando hasta los huesos; al regresar apresuradamente a su casa tras unos asuntos que había tenido que tratar con urgencia, casi tropezó con un hombre que esperaba delante de su puerta. Era alto, estaba tapado con una capa negra con capucha y a juzgar por la cantidad de agua que chorreaba de los pliegues de la misma, llevaba bastante tiempo esperando. El hombre se movió, y pudo ver la empuñadura de la espada que llevaba al cinto; su sirviente estaba a punto de alejarlo de malos modos, pero el pintor lo detuvo con un gesto de la mano, había reconocido el arma, en el mismo momento en el que el extraño dijo con voz ronca. – “Se ha muerto. Por parirle otro hijo… ¡maldito! ¡maldito! ¡Mil veces maldito!”. Tiziano interrumpió al hombre y lo llevó al interior de su casa.

– “¿Entonces? Os lo llevo preguntando desde que me enseñásteis los primeros bocetos… ¿Quién es?” – la voz rotunda de Pesaro retumbaba en la iglesia desierta, haciendo volver a la realidad al pintor.

“Ahora puedo decíroslo, monseñor. Ha vuelto a su patria, Venecia no era un lugar seguro para él; han puesto precio a su cabeza”.

– “¿Quién? ¿El Doge?”

– “No. El Duque de Ferrara”

Jacopo Pesaro se giró de repente, sorprendido. Tiziano siguió hablando.

– “Lo conocí hace años, y lo volví a ver hace unos meses. Es inglés”

– “¿Y con qué derecho un inglés lleva el estandarte de los Borgia?” – monseñor Pesaro no era un eclesiástico común; dentro de sus venas corría más la sangre del guerrero que la del religioso, y además de orgulloso era leal. Fue Alejandro VI, el papa Borgia, quien le entregó una escuadrilla de galeras para luchar contra los turcos, y los derrotó. Cuando el catalán murió fué de los pocos que no lo renegó e incluso se hizo retratar con él en otro cuadro que encargó a Tiziano.

– “Creédme, monseñor, con todo el derecho. Venid conmigo, os lo contaré tras una buena comida. Aunque creo seréis mi huesped hasta después de cenar, es una larga historia.”

EPILOGO

I hold the world but as the world, Gratiano—

A stage where every man must play a part,

And mine a sad one

(The Merchant of Venice, Act I, scene i)

Tomo el mundo por lo que es, Graciano

Un escenario en el que cada hombre representa un papel,

Siendo el mío uno triste

(El Mercader de Venecia, Acto I, escena i)

 

LONDRES – 1520

John se ajustó el sombrero y se acomodó la capa, mientras echaba una mirada distraída al cielo gris al salir de la casa de Yehuda Menda, el judío. Si algo no había echado de menos durante las tres décadas que pasó lejos de su país natal, era, sin lugar a dudas, el clima. Caminó con paso decidido sobre las tablas de madera que hacían las veces de pasarela y que usaban todos aquellos que no querían mancharse las botas. Había dejado de llover hacía sólo un par de horas, y las estrechas calles se habían convertido en un barrizal; normalmente no le habría importado mancharse, pero lo sentía por el zagal que aquella mañana le había lustrado las botas a la perfección a cambio de una moneda.

El judío le había dado la dirección de un librero cerca de la iglesia de San Bartolomeo; en teoría, el rey Eduardo II había expulsado a los judíos siglos atrás, pero paulatinamente la comunidad se estaba volviendo a formar, gracias a otros que llegaron a Inglaterra expulsados de España y Portugal. Los marranos volvieron a sus viejos quehaceres; no sólo el préstamo con intereses, también había algunos médicos o traductores. César había sido generoso con él, como lo fue con Michelotto, pero a diferencia del sicario, John condujo una vida más frugal, y en los últimos años que pasó en Ferrara su dinero se fue multiplicando, sin que tuviese que preocuparse mucho de él, gracias a la buena labor de un correligionario de Menda, que ejercía su oficio en Venecia. Tenía en su poder cartas de crédito válidas en varios bancos de Europa y el judío le adelantó sin dilación una cantidad más que suficiente para las próximas semanas. No sabía cuánto tiempo se quedaría en Londres, o si volvería al Lancashire, a las tierras de la familia. Por el momento no podía hacerlo. Apartó de su mente el recuerdo fugaz de los años ferrareses, y apretó el paso. Aunque no tenía prisa, San Bartolomeo estaba a una media hora a pie, caminando por una calle en condiciones normales, no en ese barrizal.

No tardó en darse cuenta de que lo estaban siguiendo, y para asegurarse de ello, enfiló las calles menos transitadas, en las que sus perseguidores podían traicionarse por el chapoteo o el crujir de las pasarelas de madera.

Se detuvo un momento para hacer como si se ajustase la capa, y pudo confirmar sus sospechas: lo seguían cuatro hombres, soldados. Sin alabardas, casco o armadura, vestidos de paisano, pero eran soldados, estaba seguro de ello. Había visto demasiados durante su vida como para no reconocerlos. Todos los militares, sobretodo cuando estaban en grupo, tenían algo indefinible en común, una pátina invisible, que los convertía en rebaño o jauría, según las circunstancias. Retomó su camino con la misma calma de antes, y esbozó una sonrisa al ver, poco más allá, a su derecha, una calleja muy estrecha, por la que apenas podían pasar dos personas a la vez. Era justo lo que necesitaba en esos momentos. Quizás, si la suerte lo acompañaba, en una hora estaría a lomos de un caballo, rumbo al norte. Giró a su derecha y entró en la calleja. Se apoyó en la pared de una de las casas, se desembarazó de la capa y respiró hondo. Tomaría a sus perseguidores por sorpresa; aguzó el oído, concentrándose en los pasos de los hombres que lo seguían. Sin lugar a dudas el que iba por delante era el jefe. Cerró los ojos, calculando el espacio que lo separaba del cabecilla. Extrajo con sigilo su espada con la derecha, mientras que la mano izquierda empuñaba la daga que llevaba en la cintura. Un paso más, dos, tres… Se despegó de la pared y alzó el codo izquierdo golpeando con precisión la tráquea del sorprendido perseguidor, mientras que con la espada en su derecha hería al segundo hombre que en esos momentos ocupaba el escaso espacio que su compañero había dejado. Mientras los soldados caían al suelo echó a correr, callejón abajo. Giró a izquierda y luego a la derecha, sin saber muy bien dónde estaba yendo. Estaba en la ciudad  desde hacía sólo un par de días y habían pasado casi treinta años desde su última visita. Llevaba los otros tres hombres pegados a sus talones cuando, al fondo de una calle un poco más ancha, pudo distinguir la blanca fachada y ventanales góticos del ayuntamiento. Debía evitarlo a toda costa, no podía arriesgarse a que aquellos hombres fuesen algo más que unos soldados de fortuna mandados por el Duque; lo último que necesitaba era darse de bruces con un retén de guardias de la ciudad de Londres. Giró de nuevo, y oyó con desánimo cómo sus perseguidores llamaban a los guardias, que cumplieron rápidamente las órdenes a juzgar por el ruido metálico de sus espadas y alabardas. Lo rodearon en pocos momentos, giró sobre sus pasos y se dio cuenta de que era inútil resistir. Alzó los brazos y tiró sus armas al suelo, mientras la gente, curiosa, se asomaba por las ventanas.

El jefe llegó, con el rostro aún rojo por la asfixia, se acercó al capitán de la guardia y le susurró algo enseñándole un pliego que sacó de su jubón, interrumpiéndose cada pocas palabras, mientras escupía grumos de sangre. El capitán se cuadró, ordenó que dos de sus hombres más fornidos lo maniatasen y se lo llevaron sin decir palabra. John los dejó hacer, estaba claro que tal comité de bienvenida a Inglaterra no había sido organizado por el duque de Ferrara, pero no sabía aún si era un bien o un mal.  No preguntó dónde lo llevaban, saldría de dudas en poco tiempo, y así fue. Notó que la humedad aumentaba; estaban caminando al lado de las viejas murallas romanas de la ciudad, sabía dónde terminaban, en la Torre. En efecto, a los pocos minutos pudo distinguir entre la bruma la silueta cuadrada de la fortificación, las murallas defensivas, sus grises sillares. Llevaba en pie centenares de años y sólo una persona se fugó de ella, un tal Ranulph Flambard, allá por el año 1100; escapó por una ventana, bajando con una cuerda hasta el río, como hizo César Borgia en el castillo de Chinchilla. Ambos, Flambard y César, contaron con ayuda del exterior. Fue él mismo quien esperó a César a los pies del castillo español; él, sin embargo, estaba solo. Estaban rodeando la muralla defensiva de la torre, y pensó en cuánto tiempo lo tendrían encerrado; no el quién ni el por qué, su lista de enemigos no era corta. Sabía que tarde o temprano su destino podría llevarlo a una mazmorra, pero no esperaba que fuese allí. Una vez dentro, se dejaría llevar por los recuerdos; se había prohibido hacerlo desde aquellas noches un año atrás en casa del maestro Tiziano, pero ahí dentro… Cerraría los ojos, ignoraría el olor a podredumbre, la humedad y las ratas paseando a sus pies, todo desaparecería, viajaría en el tiempo y volvería una y otra vez a aquella noche, veintiocho años atrás, cuando la vio por primera vez.

—  ¡Camina! Si no quieres que te devuelva el favor — graznó con voz ronca el militar que le tendió la emboscada. Le costó entenderlo, aunque no hacía falta ser muy perspicaz para saber qué le había dicho, pues se había parado mientras estaba perdido en sus pensamientos. Estuvo a punto de detenerse de nuevo, al notar con sorpresa que habían pasado de largo el puente levadizo que llevaba al patio interior de la fortaleza. Se estaban dirigiendo a un embarcadero en el río, donde había una barcaza con seis remeros preparada para zarpar. En el muelle un hombre moreno y enjuto, vestido completamente de negro, caminaba nerviosamente. Se acercó y, al verlos, levantó una ceja y dejó escapar un bufido. El individuo, a pesar de su pequeña estatura y aspecto grácil emanaba una cierta aura de autoridad. Se cruzó de brazos abriendo la capa, dejando al descubierto la cruz escarlata de la orden de Santiago bordada en su jubón.

Habéis perdido un hombre, venís con refuerzos y vos no tenéis buen aspecto, Marlowe. Os lo advertí — dijo el hombre, que hablaba un inglés impecable aunque con un fuerte acento castellano.

Lo tendré en cuenta la próxima vez, señor — respondió el tal Marlowe, pronunciando la última palabra en castellano, exagerando la erre, mientras hacía una burda reverencia y escupía a los pies del español un gargajo sangriento.

Éste ignoró la provocación del inglés y prosiguió en el mismo tono de antes.

Desatadle y haced que suba a bordo.

Lo colocaron en el banco central, entre dos de los remeros. El español se acomodó delante de él, y a una señal suya, la barcaza se alejó del muelle, penetrando en la neblina.

Gracias por desatarme.

— No hay de qué, caballero. Si estáis pensando en saltar por la borda, sois muy libre de hacerlo, pero me han hecho saber que el invierno ha sido particularmente frío, como podréis observar vos mismo por los trozos de hielo que arrastra la corriente que, dicho sea de paso, a esta hora es doble, pues además de la formada por el agua que baja, está la del mar que sube con la marea. Además, quedan lejos los tiempos de Chinchilla y Viana. Permitidme que os recuerde que, a pesar de que estáis en buena forma para tener cuarenta y cinco años, hoy habéis tenido ya vuestra buena dosis de ejercicio físico, por lo que si pensáis daros un baño, calculo que, entre el peso de las ropas, el vuestro, la temperatura gélida de las aguas y las corrientes, tardaréis como mucho unos cinco minutos en ahogaros. 

John se rascaba la barba, sin poder apartar la mirada del hombrecillo de ojos pardos que acababa de pronunciar tal discurso con la indiferencia propia de un funcionario de aduanas mientras controlaba el cargamento de una nave. Miró las aguas marrones mientras un escalofrío le recorría la espalda; la camisa, que se le había empapado de sudor durante la huída, se estaba volviendo rígida y fría como el témpano de hielo que acababa de rozar la barcaza. Cruzó los brazos cerrando el jubón lo más que pudo; perdió el sombrero durante la huida y además sin la capa, abandonada en el callejón, se estaba helando literalmente. Así pues, se resignó a su destino, fuese el que fuese; estaban subiendo el Támesis, por lo que no iban a embarcarlo en una nave de vuelta a Italia. La neblina le impedía saber dónde se encontraban; habían pasado bajo el puente de Londres poco antes, por lo que calculaba que en aquellos momentos estarían a la altura de Blackfriars.

Espero que hayáis resuelto vuestros negocios con el judío de manera satisfactoria — prosiguió el español.

¿Me vais a obsequiar con el acostumbrado discurso sobre el hedor hebreo? — respondió John al notar un cierto desprecio en el hombre al pronunciar la palabra “judío”.

No, no. Cuando se trata de dinero mi opinión es más pragmática; además, ya lo dijo hace siglos un emperador de la antigua Roma…

— … “Pecunia non olet” El dinero no huele. — le interrumpió.

Exacto. Sois un pozo de sorpresas, señor Hawkwood.

— Y vos alguien muy bien informado.

— Es mi trabajo. Y lo hago bien.

— ¿Vuestro nombre?

— Podéis llamarme Villegas, sin títulos, ni dones por delante. Aunque sea caballero — dijo el hombre señalando con orgullo la cruz de Santiago.

John hizo una mueca; españoles, era más sencillo que perdiesen el acento a que aprendiesen la humildad.

¿Puedo preguntaros a dónde nos dirigimos?

— Cierto que podéis, caballero. — respondió Villegas con cortesía, pero sin decir nada más, mientras entrelazaba sus pequeñas manos enfundadas en unos preciosos guantes de piel negra.

Pero no me contestaréis. — John empezaba a encontrar a su interlocutor sinceramente irritante.

Villegas se encogió de hombros, y se giró. La barcaza se estaba aproximando de nuevo a la orilla, el español desembarcó con agilidad, seguido por John. El embarcadero consistía en una larga pasarela de madera que daba a una puerta fortificada. La niebla se estaba abriendo, se podía distinguir detrás de ellos la silueta de un gran edificio. Salieron a su encuentro cuatro guardias, las casacas de sus uniformes, formadas por cuatro rectángulos alternados en rojo y azul, tenían bordados tres leones dorados sobre las partes rojas, y tres flores de lis en las azules. La niebla se abrió un poco más y se podía ver claramente un grandioso edificio en piedra marrón, con centenares de agujas que se levantaban al cielo. Lo habían llevado al palacio real, a Westminster.

John siguió con diligencia a Villegas; dos de los guardias reales los precedían y dos estaban en la retaguardia. Estaba demasiado aturdido como para pensar con claridad, nunca habría imaginado que las garras de Alfonso d’Este pudiesen llegar tan lejos, y tan alto. Se había librado de las mazmorras de la Torre para acabar en las de Westminster; no había palacio sin tales “aposentos”, pero por enésima vez durante aquella jornada, volvió a sorprenderse. No lo estaban llevando a sus entrañas, sino a unas estancias en la parte superior del mismo, con vistas al río. Los guardias los dejaron solos, tras acompañarlos a un pequeño salón amueblado, cálido y acogedor. John agradeció el calor, y se acercó a la chimenea.

Volveré en unos momentos — la voz de Villegas lo trajo de vuelta a la realidad; el hombre salió por una puerta lateral para regresar poco después, destocado y sin la capa, embutido en su apretado jubón negro con la cruz de Santiago bien en vista. Llevaba unos anteojos en la punta de la nariz, y una carpeta de cuero llena a rebosar de papeles debajo del brazo.

Sacó de una arqueta un cepillo de terciopelo y se acercó a John, intentando componerle en lo posible la vestimenta; le metió una falda de la camisa dentro de los greguescos, cepilló con brío el jubón, poniéndose de puntillas para intentar llegar, sin éxito, a los hombros. John le quitó el cepillo de las manos y lo hizo él mismo.

A fe mía, Villegas, que sois el personaje más estrafalario que haya conocido en mi vida.

 Se oyeron pasos del exterior, el español le quitó con la velocidad del rayo el cepillo de las manos y volvió a colocarlo en la arqueta. Se abrió la puerta, por la que entró un guardia con alabarda, golpeó con ella el suelo de madera un par de veces, y con voz potente anunció:

¡Su majestad Catalina de Aragón, reina de Inglaterra!

 John imitó a Villegas, e hizo una profunda reverencia, por lo que lo primero que pudo ver de la hija de los Reyes Católicos fue la punta de unos chapines de terciopelo verde oscuro que asomaban por los bordes de una falda del mismo color.

Acompañaban a la reina varias damas de compañía, que lo observaban divertidas y sin pudor,  cuchicheando entre ellas.

Dejadme a solas con estos caballeros. ¡Fuera! — dijo Catalina alejando a su séquito con un leve gesto de su mano. La reina se sentó en un sillón, y durante unos minutos no pronunció palabra, mientras estudiaba con detenimiento el hombre que tenía delante de ella: alto, fuerte, los cabellos, muy cortos, eran de un calor castaño oscuro, casi rojizo, según como le daba la luz. Llevaba una barba cuidada y sus ojos de un color entre gris y azul. Tenía algunas arrugas alrededor de los ojos y la boca y, a pesar de lo descuidado de la vestimenta su porte era elegante.

Mientras tanto, John también observaba a la soberana. De piel muy clara, ojos azules y cabellos rojizo-dorados; una mujer madura, que conservaba en su aspecto el eco de una juventud en la que había sido lozana y hermosa, pero en la que la vida había hecho mella.

Os estaréis preguntando qué hacéis aquí, señor Hawkwood — la soberana le estaba hablando en castellano, sin molestarse en preguntarle si lo entendía o menos. Villegas tenía razón, hacía bien su trabajo, por lo que estaba seguro de que la mujer que lo estaba interrogando sabía todo de él. La reina siguió hablando, sin esperar respuesta.

Estáis aquí por una serie de casualidades y porque sois una persona afortunada, aunque no lo creais. Don Francisco de Villegas — dijo indicando con un movimiento de la mano al español — se encuentra temporalmente en la ciudad. Es un fiel colaborador de mi sobrino, el emperador Carlos V, que ha tenido la amabilidad de venir a visitarnos. Ahora está con el rey, de caza, y al no tener necesidad de sus servicios he podido disponer de la compañía de Don Francisco, quien me ha contado las últimas noticias de la corte en España y con el que he compartido algunas confidencias. Hace un par de días le puse al corriente de mi correspondencia, y  de cómo sentí la muerte de la Duquesa de de Ferrara, con la que me escribía. Nos unían lejanos lazos de parentela, pues uno de sus hermanos se casó con una prima de mi padre, el rey Fernando. Esa es la primera serie de casualidades. Proseguid, Don Francisco.

 Éste se tiró el borde del jubón, carraspeó y continuó, hablando siempre en castellano.

La segunda serie de casualidades nos lleva a una taberna cerca de la Catedral de San Pablo. Taberna con habitaciones para hospedaje que vos conocéis bien, pues hace dos noches disteis buena cuenta de su bodega. No sé si alguien os ha dicho que tenéis mal beber, y que cuando estais demasiado borracho tenéis una cierta tendencia a hablar más de lo debido.

John tragó saliva, recordando la noche en la que conoció al maestro Tiziano, en una taberna de Venecia de la que dio también buena cuenta de los caldos conservados en sus barricas.

Sí, me lo han dicho — contestó, mirando el suelo.

Por suerte, de los presentes, sólo yo podía entender las poesías en catalán de Ausiàs March, vuestros monólogos en italiano y que el César del cual hablábais era el propietario de la espada que llevábais en la cintura. Vuestra declamación de “La gran dolor” era tan ininteligible que habrá hecho retorcerse en la tumba al escritor valenciano, pero aquella espada, señor mío, es inconfundible. La había visto en el flanco del mismo César Borgia, en Navarra.

— Yo estaba en Navarra con César, y juro que no os he… — John se interrumpió, recordando algo — estuve enfermo con fiebres, no me moví de la cama en dos semanas.

— De todas maneras, aunque mi memoria me hubiese fallado (cosa improbable), bastaba leer el anagrama “CAESAR” repujado en la vaina de cuero para reconocer el arma. Menos mal que la habéis dejado en vuestra habitación antes de salir hoy “de paseo”, hubiese sido una pena que un objeto de tal valor se hubiese…

La reina carraspeó. Villegas captó las intenciones de la soberana, y continuó con su relato.

En resumidas cuentas, consideré que sería oportuno acompañaros a vuestra habitación apenas durmiéseis la cogorza, cosa que sucedió de ahí a muy poco tiempo, para descanso de mis orejas y del espíritu de Ausiàs March. Con la ayuda de dos de mis hombres os dejamos en el lecho y eché un vistazo a vuestros documentos;  de vuelta a palacio consulté mis archivos. Los llevo siempre conmigo  (ventajas de no tener que viajar ligero de equipaje), y llegué a la conclusión de que eráis vos la persona que su majestad — señaló la reina con un gesto de la cabeza — necesita, por lo que dí instrucciones de que os “recogiesen” hoy al salir de vuestra cita con el judío.

— Y ésta es la tercera casualidad, señor Hawkwood — prosiguió la reina — En estos momentos necesito a alguien que haga por mí lo que hace Villegas por mi sobrino, el emperador. Que sea mis ojos, mis oídos, mis brazos. Necesito protección.

— Majestad, sois la reina de Inglaterra ¡yo no soy nadie!

— Soy una mujer sola, una extranjera. El rey se ha cansado de esperar que le dé un hijo varón vivo, y no muerto, se está alejando de mí, emponzoñado por el Cardenal Wolsey. Enrique es más joven que yo, hubo un tiempo en el que me quiso, ahora no siente por mí más que pena; los nobles de la corte lo saben, son como buitres hambrientos de carroña, hablan a mis espaldas, difunden rumores sobre mí, que la falta de un heredero no es más que el fruto de nuestro incestuoso pecado, pues fui la esposa de su difunto hermano. No creen que la hija de Enrique sea tan capaz de gobernar como cualquier hombre, pero lo es. Lleva su sangre en las venas, es la nieta de Isabel de Castilla. María será reina de Inglaterra después de su padre, por mucho que Wolsey desee lo contrario y no haga más que hacer de celestina metiendo jóvenes en su cama esperando el día en el que mi marido encuentre una por la que valga la pena dejarme. Pero necesito ayuda, os necesito a mi lado y María os necesitará cuando me alejen de la corte. Don Francisco me asegura que vos tenéis la capacidad. Habéis logrado sobrevivir a los Borgia, ayudadme para que mi hija cumpla su destino.

 Catalina de Aragón se levantó y ofreció su mano a John, quien se inclinó y la besó.

No me defraudéis, señor Hawkwood. Sé que estuvistéis al lado de Lucrecia hasta el final, y que os amaba. Os dejo con Don Francisco, espero una respuesta.

La reina abrió la puerta y se fue, acompañada por sus damas. John se sentó a su vez en la silla de la que se había levantado la soberana, ciñendo con las manos su cabeza. Tras unos instantes miró a Villegas, que seguía de pie, imperturbable.

— ¿Vos sois el jefe de espías de Carlos V? ¿La reina de Inglaterra quiere que sea yo quien la proteja de las intrigas de la Corte? ¿Cómo? ¿Por dónde empiezo?

— ¿Aceptáis?

— Villegas, como bien ha dicho su majestad, he sobrevivido a los Borgia. Sé perfectamente que tras lo que he oído hoy no me queda más que aceptar o darme un baño en el Támesis. Lejos de la orilla y donde hay más corriente, si es posible.

El jefe de espías abrió el cartapacio que había dejado sobre la mesa y empezó a sacar varios documentos.

Además ¿cómo me voy a presentar en la corte? ¡No soy nadie!

— Os equivocáis, Lord Hawkwood.

— ¿Lord? Villegas, por Dios.

Éste le fue pasando varios documentos.

Lord John Crispin Hawkwood, propietario de varios castillos en el Lancashire y en el Northumberland. Éste es vuestro certificado de hidalguía, con árbol genealógico incluído. ¿No sabíais que sois descendiente directo de un sobrino de Enrique, primer Duque del Northumberland? Pues ahora lo sabéis. Habéis estado prácticamente toda vuestra vida entre Italia y España (el secreto de una buena mentira es aderezarla con unas gotas de verdad) y habéis decidido volver a la corte. Poseéis además un gracioso palacete en la ciudad, puede que hasta lo hayáis visto hoy, está al lado del ayuntamiento.

John cogía los pergaminos que le iba pasando el jefe de espías. Eran las falsificaciones más perfectas que había visto en su vida, los papeles más viejos hasta tenían un ligero tufillo a moho.

— ¿Y los nobles de la corte? ¿Tiene razón la reina, están todos en su contra?

— Digamos que por el momento es mejor empezar por poner de vuestra parte a los enemigos de Wolsey: Suffolk y Norfolk. Aunque temo que su majestad tiene razón y que el rey terminará por alejarla de la corte, no creo que sea algo inmediato, pasarán algunos años. Alejar a la reina es romper con España, y por el momento es un lujo que el Rey Enrique no puede permitirse.

— Villegas ¿cuánto tiempo vais a estar aquí?

— No os preocupéis, al emperador le encanta la caza y quiere mucho a su tía, no tiene mucha prisa en volver a España. Además me ha dado carta blanca, puedo quedarme algún tiempo después de su partida.

John se dirigió hacia una de las ventanas que daban al río. La niebla se había desvanecido del todo, e incluso brillaba el sol. La ciudad parecía otra, osaría decir acogedora. Había vuelto a su patria sin saber muy bien qué iba a hacer en ella, con la esperanza de encontrar un motivo por el que seguir viviendo. La oferta de la reina por lo menos lo tendría ocupado y, no le desagradaba la misión, aunque fuese peligrosa. Quizás pudiese hacer por la princesa María lo que no pudo hacer por Lucrecia; él no logró cambiar el destino de la mujer que había amado en silencio durante toda su vida. No le pudo ahorrar un día de sufrimiento y el precio que pagó ella, que pagaron los dos, por sus escasos momentos de felicidad, fue demasiado alto.

Milord… milord… — no cabía dudas de que Villegas tomaba su trabajo en serio. John tardó unos momentos en darse cuenta de que el español se estaba dirigiendo a él. Por otro lado, hacía bien. Si tenía que interpretar esta farsa probablemente durante lo que le quedaba de vida, lo mejor era entrar en el papel lo antes posible.

Decidme, Villegas.

— Queda algo por contarle. A propósito de la correspondencia entre Lucrecia Borgia, Duquesa de Ferrara, y la reina Catalina de Aragón.

— Tenéis toda mi atención.

— Fue la duquesa quien escribió por primera vez a la reina, rogándole que acogiese en la corte un joven, su primogénito, Giovanni Borgia.

John palideció, y se puso rígido.

Le suplicaba que velase por él, pues no podía seguir viviendo en Ferrara, a causa de los celos del duque y sus hijos. Celos que aumentaron al enterarse que el padre del joven también estaba en la corte ferrarese. Sabéis de quien estoy hablando ¿verdad?

John entendió entonces cual era el motivo que alimentó el odio de Alfonso d’Este. Lucrecia nunca se lo dijo, le hizo saber sólo que era mejor para Giovanni que se marchase de Ferrara, que estaría seguro, aunque se le partiese el corazón por haberlo dejado ir. Ella sabía que el último embarazo le costaría la vida, pero en eso consistía su penitencia, en dejarse embarazar por el duque todas las veces que fuese necesario;  para fortalecer la dinastía, para purgar su pecado. Por su parte, el duque calló hasta el final. Ni siquiera habló la noche en la que Lucrecia murió; no podía gritarle a través de la puerta, sin que lo oyese todo el palacio, que lo odiaba tanto como su bastardo.[1]

Entonces el duque puso precio a mi cabeza porque no soportaba que fuese el padre de Giovanni, y la humillación de estar los tres juntos, bajo su techo. Era por eso… Sin embargo, no huí de Ferrara hasta que Lucrecia murió, no pude hacerlo antes. Me escondía cerca del palacio, conocía un pasadizo secreto que llevaba hasta su habitación; iba a verla todas las noches, estaba ya muy enferma tras haber dado a luz. La última noche llegué apenas a tiempo para que expirase entre mis brazos. Había dejado la puerta atrancada, pero el duque la tiró abajo. Me lancé desde la ventana al foso del castillo. Huí. Me salvé.

De repente pareció darse cuenta de lo que le había dicho Villegas.

— ¿Está aún aquí? Giovanni ¿está aquí?

— Ya lo ha dicho su majestad, milord. En estos momentos estáis en el palacio de Westminster por toda una serie de casualidades, y, además, sois un hombre afortunado.

El funcionario decía estas palabras mientras abría la puerta por la que había entrado y salido antes de la visita de la reina. Entró un hombre joven; era delgado y alto, de piel muy clara, ojos negros y pelo rubio. El vivo retrato de su madre. John sintió un nudo en la garganta; habían pasado dos años desde la última vez que lo había visto. Sonrió. Había encontrado el motivo para seguir viviendo, hacer todo lo que estuviese en su mano para que ese joven se sintiese orgulloso de él.

FIN

Nota histórica

El romance de Enrique VIII con Ana Bolena comenzó en 1525; en 1533 divorció de Catalina de Aragón; ésta fue alejada de la Corte, pero no regresó nunca a España. María Tudor sucedió a su padre tras su muerte, y a ésta la hija de Ana Bolena, Isabel. Giovanni Borgia (1498 – 1548), conocido como el “Infans Romanus”, fue el primogénito de Lucrecia Borgia. La visita de Carlos V a su tía Catalina sucedió realmente, en 1520.

[1]  El primer hijo de Lucrecia Borgia nació entre sus dos primeros matrimonios y, aunque la leyenda negra sostenía que tal hijo era el fruto del incesto con su padre o con su hermano, el padre fue en realidad un paje de la familia, un tal Pere Caldés o Calderón, conocido como Perotto. En mi novela el padre no es obviamente Caldés, sino el protagonista, John Hawkwood. Sucede sin embargo que hacen cargar con el mochuelo a Caldés. César Borgia se encargó muy probablemente de mandar al otro barrio sea Caldés que una criada de Lucrecia, Pantasilea, que conocían la verdad. En la novela el “pecado” al que me refiero en el párrafo es la muerte de Caldés y Pantasilea para encubrir los amores de John y Lucrecia. Por eso unas lineas antes John piensa en el precio que han debido de pagar los dos, el peso de haber sobre la conciencia la muerte de dos personas inocentes por su culpa.