Conocido desconocido

Nighthawks – Edward Hopper

 

Fue por una de esas conversaciones de bar. Se encontró metiendo baza, o fue él quien lo hizo. Habían pasado varios meses y ya no lo tenía claro. Cuando pasa el tiempo se duda de los recuerdos; nunca se está seguro de qué sucedió exactamente en un momento determinado. Ante la duda, te aferras a una versión de los hechos y se da por buena, sin más. Por eso, a esas alturas creía que fue ella quien entró en su conversación, gracias a algo que en ese país pone de acuerdo a desconocidos en pocos instantes: la burocracia y todas aquellas normas y mecanismos que en la cabeza del legislador o el político de turno eran algo genial, pero que puestos en práctica convertían la vida de los sufridos ciudadanos un infierno.

Así pues, ella—hemos quedado en que fue ella quien empezó—hizo partícipe al desconocido de un par de trucos para intentar superar los continuos errores que proporcionaba la nueva herramienta burocrática a la hora de introducir un cierto tipo de datos en el sistema. Consciente, mientras lo hacía, de que se estaba poniendo colorada como un tomate. Pasó a ser algo habitual desde aquel entonces, cada vez que coincidían: la mutua consciencia de que se encontraban en una situación incómoda sin ningún motivo. Aquella mañana, ella salió la primera del bar tras haber pensado unas diez veces mientras pagaba el desayuno si tenía que saludarlo al salir, pero a juzgar por las miradas furtivas que él echaba en su dirección, parecía claro que no era la única que se encontraba en tal dilema. Nunca tuvo todas esas dudas con la joven madre y su bebé: se decían hola y adiós, se saludaban si coincidían en la acera o entrando y saliendo en el bar, a pesar de que nunca compartió con esa mujer ningún truco para engañar al pérfido programa informático: simplemente hizo algunas carantoñas a su hijita. Pero con él no sabía nunca qué hacer. Lo único que compartían era la certeza de que el otro—la otra—estaba igual de incómodo porque había quedado algo pendiente entre ellos. Quizás si aquella primera mañana ambos hubiesen tenido valor para despedirse con un hasta luego, buenos días, esa sensación de y ahora qué no se habría quedado colgando en el aire, como una amenaza, o una promesa.

Por más que analizase la situación con la lógica, no llegaba a conclusión alguna. De acuerdo, era alto y agradable a la vista, podría definirse un hombre atractivo; tenía un cierto aire a un actor americano, Kyle Chandler, el coronel Cathcart de “Catch 22”. Sin embargo, no salía muy bien parado tras una mirada más crítica. Llevaba la ropa un punto demasiado estrecha, calzaba zapatos francamente horribles y encima se ponía gel en el pelo, dejando algún que otro mechón de punta. Probablemente era bastante más joven que ella, pues tenía sólo algún que otro cabello blanco. Los retales de sus conversaciones en el bar no le habían dejado la sensación de que fuese un hombre demasiado inteligente; ni tan siquiera la voz, que para ella era un rasgo que bastaba para convertir un asno en un Adonis, era mínimamente memorable. No se lo imaginaba leyendo un libro ni aunque se lo hubiese encontrado con uno bajo el brazo. Y entonces ¿por qué pasó un mal rato cuando un día estaban los dos delante de la caja para pagar sus consumiciones? ¿Por qué no podía sentir la indiferencia de cuando se sentaba alguien a su lado en el metro?

Quizás porque sabía que el conocido desconocido se encontraba en su misma situación. Lo cual no dejaba de tener su maldita gracia, pues nunca la había visto maquillada, ni hace quince años o veinte kilos, cuando los silbidos de los obreros se activaban automáticamente cada vez que pasaba cerca de un edificio en construcción. Entonces sí que habría un motivo para mirarla de reojo, adoptar una pose de indiferencia muy poco espontánea; había veces que a ella le entraban ganas de recriminarle qué narices encontraba de interesante en su cara ojerosa a las siete y pico de la mañana.

No soportaba más el seguir con la sensación de tener algo pendiente con el desconocido cada vez que se cruzasen por la calle o en el bar. Había que aclarar las cosas lo antes posible: hacer de tripas corazón, mirarle a la cara y soltar a bocajarro un aclaremos las cosas. Con un epílogo variable entre una cara anonadada o acabar dándose el lote en el retrete, como se ve en las películas. Tras unas pocas frases de circunstancia con las que habrían constatado que era inútil negar la evidencia: se gustaban a pesar de todo. La ocasión llegó. Lo vio por la calle, lejos de oídos indiscretos. Aceleró el paso, yendo decidida hacia él, que no se había percatado de su presencia pues estaba escribiendo algo con el móvil. Cuando estuvo a punto de abrir la boca apareció en su mente una imagen, nítida y clara: unos pantalones bajados, el botón de su chaqueta a punto de salirse del ojal, unos horribles calcetines de hilo y un par de zapatos negros, bastante vulgares, pisando las baldosas de un baño.

Ella pasó de largo, fingiendo buscar algo en el bolso.

Pide, que te será dado

La queja más unánime sobre Twitter es que se ha convertido en el templo de la crispación, el mal rollo, los trolls y todo aquello que de negativo puede dar internet. Como todas las generalizaciones, son injustas. Trolls haberlos haylos, pero también hay gente capaz de hacerte pasar un buen rato, y que encima es generosa. El locutor Sergi Carles nos deleita con su buen humor en su cuenta @TodoJingles, nos enseña entresijos de su trabajo, comparte frikismos varios, y además tiene una segunda cuenta, @JinglesPoesia en la que recopila peticiones de locuciones. Tras escuchar en su voz el íncipit de una de mis novelas favoritas de los últimos años, “El guardés del tabaco”, me armé de valor y le pedí que leyese uno de mis textos, Un monólogo sobre Ulises .

Había pasado más de un año, y como yo no soy de quienes van exigiendo cosas gratis, ya ni me acordaba del asunto. Hasta que ayer me llegó un mensaje directo por Twitter con la gran noticia. Aquí está el video.

 

Conversaciones entre ausentes

Grafomanía – ejercicio en latín cursivo

Laura Mínguez ha escrito en Jot Down un bellísimo artículo sobre las cartas (quien quiera leerlo, que acoquine y pague la subscripción, que aún no está disponible gratis) que me ha hecho reflexionar sobre ellas. La abuela cebolleta cascarrabias que hay en mí ha levantado la voz, como siempre y cada vez con más frecuencia, refunfuñando sobre lo que se han perdido los milennials, la emoción de comunicar por carta de papel. Y si a las cartas iba unido un amor de juventud, miel sobre hojuelas. El cartero se volvía una figura mítica, el mensajero de los dioses, anhelado y esperado. Se regresaba a casa de los estudios o el trabajo con prisas, llavero en mano; ya antes de abrir el buzón se escudriñaba por las rendijas para intentar descubrir el objeto del deseo oculto entre las sombras. Si se piensa bien, era un ejercicio bastante estúpido, porque el tiempo pasado bizqueando deseando poseer la visión a infrarrojos de Superman era tiempo robado a la operación mecánica de abrir el buzoncito de marras. El escribir y recibir cartas de papel tenía una vertiente fetichista que jamás lograrán alcanzar los correos electrónicos y los whatsapps. Acariciar con la punta de los dedos ese objeto que a la vez fue acariciado días antes por el amado, el rasguear del bolígrafo o la pluma sobre el papel mientras se escribe, una banda sonora mucho más armónica que el tic tic tic del teclado, que aún con todo es un ejercicio físico incomparablemente más placentero que la escritura en las odiosas pantallas táctiles.

Pero, una vez aparcada la abuela cebolleta y su versión sofisticada, la “old-fashioned snob”, pensándolo bien, la esencia de las “conversaciones entre ausentes”, como define las cartas Laura Mínguez en su artículo, no ha cambiado.

Lo que sí ha cambiado ha sido el tiempo, la velocidad de reacción. Las relaciones epistolares destinadas a sucumbir tardaban más tiempo en morir por el simple hecho de que pasaban semanas entre una misiva y otra; pero entonces, como ahora, existía la función “Block”. Este ejercicio de memoria asociado a las cartas me ha llevado a recordar algo que hice de adolescente; algo de lo que ahora, con la “inútil sabiduría de la vejez”, como diría Tomasi di Lampedusa, me avergüenzo profundamente. En las revistas semanales para jóvenes, entre un truco sobre cómo ocultar el acné y las diez pistas para saber si tu chico te engaña, había una sección de anuncios para “pen friends”. Un día, no sé por qué, escribí a un chico de Madrid que había puesto en su anuncio que veraneaba donde lo hacía yo. No me acuerdo si fue ese el principal motivo por el que lo hice. Él me dio una buena impresión (imagino que porque escribía bien) y a la segunda carta le mandé una foto mía en el apartamento de verano con mi querido perro Black, el pastor alemán. Obviamente, a vuelta de correo él hizo lo propio, me mandó una foto suya con su perro y… desilusión, horror y pavor. Con el paso de los decenios he olvidado sus rasgos, por lo que no sería capaz de jurar que era realmente tan feo como para provocarme tal espanto, pero recuerdo perfectamente ese chihuaha color marrón diarrea de ojillos saltones. Escogí, obviamente, la manera más vil de hacerle saber la impresión que me causó su foto: se la devolví por correo, sin tan siquiera dos líneas y encima con un sobre en el que escribí su nombre y dirección a máquina. Hace falta ser “stronza”. Si creyese en la ley del péndulo, diría que pagué con creces mi ruindad en forma de plantones recibidos por algún que otro rollito de discoteca en sesión de tarde que se desvanecía en la nada y no se presentaba a la cita del “día después”.

Pero retomemos el discurso, una vez dejado atrás el vergonzoso recuerdo. Sea entonces que ahora, bajo forma de papel o de bit, la “esencia de las conversaciones entre ausentes” sigue siendo la descrita por Laura Mínguez. Por no hablar de los sentimientos, igual de intensos que los plasmados en letras, que aletean alrededor de quienes las escriben y las leen: espera, ansia, dudas. Mis estériles ejercicios de escritura incluyen a menudo una carta, o adopto directamente el estilo epistolar (si una es “old fashioned snob” lo es en todos los ámbitos). Las cartas son un caudal inagotable de sentimientos.

Hasta la próxima

Las instrucciones eran claras: tenía que esperar en el bosque a su contacto; este le daría lo necesario para continuar su misión. No era ya más que un enlace, una pieza dentro de un engranaje en el que jugaba un papel prácticamente insignificante. Los tiempos de gloria, cuando se le confiaba un encargo de principio a fin, habían pasado. Eso quedaba ahora para los más jóvenes, los ambiciosos, los inconscientes, o simplemente aquellos que aún no se hacen preguntas. Y ella se las hacía desde hace algún tiempo. Recordaba otros paisajes, otras latitudes: un río que serpenteaba en la selva, envuelta por una humedad que no la dejaba ni siquiera respirar, el aire frío de la estepa cortándole la cara mientras cabalgaba a rienda suelta, aguas turquesas sobre las que, al mando de una nave, perseguía sin descanso a un enemigo que se escabullía entre la niebla. No solo lugares, sino también rostros: la mujer de cabellos morenos recogidos con una horquilla en forma de flecha dorada, el contrabandista corso, con el rostro taraceado con arrugas excavadas por el salitre, el bailarín mundano de sonrisa irresistible.

Cada vez que terminaba un encargo, se decía que lo dejaría estar por un tiempo, que se dedicaría a otras cosas. Sin embargo, acababa cayendo siempre; no podía evitarlo, lo llevaba en la sangre. Durante esas aventuras, su vida no había corrido nunca peligro, por muy audaces que fuesen sus acciones, aunque muchas veces le hicieran perder el sueño. Cuando este, a pesar de todo, llegaba, se volvía a encontrar con los rostros que creyó haber olvidado, y con todo lo que vivió con ellos. Recordaba los saltos de un tejado a otro, en París, cargada con una niña pequeña en sus brazos; o a aquellos cuatro compañeros con los que, con gran sorpresa, volvió a encontrarse veinte años después.

Crujió una rama; se agazapó, ocultándose detrás de unas rocas. Alguien se acercaba; podía distinguir solo una forma negra, pues, mientras estaba sumida en sus recuerdos, había llegado la noche casi sin darse cuenta. Tras identificarse con el santo y seña, el cambio se llevó a cabo sin problemas. Tenía que llegar antes del amanecer al puerto, para entregar el abultado sobre color habano, objeto de la misión. Se preguntaba qué contenía. Documentos, se dijo, sopesando el sobre; de todas maneras, no le dio demasiada importancia. Sus dudas no tenían que ver con el objeto que tuviese que llevar consigo. Sus preguntas eran otras: cuáles eran los mecanismos que ponían en movimiento cada misión, los andamios que la sustentaban, la planificación y el trabajo necesarios para que todo se desarrollase con fluidez.

Por las callejas oscuras que llevaban al puerto no caminaba un alma, ni siquiera los mercaderes habituales de la noche. Había algo que no le cuadraba; aguzó el oído y enderezó el espinazo. Ya había tenido malos presentimientos otras veces, que la sacaron de algún que otro apuro, como en las callejas de Tánger o en las cascadas de Reichenbach.

Todo fue muy rápido: un chasquido, el ruido metálico de un pie chocando inadvertidamente contra una persiana. Empezó a correr antes de comprobar cuántos eran sus perseguidores. Tiró todo aquello que encontró detrás de ella, intentando hacer tropezar a quienes querían darle la caza. Se dio cuenta demasiado tarde de que no había sido una buena idea seguir por el muelle, pues al poco tiempo estaba atrapada entre el agua y los tres tipos que la seguían. Cuando estos empuñaron las pistolas, encajó el sobre en la cintura del pantalón, y se tiró al agua. Era gélida, se hundía cada vez más en el líquido frío y negro, ribeteado por las balas que intentaban alcanzar su cuerpo. Buceó más a fondo, sentía que los pulmones le estallaban; mientras luchaba contra el instinto que la haría respirar, metiendo litros de agua salada en sus pulmones. No podría aguantar mucho más; recordó que tardó mucho menos en salir a flote tras ser lanzada por el acantilado del Castillo de If, sus fuerzas estaban al límite. Le quedaba solo una vía de fuga, el último recurso a su disposición cuando la tensión la atenazaba.

Cerró los ojos y el libro, mientras acariciaba la cubierta. Al abrirlos de nuevo recorrió la mirada por el salón de su casa, ese rincón que elegía siempre para leer, perderse en una nueva aventura con aquellos compañeros de viaje que se convirtieron en sus mejores amigos: Doña Rita, Bertuccio, Max Costa, Jean Valjean, Edmond Dantés… Apoyó satisfecha el libro en la mesilla, hasta la próxima lectura.

La realidad y la ficción

Cada día, cuando encendemos la televisión o el ordenador, las desgracias del resto del mundo caen sobre nuestros platos, y cambiamos de canal cuando no lo soportamos. Estamos rodeados por una violencia virtual que no nos incumbe, ante la cual estamos anestesiados. Por ejemplo, no había hecho demasiado caso a Venezuela que por cierto, terminada la campaña electoral, ha desaparecido y caído prácticamente en el olvido (excepción hecha de un periódico que habló de ella este fin de semana, y, de mal pensada que soy, dudo que lo hiciese por motivos humanitarios y desinteresados). Quienes hemos leído el libro de la escritora venezolana Karina Sainz Borgo, “La hija de la española”, hemos podido leer una historia desgarradora, en la cual la experiencia de la protagonista Adelaida puede resultar, desde nuestro cómodo sillón a este lado del Atlántico, inverosímil o increíble. Sin embargo, hay veces que, por casualidad, se es testigo de cómo desaparece la línea sutil que separa la realidad de la ficción.

Una vez por semana suelo ir con mi marido a tomar un aperitivo en un local tranquilo del pueblo en el que vivo, a unas decenas de kilómetros de Roma. Nos suele atender una chica, a veces con su pareja, otras acompañada por una mujer algo mayor que yo. Soy muy despistada, por lo que no había caído en que la chica del bar no habla un italiano perfecto; fue mi marido quien se dio cuenta y le preguntó el domingo pasado de dónde es. Cuando dijo Venezuela empecé a hablar español con ella y su rostro se iluminó. Bastó poco para hablar de libros y recomendarle la novela de su compatriota Karina Sainz. Ella conocía a la escritora de fama porque es licenciada en periodismo, así que le comenté por encima de qué iba la historia, y cuando ella empezó a asentir, a decir “sí, esas cosas pasan”, fue cuando se empezó a difuminar la barrera entre realidad y ficción. Ella me contó que “su mamá” (pensé enseguida en Adelaida… mi mamá compró la parcela hace mucho tiempo, tiene bonitas vistas) estaba en Venezuela y que quería que viniese a Italia pero que para ella era difícil dejar parientes y amistades. Mientras ella hablaba, me asaltó la misma sensación que tuve cuando leí la novela, la sensación de fragilidad; nosotros afortunados, que vivimos y hemos nacido en este lado del charco, y además, al lado norte del Mediterráneo. Pensé, viendo a esa chica hablar, en nuestra inconsciencia al no apreciar algo que basta muy poco para perder. Todas esas cosas frágiles y bellas que damos por sentado y que no lo son en buena parte del mundo: la libertad, la seguridad, el bienestar.

Así pues, le prometí a la chica que le dejaría mi copia de “La hija de la española” para que se la leyera, además de uno de los títulos de Zafón que acumulé en el periodo de lectura compulsiva de tal autor. Al vivir a solo cinco minutos a pie del bar, fui a casa y se los llevé en seguida. Ella me los agradeció entusiasmada, con la mayor de las sonrisas, y le pregunté si había llegado a ejercer de periodista en Venezuela. Me dijo que no, que había hecho solo algún que otro trabajillo, pero que como con la dictadura no podía contar la verdad… En esos momentos levantó los hombros, resignada. Y noté que algo se me cerraba en la garganta: esa chica alta, risueña, una de esas personas que llevan escrito en la cara que son buena gente, podía ser una de mis sobrinas, podría haber sido yo. Mientras yo vine a este país con su misma edad lo hice con la seguridad de poder volver cuando quisiese al mío, de estar cerca, de contar con que mi país es un lugar tranquilo y pacífico. Nació dentro de mí la necesidad de abrazarla y besarla; cuando lo hice, me di cuenta de que la otra señora del bar me estaba mirando y suspiraba con lágrimas en los ojos, creo, por lo que he visto frecuentando el local, que es su suegra.

No sé por qué, mientras sentía ese nudo en la garganta que cada vez se cerraba más, dije, mirando a la mujer mayor, un instintivo “brava, è una bimba coraggiosa” (es una niña valiente); me deshice del abrazo y salí apresuradamente del bar para no ponerme a llorar delante de los parroquianos.

Si no hubiese sido por el libro de Karina Sainz Borgo, no habría sido capaz de entender qué había detrás de la mirada buena y triste de esa muchacha, y probablemente no me habría salido ese abrazo, esos besos. Un milagro de la literatura.

Confiar y esperar

Los viajes al Castillo de If se me hacen cada vez más cortos. Durante esta cuarta lectura de “El conde de Montecristo”, hasta la paréntesis romana de Luigi Vampa me ha resultado tan breve, que ha sido como volver a uno de esos lugares que de niño parecen enormes y de adulto minúsculos.

Todo en esta novela es excesivo, y todo se le perdona: el número exagerado de páginas, los errores cronológicos, las escenas grandilocuentes, los “¡Oh!” y los “¡Ah!”. Creo que la próxima vez que compre un libro viejo, me haré con una traducción decimonónica, pues Don Arturo Pérez-Reverte me ha puesto las ganas. Si se quiere una edición moderna, esta de Navona es un buen ejemplar, aunque, puestos a ser exquisita, los pocos gazapos que me he encontrado molestan al tratarse de una edición por la que se pagan más de cuarenta euros, un desembolso que requiere un cierto esfuerzo en los tiempos que corren.

Si en la anterior lectura descubrí las virtudes de Maximilien Morrell, en esta me he regodeado en los defectos de Edmond Dantés. Es un personaje que hoy en día difícilmente pasaría indemne por el Sanedrín de las redes sociales; su argucia durante la farsa que es la presentación de los falsos Cavalcanti lo habría convertido en trending topic, para perder la mitad de sus followers al hablar de su esclava Haydée y su siervo Alí. Sin embargo, tras la pérdida de followers y el bloqueo de su cuenta, habría reaccionado a la Rhett Butler, con un “francamente querida, me importa un bledo”. A Dantés le consentimos todo (como a su creador Dumas, por ejemplo, el sostener sin que le tiemble la pluma que la cocina italiana es la peor del mundo); es nuestro niño mimado, el de Dumas y el de nosotros los lectores, o al menos de los que lo amamos, tal y como es, con sus muchísimos defectos. El tratamiento al que somete el buen Maximilien al final del libro se puede clasificar como tortura psicológica. Al conde de Montecristo, a pesar de que su vendetta se ha cumplido, le falta poco para no reunir a Maximilien con su amada Valentine, por el simple hecho de que duda del sufrimiento del joven:

“Ahora bien, ¿y si me equivocase, si este hombre no es lo bastante desgraciado para merecer la felicidad?”

Hay que amar mucho a Edmond para consentirle tal crueldad con el genuinamente perfecto Maximilien Morrell (al cual dediqué esta entrada del blog tras la lectura precedente), sobre todo, tras haberse vengado lo justo de Danglars, justificando su benignidad por las consecuencias de su venganza sobre Villefort. El banquero Danglars fue quien puso en movimiento la maquinaria que sepultó vivo durante catorce años a Edmond Dantés en el Castillo de If; fue él quien escribió la carta que acusaba a Dantés de agente bonapartista, quien emborrachó a Caderousse para acallar su conciencia mientras tejía la trampa, quien convenció a Morcef a presentar la denuncia anónima al procurador del rey Villefort quien, a su vez, difícilmente se habría cruzado en la vida de Dantés si no hubiese sido por Danglars. ¿Y cómo lo paga? Con unos días pasando hambre en las catacumbas de San Sebastián y unas canas prematuras. Él sobrevive con una bolsa con cincuenta mil francos en su poder, mientras que Caderousse muere a manos de Benedetto, Morcef se suicida y Villefort se vuelve loco.

El conde de Montecristo, el Edmond Dantés 14.0, lleva a las últimas consecuencias el ser la mano de la Providencia, y de tanto mencionar a Dios, llega a creer que lo es. El remordimiento por el “daño colateral” representado por la muerte del hijito de Villefort a manos de su madre, la envenenadora Heloise, no deja de parecerme hipócritas lágrimas de cocodrilo. Dumas preparara el camino a la condescendencia, presentando siempre al pequeño Edoard como un niño insoportable y repelente. Cada vez que nos encontramos con él contesta mal a los mayores, tortura animales o desparrama acuarelas, ante la mirada benévola de Montecristo, que sabe (¿no es acaso la mano de Dios?) que su condescendencia es el medio necesario para agradar a su madre, quien hará lo que sea, y envenenará a todo aquel que se ponga entre el camino de su criatura y la herencia de los Saint-Meran e Villefort.

Así pues, sumemos a los conocidos pecados de Edmond Dantés: la soberbia, el cinismo y la crueldad, también la hipocresía. ¿Entonces? ¿Por qué amarlo? Porque es imposible no hacerlo. Si los más despreciables asesinos en el corredor de la muerte puede contar con decenas de fans que harían lo que fuese por ellos ¿no vamos a idolatrar menos a Dantés? ¿Cómo podemos resistirnos al Lord Ruthwen que atrae a todas las miradas en su palco del Teatro Argentina en Roma? Ese al que la condesa G., que conoció a Byron y que como tal lo consideraba experto en vampiros (se había difundido la fama de que el autor de El vampiro no podía ser Polidori, sino él), no duda de que Montecristo es uno de ellos, como lo demuestran

“Esos cabellos negros, esos grandes ojos que brillan como una llama extraña, esa palidez mortal”

Dumas, con pocos trazos de pluma, nos lo describe de forma irresistible cuando se despoja de su disfraz de abate Busoni y revela a Villefort su identidad

“El abate se arrancó la falsa tonsura, sacudió la cabeza y sus largos cabellos negros, no ya comprimidos, le cayeron sobre los hombros y enmarcaron su rostro viril”

Aitor Luna sería, por físico y talento, un Edmond Dantés ideal. Pinchar en la foto para fuente.

La belleza de Dantés no está solo formada por los cánones clásicos de la belleza “alto, esbelto, con unos bonitos ojos negros y unos cabellos de ébano”, sino por la señal que ha dejado en su cuerpo y en su alma catorce años de prisión en el Castillo de If. Esa aura que le hace decir a Franz D’Epinay en la cueva de mil y una noches en la isla de Montecristo “¿Habéis sufrido mucho, señor?”; al preguntarle el conde en qué se nota, éste contesta “En todo. En vuestra voz, en la mirada, en vuestra palidez y hasta en la misma vida que lleváis”. Un sufrimiento que lo ha cambiado tanto como para llevarle a pensar, delante del espejo del barbero de Livorno que “era imposible que su mejor amigo, si es que le quedaba alguno, le reconociera. Ni siquiera él se reconocía”.

La belleza, el sufrimiento, el peso de la injusticia, la inocencia perdida y la venganza; es imposible no sentirse atraídos por tal mezcla. ¿Y el amor? En más de mil doscientas páginas de narración, Edmond Dantés y la bella catalana Mercedes Herrera no comparten más de una veintena; no cabe el romanticismo en la vida del conde de Montecristo mientras no haya justicia. Algo difícil de aceptar por todos aquellos que han llevado la novela de Dumas a la pantalla, inventándose finales felices tan ridículos como los de la serie de televisión con Depardieu; aunque, en este caso, era algo previsible, visto que el único parecido entre el actor francés y el conde, es que los dos son franceses. Morrell y Valentine sono la pareja romántica de la novela, romanticismo como no, exagerado y decimonónico.

Creo recordar que un escritor en una entrevista declaró que uno de los primeros textos que escribió fue una continuación de “El conde de Montecristo”, frustrado por su final, ese “confiar y esperar” que deja en el aire más incógnitas que respuestas. Somos nosotros los lectores quienes con nuestra imaginación, espoleada por la pluma de Dumas, imaginamos que pasará cuando esa “vela blanca, grande como el ala de una gaviota”, desaparezca del todo, engullida por el azul del mar Mediterráneo.

Isla de Montecristo

Los libros

Cuando empecé a salir e ir a discotecas, en el siglo pasado, resonaban aún los ecos de una canción en la cual la cantante decía muy convencida que la noche anterior un pincha-discos (maravillosa palabra), le había salvado la vida con una canción.

No sé si quedan rastros en mí de aquella adolescente prematuramente alta, soñadora—sí, creo que de eso queda bastante—e insegura que bailaba la canción del pincha-discos y la mujer que le debe la vida, pero sí que puedo asegurar es que en esta fase de la mía, los libros me están, de alguna manera, salvando. Me aferro a ellos como debió hacerlo un soldado de Marco Antonio a los restos de su nave que se hundía mientras su general perseguía a Cleopatra huyendo del golfo de Actium. El ejemplo es quizás excesivamente dramático, reconozco que hay algo en mí de las drama queen, pero creo que las cosas hay que llamarlas por su nombre, y este 2018 para mí puede definirse, sin lugar a dudas, como un año de mierda. Temí la llegada de mi cumpleaños, que pasó sin pena ni gloria, en medio de la completa indiferencia a excepción de pocos y apreciados casos. Una sugerencia: si quien me lee quiere desaparecer del mundo, basta borrar su cuenta de Facebook. Así pues, me acercaba a mi cuadragésimo octavo cumpleaños preguntándome qué había hecho yo con los granos (¿de mostaza?) que según la Biblia el Señor había puesto en mi zurrón. Al intentar contestar a tal dilema me preguntaba si era posible pasar a la siguiente. En todas las casillas—excepción hecha de la salud, lo cual me parece algo obvio, si tuviese problemas con mi cuerpo no estaría escribiendo esto, pues estas pajas mentales se desvanecerían como por arte de magia—que se usan normalmente para definir el nivel de satisfacción de un ciudadano occidental medio, podría contestar con un “existe un amplio margen para la mejoría”. Incluso aquella parte de mi vida que imaginaba sólida, se ha revelado sujeta por ligeras puntadas en hilo de hilvanar, mientras yo creía que estaban firmemente cosidas con vainica doble. En este caso, el dicho “no hay peor ciego que el que no quiere ver” parece hecho ex-profeso para quien escribe. Para rematar la faena, el asunto de las letras por el momento no me está llevando a ninguna parte; dejo muy satisfechas, eso sí, a mis dos fieles lectoras. Además, me he ganado durante estos meses halagos por parte de alguien que maneja la pluma como pocos, aunque desgraciadamente sea desconocido para muchos.

Como decía antes, en este momento digamos “peculiar” de mi vida, en este 2018 color gris rata, las lecturas representan algo más que un mero pasatiempo. Me pierdo entre las líneas impresas, me quedo sin aliento delante de la maestría de mi adorado Joseph Conrad. He vuelto a leer Victory, en una preciosa primera edición de los años cincuenta, que ha llegado a mis manos atravesando el tiempo y buena parte del continente europeo. He leído por primera vez Chance, The Golden Arrow y The Secret Sharer (me pregunto si soy la única que encuentra tal relato impregnado de homosexualidad reprimida). ¿Existe algún nombre de heroína más perfecto que Flora de Barral?

He perdido la noción del tiempo con las excelentes novelas policíacas de Luis Roso, y de mano de Inés Plana he visto y sufrido, como si estuviese a su lado, con el teniente Tresser mientras se enfrentaba a sus fantasmas. Los maestros me han ofrecido lecciones magistrales desde su cátedra: Javier Marías me ha presentado a Berta Isla. Estoy leyendo sus novelas con lentitud desesperante, no más de dos al año. La lectura de las novelas de Marías me provoca un placer que imagino se pueda comparar solo al que siente el amante del buen coñac cuando toma a pequeños sorbos un vaso de su etiqueta favorita.
Don Arturo Pérez-Reverte, látigo de hipócritas y aficionado a echar migas a los patos en Twitter, me ha ofrecido ración doble: Eva y Los perros duros no bailan. Como siempre, eficaz, quirúrgico a la hora de satisfacer mi sed lectora, una especie de amante de largo recorrido que sabe precisamente cuáles son los puntos a tocar, cómo y cuándo.

He gritado “¡Thalassa! ¡Thalassa!” con Senofonte y sus mil al volver a ver el mar en la Anábasis. Sobre mi familia del Renacimiento favorita, los Borgia, he leído biografías sobre Cesare y Lucrezia, además de una novela histórica que me ha convencido aún más, si cabe, de que está germinando en mi mente algo que será completamente diferente, apenas encuentre el coraje para centrarme en ello. Me he despedido con inmenso dolor de Isidoro Montemayor, pues he leído la novela que me faltaba de la trilogía con tal personaje como protagonista, escrita magistralmente por Alfonso Mateo-Sagasta, con un humor y una ironía dignos de otro maestro, Juan Eslava-Galán, de quien he saboreado su Enciclopedia Eslava.

En estos tiempos el filón de la novela histórica en castellano se está revelando afortunado, con estos tres libros, completamente diferentes el uno del otro. La cofradía de la Armada Invencible está escrita con la minuciosidad de un amanuense por Emilio Lara. Es tal la cantidad de detalles, la precisión en las descripciones que, a pesar de viajar con los cofrades desde El Escorial hasta Irlanda y volver, tenía la sensación de no haberme movido del despacho del rey prudente, trabajando inclinado sobre una montaña jamás menguante de documentos y legajos. De la inmovilidad aparente de Emilio Lara he pasado al ritmo endiablado de Juan Gómez-Jurado en su La leyenda del ladrón, una novela llena de acción y ritmo, que me ha recordado a Ken Follett cuando estaba inspirado. Ese libro contiene todos los ingredientes del super-ventas y es tan fácilmente adaptable a la pantalla que “se ve” mientras se lee. La tercera novela histórica, no podía ser otra que El guardés del tabaco, de Jairo Junciel, con “mi” Aníbal Rosanegra. En este 2018 de lecturas lo he leído ya dos veces, y presumo que no acabará el año sin que lo lea una tercera. Si el paciente lector ha llegado hasta aquí, encontrará más detalles en la reseña  que escribí tras la primera lectura. Y si el lector además me sigue por Twitter, puede albergar la duda razonable de que yo sea una especie de groupie respecto a este personaje (sin, obviamente, gozar de los beneficios colaterales a causa de las leyes de la física y la naturaleza). Lo admito, tengo una debilidad por Aníbal, a pesar de que el autor se ha dejado muchas cartas bajo la manga, tantas que la única crítica que se le puede hacer es la de haber sido parco… A pesar que durante doscientas sesenta y cinco páginas no escuchemos más que a Aníbal, no es amigo de desnudar su alma por completo. Una pena, pues el fragmento más lírico y emocionante de la narración son precisamente las páginas en las que esta especie de Mr. Darcy (no porque se parezca, sino por lo hondo que llega) ante literam y sin diez mil esterlinas de renta al año, se deja llevar y permite que nos asomemos a su alma cuando la desnuda delante de la tumba de su madre. Por suerte, habrán más entregas.


Mientras escribo esta entrada estoy enfrascada en las últimas páginas de Trilogía de la guerra de Agustín Fernández Mallo, que me están recordando por qué amé a Faulkner durante mis estudios universitarios. No es fácil de plasmar en palabras la “stream of consciousness”. Marías es un maestro en esta técnica, y Fernández Mallo no le va a la zaga: juega con la sintaxis, los géneros literarios y las palabras con buena dosis de oficio.

En resumidas cuentas: este 2018 pasará probablemente con más pena que gloria, y existe siempre margen para que vaya a peor (soy una optimista), pero algo tengo claro. Si no fuera por estas personas de las que he hablado en las líneas anteriores, cada quien en su tiempo, latitud y pluma, que han dedicado su tiempo, trabajo, talento y empeño a escribir historias, hoy me sentiría peor. Motivo por el cual no cejo en mi empeño de garabatear páginas en blanco, por la esperanza de encontrarme algún día con una persona desconocida que me diga “he leído ésto que has escrito, y has logrado que me olvidase de mis problemas por un tiempo”.

Memento

 

Ella

Hacía mucho tiempo que ella dedicaba a su imagen en el espejo solo una mirada distraída. Consciente, aunque sin pensarlo demasiado, de que los años iban pasando inexorables. Ella no dedicaba al tiempo más que un pensamiento distraído, un “lo pensaré mañana”, como diría su heroína de su primera juventud, esa Escarlata O’Hara de la que aprendió a memoria las frases en “Lo que el viento se llevó”. Quizás fue por algún eco inconsciente de esa época el motivo por el que, cuando asomó a ese mundo paralelo hecho de palabras en una pantalla, se dio el nick de Vivien Leigh; poco quedaba ahora de Escarlata, si llegó a existir, y ahora era estaba más cercana a la Blanche du Bois de “Un tranvía llamado deseo”, pero sin alcohol de por medio.

Una mañana se miró al espejo de verdad, y vio con pesar los signos del tiempo que pasaba: la piel había perdido luminosidad, en sus cejas asomaban cabellos blancos; las ojeras se las había ganado a duro pulso, tras años de levantarse a las cinco de la mañana para evitar quedar atascada en el tráfico hacia la ciudad, hermosa y cruel, en la que trabajaba desde hacía lustros. A pesar de que su rostro estaba salpicado de manchas y pecas, si en algo el tiempo había sido clemente con ella, era con las arrugas. Tenía pocas, para estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, quizás porque los párpados estaban demasiado hinchados por la falta de sueño. Ese día que se miró de verdad en el espejo, reflexionó sobre la belleza que tuvo y de la que nunca fue consciente. Recordó antiguas fotos, y no entendía por qué a pesar de haber sido una mujer hermosa, nunca disfrutó de las supuestas ventajas que tal regalo de la naturaleza conllevaba. Sonrió al recordar algo que sucedió durante aquel año de maravillosa y subvencionada libertad como estudiante Erasmus en Roma. Caminaba con una amiga por Via del Corso y esta le dijo que su prima irlandesa, con la que habían salido unos días antes, dijo que estaba segura de que ella tendría “a man wherever she goes”. Sin embargo, nunca tuvo la agenda llena, a pesar de que en su juventud no fue precisamente virtuosa como una novicia. Cuando se sentía generosa consigo misma, pensaba que quizás tal cosa sucedía porque infundía en algunos hombres una especie de temor, como si fuera Fermina Daza y todos ellos Juvenal Urbino; recordó lo que le dijo el primer novio oficial, que un cierto compañero de clase estaba en realidad loco por ella y que por eso lo había aseteado con miradas llenas de odio cuando tuvo la ocurrencia de llevarlo a una cena organizada por el heavy de la clase. O aquel otro novio fugaz de un semestre en la universidad, ese de nombre de héroe troyano y alma demasiado sensible, que le confesó que los primeros días que la vio en clase la consideraba como un ser inalcanzable.

Todas estas cosas pasaron por su mente cuando, de frente al espejo, emprendía la enésima batalla contra el vello superficial que resultaría en una victoria de Pirro, y pensaba además en el efecto de unas palabras que, a pesar de venir de lejos, las sentía dentro.

Morir no es lo que más duele – Inés Plana

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El cómo se llega a un libro puede ser, a veces, un proceso extraño. Yo llegué a “Morir no es lo que más duele”, de Inés Plana, tras la pista de varios “por qué”:

  • me gustó el título desde que vi los tweets de promoción de la editorial Espasa
  • me gustó mucho la cubierta (aunque la faja externa viajó en seguida a la basura, porque no las soporto)
  • me sentía “en culpa”, en cuanto mujer que durante sus sueños más locos y extravagantes se ve a si misma cobrando algún céntimo de derechos de autor (no digo ya dedicándome exclusivamente a la tecla porque ya no se trataría de sueño, sino de alucinación) por no haber comprado un libro de ficción en castellano escrito por una mujer desde “El tiempo entre costuras” hace… demasiados años.

Así pues, incluí el título en uno de mis pedidos de libros en castellano y esperó paciente su turno en casa. No había leído reseñas, lo hago exclusivamente una vez termino los libros, pues quiero llegar lo más “virgen” posible a la lectura. En una novela como esta, saber poco o nada sobre su trama, paga. Y mucho. Por el mismo motivo, intentar escribir una reseña sobre este libro sin dejarme llevar por la emoción va a ser difícil. Porque de eso se trata, de emoción, de goce en la lectura, de dejarse llevar a otro mundo, convivir con unos personajes creados por una autora y disfrutar de una transfusión de sensaciones. Cuando un libro es tan bueno como éste, tan bien escrito, pensado, lo primero que siento es agradecimiento. No es posible computar en los menos de 20 euros que cuesta esta edición el regalo que significa el que su autora haya dedicado su intelecto, talento y esfuerzo durante años para que yo me pudiese sentir tan rematadamente bien durante algunas horas.

Los protagonistas de este thriller son imperfectamente humanos, empezando por Sara, siguiendo por el teniente de la guardia civil Julián Tresser, descrito de una manera como solo puede hacerlo una mujer para que a nosotras nos resulte irresistible. Es más, ahora caigo en que Tresser tiene los silencios de Mr. Darcy, personaje de mi olimpo particular de protagonistas masculinos en los que últimamente están llegando personajes españoles… Sí, para mí el cielo sería algo así como una velada eterna en Netherfield Hall con Mr. Darcy, Edmond Dantés y Andrei Bolkonsky en la que ahora Aníbal Rosanegra y Julián Tresser intentan colarse por una ventana.

“Morir no es lo que más duele” es un thriller perfectamente construido, que va más allá de la clásica novela negra. Una historia sobre cómo resulta imposible esconder el pasado como si fuese suciedad debajo de una alfombra: el mal existe, es absoluto, negro y podrido como el alma del villano. El protagonista masculino, Julián Tresser, es orgullosamente poco políticamente correcto, homófobo y si en el 2007 Twitter no acabase de nacer, Julián Tresser tuiteando habría acabado intercambiando puyas con barbijaputa. Aunque dudo mucho que Julián habría tuiteado nunca. Pero son las debilidades de Julián las que lo hacen irresistible, como la fuerza en la fragilidad de Sara Azcárraga.

Pues he llegado al final del post y, ahora que caigo, esto no es una reseña. Mucho mejor. Leed el libro, y basta.