Miguel




 

Mi mejor maestro lo tuve en la Universidad, cuando cambié carrera trocando lo que “tenía más salidas” por lo que “más me gustaba”. Era, además, el primer curso de los nuevos planes de estudios; finalmente, los horarios y las clases dejaban de ser algo rígido y los estudiantes construíamos nuestro currículum intentando cuadrar horas y el número de créditos necesarios, por lo que, inevitablemente, algunas asignaturas cumplían exclusivamente la función de “relleno”. La mayoría llegamos así a su clase: cuatro créditos probablemente fáciles de aprobar, sin importarnos mucho o nada la poesía en lengua inglesa. Miguel tuvo la intuición, la inteligencia, de no empezar por orden cronológico: Chaucer y su Beowulf lo vi años después en inglés antiguo, odiada asignatura troncal (horas pesadas, interminables, con un docente situado en las antípodas didácticas del protagonista de esta historia). Así pues, el primer autor que tratamos fue contemporáneo, de aquellos que escriben poesías sin rimas sobre temas, en teoría, banales. Como la del tipo que, por apresurarse a regresar a casa en medio de una fuerte nevada, atajó por un campo, atascando el coche en la nieve; lo encontraron muchas horas después, con la palabra VOLVO impresa al revés en la frente.

De ahí se pasó al Modernismo, y paseé con él, cuando el atardecer se despliega sobre el cielo como un paciente anestesiado en la mesa operatoria. Probablemente durante el curso de los estudios me habría encontrado con T.S. Eliot, pero por fortuna fue Miguel quien me lo presentó. Y con él, a Prufrock, o Mungojerrie y Rumpleteazer antes de haber escuchado el musical Cats. Después llegaron los románticos, y, a pesar de la fascinación que ejerce el personaje de Byron —sobretodo si se asocia a la película “Remando al viento” y el verano gélido en el lago suizo, cuando Mary parió su criatura— me quedé prendada de Browning, el enamorado, y sus monólogos dramáticos. Como el del obispo en su lecho de muerte, que dispone su tumba en la iglesia de Santa Práxedes, con el epitafio en latín refinado, no esos versos vulgares que usó Gandolfo. Sobrinos, hijos míos… ¡Dios! no sé— O la historia de la difunta duquesa, retratada en aquella pared, como si viviese aún. Dos años después durante mi curso Erasmus, el profesor que volvió a hablarme sobre la duquesa lo hizo de una manera tan torpe, que me faltó poco para gritar al sacrilegio en el nombre, no solo de Browning, sino sobre todo de Miguel.

La asignatura a la que me apunté por rellenar créditos fue la primera en darme unas notas que sabía que existían pero no las había visto nunca, como ahora los billetes de quinientos euros. Las matrículas de honor dejaron de ser cosa de empollones o quimeras y, por suerte, el segundo año el plan de estudios ofrecía “Poesía en Lengua Inglesa II”, con el mismo profesor. Fue inevitable, durante esos dos cursos, que buena parte de las alumnas nos enamorásemos (muy platónicamente) de él, y que circulasen, además, noticias vagas sobre su vida privada; decían que su mujer era italiana, detalle que aumentaba no poco su aura misteriosa. Alguna vez me he preguntado qué ha sido de su vida, pero he resistido a la tentación de preguntar al Gran Hermano Informático. Está demostrado científicamente que nuestros recuerdos son, en la mayoría, falsos. Sería difícil conjugar la imagen que pudiese darme el ordenador con la que se ha quedado imprimida en mi memoria: las mangas de la chaqueta oscura, demasiado grande, manchadas con polvo de tiza, mientras que, con la mirada perdida al fondo de la clase, se deja llevar explicando con la pasión de un fan los versos de Coleridge. Miguel me ha regalado una llave, imprescindible, que uso cuando no puedo más, para entrar en otro mundo, en el que me pierdo entre palabras, hasta que voces humanas nos despierten, y nos ahoguemos.

 

 

Obras citadas:

“Snow Joke” – Simon Armitage
“The Love Song of J. Alfred Prufrock” – T.S.Eliot
“The old Possum Book of Practical Cats” – T.S.Eliot
“My last Duchess” – Robert Browning
“The Bishop Orders His Tomb at Saint Praxedes’ Tomb” – Robert Browning

Hasta la próxima

Las instrucciones eran claras: tenía que esperar en el bosque a su contacto; este le daría lo necesario para continuar su misión. No era ya más que un enlace, una pieza dentro de un engranaje en el que jugaba un papel prácticamente insignificante. Los tiempos de gloria, cuando se le confiaba un encargo de principio a fin, habían pasado. Eso quedaba ahora para los más jóvenes, los ambiciosos, los inconscientes, o simplemente aquellos que aún no se hacen preguntas. Y ella se las hacía desde hace algún tiempo. Recordaba otros paisajes, otras latitudes: un río que serpenteaba en la selva, envuelta por una humedad que no la dejaba ni siquiera respirar, el aire frío de la estepa cortándole la cara mientras cabalgaba a rienda suelta, aguas turquesas sobre las que, al mando de una nave, perseguía sin descanso a un enemigo que se escabullía entre la niebla. No solo lugares, sino también rostros: la mujer de cabellos morenos recogidos con una horquilla en forma de flecha dorada, el contrabandista corso, con el rostro taraceado con arrugas excavadas por el salitre, el bailarín mundano de sonrisa irresistible.

Cada vez que terminaba un encargo, se decía que lo dejaría estar por un tiempo, que se dedicaría a otras cosas. Sin embargo, acababa cayendo siempre; no podía evitarlo, lo llevaba en la sangre. Durante esas aventuras, su vida no había corrido nunca peligro, por muy audaces que fuesen sus acciones, aunque muchas veces le hicieran perder el sueño. Cuando este, a pesar de todo, llegaba, se volvía a encontrar con los rostros que creyó haber olvidado, y con todo lo que vivió con ellos. Recordaba los saltos de un tejado a otro, en París, cargada con una niña pequeña en sus brazos; o a aquellos cuatro compañeros con los que, con gran sorpresa, volvió a encontrarse veinte años después.

Crujió una rama; se agazapó, ocultándose detrás de unas rocas. Alguien se acercaba; podía distinguir solo una forma negra, pues, mientras estaba sumida en sus recuerdos, había llegado la noche casi sin darse cuenta. Tras identificarse con el santo y seña, el cambio se llevó a cabo sin problemas. Tenía que llegar antes del amanecer al puerto, para entregar el abultado sobre color habano, objeto de la misión. Se preguntaba qué contenía. Documentos, se dijo, sopesando el sobre; de todas maneras, no le dio demasiada importancia. Sus dudas no tenían que ver con el objeto que tuviese que llevar consigo. Sus preguntas eran otras: cuáles eran los mecanismos que ponían en movimiento cada misión, los andamios que la sustentaban, la planificación y el trabajo necesarios para que todo se desarrollase con fluidez.

Por las callejas oscuras que llevaban al puerto no caminaba un alma, ni siquiera los mercaderes habituales de la noche. Había algo que no le cuadraba; aguzó el oído y enderezó el espinazo. Ya había tenido malos presentimientos otras veces, que la sacaron de algún que otro apuro, como en las callejas de Tánger o en las cascadas de Reichenbach.

Todo fue muy rápido: un chasquido, el ruido metálico de un pie chocando inadvertidamente contra una persiana. Empezó a correr antes de comprobar cuántos eran sus perseguidores. Tiró todo aquello que encontró detrás de ella, intentando hacer tropezar a quienes querían darle la caza. Se dio cuenta demasiado tarde de que no había sido una buena idea seguir por el muelle, pues al poco tiempo estaba atrapada entre el agua y los tres tipos que la seguían. Cuando estos empuñaron las pistolas, encajó el sobre en la cintura del pantalón, y se tiró al agua. Era gélida, se hundía cada vez más en el líquido frío y negro, ribeteado por las balas que intentaban alcanzar su cuerpo. Buceó más a fondo, sentía que los pulmones le estallaban; mientras luchaba contra el instinto que la haría respirar, metiendo litros de agua salada en sus pulmones. No podría aguantar mucho más; recordó que tardó mucho menos en salir a flote tras ser lanzada por el acantilado del Castillo de If, sus fuerzas estaban al límite. Le quedaba solo una vía de fuga, el último recurso a su disposición cuando la tensión la atenazaba.

Cerró los ojos y el libro, mientras acariciaba la cubierta. Al abrirlos de nuevo recorrió la mirada por el salón de su casa, ese rincón que elegía siempre para leer, perderse en una nueva aventura con aquellos compañeros de viaje que se convirtieron en sus mejores amigos: Doña Rita, Bertuccio, Max Costa, Jean Valjean, Edmond Dantés… Apoyó satisfecha el libro en la mesilla, hasta la próxima lectura.