El príncipe Andrei Bolkonski en Roma

Vyacheslav Tikonov como Andrei Bolkonsky en “Guerra y Paz” de Sergei Bondarchuk

Aunque parezca mentira, en “Guerra y Paz”, una novela que puede abultar dos tomos (o casi 1.500 páginas en letra pequeña, como la excelente edición de Biblioteca Austral), Lev Tolstói ha dejado cosas sin explicar. La trama más conocida entre las muchas que se entretejen en la obra es la historia de amor entre el príncipe Andrei Bolkonski y la joven Natasha Rostov. Cuando está a punto de cumplirse el periodo de largo noviazgo impuesto por el padre del prometido, el viejo príncipe Bolkonski, ella lo rompe para fugarse con Anatol Kuragin, fuga que será evitada in extremis por su prima Sonja. Andrei había dejado total libertad a Natasha para romper el enlace si lo hubiese deseado, pues el año de tiempo hasta la boda impuesto por el padre lo iba a pasar viajando por Europa, con la excusa de mejorar su salud, que nunca recuperó del todo tras las heridas sufridas años antes en la batalla de Austerlitz. Durante ese periodo de ausencia los enamorados se habían comunicado por cartas; no muchas, pues a Natasha no le gustaba escribir y creía que no tenía nada que contarle a ese prometido que le describía hermosas ciudades y paisajes de ensueño, mientras ella llevaba una vida semi-recluida y anodina en el campo. Cuando se acerca el fin del año de ausencia había recibido desde Roma la cuarta epístola del príncipe Andrei, en la que decía que ya estaría hacía tiempo en camino hacia Rusia si de improviso, con aquel clima cálido de Italia, no se hubiese abierto de nuevo su herida, lo que le obligaba a retrasar su vuelta hasta comienzos del año próximo. Y es exactamente durante ese periodo de retraso en el que Natasha se vuelve a encontrar con Anatole (en la famosa escena del baile, Natasha coincide en la sala con los tres hombres que marcarán su vida: Andrei, Anatole y Pierre) para caer presa de las artimañas del joven, ayudado por su pérfida hermana Heléne y el no menos oscuro Dolokhov. Cuando finalmente Andrei regresa a Moscú, viene a saber de la fuga frustrada de Natasha y ruega a Pierre, amigo de ambos, que le devuelva a la joven las cartas que le había escrito y su retrato, rechazando cualquier posibilidad de perdón. Siempre me ha llamado la atención la dureza de la reacción de Andrei, que me hace sospechar que puede haber algún otro motivo para explicar su comportamiento más allá de los ases que Tolstoi, en calidad de narrador omnisciente, pueda guardarse bajo la manga. La clave es la prolongada estancia en Roma, dentro del auto-impuesto exilio por parte de Andrei (su padre en ningún momento le obligó a irse fuera de Rusia durante el noviazgo). ¿Qué lo retuvo en Roma? O mejor dicho… ¿quién lo retuvo? Llevo un tiempo imaginando qué pudo suceder, y mi desfachatez llega al punto de trolear al mismísimo Tolstoi:voy a pasar un buen rato, un excelente rato, metiéndome en la piel de uno de mis tres personajes favoritos de la literatura universal. Andrei va a contarle a su amigo Pierre qué sucedió. Las partes en cursiva, frases originales de la novela, pertenecen a la traducción de Francisco José Alcántara y José Laín Entralgo para la edición de Austral Narrativa.

Querido Pierre,
No sé si llegaré nunca a mandarte esta carta, si la vergüenza me impedirá hacerlo, pues si algo no podría soportar en estos momentos sería el perder tu respeto. En mi habitación resuena aún el eco de las últimas palabras que te dirigí a solas “si quieres ser mi amigo, no vuelvas a hablarme de esa… de todo este asunto. Bien, adiós. ¿Le darás las cartas?” Después, durante la cena, noté las miradas entre tú y mi hermana Marja mientras hablaba con mi padre; me mirabais con una mezcla de horror y pena, pues no había diferencia entre los dos Bolkonski, padre e hijo. Dos seres amargados y fríos, que sobre los manteles discutían sobre tácticas militares y cómo acabar con Napoleón.

Voy a contarte por qué no puedo perdonar a Natasha: porque no puedo perdonarme a mí mismo por haber cometido la misma falta. Además, mi rabia nace al comparar la persona por la que ella había sido capaz de romper nuestro compromiso con aquella por la cual yo renuncié a hacerlo. Pierre, te veo fruncir el ceño, quitarte los anteojos y volver a leer lo que he escrito. Sí, los dos hemos pecado; es más, la medida de mi traición, aunque pasajera, es mucho más profunda y completa, formada por algo más que dos besos robados en el guardarropa de tu casa y un par de cartas. Oh, sí, conozco todos los detalles de lo que ha pasado; mademoiselle Bourienne, ese ser despreciable que viste y come a nuestra costa con la excusa de ser la dama de compañía de Marja, contó todo a mi padre, quien, a su vez, no tuvo problemas en referírmelo con esa sonrisilla complaciente, para así demostrarme cuánta razón tenía al obligarme a retrasar un año mi boda con Natasha, para evitar si fuese posible unir nuestra ilustre familia con la del mequetrefe de Rostov. Te hablaba de mi rabia… ¡Kuragin! ¡Anatole Kuragin! ¿Recuerdas lo que te dije, hace años, aquella vez que viniste a cenar a mi casa tras haber coincidido en la velada de Anna Pavlovna Scherer? Que dejases la compañía de Kuragin, y sin embargo no lo hiciste; te advertí que no te casaras nunca y lo hiciste con su hermana, trayendo a nuestro seno ese nido de víboras. Perdóname, querido amigo. No te echo la culpa, no es mi intención acusarte de nada, o rehuir a mi responsabilidad. Pero pienso en Anatole, ese petimetre inútil. ¿Sabes cómo lo definió su propio padre? Se lo oí decir a Anna Pavolvna durante aquella fiesta: tonto turbulento.

Y bien, Natasha iba a cambiarme por ese monigote, ese esperpento perfumado sin nada dentro de la cabeza — estoy seguro de que las notas apasionadas que le mandó mientras le daba caza no las escribió él — mientras que yo he renunciado a una persona que vale mucho más que todas las damas de los salones de Moscú y San Petersburgo juntas. Si lo hubiese sabido antes… quizás estaría aún en Roma.

Pero volví, porque amaba a Natasha. Te imagino preguntándome ¿ya no la amas? No sé cómo podría definir mis sentimientos, una vez despojados de la rabia y el orgullo herido, pero, sea lo que sea, nunca será igual. Tras el primer gran desengaño se rompe la inocencia, y nada puede volver a ser como antes. Sé que moriré en esta guerra, Pierre, lo sé. Hay por ahí alguna bayoneta francesa, una bala de cañón, una granada, que llevan mi nombre dentro. Ya agoté mi cupo de buena suerte en Austerlitz, y no se me volverá a presentar. Lo mejor de morir dentro de poco es que mi hijo es aún pequeño, y no llegará nunca el día fatídico en el que, como sucedió con todos los hijos en la historia de la humanidad incluido yo mismo, vea caer de sus ojos el velo de la admiración, la fe ciega, la entrega. Eso es lo que tenía con Natasha. Fue su pureza la que me hizo renacer cuando me creía un hombre acabado; aquella espiritualidad, aquella franqueza y gracia que trascendía de su cuerpo, era lo que yo tanto amaba. Y toda esa belleza se ha acabado por Anatole Kuragin. Amigo mío, todas estas líneas y aún no te he contado qué sucedió en Roma. A quién dejé en aquella ciudad.

Llevaba poco tiempo instalado en la Urbe, huésped del embajador del zar Alejandro en la corte de papa Pio VII. Por extraño que parezca, aquellos primeros días fueron de un tedio absoluto. Me hallaba sumido en uno de mis periodos de indolencia que me recordaban que mi renacimiento, tras nuestras conversaciones en el campo y la aparición en mi vida de Natasha, no era más que un engaño. Aduje un resfriado que nunca sufrí para evitar un par de cenas y de compromisos “inexcusables” en la embajada, hasta que, llevado más por el pundonor —representaba siempre a los Bolkonski— que por las ganas, acepté acompañar al embajador a una velada en casa de un noble romano, que tenía en la ciudad fama de estrafalario, y que, dicen, fue el culpable de que aumentasen considerablemente las canas en los cabellos del santo padre. Su palacete surge al lado de las ruinas del foro romano, desde el que se gozan unas vistas envidiables, sobre todo si se sube a lo alto de una torre con el nombre del propietario EX-MARCHIONE-DE-GRILLIS, tallado en una cenefa bajo las almenas. Nuestro huésped no era otro que el Marqués Onofrio del Grillo. Me saludó con una sonrisa franca y abierta, y no pude evitar caer de inmediato en la red de su encanto. El marqués era un hombre alto, robusto, con una barriga no excesiva, pero que anunciaba que su dueño era amante de la buena comida y la mejor bebida. Tenía los pómulos sonrojados como los de un campesino, la nariz grande, el cabello moreno y rizado, y los ojos azules. Mi italiano no me alcanzaba más que para pronunciar dos o tres palabras de cortesía, por lo que el marqués se dirigía a mí en un francés correcto pero con un marcado acento romano. Su anciana madre, la marquesa viuda, se negaba a decir palabra alguna en la que llamaba “lengua del anticristo napoleónico”, por lo que me libré de participar en su tema favorito de conversación, las reliquias, tema del que discutió durante toda la velada con un cierto abate de pelo blanco, peinado hacia atrás y que caía en caracolillos grasientos sobre su nuca.

Durante los postres el marqués movía aburrido la cucharilla en su plato, cuando, de repente, se levantó de la silla y dijo:

Andre’ ‘namo, va.

Yo lo miré extrañado, sin acabar de entender qué me estaba diciendo, pero por sus gestos me parecía obvio que quería que fuese con él a alguna parte. Me despedí de los presentes, y bajé con él la amplia escalinata de mármol. Dio instrucciones a su criado personal y llamó con un silbido su carruaje, que acudió con tal celeridad que creo que el abandonar sin aviso la cena a los postres era una de sus muchas extravagancias. La noche era templada, y, mecido por el vaivén del vehículo y los vapores del excelente vino blanco de Frascati, empecé a ver la ciudad con otros ojos, no como un amasijo ilógico de ruinas de tiempos pasados con nuevos palacios, sino como el perfecto marco para una aventura. Cruzamos el Tíber y el carruaje empezó a subir la colina de Monte Mario; a los pocos minutos entró en los jardines de una villa con vistas al Vaticano. Atravesamos el edificio y llegamos a otro jardín, en el que varias personas estaban al fresco, sentadas en divanes de paja. El marqués se dirigió a una dama que se columpiaba indolente, bajo las ramas de un gran roble.

Guarda chi t’ho portato, Giulia cara, trattamelo bene è un principe russo, un eroe di Austerlitz, nientemeno! – decía el marqués mientras le ofrecía la mano y la acercaba a mí.

Era una mujer de nuestra edad, alta, de cabello castaño recogido en un moño, del cual escapaban dos suaves tirabuzones que le llegaban hasta los hombros. No pude distinguir entonces el color de sus ojos, pues era noche cerrada y el jardín estaba iluminado solo por unas antorchas. Entonces me parecieron pardos, pero eran verdes, no muy claros. Sonrió levemente, y esperó a que el marqués nos presentase, por fortuna pasando al francés.

Príncipe Andrei Bolkonski, os presento a la marquesa Giulia Attavanti.

Ella sonrió de nuevo.

¿Así que un héroe de Auterlitz?

No me definiría tal, señora marquesa.

Es modesto, querida— terció el marqués— recuperó el estandarte de un pelotón en retirada y logró que el mismo se rehiciese y pasase al ataque.

Para caer a los pocos metros— puntualicé.

¿Y adivina gracias a quién fue recuperado de entre los heridos en el campo de batalla? ¡Al mismísimo Napoleón!

¿De veras? ¿Os habló, príncipe?

Recuerdo solo haberlo visto encaramado en lo alto de su imponente corcel blanco, y decir algo sobre lo bien que morimos los rusos, hasta que se dio cuenta de que estaba hablando, y que estaba vivo. Por suerte no entendió lo que le dije.

Callé unos instantes. No sé por qué se me ocurrió hacerme de rogar, como si fuese un petimetre cualquiera intentando impresionar a la bella de turno. Pero ella se resistió. Arqueó ligeramente una ceja, mientras mantenía su sonrisa enigmática. Fue el marqués quien preguntó.

Vamos, Andrei, cuéntanos. ¿Qué estabas diciendo?

Que no me interesaba su cháchara y que se apartase, pues no me dejaba ver la profundidad del cielo.

Un auténtico Diógenes frente a Alejandro — dijo la marquesa Attavanti — estoy impresionada. Terminó, sin el menor tono de sorpresa o admiración, hiriendo mi orgullo como si se hubiese reído en mi cara. En esos momentos tuve la tentación de dejar a un lado la caballerosidad y responder con una de mis famosas frases sarcásticas, pero opté por callar y apretar las mandíbulas, pues no estaba seguro de si su desdén me provocaba rechazo o me atraía irresistiblemente.

No hablamos mucho aquella noche; me presentó a los invitados, un grupo variopinto formado por un par de poetas, un pintor, alguna que otra dama y varios nobles. El marqués Onofrio del Grillo me contó a grandes rasgos la vida de Giulia: marquesa viuda Attavanti, su apellido de soltera era Colonna, una de las familias de más rancio abolengo de la ciudad. Perdió a su marido en la batalla de Marengo. No tenía hijos; su único vástago murió, sin motivo aparente, poco tiempo después de que ella se recuperase del parto, que estuvo a punto de acabar con su vida. Hacía pocos meses que había vuelto a la sociedad, tras pasar recluida más de una década, durante la que guardó un luto —sincero— por su marido. Mientras Onofrio me contaba estos hechos, aderezados con otros datos anecdóticos, yo la observaba con atención. Reconocía su pose destacada, la mirada que se posaba con fría atención en sus interlocutores, la sonrisa enigmática que gracias a imperceptibles movimientos de sus rasgos, podía definirse tal, y no un rictus amargo. Ese alejarse de cuanto sucedía a su alrededor, aunque no lo pareciese. Sólo yo, de entre toda esa gente, podía entender que Giulia Attavanti no estaba gozando de una tranquila velada de finales de mayo, conversando sobre novedades literarias, o cotilleos de salón. Ella estaba atravesando el infierno. El mismo que pasé yo tras la muerte de Lise, pero aún más penoso, al haber perdido también al hijo que tanto penó para traer al mundo.

Al regresar a mi habitación en la embajada, un par de horas más tarde, escribí una carta a Natasha y a los Rostov en la que les anunciaba que el clima húmedo de Roma había reabierto mi vieja herida, y que habría retrasado mi regreso a Rusia.

He de confesarte, Pierre, que escribí tal mentira sin el menor remordimiento. Natasha y Giulia son tan diferentes que mi mente separó sin esfuerzo alguno aquel aquí y ahora cerca de Giulia del futuro hipotético con Natasha. Además, cuando anuncié mi propósito de prolongar mi estancia en la ciudad eterna, no era mi intención conquistarla; simplemente quería seguir asomándome al espejo que Giulia representaba, entender cómo era, cómo soy, y lograr que ella pudiese volver a sonreír de verdad, al igual que hizo Natasha conmigo.

A partir de aquella noche nos vimos con regularidad, prácticamente todos los días. Onofrio me ofreció alojamiento, pues mis idas y venidas eran más discretas desde su casa. Giulia me mostró todos los rincones de la ciudad. Un día me llevó cerca del coliseo. No podía evitar sentir una gran pena al ver aquel majestuoso edificio en ruinas, convertido ahora en refugio de pastores, cementerio, cuadra a cielo abierto y testigo durante la noche de tráficos ilícitos y ajustes de cuentas. Sin embargo, Giulia no me enseñó el interior del anfiteatro, sino que nos dirigimos a una colina cercana. Nos estaban esperando unos hombres con cara de campesinos, que sujetaban unas largas sogas. Estaban al lado de un agujero que parecía un pozo, sobre el que se levantaba una estructura de madera del que colgaba una polea unida a un gancho. Al acercarnos introdujeron las cuerdas en la polea, y las enrollaron alrededor de mi cintura. Me dieron una antorcha embebida de brea, la encendieron y me bajaron por el agujero. Toqué tierra al poco tiempo; no veía nada, deslumbrado por la antorcha. Notaba solo la humedad y el olor a tierra mojada y guano de aves. Giulia asomó por el agujero y me dijo que anclase el hachón en el suelo y me desatase, pues ella iba a bajar acto seguido. Apenas subió la cuerda me dediqué a observar qué había a mi alrededor. No me encontraba en una gruta natural, sino bajo la bóveda de un antiguo edificio. Las paredes, que una vez fueron blancas, estaban decoradas con pinturas al fresco: guirnaldas, flores y animales exóticos que se entrelazaban formando marcos, cuadrados, rectángulos. Había visto pinturas parecidas en los palacios y estancias del Vaticano. Giulia, mi guía y cicerón, me dijo que eran copias de decoraciones de época romana, descubiertos por casualidad en los primeros años del Renacimiento, y copiados desde entonces por los pintores al servicio del papa.

Entonces ¿estas son las pinturas originales?— le pregunté a Giulia tras ayudarla a desatar la cuerda que la unía al exterior.

Sí. Este era el palacio del emperador Nerón, la “Domus Aurea”.

La casa de oro… Parece increíble que la ciudad pueda esconder tanta belleza. Creo que una vida entera no bastaría para ver todos los tesoros que esconde.

Puedes volver a Roma en tu luna de miel, con tu joven y encantadora esposa.

Natasha se aburriría aquí, no le gusta el arte.

¿Cómo lo sabes? Ponla a la prueba, estoy convencida de que te sorprenderá.

Giulia era una mujer extraordinariamente culta. Cuando falleció su marido intentó mitigar el dolor leyendo todo lo que podía; al estar dotada de una singular memoria, y tras años de estudios, terminó convirtiéndose en una experta de arte. Sabía todo sobre mi compromiso, aunque no entré en detalles sobre la muerte de Lise, ni le hablé nunca de mi hijo Nicolai; no quería hacerle recordar el que perdió.

¿Por qué la menosprecias, Andrei?

Su pregunta me sorprendió, y me irritó. No dije nada, y fingí estudiar con atención las plumas de un ave pintada en la pared frente a mí.

Es joven, y está enamorada. Con el tiempo la podrás moldear según tu gusto, como Pigmalión esculpió la escultura de la que se enamoró.

Entonces sentí algo parecido a la rebeldía, impulsado por el ambiente irreal y mágico formado gracias a la luz de las antorchas, observado por esas extrañas figuras pintadas hace más de mil años. No quería pensar en Natasha, quería solo descubrir el misterio de la mujer que estaba a mi lado. Hablé sin pensar antes qué era o no apropiado.

Quizás no me apetezca forjar nada y prefiera algo ya formado, perfecto tal y como es— me acerqué a ella, y le ceñí el talle. Ella no apartó la mirada, y sonrió. Ahí estaba, finalmente, una sonrisa sin rastro alguno de tristeza o amargo cinismo.

No, Andrei. Tú volverás con Natasha. Tu sentido del honor, el amor que sientes por ella volverán a aflorar, te arrepentirías de haberla dejado, y me acabarías odiando. No podría soportar tu odio. Volverás a ella; pero no hoy, ni mañana.

Se acercó más, y la besé. No me separé de ella hasta que, hace un par de meses, de la misma manera que sin pensarlo escribí anunciando que me quedaba, lo hice para comunicarle a mi familia y a los Rostov que iba a volver en breve tiempo. Giulia tenía razón; aunque de vez en cuando me imaginaba viviendo con ella para siempre, la culpa por el dolor que le habría causado a Natasha hacía de tal paraíso algo difícilmente soportable. Además, sería un acto vil contra quien hizo de mí un hombre nuevo. Me sorprendía recordando a menudo las semanas de discreto noviazgo antes de mi partida; los paseos, las cenas con su familia. Aquella manera suya de contar anécdotas pueriles que se convertían en situaciones casi mágicas al describir quienes participaban en ellas. Natasha que ponía su alma en la mano, y me la concedía sin trabas… No, yo no podría hacerlo nunca. Giulia lo entendió antes que yo mismo; la misma mañana en la que escribí anunciando mi vuelta, fui a buscarla a su villa para dar un paseo, durante el cual le diría que regresaba. Al llegar a su casa un lacayo me dijo que la señora marquesa había partido al alba para visitar unos parientes en el sur de Italia, y que no sabía cuando regresaría. Había dejado una nota para mí. La abrí en mi habitación en el palacio de Onofrio del Grillo. Eran solo dos líneas escritas con su caligrafía elegante.

Adiós Andrei, es hora de que regreses.

No te olvidaré nunca. Tuya,

Giulia

Lamento no ser tan bueno con las palabras como tú, Pierre, pues releo lo que he escrito y veo que no le he hecho justicia a Giulia. Durante nuestros paseos por la campiña romana pasábamos largo rato en silencio. Una vez merendamos cerca de los restos de un acueducto romano. Ella sostenía un parasol blanco, y su perfil se delineaba con las colinas albanas de fondo. Entonces entendí su misterio. Ella era el último eslabón de una cadena de mujeres custodias de secretos, una pitonisa, una sibila. En su mirada clara y franca, libre por fin del peso de los fantasmas de su pasado, se resumía la mirada de todas las mujeres que fueron y serán: el misterio, la vida. Nosotros los hombres somos tan predecibles; eternos niños que desean siempre algo que no tendrán, o que no son capaces de apreciar lo que tienen a su lado.

Aquella mañana no salí en su búsqueda, a pesar de que con un buen caballo en poco tiempo la habría alcanzado en la Via Appia. No lo hice, pues sé que hubiese sido como menospreciar su sacrificio.

Por eso, querido Pierre, la debilidad de Natasha me ha herido por ser Kuragin el objeto de sus atenciones. Creo que hubiese reaccionado de manera diferente si el elegido hubieses sido tú. Amigo, no te sonrojes, o intentes negar la evidencia: tú la amas, mejor que yo. Pero hubieses sido capaz de cualquier cosa con tal de no traicionarme. Quién sabe lo que puede suceder en el futuro, y si por los giros y vueltas de la vida, una vez se aleje de Rusia para siempre esa anécdota de muerte que es Napoleón Bonaparte, acabarás uniéndote con Natasha. Debes saber que allí donde esté me alegraré por vosotros.

No, creo que no te mandaré esta carta. Dejemos que el tiempo dicte sentencia. A mí no me queda más, antes de encontrarme con la bayoneta, la bala o la granada que acabará conmigo, que encontrar a Anatole Kuragin y borrar con un tajo de mi sable esa sonrisa estúpida de su rostro.

Andrei.

El príncipe Andrei Bolkonski fue herido por una granada en la batalla de Borodino. En el hospital de campo, mientras se le escapaba la vida por las tripas, se giró para ver quién era el oficial que gritaba en el camastro contiguo mientras le estaban amputando una pierna: era Anatole Kuragin. No había logrado dar con él hasta ese momento, a pesar de haberlo seguido de campamento en campamento. Por un azar del destino se volvió a encontrar con Natasha, pues formaba parte de la misma caravana de refugiados y soldados heridos que abandonaban Moscú ante la inminente invasión del ejército napoleónico. Ella estuvo a su lado durante su larga agonía. Pierre Bezukhov sobrevivió a la prisión por parte del ejército francés. Una vez terminada la guerra, se casó con Natasha Rostov.

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Ella

Hacía mucho tiempo que ella dedicaba a su imagen en el espejo solo una mirada distraída. Consciente, aunque sin pensarlo demasiado, de que los años iban pasando inexorables. Ella no dedicaba al tiempo más que un pensamiento distraído, un “lo pensaré mañana”, como diría su heroína de su primera juventud, esa Escarlata O’Hara de la que aprendió a memoria las frases en “Lo que el viento se llevó”. Quizás fue por algún eco inconsciente de esa época el motivo por el que, cuando asomó a ese mundo paralelo hecho de palabras en una pantalla, se dio el nick de Vivien Leigh; poco quedaba ahora de Escarlata, si llegó a existir, y ahora era estaba más cercana a la Blanche du Bois de “Un tranvía llamado deseo”, pero sin alcohol de por medio.

Una mañana se miró al espejo de verdad, y vio con pesar los signos del tiempo que pasaba: la piel había perdido luminosidad, en sus cejas asomaban cabellos blancos; las ojeras se las había ganado a duro pulso, tras años de levantarse a las cinco de la mañana para evitar quedar atascada en el tráfico hacia la ciudad, hermosa y cruel, en la que trabajaba desde hacía lustros. A pesar de que su rostro estaba salpicado de manchas y pecas, si en algo el tiempo había sido clemente con ella, era con las arrugas. Tenía pocas, para estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, quizás porque los párpados estaban demasiado hinchados por la falta de sueño. Ese día que se miró de verdad en el espejo, reflexionó sobre la belleza que tuvo y de la que nunca fue consciente. Recordó antiguas fotos, y no entendía por qué a pesar de haber sido una mujer hermosa, nunca disfrutó de las supuestas ventajas que tal regalo de la naturaleza conllevaba. Sonrió al recordar algo que sucedió durante aquel año de maravillosa y subvencionada libertad como estudiante Erasmus en Roma. Caminaba con una amiga por Via del Corso y esta le dijo que su prima irlandesa, con la que habían salido unos días antes, dijo que estaba segura de que ella tendría “a man wherever she goes”. Sin embargo, nunca tuvo la agenda llena, a pesar de que en su juventud no fue precisamente virtuosa como una novicia. Cuando se sentía generosa consigo misma, pensaba que quizás tal cosa sucedía porque infundía en algunos hombres una especie de temor, como si fuera Fermina Daza y todos ellos Juvenal Urbino; recordó lo que le dijo el primer novio oficial, que un cierto compañero de clase estaba en realidad loco por ella y que por eso lo había aseteado con miradas llenas de odio cuando tuvo la ocurrencia de llevarlo a una cena organizada por el heavy de la clase. O aquel otro novio fugaz de un semestre en la universidad, ese de nombre de héroe troyano y alma demasiado sensible, que le confesó que los primeros días que la vio en clase la consideraba como un ser inalcanzable.

Todas estas cosas pasaron por su mente cuando, de frente al espejo, emprendía la enésima batalla contra el vello superficial que resultaría en una victoria de Pirro, y pensaba además en el efecto de unas palabras que, a pesar de venir de lejos, las sentía dentro.

Nevio

No podía faltar “una de romanos” en la serie de relatos de “La isla coronada”. La foto es de agosto del 2014, en los restos del campamento romano de Housesteads. Esta línea de piedra pertenecía al muro de Adriano.

 

La madera de las escaleras crujió bajo sus botas. Llegó hasta la cima de la torreta; el soldado de guardia lo afrontó e, instintivamente, se movió hacia él, pero se relajó al reconocer al pretoriano. Aunque ni él ni ninguno de sus camaradas habían visto uno antes, sabían perfectamente qué aspecto tenía un guardia personal del emperador. Y además éste, que había llegado hace unos días al fuerte, tenía que ser alguien importante, ya que gozaba de acceso ilimitado a cualquier estancia del campamento, incluído el principia en el que se conservaban los estandartes y el dinero.

“¡Señor!” – dijo el soldado, cuadrándose. “Soldado” – replicó el pretoriano al pasar junto al guardia, reconociendo su mirada aunque la noche fuese cerrada y la única fuente de luz unas antorchas dentro del fuerte, varios metros por debajo de ellos. La mayor parte de los soldados auxiliares con los que se había encontrado durante su visita a las guarniciones del norte de Britania envidiaban su posición; otros lo despreciaban, ya que estaban convencidos de que los pretorianos eran un hatajo de privilegiados, vagos y avariciosos, dispuestos a venderse al mejor postor apenas un general ambicioso quisiese comprarse el trono. Pero de vez en cuando, Nevio Varo, el pretoriano, se encontraba con una mirada en la que lucía una chispa especial, la misma que tenía él hace casi dieciocho años, una mirada que quería decir “un día seré uno de vosotros”.

Nevio dirigió su mirada al Norte, inspirando el aire helado mientras se arropaba mejor con su capa azul oscuro. Parecía que la primavera ignorase aquella tierra, aunque estuviesen ya a mitad del mes de abril. Probablemente en Roma los frutales habían florecido; seguro que lo habían hecho ya en el pequeño trozo de tierra que poseía en Hispania. Lo había comprado con el premio que Adriano había otorgado a los pretorianos al subir al trono; se trataba de una tradición, ya que habían pasado muchos años desde la última vez que el cuerpo se vio directamente involucrado en la proclamación de un nuevo emperador. Ésta sería su última misión en nombre de Adriano y de Roma, después se retiraría a su tranquila villa a orillas del Mediterráneo, bañada durante todo el año por la luz del sol. Quizás fuese solo, o no. Sinceramente, nunca le habían importado demasiado las mujeres. Quizás lo hiciese con la graciosa bailarina de Gades[1] con la que dormía cuando estaba en Roma. A pesar de todas sus dudas tenía muy claro qué tipo de mujer no se llevaría nunca, una como la esposa del comandante del fuerte, aburrida y estúpida como una oca. Durante las tres últimas cenas había devorado insaciablemente los últimos cotilleos de la ciudad, preguntado una serie infinita de dudas sobre cual sería la moda entre las damas sofisticadas y tenía una curiosidad ilimitada sobre cómo se peinaba la emperatriz. Debido a que su conocimiento de la materia era escaso, ya que en Roma había frecuentado muchas más mujeres en la Subura que en el Palatino, dibujó un retrato de supuesta elegancia femenina que habría escandalizado a Vibia Sabina, la mujer de Adriano. Aunque la joven Valeria era muy bella, no era desde luego el tipo de mujer que tenía en la mente cual hipotética compañera en su buen retiro. Sonrió al recordar a la chica de pelo rojo que había conocido aquella tarde al volver al fuerte con sus hombres.

Una carreta cargada de toneles se había atascado en el barro, bloqueando la estrecha calle que conducía desde el poblado hasta la puerta sur. Un hombre anciano y gordo estaba sentado en el pescante, azotando un par de enormes bueyes blancos que permanecían inmóviles e indiferentes al chasquido del látigo o a los esfuerzos de una mujer joven que mientras tanto tiraba de ellos. “¿Va para rato?” – preguntó Nevio. “Depende de lo que quieras beber en la cena. Si te quedas ahí pasmado sin ayudarnos beberás agua, pero si quieres vino es mejor que vengas y me eches una mano” – replicó la mujer, que jadeaba por el esfuerzo si molestarse siquiera en levantar la cabeza y saber quien estaba tan ansioso de entrar en el fuerte. El hombre del carro se giró y su rostro palideció al ver al pretoriano. “¡Perdone a mi hija señor!” – dijo el hombre, balbuceando mientras Nevio bajaba de su caballo y se acercaba. Mientras tanto, el centurión al mando de la puerta vio horrorizado cómo el enviado del emperador estaba a punto de empujar un carro atascado en el barro, por lo que llamó a algunos hombres y en pocos instantes las ruedas se liberaron, los bueyes emprendieron su marcha y todos pudieron entrar en el fuerte. “Espero que el vino sea bueno, muchaha” – le dijo a la chica cuando el carro giró a la izquierda para entrar en el almacén de la guarnición. Ella se dio la vuelta y se sonrojó avergonzada al darse cuenta de que el hombre alto con el uniforme azul y el casco adornado con una vistosa cresta roja que caminaba al lado de su caballo blanco, no era uno de los soldados del fuerte.

Nevio se despertó de su ensueño. Estaba de pie en una esquina de la torreta norte, pensando en lo que le tendría que hacer el día siguiente y en lo que había dejado atrás. A pesar de lo que pudiesen pensar los auxiliares, su vida como pretoriano no había sido fácil. Se unió al cuerpo el año precedente a la campaña definitiva contra los dacios, entró con el emperador en la capital conquistada, Sarmizegetusa. Le sirvió con lealtad durante trece años, había peleado en bosques frondosos, en la arena hirviente, bajo la lluvia helada y el sol abrasador, para acabar dándose cuenta de que los enemigos más peligrosos se escondían entre las blancas columnas del foro. Estaba con Trajano cuando murió en Cilicia[2] y fue leído su testamento, en el que adoptaba a Adriano como hijo y heredero. Habían pasado cinco años desde aquel día, y ahora tenía que llevar a cabo esta misión, la última. Adriano quería construir un muro en Britania, que la dividiese de este a oeste, y estaba recogiendo la información necesaria para que tal proyecto pudiese llevarse a cabo. Había que preocuparse de multitud de detalles: el muro lo construirían tres legiones. Casi veinte mil hombres a los que había que dar un alojamiento, alimentar y proveer de material. Había que establecer además contactos con las tribus locales para asegurar la seguridad del emperador, y proponer un trazado definitivo para el muro.

Todo estaba tranquilo, los únicos sonidos que llegaban a sus oidos eran el murmullo del agua que corría en un pequeño valle al este y el castañear de los dientes del soldado que estaba de pie en la esquina opuesta. Suspiró aliviado; él también se estaba helando, provenía de la templada Valentia, en Hispania, mientras que todos los habitantes del fuerte eran originarios de Batavia[3], una tierra situada justo al otro lado del estrecho canal de agua que dividía Britania del continente. También hizo mucho frío esa mañana, cuando cabalgó con sus hombres hacia el norte para explorar el territorio. El sol se estaba alzando sobre la niebla, en un amplio valle, y no lograba distinguir la cima de la colina por la que estaban subiendo. Azuzó a su caballo, que casi resbaló debido al terreno helado; cuando finalmente logró llegar a la cima perdió el aliento. Una cadena de altas colinas, extendiéndose de este a oeste, se asomaba sobre un horizonte infinito de niebla. Las montañas parecían proas de galeras rompiendo un mar blanquecino. A medida que la luz del sol cobraba fuerza, iba deshilachando la niebla, revelando una vasta llanura de hierba helada y, algunas millas más allá, la espesa linea verde oscura de un bosque infinito.

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Emitió una sonora carcajada, mientras nubes blancas salían de su boca. “Aquí. El muro pasará por aquí” – dijo mientras movía los brazos abrazando las sinuosas colinas. “Pero sería más fácil construirlo allí abajo” – replicaba uno de los hombres de su compañía señalando el valle a sur por el que habían venido. Nevio replicó: “el emperador quiere algo más que un simple muro. Claudio” – dijo el pretoriano, mirando con entusiasmo a los ojos de su compañero, hablando en voz alta y rotunda – “imagina el efecto que hará a esos bárbaros cubiertos por pieles de oveja y la piel pintada de azul, que viven en chozas fabricadas con estiercol de vaca y paja. El mensaje que queremos que entiendan es sencillo: ‘aquí estamos, venid si os atrevéis’”.

Sí, había mucho trabajo por hacer antes del verano, cuando viniera el emperador. Debería irse a la cama, e intentar dormir. Entró en su habitación, en la residencia del comandante. Tenía un pequeño recibidor con unas baldas de madera en las que apoyar el casco y las armas; al lado de la cama había un brasero encendido. Cerró la puerta y oyó un sonido casi imperceptible, una respiración. Su mano aferró la empuñadura de su espada, pero al oir un ligero tintineo y advertir una sutil fragrancia a bergamoto la soltó, sonriendo mientras se despojaba de las armas y la capa. “¿Qué estás haciendo aquí Valeria?” – dijo, girándose hacia la cama. Vio a la mujer tumbada, desnuda, cubierta sólo por una piel de oso, con sus grandes ojos verdes que recorrían su cuerpo de la cabeza a los pies, con una sonrisa lasciva dibujada en el rostro. Sí, quizás no fuese la mujer más inteligente que hubiese conocido nunca, pero estaba ahí, tentadora. Un regalo de Venus, la diosa del amor, en carne y hueso. Aunque no era un hombre demasiado religioso, pensó que rechazar tal regalo podría considerarse incluso un sacrilegio. Sin lugar a dudas, rechazarla hubiese sido un gesto muy grosero, se dijo a sí mismo mientras se acercaba sonriendo a la cama.

[1] Cádiz

[2] Una zona de la actual Turquía

[3] Una zona entre el viejo curso del Rin y el río Waal, en la actual Nijmegen (Holanda)

Morir no es lo que más duele – Inés Plana

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El cómo se llega a un libro puede ser, a veces, un proceso extraño. Yo llegué a “Morir no es lo que más duele”, de Inés Plana, tras la pista de varios “por qué”:

  • me gustó el título desde que vi los tweets de promoción de la editorial Espasa
  • me gustó mucho la cubierta (aunque la faja externa viajó en seguida a la basura, porque no las soporto)
  • me sentía “en culpa”, en cuanto mujer que durante sus sueños más locos y extravagantes se ve a si misma cobrando algún céntimo de derechos de autor (no digo ya dedicándome exclusivamente a la tecla porque ya no se trataría de sueño, sino de alucinación) por no haber comprado un libro de ficción en castellano escrito por una mujer desde “El tiempo entre costuras” hace… demasiados años.

Así pues, incluí el título en uno de mis pedidos de libros en castellano y esperó paciente su turno en casa. No había leído reseñas, lo hago exclusivamente una vez termino los libros, pues quiero llegar lo más “virgen” posible a la lectura. En una novela como esta, saber poco o nada sobre su trama, paga. Y mucho. Por el mismo motivo, intentar escribir una reseña sobre este libro sin dejarme llevar por la emoción va a ser difícil. Porque de eso se trata, de emoción, de goce en la lectura, de dejarse llevar a otro mundo, convivir con unos personajes creados por una autora y disfrutar de una transfusión de sensaciones. Cuando un libro es tan bueno como éste, tan bien escrito, pensado, lo primero que siento es agradecimiento. No es posible computar en los menos de 20 euros que cuesta esta edición el regalo que significa el que su autora haya dedicado su intelecto, talento y esfuerzo durante años para que yo me pudiese sentir tan rematadamente bien durante algunas horas.

Los protagonistas de este thriller son imperfectamente humanos, empezando por Sara, siguiendo por el teniente de la guardia civil Julián Tresser, descrito de una manera como solo puede hacerlo una mujer para que a nosotras nos resulte irresistible. Es más, ahora caigo en que Tresser tiene los silencios de Mr. Darcy, personaje de mi olimpo particular de protagonistas masculinos en los que últimamente están llegando personajes españoles… Sí, para mi el cielo sería algo así como una velada eterna en Netherfield Hall con Mr. Darcy, Edmond Dantés y Andrei Bolkonsky en la que ahora Aníbal Rosanegra y Julián Tresser intentan colarse por una ventana.

“Morir no es lo que más duele” es un thriller perfectamente construido, que va más allá de la clásica novela negra. Una historia sobre cómo resulta imposible esconder el pasado como si fuese suciedad debajo de una alfombra: el mal existe, es absoluto, negro y podrido como el alma del villano. El protagonista masculino, Julián Tresser, es orgullosamente poco políticamente correcto, homófobo y si en el 2007 Twitter no acabase de nacer, Julián Tresser tuiteando habría acabado intercambiando puyas con barbijaputa. Aunque dudo mucho que Julián habría tuiteado nunca. Pero son las debilidades de Julián las que lo hacen irresistible, como la fuerza en la fragilidad de Sara Azcárraga.

Pues he llegado al final del post y, ahora que caigo, esto no es una reseña. Mucho mejor. Leed el libro, y basta.

Split. Postal de un lugar lejano

Este relato, que forma también parte de la serie “Isla Coronada” lo escribí tras escuchar la pieza de Ezio Bosso titulada Split postcards from far away

Estaba empezando a llover. Podía oír el repiquetear de las gotas de lluvia sobre el techo metálico del cobertizo de las herramientas en el jardín. Acarició las teclas del piano que la tía Draginja, un ser que en su familia hasta hace pocos meses no era más que una especie de figura mitológica cuyo nombre se pronunciaba en voz baja, con respeto —sobre todo por los millones de su difunto marido—y temor casi reverencial, había puesto a disposición de su hasta entonces ignorado sobrino. La tía Draginja cedió sin pestañear, no solo el piano, sino también la cómoda casa amueblada en tres niveles, demasiado grande para él, en un barrio residencial del norte de Londres. “Es una inversión. Él es el único de todos vosotros con talento, pues el Señor concentró todo el que tenía a disposición para tres generaciones de familia Bogdan en él. Por lo que dentro de pocos años podrá pagármela, si quiere” —repetía esa especie de Medusa cuando le preguntaban el motivo de tanta generosidad.

A pesar de tener solucionado el espinoso tema del alojamiento, y de que la beca que se le había concedido para sus estudios de postgrado en la Royal Academy of Music incluía, además de las clases, un reembolso económico, podía llegar a fin de mes en una de las ciudades más caras del mundo gracias a las estúpidas canciones que componía para anuncios en la radio o en la televisión, pues el alquilar la otra habitación estaba fuera de toda discusión. Había sido un día largo, entre las pruebas, el estudio y el trabajo. Había decidido continuar la mañana siguiente, y se levantó para irse a dormir. Sin embargo, sin saber por qué, llevado por el sonido metálico de las gotas de lluvia sobre el cobertizo, acarició las teclas, y tocó cuatro notas, seguidas por una pequeña variación de cinco.

— “Marja”

Tampoco supo por qué dijo el nombre que llevaba meses sin pronunciar. Se sentó y sus dedos empezaron a recorrer el teclado. Encendió la grabadora de su móvil y sacó una cartulina que llevaba siempre consigo, cuidadosamente enfilada en un bolsillo de la carpeta de piel en la que guardaba sus partituras, escondida, jamás a la vista, pero siempre presente. La colocó sobre el atril. Se trataba de una postal de Split: una vista nocturna del palacio de Diocleciano. De esta manera, llevado por los recuerdos, empezó a tocar. Un grupo de jóvenes del barrio, algo alterados tras haber salido del pub, cantaban bajo la lluvia de Londres; de la misma manera que lo hicieron otros jóvenes, meses atrás, bajo la lluvia croata. Marja sonrió entonces, al verlos pasar, y empezó a entonar la misma canción, con su voz aterciopelada de soprano. Marja y sus cabellos rubios iluminados por la luz del sol, mientras estaban tumbados en la playa. Marja y su sonrisa, su cuerpo esbelto que acarició aquel verano en Split, como acariciaba en esos momentos el teclado.

La melodía crecía en intensidad, y todos los recuerdos que se había esforzado en alejar de su mente, volvieron. No bastaba borrar sus fotos, cambiar de país, alejarse de los lugares en los que habían sido felices, no era tan sencillo. Mientras tocaba, no sólo volvían las imágenes de Marja, sino todo lo que sintió por ella, mientras la tuvo, y cuando la perdió. De repente. De un día para otro. Acababan de volver de Split, del viaje que se habían concedido para celebrar la graduación de ambos en el conservatorio de Zagreb. Ella se fue a dormir y no se despertó. Le llamó su compañera de piso, llorando, desesperada. Se habían llevado su cuerpo al tanatorio. Él colgó el teléfono y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la pared.

Mientras seguía tocando, componiendo por primera vez en su vida sin pararse a pensar cuál iba a ser la siguiente nota, notaba la rabia crecer en su pecho, por la jugarreta que les había hecho el destino. Ella desapareció de repente, se esfumó. No tuvieron tiempo tan siquiera de tener la primera discusión seria. Él no pudo nunca luchar por ella como en las novelas que de chico leía a escondidas, cuando su madre le apagaba la luz de la habitación, y sacaba de debajo de la almohada un libro y una pequeña antorcha para seguir leyendo. Él y Marja no habrían podido ser nunca como Heyst y Lena en aquella novela de Conrad; si un destino trágico los esperaba, hubiese sido mejor poder tener un Ricardo contra el que luchar por salvarla, aunque hubiese tenido que pagar el mismo precio de Heyst, derrotado, acabando con su propia vida, y pasar así el resto de la eternidad “buscando su mirada entre las sombras de la muerte”. De todos los posibles finales trágicos a su historia, ninguno era tan cínico y cruel como una muerte inesperada y absurda. Cualquier cosa habría sido mejor que eso, pero les tocó ese breve espacio de tiempo en el 2015. No faltaban, en la atribulada historia de su país natal, otros tiempos, u otras circunstancias, en los cuales tal pérdida hubiese podido ser fruto de algo mucho menos banal que una pequeña vena que estalla dentro de la cabeza de Marja o su corazón que se detiene de repente por una malformación imposible de detectar. Los podrían haber separado ejércitos invasores, el odio religioso, botas opresoras desfilando por las calles al paso de oca. En tal caso, no hubiese habido tortura capaz de hacerlo renunciar a su amor. Por ella habría atravesado campos minados, superado cualquier obstáculo, ignorado las circunstancias adversas, y derrotando él solo, con sus manos, a todo un ejército, con la bendita inocencia y el coraje que puede albergar un joven enamorado. No contó con que su enemigo era un gen minúsculo en las células de Marja, capaz de transformar un cuerpo perfecto y hermoso en algo tan frágil, capaz de romperse durante la noche. Quién sabe si estaba soñando con él cuando murió.

Sudando sobre el piano, mientras los borrachos cantaban ya frente a la puerta de su casa, y sus voces se mezclaban en sus recuerdos con las de otros ebrios bajo la lluvia en Split, sentía envidia, e incluso odio, al recordar algunas conversaciones oídas por casualidad en el metro, o en los pasillos de la academia. Maridos y novios quejándose de las pequeñas manías de sus esposas y novias, que hacían de la convivencia una dura prueba cotidiana, superada con increíble paciencia y gracias a su innata bondad de ánimo. Él no tuvo tiempo de saber si Marja era desordenada, no cerraba las ventanas o se olvidaba de tirar en seguida a la basura las compresas usadas. En esos momentos deseaba haber cogido al novio de turno por el cuello de la camisa y gritarle a la cara, decirle que no se daba cuenta de lo afortunado que era, que él habría dado su brazo derecho por tal inconveniente. Pero por aquel entonces era insensible. Era capaz de ignorar con honesta indiferencia a las parejas que paseaban por la calle cogidos de la mano, o se besaban en un parque. Sin embargo, el piano y aquellas notas que brotaban de sus dedos lo habían despertado del letargo emocional en el que llevaba viviendo desde que ella se fue.

Poco a poco, la melodía disminuyó de intensidad. Al tocar las teclas regresó a él otra imagen que lo calmó, la primera vez que la vio, en el conservatorio, mientras repasaba con su maestro el aria que formaría parte de su examen final: la primera de Mimí en “La Bohème”… “Me llaman Mimí, pero mi nombre es Lucía”. Él se quedó inmóvil, viéndola, escuchándola, durante toda el aria, incapaz de apartar los ojos de ella. Marja se dio cuenta de su presencia, y cantó los últimos versos mirándolo, y sonriendo. “No sabría qué más contarle sobre mí. Soy sólo su vecina, que la molesta a estas horas”. Se volvieron inseparables desde aquel día, y algunos compañeros les llamaron desde entonces, no sin una pizca de celos — hay veces que la felicidad ajena trae consigo algo de envidia — Rodolfo y Mimí.

Tocó la última nota, apagó la grabadora del móvil, cerró la tapa del teclado, y, con la postal en la mano, se sentó en el suelo, apoyándose en la pared. En esos momentos dos gruesas lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas, y, finalmente, meses después de su muerte, a miles de kilómetros de distancia, en un lugar lejano, lloró por Marja. A las lágrimas siguieron los sollozos, y una especie de lamento, bajo y continuo. Se dejó llevar, llorando como no lo había hecho nunca en toda su vida, hundiendo la cabeza entre los brazos, arrugando la postal con una mano.

Pasaron varios minutos. No se oía más que el repiquetear, ahora más sosegado, de la lluvia. Seguía sin levantar la cabeza, su respiración se había calmado. De repente creyó oír una voz, pero la ignoró. No estaba seguro de si la había oído, o era todo fruto de su imaginación.

“¿Estás mejor?” — levantó la cabeza. Era demasiado real como para ser una alucinación.
“¿Cómo?”
— “Perdona, quería sólo saber si ahora te encuentras mejor. Has pasado un mal rato”

La voz parecía provenir del suelo. Se percató de que cerca de él, en la pared, había una rejilla de aireación, a la cual nunca había dado demasiada importancia.

“¿Quién eres?”
— “Soy tu vecina. No quería importunar. Normalmente me siento en la escalera, en el recibidor, bebiendo una taza de té, y te escucho cuando tocas. Me llamo María”
— “Goran. Yo me llamo Goran”
— “Nunca había oído ese nombre”
— “Soy croata”

Goran notó que su corazón latía con más fuerza. Siguió hablando.

“No te había visto nunca, pero sabía que alguien vivía en la casa de al lado”
— “Yo tampoco te he visto, pero te he oído”
— “¿Te molesta el piano?”
— “No, no, para nada. No habías tocado nunca como esta noche”

No supo qué decir.

“¿Te ha gustado?”
— “Mucho. Era pura magia”

Cerró los ojos. Repitió esas palabras en voz baja, “pura magia”. Eran las mismas que, en otra lengua, otra mujer llamada Marja usaba para comentar sus piezas favoritas. ¿Otra mujer? Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Eran ya tres las coincidencias: su nombre, lo que dijo cuando le preguntó quién era —una respuesta digna de Mimí — , y esas dos palabras pura magia. ¿Podía ser posible? ¿Se estaba volviendo loco? Goran nunca vio a Marja muerta. No acudió al velatorio, ni a la cámara ardiente. Asistió de lejos a su entierro, espiando su funeral, como si fuese el protagonista de un cuento gótico. ¿Iba a tener que vivir al lado de un fantasma? Aunque se tratase de tres simples casualidades, si no hacía nada la voz al otro lado de la pared acabaría siendo de verdad un espíritu que lo atormentaría.

“María, perdona mi atrevimiento. Si quieres, podemos seguir hablando aquí, bebiendo un té o lo que quieras… Bueno, agua o té, no tengo nada más”

Pasaron algunos instantes, durante los cuales no se oía nada más que la lluvia y algún coche que pasaba de vez en cuando por la calle. Goran miraba la rejilla a través de la cual le había llegado la voz de María, como si esperase a que se animase y cobrase vida.

— “De acuerdo”

Él se levantó, como impulsado por un resorte. Se acercó al recibidor, encendió la luz y se miró con preocupación al espejo. El hombre cuyo reflejo le observaba desde el otro lado del cristal aparentaba diez años más de los que tenía en realidad. Las mejillas oscurecidas por la incipiente barba necesitaban un afeitado. Vestía unos vaqueros y un jersey negro, que ceñían un cuerpo alto y musculoso, más propio de un atleta que de un músico. Tenía el ceño fruncido, los ojos oscuros; el pelo negro, aunque bien cortado, estaba despeinado. Con el aspecto que tenía aquella noche, y con su marcado acento eslavo al hablar, no habría podido dar más de diez pasos por Kensington Gardens sin que un bobby apareciese por una esquina pidiéndole sus papeles. Sonó el timbre de la puerta, una sombra se adivinaba al otro lado de la cristalera. Abrió, y durante unos instantes, no supo si se sintió aliviado o defraudado. Sin lugar a dudas la mujer que tenía delante de él no era el fantasma de Marja, no podían ser más diferentes. Ésta era casi tan alta como él, morena, de ojos oscuros, aunque tenían la misma sonrisa: sincera, solar, contagiosa.

“Aquí estoy. Soy María” — le dijo, tendiéndole la mano. Él se extrañó del hecho de que, a pesar de que estaban cara a cara, ella no le miraba a los ojos, sino a un punto indefinido, ligeramente desviado sobre uno de sus hombros. Fue entonces cuando se percató del bastón que ella llevaba en una mano, y no pudo evitar sorprenderse. –”Creo que te has dado cuenta de que te he dicho la verdad respecto al no haberte visto nunca. Tendrás que guiarme hasta el salón, o la cocina”
“Sí, por supuesto, perdona” – contestó Goran, cogiéndola del brazo, acompañándola dentro de la casa.

Esa primera noche hablaron durante un par de horas, de todo un poco, de dónde venían, qué hacían en Londres. Sin embargo, María no le dijo que tenía la mala costumbre de cerrar mal el grifo de la cocina, pero sólo ese, nunca los del baño, y no siempre. Y que había veces que tenía que despertarse de madrugada para cerrarlo bien, pues en el silencio de la noche, el ruido de las gotas de agua al caer sobre el fregadero, podía resultar más molesto que una caravana de camiones desfilando bajo la ventana.

Goran no se lo reprochó nunca.

El guante

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EL GUANTE

Al principio no me fijé en ella. Parecía un ratoncillo asustado, escondida detrás de unas grandes gafas, pasadas de moda. Como las que veía cuando paseaban por aquí muchachas de pelo largo y lacio, vestidas con minifalda. Lo que hizo que me fijase en ella fue su actitud. Normalmente la gente pasa de largo; no me dedican más que una mirada distraída, pues tienen algo más interesante que ver. Yo, por mi parte, no cruzo la mirada con ellos, como si tampoco les diese importancia, en una muda competición de “quién ignora mejor a quién”. Tras años de práctica he desarrollado una excelente visión periférica; aunque parezca distraído, absorbido por mis pensamientos, no me hace falta mirar directamente a quien pasa por aquí para percatarme hasta del más mínimo detalle de su aspecto. No sé precisar con exactitud cuánto tiempo estuvo viniendo hasta que empecé a pensar, llevado por la vanidad, que ella venía a esta sala exclusivamente por mí.

Durante sus primeras visitas no se acercaba demasiado. Me miraba de lejos, cruzando los brazos sobre el pecho, o protegiéndose con una carpeta, o un bolso, a la defensiva. Como si fuese a escapar de un momento a otro y tuviese que usar lo que llevaba entre los brazos como arma de defensa. Su actitud fue cambiando, poco a poco. Hasta que, un día, se atrevió a sentarse frente a mí. A una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para distinguir su mirada, libre de las gafas; quién sabe qué había hecho con ellas.

Puedo afirmar, aunque parezca pedantería por mi parte, que me he convertido en un experto en miradas. La suya no era fría, ni inquisidora como la de los eruditos, o vacía, como la de los estúpidos, o peligrosa, como la de los ignorantes. Tenía una sinceridad infantil, era acogedora, materna.

Venía todos los días, sin excepción. Advertía su presencia aun cuando estaba en otra sala, pues reconocía el sonido de sus pasos entre millares. Me sonreía, se sentaba y abría un libro. Lo levantaba de manera que pudiese ver el título. Todos eran de autores que conocía: Dante, Petrarca, Ariosto… Incluso leía algunos que hubiese querido leer y no tuve ocasión de hacerlo. Otros días sacaba un cuaderno de su bolso y escribía, o dibujaba. A veces no hacía nada, simplemente me miraba, y yo volvía a sentirme vivo. Con el tiempo, me di cuenta de que ella cuidaba más su aspecto, se vestía mejor, había cambiado de peinado. Una tarde vino con un grupo de personas; parientes, sin lugar a dudas, a juzgar por la forma de la nariz, o el arco de las cejas. Ella iba la última, se había rezagado. Una mujer la llamó “Ariadna ¡vamos!” Fue así como supe su nombre. Ella me miró, levantó los hombros, como pidiendo disculpas, y yo sonreí. Imperceptiblemente.

Una tarde de primavera estaba particularmente hermosa. La suya fue una metamorfosis digna de Ovidio. He visto muchas mujeres bellas durante estos años, pero ninguna como Ariadna. Yo, que he sido testigo de su transformación, puedo entender mejor que nadie qué había sucedido con ella. Simplemente, la belleza que tenía dentro subió a la superficie de su piel, iluminándola con una luz que ni siquiera el maestro sería capaz de captar. ¿Cómo puedo saberlo, si no hablé nunca con ella? Lo sé, y basta.

Un día un joven italiano pasó a su lado, y le dijo algo. Ella no le entendió, pero yo sí, pues nací en esa tierra. Si hubiese podido, le habría borrado esa expresión bovina del rostro, y habría hecho buen uso -a falta de una ropera afilada- del pañuelo que colgaba del bolsillo de sus pantalones para retorcerle el pescuezo. Al final el mozalbete desistió y Ariadna se excusó con la mirada, y advertí una cierta preocupación en su rostro. ¿Había notado mis celos? Sí, celos. A pesar de que creía que los sentimientos no formaban ya parte de mi vida. ¿Pero lo fueron alguna vez? ¿Qué me estaba sucediendo?

Al día siguiente no vino. Intenté justificar su ausencia con miles de motivos, creí reconocer sus pasos, pero me equivocaba, una y otra vez. Ha pasado ya un mes. No ha vuelto. Y yo estoy sumido en la más profunda y negra desesperación. No me preocupa lo que pasa a mi alrededor, y miro, simplemente, un punto indefinido de la pared. Mis jornadas pasan lentas, monótonas. Con tal de sentir algo cedo a la tentación de los celos; la imagino paseando de la mano de ese joven italiano, riéndose los dos de mí. Me esfuerzo en no pensar en ella, ni en lo que soy. “Ser” ¿Hay palabra más absurda para definirme?

Alguien se está acercando. Demasiado, no está permitido. ¿Quién viene a molestarme? No puede ser… ¡ELLA! ¡ES ELLA! No he reconocido sus pasos porque camina apoyándose en unas muletas. Siento que el corazón – ¿mi corazón? – está a punto de estallar. “Amor mío” – me dice – “he vuelto apenas he podido”. Entonces ¿es verdad? ¡Ella también me ama! Si es posible lo que he oído ¿qué más cosas increíbles pueden suceder? Noto que se me humedecen las mejillas y, por primera vez en cinco siglos, puedo mover la cabeza, mirarla a los ojos y extender la mano. Sí, todo es posible. “Acércate. Dame la mano, Ariadna”.

El director de la National Gallery recorrió a toda velocidad la distancia entre su despacho y la sala número dos. El responsable de la sección de pintura italiana lo había llamado, diciéndole que había pasado algo con un Tiziano. Cuando se acercó a la sala había un grupo de personas delante del “Retrato de joven con sombrero y guantes”. Por un momento suspiró aliviado, al ver una esquina y el marco de la tela por encima de las cabezas de los reunidos, pero cuando éstos se apartaron se quedó helado. Sí, el cuadro estaba colgado donde siempre, parecía íntegro, pero… No quedaba rastro del sujeto retratado. Todos los demás elementos de la tela no habían cambiado: ahí estaban el parapeto de piedra, el fondo oscuro, el friso en la parte izquierda del cuadro envuelto por una luz oscura. Durante más de quinientos años, el punto de luz de aquella obra era el rostro de un apuesto joven, retratado de medio perfil que miraba un punto indefinido a su derecha, vestido con una camisa blanca y un amplio jubón de terciopelo azul oscuro, apoyando sobre el parapeto el brazo izquierdo, envuelto en una manga roja. La mano, enguantada, sujetaba el otro guante de piel marrón clara, mientras que, con la mano derecha, de la que sólo se podía ver el pulgar, sujetaba un sombrero oscuro. No quedaba rastro del hombre; sólo el guante descansaba sobre el parapeto gris piedra. Según el guardián, cuando el museo estaba cerrando y se aseguraba de que los rezagados saliesen, entró en la sala una chica que caminaba con unas muletas. La recordaba perfectamente, era una habitual del museo; más que del museo, de esa sala. Ignoraba los demás cuadros de Tiziano y pasaba un par de horas al día delante de ese retrato. Hacía un mes que no venía; le dijo que había tenido un accidente y que era el primer día que salía de casa, le había sido imposible llegar antes y le rogó que se pudiese quedar sólo un momento. Le había concedido unos minutos más, el tiempo necesario para verificar que todo estuviese en orden en la sala contigua. A los pocos instantes de dejarla, sonó la alarma. Regresó, y la chica ya no estaba. Quedaban sólo las muletas en el suelo, y el cuadro había cambiado.

El museo trató la cuestión con discreción. La tela era propiedad de un privado, y estaba en depósito. Habían contactado ya el dueño, pues en los últimos tiempos la tela había sufrido extrañas variaciones en los pigmentos, y durante el último mes se había deteriorado visiblemente. Se emitió un comunicado de prensa anunciando que la obra tenía que ser restaurada y se concedió una indemnización millonaria al propietario. La pintura fue examinada por decenas de peritos y expertos, en el más absoluto de los secretos, y con las técnicas más vanguardistas. Era como si Tiziano nunca hubiese pintado a aquel joven. A pesar del secreto y la reserva, empezaron a circular extrañas historias sobre los cuadros de la National Gallery: había quien juraba que en los grandes cuadros del Veronés o Tiépolo aparecían figuras nuevas, un hombre y una mujer, que se desvanecían poco después. Pero nada se pudo comparar a la sorpresa cuando, un año después de que el cuadro fuese retirado de la sala dos, y tras examinar la tela con rayos X por enésima vez, apareció bajo la pintura oscura del fondo la silueta de una pareja. El hombre se parecía al que retrató Tiziano. No se podían reconocer las facciones de la mujer, pero algo se distinguía con nitidez. Lucía un espléndido collar de perlas, con un colgante: una letra “A”.


Vuelvo a publicar en el blog una serie de relatos en castellano que había escrito estos últimos años. Hace unos meses, convencida de que el mundo literario estaba esperandome ansioso y con los brazos abiertos, borré todos los relatos, los agrupé en una colección que llamé “La isla coronada” (un gallifante para quien adivine la cita y el por qué la elegí), y los mandé a una archifamosa editorial.

Pasados los meses, visto que mi aventura en eso de la autoedición ha pasado tan desapercibida como mi correo a la editorial y que, sinceramente, si pienso en ello me deprimo, he decidido “dejar las cosas como estaban”. Los relatos de “La isla coronada” volverán al blog, así podré dar espacio a quienes (a vosotros, un sincero y afectuoso “vaffanculo”) van dejando sin ton ni son “follows” y “me gusta” como medida de autopromoción, pues ellos lo valen,  en cualquier post o blog con la etiqueta “escrito”.