Naná y don Andrea

El escritor leía los mensajes de las tarjetas, junto a los ramos de flores, o repartidos por la parcela, sujetos con piedrecillas. Sonrió al ver la firma del billete que tenía en las manos. Una de sus muchas lectoras fieles, la había encontrado en un par de ocasiones. ¿Habría hecho el viaje hasta la capital exclusivamente por él? Por muchos años que llevase en el oficio seguían conmoviéndole las muestras desinteresadas de afecto y generosidad. Dejó caer el billete al suelo. Se sorprendió al ver una gata a sus pies, mirándolo. Sus pupilas eran color miel, y el iris se reducía a dos rendijas verticales. Sabía que los gatos blancos con manchas marrones y negras eran siempre hembras. Algo genético, creyó recordar. El animal era precioso, de pelo largo que formaba una melena leonina en el pecho; la cola, doblada en forma de ese, se mecía como la batuta precisa del director de una orquesta invisible.

— ¡Hola!

Se dio la vuelta, extrañado. ¿Quién le había saludado?

— ¡Hola! Aquí abajo, don Andrea.
— Los gatos no hablan— respondió el hombre con voz ronca, fruto de mil cigarrillos, y con un fuerte acento siciliano.
— Los muertos como usted tampoco.
— Sí, bueno… Son dos cosas algo raras, tengo que admitirlo. Puedo decir, en mi defensa, que acabo de llegar.
— En el tiempo de este lado, sí. En el de los vivos han pasado tres meses.

Andrea Camilleri recorrió el lugar con la mirada. Había estado varias veces en el cementerio no católico de Roma. Advirtió algo extraño, o más bien, la falta de algo: no llegaba a sus oídos el ruido del tráfico, a pesar de que a esas horas del día sería intenso. Era como estar allí, pero sin estar. A fin de cuentas había muerto ¿no? Le llamó también la atención otra cosa: no había absolutamente nadie en todo el camposanto.

— ¿Tú tienes un nombre? — preguntó a la gata.
— Naná— vaya, Zola. Nunca le acabó de gustar Zola.
— ¿Y estás… ?
— No, yo estoy viva. Nosotros los gatos somos un puente entre los dos mundos. Vemos a los vivos, y a los muertos. A veces es un lío, pero nos acostumbramos. Acompañamos a los huéspedes del cementerio en su primer paseo, para que vean cómo funcionan las cosas aquí.

— ¿Y los demás?— preguntó Camilleri, haciendo un gesto vago con la mano en el aire— No veo a nadie. No creía en la vida después de la muerte, pero por si acaso elegí esta parcela porque está al lado de Gramsci. Para poder charlar de vez en cuando, no creo que haya muchos comunistas por aquí.
— Poco a poco, don Andrea.
— ¿Y puedo salir del cementerio?
— Claro que puede. Sólo tiene que desearlo y estará en cualquier lugar y tiempo de su elección. Pero la mayoría de los difuntos prefieren quedarse aquí.
— ¿Tengo que quedarme con este cuerpo de viejo decrépito para toda la eternidad? Francamente, me he cansado de esta papada.
— Elija usted mismo su aspecto. Basta que haya sido suyo, obviamente.

El escritor se rascó durante unos instantes el mentón. Se le iluminó la cara.

— Imagina: Sicilia, Julio de 1943. En el valle de los templos de Agrigento un joven…

Naná empezaba a aburrirse, y decidió librarse de una piedrecilla que se le había incrustado entre las almohadillas de una pata. Se dedicó a la operación con minuciosidad, y aprovechó para limpiarse el pelo con su lengua áspera. La voz del maestro se afinaba, mientras la gata terminaba su aseo. Cuando se dio por satisfecha, tenía delante de sí un joven alto y muy delgado, vestido con un viejo mono de obrero que le estaba demasiado grande.

— ¿Sabes que conocí a Robert Capa?
— Algo he oído, don Andrea. Pero ya me lo contará. Sígame.

Mientras caminan por el sendero de grava, Camilleri observa las tumbas, y a los gatos que se esconden entre las plantas o descansan encima de las lápidas.

— ¿Están acompañando a alguien?
— No, no… Ya lo sabe usted, aquí no hay mucho movimiento. Llevamos una vida tranquila, los gatos de la colonia, aunque de vez en cuando haya jaleo para obtener el mejor lugar para descansar. El más cotizado está bajo las alas del ángel del dolor. Hay auténticas riñas de gatos por él, si se me permite la expresión.

A la altura de la pirámide Cestia se extiende un pequeño parque, con el césped verde y bien cuidado. La base de la pirámide se encuentra varios metros por debajo. Delante de una pequeña puerta, un hombre camina vestido con una toga tan blanca como el mármol del monumento detrás de él. Ante la mirada inquisitiva de Camilleri, Naná asiente.

— Sí. Cayo Cestio Epulón en persona. Si no tiene usted ganas de charla, no se le acerque demasiado. Estuvo casi dos mil años —de los vivos, varios siglos de los de este lado— solo, y aún no se cree que tenga compañía. Si empieza a hablar de los egipcios, no para.
— ¿Pero cómo voy a hablar con él y los demás “huéspedes”? Se me han dado siempre fatal los idiomas.
— Pues con la mente, como estamos hablando ahora. Igual que cuando lee un libro y oye la conversación de los personajes, aunque todo sea silencio a su alrededor.

En el fondo del parque se encuentran las lápidas de Keats y Severn. En ese instante, en el lado opuesto, va tomando forma un grupo de hombres jóvenes, que juegan a algo parecido al rugby.

— Mire, don Andrea, los ingleses. Suelen juntarse a estas horas para un partido: Keats, Severn, Burlowe, Bowe, Coburn y … ahí llega Shelley.
— ¿Shelley? Creo que voy a practicar esta comunicación empática, me gustaría saber un par de cosas sobre Mary.

Camilleri se aleja, mientras Naná se estira, arquea el lomo y bosteza. Satisfecha, busca un hueco cómodo a los pies de la tumba del poeta inglés, y se echa una merecida siesta.

Argos

Estaba durmiendo tranquilamente en mi esquina, sin llamar la atención, hasta que he notado un olor nauseabundo. Soy el perro más viejo que haya vivido nunca en Ítaca, puedo ver sólo sombras y me cuesta levantar la pata para mear, pero el olfato, los dioses sabrán el motivo,  lo sigo teniendo excelente. Y ese olor a mierda de cerdo puede venir únicamente de una persona: Eumeo, el porquero. Que las furias se lo lleven de mi lado ¿se puede saber qué ha venido a hacer aquí? Nunca entra en palacio, es más, si lo hace, Euriclea le grita de malas maneras y lo acompaña a la puerta, o a las cocinas. Pero no está solo, habla con alguien, que camina curvado, apoyándose en un bastón. Parece un mendigo, así lo creo. Ya he dicho que no veo bien, pero hay algo en ese hombre que me obliga a fijarme en él. Llega hasta mi trufa un olor diferente, abriéndose paso entre todos los que asaltan mis sentidos: el hedor del porquero, la grasa de los venados que se están cociendo a fuego lento para el banquete de esta noche, el incienso que arde lentamente en los pebeteros… Un olor que no he olvidado, a pesar de que han pasado veinte años.

Si fuese más joven ladraría, pegaría brincos, movería la cola, aullaría, pero de mi garganta sale sólo un gemido quedo. El mendigo gira la cabeza, y se acerca, un par de pasos, para detenerse de repente. ¡Es él! ¡Amo! ¡Amo! ¿Cómo es posible que haya cambiado tanto? Ahora entiendo, hay algo que brilla detrás de él, una figura alta y blanca como la nieve, la diosa Atenea, que lo ha cuidado y oculta la figura de Ulises, rey de Ítaca, bajo el disfraz de un pordiosero. ¿No me escondo yo también bajo un aspecto engañoso? Yo no soy este viejo saco de pulgas, con el pelo lleno de nudos, devorado por las garrapatas y con dos velos blancos que cubren mis pupilas. Es un truco, un disfraz; en el fondo, sigo siendo el cachorrillo que aprendía, con su amo, a cazar cabras, ciervos y liebres.

Crecí con Telémaco, su hijo; a sus pies deposité la primera presa, orgulloso de mi hazaña. Me empeñé en ser el mejor perro de caza que haya corrido nunca por las colinas pedregosas de la isla, para poder demostrarle al amo, cuando regresase, que había aprendido bien sus lecciones, que podía estar orgulloso de mí. Pero el tiempo pasaba, sin que llegasen de Ulises más que noticias vagas. Mientras tanto, mi agilidad menguaba y Telémaco se olvidó de mí. Tenía otras cosas en las que pensar, otras batallas que luchar. Vérselas con esas alimañas que acechan el trono de Ulises, que quieren apropiarse de todo lo que es suyo: el poder, la isla, su esposa.

He creído durante años que el ama Penélope no me quería. Cuando me miraba, había una sombra de oscura añoranza en sus ojos; yo le recordaba a su marido, mi presencia era un dolor añadido al suyo, y estaba convencido de que, si no me sacrificaba, era sólo por respeto a su esposo. Sin embargo, hace unos meses sucedió algo. Los pretendientes estaban, como todas las noches, borrachos, saciados. Yo dormitaba al lado del fuego cuando uno de ellos, que apenas podía tenerse en pie, tropezó y me pisó una pata. No sé de dónde saqué las fuerzas; le aferré un tobillo, veloz como un rayo, y le traspasé el talón de parte a parte con mis colmillos. El dolor despertó al hombre de su borrachera, desenvainó su espada, y estaba a punto de traspasarme con ella cuando se oyó la voz del ama. “¡Quieto! Que nadie ose tocar al perro de Ulises”. No dijo nada más; se retiró a su habitación, como todas las noches, a tejer. Cuando los pretendientes se fueron a su vez, o dormían la borrachera tirados en el patio, me uní a ella. No recuerdo cuánto tiempo tardé en llegar a la estancia; estaba delante del telar, entre las sombras se distinguía el tronco del olivo alrededor del cual mi amo construyó la cama, el palacio, sus vidas. Me dejé caer al lado de la puerta; estaba lo bastante cerca como para entender que no estaba tejiendo, sino deshaciendo la labor. “Has descubierto mi secreto”, dijo, acercándose y, por primera vez en nuestras vidas, acariciándome una oreja.

Lo que daría por que lo hiciese ahora el amo. Me acercaría gustoso a lamerle los pies, pero no puedo hacer más que gemir y mover, despacito, la cola. La diosa levanta poco a poco su brazo derecho, la luz que irradia de su figura cae sobre nosotros y noto cómo se deshacen las cataratas de mis ojos. Veo a Ulises no ya como un pordiosero, sino como el rey de Ítaca. Me mira; una lágrima solitaria cae por su mejilla. Sí, amo, te esperaré al otro lado. Antes de morir le escucho pronunciar mi nombre, con un susurro. Argos.

Muerte en el hielo – reseña

 

Quienes habéis visto la serie de la HBO “The Terror”, podéis haceros una vaga idea de qué os váis a encontrar cundo leáis la novela de Álber Vázquez “Muerte en el hielo”, que narra lo sucedido a la nave San Telmo y a sus 644 hombres, tras encallar en las costas de lo que sería conocida como isla de Livingstone, en la Antártida, a principios de septiembre de 1819. Escribo “vaga” con razón; recordad el frío y las penalidades que sufrió la tripulación del Capitán Franklin en 1845, y multiplicadlo por la enésima potencia. ¿Hecho? Pues ahora multiplicad de nuevo por diez el resultado, y cuando leáis la novela de Álber Vázquez os daréis cuenta de que os habéis quedado cortos.

Los hombres del brigadier Rosendo Porlier no estaban intentando buscar un paso entre los hielos que comunicase dos continentes. Sólo tenían que doblar el cabo de Hornos, “nada, en cualquier caso, que no se hubiera hecho cientos y cientos, ¡miles!, de veces en los últimos siglos”, y llegar al Perú cuando, la fatalidad, para usar la palabra tan querida por Alexandre Dumas, se presentó a bordo del San Telmo en forma de un timón roto por la borrasca. La nave perdió el contacto con el resto de navíos de la formación y fue a la deriva, hasta que encalló. Los hombres que sobrevivieron al brutal impacto contra la costa se las tuvieron que ver con los coletazos del invierno austral vistiendo tan solo un ligero uniforme de entretiempo (aquellos que lo llevaban), sin más abrigo que una manta deshilachada y raída, calzando botas de cuero de suela fina y flexible, apta para subir y bajar a toda prisa los puentes de una nave de guerra, pero que los dejaba prácticamente descalzos en una playa de piedras agudas y cortantes.

Álber Vázquez narra con gran habilidad el padecimiento de aquellos hombres. No se trata sólo de un frío que entumece y entorpece los movimientos, hace perder la razón y convierte el color de la piel en azul (la tripulación del San Telmo mostraba la piel en tonos azulados que, eso sí, se perdían en diferentes grados de tonalidad en función de lo helado que estuviera el hombre), sino cómo, ante una situación extrema, el tenue barniz de la civilización se resquebraja. La lenta pero inexorable pérdida de la Humanidad ante circunstancias adversas  es un tema que ha sido tratado ya muchas veces por la literatura, como en “El corazón de las tinieblas” o “El señor de las moscas”. Cada hombre reacciona de manera diferente: honor, resignación, rebeldía, locura, angustia. Todo a través de un narrador conciso, directo, cercano (“morirse en un asco, sobre todo para el que se muere”), que realiza continuos guiños al lector. Es una novela cargada de dramatismo, con una crueldad inimaginable (además, sin la necesidad de sacarse de la manga un oso polar mutante), pues no hay peor bestia que el hombre cuando deja de serlo. Y, a pesar de todo, nos ofrece momentos de una belleza y un lirismo inimaginables en una historia de tales características, como en las 25 páginas del capítulo 16. Gracias a la falta de noticias sobre qué sucedió a aquellos hombres tras el naufragio, el autor da rienda suelta a su imaginación, construyendo un mosaico, verosímil y absurdo—como sólo la realidad puede llegar a ser—sobre lo que pudo suceder las horas sucesivas al naufragio.

“Muerte en el hielo” es una novela imprescindible, no sólo para los aficionados a la novela histórica, sino también para los amantes de la buena literatura. Reivindica un hecho que se borró de la Historia: que fueron los españoles los primeros en llegar a la Antártida, no la expedición del capitán británico William Smith el 15 de octubre de 1819.

“Que se sepa de nosotros y nuestra desdicha”.

Para terminar, la Terror y la San Telmo se diferencian en otro aspecto. Mientras que la Royal Canadian Geographical Society ha encontrado los restos del Terror (Vídeo) en España un proyecto privado para realizar una búsqueda de los restos del San Telmo se ha quedado sin financiación por parte del gobierno.

Mientras España se pone de acuerdo para hacer paces con su historia, Rosendo Porlier y sus hombres llevan esperando doscientos años en esa tierra inhóspita, formados en la playa de guijarros. Imagino al brigadier el día en el que, finalmente, un navío español se acercará a la costa de rocas negras, murmurando en voz tan baja que apenas puedan oírlo los tenientes Ostos y Marín, un “a buenas horas”, seguido de una orden, pronunciada en voz alta. “Caballeros, saluden la bandera”.

Conocido desconocido

Nighthawks – Edward Hopper

 

Fue por una de esas conversaciones de bar. Se encontró metiendo baza, o fue él quien lo hizo. Habían pasado varios meses y ya no lo tenía claro. Cuando pasa el tiempo se duda de los recuerdos; nunca se está seguro de qué sucedió exactamente en un momento determinado. Ante la duda, te aferras a una versión de los hechos y se da por buena, sin más. Por eso, a esas alturas creía que fue ella quien entró en su conversación, gracias a algo que en ese país pone de acuerdo a desconocidos en pocos instantes: la burocracia y todas aquellas normas y mecanismos que en la cabeza del legislador o el político de turno eran algo genial, pero que puestos en práctica convertían la vida de los sufridos ciudadanos un infierno.

Así pues, ella—hemos quedado en que fue ella quien empezó—hizo partícipe al desconocido de un par de trucos para intentar superar los continuos errores que proporcionaba la nueva herramienta burocrática a la hora de introducir un cierto tipo de datos en el sistema. Consciente, mientras lo hacía, de que se estaba poniendo colorada como un tomate. Pasó a ser algo habitual desde aquel entonces, cada vez que coincidían: la mutua consciencia de que se encontraban en una situación incómoda sin ningún motivo. Aquella mañana, ella salió la primera del bar tras haber pensado unas diez veces mientras pagaba el desayuno si tenía que saludarlo al salir, pero a juzgar por las miradas furtivas que él echaba en su dirección, parecía claro que no era la única que se encontraba en tal dilema. Nunca tuvo todas esas dudas con la joven madre y su bebé: se decían hola y adiós, se saludaban si coincidían en la acera o entrando y saliendo en el bar, a pesar de que nunca compartió con esa mujer ningún truco para engañar al pérfido programa informático: simplemente hizo algunas carantoñas a su hijita. Pero con él no sabía nunca qué hacer. Lo único que compartían era la certeza de que el otro—la otra—estaba igual de incómodo porque había quedado algo pendiente entre ellos. Quizás si aquella primera mañana ambos hubiesen tenido valor para despedirse con un hasta luego, buenos días, esa sensación de y ahora qué no se habría quedado colgando en el aire, como una amenaza, o una promesa.

Por más que analizase la situación con la lógica, no llegaba a conclusión alguna. De acuerdo, era alto y agradable a la vista, podría definirse un hombre atractivo; tenía un cierto aire a un actor americano, Kyle Chandler, el coronel Cathcart de “Catch 22”. Sin embargo, no salía muy bien parado tras una mirada más crítica. Llevaba la ropa un punto demasiado estrecha, calzaba zapatos francamente horribles y encima se ponía gel en el pelo, dejando algún que otro mechón de punta. Probablemente era bastante más joven que ella, pues tenía sólo algún que otro cabello blanco. Los retales de sus conversaciones en el bar no le habían dejado la sensación de que fuese un hombre demasiado inteligente; ni tan siquiera la voz, que para ella era un rasgo que bastaba para convertir un asno en un Adonis, era mínimamente memorable. No se lo imaginaba leyendo un libro ni aunque se lo hubiese encontrado con uno bajo el brazo. Y entonces ¿por qué pasó un mal rato cuando un día estaban los dos delante de la caja para pagar sus consumiciones? ¿Por qué no podía sentir la indiferencia de cuando se sentaba alguien a su lado en el metro?

Quizás porque sabía que el conocido desconocido se encontraba en su misma situación. Lo cual no dejaba de tener su maldita gracia, pues nunca la había visto maquillada, ni hace quince años o veinte kilos, cuando los silbidos de los obreros se activaban automáticamente cada vez que pasaba cerca de un edificio en construcción. Entonces sí que habría un motivo para mirarla de reojo, adoptar una pose de indiferencia muy poco espontánea; había veces que a ella le entraban ganas de recriminarle qué narices encontraba de interesante en su cara ojerosa a las siete y pico de la mañana.

No soportaba más el seguir con la sensación de tener algo pendiente con el desconocido cada vez que se cruzasen por la calle o en el bar. Había que aclarar las cosas lo antes posible: hacer de tripas corazón, mirarle a la cara y soltar a bocajarro un aclaremos las cosas. Con un epílogo variable entre una cara anonadada o acabar dándose el lote en el retrete, como se ve en las películas. Tras unas pocas frases de circunstancia con las que habrían constatado que era inútil negar la evidencia: se gustaban a pesar de todo. La ocasión llegó. Lo vio por la calle, lejos de oídos indiscretos. Aceleró el paso, yendo decidida hacia él, que no se había percatado de su presencia pues estaba escribiendo algo con el móvil. Cuando estuvo a punto de abrir la boca apareció en su mente una imagen, nítida y clara: unos pantalones bajados, el botón de su chaqueta a punto de salirse del ojal, unos horribles calcetines de hilo y un par de zapatos negros, bastante vulgares, pisando las baldosas de un baño.

Ella pasó de largo, fingiendo buscar algo en el bolso.

Final de trayecto

Ivan Pasič era un hombre metódico y pulcro. Había hecho del orden su razón de vida por lo que, cuando reconoció que determinadas circunstancias, tan inexorables como ajenas a su voluntad, habrían mutado el orden en caos e incertidumbre, decidió suicidarse. Se había declarado siempre un ferviente admirador del periodo republicano de la Antigua Roma, y sobre todo, del recurso al suicidio como la única salida de escena honorable. Lo planificó todo hasta el último detalle para no caer en errores banales de cálculo; no pretendía acabar como Catón el Uticense, sacándose las tripas con las manos por el tajo desacertado con el que no logró matarse al primer intento.

Así pues, cuando decidió acabar con su vida tirándose bajo el tren metropolitano, se dedicó a la preparación con laboriosa tenacidad. Estudió los horarios del metro, cual sería la hora mejor para no causar demasiados problemas a los usuarios del servicio público. Siempre le habían irritado las interrupciones de servicio debidas a otros suicidas más torpes que él, o a hombres cuyas coronarias decidían reventar en plena hora punta. A rigor de lógica, el momento más adecuado era pocos minutos antes de la interrupción del servicio semanal ordinario, el viernes a medianoche. Si cogía el penúltimo tren y se bajaba en la penúltima parada, podría aprovechar la llegada del último convoy para lanzarse contra él. No solía coger el metro a esas horas, por lo que hizo algunas pruebas; nunca varios días seguidos, para no llamar la atención. De igual manera, para que nadie se acordase de él durante sus reconocimientos, se camufló con el tejido urbano vistiéndose como uno de los tantos hombres grises que entran y salen del ferrocarril. Dejó por tanto en casa su inseparable sombrero de pita, y cambió el traje de lino crudo por unos tejanos y una sudadera, que adquirió con profundo disgusto en unos grandes almacenes. Eligió un rincón, entre el andén de la penúltima estación y la salida, al que no llegaba el ojo de las cámaras de seguridad, donde podría esperar la llegada del último tren y tomar carrerilla desde allí para su último salto. Contó mentalmente los segundos necesarios para tal operación, imaginó el salto mientras marcaba el tempo con la mano derecha, como había visto hacer muchas veces a los atletas que se preparaban para el salto triple.

Una vez finiquitado el asunto de la ejecución material de su muerte, pasó a otros preparativos. Pagó a su casero un mes de alquiler por adelantado con la excusa de que estaría ausente una buena temporada por un largo viaje. Con el mismo pretexto dejó a su gato Angst bajo el cuidado de una vecina amante de los animales, que seguramente no lo abandonaría. Los últimos días los dedicó a limpiar con esmero el ya impoluto apartamento, tiró las pocas cosas inservibles que había acumulado en la casa durante los últimos años, efectuó un inventario exhaustivo de los miles de libros que eran la única decoración de todo el inmueble, dejando precisas instrucciones respecto a la cesión de los mismos a la biblioteca municipal, o en su defecto, a la que fue su escuela. Limpió el frigorífico, el horno y demás electrodomésticos; empacó trajes, camisas, zapatos, ropa interior.
Antes de salir de su casa para siempre, dejó encima de la mesa del salón, en buen orden, varios documentos personales incluida una póliza vida pagable incluso en caso de suicidio (había pagado durante decenios una cantidad extra para que cubriese tal eventualidad, era mejor prevenir) a una sobrina de Belgrado a la que vio por última vez hace un decenio.

Ivan Pasič salió de su casa, dejó las llaves en el buzón y se dirigió al metro. Eran las 23,25. A las 23,55 esperaba oculto en el andén; oyó el tren que se acercaba, movió los dedos cual muda batuta, una, dos, tres, una, dos y … Carrera … El choque contra el frontal del tren en desaceleración no le hizo perder el conocimiento; mientras volaba sobre los raíles sonreía satisfecho por el excelente trabajo realizado. Constató, además, que había logrado caer con el cuello encima de la vía. Pudo oír el chirriar de los frenos, el acercarse del vehículo, vio la llanta metálica de la rueda que se acercaba inexorablemente, con certeza quirúrgica. Todo era perfecto hasta que se dio cuenta, en la última fracción de segundo, de que no recordaba el motivo por el que se había matado.

Pide, que te será dado

La queja más unánime sobre Twitter es que se ha convertido en el templo de la crispación, el mal rollo, los trolls y todo aquello que de negativo puede dar internet. Como todas las generalizaciones, son injustas. Trolls haberlos haylos, pero también hay gente capaz de hacerte pasar un buen rato, y que encima es generosa. El locutor Sergi Carles nos deleita con su buen humor en su cuenta @TodoJingles, nos enseña entresijos de su trabajo, comparte frikismos varios, y además tiene una segunda cuenta, @JinglesPoesia en la que recopila peticiones de locuciones. Tras escuchar en su voz el íncipit de una de mis novelas favoritas de los últimos años, “El guardés del tabaco”, me armé de valor y le pedí que leyese uno de mis textos, Un monólogo sobre Ulises .

Había pasado más de un año, y como yo no soy de quienes van exigiendo cosas gratis, ya ni me acordaba del asunto. Hasta que ayer me llegó un mensaje directo por Twitter con la gran noticia. Aquí está el video.

 

Conversaciones entre ausentes

Grafomanía – ejercicio en latín cursivo

Laura Mínguez ha escrito en Jot Down un bellísimo artículo sobre las cartas (quien quiera leerlo, que acoquine y pague la subscripción, que aún no está disponible gratis) que me ha hecho reflexionar sobre ellas. La abuela cebolleta cascarrabias que hay en mí ha levantado la voz, como siempre y cada vez con más frecuencia, refunfuñando sobre lo que se han perdido los milennials, la emoción de comunicar por carta de papel. Y si a las cartas iba unido un amor de juventud, miel sobre hojuelas. El cartero se volvía una figura mítica, el mensajero de los dioses, anhelado y esperado. Se regresaba a casa de los estudios o el trabajo con prisas, llavero en mano; ya antes de abrir el buzón se escudriñaba por las rendijas para intentar descubrir el objeto del deseo oculto entre las sombras. Si se piensa bien, era un ejercicio bastante estúpido, porque el tiempo pasado bizqueando deseando poseer la visión a infrarrojos de Superman era tiempo robado a la operación mecánica de abrir el buzoncito de marras. El escribir y recibir cartas de papel tenía una vertiente fetichista que jamás lograrán alcanzar los correos electrónicos y los whatsapps. Acariciar con la punta de los dedos ese objeto que a la vez fue acariciado días antes por el amado, el rasguear del bolígrafo o la pluma sobre el papel mientras se escribe, una banda sonora mucho más armónica que el tic tic tic del teclado, que aún con todo es un ejercicio físico incomparablemente más placentero que la escritura en las odiosas pantallas táctiles.

Pero, una vez aparcada la abuela cebolleta y su versión sofisticada, la “old-fashioned snob”, pensándolo bien, la esencia de las “conversaciones entre ausentes”, como define las cartas Laura Mínguez en su artículo, no ha cambiado.

Lo que sí ha cambiado ha sido el tiempo, la velocidad de reacción. Las relaciones epistolares destinadas a sucumbir tardaban más tiempo en morir por el simple hecho de que pasaban semanas entre una misiva y otra; pero entonces, como ahora, existía la función “Block”. Este ejercicio de memoria asociado a las cartas me ha llevado a recordar algo que hice de adolescente; algo de lo que ahora, con la “inútil sabiduría de la vejez”, como diría Tomasi di Lampedusa, me avergüenzo profundamente. En las revistas semanales para jóvenes, entre un truco sobre cómo ocultar el acné y las diez pistas para saber si tu chico te engaña, había una sección de anuncios para “pen friends”. Un día, no sé por qué, escribí a un chico de Madrid que había puesto en su anuncio que veraneaba donde lo hacía yo. No me acuerdo si fue ese el principal motivo por el que lo hice. Él me dio una buena impresión (imagino que porque escribía bien) y a la segunda carta le mandé una foto mía en el apartamento de verano con mi querido perro Black, el pastor alemán. Obviamente, a vuelta de correo él hizo lo propio, me mandó una foto suya con su perro y… desilusión, horror y pavor. Con el paso de los decenios he olvidado sus rasgos, por lo que no sería capaz de jurar que era realmente tan feo como para provocarme tal espanto, pero recuerdo perfectamente ese chihuaha color marrón diarrea de ojillos saltones. Escogí, obviamente, la manera más vil de hacerle saber la impresión que me causó su foto: se la devolví por correo, sin tan siquiera dos líneas y encima con un sobre en el que escribí su nombre y dirección a máquina. Hace falta ser “stronza”. Si creyese en la ley del péndulo, diría que pagué con creces mi ruindad en forma de plantones recibidos por algún que otro rollito de discoteca en sesión de tarde que se desvanecía en la nada y no se presentaba a la cita del “día después”.

Pero retomemos el discurso, una vez dejado atrás el vergonzoso recuerdo. Sea entonces que ahora, bajo forma de papel o de bit, la “esencia de las conversaciones entre ausentes” sigue siendo la descrita por Laura Mínguez. Por no hablar de los sentimientos, igual de intensos que los plasmados en letras, que aletean alrededor de quienes las escriben y las leen: espera, ansia, dudas. Mis estériles ejercicios de escritura incluyen a menudo una carta, o adopto directamente el estilo epistolar (si una es “old fashioned snob” lo es en todos los ámbitos). Las cartas son un caudal inagotable de sentimientos.

Hasta la próxima

Las instrucciones eran claras: tenía que esperar en el bosque a su contacto; este le daría lo necesario para continuar su misión. No era ya más que un enlace, una pieza dentro de un engranaje en el que jugaba un papel prácticamente insignificante. Los tiempos de gloria, cuando se le confiaba un encargo de principio a fin, habían pasado. Eso quedaba ahora para los más jóvenes, los ambiciosos, los inconscientes, o simplemente aquellos que aún no se hacen preguntas. Y ella se las hacía desde hace algún tiempo. Recordaba otros paisajes, otras latitudes: un río que serpenteaba en la selva, envuelta por una humedad que no la dejaba ni siquiera respirar, el aire frío de la estepa cortándole la cara mientras cabalgaba a rienda suelta, aguas turquesas sobre las que, al mando de una nave, perseguía sin descanso a un enemigo que se escabullía entre la niebla. No solo lugares, sino también rostros: la mujer de cabellos morenos recogidos con una horquilla en forma de flecha dorada, el contrabandista corso, con el rostro taraceado con arrugas excavadas por el salitre, el bailarín mundano de sonrisa irresistible.

Cada vez que terminaba un encargo, se decía que lo dejaría estar por un tiempo, que se dedicaría a otras cosas. Sin embargo, acababa cayendo siempre; no podía evitarlo, lo llevaba en la sangre. Durante esas aventuras, su vida no había corrido nunca peligro, por muy audaces que fuesen sus acciones, aunque muchas veces le hicieran perder el sueño. Cuando este, a pesar de todo, llegaba, se volvía a encontrar con los rostros que creyó haber olvidado, y con todo lo que vivió con ellos. Recordaba los saltos de un tejado a otro, en París, cargada con una niña pequeña en sus brazos; o a aquellos cuatro compañeros con los que, con gran sorpresa, volvió a encontrarse veinte años después.

Crujió una rama; se agazapó, ocultándose detrás de unas rocas. Alguien se acercaba; podía distinguir solo una forma negra, pues, mientras estaba sumida en sus recuerdos, había llegado la noche casi sin darse cuenta. Tras identificarse con el santo y seña, el cambio se llevó a cabo sin problemas. Tenía que llegar antes del amanecer al puerto, para entregar el abultado sobre color habano, objeto de la misión. Se preguntaba qué contenía. Documentos, se dijo, sopesando el sobre; de todas maneras, no le dio demasiada importancia. Sus dudas no tenían que ver con el objeto que tuviese que llevar consigo. Sus preguntas eran otras: cuáles eran los mecanismos que ponían en movimiento cada misión, los andamios que la sustentaban, la planificación y el trabajo necesarios para que todo se desarrollase con fluidez.

Por las callejas oscuras que llevaban al puerto no caminaba un alma, ni siquiera los mercaderes habituales de la noche. Había algo que no le cuadraba; aguzó el oído y enderezó el espinazo. Ya había tenido malos presentimientos otras veces, que la sacaron de algún que otro apuro, como en las callejas de Tánger o en las cascadas de Reichenbach.

Todo fue muy rápido: un chasquido, el ruido metálico de un pie chocando inadvertidamente contra una persiana. Empezó a correr antes de comprobar cuántos eran sus perseguidores. Tiró todo aquello que encontró detrás de ella, intentando hacer tropezar a quienes querían darle la caza. Se dio cuenta demasiado tarde de que no había sido una buena idea seguir por el muelle, pues al poco tiempo estaba atrapada entre el agua y los tres tipos que la seguían. Cuando estos empuñaron las pistolas, encajó el sobre en la cintura del pantalón, y se tiró al agua. Era gélida, se hundía cada vez más en el líquido frío y negro, ribeteado por las balas que intentaban alcanzar su cuerpo. Buceó más a fondo, sentía que los pulmones le estallaban; mientras luchaba contra el instinto que la haría respirar, metiendo litros de agua salada en sus pulmones. No podría aguantar mucho más; recordó que tardó mucho menos en salir a flote tras ser lanzada por el acantilado del Castillo de If, sus fuerzas estaban al límite. Le quedaba solo una vía de fuga, el último recurso a su disposición cuando la tensión la atenazaba.

Cerró los ojos y el libro, mientras acariciaba la cubierta. Al abrirlos de nuevo recorrió la mirada por el salón de su casa, ese rincón que elegía siempre para leer, perderse en una nueva aventura con aquellos compañeros de viaje que se convirtieron en sus mejores amigos: Doña Rita, Bertuccio, Max Costa, Jean Valjean, Edmond Dantés… Apoyó satisfecha el libro en la mesilla, hasta la próxima lectura.

La realidad y la ficción

Cada día, cuando encendemos la televisión o el ordenador, las desgracias del resto del mundo caen sobre nuestros platos, y cambiamos de canal cuando no lo soportamos. Estamos rodeados por una violencia virtual que no nos incumbe, ante la cual estamos anestesiados. Por ejemplo, no había hecho demasiado caso a Venezuela que por cierto, terminada la campaña electoral, ha desaparecido y caído prácticamente en el olvido (excepción hecha de un periódico que habló de ella este fin de semana, y, de mal pensada que soy, dudo que lo hiciese por motivos humanitarios y desinteresados). Quienes hemos leído el libro de la escritora venezolana Karina Sainz Borgo, “La hija de la española”, hemos podido leer una historia desgarradora, en la cual la experiencia de la protagonista Adelaida puede resultar, desde nuestro cómodo sillón a este lado del Atlántico, inverosímil o increíble. Sin embargo, hay veces que, por casualidad, se es testigo de cómo desaparece la línea sutil que separa la realidad de la ficción.

Una vez por semana suelo ir con mi marido a tomar un aperitivo en un local tranquilo del pueblo en el que vivo, a unas decenas de kilómetros de Roma. Nos suele atender una chica, a veces con su pareja, otras acompañada por una mujer algo mayor que yo. Soy muy despistada, por lo que no había caído en que la chica del bar no habla un italiano perfecto; fue mi marido quien se dio cuenta y le preguntó el domingo pasado de dónde es. Cuando dijo Venezuela empecé a hablar español con ella y su rostro se iluminó. Bastó poco para hablar de libros y recomendarle la novela de su compatriota Karina Sainz. Ella conocía a la escritora de fama porque es licenciada en periodismo, así que le comenté por encima de qué iba la historia, y cuando ella empezó a asentir, a decir “sí, esas cosas pasan”, fue cuando se empezó a difuminar la barrera entre realidad y ficción. Ella me contó que “su mamá” (pensé enseguida en Adelaida… mi mamá compró la parcela hace mucho tiempo, tiene bonitas vistas) estaba en Venezuela y que quería que viniese a Italia pero que para ella era difícil dejar parientes y amistades. Mientras ella hablaba, me asaltó la misma sensación que tuve cuando leí la novela, la sensación de fragilidad; nosotros afortunados, que vivimos y hemos nacido en este lado del charco, y además, al lado norte del Mediterráneo. Pensé, viendo a esa chica hablar, en nuestra inconsciencia al no apreciar algo que basta muy poco para perder. Todas esas cosas frágiles y bellas que damos por sentado y que no lo son en buena parte del mundo: la libertad, la seguridad, el bienestar.

Así pues, le prometí a la chica que le dejaría mi copia de “La hija de la española” para que se la leyera, además de uno de los títulos de Zafón que acumulé en el periodo de lectura compulsiva de tal autor. Al vivir a solo cinco minutos a pie del bar, fui a casa y se los llevé en seguida. Ella me los agradeció entusiasmada, con la mayor de las sonrisas, y le pregunté si había llegado a ejercer de periodista en Venezuela. Me dijo que no, que había hecho solo algún que otro trabajillo, pero que como con la dictadura no podía contar la verdad… En esos momentos levantó los hombros, resignada. Y noté que algo se me cerraba en la garganta: esa chica alta, risueña, una de esas personas que llevan escrito en la cara que son buena gente, podía ser una de mis sobrinas, podría haber sido yo. Mientras yo vine a este país con su misma edad lo hice con la seguridad de poder volver cuando quisiese al mío, de estar cerca, de contar con que mi país es un lugar tranquilo y pacífico. Nació dentro de mí la necesidad de abrazarla y besarla; cuando lo hice, me di cuenta de que la otra señora del bar me estaba mirando y suspiraba con lágrimas en los ojos, creo, por lo que he visto frecuentando el local, que es su suegra.

No sé por qué, mientras sentía ese nudo en la garganta que cada vez se cerraba más, dije, mirando a la mujer mayor, un instintivo “brava, è una bimba coraggiosa” (es una niña valiente); me deshice del abrazo y salí apresuradamente del bar para no ponerme a llorar delante de los parroquianos.

Si no hubiese sido por el libro de Karina Sainz Borgo, no habría sido capaz de entender qué había detrás de la mirada buena y triste de esa muchacha, y probablemente no me habría salido ese abrazo, esos besos. Un milagro de la literatura.

Confiar y esperar

Los viajes al Castillo de If se me hacen cada vez más cortos. Durante esta cuarta lectura de “El conde de Montecristo”, hasta la paréntesis romana de Luigi Vampa me ha resultado tan breve, que ha sido como volver a uno de esos lugares que de niño parecen enormes y de adulto minúsculos.

Todo en esta novela es excesivo, y todo se le perdona: el número exagerado de páginas, los errores cronológicos, las escenas grandilocuentes, los “¡Oh!” y los “¡Ah!”. Creo que la próxima vez que compre un libro viejo, me haré con una traducción decimonónica, pues Don Arturo Pérez-Reverte me ha puesto las ganas. Si se quiere una edición moderna, esta de Navona es un buen ejemplar, aunque, puestos a ser exquisita, los pocos gazapos que me he encontrado molestan al tratarse de una edición por la que se pagan más de cuarenta euros, un desembolso que requiere un cierto esfuerzo en los tiempos que corren.

Si en la anterior lectura descubrí las virtudes de Maximilien Morrell, en esta me he regodeado en los defectos de Edmond Dantés. Es un personaje que hoy en día difícilmente pasaría indemne por el Sanedrín de las redes sociales; su argucia durante la farsa que es la presentación de los falsos Cavalcanti lo habría convertido en trending topic, para perder la mitad de sus followers al hablar de su esclava Haydée y su siervo Alí. Sin embargo, tras la pérdida de followers y el bloqueo de su cuenta, habría reaccionado a la Rhett Butler, con un “francamente querida, me importa un bledo”. A Dantés le consentimos todo (como a su creador Dumas, por ejemplo, el sostener sin que le tiemble la pluma que la cocina italiana es la peor del mundo); es nuestro niño mimado, el de Dumas y el de nosotros los lectores, o al menos de los que lo amamos, tal y como es, con sus muchísimos defectos. El tratamiento al que somete el buen Maximilien al final del libro se puede clasificar como tortura psicológica. Al conde de Montecristo, a pesar de que su vendetta se ha cumplido, le falta poco para no reunir a Maximilien con su amada Valentine, por el simple hecho de que duda del sufrimiento del joven:

“Ahora bien, ¿y si me equivocase, si este hombre no es lo bastante desgraciado para merecer la felicidad?”

Hay que amar mucho a Edmond para consentirle tal crueldad con el genuinamente perfecto Maximilien Morrell (al cual dediqué esta entrada del blog tras la lectura precedente), sobre todo, tras haberse vengado lo justo de Danglars, justificando su benignidad por las consecuencias de su venganza sobre Villefort. El banquero Danglars fue quien puso en movimiento la maquinaria que sepultó vivo durante catorce años a Edmond Dantés en el Castillo de If; fue él quien escribió la carta que acusaba a Dantés de agente bonapartista, quien emborrachó a Caderousse para acallar su conciencia mientras tejía la trampa, quien convenció a Morcef a presentar la denuncia anónima al procurador del rey Villefort quien, a su vez, difícilmente se habría cruzado en la vida de Dantés si no hubiese sido por Danglars. ¿Y cómo lo paga? Con unos días pasando hambre en las catacumbas de San Sebastián y unas canas prematuras. Él sobrevive con una bolsa con cincuenta mil francos en su poder, mientras que Caderousse muere a manos de Benedetto, Morcef se suicida y Villefort se vuelve loco.

El conde de Montecristo, el Edmond Dantés 14.0, lleva a las últimas consecuencias el ser la mano de la Providencia, y de tanto mencionar a Dios, llega a creer que lo es. El remordimiento por el “daño colateral” representado por la muerte del hijito de Villefort a manos de su madre, la envenenadora Heloise, no deja de parecerme hipócritas lágrimas de cocodrilo. Dumas preparara el camino a la condescendencia, presentando siempre al pequeño Edoard como un niño insoportable y repelente. Cada vez que nos encontramos con él contesta mal a los mayores, tortura animales o desparrama acuarelas, ante la mirada benévola de Montecristo, que sabe (¿no es acaso la mano de Dios?) que su condescendencia es el medio necesario para agradar a su madre, quien hará lo que sea, y envenenará a todo aquel que se ponga entre el camino de su criatura y la herencia de los Saint-Meran e Villefort.

Así pues, sumemos a los conocidos pecados de Edmond Dantés: la soberbia, el cinismo y la crueldad, también la hipocresía. ¿Entonces? ¿Por qué amarlo? Porque es imposible no hacerlo. Si los más despreciables asesinos en el corredor de la muerte puede contar con decenas de fans que harían lo que fuese por ellos ¿no vamos a idolatrar menos a Dantés? ¿Cómo podemos resistirnos al Lord Ruthwen que atrae a todas las miradas en su palco del Teatro Argentina en Roma? Ese al que la condesa G., que conoció a Byron y que como tal lo consideraba experto en vampiros (se había difundido la fama de que el autor de El vampiro no podía ser Polidori, sino él), no duda de que Montecristo es uno de ellos, como lo demuestran

“Esos cabellos negros, esos grandes ojos que brillan como una llama extraña, esa palidez mortal”

Dumas, con pocos trazos de pluma, nos lo describe de forma irresistible cuando se despoja de su disfraz de abate Busoni y revela a Villefort su identidad

“El abate se arrancó la falsa tonsura, sacudió la cabeza y sus largos cabellos negros, no ya comprimidos, le cayeron sobre los hombros y enmarcaron su rostro viril”

Aitor Luna sería, por físico y talento, un Edmond Dantés ideal. Pinchar en la foto para fuente.

La belleza de Dantés no está solo formada por los cánones clásicos de la belleza “alto, esbelto, con unos bonitos ojos negros y unos cabellos de ébano”, sino por la señal que ha dejado en su cuerpo y en su alma catorce años de prisión en el Castillo de If. Esa aura que le hace decir a Franz D’Epinay en la cueva de mil y una noches en la isla de Montecristo “¿Habéis sufrido mucho, señor?”; al preguntarle el conde en qué se nota, éste contesta “En todo. En vuestra voz, en la mirada, en vuestra palidez y hasta en la misma vida que lleváis”. Un sufrimiento que lo ha cambiado tanto como para llevarle a pensar, delante del espejo del barbero de Livorno que “era imposible que su mejor amigo, si es que le quedaba alguno, le reconociera. Ni siquiera él se reconocía”.

La belleza, el sufrimiento, el peso de la injusticia, la inocencia perdida y la venganza; es imposible no sentirse atraídos por tal mezcla. ¿Y el amor? En más de mil doscientas páginas de narración, Edmond Dantés y la bella catalana Mercedes Herrera no comparten más de una veintena; no cabe el romanticismo en la vida del conde de Montecristo mientras no haya justicia. Algo difícil de aceptar por todos aquellos que han llevado la novela de Dumas a la pantalla, inventándose finales felices tan ridículos como los de la serie de televisión con Depardieu; aunque, en este caso, era algo previsible, visto que el único parecido entre el actor francés y el conde, es que los dos son franceses. Morrell y Valentine sono la pareja romántica de la novela, romanticismo como no, exagerado y decimonónico.

Creo recordar que un escritor en una entrevista declaró que uno de los primeros textos que escribió fue una continuación de “El conde de Montecristo”, frustrado por su final, ese “confiar y esperar” que deja en el aire más incógnitas que respuestas. Somos nosotros los lectores quienes con nuestra imaginación, espoleada por la pluma de Dumas, imaginamos que pasará cuando esa “vela blanca, grande como el ala de una gaviota”, desaparezca del todo, engullida por el azul del mar Mediterráneo.

Isla de Montecristo