Neb

– ¡Mierda! Me faltaba sólo esto… – Penélope intentaba poner en marcha el jeep, pero al girar la llave el motor reaccionaba con un rasgar patético. Se maldijo a sí misma una y mil veces por su testarudez, por haber salido de la casa de Bedford Square prácticamente sin equipaje, dando un portazo, dejando a Tom con la palabra en la boca. Pero no quería pensar en él; le había mandado un mensaje la noche pasada diciendo que quería estar sola unos días. No contestó a ninguna de sus llamadas. Al poco tiempo de salir de Cardiff se dio cuenta de que el todo-terreno tenía algún problema eléctrico, pues no funcionaba el cargador de mechero. Cuando, preocupada por el motor, decidió dejar a un lado esa actitud algo infantil, de niña haciendo pucheros, y quiso contestar una de las llamadas de Tom, el móvil se apagó, sin carga. – Vamos, vamos, otra vez… ¡Enciéndete, maldito cacharro! — pero el jeep espiró definitivamente y empezó a salir humo del motor.

Abrió el capó y la embistió una nube de humo negra, que la hizo toser. Cuando escapó de Londres, fue al garaje y cogió el viejo jeep que usaban para ir al campo sin pararse a pensar en las condiciones del vehículo; simplemente quería perderse en algún lugar agreste y el todo-terreno era el vehículo más indicado. Perderse. Se le escapó una risa nerviosa, mientras retiraba un mechón de pelo de la frente. Sin lugar a dudas lo había logrado. No tenía idea de dónde estaba. Se había equivocado de camino en un cruce, esperaba que dando un rodeo pudiese tomar de nuevo la provincial, pero acabó en un camino de campo, sin asfaltar.

La tarde estaba refrescando, y empezaba a anochecer. No tenía sentido quedarse plantada esperando no sabía muy bien el qué. Cogió su mochila al mismo tiempo que empezaba a llover. Magnífico – se dijo. Por suerte, en el maletero estaban las botas de trekking que los dos usaban cuando iban a la casa en el campo o a pasear. Se calzó las suyas, se puso un chubasquero, cogió la antorcha –que por fortuna funcionaba– y se empezó a caminar.

Llevaba algo más de una hora de marcha. Mientras tanto, la lluvia se había transformado en chubasco, y el atardecer en noche cerrada. Estaba asustada. Le parecía difícil creer que en todo ese tiempo no se hubiese cruzado con ánima viva, ni con ninguna casa. En esos momentos, el salón de la casa de Tom (aunque llevaban casados cuatro años no lograba pensar en esa morada como suya), le parecía un espejismo de confort, un oasis de seguridad y paz. Cabezota. Maldita cabezota. Eres una maldita cabezota, Penélope. Repitió en voz alta. Le pareció oír algo; finalmente se acercaba un vehículo, que se detuvo a pocos pasos de ella. Se quedó inmóvil, sin reaccionar. Los focos del coche la cegaban. Vio sólo una cortina de agua y la figura de alguien que bajaba de un todo-terreno.

– ¿Necesita ayuda? — voz de hombre.
– Sí, por favor. Mi jeep, se ha roto, mi móvil se ha quedado sin batería y…
– Suba.
– Gracias — Penélope subió, sin atreverse a mirar a la cara a su salvador, ni qué decir.
– ¿Cuánto tiempo ha caminado?
– ¿Perdón?
– Que cuánto tiempo ha caminado, para hacerme una idea de dónde está su jeep.
– Una hora, más o menos. O eso creo — Finalmente se atrevió a mirarlo. Era un hombre corpulento, pero no obeso, de edad indefinida. Una de esas personas que podían tener sesenta años muy bien llevados o cuarenta llevados fatal. Tenía el pelo muy canoso, probablemente fue negro en su tiempo. Arrugas marcadas de expresión, alrededor de los ojos y la comisura de los labios. Nariz recta, perfil armonioso.
– Le echaré un vistazo, aunque probablemente habrá que pasar mañana con la grúa y llevarlo a reparar.
– Gracias – repitió Penélope.
– ¿Es usted española? He reconocido el acento.
– Sí, soy de Madrid. Debería hablar mejor inglés, llevo varios años en el país, pero apenas abro la boca se dan cuenta de que soy extranjera.
– Si a usted no le importa, me gustaría hablarle en castellano. Conozco el idioma, pero no tengo muchas oportunidades de practicarlo. Mi nombre es Neb.
– Yo soy Penélope.

Por un momento ella tuvo la sensación de que el hombre se puso rígido y cambió de expresión, aunque fue todo cuestión de un instante. Su español era impecable, quizás un tanto anticuado, con un ligero acento, que no recordaba al inglés. No hablaron demasiado, sólo de algunos detalles de la avería, conversación general sobre el tiempo… conversación de ascensor. Sin embargo, Penélope no se sentía violenta o apurada, a pesar de compartir el espacio cerrado de un vehículo con un completo desconocido. En poco tiempo alcanzaron su jeep. Se acercaron los dos. Neb abrió el capó y arrugó la nariz, tras apuntar el motor con la antorcha.

Como imaginaba, tiene poco remedio. Mañana pasaré con la grúa y lo llevaré a reparar. Me temo que no será un arreglo fácil, es un modelo algo viejo y habrá que ir a buscar las piezas a un desguace.
– ¿Qué voy a hacer?
– Vista la hora, la acompañaré a mi casa, si usted no tiene inconveniente. Así puede comer algo, y descansar. Tengo teléfono, puede llamar a quien desee e irse mañana mismo, la puedo llevar hasta el pueblo.
– Vámonos, entonces.
– ¿Tiene que coger algo del coche?
– No, todo lo que necesito lo llevo en la mochila.

La lluvia seguía cayendo con fuerza. El camino estaba completamente embarrado e hizo falta toda la pericia del conductor para que no se saliesen del mismo o incluso volcasen. Penélope agradeció su suerte. Si no hubiese sido por la proverbial aparición de Neb, su aventura podía haber acabado mal. Finalmente, el todo-terreno tomó un desvío y tras unos doscientos metros aparecieron unas luces. Estaban en una granja, muy similar a otras que había visto en la comarca: la formaban un par de edificios de piedra gris, de dos plantas, con el techo de pizarra negra, mas un establo o granero, algo más apartado. Al llegar delante de la casa se activó la iluminación automática. Bajaron del vehículo y salió a su encuentro un perro, que ladraba y le hacía fiestas a su amo.

– ¡Argos quieto! Buen chico, buen chico…

Perro pastor galés

El can se acercó a Penélope, la olfateó y ella le acarició el hocico. Era un precioso ejemplar de perro pastor, de pelo blanco, negro y marrón. Neb abrió la puerta, que daba paso a un pequeño recibidor que aislaba el resto de la casa del exterior.

– Puede quitarse las botas, y ponerse esas zapatillas. Espero que no le vengan demasiado grandes.

El calor dentro de la casa le pareció a Penélope gloria bendita, y el fuego de la chimenea, el paraíso.

– Ahí está el teléfono, en la cocina hay comida. La habitación de invitados es la primera que encuentra al subir las escaleras, tiene baño. Haga como si estuviese en su casa, tengo que ausentarme. ¡Argos! ¡Vamos!

Neb y el perro salieron. Penélope necesitaba ir al baño con urgencia, por lo que subió la escalera y entró en la habitación. Toda la casa estaba decorada con sencillez, pero con gusto. Se notaba que faltaba una mano femenina, los muebles eran sencillos, y se respiraba un aire espartano, castrense. Esperaba encontrarse con una instalación eléctrica anticuada, o viejas tuberías que chirriasen apenas abriese un grifo. Sin embargo, todo funcionaba a la perfección y daba la sensación de que toda la casa hubiese sido re-estructurada no hacía demasiados años. El salón era amplio, acogedor, relativamente bien iluminado gracias al fuego y a un par de lámparas. Había algo colgado encima de la chimenea, no podía ver bien qué era. Completaban la decoración un par de aparadores bajos, con algunos libros y objetos encima de ellos. Había un tresillo delante de la chimenea, y tenía una mesita a uno de sus lados. Sobre ella había un teléfono. Marcó el número.

– ¿Penélope? ¿Dónde estás? — nunca había oído a Tom tan preocupado. Se sintió en culpa por el día que le había hecho pasar.
– Estoy en Gales, no sé muy bien dónde.
– ¿Has ido hasta Gales con el viejo jeep? Pero si llega a duras penas hasta el campo… ¿Desde dónde estás llamando?
– Me he dado cuenta, me ha dejado tirada en una carretera comarcal, además estaba sin batería en el móvil. Intenté contestarte, pero el teléfono se apagó del todo. Por fortuna me encontré con alguien, me ha recogido y llevado a su casa.
– ¿Quién?
– Un hombre, se llama Neb. No le he preguntado el apellido, seguro que será algo impronunciable en galés, con varias “w”, dos “y”, y un par de vocales. ¿Te aparece el número?
– Sí, sí, aparece en el teléfono. Menos mal que te encontraste con esa persona. ¿Pero es de fiar? Salgo ahora mismo de casa, vengo a por ti, en dos horas y media llego a Cardiff…
– No, Tom, no hace falta que vengas, estoy bien, y Neb me parece un buen hombre. Además, creo que es mejor que pase unos días sola…
– Penélope, te echo tanto de menos. Siento mucho lo que te dije, soy un maldito imbécil. Lo siento…
– … yo también, Tom. Lo siento mucho. También hablé más de la cuenta y dije cosas que no debía. Estoy muy cansada, comeré algo y me iré a dormir.
– Llamaré mañana. Te quiero.

Colgó el teléfono y fue a la cocina. Dentro del horno había un delicioso roast-beef con patatas. Se sirvió una porción y la comió con ganas, pues, curiosamente, en todas las crisis de su vida y por muy nerviosa que se sintiese no se le cerraba nunca el estómago. La comida era deliciosa. Observó a su alrededor, en la cocina reinaba un orden monacal. No había espacio para frivolidades, ni siquiera un imán recuerdo-de-no-se-donde en el frigorífico. Mucho menos fotos, o algo que pudiese definirse personal. Fregó los platos y subió a la habitación. Se quedó dormida al instante.

La despertó la luz del amanecer que filtraba por la ventana. Creía, en un primer momento, que estaba aún en el Premier Inn de Cardiff, y que el viejo jeep estaba aparcado a la entrada del hotel. Pero lo que llegaba a sus oídos no era el ruido del tráfico de la periferia, sino del viento. Abrió los ojos, sorprendida, asustada. ¿Dónde estaba? El cansancio en sus piernas le recordó la caminata de la tarde anterior, con sus botas hundidas en el barro, el viento y la lluvia que le golpeaban la cara. Alguien que parecía haberse materializado de la nada acudió a rescatarla y llevarla donde estaba. ¿Neb? Por un momento dudó de si el hombre hubiese sido real. Aunque durmió profundamente durante la noche, ningún ruido la despertó, aunque fuese por pocos instantes. Ni pasos por las escaleras de madera o el salón, trajinar en la cocina, o incluso el ladrar del perro. Argos. Se arropó hasta la nariz, aguzando el oído. Había algo más peculiar en esa casa: no había relojes, o por lo menos no recordaba haberlos visto la noche anterior. Ni siquiera un calendario en la cocina. Quién no lo tiene. Recordó el par que había en la casa de Bedford Square, y a Tom con una punzada en el corazón.

Se duchó, y bajó a la cocina. Un rico desayuno estaba preparado sobre la mesa: zumo, café, leche, confituras caseras. Tostadas recién hechas. Puso un dedo encima de ellas, estaban tibias aún. Quizás Neb había preparado el desayuno mientras se duchaba, y por eso no lo había oído. Llenó la taza de café, sin azúcar, y se acercó a la ventana. Niebla. Como recordaba de la noche anterior, la granja la formaban dos edificios como en el que estaba, y hacia su izquierda, un poco alejado, había un granero. Se encontraba en un pequeño valle entre unas colinas verdes y marrones, una granja como cualquier otra en esa zona del Gales. Mientras estaba comiendo las tostadas escuchó ruido de motores. Era Neb, y conducía un quad; el perro estaba sentado en la parte de atrás, y precedían una pequeña grúa que remolcaba su jeep. Llegaron hasta el granero, desengancharon el vehículo. De la grúa bajaron dos hombres. Uno de ellos era rubio, joven, y cojeaba. Como si no pudiese apoyar bien el talón al suelo. El otro era muy alto, pero bien plantado, no desproporcionado como ciertos jugadores de baloncesto que recuerdan Boris Karloff en Frankenstein. Empujaron el todo-terreno hasta el interior del granero, hablaron durante unos momentos, y Neb se despidió de los hombres.

Penélope volvió a sentarse antes de que el él entrase en casa. Lo hizo, a los pocos instantes, seguido del perro, que corrió a su lado buscando sus caricias.

– Buenos días. ¿Ha dormido usted bien?
– Perfectamente, gracias por todo. La verdad, no sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mí. La cena era exquisita, y el desayuno magnífico.
– Estaba en dificultad y la he ayudado, es lo menos que podía hacer. Hemos remolcado su jeep. Se lo podemos reparar aquí mismo, no es un arreglo complicado, pero la pieza tardará unos días en llegar. Como me temía, no va a ser fácil dar con una, la tienen que traer de Cardiff. ¿Ha avisado a alguien de que está aquí? ¿Sus padres o su esposo?
– Sí, Tom, mi marido, le he dado este número de teléfono. Quería venir a recogerme hoy…
– ¿Desde dónde?
– Londres. Vivimos en Londres.
– Si quiere le puedo explicar como llegar hasta aquí. No es complicado… A la luz del día, por supuesto.
– Le he dicho que no venga. Prefiero estar unos días sola. Neb, no quiero molestar, puedo alojarme en un B&B de los alrededores, hasta que el todo-terreno esté arreglado.
– Quédese. Como ve, hay espacio de sobra. Además, tengo asuntos de los que ocuparme, y estaré poco en casa estos días.
– Es muy amable, pero no quisiera molestar.
– Insisto.
– En tal caso, acepto.

Ella se dio cuenta de que el hombre era más joven de lo que le pareció la noche anterior. Hasta le dio la impresión de que el pelo era más oscuro. Los ojos eran como los que recordaba, de una tonalidad muy peculiar de azul, como la que aparece en los glaciares durante el deshielo; un color de ojos que conocía bien, era igual a los de Tom. A los de John.

– Si me disculpa, voy a cambiarme. Nos ha costado lo nuestro sacar el jeep del barro.
– ¿Le han ayudado esos hombres? ¿Quienes son?
– Unos vecinos. Buenos camaradas.

Neb salió de la cocina. Argos no se movió, sin apartar los ojos de las tostadas untadas con mantequilla y confitura de arándanos. Penélope se aseguró de que estaban sólos, y le dio una. Cuando terminó de desayunar pasó al salón. A la luz del día pudo ver bien qué era lo que colgaba en la pared de la chimenea. Parecía un remo, enorme. Lo tocó con la yema de los dedos, era de madera de fresno, macizo, muy grande. Le recordaba más un timón. Pasó a examinar los demás objetos en la estancia. En un aparador cerca de la ventana había dos piezas. Una era la reproducción de un antiguo casco griego, de estilo corintio, con penacho. No era una de las burdas imitaciones modernas hechas para uso y consumo de turistas ignorantes, como las que había visto en las tiendas de souvenirs de Atenas. Aunque estaba perfectamente conservado, le daba la sensación de que era muy antiguo. Como lo era la crátera roja y negra a su lado. En ella el artista había representado dos guerreros, armados de lanzas, inclinados sobre una mesa, absortos en un juego. Uno de ellos llevaba en la cabeza un yelmo como el que descansaba en el aparador. En la pared opuesta a la cocina había un par de espadas; una era medieval, muy grande y de hoja ancha, y la otra era un estoque más moderno. Por sus recuerdos de las películas de capa y espada, debería de ser de entre los siglos XVI y XVII. Había pocos libros en los aparadores, sobre todo catálogos de antigüedades. Un cuadro estaba colgado en la pared al lado de la puerta. Recordaba haber visto obras parecidas en una exposición a la que fueron el año anterior, sobre los pintores pre-rafaelitas. En efecto, según rezaba una pequeña placa en la parte baja del cuadro, se trataba de una obra de Frederic Leighton, Nausicaa.

Frederic Leighton – Nausicaa

– El artista capturó su expresión a la perfección, su inocencia, su mirada honesta, sin dobleces. Sentí la necesidad de comprar el cuadro, aunque no sea el original, pero es una copia excelente. — no se había dado cuenta de que Neb estaba detrás de ella, y se sobresaltó. — Lamento haberla asustado, no era mi intención.
– Creo que estaba mirando el cuadro con la misma expresión que la retratada. Soñando con los ojos abiertos. ¿Es usted anticuario?
– Lo fui durante unos años. Tenía una buena colección de arte, y negocié con las piezas. Lo dejé y me dediqué a otra cosa.

Al responder le señaló el sofá a Penélope, y se sentaron. Sonó el teléfono, contestó. Era Tom. Juraría que mientras estaba hablando con él, la voz de Neb era diferente, como si fuese una persona mucho mayor. Hablaron sobre la avería del jeep, y después le dio la dirección de la granja; le pasó el teléfono, dejándola sola.

– Hola. ¿Le estabas preguntando la dirección a Neb? Ya te dije que no hace falta que vengas.
– No vendré si no quieres, pero he hecho mis pesquisas. Quería comprobar si me daba la dirección correcta o si mentiría.
– ¡Tom!
– No puedo dejarlo a solas con lo que más quiero en este mundo sin interesarme lo más mínimo ¿no crees? ¿Cómo estás?
– Bien… Me voy a quedar hasta que arreglen el todo-terreno. Será cuestión de pocos días. Tengo una idea para una novela, creo que aprovecharé la tranquilidad del lugar para escribir la trama general. Para mí no es un pasatiempo, Tom. Quiero dedicarme a ello.
– Lo siento, no quise menospreciarte la otra noche cuando me referí a la escritura como un “hobby”. Si es importante para ti te apoyaré, puedo presentarte un par de editores…
– No, Tom, quiero hacerlo sola.
– Española cabezota…
– Muy cabezota. Te dejo, hablaremos más tarde.

Colgó el teléfono y su mirada volvió a la joven retratada en la copia del Leighton.

– ¿Va todo bien? — preguntó Neb, al entrar en la habitación.
Sí, hoy sí.
– Pero ayer no.

Penélope sonrió.

– Habíamos discutido. La verdad, fue la primera discusión seria que hemos tenido desde que lo conozco, hace cinco años. No sé muy bien el motivo… Bueno, lo sé. Yo he sido siempre una persona muy activa, desde joven me he mantenido sola, mi familia no es adinerada, y empecé a trabajar nada más terminar la escuela superior. Cuando me enamoré de Tom lo dejé todo, mi país, mi familia, el trabajo, y vine a vivir con él a Londres. Nos entendemos a la perfección, somos excelentes amigos y cuando estoy con él siento que estoy con un igual, pero no es así. Su familia es muy rica, no logro encajar con sus amistades, ni con sus familiares.
– ¿No se lleva bien con sus padres?
– El padre murió hace años, no llegué a conocerlo. Su madre, Helen, es siempre muy amable conmigo, pero aunque lo haya intentado, estoy segura de que no ha logrado perdonarme. — Penélope se interrumpió — Lo siento, no sé por qué le estoy contando esto.
A veces es más fácil confiarse a un desconocido. ¿Qué es lo que no le ha perdonado?
– Conocí a su hermano, John, antes que a Tom. Su hermano gemelo. En Londres, una vez que vine a visitar a una compañera de colegio… Pero lo vi sólo unas pocas horas, luego seguimos en contacto por carta, durante un año.
– ¿Sólo por carta? — Penélope se ruborizó. Las pocas veces que había contado lo que le pasó con John se sentía siempre una estúpida al tratar el argumento.
– Sí… Era por su trabajo. Estaba en… el ejército — por mucha confianza que le inspirase Neb no iba a decirle que el hermano de su marido había sido un agente del MI5. — Cuando terminó servicio me pidió que fuese a verlo a Londres, pero la carta llegó con meses de retraso, y el número que me había dado ya no era activo. Así que cogí un avión, vine a Inglaterra y cuando fui a su casa estaba su madre. Y me dijo que había muerto en un accidente de moto camino del aeropuerto el día que decidió ir a verme a Madrid al no tener noticias mías.
– Entiendo.
– Ese mismo día conocí a Tom. Seguimos en contacto, por teléfono y correo electrónico. Un día, dos meses después, me lo encontré en Madrid. Y me enamoré de él. En pocas semanas nos habíamos casado y vivíamos en la casa en la que lo conocí. Helen se alegró por nosotros. Bueno, creo que más por Tom que por mí. Ella ha sido siempre exquisita conmigo, pero no puedo quitarme de encima la idea de que cuando me ve recuerda la muerte de su hijo. Tom no hace más que repetirme que son imaginaciones mías, que su madre le ha dicho muchas veces que no me echa nada en cara.
– ¿Discutió con su esposo por ese motivo?
– Sí, y no… Llevo algún tiempo sintiéndome como encerrada en una jaula dorada. Él tiene su trabajo, viaja mucho a causa de él, y me encuentro sola, con nada que hacer dentro esa casa enorme. No soy buena haciendo amistades, mi mejor amiga sigue siendo mi compañera española del colegio, pero ella también tiene su vida, está a menudo fuera. La otra tarde… le dije que me gusta escribir, y que quería probar a dedicarme a ello. Contestó como si no me hubiese escuchado, dijo que le parecía un hobby interesante, mientras no quitaba los ojos de un informe que se había traído de la oficina. Me sentí humillada, y exploté. Dije un montón de cosas que no pensaba y al final él me dijo que en realidad yo no estaba enamorada de él, sino de un fantasma. Cuando me dijo eso preparé mi mochila y salí de casa.

Neb se levantó del tresillo y se dirigió a la chimenea, para limpiar los restos del fuego del día anterior, y preparar la madera para encender otro. Siguió hablándole, sin girarse.

– Estoy seguro de que Tom no quiso ofenderla. La entiendo perfectamente cuando habla de su sensación de soledad. Sabe, nosotros los hombres pecamos muchas veces de soberbia. Logramos vivir como en compartimentos estancos, separados. Por una parte el afecto, por otra el trabajo, o nuestras dedicaciones. Damos por sentado que vosotras estaréis siempre ahí, que podemos ir y venir a nuestro antojo. Hasta que un día nos traéis a la realidad, o somos incapaces de convivir con ella, y escapamos, para siempre. Pero no es su caso. Tom no escapará, ni consentirá que usted lo haga.
– ¿Cómo puede estar tan seguro?
– Intuición.

Neb seguía en cuclillas, preparando el fuego. Tras encenderlo, se giró, sin levantarse. Penélope no lograba entender por qué la noche anterior ella estaba convencida de que el hombre tenía el pelo casi blanco, pues en realidad, a la luz del día, tenía sólo alguna que otra cana en las sienes y despuntaban pocas briznas claras de la barba.

– Ya que usted es escritora, voy a enseñarle algo que le gustará. Salgamos.

Salieron de la casa. Se había levantado la niebla, y ahora el día era espléndido, de cielo terso y azul, sin una nube. Hacía frío. Neb le abrió la puerta de la otra construcción que formaba parte de la granja, idéntica a la casa principal, como lo era el pequeño recibidor. Se limpiaron bien las botas en la esterilla para quitarse el barro de las suelas, y entraron. Penélope se quedó boquiabierta. La planta baja de la casa, que comprendía lo que en el otro edificio eran la cocina y el salón, era una biblioteca. Las paredes estaban totalmente cubiertas por unas estanterías, atiborradas de libros. Cerca de la ventana había una gran mesa; en una de sus esquinas había varios libros, y en otra, material de escritura. De todo tipo, y de todas épocas: tinteros, plumas de ave, plumas estilográficas, bolígrafos, incluso una vieja máquina de escribir Underwood, en perfectas condiciones. Acarició la superficie de la mesa. Examinó las estanterías, había repisas dedicadas a ediciones de formatos especiales, viejos atlas, enciclopedias. Estaban ordenados por temas, desde las ediciones más antiguas, del siglo XVIII, hasta las más modernas.

– Qué maravilla. ¿Escribe usted, Neb? — él negó con un gesto.
No pude evitar escucharle decir a su esposo que tenía ideas para una novela, y que quería empezar a escribir la trama. Puede hacerlo aquí, si quiere. Consultar los libros… Aunque los mejores están arriba.

Cuando Neb encendió la luz del piso superior Penélope no dio crédito a sus ojos. Se trataba de una sola estancia, con estanterías especiales, que mantenían en condiciones ideales de iluminación y humedad, los libros más antiguos: códigos medievales iluminados por las manos de pacientes frailes hace siglos, incunables, los primeros libros imprimidos. A pesar de que no era una experta, sabía que todos los ejemplares eran de gran valor. La vitrina con los ejemplares del siglo XVII contenía algunas primeras ediciones que han pasado a la historia: El Quijote de 1605, editado por Juan de la Cuesta, la biblia del Rey Jacobo, de 1611, la primera edición de las obras de Shakespeare—el denominado Primer Folio—, del 1623. En una esquina había un armario metálico blindado. Neb tecleó la contraseña. Dentro de unos contenedores de vidrio transparentes había unos rollos de papiro.

– De Grecia, y Roma. Son muy delicados, no los puedo sacar de sus cajas, se romperían si se tocasen.
– Es una colección increíble, Neb. Es una pena que no estén a disposición de estudiosos, o en algún museo, o biblioteca nacional.
– Soy muy celoso de mis libros, me ha llevado toda la vida reunir esta biblioteca. Me puedo desprender de obras de arte, comerciar con ellas. Pero nunca de mis libros. No he sido un lector toda mi vida, cuando era joven tenía otras ocupaciones, entre otras cosas, yo también he servido en el ejército. Pero a un cierto punto me di cuenta de que lo único que podía ayudarme a soportar mi condena, a rellenar el infinito de las horas y los días eran los libros. He visto lo peor que puede dar de si el ser humano, pero me consuela saber que tengo en mi poder parte de lo mejor.

Penélope estaba tan entusiasmada por lo que estaba viendo que en esos momentos no hizo caso a la palabra condena.

– Le entiendo, Neb. Pero a riesgo de ser descortés, tengo que decirle que es un poco egoísta ¿no cree? Es una pena que nadie más pueda disfrutar de esto.
– Ahora lo está haciendo usted ¿no? De tarde en tarde desvelo mi secreto a alguien que lo merezca.
– Creo que me sobre estima.

Caminaba delante de las estanterías, observando los títulos. Continuó.

– ¿Y si pasa algo? A fin de cuentas, este es un lugar aislado, en caso de accidente se puede perder todo antes de que llegue ayuda. Por ejemplo ¿y si cae un rayo?

Neb rió de buena gana.

– Eso no sucederá nunca.
– ¿Puede controlar los fenómenos atmosféricos?
– No llego a tanto, pero tengo la mejor aseguración. Entonces ¿se anima? Creo que difícilmente podrá encontrar otro lugar que la ayude a escribir tanto como este. Quédese todo el tiempo que quiera.
– Estoy abusando de su amabilidad, no sé como podré pagárselo.
– Basta un agradecimiento en su primera novela.

Regresaron al patio.

 

Es un lugar precioso. — Tras salir de la biblioteca caminaron hasta la cima de la colina más cercana. Ante sus ojos se extendía un mar ondulado, infinito, verde y marrón. Se veían a lo lejos un grupo de nubes blancas, que parecían el reflejo del horizonte formado por las colinas. En esos momentos Penélope recordaba la ciudad como algo cerrado, claustrofóbico, estrecho y sucio. — Gracias de nuevo, Neb. Me quedaré hasta que me reparen el jeep, y me aprovecharé de su magnífica biblioteca.
– Con una condición. Le ruego que no haga fotos, y que hable lo menos posible de este lugar. Obviamente lo puede hacer con su esposo, describirle la biblioteca, los libros. Algunos de ellos son piezas únicas, no quiero extraños husmeando por aquí. He pagado un precio demasiado alto por estar donde estoy, por vivir, finalmente, en paz tras sigl… décadas de sufrimiento.

Penélope le tendió la mano.

– Trato hecho.

Se estrecharon las manos.

– Como le dije ayer, tengo asuntos que tratar. Voy a salir, volveré por la tarde. Argos se quedará con usted. Repito que este es un lugar muy tranquilo, pero lo prefiero así. En la cocina hay comida en abundancia.

Pasaron tres días, durante los cuales Penélope alternó los paseos por el campo con la escritura. Veía a su anfitrión durante la cena. Cuando Penélope dejaba la biblioteca y volvía a la casa, Neb la esperaba en la cocina con la comida ya hecha. Tras comer se sentaban delante del fuego y conversaban. Penélope le comentaba sus ideas para el libro, y él le daba su opinión. Sus consejos eran valiosos; le daba su opinión de lector sobre qué tipo de tramas podían funcionar mejor que otras, le dio sugerencias sobre cómo encontrar su propio estilo y discutían sobre sus autores favoritos. Al cuarto día regresaron los dos hombres que habían remolcado el jeep, y se pusieron a trabajar en él. Neb no salió, sino que se quedó con ellos. Durante un momento de pausa, ella los observó desde la ventana de la biblioteca, mientras tomaba un té. El hombre más alto hablaba muy poco con Neb, parecía que lo evitase, y lo miraba con recelo y hostilidad. Como si se fiase poco de él. Sin embargo, Neb bromeaba con el hombre rubio, y mientras el alto montaba alguna pieza en el motor, hablaba con el otro con familiaridad. El trabajo de Penélope procedía a buen ritmo. Había prácticamente terminado la libreta que llevaba siempre consigo para tomar apuntes, y en unos folios aparte escribió con la Underwood, saboreando el placer del tecleo y el sonido impagable de la campanilla que le avisaba del final del renglón, la lista de libros que había consultado, para comprar ediciones modernas una vez de regreso a Londres. Cuando estaba escribiendo la última referencia, el ruido del motor de su todo-terreno encendiéndose le hizo levantar la mirada de la hoja. El hombre rubio había salido del recinto de la granja para probar su jeep. Neb y el hombre alto se quedaron solos; el último tenía los brazos cruzados sobre el pecho y lo miraba con cara de pocos amigos mientras Neb hablaba. Por los gestos de ambos, parecía como si Neb estuviese explicando algo al otro hombre, mientras que éste negaba con la cabeza. De repente el hombre se acercó, apuntándolo con el dedo, el rostro rojo de furia. Repetía tres palabras, en alta voz. Penélope no lograba entender el idioma, estaba segura de que no era inglés. Neb alzó los brazos, y se alejó del hombre, en gesto de tregua; mientras tanto, el rubio había vuelto con el todo-terreno, y se puso entre ellos. Habló con el hombre alto. Éste recogió las herramientas con las que habían trabajado, subió sin decir palabra en la furgoneta en la que habían llegado, y se fueron.

– ¿Algún problema?
– Nada que no se pueda arreglar. Viejas incomprensiones. Algo que sucedió hace mucho tiempo, en el ejército. — respondió Neb mientras observaba la furgoneta alejarse por el camino. Suspiró — Bueno, como ha visto, su jeep está reparado.
– Entonces, me iré mañana a primera hora. Dígame cuánto le debo por la reparación, o por lo menos por la pieza.
– Si he de serle sincero, no sé ni cuánto ha costado. Me sentiré pagado si además del agradecimiento en su libro, hoy prepara la cena.
– ¿Está usted seguro de que vendió a buen precio su colección de obras de arte? Por cómo me está tratando, empiezo a sospechar que la regaló. Pues le prepararé el plato estrella de la gastronomía española tras la paella… ¡La tortilla de patatas! ¿La ha probado?
– Sí, en Sevilla, hace setenta y cinco años.

Neb dijo esta frase muy serio, pero acto seguido se giró hacia ella y le guiñó un ojo. En los postres le confesó dónde había comido de verdad la tortilla de patatas: en un bar de tapas en Londres. Aunque le aseguró a Penélope que la suya era mucho mejor. El hombre, durante aquellos días, había mantenido con ella una cierta distancia. Animada por el tono confidencial que estaba tomando la conversación, se atrevió a preguntarle algo.

– ¿Puedo hacerle una pregunta, Neb? Me ha llamado algo la atención en su casa: la ausencia de fotos, recuerdos personales, e incluso relojes, o calendarios…

Él esbozó una sonrisa triste.

– Llegó un momento en mi vida en el que el tiempo empezó a dolerme. Pasaba tan despacio que podía tocarlo, me sentía atrapado, como envuelto en una tela de araña, se me hizo insoportable, considerando que fue el tiempo quien me quitó lo que más quería. Por lo tanto, llevado por un instinto de revancha, empecé a negarlo. Me empeñé en cancelar su rastro. Fue entonces cuando vendí mi colección de arte, me irritaba tener cerca esas cosas viejas y muertas cuando no fui capaz… cuando renuncié a mi mujer joven y viva. Y a mi hijo.
– ¿No pensó nunca en…?
– ¿El suicidio? No entra en mis posibilidades.

Penélope no acabó de entender esa frase. En aquellos momentos, supuso que esa imposibilidad estaba ligada a su particular código moral. No cabían dudas de que Neb era una persona misteriosa.

Se despidió al día siguiente, poco después del amanecer; quería llegar a Londres el mismo día, si era posible. Lo abrazó; él susurró “adiós, Penélope”, con una voz triste, y profunda. Como si llegase de muy lejos. Al separarse de él, la cegó por un momento el primer rayo de sol que asomaba detrás de la colina, y por un instante, vio a otro Neb, mucho más joven, sin barba, que la miraba y la abrazaba, a la sombra de un olivo, en un lugar lejano y cálido. Pero fue una sensación efímera, parpadeó y se dio cuenta de que seguía estando en la granja de Neb, en Gales, sin rastro de olivos en centenares de kilómetros a la redonda.

Al tomar el camino de tierra que se alejaba de la granja, lo último que vio fue a Neb que la saludaba levantando la mano, con el fiel Argos a su lado.

Una semana más tarde, Penélope estaba en la casa de Bedford Square, tomando un té en el salón. Estaba acurrucada en el sofá, envolviendo la taza caliente con las manos, con la mirada perdida en los objetos sobre la repisa de la chimenea. No había cambiado nada en esa habitación desde que fue a vivir allí. Todo estaba igual que aquel día en el que habló con Helen, cuando ella le contó que le pasó a John. Observaba los recuerdos de sus viajes en Oriente, que le describió en sus cartas: el delfín de bronce griego, la tetera turca… Recordó cada una de ellas “Querida Penélope, acabo de llegar a la tierra de los comedores de loto…” “Querida Penélope, dejo Faecia y el rey Alcinoo”. John y sus extravagancias, comunicar sólo por carta en el siglo de la tecnología digital haciéndose pasar por un antiguo héroe griego. El rey Alcinoo… si no recordaba mal, tenía una hija. De repente se sintió como si estuviese a punto de encontrar la solución a un acertijo complicado. Alcinoo… Alcinoo… Se acercó a la librería y cogió “Los mitos griegos”, de Robert Graves. Se sentó de nuevo en el sofá y consultó varias voces, yendo frenéticamente desde el índice a los artículos. De repente, empezó a vislumbrar la explicación del enigma. Apoyó el libro en el sofá y dio algunos sorbos a su té, sin apartar la mirada de los recuerdos de John. Se sentía como David Kujan, el personaje que interpretó Chaz Palminteri en Sospechosos Habituales cuando, mirando el tablón de corcho en la comisaría, ata cabos y descubre que en realidad el inocuo Verbal Kint es el despiadado Keyser Söze. Su acertijo también tenía que ver con identidades ocultas, y giros inverosímiles de tramas. Encendió la tablet, consultó datos en internet, traducciones simultáneas a través de reconocimiento vocal. A diferencia de Kujan, cuando Penélope resolvió su particular enigma no dejó caer de sus manos una taza de cerámica Kobayashi, sino que apoyó la suya en la mesilla y llamó a su marido.

– ¡Tom! ¡TOM!

Llegó como una exhalación.

– ¿Pasa algo? Penélope, estás blanca como el papel ¿qué sucede?
– Tengo que volver a Gales, a casa de Neb. Necesito comprobar algo, antes de volverme loca. ¿Te acuerdas lo que te conté de él, de su casa, su biblioteca? ¿Que había algo misterioso en él? Sé que es una locura, pero creo que no es quien dice ser, que oculta su verdadera identidad.
– ¿Y quién sería?
– Ulises — contestó Penélope, señalando el libro de Graves.
– Ya. Cariño, no sé cómo decírtelo sin ofenderte…
– Lo sé, no tiene sentido, es una locura. Pero todo cuadra. Los objetos en el salón de su casa: el remo, el casco, la crátera, el cuadro. Lo que me dijo allí. Según algunas versiones del mito, Ulises regresó a Itaca, pero volvió a dejarla pasados unos años, para cumplir la profecía de Tiresias “volverás a irte, con un remo al hombro / E irás lejos, al continente / Hasta que encontrarás gentes que no conocen el mar…”. El cuadro: Nausicaa. Era la hija del rey Alcinoo, y se enamoró de Ulises tras verlo competir en unos juegos organizados por el rey. Ese es el momento que eligió Frederic Leighton para el cuadro. Neb me habló de la joven retratada como si la hubiese conocido de verdad “el artista capturó su expresión… su mirada honesta, sin dobleces”. Todas aquellas veces en las que me habló del tiempo; una vez se refirió de pasada a una “condena”. ¿Qué mayor condena que no poder morir nunca? También me dijo que “el suicidio no entra en mis posibilidades” y en la biblioteca, estuvo a punto de pronunciar la palabra “siglos” pero a mitad frase la cambió por “décadas”. La referencia a una mujer y a un hijo perdidos. La biblioteca en sí, formada por libros de toda época…
– Pero te dijo que fue anticuario ¿no?
– ¡El perro! El perro de Ulises también se llamaba Argos. Además, vive en una granja, pero yo he estado cuatro días allí y no he visto rastro de ganado, ni aperos de labranza, ni un tractor… Su nombre. ¿Sabes que quiere decir “neb” en Galés? “Nadie”. Cuando Ulises escapó de Polifemo le dijo que se llamaba “Nadie”.
– Penélope…
– Y lo que vi cuando me despedí de él, creía que me lo había imaginado, pero ahora sé lo que vi: Ítaca, el día que Ulises se despidió de Penélope para ir a Troya. Y los hombres que arreglaron el jeep…
– Dado que uno de ellos cojeaba, imagino que era Aquiles y el otro… ¿Patroclo? — siguió Tom, intentando bromear sobre el asunto.
– No, Áyax Telamonio, el más alto y fuerte de los guerreros aqueos. La crátera en el salón: he encontrado en internet una igual, son Aquiles y Áyax. Este último discutió con Ulises, se disputaron la armadura de Aquiles cuando murió bajo las murallas de Troya después de su duelo con Paris. Áyax cargó con el cuerpo para llevarlo de vuelta al campamento griego y Ulises le cubrió la retirada. Ambos pelearon por las armas de Aquiles, pues se creían merecedores de las mismas. ¿Recuerdas que te dije que vi discutir a Neb con el hombre alto? ¿Y que éste dijo algo que no entendía? Sonaba como “Ítan dikó mou”. Es griego, quiere decir “eran mías”. Y cuando Neb me habló de ellos por primera vez los definió “camaradas”.
– Serían compañeros en el ejército. Penélope, lo que me cuentas es una teoría fascinante, pero todo lo que me has dicho tiene una explicación lógica.

Tom se acercó a un secreter, y sacó una carpeta. Se la entregó.

– Te dije que no iba a dejarte sola ahí sin hacer pesquisas. Encargué a la agencia que trata los asuntos más delicados de la compañía que investigase a fondo Neb. Aquí lo tienes todo. Su apellido es un simple y banal “Jones”, tiene 67 años. Es cierto que sirvió en el ejército, pero el británico: segundo batallón de los paracaidistas. Herido de gravedad en 1982 durante la guerra de las Malvinas, recibió las primeras curas en el hospital de campo en un sitio conocido como la bahía de Áyax. Imagino que cuando retomó el negocio de familia, las antigüedades (él pertenece a la quinta generación seguida en el negocio, de ahí las piezas antiguas y los incunables), adquirió una crátera que incluía tal héroe quizás por cuestiones afectivas, puede que como homenaje al nombre del lugar en el que salvó la vida. Los años que pasaron entre la licencia y la vuelta al trabajo de familia los transcurrió en Argentina, quizás era su manera de expiar lo que consideraba su “culpa” frente a ese pueblo, pero la experiencia se reveló aún más traumática que la guerra en si. Su mujer y su hijo murieron en un accidente de coche. Que él conducía. Se distrajo, el vehículo chocó contra un parapeto: ellos murieron, y él no sufrió un rasguño. Quedan así explicados el motivo por el cual habla castellano, la referencia a la pérdida de su familia, y su condena. Me parece trauma suficiente el haber perdido su familia de esa manera.

Penélope no pudo pronunciar palabra. En esos momentos se sentía avergonzada, pero también enfadada. Hojeaba los diferentes folios dentro de la carpeta: informes del ejército, los certificados de defunción de su familia, el informe de la policía argentina sobre el accidente, recibos de Sothebys y Christies por obras vendidas gracias a la intermediación de la familia Jones, los más antiguos eran del siglo XIX. El hombre en la foto de carnet que abría el informe era sin duda Neb, aunque mucho más anciano. ¿Por qué Tom no le había dicho que había encargado un informe completo sobre él? Se mordió la lengua para no decir lo que el despecho le estaba haciendo pensar en aquellos momentos, si también encargó a la agencia un informe completo sobre ella antes de casarse. Respiró profundamente. Tras su discusión, había aprendido una lección, pensar muy bien qué decir antes de abrir la boca. Tom se sentó a su lado, en el sofá, y le cogió de la mano.

– Amor mío, creo que debido a lo que te dije, últimamente has pensado mucho en John, cuando os conocisteis, y vuestras cartas. Estoy seguro de que la casa de Neb y su biblioteca son lugares especiales, y te has sentido transportada hacia otro “mundo”, por así decirlo. Mira, para que te quedes más tranquila, antes de ir al campo mañana haremos una etapa previa. Iremos a Gales, así le puedo agradecer a Neb lo que ha hecho por ti de persona. He dejado instrucciones en la compañía, se las tienen que arreglar sin mi por lo menos por un mes. Ahí dentro soy mucho más prescindible de lo que creo. Lo importante eres tú, que estés tranquila, que seas feliz.

——-

– No puede ser, tiene que haber algún error.
– Tom, la dirección es esta, es la que te dijo la compañía telefónica y la que te confirmó la agencia de investigación. Además, hemos venido usando los datos memorizados en el navegador de mi móvil. Yo salí exactamente de estas coordenadas.

Penélope y Tom habían bajado del jeep, y se encontraban en el mismo lugar del que ella partió unos días antes, tras haber transcurrido cuatro en casa de “Neb Jones”. El pequeño valle entre las colinas estaba casi sumergido por completo por la niebla, la visibilidad era de unos cincuenta metros. Los suficientes para que pudiesen ver que en lugar de los tres edificios de la granja, perfectamente conservados, lo que tenían ante ellos eran dos viejos caserones en ruinas. Del granero, o establo, no existían ni siquiera los cimientos.

– Me parece que ahora estarás de acuerdo conmigo, y que Neb no es quien dice el informe de los detectives privados — dijo Penélope, mientras se acercaba a uno de los edificios.
– No te acerques, tiene el aspecto de venirse abajo de un momento a otro.
– ¿Sigues creyendo que hay una explicación lógica detrás de todo esto?
– No sé ya qué creer.

En silencio, volvieron a subir al jeep, y despacio, salieron del recinto por el camino pedregoso. En lo más alto de una de las colinas cercanas, dos hombres se encontraban en el mismo punto en el que algunos días antes, Neb y Penélope observaban el panorama. Uno de ellos sacó algo del bolsillo de su chaquetón, una pequeña esfera blanca, que emanaba un haz de luz brillante. El hombre apuntó con ella hacia los viejos edificios, y en pocos minutos la niebla se levantó por completo, descubriendo la granja de Neb Jones, tal como Penélope la había visto.

– He perdido la cuenta de las veces que te he sacado ya de apuros — dijo el hombre, metiéndose la esfera en el bolsillo.
– Gracias. ¿De dónde la has sacado? — preguntó su acompañante, apuntando a la esfera.
– Es uno de los juguetes de Hypnos, no creo que tenga tiempo de echarlo de menos. Ulises, si Zeus lo supiese…
– Tenía que hacerlo, Aquiles. Cuando la encontré y me dijo su nombre tenía que volver a vivir la ilusión de estar con Penélope, aun a riesgo de ser descubierto.
– Zeus no estará de acuerdo.
– ¿Y desde cuándo le hacemos caso? Concédeme este pequeño gesto de rebeldía. Zeus castigó mi soberbia, reconozco que merezco mi penitencia: no morir nunca, condenado a seguir vivo aunque no quiera, pero sin que ningún objeto inanimado que considere mío se deteriore o se destruya. Pero tiene que ser eso, un objeto, nada que tenga vida. Vana consolación llamar a todos mis perros Argos. Algo ha cambiado en mi desde la última vez que nos vimos, Aquiles. Finalmente reconozco que mi castigo es justo, y lo acepto. Llegué a creer que mi inteligencia me colocaba por encima de todos los hombres, incluso de los dioses. Por envidia y egoísmo causé la muerte de Palamedes, fabricando pruebas falsas para que fuese acusado de traición y ejecutado. Por mi culpa murieron mis compañeros de travesía tras destruir Troya gracias a uno más de mis estratagemas, dejé a Penélope y Telémaco solos veinte años. También, por pura envidia, convencí a Agamenón de que se me entregasen tus armas, Áyax las merecía más que yo. ¿Cómo se te ocurrió presentarte con él? No me perdonará ni aunque pasen otros veinte siglos, por mucho que lo intentes.
– Por lo menos esta vez no ha intentado cortarte la cabeza con la espada de dos manos que tienes en casa. ¿Qué piensas hacer ahora?
– Volveré al mar. Estos días he estado ultimando los detalles de mi contrato con una organización ecologista. A fin de cuentas en Ítaca era un pastor ¿no? Ahora seré un pastor del mar.
– ¿Cuántos años han pasado desde la última vez que navegaste?
– Más de setenta. La llamaron “la batalla del Atlántico”, fui capitán de una nave que formaba parte de los convoyes que intentaban romper el bloqueo alemán. Ha pasado mucho tiempo aquí abajo. Para ti, sólo un suspiro.

Mientras conversaban, descendieron de la colina, acompañados por Argos. Una vez en frente de la casa se abrazaron. Aquiles se alejó unos pasos, sacó de nuevo la esfera del bolsillo. Apareció de la nada un rectángulo luminoso, como si fuera una puerta hacia otra dimensión. El héroe la atravesó, con el aspecto que tenía antes de que Paris lo hiriese a muerte en el talón bajo las murallas de Troya, con su armadura y sus armas forjadas por Efesto, dignas de un semi dios, aquellas por las que discutieron Ulises y Áyax, luciendo en la cabeza un casco dórico con penacho. Caminó despacio, majestuoso. Al otro lado, las sombras de otros guerreros lo esperaban, uno de ellos mucho más alto que los demás.

Era la primera vez que Ulises asistía a esta escena sin desear estar al otro lado. Finalmente, tras siglos, había aprendido a vivir su condena con serenidad. Ya que no podría separarse nunca más de los hombres, intentaría ayudarlos, y aprender de ellos. Además, le quedaba una asignatura pendiente, comprender a las mujeres. La que había dividido su techo durante aquellos días le recordó que harían falta decenas de siglos, antes de que lograse desvelar una mínima parte de su misterio.

Sir William Russell Flint – pinchar para ver sitio de proveniencia

 

La protagonista de este relato es Penélope Reverte, personaje de otros dos relatos  La carta (incluye postdata) en los que se cuenta en detalle su relación con John y Thomas Thornton. 

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Epifanía

Tempestad en Whitley Bay (Northumberland – UK) Foto de Thomas Heaton

Había poca gente para ser sábado y principio de la temporada alta. El tiempo no ayudaba: la lluvia de una borrasca, que parecía ser más de principios de invierno que de verano, golpeaba con saña los ventanales que daban a la escollera, y de vez en cuando las olas alcanzaban el sendero que asomaba al acantilado, salpicando a los últimos parroquianos que se apresuraban a entrar.

El cantante dio un golpecito con el índice al micrófono. Al instante, un pitido de los altavoces se alzó por encima del rugir del viento y la tormenta. Alguien silbó en señal de protesta. El cantante pidió disculpas, pasándose la mano por el cabello engominado, imitando una pose pasada de moda que no desentonaba con el local. Cuando se entraba en ese pub se tenía siempre la sensación de encontrarse en un lugar indefinido a caballo entre los años setenta u ochenta: la moqueta que un día lejano fue granate, o puede que roja, la bola de cristal de discoteca, la barra y los taburetes de escay, la música que sonaba de fondo…  Sólo los móviles que manejaban los chicos de una mesa, universitarios celebrando el fin de curso, recordaban la actualidad. En su rincón habitual, saboreando su pinta, concentrado en ella como si su vida dependiese de apurarla con precisión quirúrgica, estaba un pescador del pueblo. Repeinado y pulcro, como todos los sábados a la misma hora. Tras la muerte de sus padres no cambió su costumbre: seguía viniendo sólo el sábado, llegaba a las siete y se iba una vez terminado el concierto. La única diferencia era que ahora se le veía sonreír más a menudo que antes, y de vez en cuando lo acompañaba una chica joven, su sobrina. Un par de bebedores metódicos, de los que no faltan un día, y dos parejas de mediana edad, completaban el público.

Tras una señal del cantante, el guitarrista tocó los primeros acordes. Una balada lenta, melódica, para ir caldeando el ambiente. A pesar de encontrarse en un lugar algo apartado, el pub era una atracción, no sólo de la comarca. Había quien venía de Newcastle para disfrutar de la atmósfera. Treintañeros de barbas cuidadas y bigotes decimonónicos, de esos que llaman hipsters en las revistas de moda, y que se deshacían en elogios a propósito del fantástico ambiente vintage. El secreto que los diseñadores de interiores intentaban descifrar sin éxito era sencillo: la decoración no se había cambiado en cuarenta años. El propietario, ahora anciano, siempre había dejado la remodelación para el invierno siguiente, y dedicaba el mes de cierre para restaurar él mismo, con habilidad, eventuales daños. No había hecho más obras que las estrictamente necesarias, en la cocina y los inodoros, para no tener problemas con los inspectores municipales. Los cuales, como no tenían mucho que inspeccionar en la comarca, eran especialmente escrupulosos. Sin embargo, el dueño confiaba en que en los próximos años cambiaría su suerte. Estaba seguro de que los turistas que llenaban los vuelos charter que volaban sobre sus cabezas volverían en masa, cuando no les resultase más económico pasar del mar del Norte al Mediterráneo. A fin de cuentas, había votado “LEAVE” para algo ¿no? Quizás no volverían los tiempos de las cartulinas descoloridas en blanco y negro, con señoras elegantes protegidas por amplios sombreros y sombrillas de encaje, retratadas mientras observan el mar con “Recuerdos de Whitley Bay” escrito en el ángulo superior izquierdo de la postal, pero estaba seguro de que las cosas cambiarían.

El cantante se mecía, apoyado sobre el micrófono, moviendo el brazo saludando al escaso público con ademán seguro. Cerró los ojos para no ver a los jóvenes que, indiferentes a su arte, se hacían selfies y buscaban como rabdomantes el punto donde la conexión fuese los suficientemente buena como para subir las fotos a Instagram. Viajó con la imaginación, acunado por su propia voz aterciopelada, a un lugar al otro lado del océano: la ciudad llena de luces, espejismo en el desierto. Confundió en su mente el aullar lejano de las olas por la ovación de un público entregado. Céline estaba en la primera fila, aplaudiendo extasiada. Probablemente lo llamaría para su próximo disco de duetos.

El final de la canción se fundió con los truenos y los relámpagos. De repente, un estruendo sacudió las vigas de madera, el pequeño edificio tembló hasta los cimientos. Había saltado la luz y se quedaron a oscuras. No gritó nadie, todos volvieron sus miradas hacia el mar. El cantante siguió tarareando las últimas palabras de la canción en voz baja: “el océano… el océano...”. Bajó del escenario, seguido por sus músicos. El propietario salió de detrás de la barra, los jóvenes dejaron los móviles sobre la mesa. El pescador, los bebedores metódicos y las parejas también se acercaron a los ventanales, y enmudecieron delante del espectáculo que tenían frente a ellos. En el eterno atardecer del hemisferio norte en verano, el gris del cielo, del mar y la lluvia se mezclaban. Era uno de esos momentos que los pintores llevan generaciones intentando plasmar, y ninguno de los presentes quiso romper la magia, hasta que volvió la luz.

Raymond

So, he is alive, with the monks, protecting “the relic”. The Englishman was here, in Ireland, although I thought I got rid of him, once and for all, five years ago. I thanked my luck when he left Constantinople, his presence disturbed and irritated me. When I left that city for England, to offer my respects to the king, I found out that he was there, making trouble. Nevertheless, I decided to use his presence for my own advantage. I told the king that one of his brother’s men was inciting his people to rebellion, saying that King Richard Lion Heart was alive. I remembered his majesty that one of the many pretenders to the throne could use his testimony to brand him as unlawful usurper. I know who this “traitor” was; there were not many crusaders, survivors of the third, with a big black cross tattooed in the back. I warned king John, Dugald accompanied the soldiers and pointed at him. He was captured. But the king has failed me. He told me that everything was settled, but he lied. Of course, he thought that to abandon him in a small boat, without food nor water, with the flesh of his back whipped to the bone would be as good as to kill him without passing the sentence. The king has not been the only one to fail me, those painted beasts also. I gave them precise instructions: Fournier and the Englishman should die, the relic stolen. The other monks could live, I did not care for them.

I feel rage grow inside me. The bastard babe-slayer, as I called him that night in Constantinople, can ruin everything. I’ve worked so hard for his, all my life. I changed my destiny with my own hands. There can only be one Baron de Merville, our property cannot be divided. It is the custom that all goes to the elder brother, and the second is destined to the church. In our case it was my father who decided who was the older between my twin brother and myself. When questioned, the terrified midwife said she couldn’t say who saw the light first, covered with blood and mucosity as we were. She made a knot to our umbilical cords, but had to help also my mother. It was not an easy delivery; she had a heavy haemorrhage and was too busy trying not to die, she couldn’t care less about birthright those moments. Therefore, once cleaned and bathed, my father had to decide who would be the heir, and he chose Guy. On seeing me, he said that all that black hair in the head of a new born was surely a sign of the evil, and that dedicating my life to God I will clean, not only the original sin, but also that touch of evil in me. Poor father, equanimity has never been his forte. Thus, as my father thought me wicked even when I wasn’t, I decided to prove him right. For him I was only Guy’s corrupt copy. He was kind and generous as I was rude and selfish. Although we were identical, the pale blue of my brother’s eyes were, according to the baron, clear and bright, while mine were unsettling. His smile broad and honest, while I could only smirk, and his nose straight and noble, while mine menacing as a bird of prey’s peak.

We went to Ireland when we were boys. Growing up, my brother proved also meek and coward. How would he as Baron of Merville hold the lands that my father conquered with fire and steel? But he was not weak to my father’s eyes, of course. I was condemned to study my prayers and my Latin while he trained, without success. I was as good with books as he with swords. When I was fourteen I decided to settle the matter, once and for all. Despite our differences, my brother and I shared a passion: hunting. A dangerous sport. I confess it was not easy to prepare the accident. My father was particularly over anxious with everything concerning his favourite son. I managed, during a moment of distraction, to loosen his horse’s belts. I challenged him to a race inside the woods chasing a fox. As I expected, after a few jumps over some scattered trunks he fell from his horse. Providence lent me also a hand: he broke his neck on falling, although I had my dagger in my hand when I approached him, just in case I had to help him with the passing.

My mother did not put up with the mourning, and she followed his son a little time afterwards. Poor stupid thing as she was, I think she felt I had something to do with the business, and she always looked scared to death near me. My father spent a fortune in masses for Guy, started to use a hair shirt and to confess daily. The day of the burial he summoned me: “Raymond” – he said – “I will not deny you what’s yours by right, I will never cover the family with shame. But know that the very day you come to age you will not receive a single coin for me for your maintenance. When I die everything will be yours. Not before. Prove me that you deserve the name of Baron de Merville”.

I didn’t even argue his decision, I expected it. I went back to Rouen, and lived with some relatives. I considered the next crusade (there will always be another crusade) as my only chance to make fortune. Most of the knights searched in crusades money and recognition, but died in the East, or returned crippled and poor. I wouldn’t be one of them. I joined the flood of French knights headed to Venice, where we waited to embark. It took quite a long time to the pope and the Serenissima to establish the terms of the agreement, the amount of money that we were supposed to get and never received, and the number of galleys that would take us to the East.

I met him in Venice. He had a name, and a voice, there. An Englishman, knight of King Richard Lion Heart. He hoped to find him -or his body- near Jerusalem. But we were not headed to the holy city. Politics and religion make strange allies, and instead of fighting the infidel in Jerusalem we were to help the deposed king of the Byzantines to retake his throne. That was real good news to me. Constantinople busted with gold, and I wanted my share. I needed as much as I could get to achieve what I had in mind.

Things went better than I expected. The Englishman proved an excellent warrior. When we entered Constantinople we sacked together the house of a certain Genovese merchant, rich as Craessus. He seemed possessed by a demon. I took also that paste that he got from the Syrian merchant, much less than the amount he swallowed-up, anyway. It just quieted the bites of hunger in my stomach and gave me a little bit of euphoria, but it didn’t change me. I guess that the drug only liberates your real self. The Englishman reputes himself a knight, noble as King Arthur, but he is a monster, actually. I know that’s what I am. I’ve heard it all my lifetime.

The morning after, when the effect of the drug vanished, I did not remember him what he did in that house. I let him live in his righteous lie, condemning me from his high pedestal of chivalry values every time I stole gold, commerced with false relics, or sold prisoners as slaves. But one night, I made him face reality when we were playing dice: “your lucky will be over soon, you bastard babe-slayer”. How beautiful that moment was. The horror in his eyes, the abyss when he remembered everything: the red pulp of a child’s brain staining a wall that was white before we destroyed that family. I heard that he left the city some weeks later. I had to stay six more months in that shit hole before I got the money I needed to return to my dear father Baron de Merville with a small army of my own, richer than he will ever be. I’ve spent the last five years proving him to deserve my title, enduring his hypocrisy and cowardice, the masses before and after every manslaughter, trying to clean up his soul. It’s so easy to gain absolution: send a coffer filled with gold to the holy father, and he will send you back a nice parchment, sealed with lead and wax, pardoning you all sins imaginable. My father has not realised that the king of England is our only possible ally and protector. Not God. Who can not care less of us.

When I heard about Friar Geraldus’ mission I offered myself to escort him and the “relic” to Rome. With a small detour in England, hosted by king John. I’m sure Geraldus would have made a mess at the beginning, but not for long. I was determined to let him the glory of having convinced king John of England to deliver the holy relic to Saint Matthias to pope Innocence III.

I should be headed to the English court now. I’m not supposed to be here, hunting three monks and a “mute” in the bogs. If only he had died when he had to.

This is the backstory I have imagined for Raymond de Merville in his own words. It’s related with the previous post, the backstory of the Mute. I have placed it, in the timeline of “Pilgrimage”, when Raymond and his men are chasing the monks and the mute in the forest.

The mute

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– Tell me: how does a man without a tongue confess his sins?

– We pray for him

I have a tongue, but I don’t speak. Should I open my mouth I’d scream, or go mad. Perhaps I’d return to the sea to let the ocean swallow me up. I can’t speak, I won’t do it, not until the very end. Indeed, it is a very pleasant thing to have good people praying for me. Raymond has always had the skill to read any situation on the spot. To know people. I thought, a long time ago, that I could do it also, but I was wrong. I thought I knew him. I trusted him, although only in the very beginning of our acquittance. I even thought, waiting to embark in Venice, that we were alike, but we are not. Otherwise he’d also scream, or bit his tongue. He would, if he believed. Although all the things that I have seen I still believe in God. How can, a man like me? I don’t know. I stand on my knees for hours, and I let Friar Ciàran prayers fall upon me. He has also seen the evil, he’s hold the sword but nevertheless, he can speak. Because he has not done what I did. What would they all think of me? Would young Diarmuid still tell me about the soul of the razor-shell if he knew that once I plucked a babe by the legs as he plucked that mollusc and dashed his brains off against a wall while his mother screamed just as long as it took Raymond to cut her throat? A family of Genovese merchants. Theirs was the only house still intact in the centre of Constantinople.

I’ve tried to justify the deed, afterwards. We were hungry, pillage was the only way to get the money we were promised. I was confused. During the siege of the city the food was scarce and I cheated hunger chewing a sticky paste. One of the many Syrian merchants that fluttered around our camp had a reputation for obtaining the impossible. I asked him to find ašīš; I saw the Nizaris transformed by it during the other crusade. I swallowed all I had left when the walls of the city collapsed. I’d not need it any more. But I forgot everything. It was Raymond who made me remember. Two weeks later. We were playing dice, I was winning all the games.

“Your luck will be over soon, you bastard babe slayer” – he said in his bad English with Norman “r”s. I think I got pale. As pale as could become my face burned by the Eastern sun. I knew he was right as soon as he said it.

“You forgot?” – he continued, turning his head, looking innocently at me. I remember his blue eyes, that smirk and that false expression of candid innocence. “Apologies, Englishman. But I must say that you scared me that night”. He lifted the tiny wooden barrel containing the dice. He threw. “Double six! Bon, my luck is changing, finally”. The last sound I heard leaving that tavern was his laughter.

I cursed Raymond for reminding me of the babe. He knew that my mind had wiped out everything, but he kept it for himself until the appropriate moment arrived. I could not stand his company as much as I did before, in Venice, or during the siege. He was trying desperately to make as much money as he could, he repeated that he needed it to pay a group of armed men of his own, that he would need them back in Ireland. He disappeared for days with a strange-looking priest, searching for gold. He commerced with false relics, sold prisoners as slaves. I always reputed myself better than he, nobler, braver. He could not stand my haughty looks, my contempt towards him and he revenged the best way he could: putting me in front of the evidence. I wasn’t better than he.

The following days I tried to make terms with that part of me, and I made my living as a hired sword. When there’s a king to depose there’re many feuds to settle. It was necessary to wipe out the followers of the old usurper. I am good at killing, I made that for years. Those days it gave a new thrill to me. I took a certain pleasure to take away the life of someone that could defend himself: beat, thrust, slash, and then the next. One night the subject in my list escaped, and I chased him near the harbour. He entered a small house, I could hear him hiding in a tiny room, trying his best to conceal his breath, speaking to someone. I stormed into: a woman cried, she was holding a child in her arms, and I froze. It could have been easy for me to kill the man and let the woman go. Even when he took the baby from her arms and threatened to kill it.

“As if that would stop me” – I said. I left the room, the house and the city. I embarked in the first ship to Europe and after two months in Venice I returned to England. I still talked, those days, but very little. And when I opened my mouth it was to say that king Richard Lion Heart was alive and that he would return from the East to claim his kingdom. I knew it was a lie but people would believe anything they wanted. The friars that what we are carrying in that coffer burns infidels. I knew it was the lighting during the storm that made the reliquary hot. And that the water of that small river was not haunted by a bad fairy. When I returned to England people wanted king Richard, and I gave them that illusion. But some dreams do not last long. I was imprisoned by king John’s orders, my atonement finally began. I thanked every whiplash, every punch. When there was very little left of me they didn’t know if I was telling the truth about Richard. I never confessed. Therefore the king, afraid that his brother may return, and knowing that I was close to him during the third crusade, decided to let me live… If I survived the ocean, the hunger and the thirst.

I look different now. In Constantinople my nose was straight, my hair short and I shaved whenever I could; but I know that Raymond and Dougald had recognised me. Every time they look at me, and after what he has told me after cutting the hands of the poachers, I’m beginning to understand why I’m here. And why God has crossed our paths again. I just have to wait, I’m sure that Raymond will offer me the chance to make His will. My will.

I wrote in my Pilgrimage review that I’d have liked to learn more about Raymond and the mute. I have placed this monologue of the mute, in the film timeline, right after Raymond faces the mute for the first time. I’ve written in a previous post not to write fiction in English any more. But this came to my head in English. My apologies for the mistakes.

Raymond the desired

After waiting patiently two years (my “Pilgrimage” folder in my HD is dated June 2015 – no comment), I have been able to watch the movie. I wonder if the DVD would ever have been released if Tom Holland were not the new Spiderman. Whatever the reason, finally this film has been released, and I’ve enjoyed it very much.

This is my very personal review of the film, full of spoilers.

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The triumphal entry of Raymond de Merville in the film

Pope Innocence III has ordered a cistercian monk (Stanley Webber) to bring to Rome a sacred relic kept in a distant Irish monastery. The pilgrimage of this group of monks will reveal itself full of perils, not only from the gaelic natives, but also from the Norman knights deputied for their protection. The group from the monastery is formed by three friars, a young novice (Tom Holland), and a “converso” (John Bernthal), that arrived to the community five years before in mysterious circumstances.

In Jamie Hannigan’s script there’s small room for surprises. As soon as Raymond de Merville, the Norman knight, appears on screen, we know that the monks’ pilgrimage is condemned to failure. Should this be an opera, when Raymond takes off the helmet in his first scene, the movement would have been accompanied by sombre string and brass notes, as those of Scarpia in Tosca.

Even if we don’t give importance to the fact that when the novice surprises Raymond flying a messenger pigeon he over reacts (the following challenge of the mute in the novice’s defence anticipates their final epic fight), it is obvious that, when Raymond disappears just in time to avoid an ambush in the forest by the same celtic tribe he’s supposed to chase, he’s the deus-ex-machina of the attack. Nevertheless, in my opinion, if the predictability of the plot can be a weakness for many, it is not for me. The mania in recent years for twisted plots and surprises may result in a unintelligible chaos full of gaps and plot holes. Better to tell a “simple” story well than trying to build an Inception-like plot without success.

The author has chosen to leave the backstory of the characters untold, but I think that the relationship between Raymond and the Mute would have deserved more space. It has been hinted with very few but powerful lines, but unfortunately without any previous knowledge of what was the Constantinople siege during the fourth crusade those lines are less effective.

Luckily for me I have still fresh in mind a reading of some months ago, Umberto Eco’s Baudolino, the story of a knight belonging to the king Federico Barbarossa’s retinue. The protagonist witnesses the most important historical facts during is long life, including Constantinople’s siege. The fourth crusade and this siege were characterised by relics’ commerce and its utmost cruelty.

The crusaders pillaged the city, trying to take by the force all the money that they were promised but, as usually happen in medieval wars, not paid. We all know that crusades were a bloody business, as Ridley Scott showed in his film, or for instance, the ghastly episode of the so-called Children’s Crusade. The fourth crusade and Constantinople’s siege added to the usual amount of cruelty the fact that, although the excuse was, as for the previous ones, the retake of Jerusalem, the first result was the taking of the Christian city of Zara and then was decided to destitute the head of the bizyantine empire in Constantinople. It was not a fight against Muslims, but Christians, with the ultimate objective to pillage as much as possible. As Raymond says when referring to the strange tool he will use to torture one of the monks:

“I got this from a priest in Constantinople. A strange man. He used it to persuade the Greeks to tell us where they’ve hidden all of their gold from their churches”

 

There was other method apart from direct robbery to make money: to pillage the relics hold in the city’s churches, or directly to create them. This is a paragraph of Eco’s “Baudolino” (the poor translation is mine)

That’s not a bad idea – said Boidi – you go into cemeteries and you find Saint Paul’s chin, perhaps not the head but Saint John the Baptist’s left arm, and so on, the remains of Saint Agatha, Saint Lawrence, those of the prophets Daniel, Samuel and Isaiah, Saint Helen’s skull, a piece of the Apostle Philip head.

Not only that – said Pevere, eager for what was to come – you only have to dig deeper and you find a piece of Bethlem’s manger, a tiny tiny piece, just not to realise where it comes from.

We will make relics as never seen before – said the Poet – but we’ll also remake those existing already, because prices of those known go up and up.

We know that Raymond was in Constantinople, and that he witnessed probably the commerce and creation of sacred relics. Some as improbable as a flask of Virgin Mary’s milk, the thorns of Christ’s crown, fragments of his cloak, skulls, limbs or organs of many apostles, saints and prophets.

No wonder that when greeting Friar Geraldus he asks him if he has taken his “souvenir”, later he will define the coffer containing the relic a “pretty box”, and when he learns the story of the precious relic (the stone that dashed off Saint Matthias’ brains and that burned afterwards all the pagans that touched it) he only says full of sceptical sarcasm: 

Raymond knows that most probably that is not the very stone that killed the saint, but acknowledges its value: it’s believed that it is. Therefore, when his plan to stole the relic to offer it to king John in order to “blackmail” with it the Pope himself is aborted by the mute, he knows he can replace it with any other rock in Ireland:

Even if we don’t find the relic another stone will do. We’ll put it in a pretty box and people will accept it. Even a king. Or a pope.

but not as long as the group of monks remain alive. Chances are simple: if they give up the stone they live because they can grant for its authenticity; otherwise, they must die.

What is Raymond backstory apart from what we know? Perhaps some years before he joined the crusaders in Venice (the sponsor of the crusade) while his father remained in Ireland to conquer gaelic territory and when he returned, years later, he was “damaged goods”. He got, during that fight, not only scars on his face, but also on his soul. The aim of that sacred venture was reduced to the end to manslaughter, serial rape, and massive killing of Greek Christians and European merchants. When he returned, transformed in a ruthless war machine, he despised his father for his “easy life” and cowardice. But he found was also despised by the men who remained in Ireland and do not recognise him any more. Raymond will revenge of all of them. Fournier, faithful to his father, will fall during the orchestrated ambush of the Celtic warriors. His father, that has become a coward who wants to obtain the salvation of his soul by donating “that rock” to the Pope, in his plans will be defeated and mocked by his own despicable son. No wonder also, being Raymond the archetypal villain that he is, that he is loyal to that wicked king John of the Robin Hood saga (following Guy of Gisborne’s footsteps 😉 ).

The biggest mystery in Pilgrimage is the mute played by John Bernthal. According to friar Ciàran, the herbalist (played wonderfully by John Lynch: the most authentic “tortured person” ever seen on screen), he arrived to the monastery five summers before, in a small boat without food nor water, and has never spoken a word. It is his body that speaks for him: strong, muscular, with a big cross tattooed in his back, that is also full of scars.

Tom Holland, Richard Armitage and John Bernthal. Original screenshot released by producer.

Raymond and his men recognise him. The knight pretends not to be sure where he has seen him, but I think he recognises him on the spot. Perhaps the mute was a veteran of the third crusade, the so-called Crusade of the Kings, and was loyal to Richard Lion Heart. Maybe his differences with Raymond began in Venice, the gathering departing port of the fourth crusade, and the conflict arrived to its peak in Constantinople. Which were the sins that, according to Raymond, the mute had to expiate?

Why was he stranded in the Irish coast, too shocked to utter a word and with his back covered by whip scars? I’d like to think that he opposed in Constantinople not also to Raymond’s loyalty to King John, but also to his methods. One thing was to fight by the side of the Lion Heart against Saladdin’s soldiers, and other to cut merchants’ throats, rape their daughters and destroy Christian churches in Constantinople.

The conflict between the cistercian monk (Stanley Webber) and the novice is more evident in the film. To return to Umberto Eco, Fra Geraldus is a mix of the diehard Bernardo Guy, and the fanatic Jorge the Venerable. Geraldus is a strong believer of the official militant church of those days. To him, there’s only one truth, there’s only one vision of the Church and God. There’s room only for piety, not for pity: the pope wants the relic, and he will have it, no matter what it takes. He will sacrifice without a second thought friar Ciàran and the mute. Or even the novice, when he gets in his way, and eventually himself, dragged to the bottom of the Irish sea by his own fanaticism.

Fra Geraldus’ single-minded fanatic view of religion will open the eyes of the novice. The herbalist, a father-figure for him as William of Baskerville was for Adso (Umberto Eco looms again and again throughout this story), will sacrifice his life for all of them, dying with the name of Christ in his lips. It will take few days for the novice to open his eyes: the sight of Geraldus’ fanaticism destroying also his close-friend, the Mute, is more than he can bear. When the last of the monks die wounded by the arrow of one of Raymond’s men, he realises that the rock that he has carried through the forest and the bog is nothing but a dead weight far away from what Christianity really is: the religion of the honest sacrifice of the herbalist and the simple life in the small monastery by the sea in the far west of the known world, not that of kings, soldiers and the pope of Rome.

Pilgrimage is a highly enjoyable film: the cast is perfect for every role, and all the actors make an incredible work. Richard Armitage plays the perfect villain, cynical and ruthless: he has a goal and he does everything to achieve it. The use he makes of the English language accentuates what Raymond is: an alien. Still no Englishman but no longer a Norman from Rouen, someone that has seen what man can be at his worse and that he accepts and supports it in order to achieve his goal: power and recognition for his family.

John Bernthal plays the soldier with post traumatic disorder with great skill; the mute is not an easy role to play and he does it without following the easy path of an exaggerated histrionics. The untold story of the mute is in John Bernthal’s eyes. And he nails it.

Tom Holland, the novice, is the look of the audience, that faces the cruelty of the medieval ages for the first time: the punishment of poachers that fish in Baron of Merville’s lands, the ambush of the Celts to the monks and the final duel between Sir Raymond and the mute. The violent ambush in the forest is useful to understand the mute as a deathly war machine.

The score is brilliant, and the Irish landscape a protagonist by itself. The big issue of this film is that 90 minutes are definitely too few, and prevent the transformation of this Pilgrimage from enjoyable to epic. I can imagine what this story could have been with double budget and thirty more minutes of footage. But with the same actors; I doubt this story would have been told so well with a different cast.

El guante

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Al principio no me fijé en ella. Parecía un ratoncillo asustado, escondida detrás de unas grandes gafas, pasadas de moda. Como las que veía cuando paseaban por aquí muchachas de pelo largo y lacio, vestidas con minifalda. Lo que hizo que me fijase en ella fue su actitud. Normalmente la gente pasa de largo; no me dedican más que una mirada distraída, pues tienen algo más interesante que ver. Yo, por mi parte, no cruzo la mirada con ellos, como si tampoco les diese importancia, en una muda competición de “quién ignora mejor a quién”. Tras años de práctica he desarrollado una excelente visión periférica; aunque parezca distraído, absorbido por mis pensamientos, no me hace falta mirar directamente a quien pasa por aquí para percatarme hasta del más mínimo detalle de su aspecto. No sé precisar con exactitud cuánto tiempo estuvo viniendo hasta que empecé a pensar, llevado por la vanidad, que ella venía a esta sala exclusivamente por mí.

 Durante sus primeras visitas no se acercaba demasiado. Me miraba de lejos, cruzando los brazos sobre el pecho, o protegiéndose con una carpeta, o un bolso, a la defensiva. Como si fuese a escapar de un momento a otro y tuviese que usar lo que llevaba entre los brazos como arma de defensa. Su actitud fue cambiando, poco a poco. Hasta que, un día, se atrevió a sentarse frente a mí. A una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para distinguir su mirada, libre de las gafas; quién sabe qué había hecho con ellas.

Puedo afirmar, aunque parezca pedantería por mi parte, que me he convertido en un experto en miradas. La suya no era fría, ni inquisidora como la de los eruditos, o vacía, como la de los estúpidos, o peligrosa, como la de los ignorantes. Tenía una sinceridad infantil, era acogedora, materna.

Venía todos los días, sin excepción. Advertía su presencia aun cuando estaba en otra sala, pues reconocía el sonido de sus pasos entre millares. Me sonreía, se sentaba y abría un libro. Lo levantaba de manera que pudiese ver el título. Todos eran de autores que conocía: Dante, Petrarca, Ariosto… Incluso leía algunos que hubiese querido leer y no tuve ocasión de hacerlo. Otros días sacaba un cuaderno de su bolso y escribía, o dibujaba. A veces no hacía nada, simplemente me miraba, y yo volvía a sentirme vivo. Con el tiempo, me di cuenta de que ella cuidaba más su aspecto, se vestía mejor, había cambiado de peinado. Una tarde vino con un grupo de personas; parientes, sin lugar a dudas, a juzgar por la forma de la nariz, o el arco de las cejas. Ella iba la última, se había rezagado. Una mujer la llamó “Ariadna ¡vamos!” Fue así como supe su nombre. Ella me miró, levantó los hombros, como pidiendo disculpas, y yo sonreí. Imperceptiblemente.

 Una tarde de primavera estaba particularmente hermosa. La suya fue una metamorfosis digna de Ovidio. He visto muchas mujeres bellas durante estos años, pero ninguna como Ariadna. Yo, que he sido testigo de su transformación, puedo entender mejor que nadie qué había sucedido con ella. Simplemente, la belleza que tenía dentro subió a la superficie de su piel, iluminándola con una luz que ni siquiera el maestro sería capaz de captar. ¿Cómo puedo saberlo, si no hablé nunca con ella? Lo sé, y basta.

 Un día un joven italiano pasó a su lado, y le dijo algo. Ella no le entendió, pero yo sí, pues nací en esa tierra. Si hubiese podido, le habría borrado esa expresión bovina del rostro, y habría hecho buen uso -a falta de una ropera afilada- del pañuelo que colgaba del bolsillo de sus pantalones para retorcerle el pescuezo. Al final el mozalbete desistió y Ariadna se excusó con la mirada, y advertí una cierta preocupación en su rostro. ¿Había notado mis celos? Sí, celos. A pesar de que creía que los sentimientos no formaban ya parte de mi vida. ¿Pero lo fueron alguna vez? ¿Qué me estaba sucediendo?

 Al día siguiente no vino. Intenté justificar su ausencia con miles de motivos, creí reconocer sus pasos, pero me equivocaba, una y otra vez. Ha pasado ya un mes. No ha vuelto. Y yo estoy sumido en la más profunda y negra desesperación. No me preocupa lo que pasa a mi alrededor, y miro, simplemente, un punto indefinido de la pared. Mis jornadas pasan lentas, monótonas. Con tal de sentir algo cedo a la tentación de los celos; la imagino paseando de la mano de ese joven italiano, riéndose los dos de mí. Me esfuerzo en no pensar en ella, ni en lo que soy. “Ser” ¿Hay palabra más absurda para definirme?

 Alguien se está acercando. Demasiado, no está permitido. ¿Quién viene a molestarme? No puede ser… ¡ELLA! ¡ES ELLA! No he reconocido sus pasos porque camina apoyándose en unas muletas. Siento que el corazón – ¿mi corazón? – está a punto de estallar. “Amor mío” – me dice – “he vuelto apenas he podido”. Entonces ¿es verdad? ¡Ella también me ama! Si es posible lo que he oído ¿qué más cosas increíbles pueden suceder? Noto que se me humedecen las mejillas y, por primera vez en cinco siglos, puedo mover la cabeza, mirarla a los ojos y extender la mano. Sí, todo es posible. “Acércate. Dame la mano, Ariadna”.


El director de la National Gallery recorrió a toda velocidad la distancia entre su despacho y la sala número dos. El responsable de la sección de pintura italiana lo había llamado, diciéndole que había pasado algo con un Tiziano. Cuando se acercó a la sala había un grupo de personas delante del “Retrato de joven con sombrero y guantes”. Por un momento suspiró aliviado, al ver una esquina y el marco de la tela por encima de las cabezas de los reunidos, pero cuando éstos se apartaron se quedó helado. Sí, el cuadro estaba colgado donde siempre, parecía íntegro, pero… No quedaba rastro del sujeto retratado. Todos los demás elementos de la tela no habían cambiado: ahí estaban el parapeto de piedra, el fondo oscuro, el friso en la parte izquierda del cuadro envuelto por una luz oscura. Durante más de quinientos años, el punto de luz de aquella obra era el rostro de un apuesto joven, retratado de medio perfil que miraba un punto indefinido a su derecha, vestido con una camisa blanca y un amplio jubón de terciopelo azul oscuro, apoyando sobre el parapeto el brazo izquierdo, envuelto en una manga roja. La mano, enguantada, sujetaba el otro guante de piel marrón clara, mientras que, con la mano derecha, de la que sólo se podía ver el pulgar, sujetaba un sombrero oscuro. No quedaba rastro del hombre; sólo el guante descansaba sobre el parapeto gris piedra. Según el guardián, cuando el museo estaba cerrando y se aseguraba de que los rezagados saliesen, entró en la sala una chica que caminaba con unas muletas. La recordaba perfectamente, era una habitual del museo; más que del museo, de esa sala. Ignoraba los demás cuadros de Tiziano y pasaba un par de horas al día delante de ese retrato. Hacía un mes que no venía; le dijo que había tenido un accidente y que era el primer día que salía de casa, le había sido imposible llegar antes y le rogó que se pudiese quedar sólo un momento. Le había concedido unos minutos más, el tiempo necesario para verificar que todo estuviese en orden en la sala contigua. A los pocos instantes de dejarla, sonó la alarma. Regresó, y la chica ya no estaba. Quedaban sólo las muletas en el suelo, y el cuadro había cambiado.

El museo trató la cuestión con discreción. La tela era propiedad de un privado, y estaba en depósito. Habían contactado ya el dueño, pues en los últimos tiempos la tela había sufrido extrañas variaciones en los pigmentos, y durante el último mes se había deteriorado visiblemente. Se emitió un comunicado de prensa anunciando que la obra tenía que ser restaurada y se concedió una indemnización millonaria al propietario. La pintura fue examinada por decenas de peritos y expertos, en el más absoluto de los secretos, y con las técnicas más vanguardistas. Era como si Tiziano nunca hubiese pintado a aquel joven. A pesar del secreto y la reserva, empezaron a circular extrañas historias sobre los cuadros de la National Gallery: había quien juraba que en los grandes cuadros del Veronés o Tiépolo aparecían figuras nuevas, un hombre y una mujer, que se desvanecían poco después. Pero nada se pudo comparar a la sorpresa cuando, un año después de que el cuadro fuese retirado de la sala dos, y tras examinar la tela con rayos X por enésima vez, apareció bajo la pintura oscura del fondo la silueta de una pareja. El hombre se parecía al que retrató Tiziano. No se podían reconocer las facciones de la mujer, pero algo se distinguía con nitidez. Lucía un espléndido collar de perlas, con un colgante: una letra “A”.

Romeo and Juliet – A novel

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Hear, hear! A post about Richard Armitage! I come back on topic after many months. I could not miss to write something about “Romeo & Juliet – A novel”, the last Audible production performed by Mr. Armitage, written by David Hewson. Needless to say that what comes next is full of spoilers and should you prefer not to know anything about this before hearing the audiobook, you’re kindly invited to read this afterwards.

THE PERFORMANCE

Richard Armitage is brilliant. His ability to work in this medium improves with each reading. If someone should ask me “show me how good is this Armitage you admire so much” I would reply “just hear him performing the part of a stammering fifteen-year-old girl in “The Convenient Marriage”. Richard Armitage does not “imitate” voices, the result would be perhaps ridiculous, but he manages to speak with tones of voice that are like brush-strokes of the characters’ psyche, triggering our imagination. I will confess something: although I love radio dramas, I’m not very fond of audio-books. If they’re not performed by Richard Armitage they usually bore me to death, and I assure you that I’ve tried quite a few. For instance, the second hearing of “Macbeth – A novel” lingers in my Audible application and, frankly speaking, the first one required a huge effort of concentration. I have also a multi-read version of Bram Stoker’s Dracula waiting to be finished for more than a year. The only audiobook not narrated by him that I have heard several times is “A new kind of war” performed by Dominic Mafham, whose technique is similar to Richard Armitage’s; but there are no female characters in that novel, the comparison of the performances of both actors cannot be complete.

I have a favourite voice in each of Richard Armitage’s audiobooks: Damerel in “Venetia”, the aunt Betsey Trotwood in “David Copperfield” (by the way I would like very much to know if he had Lesley Manville’s performance in “Mr. Turner” in mind when rehearsing that voice) or Claudius in “Hamlet”. In Romeo & Juliet my favourite one is undoubtedly Mercutio. It reminds me his Mr. Lovelace in BBC’s Radio Drama Clarissa.

Mercutio is a brawler, an ambiguous character, with a dark, self-destructive nature. His “Queen Mab” speech has been beautifully adapted; when he walks out the Capulet’s party, drunk, with Benvolio and Romeo, his drunkard speech about the “beautiful” Anna and the tumble/fumble game of words is impregnated with tenderness and melancholy. “Death will be the death of all of us”, Mercutio said that afternoon. He’s the brimstone that will kindle the tragedy, the angel of death. His curse, “a plague on both your bloody houses”, when he lies dying sounds like a lame excuse.

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Anthony Andrews played Mercutio in BBC’s production (1978) – screencap

 

THE STORY

The novel, as the previous Macbeth and Hamlet written together with A.J.Hartley, is an attempt to “fill in the gaps” of the many unanswered questions that may arise in a three-hour play, for instance, how could Romeo and Juliet fall in love with only a few verses. The narrative rhythm is compelling and gripping. It’s very difficult during the first hearing to decide where to stop or make a pause, as I wanted to know “what will happen next”. I have appreciated the little stories behind each character, as for instance those of Friar Lawrence and his brother Nico, and the description of a real historical character I’ve read of many times, Isabella d’Este. She’s a mix between Alice’s Queen of Hearts and Ben Wishaw’s Richard II in “The Hollow Crown” (monkey included). The voice used by Richard Armitage for Isabella, with a strong Italian accent, completes the picture of how a Renaissance ruler locked in a gilded cage away from the reality lived by their subjects should be like. It is perhaps an extreme caricature of what the real Isabella d’Este was, but, as I have never feel sympathy for her (I’m rather on the side of her wicked sister-in-law) I cannot but enjoy this version.

I expected some changes in the known plot of Shakespeare’s play, therefore I was not shocked when I heard that at the end, Juliet survive. Honestly, I was definitely more outraged by the miraculous survival of Messala and the chessy happy-ending in the recent movie-version of Ben-Hur. Furthermore, Juliet’s decision of starting a new life alone and away from Verona is in harmony with this Juliet.

The main issue with this novel is that, unlike “Hamlet”, it endures very poorly further hearings. In this case, once the curiosity to know “what happens next” is over, issues arise. And an issue with a name and surname: Juliet Capulet.

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Olivia Hussey as Juliet in Franco Zeffirelli’s film version – screencap

Historical novels are very difficult to write, and the alchemy to make a successful one as dark and unfathomable as the philosopher’s stone. Needless to say that “successful” does not equal to me automatically to best seller (I’m the one who abandoned “World Without End” in page 800); this is a post in a personal blog and I’m writing about what I like. I’m rather intolerant, when reading historical or period novels, with characters that are not coherent with the time and place where the novel is set. And this particular Juliet is any century in the future but late XVth. One of the most relevant woman in Italy those years was Caterina Sforza Riario. She was engaged when she was still a child, consummated her marriage as soon as nature allowed it, and by twenty she was already the mother of four children. The duty of a noble woman in that period was to get married and give birth as many heirs as possible; they were bred for that and Caterina did, although she was an intelligent, independent woman. When her husband, Girolamo Riario, died, she ruled her lands with such a competence and belligerence that she was known as “the tigress of Forlì”. She has a place in one of history’s most famous quotations. When Forlì was sieged by an army and they threatened to kill one of her sons, kept as an hostage, if she didn’t surrender the castle, her answer was to climb up the battlements, lift up her skirts, show her sex to the besiegers and shout: “kill him if you want, I have the mold here to make many more”. If I cannot imagine a woman like Caterina saying his father the Duke of Milan, that she would prefer not to marry Girolamo Riario, to me is somewhat difficult to accept a Juliet of Verona saying his father that she would not marry Paris. When she discusses with Friar Lawrence the equality of the marriage vows (I’d prefer not to comment Romeo’s reaction after her exploit), or wonders, after making love with Romeo for the first time, if the deed was not rather too quick, it takes almost an act of faith to accept this without even rising a brow.

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Caterina Sforza – wikipedia

There’s another peculiarity of this novel that is worth discussing: the abundance of words in Italian. This shouldn’t be an issue to me, speaking this language daily (although it is, for a reason that I will explain later on), but I’m afraid that this massive presence of Italian words prevent many readers to understand the text. When I listened to “Hamlet”, I only learned after reading the written version, that what I thought was “the horizon” was in fact “the Øresund”, the Northern Sea. I wonder what the average hearer will understand of the sentence “the piano nobile in the palazzo”. Perhaps those with a more vivid imagination think that one of the entertainments in Capulet’s party was to gather around a luxurious Renaissance musical instrument (never mind if pianos did not exist yet). In my opinion the words in Italian are definitely too many for an audio book (and in the case of the “piano nobile”, not even necessary). In a printed one, foreign names or words in italics may lead the readers, if they feel like, to look what that specific word mean or where a certain place is. Nevertheless in an audio format it may be misleading, when not directly irritating. Some of the Italian words are pronounced with a misplaced accent. I’m not blaming Richard Armitage for it: as someone told him how to pronounce his German lines in Berlin Station (and apparently he was told right), someone had to tell him not only how “gn” sounded like in Italian, but that the accent in “Signoria”, is in the second “i” and not in the “o”. And many other words: antica and not antica, Brancacci and not Brancacci, or Esposito and not Esposito. This last misplaced accent was the one that made me literally jump in the couch, as this recalls to Italian speakers the dubbing of old Laurel and Hardy movies. Definitely not  what David Hewson wanted to recall in anyone hearing his work.

To make Isabella d’Este sister-in-law of Lucrezia Borgia three years before their time is an artistic license, I understand the reason why the autor “anticipated” the event for narrative purposes (although I’d have appreciated a mention about this license in the afterword of the book or his posts about the novel). This “accents issue” is a big editing mistake that would have been extremely easy to avoid, and I cannot understand why in a production like this (we’re talking of Audible, not of three friends recording a fan-fiction with their phone) the foreign words have been dealt with such superficiality. At least here, unlike in “Hamlet”, Medici was the pronounced with the right accent, not with a Laurel-Hardy Medici.

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Lucrezia Borgia – Pinturicchio (Appartamenti Borgia – Vaticano)

Veo el mundo tal y como es

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Lorenzo Lotto – retrato triple

Londres – 1598

Formamos un trío interesante, los dos hombres retratados y yo mismo, observándose, y yo a ellos, esta calurosa tarde de junio. Parecemos uno de esos retratos triples de Lorenzo Lotto, o del mismo Tiziano, autor del cuadro que se encuentra a mi izquierda, el retrato de mi abuelo John. Creo conocer bien al otro retratado, a mi derecha, pues soy yo mismo. Han pasado ya… dieciséis años. Por los clavos de Cristo, qué rápido que pasa el tiempo. Fue sólo cuando colgué estos dos cuadros, uno al lado del otro, que tuve la certeza de que aquello que oí siempre en familia era verdad: “Eres el vivo retrato del abuelo John”. Así es. Como dos gotas de agua.

Posábamos de la misma manera, de medio perfil, apoyando un brazo en un parapeto de piedra o mármol: mi abuelo mirando hacia su izquierda y yo a la derecha, como si los maestros venecianos que nos pintaron hubiesen tenido la tentación de hacernos dialogar en el futuro. Sin embargo, fue todo fruto de la casualidad; no había visto antes el cuadro de Tiziano. Éste se guardó cuando yo era niño durante unas obras, para que no se dañase, y quedó inexplicablemente olvidado en el desván durante décadas, hasta que lo recuperé. También encontré sus diarios, es por eso que sé tantas cosas de él, muchas más de las que supo nunca mi padre.

El lazo invisible que me une a mi abuelo no es sólo un parecido físico. Los cabellos negros y los ojos azules del primer Lord Hawkwood saltaron una generación. Mi padre tenía el pelo castaño de mi abuela, sus ojos marrones claros y su piel blanca, resplandeciente como la niebla en Padua bajo los rayos del sol. Mi abuelo, como yo, fue a Italia y volvimos con un retrato bajo un brazo y una bella esposa de la mano. Él lo hizo a una edad en la que la mayor parte de sus conocidos empezaban a pensar más en quién dejar una herencia que en crear una nueva familia. Pero él lo hizo; ardía en él una energía que lo hacía parecer mucho más joven de lo que era. Parecemos idénticos, en esos cuadros, pero yo tenía casi la mitad de sus años cuando otro maestro italiano, Jacopo Robusti, el Tintoretto, me retrató. Mi abuelo escribió en el primero de sus diarios que vivió dos vidas, y que la segunda empezó una mañana al salir de una taberna cerca de la catedral de Saint Paul. Creo que la fuente de su inagotable energía era el haber encontrado un motivo para vivir cuando había abandonado toda esperanza.

El artífice de tal milagro fue el tío-abuelo del joven que se hospeda ahora en mi casa. Desde aquel día, nuestras dos familias están unidas por una colaboración muy especial. Don Francisco de Villegas nunca pasó a los libros de historia, como tampoco lo hicieron sus descendientes, ni lo haremos ninguno de nosotros, pues nuestro trabajo no es tejer la tela de la historia, sino cardar los hilos que forman parte de su trama, dejarlos suaves al tacto. La reina de Inglaterra, Catalina de Aragón, le encomendó a mi abuelo el futuro de su hija María como sucesora de Enrique VIII. El primer Lord Hawkwood, con la ayuda de Don Francisco de Villegas, logró que así fuese. Tal fue su empeño que mi abuelo expiró apenas diez días después de que María Tudor fuese coronada. Pero había que asegurarse de que María reinase, y lograr encontrar un equilibrio, aunque fuese precario, en las relaciones entre Inglaterra y España. Por ese motivo mi padre prosiguió la misión de mi abuelo, de la misma manera que otro Villegas, don Fernando, sucedió a su hermano, don Francisco. Gracias a nuestras dos familias, María Tudor murió en su cama, en 1558, y el que fue su esposo, Felipe II, sobrevivió a numerosos atentados mientras permaneció en Londres. Como era de esperar, durante los turbulentos tiempos de la sucesión cualquier simpatía real o inventada hacia España, podía significar la muerte, y mi padre prefirió cerrar la casa de Londres durante algunos años y poner tierra de por medio, llevándonos a una de las fincas de familia en el Lancashire.

A pesar de todo, los lazos entre las familias Hawkwood y Villegas no se rompieron. Una vez de vuelta a Londres, mi padre y Don Fernando Villegas usaron su red de contactos en ambas cortes, y en otras en Europa, para vigilar a quien vigila oficialmente por la seguridad de Felipe II e Isabel I. Cuando mi padre falleció, me tocó recoger el testigo. Somos la respuesta a la pregunta que se hizo el poeta de la antigua Roma, Juvenal: ¿quién vigila a los vigilantes?

En esta misión hemos tenido éxitos discretos. Mi padre evitó varios atentados contra la vida de Felipe II, y yo otros tantos contra la de Isabel. Hicimos lo posible para evitar el desastre de la Armada Invencible. Villegas (Don Alonso, habíamos alcanzado ya la tercera generación) logró que frente a la misma se colocase al inútil del Marqués de Medina Sidonia, al cual costó muy poco convencer para que no atacase la flota inglesa atracada en Plymouth. Yo me tenía que encargar de menguar la presencia de ilustres almirantes en la flota inglesa. Fallé. Drake y Hawkins llegaron ilesos a Plymouth. Pero me tomé la revancha personalmente dos años después sisándole a Drake el galeón Virgen del Rosario debajo de las narices. La comisión que me cobré in situ bastará para que mi hija pueda vivir cómodamente toda su vida. No fue un gesto noble, lo sé. Sin embargo, la máscara que uso en la corte, la de mecenas de las artes no demasiado espabilado, no sale a buen precio. Mi abuelo empleó el dinero de César Borgia en varias actividades que suelen ser muy rentables, y gracias a ellas vivimos cómodamente, pero en los últimos tiempos hemos sufrido algún que otro revés que hacía necesaria una entrada extra. Además, lo reconozco, Drake me era particularmente antipático; Dios lo tenga en su gloria o el diablo en su infierno.

– “Siento interrumpir la reunión familiar, Richard, pero tenemos que hablar de nuestra hija”

Hasta hace no mucho tiempo podía notar la presencia de Laura a mi lado con antelación; su perfume a bergamoto, un suave crujir a telas. Pero hoy se ha acercado por la derecha, y estoy empezando a perder el oído por ese lado. Otro recuerdo de Drake; sin lugar a dudas, un cañonazo deja secuelas menos placenteras que los doblones de oro puro, depositados a un diez por cien de interés en el banco de Santón en Venecia. Doblones que a estas alturas se habrán convertido en el enésimo préstamo al rey Felipe. Extraño mundo.

– “¿Isabella está bien?” – pregunto, sin apartar la mirada de los cuadros.
– “¿Cuánto tiempo se va a quedar ese joven en casa?”
– “Puede que, un año, por lo menos. Formará parte de los secretarios del embajador Mendoza”
– “¿Y no has pensado que quizás no sea una buena idea que un atractivo joven de 23 años viva bajo el mismo techo que tu hija?”

Saludo mentalmente al abuelo y a mi viejo yo, y me enfrento a los ojos verdes de Laura. Su tono de voz es tranquilo y apacible, pero conozco demasiado bien ese brillo en su mirada como para no saber que es presagio de tormenta, por lo que no me queda más remedio que amainar velas. Aunque no entiendo el motivo.

– “Isabella es sólo una niña, Laura. Tiene catorce años”.
– “Quince, la semana que viene. Y se está enamorando”.

De repente advierto una sensación imprevista, inesperada. No había notado algo así desde que la ropera de un noble en Ferrara atravesó mi muslo. Como frío metal que desgarra algo dentro de mí. Por primera vez soy consciente de que tarde o temprano Isabella dejará de ser mi niña para ser la mujer de otro. Me empeño, sin embargo, en negar la evidencia y detener el tiempo con una respuesta estúpida.

– “Él ni siquiera se da cuenta de que existe, y está prometido con una muchacha española que tendrá por lo menos tres apellidos y miles de olivos en Andalucía”
– “Es un joven que ha salido de su país y se ha alejado de la autoridad paterna por primera vez, es obvio que ahora no piensa en Isabella, sino en alguna dama de compañía de la reina, en partidas de naipes o caballos de pura raza. Pero no hace falta que te diga lo hermosa que es nuestra hija. Además, te recuerdo que yo estaba prometida cuando te conocí”.

Sonrío. Ciño su cintura y beso un pequeño lunar que tiene en el cuello.

– “Lo recuerdo perfectamente… ¡Y con un Gonzaga!”
– “Pobre Ludovico…” – Laura sonrió. Una de sus sonrisas enigmáticas, como la de una madonna de Leonardo. – “Pero era un Gonzaga de segundo grado”
– “Para mi fortuna… No se puede comparar esta humilde morada llena de goteras con el palacio ducal de Mantua.”
– “No cambies de tema, estábamos hablando de Isabella”
– “Tienes razón, no es una buena idea que él viva aquí durante toda su permanencia. Lo había pensado ya, pero por otro motivo; tiene que convivir con jóvenes de su edad, empezar a establecer contactos que le puedan ser útiles en el futuro. Pero me va a llevar un tiempo encontrarle el lugar y la compañía apropiados.”
– “Y, si en un futuro él la mirase con otros ojos… Creo que nada me haría más feliz. Sería una bonita manera de sellar la sociedad entre los Hawkwood y los Villegas, ya que no habrá un cuarto Lord Hawkwood” – Laura intenta mantener la voz firme, pero no puede. La abrazo con más fuerza. Llevo diez años dando todos los días gracias a Dios por no habérsela llevado junto con mi hijo.
“Amor c’ha nulla amato amar perdona, mi prese per costei piacer si forte, che come vedi, ancor non m’abbandona”– le susurro al oído.

Cambio el pronombre a los versos de Dante. Lo que nos une es tan fuerte como el amor de los amantes Paolo y Francesca. Durante mucho tiempo se apoderó de ella una sensación de culpa, y me llevó años convencerla de que no le reprochaba tal pérdida. No soy perfecto. Mis defectos superan con creces mis virtudes y hay muy poco en mí del héroe clásico. Pero juro por lo que más quiero, por Laura, y por Isabella, que habría sido capaz de quitarme la vida si ella hubiese visto en mi mirada algo parecido al reproche.

– “Richard, tu acento sigue siendo terrible”

Iba a contestarle, pero alguien se acerca. Reconozco el inconfundible trote de potrilla de Isabella sobre el suelo de madera. Entiendo, al ver el brillo en su mirada, que su madre tiene razón. Como siempre. Nada será igual. Isabella ya no es mi niña. No me queda más que empeñarme para que su vida de adulta empiece de la mejor de las maneras.

Oigo otros pasos detrás de ella, más fuerte, decididos. Me separo de Laura.

– “Padre, está ya preparado” – dice Isabella, mientras siento dentro de mí algo muy parecido a los celos. Cuando ella se aparta lo veo.
– “Por los clavos de Cristo, Gonzalo” – el joven me mira con sorpresa. Sus ojos pardos parecen aún más grandes. Se toca con sorpresa el jubón damasquinado.
– “¿No estoy bien? ¿Hay algo que no va?” – pregunta mientras se toca los puños de las mangas de la blanca camisa de holanda, se toca la golilla y se ajusta el jubón que ciñe su torso como un guante. – “¿No estoy lo bastante bien vestido?”
– “Diría lo contrario. Vas “demasiado” bien vestido. Será mejor que te pongas algo cómodo y menos… llamativo” – concluyo señalando su sombrero y la larga pluma de faisán.
– “¿No vamos al teatro? Creía que esto era apropiado para la corte”
– “La representación no es en la corte. Isabel no está para comedias, últimamente. Ni para tragedias. Vamos a Shoreditch, al Curtain. Con ese aspecto prácticamente le estás rogando a uno de los honestos pillos del barrio que te corte la bolsa”.

Observo sus finas calzas, y los zapatos de piel. Los señalo.

– “Sobretodo esos. Fuera. Ponte calzones normales y botas”.
– “¿Botas? Pero con este calor…”
– “Botas. Me lo acabarás agradeciendo, Gonzalo. Y date pisa, tenemos que salir dentro de poco, vamos a pie”.

El muchacho obedece, sin rechistar. Isabella lo sigue con la mirada, y suspira.

– “Pues yo creo que estaba muy bien, padre”.

Laura se separa de mi lado, susurrando un “te lo dije”.

– “No vamos a palacio, sino a un barrio frecuentado por todo tipo de gente. Es mejor no llamar la atención”.
– “Podríais ir en el carruaje”
– “No, tiene que familiarizarse con la ciudad, es mejor así”

Mientras hablo me ajusto la espada al cinto. Es un arma ligera, y, si se tercia, fácil de usar. Gonzalo regresa. Ha cambiado el fino conjunto de seda clara por unos calzones oscuros de gamuza verde, y un jubón ligero, del mismo color. Quizás las mangas acuchilladas están un poco pasadas de moda. La camisa es la misma, a la valona, sin golilla, con el cuello blanco sobre el jubón. Apruebo con la mirada.

– “Tampoco está mal así” – se le escapa a Isabella. Suspiro y miro a Laura. Ella sonríe, pidiéndome disculpas con la mirada.
– “¿Qué vais a ver?” – me pregunta.
– “La historia cómica del mercader de Venecia”
– ¿Es de Jonson?”
– “No, Shakespeare. Tengo ganas de ver qué se ha inventado esta vez. Espero que sea una obra menos sangrienta que “El judío de Malta” de Marlowe”.
– “No recuerdo cómo acabó”
– “Con el judío Barrabás cayendo vivo en un caldero de agua hirviendo, tras haber envenenado con un potaje a su hija y a todas las monjas de un convento”

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Cinquedea expuesta en el Victoria & Albert Museum – Londres

Contesto mientras me ajusto detrás del cinto la cinquedea que compré hace años en Venecia, y que desde entonces me ha sacado de varios apuros. Le paso una daga corta a Gonzalo, y se la ajusta con ademán seguro. Oh, Laura, Laura. ¿No podrías haberme dejado algunos días más en mi bendita ignorancia? Pues ahora veo también con otros ojos al joven que, hasta hace pocos instantes, no era más que un huésped en mi casa. Alguien a quien ayudar a dar los primeros pasos en este mundo complicado de conjuras y engaños en el que nos ha tocado vivir. Es un mozo bien plantado, alto para ser español. Bien educado, competente tanto en lenguas como con la espada; algo bisoño e ingenuo, pero con trazas. Tendrá que aprender deprisa. El viejo mundo del rey prudente y la reina virgen tiene el tiempo contado, y la transición no dejará de ser traumática. Pero tendremos tiempo para preocuparnos de eso. En estos momentos, lo importante es la obra.

– “Que lo paséis bien” – Laura me hace volver a la realidad.

Salimos a la calle y nos dirigimos hacia las blancas agujas del municipio. Hay que proseguir hacia el Norte. Una vez en Bishop Street tendremos que caminar con cuidado, evitando los carros que circulan demasiado deprisa y demasiado cerca de las casas, y esquivando el contenido de los vasos de noche que se vacían desde las ventanas sin avisar a los viandantes.

La lluvia de la mañana ha convertido la calle en un lodazal, y en pocos minutos tenemos las botas salpicadas de barro, a pesar de caminar sobre tablas de madera. Las finas calzas de Gonzalo y sus zapatos de piel de cabrito en estos momentos serían irreconocibles.

– “Milord…”

No caben dudas de que el joven es educado.

– “Espero no ser impertinente…”

Aunque quizás me equivoque.

– “Estaba pensando que, quizás…”

Lo cojo del brazo apenas a tiempo para evitar que choque con dos hombres que transportan un tonel a una de las muchas tabernas que dan a la calle. Aprovecho el momento para plantarle cara.

– “Si tienes algo que decirme, dímelo”.

Creo que he exagerado con mi tono de voz, pues palidece y traga saliva. Sé que en determinadas circunstancias puedo infundir demasiado temor en mi interlocutor. Puede que se deba al efecto de mis ojos azules claros con el pelo negro como ala de cuervo. Mucha gente lo encuentra inquietante.

– “Milord, os agradezco vuestra amabilidad conmigo, que excede cuando debido a la amistad que os une a mi padre y mi familia, pero creo que sería mejor si encontrase alojamiento fuera de vuestra casa”.

Prosigo el camino intentando disimular la sonrisa. Tengo que reconocer que este joven es un pozo de sorpresas.

– “¿Has hablado con mi esposa de este asunto?”
– “¿Con madonna Laura? No. ¿Por qué debería?”
– “¿Acaso no estás a gusto en mi casa?”
– “Milord, por supuesto que lo estoy. Pero creo que sería mejor que no tengáis que preocuparos por mí, cuando entro o salgo…”

Ahora intento disimular la risa con un golpe de tos. No cabe duda de que a este joven le llama más la atención lo que hay fuera de mi casa que dentro de ella,

– “Gonzalo, tu padre me ha encomendado tu persona durante tu estancia en Londres. Recuerda que no llevamos éstas” – doy un golpe ligero a la empuñadura de mi espada – “por decoración”.
– “Sé defenderme” – responde con un tono de orgullo – “y Madrid es igual de peligrosa que Londres, según las horas y las circunstancias”.
– “Pero ahora estás aquí, bajo mi responsabilidad. Y tienes mucho que aprender. Sin embargo, comprendo tu deseo de libertad. Imagino que si me dices esto es porque has encontrado ya algo”.
– “No, bueno. No la he visto aún, pero me han hablado de una casa en la que alquilan habitaciones. Cerca de Saint Paul, en Watlyn Street”.

Levanto las cejas. Podría ser peor.

– “Si lo prefieres así. De todas maneras, te acompañará alguien de mi servicio, el joven Thomas Brewer. Necesitarás un criado. ¿Quién te ha sugerido el lugar?”
– “El hijo del embajador Mendoza. Conoce la casa…”
– “Más bien la taberna, diría yo. Lo mejor es que no te presentes como español”.
– “No, desde luego. Había pensado en hacerme pasar por florentino. No creo que sepan diferenciar el acento”.
– “Estoy seguro de que no”.
– “Madonna Laura podría enseñarme algunas palabras. No conozco más que las cuatro malsonantes que se pueden aprender entre la soldadesca”.
– “Creo que estará encantada de darte lecciones, aunque es una maestra implacable. Hoy, sin ir más lejos, se ha burlado de mi acento”.
– “Vos también conocéis la lengua. Habéis vivo allí ¿no?”
– “Por algún tiempo. Entre Ferrara y Venecia”.
– “¿Conocisteis allí a madonna Laura?”
– “Sí”.

Me doy cuenta de que nunca le había contado a nadie qué sucedió aquellos meses. Mis padres habían muerto ya, no tenía que dar cuenta a nadie de mis actos. En aquel país me encontré repitiendo los pasos de mi abuelo, siguiendo las huellas de otra Lucrezia, y acabé siendo yo también objeto de la ira de un Alfonso d’Este. Los nietos siguieron los pasos de sus abuelos. Sí, creo que es una buena idea contarle a este joven lo que pasó en Ferrara, hace dieciséis años.

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Supuesto retrato de César Borgia

― “Gonzalo, te voy a contar cómo conocí a Laura, y qué pasó. Iba a ir a Italia con mi padre, para que me presentase a nuestros contactos en la península. Nuestro primer destino iba a ser Venecia, pero cuando teníamos ya todo preparado mi padre enfermó. Se fue en tan poco tiempo que pudo sólo escribir cartas de presentación, ya que no lo podría hacer en persona. Iba a estar ausente varios meses, quizás más de un año. Cerré la casa, pero antes de irme, encontré en el desván el retrato de mi abuelo John y sus diarios. Me los llevé para leerlos durante el viaje, no sé por qué. Supe, gracias a esos papeles, que la Duquesa de Ferrara, Lucrezia Borgia, fue su único amor, durante muchos años. Mi abuelo fue el hombre de confianza de su hermano, César Borgia, a quien sirvió y brindó su amistad sincera. Cuando eran unos muchachos César le salvó la vida, en Siena, y John fue para César mucho más que un amigo. Fue él quien, reventando caballos desde Navarra a Ferrara, le llevó a Lucrezia la noticia de la muerte de César en una emboscada en Viana. Se quedó a su lado, en Ferrara, hasta que murió tras dar a la luz el enésimo hijo de Alfonso d’Este. Una niña, que también murió”

Hemos llegado a una de las puertas de la ciudad, Bishopgate. Los soldados de guardia nos dedican una mirada distraída sin dejar de charlar. El río de gente que sale de la ciudad para ir al teatro no es un problema, por el momento. Quizás lo sea más tarde, al regreso, excitados por la representación y el alcohol, pero eso será asunto del siguiente turno de guardia.

– “Milord ¿vuestro abuelo era el amante de Lucrezia Borgia?” – Gonzalo parece realmente interesado en lo que le estoy contando.
– “No lo era en Ferrara. Sucedió años antes, en Roma. Cuando ella se refugió en el convento de San Sixto, para escapar de su matrimonio con el milanés Giovanni Sforza. Milán empezaba a ser un aliado molesto para los Borgia. Había que deshacer el matrimonio, y mientras se tomaba tiempo, se estudiaba dónde mover pieza, con quién casar a Lucrezia: Nápoles, Mantua, Ferrara… Mientras César y el papa Borgia sopesaban pros y contras, mi abuelo leía libros con Lucrezia en el claustro de San Sixto. Hasta que, como les sucedió a Paolo e Francesca en la Divina Comedia, “no pudieron seguir adelante”. Como en el poema, aquella relación terminó en tragedia. Lucrezia se quedó embarazada, pero encontraron un chivo expiatorio, un cierto Pedro Calderón, conocido como Perotto. César se creyó que aquel humilde mozo de cuadras era el padre del niño. Su reacción fue terrible; mató al joven, y a la doncella de Lucrezia. Ambos sabían quién era en realidad el padre, pero no lo delataron. O, por lo menos, si confesaron delante de César antes de morir, éste no lo dio a conocer. John siguió a César en sus campañas en Emilia Romaña. Estuvo a su lado cuando el veneno, que los Borgia habían usado a placer, acabó con la vida de Alejandro VI y casi con la de su ambicioso primogénito. John lo ayudó a escapar a Ostia, pero en un momento de distracción, Gonzalo Fernández de Córdoba se lo llevó a España, prisionero del rey Fernando”.

Gonzalo me mira y sonríe.

– “Pero César Borgia logró escapar del castillo de Chinchilla. Y creo adivinar quién le ayudó en la fuga”.
– “Así es, Gonzalo”
– “Pero, hay algo que no entiendo. Si cabía la posibilidad de que César supiese que John era el padre del hijo de Lucrezia… ¿Por qué arriesgó éste su vida para salvarlo?”

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Castillo de los d’Este – Ferrara

– “Porque se lo debía. John habría muerto desangrado en Siena si César no lo hubiese ayudado: eliminó a unos ladrones que lo asaltaron y lo llevó al hospital de Santa Maria della Scala. Además, en su conciencia y en la de Lucrezia pesaban como una losa las vidas de Perotto y Pantasilea, la doncella. Por ese motivo, aunque nunca volvió a alejarse de ella tras darle la noticia de la muerte de César, no volvieron a acostarse. Pasó a formar parte de la corte, de su grupo de admiradores: literatos como Pietro Bembo, o nobles como Francesco Gonzaga de Mantua. Él era uno más, pero con una sola diferencia. Lucrezia lo amaba sólo a él, en silencio. Y Alfonso d’Este, el duque, lo sabía. No pudo probarlo; es imposible encontrar pruebas donde no las hay. Nunca perdieron la compostura, ni siquiera cuando estaban solos, ni se escribieron billetes románticos que podrían ser interceptados. No hablaron nunca de amor, a los dos les bastaba saber que ese sentimiento existía, cada vez más fuerte, alimentado sólo por su presencia. Hasta que ella enfermó tras dar a luz, pues en eso consistía la cruel venganza del duque: dejarla embarazada una y otra vez. Y esa era la penitencia de Lucrezia: permitírselo. Para cuando el señor duque se dignó a visitar a su esposa agonizante, molesto por haberle alejado de sus cañones y su amante oficial, encontró la puerta de la alcoba atrancada. John estaba con ella, acompañándola en sus últimos momentos, hablándole. Cuando se dio cuenta de que ya no respiraba, recitó unos versos de Ausiàs March, un poeta valenciano. Los mismos que ella repitió cuando supo que César había muerto. “La gran dolor que llengua no pot dir, del qui-s veu mort e no sap on irà…”. John seguía recitando el poema mientras el conde y su guardia intentaban derribar la puerta. “Lo teu esguard no-m donarà espavent”. “No temeré tu mirada”, repitió. Y besó sus labios ya fríos. Escapó. Saltó a través de la ventana de la alcoba, cayó al foso del castillo. Evitó buceando los virotes de las ballestas, y huyó a Venecia. Se refugió durante un tiempo en casa del maestro Tiziano, y regresó a Inglaterra. En Londres conoció a tu tío-abuelo, Don Francisco de Villegas. Pero esta parte de la historia la conoces bien”.

– “Milord, ibais a contarme qué sucedió en Ferrara… Pero a vos, no a vuestro abuelo. Y creo que estamos llegando”.

Así es. Delante de nosotros, entre unos campos, se alzan dos edificios de unas tres alturas, de planta octogonal; eran dos teatros, el Curtain, y el Theatre. El que estuvieran fuera de las murallas de la ciudad era una argucia para evitar, en la medida de lo posible, el cierre periódico de los teatros por motivos de salud pública. En los alrededores había varias tabernas. Podían acudir hasta tres mil personas a cada representación, sobre todo a las más populares, y de ellas sacaban tajada no sólo las compañías de actores y los empresarios, sino taberneros, busconas, pillos y ladronzuelos que aprovechaban las aglomeraciones para aligerar a los incautos del peso de sus bolsas. Los dos teatros, a pesar de estar tan cerca, no se hacen la competencia. El apetito de espectáculos teatrales por parte de los súbditos de la reina Isabel parece insaciable. Además de estos dos teatros, hay otro en la orilla sur del Támesis, el Rose. Probablemente la compañía de actores de los hermanos Burbage acabarán mudándose también a la otra orilla, abandonando el Theatre, y los infinitos pleitos con el propietario del terreno. Quién sabe cuándo sucederá. Los tiempos de la corte de justicia son bíblicos. Mientras tanto, el barrio más cercano a los teatros, Shoreditch, se ha convertido en el hogar de actores y escritores. Greene, Marlowe, Spenser, Shakespeare, Jonson. Todos habían vivido, o lo hacen aún, en esas calles.

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Suburbios del norte de Londres con el Curtain. Grabado de la época

“Tienes razón, Gonzalo. Te lo contaré en el entreacto”

La campiña se ha convertido en un lodazal. La masa de espectadores confluye al edificio octagonal. Hoy no hay espectáculo en el Theatre; probablemente los Burbage estarán en el juzgado, por lo que ganar la entrada al Curtain costará esfuerzo, además de los tres peniques por el acceso a los cómodos palcos con vista sobre el escenario. Mi posición social, y mi fama de sibarita, me impiden ver la obra desde donde me gustaría hacerlo. Entre el pueblo, de pie en la platea, a pocos metros del escenario, prácticamente mezclado con los actores. O, si estuviese cansado, en los bancos de madera de las gradas bajas, las localidades de a dos peniques, entre los tenderos, los empleados y la pequeña burguesía. Pero Lord Richard Hawkwood tiene que ocupar uno de los palcos altos, cerca del “cielo”, el techo que protege el escenario de la intemperie y que está decorado con signos del zodiaco, constelaciones y personajes mitológicos.

Me acerco a uno de los cobradores, dejo el dinero en la caja, y nos seguimos abriendo paso a empujones. Reconozco al tipejo con aspecto de comadreja que se acerca demasiado al flanco de Gonzalo. Aparte de su honesto oficio de ladronzuelo, se gana la vida, razonablemente bien, recogiendo información que me ofrece, cuando es necesario, a la lumbre de algunas velas grasientas en las sucias mesas de “El Toro Rojo”, mientras remoja el gaznate con varias pintas de cerveza.

-“Bardolph, el joven está conmigo, así que métete las manos en los bolsillos. O donde te plazca, basta que no lo hagas donde ibas a hacerlo”

El hombre palidece, algo casi nunca visto en él. Sólo yo lo llamo Bardolph. Cuando oí la descripción de uno de los personajes del “Enrique IV” y “Enrique V”, “su cara es toda bubones, pústulas, bultos e inflamaciones, y sus labios hacen el oficio de soplete de su nariz, que está como carbón encendido, unas veces roja, y otra azul”, no tuve dudas. A partir de ese momento el honesto Dick Chapman pasaría a ser Bardolph, ojos y oídos discretos desde Shoreditch hasta Eastcheap. Las mejores informaciones las he obtenido de los parroquianos de “La Cabeza de Jabalí” o de “La Sirena”, pocas veces en los pasillos de Whitehall o Westminster.

– “Lo ziento milord. Zi lo hubieze zabido…” – no logro entender el por qué el buen Bardolph abusa de la letra ese en su vocabulario a pesar de tener el ceceo más exagerado que haya oído nunca. O quizás precisamente ése era el motivo. – “¡Dejaz pazo a zu ezelencia, inmundaz zabandijaz!”

Bardolph se ha tomado a pecho el error en la elección del pollo a desplumar, y logra abrir las masas delante de nosotros como la proa de una nave que rompe el hielo apenas formado.

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Globe Theatre – Londres

Finalmente entramos en el teatro, y veo que Gonzalo disimula una mueca de asco. Casi tres mil almas aglomeradas dentro de un círculo de madera en la jornada más calurosa del año no se caracterizan por su buen olor. Sonrío al ver que el joven intenta disimular su asombro, mientras levanta la mirada a los tres órdenes de galerías que envuelven la platea y el escenario. Le hago notar dónde están nuestras localidades en el primer piso, en uno de los laterales. De entre los barrotes de madera de la barandilla asoma la punta de una bota, y el humo de una pipa asciende hasta acariciar las paredes decoradas. Subimos y, nada más entrar al palco, reconozco los cabellos rubios ondulados, el pendiente-una perla en forma de pera-, y el porte inconfundible de Edward de Vere, conde de Oxford. Se gira al vernos entrar.

– “¡Oh, Hawkwood! ¡Qué sorpresa! No esperaba veros hoy por aquí”
– “No sois el único” – contesto, recordando la pálida cara de Bardolph. El conde se aparta para ver mejor a mi acompañante.
– “¿Dónde habéis dejado a vuestra deliciosa esposa?”
– “Hoy hace demasiado calor. Además, no podía dejar de mostrar a mi joven huésped una de las atracciones de la ciudad. Permitid que os presente a Gonzalo de Villegas y Esquivia. Gonzalo, Edward de Vere, conde de Oxford”

El conde concede una leve inclinación de la cabeza como saludo. No hace ademán de levantarse, pues el pie que asomaba por las rendijas del palco descansa sobre un mullido cojín, apoyado a su vez, sobre un taburete.

– “Me perdonaréis si no me levanto, pero sufrí un pequeño percance en Holanda. Don Gonzalo, no he visto ejército peor pertrechado ni soldados tan desarrapados, pero reconozco que vuestros tercios saben luchar” – con un gesto de la mano nos hace saber que podemos sentarnos. Gonzalo parece impasible delante del comentario de Oxford. Bien por él. Tendrá que aguantar no pocas provocaciones apenas se sepa que es español. Además, no conviene contrariar al conde de Oxford, pues, a pesar de que ha dejado de ser desde hace años el favorito de la reina Isabel, es siempre un grande de Inglaterra, y el yerno del todopoderoso William Cecil, secretario privado y principal consejero de su majestad. Oxford sigue hablando. Pocas veces he visto en mi vida alguien tan enamorado de la propia voz.

– “Sí, Hawkwood” – prosigue mientras se toca la pierna – “hacéis bien en no interesaros en política y dedicaros al arte y la buena vida”.
– “La política no se me da bien, milord Oxford. La vida es tan corta que no vale la pena perder tiempo y energía en vano”.
– “Y… ¿qué os ha traído a la “pérfida Albión”, joven Villegas?
– “Soy uno de los secretarios del embajador Mendoza”
– “Pardiez, Hawkwood. Y eso que no os interesáis por la política”
– “Es el hijo de un buen amigo. Se aloja en mi casa, por el momento. ¿Sabéis de qué va la comedia?” – pregunto, para cambiar la conversación, señalando el escenario.
– “Oh, sí. Sobre un mercader, que pide prestado a un judío tres mil ducados. No son para él, sino para un joven y apuesto amigo que está cortejando a una rica dama. El judío no pide otra garantía para conceder el préstamo que tres libras de la carne del mercader”.
– “Y yo que creía que sería menos truculenta que el “Judío de Malta” de Marlowe” – contesto, exagerando una mueca de asco.
– “No, no, no, lo es. Os aseguro que nadie muere y que algunos pasajes os resultarán muy interesantes, a vos y a vuestro huésped”
– “¿Conocéis al autor, milord?” – pregunta Gonzalo.
– “Oh, sí, muy bien. Prácticamente como a mí mismo” – responde el conde mientras alza una copa de vino.

Finjo estar muy interesado en lo que sucede en las gradas y la platea. Desde hace algún tiempo, corren rumores incontrolados sobre el autor, que se ha impuesto en la escena teatral de Londres con obras no sólo de gran éxito, sino de extraordinaria calidad. Hace algún tiempo Bardolph me refirió algo que había sucedido en “La Sirena”, la taberna favorita de actores y escritores. Ben Jonson, visiblemente borracho, llamó a William Shakespeare impostor y lo retó a escribir algo delante del respetable. En la ciudad hay quien no logra entender de dónde ha sacado un oscuro y desconocido actor de provincias el talento, la inspiración y el genio para escribir tales obras y poemas habiendo asistido sólo a la escuela media y sin haber visto más mundo que el que hay entre Stradford y Londres. Han salido a la luz, en los corrillos de artistas, toda serie de nombres como “auténticos autores” de esas obras: desde Kit Marlowe hasta el conde de Oxford. Y, por los clavos de cristo, Edward de Vere goza por todos los poros de su piel de tal rumor. Es sabido que escribió obras que se han representado en la corte, cuando gozaba de la gracia de Isabel. Que ha vivido años fuera de Inglaterra, en Italia, país en el que se desarrollan muchas de las obras de Shakespeare, como la de hoy. Que Oxford es un hombre de exquisita cultura, domina el latín y el griego… Si el hijo del guantero de Stradford no es el auténtico autor de Romeo y Julieta, es el candidato perfecto. ¿Mi opinión al respecto? Los versos son igualmente extraordinarios, sea si los escribió el hombre que en estos momentos está sentado a mi lado, o el otro que puedo ver, nervioso, entre bambalinas, corriendo de un lado a otro, dando las últimas instrucciones.

– “Y bien, Gonzalo ¿qué te parece?” – le pregunto al joven.
– “Es curiosa la forma del edificio, muy diferente a los corrales de comedias de Madrid. Aunque el entusiasmo del público es parecido”
– “¿Qué ha sido lo último que has visto?”
– “La viuda valenciana, de Lope. Justo pocos días antes de que los teatros fuesen cerrados por orden del rey. Por “inmoralidad””
– “Le pediré a tu padre que me mande una copia”
– “Una pieza excelente. Y Fernanda de Rojas nos enamoró a todos los presentes en su papel de Leonarda. Cuando recitó los versos “si ardéis como yo, mi amor, avivad conmigo el juego, que cuando se apaga el fuego, llega después el helor” la corrala casi se vino abajo por el estruendo de los aplausos y los vítores. Creo que tal escándalo tuvo que mucho que ver con la orden del rey. Qué mujer, milord. Tendríais que haberla visto”
– “Me la puedo imaginar, Gonzalo. Lamento informarte que hoy no verás mujeres en el escenario. Los papeles femeninos los hacen chicos jóvenes” – creo, vista la reacción de Gonzalo, que no lo sabía.
– “¿Y por qué?”
– “Se considera indecente que una mujer sea actriz”
– “¿Cómo? Herejes hipócritas…” – masculla en castellano, en voz tan baja que apenas lo puedo oír. “Apelan a la indecencia cuando desde aquí puedo ver hasta cuatro busconas a la caza de clientes”.

Le contesto en inglés, para que no quepan dudas de que no tenemos nada que ocultar. Por lo menos en este palco.

– “Los actores y empresarios no hacen más que adaptarse. Las autoridades también cierran los teatros en Londres, y con mayor frecuencia que en Madrid. La indecencia es sólo una excusa, como lo es la amenaza a la salud pública durante los periodos de plaga. El auténtico peligro son las palabras, las ideas. El año pasado Jonson y Nashe representaron en el Swan una obra titulada “La isla de los perros”. No pudieron tan siquiera terminarla. Irrumpieron los alguaciles y detuvieron a los autores y actores. Nunca se había visto en público una crítica tan feroz y mordaz del gobierno y de todos aquellos que contaban algo en la corte. Ante las censuras y prohibiciones los autores y empresarios se han inventado siempre un ardid. Si las mujeres no pueden actuar lo hacen los chicos, si no se pueden abrir teatros en la ciudad se hace a poca distancia de sus puertas, si no se puede incitar a la rebelión a la tiranía se representa la muerte de un tirano de la antigua Roma. Ya sabes “hecha la ley, hecha la trampa”. Creo que este es el caso en el que se puede aplicar mejor el dicho”.
– “Bravo, excelente explicación” – dice alguien a mis espaldas. Me giro y veo una versión rejuvenecida de Oxford. Los cabellos son igual de rubios, aunque más largos, peinados en estrechos tirabuzones. Lleva un fino bigote, un elegante jubón negro, abierto. Asoma debajo de él una camisa blanca con amplio cuello de encaje y puños que tapan la mitad de la mano. La espada que lleva al flanco es una extraordinaria pieza italiana, con elaborados gavilanes doblados formando los guardamanos.
– “¡Henry amigo mío! Conoces a Lord Richard Hawkwood. Su acompañante es un caballero español, Don Gonzalo…” chasquea los dedos, como si se hubiese olvidado del nombre. Yo sé que no es así. La memoria de Oxford es proverbial, no se trata más que de una puesta en escena. Nada extraño, visto el lugar. Gonzalo se levanta y esboza una reverencia.
– “Gonzalo de Villegas y Esquivia”

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– “Henry Wriothesley, conde de Southampton” – contesta éste, devolviendo el saludo con una inclinación de la cabeza. “España, una tierra preciosa. La última vez estuve en Cádiz. Bueno, la vi de lejos, pues no desembarcamos” – concluye, mostrando sus dientes blanquísimos, y se sienta al lado de Oxford.
– “Vuestra excelencia es sin lugar a dudas más afortunado que yo, pues no he visto tal ciudad ni de lejos. Yo soy de Madrid. Me he criado en la árida meseta, no acunado por las olas del mar”

Bravo, Gonzalo. No había imaginado que tendría que lidiar tan pronto con ejemplares de tal envergadura; sin embargo, aguanta bien los envites. Todo el mundo sabe qué estaba haciendo el conde de Southampton cerca de Cádiz en 1596. Formar parte de la escuadrilla naval que, capitaneada por el conde de Essex y Charles Howard, capturó y hundió buena parte de la flota española de base en Cádiz. Por cierto, tampoco pude evitarlo, me enteré del ataque demasiado tarde.

– “Hawkwood, presentad mis respetos a vuestra esposa” – prosiguió el recién llegado.
– “Lo haré, gracias. ¿Todo bien por Irlanda?” – pregunto a Southampton con la peor de las intenciones. El paseo triunfal que tenía que ser la expedición del conde de Essex para aplastar un foco rebelde en la isla, se está convirtiendo en una debacle, gracias, entre otros, a los soldados españoles que combaten al lado de los irlandeses. La propaganda oficial está ocultando la verdad. Verdad que, obviamente, conozco de primera mano. Southampton se mesa los bigotes, mientras responde sin mirarme a los ojos. – “No puede ir mejor. Está casi todo hecho, por eso he regresado ya”
– “Centrémonos en la obra” – tercia Oxford, mirándome de reojo – “O en Lady Grey, si no os gusta la representación” – concluye, saludando con la mano a una dama enjoyada dos palcos más allá, que intenta aliviar el calor abanicándose con parsimonia.

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Globe Theatre – The Merchant of Venice © Manuel Harlan – Shakeaspeare’s Globe FB page

Uno de los empleados del teatro ha cambiado la pesada caja de cobrador por una campanilla de considerables dimensiones, con la que avisa que la obra está a punto de empezar. Suena la música, y los actores aparecen sobre el escenario. Las máscaras, el ritmo de la ciacona, el baile, despiertan recuerdos en mí. Me hace falta un menor esfuerzo de imaginación que a buena parte del público para ver, en lugar de las tablas del escenario, los canales y callejones de Venecia. La ciudad del Dogo es un espejismo sobre el agua, sobre todo los días brumosos del invierno. La luz en el estudio del maestro Tintoretto-en Cannareggio, frente a la iglesia de la Madonna dell’Orto- en la plaza San Marcos, el Arsenal. El puente del Rialto con las tiendas de los orfebres, donde compré, llevado por un instinto inexplicable pues aún no la conocía, el anillo que regalé meses después a Laura cuando unimos nuestros destinos. En el escenario, el mercader Antonio se pregunta por qué está triste, sin saber el motivo. Ahora entiendo por qué, cuando Oxford dijo que apreciaríamos ciertos versos de la obra, tenía aquella odiosa mirada suya de prepotencia. Un joven de Venecia, Salarino, le contesta al mercader Antonio que probablemente está triste porque toda su riqueza está en el mar, en barcos que viajan a Trípoli, México o Inglaterra. Nombra una nave en particular, el San Andrés. Como uno de los barcos apresados en Cádiz por la escuadrilla de Essex. Miro a Oxford, que se retuerce el bigote complacido. La toma del San Andrés me afectó personalmente. Había invertido una suma considerable en una parte del cargamento, especias y sedas. ¿Por qué ese personaje, de entre todas las mercancías posibles que se pueden transportar en una nave, habla de “especias esparcidas en la corriente, y aguas turbulentas que se arropan con mis sedas”? Nadie sabía que tenía capital invertido en ese barco, pues mi cuota resultaba en el libro contable bajo el nombre del agente de los Villegas en Sevilla. ¿Es sólo una casualidad? ¿Oxford lo sabe? ¿Escribió él esas líneas o Southampton, mecenas de Shakespeare, se las sugirió? Y, si sabe lo del San Andrés, ¿qué más cosas sabe de mí? ¿Las actividades de los Hawkwood desde el primer lord, mi abuelo?

Noto que Gonzalo también se ha resentido con los versos sobre el San Andrés. Pero lo que para él no es sino una herida ligera en su orgullo patrio, para mí puede ser el principio del fin. Si tengo suerte, las consecuencias no serán más que un retiro definitivo al campo y la resolución de mi consorcio con los Villegas. Si no la tengo, acabaré con mis huesos en una celda de la torre, esperando que el verdugo me corte la cabeza por espía y traidor a la corona.

Traidor, a pesar de que he salvado la vida a la reina Isabel en muchas más ocasiones que Oxford y Southampton juntos.

Los años de práctica en la corte, disimulando lo que no siento y lo que no soy, me ayudan a parecer muy interesado en la obra, a pesar de que estoy organizando mentalmente mi fuga de Londres. O qué o qué no puedo hacer contra estos nobles. O si no tengo que hacer más que aguantar, y esperar que caigan por su propio peso. Calma, Richard. Piensa, recapacita.

Southampton será el primero en caer, estoy seguro. Ha jurado fidelidad a Essex, unirán sus destinos. Es de vital importancia que la expedición a Irlanda fracase definitivamente. Además, sé que ha anticipado su vuelta por otro motivo: su amante, la prima de Essex. Isabel la odia. Me tengo que asegurar de que se una definitivamente a ella. Un embarazo imprevisto puede ser la solución, y en ese caso puedo contar con dos aliados: la fogosidad del joven conde, tras varios meses de guerra, y la doncella de la dama. Si ésta hace uso de alguna hierba o esponja para evitar sorpresas, a tal hierba se le puede añadir otra que neutralice su efecto. Con respecto a Oxford, no sé hasta qué punto su aventura holandesa ha contado con la bendición de la reina. Si así es, no sería más que el enésimo disgusto en una larga serie de disgustos. Probablemente la gota que colmará el vaso de la paciencia de Isabel Tudor. Pensándolo bien, creo que no me queda más que capear el temporal. Sí. Oxford y Southampton no son más que dos cometas que pronto saldrán de la órbita de la reina virgen.

Ahora puedo reír con ganas de las escenas cómicas entre Lanzarote Gobbo, el criado del judío Shylock, y su padre.

Pero la alegría dura poco; cuando aparece en escena el segundo pretendiente de la mano de la bella Porcia, el público estalla en sonoras carcajadas. Es el “príncipe de Aragón”, una manera elegante de decir “español”. Gonzalo, a mi lado, palidece.

– “Gracias, milord. Si no fuera por vos creo que hoy acabaría la jornada retando a duelo a la mitad del público”
– “Pídeme consejo sobre tu vestimenta antes de salir. Sobre todo, si te entran ganas de ponerte golilla, un sombrero como ése y una pluma de faisán”

Aragón se pavonea por el escenario, examinando los tres cofres de oro, plata y plomo, que son la clave para solucionar el enigma que concede la mano de Porcia. Iba vestido prácticamente igual a Gonzalo antes de que saliésemos de casa: golilla almidonada y aparatosa pluma de faisán incluidas. Las erres exageradas al hablar, las haches aspiradas a la manera de la “jota” castellana, imposibles de pronunciar para los ingleses… Todo hacía del príncipe de Aragón un personaje irresistiblemente cómico para el público. No hay nada más entretenido que ver sobre el escenario al enemigo secular ridiculizado y … derrotado. No obtiene la mano de Porcia, pues ha elegido el cofre de plata con el lema “quien me elige tendrá lo que se merece”; mientras saca del cofre, en lugar del retrato de Porcia, la máscara de un bufón, el fragor de las risas parece que va a tirar abajo el teatro. Sobre todo, cuando Aragón dice, con voz temblorosa “hoy un payaso ha venido ante vos, pero se despiden dos”.

– “No quiero ni imaginar qué hubiese sucedido. Yo en este palco a la vista de todo el público, vestido igual que ese personaje patético. Creo que cortaré esa pluma y la usaré para escribir”

Entreacto. Finalmente.

– “Hawkwood ¿le pasa algo a Don Gonzalo? Juraría que ha palidecido” – dice Oxford, la viva imagen de la candidez y la inocencia.
– “Nada que una jarra de cerveza no pueda arreglar” – contesto. Alzo los dedos con una moneda entre ellos, al instante un muchacho que vende bebidas me pasa un vaso colmado.
– “Caliente como meada de yegua e igualmente nauseabunda…” – murmura Gonzalo con disimulo mientras se limpia la boca con la manga – “…herejes”. Concluye, alzando la jarra y sonriendo a manera de saludo a Oxford.
– “¿Qué os parece la obra, don Gonzalo?” – pregunta Southampton, tan falsamente interesado como su amigo.
– “La encuentro muy entretenida. Me ha gustado mucho el mensaje encerrado en el cofre dorado”
– “No todo cuanto brilla es oro”
– “Exacto. Mis versos favoritos son aquellos que dicen “muchos hombres han vendido su vida, sólo por contemplar mi aspecto / las tumbas doradas encierran gusanos”. Es una gran verdad. Las apariencias engañan. La belleza exterior puede encerrar la podredumbre, y la muerte. Quien quiere algo debe arriesgarlo todo, considerar qué es lo que realmente merece nuestra atención y esfuerzo. Está claro, siguiendo este razonamiento, qué cofre esconde el retrato de Porcia. Los pretendientes egoístas, como el príncipe de Marruecos, o los necios, como el de Aragón, descartarán desde el principio el único cofre con la imagen de la dama. Aquel por el que, a pesar de estar fabricado con el más humilde de los metales, el plomo “se debe arriesgar todo lo que se tiene”.
– “Bravo, don Gonzalo” – tercia Oxford – “habéis entendido a la perfección el enigma de los cofres. Me congratulo con vos. Hawkwood, espero que no escondáis a este joven brillante como escondéis a vuestra bella esposa. Tendréis noticias mías pronto. Henry, vayamos a presentar nuestros respetos a Lady Grey. Como siga asomándose así por la barandilla para que vayamos, caerá a peso sobre el público en la platea”.

Los saludamos. Suspiro, por fin, relajado.

– “Si hubiese sabido que Oxford y Southampton estaban aquí, habríamos ido al Rose”.
– “Milord, os seré sincero… ¡me estoy divirtiendo!”
– “Bendita juventud… Me sorprendes positivamente, Gonzalo. Te creía demasiado tímido e inseguro cuando llegaste. Te has comportado muy bien; educado pero difícil de amedrentar. De todas maneras, tienes que estar atento. Hazme caso, ten cuidado. Y mantén los ojos siempre bien abiertos”
– “¿Me podéis terminar de contar ahora vuestra historia sobre cómo conocisteis a madonna Laura?”
– “Cierto… ¿Por dónde me había quedado? Mi abuelo, Lucrezia… y yo. Llevado por la curiosidad fui a Ferrara. Quería pasear por aquellas calles, ver el castillo, la fortaleza estense. Entrar en ella, si hubiese sido posible. Como sabes, nuestra cobertura, la que hemos usado siempre los Hawkwood durante nuestros viajes en Italia, ha sido el arte. Hacemos de intermediarios entre los pintores y los nobles. Todo empezó de una manera natural. Mi abuelo se había convertido, aún sin proponérselo, en un experto de arte. No lo estudió en academias o en libros, simplemente lo vivió. Todo lo que sabía sobre pintura lo aprendió viendo al Pinturicchio decorando los apartamentos Borgia en el Vaticano, a Leonardo dibujando cabezas de ángeles o ancianos en una esquina del pergamino en el que acababa de crear armas increíbles o fortalezas inexpugnables para César Borgia, al maestro Tiziano trabajando durante el mes que estuvo recluido en su casa de Venecia. Todo lo que aprendió se lo enseñó a mi padre, y éste a mí. Por eso, cuando llegué a Ferrara me precedía una cierta fama, que me acabó abriendo las puertas del castillo de los d’Este. Si hubiese sido necesario podrían hablar por mí varios cuadros del Tintoretto que, a pesar de que los había adquirido para algunos compradores en Inglaterra, podrían ayudar al por entonces duque a olvidar quién era. No fue necesario, pues conté con una aliada en la corte, Lucrezia d’Este. Ella sí que sabía sobre mi abuelo, como yo sobre la suya. Guardaba los diarios de su abuela, que también descubrió por casualidad. Lucrezia estaba casada con Francesco Maria della Rovere, Duque de Urbino. Un matrimonio político, de conveniencia, como todos los matrimonios entre nobles. E infeliz, como buena parte de ellos. Volvía a menudo a Ferrara, con cualquier excusa. La habían casado con un hombre doce años más joven que ella, que detestaba y despreciaba, pues no dejaba de compararlo con su único amor, el marqués del Vignola, Ercole Contrari. Retomó su relación con él después del matrimonio. Su hermano Alfonso, el Duque de Ferrara, no tardó en descubrirlo, pues el amor los volvió irresponsables, e indiscretos. Lucrezia rogó a su hermano una y mil veces que la librase de aquel matrimonio que la oprimía, y que la entregase a Ercole. No era posible. El Duque no podía permitirse el lujo de contrariar al de Urbino. Dependían de él sus buenas relaciones con el papado y con el rey de España, y lo apoyaba en su proyecto de emparentar su casa con los reyes de Polonia. Además, si perdía su alianza con Urbino, perdía una montaña de dinero. Se cerraría para siempre una fuente de ingresos que le permitía vivir como el Duque de Ferrara merecía. En resumidas cuentas, Ercole Contrari se había convertido en un problema del que había que librarse”

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Lucrezia d’Este

– “Contrari… ¿No es el apellido de vuestra esposa de soltera?”
– “Ercole era su hermano. Mi estancia en Ferrara coincidió con una de Lucrezia, como te he dicho antes. Nos convertimos en muy buenos amigos. Su hermano Alfonso fomentaba nuestros encuentros, creo que con la esperanza de que ella se olvidase de Ercole. Yo era inofensivo. Habría vuelto a Inglaterra, cumpliendo mi papel de “distracción”. Sin embargo, me convertí en una coartada cómoda para Lucrezia. Le decía a su hermano que salía a cabalgar conmigo, pero no íbamos más allá de una casa de campo de los Contrari. Ah, no te imagines una bucólica cabaña en el bosque, sino una hermosa villa con jardines inmensos y una de las bibliotecas mejor surtidas que haya visto en mi vida, en la que pasaba las horas leyendo, hasta que Lucrezia aparecía del brazo de Ercole y me decía que podíamos volver. Una tarde, mientras estaba leyendo una magnífica edición del “Orlando Furioso” de Ariosto, entró una joven en la biblioteca. No me había visto. Cogió un libro y se sentó bajo un ventanal, para leer con buena luz. No era sólo hermosa; nunca había visto tanta fuerza y decisión en la mirada de una mujer. Supe entonces que iba a ser ella, no dudé un instante. Había dejado un libro apoyado en el borde del pupitre de lectura, lo rocé con el codo, sin darme cuenta, y cayó con gran estruendo. Ella levantó la mirada de su libro. No se había asustado, me miraba curiosa, sorprendida. No sé cómo hice para llegar a su lado, y presentarme. De aquella tarde recuerdo hasta el mínimo detalle del momento en el que levantó los ojos del libro, pero todo lo demás está envuelto en una especie de bruma: no me preguntes de qué hablamos, cómo o cuando salí de la biblioteca y regresé con Lucrezia a la ciudad. Así pues, cada vez que Lucrezia se veía con Ercole en aquella villa, yo lo hacía con Laura: hablábamos, paseábamos por los jardines… Y a pesar de lo que puedas pensar, Gonzalo, no pasó nada más. Ella era muy joven, y estaba prometida con un Gonzaga”

Hago una pausa. Observo al público en las gradas y en la platea. Veo, en el primer orden de la galería, una pareja cogida de la mano. Él le susurra algo al oído y ella se ruboriza. Reconozco los síntomas, yo he estado allí antes de ellos. En unos años, si tienen tanta suerte como yo, esos gestos no serán nuevos. Quizás ella ya no se sonrojará cuando le hable al oído, o puede que él no lo haga ya tan a menudo como antes. Será todo distinto, aunque igual, en el fondo. Me he preguntado a menudo qué instinto puede llevar a un hombre a buscar algo nuevo en otra mujer. Quizás no se trate más que nostalgia por aquellos primeros tiempos. Sin entender que la complicidad que se gana con los años es tanto o más valiosa que los primeros ardores.

– ¬ “¿Milord?”
– “Perdón… ¿cómo decís en España? “Se me ha ido el santo al cielo” Me hablabas antes sobre la belleza de esa comedianta que viste en Madrid. Por muy hermosa que sea, tanto o más que la misma lady Grey” – señalo el palco en el que la susodicha cambia mohínas con Oxford y Southampton – “… les faltará siempre algo que le sobra a Laura. No sé definirlo aún, tras dieciséis años. Creo que me llevará toda la vida solucionar este enigma”

Noto a Gonzalo algo apurado. Me estoy dejando llevar demasiado por las confidencias, no sé por qué lo hago. Quizás por el comentario de Laura sobre el hijo que perdimos. Puede que esta conversación la hubiera tenido con él, si hubiese vivido.

– “¿Entonces qué sucedió? ¿Le pasó algo a Ercole Contrari? Os habéis referido a él usando el pasado.”
– “Eres muy perspicaz, Gonzalo. Una tarde Lucrezia me dijo que no se vería con Ercole, pues éste había recibido una invitación para una cacería con el conde Bentivoglio y Palla Strozzi. Tuve un mal presentimiento cuando me lo dijo. Había observado a esos dos caballeros en la corte; a fin de cuentas, no he hecho otra cosa durante toda mi vida: estudiar a la gente, observar. Los sorprendí en varias ocasiones cuchicheando entre ellos, o interrumpiendo su conversación con el Duque Alfonso si yo pasaba cerca. Sabía que Strozzi pasaba por apuros económicos, y a pesar de ello se había interesado por el precio de algunos cuadros. No le dije nada a Lucrezia, para no preocuparla sin motivo y no levantar sospechas en el Duque. Fui hasta la villa de los Contrari, y le pregunté a Laura si sabía dónde había ido su hermano. Me indicó el lugar exacto donde estaba el pabellón de caza de los Strozzi. Cuando llegamos todo estaba muy tranquilo en los alrededores. Demasiado. No había perros fuera de la casa, ni criados desollando las presas. Obligué a Laura, no sin esfuerzo, a que me esperase en el lindero del bosque. Me acerqué al pabellón. Era una estructura de planta baja. Una única estancia hacía las veces de salón y cocina. Había trofeos de caza colgados en las paredes, y una gran chimenea, en el fondo; estaba encendida. Cuatro hombres estaban sentados alrededor de una mesa de roble; había algo para comer sobre ella: quesos, embutidos, pan y frutos secos. Ercole estaba sentado de espaldas a la ventana. Strozzi llenaba su copa, Bentivoglio reía, y el tercer hombre miraba a los demás de reojo, visiblemente nervioso. Jugueteaba con algo entre las manos, no pude ver de qué se trataba. Ercole bebía con ganas, sus gestos eran inseguros. Los demás alzaron a su vez las copas, pero me di cuenta de que se mojaban sólo los labios. Ercole empezó a cabecear, como si se estuviese durmiendo. De repente, se apoyó con todas sus fuerzas en la mesa, y se levantó. Apuntó con un dedo hacia los hombres, y tiró al suelo la copa de la que estaba bebiendo. No lograba mantener el equilibrio. Strozzi gritó con todas sus fuerzas al hombre nervioso “¡AHORA, BURRINO!” Éste se levantó; entonces pude ver qué llevaba entre las manos: un lazo metálico, hecho con un hilo de metal finísimo, que lo mismo se puede usar para cortar un queso que torcerle el cuello a una liebre… O a un hombre. No lo pensé dos veces, abrí la ventana rompiendo el cristal con la empuñadura de mi espada. Bentivoglio desenfundó a su vez, pero yo me abalancé sobre él. Venía lanzado, no me fue difícil herirlo en un costado. Llegué a la espalda del tal Burrino, ahondé la hoja, que le salió por el pecho. Cayó sin haber soltado el lazo, llevándose a Ercole con él al suelo. No sé si le dio tiempo a reconocerme; el veneno lo había hecho vomitar y aunque el lazo estuvo poco tiempo alrededor de su cuello, se ahogó con su vómito. Sólo quedábamos en pie Strozzi y yo. La pelea fue larga, dura. Los dos éramos buenos espadachines. Oí un grito; Laura se había acercado al pabellón al oír el estruendo, y había visto todo desde la ventana. Me distraje. Strozzi tiró una estocada, pero por suerte resbaló y en lugar de centrar mi pecho, me atravesó un muslo. Llevado por la desesperación, sacando fuerzas aún no sé de dónde, avancé tres pasos tirando a su lado derecho y luego al izquierdo. Hice un amago, y cuando él esperaba el golpe por el lado izquierdo, repetí en el derecho, hiriéndolo en un costado. Cayó al suelo. Bentivoglio estaba vivo, pero no podía levantarse. Cogí a Laura de la mano, y escapamos. Llegamos a Ferrara, disimulando la herida y el dolor infernal que sentía al caminar. A pesar de que los duques me habían ofrecido hospedaje en la fortaleza, rechacé la oferta, llevado quizás por el recuerdo de en qué circunstancias mi abuelo tuvo que dejar la ciudad. Había preferido alojarme en una posada con habitaciones. Una propina generosa al propietario nos libró de preguntas indiscretas. Laura se encargó de todo, con una entereza difícil de imaginar en una muchacha tan joven. Tras apenas una hora volvió con Lucrezia y con un médico. Cuando el galeno terminó de curar y vendar mi herida, Lucrezia lo despachó. Sólo entonces ellas dieron rienda suelta a sus sentimientos. Se abrazaron, y lloraron juntas su pérdida. Mientras tanto, yo terminaba de preparar mi equipaje. Tenía que escapar cuanto antes de Ferrara. Cabía la posibilidad de que Alfonso d’Este hubiese organizado el atentado a Ercole. Strozzi y Bentivoglio me habían visto. Viajo ligero de equipaje; había metido la ropa en un zurrón, y los cuadros, sin enmarcar, los había enrollado y los llevaba dentro de un par de tubos de cuero. Besé la mano de Lucrezia. No tenía valor para despedirme de Laura, no podía ni hablar. Pero ella lo hizo. “Llévame contigo” – me dijo – “Ercole era mi única familia, no quiero seguir viviendo en la misma tierra que los asesinos de mi hermano”. No pude decir más que un patético – “¿Conmigo?” – “¿No te has dado cuenta de que te amo? Llévame contigo, Richard, o déjame morir aquí”. Abrí mi bolsa y saqué de ella un saquito de terciopelo con el anillo que compré en Rialto. Se lo coloqué en el dedo, y sonreí al ver que le quedaba perfecto, a pesar de que ni siquiera la conocía cuando lo compré. Le besé las manos, y después los labios. “Os deseo toda la felicidad que os merecéis” – dijo Lucrezia. En tres semanas llegamos a Londres.”
– “¿Y qué fue de Lucrezia?”
– “Pasados unos años el duque accedió a que se separase de su marido, y volvió definitivamente a Ferrara. Ha muerto esta primavera”
– “El duque, esos nobles… ¿Os acusaron de algo?”
– “Recibí una carta de Alfonso d’Este poco tiempo después, de su puño y letra. En ella lamentaba que hubiese tenido que dejar Ferrara sin haberme despedido. Me informaba de un desgraciado accidente de caza que sucedió aquel mismo día, en el que perdieron la vida Ercole Contrari y un siervo al que llamaban Burrino; que Bentivoglio y Strozzi se recuperaban de sus heridas y que éste último me escribiría apenas se lo permitiese su estado de salud, a propósito de un cuadro de Tintoretto que quería comprar. Me mandaba sus saludos más afectuosos y lamentaba que no pudiésemos volvernos a ver, ya que mis asuntos me habrían tenido, sin lugar a dudas, demasiado ocupado como para poder volver a Ferrara por lo menos durante quince años. Añadió una postdata, en la que decía que madonna Laura Contrari desapareció misteriosamente el día en el que murió su hermano; lamentaba que Ferrara hubiese perdido una joven tan bella y brillante. Recuerdo perfectamente las últimas palabras de la carta: “Rezo todos los días al Altísimo rogándole que la guarde y la vele, allá donde esté, pues tengo la certeza de que el Señor no puede haber llamado aún a su seno un alma tan noble y pura”.

Gonzalo silbó.

– “Menudo pájaro, el Duque. En resumidas cuentas, os hace entender que sabe todo pero que no hará nada al respecto, mientras estéis alejado de Ferrara por lo menos durante quince años. No deja de ser conveniente para todos ellos que el otro único testigo del “accidente de caza” esté tan lejos”
– “Así es”
– “¿Han pasado ya el tiempo de, llamémoslo destierro? ¿Volveréis a Ferrara?”
– “Todo sucedió hace dieciséis años, como te dije. No volveré nunca. Con tan solo mencionar aquella tierra se reabre el dolor de Laura”
– “¿Strozzi os escribió a propósito del cuadro?”
– “Sí, lo hizo. Quería comprar el Tintoretto”
– “¿Se lo vendisteis?”
– “Sí. Una maravillosa Danae que se deja poseer por Zeus en forma de lluvia de oro. Creo que le costó casi todo el dinero que le concedió el duque Alfonso por los servicios prestados”

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Tintoretto – Danae

De repente me entra un ataque de risa. Ante la mirada inquisitiva de Gonzalo, sigo hablando.

– “Era una falsificación. Una copia burda, pero Strozzi no sería capaz de notar la diferencia ni siquiera si la hubiese pintado mi hija. Me consta que no deja de enseñarlo a quien entra en su casa, pavoneándose delante de él. Si te digo quién lo pintó…”
– “¿Quién?”
– “¡El hermano mayor de Bardolph! Además, puedes ver y apreciar por ti mismo la “mano del maestro” – hago un gesto que envuelve todo el teatro, los palcos decorados, el “cielo” del escenario.

Reímos los dos a carcajadas. En esos momentos vuelve a sonar la campanilla que avisa del comienzo de la segunda parte de la obra. Oxford y Southampton entran en el palco y toman asiento.

– “¡Hawkwood! Lady Grey creerá que os estáis mofando de ella. Ha preguntado tantas veces por vos y vuestro amigo que temo que no se ha pasado la primera parte abanicando con tal gracia su escote por Henry y por mí. De todas maneras, le he presentado disculpas de vuestra parte y le he repetido por enésima vez que con vos no hay escote que valga, por muy pronunciado que sea o abundante su contenido”
– “Milord Oxford, pensará que soy un maleducado”
– “¿Vos? Jamás de los jamases. La paciencia de milady Grey con vos es infinita. Y no logro entender el motivo, por mucho que me esfuerce. La ignoráis como si no fuese más que un jarrón chino”.
– “Espero que nunca se entere de que comparáis su estilizada figura con la de un jarrón Ming”
– “Sois tremendo, Hawkwood. Aunque… pensándolo bien, la veo demasiado rellenita, últimamente”.

Los actores vuelven al escenario. Parto por la mitad la empanada de carne que compramos antes de entrar, y le paso un trozo a Gonzalo. Veo que no se fía, pues el mordisco que le da es minúsculo. Me ha dicho en varias ocasiones que, si no fuera por mi casa, acabaría muriendo de hambre en este país. Sin embargo, sonríe mientras mastica y le da un bocado más grande.

No logro concentrarme demasiado sobre lo que pasa en el escenario. Los dos amantes, Basanio y Porcia, me aburren. No los encuentro interesantes, y además era obvio desde el principio que sería él quien se casaría con Porcia. Ahora Saverio y Salarino se burlan de la desesperación de Shylock: su hija se ha fugado con el cristiano Lorenzo, llevándose un cofre lleno de ducados. “¡Oh! ¡Mi hija! ¡Oh! ¡Mis ducados! ¡Oh, mis ducados cristianos!” Ahí abajo, en la platea, el pueblo goza de la desdicha del judío. Yo no puedo; no siento conmiseración por el avaro, sino simpatía por el padre que ha perdido a su hija. Lo entiendo bien; he sentido hoy algo parecido, aunque en grado infinitesimal comparado con la pérdida del judío, y, aun así, me ha dolido. Por eso, cuando se pregunta por qué el mercader Antonio lo odia tanto, simplemente por ser judío, su alegato me toca aún más a fondo que al resto del público. “¿No tenemos ojos, los judíos? ¿Manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones?” Le había hablado antes a Gonzalo sobre el poder de las palabras. Tomemos por ejemplo el populacho de la platea. Hace sólo pocos minutos, se reían de la imitación que hacía Salarino. ¿Qué es para ellos un judío? La mayor parte no han conocido o visto uno en su vida. El judío es para ellos el ser despreciable que pertenece al pueblo que crucificó a Nuestro Señor (olvidándose de que Jesucristo en persona era judío). De él se pueden hacer chanzas, llamarlo marrano y equipararlo a los españoles, o a cualquier otro enemigo. Hasta que no han oído las palabras de Shylock, ninguno de los que están ahí abajo ha pensado por un instante que, en el fondo, no son tan diferentes de un judío; que ambos sufren las mismas dolencias y los curan los mismos remedios. Durante unos segundos, no se oye volar una mosca; puede que, por unos escasos instantes, el público haya visto a un enemigo como a un ser humano. Es muy poco tiempo, pero sin lugar a dudas, más del que hayan dedicado a pensar sobre algo así en toda su vida.

Ése es el auténtico poder subversivo de los teatros: las palabras hacen que, al mismo tiempo, desde el tendero sentado en la grada baja, pasando por el pillo en la platea o el lord en el palco, piensen. Ahí se basa el peligro. El pueblo no debe pensar; el poder lo necesita necio y mudo. Carne de cañón que mandar al campo de batalla, pozo sin fondo a explotar con impuestos injustos, espaldas que se curvan sobre los campos hasta romperse. Ésa es la razón por la que tarde o temprano cerrarán definitivamente los teatros, y tardes como ésta no serán más que un recuerdo. Algo que contar a quienes no vieron nunca la grandeza y la miseria humana sobre un escenario. Si Oxford y Southampton pudiesen escuchar mis pensamientos… Pronunciadas en voz alta, estas palabras me costarían un pasaje sin regreso a la Torre de Londres.

La representación ha terminado. Ahí está, maese Shakespeare de Stradford, saludando al público y recibiendo ovaciones. El conde de Oxford es una máscara imperturbable, una estudiadísima pose de fingida indiferencia.

Entre el batir de palmas del público y la algarabía, apenas entiendo qué me está diciendo Gonzalo. Tiene prisa por salir y aliviar la vejiga, le digo que me espere fuera de la taberna en la que compramos la merienda. Me pongo en pie; con la excusa de aplaudir a mi vez, puedo ver por dónde sale Gonzalo. Ahí está, cruzando la platea. Va a salir por la entrada central. Se ha equivocado, tendría que haber salido por la lateral, justo debajo de este palco. Ahora entiendo el motivo de tal distracción. Una muchacha lozana y hermosa en la platea le sonríe. Gonzalo se acerca, y ella, con gesto pícaro, le susurra algo y pasa los brazos alrededor de su cuello. Él sonríe y se deshace de tan placentero yugo, negando. Le tendré que explicar que, si de verdad quiere quitarse de encima una mujer, con esa sonrisa logrará lo contrario. Creo que el efecto de la cerveza en su cuerpo le gana al encanto de los graciosos hoyuelos en las mejillas de la moza. Al final se aleja, y la chica alza los hombros, con el gesto inconfundible de que ha hecho todo lo que ha podido. Sigo la dirección de la mirada de la joven; no va hacia la espalda de Gonzalo, sino un poco más a su izquierda, al parapeto de madera que separa las gradas de la salida. Hay dos hombres apoyados en él, con el chapeo del sombrero calado y el herreruelo bien cerrado… ¿Con este calor? Uno de los hombres alza el ala del sombrero, y sigue con la mirada a Gonzalo, que está ganando la salida. Lo reconozco, es un francés, se llama Levasseur y hace el trabajo sucio del embajador del rey Enrique IV. Es un tipo frío, calculador. He tenido mis más y mis menos con él; estaba convencido de que había regresado a Francia. Levasseur me mira, sonríe y se toca con dos dedos el sombrero.

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Basil Rathbone como Levasseur en “Capitán Blood”

Me da muy mala espina. Será mejor que eche un vistazo en persona. Será probablemente una casualidad, pero mi instinto no me ha engañado nunca. Me uno al río de gente que intenta salir del edificio. Me abro paso dando algún que otro codazo y recibiendo a cambio una buena dosis de insultos pronunciados en varias lenguas y acentos. Finalmente estoy fuera. Por suerte Gonzalo es alto, y puedo ver que se está acercando a la taberna. Pocos pasos detrás veo los sombreros de los franceses, pero están demasiado lejos. Cuando llego a la taberna han desaparecido. Gonzalo no está dentro, doy la vuelta al edificio, no hay nadie.

– “¡Mierda! ¡Por los clavos de Cristo!” – grito en voz alta. ¿Cómo es posible que no lo haya visto apenas llegué?

Hay una daga clavada en la pared de adobe y madera, que sujeta un trozo de papel. Me acerco. Es la mía, la que di a Gonzalo antes de salir de casa.

A medianoche, en Blackfriars.
Ven tú solo. Levasseur

La noche es calurosa; demasiado, para estas latitudes. El caer del sol no ha traído refrigerio alguno. Es más, la humedad del río emponzoña el ambiente. Si no baja pronto viento fresco del norte, o llueve, se presentará, puntual, la plaga. Pero en estos momentos quien me preocupa es Gonzalo. ¿Qué habrá hecho Levasseur con él? No he vuelto a casa después del teatro, para no alarmar a Laura e Isabella. He mandado una nota con la que avisaba que cenábamos fuera, y el mismo mensajero le ha dado otra a Thomas Brewer, en la que le ordenaba que ensillase dos caballos y los llevase a Saint Paul antes de medianoche. El buen Thomas ha cumplido a la perfección mis instrucciones. Le he dicho que no pierda de vista Blackfriars y el río, y que si ve o escucha algo raro, que acuda cabalgando como el rayo y con la pistola en mano.

Reina el silencio. Veo el brillo del agua del Támesis delante de mí y, a un lado, un edificio oscuro, el teatro de Blackfriars. Las campanas de Saint Paul tocan la medianoche. Levasseur se materializa delante de mí, como salido de la nada.

– “Puntual como siempre, Hawkwood”
– “¿Dónde está el chico?”

Levasseur silba; por una esquina asoman un par de hombres que llevan a Gonzalo atado. No parece que tenga ninguna herida, sólo una magulladura en la sien. El francés da otra señal, y desaparecen por dónde habían venido.

– “Como has visto, está bien. Mucho mejor que mi Mousqueton; tendrá que comer sopas durante algún tiempo. Le acortaré el apodo y lo llamaré Mouston, vistos los dientes que ha perdido”.
– “¿Por qué te lo has llevado?”
– “Era sólo una garantía. ¿Habrías venido si te hubiese mandado una invitación formal? No creo, visto como terminó nuestro último encuentro”

No se equivocaba. No tenía gana alguna de repetir casi una hora de estocadas, que tuvimos que dejar por puro agotamiento.

– “Te rodeas de gente fina ¿eh? Oxford y Southampton, nada menos”
– “Que nos hayamos encontrado siempre en tugurios no quiere decir que no visite palacios. ¿Qué quieres?”
– “Tengo que hacerte una propuesta. Imagino que conocerás en detalle el tratado de paz de Vervins, firmado entre tu señor el rey Felipe de España…”
– “No es mi señor”
– “Como tú digas. Entre los reyes Felipe II de España y Enrique IV de Francia”
– “¿Y bien?”
– “Hay una cláusula secreta”
– “¿Y me la vas a desvelar, Levasseur? No te creía un traidor. Te ofendiste tanto cuando sugerí que lo eras, que estuvimos una hora cruzando aceros en Moorefields”.
– “Si hay algún traidor ése es Enrique IV. Ha abjurado de nuestra fe protestante”
– “¿Eres un hugonote?”
– “Perdona si nunca tuvimos tiempo de hablar de religión, pero sí, lo soy”
– “Tu rey ha firmado el edicto de Nantes que ha terminado con las guerras de religión en Francia. Él mismo lo garantiza”
– “Sí, el rey hugonote que cambió de fe como de casaca porque “París bien vale una misa” ¿Qué valor tiene la palabra de un rey que cambia de religión según su conveniencia?”
– “No me has citado para una lección de teología. ¿Qué ha establecido la cláusula secreta?”
– “Los dos reyes, al mismo tiempo que han sellado la paz y concertado el matrimonio de sus vástagos, han establecido una llamada “línea de la paz”, en un meridiano que atraviesa las Azores. De ahí al oeste, no hay paz que valga y, sobre todo, se permite la piratería”.
– “El Caribe”
– “Exacto. En las islas y el mar del Caribe se ha abierto la veda. El primero que llega se lleva lo que hay”.
– “Libre saqueo”
– “Con los soberanos de Francia y España haciendo como que no ven. Además, han decidido que por muchas bulas que promulgue el papa, sus católicas majestades no harán ni caso”.
– “¿Tu propuesta?”
– “Muy pocos conocen por ahora la existencia de esta cláusula, y quien lo sabe se prepara para zarpar. En muy poco tiempo el tráfico de naves piratas y corsarias en el Caribe será comparable al de un día de mercado. Yo mismo me embarcaré; dejaré el servicio del embajador, a Enrique Borbón y a esta vida de estrecheces. Seamos socios. Me consta que te comportaste como un auténtico lobo de mar en un asunto con un cierto galeón español y Sir Francis Drake”
– “Aprendo rápido”
– “Aunque, si no quieres volver a alejarte de tu señora, lo entendería perfectamente. Por lo que puedes participar sólo con capital”

Levanto las cejas.

– “¿Y te espero aquí sentado mientras te conviertes en el dueño y señor de Tortuga?”
– “¿Te fue mejor con el San Andrés?”
– “Me pregunto si queda alguien en Londres que no lo sepa”
– “Piénsalo. Te doy un día, mon ami”.
– “Levasseur ¿desde cuándo somos amigos?”
– “Estos son tiempos extraños, Hawkwood. Tiempos en los que te puedes fiar sólo de un buen enemigo. Y tú has sido el mejor”.

Levasseur me ofrece la mano, la estrecho. Vuelve a silbar, y de la misma esquina aparecen los hombres que llevan maniatado a Gonzalo. Le quitan las ataduras y le dan un empujón no demasiado amistoso.

El francés me saluda, como en el teatro, tocándose el ala del sombrero, y desaparece engullido por las sombras. Uno de sus compadres escupe, mientras pronuncia maldiciones desdentadas en un francés ininteligible.

– “¿Te han tratado bien?”
– “Sí. Excepto cuando tuvieron que dejarme inconsciente fuera de aquella taberna. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué quería?”
– “Es alguien que está sólo de paso por la ciudad. Quería proponerme un negocio”
– “¿Bueno?”
– “Depende. Rentable, sin lugar a dudas. Démonos prisa, Thomas nos espera con los caballos en las escalinatas de Saint Paul. Hemos caminado bastante por hoy”

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Estoy en casa, fumando, casi en la oscuridad. A mis espaldas, los hombres pintados por Tiziano y Tintoretto siguen imperturbables su muda conversación a la luz de una vela. Yo, mientras tanto, limpio, con escrupulosa lentitud, las cenizas y los restos de tabaco que se han acumulado en la cazoleta de la pipa. Rasco el fondo con un bastoncillo de madera, tallado minuciosamente con formas geométricas. Me lo regaló el cacique de una tribu de indios taínos en la isla Hispaniola, durante mi estancia en el Caribe, cuando me preparaba a conciencia para darle una sorpresa a Francis Drake. Recuerdo la paz que sentía observando esas aguas turquesas. Levasseur me ha ofrecido la oportunidad de regresar, esta vez no para robar a un ladrón, sino por cuenta propia. Podría acallar mi conciencia diciéndome que no es mi problema: es el rey Felipe quien ha dejado la puerta más hermosa de su imperio abierta. Si no lo hago yo, lo hará otro. Dejemos que sea otro. Es más, dejémoslo todo. Creo que el no haber tenido hijos varones es una señal del destino. El primer Hawkwood hizo posible el reinado de una Tudor, yo acompañaré a la última. No habrá más Tudores en el trono de Inglaterra, como no habrá más Hawkwoods vigilando a los vigilantes. Jacobo de Escocia espera paciente la salida de escena de Isabel. Otros querrán impedírselo. Quién sabe, quizás en estos momentos Essex está planeando en Irlanda cómo quitarle la corona a Isabel. Si así es, haré todo lo que está en mi mano para impedírselo. Al rey Felipe, que se está apagando entre rosarios, misas y remordimientos en el Escorial, le sucederá otro Felipe. Tan incompetente que su propio padre ha decidido regalar de su mano trozos del Imperio antes que dejar que los pierda él sólo.

Pero Felipe III será un problema de Gonzalo Villegas. Y de los pocos hombres justos que lucharán para que lo inevitable se retrase lo más posible. El imperio español es demasiado grande como para que se esfume en tan poco tiempo. Así pues, mañana le diré a Levasseur que no cuente conmigo. ¿Cuántos años de “servicio” me quedan por delante? No muchos. Cuatro. Cinco, a lo sumo.

Esta vez sí que la oigo llegar. Me da un beso en la mejilla, y se sienta a mi lado.

– “¿Cómo ha sido el día?”
– “Digamos que… entretenido. Por cierto, Gonzalo me ha pedido permiso para alojarse en otro lugar”
– “Espero que no sea en el barrio de los actores”
– “No, cerca de Saint Paul”
– “Podría ser peor”

Sonrío mientras cebo la pipa con tabaco.

– “Laura ¿y si volviésemos a Italia? Quiero decir, para siempre”
– “¿Cuándo? ¿Dónde?”
– “Dentro de algunos años. En Toscana; Florencia, o Siena” – Suspira aliviada – “Sabes que no te pediría nunca que volvieses a Ferrara”
– “¿Y por qué tendríamos que dejar Inglaterra?”
– “Creo que la misión de nuestra familia está llegando a su fin. Además, empiezo a preguntarme demasiado a menudo qué estoy haciendo en realidad, y, sobre todo, para qué”
– “Richard, sabes que sufro cuando desapareces durante días, o meses. Nunca te he preguntado dónde o por qué te ibas. Ahora me dices que toda esta incertidumbre acabará. Pues bien, estoy deseando que llegue ese día. ¿Y qué haremos en Toscana?”
– “Además de vivir cómodamente de renta, como ahora, el Gran Duque Ferdinando I está aumentando su colección de obras de arte. Le puedo procurar buenas telas”.
– “¿Y qué harás hasta entonces?”
– “Guiar a Gonzalo, hacer lo posible para que Isabel I muera en su cama y con la corona en la cabeza y, si llega la ocasión, conceder la mano de Isabella a alguien que la merezca y la ame. Espero que el afortunado no se la tenga que llevar a escondidas quién sabe dónde”.
– “Cuando hayas hecho todo esto, mereceremos un descanso, sin lugar a dudas. No es poco trabajo, tal y como está el mundo”
– “Me has recordado unos versos de la obra que hemos visto hoy, y con los que estoy plenamente de acuerdo ‘Yo veo el mundo tal y como es. Un escenario donde cada uno debe interpretar su papel. Y el mío es uno triste’”

Laura me mira incrédula.

– “Triste. Tu papel es uno triste”
– “Bueno, no me identifico exactamente con los últimos versos”
– “No, desde luego. Triste…” – Laura se tapa la boca, y empieza a reír. – “¿Tú? ¿Triste?”

Ríe con tan buena gana que se le saltan las lágrimas. Yo tampoco puedo dejar de reír.

– “Sí, tristísimo… ¡Desconsolado!”

Casi no puedo pronunciar la última palabra. Laura se levanta y me tiende la mano.

– “Entonces, no me queda más remedio que hacer algo para aliviar tu sufrimiento”

Me olvido de reyes y reinas, conjuras, traiciones, nobles ambiciosos y gobernantes incapaces. La próxima escena en esta tragicomedia de la que Laura y yo somos protagonistas, será a puerta cerrada.

FIN

Manio

dscn7838Me he preguntado a menudo que fue de los personajes de mi “Historia de Marco Fulvio Aquila”. Escribí estas líneas en “un momento de arrebato”, hace unos meses. Este relato podría unirse al del pretoriano Nevio en Britania, y formar otra novela. Quien sabe.

Roma – 117 d.C – Invierno

Hace frío, pero no lo noto. Aún no ha amanecido. El cielo, detrás del Coliseo, empieza a cambiar imperceptiblemente de color. La bruma se desliza entre las columnas de los templos, aumentando la sensación de irrealidad. Oigo sólo mi respiración, el leve crujir de mi coraza de cuero. Lo demás es silencio. Se ha levantado una brisa ligera, helada, que hace ondear levemente los estandartes negros que adornan los soportales de las basílicas. Mi visita a Roma será breve; no viví en la ciudad más que unos pocos días, en la zona de servicio de la domus flavia, que en estos momentos es sólo una sombra oscura detrás del templo de Cástor y Pólux. Pero, a pesar del poco tiempo que he vivido aquí, Roma cambió mi vida. La de toda mi familia.

Observo el foro desde una de las ventanas del tabularium, donde mi padre trabajó algunos meses, hace años, mientras se forjaba nuestro destino. Me duelen las piernas; he hecho el viaje en sólo ocho días, desde Germania, usando los caballos y las postas de los correos imperiales, algo que no deja de tener su ironía, vistas las circunstancias. Un día Flavius Cerialis me hizo una generosa oferta: “Si necesitas algo, estoy a tu servicio…”. Casi diez años después le he pedido que interceda para que el prefecto de mi cohorte me concediera un permiso especial; el tiempo de ir a Roma y volver. Hoy tenía que estar aquí. Le tendré que hacer otra petición cuando vuelva. No estoy seguro de si la aceptará de tan buen grado, pues una cosa es ayudarme en un viaje, y otra concederme la mano de su única sobrina, que ha criado como a una hija. Los Cerialis pertenecen a la clase ecuestre, y yo nací esclavo; una distancia demasiado amplia que colmar sin desvelar mi secreto. Aunque podría superarla con el oro de Graco, si quisiese usarlo. Pero no quiero ensuciarme con algo que fue propiedad del senador, el hombre que quiso asesinar a mi familia. Mi padre, desde hace años, hace buen uso de ese dinero construyendo bibliotecas y edificios públicos en Itálica. Yo quiero conseguir lo que deseo gracias sólo a mi esfuerzo, y a mi tesón. Acaricio el brazalete de bronce que Lavinia me regaló hace unos meses. Deslizo el dedo por su interior, noto la inscripción “ANIMA MEA”. Alma mía. Un escalofrío recorre mi espalda, pues mi mente ha pasado de la que espero sea mi mujer –no sé por qué motivo- a alguien muy distinta a la que he dejado en una estancia en el palacio. O quizás no lo era tanto cuando tenía la misma edad de Lavinia.

Ordeno mis pensamientos, vuelvo a recordar las últimas horas. Los veteranos acampaban fuera de la ciudad, a lo largo de la Via Appia, para entrar al día siguiente por la puerta Capena y rendir homenaje a Trajano desfilando en el Circo Máximo. No me costó encontrar a los de la XXX Ulpia Victrix, cerca de la tumba de los Escipiones. Reconocí los estandartes, y mientras buscaba algún rostro conocido entre los hombres que descansaban junto a las fogatas, algo llamó mi atención. En un recinto había varios caballos. Uno de ellos, apartado de los demás, rascaba la tierra con los cascos y resoplaba nervioso, moviendo la testuz. Habría reconocido a ese animal entre centenares. Me acerqué, extendí la mano y acaricié la mancha blanca de su cabeza, la única fuente de luz en un pelo negro como la boca del Averno.

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“Bucéfalo… ¡Eres tú!” – había cepillado su pelo centenares de veces; hacía doce años. Entonces era el caballo más joven de toda la turma, y el más inquieto. Yo era el único que podía acercarse a él sin recibir una coz, o un mordisco. Bueno, aparte de su jinete habitual.
“¿Manio?” — sonreí. Aquella voz era inconfundible. Era lo más parecido al fragor de un trueno en un cielo sereno. La voz del centurión Cayo Popilio Lenas era capaz de llegar hasta el último jinete de la turma en el fragor de la más cruenta de las batallas. “Mi viejo caballo se ha dejado acariciar toda su vida sólo por dos personas. Una soy yo, y la otra era un zagal hispánico que sirvió unos meses en el campo durante la segunda campaña de Dacia y que, a pesar de estar asignado a esas señoritas con túnica blanca de la guardia pretoriana, sabía apreciar la compañía de los legionarios de la XXX”.

Nos abrazamos. Popilio se alegró de que hubiese cumplido mi sueño, entrando a formar parte yo mismo de un cuerpo de caballería. “Aunque no fuese en la XXX”. Hablamos junto al fuego, recordando anécdotas de aquellos tiempos; me contó cómo fue el final de la campaña en Dacia, y la siguiente, en Partia. Aquellos hombres siguieron a Trajano hasta el confín del mundo conocido; más que su emperador fue siempre su general, aquel que compartió con ellos penurias y gloria, que los conocía por su nombre, que peleaba entre ellos en el campo de batalla. Lo menos que podían hacer por él era homenajearlo, ahora que había muerto. Iban a desfilar en un triunfo póstumo por el que fue el “mejor de los príncipes”, título que le acababa de otorgar el Senado. Un triunfo por la victoria en unas tierras que ya no formaban parte del Imperio. Partia se ganó con la misma rapidez con la que se perdió. El sueño de Trajano se esfumó con su último respiro. El emperador Adriano decidió que el precio y el esfuerzo que requería conservar aquellas tierras era demasiado alto, y las abandonó. No hacía falta que Popilio o sus camaradas dijesen en voz alta lo que pensaban; flotaba en el ambiente una extraña mezcla de dolor, resignación y rabia. Durante las horas que pasé con ellos nadie mencionó al nuevo emperador. Como si no existiese. Por lo menos, hasta que las cenizas de Marcio Ulpio Trajano descansasen definitivamente a los pies de su columna, en su foro.

– “Hablando de señoritas de túnica blanca” – masculló Popilio. Escupió un hueso, y se puso de pie. Un oficial pretoriano se estaba acercando a nosotros.
– “¿Eres Manio Fulvio Aquila?” – dijo el oficial. No me reconoció, pero yo a él sí. Tengo buena memoria para las caras y los nombres; Nevio Varo era uno de los pretorianos de la IV Cohorte Pretoria en Dacia, al servicio del emperador. Había hecho carrera durante aquellos años, como lo demostraba el penacho de su casco y los torques que decoraban su coraza. Asentí. – “Ven conmigo”. No tenía cabalgadura, pues la había dejado en la última estación de posta. Popilio ensilló a Bucéfalo y me dio las riendas.

Cuando llegamos al palatino había oscurecido ya, sin embargo sabía perfectamente dónde estábamos. En una entrada lateral que da a un patio que lleva, por un lado al cuartel de la guardia pretoriana, por otro a la zona de servicio del palacio. Un poco más allá están las cuadras en las que había pasado buena parte de mis jornadas como esclavo en la domus flavia. Seguí a Nevio por unos pasillos y estancias que no conocía. Atravesamos salones, jardines; llegamos a las estancias privadas de la familia imperial. Me hicieron entrar en una pequeña antecámara. Unas cortinas negras dividían la misma; varias lucernas iluminaban la habitación, débilmente. Espirales grises de incienso subían desde varios pebeteros hasta el techo.

– “Acércate”.

No me había dado cuenta de que una mujer estaba sentada en una esquina. Vestía de negro, un velo cubría su cabeza. Cuando se lo quitó la reconocí. Como podría haberlo hecho cualquier ciudadano del Imperio. No era la primera vez que la veía; aunque nunca tan cerca como esta noche. Era Plotina, la esposa de Trajano.

– “Sabía que uno de vosotros acabaría viniendo. Estaba segura. ¿Cómo te llamas?”

Me sorprendí. Si me encontraba en esos momentos en su presencia era porque Pompeya Plotina sabía perfectamente quién era. No entendía el sentido de aquella pregunta.

– “Manio Fulvio Aquila, augusta”.
– “¿Por qué no escogiste el apellido Elio? A fin de cuentas pertenecías a la familia[1] de mi sobrino… el emperador Adriano. Según la costumbre un liberto toma el nombre de su antiguo amo”.
– “Lo hice por mi padre. Preferí tomar sus apellidos”

Juraría que Plotina se sentó aún más rígida si cabe. El tiempo la había tratado razonablemente bien; no le había dejado más que algunas arrugas en la comisura de los labios, el pelo cano y la piel que había perdido la frescura de la juventud.

– “¿Cuántos años tienes?”

Estaba seguro de que era otra pregunta de la cual conocía la respuesta.

– “Veintisiete, augusta”.
– “Marcio tenía treinta y dos cuando nos casamos, apenas lo conocía. Arreglaron todo nuestras familias. Me enamoré de él, a pesar de todo; con todo mi corazón. Era imposible no hacerlo, todos lo amaban, sus soldados… Sin embargo él… Con el tiempo mi amor se convirtió en odio. Lo detestaba. Me preguntaba por qué me negaba a mí algo que daba desde el primero al último de sus soldados, que había dado a otras mujeres antes que a mí”.

Apreté las mandíbulas y agarré con fuerza el pomo del gladio que llevaba al costado. El gladio de mi padre, con una cabeza de águila en la empuñadura. Ella lo sabía, conocía su secreto. Nuestro secreto.

– “¿Por qué me cuenta esto?”
– “Porque representas mi mayor victoria, y mi mayor derrota. Sé quién eres, sé a quién pertenecía ese gladio. Yo también tengo mis secretos. Si tú supieses…”

Rió, en voz muy baja. Era una risa desagradable, que tenía poco de humano. Me acordé de algo que me contó mi tío sobre la Sibila de Tibur. Quizás todo era un sueño y dentro de poco los ronquidos de Popilio me despertarían junto al fuego en el campamento de la Via Appia. ¿A quién tenía delante de mí, a una emperatriz o a una pitonisa? Me atreví a hacerle otra pregunta.

¬ “¿Por qué estoy aquí?”
– “Porque nada importa ya. Tú y tu familia habéis dejado de ser un problema para mí desde el momento que encendí la pira funeraria de mi marido y la sucesión estaba asegurada. Todo el odio se desvaneció, y me quedaron sólo los buenos recuerdos. Lejanos, muy lejanos. Las noches de invierno son muy largas en los puestos de frontera, lo sabes bien. Yo acompañaba siempre a Trajano, por muy escondido que fuese el rincón del Imperio donde lo mandaba Domiciano. Hablábamos mucho por entonces. Y él apreciaba el hecho de que lo siguiese, y no me quedase en algún lugar más cómodo, y lejano. Adriano… el emperador, no os considera un peligro. No os considera nada en absoluto, por lo menos por el momento. Depende de vosotros que las cosas sigan así. Depende de ti: tu padre está ocupado siendo el mecenas de Itálica, es demasiado filósofo como para inculcar sueños de gloria a tus hermanos. Además, son muy pequeños, no creo que tengan idea del misterio que rodea sus orígenes. Tu tío bastante tiene con vivir aún, nunca volvió a ser el mismo tras el ‘accidente’ de Reate. Así que quedas tú. Ya se encargará Adriano de ti, si quiere; he hecho todo lo que he podido por él, le he puesto el Imperio en sus manos. Que lo defienda él solo, yo estoy cansada”.

Las palabras de Plotina eran proféticas a fin de cuentas, y se resumían en un “el emperador sabe quién eres, no bajes la guardia”. Magnífico. Me pregunto cómo tendré que afrontar el resto de mi vida, cuánto pesarán esas palabras en ella. He empezado en el ejército desde lo más bajo, estoy a un paso de ser nombrado centurión, mi carrera parecía prometedora. ¿Qué hago ahora? Nunca podré sobresalir demasiado, pues corro el riesgo de que el emperador me vea como una amenaza. Como si quisiera serlo. No soy ambicioso ni estoy loco. Pero tampoco voy a renunciar a lo único que he querido hacer toda mi vida.

No dije nada, ella tampoco. Seguíamos los dos en silencio, creo que en mi cara se leía demasiado claramente por lo que estaba pasando, pues en un cierto punto Plotina dulcificó su expresión, osaría decir que en esos momentos parecía hasta “maternal”. De repente tuve ganas de irme de allí.
– “¿Es todo, augusta?”
– “No. Tienes que ver algo antes de irte. Has recorrido un largo camino para llegar hasta aquí, y saludar a… Ya no tiene sentido no llamarlo por lo que era. Has venido desde Germania para saludar a tu abuelo”.
Plotina se levantó, y corrió la cortina negra que dividía la habitación. Sobre un pedestal descansaba un pequeño cofre de oro y plata, con figuras mitológicas repujadas sobre el metal, adornado de piedras preciosas. En la tapa, una cabeza de Medusa, con ojos de zafiros verdes y serpientes coloreadas por cabellos.

– “Os dejo solos”

Plotina salió por una puerta lateral. No recuerdo cuánto tiempo estuve a solas con las cenizas de Marcio Ulpio Trajano, mi abuelo. Durante largos momentos no pude mover un músculo. Cuando al final lo hice, desenvainé el gladio, y lo coloqué sobre el cofre, apoyando mis manos sobre él. Sólo lo vi aquel mes en Dacia, nunca me habló. Recuerdo mi llegada al campamento de Dobreta; él había salido de la tienda en la que estaba reunido con Adriano y Apolodoro de Damasco. Saludó a todos, y durante unos instantes, mientras abrazaba a su sobrino-nieto Publio, me miró. Entonces no pude entender por qué me miró así. No volvió a hacerlo, lo veía siempre de lejos, y nunca cruzamos nuestras miradas. Años después, cuando mi padre me contó toda la verdad, creí entender qué se ocultaba detrás de sus ojos. Mi padre me dijo que la última vez que lo vio, hace once años, en este mismo palacio, antes del desfile triunfal por la victoria en Dacia, era la viva imagen de la soledad. Quizás era por eso que, mientras apoyaba mis manos en el cofre, no podía dejar de susurrar como si estuviese rezando a los dioses… “No estás solo”.

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El graznido de un cuervo me saca de mi ensoñación. Ya no queda rastro de la noche en el cielo, la neblina se resiste a abandonar el foro, flota entre las columnas de los templos, los escalones de las basílicas. Debajo de esta ventana en el tabularium la plataforma de los rostra se alza sobre la bruma. Llegan a mis oídos sonidos apagados. A un par de millas de distancia los tambores de las legiones empiezan a tocar.
Alguien está detrás de mí. Nevio Varo carraspea.

– “Lo siento, tenemos que irnos”
– “Gracias por dejarme entrar en el tabularium”
– “¿Vuelves con tus camaradas de la XXX? ¿Desfilarás con ellos?”
– “No desfilaré. Regreso a Germania”

Nevio sonríe.

“Existe una sola razón por la que alguien pueda tener prisa en volver a Germania en pleno invierno. ¿Cómo se llama?”

– “Lavinia” – mientras me ajusto el casco salimos fuera del edificio.

“¿Dónde la conociste?”
– “En Argentoratum[2]. Sirvo en la VIII Augusta. Mi tía Livia es amiga de la suya, por lo que insistió en que fuese a visitarlos. La primera vez creo que ni miré a esa chiquilla que se escondía nerviosa detrás de las faldas de su tía. Cinco años después volví a verlos. Mi tía me pidió que le llevase una carta a su amiga. Cuando entré de nuevo en aquella casa no la reconocí, había cambiado tanto. Ahora que finalmente voy a ascender a centurión podré pedir su mano.”
– “Ah ¡las flechas de Cupido! Llevo tantos años usando ésta” – dijo Nevio mientras golpeaba su coraza – “que no hay manera de que uno de esos dardos centre mi corazón y caiga rendido bajo los encantos de una sola mujer.”

Extiendo el brazo para saludar al pretoriano, éste me mira y estalla en una sonora carcajada.

– “¡Por Mitras! ¡Ahora sé finalmente quién eres! No he dejado de darle vueltas a la cabeza, al final he caído. ¡Tú eras el muchacho que metió un puñado de barro en la boca del sobrino del emperador, hacer doce años, en Dobreta! Esa tarde me hiciste ganar tres denarios de plata, aposté que vencerías tú. A pesar de que el tricenarius de los especulatores os separó, no cabía duda sobre quién estaba ganando el combate”.

Monto a Bucéfalo; tengo que darme prisa, dentro de poco los veteranos de la XXX se prepararán para el triunfo.

– “Que los dioses estén contigo, Manio Fulvio Aquila. Quién sabe, si puedo reclutar mis propios hombres puede que pase por Argentoratum”

Alzo la mano derecha y saludo al pretoriano. La idea de que, no se sabe cuándo, quizás acabe prestando un servicio directo a Adriano, no deja de ser absurda. Aunque no tanto como lo ha sido este viaje a Roma.

1.- En el sentido romano. La “familia” incluía también a los esclavos de la casa

2.- Actual Estrasburgo

Palamedes, el héroe negado

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Hace muchos años los Golpes Bajos cantaban eso de “Malos tiempos para la lírica”. Los tiempos actuales, no es que sean mejores. Seamos sinceros, cada vez me acuerdo más de Oscar Wilde (siempre que la cita sea suya de verdad, pues los apócrifos de Wilde abundan más que las faltas de ortografía) y eso de “cuanto más conozco a los hombres, más amo a mi perro”.  Desde la política internacional, a ejemplos más cercanos, últimamente me encuentro, a veces, mirando a mi alrededor con expresión alelada preguntándome por qué la inteligencia y el uso de la razón, en la época en la que nosotros occidentales tenemos mayor acceso a la información y la educación, en lugar de ser lo habitual ha pasado a ser la excepción.

Sin embargo, de vez en cuando, pasan cosas, o asistes a eventos, que te hacen esperar, o por lo menos, no morir de pura desesperación. Compré los billetes para ir a ver el espectáculo Palamede, la storia, presentado en el Roma-Europa Festival, casi exclusivamente por dónde se celebraba: el estadio de Domiciano dentro del complejo arqueológico del Palatino, en Roma. Me dije que, si no me gustaba, por lo menos pasaría unas horas en un lugar maravilloso, donde, con mi imaginación, había ubicado los personajes de una historia. De todas maneras, las premisas eran buenas: he leído varios libros de Alessandro Baricco, y me han gustado todos. Además, el tema, un héroe griego en la guerra de Troya del que nunca había oído hablar, me parecía muy interesante.

Baricco ofreció al público una lección magistral sobre lo que sabíamos, o creíamos saber, sobre la guerra de Troya y la Ilíada, pero sin usar un tono académico, o aburrido, sino como el profesor (o profesora) guay del instituto o la universidad que era capaz de hacerte entretenidas materias que sobre el papel te parecían lo más aburrido del mundo. Ése que rompía platónicamente corazones mientras se ensuciaba la manga de la chaqueta con la tiza de la pizarra (perdón, se me ha colado una anécdota autobiográfica).

Volviendo al tema, Alessandro Baricco,  ha escrito, entre otras cosas, un libro basado en la Ilíada. Cuando se estaba preparando para ese libro, que adaptó también para el teatro, se encontró, hablando con una profesora que es toda una especialista en los textos de la Grecia clásica, con un héroe de los griegos que fue completamente borrado en la versión “oficial” del mito que escribió Homero. Se trata de Palamedes, amigo fiel de Aquiles, el más bello de los griegos, y el más inteligente. El secreto mejor guardado de los clasicistas.

Palamedes era tan inteligente que él fue quien inventó algo tan básico en la vida militar como el santo y seña para ser reconocidos en los campamentos, también se dice que inventó el ajedrez y gracias a su perspicacia, al darse cuenta de que los lobos bajaban de las montañas para devorar a los animales y hombres más débiles, evitó que una plaga de peste que decimó a la población de Troya tocase a los griegos. Fue a raíz de estas cualidades que entró en conflicto con Ulises. Cuando Baricco explica esta parte de la historia lo hace de una manera muy divertida: “lo siento, pero os voy a desmontar un mito. Os dejo un minuto y medio de música y luces para que os despidáis del Ulises oficial, el que conocéis y admiráis” Y luego, cuando acaba la música lo primero que dice “la verdad es que Ulises era una mala persona. Es más, una malísima persona”. Mientras sonaba la música que dejaba al público el minuto de reflexión para “despedirnos de Ulises”, yo recordaba los muchos defectos del héroe, que haberlos teníalos: la cantidad de cuernos que puso a Penélope por todos los rincones del Mediterráneo, la superficialidad con la que condenó a muerte a sus compañeros de viaje, y el último viaje, abandonando de nuevo y definitivamente su tierra, para desvanecerse en un lugar lejano, allá donde no se supiese para que sirve un remo. En fin, yo ya sabía que Ulises no era perfecto, y que era muchísimo más feo que Bekim Fehmiu. Pero el maestro Baricco me iba a describir un lado aún más oscuro del rey de Itaca, además de recordarnos que escuchar la voz de Ulises era algo único, que era melodiosa y suave “como nieve que cae”.

Bekim Fehmiu durante el rodaje de la Odisea (1968)

Mientras Aquiles está lejos del campo de batalla porque va a la isla de Lesbos a por provisiones (o sea, saquearla), Ulises construye un complot para acusar a Palamedes de traición: lo organiza como se debe, escondiendo en la tienda del joven una cantidad de oro que supuestamente le dio Príamo para facilitar la entrada de los troyanos en el campamento griego y aniquilarlos. Palamedes es apresado, juzgado y condenado a morir lapidado. Todo ello antes de que regrese su fiel amigo Aquiles. Éste, y no otro, es el motivo de la “ira funesta” de Aquiles, no una simple cuestión de botín mal repartido, o un quítame aquí una Briseida.

Baricco ha recogido de varios textos apócrifos (la construcción de la Ilíada es muy parecida a la de la Biblia, a un cierto punto, se descartaron y eliminaron algunas versiones y episodios, como el de Palamedes, para producir una “versión oficial” de los hechos de la Guerra de Troya) el discurso de defensa de Palamedes delante del tribunal de los griegos. Le ha dado una forma asimilable a los gustos actuales y tal discurso lo declama una actriz, muy buena, Valeria Solarino. Actriz que, obviamente, no conocía.

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Alessandro Baricco y Valeria Solarino durante los ensayos.

La defensa de Palamedes es un monólogo de unos veinte minutos; con lógica aplastante el acusado desmonta, uno a uno, todos los cargos contra él. Dejando al descubierto la cruda realidad: él es una víctima… “yo no os he hecho nada, para que me tratéis así”.

Al terminar la representación salí muy despacio del lugar, pues tenía que llevar a cabo mi ritual particular, que hago cada vez que visito restos arqueológicos; algo que quisiera poder hacer con las estatuas en los museos, pero no me dejan porque no soy Mary Beard: acaricio las piedras. Toco los ladrillos, la “pozzolana”, el cemento de los romanos. Cargo las pilas, literalmente. Para no desesperar entre tanta desesperación.

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