Morir no es lo que más duele – Inés Plana

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El cómo se llega a un libro puede ser, a veces, un proceso extraño. Yo llegué a “Morir no es lo que más duele”, de Inés Plana, tras la pista de varios “por qué”:

  • me gustó el título desde que vi los tweets de promoción de la editorial Espasa
  • me gustó mucho la cubierta (aunque la faja externa viajó en seguida a la basura, porque no las soporto)
  • me sentía “en culpa”, en cuanto mujer que durante sus sueños más locos y extravagantes se ve a si misma cobrando algún céntimo de derechos de autor (no digo ya dedicándome exclusivamente a la tecla porque ya no se trataría de sueño, sino de alucinación) por no haber comprado un libro de ficción en castellano escrito por una mujer desde “El tiempo entre costuras” hace… demasiados años.

Así pues, incluí el título en uno de mis pedidos de libros en castellano y esperó paciente su turno en casa. No había leído reseñas, lo hago exclusivamente una vez termino los libros, pues quiero llegar lo más “virgen” posible a la lectura. En una novela como esta, saber poco o nada sobre su trama, paga. Y mucho. Por el mismo motivo, intentar escribir una reseña sobre este libro sin dejarme llevar por la emoción va a ser difícil. Porque de eso se trata, de emoción, de goce en la lectura, de dejarse llevar a otro mundo, convivir con unos personajes creados por una autora y disfrutar de una transfusión de sensaciones. Cuando un libro es tan bueno como éste, tan bien escrito, pensado, lo primero que siento es agradecimiento. No es posible computar en los menos de 20 euros que cuesta esta edición el regalo que significa el que su autora haya dedicado su intelecto, talento y esfuerzo durante años para que yo me pudiese sentir tan rematadamente bien durante algunas horas.

Los protagonistas de este thriller son imperfectamente humanos, empezando por Sara, siguiendo por el teniente de la guardia civil Julián Tresser, descrito de una manera como solo puede hacerlo una mujer para que a nosotras nos resulte irresistible. Es más, ahora caigo en que Tresser tiene los silencios de Mr. Darcy, personaje de mi olimpo particular de protagonistas masculinos en los que últimamente están llegando personajes españoles… Sí, para mi el cielo sería algo así como una velada eterna en Netherfield Hall con Mr. Darcy, Edmond Dantés y Andrei Bolkonsky en la que ahora Aníbal Rosanegra y Julián Tresser intentan colarse por una ventana.

“Morir no es lo que más duele” es un thriller perfectamente construido, que va más allá de la clásica novela negra. Una historia sobre cómo resulta imposible esconder el pasado como si fuese suciedad debajo de una alfombra: el mal existe, es absoluto, negro y podrido como el alma del villano. El protagonista masculino, Julián Tresser, es orgullosamente poco políticamente correcto, homófobo y si en el 2007 Twitter no acabase de nacer, Julián Tresser tuiteando habría acabado intercambiando puyas con barbijaputa. Aunque dudo mucho que Julián habría tuiteado nunca. Pero son las debilidades de Julián las que lo hacen irresistible, como la fuerza en la fragilidad de Sara Azcárraga.

Pues he llegado al final del post y, ahora que caigo, esto no es una reseña. Mucho mejor. Leed el libro, y basta.

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Split. Postal de un lugar lejano

Este relato, que forma también parte de la serie “Isla Coronada” lo escribí tras escuchar la pieza de Ezio Bosso titulada Split postcards from far away

Estaba empezando a llover. Podía oír el repiquetear de las gotas de lluvia sobre el techo metálico del cobertizo de las herramientas en el jardín. Acarició las teclas del piano que la tía Draginja, un ser que en su familia hasta hace pocos meses no era más que una especie de figura mitológica cuyo nombre se pronunciaba en voz baja, con respeto —sobre todo por los millones de su difunto marido—y temor casi reverencial, había puesto a disposición de su hasta entonces ignorado sobrino. La tía Draginja cedió sin pestañear, no solo el piano, sino también la cómoda casa amueblada en tres niveles, demasiado grande para él, en un barrio residencial del norte de Londres. “Es una inversión. Él es el único de todos vosotros con talento, pues el Señor concentró todo el que tenía a disposición para tres generaciones de familia Bogdan en él. Por lo que dentro de pocos años podrá pagármela, si quiere” —repetía esa especie de Medusa cuando le preguntaban el motivo de tanta generosidad.

A pesar de tener solucionado el espinoso tema del alojamiento, y de que la beca que se le había concedido para sus estudios de postgrado en la Royal Academy of Music incluía, además de las clases, un reembolso económico, podía llegar a fin de mes en una de las ciudades más caras del mundo gracias a las estúpidas canciones que componía para anuncios en la radio o en la televisión, pues el alquilar la otra habitación estaba fuera de toda discusión. Había sido un día largo, entre las pruebas, el estudio y el trabajo. Había decidido continuar la mañana siguiente, y se levantó para irse a dormir. Sin embargo, sin saber por qué, llevado por el sonido metálico de las gotas de lluvia sobre el cobertizo, acarició las teclas, y tocó cuatro notas, seguidas por una pequeña variación de cinco.

— “Marja”

Tampoco supo por qué dijo el nombre que llevaba meses sin pronunciar. Se sentó y sus dedos empezaron a recorrer el teclado. Encendió la grabadora de su móvil y sacó una cartulina que llevaba siempre consigo, cuidadosamente enfilada en un bolsillo de la carpeta de piel en la que guardaba sus partituras, escondida, jamás a la vista, pero siempre presente. La colocó sobre el atril. Se trataba de una postal de Split: una vista nocturna del palacio de Diocleciano. De esta manera, llevado por los recuerdos, empezó a tocar. Un grupo de jóvenes del barrio, algo alterados tras haber salido del pub, cantaban bajo la lluvia de Londres; de la misma manera que lo hicieron otros jóvenes, meses atrás, bajo la lluvia croata. Marja sonrió entonces, al verlos pasar, y empezó a entonar la misma canción, con su voz aterciopelada de soprano. Marja y sus cabellos rubios iluminados por la luz del sol, mientras estaban tumbados en la playa. Marja y su sonrisa, su cuerpo esbelto que acarició aquel verano en Split, como acariciaba en esos momentos el teclado.

La melodía crecía en intensidad, y todos los recuerdos que se había esforzado en alejar de su mente, volvieron. No bastaba borrar sus fotos, cambiar de país, alejarse de los lugares en los que habían sido felices, no era tan sencillo. Mientras tocaba, no sólo volvían las imágenes de Marja, sino todo lo que sintió por ella, mientras la tuvo, y cuando la perdió. De repente. De un día para otro. Acababan de volver de Split, del viaje que se habían concedido para celebrar la graduación de ambos en el conservatorio de Zagreb. Ella se fue a dormir y no se despertó. Le llamó su compañera de piso, llorando, desesperada. Se habían llevado su cuerpo al tanatorio. Él colgó el teléfono y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la pared.

Mientras seguía tocando, componiendo por primera vez en su vida sin pararse a pensar cuál iba a ser la siguiente nota, notaba la rabia crecer en su pecho, por la jugarreta que les había hecho el destino. Ella desapareció de repente, se esfumó. No tuvieron tiempo tan siquiera de tener la primera discusión seria. Él no pudo nunca luchar por ella como en las novelas que de chico leía a escondidas, cuando su madre le apagaba la luz de la habitación, y sacaba de debajo de la almohada un libro y una pequeña antorcha para seguir leyendo. Él y Marja no habrían podido ser nunca como Heyst y Lena en aquella novela de Conrad; si un destino trágico los esperaba, hubiese sido mejor poder tener un Ricardo contra el que luchar por salvarla, aunque hubiese tenido que pagar el mismo precio de Heyst, derrotado, acabando con su propia vida, y pasar así el resto de la eternidad “buscando su mirada entre las sombras de la muerte”. De todos los posibles finales trágicos a su historia, ninguno era tan cínico y cruel como una muerte inesperada y absurda. Cualquier cosa habría sido mejor que eso, pero les tocó ese breve espacio de tiempo en el 2015. No faltaban, en la atribulada historia de su país natal, otros tiempos, u otras circunstancias, en los cuales tal pérdida hubiese podido ser fruto de algo mucho menos banal que una pequeña vena que estalla dentro de la cabeza de Marja o su corazón que se detiene de repente por una malformación imposible de detectar. Los podrían haber separado ejércitos invasores, el odio religioso, botas opresoras desfilando por las calles al paso de oca. En tal caso, no hubiese habido tortura capaz de hacerlo renunciar a su amor. Por ella habría atravesado campos minados, superado cualquier obstáculo, ignorado las circunstancias adversas, y derrotando él solo, con sus manos, a todo un ejército, con la bendita inocencia y el coraje que puede albergar un joven enamorado. No contó con que su enemigo era un gen minúsculo en las células de Marja, capaz de transformar un cuerpo perfecto y hermoso en algo tan frágil, capaz de romperse durante la noche. Quién sabe si estaba soñando con él cuando murió.

Sudando sobre el piano, mientras los borrachos cantaban ya frente a la puerta de su casa, y sus voces se mezclaban en sus recuerdos con las de otros ebrios bajo la lluvia en Split, sentía envidia, e incluso odio, al recordar algunas conversaciones oídas por casualidad en el metro, o en los pasillos de la academia. Maridos y novios quejándose de las pequeñas manías de sus esposas y novias, que hacían de la convivencia una dura prueba cotidiana, superada con increíble paciencia y gracias a su innata bondad de ánimo. Él no tuvo tiempo de saber si Marja era desordenada, no cerraba las ventanas o se olvidaba de tirar en seguida a la basura las compresas usadas. En esos momentos deseaba haber cogido al novio de turno por el cuello de la camisa y gritarle a la cara, decirle que no se daba cuenta de lo afortunado que era, que él habría dado su brazo derecho por tal inconveniente. Pero por aquel entonces era insensible. Era capaz de ignorar con honesta indiferencia a las parejas que paseaban por la calle cogidos de la mano, o se besaban en un parque. Sin embargo, el piano y aquellas notas que brotaban de sus dedos lo habían despertado del letargo emocional en el que llevaba viviendo desde que ella se fue.

Poco a poco, la melodía disminuyó de intensidad. Al tocar las teclas regresó a él otra imagen que lo calmó, la primera vez que la vio, en el conservatorio, mientras repasaba con su maestro el aria que formaría parte de su examen final: la primera de Mimí en “La Bohème”… “Me llaman Mimí, pero mi nombre es Lucía”. Él se quedó inmóvil, viéndola, escuchándola, durante toda el aria, incapaz de apartar los ojos de ella. Marja se dio cuenta de su presencia, y cantó los últimos versos mirándolo, y sonriendo. “No sabría qué más contarle sobre mí. Soy sólo su vecina, que la molesta a estas horas”. Se volvieron inseparables desde aquel día, y algunos compañeros les llamaron desde entonces, no sin una pizca de celos — hay veces que la felicidad ajena trae consigo algo de envidia — Rodolfo y Mimí.

Tocó la última nota, apagó la grabadora del móvil, cerró la tapa del teclado, y, con la postal en la mano, se sentó en el suelo, apoyándose en la pared. En esos momentos dos gruesas lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas, y, finalmente, meses después de su muerte, a miles de kilómetros de distancia, en un lugar lejano, lloró por Marja. A las lágrimas siguieron los sollozos, y una especie de lamento, bajo y continuo. Se dejó llevar, llorando como no lo había hecho nunca en toda su vida, hundiendo la cabeza entre los brazos, arrugando la postal con una mano.

Pasaron varios minutos. No se oía más que el repiquetear, ahora más sosegado, de la lluvia. Seguía sin levantar la cabeza, su respiración se había calmado. De repente creyó oír una voz, pero la ignoró. No estaba seguro de si la había oído, o era todo fruto de su imaginación.

“¿Estás mejor?” — levantó la cabeza. Era demasiado real como para ser una alucinación.
“¿Cómo?”
— “Perdona, quería sólo saber si ahora te encuentras mejor. Has pasado un mal rato”

La voz parecía provenir del suelo. Se percató de que cerca de él, en la pared, había una rejilla de aireación, a la cual nunca había dado demasiada importancia.

“¿Quién eres?”
— “Soy tu vecina. No quería importunar. Normalmente me siento en la escalera, en el recibidor, bebiendo una taza de té, y te escucho cuando tocas. Me llamo María”
— “Goran. Yo me llamo Goran”
— “Nunca había oído ese nombre”
— “Soy croata”

Goran notó que su corazón latía con más fuerza. Siguió hablando.

“No te había visto nunca, pero sabía que alguien vivía en la casa de al lado”
— “Yo tampoco te he visto, pero te he oído”
— “¿Te molesta el piano?”
— “No, no, para nada. No habías tocado nunca como esta noche”

No supo qué decir.

“¿Te ha gustado?”
— “Mucho. Era pura magia”

Cerró los ojos. Repitió esas palabras en voz baja, “pura magia”. Eran las mismas que, en otra lengua, otra mujer llamada Marja usaba para comentar sus piezas favoritas. ¿Otra mujer? Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Eran ya tres las coincidencias: su nombre, lo que dijo cuando le preguntó quién era —una respuesta digna de Mimí — , y esas dos palabras pura magia. ¿Podía ser posible? ¿Se estaba volviendo loco? Goran nunca vio a Marja muerta. No acudió al velatorio, ni a la cámara ardiente. Asistió de lejos a su entierro, espiando su funeral, como si fuese el protagonista de un cuento gótico. ¿Iba a tener que vivir al lado de un fantasma? Aunque se tratase de tres simples casualidades, si no hacía nada la voz al otro lado de la pared acabaría siendo de verdad un espíritu que lo atormentaría.

“María, perdona mi atrevimiento. Si quieres, podemos seguir hablando aquí, bebiendo un té o lo que quieras… Bueno, agua o té, no tengo nada más”

Pasaron algunos instantes, durante los cuales no se oía nada más que la lluvia y algún coche que pasaba de vez en cuando por la calle. Goran miraba la rejilla a través de la cual le había llegado la voz de María, como si esperase a que se animase y cobrase vida.

— “De acuerdo”

Él se levantó, como impulsado por un resorte. Se acercó al recibidor, encendió la luz y se miró con preocupación al espejo. El hombre cuyo reflejo le observaba desde el otro lado del cristal aparentaba diez años más de los que tenía en realidad. Las mejillas oscurecidas por la incipiente barba necesitaban un afeitado. Vestía unos vaqueros y un jersey negro, que ceñían un cuerpo alto y musculoso, más propio de un atleta que de un músico. Tenía el ceño fruncido, los ojos oscuros; el pelo negro, aunque bien cortado, estaba despeinado. Con el aspecto que tenía aquella noche, y con su marcado acento eslavo al hablar, no habría podido dar más de diez pasos por Kensington Gardens sin que un bobby apareciese por una esquina pidiéndole sus papeles. Sonó el timbre de la puerta, una sombra se adivinaba al otro lado de la cristalera. Abrió, y durante unos instantes, no supo si se sintió aliviado o defraudado. Sin lugar a dudas la mujer que tenía delante de él no era el fantasma de Marja, no podían ser más diferentes. Ésta era casi tan alta como él, morena, de ojos oscuros, aunque tenían la misma sonrisa: sincera, solar, contagiosa.

“Aquí estoy. Soy María” — le dijo, tendiéndole la mano. Él se extrañó del hecho de que, a pesar de que estaban cara a cara, ella no le miraba a los ojos, sino a un punto indefinido, ligeramente desviado sobre uno de sus hombros. Fue entonces cuando se percató del bastón que ella llevaba en una mano, y no pudo evitar sorprenderse. –”Creo que te has dado cuenta de que te he dicho la verdad respecto al no haberte visto nunca. Tendrás que guiarme hasta el salón, o la cocina”
“Sí, por supuesto, perdona” – contestó Goran, cogiéndola del brazo, acompañándola dentro de la casa.

Esa primera noche hablaron durante un par de horas, de todo un poco, de dónde venían, qué hacían en Londres. Sin embargo, María no le dijo que tenía la mala costumbre de cerrar mal el grifo de la cocina, pero sólo ese, nunca los del baño, y no siempre. Y que había veces que tenía que despertarse de madrugada para cerrarlo bien, pues en el silencio de la noche, el ruido de las gotas de agua al caer sobre el fregadero, podía resultar más molesto que una caravana de camiones desfilando bajo la ventana.

Goran no se lo reprochó nunca.

El guante

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Vuelvo a publicar en el blog una serie de relatos en castellano que había escrito estos últimos años. Hace unos meses, convencida de que el mundo literario estaba esperandome ansioso y con los brazos abiertos, borré todos los relatos, los agrupé en una colección que llamé “La isla coronada” (un gallifante para quien adivine la cita y el por qué la elegí), y los mandé a una archifamosa editorial.

Pasados los meses, visto que mi aventura en eso de la autoedición ha pasado tan desapercibida como mi correo a la editorial y que, sinceramente, si pienso en ello me deprimo, he decidido “dejar las cosas como estaban”. Los relatos de “La isla coronada” volverán al blog, así podré dar espacio a quienes (a vosotros, un sincero y afectuoso “vaffanculo”) van dejando sin ton ni son “follows” y “me gusta” como medida de autopromoción, pues ellos lo valen,  en cualquier post o blog con la etiqueta “escrito”.

EL GUANTE

Al principio no me fijé en ella. Parecía un ratoncillo asustado, escondida detrás de unas grandes gafas, pasadas de moda. Como las que veía cuando paseaban por aquí muchachas de pelo largo y lacio, vestidas con minifalda. Lo que hizo que me fijase en ella fue su actitud. Normalmente la gente pasa de largo; no me dedican más que una mirada distraída, pues tienen algo más interesante que ver. Yo, por mi parte, no cruzo la mirada con ellos, como si tampoco les diese importancia, en una muda competición de “quién ignora mejor a quién”. Tras años de práctica he desarrollado una excelente visión periférica; aunque parezca distraído, absorbido por mis pensamientos, no me hace falta mirar directamente a quien pasa por aquí para percatarme hasta del más mínimo detalle de su aspecto. No sé precisar con exactitud cuánto tiempo estuvo viniendo hasta que empecé a pensar, llevado por la vanidad, que ella venía a esta sala exclusivamente por mí.

Durante sus primeras visitas no se acercaba demasiado. Me miraba de lejos, cruzando los brazos sobre el pecho, o protegiéndose con una carpeta, o un bolso, a la defensiva. Como si fuese a escapar de un momento a otro y tuviese que usar lo que llevaba entre los brazos como arma de defensa. Su actitud fue cambiando, poco a poco. Hasta que, un día, se atrevió a sentarse frente a mí. A una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para distinguir su mirada, libre de las gafas; quién sabe qué había hecho con ellas.

Puedo afirmar, aunque parezca pedantería por mi parte, que me he convertido en un experto en miradas. La suya no era fría, ni inquisidora como la de los eruditos, o vacía, como la de los estúpidos, o peligrosa, como la de los ignorantes. Tenía una sinceridad infantil, era acogedora, materna.

Venía todos los días, sin excepción. Advertía su presencia aun cuando estaba en otra sala, pues reconocía el sonido de sus pasos entre millares. Me sonreía, se sentaba y abría un libro. Lo levantaba de manera que pudiese ver el título. Todos eran de autores que conocía: Dante, Petrarca, Ariosto… Incluso leía algunos que hubiese querido leer y no tuve ocasión de hacerlo. Otros días sacaba un cuaderno de su bolso y escribía, o dibujaba. A veces no hacía nada, simplemente me miraba, y yo volvía a sentirme vivo. Con el tiempo, me di cuenta de que ella cuidaba más su aspecto, se vestía mejor, había cambiado de peinado. Una tarde vino con un grupo de personas; parientes, sin lugar a dudas, a juzgar por la forma de la nariz, o el arco de las cejas. Ella iba la última, se había rezagado. Una mujer la llamó “Ariadna ¡vamos!” Fue así como supe su nombre. Ella me miró, levantó los hombros, como pidiendo disculpas, y yo sonreí. Imperceptiblemente.

Una tarde de primavera estaba particularmente hermosa. La suya fue una metamorfosis digna de Ovidio. He visto muchas mujeres bellas durante estos años, pero ninguna como Ariadna. Yo, que he sido testigo de su transformación, puedo entender mejor que nadie qué había sucedido con ella. Simplemente, la belleza que tenía dentro subió a la superficie de su piel, iluminándola con una luz que ni siquiera el maestro sería capaz de captar. ¿Cómo puedo saberlo, si no hablé nunca con ella? Lo sé, y basta.

Un día un joven italiano pasó a su lado, y le dijo algo. Ella no le entendió, pero yo sí, pues nací en esa tierra. Si hubiese podido, le habría borrado esa expresión bovina del rostro, y habría hecho buen uso -a falta de una ropera afilada- del pañuelo que colgaba del bolsillo de sus pantalones para retorcerle el pescuezo. Al final el mozalbete desistió y Ariadna se excusó con la mirada, y advertí una cierta preocupación en su rostro. ¿Había notado mis celos? Sí, celos. A pesar de que creía que los sentimientos no formaban ya parte de mi vida. ¿Pero lo fueron alguna vez? ¿Qué me estaba sucediendo?

Al día siguiente no vino. Intenté justificar su ausencia con miles de motivos, creí reconocer sus pasos, pero me equivocaba, una y otra vez. Ha pasado ya un mes. No ha vuelto. Y yo estoy sumido en la más profunda y negra desesperación. No me preocupa lo que pasa a mi alrededor, y miro, simplemente, un punto indefinido de la pared. Mis jornadas pasan lentas, monótonas. Con tal de sentir algo cedo a la tentación de los celos; la imagino paseando de la mano de ese joven italiano, riéndose los dos de mí. Me esfuerzo en no pensar en ella, ni en lo que soy. “Ser” ¿Hay palabra más absurda para definirme?

Alguien se está acercando. Demasiado, no está permitido. ¿Quién viene a molestarme? No puede ser… ¡ELLA! ¡ES ELLA! No he reconocido sus pasos porque camina apoyándose en unas muletas. Siento que el corazón – ¿mi corazón? – está a punto de estallar. “Amor mío” – me dice – “he vuelto apenas he podido”. Entonces ¿es verdad? ¡Ella también me ama! Si es posible lo que he oído ¿qué más cosas increíbles pueden suceder? Noto que se me humedecen las mejillas y, por primera vez en cinco siglos, puedo mover la cabeza, mirarla a los ojos y extender la mano. Sí, todo es posible. “Acércate. Dame la mano, Ariadna”.

El director de la National Gallery recorrió a toda velocidad la distancia entre su despacho y la sala número dos. El responsable de la sección de pintura italiana lo había llamado, diciéndole que había pasado algo con un Tiziano. Cuando se acercó a la sala había un grupo de personas delante del “Retrato de joven con sombrero y guantes”. Por un momento suspiró aliviado, al ver una esquina y el marco de la tela por encima de las cabezas de los reunidos, pero cuando éstos se apartaron se quedó helado. Sí, el cuadro estaba colgado donde siempre, parecía íntegro, pero… No quedaba rastro del sujeto retratado. Todos los demás elementos de la tela no habían cambiado: ahí estaban el parapeto de piedra, el fondo oscuro, el friso en la parte izquierda del cuadro envuelto por una luz oscura. Durante más de quinientos años, el punto de luz de aquella obra era el rostro de un apuesto joven, retratado de medio perfil que miraba un punto indefinido a su derecha, vestido con una camisa blanca y un amplio jubón de terciopelo azul oscuro, apoyando sobre el parapeto el brazo izquierdo, envuelto en una manga roja. La mano, enguantada, sujetaba el otro guante de piel marrón clara, mientras que, con la mano derecha, de la que sólo se podía ver el pulgar, sujetaba un sombrero oscuro. No quedaba rastro del hombre; sólo el guante descansaba sobre el parapeto gris piedra. Según el guardián, cuando el museo estaba cerrando y se aseguraba de que los rezagados saliesen, entró en la sala una chica que caminaba con unas muletas. La recordaba perfectamente, era una habitual del museo; más que del museo, de esa sala. Ignoraba los demás cuadros de Tiziano y pasaba un par de horas al día delante de ese retrato. Hacía un mes que no venía; le dijo que había tenido un accidente y que era el primer día que salía de casa, le había sido imposible llegar antes y le rogó que se pudiese quedar sólo un momento. Le había concedido unos minutos más, el tiempo necesario para verificar que todo estuviese en orden en la sala contigua. A los pocos instantes de dejarla, sonó la alarma. Regresó, y la chica ya no estaba. Quedaban sólo las muletas en el suelo, y el cuadro había cambiado.

El museo trató la cuestión con discreción. La tela era propiedad de un privado, y estaba en depósito. Habían contactado ya el dueño, pues en los últimos tiempos la tela había sufrido extrañas variaciones en los pigmentos, y durante el último mes se había deteriorado visiblemente. Se emitió un comunicado de prensa anunciando que la obra tenía que ser restaurada y se concedió una indemnización millonaria al propietario. La pintura fue examinada por decenas de peritos y expertos, en el más absoluto de los secretos, y con las técnicas más vanguardistas. Era como si Tiziano nunca hubiese pintado a aquel joven. A pesar del secreto y la reserva, empezaron a circular extrañas historias sobre los cuadros de la National Gallery: había quien juraba que en los grandes cuadros del Veronés o Tiépolo aparecían figuras nuevas, un hombre y una mujer, que se desvanecían poco después. Pero nada se pudo comparar a la sorpresa cuando, un año después de que el cuadro fuese retirado de la sala dos, y tras examinar la tela con rayos X por enésima vez, apareció bajo la pintura oscura del fondo la silueta de una pareja. El hombre se parecía al que retrató Tiziano. No se podían reconocer las facciones de la mujer, pero algo se distinguía con nitidez. Lucía un espléndido collar de perlas, con un colgante: una letra “A”.

 

Ada McQueen

Me llamo Ada McQueen, y tengo 485 años.

La primera parte de mi vida terminó el 20 de Junio del 2090, en una carretera comarcal. Perdí el control de mi motocicleta en una curva, y cuando me llevaron al hospital más cercano estaba destinada a morir allí. No tenía derecho a curas médicas por “conducta irresponsable”, pues viajaba a bordo de un viejo medio de locomoción a hidrocarburo, algo que de por sí conlleva pena de reclusión por descarga ilegal de CO2 en el ambiente, y además, había robado la moto de un museo algunos años antes. Siempre me gustaron los viejos motores, era algo que me obsesionaba desde que era pequeña. Busqué información sobre los mismos en la clandestinidad, me las ingenié para lograr carburante y me gustaba viajar con ella por la noche, en lugares solitarios, sintiendo el viento en mi cara y las tripas encogerse de la emoción cuando cogía velocidad y saltaba una pequeña loma. Creo que esta pasión la debo de tener escrita en el ADN, por parte de ese antepasado que según me contaron era actor y amaba los motores tanto o más que yo, y corría en cualquier cosa que tuviese pistones y bielas dentro. Nunca he tenido miedo a la muerte, era cien veces mejor dejar la piel en una curva que no terminar como mi tatarabuelo, comido por dentro por el cáncer y escupiendo sangre en un hospital en Méjico. Así pues, el 20 de Junio del 2090, al perder el control de la moto me dije “hasta aquí hemos llegado”. Terminé en la sala de urgencias de un hospital, destinada a ser dividida en cuantas partes se pudiesen aprovechar de mí: hígado, corazón, óvulos. Dicen que cuando estás a punto de morir te pasa toda la vida por delante. Falso. Pero sí que te enteras de todo aquello que sucede a tu alrededor: oía a los médicos hablar entre ellos mientras examinaban mi cuerpo y valoraban cuánto se podía aprovechar de él. Cuando estaban a punto de abrirme llegó otra mujer a urgencias, en mis mismas condiciones; también la iban a despachar sin más miramientos por “conducta irresponsable”. No me acuerdo en estos momentos del motivo, quizás fuese una fumadora, o una alcoholizada, o quizás había hecho “bungee jumping” sin tener firmado un seguro. En resumidas cuentas, ahí estábamos las dos, preparadas para el descuartizamiento. No sé por qué, empezaron por ella; cuando dos o tres de sus órganos estaban ya dentro de contenedores especiales, rumbo a tal o cual hospital, entró otro enfermero. Había llegado una llamada urgente, dijo, la “recién llegada” no era para reciclar; era un pez gordo, la hija de cierto multimillonario, y a ella le tocaba criogénesis. Nunca podré olvidar el tono de voz de los presentes, estaban todos paralizados, presos del terror. De repente uno de ellos, un hombre con voz de barítono dijo “Hay que dar el cambiazo, nadie se va a dar cuenta. Tienen la misma edad y hasta se parecen”. Y así fue. Inyectaron algo en mi gotero y me quedé profundamente dormida, hasta que desperté, hace un par de años. No ha sido difícil adivinar qué sucedió después: mi cabeza y espina dorsal, debidamente preparados, entraron en el depósito de criogénesis con un nombre que no era el mío, y la que en teoría era yo terminó descuartizada e incinerada. La heredera tuvo un bonito funeral de cuerpo ausente. Cuando volviese a nacer no quedaría nadie que pudiese reconocerme, y el mismo equipo médico que me preparó se las ingenió para que las muestras genéticas de la heredera millonaria, fuesen cambiadas con las mías en la base de datos médica.

Así pues, cuatrocientos cincuenta años después de haber nacido volví a abrir los ojos. Al principio me sentía confundida, con todo aquel personal sanitario que orbitaba a mi alrededor con aire deferente y servil, llamándome con el apellido de la famosa y multimillonaria heredera. Por un tiempo no dije nada; no era mi intención decirle a aquella gente que se habían equivocado y que yo no era quien ellos creían que era. Cuando estaban a punto de darme el alta vino a verme un hombre de aspecto bovino que me enseñó toda una serie de documentos y actas, mis posesiones. Me entregó las llaves de lo que sería mi casa; me aseguró que el bufete que representaba había cumplido a la perfección su cometido, siguiendo las instrucciones del que fuera último titular de la fabulosa fortuna, que desgraciadamente falleció a la venerable edad de cien años a los pocos días de mi “resurrección”.

Me preguntaba qué iba a hacer conmigo misma. Durante un tiempo llevé una existencia retirada, las riquezas que se habían acumulado y fructificado en medio milenio seguían haciéndolo sin que yo me interesase ni hiciese nada por aumentarlas. Así que me dediqué a estudiar qué había sido del mundo durante los siglos de ausencia. Me llamó la atención que había poca gente por la calle: la población mundial se había reducido tres cuartas partes. Apenas diez años después de mi accidente empezaron los planes masivos de esterilización y comenzó la colonización de Marte para explotar sus minas. Cuando el número de habitantes no disminuía a la velocidad requerida, alguna que otra pandemia o guerra civil planificada al milímetro ayudaba a cuadrar las cuentas, hasta que en la Tierra quedaron todos aquellos suficientemente ricos como para permitirse vivir en ella y todos aquellos que trabajaban al servicio de los ricos, mientras que los deshechos de la humanidad se amasaban en el subsuelo de otro planeta.

Me llamo Ada McQueen. Y voy a hacer todo lo posible –dinero no me falta– para cambiar este mundo que ya no reconozco.

Alas

Alberto Sordi y Franco Interlenghi en la escena final de “I Vitelloni” de Federico Fellini

El último rastro que dejan ciertas palomas urbanas en la ciudad son sus alas. Me las encuentro mientras camino por la calle, con la mirada baja, como siempre, de camino al metro o a la salida de él. Lo más curioso es que siempre están enteras; sucias, obviamente, por la polución, pero enteras, íntegras. No falta nunca una pluma, están medio abiertas. Como si hubiesen sido abandonadas con descuido por unos ángeles pequeños y olvidadizos tras una noche de fiesta, como quien se deja el paraguas en el autobús. Abandonadas no por ángeles aristocráticos como los de Rafael, ni por los tenebrosos de Caravaggio que se mezclan con el pueblo porque, como todo lo que pintaba el artista no era más que el pueblo; borrachines con aureola de santos, prostitutas con niños en los brazos que eran hijos del pecado, y no del espíritu santo. No, esas alas son los póstumos de una fiesta de barrio, del último carnaval, de una borrachera triste como la de Alberto Soldi al final de “I Vitelloni” de Fellini. Las veo allí, en medio de la mugre, todos los días, antes de coger o al salir el metro.

El guardés del tabaco – reseña

Un inglés dijo que los bravos, a diferencia de los cobardes, solo morimos una vez

Así comienza “El guardés del tabaco”, la segunda novela de Jairo Junciel. Aníbal Rosanegra se dirige a nosotros, los lectores, y, mientras espera “con anhelo la llamada de una Parca que nunca se acuerda de mí”, nos relata su vida. Desde el principio, como hicieron otros ingleses. Aunque, sin llegar a la precisión autobiográfica de Sterne y su Tristram Shandy, que nos ilustra hasta el momento de su concepción, Aníbal, como David Copperfield, narra su vida desde su alumbramiento en Salamanca, cerca de las orillas del Tormes.

Todo el libro está escrito con tales buenas trazas y maestría, que parece que estamos leyendo la obra de un escritor curtido tras decenios de batallas literarias que no su segunda novela. Osaría decir que la presentación de los personajes es la marca de “casa Junciel”; es imposible de olvidar la de Guzmán, o “Jose Antonio Guzmán Santalla para clérigos, justicias y autoridades”, que he leído y releído varias veces. En poco menos de una página el autor nos describe el tuerto con tal acierto que hace falta muy poca imaginación para verlo… y olerlo. Es en los pequeños detalles donde las descripciones de Junciel dan en la diana. Mucho más efectiva que mil palabras, a la hora de transmitir la atmósfera de las casas de placer y las tabernas, es la descripción de las marcas que han dejado en el suelo de madera las espadas de los centenares de parroquianos que se han sentado en esas mesas, y nada más descriptivo, a la hora de hacernos llegar el “perfume” de un asaltante de caminos que “el aliento le olía igual que si hubiera comido boñigas de vaca y tras vomitarlas se hubiera bañado en ellas”.

Abunda en la novela el uso del lenguaje de germanías, usado por los bravos y delincuentes en aquellos tiempos. Aunque se puede entender el significado de las expresiones y determinadas palabras sin excesiva dificultad, aconsejo escuchar el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española de Don Arturo Pérez-Reverte, que trataba sobre esta jerga.

Seguimos a Aníbal a lo largo de su formación, desde las enseñanzas del bachillero Villarroel, a sus primeros pasos solo en el mundo, en los que será su mentor el tuerto Guzmán, compañero de armas de su padre, y por último con el, en principio su jefe como guardés del tabaco, y después amigo, Cucha. Aunque en su mundo la presencia femenina pueda parecer una anécdota formada en su mayor parte por enceradas, escanfardas, focarias, coimas, loras, cotorreras… vamos, putas, los momento más emotivos de la novela están ligados a tres mujeres: su madre Felisa, la anciana Romana, que vive en una ermita abandonada cuidada por el negro Ebenizer, y María Feilding, la hermosa camarera de la reina Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V.

“El guardés del tabaco” es una excelente y apasionante novela de capa y espada, con todos los ingredientes de los clásicos: acción, humor, emociones, luchas y aventuras, aderezados por personajes simpáticos y siniestros. Una auténtica gozada para el lector, uno de esos libros que se quedan pegados en las manos y, sobretodo, uno de esos protagonistas que dejan huella.

Por lo tanto, ya terminada la lectura, con el libro lleno de subrayados y esquinas de hojas dobladas, acaricio la cubierta y me despido de Aníbal, dejándolo en buena compañía en mi biblioteca.

Espero que agradezca la compañía; los imagino juntos, a Rosanegra y Alatriste, remojando el mostacho en un vaso de vino, rigurosamente puro y sin aguar, que esa es cosa de romanos y taberneros ladrones. Los veo sentados, codo con codo, y gracias a la imaginación, en la Taberna del Turco en Madrid, o en La Rubí en Salamanca, aunque el capitán hubiese podido ser, anaquel en mano, el abuelo o bisabuelo del guardés del tabaco. Me los imagino a los dos, silenciosos, pues no son dos bravoneles de tres al cuarto, o, como diría Cervantes, “un valentón de espátula y gregüescos” de válgame dios o voto a tal o cual, pues, ya que se trata de mentar a los ingleses, ya lo dijo ese del que se acordó Aníbal al empezar su relato: “concede a todos tus orejas, pero a pocos tu voz”. De todas maneras, cuando el guardés habla, se le nota la buena parla, gracias a los libros leídos y a las lecciones de su amigo y maestro Villarroel. Y me los imagino ahí, en Madrid o Salamanca, o en una taberna cualquiera en el Parnaso de los héroes de ficción, mientras se acerca a su mesa alguien con aspecto de chupatintas, y veo a Aníbal, a punto de torcer la boca, detener el gesto al ver la mirada del capitán que le da a entender que es alguien de fiar. Un tal Isidoro Montemayor*, secretario de la Condesa de Cameros, que también se las tenía que ver a diario con otro tipo de bravos, no de esos cargados de hierro de Toledo y Vizcaya, sino de esos otros, mucho más peligrosos, que frecuentan la corte y sus mentideros. Él ha venido a la taberna a ahogar sus penas en el vino, y a lamentarse de las mujeres, veletas y traicioneras. Aníbal, al oír el último calificativo se lleva por instinto la mano al costado, donde una herida había cicatrizado pero nunca sanado, mientras Alatriste chasquea los labios, se seca los bigotes y mira a la puerta, deseando casi ver entrar por ella a Martín Saldaña y sus corchetes.

* protagonista de la trilogía de Alfonso Mateo-Sagasta formada por “Ladrones de tinta”, “El Gabinete de las Maravillas” y “El reino de los hombres sin amor”

Argumentos de (poco) peso

Barrio español. Nápoles. Pinchar para fuente

En el 2017 ha pasado, sin mayor pena ni gloria, un aniversario que en teoría debería haberme importado algo. Entre septiembre y octubre del año pasado, hace veinte que dejé España y me vine a vivir a Italia. Quizás el hecho de no haber marcado la fecha en el calendario se deba a que nunca he tenido la sensación de salir cerrando una puerta, y de que aquí, a pesar de haber encontrado el compañero de una vida, al no haberme embarcado ni en hipotecas ni en perpeturar la especie, tengo siempre una especie de sensación  de perpetua transitoriedad. Además, españoles e italianos somos pueblos relativamente semejantes, con lazos entrecruzados a lo largo de la historia desde tiempos remotos: por ejemplo, el vencedor del conflicto civil entre César y Pompeyo se empezó a decidir en Munda (en los alrededores de la actual Osuna), y en pocos sitios me he sentido tan en España como en el casco viejo de Nápoles. Sin embargo, a pesar de todo, muy de tarde en tarde alguien (y siempre se trata de una persona, no de una situación, una cosa, o quien sabe qué) me hace caer en la cuenta de que “soy extranjera”. Además, cosa curiosa, el señalarme como tal viene siempre de quien se encuentra en dificultad y, a falta de argumentos de más peso, señala tal diferencia. No me voy a engañar, no se trata de una falta exclusiva del interlocutor del momento, es algo que llevamos los seres humanos en los genes, apuntar con el dedo “al otro”. Me ha pasado en el trabajo, donde, por el teléfono, mi condición de no-italiana resulta evidente (no puedo ni imaginar qué tiene que vivir quien lleva la extranjería escrita en el color de la piel o los rasgos físicos) por lo que quien, al otro lado del aparato, quería descargar su frustración por cuestiones relacionadas con la empresa en la que trabajo, tarde o temprano (perdón, más temprano que tarde) sacaba a relucir un “usted no es italiana ¿verdad?”.

Hoy la tara de mi extranjería ha salido a la luz con alguien en España. Contacté hace unos días mi editorial haciendo presente mi perplejidad por los lugares en los que se han colocado los sesenta ejemplares para librerías, la mayoría de ellos en pequeños centros en los que no conozco a nadie. Seguirán detalles en facebook, pues será el juego estrella del 2018 “¿Dónde está Marco?”, una versión-peplum de “¿Dónde está Wally?” Presumo que debe haber una serie no corta de motivos por los cuales mi primera novela sea difícil de colocar en librerías, empezando por el precio, que no es tirado por lo limitado de la… tirada, pasando por que el tema sea más o menos atractivo (¿otra de romanos? ¡por favor!), o el hecho de que yo no soy nadie y los libreros están saturados de libros… Sin embargo, el primer (y único) argumento sacado a colación por mi interlocutora era lo duro que ha sido “dejar el libro de una autora extranjera en plena campaña navideña”. Sin lugar a dudas, un argumento de peso.

Raymond

So, he is alive, with the monks, protecting “the relic”. The Englishman was here, in Ireland, although I thought I got rid of him, once and for all, five years ago. I thanked my luck when he left Constantinople, his presence disturbed and irritated me. When I left that city for England, to offer my respects to the king, I found out that he was there, making trouble. Nevertheless, I decided to use his presence for my own advantage. I told the king that one of his brother’s men was inciting his people to rebellion, saying that King Richard Lion Heart was alive. I remembered his majesty that one of the many pretenders to the throne could use his testimony to brand him as unlawful usurper. I know who this “traitor” was; there were not many crusaders, survivors of the third, with a big black cross tattooed in the back. I warned king John, Dugald accompanied the soldiers and pointed at him. He was captured. But the king has failed me. He told me that everything was settled, but he lied. Of course, he thought that to abandon him in a small boat, without food nor water, with the flesh of his back whipped to the bone would be as good as to kill him without passing the sentence. The king has not been the only one to fail me, those painted beasts also. I gave them precise instructions: Fournier and the Englishman should die, the relic stolen. The other monks could live, I did not care for them.

I feel rage grow inside me. The bastard babe-slayer, as I called him that night in Constantinople, can ruin everything. I’ve worked so hard for his, all my life. I changed my destiny with my own hands. There can only be one Baron de Merville, our property cannot be divided. It is the custom that all goes to the elder brother, and the second is destined to the church. In our case it was my father who decided who was the older between my twin brother and myself. When questioned, the terrified midwife said she couldn’t say who saw the light first, covered with blood and mucosity as we were. She made a knot to our umbilical cords, but had to help also my mother. It was not an easy delivery; she had a heavy haemorrhage and was too busy trying not to die, she couldn’t care less about birthright those moments. Therefore, once cleaned and bathed, my father had to decide who would be the heir, and he chose Guy. On seeing me, he said that all that black hair in the head of a new born was surely a sign of the evil, and that dedicating my life to God I will clean, not only the original sin, but also that touch of evil in me. Poor father, equanimity has never been his forte. Thus, as my father thought me wicked even when I wasn’t, I decided to prove him right. For him I was only Guy’s corrupt copy. He was kind and generous as I was rude and selfish. Although we were identical, the pale blue of my brother’s eyes were, according to the baron, clear and bright, while mine were unsettling. His smile broad and honest, while I could only smirk, and his nose straight and noble, while mine menacing as a bird of prey’s peak.

We went to Ireland when we were boys. Growing up, my brother proved also meek and coward. How would he as Baron of Merville hold the lands that my father conquered with fire and steel? But he was not weak to my father’s eyes, of course. I was condemned to study my prayers and my Latin while he trained, without success. I was as good with books as he with swords. When I was fourteen I decided to settle the matter, once and for all. Despite our differences, my brother and I shared a passion: hunting. A dangerous sport. I confess it was not easy to prepare the accident. My father was particularly over anxious with everything concerning his favourite son. I managed, during a moment of distraction, to loosen his horse’s belts. I challenged him to a race inside the woods chasing a fox. As I expected, after a few jumps over some scattered trunks he fell from his horse. Providence lent me also a hand: he broke his neck on falling, although I had my dagger in my hand when I approached him, just in case I had to help him with the passing.

My mother did not put up with the mourning, and she followed his son a little time afterwards. Poor stupid thing as she was, I think she felt I had something to do with the business, and she always looked scared to death near me. My father spent a fortune in masses for Guy, started to use a hair shirt and to confess daily. The day of the burial he summoned me: “Raymond” – he said – “I will not deny you what’s yours by right, I will never cover the family with shame. But know that the very day you come to age you will not receive a single coin for me for your maintenance. When I die everything will be yours. Not before. Prove me that you deserve the name of Baron de Merville”.

I didn’t even argue his decision, I expected it. I went back to Rouen, and lived with some relatives. I considered the next crusade (there will always be another crusade) as my only chance to make fortune. Most of the knights searched in crusades money and recognition, but died in the East, or returned crippled and poor. I wouldn’t be one of them. I joined the flood of French knights headed to Venice, where we waited to embark. It took quite a long time to the pope and the Serenissima to establish the terms of the agreement, the amount of money that we were supposed to get and never received, and the number of galleys that would take us to the East.

I met him in Venice. He had a name, and a voice, there. An Englishman, knight of King Richard Lion Heart. He hoped to find him -or his body- near Jerusalem. But we were not headed to the holy city. Politics and religion make strange allies, and instead of fighting the infidel in Jerusalem we were to help the deposed king of the Byzantines to retake his throne. That was real good news to me. Constantinople busted with gold, and I wanted my share. I needed as much as I could get to achieve what I had in mind.

Things went better than I expected. The Englishman proved an excellent warrior. When we entered Constantinople we sacked together the house of a certain Genovese merchant, rich as Craessus. He seemed possessed by a demon. I took also that paste that he got from the Syrian merchant, much less than the amount he swallowed-up, anyway. It just quieted the bites of hunger in my stomach and gave me a little bit of euphoria, but it didn’t change me. I guess that the drug only liberates your real self. The Englishman reputes himself a knight, noble as King Arthur, but he is a monster, actually. I know that’s what I am. I’ve heard it all my lifetime.

The morning after, when the effect of the drug vanished, I did not remember him what he did in that house. I let him live in his righteous lie, condemning me from his high pedestal of chivalry values every time I stole gold, commerced with false relics, or sold prisoners as slaves. But one night, I made him face reality when we were playing dice: “your lucky will be over soon, you bastard babe-slayer”. How beautiful that moment was. The horror in his eyes, the abyss when he remembered everything: the red pulp of a child’s brain staining a wall that was white before we destroyed that family. I heard that he left the city some weeks later. I had to stay six more months in that shit hole before I got the money I needed to return to my dear father Baron de Merville with a small army of my own, richer than he will ever be. I’ve spent the last five years proving him to deserve my title, enduring his hypocrisy and cowardice, the masses before and after every manslaughter, trying to clean up his soul. It’s so easy to gain absolution: send a coffer filled with gold to the holy father, and he will send you back a nice parchment, sealed with lead and wax, pardoning you all sins imaginable. My father has not realised that the king of England is our only possible ally and protector. Not God. Who can not care less of us.

When I heard about Friar Geraldus’ mission I offered myself to escort him and the “relic” to Rome. With a small detour in England, hosted by king John. I’m sure Geraldus would have made a mess at the beginning, but not for long. I was determined to let him the glory of having convinced king John of England to deliver the holy relic to Saint Matthias to pope Innocence III.

I should be headed to the English court now. I’m not supposed to be here, hunting three monks and a “mute” in the bogs. If only he had died when he had to.

This is the backstory I have imagined for Raymond de Merville in his own words. It’s related with the previous post, the backstory of the Mute. I have placed it, in the timeline of “Pilgrimage”, when Raymond and his men are chasing the monks and the mute in the forest.

The mute

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– Tell me: how does a man without a tongue confess his sins?

– We pray for him

I have a tongue, but I don’t speak. Should I open my mouth I’d scream, or go mad. Perhaps I’d return to the sea to let the ocean swallow me up. I can’t speak, I won’t do it, not until the very end. Indeed, it is a very pleasant thing to have good people praying for me. Raymond has always had the skill to read any situation on the spot. To know people. I thought, a long time ago, that I could do it also, but I was wrong. I thought I knew him. I trusted him, although only in the very beginning of our acquittance. I even thought, waiting to embark in Venice, that we were alike, but we are not. Otherwise he’d also scream, or bit his tongue. He would, if he believed. Although all the things that I have seen I still believe in God. How can, a man like me? I don’t know. I stand on my knees for hours, and I let Friar Ciàran prayers fall upon me. He has also seen the evil, he’s hold the sword but nevertheless, he can speak. Because he has not done what I did. What would they all think of me? Would young Diarmuid still tell me about the soul of the razor-shell if he knew that once I plucked a babe by the legs as he plucked that mollusc and dashed his brains off against a wall while his mother screamed just as long as it took Raymond to cut her throat? A family of Genovese merchants. Theirs was the only house still intact in the centre of Constantinople.

I’ve tried to justify the deed, afterwards. We were hungry, pillage was the only way to get the money we were promised. I was confused. During the siege of the city the food was scarce and I cheated hunger chewing a sticky paste. One of the many Syrian merchants that fluttered around our camp had a reputation for obtaining the impossible. I asked him to find ašīš; I saw the Nizaris transformed by it during the other crusade. I swallowed all I had left when the walls of the city collapsed. I’d not need it any more. But I forgot everything. It was Raymond who made me remember. Two weeks later. We were playing dice, I was winning all the games.

“Your luck will be over soon, you bastard babe slayer” – he said in his bad English with Norman “r”s. I think I got pale. As pale as could become my face burned by the Eastern sun. I knew he was right as soon as he said it.

“You forgot?” – he continued, turning his head, looking innocently at me. I remember his blue eyes, that smirk and that false expression of candid innocence. “Apologies, Englishman. But I must say that you scared me that night”. He lifted the tiny wooden barrel containing the dice. He threw. “Double six! Bon, my luck is changing, finally”. The last sound I heard leaving that tavern was his laughter.

I cursed Raymond for reminding me of the babe. He knew that my mind had wiped out everything, but he kept it for himself until the appropriate moment arrived. I could not stand his company as much as I did before, in Venice, or during the siege. He was trying desperately to make as much money as he could, he repeated that he needed it to pay a group of armed men of his own, that he would need them back in Ireland. He disappeared for days with a strange-looking priest, searching for gold. He commerced with false relics, sold prisoners as slaves. I always reputed myself better than he, nobler, braver. He could not stand my haughty looks, my contempt towards him and he revenged the best way he could: putting me in front of the evidence. I wasn’t better than he.

The following days I tried to make terms with that part of me, and I made my living as a hired sword. When there’s a king to depose there’re many feuds to settle. It was necessary to wipe out the followers of the old usurper. I am good at killing, I made that for years. Those days it gave a new thrill to me. I took a certain pleasure to take away the life of someone that could defend himself: beat, thrust, slash, and then the next. One night the subject in my list escaped, and I chased him near the harbour. He entered a small house, I could hear him hiding in a tiny room, trying his best to conceal his breath, speaking to someone. I stormed into: a woman cried, she was holding a child in her arms, and I froze. It could have been easy for me to kill the man and let the woman go. Even when he took the baby from her arms and threatened to kill it.

“As if that would stop me” – I said. I left the room, the house and the city. I embarked in the first ship to Europe and after two months in Venice I returned to England. I still talked, those days, but very little. And when I opened my mouth it was to say that king Richard Lion Heart was alive and that he would return from the East to claim his kingdom. I knew it was a lie but people would believe anything they wanted. The friars that what we are carrying in that coffer burns infidels. I knew it was the lighting during the storm that made the reliquary hot. And that the water of that small river was not haunted by a bad fairy. When I returned to England people wanted king Richard, and I gave them that illusion. But some dreams do not last long. I was imprisoned by king John’s orders, my atonement finally began. I thanked every whiplash, every punch. When there was very little left of me they didn’t know if I was telling the truth about Richard. I never confessed. Therefore the king, afraid that his brother may return, and knowing that I was close to him during the third crusade, decided to let me live… If I survived the ocean, the hunger and the thirst.

I look different now. In Constantinople my nose was straight, my hair short and I shaved whenever I could; but I know that Raymond and Dougald had recognised me. Every time they look at me, and after what he has told me after cutting the hands of the poachers, I’m beginning to understand why I’m here. And why God has crossed our paths again. I just have to wait, I’m sure that Raymond will offer me the chance to make His will. My will.

I wrote in my Pilgrimage review that I’d have liked to learn more about Raymond and the mute. I have placed this monologue of the mute, in the film timeline, right after Raymond faces the mute for the first time. I’ve written in a previous post not to write fiction in English any more. But this came to my head in English. My apologies for the mistakes.

Raymond the desired

After waiting patiently two years (my “Pilgrimage” folder in my HD is dated June 2015 – no comment), I have been able to watch the movie. I wonder if the DVD would ever have been released if Tom Holland were not the new Spiderman. Whatever the reason, finally this film has been released, and I’ve enjoyed it very much.

This is my very personal review of the film, full of spoilers.

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The triumphal entry of Raymond de Merville in the film

Pope Innocence III has ordered a cistercian monk (Stanley Webber) to bring to Rome a sacred relic kept in a distant Irish monastery. The pilgrimage of this group of monks will reveal itself full of perils, not only from the gaelic natives, but also from the Norman knights deputied for their protection. The group from the monastery is formed by three friars, a young novice (Tom Holland), and a “converso” (John Bernthal), that arrived to the community five years before in mysterious circumstances.

In Jamie Hannigan’s script there’s small room for surprises. As soon as Raymond de Merville, the Norman knight, appears on screen, we know that the monks’ pilgrimage is condemned to failure. Should this be an opera, when Raymond takes off the helmet in his first scene, the movement would have been accompanied by sombre string and brass notes, as those of Scarpia in Tosca.

Even if we don’t give importance to the fact that when the novice surprises Raymond flying a messenger pigeon he over reacts (the following challenge of the mute in the novice’s defence anticipates their final epic fight), it is obvious that, when Raymond disappears just in time to avoid an ambush in the forest by the same celtic tribe he’s supposed to chase, he’s the deus-ex-machina of the attack. Nevertheless, in my opinion, if the predictability of the plot can be a weakness for many, it is not for me. The mania in recent years for twisted plots and surprises may result in a unintelligible chaos full of gaps and plot holes. Better to tell a “simple” story well than trying to build an Inception-like plot without success.

The author has chosen to leave the backstory of the characters untold, but I think that the relationship between Raymond and the Mute would have deserved more space. It has been hinted with very few but powerful lines, but unfortunately without any previous knowledge of what was the Constantinople siege during the fourth crusade those lines are less effective.

Luckily for me I have still fresh in mind a reading of some months ago, Umberto Eco’s Baudolino, the story of a knight belonging to the king Federico Barbarossa’s retinue. The protagonist witnesses the most important historical facts during is long life, including Constantinople’s siege. The fourth crusade and this siege were characterised by relics’ commerce and its utmost cruelty.

The crusaders pillaged the city, trying to take by the force all the money that they were promised but, as usually happen in medieval wars, not paid. We all know that crusades were a bloody business, as Ridley Scott showed in his film, or for instance, the ghastly episode of the so-called Children’s Crusade. The fourth crusade and Constantinople’s siege added to the usual amount of cruelty the fact that, although the excuse was, as for the previous ones, the retake of Jerusalem, the first result was the taking of the Christian city of Zara and then was decided to destitute the head of the bizyantine empire in Constantinople. It was not a fight against Muslims, but Christians, with the ultimate objective to pillage as much as possible. As Raymond says when referring to the strange tool he will use to torture one of the monks:

“I got this from a priest in Constantinople. A strange man. He used it to persuade the Greeks to tell us where they’ve hidden all of their gold from their churches”

 

There was other method apart from direct robbery to make money: to pillage the relics hold in the city’s churches, or directly to create them. This is a paragraph of Eco’s “Baudolino” (the poor translation is mine)

That’s not a bad idea – said Boidi – you go into cemeteries and you find Saint Paul’s chin, perhaps not the head but Saint John the Baptist’s left arm, and so on, the remains of Saint Agatha, Saint Lawrence, those of the prophets Daniel, Samuel and Isaiah, Saint Helen’s skull, a piece of the Apostle Philip head.

Not only that – said Pevere, eager for what was to come – you only have to dig deeper and you find a piece of Bethlem’s manger, a tiny tiny piece, just not to realise where it comes from.

We will make relics as never seen before – said the Poet – but we’ll also remake those existing already, because prices of those known go up and up.

We know that Raymond was in Constantinople, and that he witnessed probably the commerce and creation of sacred relics. Some as improbable as a flask of Virgin Mary’s milk, the thorns of Christ’s crown, fragments of his cloak, skulls, limbs or organs of many apostles, saints and prophets.

No wonder that when greeting Friar Geraldus he asks him if he has taken his “souvenir”, later he will define the coffer containing the relic a “pretty box”, and when he learns the story of the precious relic (the stone that dashed off Saint Matthias’ brains and that burned afterwards all the pagans that touched it) he only says full of sceptical sarcasm: 

Raymond knows that most probably that is not the very stone that killed the saint, but acknowledges its value: it’s believed that it is. Therefore, when his plan to stole the relic to offer it to king John in order to “blackmail” with it the Pope himself is aborted by the mute, he knows he can replace it with any other rock in Ireland:

Even if we don’t find the relic another stone will do. We’ll put it in a pretty box and people will accept it. Even a king. Or a pope.

but not as long as the group of monks remain alive. Chances are simple: if they give up the stone they live because they can grant for its authenticity; otherwise, they must die.

What is Raymond backstory apart from what we know? Perhaps some years before he joined the crusaders in Venice (the sponsor of the crusade) while his father remained in Ireland to conquer gaelic territory and when he returned, years later, he was “damaged goods”. He got, during that fight, not only scars on his face, but also on his soul. The aim of that sacred venture was reduced to the end to manslaughter, serial rape, and massive killing of Greek Christians and European merchants. When he returned, transformed in a ruthless war machine, he despised his father for his “easy life” and cowardice. But he found was also despised by the men who remained in Ireland and do not recognise him any more. Raymond will revenge of all of them. Fournier, faithful to his father, will fall during the orchestrated ambush of the Celtic warriors. His father, that has become a coward who wants to obtain the salvation of his soul by donating “that rock” to the Pope, in his plans will be defeated and mocked by his own despicable son. No wonder also, being Raymond the archetypal villain that he is, that he is loyal to that wicked king John of the Robin Hood saga (following Guy of Gisborne’s footsteps 😉 ).

The biggest mystery in Pilgrimage is the mute played by John Bernthal. According to friar Ciàran, the herbalist (played wonderfully by John Lynch: the most authentic “tortured person” ever seen on screen), he arrived to the monastery five summers before, in a small boat without food nor water, and has never spoken a word. It is his body that speaks for him: strong, muscular, with a big cross tattooed in his back, that is also full of scars.

Tom Holland, Richard Armitage and John Bernthal. Original screenshot released by producer.

Raymond and his men recognise him. The knight pretends not to be sure where he has seen him, but I think he recognises him on the spot. Perhaps the mute was a veteran of the third crusade, the so-called Crusade of the Kings, and was loyal to Richard Lion Heart. Maybe his differences with Raymond began in Venice, the gathering departing port of the fourth crusade, and the conflict arrived to its peak in Constantinople. Which were the sins that, according to Raymond, the mute had to expiate?

Why was he stranded in the Irish coast, too shocked to utter a word and with his back covered by whip scars? I’d like to think that he opposed in Constantinople not also to Raymond’s loyalty to King John, but also to his methods. One thing was to fight by the side of the Lion Heart against Saladdin’s soldiers, and other to cut merchants’ throats, rape their daughters and destroy Christian churches in Constantinople.

The conflict between the cistercian monk (Stanley Webber) and the novice is more evident in the film. To return to Umberto Eco, Fra Geraldus is a mix of the diehard Bernardo Guy, and the fanatic Jorge the Venerable. Geraldus is a strong believer of the official militant church of those days. To him, there’s only one truth, there’s only one vision of the Church and God. There’s room only for piety, not for pity: the pope wants the relic, and he will have it, no matter what it takes. He will sacrifice without a second thought friar Ciàran and the mute. Or even the novice, when he gets in his way, and eventually himself, dragged to the bottom of the Irish sea by his own fanaticism.

Fra Geraldus’ single-minded fanatic view of religion will open the eyes of the novice. The herbalist, a father-figure for him as William of Baskerville was for Adso (Umberto Eco looms again and again throughout this story), will sacrifice his life for all of them, dying with the name of Christ in his lips. It will take few days for the novice to open his eyes: the sight of Geraldus’ fanaticism destroying also his close-friend, the Mute, is more than he can bear. When the last of the monks die wounded by the arrow of one of Raymond’s men, he realises that the rock that he has carried through the forest and the bog is nothing but a dead weight far away from what Christianity really is: the religion of the honest sacrifice of the herbalist and the simple life in the small monastery by the sea in the far west of the known world, not that of kings, soldiers and the pope of Rome.

Pilgrimage is a highly enjoyable film: the cast is perfect for every role, and all the actors make an incredible work. Richard Armitage plays the perfect villain, cynical and ruthless: he has a goal and he does everything to achieve it. The use he makes of the English language accentuates what Raymond is: an alien. Still no Englishman but no longer a Norman from Rouen, someone that has seen what man can be at his worse and that he accepts and supports it in order to achieve his goal: power and recognition for his family.

John Bernthal plays the soldier with post traumatic disorder with great skill; the mute is not an easy role to play and he does it without following the easy path of an exaggerated histrionics. The untold story of the mute is in John Bernthal’s eyes. And he nails it.

Tom Holland, the novice, is the look of the audience, that faces the cruelty of the medieval ages for the first time: the punishment of poachers that fish in Baron of Merville’s lands, the ambush of the Celts to the monks and the final duel between Sir Raymond and the mute. The violent ambush in the forest is useful to understand the mute as a deathly war machine.

The score is brilliant, and the Irish landscape a protagonist by itself. The big issue of this film is that 90 minutes are definitely too few, and prevent the transformation of this Pilgrimage from enjoyable to epic. I can imagine what this story could have been with double budget and thirty more minutes of footage. But with the same actors; I doubt this story would have been told so well with a different cast.