El guante

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Al principio no me fijé en ella. Parecía un ratoncillo asustado, escondida detrás de unas grandes gafas, pasadas de moda. Como las que veía cuando paseaban por aquí muchachas de pelo largo y lacio, vestidas con minifalda. Lo que hizo que me fijase en ella fue su actitud. Normalmente la gente pasa de largo; no me dedican más que una mirada distraída, pues tienen algo más interesante que ver. Yo, por mi parte, no cruzo la mirada con ellos, como si tampoco les diese importancia, en una muda competición de “quién ignora mejor a quién”. Tras años de práctica he desarrollado una excelente visión periférica; aunque parezca distraído, absorbido por mis pensamientos, no me hace falta mirar directamente a quien pasa por aquí para percatarme hasta del más mínimo detalle de su aspecto. No sé precisar con exactitud cuánto tiempo estuvo viniendo hasta que empecé a pensar, llevado por la vanidad, que ella venía a esta sala exclusivamente por mí.

 Durante sus primeras visitas no se acercaba demasiado. Me miraba de lejos, cruzando los brazos sobre el pecho, o protegiéndose con una carpeta, o un bolso, a la defensiva. Como si fuese a escapar de un momento a otro y tuviese que usar lo que llevaba entre los brazos como arma de defensa. Su actitud fue cambiando, poco a poco. Hasta que, un día, se atrevió a sentarse frente a mí. A una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para distinguir su mirada, libre de las gafas; quién sabe qué había hecho con ellas.

Puedo afirmar, aunque parezca pedantería por mi parte, que me he convertido en un experto en miradas. La suya no era fría, ni inquisidora como la de los eruditos, o vacía, como la de los estúpidos, o peligrosa, como la de los ignorantes. Tenía una sinceridad infantil, era acogedora, materna.

Venía todos los días, sin excepción. Advertía su presencia aun cuando estaba en otra sala, pues reconocía el sonido de sus pasos entre millares. Me sonreía, se sentaba y abría un libro. Lo levantaba de manera que pudiese ver el título. Todos eran de autores que conocía: Dante, Petrarca, Ariosto… Incluso leía algunos que hubiese querido leer y no tuve ocasión de hacerlo. Otros días sacaba un cuaderno de su bolso y escribía, o dibujaba. A veces no hacía nada, simplemente me miraba, y yo volvía a sentirme vivo. Con el tiempo, me di cuenta de que ella cuidaba más su aspecto, se vestía mejor, había cambiado de peinado. Una tarde vino con un grupo de personas; parientes, sin lugar a dudas, a juzgar por la forma de la nariz, o el arco de las cejas. Ella iba la última, se había rezagado. Una mujer la llamó “Ariadna ¡vamos!” Fue así como supe su nombre. Ella me miró, levantó los hombros, como pidiendo disculpas, y yo sonreí. Imperceptiblemente.

 Una tarde de primavera estaba particularmente hermosa. La suya fue una metamorfosis digna de Ovidio. He visto muchas mujeres bellas durante estos años, pero ninguna como Ariadna. Yo, que he sido testigo de su transformación, puedo entender mejor que nadie qué había sucedido con ella. Simplemente, la belleza que tenía dentro subió a la superficie de su piel, iluminándola con una luz que ni siquiera el maestro sería capaz de captar. ¿Cómo puedo saberlo, si no hablé nunca con ella? Lo sé, y basta.

 Un día un joven italiano pasó a su lado, y le dijo algo. Ella no le entendió, pero yo sí, pues nací en esa tierra. Si hubiese podido, le habría borrado esa expresión bovina del rostro, y habría hecho buen uso -a falta de una ropera afilada- del pañuelo que colgaba del bolsillo de sus pantalones para retorcerle el pescuezo. Al final el mozalbete desistió y Ariadna se excusó con la mirada, y advertí una cierta preocupación en su rostro. ¿Había notado mis celos? Sí, celos. A pesar de que creía que los sentimientos no formaban ya parte de mi vida. ¿Pero lo fueron alguna vez? ¿Qué me estaba sucediendo?

 Al día siguiente no vino. Intenté justificar su ausencia con miles de motivos, creí reconocer sus pasos, pero me equivocaba, una y otra vez. Ha pasado ya un mes. No ha vuelto. Y yo estoy sumido en la más profunda y negra desesperación. No me preocupa lo que pasa a mi alrededor, y miro, simplemente, un punto indefinido de la pared. Mis jornadas pasan lentas, monótonas. Con tal de sentir algo cedo a la tentación de los celos; la imagino paseando de la mano de ese joven italiano, riéndose los dos de mí. Me esfuerzo en no pensar en ella, ni en lo que soy. “Ser” ¿Hay palabra más absurda para definirme?

 Alguien se está acercando. Demasiado, no está permitido. ¿Quién viene a molestarme? No puede ser… ¡ELLA! ¡ES ELLA! No he reconocido sus pasos porque camina apoyándose en unas muletas. Siento que el corazón – ¿mi corazón? – está a punto de estallar. “Amor mío” – me dice – “he vuelto apenas he podido”. Entonces ¿es verdad? ¡Ella también me ama! Si es posible lo que he oído ¿qué más cosas increíbles pueden suceder? Noto que se me humedecen las mejillas y, por primera vez en cinco siglos, puedo mover la cabeza, mirarla a los ojos y extender la mano. Sí, todo es posible. “Acércate. Dame la mano, Ariadna”.


El director de la National Gallery recorrió a toda velocidad la distancia entre su despacho y la sala número dos. El responsable de la sección de pintura italiana lo había llamado, diciéndole que había pasado algo con un Tiziano. Cuando se acercó a la sala había un grupo de personas delante del “Retrato de joven con sombrero y guantes”. Por un momento suspiró aliviado, al ver una esquina y el marco de la tela por encima de las cabezas de los reunidos, pero cuando éstos se apartaron se quedó helado. Sí, el cuadro estaba colgado donde siempre, parecía íntegro, pero… No quedaba rastro del sujeto retratado. Todos los demás elementos de la tela no habían cambiado: ahí estaban el parapeto de piedra, el fondo oscuro, el friso en la parte izquierda del cuadro envuelto por una luz oscura. Durante más de quinientos años, el punto de luz de aquella obra era el rostro de un apuesto joven, retratado de medio perfil que miraba un punto indefinido a su derecha, vestido con una camisa blanca y un amplio jubón de terciopelo azul oscuro, apoyando sobre el parapeto el brazo izquierdo, envuelto en una manga roja. La mano, enguantada, sujetaba el otro guante de piel marrón clara, mientras que, con la mano derecha, de la que sólo se podía ver el pulgar, sujetaba un sombrero oscuro. No quedaba rastro del hombre; sólo el guante descansaba sobre el parapeto gris piedra. Según el guardián, cuando el museo estaba cerrando y se aseguraba de que los rezagados saliesen, entró en la sala una chica que caminaba con unas muletas. La recordaba perfectamente, era una habitual del museo; más que del museo, de esa sala. Ignoraba los demás cuadros de Tiziano y pasaba un par de horas al día delante de ese retrato. Hacía un mes que no venía; le dijo que había tenido un accidente y que era el primer día que salía de casa, le había sido imposible llegar antes y le rogó que se pudiese quedar sólo un momento. Le había concedido unos minutos más, el tiempo necesario para verificar que todo estuviese en orden en la sala contigua. A los pocos instantes de dejarla, sonó la alarma. Regresó, y la chica ya no estaba. Quedaban sólo las muletas en el suelo, y el cuadro había cambiado.

El museo trató la cuestión con discreción. La tela era propiedad de un privado, y estaba en depósito. Habían contactado ya el dueño, pues en los últimos tiempos la tela había sufrido extrañas variaciones en los pigmentos, y durante el último mes se había deteriorado visiblemente. Se emitió un comunicado de prensa anunciando que la obra tenía que ser restaurada y se concedió una indemnización millonaria al propietario. La pintura fue examinada por decenas de peritos y expertos, en el más absoluto de los secretos, y con las técnicas más vanguardistas. Era como si Tiziano nunca hubiese pintado a aquel joven. A pesar del secreto y la reserva, empezaron a circular extrañas historias sobre los cuadros de la National Gallery: había quien juraba que en los grandes cuadros del Veronés o Tiépolo aparecían figuras nuevas, un hombre y una mujer, que se desvanecían poco después. Pero nada se pudo comparar a la sorpresa cuando, un año después de que el cuadro fuese retirado de la sala dos, y tras examinar la tela con rayos X por enésima vez, apareció bajo la pintura oscura del fondo la silueta de una pareja. El hombre se parecía al que retrató Tiziano. No se podían reconocer las facciones de la mujer, pero algo se distinguía con nitidez. Lucía un espléndido collar de perlas, con un colgante: una letra “A”.

Romeo and Juliet – A novel

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Hear, hear! A post about Richard Armitage! I come back on topic after many months. I could not miss to write something about “Romeo & Juliet – A novel”, the last Audible production performed by Mr. Armitage, written by David Hewson. Needless to say that what comes next is full of spoilers and should you prefer not to know anything about this before hearing the audiobook, you’re kindly invited to read this afterwards.

THE PERFORMANCE

Richard Armitage is brilliant. His ability to work in this medium improves with each reading. If someone should ask me “show me how good is this Armitage you admire so much” I would reply “just hear him performing the part of a stammering fifteen-year-old girl in “The Convenient Marriage”. Richard Armitage does not “imitate” voices, the result would be perhaps ridiculous, but he manages to speak with tones of voice that are like brush-strokes of the characters’ psyche, triggering our imagination. I will confess something: although I love radio dramas, I’m not very fond of audio-books. If they’re not performed by Richard Armitage they usually bore me to death, and I assure you that I’ve tried quite a few. For instance, the second hearing of “Macbeth – A novel” lingers in my Audible application and, frankly speaking, the first one required a huge effort of concentration. I have also a multi-read version of Bram Stoker’s Dracula waiting to be finished for more than a year. The only audiobook not narrated by him that I have heard several times is “A new kind of war” performed by Dominic Mafham, whose technique is similar to Richard Armitage’s; but there are no female characters in that novel, the comparison of the performances of both actors cannot be complete.

I have a favourite voice in each of Richard Armitage’s audiobooks: Damerel in “Venetia”, the aunt Betsey Trotwood in “David Copperfield” (by the way I would like very much to know if he had Lesley Manville’s performance in “Mr. Turner” in mind when rehearsing that voice) or Claudius in “Hamlet”. In Romeo & Juliet my favourite one is undoubtedly Mercutio. It reminds me his Mr. Lovelace in BBC’s Radio Drama Clarissa.

Mercutio is a brawler, an ambiguous character, with a dark, self-destructive nature. His “Queen Mab” speech has been beautifully adapted; when he walks out the Capulet’s party, drunk, with Benvolio and Romeo, his drunkard speech about the “beautiful” Anna and the tumble/fumble game of words is impregnated with tenderness and melancholy. “Death will be the death of all of us”, Mercutio said that afternoon. He’s the brimstone that will kindle the tragedy, the angel of death. His curse, “a plague on both your bloody houses”, when he lies dying sounds like a lame excuse.

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Anthony Andrews played Mercutio in BBC’s production (1978) – screencap

 

THE STORY

The novel, as the previous Macbeth and Hamlet written together with A.J.Hartley, is an attempt to “fill in the gaps” of the many unanswered questions that may arise in a three-hour play, for instance, how could Romeo and Juliet fall in love with only a few verses. The narrative rhythm is compelling and gripping. It’s very difficult during the first hearing to decide where to stop or make a pause, as I wanted to know “what will happen next”. I have appreciated the little stories behind each character, as for instance those of Friar Lawrence and his brother Nico, and the description of a real historical character I’ve read of many times, Isabella d’Este. She’s a mix between Alice’s Queen of Hearts and Ben Wishaw’s Richard II in “The Hollow Crown” (monkey included). The voice used by Richard Armitage for Isabella, with a strong Italian accent, completes the picture of how a Renaissance ruler locked in a gilded cage away from the reality lived by their subjects should be like. It is perhaps an extreme caricature of what the real Isabella d’Este was, but, as I have never feel sympathy for her (I’m rather on the side of her wicked sister-in-law) I cannot but enjoy this version.

I expected some changes in the known plot of Shakespeare’s play, therefore I was not shocked when I heard that at the end, Juliet survive. Honestly, I was definitely more outraged by the miraculous survival of Messala and the chessy happy-ending in the recent movie-version of Ben-Hur. Furthermore, Juliet’s decision of starting a new life alone and away from Verona is in harmony with this Juliet.

The main issue with this novel is that, unlike “Hamlet”, it endures very poorly further hearings. In this case, once the curiosity to know “what happens next” is over, issues arise. And an issue with a name and surname: Juliet Capulet.

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Olivia Hussey as Juliet in Franco Zeffirelli’s film version – screencap

Historical novels are very difficult to write, and the alchemy to make a successful one as dark and unfathomable as the philosopher’s stone. Needless to say that “successful” does not equal to me automatically to best seller (I’m the one who abandoned “World Without End” in page 800); this is a post in a personal blog and I’m writing about what I like. I’m rather intolerant, when reading historical or period novels, with characters that are not coherent with the time and place where the novel is set. And this particular Juliet is any century in the future but late XVth. One of the most relevant woman in Italy those years was Caterina Sforza Riario. She was engaged when she was still a child, consummated her marriage as soon as nature allowed it, and by twenty she was already the mother of four children. The duty of a noble woman in that period was to get married and give birth as many heirs as possible; they were bred for that and Caterina did, although she was an intelligent, independent woman. When her husband, Girolamo Riario, died, she ruled her lands with such a competence and belligerence that she was known as “the tigress of Forlì”. She has a place in one of history’s most famous quotations. When Forlì was sieged by an army and they threatened to kill one of her sons, kept as an hostage, if she didn’t surrender the castle, her answer was to climb up the battlements, lift up her skirts, show her sex to the besiegers and shout: “kill him if you want, I have the mold here to make many more”. If I cannot imagine a woman like Caterina saying his father the Duke of Milan, that she would prefer not to marry Girolamo Riario, to me is somewhat difficult to accept a Juliet of Verona saying his father that she would not marry Paris. When she discusses with Friar Lawrence the equality of the marriage vows (I’d prefer not to comment Romeo’s reaction after her exploit), or wonders, after making love with Romeo for the first time, if the deed was not rather too quick, it takes almost an act of faith to accept this without even rising a brow.

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Caterina Sforza – wikipedia

There’s another peculiarity of this novel that is worth discussing: the abundance of words in Italian. This shouldn’t be an issue to me, speaking this language daily (although it is, for a reason that I will explain later on), but I’m afraid that this massive presence of Italian words prevent many readers to understand the text. When I listened to “Hamlet”, I only learned after reading the written version, that what I thought was “the horizon” was in fact “the Øresund”, the Northern Sea. I wonder what the average hearer will understand of the sentence “the piano nobile in the palazzo”. Perhaps those with a more vivid imagination think that one of the entertainments in Capulet’s party was to gather around a luxurious Renaissance musical instrument (never mind if pianos did not exist yet). In my opinion the words in Italian are definitely too many for an audio book (and in the case of the “piano nobile”, not even necessary). In a printed one, foreign names or words in italics may lead the readers, if they feel like, to look what that specific word mean or where a certain place is. Nevertheless in an audio format it may be misleading, when not directly irritating. Some of the Italian words are pronounced with a misplaced accent. I’m not blaming Richard Armitage for it: as someone told him how to pronounce his German lines in Berlin Station (and apparently he was told right), someone had to tell him not only how “gn” sounded like in Italian, but that the accent in “Signoria”, is in the second “i” and not in the “o”. And many other words: antica and not antica, Brancacci and not Brancacci, or Esposito and not Esposito. This last misplaced accent was the one that made me literally jump in the couch, as this recalls to Italian speakers the dubbing of old Laurel and Hardy movies. Definitely not  what David Hewson wanted to recall in anyone hearing his work.

To make Isabella d’Este sister-in-law of Lucrezia Borgia three years before their time is an artistic license, I understand the reason why the autor “anticipated” the event for narrative purposes (although I’d have appreciated a mention about this license in the afterword of the book or his posts about the novel). This “accents issue” is a big editing mistake that would have been extremely easy to avoid, and I cannot understand why in a production like this (we’re talking of Audible, not of three friends recording a fan-fiction with their phone) the foreign words have been dealt with such superficiality. At least here, unlike in “Hamlet”, Medici was the pronounced with the right accent, not with a Laurel-Hardy Medici.

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Lucrezia Borgia – Pinturicchio (Appartamenti Borgia – Vaticano)

Veo el mundo tal y como es

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Lorenzo Lotto – retrato triple

Londres – 1598

Formamos un trío interesante, los dos hombres retratados y yo mismo, observándose, y yo a ellos, esta calurosa tarde de junio. Parecemos uno de esos retratos triples de Lorenzo Lotto, o del mismo Tiziano, autor del cuadro que se encuentra a mi izquierda, el retrato de mi abuelo John. Creo conocer bien al otro retratado, a mi derecha, pues soy yo mismo. Han pasado ya… dieciséis años. Por los clavos de Cristo, qué rápido que pasa el tiempo. Fue sólo cuando colgué estos dos cuadros, uno al lado del otro, que tuve la certeza de que aquello que oí siempre en familia era verdad: “Eres el vivo retrato del abuelo John”. Así es. Como dos gotas de agua.

Posábamos de la misma manera, de medio perfil, apoyando un brazo en un parapeto de piedra o mármol: mi abuelo mirando hacia su izquierda y yo a la derecha, como si los maestros venecianos que nos pintaron hubiesen tenido la tentación de hacernos dialogar en el futuro. Sin embargo, fue todo fruto de la casualidad; no había visto antes el cuadro de Tiziano. Éste se guardó cuando yo era niño durante unas obras, para que no se dañase, y quedó inexplicablemente olvidado en el desván durante décadas, hasta que lo recuperé. También encontré sus diarios, es por eso que sé tantas cosas de él, muchas más de las que supo nunca mi padre.

El lazo invisible que me une a mi abuelo no es sólo un parecido físico. Los cabellos negros y los ojos azules del primer Lord Hawkwood saltaron una generación. Mi padre tenía el pelo castaño de mi abuela, sus ojos marrones claros y su piel blanca, resplandeciente como la niebla en Padua bajo los rayos del sol. Mi abuelo, como yo, fue a Italia y volvimos con un retrato bajo un brazo y una bella esposa de la mano. Él lo hizo a una edad en la que la mayor parte de sus conocidos empezaban a pensar más en quién dejar una herencia que en crear una nueva familia. Pero él lo hizo; ardía en él una energía que lo hacía parecer mucho más joven de lo que era. Parecemos idénticos, en esos cuadros, pero yo tenía casi la mitad de sus años cuando otro maestro italiano, Jacopo Robusti, el Tintoretto, me retrató. Mi abuelo escribió en el primero de sus diarios que vivió dos vidas, y que la segunda empezó una mañana al salir de una taberna cerca de la catedral de Saint Paul. Creo que la fuente de su inagotable energía era el haber encontrado un motivo para vivir cuando había abandonado toda esperanza.

El artífice de tal milagro fue el tío-abuelo del joven que se hospeda ahora en mi casa. Desde aquel día, nuestras dos familias están unidas por una colaboración muy especial. Don Francisco de Villegas nunca pasó a los libros de historia, como tampoco lo hicieron sus descendientes, ni lo haremos ninguno de nosotros, pues nuestro trabajo no es tejer la tela de la historia, sino cardar los hilos que forman parte de su trama, dejarlos suaves al tacto. La reina de Inglaterra, Catalina de Aragón, le encomendó a mi abuelo el futuro de su hija María como sucesora de Enrique VIII. El primer Lord Hawkwood, con la ayuda de Don Francisco de Villegas, logró que así fuese. Tal fue su empeño que mi abuelo expiró apenas diez días después de que María Tudor fuese coronada. Pero había que asegurarse de que María reinase, y lograr encontrar un equilibrio, aunque fuese precario, en las relaciones entre Inglaterra y España. Por ese motivo mi padre prosiguió la misión de mi abuelo, de la misma manera que otro Villegas, don Fernando, sucedió a su hermano, don Francisco. Gracias a nuestras dos familias, María Tudor murió en su cama, en 1558, y el que fue su esposo, Felipe II, sobrevivió a numerosos atentados mientras permaneció en Londres. Como era de esperar, durante los turbulentos tiempos de la sucesión cualquier simpatía real o inventada hacia España, podía significar la muerte, y mi padre prefirió cerrar la casa de Londres durante algunos años y poner tierra de por medio, llevándonos a una de las fincas de familia en el Lancashire.

A pesar de todo, los lazos entre las familias Hawkwood y Villegas no se rompieron. Una vez de vuelta a Londres, mi padre y Don Fernando Villegas usaron su red de contactos en ambas cortes, y en otras en Europa, para vigilar a quien vigila oficialmente por la seguridad de Felipe II e Isabel I. Cuando mi padre falleció, me tocó recoger el testigo. Somos la respuesta a la pregunta que se hizo el poeta de la antigua Roma, Juvenal: ¿quién vigila a los vigilantes?

En esta misión hemos tenido éxitos discretos. Mi padre evitó varios atentados contra la vida de Felipe II, y yo otros tantos contra la de Isabel. Hicimos lo posible para evitar el desastre de la Armada Invencible. Villegas (Don Alonso, habíamos alcanzado ya la tercera generación) logró que frente a la misma se colocase al inútil del Marqués de Medina Sidonia, al cual costó muy poco convencer para que no atacase la flota inglesa atracada en Plymouth. Yo me tenía que encargar de menguar la presencia de ilustres almirantes en la flota inglesa. Fallé. Drake y Hawkins llegaron ilesos a Plymouth. Pero me tomé la revancha personalmente dos años después sisándole a Drake el galeón Virgen del Rosario debajo de las narices. La comisión que me cobré in situ bastará para que mi hija pueda vivir cómodamente toda su vida. No fue un gesto noble, lo sé. Sin embargo, la máscara que uso en la corte, la de mecenas de las artes no demasiado espabilado, no sale a buen precio. Mi abuelo empleó el dinero de César Borgia en varias actividades que suelen ser muy rentables, y gracias a ellas vivimos cómodamente, pero en los últimos tiempos hemos sufrido algún que otro revés que hacía necesaria una entrada extra. Además, lo reconozco, Drake me era particularmente antipático; Dios lo tenga en su gloria o el diablo en su infierno.

– “Siento interrumpir la reunión familiar, Richard, pero tenemos que hablar de nuestra hija”

Hasta hace no mucho tiempo podía notar la presencia de Laura a mi lado con antelación; su perfume a bergamoto, un suave crujir a telas. Pero hoy se ha acercado por la derecha, y estoy empezando a perder el oído por ese lado. Otro recuerdo de Drake; sin lugar a dudas, un cañonazo deja secuelas menos placenteras que los doblones de oro puro, depositados a un diez por cien de interés en el banco de Santón en Venecia. Doblones que a estas alturas se habrán convertido en el enésimo préstamo al rey Felipe. Extraño mundo.

– “¿Isabella está bien?” – pregunto, sin apartar la mirada de los cuadros.
– “¿Cuánto tiempo se va a quedar ese joven en casa?”
– “Puede que, un año, por lo menos. Formará parte de los secretarios del embajador Mendoza”
– “¿Y no has pensado que quizás no sea una buena idea que un atractivo joven de 23 años viva bajo el mismo techo que tu hija?”

Saludo mentalmente al abuelo y a mi viejo yo, y me enfrento a los ojos verdes de Laura. Su tono de voz es tranquilo y apacible, pero conozco demasiado bien ese brillo en su mirada como para no saber que es presagio de tormenta, por lo que no me queda más remedio que amainar velas. Aunque no entiendo el motivo.

– “Isabella es sólo una niña, Laura. Tiene catorce años”.
– “Quince, la semana que viene. Y se está enamorando”.

De repente advierto una sensación imprevista, inesperada. No había notado algo así desde que la ropera de un noble en Ferrara atravesó mi muslo. Como frío metal que desgarra algo dentro de mí. Por primera vez soy consciente de que tarde o temprano Isabella dejará de ser mi niña para ser la mujer de otro. Me empeño, sin embargo, en negar la evidencia y detener el tiempo con una respuesta estúpida.

– “Él ni siquiera se da cuenta de que existe, y está prometido con una muchacha española que tendrá por lo menos tres apellidos y miles de olivos en Andalucía”
– “Es un joven que ha salido de su país y se ha alejado de la autoridad paterna por primera vez, es obvio que ahora no piensa en Isabella, sino en alguna dama de compañía de la reina, en partidas de naipes o caballos de pura raza. Pero no hace falta que te diga lo hermosa que es nuestra hija. Además, te recuerdo que yo estaba prometida cuando te conocí”.

Sonrío. Ciño su cintura y beso un pequeño lunar que tiene en el cuello.

– “Lo recuerdo perfectamente… ¡Y con un Gonzaga!”
– “Pobre Ludovico…” – Laura sonrió. Una de sus sonrisas enigmáticas, como la de una madonna de Leonardo. – “Pero era un Gonzaga de segundo grado”
– “Para mi fortuna… No se puede comparar esta humilde morada llena de goteras con el palacio ducal de Mantua.”
– “No cambies de tema, estábamos hablando de Isabella”
– “Tienes razón, no es una buena idea que él viva aquí durante toda su permanencia. Lo había pensado ya, pero por otro motivo; tiene que convivir con jóvenes de su edad, empezar a establecer contactos que le puedan ser útiles en el futuro. Pero me va a llevar un tiempo encontrarle el lugar y la compañía apropiados.”
– “Y, si en un futuro él la mirase con otros ojos… Creo que nada me haría más feliz. Sería una bonita manera de sellar la sociedad entre los Hawkwood y los Villegas, ya que no habrá un cuarto Lord Hawkwood” – Laura intenta mantener la voz firme, pero no puede. La abrazo con más fuerza. Llevo diez años dando todos los días gracias a Dios por no habérsela llevado junto con mi hijo.
“Amor c’ha nulla amato amar perdona, mi prese per costei piacer si forte, che come vedi, ancor non m’abbandona”– le susurro al oído.

Cambio el pronombre a los versos de Dante. Lo que nos une es tan fuerte como el amor de los amantes Paolo y Francesca. Durante mucho tiempo se apoderó de ella una sensación de culpa, y me llevó años convencerla de que no le reprochaba tal pérdida. No soy perfecto. Mis defectos superan con creces mis virtudes y hay muy poco en mí del héroe clásico. Pero juro por lo que más quiero, por Laura, y por Isabella, que habría sido capaz de quitarme la vida si ella hubiese visto en mi mirada algo parecido al reproche.

– “Richard, tu acento sigue siendo terrible”

Iba a contestarle, pero alguien se acerca. Reconozco el inconfundible trote de potrilla de Isabella sobre el suelo de madera. Entiendo, al ver el brillo en su mirada, que su madre tiene razón. Como siempre. Nada será igual. Isabella ya no es mi niña. No me queda más que empeñarme para que su vida de adulta empiece de la mejor de las maneras.

Oigo otros pasos detrás de ella, más fuerte, decididos. Me separo de Laura.

– “Padre, está ya preparado” – dice Isabella, mientras siento dentro de mí algo muy parecido a los celos. Cuando ella se aparta lo veo.
– “Por los clavos de Cristo, Gonzalo” – el joven me mira con sorpresa. Sus ojos pardos parecen aún más grandes. Se toca con sorpresa el jubón damasquinado.
– “¿No estoy bien? ¿Hay algo que no va?” – pregunta mientras se toca los puños de las mangas de la blanca camisa de holanda, se toca la golilla y se ajusta el jubón que ciñe su torso como un guante. – “¿No estoy lo bastante bien vestido?”
– “Diría lo contrario. Vas “demasiado” bien vestido. Será mejor que te pongas algo cómodo y menos… llamativo” – concluyo señalando su sombrero y la larga pluma de faisán.
– “¿No vamos al teatro? Creía que esto era apropiado para la corte”
– “La representación no es en la corte. Isabel no está para comedias, últimamente. Ni para tragedias. Vamos a Shoreditch, al Curtain. Con ese aspecto prácticamente le estás rogando a uno de los honestos pillos del barrio que te corte la bolsa”.

Observo sus finas calzas, y los zapatos de piel. Los señalo.

– “Sobretodo esos. Fuera. Ponte calzones normales y botas”.
– “¿Botas? Pero con este calor…”
– “Botas. Me lo acabarás agradeciendo, Gonzalo. Y date pisa, tenemos que salir dentro de poco, vamos a pie”.

El muchacho obedece, sin rechistar. Isabella lo sigue con la mirada, y suspira.

– “Pues yo creo que estaba muy bien, padre”.

Laura se separa de mi lado, susurrando un “te lo dije”.

– “No vamos a palacio, sino a un barrio frecuentado por todo tipo de gente. Es mejor no llamar la atención”.
– “Podríais ir en el carruaje”
– “No, tiene que familiarizarse con la ciudad, es mejor así”

Mientras hablo me ajusto la espada al cinto. Es un arma ligera, y, si se tercia, fácil de usar. Gonzalo regresa. Ha cambiado el fino conjunto de seda clara por unos calzones oscuros de gamuza verde, y un jubón ligero, del mismo color. Quizás las mangas acuchilladas están un poco pasadas de moda. La camisa es la misma, a la valona, sin golilla, con el cuello blanco sobre el jubón. Apruebo con la mirada.

– “Tampoco está mal así” – se le escapa a Isabella. Suspiro y miro a Laura. Ella sonríe, pidiéndome disculpas con la mirada.
– “¿Qué vais a ver?” – me pregunta.
– “La historia cómica del mercader de Venecia”
– ¿Es de Jonson?”
– “No, Shakespeare. Tengo ganas de ver qué se ha inventado esta vez. Espero que sea una obra menos sangrienta que “El judío de Malta” de Marlowe”.
– “No recuerdo cómo acabó”
– “Con el judío Barrabás cayendo vivo en un caldero de agua hirviendo, tras haber envenenado con un potaje a su hija y a todas las monjas de un convento”

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Cinquedea expuesta en el Victoria & Albert Museum – Londres

Contesto mientras me ajusto detrás del cinto la cinquedea que compré hace años en Venecia, y que desde entonces me ha sacado de varios apuros. Le paso una daga corta a Gonzalo, y se la ajusta con ademán seguro. Oh, Laura, Laura. ¿No podrías haberme dejado algunos días más en mi bendita ignorancia? Pues ahora veo también con otros ojos al joven que, hasta hace pocos instantes, no era más que un huésped en mi casa. Alguien a quien ayudar a dar los primeros pasos en este mundo complicado de conjuras y engaños en el que nos ha tocado vivir. Es un mozo bien plantado, alto para ser español. Bien educado, competente tanto en lenguas como con la espada; algo bisoño e ingenuo, pero con trazas. Tendrá que aprender deprisa. El viejo mundo del rey prudente y la reina virgen tiene el tiempo contado, y la transición no dejará de ser traumática. Pero tendremos tiempo para preocuparnos de eso. En estos momentos, lo importante es la obra.

– “Que lo paséis bien” – Laura me hace volver a la realidad.

Salimos a la calle y nos dirigimos hacia las blancas agujas del municipio. Hay que proseguir hacia el Norte. Una vez en Bishop Street tendremos que caminar con cuidado, evitando los carros que circulan demasiado deprisa y demasiado cerca de las casas, y esquivando el contenido de los vasos de noche que se vacían desde las ventanas sin avisar a los viandantes.

La lluvia de la mañana ha convertido la calle en un lodazal, y en pocos minutos tenemos las botas salpicadas de barro, a pesar de caminar sobre tablas de madera. Las finas calzas de Gonzalo y sus zapatos de piel de cabrito en estos momentos serían irreconocibles.

– “Milord…”

No caben dudas de que el joven es educado.

– “Espero no ser impertinente…”

Aunque quizás me equivoque.

– “Estaba pensando que, quizás…”

Lo cojo del brazo apenas a tiempo para evitar que choque con dos hombres que transportan un tonel a una de las muchas tabernas que dan a la calle. Aprovecho el momento para plantarle cara.

– “Si tienes algo que decirme, dímelo”.

Creo que he exagerado con mi tono de voz, pues palidece y traga saliva. Sé que en determinadas circunstancias puedo infundir demasiado temor en mi interlocutor. Puede que se deba al efecto de mis ojos azules claros con el pelo negro como ala de cuervo. Mucha gente lo encuentra inquietante.

– “Milord, os agradezco vuestra amabilidad conmigo, que excede cuando debido a la amistad que os une a mi padre y mi familia, pero creo que sería mejor si encontrase alojamiento fuera de vuestra casa”.

Prosigo el camino intentando disimular la sonrisa. Tengo que reconocer que este joven es un pozo de sorpresas.

– “¿Has hablado con mi esposa de este asunto?”
– “¿Con madonna Laura? No. ¿Por qué debería?”
– “¿Acaso no estás a gusto en mi casa?”
– “Milord, por supuesto que lo estoy. Pero creo que sería mejor que no tengáis que preocuparos por mí, cuando entro o salgo…”

Ahora intento disimular la risa con un golpe de tos. No cabe duda de que a este joven le llama más la atención lo que hay fuera de mi casa que dentro de ella,

– “Gonzalo, tu padre me ha encomendado tu persona durante tu estancia en Londres. Recuerda que no llevamos éstas” – doy un golpe ligero a la empuñadura de mi espada – “por decoración”.
– “Sé defenderme” – responde con un tono de orgullo – “y Madrid es igual de peligrosa que Londres, según las horas y las circunstancias”.
– “Pero ahora estás aquí, bajo mi responsabilidad. Y tienes mucho que aprender. Sin embargo, comprendo tu deseo de libertad. Imagino que si me dices esto es porque has encontrado ya algo”.
– “No, bueno. No la he visto aún, pero me han hablado de una casa en la que alquilan habitaciones. Cerca de Saint Paul, en Watlyn Street”.

Levanto las cejas. Podría ser peor.

– “Si lo prefieres así. De todas maneras, te acompañará alguien de mi servicio, el joven Thomas Brewer. Necesitarás un criado. ¿Quién te ha sugerido el lugar?”
– “El hijo del embajador Mendoza. Conoce la casa…”
– “Más bien la taberna, diría yo. Lo mejor es que no te presentes como español”.
– “No, desde luego. Había pensado en hacerme pasar por florentino. No creo que sepan diferenciar el acento”.
– “Estoy seguro de que no”.
– “Madonna Laura podría enseñarme algunas palabras. No conozco más que las cuatro malsonantes que se pueden aprender entre la soldadesca”.
– “Creo que estará encantada de darte lecciones, aunque es una maestra implacable. Hoy, sin ir más lejos, se ha burlado de mi acento”.
– “Vos también conocéis la lengua. Habéis vivo allí ¿no?”
– “Por algún tiempo. Entre Ferrara y Venecia”.
– “¿Conocisteis allí a madonna Laura?”
– “Sí”.

Me doy cuenta de que nunca le había contado a nadie qué sucedió aquellos meses. Mis padres habían muerto ya, no tenía que dar cuenta a nadie de mis actos. En aquel país me encontré repitiendo los pasos de mi abuelo, siguiendo las huellas de otra Lucrezia, y acabé siendo yo también objeto de la ira de un Alfonso d’Este. Los nietos siguieron los pasos de sus abuelos. Sí, creo que es una buena idea contarle a este joven lo que pasó en Ferrara, hace dieciséis años.

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Supuesto retrato de César Borgia

― “Gonzalo, te voy a contar cómo conocí a Laura, y qué pasó. Iba a ir a Italia con mi padre, para que me presentase a nuestros contactos en la península. Nuestro primer destino iba a ser Venecia, pero cuando teníamos ya todo preparado mi padre enfermó. Se fue en tan poco tiempo que pudo sólo escribir cartas de presentación, ya que no lo podría hacer en persona. Iba a estar ausente varios meses, quizás más de un año. Cerré la casa, pero antes de irme, encontré en el desván el retrato de mi abuelo John y sus diarios. Me los llevé para leerlos durante el viaje, no sé por qué. Supe, gracias a esos papeles, que la Duquesa de Ferrara, Lucrezia Borgia, fue su único amor, durante muchos años. Mi abuelo fue el hombre de confianza de su hermano, César Borgia, a quien sirvió y brindó su amistad sincera. Cuando eran unos muchachos César le salvó la vida, en Siena, y John fue para César mucho más que un amigo. Fue él quien, reventando caballos desde Navarra a Ferrara, le llevó a Lucrezia la noticia de la muerte de César en una emboscada en Viana. Se quedó a su lado, en Ferrara, hasta que murió tras dar a la luz el enésimo hijo de Alfonso d’Este. Una niña, que también murió”

Hemos llegado a una de las puertas de la ciudad, Bishopgate. Los soldados de guardia nos dedican una mirada distraída sin dejar de charlar. El río de gente que sale de la ciudad para ir al teatro no es un problema, por el momento. Quizás lo sea más tarde, al regreso, excitados por la representación y el alcohol, pero eso será asunto del siguiente turno de guardia.

– “Milord ¿vuestro abuelo era el amante de Lucrezia Borgia?” – Gonzalo parece realmente interesado en lo que le estoy contando.
– “No lo era en Ferrara. Sucedió años antes, en Roma. Cuando ella se refugió en el convento de San Sixto, para escapar de su matrimonio con el milanés Giovanni Sforza. Milán empezaba a ser un aliado molesto para los Borgia. Había que deshacer el matrimonio, y mientras se tomaba tiempo, se estudiaba dónde mover pieza, con quién casar a Lucrezia: Nápoles, Mantua, Ferrara… Mientras César y el papa Borgia sopesaban pros y contras, mi abuelo leía libros con Lucrezia en el claustro de San Sixto. Hasta que, como les sucedió a Paolo e Francesca en la Divina Comedia, “no pudieron seguir adelante”. Como en el poema, aquella relación terminó en tragedia. Lucrezia se quedó embarazada, pero encontraron un chivo expiatorio, un cierto Pedro Calderón, conocido como Perotto. César se creyó que aquel humilde mozo de cuadras era el padre del niño. Su reacción fue terrible; mató al joven, y a la doncella de Lucrezia. Ambos sabían quién era en realidad el padre, pero no lo delataron. O, por lo menos, si confesaron delante de César antes de morir, éste no lo dio a conocer. John siguió a César en sus campañas en Emilia Romaña. Estuvo a su lado cuando el veneno, que los Borgia habían usado a placer, acabó con la vida de Alejandro VI y casi con la de su ambicioso primogénito. John lo ayudó a escapar a Ostia, pero en un momento de distracción, Gonzalo Fernández de Córdoba se lo llevó a España, prisionero del rey Fernando”.

Gonzalo me mira y sonríe.

– “Pero César Borgia logró escapar del castillo de Chinchilla. Y creo adivinar quién le ayudó en la fuga”.
– “Así es, Gonzalo”
– “Pero, hay algo que no entiendo. Si cabía la posibilidad de que César supiese que John era el padre del hijo de Lucrezia… ¿Por qué arriesgó éste su vida para salvarlo?”

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Castillo de los d’Este – Ferrara

– “Porque se lo debía. John habría muerto desangrado en Siena si César no lo hubiese ayudado: eliminó a unos ladrones que lo asaltaron y lo llevó al hospital de Santa Maria della Scala. Además, en su conciencia y en la de Lucrezia pesaban como una losa las vidas de Perotto y Pantasilea, la doncella. Por ese motivo, aunque nunca volvió a alejarse de ella tras darle la noticia de la muerte de César, no volvieron a acostarse. Pasó a formar parte de la corte, de su grupo de admiradores: literatos como Pietro Bembo, o nobles como Francesco Gonzaga de Mantua. Él era uno más, pero con una sola diferencia. Lucrezia lo amaba sólo a él, en silencio. Y Alfonso d’Este, el duque, lo sabía. No pudo probarlo; es imposible encontrar pruebas donde no las hay. Nunca perdieron la compostura, ni siquiera cuando estaban solos, ni se escribieron billetes románticos que podrían ser interceptados. No hablaron nunca de amor, a los dos les bastaba saber que ese sentimiento existía, cada vez más fuerte, alimentado sólo por su presencia. Hasta que ella enfermó tras dar a luz, pues en eso consistía la cruel venganza del duque: dejarla embarazada una y otra vez. Y esa era la penitencia de Lucrezia: permitírselo. Para cuando el señor duque se dignó a visitar a su esposa agonizante, molesto por haberle alejado de sus cañones y su amante oficial, encontró la puerta de la alcoba atrancada. John estaba con ella, acompañándola en sus últimos momentos, hablándole. Cuando se dio cuenta de que ya no respiraba, recitó unos versos de Ausiàs March, un poeta valenciano. Los mismos que ella repitió cuando supo que César había muerto. “La gran dolor que llengua no pot dir, del qui-s veu mort e no sap on irà…”. John seguía recitando el poema mientras el conde y su guardia intentaban derribar la puerta. “Lo teu esguard no-m donarà espavent”. “No temeré tu mirada”, repitió. Y besó sus labios ya fríos. Escapó. Saltó a través de la ventana de la alcoba, cayó al foso del castillo. Evitó buceando los virotes de las ballestas, y huyó a Venecia. Se refugió durante un tiempo en casa del maestro Tiziano, y regresó a Inglaterra. En Londres conoció a tu tío-abuelo, Don Francisco de Villegas. Pero esta parte de la historia la conoces bien”.

– “Milord, ibais a contarme qué sucedió en Ferrara… Pero a vos, no a vuestro abuelo. Y creo que estamos llegando”.

Así es. Delante de nosotros, entre unos campos, se alzan dos edificios de unas tres alturas, de planta octogonal; eran dos teatros, el Curtain, y el Theatre. El que estuvieran fuera de las murallas de la ciudad era una argucia para evitar, en la medida de lo posible, el cierre periódico de los teatros por motivos de salud pública. En los alrededores había varias tabernas. Podían acudir hasta tres mil personas a cada representación, sobre todo a las más populares, y de ellas sacaban tajada no sólo las compañías de actores y los empresarios, sino taberneros, busconas, pillos y ladronzuelos que aprovechaban las aglomeraciones para aligerar a los incautos del peso de sus bolsas. Los dos teatros, a pesar de estar tan cerca, no se hacen la competencia. El apetito de espectáculos teatrales por parte de los súbditos de la reina Isabel parece insaciable. Además de estos dos teatros, hay otro en la orilla sur del Támesis, el Rose. Probablemente la compañía de actores de los hermanos Burbage acabarán mudándose también a la otra orilla, abandonando el Theatre, y los infinitos pleitos con el propietario del terreno. Quién sabe cuándo sucederá. Los tiempos de la corte de justicia son bíblicos. Mientras tanto, el barrio más cercano a los teatros, Shoreditch, se ha convertido en el hogar de actores y escritores. Greene, Marlowe, Spenser, Shakespeare, Jonson. Todos habían vivido, o lo hacen aún, en esas calles.

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Suburbios del norte de Londres con el Curtain. Grabado de la época

“Tienes razón, Gonzalo. Te lo contaré en el entreacto”

La campiña se ha convertido en un lodazal. La masa de espectadores confluye al edificio octagonal. Hoy no hay espectáculo en el Theatre; probablemente los Burbage estarán en el juzgado, por lo que ganar la entrada al Curtain costará esfuerzo, además de los tres peniques por el acceso a los cómodos palcos con vista sobre el escenario. Mi posición social, y mi fama de sibarita, me impiden ver la obra desde donde me gustaría hacerlo. Entre el pueblo, de pie en la platea, a pocos metros del escenario, prácticamente mezclado con los actores. O, si estuviese cansado, en los bancos de madera de las gradas bajas, las localidades de a dos peniques, entre los tenderos, los empleados y la pequeña burguesía. Pero Lord Richard Hawkwood tiene que ocupar uno de los palcos altos, cerca del “cielo”, el techo que protege el escenario de la intemperie y que está decorado con signos del zodiaco, constelaciones y personajes mitológicos.

Me acerco a uno de los cobradores, dejo el dinero en la caja, y nos seguimos abriendo paso a empujones. Reconozco al tipejo con aspecto de comadreja que se acerca demasiado al flanco de Gonzalo. Aparte de su honesto oficio de ladronzuelo, se gana la vida, razonablemente bien, recogiendo información que me ofrece, cuando es necesario, a la lumbre de algunas velas grasientas en las sucias mesas de “El Toro Rojo”, mientras remoja el gaznate con varias pintas de cerveza.

-“Bardolph, el joven está conmigo, así que métete las manos en los bolsillos. O donde te plazca, basta que no lo hagas donde ibas a hacerlo”

El hombre palidece, algo casi nunca visto en él. Sólo yo lo llamo Bardolph. Cuando oí la descripción de uno de los personajes del “Enrique IV” y “Enrique V”, “su cara es toda bubones, pústulas, bultos e inflamaciones, y sus labios hacen el oficio de soplete de su nariz, que está como carbón encendido, unas veces roja, y otra azul”, no tuve dudas. A partir de ese momento el honesto Dick Chapman pasaría a ser Bardolph, ojos y oídos discretos desde Shoreditch hasta Eastcheap. Las mejores informaciones las he obtenido de los parroquianos de “La Cabeza de Jabalí” o de “La Sirena”, pocas veces en los pasillos de Whitehall o Westminster.

– “Lo ziento milord. Zi lo hubieze zabido…” – no logro entender el por qué el buen Bardolph abusa de la letra ese en su vocabulario a pesar de tener el ceceo más exagerado que haya oído nunca. O quizás precisamente ése era el motivo. – “¡Dejaz pazo a zu ezelencia, inmundaz zabandijaz!”

Bardolph se ha tomado a pecho el error en la elección del pollo a desplumar, y logra abrir las masas delante de nosotros como la proa de una nave que rompe el hielo apenas formado.

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Globe Theatre – Londres

Finalmente entramos en el teatro, y veo que Gonzalo disimula una mueca de asco. Casi tres mil almas aglomeradas dentro de un círculo de madera en la jornada más calurosa del año no se caracterizan por su buen olor. Sonrío al ver que el joven intenta disimular su asombro, mientras levanta la mirada a los tres órdenes de galerías que envuelven la platea y el escenario. Le hago notar dónde están nuestras localidades en el primer piso, en uno de los laterales. De entre los barrotes de madera de la barandilla asoma la punta de una bota, y el humo de una pipa asciende hasta acariciar las paredes decoradas. Subimos y, nada más entrar al palco, reconozco los cabellos rubios ondulados, el pendiente-una perla en forma de pera-, y el porte inconfundible de Edward de Vere, conde de Oxford. Se gira al vernos entrar.

– “¡Oh, Hawkwood! ¡Qué sorpresa! No esperaba veros hoy por aquí”
– “No sois el único” – contesto, recordando la pálida cara de Bardolph. El conde se aparta para ver mejor a mi acompañante.
– “¿Dónde habéis dejado a vuestra deliciosa esposa?”
– “Hoy hace demasiado calor. Además, no podía dejar de mostrar a mi joven huésped una de las atracciones de la ciudad. Permitid que os presente a Gonzalo de Villegas y Esquivia. Gonzalo, Edward de Vere, conde de Oxford”

El conde concede una leve inclinación de la cabeza como saludo. No hace ademán de levantarse, pues el pie que asomaba por las rendijas del palco descansa sobre un mullido cojín, apoyado a su vez, sobre un taburete.

– “Me perdonaréis si no me levanto, pero sufrí un pequeño percance en Holanda. Don Gonzalo, no he visto ejército peor pertrechado ni soldados tan desarrapados, pero reconozco que vuestros tercios saben luchar” – con un gesto de la mano nos hace saber que podemos sentarnos. Gonzalo parece impasible delante del comentario de Oxford. Bien por él. Tendrá que aguantar no pocas provocaciones apenas se sepa que es español. Además, no conviene contrariar al conde de Oxford, pues, a pesar de que ha dejado de ser desde hace años el favorito de la reina Isabel, es siempre un grande de Inglaterra, y el yerno del todopoderoso William Cecil, secretario privado y principal consejero de su majestad. Oxford sigue hablando. Pocas veces he visto en mi vida alguien tan enamorado de la propia voz.

– “Sí, Hawkwood” – prosigue mientras se toca la pierna – “hacéis bien en no interesaros en política y dedicaros al arte y la buena vida”.
– “La política no se me da bien, milord Oxford. La vida es tan corta que no vale la pena perder tiempo y energía en vano”.
– “Y… ¿qué os ha traído a la “pérfida Albión”, joven Villegas?
– “Soy uno de los secretarios del embajador Mendoza”
– “Pardiez, Hawkwood. Y eso que no os interesáis por la política”
– “Es el hijo de un buen amigo. Se aloja en mi casa, por el momento. ¿Sabéis de qué va la comedia?” – pregunto, para cambiar la conversación, señalando el escenario.
– “Oh, sí. Sobre un mercader, que pide prestado a un judío tres mil ducados. No son para él, sino para un joven y apuesto amigo que está cortejando a una rica dama. El judío no pide otra garantía para conceder el préstamo que tres libras de la carne del mercader”.
– “Y yo que creía que sería menos truculenta que el “Judío de Malta” de Marlowe” – contesto, exagerando una mueca de asco.
– “No, no, no, lo es. Os aseguro que nadie muere y que algunos pasajes os resultarán muy interesantes, a vos y a vuestro huésped”
– “¿Conocéis al autor, milord?” – pregunta Gonzalo.
– “Oh, sí, muy bien. Prácticamente como a mí mismo” – responde el conde mientras alza una copa de vino.

Finjo estar muy interesado en lo que sucede en las gradas y la platea. Desde hace algún tiempo, corren rumores incontrolados sobre el autor, que se ha impuesto en la escena teatral de Londres con obras no sólo de gran éxito, sino de extraordinaria calidad. Hace algún tiempo Bardolph me refirió algo que había sucedido en “La Sirena”, la taberna favorita de actores y escritores. Ben Jonson, visiblemente borracho, llamó a William Shakespeare impostor y lo retó a escribir algo delante del respetable. En la ciudad hay quien no logra entender de dónde ha sacado un oscuro y desconocido actor de provincias el talento, la inspiración y el genio para escribir tales obras y poemas habiendo asistido sólo a la escuela media y sin haber visto más mundo que el que hay entre Stradford y Londres. Han salido a la luz, en los corrillos de artistas, toda serie de nombres como “auténticos autores” de esas obras: desde Kit Marlowe hasta el conde de Oxford. Y, por los clavos de cristo, Edward de Vere goza por todos los poros de su piel de tal rumor. Es sabido que escribió obras que se han representado en la corte, cuando gozaba de la gracia de Isabel. Que ha vivido años fuera de Inglaterra, en Italia, país en el que se desarrollan muchas de las obras de Shakespeare, como la de hoy. Que Oxford es un hombre de exquisita cultura, domina el latín y el griego… Si el hijo del guantero de Stradford no es el auténtico autor de Romeo y Julieta, es el candidato perfecto. ¿Mi opinión al respecto? Los versos son igualmente extraordinarios, sea si los escribió el hombre que en estos momentos está sentado a mi lado, o el otro que puedo ver, nervioso, entre bambalinas, corriendo de un lado a otro, dando las últimas instrucciones.

– “Y bien, Gonzalo ¿qué te parece?” – le pregunto al joven.
– “Es curiosa la forma del edificio, muy diferente a los corrales de comedias de Madrid. Aunque el entusiasmo del público es parecido”
– “¿Qué ha sido lo último que has visto?”
– “La viuda valenciana, de Lope. Justo pocos días antes de que los teatros fuesen cerrados por orden del rey. Por “inmoralidad””
– “Le pediré a tu padre que me mande una copia”
– “Una pieza excelente. Y Fernanda de Rojas nos enamoró a todos los presentes en su papel de Leonarda. Cuando recitó los versos “si ardéis como yo, mi amor, avivad conmigo el juego, que cuando se apaga el fuego, llega después el helor” la corrala casi se vino abajo por el estruendo de los aplausos y los vítores. Creo que tal escándalo tuvo que mucho que ver con la orden del rey. Qué mujer, milord. Tendríais que haberla visto”
– “Me la puedo imaginar, Gonzalo. Lamento informarte que hoy no verás mujeres en el escenario. Los papeles femeninos los hacen chicos jóvenes” – creo, vista la reacción de Gonzalo, que no lo sabía.
– “¿Y por qué?”
– “Se considera indecente que una mujer sea actriz”
– “¿Cómo? Herejes hipócritas…” – masculla en castellano, en voz tan baja que apenas lo puedo oír. “Apelan a la indecencia cuando desde aquí puedo ver hasta cuatro busconas a la caza de clientes”.

Le contesto en inglés, para que no quepan dudas de que no tenemos nada que ocultar. Por lo menos en este palco.

– “Los actores y empresarios no hacen más que adaptarse. Las autoridades también cierran los teatros en Londres, y con mayor frecuencia que en Madrid. La indecencia es sólo una excusa, como lo es la amenaza a la salud pública durante los periodos de plaga. El auténtico peligro son las palabras, las ideas. El año pasado Jonson y Nashe representaron en el Swan una obra titulada “La isla de los perros”. No pudieron tan siquiera terminarla. Irrumpieron los alguaciles y detuvieron a los autores y actores. Nunca se había visto en público una crítica tan feroz y mordaz del gobierno y de todos aquellos que contaban algo en la corte. Ante las censuras y prohibiciones los autores y empresarios se han inventado siempre un ardid. Si las mujeres no pueden actuar lo hacen los chicos, si no se pueden abrir teatros en la ciudad se hace a poca distancia de sus puertas, si no se puede incitar a la rebelión a la tiranía se representa la muerte de un tirano de la antigua Roma. Ya sabes “hecha la ley, hecha la trampa”. Creo que este es el caso en el que se puede aplicar mejor el dicho”.
– “Bravo, excelente explicación” – dice alguien a mis espaldas. Me giro y veo una versión rejuvenecida de Oxford. Los cabellos son igual de rubios, aunque más largos, peinados en estrechos tirabuzones. Lleva un fino bigote, un elegante jubón negro, abierto. Asoma debajo de él una camisa blanca con amplio cuello de encaje y puños que tapan la mitad de la mano. La espada que lleva al flanco es una extraordinaria pieza italiana, con elaborados gavilanes doblados formando los guardamanos.
– “¡Henry amigo mío! Conoces a Lord Richard Hawkwood. Su acompañante es un caballero español, Don Gonzalo…” chasquea los dedos, como si se hubiese olvidado del nombre. Yo sé que no es así. La memoria de Oxford es proverbial, no se trata más que de una puesta en escena. Nada extraño, visto el lugar. Gonzalo se levanta y esboza una reverencia.
– “Gonzalo de Villegas y Esquivia”

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– “Henry Wriothesley, conde de Southampton” – contesta éste, devolviendo el saludo con una inclinación de la cabeza. “España, una tierra preciosa. La última vez estuve en Cádiz. Bueno, la vi de lejos, pues no desembarcamos” – concluye, mostrando sus dientes blanquísimos, y se sienta al lado de Oxford.
– “Vuestra excelencia es sin lugar a dudas más afortunado que yo, pues no he visto tal ciudad ni de lejos. Yo soy de Madrid. Me he criado en la árida meseta, no acunado por las olas del mar”

Bravo, Gonzalo. No había imaginado que tendría que lidiar tan pronto con ejemplares de tal envergadura; sin embargo, aguanta bien los envites. Todo el mundo sabe qué estaba haciendo el conde de Southampton cerca de Cádiz en 1596. Formar parte de la escuadrilla naval que, capitaneada por el conde de Essex y Charles Howard, capturó y hundió buena parte de la flota española de base en Cádiz. Por cierto, tampoco pude evitarlo, me enteré del ataque demasiado tarde.

– “Hawkwood, presentad mis respetos a vuestra esposa” – prosiguió el recién llegado.
– “Lo haré, gracias. ¿Todo bien por Irlanda?” – pregunto a Southampton con la peor de las intenciones. El paseo triunfal que tenía que ser la expedición del conde de Essex para aplastar un foco rebelde en la isla, se está convirtiendo en una debacle, gracias, entre otros, a los soldados españoles que combaten al lado de los irlandeses. La propaganda oficial está ocultando la verdad. Verdad que, obviamente, conozco de primera mano. Southampton se mesa los bigotes, mientras responde sin mirarme a los ojos. – “No puede ir mejor. Está casi todo hecho, por eso he regresado ya”
– “Centrémonos en la obra” – tercia Oxford, mirándome de reojo – “O en Lady Grey, si no os gusta la representación” – concluye, saludando con la mano a una dama enjoyada dos palcos más allá, que intenta aliviar el calor abanicándose con parsimonia.

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Globe Theatre – The Merchant of Venice © Manuel Harlan – Shakeaspeare’s Globe FB page

Uno de los empleados del teatro ha cambiado la pesada caja de cobrador por una campanilla de considerables dimensiones, con la que avisa que la obra está a punto de empezar. Suena la música, y los actores aparecen sobre el escenario. Las máscaras, el ritmo de la ciacona, el baile, despiertan recuerdos en mí. Me hace falta un menor esfuerzo de imaginación que a buena parte del público para ver, en lugar de las tablas del escenario, los canales y callejones de Venecia. La ciudad del Dogo es un espejismo sobre el agua, sobre todo los días brumosos del invierno. La luz en el estudio del maestro Tintoretto-en Cannareggio, frente a la iglesia de la Madonna dell’Orto- en la plaza San Marcos, el Arsenal. El puente del Rialto con las tiendas de los orfebres, donde compré, llevado por un instinto inexplicable pues aún no la conocía, el anillo que regalé meses después a Laura cuando unimos nuestros destinos. En el escenario, el mercader Antonio se pregunta por qué está triste, sin saber el motivo. Ahora entiendo por qué, cuando Oxford dijo que apreciaríamos ciertos versos de la obra, tenía aquella odiosa mirada suya de prepotencia. Un joven de Venecia, Salarino, le contesta al mercader Antonio que probablemente está triste porque toda su riqueza está en el mar, en barcos que viajan a Trípoli, México o Inglaterra. Nombra una nave en particular, el San Andrés. Como uno de los barcos apresados en Cádiz por la escuadrilla de Essex. Miro a Oxford, que se retuerce el bigote complacido. La toma del San Andrés me afectó personalmente. Había invertido una suma considerable en una parte del cargamento, especias y sedas. ¿Por qué ese personaje, de entre todas las mercancías posibles que se pueden transportar en una nave, habla de “especias esparcidas en la corriente, y aguas turbulentas que se arropan con mis sedas”? Nadie sabía que tenía capital invertido en ese barco, pues mi cuota resultaba en el libro contable bajo el nombre del agente de los Villegas en Sevilla. ¿Es sólo una casualidad? ¿Oxford lo sabe? ¿Escribió él esas líneas o Southampton, mecenas de Shakespeare, se las sugirió? Y, si sabe lo del San Andrés, ¿qué más cosas sabe de mí? ¿Las actividades de los Hawkwood desde el primer lord, mi abuelo?

Noto que Gonzalo también se ha resentido con los versos sobre el San Andrés. Pero lo que para él no es sino una herida ligera en su orgullo patrio, para mí puede ser el principio del fin. Si tengo suerte, las consecuencias no serán más que un retiro definitivo al campo y la resolución de mi consorcio con los Villegas. Si no la tengo, acabaré con mis huesos en una celda de la torre, esperando que el verdugo me corte la cabeza por espía y traidor a la corona.

Traidor, a pesar de que he salvado la vida a la reina Isabel en muchas más ocasiones que Oxford y Southampton juntos.

Los años de práctica en la corte, disimulando lo que no siento y lo que no soy, me ayudan a parecer muy interesado en la obra, a pesar de que estoy organizando mentalmente mi fuga de Londres. O qué o qué no puedo hacer contra estos nobles. O si no tengo que hacer más que aguantar, y esperar que caigan por su propio peso. Calma, Richard. Piensa, recapacita.

Southampton será el primero en caer, estoy seguro. Ha jurado fidelidad a Essex, unirán sus destinos. Es de vital importancia que la expedición a Irlanda fracase definitivamente. Además, sé que ha anticipado su vuelta por otro motivo: su amante, la prima de Essex. Isabel la odia. Me tengo que asegurar de que se una definitivamente a ella. Un embarazo imprevisto puede ser la solución, y en ese caso puedo contar con dos aliados: la fogosidad del joven conde, tras varios meses de guerra, y la doncella de la dama. Si ésta hace uso de alguna hierba o esponja para evitar sorpresas, a tal hierba se le puede añadir otra que neutralice su efecto. Con respecto a Oxford, no sé hasta qué punto su aventura holandesa ha contado con la bendición de la reina. Si así es, no sería más que el enésimo disgusto en una larga serie de disgustos. Probablemente la gota que colmará el vaso de la paciencia de Isabel Tudor. Pensándolo bien, creo que no me queda más que capear el temporal. Sí. Oxford y Southampton no son más que dos cometas que pronto saldrán de la órbita de la reina virgen.

Ahora puedo reír con ganas de las escenas cómicas entre Lanzarote Gobbo, el criado del judío Shylock, y su padre.

Pero la alegría dura poco; cuando aparece en escena el segundo pretendiente de la mano de la bella Porcia, el público estalla en sonoras carcajadas. Es el “príncipe de Aragón”, una manera elegante de decir “español”. Gonzalo, a mi lado, palidece.

– “Gracias, milord. Si no fuera por vos creo que hoy acabaría la jornada retando a duelo a la mitad del público”
– “Pídeme consejo sobre tu vestimenta antes de salir. Sobre todo, si te entran ganas de ponerte golilla, un sombrero como ése y una pluma de faisán”

Aragón se pavonea por el escenario, examinando los tres cofres de oro, plata y plomo, que son la clave para solucionar el enigma que concede la mano de Porcia. Iba vestido prácticamente igual a Gonzalo antes de que saliésemos de casa: golilla almidonada y aparatosa pluma de faisán incluidas. Las erres exageradas al hablar, las haches aspiradas a la manera de la “jota” castellana, imposibles de pronunciar para los ingleses… Todo hacía del príncipe de Aragón un personaje irresistiblemente cómico para el público. No hay nada más entretenido que ver sobre el escenario al enemigo secular ridiculizado y … derrotado. No obtiene la mano de Porcia, pues ha elegido el cofre de plata con el lema “quien me elige tendrá lo que se merece”; mientras saca del cofre, en lugar del retrato de Porcia, la máscara de un bufón, el fragor de las risas parece que va a tirar abajo el teatro. Sobre todo, cuando Aragón dice, con voz temblorosa “hoy un payaso ha venido ante vos, pero se despiden dos”.

– “No quiero ni imaginar qué hubiese sucedido. Yo en este palco a la vista de todo el público, vestido igual que ese personaje patético. Creo que cortaré esa pluma y la usaré para escribir”

Entreacto. Finalmente.

– “Hawkwood ¿le pasa algo a Don Gonzalo? Juraría que ha palidecido” – dice Oxford, la viva imagen de la candidez y la inocencia.
– “Nada que una jarra de cerveza no pueda arreglar” – contesto. Alzo los dedos con una moneda entre ellos, al instante un muchacho que vende bebidas me pasa un vaso colmado.
– “Caliente como meada de yegua e igualmente nauseabunda…” – murmura Gonzalo con disimulo mientras se limpia la boca con la manga – “…herejes”. Concluye, alzando la jarra y sonriendo a manera de saludo a Oxford.
– “¿Qué os parece la obra, don Gonzalo?” – pregunta Southampton, tan falsamente interesado como su amigo.
– “La encuentro muy entretenida. Me ha gustado mucho el mensaje encerrado en el cofre dorado”
– “No todo cuanto brilla es oro”
– “Exacto. Mis versos favoritos son aquellos que dicen “muchos hombres han vendido su vida, sólo por contemplar mi aspecto / las tumbas doradas encierran gusanos”. Es una gran verdad. Las apariencias engañan. La belleza exterior puede encerrar la podredumbre, y la muerte. Quien quiere algo debe arriesgarlo todo, considerar qué es lo que realmente merece nuestra atención y esfuerzo. Está claro, siguiendo este razonamiento, qué cofre esconde el retrato de Porcia. Los pretendientes egoístas, como el príncipe de Marruecos, o los necios, como el de Aragón, descartarán desde el principio el único cofre con la imagen de la dama. Aquel por el que, a pesar de estar fabricado con el más humilde de los metales, el plomo “se debe arriesgar todo lo que se tiene”.
– “Bravo, don Gonzalo” – tercia Oxford – “habéis entendido a la perfección el enigma de los cofres. Me congratulo con vos. Hawkwood, espero que no escondáis a este joven brillante como escondéis a vuestra bella esposa. Tendréis noticias mías pronto. Henry, vayamos a presentar nuestros respetos a Lady Grey. Como siga asomándose así por la barandilla para que vayamos, caerá a peso sobre el público en la platea”.

Los saludamos. Suspiro, por fin, relajado.

– “Si hubiese sabido que Oxford y Southampton estaban aquí, habríamos ido al Rose”.
– “Milord, os seré sincero… ¡me estoy divirtiendo!”
– “Bendita juventud… Me sorprendes positivamente, Gonzalo. Te creía demasiado tímido e inseguro cuando llegaste. Te has comportado muy bien; educado pero difícil de amedrentar. De todas maneras, tienes que estar atento. Hazme caso, ten cuidado. Y mantén los ojos siempre bien abiertos”
– “¿Me podéis terminar de contar ahora vuestra historia sobre cómo conocisteis a madonna Laura?”
– “Cierto… ¿Por dónde me había quedado? Mi abuelo, Lucrezia… y yo. Llevado por la curiosidad fui a Ferrara. Quería pasear por aquellas calles, ver el castillo, la fortaleza estense. Entrar en ella, si hubiese sido posible. Como sabes, nuestra cobertura, la que hemos usado siempre los Hawkwood durante nuestros viajes en Italia, ha sido el arte. Hacemos de intermediarios entre los pintores y los nobles. Todo empezó de una manera natural. Mi abuelo se había convertido, aún sin proponérselo, en un experto de arte. No lo estudió en academias o en libros, simplemente lo vivió. Todo lo que sabía sobre pintura lo aprendió viendo al Pinturicchio decorando los apartamentos Borgia en el Vaticano, a Leonardo dibujando cabezas de ángeles o ancianos en una esquina del pergamino en el que acababa de crear armas increíbles o fortalezas inexpugnables para César Borgia, al maestro Tiziano trabajando durante el mes que estuvo recluido en su casa de Venecia. Todo lo que aprendió se lo enseñó a mi padre, y éste a mí. Por eso, cuando llegué a Ferrara me precedía una cierta fama, que me acabó abriendo las puertas del castillo de los d’Este. Si hubiese sido necesario podrían hablar por mí varios cuadros del Tintoretto que, a pesar de que los había adquirido para algunos compradores en Inglaterra, podrían ayudar al por entonces duque a olvidar quién era. No fue necesario, pues conté con una aliada en la corte, Lucrezia d’Este. Ella sí que sabía sobre mi abuelo, como yo sobre la suya. Guardaba los diarios de su abuela, que también descubrió por casualidad. Lucrezia estaba casada con Francesco Maria della Rovere, Duque de Urbino. Un matrimonio político, de conveniencia, como todos los matrimonios entre nobles. E infeliz, como buena parte de ellos. Volvía a menudo a Ferrara, con cualquier excusa. La habían casado con un hombre doce años más joven que ella, que detestaba y despreciaba, pues no dejaba de compararlo con su único amor, el marqués del Vignola, Ercole Contrari. Retomó su relación con él después del matrimonio. Su hermano Alfonso, el Duque de Ferrara, no tardó en descubrirlo, pues el amor los volvió irresponsables, e indiscretos. Lucrezia rogó a su hermano una y mil veces que la librase de aquel matrimonio que la oprimía, y que la entregase a Ercole. No era posible. El Duque no podía permitirse el lujo de contrariar al de Urbino. Dependían de él sus buenas relaciones con el papado y con el rey de España, y lo apoyaba en su proyecto de emparentar su casa con los reyes de Polonia. Además, si perdía su alianza con Urbino, perdía una montaña de dinero. Se cerraría para siempre una fuente de ingresos que le permitía vivir como el Duque de Ferrara merecía. En resumidas cuentas, Ercole Contrari se había convertido en un problema del que había que librarse”

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Lucrezia d’Este

– “Contrari… ¿No es el apellido de vuestra esposa de soltera?”
– “Ercole era su hermano. Mi estancia en Ferrara coincidió con una de Lucrezia, como te he dicho antes. Nos convertimos en muy buenos amigos. Su hermano Alfonso fomentaba nuestros encuentros, creo que con la esperanza de que ella se olvidase de Ercole. Yo era inofensivo. Habría vuelto a Inglaterra, cumpliendo mi papel de “distracción”. Sin embargo, me convertí en una coartada cómoda para Lucrezia. Le decía a su hermano que salía a cabalgar conmigo, pero no íbamos más allá de una casa de campo de los Contrari. Ah, no te imagines una bucólica cabaña en el bosque, sino una hermosa villa con jardines inmensos y una de las bibliotecas mejor surtidas que haya visto en mi vida, en la que pasaba las horas leyendo, hasta que Lucrezia aparecía del brazo de Ercole y me decía que podíamos volver. Una tarde, mientras estaba leyendo una magnífica edición del “Orlando Furioso” de Ariosto, entró una joven en la biblioteca. No me había visto. Cogió un libro y se sentó bajo un ventanal, para leer con buena luz. No era sólo hermosa; nunca había visto tanta fuerza y decisión en la mirada de una mujer. Supe entonces que iba a ser ella, no dudé un instante. Había dejado un libro apoyado en el borde del pupitre de lectura, lo rocé con el codo, sin darme cuenta, y cayó con gran estruendo. Ella levantó la mirada de su libro. No se había asustado, me miraba curiosa, sorprendida. No sé cómo hice para llegar a su lado, y presentarme. De aquella tarde recuerdo hasta el mínimo detalle del momento en el que levantó los ojos del libro, pero todo lo demás está envuelto en una especie de bruma: no me preguntes de qué hablamos, cómo o cuando salí de la biblioteca y regresé con Lucrezia a la ciudad. Así pues, cada vez que Lucrezia se veía con Ercole en aquella villa, yo lo hacía con Laura: hablábamos, paseábamos por los jardines… Y a pesar de lo que puedas pensar, Gonzalo, no pasó nada más. Ella era muy joven, y estaba prometida con un Gonzaga”

Hago una pausa. Observo al público en las gradas y en la platea. Veo, en el primer orden de la galería, una pareja cogida de la mano. Él le susurra algo al oído y ella se ruboriza. Reconozco los síntomas, yo he estado allí antes de ellos. En unos años, si tienen tanta suerte como yo, esos gestos no serán nuevos. Quizás ella ya no se sonrojará cuando le hable al oído, o puede que él no lo haga ya tan a menudo como antes. Será todo distinto, aunque igual, en el fondo. Me he preguntado a menudo qué instinto puede llevar a un hombre a buscar algo nuevo en otra mujer. Quizás no se trate más que nostalgia por aquellos primeros tiempos. Sin entender que la complicidad que se gana con los años es tanto o más valiosa que los primeros ardores.

– ¬ “¿Milord?”
– “Perdón… ¿cómo decís en España? “Se me ha ido el santo al cielo” Me hablabas antes sobre la belleza de esa comedianta que viste en Madrid. Por muy hermosa que sea, tanto o más que la misma lady Grey” – señalo el palco en el que la susodicha cambia mohínas con Oxford y Southampton – “… les faltará siempre algo que le sobra a Laura. No sé definirlo aún, tras dieciséis años. Creo que me llevará toda la vida solucionar este enigma”

Noto a Gonzalo algo apurado. Me estoy dejando llevar demasiado por las confidencias, no sé por qué lo hago. Quizás por el comentario de Laura sobre el hijo que perdimos. Puede que esta conversación la hubiera tenido con él, si hubiese vivido.

– “¿Entonces qué sucedió? ¿Le pasó algo a Ercole Contrari? Os habéis referido a él usando el pasado.”
– “Eres muy perspicaz, Gonzalo. Una tarde Lucrezia me dijo que no se vería con Ercole, pues éste había recibido una invitación para una cacería con el conde Bentivoglio y Palla Strozzi. Tuve un mal presentimiento cuando me lo dijo. Había observado a esos dos caballeros en la corte; a fin de cuentas, no he hecho otra cosa durante toda mi vida: estudiar a la gente, observar. Los sorprendí en varias ocasiones cuchicheando entre ellos, o interrumpiendo su conversación con el Duque Alfonso si yo pasaba cerca. Sabía que Strozzi pasaba por apuros económicos, y a pesar de ello se había interesado por el precio de algunos cuadros. No le dije nada a Lucrezia, para no preocuparla sin motivo y no levantar sospechas en el Duque. Fui hasta la villa de los Contrari, y le pregunté a Laura si sabía dónde había ido su hermano. Me indicó el lugar exacto donde estaba el pabellón de caza de los Strozzi. Cuando llegamos todo estaba muy tranquilo en los alrededores. Demasiado. No había perros fuera de la casa, ni criados desollando las presas. Obligué a Laura, no sin esfuerzo, a que me esperase en el lindero del bosque. Me acerqué al pabellón. Era una estructura de planta baja. Una única estancia hacía las veces de salón y cocina. Había trofeos de caza colgados en las paredes, y una gran chimenea, en el fondo; estaba encendida. Cuatro hombres estaban sentados alrededor de una mesa de roble; había algo para comer sobre ella: quesos, embutidos, pan y frutos secos. Ercole estaba sentado de espaldas a la ventana. Strozzi llenaba su copa, Bentivoglio reía, y el tercer hombre miraba a los demás de reojo, visiblemente nervioso. Jugueteaba con algo entre las manos, no pude ver de qué se trataba. Ercole bebía con ganas, sus gestos eran inseguros. Los demás alzaron a su vez las copas, pero me di cuenta de que se mojaban sólo los labios. Ercole empezó a cabecear, como si se estuviese durmiendo. De repente, se apoyó con todas sus fuerzas en la mesa, y se levantó. Apuntó con un dedo hacia los hombres, y tiró al suelo la copa de la que estaba bebiendo. No lograba mantener el equilibrio. Strozzi gritó con todas sus fuerzas al hombre nervioso “¡AHORA, BURRINO!” Éste se levantó; entonces pude ver qué llevaba entre las manos: un lazo metálico, hecho con un hilo de metal finísimo, que lo mismo se puede usar para cortar un queso que torcerle el cuello a una liebre… O a un hombre. No lo pensé dos veces, abrí la ventana rompiendo el cristal con la empuñadura de mi espada. Bentivoglio desenfundó a su vez, pero yo me abalancé sobre él. Venía lanzado, no me fue difícil herirlo en un costado. Llegué a la espalda del tal Burrino, ahondé la hoja, que le salió por el pecho. Cayó sin haber soltado el lazo, llevándose a Ercole con él al suelo. No sé si le dio tiempo a reconocerme; el veneno lo había hecho vomitar y aunque el lazo estuvo poco tiempo alrededor de su cuello, se ahogó con su vómito. Sólo quedábamos en pie Strozzi y yo. La pelea fue larga, dura. Los dos éramos buenos espadachines. Oí un grito; Laura se había acercado al pabellón al oír el estruendo, y había visto todo desde la ventana. Me distraje. Strozzi tiró una estocada, pero por suerte resbaló y en lugar de centrar mi pecho, me atravesó un muslo. Llevado por la desesperación, sacando fuerzas aún no sé de dónde, avancé tres pasos tirando a su lado derecho y luego al izquierdo. Hice un amago, y cuando él esperaba el golpe por el lado izquierdo, repetí en el derecho, hiriéndolo en un costado. Cayó al suelo. Bentivoglio estaba vivo, pero no podía levantarse. Cogí a Laura de la mano, y escapamos. Llegamos a Ferrara, disimulando la herida y el dolor infernal que sentía al caminar. A pesar de que los duques me habían ofrecido hospedaje en la fortaleza, rechacé la oferta, llevado quizás por el recuerdo de en qué circunstancias mi abuelo tuvo que dejar la ciudad. Había preferido alojarme en una posada con habitaciones. Una propina generosa al propietario nos libró de preguntas indiscretas. Laura se encargó de todo, con una entereza difícil de imaginar en una muchacha tan joven. Tras apenas una hora volvió con Lucrezia y con un médico. Cuando el galeno terminó de curar y vendar mi herida, Lucrezia lo despachó. Sólo entonces ellas dieron rienda suelta a sus sentimientos. Se abrazaron, y lloraron juntas su pérdida. Mientras tanto, yo terminaba de preparar mi equipaje. Tenía que escapar cuanto antes de Ferrara. Cabía la posibilidad de que Alfonso d’Este hubiese organizado el atentado a Ercole. Strozzi y Bentivoglio me habían visto. Viajo ligero de equipaje; había metido la ropa en un zurrón, y los cuadros, sin enmarcar, los había enrollado y los llevaba dentro de un par de tubos de cuero. Besé la mano de Lucrezia. No tenía valor para despedirme de Laura, no podía ni hablar. Pero ella lo hizo. “Llévame contigo” – me dijo – “Ercole era mi única familia, no quiero seguir viviendo en la misma tierra que los asesinos de mi hermano”. No pude decir más que un patético – “¿Conmigo?” – “¿No te has dado cuenta de que te amo? Llévame contigo, Richard, o déjame morir aquí”. Abrí mi bolsa y saqué de ella un saquito de terciopelo con el anillo que compré en Rialto. Se lo coloqué en el dedo, y sonreí al ver que le quedaba perfecto, a pesar de que ni siquiera la conocía cuando lo compré. Le besé las manos, y después los labios. “Os deseo toda la felicidad que os merecéis” – dijo Lucrezia. En tres semanas llegamos a Londres.”
– “¿Y qué fue de Lucrezia?”
– “Pasados unos años el duque accedió a que se separase de su marido, y volvió definitivamente a Ferrara. Ha muerto esta primavera”
– “El duque, esos nobles… ¿Os acusaron de algo?”
– “Recibí una carta de Alfonso d’Este poco tiempo después, de su puño y letra. En ella lamentaba que hubiese tenido que dejar Ferrara sin haberme despedido. Me informaba de un desgraciado accidente de caza que sucedió aquel mismo día, en el que perdieron la vida Ercole Contrari y un siervo al que llamaban Burrino; que Bentivoglio y Strozzi se recuperaban de sus heridas y que éste último me escribiría apenas se lo permitiese su estado de salud, a propósito de un cuadro de Tintoretto que quería comprar. Me mandaba sus saludos más afectuosos y lamentaba que no pudiésemos volvernos a ver, ya que mis asuntos me habrían tenido, sin lugar a dudas, demasiado ocupado como para poder volver a Ferrara por lo menos durante quince años. Añadió una postdata, en la que decía que madonna Laura Contrari desapareció misteriosamente el día en el que murió su hermano; lamentaba que Ferrara hubiese perdido una joven tan bella y brillante. Recuerdo perfectamente las últimas palabras de la carta: “Rezo todos los días al Altísimo rogándole que la guarde y la vele, allá donde esté, pues tengo la certeza de que el Señor no puede haber llamado aún a su seno un alma tan noble y pura”.

Gonzalo silbó.

– “Menudo pájaro, el Duque. En resumidas cuentas, os hace entender que sabe todo pero que no hará nada al respecto, mientras estéis alejado de Ferrara por lo menos durante quince años. No deja de ser conveniente para todos ellos que el otro único testigo del “accidente de caza” esté tan lejos”
– “Así es”
– “¿Han pasado ya el tiempo de, llamémoslo destierro? ¿Volveréis a Ferrara?”
– “Todo sucedió hace dieciséis años, como te dije. No volveré nunca. Con tan solo mencionar aquella tierra se reabre el dolor de Laura”
– “¿Strozzi os escribió a propósito del cuadro?”
– “Sí, lo hizo. Quería comprar el Tintoretto”
– “¿Se lo vendisteis?”
– “Sí. Una maravillosa Danae que se deja poseer por Zeus en forma de lluvia de oro. Creo que le costó casi todo el dinero que le concedió el duque Alfonso por los servicios prestados”

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Tintoretto – Danae

De repente me entra un ataque de risa. Ante la mirada inquisitiva de Gonzalo, sigo hablando.

– “Era una falsificación. Una copia burda, pero Strozzi no sería capaz de notar la diferencia ni siquiera si la hubiese pintado mi hija. Me consta que no deja de enseñarlo a quien entra en su casa, pavoneándose delante de él. Si te digo quién lo pintó…”
– “¿Quién?”
– “¡El hermano mayor de Bardolph! Además, puedes ver y apreciar por ti mismo la “mano del maestro” – hago un gesto que envuelve todo el teatro, los palcos decorados, el “cielo” del escenario.

Reímos los dos a carcajadas. En esos momentos vuelve a sonar la campanilla que avisa del comienzo de la segunda parte de la obra. Oxford y Southampton entran en el palco y toman asiento.

– “¡Hawkwood! Lady Grey creerá que os estáis mofando de ella. Ha preguntado tantas veces por vos y vuestro amigo que temo que no se ha pasado la primera parte abanicando con tal gracia su escote por Henry y por mí. De todas maneras, le he presentado disculpas de vuestra parte y le he repetido por enésima vez que con vos no hay escote que valga, por muy pronunciado que sea o abundante su contenido”
– “Milord Oxford, pensará que soy un maleducado”
– “¿Vos? Jamás de los jamases. La paciencia de milady Grey con vos es infinita. Y no logro entender el motivo, por mucho que me esfuerce. La ignoráis como si no fuese más que un jarrón chino”.
– “Espero que nunca se entere de que comparáis su estilizada figura con la de un jarrón Ming”
– “Sois tremendo, Hawkwood. Aunque… pensándolo bien, la veo demasiado rellenita, últimamente”.

Los actores vuelven al escenario. Parto por la mitad la empanada de carne que compramos antes de entrar, y le paso un trozo a Gonzalo. Veo que no se fía, pues el mordisco que le da es minúsculo. Me ha dicho en varias ocasiones que, si no fuera por mi casa, acabaría muriendo de hambre en este país. Sin embargo, sonríe mientras mastica y le da un bocado más grande.

No logro concentrarme demasiado sobre lo que pasa en el escenario. Los dos amantes, Basanio y Porcia, me aburren. No los encuentro interesantes, y además era obvio desde el principio que sería él quien se casaría con Porcia. Ahora Saverio y Salarino se burlan de la desesperación de Shylock: su hija se ha fugado con el cristiano Lorenzo, llevándose un cofre lleno de ducados. “¡Oh! ¡Mi hija! ¡Oh! ¡Mis ducados! ¡Oh, mis ducados cristianos!” Ahí abajo, en la platea, el pueblo goza de la desdicha del judío. Yo no puedo; no siento conmiseración por el avaro, sino simpatía por el padre que ha perdido a su hija. Lo entiendo bien; he sentido hoy algo parecido, aunque en grado infinitesimal comparado con la pérdida del judío, y, aun así, me ha dolido. Por eso, cuando se pregunta por qué el mercader Antonio lo odia tanto, simplemente por ser judío, su alegato me toca aún más a fondo que al resto del público. “¿No tenemos ojos, los judíos? ¿Manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones?” Le había hablado antes a Gonzalo sobre el poder de las palabras. Tomemos por ejemplo el populacho de la platea. Hace sólo pocos minutos, se reían de la imitación que hacía Salarino. ¿Qué es para ellos un judío? La mayor parte no han conocido o visto uno en su vida. El judío es para ellos el ser despreciable que pertenece al pueblo que crucificó a Nuestro Señor (olvidándose de que Jesucristo en persona era judío). De él se pueden hacer chanzas, llamarlo marrano y equipararlo a los españoles, o a cualquier otro enemigo. Hasta que no han oído las palabras de Shylock, ninguno de los que están ahí abajo ha pensado por un instante que, en el fondo, no son tan diferentes de un judío; que ambos sufren las mismas dolencias y los curan los mismos remedios. Durante unos segundos, no se oye volar una mosca; puede que, por unos escasos instantes, el público haya visto a un enemigo como a un ser humano. Es muy poco tiempo, pero sin lugar a dudas, más del que hayan dedicado a pensar sobre algo así en toda su vida.

Ése es el auténtico poder subversivo de los teatros: las palabras hacen que, al mismo tiempo, desde el tendero sentado en la grada baja, pasando por el pillo en la platea o el lord en el palco, piensen. Ahí se basa el peligro. El pueblo no debe pensar; el poder lo necesita necio y mudo. Carne de cañón que mandar al campo de batalla, pozo sin fondo a explotar con impuestos injustos, espaldas que se curvan sobre los campos hasta romperse. Ésa es la razón por la que tarde o temprano cerrarán definitivamente los teatros, y tardes como ésta no serán más que un recuerdo. Algo que contar a quienes no vieron nunca la grandeza y la miseria humana sobre un escenario. Si Oxford y Southampton pudiesen escuchar mis pensamientos… Pronunciadas en voz alta, estas palabras me costarían un pasaje sin regreso a la Torre de Londres.

La representación ha terminado. Ahí está, maese Shakespeare de Stradford, saludando al público y recibiendo ovaciones. El conde de Oxford es una máscara imperturbable, una estudiadísima pose de fingida indiferencia.

Entre el batir de palmas del público y la algarabía, apenas entiendo qué me está diciendo Gonzalo. Tiene prisa por salir y aliviar la vejiga, le digo que me espere fuera de la taberna en la que compramos la merienda. Me pongo en pie; con la excusa de aplaudir a mi vez, puedo ver por dónde sale Gonzalo. Ahí está, cruzando la platea. Va a salir por la entrada central. Se ha equivocado, tendría que haber salido por la lateral, justo debajo de este palco. Ahora entiendo el motivo de tal distracción. Una muchacha lozana y hermosa en la platea le sonríe. Gonzalo se acerca, y ella, con gesto pícaro, le susurra algo y pasa los brazos alrededor de su cuello. Él sonríe y se deshace de tan placentero yugo, negando. Le tendré que explicar que, si de verdad quiere quitarse de encima una mujer, con esa sonrisa logrará lo contrario. Creo que el efecto de la cerveza en su cuerpo le gana al encanto de los graciosos hoyuelos en las mejillas de la moza. Al final se aleja, y la chica alza los hombros, con el gesto inconfundible de que ha hecho todo lo que ha podido. Sigo la dirección de la mirada de la joven; no va hacia la espalda de Gonzalo, sino un poco más a su izquierda, al parapeto de madera que separa las gradas de la salida. Hay dos hombres apoyados en él, con el chapeo del sombrero calado y el herreruelo bien cerrado… ¿Con este calor? Uno de los hombres alza el ala del sombrero, y sigue con la mirada a Gonzalo, que está ganando la salida. Lo reconozco, es un francés, se llama Levasseur y hace el trabajo sucio del embajador del rey Enrique IV. Es un tipo frío, calculador. He tenido mis más y mis menos con él; estaba convencido de que había regresado a Francia. Levasseur me mira, sonríe y se toca con dos dedos el sombrero.

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Basil Rathbone como Levasseur en “Capitán Blood”

Me da muy mala espina. Será mejor que eche un vistazo en persona. Será probablemente una casualidad, pero mi instinto no me ha engañado nunca. Me uno al río de gente que intenta salir del edificio. Me abro paso dando algún que otro codazo y recibiendo a cambio una buena dosis de insultos pronunciados en varias lenguas y acentos. Finalmente estoy fuera. Por suerte Gonzalo es alto, y puedo ver que se está acercando a la taberna. Pocos pasos detrás veo los sombreros de los franceses, pero están demasiado lejos. Cuando llego a la taberna han desaparecido. Gonzalo no está dentro, doy la vuelta al edificio, no hay nadie.

– “¡Mierda! ¡Por los clavos de Cristo!” – grito en voz alta. ¿Cómo es posible que no lo haya visto apenas llegué?

Hay una daga clavada en la pared de adobe y madera, que sujeta un trozo de papel. Me acerco. Es la mía, la que di a Gonzalo antes de salir de casa.

A medianoche, en Blackfriars.
Ven tú solo. Levasseur

La noche es calurosa; demasiado, para estas latitudes. El caer del sol no ha traído refrigerio alguno. Es más, la humedad del río emponzoña el ambiente. Si no baja pronto viento fresco del norte, o llueve, se presentará, puntual, la plaga. Pero en estos momentos quien me preocupa es Gonzalo. ¿Qué habrá hecho Levasseur con él? No he vuelto a casa después del teatro, para no alarmar a Laura e Isabella. He mandado una nota con la que avisaba que cenábamos fuera, y el mismo mensajero le ha dado otra a Thomas Brewer, en la que le ordenaba que ensillase dos caballos y los llevase a Saint Paul antes de medianoche. El buen Thomas ha cumplido a la perfección mis instrucciones. Le he dicho que no pierda de vista Blackfriars y el río, y que si ve o escucha algo raro, que acuda cabalgando como el rayo y con la pistola en mano.

Reina el silencio. Veo el brillo del agua del Támesis delante de mí y, a un lado, un edificio oscuro, el teatro de Blackfriars. Las campanas de Saint Paul tocan la medianoche. Levasseur se materializa delante de mí, como salido de la nada.

– “Puntual como siempre, Hawkwood”
– “¿Dónde está el chico?”

Levasseur silba; por una esquina asoman un par de hombres que llevan a Gonzalo atado. No parece que tenga ninguna herida, sólo una magulladura en la sien. El francés da otra señal, y desaparecen por dónde habían venido.

– “Como has visto, está bien. Mucho mejor que mi Mousqueton; tendrá que comer sopas durante algún tiempo. Le acortaré el apodo y lo llamaré Mouston, vistos los dientes que ha perdido”.
– “¿Por qué te lo has llevado?”
– “Era sólo una garantía. ¿Habrías venido si te hubiese mandado una invitación formal? No creo, visto como terminó nuestro último encuentro”

No se equivocaba. No tenía gana alguna de repetir casi una hora de estocadas, que tuvimos que dejar por puro agotamiento.

– “Te rodeas de gente fina ¿eh? Oxford y Southampton, nada menos”
– “Que nos hayamos encontrado siempre en tugurios no quiere decir que no visite palacios. ¿Qué quieres?”
– “Tengo que hacerte una propuesta. Imagino que conocerás en detalle el tratado de paz de Vervins, firmado entre tu señor el rey Felipe de España…”
– “No es mi señor”
– “Como tú digas. Entre los reyes Felipe II de España y Enrique IV de Francia”
– “¿Y bien?”
– “Hay una cláusula secreta”
– “¿Y me la vas a desvelar, Levasseur? No te creía un traidor. Te ofendiste tanto cuando sugerí que lo eras, que estuvimos una hora cruzando aceros en Moorefields”.
– “Si hay algún traidor ése es Enrique IV. Ha abjurado de nuestra fe protestante”
– “¿Eres un hugonote?”
– “Perdona si nunca tuvimos tiempo de hablar de religión, pero sí, lo soy”
– “Tu rey ha firmado el edicto de Nantes que ha terminado con las guerras de religión en Francia. Él mismo lo garantiza”
– “Sí, el rey hugonote que cambió de fe como de casaca porque “París bien vale una misa” ¿Qué valor tiene la palabra de un rey que cambia de religión según su conveniencia?”
– “No me has citado para una lección de teología. ¿Qué ha establecido la cláusula secreta?”
– “Los dos reyes, al mismo tiempo que han sellado la paz y concertado el matrimonio de sus vástagos, han establecido una llamada “línea de la paz”, en un meridiano que atraviesa las Azores. De ahí al oeste, no hay paz que valga y, sobre todo, se permite la piratería”.
– “El Caribe”
– “Exacto. En las islas y el mar del Caribe se ha abierto la veda. El primero que llega se lleva lo que hay”.
– “Libre saqueo”
– “Con los soberanos de Francia y España haciendo como que no ven. Además, han decidido que por muchas bulas que promulgue el papa, sus católicas majestades no harán ni caso”.
– “¿Tu propuesta?”
– “Muy pocos conocen por ahora la existencia de esta cláusula, y quien lo sabe se prepara para zarpar. En muy poco tiempo el tráfico de naves piratas y corsarias en el Caribe será comparable al de un día de mercado. Yo mismo me embarcaré; dejaré el servicio del embajador, a Enrique Borbón y a esta vida de estrecheces. Seamos socios. Me consta que te comportaste como un auténtico lobo de mar en un asunto con un cierto galeón español y Sir Francis Drake”
– “Aprendo rápido”
– “Aunque, si no quieres volver a alejarte de tu señora, lo entendería perfectamente. Por lo que puedes participar sólo con capital”

Levanto las cejas.

– “¿Y te espero aquí sentado mientras te conviertes en el dueño y señor de Tortuga?”
– “¿Te fue mejor con el San Andrés?”
– “Me pregunto si queda alguien en Londres que no lo sepa”
– “Piénsalo. Te doy un día, mon ami”.
– “Levasseur ¿desde cuándo somos amigos?”
– “Estos son tiempos extraños, Hawkwood. Tiempos en los que te puedes fiar sólo de un buen enemigo. Y tú has sido el mejor”.

Levasseur me ofrece la mano, la estrecho. Vuelve a silbar, y de la misma esquina aparecen los hombres que llevan maniatado a Gonzalo. Le quitan las ataduras y le dan un empujón no demasiado amistoso.

El francés me saluda, como en el teatro, tocándose el ala del sombrero, y desaparece engullido por las sombras. Uno de sus compadres escupe, mientras pronuncia maldiciones desdentadas en un francés ininteligible.

– “¿Te han tratado bien?”
– “Sí. Excepto cuando tuvieron que dejarme inconsciente fuera de aquella taberna. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué quería?”
– “Es alguien que está sólo de paso por la ciudad. Quería proponerme un negocio”
– “¿Bueno?”
– “Depende. Rentable, sin lugar a dudas. Démonos prisa, Thomas nos espera con los caballos en las escalinatas de Saint Paul. Hemos caminado bastante por hoy”

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Estoy en casa, fumando, casi en la oscuridad. A mis espaldas, los hombres pintados por Tiziano y Tintoretto siguen imperturbables su muda conversación a la luz de una vela. Yo, mientras tanto, limpio, con escrupulosa lentitud, las cenizas y los restos de tabaco que se han acumulado en la cazoleta de la pipa. Rasco el fondo con un bastoncillo de madera, tallado minuciosamente con formas geométricas. Me lo regaló el cacique de una tribu de indios taínos en la isla Hispaniola, durante mi estancia en el Caribe, cuando me preparaba a conciencia para darle una sorpresa a Francis Drake. Recuerdo la paz que sentía observando esas aguas turquesas. Levasseur me ha ofrecido la oportunidad de regresar, esta vez no para robar a un ladrón, sino por cuenta propia. Podría acallar mi conciencia diciéndome que no es mi problema: es el rey Felipe quien ha dejado la puerta más hermosa de su imperio abierta. Si no lo hago yo, lo hará otro. Dejemos que sea otro. Es más, dejémoslo todo. Creo que el no haber tenido hijos varones es una señal del destino. El primer Hawkwood hizo posible el reinado de una Tudor, yo acompañaré a la última. No habrá más Tudores en el trono de Inglaterra, como no habrá más Hawkwoods vigilando a los vigilantes. Jacobo de Escocia espera paciente la salida de escena de Isabel. Otros querrán impedírselo. Quién sabe, quizás en estos momentos Essex está planeando en Irlanda cómo quitarle la corona a Isabel. Si así es, haré todo lo que está en mi mano para impedírselo. Al rey Felipe, que se está apagando entre rosarios, misas y remordimientos en el Escorial, le sucederá otro Felipe. Tan incompetente que su propio padre ha decidido regalar de su mano trozos del Imperio antes que dejar que los pierda él sólo.

Pero Felipe III será un problema de Gonzalo Villegas. Y de los pocos hombres justos que lucharán para que lo inevitable se retrase lo más posible. El imperio español es demasiado grande como para que se esfume en tan poco tiempo. Así pues, mañana le diré a Levasseur que no cuente conmigo. ¿Cuántos años de “servicio” me quedan por delante? No muchos. Cuatro. Cinco, a lo sumo.

Esta vez sí que la oigo llegar. Me da un beso en la mejilla, y se sienta a mi lado.

– “¿Cómo ha sido el día?”
– “Digamos que… entretenido. Por cierto, Gonzalo me ha pedido permiso para alojarse en otro lugar”
– “Espero que no sea en el barrio de los actores”
– “No, cerca de Saint Paul”
– “Podría ser peor”

Sonrío mientras cebo la pipa con tabaco.

– “Laura ¿y si volviésemos a Italia? Quiero decir, para siempre”
– “¿Cuándo? ¿Dónde?”
– “Dentro de algunos años. En Toscana; Florencia, o Siena” – Suspira aliviada – “Sabes que no te pediría nunca que volvieses a Ferrara”
– “¿Y por qué tendríamos que dejar Inglaterra?”
– “Creo que la misión de nuestra familia está llegando a su fin. Además, empiezo a preguntarme demasiado a menudo qué estoy haciendo en realidad, y, sobre todo, para qué”
– “Richard, sabes que sufro cuando desapareces durante días, o meses. Nunca te he preguntado dónde o por qué te ibas. Ahora me dices que toda esta incertidumbre acabará. Pues bien, estoy deseando que llegue ese día. ¿Y qué haremos en Toscana?”
– “Además de vivir cómodamente de renta, como ahora, el Gran Duque Ferdinando I está aumentando su colección de obras de arte. Le puedo procurar buenas telas”.
– “¿Y qué harás hasta entonces?”
– “Guiar a Gonzalo, hacer lo posible para que Isabel I muera en su cama y con la corona en la cabeza y, si llega la ocasión, conceder la mano de Isabella a alguien que la merezca y la ame. Espero que el afortunado no se la tenga que llevar a escondidas quién sabe dónde”.
– “Cuando hayas hecho todo esto, mereceremos un descanso, sin lugar a dudas. No es poco trabajo, tal y como está el mundo”
– “Me has recordado unos versos de la obra que hemos visto hoy, y con los que estoy plenamente de acuerdo ‘Yo veo el mundo tal y como es. Un escenario donde cada uno debe interpretar su papel. Y el mío es uno triste’”

Laura me mira incrédula.

– “Triste. Tu papel es uno triste”
– “Bueno, no me identifico exactamente con los últimos versos”
– “No, desde luego. Triste…” – Laura se tapa la boca, y empieza a reír. – “¿Tú? ¿Triste?”

Ríe con tan buena gana que se le saltan las lágrimas. Yo tampoco puedo dejar de reír.

– “Sí, tristísimo… ¡Desconsolado!”

Casi no puedo pronunciar la última palabra. Laura se levanta y me tiende la mano.

– “Entonces, no me queda más remedio que hacer algo para aliviar tu sufrimiento”

Me olvido de reyes y reinas, conjuras, traiciones, nobles ambiciosos y gobernantes incapaces. La próxima escena en esta tragicomedia de la que Laura y yo somos protagonistas, será a puerta cerrada.

FIN

Manio

dscn7838Me he preguntado a menudo que fue de los personajes de mi “Historia de Marco Fulvio Aquila”. Escribí estas líneas en “un momento de arrebato”, hace unos meses. Este relato podría unirse al del pretoriano Nevio en Britania, y formar otra novela. Quien sabe.

Roma – 117 d.C – Invierno

Hace frío, pero no lo noto. Aún no ha amanecido. El cielo, detrás del Coliseo, empieza a cambiar imperceptiblemente de color. La bruma se desliza entre las columnas de los templos, aumentando la sensación de irrealidad. Oigo sólo mi respiración, el leve crujir de mi coraza de cuero. Lo demás es silencio. Se ha levantado una brisa ligera, helada, que hace ondear levemente los estandartes negros que adornan los soportales de las basílicas. Mi visita a Roma será breve; no viví en la ciudad más que unos pocos días, en la zona de servicio de la domus flavia, que en estos momentos es sólo una sombra oscura detrás del templo de Cástor y Pólux. Pero, a pesar del poco tiempo que he vivido aquí, Roma cambió mi vida. La de toda mi familia.

Observo el foro desde una de las ventanas del tabularium, donde mi padre trabajó algunos meses, hace años, mientras se forjaba nuestro destino. Me duelen las piernas; he hecho el viaje en sólo ocho días, desde Germania, usando los caballos y las postas de los correos imperiales, algo que no deja de tener su ironía, vistas las circunstancias. Un día Flavius Cerialis me hizo una generosa oferta: “Si necesitas algo, estoy a tu servicio…”. Casi diez años después le he pedido que interceda para que el prefecto de mi cohorte me concediera un permiso especial; el tiempo de ir a Roma y volver. Hoy tenía que estar aquí. Le tendré que hacer otra petición cuando vuelva. No estoy seguro de si la aceptará de tan buen grado, pues una cosa es ayudarme en un viaje, y otra concederme la mano de su única sobrina, que ha criado como a una hija. Los Cerialis pertenecen a la clase ecuestre, y yo nací esclavo; una distancia demasiado amplia que colmar sin desvelar mi secreto. Aunque podría superarla con el oro de Graco, si quisiese usarlo. Pero no quiero ensuciarme con algo que fue propiedad del senador, el hombre que quiso asesinar a mi familia. Mi padre, desde hace años, hace buen uso de ese dinero construyendo bibliotecas y edificios públicos en Itálica. Yo quiero conseguir lo que deseo gracias sólo a mi esfuerzo, y a mi tesón. Acaricio el brazalete de bronce que Lavinia me regaló hace unos meses. Deslizo el dedo por su interior, noto la inscripción “ANIMA MEA”. Alma mía. Un escalofrío recorre mi espalda, pues mi mente ha pasado de la que espero sea mi mujer –no sé por qué motivo- a alguien muy distinta a la que he dejado en una estancia en el palacio. O quizás no lo era tanto cuando tenía la misma edad de Lavinia.

Ordeno mis pensamientos, vuelvo a recordar las últimas horas. Los veteranos acampaban fuera de la ciudad, a lo largo de la Via Appia, para entrar al día siguiente por la puerta Capena y rendir homenaje a Trajano desfilando en el Circo Máximo. No me costó encontrar a los de la XXX Ulpia Victrix, cerca de la tumba de los Escipiones. Reconocí los estandartes, y mientras buscaba algún rostro conocido entre los hombres que descansaban junto a las fogatas, algo llamó mi atención. En un recinto había varios caballos. Uno de ellos, apartado de los demás, rascaba la tierra con los cascos y resoplaba nervioso, moviendo la testuz. Habría reconocido a ese animal entre centenares. Me acerqué, extendí la mano y acaricié la mancha blanca de su cabeza, la única fuente de luz en un pelo negro como la boca del Averno.

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“Bucéfalo… ¡Eres tú!” – había cepillado su pelo centenares de veces; hacía doce años. Entonces era el caballo más joven de toda la turma, y el más inquieto. Yo era el único que podía acercarse a él sin recibir una coz, o un mordisco. Bueno, aparte de su jinete habitual.
“¿Manio?” — sonreí. Aquella voz era inconfundible. Era lo más parecido al fragor de un trueno en un cielo sereno. La voz del centurión Cayo Popilio Lenas era capaz de llegar hasta el último jinete de la turma en el fragor de la más cruenta de las batallas. “Mi viejo caballo se ha dejado acariciar toda su vida sólo por dos personas. Una soy yo, y la otra era un zagal hispánico que sirvió unos meses en el campo durante la segunda campaña de Dacia y que, a pesar de estar asignado a esas señoritas con túnica blanca de la guardia pretoriana, sabía apreciar la compañía de los legionarios de la XXX”.

Nos abrazamos. Popilio se alegró de que hubiese cumplido mi sueño, entrando a formar parte yo mismo de un cuerpo de caballería. “Aunque no fuese en la XXX”. Hablamos junto al fuego, recordando anécdotas de aquellos tiempos; me contó cómo fue el final de la campaña en Dacia, y la siguiente, en Partia. Aquellos hombres siguieron a Trajano hasta el confín del mundo conocido; más que su emperador fue siempre su general, aquel que compartió con ellos penurias y gloria, que los conocía por su nombre, que peleaba entre ellos en el campo de batalla. Lo menos que podían hacer por él era homenajearlo, ahora que había muerto. Iban a desfilar en un triunfo póstumo por el que fue el “mejor de los príncipes”, título que le acababa de otorgar el Senado. Un triunfo por la victoria en unas tierras que ya no formaban parte del Imperio. Partia se ganó con la misma rapidez con la que se perdió. El sueño de Trajano se esfumó con su último respiro. El emperador Adriano decidió que el precio y el esfuerzo que requería conservar aquellas tierras era demasiado alto, y las abandonó. No hacía falta que Popilio o sus camaradas dijesen en voz alta lo que pensaban; flotaba en el ambiente una extraña mezcla de dolor, resignación y rabia. Durante las horas que pasé con ellos nadie mencionó al nuevo emperador. Como si no existiese. Por lo menos, hasta que las cenizas de Marcio Ulpio Trajano descansasen definitivamente a los pies de su columna, en su foro.

– “Hablando de señoritas de túnica blanca” – masculló Popilio. Escupió un hueso, y se puso de pie. Un oficial pretoriano se estaba acercando a nosotros.
– “¿Eres Manio Fulvio Aquila?” – dijo el oficial. No me reconoció, pero yo a él sí. Tengo buena memoria para las caras y los nombres; Nevio Varo era uno de los pretorianos de la IV Cohorte Pretoria en Dacia, al servicio del emperador. Había hecho carrera durante aquellos años, como lo demostraba el penacho de su casco y los torques que decoraban su coraza. Asentí. – “Ven conmigo”. No tenía cabalgadura, pues la había dejado en la última estación de posta. Popilio ensilló a Bucéfalo y me dio las riendas.

Cuando llegamos al palatino había oscurecido ya, sin embargo sabía perfectamente dónde estábamos. En una entrada lateral que da a un patio que lleva, por un lado al cuartel de la guardia pretoriana, por otro a la zona de servicio del palacio. Un poco más allá están las cuadras en las que había pasado buena parte de mis jornadas como esclavo en la domus flavia. Seguí a Nevio por unos pasillos y estancias que no conocía. Atravesamos salones, jardines; llegamos a las estancias privadas de la familia imperial. Me hicieron entrar en una pequeña antecámara. Unas cortinas negras dividían la misma; varias lucernas iluminaban la habitación, débilmente. Espirales grises de incienso subían desde varios pebeteros hasta el techo.

– “Acércate”.

No me había dado cuenta de que una mujer estaba sentada en una esquina. Vestía de negro, un velo cubría su cabeza. Cuando se lo quitó la reconocí. Como podría haberlo hecho cualquier ciudadano del Imperio. No era la primera vez que la veía; aunque nunca tan cerca como esta noche. Era Plotina, la esposa de Trajano.

– “Sabía que uno de vosotros acabaría viniendo. Estaba segura. ¿Cómo te llamas?”

Me sorprendí. Si me encontraba en esos momentos en su presencia era porque Pompeya Plotina sabía perfectamente quién era. No entendía el sentido de aquella pregunta.

– “Manio Fulvio Aquila, augusta”.
– “¿Por qué no escogiste el apellido Elio? A fin de cuentas pertenecías a la familia[1] de mi sobrino… el emperador Adriano. Según la costumbre un liberto toma el nombre de su antiguo amo”.
– “Lo hice por mi padre. Preferí tomar sus apellidos”

Juraría que Plotina se sentó aún más rígida si cabe. El tiempo la había tratado razonablemente bien; no le había dejado más que algunas arrugas en la comisura de los labios, el pelo cano y la piel que había perdido la frescura de la juventud.

– “¿Cuántos años tienes?”

Estaba seguro de que era otra pregunta de la cual conocía la respuesta.

– “Veintisiete, augusta”.
– “Marcio tenía treinta y dos cuando nos casamos, apenas lo conocía. Arreglaron todo nuestras familias. Me enamoré de él, a pesar de todo; con todo mi corazón. Era imposible no hacerlo, todos lo amaban, sus soldados… Sin embargo él… Con el tiempo mi amor se convirtió en odio. Lo detestaba. Me preguntaba por qué me negaba a mí algo que daba desde el primero al último de sus soldados, que había dado a otras mujeres antes que a mí”.

Apreté las mandíbulas y agarré con fuerza el pomo del gladio que llevaba al costado. El gladio de mi padre, con una cabeza de águila en la empuñadura. Ella lo sabía, conocía su secreto. Nuestro secreto.

– “¿Por qué me cuenta esto?”
– “Porque representas mi mayor victoria, y mi mayor derrota. Sé quién eres, sé a quién pertenecía ese gladio. Yo también tengo mis secretos. Si tú supieses…”

Rió, en voz muy baja. Era una risa desagradable, que tenía poco de humano. Me acordé de algo que me contó mi tío sobre la Sibila de Tibur. Quizás todo era un sueño y dentro de poco los ronquidos de Popilio me despertarían junto al fuego en el campamento de la Via Appia. ¿A quién tenía delante de mí, a una emperatriz o a una pitonisa? Me atreví a hacerle otra pregunta.

¬ “¿Por qué estoy aquí?”
– “Porque nada importa ya. Tú y tu familia habéis dejado de ser un problema para mí desde el momento que encendí la pira funeraria de mi marido y la sucesión estaba asegurada. Todo el odio se desvaneció, y me quedaron sólo los buenos recuerdos. Lejanos, muy lejanos. Las noches de invierno son muy largas en los puestos de frontera, lo sabes bien. Yo acompañaba siempre a Trajano, por muy escondido que fuese el rincón del Imperio donde lo mandaba Domiciano. Hablábamos mucho por entonces. Y él apreciaba el hecho de que lo siguiese, y no me quedase en algún lugar más cómodo, y lejano. Adriano… el emperador, no os considera un peligro. No os considera nada en absoluto, por lo menos por el momento. Depende de vosotros que las cosas sigan así. Depende de ti: tu padre está ocupado siendo el mecenas de Itálica, es demasiado filósofo como para inculcar sueños de gloria a tus hermanos. Además, son muy pequeños, no creo que tengan idea del misterio que rodea sus orígenes. Tu tío bastante tiene con vivir aún, nunca volvió a ser el mismo tras el ‘accidente’ de Reate. Así que quedas tú. Ya se encargará Adriano de ti, si quiere; he hecho todo lo que he podido por él, le he puesto el Imperio en sus manos. Que lo defienda él solo, yo estoy cansada”.

Las palabras de Plotina eran proféticas a fin de cuentas, y se resumían en un “el emperador sabe quién eres, no bajes la guardia”. Magnífico. Me pregunto cómo tendré que afrontar el resto de mi vida, cuánto pesarán esas palabras en ella. He empezado en el ejército desde lo más bajo, estoy a un paso de ser nombrado centurión, mi carrera parecía prometedora. ¿Qué hago ahora? Nunca podré sobresalir demasiado, pues corro el riesgo de que el emperador me vea como una amenaza. Como si quisiera serlo. No soy ambicioso ni estoy loco. Pero tampoco voy a renunciar a lo único que he querido hacer toda mi vida.

No dije nada, ella tampoco. Seguíamos los dos en silencio, creo que en mi cara se leía demasiado claramente por lo que estaba pasando, pues en un cierto punto Plotina dulcificó su expresión, osaría decir que en esos momentos parecía hasta “maternal”. De repente tuve ganas de irme de allí.
– “¿Es todo, augusta?”
– “No. Tienes que ver algo antes de irte. Has recorrido un largo camino para llegar hasta aquí, y saludar a… Ya no tiene sentido no llamarlo por lo que era. Has venido desde Germania para saludar a tu abuelo”.
Plotina se levantó, y corrió la cortina negra que dividía la habitación. Sobre un pedestal descansaba un pequeño cofre de oro y plata, con figuras mitológicas repujadas sobre el metal, adornado de piedras preciosas. En la tapa, una cabeza de Medusa, con ojos de zafiros verdes y serpientes coloreadas por cabellos.

– “Os dejo solos”

Plotina salió por una puerta lateral. No recuerdo cuánto tiempo estuve a solas con las cenizas de Marcio Ulpio Trajano, mi abuelo. Durante largos momentos no pude mover un músculo. Cuando al final lo hice, desenvainé el gladio, y lo coloqué sobre el cofre, apoyando mis manos sobre él. Sólo lo vi aquel mes en Dacia, nunca me habló. Recuerdo mi llegada al campamento de Dobreta; él había salido de la tienda en la que estaba reunido con Adriano y Apolodoro de Damasco. Saludó a todos, y durante unos instantes, mientras abrazaba a su sobrino-nieto Publio, me miró. Entonces no pude entender por qué me miró así. No volvió a hacerlo, lo veía siempre de lejos, y nunca cruzamos nuestras miradas. Años después, cuando mi padre me contó toda la verdad, creí entender qué se ocultaba detrás de sus ojos. Mi padre me dijo que la última vez que lo vio, hace once años, en este mismo palacio, antes del desfile triunfal por la victoria en Dacia, era la viva imagen de la soledad. Quizás era por eso que, mientras apoyaba mis manos en el cofre, no podía dejar de susurrar como si estuviese rezando a los dioses… “No estás solo”.

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El graznido de un cuervo me saca de mi ensoñación. Ya no queda rastro de la noche en el cielo, la neblina se resiste a abandonar el foro, flota entre las columnas de los templos, los escalones de las basílicas. Debajo de esta ventana en el tabularium la plataforma de los rostra se alza sobre la bruma. Llegan a mis oídos sonidos apagados. A un par de millas de distancia los tambores de las legiones empiezan a tocar.
Alguien está detrás de mí. Nevio Varo carraspea.

– “Lo siento, tenemos que irnos”
– “Gracias por dejarme entrar en el tabularium”
– “¿Vuelves con tus camaradas de la XXX? ¿Desfilarás con ellos?”
– “No desfilaré. Regreso a Germania”

Nevio sonríe.

“Existe una sola razón por la que alguien pueda tener prisa en volver a Germania en pleno invierno. ¿Cómo se llama?”

– “Lavinia” – mientras me ajusto el casco salimos fuera del edificio.

“¿Dónde la conociste?”
– “En Argentoratum[2]. Sirvo en la VIII Augusta. Mi tía Livia es amiga de la suya, por lo que insistió en que fuese a visitarlos. La primera vez creo que ni miré a esa chiquilla que se escondía nerviosa detrás de las faldas de su tía. Cinco años después volví a verlos. Mi tía me pidió que le llevase una carta a su amiga. Cuando entré de nuevo en aquella casa no la reconocí, había cambiado tanto. Ahora que finalmente voy a ascender a centurión podré pedir su mano.”
– “Ah ¡las flechas de Cupido! Llevo tantos años usando ésta” – dijo Nevio mientras golpeaba su coraza – “que no hay manera de que uno de esos dardos centre mi corazón y caiga rendido bajo los encantos de una sola mujer.”

Extiendo el brazo para saludar al pretoriano, éste me mira y estalla en una sonora carcajada.

– “¡Por Mitras! ¡Ahora sé finalmente quién eres! No he dejado de darle vueltas a la cabeza, al final he caído. ¡Tú eras el muchacho que metió un puñado de barro en la boca del sobrino del emperador, hacer doce años, en Dobreta! Esa tarde me hiciste ganar tres denarios de plata, aposté que vencerías tú. A pesar de que el tricenarius de los especulatores os separó, no cabía duda sobre quién estaba ganando el combate”.

Monto a Bucéfalo; tengo que darme prisa, dentro de poco los veteranos de la XXX se prepararán para el triunfo.

– “Que los dioses estén contigo, Manio Fulvio Aquila. Quién sabe, si puedo reclutar mis propios hombres puede que pase por Argentoratum”

Alzo la mano derecha y saludo al pretoriano. La idea de que, no se sabe cuándo, quizás acabe prestando un servicio directo a Adriano, no deja de ser absurda. Aunque no tanto como lo ha sido este viaje a Roma.

1.- En el sentido romano. La “familia” incluía también a los esclavos de la casa

2.- Actual Estrasburgo

Palamedes, el héroe negado

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Hace muchos años los Golpes Bajos cantaban eso de “Malos tiempos para la lírica”. Los tiempos actuales, no es que sean mejores. Seamos sinceros, cada vez me acuerdo más de Oscar Wilde (siempre que la cita sea suya de verdad, pues los apócrifos de Wilde abundan más que las faltas de ortografía) y eso de “cuanto más conozco a los hombres, más amo a mi perro”.  Desde la política internacional, a ejemplos más cercanos, últimamente me encuentro, a veces, mirando a mi alrededor con expresión alelada preguntándome por qué la inteligencia y el uso de la razón, en la época en la que nosotros occidentales tenemos mayor acceso a la información y la educación, en lugar de ser lo habitual ha pasado a ser la excepción.

Sin embargo, de vez en cuando, pasan cosas, o asistes a eventos, que te hacen esperar, o por lo menos, no morir de pura desesperación. Compré los billetes para ir a ver el espectáculo Palamede, la storia, presentado en el Roma-Europa Festival, casi exclusivamente por dónde se celebraba: el estadio de Domiciano dentro del complejo arqueológico del Palatino, en Roma. Me dije que, si no me gustaba, por lo menos pasaría unas horas en un lugar maravilloso, donde, con mi imaginación, había ubicado los personajes de una historia. De todas maneras, las premisas eran buenas: he leído varios libros de Alessandro Baricco, y me han gustado todos. Además, el tema, un héroe griego en la guerra de Troya del que nunca había oído hablar, me parecía muy interesante.

Baricco ofreció al público una lección magistral sobre lo que sabíamos, o creíamos saber, sobre la guerra de Troya y la Ilíada, pero sin usar un tono académico, o aburrido, sino como el profesor (o profesora) guay del instituto o la universidad que era capaz de hacerte entretenidas materias que sobre el papel te parecían lo más aburrido del mundo. Ése que rompía platónicamente corazones mientras se ensuciaba la manga de la chaqueta con la tiza de la pizarra (perdón, se me ha colado una anécdota autobiográfica).

Volviendo al tema, Alessandro Baricco,  ha escrito, entre otras cosas, un libro basado en la Ilíada. Cuando se estaba preparando para ese libro, que adaptó también para el teatro, se encontró, hablando con una profesora que es toda una especialista en los textos de la Grecia clásica, con un héroe de los griegos que fue completamente borrado en la versión “oficial” del mito que escribió Homero. Se trata de Palamedes, amigo fiel de Aquiles, el más bello de los griegos, y el más inteligente. El secreto mejor guardado de los clasicistas.

Palamedes era tan inteligente que él fue quien inventó algo tan básico en la vida militar como el santo y seña para ser reconocidos en los campamentos, también se dice que inventó el ajedrez y gracias a su perspicacia, al darse cuenta de que los lobos bajaban de las montañas para devorar a los animales y hombres más débiles, evitó que una plaga de peste que decimó a la población de Troya tocase a los griegos. Fue a raíz de estas cualidades que entró en conflicto con Ulises. Cuando Baricco explica esta parte de la historia lo hace de una manera muy divertida: “lo siento, pero os voy a desmontar un mito. Os dejo un minuto y medio de música y luces para que os despidáis del Ulises oficial, el que conocéis y admiráis” Y luego, cuando acaba la música lo primero que dice “la verdad es que Ulises era una mala persona. Es más, una malísima persona”. Mientras sonaba la música que dejaba al público el minuto de reflexión para “despedirnos de Ulises”, yo recordaba los muchos defectos del héroe, que haberlos teníalos: la cantidad de cuernos que puso a Penélope por todos los rincones del Mediterráneo, la superficialidad con la que condenó a muerte a sus compañeros de viaje, y el último viaje, abandonando de nuevo y definitivamente su tierra, para desvanecerse en un lugar lejano, allá donde no se supiese para que sirve un remo. En fin, yo ya sabía que Ulises no era perfecto, y que era muchísimo más feo que Bekim Fehmiu. Pero el maestro Baricco me iba a describir un lado aún más oscuro del rey de Itaca, además de recordarnos que escuchar la voz de Ulises era algo único, que era melodiosa y suave “como nieve que cae”.

Bekim Fehmiu durante el rodaje de la Odisea (1968)

Mientras Aquiles está lejos del campo de batalla porque va a la isla de Lesbos a por provisiones (o sea, saquearla), Ulises construye un complot para acusar a Palamedes de traición: lo organiza como se debe, escondiendo en la tienda del joven una cantidad de oro que supuestamente le dio Príamo para facilitar la entrada de los troyanos en el campamento griego y aniquilarlos. Palamedes es apresado, juzgado y condenado a morir lapidado. Todo ello antes de que regrese su fiel amigo Aquiles. Éste, y no otro, es el motivo de la “ira funesta” de Aquiles, no una simple cuestión de botín mal repartido, o un quítame aquí una Briseida.

Baricco ha recogido de varios textos apócrifos (la construcción de la Ilíada es muy parecida a la de la Biblia, a un cierto punto, se descartaron y eliminaron algunas versiones y episodios, como el de Palamedes, para producir una “versión oficial” de los hechos de la Guerra de Troya) el discurso de defensa de Palamedes delante del tribunal de los griegos. Le ha dado una forma asimilable a los gustos actuales y tal discurso lo declama una actriz, muy buena, Valeria Solarino. Actriz que, obviamente, no conocía.

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Alessandro Baricco y Valeria Solarino durante los ensayos.

La defensa de Palamedes es un monólogo de unos veinte minutos; con lógica aplastante el acusado desmonta, uno a uno, todos los cargos contra él. Dejando al descubierto la cruda realidad: él es una víctima… “yo no os he hecho nada, para que me tratéis así”.

Al terminar la representación salí muy despacio del lugar, pues tenía que llevar a cabo mi ritual particular, que hago cada vez que visito restos arqueológicos; algo que quisiera poder hacer con las estatuas en los museos, pero no me dejan porque no soy Mary Beard: acaricio las piedras. Toco los ladrillos, la “pozzolana”, el cemento de los romanos. Cargo las pilas, literalmente. Para no desesperar entre tanta desesperación.

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Henry V goes undercover for the SWP… — dicklefenwick

Socialism needs a little touch of Harry in these benighted times. In the summer of 2012, when the world came to London and patriotic fervour was at full whack in the UK, I had the vivid experience of walking onto the stage of Shakespeare’s Globe, in front of a crowd as diverse and international as […]

via Henry V goes undercover for the SWP… — dicklefenwick

A brilliant post by British actor Jamie Parker about what’s left to the Left. The same can be applied to other Lefts in Europe (see the Spanish elections as friendly reminder; although the many cases of corruption related with the party of the current PM the Right still gets the majority of the votes). The future of liberal/left parties is based on their ability to regain those values that have been willingly snubbed and therefore conceded to the Conservatives.

Thus bad begins and (I pray that) worse remains behind

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Francisco de Goya – Duelo a garrotazos (Museo del Prado)

Today, for the third time in my life I’ve been reading the news in front of the pc with incredulity. The first was on Sept. 11Th 2001, the second on March 21st 2004.

This morning, while I was discussing Brexit with a colleague at work, and I was scrolling the headlines, the last one being that Milan stock exchange had to close temporarily due to heavy looses, my boss walked in the room with his (typical) I’m-so-learned-and-important smile in his face, and said that “he was happy of Brexit because it’d be a way for Germany to loose the leadership in the EU”. Maybe I over-reacted but I shouted WHAT????? First of all because I think that the last favourite sport in Southern Europe “accuse Germany of all the evils of the world since the bubonic peast on” irritates me and reminds me the reaction of the envious in front of the successful. Maybe sometimes they’re not the most agreeable people in the world when telling the ugly truths but if the country that has overcome the economic debacle of two world wars lost and the annexation of a nation in default tells you that there’s something wrong in the way you deal with your national economy, maybe, perhaps, they are not completely wrong. But anyway, what really drove me crazy of that comment was that notwithstanding the tragic situation he “was glad”. I answered “oh, well, we will all be very glad, dancing and playing the violin on the Titanic while it sinks”. Because this is what really saddens me, and makes me angry, and fills my eyes with tears when I think about it. The truth, the fuc**ing really sad truth is that we have not learned the lesson, not even after two world wars, not even after million of people dead, not even after all the good things that a peaceful coexistence of the European countries for the first time for more than sixty years have brought to all its citizens.

And also, and moreover, what hurts me deeply inside is that the reasons argued by those who promoted the Brexit were a bunch of lies. And they don’t even feel embarrassed to declare so in tv in front of millions of people. Not even a little blush when insulting the memory of a murdered woman

Split. Postal de un lugar lejano

Restos del palacio de Domiciano en Split (Croacia). Pinchar para ver la fuente

Para mí el proceso creativo es una especie de carrera de relevos. La escritura, nace de la creatividad del autor quien, a su vez, más o menos conscientemente, toma el relevo con sus palabras a quien le precedió o quien le acompaña en su carrera. Sigo sin ser capaz de considerarme “escritora” o “autora”, pero sin lugar a dudas, soy una que toma prestado, o que cuando siente ese impulso creativo, suele nacer de una chispa encendida por otros. En el caso de este relato, todo empezó con esta maravillosa pieza musical del maestro Ezio Bosso – Split, postcards from far away . Desde la primera vez que la escuché, sobre todo la versión que he enlazado, sabía que podía generar no una, sino mil historias. Hace unos días volvió la idea de escribir un pequeño relato inspirada por esta melodía. Otras cosas resuenan en este texto, también hay ecos de las primeras páginas de “Mañana en la batalla piensa en mí” de Javier Marías. El protagonista, aunque refelexiona sobre la pérdida como Víctor Francés, tiene el cuerpo, nombre y apellidos de un actor croata. Espero que no le importe (como si se enterase). No podía dejar de asomarse Joseph Conrad, aunque fuese de lejos.

Split. Postal de un lugar lejano.

 

Estaba empezando a llover. Podía oír el repiquetear de las gotas de lluvia sobre el techo metálico del cobertizo de las herramientas en el jardín. Acarició las teclas del piano que la tía Draginja, un ser que en su familia hasta hace pocos meses no era más que una especie de figura mitológica cuyo nombre se pronunciaba en voz baja, con respeto —sobre todo por los millones de su difunto marido—y temor casi reverencial, había puesto a disposición de su hasta entonces ignorado sobrino. La tía Draginja cedió sin pestañear, no solo el piano, sino también la cómoda casa amueblada en tres niveles, demasiado grande para él, en un barrio residencial del norte de Londres. “Es una inversión. Él es el único de todos vosotros con talento, pues el Señor concentró todo el que tenía a disposición para tres generaciones de familia Bogdan en él. Por lo que dentro de pocos años podrá pagármela, si quiere” —repetía esa especie de Medusa cuando le preguntaban el motivo de tanta generosidad.

A pesar de tener solucionado el espinoso tema del alojamiento, y de que la beca que se le había concedido para sus estudios de postgrado en la Royal Academy of Music incluía, además de las clases, un reembolso económico, podía llegar a fin de mes en una de las ciudades más caras del mundo gracias a las estúpidas canciones que componía para anuncios en la radio o en la televisión, pues el alquilar la otra habitación estaba fuera de toda discusión. Había sido un día largo, entre las pruebas, el estudio y el trabajo. Había decidido continuar la mañana siguiente, y se levantó para irse a dormir. Sin embargo, sin saber por qué, llevado por el sonido metálico de las gotas de lluvia sobre el cobertizo, acarició las teclas, y tocó cuatro notas, seguidas por una pequeña variación de cinco.

— “Marja”

Tampoco supo por qué dijo el nombre que llevaba meses sin pronunciar. Se sentó y sus dedos empezaron a recorrer el teclado. Encendió la grabadora de su móvil y sacó una cartulina que llevaba siempre consigo, cuidadosamente enfilada en un bolsillo de la carpeta de piel en la que guardaba sus partituras, escondida, jamás a la vista, pero siempre presente. La colocó sobre el atril. Se trataba de una postal de Split: una vista nocturna del palacio de Diocleciano. De esta manera, llevado por los recuerdos, empezó a tocar. Un grupo de jóvenes del barrio, algo alterados tras haber salido del pub, cantaban bajo la lluvia de Londres; de la misma manera que lo hicieron otros jóvenes, meses atrás, bajo la lluvia croata. Marja sonrió entonces, al verlos pasar, y empezó a entonar la misma canción, con su voz aterciopelada de soprano. Marja y sus cabellos rubios iluminados por la luz del sol, mientras estaban tumbados en la playa. Marja y su sonrisa, su cuerpo esbelto que acarició aquel verano en Split, como acariciaba en esos momentos el teclado.

La melodía crecía en intensidad, y todos los recuerdos que se había esforzado en alejar de su mente, volvieron. No bastaba borrar sus fotos, cambiar de país, alejarse de los lugares en los que habían sido felices, no era tan sencillo. Mientras tocaba, no sólo volvían las imágenes de Marja, sino todo lo que sintió por ella, mientras la tuvo, y cuando la perdió. De repente. De un día para otro. Acababan de volver de Split, del viaje que se habían concedido para celebrar la graduación de ambos en el conservatorio de Zagreb. Ella se fue a dormir y no se despertó. Le llamó su compañera de piso, llorando, desesperada. Se habían llevado su cuerpo al tanatorio. Él colgó el teléfono y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la pared.

Mientras seguía tocando, componiendo por primera vez en su vida sin pararse a pensar cuál iba a ser la siguiente nota, notaba la rabia crecer en su pecho, por la jugarreta que les había hecho el destino. Ella desapareció de repente, se esfumó. No tuvieron tiempo tan siquiera de tener la primera discusión seria. Él no pudo nunca luchar por ella como en las novelas que de chico leía a escondidas, cuando su madre le apagaba la luz de la habitación, y sacaba de debajo de la almohada un libro y una pequeña antorcha para seguir leyendo. Él y Marja no habrían podido ser nunca como Heyst y Lena en aquella novela de Conrad; si un destino trágico los esperaba, hubiese sido mejor poder tener un Ricardo contra el que luchar por salvarla, aunque hubiese tenido que pagar el mismo precio de Heyst, derrotado, acabando con su propia vida, y pasar así el resto de la eternidad “buscando su mirada entre las sombras de la muerte”. De todos los posibles finales trágicos a su historia, ninguno era tan cínico y cruel como una muerte inesperada y absurda. Cualquier cosa habría sido mejor que eso, pero les tocó ese breve espacio de tiempo en el 2015. No faltaban, en la atribulada historia de su país natal, otros tiempos, u otras circunstancias, en los cuales tal pérdida hubiese podido ser fruto de algo mucho menos banal que una pequeña vena que estalla dentro de la cabeza de Marja o su corazón que se detiene de repente por una malformación imposible de detectar. Los podrían haber separado ejércitos invasores, el odio religioso, botas opresoras desfilando por las calles al paso de oca. En tal caso, no hubiese habido tortura capaz de hacerlo renunciar a su amor. Por ella habría atravesado campos minados, superado cualquier obstáculo, ignorado las circunstancias adversas, y derrotando él solo, con sus manos, a todo un ejército, con la bendita inocencia y el coraje que puede albergar un joven enamorado. No contó con que su enemigo era un gen minúsculo en las células de Marja, capaz de transformar un cuerpo perfecto y hermoso en algo tan frágil, capaz de romperse durante la noche. Quién sabe si estaba soñando con él cuando murió.

Sudando sobre el piano, mientras los borrachos cantaban ya frente a la puerta de su casa, y sus voces se mezclaban en sus recuerdos con las de otros ebrios bajo la lluvia en Split, sentía envidia, e incluso odio, al recordar algunas conversaciones oídas por casualidad en el metro, o en los pasillos de la academia. Maridos y novios quejándose de las pequeñas manías de sus esposas y novias, que hacían de la convivencia una dura prueba cotidiana, superada con increíble paciencia y gracias a su innata bondad de ánimo. Él no tuvo tiempo de saber si Marja era desordenada, no cerraba las ventanas o se olvidaba de tirar en seguida a la basura las compresas usadas. En esos momentos deseaba haber cogido al novio de turno por el cuello de la camisa y gritarle a la cara, decirle que no se daba cuenta de lo afortunado que era, que él habría dado su brazo derecho por tal inconveniente. Pero por aquel entonces era insensible. Era capaz de ignorar con honesta indiferencia a las parejas que paseaban por la calle cogidos de la mano, o se besaban en un parque. Sin embargo, el piano y aquellas notas que brotaban de sus dedos lo habían despertado del letargo emocional en el que llevaba viviendo desde que ella se fue.

Poco a poco, la melodía disminuyó de intensidad. Al tocar las teclas regresó a él otra imagen que lo calmó, la primera vez que la vio, en el conservatorio, mientras repasaba con su maestro el aria que formaría parte de su examen final: la primera de Mimí en “La Bohème”… “Me llaman Mimí, pero mi nombre es Lucía”. Él se quedó inmóvil, viéndola, escuchándola, durante toda el aria, incapaz de apartar los ojos de ella. Marja se dio cuenta de su presencia, y cantó los últimos versos mirándolo, y sonriendo. “No sabría qué más contarle sobre mí. Soy sólo su vecina, que la molesta a estas horas”. Se volvieron inseparables desde aquel día, y algunos compañeros les llamaron desde entonces, no sin una pizca de celos — hay veces que la felicidad ajena trae consigo algo de envidia — Rodolfo y Mimí.

Tocó la última nota, apagó la grabadora del móvil, cerró la tapa del teclado, y, con la postal en la mano, se sentó en el suelo, apoyándose en la pared. En esos momentos dos gruesas lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas, y, finalmente, meses después de su muerte, a miles de kilómetros de distancia, en un lugar lejano, lloró por Marja. A las lágrimas siguieron los sollozos, y una especie de lamento, bajo y continuo. Se dejó llevar, llorando como no lo había hecho nunca en toda su vida, hundiendo la cabeza entre los brazos, arrugando la postal con una mano.

Pasaron varios minutos. No se oía más que el repiquetear, ahora más sosegado, de la lluvia. Seguía sin levantar la cabeza, su respiración se había calmado. De repente creyó oír una voz, pero la ignoró. No estaba seguro de si la había oído, o era todo fruto de su imaginación.

“¿Estás mejor?” — levantó la cabeza. Era demasiado real como para ser una alucinación.
“¿Cómo?”
— “Perdona, quería sólo saber si ahora te encuentras mejor. Has pasado un mal rato”

La voz parecía provenir del suelo. Se percató de que cerca de él, en la pared, había una rejilla de aireación, a la cual nunca había dado demasiada importancia.

“¿Quién eres?”
— “Soy tu vecina. No quería importunar. Normalmente me siento en la escalera, en el recibidor, bebiendo una taza de té, y te escucho cuando tocas. Me llamo María”
— “Goran. Yo me llamo Goran”
— “Nunca había oído ese nombre”
— “Soy croata”

Goran notó que su corazón latía con más fuerza. Siguió hablando.

“No te había visto nunca, pero sabía que alguien vivía en la casa de al lado”
— “Yo tampoco te he visto, pero te he oído”
— “¿Te molesta el piano?”
— “No, no, para nada. No habías tocado nunca como esta noche”

No supo qué decir.

“¿Te ha gustado?”
— “Mucho. Era pura magia”

Cerró los ojos. Repitió esas palabras en voz baja, “pura magia”. Eran las mismas que, en otra lengua, otra mujer llamada Marja usaba para comentar sus piezas favoritas. ¿Otra mujer? Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Eran ya tres las coincidencias: su nombre, lo que dijo cuando le preguntó quién era —una respuesta digna de Mimí — , y esas dos palabras pura magia. ¿Podía ser posible? ¿Se estaba volviendo loco? Goran nunca vio a Marja muerta. No acudió al velatorio, ni a la cámara ardiente. Asistió de lejos a su entierro, espiando su funeral, como si fuese el protagonista de un cuento gótico. ¿Iba a tener que vivir al lado de un fantasma? Aunque se tratase de tres simples casualidades, si no hacía nada la voz al otro lado de la pared acabaría siendo de verdad un espíritu que lo atormentaría.

“María, perdona mi atrevimiento. Si quieres, podemos seguir hablando aquí, bebiendo un té o lo que quieras… Bueno, agua o té, no tengo nada más”

Pasaron algunos instantes, durante los cuales no se oía nada más que la lluvia y algún coche que pasaba de vez en cuando por la calle. Goran miraba la rejilla a través de la cual le había llegado la voz de María, como si esperase a que se animase y cobrase vida.

— “De acuerdo”

Él se levantó, como impulsado por un resorte. Se acercó al recibidor, encendió la luz y se miró con preocupación al espejo. El hombre cuyo reflejo le observaba desde el otro lado del cristal aparentaba diez años más de los que tenía en realidad. Las mejillas oscurecidas por la incipiente barba necesitaban un afeitado. Vestía unos vaqueros y un jersey negro, que ceñían un cuerpo alto y musculoso, más propio de un atleta que de un músico. Tenía el ceño fruncido, los ojos oscuros; el pelo negro, aunque bien cortado, estaba despeinado. Con el aspecto que tenía aquella noche, y con su marcado acento eslavo al hablar, no habría podido dar más de diez pasos por Kensington Gardens sin que un bobby apareciese por una esquina pidiéndole sus papeles. Sonó el timbre de la puerta, una sombra se adivinaba al otro lado de la cristalera. Abrió, y durante unos instantes, no supo si se sintió aliviado o defraudado. Sin lugar a dudas la mujer que tenía delante de él no era el fantasma de Marja, no podían ser más diferentes. Ésta era casi tan alta como él, morena, de ojos oscuros, aunque tenían la misma sonrisa: sincera, solar, contagiosa.

“Aquí estoy. Soy María” — le dijo, tendiéndole la mano. Él se extrañó del hecho de que, a pesar de que estaban cara a cara, ella no le miraba a los ojos, sino a un punto indefinido, ligeramente desviado sobre uno de sus hombros. Fue entonces cuando se percató del bastón que ella llevaba en una mano, y no pudo evitar sorprenderse. –”Creo que te has dado cuenta de que te he dicho la verdad respecto al no haberte visto nunca. Tendrás que guiarme hasta el salón, o la cocina”
“Sí, por supuesto, perdona” – contestó Goran, cogiéndola del brazo, acompañándola dentro de la casa.

Esa primera noche hablaron durante un par de horas, de todo un poco, de dónde venían, qué hacían en Londres. Sin embargo, María no le dijo que tenía la mala costumbre de cerrar mal el grifo de la cocina, pero sólo ese, nunca los del baño, y no siempre. Y que había veces que tenía que despertarse de madrugada para cerrarlo bien, pues en el silencio de la noche, el ruido de las gotas de agua al caer sobre el fregadero, podía resultar más molesto que una caravana de camiones desfilando bajo la ventana.

Goran no se lo reprochó nunca.

Maximilian Morrel

XIXth century cavalry soldiers. source http://damesalamode.tumblr.com/

I praised re-reading in a previous post, and my third read of The Count of Montecristo has been, in that sense, a success. Spending several days with one of the members of my personal Capitol Triad of male characters in literature (Edmond Dantés, Mr. Darcy and Prince Bolkonsky) is, as the famous ad says “priceless”. Moreover, each time I re-read one of these master pieces of literature I make a new discovery. This time it has a name and surname: Maximilian Morrel.

I remembered Maximilian only as the dull-spineless-lover of the cheesy Valentine Villefort; I have to say on my defense that I have not been the only one and that I was in the good company of tv writers, film directors and even scholars. For instance Keith Wren in the introduction of the Wordsworth Classics edition writes “about the star cross’d lovers, Maximilian and Valentine, the least said the better”.

John W. Waterhouse – Thisbe – Wikipedia Dumas dedicates a chapter to Maximilian and Valentine called: Pyramus and Thisbe. Is this chapter the cause of Maximilian destiny as character?

But Maximilian Morrel is more than that… Of course, after a first reading, when you’re able to see beyond the shadow of his overwhelming father-figure Edmond Dantés. Nevertheless, re-reading the novel, I have realized that in other circumstances (f.i. if created by another writer) this character would deserve an epic of his own. Dumas, anyway, has always been honest with us regarding Maximilian: he’s a first prize; if we don’t see it, is all our fault. The first time he is mentioned, he is described “a strong-minded, upright young man”.

In his regiment Maximilian Morrel was noted for his rigid observance, not only of the obligations imposed on a soldier, but also on the duties of a man; and he thus gained the name of ‘the stoic’. We need hardly say that many of those who gave him this epithet repeated it because they had heard it, and did not even know what it meant.

After this introduction we see Maximilian willing to share with his father the weight of the shame that the eventual failure of the family merchant company will bring upon them, declaring himself ready also to commit suicide with the second pistol that his father concealed in his drawer for that occasion. The family is saved by Sinbad the Sailor/Lord Wilmore (one of the many alias of Edmond Dantés), and ten years later we meet again Maximilian in Paris, guest of the breakfast offered by Albert Morcef. His entrance can undoubtedly be defined as triumphant.

And he (Château-Renaud) stepped on one side to give place to a young man of refined and dignified bearing, with large and open brow, piercing eyes, and black moustache […] A rich uniform, half-French, half-Oriental, set off his graceful and stalwart figure, and his broad chest was decorated with the order of the Legion of Honour

Maximilian is introduced in the circle of Parisian high-society young men as he has saved in Africa one of his members, M. de Château-Renaud: “I already felt the cold steel on my neck” (he says) “when this gentleman whom you see here charged them, shot the one who held me by the hair, and cleft the skull of the other with his sabre”. And why did he save him? The main reason because “it was the 5th of September, the anniversary of the day in which my father was miraculously preserved; therefore, as far as it lays in my power, I endeavour to celebrate it by some…” heroic-action, as Château-Renaud puts it.

Alessio Boni as Armand d'Hubert in a stage adaptation of Conrad's "The duellists". Picture by Federico Riva. Click for details
Alessio Boni as Armand d’Hubert in a stage adaptation of Conrad’s “The duellists”. Picture by Federico Riva. Click for details. Perfect example of how a handsome man with a XIXth cent. uniform and a sabre in his hand looks like

Morrel is a war-hero, a Poe-like romantic figure in the cemetery or Père-La-Chaise during the burial of his beloved Valentine “with his coat buttoned up to his throat, his face livid, and convulsively crushing his hat between his fingers, leaned against a tree, situated in an elevation commanding the mauseoleum, so that none of the funeral details could escape his observation”. He is a strong-willed man, with a deep sense of honour. In a sense, Maximilian is what Dantés would have been without a Danglars, Fernand or Villefort. When he learns that Valentine has been poisoned, he, as Dantés, considers himself the hand of providence.

 You M. de Villefort, send for the priest, I will be the avenger

All the above framed in a beautiful, elegant but also strong body (Morrel was seen carrying, with superhuman strength, the armchair containing Noirtier upstairs) and a bright mind. He (but also Villefort, at the very end), is the only character in the whole novel to face Montecristo.

You, who pretend to understand everything, even the hidden sources of knowledge – and who enact the part of a guardian angel upon earth, and could not even find an antidote to a poison administered to a young girl! Ah, sir, indeed you would inspire me with pity, were you not hateful in my eyes

Therefore, considering all the above, why, when referring to Maximilian Morrel “the least said the better”? Why to reduce him in the several adaptations of the novel to screen or radio-drama, to a pathetic crybaby or an improbable Romeo? Maybe because Morrel is too perfect, too good to be true to make him real and we react rejecting him. A perfect human reaction, that’s what I feel towards the Jamie adored by legions of women in “Outlander” (I’m completely unable to connect with someone so utterly perfect). Whereas Dantés-Montecristo has some defects (the first of them all the tendency of considering himself God and believe it) that render him, nevertheless, human, the only thing we can blame Maximilian is living, when he’s not serving in the army, with the “royals of cheesiness”, his sister and brother-in-law.

Christopher Thompson as Maximilian Morrel in tv series "The Count of Montecristo"
Christopher Thompson as Maximilian Morrel in tv series “The Count of Montecristo”

Anyway, as far as screen adaptations of “The Count of Montecristo” are concerned, the neglect of Maximilian Morrel’s character is “peccata minuta” compared to the fake happy-ending Dantés-Mércèdes. That would deserve another post.

Mercédès

Joseph Mallord William Turner - Snow Storm - Steam-Boat off a Harbour's Mouth - WGA23178.jpg
Di William TurnerWeb Gallery of Art:   Image  Info about artwork, Pubblico dominio, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15886130

Oh, Mercédés, I have uttered your name with the sigh of melancholy, with the groan of sorrow, with the last effort of despair; I have uttered it when frozen with cold, crouched on the straw in my dungeon; I have uttered it, consumed with heat, rolling on the stone floor of my prison. Mercédès, I must revenge myself, for I suffered fourteen years — fourteen years I wept, I cursed; now I tell you, Mercédès, I must revenge myself

Alexandre Dumas – The count of Monte Cristo

Blake Dante Hell V.jpg
By William BlakeUnknown, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1221273

‘Have you known what it is to have your father starve to death in your absence?’ cried Monte Cristo, thrusting his hands into his hair; ‘have you seen the woman you loved giving her hand to your rival, while you were perishing at the bottom of a dungeon?’

‘No’, interrupted Mercédès, ‘but I have seen him whom I loved on the point of murdering my son.’

Alexandre Dumas – The count of Monte Cristo