Neb

Este es el último relato de la serie “Isla Coronada” que vuelvo a publicar en el blog. Faltaría un relato, pero contiene un resumen del proyecto en el que estoy trabajando ahora, por lo que prefiero no colgarlo de nuevo en redes. Este relato me fue inspirado por los paisajes de una estupenda serie galesa, Hinterland. La protagonista es la misma de “La carta y postdata”

 

¡Mierda! Me faltaba sólo esto… – Penélope intentaba poner en marcha el jeep, pero al girar la llave el motor reaccionaba con un rasgar patético. Se maldijo a sí misma una y mil veces por su testarudez, por haber salido de la casa de Bedford Square prácticamente sin equipaje, dando un portazo, dejando a Tom con la palabra en la boca. Pero no quería pensar en él; le había mandado un mensaje la noche pasada diciendo que quería estar sola unos días. No contestó a ninguna de sus llamadas. Al poco tiempo de salir de Cardiff se dio cuenta de que el todo-terreno tenía algún problema eléctrico, pues no funcionaba el cargador de mechero. Cuando, preocupada por el motor, decidió dejar a un lado esa actitud algo infantil, de niña haciendo pucheros, y quiso contestar una de las llamadas de Tom, el móvil se apagó, sin carga. – Vamos, vamos, otra vez… ¡Enciéndete, maldito cacharro! — pero el jeep espiró definitivamente y empezó a salir humo del motor.

Abrió el capó y la embistió una nube negra de humo, que la hizo toser. Cuando escapó de Londres, fue al garaje y cogió el viejo jeep que usaban para ir al campo sin pararse a pensar en las condiciones del vehículo; simplemente quería perderse en algún lugar agreste y el todo-terreno era el vehículo más indicado. Perderse. Se le escapó una risa nerviosa, mientras retiraba un mechón de pelo de la frente. Sin lugar a dudas lo había logrado. No tenía idea de dónde estaba. Se había equivocado de camino en un cruce, esperaba que dando un rodeo pudiese tomar de nuevo la provincial, pero acabó en un camino de campo, sin asfaltar.

La tarde estaba refrescando, y empezaba a anochecer. No tenía sentido quedarse plantada esperando no sabía muy bien el qué. Cogió su mochila al mismo tiempo que empezaba a llover. Magnífico – se dijo. Por suerte, en el maletero estaban las botas de trekking que los dos usaban cuando iban a la casa en el campo o a pasear. Se calzó las suyas, se puso un chubasquero, cogió la antorcha –que por fortuna funcionaba– y empezó a caminar.

Llevaba algo más de una hora de marcha. Mientras tanto, la lluvia se había transformado en chubasco, y el atardecer en noche cerrada. Estaba asustada. Le parecía difícil creer que en todo ese tiempo no se hubiese cruzado con ánima viva, ni con ninguna casa. En esos momentos, el salón de la casa de Tom (aunque llevaban casados cuatro años no lograba pensar en esa morada como suya), le parecía un espejismo de confort, un oasis de seguridad y paz. Cabezota. Maldita cabezota. Eres una maldita cabezota, Penélope. Repitió en voz alta. Le pareció oír algo; finalmente se acercaba un vehículo, que se detuvo a pocos pasos de ella. Se quedó inmóvil, sin reaccionar. Los focos del coche la cegaban. Vio sólo una cortina de agua y la figura de alguien que bajaba de un todo-terreno.

– ¿Necesita ayuda? — voz de hombre.

Sí por favor. Mi jeep, se ha roto, mi móvil se ha quedado sin batería y…

– Suba.

– Gracias — Penélope subió, sin atreverse a mirar a la cara a su salvador, ni a decir nada.

¿Cuánto tiempo ha caminado?

– ¿Perdón?

– Que cuánto tiempo ha caminado, para hacerme una idea de dónde está su jeep.

– Una hora, más o menos. O eso creo — Finalmente se atrevió a mirarlo. Era un hombre corpulento, pero no obeso, de edad indefinida. Una de esas personas que podían tener sesenta años muy bien llevados o cuarenta llevados fatal. Tenía el pelo muy canoso, probablemente fue negro en su tiempo. Arrugas marcadas de expresión, alrededor de los ojos y la comisura de los labios. Nariz recta, perfil armonioso.

– Le echaré un vistazo, aunque probablemente habrá que pasar mañana con la grúa y llevarlo a reparar.

– Gracias – repitió Penélope.

– ¿Es usted española? He reconocido el acento.

– Sí, soy de Madrid. Debería hablar mejor inglés, llevo varios años en el país, pero apenas abro la boca se dan cuenta de que soy extranjera.

– Si a usted no le importa, me gustaría hablarle en castellano. Conozco el idioma, pero no tengo muchas oportunidades de practicarlo. Mi nombre es Neb.

– Yo soy Penélope.

Por un momento ella tuvo la sensación de que el hombre se puso rígido y cambió de expresión, aunque fue todo cuestión de un instante. Su español era impecable, quizás un tanto anticuado, con un ligero acento, que no recordaba al inglés. No hablaron demasiado, sólo de algunos detalles de la avería, conversación general sobre el tiempo… conversación de ascensor. Sin embargo, Penélope no se sentía violenta o apurada, a pesar de compartir el espacio cerrado de un vehículo con un completo desconocido. En poco tiempo alcanzaron su jeep. Se acercaron los dos. Neb abrió el capó y arrugó la nariz, tras apuntar el motor con la antorcha.

Como imaginaba, tiene poco remedio. Mañana pasaré con la grúa y lo llevaré a reparar. Me temo que no será un arreglo fácil, es un modelo algo viejo y habrá que ir a buscar las piezas a un desguace.

– ¿Qué voy a hacer?

– Vista la hora, la acompañaré a mi casa, si usted no tiene inconveniente. Así puede comer algo, y descansar. Tengo teléfono, puede llamar a quien desee e irse mañana mismo, la puedo llevar hasta el pueblo.

– Vámonos, entonces.

– ¿Tiene que coger algo del coche?

– No, todo lo que necesito lo llevo en la mochila.

La lluvia seguía cayendo con fuerza. El camino estaba completamente embarrado e hizo falta toda la pericia del conductor para que no se saliesen del mismo o incluso volcasen. Penélope agradeció su suerte. Si no hubiese sido por la proverbial aparición de Neb, su aventura podía haber acabado mal. Finalmente, el todo-terreno tomó un desvío y tras unos doscientos metros aparecieron unas luces. Estaban en una granja, muy similar a otras que había visto en la comarca: la formaban un par de edificios de piedra gris, de dos plantas, con el techo de pizarra negra, más un establo o granero, algo más apartado. Al llegar delante de la casa se activó la iluminación automática. Bajaron del vehículo y salió a su encuentro un perro, que ladraba y le hacía fiestas a su amo.

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Perro pastor galés

– ¡Argos quieto! Buen chico, buen chico… 

El can se acercó a Penélope, la olfateó y ella le acarició el hocico. Era un precioso ejemplar de perro pastor, de pelo blanco, negro y marrón. Neb abrió la puerta, que daba paso a un pequeño recibidor que aislaba el resto de la casa del exterior.

– Puede quitarse las botas, y ponerse esas zapatillas. Espero que no le vengan demasiado grandes. 

El calor dentro de la casa le pareció a Penélope gloria bendita, y el fuego de la chimenea, el paraíso.

Ahí está el teléfono, en la cocina hay comida. La habitación de invitados es la primera que encontrará al subir las escaleras, tiene baño. Haga como si estuviese en su casa, tengo que ausentarme. ¡Argos! ¡Vamos! 

Neb y el perro salieron. Penélope necesitaba ir al baño con urgencia, por lo que subió la escalera y entró en la habitación. Toda la casa estaba decorada con sencillez, pero con gusto. Se notaba que faltaba una mano femenina, los muebles eran sencillos, y se respiraba un aire espartano, castrense. Esperaba encontrarse con una instalación eléctrica anticuada, o viejas tuberías que chirriasen apenas abriese un grifo. Sin embargo, todo funcionaba a la perfección y daba la sensación de que toda la casa hubiese sido re-estructurada no hacía demasiados años. El salón era amplio, acogedor, relativamente bien iluminado gracias al fuego y a un par de lámparas. Había algo colgado encima de la chimenea, no podía ver bien qué era. Completaban la decoración un par de aparadores bajos, con algunos libros y objetos encima de ellos. Había un tresillo delante de la chimenea, y tenía una mesita a uno de sus lados. Sobre ella había un teléfono. Marcó el número.

– ¿Penélope? ¿Dónde estás? — nunca había oído a Tom tan preocupado. Se sintió culpable por el día que le había hecho pasar.

Estoy en Gales, no sé muy bien dónde.

– ¿Has ido hasta Gales con el viejo jeep? Pero si llega a duras penas hasta el campo… ¿Desde dónde estás llamando?

– Me he dado cuenta, me ha dejado tirada en una carretera comarcal, además estaba sin batería en el móvil. Intenté contestarte, pero el teléfono se apagó del todo. Por fortuna me encontré con alguien, me ha recogido y llevado a su casa.

– ¿Quién?

– Un hombre, se llama Neb. No le he preguntado el apellido, seguro que será algo impronunciable en galés, con varias w, dos y, y un par de vocales. ¿Te aparece el número?

– Sí, sí, aparece en el teléfono. Menos mal que te encontraste con esa persona. ¿Pero es de fiar? Salgo ahora mismo de casa, voy a por ti, en dos horas y media llego a Cardiff…

– No, Tom, no hace falta que vengas, estoy bien, y Neb me parece un buen hombre. Además, creo que es mejor que pase unos días sola…

– Penélope, te echo tanto de menos. Siento mucho lo que te dije, soy un maldito imbécil. Lo siento…

– … yo también, Tom. Lo siento mucho. También hablé más de la cuenta y dije cosas que no debía. Estoy muy cansada, comeré algo y me iré a dormir.

– Llamaré mañana. Te quiero.

Colgó el teléfono y fue a la cocina. Dentro del horno había un delicioso roast-beef con patatas. Se sirvió una porción y la comió con ganas, pues, curiosamente, en todas las crisis de su vida y por muy nerviosa que se sintiese no se le cerraba nunca el estómago. La comida era deliciosa. Observó a su alrededor, en la cocina reinaba un orden monacal. No había espacio para frivolidades, ni siquiera un imán recuerdo-de-no-se-dónde en el frigorífico. Mucho menos fotos, o algo que pudiese definirse personal. Fregó los platos y subió a la habitación. Se quedó dormida al instante.

La despertó la luz del amanecer que se filtraba por la ventana. Creía, en un primer momento, que estaba aún en el Premier Inn de Cardiff, y que el viejo jeep estaba aparcado a la entrada del hotel. Pero lo que llegaba a sus oídos no era el ruido del tráfico de la periferia, sino del viento. Abrió los ojos, sorprendida, asustada. ¿Dónde estaba? El cansancio en sus piernas le recordó la caminata de la tarde anterior, con sus botas hundidas en el barro, el viento y la lluvia que le golpeaban la cara. Alguien que parecía haberse materializado de la nada acudió a rescatarla y llevarla donde estaba. ¿Neb? Por un momento dudó de si el hombre había sido real. Aunque durmió profundamente durante la noche, ningún ruido la despertó, aunque fuese por pocos instantes. Ni pasos por las escaleras de madera o el salón, trajinar en la cocina, o incluso el ladrar del perro. Argos. Se arropó hasta la nariz, aguzando el oído. Había algo más peculiar en esa casa: no había relojes, o por lo menos no recordaba haberlos visto la noche anterior. Ni siquiera un calendario en la cocina. Quién no lo tiene. Recordó el par que había en la casa de Bedford Square, y a Tom con una punzada en el corazón.

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Se duchó, y bajó a la cocina. Un rico desayuno estaba preparado sobre la mesa: zumo, café, leche, confituras caseras. Tostadas recién hechas. Puso un dedo encima de ellas, estaban tibias aún. Quizás Neb había preparado el desayuno mientras se duchaba, y por eso no lo había oído. Llenó la taza de café, sin azúcar, y se acercó a la ventana. Niebla. Como recordaba de la noche anterior, la granja la formaban dos edificios como en el que estaba, y hacia su izquierda, un poco alejado, había un granero. Se encontraba en un pequeño valle entre unas colinas verdes y marrones, una granja como cualquier otra en esa zona de Gales. Mientras estaba comiendo las tostadas escuchó ruido de motores. Era Neb, y conducía un quad; el perro estaba sentado en la parte de atrás, y precedían una pequeña grúa que remolcaba su jeep. Llegaron hasta el granero, desengancharon el vehículo. De la grúa bajaron dos hombres. Uno de ellos era rubio, joven, y cojeaba. Como si no pudiese apoyar bien el talón en el suelo. El otro era muy alto, pero bien plantado, no desproporcionado como ciertos jugadores de baloncesto que recuerdan a Boris Karloff en Frankenstein. Empujaron el todo-terreno hasta el interior del granero, hablaron durante unos momentos, y Neb se despidió de los hombres.

Penélope volvió a sentarse antes de que el él entrase en casa. Lo hizo, a los pocos instantes, seguido del perro, que corrió a su lado buscando sus caricias.

– Buenos días. ¿Ha dormido usted bien?

– Perfectamente, gracias por todo. La verdad, no sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mí. La cena era exquisita, y el desayuno magnífico.

– Estaba en dificultades y la he ayudado, es lo menos que podía hacer. Hemos remolcado su jeep. Se lo podemos reparar aquí mismo, no es un arreglo complicado, pero la pieza tardará unos días en llegar. Como me temía, no va a ser fácil dar con una, la tienen que traer de Cardiff. ¿Ha avisado a alguien de que está aquí? ¿Sus padres o su esposo?

– Sí, Tom, mi marido, le he dado este número de teléfono. Quería venir a recogerme hoy…

– ¿Desde dónde?

– Londres. Vivimos en Londres.

– Si quiere le puedo explicar cómo llegar hasta aquí. No es complicado… A la luz del día, por supuesto.

– Le he dicho que no venga. Prefiero estar unos días sola. Neb, no quiero molestar, puedo alojarme en un B&B de los alrededores, hasta que el todo-terreno esté arreglado.

– Quédese. Como ve, hay espacio de sobra. Además, tengo asuntos de los que ocuparme, y estaré poco en casa estos días.

– Es muy amable, pero no quisiera molestar.

– Insisto.

– En tal caso, acepto. 

Ella se dio cuenta de que el hombre era más joven de lo que le pareció la noche anterior. Hasta le dio la impresión de que el pelo era más oscuro. Los ojos eran como los que recordaba, de una tonalidad muy peculiar de azul, como la que aparece en los glaciares durante el deshielo; un color de ojos que conocía bien, eran iguales a los de Tom. A los de John.

– Si me disculpa, voy a cambiarme. Nos ha costado lo nuestro sacar el jeep del barro.

– ¿Le han ayudado esos hombres? ¿Quiénes son?

– Unos vecinos. Buenos camaradas.

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Neb salió de la cocina. Argos no se movió, sin apartar los ojos de las tostadas untadas con mantequilla y confitura de arándanos. Penélope se aseguró de que estaban solos, y le dio una. Cuando terminó de desayunar pasó al salón. A la luz del día pudo ver bien qué era lo que colgaba en la pared de la chimenea. Parecía un remo, enorme. Lo tocó con la yema de los dedos, era de madera de fresno, macizo, muy grande. Le recordaba más un timón. Pasó a examinar los demás objetos en la estancia. En un aparador cerca de la ventana había dos piezas. Una era la reproducción de un antiguo casco griego, de estilo corintio, con penacho. No era una de las burdas imitaciones modernas hechas para uso y consumo de turistas ignorantes, como las que había visto en las tiendas de souvenirs de Atenas. Aunque estaba perfectamente conservado, le daba la sensación de que era muy antiguo. Como lo era la crátera roja y negra a su lado. En ella el artista había representado dos guerreros, armados de lanzas, inclinados sobre una mesa, absortos en un juego. Uno de ellos llevaba en la cabeza un yelmo como el que descansaba en el aparador. En la pared opuesta a la cocina había un par de espadas; una era medieval, muy grande y de hoja ancha, y la otra era un estoque más moderno. Por sus recuerdos de las películas de capa y espada, debería de ser de entre los siglos XVI y XVII. Había pocos libros en los aparadores, sobre todo catálogos de antigüedades. Un cuadro estaba colgado en la pared al lado de la puerta. Recordaba haber visto obras parecidas en una exposición a la que fueron el año anterior, sobre los pintores pre-rafaelitas. En efecto, según rezaba una pequeña placa en la parte baja del cuadro, se trataba de una obra de Frederic Leighton, Nausicaa.

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El artista capturó su expresión a la perfección, su inocencia, su mirada honesta, sin dobleces. Sentí la necesidad de comprar el cuadro, aunque no sea el original, pero es una copia excelente. — no se había dado cuenta de que Neb estaba detrás de ella, y se sobresaltó. — Lamento haberla asustado, no era mi intención.

– Creo que estaba mirando el cuadro con la misma expresión que la retratada. Soñando con los ojos abiertos. ¿Es usted anticuario?

– Lo fui durante unos años. Tenía una buena colección de arte, y negocié con las piezas. Lo dejé y me dediqué a otra cosa.

Al responder le señaló el sofá a Penélope, y se sentaron. Sonó el teléfono, contestó. Era Tom. Juraría que mientras estaba hablando con él, la voz de Neb era diferente, como si fuese una persona mucho mayor. Hablaron sobre la avería del jeep, y después le dio la dirección de la granja; le pasó el teléfono, dejándola sola.

Hola. ¿Le estabas preguntando la dirección a Neb? Ya te dije que no hace falta que vengas.

No iré si no quieres, pero he hecho mis pesquisas. Quería comprobar si me daba la dirección correcta o si mentiría.

– ¡Tom!

– No puedo dejarlo a solas con lo que más quiero en este mundo sin interesarme lo más mínimo ¿no crees? ¿Cómo estás?

– Bien… Me voy a quedar hasta que arreglen el todo-terreno. Será cuestión de pocos días. Tengo una idea para una novela, creo que aprovecharé la tranquilidad del lugar para escribir la trama general. Para mí no es un pasatiempo, Tom. Quiero dedicarme a ello.

– Lo siento, no quise menospreciarte la otra noche cuando me referí a la escritura como un “hobby”. Si es importante para ti te apoyaré, puedo presentarte un par de editores…

– No, Tom, quiero hacerlo sola.

– Española cabezota…

– Muy cabezota. Te dejo, hablaremos más tarde.

 Colgó el teléfono y su mirada volvió a la joven retratada en la copia del Leighton.

 ¿Va todo bien? — preguntó Neb, al entrar en la habitación.

Sí, hoy sí.

– Pero ayer no.

 Penélope sonrió.

 Habíamos discutido. La verdad, fue la primera discusión seria que hemos tenido desde que lo conozco, hace cinco años. No sé muy bien el motivo… Bueno, lo sé. Yo he sido siempre una persona muy activa, desde joven me he mantenido sola, mi familia no es adinerada, y empecé a trabajar nada más terminar la escuela superior. Cuando me enamoré de Tom lo dejé todo, mi país, mi familia, el trabajo, y vine a vivir con él a Londres. Nos entendemos a la perfección, somos excelentes amigos y cuando estoy con él siento que estoy con un igual, pero no es así. Su familia es muy rica, no logro encajar con sus amistades, ni con sus familiares.

– ¿No se lleva bien con sus padres?

– El padre murió hace años, no llegué a conocerlo. Su madre, Helen, es siempre muy amable conmigo, pero aunque lo haya intentado, estoy segura de que no ha logrado perdonarme. — Penélope se interrumpió — Lo siento, no sé por qué le estoy contando esto.

– A veces es más fácil confiarse a un desconocido. ¿Qué es lo que no le ha perdonado?

– Conocí a su hermano, John, antes que a Tom. Su hermano gemelo. En Londres, una vez que vine a visitar a una compañera de colegio… Pero lo vi sólo unas pocas horas, luego seguimos en contacto por carta, durante un año.

– ¿Sólo por carta? — Penélope se ruborizó. Las pocas veces que había contado lo que le pasó con John se sentía siempre una estúpida al tratar el argumento.

Sí… Era por su trabajo. Estaba en… el ejército — por mucha confianza que le inspirase Neb no iba a decirle que el hermano de su marido había sido un agente del MI6. — Cuando terminó el servicio me pidió que fuese a verlo a Londres, pero la carta llegó con meses de retraso, y el número que me había dado ya no era activo. Así que cogí un avión, vine a Inglaterra y cuando fui a su casa estaba su madre. Y me dijo que había muerto en un accidente de moto camino del aeropuerto el día que decidió ir a verme a Madrid al no tener noticias mías.

– Entiendo.

– Ese mismo día conocí a Tom. Seguimos en contacto, por teléfono y correo electrónico. Un día, dos meses después, me lo encontré en Madrid. Y me enamoré de él. En pocas semanas nos habíamos casado y vivíamos en la casa en la que lo conocí. Helen se alegró por nosotros. Bueno, creo que más por Tom que por mí. Ella ha sido siempre exquisita conmigo, pero no puedo quitarme de encima la idea de que cuando me ve recuerda la muerte de su hijo. Tom no hace más que repetirme que son imaginaciones mías, que su madre le ha dicho muchas veces que no me echa nada en cara.

– ¿Discutió con su esposo por ese motivo?

– Sí, y no… Llevo algún tiempo sintiéndome como encerrada en una jaula dorada. Él tiene su trabajo, viaja mucho a causa de él, y me encuentro sola, con nada que hacer dentro esa casa enorme. No soy buena haciendo amistades, mi mejor amiga sigue siendo mi compañera española del colegio, pero ella también tiene su vida, está a menudo fuera. La otra tarde… le dije que me gusta escribir, y que quería probar a dedicarme a ello. Contestó como si no me hubiese escuchado, dijo que le parecía un hobby interesante, mientras no quitaba los ojos de un informe que se había traído de la oficina. Me sentí humillada, y exploté. Dije un montón de cosas que no pensaba y al final él me dijo que en realidad yo no estaba enamorada de él, sino de un fantasma. Cuando me dijo eso preparé mi mochila y salí de casa. 

Neb se levantó del tresillo y se dirigió a la chimenea, para limpiar los restos del fuego del día anterior, y preparar la madera para encender otro. Siguió hablándole, sin girarse.

– Estoy seguro de que Tom no quiso ofenderla. La entiendo perfectamente cuando habla de su sensación de soledad. Sabe, nosotros los hombres pecamos muchas veces de soberbia. Logramos vivir como en compartimentos estancos, separados. Por una parte el afecto, por otra el trabajo, o nuestras dedicaciones. Damos por sentado que vosotras estaréis siempre ahí, que podemos ir y venir a nuestro antojo. Hasta que un día nos traéis a la realidad, o somos incapaces de convivir con ella, y escapamos, para siempre. Pero no es su caso. Tom no escapará, ni consentirá que usted lo haga.

– ¿Cómo puede estar tan seguro?

– Intuición.

Neb seguía en cuclillas, preparando el fuego. Tras encenderlo, se giró, sin levantarse. Penélope no lograba entender por qué la noche anterior ella estaba convencida de que el hombre tenía el pelo casi blanco, pues en realidad, a la luz del día, tenía sólo alguna que otra cana en las sienes y despuntaban pocas briznas claras de la barba.

– Ya que usted es escritora, voy a enseñarle algo que le gustará. Salgamos.

Salieron de la casa. Se había levantado la niebla, y ahora el día era espléndido, de cielo terso y azul, sin una nube. Hacía frío. Neb le abrió la puerta de la otra construcción que formaba parte de la granja, idéntica a la casa principal, como lo era el pequeño recibidor. Se limpiaron bien las botas en la esterilla para quitarse el barro de las suelas, y entraron. Penélope se quedó boquiabierta. La planta baja de la casa, que comprendía lo que en el otro edificio eran la cocina y el salón, era una biblioteca. Las paredes estaban totalmente cubiertas por unas estanterías, atiborradas de libros. Cerca de la ventana había una gran mesa; en una de sus esquinas había varios libros, y en otra, material de escritura. De todo tipo, y de todas épocas: tinteros, plumas de ave, plumas estilográficas, bolígrafos, incluso una vieja máquina de escribir Underwood, en perfectas condiciones. Acarició la superficie de la mesa. Examinó las estanterías, había repisas dedicadas a ediciones de formatos especiales, viejos atlas, enciclopedias. Estaban ordenados por temas, desde las ediciones más antiguas, del siglo XVIII, hasta las más modernas.

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– Qué maravilla. ¿Escribe usted, Neb? — él negó con un gesto.

No pude evitar escucharle decir a su esposo que tenía ideas para una novela, y que quería empezar a escribir la trama. Puede hacerlo aquí, si quiere. Consultar los libros… Aunque los mejores están arriba.

Cuando Neb encendió la luz del piso superior Penélope no dio crédito a sus ojos. Se trataba de una sola estancia, con estanterías especiales, que mantenían condiciones ideales de iluminación y humedad, los libros más antiguos: códigos medievales iluminados hace siglos por manos de pacientes frailes, incunables, los primeros libros imprimidos. A pesar de que no era una experta, sabía que todos los ejemplares eran de gran valor. La vitrina con los ejemplares del siglo XVII contenía algunas primeras ediciones que han pasado a la historia: El Quijote de 1605, editado por Juan de la Cuesta, la biblia del Rey Jacobo, de 1611, la primera edición de las obras de Shakespeare—el denominado Primer Folio—, del 1623. En una esquina había un armario metálico blindado. Neb tecleó la contraseña. Dentro de unos contenedores de vidrio transparentes había unos rollos de papiro.

– De Grecia, y Roma. Son muy delicados, no los puedo sacar de sus cajas, se romperían si se tocasen.

Es una colección increíble, Neb. Es una pena que no estén a disposición de estudiosos, o en algún museo, o biblioteca nacional.

Soy muy celoso de mis libros, me ha llevado toda la vida reunir esta biblioteca. Me puedo desprender de obras de arte, comerciar con ellas. Pero nunca de mis libros. No he sido un lector toda mi vida, cuando era joven tenía otras ocupaciones, entre otras cosas, yo también he servido en el ejército. Pero en cierto punto me di cuenta de que lo único que podía ayudarme a soportar mi condena, a rellenar el infinito de las horas y los días eran los libros. He visto lo peor que puede dar de sí el ser humano, pero me consuela saber que tengo en mi poder parte de lo mejor. 

Penélope estaba tan entusiasmada por lo que estaba viendo que en esos momentos no hizo caso a la palabra condena. 

– Le entiendo, Neb. Pero a riesgo de ser descortés, tengo que decirle que es un poco egoísta ¿no cree? Es una pena que nadie más pueda disfrutar de esto.

– Ahora lo está haciendo usted ¿no? De tarde en tarde desvelo mi secreto a alguien que lo merezca.

– Creo que me sobre estima. 

Caminaba delante de las estanterías, observando los títulos. Continuó.

– ¿Y si pasa algo? A fin de cuentas, este es un lugar aislado, en caso de accidente se puede perder todo antes de que llegue ayuda. Por ejemplo ¿y si cae un rayo? 

Neb rió de buena gana.

Eso no sucederá nunca.

– ¿Puede controlar los fenómenos atmosféricos?

– No llego a tanto, pero tengo la mejor aseguración. Entonces ¿se anima? Creo que difícilmente podrá encontrar otro lugar que la ayude a escribir tanto como este. Quédese todo el tiempo que quiera.

– Estoy abusando de su amabilidad, no sé como podré pagárselo.

– Basta un agradecimiento en su primera novela. 

Regresaron al patio.

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– Es un lugar precioso. — Tras salir de la biblioteca caminaron hasta la cima de la colina más cercana. Ante sus ojos se extendía un mar ondulado, infinito, verde y marrón. Se veían a lo lejos un grupo de nubes blancas, que parecían el reflejo del horizonte formado por las colinas. En esos momentos Penélope recordaba la ciudad como algo cerrado, claustrofóbico, estrecho y sucio. — Gracias de nuevo, Neb. Me quedaré hasta que me reparen el jeep, y me aprovecharé de su magnífica biblioteca.

– Con una condición. Le ruego que no haga fotos, y que hable lo menos posible de este lugar. Obviamente lo puede hacer con su esposo, describirle la biblioteca, los libros. Algunos de ellos son piezas únicas, no quiero extraños husmeando por aquí. He pagado un precio demasiado alto por estar donde estoy, por vivir, finalmente, en paz tras sigl… décadas de sufrimiento.

Penélope le tendió la mano.

– Trato hecho.

Se estrecharon las manos.

Como le dije ayer, tengo asuntos que tratar. Voy a salir, volveré por la tarde. Argos se quedará con usted. Repito que este es un lugar muy tranquilo, pero lo prefiero así. En la cocina hay comida en abundancia.

Pasaron tres días, durante los cuales Penélope alternó los paseos por el campo con la escritura. Veía a su anfitrión durante la cena. Cuando Penélope dejaba la biblioteca y volvía a la casa, Neb la esperaba en la cocina con la comida ya hecha. Tras comer se sentaban delante del fuego y conversaban. Penélope le comentaba sus ideas para el libro, y él le daba su opinión. Sus consejos eran valiosos; le daba su opinión de lector sobre qué tipo de tramas podían funcionar mejor que otras, le dio sugerencias sobre cómo encontrar su propio estilo y discutían sobre sus autores favoritos. Al cuarto día regresaron los dos hombres que habían remolcado el jeep, y se pusieron a trabajar en él. Neb no salió, sino que se quedó con ellos. Durante un momento de pausa, ella los observó desde la ventana de la biblioteca, mientras tomaba un té. El hombre más alto hablaba muy poco con Neb, parecía evitarlo, y lo miraba con recelo y hostilidad. Como si se fiase poco de él. Sin embargo, Neb bromeaba con el hombre rubio, y mientras el alto montaba alguna pieza en el motor, hablaba con el otro con familiaridad. El trabajo de Penélope procedía a buen ritmo. Había prácticamente terminado la libreta que llevaba siempre consigo para tomar apuntes, y en unos folios aparte escribió con la Underwood, saboreando el placer del tecleo y el sonido impagable de la campanilla que le avisaba del final del renglón, la lista de libros que había consultado, para comprar ediciones modernas una vez de regreso a Londres. Cuando estaba escribiendo la última referencia, el ruido del motor de su todo-terreno encendiéndose le hizo levantar la mirada de la hoja. El hombre rubio había salido del recinto de la granja para probar su jeep. Neb y el hombre alto se quedaron solos; el último tenía los brazos cruzados sobre el pecho y lo miraba con cara de pocos amigos mientras Neb hablaba. Por los gestos de ambos, parecía como si Neb estuviese explicando algo al otro hombre, mientras que éste negaba con la cabeza. De repente el hombre se acercó, apuntándolo con el dedo, el rostro rojo de furia. Repetía tres palabras, en alta voz. Penélope no lograba entender el idioma, estaba segura de que no era inglés. Neb alzó los brazos, y se alejó del hombre, en gesto de tregua; mientras tanto, el rubio había vuelto con el todo-terreno, y se puso entre ellos. Habló con el hombre alto. Éste recogió las herramientas con las que habían trabajado, subió sin decir palabra en la furgoneta en la que habían llegado, y se fueron.

– ¿Algún problema?

– Nada que no se pueda arreglar. Viejas incomprensiones. Algo que sucedió hace mucho tiempo, en el ejército. — respondió Neb mientras observaba la furgoneta alejarse por el camino. Suspiró — Bueno, como ha visto, su jeep está reparado.

– Entonces, me iré mañana a primera hora. Dígame cuánto le debo por la reparación, o por lo menos por la pieza.

– Si he de serle sincero, no sé ni cuánto ha costado. Me sentiré pagado si además del agradecimiento en su libro, hoy prepara la cena.

– ¿Está usted seguro de que vendió a buen precio su colección de obras de arte? Por cómo me está tratando, empiezo a sospechar que la regaló. Pues le prepararé el plato estrella de la gastronomía española tras la paella… ¡La tortilla de patatas! ¿La ha probado?

– Sí, en Sevilla, hace setenta y cinco años.

Neb dijo esta frase muy serio, pero acto seguido se giró hacia ella y le guiñó un ojo. En los postres le confesó dónde había comido de verdad la tortilla de patatas: en un bar de tapas en Londres. Aunque le aseguró a Penélope que la suya era mucho mejor. El hombre, durante aquellos días, había mantenido con ella una cierta distancia. Animada por el tono confidencial que estaba tomando la conversación, se atrevió a preguntarle algo.

– ¿Puedo hacerle una pregunta, Neb? Me ha llamado algo la atención en su casa: la ausencia de fotos, recuerdos personales, e incluso relojes, o calendarios…

Él esbozó una sonrisa triste.

– Llegó un momento en mi vida en el que el tiempo empezó a dolerme. Pasaba tan despacio que podía tocarlo, me sentía atrapado, como envuelto en una tela de araña, se me hizo insoportable, considerando que fue el tiempo quien me quitó lo que más quería. Por lo tanto, llevado por un instinto de revancha, empecé a negarlo. Me empeñé en cancelar su rastro. Fue entonces cuando vendí mi colección de arte, me irritaba tener cerca esas cosas viejas y muertas cuando no fui capaz… cuando renuncié a mi mujer joven y viva. Y a mi hijo.

– ¿No pensó nunca en…?

– ¿El suicidio? No entra en mis posibilidades.

Penélope no acabó de entender esa frase. En aquellos momentos, supuso que esa imposibilidad estaba ligada a su particular código moral. No cabía duda de que Neb era una persona misteriosa.

Se despidió al día siguiente, poco después del amanecer; quería llegar a Londres el mismo día, si era posible. Lo abrazó; él susurró “Adiós, Penélope”, con una voz triste, y profunda. Como si llegase de muy lejos. Al separarse de él, la cegó por un momento el primer rayo de sol que asomaba detrás de la colina, y por un instante, vio a otro Neb, mucho más joven, sin barba, que la miraba y la abrazaba, a la sombra de un olivo, en un lugar lejano y cálido. Pero fue una sensación efímera, parpadeó y se dio cuenta de que seguía estando en la granja de Neb, en Gales, sin rastro de olivos en centenares de kilómetros a la redonda.

Al tomar el camino de tierra que se alejaba de la granja, lo último que vio fue a Neb que la saludaba levantando la mano, con el fiel Argos a su lado.

Wales1

Una semana más tarde, Penélope estaba en la casa de Bedford Square, tomando un té en el salón. Estaba acurrucada en el sofá, envolviendo la taza caliente con las manos, con la mirada perdida en los objetos sobre la repisa de la chimenea. No había cambiado nada en esa habitación desde que fue a vivir allí. Todo estaba igual que aquel día en el que habló con Helen, cuando ella le contó que le pasó a John. Observaba los recuerdos de sus viajes en Oriente,  que le describió en sus cartas: el delfín de bronce griego, la tetera turca… Recordó cada una de ellas “Querida Penélope, acabo de llegar a la tierra de los comedores de loto…” “Querida Penélope, dejo Faecia y el rey Alcinoo”. John y sus extravagancias, comunicar sólo por carta en el siglo de la tecnología digital haciéndose pasar por un antiguo héroe griego. El rey Alcinoo… si no recordaba mal, tenía una hija. De repente se sintió como si estuviese a punto de encontrar la solución a un acertijo complicado. Alcinoo… Alcinoo… Se acercó a la librería y cogió Los mitos griegos, de Robert Graves. Se sentó de nuevo en el sofá y consultó varias voces, yendo frenéticamente desde el índice a los artículos. De repente, empezó a vislumbrar la explicación del enigma. Apoyó el libro en el sofá y dio algunos sorbos a su té, sin apartar la mirada de los recuerdos de John. Se sentía como David Kujan, el personaje que interpretó Chaz Palminteri en Sospechosos Habituales cuando, mirando el tablón de corcho en la comisaría, ata cabos y descubre que en realidad el inocuo Verbal Kint es el despiadado Keyser Söze. Su acertijo también tenía que ver con identidades ocultas, y giros inverosímiles de tramas. Encendió la tablet, consultó datos en internet, traducciones simultáneas a través de reconocimiento vocal. A diferencia de Kujan, cuando Penélope resolvió su particular enigma no dejó caer de sus manos una taza de cerámica Kobayashi, sino que apoyó la suya en la mesilla y llamó a su marido.

– ¡Tom! ¡TOM!

Llegó como una exhalación.

¿Pasa algo? Penélope, estás blanca como el papel ¿qué sucede?

Tengo que volver a Gales, a casa de Neb. Necesito comprobar algo, antes de volverme loca. ¿Te acuerdas lo que te conté de él, de su casa, su biblioteca? ¿Que había algo misterioso en él? Sé que es una locura, pero creo que no es quien dice ser, que oculta su verdadera identidad.

¿Y quién sería?

Ulises — contestó Penélope, señalando el libro de Graves.

– Ya. Cariño, no sé cómo decírtelo sin ofenderte…

Lo sé, no tiene sentido, es una locura. Pero todo cuadra. Los objetos en el salón de su casa: el remo, el casco, la crátera, el cuadro. Lo que me dijo allí. Según algunas versiones del mito, Ulises regresó a Itaca, pero volvió a dejarla pasados unos años, para cumplir la profecía de Tiresias “Volverás a irte, con un remo al hombro / E irás lejos, al continente / Hasta que encontrarás gentes que no conocen el mar…”. El cuadro: Nausicaa. Era la hija del rey Alcinoo, y se enamoró de Ulises tras verlo competir en unos juegos organizados por el rey. Ese es el momento que eligió Frederic Leighton para el cuadro. Neb me habló de la joven retratada como si la hubiese conocido de verdad “El artista capturó su expresión… su mirada honesta, sin dobleces”. Todas aquellas veces en las que me habló del tiempo; una vez se refirió de pasada a una “condena”. ¿Qué mayor condena que no poder morir nunca? También me dijo que “el suicidio no entra en mis posibilidades” y en la biblioteca, estuvo a punto de pronunciar la palabra “siglos” pero a mitad de frase la cambió por “décadas”. La referencia a una mujer y a un hijo perdidos. La biblioteca en sí, formada por libros de toda época…

– Pero te dijo que fue anticuario ¿no?

– ¡El perro! El perro de Ulises también se llamaba Argos. Además, vive en una granja, pero yo he estado cuatro días allí y no he visto rastro de ganado, ni aperos de labranza, ni un tractor… Su nombre. ¿Sabes que quiere decir “neb” en Galés? “Nadie”. Cuando Ulises escapó de Polifemo le dijo que se llamaba “Nadie”.

– Penélope…

– Y lo que vi cuando me despedí de él, creía que me lo había imaginado, pero ahora sé lo que vi: Ítaca, el día que Ulises se despidió de Penélope para ir a Troya. Y los hombres que arreglaron el jeep…

– Dado que uno de ellos cojeaba, imagino que era Aquiles y el otro… ¿Patroclo? — siguió Tom, intentando bromear sobre el asunto.

– No, Áyax Telamonio, el más alto y fuerte de los guerreros aqueos. La crátera en el salón: he encontrado en internet una igual, son Aquiles y Áyax. Este último discutió con Ulises, se disputaron la armadura de Aquiles cuando murió bajo las murallas de Troya después de su duelo con Paris. Áyax cargó con el cuerpo para llevarlo de vuelta al campamento griego y Ulises le cubrió la retirada. Ambos pelearon por las armas de Aquiles, pues se creían merecedores de las mismas. ¿Recuerdas que te dije que vi discutir a Neb con el hombre alto? ¿Y que éste dijo algo que no entendía? Sonaba como “Ítan dikó mou”. Es griego, quiere decir “Eran mías”. Y cuando Neb me habló de ellos por primera vez los definió “camaradas”.

– Serían compañeros en el ejército. Penélope, lo que me cuentas es una teoría fascinante, pero todo lo que me has dicho tiene una explicación lógica.

 Tom se acercó a un secreter, y sacó una carpeta. Se la entregó.

 – Te dije que no iba a dejarte sola ahí sin hacer pesquisas. Encargué a la agencia que trata los asuntos más delicados de la compañía que investigase a fondo a Neb. Aquí lo tienes todo. Su apellido es un simple y banal “Jones”, tiene 67 años. Es cierto que sirvió en el ejército, pero el británico: segundo batallón de los paracaidistas. Herido de gravedad en 1982 durante la guerra de las Malvinas, recibió las primeras curas en el hospital de campo en un sitio conocido como la bahía de Áyax. Imagino que cuando retomó el negocio de familia, las antigüedades (él pertenece a la quinta generación seguida en el negocio, de ahí las piezas antiguas y los incunables), adquirió una crátera que incluía tal héroe quizás por cuestiones afectivas, puede que como homenaje al nombre del lugar en el que salvó la vida. Los años que transcurrieron entre la licencia y la vuelta al trabajo de familia los pasó en Argentina, quizás era su manera de expiar lo que consideraba su “culpa” frente a ese pueblo, pero la experiencia se reveló aún más traumática que la guerra en sí. Su mujer y su hijo murieron en un accidente de coche. Que él conducía. Se distrajo, el vehículo chocó contra un parapeto: ellos murieron, y él no sufrió un rasguño. Quedan así explicados el motivo por el cual habla castellano, la referencia a la pérdida de su familia, y su condena. Me parece trauma suficiente el haber perdido su familia de esa manera.

Penélope no pudo pronunciar palabra. En esos momentos se sentía avergonzada, pero también enfadada. Hojeaba los diferentes folios dentro de la carpeta: informes del ejército, los certificados de defunción de su familia, el informe de la policía argentina sobre el accidente, recibos de Sotheby’s y Christie’s por obras vendidas gracias a la intermediación de la familia Jones, los más antiguos eran del siglo XIX. El hombre en la foto de carnet que abría el informe era sin duda Neb, aunque mucho más anciano. ¿Por qué Tom no le había dicho que había encargado un informe completo sobre él? Se mordió la lengua para no decir lo que el despecho le estaba haciendo pensar en aquellos momentos, si también encargó a la agencia un informe completo sobre ella antes de casarse. Respiró profundamente. Tras su discusión, había aprendido una lección, pensar muy bien qué decir antes de abrir la boca. Tom se sentó a su lado, en el sofá, y le cogió de la mano.

– Amor mío, creo que debido a lo que te dije, últimamente has pensado mucho en John, cuando os conocisteis, y vuestras cartas. Estoy seguro de que la casa de Neb y su biblioteca son lugares especiales, y te has sentido transportada hacia otro “mundo”, por así decirlo. Mira, para que te quedes más tranquila, antes de ir al campo mañana haremos una etapa previa. Iremos a Gales, así le puedo agradecer a Neb lo que ha hecho por ti en persona. He dejado instrucciones en la compañía, se las tienen que arreglar sin mí por lo menos por un mes. Ahí dentro soy mucho más prescindible de lo que creo. Lo importante eres tú, que estés tranquila, que seas feliz.

 

 – No puede ser, tiene que haber algún error.

– Tom, la dirección es esta, es la que te dijo la compañía telefónica y la que te confirmó la agencia de investigación. Además, hemos venido usando los datos memorizados en el navegador de mi móvil. Yo salí exactamente de estas coordenadas.

Penélope y Tom habían bajado del jeep, y se encontraban en el mismo lugar del que ella partió unos días antes, tras haber transcurrido cuatro en casa de “Neb Jones”. El pequeño valle entre las colinas estaba casi sumergido por completo por la niebla, la visibilidad era de unos cincuenta metros. Los suficientes para que pudiesen ver que en lugar de los tres edificios de la granja, perfectamente conservados, lo que tenían ante ellos eran dos viejos caserones en ruinas. Del granero, o establo, no existían ni siquiera los cimientos.

– Me parece que ahora estarás de acuerdo conmigo, y que Neb no es quien dice el informe de los detectives privados — dijo Penélope, mientras se acercaba a uno de los edificios.

No te acerques, tiene el aspecto de venirse abajo de un momento a otro.

– ¿Sigues creyendo que hay una explicación lógica detrás de todo esto?

– No sé ya qué creer.

En silencio, volvieron a subir al jeep, y despacio, salieron del recinto por el camino pedregoso. En lo más alto de una de las colinas cercanas, dos hombres se encontraban en el mismo punto en el que algunos días antes, Neb y Penélope observaban el panorama. Uno de ellos sacó algo del bolsillo de su chaquetón, una pequeña esfera blanca, que emanaba un haz de luz brillante. El hombre apuntó con ella hacia los viejos edificios, y en pocos minutos la niebla se levantó por completo, descubriendo la granja de Neb Jones, tal como Penélope la había visto.

He perdido la cuenta de las veces que te he sacado ya de apuros — dijo el hombre, metiéndose la esfera en el bolsillo.

Gracias. ¿De dónde la has sacado? — preguntó su acompañante, apuntando a la esfera.

Es uno de los juguetes de Hypnos, no creo que tenga tiempo de echarlo de menos. Ulises, si Zeus lo supiese…

– Tenía que hacerlo, Aquiles. Cuando la encontré y me dijo su nombre tenía que volver a vivir la ilusión de estar con Penélope, aun a riesgo de ser descubierto.

– Zeus no estará de acuerdo.

– ¿Y desde cuándo le hacemos caso? Concédeme este pequeño gesto de rebeldía. Zeus castigó mi soberbia, reconozco que merezco mi penitencia: no morir nunca, condenado a seguir vivo aunque no quiera, pero sin que ningún objeto inanimado que considere mío se deteriore o se destruya. Pero tiene que ser eso, un objeto, nada que tenga vida. Vana consolación llamar a todos mis perros Argos. Algo ha cambiado en mí desde la última vez que nos vimos, Aquiles. Finalmente reconozco que mi castigo es justo, y lo acepto. Llegué a creer que mi inteligencia me colocaba por encima de todos los hombres, incluso de los dioses. Por envidia y egoísmo causé la muerte de Palamedes, fabricando pruebas falsas para que fuese acusado de traición y ejecutado. Por mi culpa murieron mis compañeros de travesía tras destruir Troya gracias a uno más de mis estratagemas, dejé a Penélope y Telémaco solos veinte años. También, por pura envidia, convencí a Agamenón de que se me entregasen tus armas, Áyax las merecía más que yo. ¿Cómo se te ocurrió presentarte con él? No me perdonará ni aunque pasen otros veinte siglos, por mucho que lo intentes.

– Por lo menos esta vez no ha intentado cortarte la cabeza con la espada de dos manos que tienes en casa. ¿Qué piensas hacer ahora?

– Volveré al mar. Estos días he estado ultimando los detalles de mi contrato con una organización ecologista. A fin de cuentas en Ítaca era un pastor ¿no? Ahora seré un pastor del mar.

– ¿Cuántos años han pasado desde la última vez que navegaste?

– Más de setenta. La llamaron “la batalla del Atlántico”, fui capitán de una nave que formaba parte de los convoyes que intentaban romper el bloqueo alemán. Ha pasado mucho tiempo aquí abajo. Para ti, sólo un suspiro.

Mientras conversaban, descendieron de la colina, acompañados por Argos. Una vez en frente de la casa se abrazaron. Aquiles se alejó unos pasos, sacó de nuevo la esfera del bolsillo. Apareció de la nada un rectángulo luminoso, como si fuera una puerta hacia otra dimensión. El héroe la atravesó, con el aspecto que tenía antes de que Paris lo hiriese de muerte en el talón bajo las murallas de Troya, con su armadura y sus armas forjadas por Efesto, dignas de un semi dios, aquellas por las que discutieron Ulises y Áyax, luciendo en la cabeza un casco dórico con penacho. Caminó despacio, majestuoso. Al otro lado, las sombras de otros guerreros lo esperaban, uno de ellos mucho más alto que los demás.

Era la primera vez que Ulises asistía a esta escena sin desear estar al otro lado. Finalmente, tras siglos, había aprendido a vivir su condena con serenidad. Ya que no podría separarse nunca más de los hombres, intentaría ayudarlos, y aprender de ellos. Además, le quedaba una asignatura pendiente, comprender a las mujeres. La que había dividido su techo durante aquellos días le recordó que harían falta decenas de siglos, antes de que lograse desvelar una mínima parte de su misterio.

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Sir William Russell Flint
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La carta y postdata

Daunt Books – Marylebone High Street – Londres

 

Sigo con el inútil ejercicio de subir de nuevo al blog la serie de relatos de “La isla coronada”. Este es un relato en dos partes, una especie de rom-com, con un protagonista masculino con una cara y un cuerpo bien definidos (controlar banner de este blog para detalles). Estos relatos son, además, un homenaje a dos ciudades que amo: Londres y Madrid. 

La carta

Abrió deprisa el buzón, recogió las cartas y se apresuró a subir a casa. Era una calurosa tarde de verano en Madrid y sólo tenía ganas de estar un buen rato bajo una ducha de agua helada. Dejó las cartas y las llaves sobre la mesa de la cocina, apoyó su bolso en una silla y cuando estaba a punto de beber un vaso de agua, algo le llamó la atención. Le temblaban las piernas cuando se sentó. Debajo del sobre de la tarjeta de crédito había otro, de color amarillo; apartó las otras cartas y cogió ésa. La dirección estaba escrita con una caligrafía masculina, elegante, que conocía a la perfección; uno de los números de su código postal se había emborronado, alguien lo había repasado con un bolígrafo, pero lo habían escrito mal el número, por lo que la carta, antes de llegar a su destino, había dado vueltas por las cuatro esquinas del país. Leyó estupefacta el matasellos, algún lugar en el norte de África, hace seis meses. Le temblaban los dedos mientras abría el sobre, estaba tan nerviosa que rompió un trozo del papel. La carta era corta:

Querida Penélope, dejo Faecia y el rey Alcinoo. Me he cansado de viajar, vuelvo a casa. Llámame cuando leas esto, quiero… necesito volver a verte”.

Debajo de la firma leyó una dirección de Londres, un número de teléfono y un correo electrónico. Buscó su bolso, sacó el teléfono y marcó el número; después de varios ‘clicks’ una fría voz cibernética le hizo saber que el número no existía. Volvió a marcar, la respuesta fue la misma. Abrió la aplicación de correo, escribió algunas líneas y dejó el móvil sobre la mesa, observándolo, rezando para que se escuchase el tono de nuevo mensaje. Respiró profundamente e intentó calmarse. Había esperado esa carta durante tanto tiempo, y en particular lo que había escrito en ella, que pensó que en algún lado un espíritu cruel se estaba riendo de ella. Durante un año todas sus cartas llegaron en un tiempo razonable, menos ésa.

Hizo una mueca al ver el sobre de la tarjeta de crédito al lado de la carta amarilla, y recordó cómo lo había conocido.

Estaba en Londres, visitando a una amiga; ésta tenía que trabajar aquel día, por lo que fue ella sola de compras. Quería ir a una librería de Marylebone High Street, una tienda preciosa, de época eduardiana. Tras una hora examinando las estanterías y dando vueltas por los pasillos, escogió dos volúmenes, un libro de bolsillo y una preciosa edición en tapas duras de “Sentido y Sensibilidad”. Pero, tras entregarle su tarjeta al cajero, ésta fue rechazada. Se maldijo por su fe ciega en la tecnología, siempre llevaba consigo poco dinero suelto y no era la primera vez que se encontraba en una situación tan embarazosa.

Si no le importa le puedo pagar yo el libro. Ya me dará usted el dinero después” – dijo una voz detrás de ella. Se dio la vuelta, la voz pertenecía a un hombre alto, que le estaba sonriendo.

No, no puedo aceptar, es usted muy amable, pero no puedo, la verdad” – contestó, sonrojándose como un tomate. Pagó el libro de bolsillo con dinero suelto y salió de la tienda susurrando “gracias otra vez”. Salió y giró a la izquierda, caminando deprisa. La tarde era bastante fría, se levantó el cuello del abrigo y, cuando estaba a punto de cruzar Paddington Street, se dio cuenta de que el hombre de la librería estaba a su lado. Le sonrió de nuevo y le entregó algo que llevaba bajo el brazo, era el libro.

Por favor, acéptelo, insisto” – dijo.

Lo siento, de verdad que no puedo. No vivo en Londres, no podría devolverle el dinero nunca, no puedo aceptar”.

¿Le puedo ofrecer por lo menos una taza de té? A no ser que usted tenga una cita, o…”

No, no tengo que ir a ningún sitio en particular”- replicó, arrepintiéndose inmediatamente de haber sido tan sincera. Aunque fuese un hombre muy atractivo, se trataba siempre de un desconocido. Él, cómo si estuviese leyéndole el pensamiento, le ofreció la mano.

Me llamo John. John Thornton” – Ella no pudo evitar sonreir y mirarlo con incredulidad – “Sí, ése es precisamente el efecto que hace mi nombre en la gente. Por lo menos en gente que frecuenta librerías. Juro solemnemente que me llamo así y que no tengo manufacturas de algodón en el Norte”.

Ella sonrió y se estrecharon la mano.

Penélope Reverte” – Ésta vez le tocó a ella explicarse al ver la expresión de su cara. – “Soy española, estoy de visita, he venido a ver a una amiga, aquí en Londres. Es mi mejor amiga desde que teníamos catorce años, fuimos juntas al colegio”. Se sintió un poco estúpida por haber entrado en tantos detalles respecto a su estancia en la ciudad, haciendo aún más incómoda una situación que ya lo era, no podría empeorarla más aunque siguiese diciendo tonterías. Empezó a llover, y él señaló el Coco Momo Café, delante de ellos. Penélope asintió, y cruzaron la calle.

Pasaron una hora en el Café, tomando té y hablando. Ella enseguida se sintió a gusto con John, aunque nunca se había sentido cómoda hablando con hombres guapos. Las pocas veces que lo había hecho, tenía la sensación de que se estaba examinando, mientras que otras mujeres alrededor la estudiaban y juzgaban. Sin embargo, cualquier cosa con él era sencilla y tranquila; tenían muchos intereses en común y siguieron hablando de libros, películas y series de televisión cuando, al dejar de llover, pasearon por Regent’s Park. Perdió por completo la noción del tiempo, hasta que su amiga la llamó diciéndole que había vuelto y que la cena estaría lista en una hora. Decidieron coger juntos el metro, ya que también él tenía que llegar hasta la línea de Piccadilly para volver a casa.

Entraron, sin decir palabra, en el ascensor que llevaba al andén, estaban solos. Algunas veces, incluso en ciudades caóticas como Londres, aparecía de vez en cuando como por arte de magia una isla de soledad, materializándose de la nada. El ascensor bajó; estaban callados por primera vez desde que se encontraron en la calle. Él se apoyaba contra la pared metálica de la cabina, tenía los brazos cruzados, sujetando su abrigo, observándola con una sonrisa extraña dibujada en su rostro. Los ojos, que a la luz del sol eran azules, tenían ahora el mismo tono gris del acero que los rodeaba. Se acercó a ella, diciendo, en voz muy baja; “bueno pues… aquí estamos…” De repente el ascensor se paró. Sonó una campanilla y se abrieron las puertas; un ruidoso grupo de estudiantes españoles entró y Penélope no pudo evitar reirse cuando entendió el cumplido que una de las chicas hizo al trasero de John. Ni siquiera hablaron mientras esperaban el tren. Ella, por primera vez, se sintió incómoda; sentía que estaba pasando algo entre ellos, ya no era una chiquilla, era hasta atractiva, según le decía mucha gente, y ése era el momento en el que, según todos los tratados sobre el cortejo, hablados o escritos desde que el Hombre dejó las cavernas, él tenía que hacer algo, lanzar una señal, acercarse a ella tal como hizo poco antes en el ascensor. Sin embargo no hizo nada, ni dijo nada. Estaba solo ahí de pie, observándola.

Cuando el metro llegó se sentaron juntos. Sacó el libro de Jane Austen de uno de los bolsillos de su abrigo y lo dejó sobre el regazo de Penélope.

Ya no puedes negarte. Por favor.” – le dijo mirándola, suplicándole con los ojos. Ella puso una mano sobre el libro, rozando sus dedos por un momento, y lo miró.

Muy bien” – replicó – “y tú… ¿quieres algo de mi parte?” – continuó, coqueta.

Oh, sí...” – le susurró al oído, acercándose a ella mientras sacaba algo del bolsillo interior de su chaqueta. Le enseñó una pluma estilográfica, una Parker negra ribeteada en oro; sacó de uno de los bolsillos de sus vaqueros negros una pequeña tarjeta blanca, de un restaurante en Soho. – “Escríbeme tu dirección”.

¿De correo electrónico? – contestó con un tono de voz más entusiasmado del que quería.

No, tu dirección de casa. Quiero escribirte cartas”.

Penélope cogió la pluma con una expresión perpleja y ligeramente desilusionada en su cara.

Soy un tipo a la antigua” – dijo guiñándole un ojo – “Date prisa, la próxima parada es la nuestra”. Le devolvió la tarjeta y la pluma mientras el tren estaba frenando, y se unieron a la marea de gente que llenaba la estación de intercambio de Piccadilly Circus. Recorrieron los pasillos y las escaleras que llevaban hasta la línea azul, comentando de vez en cuando los carteles de las obras de teatro del West End. Cuando subieron al otro metro ella notó que se le encogía el corazón. John se bajaría cuatro paradas después, en Russell Square. Estaban pegados el uno a la otra; él estaba detrás de ella, se sujetaba de un pasamanos horizontal, mientras ella lo hacía de uno vertical, a su lado. John era tan alto que tenía que agachar un poco la cabeza; ella notaba el suave roce de su barba acariciando su sien. Leicester Square, Covent Garden, Holborn… veía los nombres de las estaciones sin leerlos, cerró los ojos. El tren dio un frenazo y él le puso una mano en la cintura.

Ha sido un placer... Penélope” – dijo besándole con delicadeza la sien antes de bajar. Ella abrió los ojos y reconoció el color castaño oscuro de su pelo mientras se alejaba por el andén. Lo siguió con la mirada mientras pudo, y cuando ya no lo pudo ver más, se dio cuenta de que nunca en su vida se había sentido tan sola.

Coco Momo Cafe – Paddington Street – London

Cuando se sentó en el tren sacó el libro de su bolso, hojeándolo. Encontró un trocito de papel, una de las servilletas del Coco Momo Café; había algo escrito, con letras mayúsculas, elegantes: “UN DÍA…”. El papel señalaba la página 337, capítulo 49, cuando Edward Farriss finalmente confesa su amor a Elinor. “Ahora su corazón se había abierto a Elinor, con todas sus debilidades, todas sus…” – ésa era la línea que Penélope leyó por encima de la servilleta en la que había escrito John.

El tono de aviso de su móvil la sacó de su ensueño. Tocó la tecla, nerviosa, y cuando vio que se trataba de uno de los muchos mensajes de spam que recibía al día, estuvo a punto de tirar con rabia el teléfono. Tocó el botón de rellamada pero la voz mecánica contestó, como antes, “el número marcado no existe”. Movió las piernas, nerviosa; no podía vivir en aquella incertidumbre, muriéndose cada vez que sonase su móvil. Era viernes por la tarde, encendió su ordenador y media hora después estaba imprimiendo los billetes de avión. Pagó una fortuna por ellos, era mitad de agosto, temporada alta para los españoles, pero no le importó. Ni siquiera reservó un hotel; si todo hubiese ido bien no le habría hecho falta, y en caso contrario tenía reservado para la vuelta un asiento business con British Airways para el último vuelo de la noche.

Esa noche, despierta en la cama, recordó sus cartas. La primera le llegó diez días después de regresar a España. “Querida Penélope, acabo de llegar a la tierra de los comedores de loto”. John empezaba todas sus cartas refiriéndose a los países en los que estaba, como si fuesen una de las muchas tierras que Ulises visitó en su viaje de vuelta a Ítaca. Los sellos de las cartas cambiaban de vez en cuando: Túnez, Grecia, Turquía, Irán, India… Ella contestaba a una casilla postal de Londres, y él recibía sus cartas dos o tres después de que ella recibiese las suyas. Siguieron así durante doce meses, con esa especie de extraña conversación desincronizada. John le hablaba de los países que visitaba, o de los objetos que compraba. Se refería a las horas que pasaron juntos en Londres con ternura, o continuaba una de las muchas discusiones que habían dejado a medio terminar. Le confesó que había observado sus movimientos desde que entró en la librería y que se puso a propósito a hacer la cola en la caja detrás de ella para hablarle apenas tuviera ocasión.

Sin embargo, de repente, las cartas dejaron de llegar. La última estaba fechada el 20 de Febrero, exactamente un año después de conocerse. Tras aquella carta, silencio. Llevada por la curiosidad ya había buscado cosas sobre él en google cuando las cartas llegaban con regularidad. Pero el resultado de la búsqueda era siempre el mismo, referencias al homónimo personaje literario, al actor que había interpretado el papel en la adaptación de la BBC, y, muchas páginas después, hombres que eran o muy viejos o muy jóvenes para ser él.

Bedford Square – Londres

Algunas horas después, estaba en uno de los taxis negros de Londres, demasiado nerviosa como para distinguir lo que veía a través de la ventanilla. La ciudad no era más que un movimiento confuso de colores, hasta que finalmente reconoció la arquitectura neoclásica del British Museum; unos minutos después el taxi se paró en Bedford Square. Pagó con dinero contante y sonante, ya no salía de casa si no llevaba una buena cantidad de billetes en la cartera, no como cuando conoció a John.

Estuvo inmóvil delante de la entrada durante unos minutos, recogiendo el valor y la fe que le quedaban. Observando la antigua casa de estilo Georgiano, con la entrada principal enmarcada elegantemente con un arco de piedras blancas y marrones, se dio cuenta de lo diferentes que eran sus mundos. Ella era hija de un conductor de autobús, su madre trabajó toda la vida como secretaria en una pequeña empresa; calculó que con el dinero necesario para limpiar las ventanas y el latón de esa casa, sus padres habrían podido pagar el alquiler de un mes del pequeño piso en el barrio de Chamartín en el que creció.

Subió las escaleras, leyó el nombre sobre el timbre, “John Thornton”, y llamó. Oyó el ruido de unos pasos acercándose, la puerta se abrió y vio sus ojos de nuevo.

Se le heló la sonrisa en el rostro. Efectivamente los ojos que tenía delante de ella eran los mismos de John, tal y como los recordaba. Eran de un color azul muy particular, como el hielo de un lago de montaña derritiéndose bajo los rayos de sol primaveral, pero quien se encontraba delante era una señora mayor, elegante, bastante alta, que llevaba el pelo, blanco y sedoso, recogido en un moño.

Tú debes de ser Penélope” – dijo la mujer con voz cálida y aterciopelada. – “Entra, por favor. Soy Helen, la madre de John”.

Abrió la puerta, y la dejó entrar. Le indicó un salón a mano izquierda, iluminado por uno de los ventanales que daban a los jardines.

Siéntate, por favor. Te prepararé un té. Earl Grey sin azúcar ni leche ¿verdad?” – Penélope miró a Helen y murmuró – “Sí, gracias”.

El salón no era demasiado grande, pero era muy confortable, y amueblado con elegancia. Había dos sillones al lado del ventanal, con una mesita entre ellos; encima de ella, un libro abierto, con unas gafas encima. Probablemente Helen estaba sentada allí leyendo cuando ella llegó. Había una gran chimenea a un lado de la habitación, con dos fotos enmarcadas en plata. En una de ellas John, sonriente, besaba a su madre. Tenía el mismo aspecto que cuando lo conoció. En la otra un John más delgado y pálido, con el pelo más largo, miraba fijamente el objetivo de la cámara con una pose seria y adusta, como en un retrato de Lorenzo Lotto. Había otros objetos sobre la chimenea; ella sonrió al reconocerlos. Una pequeño delfín de bronce que John compró en Grecia, una diminuta tetera turca que le salió prácticamente gratis, tras regatear cinco minutos en un bazar a orillas del Mar Negro. En la pared opuesta, una máscara tribal africana, un grabado japonés… Mientras examinaba los objetos, una extraña sensación se apoderó de Penélope. Todo estaba dispuesto a la perfección, tan milimétricamente bien expuesto. Los libros de la estantería alineados meticulosamente, sin una mota de polvo. Comparó aquella simetría con el jaleo caótico que reinaba en su librería de Madrid. Se apartó un poco para poder ver mejor la entrada de la casa, vio que del perchero colgaba sólo un impermeable de mujer, seguramente pertenecía a Helen. No había calidez en aquella casa, todo en ella le daba el aspecto de… un mausoleo.

Se sentó, derrotada, en la otra butaca, diciéndose que no podía ser verdad. Pero lo era, probablemente… ése era el motivo por el cual no recibió más cartas.

Helen entró en la habitación llevando una bandeja con una tetera, dos tazas y un platito con pastas de té.

Penélope abrió la boca, incapaz de hablar hasta que escuchó su propia voz, ajada, decir: “¿John se ha…?”

Muerto” – concluyó Helen, apoyando la bandeja sobre la mesita. – “Sí, así es”.

¿Cuándo?” – contestó Penélope, mientras dos grandes lágrimas caían por sus mejillas.

Helen se tomó algo de tiempo para contestar, sirvió el té y se reclinó en su butaca. Empezó a hablar, mirando fuera de la ventana.

Fue a finales de marzo. John acababa de volver a Londres apenas dos días antes. Vine para saludarle; estaba ahí, sacando esos objetos de unas cajas de cartón, estaba muy nervioso. Ya me había hablado de ti en sus cartas cuando estaba fuera del país, por lo que le entendí cuando dijo:

Mamá, no me ha llamdo, no sé nada de ella. Esperaba recibir una llamada suya después de haberle mandado la carta en la que le decía que volvía a casa, pero no lo ha hecho, no me ha mandado correos, nada. Ha debido de pasar algo’.

John, tú y tus extravagancias. ¿Por qué no le diste tu número desde el principio?’

No quería presionarla. Estaba absolutamente seguro de que era la mujer de mi vida desde el primer instante en el que la vi, pero sabía que estaría mucho tiempo lejos, no quería que se sintiese obligada. Sabes perfectamente que iba a ir a lugares muy peligrosos, no quería que se convirtiese en mi viuda antes de haberla tan siquiera besado.’

John, te llamará, estoy segura. ¿Desde dónde le escribiste la última carta?’

Trípoli’

¡Por Dios, John! ¡Si la recibe será de milagro!’

¡Es verdad, tienes razón!’

Dejó lo que llevaba en la mano por el suelo y salió del salón. Lo oí subir, moverse a toda prisa por su habitación. En menos de cinco minutos había bajado de nuevo, con una pequeña mochila, su chaqueta de piel negra y un casco en la mano.

¿Dónde vas?’

A Heathrow. Habrá algún avión que vuele esta tarde a Madrid ¿no?’

John ¿estás seguro de lo que haces?’

Atraversaría el océano por ella, mamá. Bésame y deséame suerte. Te llamaré cuando llegue”.

Nos besamos y salió. Le oí poner en marcha la moto y se fue. Él era así, todo lo hacía por instinto y normalmente todo le salía bien. Lo solía llamar “mi amuleto”. El teléfono sonó dos horas después, era la policía. Perdió el control de la moto cuando entró en la autopista que lleva al aeropuerto, resbaló, al mismo tiempo en el que estaba llegando un camión. Murió al instante. Según la policía, no le dio ni siquiera tiempo de enterarse de lo que estaba pasando”.

Helen terminó de hablar mientras tenía la taza de té entre sus manos. Penélope la miró, incapaz de pronunciar una sola palabra. Mil ideas le pasaron por la mente, pero había una en concreto que no podía quitarse de la cabeza; no cogió el té, que seguía sobre la mesita.

“Usted había oído hablar de mí, de nosotros… ¿Por qué no intentó contactarme? – le preguntó, temblándole la voz.

“Creo que era mi manera de vengarme de ti, querida Penélope. Él estuvo siempre en peligro, durante muchos años. Trabajaba para el Gobierno, pero, como puedes ver” – dijo Helen moviendo la mano, indicando la casa – “John no necesitaba el dinero de los contribuyentes para vivir, pero él era así. No fue del todo sincero contigo; sí que poseía manufacturas de algodón, pero no en Europa, sino en India. Entre otras cosas, empresas, corporaciones. Dejó que su… – dudó por unos momentos – que el asistente de su difunto padre se ocupase de todo. Se alistó en el ejército cuando acabó la Universidad, los últimos años ha trabajado para el MI5. El día que te conoció estaba a punto de irse otro año de servicio en el extranjero, el último. Después dejaría el servicio activo. He pasado quince años temiendo una llamada de teléfono y cuando llegó fue por un estúpido accidente de moto. Por tu culpa”.

La voz de Helen se rompió mientras miraba a Penélope. Pero, a pesar de lo que ella podría esperar escuchando sus palabras, no había rastro de odio en su mirada, sólo una especie de resignación. De hecho, unos momentos después siguió hablando, con el mismo tono suave que usara antes de que Penélope le preguntase por qué.

“Por lo tanto, lo único que fui capaz de hacer los primeros dos meses fue intentar odiarte. Dí instrucciones a la compañía telefónica para que cancelasen el número de John, y también anulé el contrato con la casilla de correos por si volvías a escribir y a algun alma caritativa se le ocurría devolverte las cartas con el sello “fallecido”. Me mudé a esta casa, preparé un pequeño apartamento en la parte de abajo, en el que vivo, y pasé mis días arreglandola para este momento. Porque sabía que un día vendrías. Me di cuenta, sola, en esta casa en la que un día todos fuimos felices, que quizás existía un motivo por el cual tenía que sufrir tanto. Quizás Dios, si existe, diseñó todo por algún motivo que se nos escapa. Pero estoy segura de una cosa, querida. Si John estuviese aún con nosotros habríais sido muy felices juntos. Si quieres puedes subir, y ver su habitación”.

Penélope se levantó de la butaca y se acercó a Helen, besándola suavemente en la mejilla. Subió las escaleras. Cuando entró en la espaciosa habitación se sintió, cosa extraña, en paz. Había un gran armario de caoba; abrió dos puertas. Acarició las mangas de las chaquetas y las camisas. Reconoció el abrigo que llevaba cuando se conocieron; lo cogió y se lo puso. Cerró los ojos, recordando aquella tarde, arropándose con la tela, grande y cálida. Se sentó en la cama y vio en la mesilla de noche sus cartas, apiladas con cuidado, y encima de ellas la pluma estilográfica de John. La cogió, se aferró a ella; cuando estaba colgando su abrigo de nuevo en el armario, oyó voces en las escaleras. Mientras cerraba las puertas vio algo reflejado en el espejo interno que le hizo gritar. John. No el John que conoció sino ese otro, esa versión más esbelta y frágil retratada dentro de un marco de plata apoyado sobre la chimenea.

“¡Thomas!” – pudo oír a Helen mientras subía las escaleras – “¿Pero qué estás haciendo? ¡Le va a dar un infarto a la pobre chica!”

Penélope miró al hombre, era de verdad una copia exacta de John, aunque diferente. Mientras que John tenía el cuerpo y el aspecto de un atleta, él parecía un contable; el pelo era más largo, pero cortado a la perfección. Estaba afeitado, era más delgado, igual de alto que John pero menos corpulento. Llevaba gafas, con esas lentes que cambiaban de color bajo el sol. Ahora se estaban aclarando, revelando los ojos, de un color azul, un tono muy particular, que recordaba el agua de un lago de montaña durante el deshielo.

“Me llamo Thomas, Thomas Thornton” – dijo, dándole la mano.

Helen entró en la habitación en ese preciso instante.

“Lo siento Penélope. Estaba a punto de explicarte que John había dejado todo en manos de su hermano, su hermano gemelo. Pero no sabía que Thomas iba a venir hoy, y no tuve valor para decírtelo” – dijo la mujer, disculpándose con la mirada.

Penélope se dio cuenta de que no había dicho más que unas pocas palabras desde que llegó a aquella casa.

“Creo que lo mejor que podemos hacer ahora es bajar y terminar de tomarnos el té. Thomas ¿te unes a nosotras?” – él sonrió y Penélope sintió de repente una punzada de dolor, dentro de ella. Cuando Thomas sonreía, todas las diferencias que había notado con el recuerdo que tenía de John desaparecían.

Hablaron durante varias horas en el salón. Helen les contó historias de los tiempos en los que “sus chicos” eran pequeños, Penélope habló sobre España y su niñez; comieron juntos y Thomas se ofreció a acompañarla de vuelta al aeropuerto. Cuando saludó a Helen se abrazaron.

“Lo siento, Penélope. Por favor, perdóname. Lo he empeorado todo. Espero de todo corazón volver a verte, cariño”.

Veinte minutos después, Thomas conducía, en silencio. No había abierto la boca desde que dejaron Bedford Square.

“¿A qué hora tienes que embarcar?”

“Oh, bastante tarde, a las diez de la noche”.

“Son aún las cinco, el tiempo es precioso, luce el sol. Vamos a dar una vuelta por la orilla del río ¿qué te parece? Apuesto a que no habías visto un sol así la última vez que estuviste en Londres” – de repente cambió de expresión y golpeó con la mano derecha el volante – “¡Tom, eres un bocazas!” – se dijo en voz alta – “Lo siento, no me había dado cuenta de que la última vez que estuviste aquí…”

“No te preocupes, no pasa nada” – replicó Penélope – “de hecho el tiempo fue horrible, sólo vi el sol cuando estaba con tu hermano en Regent’s Park.”

Los dos permanecieron en silencio durante un rato. Mientras tanto habían llegado a Victoria Embankment y aparcó el Smart. Cuando apagó el motor, Penélope dijo;

“¿Es cierto eso que se dice de los hermanos gemelos?” – él la miró. La mujer no podía leer su mirada, escondida detrás de un par de gafas de sol muy oscuras que le daban un aspecto rapaz. – “Te has preocupado por si herías mis sentimientos, pero tendría que haberte preguntado yo cómo te sientes”.

Thomas se quitó las gafas, sonriendo tímidamente. Ésta vez tuvo su lengua bajo control, pues estuvo a punto de decir que empezaba a entender qué había visto John en ella.

Sin embargo dijo “tendremos tiempo de hablar de eso, pero, por ahora ¡salgamos de esta lata de sardinas!” – se bajaron del coche, y caminaron por el puente de Waterloo hasta la otra orilla del río, paseando después, despacio, bajo la sombra de los árboles a la vera del Teatro Nacional. Se detuvieron, de cara al Támesis, apoyando los brazos sobre la balaustrada.

“A veces me siento como si me faltase una parte de mí, desde que John nos dejó” – dijo de repente – “Hay días que los paso prácticamente enteros en la oficina, pues la empresa es el sitio que menos recuerdos me trae de John. Creo que mi secretaria me odia cordialmente” – terminó, sonriendo.

“Deberías sonreír más a menudo, Tom. Todos deberíamos hacerlo” – replicó Penélope, cogiéndole la mano.

Aterrizó en Barajas por la noche, muy tarde, o mejor dicho por la mañana muy temprano. Encendió su móvil, y tras un par de minutos empezó a vibrar y a hacer bip. Pensó que tras casi veinticuatro horas sin conexión de datos tendría por lo menos una docena de spams en su bandeja de entrada. Cuando comprobó el correo estaba ya en el taxi, mientras en la radio empezaba su canción favorita de Chambao, el nuevo remix 2013 de “Ahí estás tú”. Tenía sólo tres spams y siete correos de Tom. Penélope le había dado su tarjeta cuando la acompañó al aeropuerto. Seis de ellos contenían sólo un emoticono sonriente, en el séptimo se leía: “Espero que tu vuelo de vuelta haya sido agradable. Perdóname por haberte llenado la bandeja de entrada de mensajes, pero alguien me dijo hoy que tenía que sonreír más a menudo. ” Penélope también lo hizo mientras cerraba el teléfono, tatareando la canción de la radio.

De esa pregunta que te haces sin responder / Dentro de tí está la respuesta para saber / Tú eres el que decide el camino a escoger

Hay muchas cosas buenas y malas, elige bien / Que tu futuro se forma a base de decisiones / Y queremos alegrarte con nuestras canciones

Ahí estás tú

Thomas Lawrence – portrait of David Lyon – Thyssen-Bornemisza Museum – Madrid

Postdata

Penélope estaba disfrutando de una tranquila tarde de octubre en uno de sus lugares favoritos de Madrid, el Museo Thyssen-Bornemisza. Había quedado de acuerdo con Manuela, su compañera en la pequeña empresa de importación-exportación en la que trabajaba, que una vez al mes ella se quedaría en la oficina durante la pausa de la comida, pero saldría una hora antes para poder ir al Museo a última hora, cuando no se paga la entrada.

Como ya conocía bastante bien el Thyssen, dedicaba cada visita como mucho a dos cuadros. Uno de sus favoritos era el retrato de un lord inglés, David Lyon, pintado por Thomas Lawrence.

De repente se dio cuenta de que alguien estaba a su lado.

“¡Tom!” – lo abrazó sonriendo y lo saludó como hacen los españoles, dándole dos besos en las mejillas. – “¿Qué estás haciendo en Madrid? No tenía idea de que ibas a venir. ¿Por qué no me dijiste nada?”

“¿Y perderme tu cara? Quería verte y, por si no te lo han dicho nunca, la cara que pones cuando estás sorprendida es una de las cosas más graciosas que he visto en mi vida”.

Penélope le dio un golpecito en el hombro, y sonrió. Lo observó unos instantes. A pesar de que habían seguido en contacto a través de correo electrónico, e incluso habían hablado por teléfono en alguna ocasión desde que se conocieron en agosto, era la segunda vez que se veían. Tom iba vestido muy elegante, un traje de chaqueta gris, camisa azul celeste, corbata oscura y un par de zapatos negros hechos a medida. El pelo parecía más oscuro y llevaba las gafas con las lentes de transición que en esos momentos eran ya prácticamente transparentes. No tenía nada que ver con los vaqueros y la camiseta negra que llevaba en Londres.

“Pareces otro, tan…”

“¿Aburrido?”

“.. profesional” – concluyó Penélope – “¿Cómo me has encontrado? Llevo siempre el móvil apagado cuando estoy aquí”.

“Aunque no te lo creas, puedo ser muy encantador con las señoras cuando quiero”.

“Te lo dijo Manuela”.

“Sí. Su inglés es casi tan horrible como mi español, pero por suerte ‘Thyssen’ se pronuncia igual en los dos idiomas” – replicó Tom.

“¿Y qué estás haciendo en Madrid? Además de reirte de mi cara, por supuesto”.

“Es el mejor lugar para seguir nuestros intereses en Sudamérica sin tener que pasar ocho horas dentro de un avión” – dijo Tom. La verdad era que nunca había venido a Madrid para este tipo de reuniones, pero tenía muchas ganas de verla.

“¿Y tú? Creo haber entendido que vienes aquí a menudo”.

“Sí, un viernes al mes, más o menos. Éste” – dijo Penélope señalando el retrato – “es uno de mis cuadros favoritos. Me recuerda Inglaterra”.

“Menos mal que no has dicho que te recuerda a mí”.

“No, tú no te pareces a él para nada. Sin embargo, hay un cuadro de Tiziano en Venecia con un hombre idéntico a ti. Un valiente capitán con una armadura negra que sujeta un estandarte”.

“Me alegro, porque este tipo es clavado a uno de mis compañeros en Eton, Reginald Ashford-Jones”.

“Oh, suena a personaje importante” – dijo Penélope, intentando no reírse al escuchar como había pronunciado ese nombre.

“Un bastardo pretencioso” – contestó Tom. Empezó a sonreir como si se estuviese acordando de un chiste y soltó una sonora carcajada – “hasta que un día John y yo lo encerramos en la habitación del decano, desnudo como un gusano”.

“¿Cuánto tiempo vas a estar en Madrid?”

“Ya no tengo reuniones, soy todo tuyo hasta el domingo por la tarde”.

“¿Y te alojas en…?”

“El Palace”.

Penélope sonrió de nuevo. “Obviamente, el hotel más caro de Madrid. Cuando hablo contigo siempre se me olvida que eres más rico que Craso”.

“Me lo tomaré como un cumplido”

“Deberías” – contestó ella.

Quedaron de acuerdo en encontrarse un par de horas después en la parada de metro de Ópera. Fueron a tomar unas tapas a “La casa del pulpo” y a tomar unas copas en el Mercado de San Miguel. Pasaron juntos una deliciosa velada, y el día después Penélope lo llevo a hacer el clásico tour turístico, el Palacio de Oriente, Puerta del Sol, Parque del Retiro…

Madrid – Plaza de la Villa

Tras una deliciosa cena en “Casa Botín” pasearon hasta la Plaza de la Villa. Tom no había dicho una palabra desde que salieron del restaurante, recordándole a Penélope el hombre reservado que conoció en Londres.

“Tengo que decirte algo, Penélope. Cuando me conociste, en casa de John… Desde que murió iba a menudo a su casa, a ver a mi madre, a hacerle compañía. Un día me pidió que llevase algo a su habitación, y, sin saber por qué, empecé a leer las cartas que le habías enviado. Estaban en la mesilla de noche. Las he leído todas, lo siento, sé que no tendría que haberlo hecho”.

Penélope se sintió rara al oirlo, no sabía qué decir. Se dio cuenta de que advertía una especie de rabia creciéndole dentro, no hacia Tom sino John y su capricho de comunicar por carta. De repente se dio cuenta de lo egoísta que había sido, intentando atarla con un conjuro bajo forma de unas cartas preciosas, escritas con una caligrafía perfecta, golpeándola en su punto débil con precisión quirúrgica.

“Eran personales. Sí, no deberías haberlo hecho, pero… Fue hace una vida, Tom. A veces siento que ese día no hubiese pasado nunca, como… Si hubiese sido una pérdida de tiempo aferrarme al recuerdo de algo de lo que ni tan siquiera estoy segura de que fuese cierto. Tu madre me dijo que quizás todo ocurrió por otra razón… ¿Cuál? Viví doce meses como una ermitaña, sólo por esas cartas, por el momento en el que las recibía y por cuando las escribía. ¿Para qué las he escrito?” – su voz se rompió, y empezó a llorar – “¿Para un cadáver? Por favor, Thomas, dime… ¿para qué?” – Penélope sollozó, sintiendo que su corazón se llenaba de angustia al darse de bruces con la cruda realidad.

Se acercó a ella, tomándole el rostro entre las manos. Susurró.

“Para que me enamorase de ti. Me enamoré de ti al leer tus cartas, y te amé aún más apenas te ví, y cuanto más te conozco más te amo. Por eso estaba tan callado aquel día, me daba miendo pensar que pudieses leer en mis ojos, notar lo que sentía”.

Penélope lloraba y reía al mismo tiempo.

“Por eso vine a Madrid” – prosiguió – “las reuniones eran una excusa. Tenía que saber si puedo esperar que tu…”

Ella lo abrazó, y lo besó.

“Necesito a alguien verdadero en mi vida, Tom. Una persona que pueda tocar, despertarme a su lado, hablarle, incluso discutir. Estoy cansada de palabras escritas. Llévame contigo”.

Mientras salían de la Plaza de la Villa, cogidos de la mano, Penélope tuvo la sensación de que los estaban observando. Se giró de repente, pero no había nadie más en la plaza. Tom la estrechó entre sus brazos, se besaron de nuevo y subieron por la Calle Mayor.

Sin embargo, alguien los había estado observando toda la noche. Alguien que caminaba ahora deprisa en dirección opuesta y subió al asiento trasero de un coche negro aparcado en la Calle del Sacramento. El conductor dio al hombre un pasaporte y otros documentos, su nueva identidad, esperaba que la última. Un jet privado lo estaba esperando en el pequeño aeropuerto de Cuatro Vientos; el vuelo hasta Houston sería largo, y habría tenido tiempo de sobra en el avión para reflexionar y convencerse de que había hecho lo que debía. Tomó una decisión siete meses atrás, sabía que les habría hecho daño a todos, pero ahora estaban seguros.

Aunque había observado a la pareja con una punzada de nostalgia, se alegraba de que ella ahora estuviese con Tom, ya que su hermano era sin lugar a dudas alguien mucho mejor de lo que él nunca había sido. Por lo menos, Tom nunca había usado a Penélope, como hizo él. No estaba interesado en ella cuando la vio en la librería, sino en el libro de bolsillo que había comprado. Contenía información muy valiosa, su contacto había dejado esa copia del último best seller de Conn Igulden sobre la pila de libros, pero, cuando estaba a punto de cogerlo, Penélope se le adelantó. El problema que tuvo al pagar los libros le dio la oportunidad de hablarle y, cuando ella fue al baño en el Coco Momo Café, cambió la edición que estaba en su bolso por otra que él había comprado en la librería, escribió esas dos palabras en la servilleta y la puso dentro de la copia de “Sentido y Sensibilidad”. John era sincero cuando las escribió, podría haber dejado que ella se fuese tras tomar el té, inventarse una excusa, una llamada de teléfono, una reunión imprevista, pero no pudo evitar sentirse atraído por ella y esperó que “UN DIA…” él pudiese ser libre de amar. Estaba tan cansado de actuar, hacerse pasar por otro, ser cada vez una persona diferente. Le daría sólo un año más a los servicios secretos, y luego dimitiría; mientras tanto, John decidió disfrutar de la tarde. No la engañaba cuando le decía en sus cartas que recordaba a menudo las horas que pasaron juntos.

John tenía la firme intención de continuar su relación donde la había dejado; las cartas eran un señuelo, una manera de que ella no lo olvidase. Desgraciadamente, algo salió mal en Trípoli. Uno de los hombres de Gadafi que había detenido tras una larga persecución, logró escaparse de la cárcel el día antes de su ejecución y juró venganza. Creyó que había logrado despistar al libio y borrar su rastro, pero no fue así; los servicios le informaron cuando regresó a Londres de que su cobertura estaba comprometida, y que la única solución para proteger a su familia era fingir su muerte. Él tenía que tomar una decisión al respecto, y lo hizo. Cuando su madre vino a verle a Bedford Square tenía todo preparado, había ensayado su actuación hasta el último detalle. Podría haber sido un excelente actor si hubiera querido, pero le hacían falta dos cosas para desaparecer: una excusa y un público. Penélope era la excusa (habría podido contactarla cuando quisiese, tenía su número de teléfono desde hacía meses), y su madre el público. Cuando salió de su casa se odió a si mismo, y tuvo la tentación de tener un accidente de verdad y acabar con todo; pero le faltó valor. Había pasado los últimos meses enterrado vivo, escondido en un pequeño apartamento el tiempo necesario para convencer al hombre que le daba caza, de que de verdad estaba muerto. Antes de dejar Inglaterra para siempre fue a ver a su madre. Ella le dijo que Tom estaba en Madrid, por lo que pidió a quienes prepararon su fuga que pudiese dejar Europa desde España. Cuando los vio juntos supo que, sin quererlo, había logrado hacer algo bien.

Epifanía

Tempestad en Whitley Bay (Northumberland – UK) Foto de Thomas Heaton

Este relato forma parte de la serie “La isla coronada”, y lo presenté en su tiempo a uno de los concursos de relatos de Zenda libros. Como suele pasar, la idea del relato me vino escuchando una canción: Richard Hawley – The Ocean

Había poca gente para ser sábado y principio de la temporada alta. El tiempo no ayudaba: la lluvia de una borrasca, que parecía ser más de principios de invierno que de verano, golpeaba con saña los ventanales que daban a la escollera, y de vez en cuando las olas alcanzaban el sendero que asomaba al acantilado, salpicando a los últimos parroquianos que se apresuraban a entrar. 

El cantante dio un golpecito con el índice al micrófono. Al instante, un pitido de los altavoces se alzó por encima del rugir del viento y la tormenta. Alguien silbó en señal de protesta. El cantante pidió disculpas, pasándose la mano por el cabello engominado, imitando una pose pasada de moda que no desentonaba con el local. Cuando se entraba en ese pub se tenía siempre la sensación de encontrarse en un lugar indefinido a caballo de los años setenta u ochenta: la moqueta que un día lejano fue granate, o puede que roja, la bola de cristal de discoteca, la barra y los taburetes de escay, la música que sonaba de fondo…  Sólo los móviles que manejaban los chicos de una mesa, universitarios celebrando el fin de curso, recordaban la actualidad. En su rincón habitual, saboreando su pinta, concentrado en ella como si su vida dependiese de apurarla con precisión quirúrgica, estaba un pescador del pueblo. Repeinado y pulcro, como todos los sábados a la misma hora. Tras la muerte de sus padres no cambió su costumbre: seguía viniendo sólo el sábado, llegaba a las siete y se iba una vez terminado el concierto. La única diferencia era que ahora se le veía sonreír más a menudo que antes, y de vez en cuando le acompañaba una chica joven, su sobrina. Un par de bebedores metódicos, de los que no faltan un día, y dos parejas de mediana edad, completaban el público. 

Tras una señal del cantante, el guitarrista tocó los primeros acordes. Una balada lenta, melódica, para ir caldeando el ambiente. A pesar de encontrarse en un lugar algo apartado, el pub era una atracción, no sólo de la comarca. Había quien venía de Newcastle para disfrutar de la atmosfera. Treintañeros de barbas cuidadas y bigotes decimonónicos, de esos que llaman hipsters en las revistas de moda, y que se deshacían en elogios a propósito del fantástico ambiente vintage. El secreto que los diseñadores de interiores intentaban descifrar sin éxito era sencillo: la decoración no se había cambiado en cuarenta años. El propietario, ahora anciano, siempre había dejado la remodelación para el invierno siguiente, y dedicaba el mes de cierre para restaurar él mismo, con habilidad, eventuales daños. No había hecho más obras que las estrictamente necesarias, en la cocina y los inodoros, para no tener problemas con los inspectores municipales. Los cuales, como no tenían mucho que inspeccionar en la comarca, eran especialmente escrupulosos. Sin embargo, el dueño confiaba en que en los próximos años cambiaría su suerte. Estaba seguro de que los turistas que llenaban los vuelos charter que volaban sobre sus cabezas volverían en masa, cuando no les resultase más económico pasar del mar del Norte al Mediterráneo. A fin de cuentas, había votado “LEAVE” para algo ¿no? Quizás no volverían los tiempos de las cartulinas descoloridas en blanco y negro, con señoras elegantes protegidas por amplios sombreros y sombrillas de encaje, retratadas mientras observan el mar con “Recuerdos de Whitley Bay” escrito en el ángulo superior izquierdo de la postal, pero estaba seguro de que las cosas cambiarían.

El cantante se mecía, apoyado sobre el micrófono, moviendo el brazo saludando al escaso público con ademán seguro. Cerró los ojos para no ver a los jóvenes que, indiferentes a su arte, se hacían selfies y buscaban como rabdomantes el punto donde la conexión fuese los suficientemente buena como para subir las fotos a Instagram. Viajó con la imaginación, acunado por su propia voz aterciopelada, a un lugar al otro lado del océano: la ciudad llena de luces, espejismo en el desierto. Confundió en su mente el aullar lejano de las olas por la ovación de un público entregado. Céline estaba en la primera fila, aplaudiendo extasiada. Probablemente lo llamaría para su próximo disco de duetos. 

El final de la canción se fundió con los truenos y los relámpagos. De repente, un estruendo sacudió las vigas de madera, el pequeño edificio tembló hasta los cimientos. Había saltado la luz y se quedaron a oscuras. No gritó nadie, todos volvieron sus miradas hacia el mar. El cantante siguió tarareando las últimas palabras de la canción en voz baja: “el océano… el océano…“. Bajó del escenario, seguido por sus músicos. El propietario salió de detrás de la barra, los jóvenes dejaron los móviles sobre la mesa. El pescador, los bebedores metódicos y las parejas también se acercaron a los ventanales, y enmudecieron delante del espectáculo que tenían frente ellos. En el eterno atardecer del hemisferio norte en verano, el gris del cielo, del mar y la lluvia se mezclaban. Era uno de esos momentos que los pintores llevan generaciones intentando plasmar, y ninguno de los presentes quiso romper la magia, hasta que volvió la luz. 

El príncipe Andrei Bolkonski en Roma

Vyacheslav Tikonov como Andrei Bolkonsky en “Guerra y Paz” de Sergei Bondarchuk

Aunque parezca mentira, en “Guerra y Paz”, una novela que puede abultar dos tomos (o casi 1.500 páginas en letra pequeña, como la excelente edición de Biblioteca Austral), Lev Tolstói ha dejado cosas sin explicar. La trama más conocida entre las muchas que se entretejen en la obra es la historia de amor entre el príncipe Andrei Bolkonski y la joven Natasha Rostov. Cuando está a punto de cumplirse el periodo de largo noviazgo impuesto por el padre del prometido, el viejo príncipe Bolkonski, ella lo rompe para fugarse con Anatol Kuragin, fuga que será evitada in extremis por su prima Sonja. Andrei había dejado total libertad a Natasha para romper el enlace si lo hubiese deseado, pues el año de tiempo hasta la boda impuesto por el padre lo iba a pasar viajando por Europa, con la excusa de mejorar su salud, que nunca recuperó del todo tras las heridas sufridas años antes en la batalla de Austerlitz. Durante ese periodo de ausencia los enamorados se habían comunicado por cartas; no muchas, pues a Natasha no le gustaba escribir y creía que no tenía nada que contarle a ese prometido que le describía hermosas ciudades y paisajes de ensueño, mientras ella llevaba una vida semi-recluida y anodina en el campo. Cuando se acerca el fin del año de ausencia “Se había recibido desde Roma la cuarta epístola del príncipe Andrei, en la que decía que ya estaría hacía tiempo en camino hacia Rusia si de improviso, con aquel clima cálido de Italia, no se hubiese abierto de nuevo su herida, lo que le obligaba a retrasar su vuelta hasta comienzos del año próximo.” Y es exactamente durante ese periodo de retraso en el que Natasha se vuelve a encontrar con Anatole (en la famosa escena del baile, Natasha coincide en la sala con los tres hombres que marcarán su vida: Andrei, Anatole y Pierre) para caer presa de las artimañas del joven, ayudado por su pérfida hermana Heléne y el no menos oscuro Dolokhov. Cuando finalmente Andrei regresa a Moscú, viene a saber de la fuga frustrada de Natasha y ruega a Pierre, amigo de ambos, que le devuelva a la joven las cartas que le había escrito y su retrato, rechazando cualquier posibilidad de perdón. Siempre me ha llamado la atención la dureza de la reacción de Andrei, que me hace sospechar que puede haber algún otro motivo para explicar su comportamiento más allá de los ases que Tolstoi, en calidad de narrador omnisciente, pueda guardarse bajo la manga. La clave es la prolongada estancia en Roma, dentro del auto-impuesto exilio por parte de Andrei (su padre en ningún momento le obligó a irse fuera de Rusia durante el noviazgo). ¿Qué lo retuvo en Roma? O mejor dicho… ¿quién lo retuvo?

Llevo un tiempo imaginando qué pudo suceder, y mi desfachatez llega al punto de trolear al mismísimo Tolstoi: voy a pasar un buen rato, un excelente rato, metiéndome en la piel de uno de mis tres personajes favoritos de la literatura universal. Andrei va a contarle a su amigo Pierre qué sucedió. Las partes en cursiva, frases originales de la novela, pertenecen a la traducción de Francisco José Alcántara y José Laín Entralgo para la edición de Austral Narrativa.

Moscú, verano 1812

Querido Pierre,

No sé si llegaré nunca a mandarte esta carta, si la vergüenza me impedirá hacerlo, pues si algo no podría soportar en estos momentos sería el perder tu respeto. En mi habitación resuena aún el eco de las últimas palabras que te dirigí a solas “si quieres ser mi amigo, no vuelvas a hablarme de esa… de todo este asunto. Bien, adiós. ¿Le darás las cartas?”. Después, durante la cena, noté las miradas entre tú y mi hermana Marja mientras hablaba con mi padre; me mirabais con una mezcla de horror y pena, pues no había diferencia entre los dos Bolkonski, padre e hijo. Dos seres amargados y fríos, que sobre los manteles discutían sobre tácticas militares y cómo acabar con Napoleón.

Voy a contarte por qué no puedo perdonar a Natasha: porque no puedo perdonarme a mí mismo por haber cometido la misma falta. Además, mi rabia nace al comparar la persona por la que ella había sido capaz de romper nuestro compromiso con aquella por la cual yo renuncié a hacerlo. Pierre, te veo fruncir el ceño, quitarte los anteojos y volver a leer lo que he escrito. Sí, los dos hemos pecado; es más, la medida de mi traición, aunque pasajera, es mucho más profunda y completa, formada por algo más que dos besos robados en el guardarropa de tu casa y un par de cartas. Oh, sí, conozco todos los detalles de lo que ha pasado; mademoiselle Bourienne, ese ser despreciable que viste y come a nuestra costa con la excusa de ser la dama de compañía de Marja, contó todo a mi padre, quien, a su vez, no tuvo problemas en referírmelo con esa sonrisilla complaciente, para así demostrarme cuánta razón tenía al obligarme a retrasar un año mi boda con Natasha, para evitar si fuese posible unir nuestra ilustre familia con la del mequetrefe de Rostov. Te hablaba de mi rabia… ¡Kuragin! ¡Anatole Kuragin! ¿Recuerdas lo que te dije, hace años, aquella vez que viniste a cenar a mi casa tras haber coincidido en la velada de Anna Pavlovna Scherer? Que dejases la compañía de Kuragin, y sin embargo no lo hiciste; te advertí que no te casaras nunca y lo hiciste con su hermana, trayendo a nuestro seno ese nido de víboras. Perdóname, querido amigo. No te echo la culpa, no es mi intención acusarte de nada, o rehuir a mi responsabilidad. Pero pienso en Anatole, ese petimetre inútil. ¿Sabes cómo lo definió su propio padre? Se lo oí decir a Anna Pavolvna durante aquella fiesta: tonto turbulento. Y bien, Natasha iba a cambiarme por ese monigote, ese esperpento perfumado sin nada dentro de la cabeza — estoy seguro de que las notas apasionadas que le mandó mientras le daba caza no las escribió él — mientras que yo he renunciado a una persona que vale mucho más que todas las damas de los salones de Moscú y San Petersburgo juntas. Si lo hubiese sabido antes… quizás estaría aún en Roma.

Pero volví, porque amaba a Natasha. Te imagino preguntándome ¿ya no la amas? No sé cómo podría definir mis sentimientos, una vez despojados de la rabia y el orgullo herido, pero, sea lo que sea, nunca será igual. Tras el primer gran desengaño se rompe la inocencia, y nada puede volver a ser como antes. Sé que moriré en esta guerra, Pierre, lo sé. Hay por ahí alguna bayoneta francesa, una bala de cañón, una granada, que llevan mi nombre dentro. Ya agoté mi cupo de buena suerte en Austerlitz, y no se me volverá a presentar. Lo mejor de morir dentro de poco es que mi hijo es aún pequeño, y no llegará nunca el día fatídico en el que, como sucedió con todos los hijos en la historia de la humanidad incluido yo mismo, vea caer de sus ojos el velo de la admiración, la fe ciega, la entrega. Eso es lo que tenía con Natasha. Fue su pureza la que me hizo renacer cuando me creía un hombre acabado; aquella espiritualidad, aquella franqueza y gracia que trascendía de su cuerpo, era lo que yo tanto amaba. Y toda esa belleza se ha acabado por Anatole Kuragin. Amigo mío, todas estas líneas y aún no te he contado qué sucedió en Roma. A quién dejé en aquella ciudad.

Llevaba poco tiempo instalado en la Urbe, huésped del embajador del zar Alejandro en la corte de papa Pio VII. Por extraño que parezca, aquellos primeros días fueron de un tedio absoluto. Me hallaba sumido en uno de mis periodos de indolencia que me recordaban que mi renacimiento, tras nuestras conversaciones en el campo y la aparición en mi vida de Natasha, no era más que un engaño. Aduje un resfriado que nunca sufrí para evitar un par de cenas y de compromisos “inexcusables” en la embajada, hasta que, llevado más por el pundonor —representaba siempre a los Bolkonski— que por las ganas, acepté acompañar al embajador a una velada en casa de un noble romano, que tenía en la ciudad fama de estrafalario, y que, dicen, fue el culpable de que aumentasen considerablemente las canas en los cabellos del santo padre. Su palacete surge al lado de las ruinas del foro romano, desde el que se gozan unas vistas envidiables, sobre todo si se sube a lo alto de una torre con el nombre del propietario EX-MARCHIONE-DE-GRILLIS, tallado en una cenefa bajo las almenas. Nuestro huésped no era otro que el Marqués Onofrio del Grillo. Me saludó con una sonrisa franca y abierta, y no pude evitar caer de inmediato en la red de su encanto. El marqués era un hombre alto, robusto, con una barriga no excesiva, pero que anunciaba que su dueño era amante de la buena comida y la mejor bebida. Tenía los pómulos sonrojados como los de un campesino, la nariz grande, el cabello moreno y rizado, y los ojos azules. Mi italiano no me alcanzaba más que para pronunciar dos o tres palabras de cortesía, por lo que el marqués se dirigía a mí en un francés correcto pero con un marcado acento romano. Su anciana madre, la marquesa viuda, se negaba a decir palabra alguna en la que llamaba “lengua del anticristo napoleónico”, por lo que me libré de participar en su tema favorito de conversación, las reliquias, tema del que discutió durante toda la velada con un cierto abate de pelo blanco, peinado hacia atrás y que caía en caracolillos grasientos sobre su nuca.

Durante los postres el marqués movía aburrido la cucharilla en su plato, cuando, de repente, se levantó de la silla y dijo:

Andre’ ‘namo, va.

Yo lo miré extrañado, sin acabar de entender qué me estaba diciendo, pero por sus gestos me parecía obvio que quería que fuese con él a alguna parte. Me despedí de los presentes, y bajé con él la amplia escalinata de mármol. Dio instrucciones a su criado personal y llamó con un silbido su carruaje, que acudió con tal celeridad que creo que el abandonar sin aviso la cena a los postres era una de sus muchas extravagancias. La noche era templada, y, mecido por el vaivén del vehículo y los vapores del excelente vino blanco de Frascati, empecé a ver la ciudad con otros ojos, no como un amasijo ilógico de ruinas de tiempos pasados con nuevos palacios, sino como el perfecto marco para una aventura. Cruzamos el Tíber y el carruaje empezó a subir la colina de Monte Mario; a los pocos minutos entró en los jardines de una villa con vistas al Vaticano. Atravesamos el edificio y llegamos a otro jardín, en el que varias personas estaban al fresco, sentadas en divanes de paja. El marqués se dirigió a una dama que se columpiaba indolente, bajo las ramas de un gran roble.

Guarda chi t’ho portato, Giulia cara, trattamelo bene è un principe russo, un eroe di Austerlitz, nientemeno! – decía el marqués mientras le ofrecía la mano y la acercaba a mí. Era una mujer de nuestra edad, alta, de cabello castaño recogido en un moño, del cual escapaban dos suaves tirabuzones que le llegaban hasta los hombros. No pude distinguir entonces el color de sus ojos, pues era noche cerrada y el jardín estaba iluminado solo por unas antorchas. Entonces me parecieron pardos, pero eran verdes, no muy claros. Sonrió levemente, y esperó a que el marqués nos presentase, por fortuna pasando al francés.

Príncipe Andrei Bolkonski, os presento a la marquesa Giulia Attavanti.

Ella sonrió de nuevo.

¿Así que un héroe de Auterlitz?

No me definiría tal, señora marquesa.

Es modesto, querida— terció el marqués— recuperó el estandarte de un pelotón en retirada y logró que el mismo se rehiciese y pasase al ataque.

Para caer a los pocos metros— puntualicé.

¿Y adivina gracias a quién fue recuperado de entre los heridos en el campo de batalla? ¡Al mismísimo Napoleón!

¿De veras? ¿Os habló, príncipe?

Recuerdo solo haberlo visto encaramado en lo alto de su imponente corcel blanco, y decir algo sobre lo bien que morimos los rusos, hasta que se dio cuenta de que estaba hablando, y que estaba vivo. Por suerte no entendió lo que le dije.

Callé unos instantes. No sé por qué se me ocurrió hacerme de rogar, como si fuese un petimetre cualquiera intentando impresionar a la bella de turno. Pero ella se resistió. Arqueó ligeramente una ceja, mientras mantenía su sonrisa enigmática. Fue el marqués quien preguntó.

Vamos, Andrei, cuéntanos. ¿Qué estabas diciendo?

Que no me interesaba su cháchara y que se apartase, pues no me dejaba ver la profundidad del cielo.

Un auténtico Diógenes frente a Alejandro — dijo la marquesa Attavanti — estoy impresionada. Terminó, sin el menor tono de sorpresa o admiración, hiriendo mi orgullo como si se hubiese reído en mi cara. En esos momentos tuve la tentación de dejar a un lado la caballerosidad y responder con una de mis famosas frases sarcásticas, pero opté por callar y apretar las mandíbulas, pues no estaba seguro de si su desdén me provocaba rechazo o me atraía irresistiblemente.

No hablamos mucho aquella noche; me presentó a los invitados, un grupo variopinto formado por un par de poetas, un pintor, alguna que otra dama y varios nobles. El marqués Onofrio del Grillo me contó a grandes rasgos la vida de Giulia: marquesa viuda Attavanti, su apellido de soltera era Colonna, una de las familias de más rancio abolengo de la ciudad. Perdió a su marido en la batalla de Marengo. No tenía hijos; su único vástago murió, sin motivo aparente, poco tiempo después de que ella se recuperase del parto, que estuvo a punto de acabar con su vida. Hacía pocos meses que había vuelto a la sociedad, tras pasar recluida más de una década, durante la que guardó un luto —sincero— por su marido. Mientras Onofrio me contaba estos hechos, aderezados con otros datos anecdóticos, yo la observaba con atención. Reconocía su pose destacada, la mirada que se posaba con fría atención en sus interlocutores, la sonrisa enigmática que gracias a imperceptibles movimientos de sus rasgos, podía definirse tal, y no un rictus amargo. Ese alejarse de cuanto sucedía a su alrededor, aunque no lo pareciese. Sólo yo, de entre toda esa gente, podía entender que Giulia Attavanti no estaba gozando de una tranquila velada de finales de mayo, conversando sobre novedades literarias, o cotilleos de salón. Ella estaba atravesando el infierno. El mismo que pasé yo tras la muerte de Lise, pero aún más penoso, al haber perdido también al hijo que tanto penó para traer al mundo.

Al regresar a mi habitación en la embajada, un par de horas más tarde, escribí una carta a Natasha y a los Rostov en la que les anunciaba que el clima húmedo de Roma había reabierto mi vieja herida, y que habría retrasado mi regreso a Rusia.

He de confesarte, Pierre, que escribí tal mentira sin el menor remordimiento. Natasha y Giulia son tan diferentes que mi mente separó sin esfuerzo alguno aquel aquí y ahora cerca de Giulia del futuro hipotético con Natasha. Además, cuando anuncié mi propósito de prolongar mi estancia en la ciudad eterna, no era mi intención conquistarla; simplemente quería seguir asomándome al espejo que Giulia representaba, entender cómo era, cómo soy, y lograr que ella pudiese volver a sonreír de verdad, al igual que hizo Natasha conmigo.

A partir de aquella noche nos vimos con regularidad, prácticamente todos los días. Onofrio me ofreció alojamiento, pues mis idas y venidas eran más discretas desde su casa. Giulia me mostró todos los rincones de la ciudad. Un día me llevó cerca del coliseo. No podía evitar sentir una gran pena al ver aquel majestuoso edificio en ruinas, convertido ahora en refugio de pastores, cementerio, cuadra a cielo abierto y testigo durante la noche de tráficos ilícitos y ajustes de cuentas. Sin embargo, Giulia no me enseñó el interior del anfiteatro, sino que nos dirigimos a una colina cercana. Nos estaban esperando unos hombres con cara de campesinos, que sujetaban unas largas sogas. Estaban al lado de un agujero que parecía un pozo, sobre el que se levantaba una estructura de madera del que colgaba una polea unida a un gancho. Al acercarnos introdujeron las cuerdas en la polea, y las enrollaron alrededor de mi cintura. Me dieron una antorcha embebida de brea, la encendieron y me bajaron por el agujero. Toqué tierra al poco tiempo; no veía nada, deslumbrado por la antorcha. Notaba solo la humedad y el olor a tierra mojada y guano de aves. Giulia asomó por el agujero y me dijo que anclase el hachón en el suelo y me desatase, pues ella iba a bajar acto seguido. Apenas subió la cuerda me dediqué a observar qué había a mi alrededor. No me encontraba en una gruta natural, sino bajo la bóveda de un antiguo edificio. Las paredes, que una vez fueron blancas, estaban decoradas con pinturas al fresco: guirnaldas, flores y animales exóticos que se entrelazaban formando marcos, cuadrados, rectángulos. Había visto pinturas parecidas en los palacios y estancias del Vaticano. Giulia, mi guía y cicerón, me dijo que eran copias de decoraciones de época romana, descubiertos por casualidad en los primeros años del Renacimiento, y copiados desde entonces por los pintores al servicio del papa.

Entonces ¿estas son las pinturas originales?— le pregunté a Giulia tras ayudarla a desatar la cuerda que la unía al exterior.

Sí. Este era el palacio del emperador Nerón, la “Domus Aurea”.

La casa de oro… Parece increíble que la ciudad pueda esconder tanta belleza. Creo que una vida entera no bastaría para ver todos los tesoros que esconde.

Puedes volver a Roma en tu luna de miel, con tu joven y encantadora esposa.

Natasha se aburriría aquí, no le gusta el arte.

¿Cómo lo sabes? Ponla a la prueba, estoy convencida de que te sorprenderá.

Giulia era una mujer extraordinariamente culta. Cuando falleció su marido intentó mitigar el dolor leyendo todo lo que podía; al estar dotada de una singular memoria, y tras años de estudios, terminó convirtiéndose en una experta de arte. Sabía todo sobre mi compromiso, aunque no entré en detalles sobre la muerte de Lise, ni le hablé nunca de mi hijo Nicolai; no quería hacerle recordar el que perdió.

¿Por qué la menosprecias, Andrei?

Su pregunta me sorprendió, y me irritó. No dije nada, y fingí estudiar con atención las plumas de un ave pintada en la pared frente a mí

Es joven, y está enamorada. Con el tiempo la podrás moldear según tu gusto, como Pigmalión esculpió la escultura de la que se enamoró.

Entonces sentí algo parecido a la rebeldía, impulsado por el ambiente irreal y mágico formado gracias a la luz de las antorchas, observado por esas extrañas figuras pintadas hace más de mil años. No quería pensar en Natasha, quería solo descubrir el misterio de la mujer que estaba a mi lado. Hablé sin pensar antes qué era o no apropiado.

Quizás no me apetezca forjar nada y prefiera algo ya formado, perfecto tal y como es— me acerqué a ella, y le ceñí el talle. Ella no apartó la mirada, y sonrió. Ahí estaba, finalmente, una sonrisa sin rastro alguno de tristeza o amargo cinismo.

No, Andrei. Tú volverás con Natasha. Tu sentido del honor, el amor que sientes por ella volverán a aflorar, te arrepentirías de haberla dejado, y me acabarías odiando. No podría soportar tu odio. Volverás a ella; pero no hoy, ni mañana.

Se acercó más, y la besé. No me separé de ella hasta que, hace un par de meses, de la misma manera que sin pensarlo escribí anunciando que me quedaba, lo hice para comunicarle a mi familia y a los Rostov que iba a volver en breve tiempo. Giulia tenía razón; aunque de vez en cuando me imaginaba viviendo con ella para siempre, la culpa por el dolor que le habría causado a Natasha hacía de tal paraíso algo difícilmente soportable. Además, sería un acto vil contra quien hizo de mí un hombre nuevo. Me sorprendía recordando a menudo las semanas de discreto noviazgo antes de mi partida; los paseos, las cenas con su familia. Aquella manera suya de contar anécdotas pueriles que se convertían en situaciones casi mágicas al describir quienes participaban en ellas. Natasha que ponía su alma en la mano, y me la concedía sin trabas… No, yo no podría hacerlo nunca. Giulia lo entendió antes que yo mismo; la misma mañana en la que escribí anunciando mi vuelta, fui a buscarla a su villa para dar un paseo, durante el cual le diría que regresaba. Al llegar a su casa un lacayo me dijo que la señora marquesa había partido al alba para visitar unos parientes en el sur de Italia, y que no sabía cuando regresaría. Había dejado una nota para mí. La abrí en mi habitación en el palacio de Onofrio del Grillo. Eran solo dos líneas escritas con su caligrafía elegante.

Adiós Andrei, es hora de que regreses.

No te olvidaré nunca. Tuya,

Giulia

Lamento no ser tan bueno con las palabras como tú, Pierre, pues releo lo que he escrito y veo que no le he hecho justicia a Giulia. Durante nuestros paseos por la campiña romana pasábamos largo rato en silencio. Una vez merendamos cerca de los restos de un acueducto romano. Ella sostenía un parasol blanco, y su perfil se delineaba con las colinas albanas de fondo. Entonces entendí su misterio. Ella era el último eslabón de una cadena de mujeres custodias de secretos, una pitonisa, una sibila. En su mirada clara y franca, libre por fin del peso de los fantasmas de su pasado, se resumía la mirada de todas las mujeres que fueron y serán: el misterio, la vida. Nosotros los hombres somos tan predecibles; eternos niños que desean siempre algo que no tendrán, o que no son capaces de apreciar lo que tienen a su lado.

Aquella mañana no salí en su búsqueda, a pesar de que con un buen caballo en poco tiempo la habría alcanzado en la Via Appia. No lo hice, pues sé que hubiese sido como menospreciar su sacrificio.

Por eso, querido Pierre, la debilidad de Natasha me ha herido por ser Kuragin el objeto de sus atenciones. Creo que hubiese reaccionado de manera diferente si el elegido hubieses sido tú. Amigo, no te sonrojes, o intentes negar la evidencia: tú la amas, mejor que yo. Pero hubieses sido capaz de cualquier cosa con tal de no traicionarme. Quién sabe lo que puede suceder en el futuro, y si por los giros y vueltas de la vida, una vez se aleje de Rusia para siempre esa anécdota de muerte que es Napoleón Bonaparte, acabarás uniéndote con Natasha. Debes saber que allí donde esté me alegraré por vosotros.

No, creo que no te mandaré esta carta. Dejemos que el tiempo dicte sentencia. A mí no me queda más, antes de encontrarme con la bayoneta, la bala o la granada que acabará conmigo, que encontrar a Anatole Kuragin y borrar con un tajo de mi sable esa sonrisa estúpida de su rostro.

Andrei.

El príncipe Andrei Bolkonski fue herido por una granada en la batalla de Borodino. En el hospital de campo, mientras se le escapaba la vida por las tripas, se giró para ver quién era el oficial que gritaba en el camastro contiguo mientras le estaban amputando una pierna: era Anatole Kuragin. No había logrado dar con él hasta ese momento, a pesar de haberlo seguido de campamento en campamento. Por un azar del destino se volvió a encontrar con Natasha, pues formaba parte de la misma caravana de refugiados y soldados heridos que abandonaban Moscú ante la inminente invasión del ejército napoleónico. Ella estuvo a su lado durante su larga agonía. Pierre Bezukhov sobrevivió a la prisión por parte del ejército francés. Una vez terminada la guerra, se casó con Natasha Rostov.

Ella

Hacía mucho tiempo que ella dedicaba a su imagen en el espejo solo una mirada distraída. Consciente, aunque sin pensarlo demasiado, de que los años iban pasando inexorables. Ella no dedicaba al tiempo más que un pensamiento distraído, un “lo pensaré mañana”, como diría su heroína de su primera juventud, esa Escarlata O’Hara de la que aprendió a memoria las frases en “Lo que el viento se llevó”. Quizás fue por algún eco inconsciente de esa época el motivo por el que, cuando asomó a ese mundo paralelo hecho de palabras en una pantalla, se dio el nick de Vivien Leigh; poco quedaba ahora de Escarlata, si llegó a existir, y ahora era estaba más cercana a la Blanche du Bois de “Un tranvía llamado deseo”, pero sin alcohol de por medio.

Una mañana se miró al espejo de verdad, y vio con pesar los signos del tiempo que pasaba: la piel había perdido luminosidad, en sus cejas asomaban cabellos blancos; las ojeras se las había ganado a duro pulso, tras años de levantarse a las cinco de la mañana para evitar quedar atascada en el tráfico hacia la ciudad, hermosa y cruel, en la que trabajaba desde hacía lustros. A pesar de que su rostro estaba salpicado de manchas y pecas, si en algo el tiempo había sido clemente con ella, era con las arrugas. Tenía pocas, para estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, quizás porque los párpados estaban demasiado hinchados por la falta de sueño. Ese día que se miró de verdad en el espejo, reflexionó sobre la belleza que tuvo y de la que nunca fue consciente. Recordó antiguas fotos, y no entendía por qué a pesar de haber sido una mujer hermosa, nunca disfrutó de las supuestas ventajas que tal regalo de la naturaleza conllevaba. Sonrió al recordar algo que sucedió durante aquel año de maravillosa y subvencionada libertad como estudiante Erasmus en Roma. Caminaba con una amiga por Via del Corso y esta le dijo que su prima irlandesa, con la que habían salido unos días antes, dijo que estaba segura de que ella tendría “a man wherever she goes”. Sin embargo, nunca tuvo la agenda llena, a pesar de que en su juventud no fue precisamente virtuosa como una novicia. Cuando se sentía generosa consigo misma, pensaba que quizás tal cosa sucedía porque infundía en algunos hombres una especie de temor, como si fuera Fermina Daza y todos ellos Juvenal Urbino; recordó lo que le dijo el primer novio oficial, que un cierto compañero de clase estaba en realidad loco por ella y que por eso lo había aseteado con miradas llenas de odio cuando tuvo la ocurrencia de llevarlo a una cena organizada por el heavy de la clase. O aquel otro novio fugaz de un semestre en la universidad, ese de nombre de héroe troyano y alma demasiado sensible, que le confesó que los primeros días que la vio en clase la consideraba como un ser inalcanzable.

Todas estas cosas pasaron por su mente cuando, de frente al espejo, emprendía la enésima batalla contra el vello superficial que resultaría en una victoria de Pirro, y pensaba además en el efecto de unas palabras que, a pesar de venir de lejos, las sentía dentro.

Nevio

No podía faltar “una de romanos” en la serie de relatos de “La isla coronada”. La foto es de agosto del 2014, en los restos del campamento romano de Housesteads. Esta línea de piedra pertenecía al muro de Adriano.

 

La madera de las escaleras crujió bajo sus botas. Llegó hasta la cima de la torreta; el soldado de guardia lo afrontó e, instintivamente, se movió hacia él, pero se relajó al reconocer al pretoriano. Aunque ni él ni ninguno de sus camaradas habían visto uno antes, sabían perfectamente qué aspecto tenía un guardia personal del emperador. Y además éste, que había llegado hace unos días al fuerte, tenía que ser alguien importante, ya que gozaba de acceso ilimitado a cualquier estancia del campamento, incluído el principia en el que se conservaban los estandartes y el dinero.

“¡Señor!” – dijo el soldado, cuadrándose. “Soldado” – replicó el pretoriano al pasar junto al guardia, reconociendo su mirada aunque la noche fuese cerrada y la única fuente de luz unas antorchas dentro del fuerte, varios metros por debajo de ellos. La mayor parte de los soldados auxiliares con los que se había encontrado durante su visita a las guarniciones del norte de Britania envidiaban su posición; otros lo despreciaban, ya que estaban convencidos de que los pretorianos eran un hatajo de privilegiados, vagos y avariciosos, dispuestos a venderse al mejor postor apenas un general ambicioso quisiese comprarse el trono. Pero de vez en cuando, Nevio Varo, el pretoriano, se encontraba con una mirada en la que lucía una chispa especial, la misma que tenía él hace casi dieciocho años, una mirada que quería decir “un día seré uno de vosotros”.

Nevio dirigió su mirada al Norte, inspirando el aire helado mientras se arropaba mejor con su capa azul oscuro. Parecía que la primavera ignorase aquella tierra, aunque estuviesen ya a mitad del mes de abril. Probablemente en Roma los frutales habían florecido; seguro que lo habían hecho ya en el pequeño trozo de tierra que poseía en Hispania. Lo había comprado con el premio que Adriano había otorgado a los pretorianos al subir al trono; se trataba de una tradición, ya que habían pasado muchos años desde la última vez que el cuerpo se vio directamente involucrado en la proclamación de un nuevo emperador. Ésta sería su última misión en nombre de Adriano y de Roma, después se retiraría a su tranquila villa a orillas del Mediterráneo, bañada durante todo el año por la luz del sol. Quizás fuese solo, o no. Sinceramente, nunca le habían importado demasiado las mujeres. Quizás lo hiciese con la graciosa bailarina de Gades[1] con la que dormía cuando estaba en Roma. A pesar de todas sus dudas tenía muy claro qué tipo de mujer no se llevaría nunca, una como la esposa del comandante del fuerte, aburrida y estúpida como una oca. Durante las tres últimas cenas había devorado insaciablemente los últimos cotilleos de la ciudad, preguntado una serie infinita de dudas sobre cual sería la moda entre las damas sofisticadas y tenía una curiosidad ilimitada sobre cómo se peinaba la emperatriz. Debido a que su conocimiento de la materia era escaso, ya que en Roma había frecuentado muchas más mujeres en la Subura que en el Palatino, dibujó un retrato de supuesta elegancia femenina que habría escandalizado a Vibia Sabina, la mujer de Adriano. Aunque la joven Valeria era muy bella, no era desde luego el tipo de mujer que tenía en la mente cual hipotética compañera en su buen retiro. Sonrió al recordar a la chica de pelo rojo que había conocido aquella tarde al volver al fuerte con sus hombres.

Una carreta cargada de toneles se había atascado en el barro, bloqueando la estrecha calle que conducía desde el poblado hasta la puerta sur. Un hombre anciano y gordo estaba sentado en el pescante, azotando un par de enormes bueyes blancos que permanecían inmóviles e indiferentes al chasquido del látigo o a los esfuerzos de una mujer joven que mientras tanto tiraba de ellos. “¿Va para rato?” – preguntó Nevio. “Depende de lo que quieras beber en la cena. Si te quedas ahí pasmado sin ayudarnos beberás agua, pero si quieres vino es mejor que vengas y me eches una mano” – replicó la mujer, que jadeaba por el esfuerzo si molestarse siquiera en levantar la cabeza y saber quien estaba tan ansioso de entrar en el fuerte. El hombre del carro se giró y su rostro palideció al ver al pretoriano. “¡Perdone a mi hija señor!” – dijo el hombre, balbuceando mientras Nevio bajaba de su caballo y se acercaba. Mientras tanto, el centurión al mando de la puerta vio horrorizado cómo el enviado del emperador estaba a punto de empujar un carro atascado en el barro, por lo que llamó a algunos hombres y en pocos instantes las ruedas se liberaron, los bueyes emprendieron su marcha y todos pudieron entrar en el fuerte. “Espero que el vino sea bueno, muchaha” – le dijo a la chica cuando el carro giró a la izquierda para entrar en el almacén de la guarnición. Ella se dio la vuelta y se sonrojó avergonzada al darse cuenta de que el hombre alto con el uniforme azul y el casco adornado con una vistosa cresta roja que caminaba al lado de su caballo blanco, no era uno de los soldados del fuerte.

Nevio se despertó de su ensueño. Estaba de pie en una esquina de la torreta norte, pensando en lo que le tendría que hacer el día siguiente y en lo que había dejado atrás. A pesar de lo que pudiesen pensar los auxiliares, su vida como pretoriano no había sido fácil. Se unió al cuerpo el año precedente a la campaña definitiva contra los dacios, entró con el emperador en la capital conquistada, Sarmizegetusa. Le sirvió con lealtad durante trece años, había peleado en bosques frondosos, en la arena hirviente, bajo la lluvia helada y el sol abrasador, para acabar dándose cuenta de que los enemigos más peligrosos se escondían entre las blancas columnas del foro. Estaba con Trajano cuando murió en Cilicia[2] y fue leído su testamento, en el que adoptaba a Adriano como hijo y heredero. Habían pasado cinco años desde aquel día, y ahora tenía que llevar a cabo esta misión, la última. Adriano quería construir un muro en Britania, que la dividiese de este a oeste, y estaba recogiendo la información necesaria para que tal proyecto pudiese llevarse a cabo. Había que preocuparse de multitud de detalles: el muro lo construirían tres legiones. Casi veinte mil hombres a los que había que dar un alojamiento, alimentar y proveer de material. Había que establecer además contactos con las tribus locales para asegurar la seguridad del emperador, y proponer un trazado definitivo para el muro.

Todo estaba tranquilo, los únicos sonidos que llegaban a sus oidos eran el murmullo del agua que corría en un pequeño valle al este y el castañear de los dientes del soldado que estaba de pie en la esquina opuesta. Suspiró aliviado; él también se estaba helando, provenía de la templada Valentia, en Hispania, mientras que todos los habitantes del fuerte eran originarios de Batavia[3], una tierra situada justo al otro lado del estrecho canal de agua que dividía Britania del continente. También hizo mucho frío esa mañana, cuando cabalgó con sus hombres hacia el norte para explorar el territorio. El sol se estaba alzando sobre la niebla, en un amplio valle, y no lograba distinguir la cima de la colina por la que estaban subiendo. Azuzó a su caballo, que casi resbaló debido al terreno helado; cuando finalmente logró llegar a la cima perdió el aliento. Una cadena de altas colinas, extendiéndose de este a oeste, se asomaba sobre un horizonte infinito de niebla. Las montañas parecían proas de galeras rompiendo un mar blanquecino. A medida que la luz del sol cobraba fuerza, iba deshilachando la niebla, revelando una vasta llanura de hierba helada y, algunas millas más allá, la espesa linea verde oscura de un bosque infinito.

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Emitió una sonora carcajada, mientras nubes blancas salían de su boca. “Aquí. El muro pasará por aquí” – dijo mientras movía los brazos abrazando las sinuosas colinas. “Pero sería más fácil construirlo allí abajo” – replicaba uno de los hombres de su compañía señalando el valle a sur por el que habían venido. Nevio replicó: “el emperador quiere algo más que un simple muro. Claudio” – dijo el pretoriano, mirando con entusiasmo a los ojos de su compañero, hablando en voz alta y rotunda – “imagina el efecto que hará a esos bárbaros cubiertos por pieles de oveja y la piel pintada de azul, que viven en chozas fabricadas con estiercol de vaca y paja. El mensaje que queremos que entiendan es sencillo: ‘aquí estamos, venid si os atrevéis’”.

Sí, había mucho trabajo por hacer antes del verano, cuando viniera el emperador. Debería irse a la cama, e intentar dormir. Entró en su habitación, en la residencia del comandante. Tenía un pequeño recibidor con unas baldas de madera en las que apoyar el casco y las armas; al lado de la cama había un brasero encendido. Cerró la puerta y oyó un sonido casi imperceptible, una respiración. Su mano aferró la empuñadura de su espada, pero al oir un ligero tintineo y advertir una sutil fragrancia a bergamoto la soltó, sonriendo mientras se despojaba de las armas y la capa. “¿Qué estás haciendo aquí Valeria?” – dijo, girándose hacia la cama. Vio a la mujer tumbada, desnuda, cubierta sólo por una piel de oso, con sus grandes ojos verdes que recorrían su cuerpo de la cabeza a los pies, con una sonrisa lasciva dibujada en el rostro. Sí, quizás no fuese la mujer más inteligente que hubiese conocido nunca, pero estaba ahí, tentadora. Un regalo de Venus, la diosa del amor, en carne y hueso. Aunque no era un hombre demasiado religioso, pensó que rechazar tal regalo podría considerarse incluso un sacrilegio. Sin lugar a dudas, rechazarla hubiese sido un gesto muy grosero, se dijo a sí mismo mientras se acercaba sonriendo a la cama.

[1] Cádiz

[2] Una zona de la actual Turquía

[3] Una zona entre el viejo curso del Rin y el río Waal, en la actual Nijmegen (Holanda)

Morir no es lo que más duele – Inés Plana

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El cómo se llega a un libro puede ser, a veces, un proceso extraño. Yo llegué a “Morir no es lo que más duele”, de Inés Plana, tras la pista de varios “por qué”:

  • me gustó el título desde que vi los tweets de promoción de la editorial Espasa
  • me gustó mucho la cubierta (aunque la faja externa viajó en seguida a la basura, porque no las soporto)
  • me sentía “en culpa”, en cuanto mujer que durante sus sueños más locos y extravagantes se ve a si misma cobrando algún céntimo de derechos de autor (no digo ya dedicándome exclusivamente a la tecla porque ya no se trataría de sueño, sino de alucinación) por no haber comprado un libro de ficción en castellano escrito por una mujer desde “El tiempo entre costuras” hace… demasiados años.

Así pues, incluí el título en uno de mis pedidos de libros en castellano y esperó paciente su turno en casa. No había leído reseñas, lo hago exclusivamente una vez termino los libros, pues quiero llegar lo más “virgen” posible a la lectura. En una novela como esta, saber poco o nada sobre su trama, paga. Y mucho. Por el mismo motivo, intentar escribir una reseña sobre este libro sin dejarme llevar por la emoción va a ser difícil. Porque de eso se trata, de emoción, de goce en la lectura, de dejarse llevar a otro mundo, convivir con unos personajes creados por una autora y disfrutar de una transfusión de sensaciones. Cuando un libro es tan bueno como éste, tan bien escrito, pensado, lo primero que siento es agradecimiento. No es posible computar en los menos de 20 euros que cuesta esta edición el regalo que significa el que su autora haya dedicado su intelecto, talento y esfuerzo durante años para que yo me pudiese sentir tan rematadamente bien durante algunas horas.

Los protagonistas de este thriller son imperfectamente humanos, empezando por Sara, siguiendo por el teniente de la guardia civil Julián Tresser, descrito de una manera como solo puede hacerlo una mujer para que a nosotras nos resulte irresistible. Es más, ahora caigo en que Tresser tiene los silencios de Mr. Darcy, personaje de mi olimpo particular de protagonistas masculinos en los que últimamente están llegando personajes españoles… Sí, para mi el cielo sería algo así como una velada eterna en Netherfield Hall con Mr. Darcy, Edmond Dantés y Andrei Bolkonsky en la que ahora Aníbal Rosanegra y Julián Tresser intentan colarse por una ventana.

“Morir no es lo que más duele” es un thriller perfectamente construido, que va más allá de la clásica novela negra. Una historia sobre cómo resulta imposible esconder el pasado como si fuese suciedad debajo de una alfombra: el mal existe, es absoluto, negro y podrido como el alma del villano. El protagonista masculino, Julián Tresser, es orgullosamente poco políticamente correcto, homófobo y si en el 2007 Twitter no acabase de nacer, Julián Tresser tuiteando habría acabado intercambiando puyas con barbijaputa. Aunque dudo mucho que Julián habría tuiteado nunca. Pero son las debilidades de Julián las que lo hacen irresistible, como la fuerza en la fragilidad de Sara Azcárraga.

Pues he llegado al final del post y, ahora que caigo, esto no es una reseña. Mucho mejor. Leed el libro, y basta.

Split. Postal de un lugar lejano

Este relato, que forma también parte de la serie “Isla Coronada” lo escribí tras escuchar la pieza de Ezio Bosso titulada Split postcards from far away

Estaba empezando a llover. Podía oír el repiquetear de las gotas de lluvia sobre el techo metálico del cobertizo de las herramientas en el jardín. Acarició las teclas del piano que la tía Draginja, un ser que en su familia hasta hace pocos meses no era más que una especie de figura mitológica cuyo nombre se pronunciaba en voz baja, con respeto —sobre todo por los millones de su difunto marido—y temor casi reverencial, había puesto a disposición de su hasta entonces ignorado sobrino. La tía Draginja cedió sin pestañear, no solo el piano, sino también la cómoda casa amueblada en tres niveles, demasiado grande para él, en un barrio residencial del norte de Londres. “Es una inversión. Él es el único de todos vosotros con talento, pues el Señor concentró todo el que tenía a disposición para tres generaciones de familia Bogdan en él. Por lo que dentro de pocos años podrá pagármela, si quiere” —repetía esa especie de Medusa cuando le preguntaban el motivo de tanta generosidad.

A pesar de tener solucionado el espinoso tema del alojamiento, y de que la beca que se le había concedido para sus estudios de postgrado en la Royal Academy of Music incluía, además de las clases, un reembolso económico, podía llegar a fin de mes en una de las ciudades más caras del mundo gracias a las estúpidas canciones que componía para anuncios en la radio o en la televisión, pues el alquilar la otra habitación estaba fuera de toda discusión. Había sido un día largo, entre las pruebas, el estudio y el trabajo. Había decidido continuar la mañana siguiente, y se levantó para irse a dormir. Sin embargo, sin saber por qué, llevado por el sonido metálico de las gotas de lluvia sobre el cobertizo, acarició las teclas, y tocó cuatro notas, seguidas por una pequeña variación de cinco.

— “Marja”

Tampoco supo por qué dijo el nombre que llevaba meses sin pronunciar. Se sentó y sus dedos empezaron a recorrer el teclado. Encendió la grabadora de su móvil y sacó una cartulina que llevaba siempre consigo, cuidadosamente enfilada en un bolsillo de la carpeta de piel en la que guardaba sus partituras, escondida, jamás a la vista, pero siempre presente. La colocó sobre el atril. Se trataba de una postal de Split: una vista nocturna del palacio de Diocleciano. De esta manera, llevado por los recuerdos, empezó a tocar. Un grupo de jóvenes del barrio, algo alterados tras haber salido del pub, cantaban bajo la lluvia de Londres; de la misma manera que lo hicieron otros jóvenes, meses atrás, bajo la lluvia croata. Marja sonrió entonces, al verlos pasar, y empezó a entonar la misma canción, con su voz aterciopelada de soprano. Marja y sus cabellos rubios iluminados por la luz del sol, mientras estaban tumbados en la playa. Marja y su sonrisa, su cuerpo esbelto que acarició aquel verano en Split, como acariciaba en esos momentos el teclado.

La melodía crecía en intensidad, y todos los recuerdos que se había esforzado en alejar de su mente, volvieron. No bastaba borrar sus fotos, cambiar de país, alejarse de los lugares en los que habían sido felices, no era tan sencillo. Mientras tocaba, no sólo volvían las imágenes de Marja, sino todo lo que sintió por ella, mientras la tuvo, y cuando la perdió. De repente. De un día para otro. Acababan de volver de Split, del viaje que se habían concedido para celebrar la graduación de ambos en el conservatorio de Zagreb. Ella se fue a dormir y no se despertó. Le llamó su compañera de piso, llorando, desesperada. Se habían llevado su cuerpo al tanatorio. Él colgó el teléfono y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la pared.

Mientras seguía tocando, componiendo por primera vez en su vida sin pararse a pensar cuál iba a ser la siguiente nota, notaba la rabia crecer en su pecho, por la jugarreta que les había hecho el destino. Ella desapareció de repente, se esfumó. No tuvieron tiempo tan siquiera de tener la primera discusión seria. Él no pudo nunca luchar por ella como en las novelas que de chico leía a escondidas, cuando su madre le apagaba la luz de la habitación, y sacaba de debajo de la almohada un libro y una pequeña antorcha para seguir leyendo. Él y Marja no habrían podido ser nunca como Heyst y Lena en aquella novela de Conrad; si un destino trágico los esperaba, hubiese sido mejor poder tener un Ricardo contra el que luchar por salvarla, aunque hubiese tenido que pagar el mismo precio de Heyst, derrotado, acabando con su propia vida, y pasar así el resto de la eternidad “buscando su mirada entre las sombras de la muerte”. De todos los posibles finales trágicos a su historia, ninguno era tan cínico y cruel como una muerte inesperada y absurda. Cualquier cosa habría sido mejor que eso, pero les tocó ese breve espacio de tiempo en el 2015. No faltaban, en la atribulada historia de su país natal, otros tiempos, u otras circunstancias, en los cuales tal pérdida hubiese podido ser fruto de algo mucho menos banal que una pequeña vena que estalla dentro de la cabeza de Marja o su corazón que se detiene de repente por una malformación imposible de detectar. Los podrían haber separado ejércitos invasores, el odio religioso, botas opresoras desfilando por las calles al paso de oca. En tal caso, no hubiese habido tortura capaz de hacerlo renunciar a su amor. Por ella habría atravesado campos minados, superado cualquier obstáculo, ignorado las circunstancias adversas, y derrotando él solo, con sus manos, a todo un ejército, con la bendita inocencia y el coraje que puede albergar un joven enamorado. No contó con que su enemigo era un gen minúsculo en las células de Marja, capaz de transformar un cuerpo perfecto y hermoso en algo tan frágil, capaz de romperse durante la noche. Quién sabe si estaba soñando con él cuando murió.

Sudando sobre el piano, mientras los borrachos cantaban ya frente a la puerta de su casa, y sus voces se mezclaban en sus recuerdos con las de otros ebrios bajo la lluvia en Split, sentía envidia, e incluso odio, al recordar algunas conversaciones oídas por casualidad en el metro, o en los pasillos de la academia. Maridos y novios quejándose de las pequeñas manías de sus esposas y novias, que hacían de la convivencia una dura prueba cotidiana, superada con increíble paciencia y gracias a su innata bondad de ánimo. Él no tuvo tiempo de saber si Marja era desordenada, no cerraba las ventanas o se olvidaba de tirar en seguida a la basura las compresas usadas. En esos momentos deseaba haber cogido al novio de turno por el cuello de la camisa y gritarle a la cara, decirle que no se daba cuenta de lo afortunado que era, que él habría dado su brazo derecho por tal inconveniente. Pero por aquel entonces era insensible. Era capaz de ignorar con honesta indiferencia a las parejas que paseaban por la calle cogidos de la mano, o se besaban en un parque. Sin embargo, el piano y aquellas notas que brotaban de sus dedos lo habían despertado del letargo emocional en el que llevaba viviendo desde que ella se fue.

Poco a poco, la melodía disminuyó de intensidad. Al tocar las teclas regresó a él otra imagen que lo calmó, la primera vez que la vio, en el conservatorio, mientras repasaba con su maestro el aria que formaría parte de su examen final: la primera de Mimí en “La Bohème”… “Me llaman Mimí, pero mi nombre es Lucía”. Él se quedó inmóvil, viéndola, escuchándola, durante toda el aria, incapaz de apartar los ojos de ella. Marja se dio cuenta de su presencia, y cantó los últimos versos mirándolo, y sonriendo. “No sabría qué más contarle sobre mí. Soy sólo su vecina, que la molesta a estas horas”. Se volvieron inseparables desde aquel día, y algunos compañeros les llamaron desde entonces, no sin una pizca de celos — hay veces que la felicidad ajena trae consigo algo de envidia — Rodolfo y Mimí.

Tocó la última nota, apagó la grabadora del móvil, cerró la tapa del teclado, y, con la postal en la mano, se sentó en el suelo, apoyándose en la pared. En esos momentos dos gruesas lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas, y, finalmente, meses después de su muerte, a miles de kilómetros de distancia, en un lugar lejano, lloró por Marja. A las lágrimas siguieron los sollozos, y una especie de lamento, bajo y continuo. Se dejó llevar, llorando como no lo había hecho nunca en toda su vida, hundiendo la cabeza entre los brazos, arrugando la postal con una mano.

Pasaron varios minutos. No se oía más que el repiquetear, ahora más sosegado, de la lluvia. Seguía sin levantar la cabeza, su respiración se había calmado. De repente creyó oír una voz, pero la ignoró. No estaba seguro de si la había oído, o era todo fruto de su imaginación.

“¿Estás mejor?” — levantó la cabeza. Era demasiado real como para ser una alucinación.
“¿Cómo?”
— “Perdona, quería sólo saber si ahora te encuentras mejor. Has pasado un mal rato”

La voz parecía provenir del suelo. Se percató de que cerca de él, en la pared, había una rejilla de aireación, a la cual nunca había dado demasiada importancia.

“¿Quién eres?”
— “Soy tu vecina. No quería importunar. Normalmente me siento en la escalera, en el recibidor, bebiendo una taza de té, y te escucho cuando tocas. Me llamo María”
— “Goran. Yo me llamo Goran”
— “Nunca había oído ese nombre”
— “Soy croata”

Goran notó que su corazón latía con más fuerza. Siguió hablando.

“No te había visto nunca, pero sabía que alguien vivía en la casa de al lado”
— “Yo tampoco te he visto, pero te he oído”
— “¿Te molesta el piano?”
— “No, no, para nada. No habías tocado nunca como esta noche”

No supo qué decir.

“¿Te ha gustado?”
— “Mucho. Era pura magia”

Cerró los ojos. Repitió esas palabras en voz baja, “pura magia”. Eran las mismas que, en otra lengua, otra mujer llamada Marja usaba para comentar sus piezas favoritas. ¿Otra mujer? Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Eran ya tres las coincidencias: su nombre, lo que dijo cuando le preguntó quién era —una respuesta digna de Mimí — , y esas dos palabras pura magia. ¿Podía ser posible? ¿Se estaba volviendo loco? Goran nunca vio a Marja muerta. No acudió al velatorio, ni a la cámara ardiente. Asistió de lejos a su entierro, espiando su funeral, como si fuese el protagonista de un cuento gótico. ¿Iba a tener que vivir al lado de un fantasma? Aunque se tratase de tres simples casualidades, si no hacía nada la voz al otro lado de la pared acabaría siendo de verdad un espíritu que lo atormentaría.

“María, perdona mi atrevimiento. Si quieres, podemos seguir hablando aquí, bebiendo un té o lo que quieras… Bueno, agua o té, no tengo nada más”

Pasaron algunos instantes, durante los cuales no se oía nada más que la lluvia y algún coche que pasaba de vez en cuando por la calle. Goran miraba la rejilla a través de la cual le había llegado la voz de María, como si esperase a que se animase y cobrase vida.

— “De acuerdo”

Él se levantó, como impulsado por un resorte. Se acercó al recibidor, encendió la luz y se miró con preocupación al espejo. El hombre cuyo reflejo le observaba desde el otro lado del cristal aparentaba diez años más de los que tenía en realidad. Las mejillas oscurecidas por la incipiente barba necesitaban un afeitado. Vestía unos vaqueros y un jersey negro, que ceñían un cuerpo alto y musculoso, más propio de un atleta que de un músico. Tenía el ceño fruncido, los ojos oscuros; el pelo negro, aunque bien cortado, estaba despeinado. Con el aspecto que tenía aquella noche, y con su marcado acento eslavo al hablar, no habría podido dar más de diez pasos por Kensington Gardens sin que un bobby apareciese por una esquina pidiéndole sus papeles. Sonó el timbre de la puerta, una sombra se adivinaba al otro lado de la cristalera. Abrió, y durante unos instantes, no supo si se sintió aliviado o defraudado. Sin lugar a dudas la mujer que tenía delante de él no era el fantasma de Marja, no podían ser más diferentes. Ésta era casi tan alta como él, morena, de ojos oscuros, aunque tenían la misma sonrisa: sincera, solar, contagiosa.

“Aquí estoy. Soy María” — le dijo, tendiéndole la mano. Él se extrañó del hecho de que, a pesar de que estaban cara a cara, ella no le miraba a los ojos, sino a un punto indefinido, ligeramente desviado sobre uno de sus hombros. Fue entonces cuando se percató del bastón que ella llevaba en una mano, y no pudo evitar sorprenderse. –”Creo que te has dado cuenta de que te he dicho la verdad respecto al no haberte visto nunca. Tendrás que guiarme hasta el salón, o la cocina”
“Sí, por supuesto, perdona” – contestó Goran, cogiéndola del brazo, acompañándola dentro de la casa.

Esa primera noche hablaron durante un par de horas, de todo un poco, de dónde venían, qué hacían en Londres. Sin embargo, María no le dijo que tenía la mala costumbre de cerrar mal el grifo de la cocina, pero sólo ese, nunca los del baño, y no siempre. Y que había veces que tenía que despertarse de madrugada para cerrarlo bien, pues en el silencio de la noche, el ruido de las gotas de agua al caer sobre el fregadero, podía resultar más molesto que una caravana de camiones desfilando bajo la ventana.

Goran no se lo reprochó nunca.

El guante

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Vuelvo a publicar en el blog una serie de relatos en castellano que había escrito estos últimos años. Hace unos meses, convencida de que el mundo literario estaba esperandome ansioso y con los brazos abiertos, borré todos los relatos, los agrupé en una colección que llamé “La isla coronada” (un gallifante para quien adivine la cita y el por qué la elegí), y los mandé a una archifamosa editorial.

Pasados los meses, visto que mi aventura en eso de la autoedición ha pasado tan desapercibida como mi correo a la editorial y que, sinceramente, si pienso en ello me deprimo, he decidido “dejar las cosas como estaban”. Los relatos de “La isla coronada” volverán al blog, así podré dar espacio a quienes (a vosotros, un sincero y afectuoso “vaffanculo”) van dejando sin ton ni son “follows” y “me gusta” como medida de autopromoción, pues ellos lo valen,  en cualquier post o blog con la etiqueta “escrito”.

EL GUANTE

Al principio no me fijé en ella. Parecía un ratoncillo asustado, escondida detrás de unas grandes gafas, pasadas de moda. Como las que veía cuando paseaban por aquí muchachas de pelo largo y lacio, vestidas con minifalda. Lo que hizo que me fijase en ella fue su actitud. Normalmente la gente pasa de largo; no me dedican más que una mirada distraída, pues tienen algo más interesante que ver. Yo, por mi parte, no cruzo la mirada con ellos, como si tampoco les diese importancia, en una muda competición de “quién ignora mejor a quién”. Tras años de práctica he desarrollado una excelente visión periférica; aunque parezca distraído, absorbido por mis pensamientos, no me hace falta mirar directamente a quien pasa por aquí para percatarme hasta del más mínimo detalle de su aspecto. No sé precisar con exactitud cuánto tiempo estuvo viniendo hasta que empecé a pensar, llevado por la vanidad, que ella venía a esta sala exclusivamente por mí.

Durante sus primeras visitas no se acercaba demasiado. Me miraba de lejos, cruzando los brazos sobre el pecho, o protegiéndose con una carpeta, o un bolso, a la defensiva. Como si fuese a escapar de un momento a otro y tuviese que usar lo que llevaba entre los brazos como arma de defensa. Su actitud fue cambiando, poco a poco. Hasta que, un día, se atrevió a sentarse frente a mí. A una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para distinguir su mirada, libre de las gafas; quién sabe qué había hecho con ellas.

Puedo afirmar, aunque parezca pedantería por mi parte, que me he convertido en un experto en miradas. La suya no era fría, ni inquisidora como la de los eruditos, o vacía, como la de los estúpidos, o peligrosa, como la de los ignorantes. Tenía una sinceridad infantil, era acogedora, materna.

Venía todos los días, sin excepción. Advertía su presencia aun cuando estaba en otra sala, pues reconocía el sonido de sus pasos entre millares. Me sonreía, se sentaba y abría un libro. Lo levantaba de manera que pudiese ver el título. Todos eran de autores que conocía: Dante, Petrarca, Ariosto… Incluso leía algunos que hubiese querido leer y no tuve ocasión de hacerlo. Otros días sacaba un cuaderno de su bolso y escribía, o dibujaba. A veces no hacía nada, simplemente me miraba, y yo volvía a sentirme vivo. Con el tiempo, me di cuenta de que ella cuidaba más su aspecto, se vestía mejor, había cambiado de peinado. Una tarde vino con un grupo de personas; parientes, sin lugar a dudas, a juzgar por la forma de la nariz, o el arco de las cejas. Ella iba la última, se había rezagado. Una mujer la llamó “Ariadna ¡vamos!” Fue así como supe su nombre. Ella me miró, levantó los hombros, como pidiendo disculpas, y yo sonreí. Imperceptiblemente.

Una tarde de primavera estaba particularmente hermosa. La suya fue una metamorfosis digna de Ovidio. He visto muchas mujeres bellas durante estos años, pero ninguna como Ariadna. Yo, que he sido testigo de su transformación, puedo entender mejor que nadie qué había sucedido con ella. Simplemente, la belleza que tenía dentro subió a la superficie de su piel, iluminándola con una luz que ni siquiera el maestro sería capaz de captar. ¿Cómo puedo saberlo, si no hablé nunca con ella? Lo sé, y basta.

Un día un joven italiano pasó a su lado, y le dijo algo. Ella no le entendió, pero yo sí, pues nací en esa tierra. Si hubiese podido, le habría borrado esa expresión bovina del rostro, y habría hecho buen uso -a falta de una ropera afilada- del pañuelo que colgaba del bolsillo de sus pantalones para retorcerle el pescuezo. Al final el mozalbete desistió y Ariadna se excusó con la mirada, y advertí una cierta preocupación en su rostro. ¿Había notado mis celos? Sí, celos. A pesar de que creía que los sentimientos no formaban ya parte de mi vida. ¿Pero lo fueron alguna vez? ¿Qué me estaba sucediendo?

Al día siguiente no vino. Intenté justificar su ausencia con miles de motivos, creí reconocer sus pasos, pero me equivocaba, una y otra vez. Ha pasado ya un mes. No ha vuelto. Y yo estoy sumido en la más profunda y negra desesperación. No me preocupa lo que pasa a mi alrededor, y miro, simplemente, un punto indefinido de la pared. Mis jornadas pasan lentas, monótonas. Con tal de sentir algo cedo a la tentación de los celos; la imagino paseando de la mano de ese joven italiano, riéndose los dos de mí. Me esfuerzo en no pensar en ella, ni en lo que soy. “Ser” ¿Hay palabra más absurda para definirme?

Alguien se está acercando. Demasiado, no está permitido. ¿Quién viene a molestarme? No puede ser… ¡ELLA! ¡ES ELLA! No he reconocido sus pasos porque camina apoyándose en unas muletas. Siento que el corazón – ¿mi corazón? – está a punto de estallar. “Amor mío” – me dice – “he vuelto apenas he podido”. Entonces ¿es verdad? ¡Ella también me ama! Si es posible lo que he oído ¿qué más cosas increíbles pueden suceder? Noto que se me humedecen las mejillas y, por primera vez en cinco siglos, puedo mover la cabeza, mirarla a los ojos y extender la mano. Sí, todo es posible. “Acércate. Dame la mano, Ariadna”.

El director de la National Gallery recorrió a toda velocidad la distancia entre su despacho y la sala número dos. El responsable de la sección de pintura italiana lo había llamado, diciéndole que había pasado algo con un Tiziano. Cuando se acercó a la sala había un grupo de personas delante del “Retrato de joven con sombrero y guantes”. Por un momento suspiró aliviado, al ver una esquina y el marco de la tela por encima de las cabezas de los reunidos, pero cuando éstos se apartaron se quedó helado. Sí, el cuadro estaba colgado donde siempre, parecía íntegro, pero… No quedaba rastro del sujeto retratado. Todos los demás elementos de la tela no habían cambiado: ahí estaban el parapeto de piedra, el fondo oscuro, el friso en la parte izquierda del cuadro envuelto por una luz oscura. Durante más de quinientos años, el punto de luz de aquella obra era el rostro de un apuesto joven, retratado de medio perfil que miraba un punto indefinido a su derecha, vestido con una camisa blanca y un amplio jubón de terciopelo azul oscuro, apoyando sobre el parapeto el brazo izquierdo, envuelto en una manga roja. La mano, enguantada, sujetaba el otro guante de piel marrón clara, mientras que, con la mano derecha, de la que sólo se podía ver el pulgar, sujetaba un sombrero oscuro. No quedaba rastro del hombre; sólo el guante descansaba sobre el parapeto gris piedra. Según el guardián, cuando el museo estaba cerrando y se aseguraba de que los rezagados saliesen, entró en la sala una chica que caminaba con unas muletas. La recordaba perfectamente, era una habitual del museo; más que del museo, de esa sala. Ignoraba los demás cuadros de Tiziano y pasaba un par de horas al día delante de ese retrato. Hacía un mes que no venía; le dijo que había tenido un accidente y que era el primer día que salía de casa, le había sido imposible llegar antes y le rogó que se pudiese quedar sólo un momento. Le había concedido unos minutos más, el tiempo necesario para verificar que todo estuviese en orden en la sala contigua. A los pocos instantes de dejarla, sonó la alarma. Regresó, y la chica ya no estaba. Quedaban sólo las muletas en el suelo, y el cuadro había cambiado.

El museo trató la cuestión con discreción. La tela era propiedad de un privado, y estaba en depósito. Habían contactado ya el dueño, pues en los últimos tiempos la tela había sufrido extrañas variaciones en los pigmentos, y durante el último mes se había deteriorado visiblemente. Se emitió un comunicado de prensa anunciando que la obra tenía que ser restaurada y se concedió una indemnización millonaria al propietario. La pintura fue examinada por decenas de peritos y expertos, en el más absoluto de los secretos, y con las técnicas más vanguardistas. Era como si Tiziano nunca hubiese pintado a aquel joven. A pesar del secreto y la reserva, empezaron a circular extrañas historias sobre los cuadros de la National Gallery: había quien juraba que en los grandes cuadros del Veronés o Tiépolo aparecían figuras nuevas, un hombre y una mujer, que se desvanecían poco después. Pero nada se pudo comparar a la sorpresa cuando, un año después de que el cuadro fuese retirado de la sala dos, y tras examinar la tela con rayos X por enésima vez, apareció bajo la pintura oscura del fondo la silueta de una pareja. El hombre se parecía al que retrató Tiziano. No se podían reconocer las facciones de la mujer, pero algo se distinguía con nitidez. Lucía un espléndido collar de perlas, con un colgante: una letra “A”.

 

Ada McQueen

Me llamo Ada McQueen, y tengo 485 años.

La primera parte de mi vida terminó el 20 de Junio del 2090, en una carretera comarcal. Perdí el control de mi motocicleta en una curva, y cuando me llevaron al hospital más cercano estaba destinada a morir allí. No tenía derecho a curas médicas por “conducta irresponsable”, pues viajaba a bordo de un viejo medio de locomoción a hidrocarburo, algo que de por sí conlleva pena de reclusión por descarga ilegal de CO2 en el ambiente, y además, había robado la moto de un museo algunos años antes. Siempre me gustaron los viejos motores, era algo que me obsesionaba desde que era pequeña. Busqué información sobre los mismos en la clandestinidad, me las ingenié para lograr carburante y me gustaba viajar con ella por la noche, en lugares solitarios, sintiendo el viento en mi cara y las tripas encogerse de la emoción cuando cogía velocidad y saltaba una pequeña loma. Creo que esta pasión la debo de tener escrita en el ADN, por parte de ese antepasado que según me contaron era actor y amaba los motores tanto o más que yo, y corría en cualquier cosa que tuviese pistones y bielas dentro. Nunca he tenido miedo a la muerte, era cien veces mejor dejar la piel en una curva que no terminar como mi tatarabuelo, comido por dentro por el cáncer y escupiendo sangre en un hospital en Méjico. Así pues, el 20 de Junio del 2090, al perder el control de la moto me dije “hasta aquí hemos llegado”. Terminé en la sala de urgencias de un hospital, destinada a ser dividida en cuantas partes se pudiesen aprovechar de mí: hígado, corazón, óvulos. Dicen que cuando estás a punto de morir te pasa toda la vida por delante. Falso. Pero sí que te enteras de todo aquello que sucede a tu alrededor: oía a los médicos hablar entre ellos mientras examinaban mi cuerpo y valoraban cuánto se podía aprovechar de él. Cuando estaban a punto de abrirme llegó otra mujer a urgencias, en mis mismas condiciones; también la iban a despachar sin más miramientos por “conducta irresponsable”. No me acuerdo en estos momentos del motivo, quizás fuese una fumadora, o una alcoholizada, o quizás había hecho “bungee jumping” sin tener firmado un seguro. En resumidas cuentas, ahí estábamos las dos, preparadas para el descuartizamiento. No sé por qué, empezaron por ella; cuando dos o tres de sus órganos estaban ya dentro de contenedores especiales, rumbo a tal o cual hospital, entró otro enfermero. Había llegado una llamada urgente, dijo, la “recién llegada” no era para reciclar; era un pez gordo, la hija de cierto multimillonario, y a ella le tocaba criogénesis. Nunca podré olvidar el tono de voz de los presentes, estaban todos paralizados, presos del terror. De repente uno de ellos, un hombre con voz de barítono dijo “Hay que dar el cambiazo, nadie se va a dar cuenta. Tienen la misma edad y hasta se parecen”. Y así fue. Inyectaron algo en mi gotero y me quedé profundamente dormida, hasta que desperté, hace un par de años. No ha sido difícil adivinar qué sucedió después: mi cabeza y espina dorsal, debidamente preparados, entraron en el depósito de criogénesis con un nombre que no era el mío, y la que en teoría era yo terminó descuartizada e incinerada. La heredera tuvo un bonito funeral de cuerpo ausente. Cuando volviese a nacer no quedaría nadie que pudiese reconocerme, y el mismo equipo médico que me preparó se las ingenió para que las muestras genéticas de la heredera millonaria, fuesen cambiadas con las mías en la base de datos médica.

Así pues, cuatrocientos cincuenta años después de haber nacido volví a abrir los ojos. Al principio me sentía confundida, con todo aquel personal sanitario que orbitaba a mi alrededor con aire deferente y servil, llamándome con el apellido de la famosa y multimillonaria heredera. Por un tiempo no dije nada; no era mi intención decirle a aquella gente que se habían equivocado y que yo no era quien ellos creían que era. Cuando estaban a punto de darme el alta vino a verme un hombre de aspecto bovino que me enseñó toda una serie de documentos y actas, mis posesiones. Me entregó las llaves de lo que sería mi casa; me aseguró que el bufete que representaba había cumplido a la perfección su cometido, siguiendo las instrucciones del que fuera último titular de la fabulosa fortuna, que desgraciadamente falleció a la venerable edad de cien años a los pocos días de mi “resurrección”.

Me preguntaba qué iba a hacer conmigo misma. Durante un tiempo llevé una existencia retirada, las riquezas que se habían acumulado y fructificado en medio milenio seguían haciéndolo sin que yo me interesase ni hiciese nada por aumentarlas. Así que me dediqué a estudiar qué había sido del mundo durante los siglos de ausencia. Me llamó la atención que había poca gente por la calle: la población mundial se había reducido tres cuartas partes. Apenas diez años después de mi accidente empezaron los planes masivos de esterilización y comenzó la colonización de Marte para explotar sus minas. Cuando el número de habitantes no disminuía a la velocidad requerida, alguna que otra pandemia o guerra civil planificada al milímetro ayudaba a cuadrar las cuentas, hasta que en la Tierra quedaron todos aquellos suficientemente ricos como para permitirse vivir en ella y todos aquellos que trabajaban al servicio de los ricos, mientras que los deshechos de la humanidad se amasaban en el subsuelo de otro planeta.

Me llamo Ada McQueen. Y voy a hacer todo lo posible –dinero no me falta– para cambiar este mundo que ya no reconozco.