Conocido desconocido

Nighthawks – Edward Hopper

 

Fue por una de esas conversaciones de bar. Se encontró metiendo baza, o fue él quien lo hizo. Habían pasado varios meses y ya no lo tenía claro. Cuando pasa el tiempo se duda de los recuerdos; nunca se está seguro de qué sucedió exactamente en un momento determinado. Ante la duda, te aferras a una versión de los hechos y se da por buena, sin más. Por eso, a esas alturas creía que fue ella quien entró en su conversación, gracias a algo que en ese país pone de acuerdo a desconocidos en pocos instantes: la burocracia y todas aquellas normas y mecanismos que en la cabeza del legislador o el político de turno eran algo genial, pero que puestos en práctica convertían la vida de los sufridos ciudadanos un infierno.

Así pues, ella—hemos quedado en que fue ella quien empezó—hizo partícipe al desconocido de un par de trucos para intentar superar los continuos errores que proporcionaba la nueva herramienta burocrática a la hora de introducir un cierto tipo de datos en el sistema. Consciente, mientras lo hacía, de que se estaba poniendo colorada como un tomate. Pasó a ser algo habitual desde aquel entonces, cada vez que coincidían: la mutua consciencia de que se encontraban en una situación incómoda sin ningún motivo. Aquella mañana, ella salió la primera del bar tras haber pensado unas diez veces mientras pagaba el desayuno si tenía que saludarlo al salir, pero a juzgar por las miradas furtivas que él echaba en su dirección, parecía claro que no era la única que se encontraba en tal dilema. Nunca tuvo todas esas dudas con la joven madre y su bebé: se decían hola y adiós, se saludaban si coincidían en la acera o entrando y saliendo en el bar, a pesar de que nunca compartió con esa mujer ningún truco para engañar al pérfido programa informático: simplemente hizo algunas carantoñas a su hijita. Pero con él no sabía nunca qué hacer. Lo único que compartían era la certeza de que el otro—la otra—estaba igual de incómodo porque había quedado algo pendiente entre ellos. Quizás si aquella primera mañana ambos hubiesen tenido valor para despedirse con un hasta luego, buenos días, esa sensación de y ahora qué no se habría quedado colgando en el aire, como una amenaza, o una promesa.

Por más que analizase la situación con la lógica, no llegaba a conclusión alguna. De acuerdo, era alto y agradable a la vista, podría definirse un hombre atractivo; tenía un cierto aire a un actor americano, Kyle Chandler, el coronel Cathcart de “Catch 22”. Sin embargo, no salía muy bien parado tras una mirada más crítica. Llevaba la ropa un punto demasiado estrecha, calzaba zapatos francamente horribles y encima se ponía gel en el pelo, dejando algún que otro mechón de punta. Probablemente era bastante más joven que ella, pues tenía sólo algún que otro cabello blanco. Los retales de sus conversaciones en el bar no le habían dejado la sensación de que fuese un hombre demasiado inteligente; ni tan siquiera la voz, que para ella era un rasgo que bastaba para convertir un asno en un Adonis, era mínimamente memorable. No se lo imaginaba leyendo un libro ni aunque se lo hubiese encontrado con uno bajo el brazo. Y entonces ¿por qué pasó un mal rato cuando un día estaban los dos delante de la caja para pagar sus consumiciones? ¿Por qué no podía sentir la indiferencia de cuando se sentaba alguien a su lado en el metro?

Quizás porque sabía que el conocido desconocido se encontraba en su misma situación. Lo cual no dejaba de tener su maldita gracia, pues nunca la había visto maquillada, ni hace quince años o veinte kilos, cuando los silbidos de los obreros se activaban automáticamente cada vez que pasaba cerca de un edificio en construcción. Entonces sí que habría un motivo para mirarla de reojo, adoptar una pose de indiferencia muy poco espontánea; había veces que a ella le entraban ganas de recriminarle qué narices encontraba de interesante en su cara ojerosa a las siete y pico de la mañana.

No soportaba más el seguir con la sensación de tener algo pendiente con el desconocido cada vez que se cruzasen por la calle o en el bar. Había que aclarar las cosas lo antes posible: hacer de tripas corazón, mirarle a la cara y soltar a bocajarro un aclaremos las cosas. Con un epílogo variable entre una cara anonadada o acabar dándose el lote en el retrete, como se ve en las películas. Tras unas pocas frases de circunstancia con las que habrían constatado que era inútil negar la evidencia: se gustaban a pesar de todo. La ocasión llegó. Lo vio por la calle, lejos de oídos indiscretos. Aceleró el paso, yendo decidida hacia él, que no se había percatado de su presencia pues estaba escribiendo algo con el móvil. Cuando estuvo a punto de abrir la boca apareció en su mente una imagen, nítida y clara: unos pantalones bajados, el botón de su chaqueta a punto de salirse del ojal, unos horribles calcetines de hilo y un par de zapatos negros, bastante vulgares, pisando las baldosas de un baño.

Ella pasó de largo, fingiendo buscar algo en el bolso.

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Final de trayecto

Ivan Pasič era un hombre metódico y pulcro. Había hecho del orden su razón de vida por lo que, cuando reconoció que determinadas circunstancias, tan inexorables como ajenas a su voluntad, habrían mutado el orden en caos e incertidumbre, decidió suicidarse. Se había declarado siempre un ferviente admirador del periodo republicano de la Antigua Roma, y sobre todo, del recurso al suicidio como la única salida de escena honorable. Lo planificó todo hasta el último detalle para no caer en errores banales de cálculo; no pretendía acabar como Catón el Uticense, sacándose las tripas con las manos por el tajo desacertado con el que no logró matarse al primer intento.

Así pues, cuando decidió acabar con su vida tirándose bajo el tren metropolitano, se dedicó a la preparación con laboriosa tenacidad. Estudió los horarios del metro, cual sería la hora mejor para no causar demasiados problemas a los usuarios del servicio público. Siempre le habían irritado las interrupciones de servicio debidas a otros suicidas más torpes que él, o a hombres cuyas coronarias decidían reventar en plena hora punta. A rigor de lógica, el momento más adecuado era pocos minutos antes de la interrupción del servicio semanal ordinario, el viernes a medianoche. Si cogía el penúltimo tren y se bajaba en la penúltima parada, podría aprovechar la llegada del último convoy para lanzarse contra él. No solía coger el metro a esas horas, por lo que hizo algunas pruebas; nunca varios días seguidos, para no llamar la atención. De igual manera, para que nadie se acordase de él durante sus reconocimientos, se camufló con el tejido urbano vistiéndose como uno de los tantos hombres grises que entran y salen del ferrocarril. Dejó por tanto en casa su inseparable sombrero de pita, y cambió el traje de lino crudo por unos tejanos y una sudadera, que adquirió con profundo disgusto en unos grandes almacenes. Eligió un rincón, entre el andén de la penúltima estación y la salida, al que no llegaba el ojo de las cámaras de seguridad, donde podría esperar la llegada del último tren y tomar carrerilla desde allí para su último salto. Contó mentalmente los segundos necesarios para tal operación, imaginó el salto mientras marcaba el tempo con la mano derecha, como había visto hacer muchas veces a los atletas que se preparaban para el salto triple.

Una vez finiquitado el asunto de la ejecución material de su muerte, pasó a otros preparativos. Pagó a su casero un mes de alquiler por adelantado con la excusa de que estaría ausente una buena temporada por un largo viaje. Con el mismo pretexto dejó a su gato Angst bajo el cuidado de una vecina amante de los animales, que seguramente no lo abandonaría. Los últimos días los dedicó a limpiar con esmero el ya impoluto apartamento, tiró las pocas cosas inservibles que había acumulado en la casa durante los últimos años, efectuó un inventario exhaustivo de los miles de libros que eran la única decoración de todo el inmueble, dejando precisas instrucciones respecto a la cesión de los mismos a la biblioteca municipal, o en su defecto, a la que fue su escuela. Limpió el frigorífico, el horno y demás electrodomésticos; empacó trajes, camisas, zapatos, ropa interior.
Antes de salir de su casa para siempre, dejó encima de la mesa del salón, en buen orden, varios documentos personales incluida una póliza vida pagable incluso en caso de suicidio (había pagado durante decenios una cantidad extra para que cubriese tal eventualidad, era mejor prevenir) a una sobrina de Belgrado a la que vio por última vez hace un decenio.

Ivan Pasič salió de su casa, dejó las llaves en el buzón y se dirigió al metro. Eran las 23,25. A las 23,55 esperaba oculto en el andén; oyó el tren que se acercaba, movió los dedos cual muda batuta, una, dos, tres, una, dos y … Carrera … El choque contra el frontal del tren en desaceleración no le hizo perder el conocimiento; mientras volaba sobre los raíles sonreía satisfecho por el excelente trabajo realizado. Constató, además, que había logrado caer con el cuello encima de la vía. Pudo oír el chirriar de los frenos, el acercarse del vehículo, vio la llanta metálica de la rueda que se acercaba inexorablemente, con certeza quirúrgica. Todo era perfecto hasta que se dio cuenta, en la última fracción de segundo, de que no recordaba el motivo por el que se había matado.

Pide, que te será dado

La queja más unánime sobre Twitter es que se ha convertido en el templo de la crispación, el mal rollo, los trolls y todo aquello que de negativo puede dar internet. Como todas las generalizaciones, son injustas. Trolls haberlos haylos, pero también hay gente capaz de hacerte pasar un buen rato, y que encima es generosa. El locutor Sergi Carles nos deleita con su buen humor en su cuenta @TodoJingles, nos enseña entresijos de su trabajo, comparte frikismos varios, y además tiene una segunda cuenta, @JinglesPoesia en la que recopila peticiones de locuciones. Tras escuchar en su voz el íncipit de una de mis novelas favoritas de los últimos años, “El guardés del tabaco”, me armé de valor y le pedí que leyese uno de mis textos, Un monólogo sobre Ulises .

Había pasado más de un año, y como yo no soy de quienes van exigiendo cosas gratis, ya ni me acordaba del asunto. Hasta que ayer me llegó un mensaje directo por Twitter con la gran noticia. Aquí está el video.

 

Conversaciones entre ausentes

Grafomanía – ejercicio en latín cursivo

Laura Mínguez ha escrito en Jot Down un bellísimo artículo sobre las cartas (quien quiera leerlo, que acoquine y pague la subscripción, que aún no está disponible gratis) que me ha hecho reflexionar sobre ellas. La abuela cebolleta cascarrabias que hay en mí ha levantado la voz, como siempre y cada vez con más frecuencia, refunfuñando sobre lo que se han perdido los milennials, la emoción de comunicar por carta de papel. Y si a las cartas iba unido un amor de juventud, miel sobre hojuelas. El cartero se volvía una figura mítica, el mensajero de los dioses, anhelado y esperado. Se regresaba a casa de los estudios o el trabajo con prisas, llavero en mano; ya antes de abrir el buzón se escudriñaba por las rendijas para intentar descubrir el objeto del deseo oculto entre las sombras. Si se piensa bien, era un ejercicio bastante estúpido, porque el tiempo pasado bizqueando deseando poseer la visión a infrarrojos de Superman era tiempo robado a la operación mecánica de abrir el buzoncito de marras. El escribir y recibir cartas de papel tenía una vertiente fetichista que jamás lograrán alcanzar los correos electrónicos y los whatsapps. Acariciar con la punta de los dedos ese objeto que a la vez fue acariciado días antes por el amado, el rasguear del bolígrafo o la pluma sobre el papel mientras se escribe, una banda sonora mucho más armónica que el tic tic tic del teclado, que aún con todo es un ejercicio físico incomparablemente más placentero que la escritura en las odiosas pantallas táctiles.

Pero, una vez aparcada la abuela cebolleta y su versión sofisticada, la “old-fashioned snob”, pensándolo bien, la esencia de las “conversaciones entre ausentes”, como define las cartas Laura Mínguez en su artículo, no ha cambiado.

Lo que sí ha cambiado ha sido el tiempo, la velocidad de reacción. Las relaciones epistolares destinadas a sucumbir tardaban más tiempo en morir por el simple hecho de que pasaban semanas entre una misiva y otra; pero entonces, como ahora, existía la función “Block”. Este ejercicio de memoria asociado a las cartas me ha llevado a recordar algo que hice de adolescente; algo de lo que ahora, con la “inútil sabiduría de la vejez”, como diría Tomasi di Lampedusa, me avergüenzo profundamente. En las revistas semanales para jóvenes, entre un truco sobre cómo ocultar el acné y las diez pistas para saber si tu chico te engaña, había una sección de anuncios para “pen friends”. Un día, no sé por qué, escribí a un chico de Madrid que había puesto en su anuncio que veraneaba donde lo hacía yo. No me acuerdo si fue ese el principal motivo por el que lo hice. Él me dio una buena impresión (imagino que porque escribía bien) y a la segunda carta le mandé una foto mía en el apartamento de verano con mi querido perro Black, el pastor alemán. Obviamente, a vuelta de correo él hizo lo propio, me mandó una foto suya con su perro y… desilusión, horror y pavor. Con el paso de los decenios he olvidado sus rasgos, por lo que no sería capaz de jurar que era realmente tan feo como para provocarme tal espanto, pero recuerdo perfectamente ese chihuaha color marrón diarrea de ojillos saltones. Escogí, obviamente, la manera más vil de hacerle saber la impresión que me causó su foto: se la devolví por correo, sin tan siquiera dos líneas y encima con un sobre en el que escribí su nombre y dirección a máquina. Hace falta ser “stronza”. Si creyese en la ley del péndulo, diría que pagué con creces mi ruindad en forma de plantones recibidos por algún que otro rollito de discoteca en sesión de tarde que se desvanecía en la nada y no se presentaba a la cita del “día después”.

Pero retomemos el discurso, una vez dejado atrás el vergonzoso recuerdo. Sea entonces que ahora, bajo forma de papel o de bit, la “esencia de las conversaciones entre ausentes” sigue siendo la descrita por Laura Mínguez. Por no hablar de los sentimientos, igual de intensos que los plasmados en letras, que aletean alrededor de quienes las escriben y las leen: espera, ansia, dudas. Mis estériles ejercicios de escritura incluyen a menudo una carta, o adopto directamente el estilo epistolar (si una es “old fashioned snob” lo es en todos los ámbitos). Las cartas son un caudal inagotable de sentimientos.

Hasta la próxima

Las instrucciones eran claras: tenía que esperar en el bosque a su contacto; este le daría lo necesario para continuar su misión. No era ya más que un enlace, una pieza dentro de un engranaje en el que jugaba un papel prácticamente insignificante. Los tiempos de gloria, cuando se le confiaba un encargo de principio a fin, habían pasado. Eso quedaba ahora para los más jóvenes, los ambiciosos, los inconscientes, o simplemente aquellos que aún no se hacen preguntas. Y ella se las hacía desde hace algún tiempo. Recordaba otros paisajes, otras latitudes: un río que serpenteaba en la selva, envuelta por una humedad que no la dejaba ni siquiera respirar, el aire frío de la estepa cortándole la cara mientras cabalgaba a rienda suelta, aguas turquesas sobre las que, al mando de una nave, perseguía sin descanso a un enemigo que se escabullía entre la niebla. No solo lugares, sino también rostros: la mujer de cabellos morenos recogidos con una horquilla en forma de flecha dorada, el contrabandista corso, con el rostro taraceado con arrugas excavadas por el salitre, el bailarín mundano de sonrisa irresistible.

Cada vez que terminaba un encargo, se decía que lo dejaría estar por un tiempo, que se dedicaría a otras cosas. Sin embargo, acababa cayendo siempre; no podía evitarlo, lo llevaba en la sangre. Durante esas aventuras, su vida no había corrido nunca peligro, por muy audaces que fuesen sus acciones, aunque muchas veces le hicieran perder el sueño. Cuando este, a pesar de todo, llegaba, se volvía a encontrar con los rostros que creyó haber olvidado, y con todo lo que vivió con ellos. Recordaba los saltos de un tejado a otro, en París, cargada con una niña pequeña en sus brazos; o a aquellos cuatro compañeros con los que, con gran sorpresa, volvió a encontrarse veinte años después.

Crujió una rama; se agazapó, ocultándose detrás de unas rocas. Alguien se acercaba; podía distinguir solo una forma negra, pues, mientras estaba sumida en sus recuerdos, había llegado la noche casi sin darse cuenta. Tras identificarse con el santo y seña, el cambio se llevó a cabo sin problemas. Tenía que llegar antes del amanecer al puerto, para entregar el abultado sobre color habano, objeto de la misión. Se preguntaba qué contenía. Documentos, se dijo, sopesando el sobre; de todas maneras, no le dio demasiada importancia. Sus dudas no tenían que ver con el objeto que tuviese que llevar consigo. Sus preguntas eran otras: cuáles eran los mecanismos que ponían en movimiento cada misión, los andamios que la sustentaban, la planificación y el trabajo necesarios para que todo se desarrollase con fluidez.

Por las callejas oscuras que llevaban al puerto no caminaba un alma, ni siquiera los mercaderes habituales de la noche. Había algo que no le cuadraba; aguzó el oído y enderezó el espinazo. Ya había tenido malos presentimientos otras veces, que la sacaron de algún que otro apuro, como en las callejas de Tánger o en las cascadas de Reichenbach.

Todo fue muy rápido: un chasquido, el ruido metálico de un pie chocando inadvertidamente contra una persiana. Empezó a correr antes de comprobar cuántos eran sus perseguidores. Tiró todo aquello que encontró detrás de ella, intentando hacer tropezar a quienes querían darle la caza. Se dio cuenta demasiado tarde de que no había sido una buena idea seguir por el muelle, pues al poco tiempo estaba atrapada entre el agua y los tres tipos que la seguían. Cuando estos empuñaron las pistolas, encajó el sobre en la cintura del pantalón, y se tiró al agua. Era gélida, se hundía cada vez más en el líquido frío y negro, ribeteado por las balas que intentaban alcanzar su cuerpo. Buceó más a fondo, sentía que los pulmones le estallaban; mientras luchaba contra el instinto que la haría respirar, metiendo litros de agua salada en sus pulmones. No podría aguantar mucho más; recordó que tardó mucho menos en salir a flote tras ser lanzada por el acantilado del Castillo de If, sus fuerzas estaban al límite. Le quedaba solo una vía de fuga, el último recurso a su disposición cuando la tensión la atenazaba.

Cerró los ojos y el libro, mientras acariciaba la cubierta. Al abrirlos de nuevo recorrió la mirada por el salón de su casa, ese rincón que elegía siempre para leer, perderse en una nueva aventura con aquellos compañeros de viaje que se convirtieron en sus mejores amigos: Doña Rita, Bertuccio, Max Costa, Jean Valjean, Edmond Dantés… Apoyó satisfecha el libro en la mesilla, hasta la próxima lectura.

La realidad y la ficción

Cada día, cuando encendemos la televisión o el ordenador, las desgracias del resto del mundo caen sobre nuestros platos, y cambiamos de canal cuando no lo soportamos. Estamos rodeados por una violencia virtual que no nos incumbe, ante la cual estamos anestesiados. Por ejemplo, no había hecho demasiado caso a Venezuela que por cierto, terminada la campaña electoral, ha desaparecido y caído prácticamente en el olvido (excepción hecha de un periódico que habló de ella este fin de semana, y, de mal pensada que soy, dudo que lo hiciese por motivos humanitarios y desinteresados). Quienes hemos leído el libro de la escritora venezolana Karina Sainz Borgo, “La hija de la española”, hemos podido leer una historia desgarradora, en la cual la experiencia de la protagonista Adelaida puede resultar, desde nuestro cómodo sillón a este lado del Atlántico, inverosímil o increíble. Sin embargo, hay veces que, por casualidad, se es testigo de cómo desaparece la línea sutil que separa la realidad de la ficción.

Una vez por semana suelo ir con mi marido a tomar un aperitivo en un local tranquilo del pueblo en el que vivo, a unas decenas de kilómetros de Roma. Nos suele atender una chica, a veces con su pareja, otras acompañada por una mujer algo mayor que yo. Soy muy despistada, por lo que no había caído en que la chica del bar no habla un italiano perfecto; fue mi marido quien se dio cuenta y le preguntó el domingo pasado de dónde es. Cuando dijo Venezuela empecé a hablar español con ella y su rostro se iluminó. Bastó poco para hablar de libros y recomendarle la novela de su compatriota Karina Sainz. Ella conocía a la escritora de fama porque es licenciada en periodismo, así que le comenté por encima de qué iba la historia, y cuando ella empezó a asentir, a decir “sí, esas cosas pasan”, fue cuando se empezó a difuminar la barrera entre realidad y ficción. Ella me contó que “su mamá” (pensé enseguida en Adelaida… mi mamá compró la parcela hace mucho tiempo, tiene bonitas vistas) estaba en Venezuela y que quería que viniese a Italia pero que para ella era difícil dejar parientes y amistades. Mientras ella hablaba, me asaltó la misma sensación que tuve cuando leí la novela, la sensación de fragilidad; nosotros afortunados, que vivimos y hemos nacido en este lado del charco, y además, al lado norte del Mediterráneo. Pensé, viendo a esa chica hablar, en nuestra inconsciencia al no apreciar algo que basta muy poco para perder. Todas esas cosas frágiles y bellas que damos por sentado y que no lo son en buena parte del mundo: la libertad, la seguridad, el bienestar.

Así pues, le prometí a la chica que le dejaría mi copia de “La hija de la española” para que se la leyera, además de uno de los títulos de Zafón que acumulé en el periodo de lectura compulsiva de tal autor. Al vivir a solo cinco minutos a pie del bar, fui a casa y se los llevé en seguida. Ella me los agradeció entusiasmada, con la mayor de las sonrisas, y le pregunté si había llegado a ejercer de periodista en Venezuela. Me dijo que no, que había hecho solo algún que otro trabajillo, pero que como con la dictadura no podía contar la verdad… En esos momentos levantó los hombros, resignada. Y noté que algo se me cerraba en la garganta: esa chica alta, risueña, una de esas personas que llevan escrito en la cara que son buena gente, podía ser una de mis sobrinas, podría haber sido yo. Mientras yo vine a este país con su misma edad lo hice con la seguridad de poder volver cuando quisiese al mío, de estar cerca, de contar con que mi país es un lugar tranquilo y pacífico. Nació dentro de mí la necesidad de abrazarla y besarla; cuando lo hice, me di cuenta de que la otra señora del bar me estaba mirando y suspiraba con lágrimas en los ojos, creo, por lo que he visto frecuentando el local, que es su suegra.

No sé por qué, mientras sentía ese nudo en la garganta que cada vez se cerraba más, dije, mirando a la mujer mayor, un instintivo “brava, è una bimba coraggiosa” (es una niña valiente); me deshice del abrazo y salí apresuradamente del bar para no ponerme a llorar delante de los parroquianos.

Si no hubiese sido por el libro de Karina Sainz Borgo, no habría sido capaz de entender qué había detrás de la mirada buena y triste de esa muchacha, y probablemente no me habría salido ese abrazo, esos besos. Un milagro de la literatura.

Confiar y esperar

Los viajes al Castillo de If se me hacen cada vez más cortos. Durante esta cuarta lectura de “El conde de Montecristo”, hasta la paréntesis romana de Luigi Vampa me ha resultado tan breve, que ha sido como volver a uno de esos lugares que de niño parecen enormes y de adulto minúsculos.

Todo en esta novela es excesivo, y todo se le perdona: el número exagerado de páginas, los errores cronológicos, las escenas grandilocuentes, los “¡Oh!” y los “¡Ah!”. Creo que la próxima vez que compre un libro viejo, me haré con una traducción decimonónica, pues Don Arturo Pérez-Reverte me ha puesto las ganas. Si se quiere una edición moderna, esta de Navona es un buen ejemplar, aunque, puestos a ser exquisita, los pocos gazapos que me he encontrado molestan al tratarse de una edición por la que se pagan más de cuarenta euros, un desembolso que requiere un cierto esfuerzo en los tiempos que corren.

Si en la anterior lectura descubrí las virtudes de Maximilien Morrell, en esta me he regodeado en los defectos de Edmond Dantés. Es un personaje que hoy en día difícilmente pasaría indemne por el Sanedrín de las redes sociales; su argucia durante la farsa que es la presentación de los falsos Cavalcanti lo habría convertido en trending topic, para perder la mitad de sus followers al hablar de su esclava Haydée y su siervo Alí. Sin embargo, tras la pérdida de followers y el bloqueo de su cuenta, habría reaccionado a la Rhett Butler, con un “francamente querida, me importa un bledo”. A Dantés le consentimos todo (como a su creador Dumas, por ejemplo, el sostener sin que le tiemble la pluma que la cocina italiana es la peor del mundo); es nuestro niño mimado, el de Dumas y el de nosotros los lectores, o al menos de los que lo amamos, tal y como es, con sus muchísimos defectos. El tratamiento al que somete el buen Maximilien al final del libro se puede clasificar como tortura psicológica. Al conde de Montecristo, a pesar de que su vendetta se ha cumplido, le falta poco para no reunir a Maximilien con su amada Valentine, por el simple hecho de que duda del sufrimiento del joven:

“Ahora bien, ¿y si me equivocase, si este hombre no es lo bastante desgraciado para merecer la felicidad?”

Hay que amar mucho a Edmond para consentirle tal crueldad con el genuinamente perfecto Maximilien Morrell (al cual dediqué esta entrada del blog tras la lectura precedente), sobre todo, tras haberse vengado lo justo de Danglars, justificando su benignidad por las consecuencias de su venganza sobre Villefort. El banquero Danglars fue quien puso en movimiento la maquinaria que sepultó vivo durante catorce años a Edmond Dantés en el Castillo de If; fue él quien escribió la carta que acusaba a Dantés de agente bonapartista, quien emborrachó a Caderousse para acallar su conciencia mientras tejía la trampa, quien convenció a Morcef a presentar la denuncia anónima al procurador del rey Villefort quien, a su vez, difícilmente se habría cruzado en la vida de Dantés si no hubiese sido por Danglars. ¿Y cómo lo paga? Con unos días pasando hambre en las catacumbas de San Sebastián y unas canas prematuras. Él sobrevive con una bolsa con cincuenta mil francos en su poder, mientras que Caderousse muere a manos de Benedetto, Morcef se suicida y Villefort se vuelve loco.

El conde de Montecristo, el Edmond Dantés 14.0, lleva a las últimas consecuencias el ser la mano de la Providencia, y de tanto mencionar a Dios, llega a creer que lo es. El remordimiento por el “daño colateral” representado por la muerte del hijito de Villefort a manos de su madre, la envenenadora Heloise, no deja de parecerme hipócritas lágrimas de cocodrilo. Dumas preparara el camino a la condescendencia, presentando siempre al pequeño Edoard como un niño insoportable y repelente. Cada vez que nos encontramos con él contesta mal a los mayores, tortura animales o desparrama acuarelas, ante la mirada benévola de Montecristo, que sabe (¿no es acaso la mano de Dios?) que su condescendencia es el medio necesario para agradar a su madre, quien hará lo que sea, y envenenará a todo aquel que se ponga entre el camino de su criatura y la herencia de los Saint-Meran e Villefort.

Así pues, sumemos a los conocidos pecados de Edmond Dantés: la soberbia, el cinismo y la crueldad, también la hipocresía. ¿Entonces? ¿Por qué amarlo? Porque es imposible no hacerlo. Si los más despreciables asesinos en el corredor de la muerte puede contar con decenas de fans que harían lo que fuese por ellos ¿no vamos a idolatrar menos a Dantés? ¿Cómo podemos resistirnos al Lord Ruthwen que atrae a todas las miradas en su palco del Teatro Argentina en Roma? Ese al que la condesa G., que conoció a Byron y que como tal lo consideraba experto en vampiros (se había difundido la fama de que el autor de El vampiro no podía ser Polidori, sino él), no duda de que Montecristo es uno de ellos, como lo demuestran

“Esos cabellos negros, esos grandes ojos que brillan como una llama extraña, esa palidez mortal”

Dumas, con pocos trazos de pluma, nos lo describe de forma irresistible cuando se despoja de su disfraz de abate Busoni y revela a Villefort su identidad

“El abate se arrancó la falsa tonsura, sacudió la cabeza y sus largos cabellos negros, no ya comprimidos, le cayeron sobre los hombros y enmarcaron su rostro viril”

Aitor Luna sería, por físico y talento, un Edmond Dantés ideal. Pinchar en la foto para fuente.

La belleza de Dantés no está solo formada por los cánones clásicos de la belleza “alto, esbelto, con unos bonitos ojos negros y unos cabellos de ébano”, sino por la señal que ha dejado en su cuerpo y en su alma catorce años de prisión en el Castillo de If. Esa aura que le hace decir a Franz D’Epinay en la cueva de mil y una noches en la isla de Montecristo “¿Habéis sufrido mucho, señor?”; al preguntarle el conde en qué se nota, éste contesta “En todo. En vuestra voz, en la mirada, en vuestra palidez y hasta en la misma vida que lleváis”. Un sufrimiento que lo ha cambiado tanto como para llevarle a pensar, delante del espejo del barbero de Livorno que “era imposible que su mejor amigo, si es que le quedaba alguno, le reconociera. Ni siquiera él se reconocía”.

La belleza, el sufrimiento, el peso de la injusticia, la inocencia perdida y la venganza; es imposible no sentirse atraídos por tal mezcla. ¿Y el amor? En más de mil doscientas páginas de narración, Edmond Dantés y la bella catalana Mercedes Herrera no comparten más de una veintena; no cabe el romanticismo en la vida del conde de Montecristo mientras no haya justicia. Algo difícil de aceptar por todos aquellos que han llevado la novela de Dumas a la pantalla, inventándose finales felices tan ridículos como los de la serie de televisión con Depardieu; aunque, en este caso, era algo previsible, visto que el único parecido entre el actor francés y el conde, es que los dos son franceses. Morrell y Valentine sono la pareja romántica de la novela, romanticismo como no, exagerado y decimonónico.

Creo recordar que un escritor en una entrevista declaró que uno de los primeros textos que escribió fue una continuación de “El conde de Montecristo”, frustrado por su final, ese “confiar y esperar” que deja en el aire más incógnitas que respuestas. Somos nosotros los lectores quienes con nuestra imaginación, espoleada por la pluma de Dumas, imaginamos que pasará cuando esa “vela blanca, grande como el ala de una gaviota”, desaparezca del todo, engullida por el azul del mar Mediterráneo.

Isla de Montecristo

Valentia Edetanorum

Ilustración sobre las guerras sertorianas en Hispania. Pinchar en imagen para fuente

El humo oscurecía el sol, que había iniciado su descenso por occidente. El procónsul Cneo Pompeyo Magno observaba la moneda que tenía entre las manos; una pieza de plata, con una cornucopia grabada en el anverso. Cerró el puño, apretando las mandíbulas, mientras intentaba dominar la rabia. Nada estaba saliendo como había planeado; creía que en poco tiempo borraría de la historia a Cayo Sertorio, y sin embargo se le resistía. Unos meses antes, en la batalla de Laurión, tuvo que engañar a las parcas cuando estaban a punto de cortar el hilo de su vida. Escapó de noche junto a pocos fieles, para refugiarse en los cuarteles de invierno en la Galia Narbonense. Él, un procónsul enviado por el Senado de Roma para librar a la República del último de los seguidores de Mario, estaba siendo burlado por Sertorio, que campaba a sus anchas en Hispania, respetado por las tribus iberas, fuente casi inagotable de valientes guerreros. El rebelde contaba con el apoyo de sus ciudades, como lo había hecho hasta ese día Valentia. La batalla tuvo lugar delante de sus murallas; tras una jornada de sangre el legado de Sertorio, Herenio, cayó derrotado. Sin embargo, mientras observaba los cuerpos de los suyos aniquilados a los pies de la Porta Saguntina, a Pompeyo le sabían a poco las diez mil bajas del enemigo.

Estudió una larga fila de prisioneros, que esperaban maniatados su fin. Tras una señal, sus legionarios se dedicaron con saña a la tarea; reconoció a uno de los condenados, un optio que con ocho soldados y algunos hispanos, acabaron con la vida de toda una centuria.

— A éste empaladlo y cortadle las piernas —dijo Pompeyo, lanzando con disgusto la moneda que tenía aún en el puño. Prosiguió su marcha hasta un templo cercano; reconoció, cincelado en la tapia que lo delimitaba, medio derruida, el bastón y la serpiente símbolo del dios Esculapio. Bajo el porticado del peristilo se amasaban mujeres, niños y ancianos, que se habían refugiado allí buscando protección. En medio del patio destacaba una figura inmóvil, un sacerdote. Vestía una toga que tiempo atrás fue blanca, pero que ahora estaba manchada con churretones de sangre reseca y fluidos corporales de los heridos que durante las últimas horas habían buscado amparo en el templo del dios. Era un hombre maduro, de pelo y corta barba gris; su rostro estaba marcado por profundas arrugas. Se apoyaba en un bastón, y fijaba con sus ojos pardos un punto indeterminado por encima del hombro de Pompeyo. Cuando éste se acercó, se dio cuenta de que en realidad los ojos del sacerdote fueron una vez negros, pero que ahora estaban cubiertos por un ligero velo blanco.

— ¿Qué quiere de mí el procónsul?— dijo el sacerdote, con voz tranquila y relajada. El romano se sorprendió no sólo por su tono de voz y por la pregunta, sino por el hecho de que en realidad sí que quería algo de aquel hispano, quería saber.
— ¿Por qué os habéis aliado con el traidor Sertorio?
— Es mejor que Galba.
— ¿Mejor? Es un rebelde, no se somete a la autoridad del Senado de Roma. Vuestra ciudad es una colonia latina, vuestros fundadores eran soldados itálicos, debéis obediencia al Senado.
— Ellos fueron la simiente de un pueblo nuevo. No debemos nada a Roma. Obedecemos a nuestra conciencia.
— No, a un loco que no se separa de una corza blanca.
— Es un don de la diosa Diana. Le hacen llegar mensajes a través de ella. A veces los dioses nos eligen como mensajeros, intermediarios.

Pompeyo se ajustaba, nervioso, las muñequeras de cuero. No sabía por qué estaba perdiendo su tiempo escuchando al sacerdote. Por una parte tenía ganas de reservarle el mismo tratamiento que al optio rebelde, cuyos alaridos se sobreponían al fragor del saqueo. Hubiese bastado poco, una mirada a su escolta personal, que lo acompañaba como una sombra, y el hispano se habría callado para siempre. Sin embargo, no podía evitar seguir interrogando al anciano.

— ¿Te hablan los dioses?
— No. Veo cosas que aún no han sucedido. A medida que estos se van apagando— dijo, señalándose los ojos— las imágenes brotan en mi cabeza.

El procónsul sabía qué quería preguntarle ahora, pero antes de hacerlo el sacerdote le respondió.

— Veo al gran Pompeyo regresando triunfante a Roma, acogido como un héroe. Veo más batallas, más conquistas, el triunfo, la gloria, magníficos edificios llevarán tu nombre… Pero también veo traición, muerte, tu cabeza rodando cerca de un gran río, al otro lado del Mare Nostrum…
— ¡Cierra la boca! ¿Escuchas?— llegaban hasta ellos los sonidos de la muerte, los gritos agónicos del optio, las súplicas de los condenados, el fuego devorando las casas. — Ya he escapado de la muerte una vez, volveré a hacerlo si es necesario. Sin embargo, es tu Valentia la que muere.
— No lo hará. ¿Ves ese niño?— continuó, señalando un bebé que lloraba en brazos de su madre—cuando será muy anciano volverá, con otros, para reconstruir la ciudad, por mandato del heredero de tu peor enemigo. Llegará un tiempo, cuando el senado de Roma no será más que un recuerdo, en el que vendrán otros. Echarán raíces en esta tierra y dejarán de ser extranjeros, como los soldados que trazaron estas murallas hace más de cien años.

El sacerdote volvió a su mutismo. Pompeyo deshizo su camino, regresó a la explanada en la que habían ajusticiado a los prisioneros. Fijó su mirada en los restos del optio, que se había convertido en una ensangrentada masa amorfa. Un ayudante le acercó su caballo. Montó con agilidad, e impartió las últimas órdenes.

— Destruid la ciudad, arrasadla, que no quede rastro de ella ni de sus habitantes. — Recapacitó por unos instantes — Excepto el templo de Esculapio y quienes estén en su interior.

Esqueleto de la edad republicana encontrado en el yacimiento arqueológico de la Almoina, Valencia.

César y Lucrecia

Viana, reino de Navarra, 12 de marzo de 1507

Quería que fuese algo rápido. Y sin embargo, respiro aún. No puedo levantarme, ni apartar los ojos de este cielo gris, de las nubes. No tengo frío, a pesar de que me han desnudado. Uno de ellos ha creído hacer algo piadoso colocando una piedra sobre mi entrepierna, a modo de taparrabos. Pensándolo mejor, si hubiese sido rápido no podría recordarte ahora. Germaneta… Germaneta meua…*  Llorarás cuando sepas que me han matado ¿verdad, Lucrecia? Alguien te hará llegar la noticia hasta Ferrara, apenas me encuentren. No llores delante de ellos, retírate a un lugar privado, que no puedan regodearse en tu dolor, esos d’Este fríos como el viento de tramontana. Aunque, quizás no me llores, pues ya te hice derramar todas tus lágrimas. Me gustaría que lo hicieses, ojalá pudiese ver tu llanto. Soñaba contigo con los ojos abiertos, durante mi reclusión en Chinchilla y en Medina del Campo. Te veía en un rincón de mi celda, tal como te vi aquella noche en tu castillo de Nepi. Vestida de negro, pálida, mirándome, enigmática como una esfinge. Durante el viaje de Roma a Nepi había anticipado nuestro encuentro con la imaginación; esperaba que me acogieses con un sinfín de insultos y reproches. Sin embargo, una vez delante de ti, te miraba y, por primera vez en nuestras vidas, no sabía qué pensabas. No podía derribar ese muro que habías levantado. No me echaste en cara su muerte, no me acusaste de dar la orden que acabó con la vida de tu marido, Alfonso de Bisceglie. Llegué, seguro de mí, repitiendo para mis adentros, mientras me conducían a tu presencia, el discurso que había preparado a conciencia; el destino de nuestra familia, el fin—deshacernos de la alianza con España—justificado con la sangre de un inútil vínculo matrimonial con los Aragón de Nápoles. No pude pronunciar palabra, atemorizado por tu frialdad.

Abriste solo los labios para preguntarme:

— “¿Quién será el próximo?”
— “Alfonso d’Este”.
— “Duquesa de Ferrara. Sea”.

A ello te dedicaste en cuerpo y alma durante los muchos meses que duraron las negociaciones; hiciste todo lo posible para que el asunto se concluyese con éxito: aplacaste la ira de nuestro padre cuando el viejo duque Hércules tiraba demasiado de la cuerda, pues nunca estaba satisfecho con la suma de la dote. Me negabas sonrisas que regalabas a otros. Un par de veces reventé caballos desde mis tierras de Romaña al Vaticano deseoso de verte sonreírme con todo tu ser, como hacías antes. Sin embargo, seguías llevando esa máscara que podía ver solo yo. Bailábamos juntos tras las cenas ofrecidas a los embajadores; nuestro padre y yo te exhibíamos como a uno de esos monitos amaestrados de las Indias. Mirad cómo baila madonna Lucrecia, no dejéis de referirlo al señor duque Hércules y al señor Alfonso. Te levantaba en mis brazos mientras danzábamos al compás de un saltarello y sonreías a los espectadores. Cuando te retirabas con tus damas yo lo hacía engullido por las sombras. A cada una de tus sonrisas negadas seguía un nuevo cadáver flotando en el Tíber. Que tiemble toda Roma por la rabia de César Borgia. Perseguía con saña a los autores de los poemas o las canciones que el pueblo cantaba sobre nosotros. Falsedades sobre nuestra familia, quién dormiría esa noche con la hija del papa, si su padre o su hermano. Acallaba, con cada golpe de mi puñal, aquella parte de mí que deseaba que tuviese algo de verdad.

Años después, cuando las fiebres casi te mataron, me precipité a tu lecho. A partir de ese momento empecé a entender tu fuerza, tu coraje. Me había equivocado; creía que el valor podía medirse por la toma de un castillo, un duelo a espada, el enfrentarme yo solo a siete toros bravos en la arena. Nunca le di importancia al papel al que te condenamos: ser durante toda la vida una pieza movida a lo largo y ancho del tablero de la península para mayor gloria de nuestro nombre. Estaba convencido de que abrir las piernas de vez en cuando al consorte que mejor nos conviniese en cada momento, parir los hijos que viniesen, era un trabajo fácil comparado con el mío; poco esfuerzo para tanto beneficio. Sin embargo, hace falta mucho coraje para sobrevivir en el ambiente hostil de una pequeña corte. Sola, dejando a tus hijos atrás, cargada a pesar de tu juventud con el dolor de demasiadas pérdidas, sin aliados, objeto de críticas; acabaste por ponerlos a todos de tu parte, incluido ese marido que clamó al cielo cuando supo que su padre pretendía desposarlo con la hija del papa. No tienes que ser tan débil si de nuestra estirpe—a excepción de Jofré—quedas solo tú; la mujer que me observaba desde un rincón de mi celda, la figura hierática vestida de negro, con su dolor y dignidad por armadura.

Y ahora sé, finalmente, por qué me miraba desde las sombras. Porque esperaba oír algo que nunca le dije. Las últimas palabras que saldrán de mis labios, aquí, desde esta zanja húmeda en el reino de Navarra, tras una escaramuza imposible a la que me lancé con la esperanza de una muerte rápida, honrosa.

Miro las nubes, se abren por un instante. Hago un esfuerzo, me quedan solo estas dos palabras.

— “Lucrecia, perdóname”.

 

*Hermanita, hermanita mía…

El buen soldado

Bartolomeo Manfredi – Soldado portador de la cabeza del Bautista – Museo del Prado – Imagen descargada del sitio internet del Museo – enlace

Roma – Junio 1606

— ¡Esa es la expresión que iba buscando! ¡No mováis un músculo!
El pintor levanta los brazos, como si quisiera detener el tiempo y aprisionar en él al hombre que está posando. Deja sobre la mesa paleta y pinceles, ignorando el estruendo que hacen al perder su precario equilibrio y caer al suelo; coge el primer papel que encuentra y empieza a dibujar con un carboncillo en una esquina los rasgos del hombre: los ojos negros, grandes, fijos en un punto a su derecha, detrás de la espalda del pintor. La boca está entreabierta, en el rostro una expresión de alegre sorpresa, la aleta de la nariz dilatada como la de un caballo cuando está a punto de iniciar la carrera. El maestro no hacía dibujos preparatorios de sus obras, trazaba como mucho algunas líneas con la punta de los pinceles en la base húmeda de la preparación del lienzo; el pintor seguía sus pasos hasta en eso, pero sabía que al hombre delante de él no le sobraba la paciencia. De hecho, a los pocos momentos se giró del todo enfrentándose al objeto que le había llamado tanto la atención; el pintor resopló, se concentró en el papel para terminar de plasmar los rasgos que había memorizado, intentando no distraerse lo más mínimo.
— Señor Manfredi, lo siento. En mi defensa puedo decir que no habría parpadeado si ella se hubiese quedado en la puerta.
El pintor, Bartolomeo Manfredi, terminó el boceto; con un trazo mínimo dibujó el hoyuelo que había visto por primera vez en la mejilla de su modelo, el austero soldado español, quien, hasta hace un instante, no le había dedicado más que miradas hoscas. No había sido fácil convencerlo para que se quedase en el estudio y aceptase a regañadientes que fuese él quien le hiciera el retrato, a pesar de todo.

— ¿Dónde está el maestro? — le dijo aquel hombre cuando entró con zancadas decididas a primera hora de la mañana en la casa, apartando a Manfredi con un brazo. — He vuelto a Roma lo antes posible, tenía que retratarme. Me gané tal derecho en una partida a cartas en la Taberna del Oso hace veinte días. Le hice jurar que pagaría su deuda de juego cuando volviese del absurdo encargo que me había encomendado Su Excelencia.— Abrió la puerta del dormitorio, gritando. — ¡Michele! ¿Estás durmiendo la última borrachera? ¡Levántate, lombardo del demonio! — Cuando el soldado regresó sobre sus pasos preguntó de nuevo a Manfredi, esta vez hablando despacio, como si su interlocutor fuera duro de oído o de sesera. O puede que las dos cosas. — ¿Me podéis decir dónde está Michelangelo Merisi da Caravaggio, el pintor? Me dio esta dirección, es aquí donde trabaja ¿no?
— Así es. O era, hasta hace dos días. Se ha ido de Roma.
— Espero que por un buen motivo, señor…
— Manfredi. Bartolomeo Manfredi. Ha tenido que escapar de la justicia, discutió con Ranuccio Tomassoni; hay quien dice que lo hicieron por un partido a pallacorda, o por una deuda de juego. No se soportaban desde hacía tiempo; bastó poco para pasar de las palabras a los aceros, y le cortó la femoral de una estocada. Se desangró en pocas horas.
— Pardiez. ¿Y sabéis dónde ha ido?
— Según me han dicho se ha refugiado en Paliano, cerca de Frosinone, en la casa de Filippo Colonna. Pero no creo que esté mucho tiempo ahí, el papa exige que responda de su delito.
— ¿Y vos qué hacéis aquí?
— Soy… era… uno de sus discípulos, he aprendido de él todo lo que sé de pintura. Puedo pintaros yo, si lo deseáis.
El español rió — No tengo con qué pagaros, el dinero que le gané a vuestro… maestro, me lo he gastado ya, y ya sea Su Excelencia el señor embajador que su majestad el Rey se toman con bastante calma el pagarnos la soldada. Es más, como no lo hagan pronto, volveré a hacer el Levante. El corso es duro, pero acaban llegando ducados de los buenos a la bolsa.
— Os pintaré gratis — el soldado arqueó las cejas — Quiero decir, para conseguir un contrato necesito muestras de mi trabajo para enseñar a los clientes, y no tengo prácticamente nada. Vuestro retrato sería mi tarjeta de presentación.
El hombre escuchaba al pintor, mientras paseaba por la estancia, casi vacía a excepción hecha de un caballete, un par de lienzos, pinceles y tarros con aceites y pigmentos. En una esquina descansaba una serie de objetos de lo más variado, que sirvieron en su tiempo como material de escena para los cuadros que fueron pintados tiempo atrás entre esas cuatro paredes: instrumentos musicales, ropas, mantos, partituras, una armadura. Alzó la mirada al techo, y vio que colgaba una cuerda atada a una argolla. Tiró de ella y se abrió una trampilla, por la que entró la luz de la mañana formando una diagonal perfecta, iluminando la casa.
— ¿Entonces, aceptáis que sea yo quien pinte vuestro retrato, señor…? — Manfredi observaba con temor al hombre, que apoyaba con indolencia la mano izquierda en el pomo de su espada mientras seguía sin soltar la cuerda que había liberado la trampilla.
— Capitán Martín de Contreras, al servicio de su excelencia el Conde de Monterrey, embajador de su majestad el Rey Felipe III. — Manfredi sonrió para sus adentros; no había amanecido aún el día en el que conociese un soldado español que no se creyese más importante que el papa. — Y sí, acepto. Con una condición: ya que usaréis mi retrato como muestra de vuestro trabajo pintaréis también una copia. No voy a posar durante horas para algo que no pueda llevarme de vuelta a Madrid.
Bartolomeo Manfredi empezó a arrepentirse de su oferta, calculando lo que le costaría saldar la deuda de juego de su maestro. Y encima por partida doble. Tenía sólo dos telas preparadas y el gasto extra en pigmentos y colores lo obligaría a seguir una dieta rígida a base de pan y lechugas. Pero necesitaba pintar, casi más que comer.
— Cuando queráis empezamos, señor capitán. ¿Qué os parece un ‘soldado portador de la cabeza del Bautista’?

Manfredi apoyó el carboncillo sobre la mesa, satisfecho del resultado. Supo entonces quien había llamo la atención del capitán Contreras; la madre del chiquillo que, a sus pies, había cogido los pinceles que se le habían caído poco antes.
— Lena.
— ¿Has sabido algo, Bartolomeo? ¿Dónde está?
La mujer se había acercado al pintor, suplicante, con la voz rota, sin hacer el menor caso al hombre alto y moreno que no apartaba sus ojos de ella.
— En Paliano.
— ¡Voy con él!
— No digas tonterías, Lena. Estará poco tiempo, aunque los Colonna lo protejan está siempre en los estados pontificios, se marchará de ahí apenas le sea posible, a Nápoles, o Sicilia…
— ¡Tiene que volver! Aunque sea por él — respondió la mujer señalando al niño, ajeno a las lágrimas de su madre. Mientras tanto, Contreras había apoyado la bandeja sobre la cual su alter ego retratado llevaba la cabeza del último profeta, y se acercó al grupo formado por la mujer, el pintor y el niño. No era la primera vez que veía su rostro; la había observado ya antes, dibujada en un altar de la iglesia de Sant’Agostino, llevando en brazos a ese niño, y en otro altar, en San Pietro, aplastando junto con su hijo la cabeza de la serpiente. El capitán no era un hombre culto, pero el servicio de escolta a Su Excelencia suponía ir a donde él fuese; y mientras su señor asistía a misa él, no demasiado interesado en el oremus del oficiante, observaba los cuadros que adornaban las iglesias de Roma. Al estar delante de ella reconoció que Caravaggio le había hecho justicia. Durante las largas misas, no podía apartar la mirada de la piel de la mujer retratada; no había visto nunca una tan blanca y tersa, llegando a la conclusión de que el talento del artista había mejorado la naturaleza, pero no era así. Y no era el único en admirar tal belleza; el cardenal Scipione Borghese usó toda la influencia y poder derivados de ser el sobrino del papa, para que, por cien escudos, la tela conocida como la Virgen de los Palafreneros, fuese descolgada de la basílica de San Pietro para llegar a su colección privada.
La mujer se sentó en un taburete; sollozaba. De repente, se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano y se dirigió, decidida, a la esquina en la que se amontonaban enseres y ropas. Revolvió hasta que encontró lo que buscaba, un vestido de color naranja oscuro. Lo sacudió, alzándose miles de motas de polvo, dibujando torbellinos gracias a la luz que entraba por la trampilla en el techo.
— Me llevo este vestido, es mío. — Al pasar de nuevo al lado de la mesa de trabajo del pintor, se detuvo a observar el dibujo a carboncillo de Contreras, y finalmente lo miró, como si acabase de advertir su presencia. Éste se dio cuenta de que estaba sudando copiosamente, no sólo por el calor de junio y el coselete; notaba la boca seca, no sabía qué decir. Fue Lena quien habló, dirigiéndose al pintor, a pesar de no apartar la mirada del capitán. — Bartolomeo, bien hecho. Al final va a resultar que eres un pintor de verdad — inclinó la cabeza a modo de saludo a Contreras. — Si sabes algo más de Michele, mándame recado. Vamos a casa, Tommaso.
Contreras regresó a su posición; recogió la bandeja de plata, pero la dejó caer al instante. Se quitó el morrión y todas las piezas de su coselete. Luchaba por desatar los correajes que unían el guardabrazo al peto; no lograba abrirlos, notaba los dedos torpes, como si fuese la primera vez que tuviese que despojarse de su armadura, algo que había hecho miles de veces.
— ¡Demonios! — gritó cuando finalmente pudo aflojar las cinchas y las piezas de metal que cubrían sus brazos y torso cayeron al suelo. Tenía la sensación de estar viviendo uno de esos sueños en los que se tiene que escapar de algo pero se notan las piernas pesadas y no se logra dar un paso sino con un esfuerzo titánico. Con la diferencia de que no era él quien escapaba, sino una mujer morena de piel increíblemente blanca y suave. Cuando se deshizo de todas las piezas de metal saltó sobre las mismas. Cogió su espada, sin preocuparse de meter las faldas de la camisa dentro de los calzones.
— ¿Dónde vive? — le preguntó a Manfredi mientras abría la puerta. — “En Piazza delle Cinque Lune… Entre Sant’Agostino y Piazza Navona— contestó el pintor, resignado a trabajar en su cuadro quién sabe durante cuánto tiempo sin su modelo. — Lena suele hacer este efecto — dijo en voz alta, observando el boceto a carboncillo mientras lo colocaba entre la madera del caballete y el lienzo.
Contreras salió a la calle, intentando localizar a la mujer. No podría estar muy lejos, sobre todo con el niño. Pero las estrechas calles estaban llenas a rebosar; mientras intentaba dar con ella entre el gentío decidió que lo mejor era llegar lo antes posible a la dirección que le había dado el pintor. Distinguió al fondo de la calle las columnas corintias del Panteón, y corrió hacia ellas. Recorrió las calles más anchas, evitando carruajes, mendigos y charcos. Dejó a su izquierda la plaza de San Eustaquio y entró por uno de los extremos de Plaza Navona. Atravesó la plaza, buscando a Lena entre los puestos del mercado, sin encontrarla. Cuando llegó a la Plaza de las Cinco Lunas, prácticamente sin resuello y empapado de sudor, se dijo que ella no podía haber llegado aún. En un portal un hombre anciano tejía cestas usando un fajo de cañas secas. El español lo miraba, preguntándose por qué ese rostro le resultaba tan familiar. Se refrescó en una fuente, metiendo la cabeza bajo el caño de agua fría y dejando que el pelo le chorrease sobre los hombros; se tiró hacia atrás las greñas con las manos y se enjuagó la barba, acercándose al cestero, mientras éste le devolvía miradas desconfiadas. Sabe que ha visto ese hombre en algún otro lado. Le son familiares la larga barba blanca, las mejillas excavadas y la frente, que se llena de arrugas cuando alza los ojos para observarlo. Pasa de largo y espera, apoyado a una pared. El primero en aparecer es el niño; el cestero lo llama con una mano, y le regala un animal confeccionado con unos mimbres tiernos. Poco después aparece Lena; pasa bajo el arco de Sant’Agostino, llevando un capazo con verduras apoyado en la cadera. Dentro del mismo se adivina el color naranja del vestido que se ha llevado del estudio del pintor. Su semblante es serio, distraído; mira al suelo y de vez en cuando se le escapa un suspiro. Cuando levanta los ojos se encuentra con la mirada del capitán Contreras, que durante la espera mordisquea nervioso una paja. Ella lo mira y recorre con los ojos toda la plaza, como si buscase, o temiese, la aparición de alguien por una esquina.
Se acerca. — ¿Me habéis seguido, señor soldado? — pronunció las dos últimas palabras en castellano. Contreras no pudo evitar sorprenderse. — No ponga esa cara, vuesa merced. Os delata vuestro acento.
— ¿Y lo de soldado?
— En Roma los españoles de vuestra edad son eclesiásticos, nobles o soldados. Podéis ser sólo lo último. Además, no llevabais la armadura como quien se pone un disfraz. Se nota que es vuestra segunda piel.
La mujer sorprendió a Contreras; se había fijado en él, a pesar de no haberlo demostrado. Siguió un largo silencio, exento de embarazo. Simplemente se observaban. Fue Contreras quien lo rompió.
— El pintor, Manfredi, tiene razón. Michele no va a estar por mucho tiempo en Paliano, no puede quedarse en los estados pontificios. Si lo hace, acabará prisionero en Tor di Nona. Yo, en su lugar, iría a Nápoles.
— ¿Vuesa merced cree que no volverá nunca?
— Puede que lo haga, dentro de un tiempo. Creo que… — el capitán se mesaba la corta barba, mientras pensaba — sólo hay una persona que pueda interceder por él frente al papa y lograr que se le indulte la pena.
— ¿La marquesa Colonna?
— No. El cardenal Borghese. No se conformará con el cuadro que ha comprado a la confraternidad de los palafreneros. Querrá más. Y si logra que su tío el papa lo indulte, tendrá a su servicio al mejor pintor de nuestros tiempos, eternamente agradecido.
— Y ese indulto. ¿Cuándo llegará?
— Dentro de bastantes meses. Un par de años, si no más.
— ¡Demasiado! No puedo esperar tanto tiempo — Lena tenía la voz rota por la angustia, y los ojos llenos de lágrimas. Contreras sintió una punzada de envidia y celos.
— ¿Vos conocéis bien a Michele? No recuerdo haberos visto antes.
— Lo bastante como para haber jugado con él alguna que otra partida a cartas. Esta mañana fui a su estudio a cobrarme la última apuesta: un retrato.
— ¿Y vos qué os jugásteis?
— Mi espada — contestó, moviéndola ligeramente. Era una pieza única. El mejor de los aceros toledanos forjado en una hoja brillante y un filo letal, engañosamente frágil en apariencia. Los gavilanes del guardamanos eran dos espirales, forjadas en forma de serpientes, protegiendo parte de la empuñadura. El pomo era una pequeña esfera de acero. Lena observó el arma, y se dibujó una sonrisa triste en su rostro.
— Sin lugar a dudas, toda una tentación para Michele. ¿Y si la perdíais?
— Yo nunca pierdo a naipes.
— Estáis demasiado seguro de vos mismo.
— Es necesario. En mi oficio la duda, la inseguridad, se pagan con la muerte.
El cestero silbó. Lena miró en su dirección; un grupo de hombres pasaba en esos momentos bajo el arco de Sant’Agostino. Nerviosa, se cubrió la cabeza con una estola y les dio la espalda.
— Entrad en la taberna — dijo a Contreras, señalando el local al lado opuesto a su puerta. — Decid a Cesco que buscáis un rincón tranquilo para beber vino blanco de Frascati. Esperadme, tengo algo que pediros. — terminó, llevándose en volandas al niño. El capitán no quitaba ojo a los hombres. Eran tres, uno de ellos de aspecto amenazador, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla llegando hasta la comisura de los labios. Uno de esos individuos a los que no conviene mirar durante más de pocos segundos si no se quieren tener problemas. Cuando Contreras estaba a punto de comprobarlo, el cestero llamó su atención.
— Aquí tiene su encargo, señor— el hombre le entregó una esterilla, mientras el grupo pasaba detrás del soldado.
— ¡Viejo! Dile a Lena que pasaré a visitarla… ¡esta noche! — dijo el tipo de la cicatriz mientras hacía un gesto obsceno, dándose codazos con sus compadres. Contreras llevó por instinto su mano a la ropera, pero el anciano negó imperceptiblemente. El español relajó los dedos y apretó la mandíbula, los tendones marcándose en la cara.
— Se han ido. Désela a la Lena — dijo el anciano señalando la estera, y prosiguió con su trabajo, como si no estuviese allí.
Al otro lado del portón por el que había entrado la mujer había una taberna. De unos goznes oxidados colgaba un viejo emblema de madera, desconchado, en el que se podía leer En las cinco lunas, con cinco media lunas blancas pintadas sobre un campo que años atrás probablemente había sido rojo. Contreras entró en el local, largo y estrecho. Detrás del banco de madera el tabernero, aburrido, limpiaba con pocas ganas unas jarras de barro. Era un hombre obeso y calvo, cuya incipiente barba tiznaba de negro su cara. Levantó los ojos hacia el recién llegado.
— Busco un rincón tranquilo para beber vino blanco de Frascati — atacó Contreras, sin esperar un qué se le ofrece que probablemente nunca habría salido de boca de Cesco, el tabernero. Éste levantó con desgana una tabla de madera y se acercó al soldado.
— Te manda Lena — afirmó más que preguntó. Contreras se aguantó las ganas de quitarle la papada de un guantazo, por permitirse el tuteo, pero se contuvo. Iban ya dos veces que lo tuvo que hacer en pocos minutos, antes con el tipo de la cicatriz, y ahora con el tabernero. Su intuición le decía que si esa mujer iba a entrar de alguna manera en su vida, no le faltarían ocasiones para poner sujetos como esos en su sitio. Deseaba ambas cosas.
Cesco le indicó una mesa prácticamente escondida para quien entrase de la calle, situada detrás de un panel de madera. Tardó unos momentos en acostumbrarse a la penumbra. Filtraba más luz de una puerta situada a sus espaldas que de las dos velas de sebo encendidas sobre la mesa. El tabernero le sirvió una jarra y un vaso. El soldado estaba seguro de que lo que habría dentro no sería ni tan siquiera vino. Faltaría más que fuese fresco o de Frascati. Sin embargo, estaba sediento y se notaba pegajoso, debido tanto al sudor por la carrera bajo el sol que calentaba ya como en pleno verano, como por el agua goteando de la cabellera, que le había empapado la camisa. Así pues, llevado por la desesperación más que por la curiosidad, llenó el vaso y se lo llevó a la nariz.
— No hay que fiarse de las apariencias — se dijo tras apurar el contenido de un trago. Era sin lugar a dudas un excelente vino blanco. Y fresco.
Entró luz por sus espaldas; alguien había abierto la puerta que cerraba el pasillo. Como si fuese una aparición, de repente Lena estaba sentada delante de él.
— He dejado a Tommaso con una vecina. Se preguntará vuesa merced qué tengo que pediros.
— Protección ¿no es así?
Lena agachó la cabeza y afirmó levemente, secándose con disimulo las lágrimas.
— ¿Cuánto tiempo lleváis en Roma?
— Dos años en este encargo. Y estuve en otras ocasiones.
— Entonces estáis al corriente de los cotilleos de la ciudad. En particular sobre Michele, y no sólo sobre quien compra sus cuadros.
— Así es.
— Y sabréis entonces a lo que me dedico ¿no? — Lena lo miró a los ojos. No había vergüenza en su mirada. Sí, toda Roma sabía que Caravaggio usaba el pueblo como modelo: cortesanas en la piel de santas, prostitutas y amantes como Lena posando como la Virgen, su hijo bastardo el niño Jesús… o cesteros como San Mateo. Fue entonces cuando finalmente recordó donde había visto antes a ese hombre: en los tres cuadros de San Luigi dei Francesi como San Mateo, y en Santa María del Popolo como San Pedro. Contreras asintió.
— ¿Por qué yo? No me conocéis; puede que sea peor que ese bruto con la cicatriz en la mejilla.
— En mi oficio la intuición es tan importante como la habilidad en usar la espada en el vuestro. ¿Dónde prestáis servicio?
— Soy capitán de la guardia del Conde de Monterrey.
— No creía que fuéseis un oficial… Quizás mi propuesta os ha insultado. Pero, si aceptáis os daré una parte de lo que gane. — Contreras levantó la mano, negando con la cabeza. Muchos de los soldados que, tras haber servido en los ejércitos del rey podían regresar a la patria para contarlo, no llevaban consigo más que la licencia en un tubo de plomo, con la bolsa tan vacía como las tripas. Así, entre una petición a tal o cual noble para que el soberano les concediese una pensión, muchos vivían de su coima, a quienes quitaban buena parte de lo ganado con el sudor de sus muslos a cambio de una protección que solía traducirse, para desgracia de la mujer, en palizas y malos tratos. A él siempre le repugnó esta práctica y se juró que antes de hacer algo así se abriría en dos con su espada. No se aprovecharía de las ganancias de Lena. Prosiguió.
— No quiero dinero. Pero hay otro problema. Me tengo que ausentar a menudo de Roma, y cuando estoy pueden pasar días sin tener un momento que dedicar a mis asuntos.
— Michele no hacía la guardia a mi puerta. Basta poco, que se corra la voz de que no estoy a disposición del primer indeseable que quiera tomarme. Que no respetarme puede traer problemas. Además, si estáis posando para Bartolomeo quiere decir que tenéis algunos días a disposición ¿no?
— Así es. Creo que os podré ser útil ya hoy. El de la cicatriz ha dicho al cestero que vendrá a haceros una visita esta noche. Creo que se llevará una buena sorpresa — terminó Contreras, tocándose los bigotes y sonriendo.
— ¡Gracias, mil gracias! Mi puerta está en el segundo piso. Entrad por aquí, no por el portón que da a la plaza, Cesco os indicará el camino.
— Volveré al anochecer. — dijo Contreras, tras entregarle la esterilla.

Pasadas algunas horas, el capitán Martín de Contreras caminaba a paso rápido por las calles de Roma. No sabía si aquel individuo de la cicatriz era peligroso de verdad, y no sólo lo parecía, por lo que llevaba consigo, además de su ropera, una vizcaína ceñida a sus riñones, una pistola y una daga escondida en las botas. Al llegar a la Plaza de las Cinco Lunas, vio que el modesto negocio del cestero estaba cerrado; no así la taberna. El establecimiento estaba tan vacío como por la tarde, probablemente se llenaría después, a noche cerrada. Cesco le salió a su encuentro.
— Te abro la puerta, Lena me ha avisado que vendrías — a pesar de que seguía con el tuteo, Contreras notó que la actitud del tabernero había cambiado. Osaría decir que el tono de su voz era hasta servicial. Abrió la puerta y salieron a un pequeño patio con un pozo en mitad del mismo, al que daban las ventanas de los edificios circundantes. — Esa verja a la izquierda da a las escaleras. Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Lena es una buena mujer, no me perdonaría si le pasase algo. — Terminó, ofreciéndole la mano.
La casa era modesta, pero pulcra; más pequeña aún que el estudio del pintor. Constaba solo de dos estancias. En la más grande una chimenea ocupaba parte de una pared; había una olla sobre el fuego encendido, y una repisa con utensilios de cocina. Cerca de la ventana estaba una mesa con un par de sillas y una cesta con labores en el suelo. Sentado a su lado, el pequeño Tommaso jugaba con el animal que le había dado el cestero. En la pared opuesta a la chimenea una puerta daba a otra habitación, más pequeña, en la que se podía ver una cama, una cuna y un baúl. Completaban el modesto mobiliario un biombo de madera que escondía un par de arcones, y un pequeño cuadro, al lado de la puerta de la habitación. Un retrato de Lena y el niño, recién nacido.
Al principio, engañaron la espera con la cena. Dieron buena cuenta del cocido con verduras. El capitán recordó al cestero. Tardé en caer en la cuenta de quién era, dijo. Se llama Pietro, contestó Lena. Contreras sonrió. No podía llamarse de otra manera; Matteo, como mucho. Lena apoyó una mano bajo el mentón, mientras jugueteaba con unas migas de pan sobre la mesa.
— Sin Michele no tenemos quien hable por nosotros. La ciudad nos ignoraba, éramos los últimos, y ahora estamos en las capillas encargadas por los poderosos, con nuestros pies sucios, nuestras arrugas, nuestra pobreza. Por primera vez los que mandan nos miran a la cara. ¿Quién lo hará ahora? Baglioni no, desde luego, con esas santas que parecen figuras de cera. Durante un tiempo fuimos el centro de la atención, ahora volveremos a desaparecer, tragados por esas sombras que tanto le gustaban.
— Quizás no… Bartolomeo, por ejemplo.
— No llegará nunca a ser tan bueno como Michele. O tan apreciado. Aprenderá, como todos, a malvenderse por un plato de lentejas.
Contreras se preguntaba qué sería ahora de Lena. No le faltaría pan que llevarse a la boca, de eso se encargaría él… ¿por cuánto tiempo? Ella prosiguió, como si estuviese leyendo su pensamiento. No se engañe por esto, señor capitán. Dijo moviendo la mano abarcando la humilde estancia. Tengo mis ahorros. Sabía que él desaparecería tarde o temprano. Por una mujer, por matar a alguien o porque alguien lo habría matado. No podré pagarme la sepultura en Sant’Agostino, no llego a ser una “cortesana honesta”, pero desde luego no soy una “puta de vela”. No acabaré ejerciendo en una esquina por pocas monedas cuando no me queden dientes en la boca. Un día tendré mi mesón, un lugar tranquilo, sirviendo comidas, con habitaciones para la gente de paso. De esa sobra en Roma, gente que viene y se va… como vos, señor capitán. Tarde o temprano os iréis.
— Hoy estoy aquí. Háblame del tipo de la cicatriz.
Lena sonrió, agradeciendo el tuteo. Le dijo que era un amigo del hombre que había matado Michele, Ranuccio Tomassoni.
— Sé también el motivo. No fue por un estúpido partido a pallacorda, o una deuda. Fue todo por Fillide. Así era la vida con Michele, tenía que compartirlo con una multitud, con su arte, sus cambios de humor… Días enteros sin pronunciar palabra porque sabía que tenía la cabeza en otro lado, en el próximo encargo, en los pechos de Fillide. Por eso no dejé de verme con mis clientes fijos, por mucho que él se hiciese el celoso.
Contreras la interrumpió. No quería saber detalles de su vida íntima con el pintor. Era ya noche cerrada y probablemente el de la cicatriz estaría a punto de cobrar su visita.
— Lena, el hombre.
— Se llama Giorgio. Un matón, pero cobarde. Cuando aquella noche se pusieron las cosas feas salió por piernas. Su especialidad es la fuerza bruta, los puños y su mole, pero con un arma en la mano es un patán. Michele y los demás se burlaban de él por ello. Sé lo que quiere, vengarse con una presa fácil como yo. Qué mayor placer que tomársela con la mujer de su enemigo.
— Haré que se le pasen las ganas, Lena.
La mujer se retiró a dormir. Mientras tanto, Contreras estudió la habitación. Colocó el biombo de madera más cerca del dormitorio, sentándose detrás de él, apoyado en la pared. Tenía la corazonada de que vendría solo, pero a una hora en la que ella durmiera, para tomarla por sorpresa. Tras algo más de una hora escuchó cómo alguien estaba forzando la puerta. Mientras el suelo de madera crujía por el peso del tal Giorgio, le llegó a sus narices un inconfundible olor a vino malo. El bravo había pasado la noche buscando valor para su hazaña en el fondo de una jarra. Contreras vio dos pies bajo el biombo. Tenía razón, venía solo, aunque probablemente sus compadres lo esperarían en la plaza. A esas horas el buen Cesco habría cerrado la taberna. En el mismo instante en el que el matón se dio cuenta de que Contreras estaba agazapado detrás del biombo, éste le dio una patada en los tobillos que le hizo perder el equilibrio. El crujir del suelo de madera al recibir en pleno el peso de Giorgio, coincidió con el del cartílago de su nariz rompiéndose. El capitán no lo dejó levantarse, inmovilizándolo con una rodilla en los riñones, mientras que con la mano izquierda le tiraba del pelo y empuñando la daga con la derecha le pinchaba la yugular.
Giorgio se lamentaba, escupiendo sangre sobre el suelo de madera. Contreras lo levantó, a pesar de la mole del matón, sin esfuerzo aparente. Lo obligó a sentarse en una silla; le ató las manos, mientras Lena lo observaba de brazos cruzados.
— Le dijiste a Pietro el cestero que pasarías a “visitar” a Lena, eres hombre de palabra, por lo que veo. — dijo Contreras. Giorgio escupió un grumo de sangre que fue a parar entre las botas del capitán. — Vaya ¿no me digas que tienes redaños? No lo esperaba de tal montaña de tocino — terminó, dándole un puñetazo en el estómago que le hizo perder el aliento.
Lena alzó una mano.
— Basta así, capitán. Creo que messer Giorgio ha entendido que no debe volver a esta casa. Ni buscar mi compañía.
— ¿Has oído a la dama? — dijo Contreras, cogiéndolo de una oreja. — Como vuelva a verte por aquí te hinco tres palmos de mi espada en las tripas. Discúlpame, Lena. Voy a bajar la basura.
Desató al hombre, y bajó con él hasta la plaza, pinchándole con la daga en los riñones, por si uno de sus compadres lo estuviese esperando. Así era; los mismos individuos que iban con él por la tarde le salieron al paso, desenfundando las espadas. Giorgio alzó los brazos, frenándolos.
— Quietos.
— Me place saber que puedes usar la lengua para hablar. — Lo alejó de él con un puntapié mientras extraía la ropera — Y ahora, todos a dormir ¿estamos?
— Creo que no. Nosotros somos tres, y tú eres uno.
— Vaya, vaya, vaya… Hasta sabes contar, Giorgio. — El matón hizo una señal con la barbilla y los otros dos atacaron. Temiendo tal respuesta, Contreras se había acercado más a uno, para tener tiempo de despachar a los dos si se terciara. Fue fácil deshacerse del primero, mientras paraba el golpe con la espada girándose le clavó la daga en un costado, pasándolo de parte a parte. No logró retomar la posición a tiempo, y el otro llegó a darle un tajo en el brazo con su arma. El herido se levantó y salió corriendo, con una mano en el costado. Tras pocas estocadas, el segundo decidió que Contreras era demasiado rival, por lo que salió también él por pies. El capitán, jadeante, se acercó a Giorgio con las dos armas en ristre, los grandes ojos negros brillando por la furia. El hombre permanecía inmóvil, demasiado aterrorizado como para moverse. — Estás empezando a cansarme, Giorgio de los cojones. Te repito, no vuelvas a acercarte a Lena, a su hijo, o a esta plaza. Que no se te ocurra volver creyendo que no estoy; sabes cuántos soldados españoles estamos en la ciudad ¿no? Así que si no estoy yo, estará un camarada. Tocarle un pelo a esa mujer sería como tocárselo al mismo Rey Felipe ¿entendido?
El italiano no se molestó tan siquiera en contestar, salió corriendo. Contreras, por la rabia, cogió una piedra del suelo y se la tiró. Estoy perdiendo puntería, se dijo.

A la mañana siguiente, Bartolomeo Manfredi continuaba trabajando en el retrato, para su sorpresa con el modelo en carne y hueso, que se presentó sonriente a la misma hora del día anterior, a pesar de que, al ponerse la coraza para posar, vio que lucía un vendaje en uno de los brazos. No le fue difícil adoptar la expresión que tanto le había gustado al pintor. A Contreras le bastó recordar la cara de Lena cuando le limpió la herida, sus dedos delicados rodeándole el brazo mientras lo vendaba, la piel blanca de su pecho asomando por el escote de su vestido. Él no pudo resistir la tentación de tocarla con la punta de los dedos, estando tan cerca. Pero los apartó, deteniéndose ante la mirada divertida de la mujer. No estaba acostumbrada a recibir tal trato de un hombre; solían agarrarla, manosearla, aferrarla como si no fuese más que un utensilio creado para su satisfacción. Contreras se tomó su tiempo, y ella se lo dio. Dos años después él regresó a Madrid, llevándose a Lena, su hijo y el cuadro de Manfredi. Caravaggio no había vuelto a Roma; moriría dos años más tarde, precisamente durante el viaje de regreso a la ciudad, pues finalmente, el papa Paolo V Borghese le había concedido el indulto. Lena se dio cuenta de que en la capital de las Españas había también mucha gente de paso, casi tanta como en Roma, y pudo abrir su mesón con hospedería. Por un tiempo, Martín de Contreras siguió sirviendo en los ejércitos, pero tras resultar gravemente herido en una escaramuza en Flandes, se decidió a pedir la licencia. Fue uno de los afortunados que consiguió sacar de las exhaustas arcas del reino una pensión por los servicios prestados, gracias a las buenas palabras de su señor el Conde de Monterrey y también a ese cuadro que se trajo de Roma. A quien quisiera escucharlo, mientras servía vinos en el mesón de Lena, Contreras contaba que al rey le dolió tanto prescindir de sus servicios, que se quedó con su retrato a cambio de una pensión, para que el monarca lo viese cuantas veces quisiese, señalándolo con orgullo diciendo, “este era uno de mis buenos soldados*”.

*De hecho, el cuadro conocido como “Soldado portador de la cabeza del Bautista”, de Bartolomeo Manfredi, formó parte de las colecciones reales, y ahora se encuentra en el Museo del Prado.

Nota: el conde de Monterrey fue embajador en Roma y virrey de Nápoles años después, pero he tomado el nombre de las memorias de, no podía ser otro, el Capitán Alonso de Contreras.