Conversaciones entre ausentes

Grafomanía – ejercicio en latín cursivo

Laura Mínguez ha escrito en Jot Down un bellísimo artículo sobre las cartas (quien quiera leerlo, que acoquine y pague la subscripción, que aún no está disponible gratis) que me ha hecho reflexionar sobre ellas. La abuela cebolleta cascarrabias que hay en mí ha levantado la voz, como siempre y cada vez con más frecuencia, refunfuñando sobre lo que se han perdido los milennials, la emoción de comunicar por carta de papel. Y si a las cartas iba unido un amor de juventud, miel sobre hojuelas. El cartero se volvía una figura mítica, el mensajero de los dioses, anhelado y esperado. Se regresaba a casa de los estudios o el trabajo con prisas, llavero en mano; ya antes de abrir el buzón se escudriñaba por las rendijas para intentar descubrir el objeto del deseo oculto entre las sombras. Si se piensa bien, era un ejercicio bastante estúpido, porque el tiempo pasado bizqueando deseando poseer la visión a infrarrojos de Superman era tiempo robado a la operación mecánica de abrir el buzoncito de marras. El escribir y recibir cartas de papel tenía una vertiente fetichista que jamás lograrán alcanzar los correos electrónicos y los whatsapps. Acariciar con la punta de los dedos ese objeto que a la vez fue acariciado días antes por el amado, el rasguear del bolígrafo o la pluma sobre el papel mientras se escribe, una banda sonora mucho más armónica que el tic tic tic del teclado, que aún con todo es un ejercicio físico incomparablemente más placentero que la escritura en las odiosas pantallas táctiles.

Pero, una vez aparcada la abuela cebolleta y su versión sofisticada, la “old-fashioned snob”, pensándolo bien, la esencia de las “conversaciones entre ausentes”, como define las cartas Laura Mínguez en su artículo, no ha cambiado.

Lo que sí ha cambiado ha sido el tiempo, la velocidad de reacción. Las relaciones epistolares destinadas a sucumbir tardaban más tiempo en morir por el simple hecho de que pasaban semanas entre una misiva y otra; pero entonces, como ahora, existía la función “Block”. Este ejercicio de memoria asociado a las cartas me ha llevado a recordar algo que hice de adolescente; algo de lo que ahora, con la “inútil sabiduría de la vejez”, como diría Tomasi di Lampedusa, me avergüenzo profundamente. En las revistas semanales para jóvenes, entre un truco sobre cómo ocultar el acné y las diez pistas para saber si tu chico te engaña, había una sección de anuncios para “pen friends”. Un día, no sé por qué, escribí a un chico de Madrid que había puesto en su anuncio que veraneaba donde lo hacía yo. No me acuerdo si fue ese el principal motivo por el que lo hice. Él me dio una buena impresión (imagino que porque escribía bien) y a la segunda carta le mandé una foto mía en el apartamento de verano con mi querido perro Black, el pastor alemán. Obviamente, a vuelta de correo él hizo lo propio, me mandó una foto suya con su perro y… desilusión, horror y pavor. Con el paso de los decenios he olvidado sus rasgos, por lo que no sería capaz de jurar que era realmente tan feo como para provocarme tal espanto, pero recuerdo perfectamente ese chihuaha color marrón diarrea de ojillos saltones. Escogí, obviamente, la manera más vil de hacerle saber la impresión que me causó su foto: se la devolví por correo, sin tan siquiera dos líneas y encima con un sobre en el que escribí su nombre y dirección a máquina. Hace falta ser “stronza”. Si creyese en la ley del péndulo, diría que pagué con creces mi ruindad en forma de plantones recibidos por algún que otro rollito de discoteca en sesión de tarde que se desvanecía en la nada y no se presentaba a la cita del “día después”.

Pero retomemos el discurso, una vez dejado atrás el vergonzoso recuerdo. Sea entonces que ahora, bajo forma de papel o de bit, la “esencia de las conversaciones entre ausentes” sigue siendo la descrita por Laura Mínguez. Por no hablar de los sentimientos, igual de intensos que los plasmados en letras, que aletean alrededor de quienes las escriben y las leen: espera, ansia, dudas. Mis estériles ejercicios de escritura incluyen a menudo una carta, o adopto directamente el estilo epistolar (si una es “old fashioned snob” lo es en todos los ámbitos). Las cartas son un caudal inagotable de sentimientos.

Los libros

Cuando empecé a salir e ir a discotecas, en el siglo pasado, resonaban aún los ecos de una canción en la cual la cantante decía muy convencida que la noche anterior un pincha-discos (maravillosa palabra), le había salvado la vida con una canción.

No sé si quedan rastros en mí de aquella adolescente prematuramente alta, soñadora—sí, creo que de eso queda bastante—e insegura que bailaba la canción del pincha-discos y la mujer que le debe la vida, pero sí que puedo asegurar es que en esta fase de la mía, los libros me están, de alguna manera, salvando. Me aferro a ellos como debió hacerlo un soldado de Marco Antonio a los restos de su nave que se hundía mientras su general perseguía a Cleopatra huyendo del golfo de Actium. El ejemplo es quizás excesivamente dramático, reconozco que hay algo en mí de las drama queen, pero creo que las cosas hay que llamarlas por su nombre, y este 2018 para mí puede definirse, sin lugar a dudas, como un año de mierda. Temí la llegada de mi cumpleaños, que pasó sin pena ni gloria, en medio de la completa indiferencia a excepción de pocos y apreciados casos. Una sugerencia: si quien me lee quiere desaparecer del mundo, basta borrar su cuenta de Facebook. Así pues, me acercaba a mi cuadragésimo octavo cumpleaños preguntándome qué había hecho yo con los granos (¿de mostaza?) que según la Biblia el Señor había puesto en mi zurrón. Al intentar contestar a tal dilema me preguntaba si era posible pasar a la siguiente. En todas las casillas—excepción hecha de la salud, lo cual me parece algo obvio, si tuviese problemas con mi cuerpo no estaría escribiendo esto, pues estas pajas mentales se desvanecerían como por arte de magia—que se usan normalmente para definir el nivel de satisfacción de un ciudadano occidental medio, podría contestar con un “existe un amplio margen para la mejoría”. Incluso aquella parte de mi vida que imaginaba sólida, se ha revelado sujeta por ligeras puntadas en hilo de hilvanar, mientras yo creía que estaban firmemente cosidas con vainica doble. En este caso, el dicho “no hay peor ciego que el que no quiere ver” parece hecho ex-profeso para quien escribe. Para rematar la faena, el asunto de las letras por el momento no me está llevando a ninguna parte; dejo muy satisfechas, eso sí, a mis dos fieles lectoras. Además, me he ganado durante estos meses halagos por parte de alguien que maneja la pluma como pocos, aunque desgraciadamente sea desconocido para muchos.

Como decía antes, en este momento digamos “peculiar” de mi vida, en este 2018 color gris rata, las lecturas representan algo más que un mero pasatiempo. Me pierdo entre las líneas impresas, me quedo sin aliento delante de la maestría de mi adorado Joseph Conrad. He vuelto a leer Victory, en una preciosa primera edición de los años cincuenta, que ha llegado a mis manos atravesando el tiempo y buena parte del continente europeo. He leído por primera vez Chance, The Golden Arrow y The Secret Sharer (me pregunto si soy la única que encuentra tal relato impregnado de homosexualidad reprimida). ¿Existe algún nombre de heroína más perfecto que Flora de Barral?

He perdido la noción del tiempo con las excelentes novelas policíacas de Luis Roso, y de mano de Inés Plana he visto y sufrido, como si estuviese a su lado, con el teniente Tresser mientras se enfrentaba a sus fantasmas. Los maestros me han ofrecido lecciones magistrales desde su cátedra: Javier Marías me ha presentado a Berta Isla. Estoy leyendo sus novelas con lentitud desesperante, no más de dos al año. La lectura de las novelas de Marías me provoca un placer que imagino se pueda comparar solo al que siente el amante del buen coñac cuando toma a pequeños sorbos un vaso de su etiqueta favorita.
Don Arturo Pérez-Reverte, látigo de hipócritas y aficionado a echar migas a los patos en Twitter, me ha ofrecido ración doble: Eva y Los perros duros no bailan. Como siempre, eficaz, quirúrgico a la hora de satisfacer mi sed lectora, una especie de amante de largo recorrido que sabe precisamente cuáles son los puntos a tocar, cómo y cuándo.

He gritado “¡Thalassa! ¡Thalassa!” con Senofonte y sus mil al volver a ver el mar en la Anábasis. Sobre mi familia del Renacimiento favorita, los Borgia, he leído biografías sobre Cesare y Lucrezia, además de una novela histórica que me ha convencido aún más, si cabe, de que está germinando en mi mente algo que será completamente diferente, apenas encuentre el coraje para centrarme en ello. Me he despedido con inmenso dolor de Isidoro Montemayor, pues he leído la novela que me faltaba de la trilogía con tal personaje como protagonista, escrita magistralmente por Alfonso Mateo-Sagasta, con un humor y una ironía dignos de otro maestro, Juan Eslava-Galán, de quien he saboreado su Enciclopedia Eslava.

En estos tiempos el filón de la novela histórica en castellano se está revelando afortunado, con estos tres libros, completamente diferentes el uno del otro. La cofradía de la Armada Invencible está escrita con la minuciosidad de un amanuense por Emilio Lara. Es tal la cantidad de detalles, la precisión en las descripciones que, a pesar de viajar con los cofrades desde El Escorial hasta Irlanda y volver, tenía la sensación de no haberme movido del despacho del rey prudente, trabajando inclinado sobre una montaña jamás menguante de documentos y legajos. De la inmovilidad aparente de Emilio Lara he pasado al ritmo endiablado de Juan Gómez-Jurado en su La leyenda del ladrón, una novela llena de acción y ritmo, que me ha recordado a Ken Follett cuando estaba inspirado. Ese libro contiene todos los ingredientes del super-ventas y es tan fácilmente adaptable a la pantalla que “se ve” mientras se lee. La tercera novela histórica, no podía ser otra que El guardés del tabaco, de Jairo Junciel, con “mi” Aníbal Rosanegra. En este 2018 de lecturas lo he leído ya dos veces, y presumo que no acabará el año sin que lo lea una tercera. Si el paciente lector ha llegado hasta aquí, encontrará más detalles en la reseña  que escribí tras la primera lectura. Y si el lector además me sigue por Twitter, puede albergar la duda razonable de que yo sea una especie de groupie respecto a este personaje (sin, obviamente, gozar de los beneficios colaterales a causa de las leyes de la física y la naturaleza). Lo admito, tengo una debilidad por Aníbal, a pesar de que el autor se ha dejado muchas cartas bajo la manga, tantas que la única crítica que se le puede hacer es la de haber sido parco… A pesar que durante doscientas sesenta y cinco páginas no escuchemos más que a Aníbal, no es amigo de desnudar su alma por completo. Una pena, pues el fragmento más lírico y emocionante de la narración son precisamente las páginas en las que esta especie de Mr. Darcy (no porque se parezca, sino por lo hondo que llega) ante literam y sin diez mil esterlinas de renta al año, se deja llevar y permite que nos asomemos a su alma cuando la desnuda delante de la tumba de su madre. Por suerte, habrán más entregas.


Mientras escribo esta entrada estoy enfrascada en las últimas páginas de Trilogía de la guerra de Agustín Fernández Mallo, que me están recordando por qué amé a Faulkner durante mis estudios universitarios. No es fácil de plasmar en palabras la “stream of consciousness”. Marías es un maestro en esta técnica, y Fernández Mallo no le va a la zaga: juega con la sintaxis, los géneros literarios y las palabras con buena dosis de oficio.

En resumidas cuentas: este 2018 pasará probablemente con más pena que gloria, y existe siempre margen para que vaya a peor (soy una optimista), pero algo tengo claro. Si no fuera por estas personas de las que he hablado en las líneas anteriores, cada quien en su tiempo, latitud y pluma, que han dedicado su tiempo, trabajo, talento y empeño a escribir historias, hoy me sentiría peor. Motivo por el cual no cejo en mi empeño de garabatear páginas en blanco, por la esperanza de encontrarme algún día con una persona desconocida que me diga “he leído ésto que has escrito, y has logrado que me olvidase de mis problemas por un tiempo”.

Morir no es lo que más duele – Inés Plana

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El cómo se llega a un libro puede ser, a veces, un proceso extraño. Yo llegué a “Morir no es lo que más duele”, de Inés Plana, tras la pista de varios “por qué”:

  • me gustó el título desde que vi los tweets de promoción de la editorial Espasa
  • me gustó mucho la cubierta (aunque la faja externa viajó en seguida a la basura, porque no las soporto)
  • me sentía “en culpa”, en cuanto mujer que durante sus sueños más locos y extravagantes se ve a si misma cobrando algún céntimo de derechos de autor (no digo ya dedicándome exclusivamente a la tecla porque ya no se trataría de sueño, sino de alucinación) por no haber comprado un libro de ficción en castellano escrito por una mujer desde “El tiempo entre costuras” hace… demasiados años.

Así pues, incluí el título en uno de mis pedidos de libros en castellano y esperó paciente su turno en casa. No había leído reseñas, lo hago exclusivamente una vez termino los libros, pues quiero llegar lo más “virgen” posible a la lectura. En una novela como esta, saber poco o nada sobre su trama, paga. Y mucho. Por el mismo motivo, intentar escribir una reseña sobre este libro sin dejarme llevar por la emoción va a ser difícil. Porque de eso se trata, de emoción, de goce en la lectura, de dejarse llevar a otro mundo, convivir con unos personajes creados por una autora y disfrutar de una transfusión de sensaciones. Cuando un libro es tan bueno como éste, tan bien escrito, pensado, lo primero que siento es agradecimiento. No es posible computar en los menos de 20 euros que cuesta esta edición el regalo que significa el que su autora haya dedicado su intelecto, talento y esfuerzo durante años para que yo me pudiese sentir tan rematadamente bien durante algunas horas.

Los protagonistas de este thriller son imperfectamente humanos, empezando por Sara, siguiendo por el teniente de la guardia civil Julián Tresser, descrito de una manera como solo puede hacerlo una mujer para que a nosotras nos resulte irresistible. Es más, ahora caigo en que Tresser tiene los silencios de Mr. Darcy, personaje de mi olimpo particular de protagonistas masculinos en los que últimamente están llegando personajes españoles… Sí, para mí el cielo sería algo así como una velada eterna en Netherfield Hall con Mr. Darcy, Edmond Dantés y Andrei Bolkonsky en la que ahora Aníbal Rosanegra y Julián Tresser intentan colarse por una ventana.

“Morir no es lo que más duele” es un thriller perfectamente construido, que va más allá de la clásica novela negra. Una historia sobre cómo resulta imposible esconder el pasado como si fuese suciedad debajo de una alfombra: el mal existe, es absoluto, negro y podrido como el alma del villano. El protagonista masculino, Julián Tresser, es orgullosamente poco políticamente correcto, homófobo y si en el 2007 Twitter no acabase de nacer, Julián Tresser tuiteando habría acabado intercambiando puyas con barbijaputa. Aunque dudo mucho que Julián habría tuiteado nunca. Pero son las debilidades de Julián las que lo hacen irresistible, como la fuerza en la fragilidad de Sara Azcárraga.

Pues he llegado al final del post y, ahora que caigo, esto no es una reseña. Mucho mejor. Leed el libro, y basta.

El guardés del tabaco – reseña

Un inglés dijo que los bravos, a diferencia de los cobardes, solo morimos una vez

Así comienza “El guardés del tabaco”, la segunda novela de Jairo Junciel. Aníbal Rosanegra se dirige a nosotros, los lectores, y, mientras espera “con anhelo la llamada de una Parca que nunca se acuerda de mí”, nos relata su vida. Desde el principio, como hicieron otros ingleses. Aunque, sin llegar a la precisión autobiográfica de Sterne y su Tristram Shandy, que nos ilustra hasta el momento de su concepción, Aníbal, como David Copperfield, narra su vida desde su alumbramiento en Salamanca, cerca de las orillas del Tormes.

Todo el libro está escrito con tales buenas trazas y maestría, que parece que estamos leyendo la obra de un escritor curtido tras decenios de batallas literarias que no su segunda novela. Osaría decir que la presentación de los personajes es la marca de “casa Junciel”; es imposible de olvidar la de Guzmán, o “Jose Antonio Guzmán Santalla para clérigos, justicias y autoridades”, que he leído y releído varias veces. En poco menos de una página el autor nos describe el tuerto con tal acierto que hace falta muy poca imaginación para verlo… y olerlo. Es en los pequeños detalles donde las descripciones de Junciel dan en la diana. Mucho más efectiva que mil palabras, a la hora de transmitir la atmósfera de las casas de placer y las tabernas, es la descripción de las marcas que han dejado en el suelo de madera las espadas de los centenares de parroquianos que se han sentado en esas mesas, y nada más descriptivo, a la hora de hacernos llegar el “perfume” de un asaltante de caminos que “el aliento le olía igual que si hubiera comido boñigas de vaca y tras vomitarlas se hubiera bañado en ellas”.

Abunda en la novela el uso del lenguaje de germanías, usado por los bravos y delincuentes en aquellos tiempos. Aunque se puede entender el significado de las expresiones y determinadas palabras sin excesiva dificultad, aconsejo escuchar el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española de Don Arturo Pérez-Reverte, que trataba sobre esta jerga.

Seguimos a Aníbal a lo largo de su formación, desde las enseñanzas del bachillero Villarroel, a sus primeros pasos solo en el mundo, en los que será su mentor el tuerto Guzmán, compañero de armas de su padre, y por último con el, en principio su jefe como guardés del tabaco, y después amigo, Cucha. Aunque en su mundo la presencia femenina pueda parecer una anécdota formada en su mayor parte por enceradas, escanfardas, focarias, coimas, loras, cotorreras… vamos, putas, los momento más emotivos de la novela están ligados a tres mujeres: su madre Felisa, la anciana Romana, que vive en una ermita abandonada cuidada por el negro Ebenizer, y María Feilding, la hermosa camarera de la reina Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V.

“El guardés del tabaco” es una excelente y apasionante novela de capa y espada, con todos los ingredientes de los clásicos: acción, humor, emociones, luchas y aventuras, aderezados por personajes simpáticos y siniestros. Una auténtica gozada para el lector, uno de esos libros que se quedan pegados en las manos y, sobretodo, uno de esos protagonistas que dejan huella.

Por lo tanto, ya terminada la lectura, con el libro lleno de subrayados y esquinas de hojas dobladas, acaricio la cubierta y me despido de Aníbal, dejándolo en buena compañía en mi biblioteca.

Espero que agradezca la compañía; los imagino juntos, a Rosanegra y Alatriste, remojando el mostacho en un vaso de vino, rigurosamente puro y sin aguar, que esa es cosa de romanos y taberneros ladrones. Los veo sentados, codo con codo, y gracias a la imaginación, en la Taberna del Turco en Madrid, o en La Rubí en Salamanca, aunque el capitán hubiese podido ser, anaquel en mano, el abuelo o bisabuelo del guardés del tabaco. Me los imagino a los dos, silenciosos, pues no son dos bravoneles de tres al cuarto, o, como diría Cervantes, “un valentón de espátula y gregüescos” de válgame dios o voto a tal o cual, pues, ya que se trata de mentar a los ingleses, ya lo dijo ese del que se acordó Aníbal al empezar su relato: “concede a todos tus orejas, pero a pocos tu voz”. De todas maneras, cuando el guardés habla, se le nota la buena parla, gracias a los libros leídos y a las lecciones de su amigo y maestro Villarroel. Y me los imagino ahí, en Madrid o Salamanca, o en una taberna cualquiera en el Parnaso de los héroes de ficción, mientras se acerca a su mesa alguien con aspecto de chupatintas, y veo a Aníbal, a punto de torcer la boca, detener el gesto al ver la mirada del capitán que le da a entender que es alguien de fiar. Un tal Isidoro Montemayor*, secretario de la Condesa de Cameros, que también se las tenía que ver a diario con otro tipo de bravos, no de esos cargados de hierro de Toledo y Vizcaya, sino de esos otros, mucho más peligrosos, que frecuentan la corte y sus mentideros. Él ha venido a la taberna a ahogar sus penas en el vino, y a lamentarse de las mujeres, veletas y traicioneras. Aníbal, al oír el último calificativo se lleva por instinto la mano al costado, donde una herida había cicatrizado pero nunca sanado, mientras Alatriste chasquea los labios, se seca los bigotes y mira a la puerta, deseando casi ver entrar por ella a Martín Saldaña y sus corchetes.

* protagonista de la trilogía de Alfonso Mateo-Sagasta formada por “Ladrones de tinta”, “El Gabinete de las Maravillas” y “El reino de los hombres sin amor”

Argumentos de (poco) peso

Barrio español. Nápoles. Pinchar para fuente

En el 2017 ha pasado, sin mayor pena ni gloria, un aniversario que en teoría debería haberme importado algo. Entre septiembre y octubre del año pasado, hace veinte que dejé España y me vine a vivir a Italia. Quizás el hecho de no haber marcado la fecha en el calendario se deba a que nunca he tenido la sensación de salir cerrando una puerta, y de que aquí, a pesar de haber encontrado el compañero de una vida, al no haberme embarcado ni en hipotecas ni en perpeturar la especie, tengo siempre una especie de sensación  de perpetua transitoriedad. Además, españoles e italianos somos pueblos relativamente semejantes, con lazos entrecruzados a lo largo de la historia desde tiempos remotos: por ejemplo, el vencedor del conflicto civil entre César y Pompeyo se empezó a decidir en Munda (en los alrededores de la actual Osuna), y en pocos sitios me he sentido tan en España como en el casco viejo de Nápoles. Sin embargo, a pesar de todo, muy de tarde en tarde alguien (y siempre se trata de una persona, no de una situación, una cosa, o quien sabe qué) me hace caer en la cuenta de que “soy extranjera”. Además, cosa curiosa, el señalarme como tal viene siempre de quien se encuentra en dificultad y, a falta de argumentos de más peso, señala tal diferencia. No me voy a engañar, no se trata de una falta exclusiva del interlocutor del momento, es algo que llevamos los seres humanos en los genes, apuntar con el dedo “al otro”. Me ha pasado en el trabajo, donde, por el teléfono, mi condición de no-italiana resulta evidente (no puedo ni imaginar qué tiene que vivir quien lleva la extranjería escrita en el color de la piel o los rasgos físicos) por lo que quien, al otro lado del aparato, quería descargar su frustración por cuestiones relacionadas con la empresa en la que trabajo, tarde o temprano (perdón, más temprano que tarde) sacaba a relucir un “usted no es italiana ¿verdad?”.

Hoy la tara de mi extranjería ha salido a la luz con alguien en España. Contacté hace unos días mi editorial haciendo presente mi perplejidad por los lugares en los que se han colocado los sesenta ejemplares para librerías, la mayoría de ellos en pequeños centros en los que no conozco a nadie. Seguirán detalles en facebook, pues será el juego estrella del 2018 “¿Dónde está Marco?”, una versión-peplum de “¿Dónde está Wally?” Presumo que debe haber una serie no corta de motivos por los cuales mi primera novela sea difícil de colocar en librerías, empezando por el precio, que no es tirado por lo limitado de la… tirada, pasando por que el tema sea más o menos atractivo (¿otra de romanos? ¡por favor!), o el hecho de que yo no soy nadie y los libreros están saturados de libros… Sin embargo, el primer (y único) argumento sacado a colación por mi interlocutora era lo duro que ha sido “dejar el libro de una autora extranjera en plena campaña navideña”. Sin lugar a dudas, un argumento de peso.

Palamedes, el héroe negado

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Hace muchos años los Golpes Bajos cantaban eso de “Malos tiempos para la lírica”. Los tiempos actuales, no es que sean mejores. Seamos sinceros, cada vez me acuerdo más de Oscar Wilde (siempre que la cita sea suya de verdad, pues los apócrifos de Wilde abundan más que las faltas de ortografía) y eso de “cuanto más conozco a los hombres, más amo a mi perro”.  Desde la política internacional, a ejemplos más cercanos, últimamente me encuentro, a veces, mirando a mi alrededor con expresión alelada preguntándome por qué la inteligencia y el uso de la razón, en la época en la que nosotros occidentales tenemos mayor acceso a la información y la educación, en lugar de ser lo habitual ha pasado a ser la excepción.

Sin embargo, de vez en cuando, pasan cosas, o asistes a eventos, que te hacen esperar, o por lo menos, no morir de pura desesperación. Compré los billetes para ir a ver el espectáculo Palamede, la storia, presentado en el Roma-Europa Festival, casi exclusivamente por dónde se celebraba: el estadio de Domiciano dentro del complejo arqueológico del Palatino, en Roma. Me dije que, si no me gustaba, por lo menos pasaría unas horas en un lugar maravilloso, donde, con mi imaginación, había ubicado los personajes de una historia. De todas maneras, las premisas eran buenas: he leído varios libros de Alessandro Baricco, y me han gustado todos. Además, el tema, un héroe griego en la guerra de Troya del que nunca había oído hablar, me parecía muy interesante.

Baricco ofreció al público una lección magistral sobre lo que sabíamos, o creíamos saber, sobre la guerra de Troya y la Ilíada, pero sin usar un tono académico, o aburrido, sino como el profesor (o profesora) guay del instituto o la universidad que era capaz de hacerte entretenidas materias que sobre el papel te parecían lo más aburrido del mundo. Ése que rompía platónicamente corazones mientras se ensuciaba la manga de la chaqueta con la tiza de la pizarra (perdón, se me ha colado una anécdota autobiográfica).

Volviendo al tema, Alessandro Baricco,  ha escrito, entre otras cosas, un libro basado en la Ilíada. Cuando se estaba preparando para ese libro, que adaptó también para el teatro, se encontró, hablando con una profesora que es toda una especialista en los textos de la Grecia clásica, con un héroe de los griegos que fue completamente borrado en la versión “oficial” del mito que escribió Homero. Se trata de Palamedes, amigo fiel de Aquiles, el más bello de los griegos, y el más inteligente. El secreto mejor guardado de los clasicistas.

Palamedes era tan inteligente que él fue quien inventó algo tan básico en la vida militar como el santo y seña para ser reconocidos en los campamentos, también se dice que inventó el ajedrez y gracias a su perspicacia, al darse cuenta de que los lobos bajaban de las montañas para devorar a los animales y hombres más débiles, evitó que una plaga de peste que decimó a la población de Troya tocase a los griegos. Fue a raíz de estas cualidades que entró en conflicto con Ulises. Cuando Baricco explica esta parte de la historia lo hace de una manera muy divertida: “lo siento, pero os voy a desmontar un mito. Os dejo un minuto y medio de música y luces para que os despidáis del Ulises oficial, el que conocéis y admiráis” Y luego, cuando acaba la música lo primero que dice “la verdad es que Ulises era una mala persona. Es más, una malísima persona”. Mientras sonaba la música que dejaba al público el minuto de reflexión para “despedirnos de Ulises”, yo recordaba los muchos defectos del héroe, que haberlos teníalos: la cantidad de cuernos que puso a Penélope por todos los rincones del Mediterráneo, la superficialidad con la que condenó a muerte a sus compañeros de viaje, y el último viaje, abandonando de nuevo y definitivamente su tierra, para desvanecerse en un lugar lejano, allá donde no se supiese para que sirve un remo. En fin, yo ya sabía que Ulises no era perfecto, y que era muchísimo más feo que Bekim Fehmiu. Pero el maestro Baricco me iba a describir un lado aún más oscuro del rey de Itaca, además de recordarnos que escuchar la voz de Ulises era algo único, que era melodiosa y suave “como nieve que cae”.

Bekim Fehmiu durante el rodaje de la Odisea (1968)

Mientras Aquiles está lejos del campo de batalla porque va a la isla de Lesbos a por provisiones (o sea, saquearla), Ulises construye un complot para acusar a Palamedes de traición: lo organiza como se debe, escondiendo en la tienda del joven una cantidad de oro que supuestamente le dio Príamo para facilitar la entrada de los troyanos en el campamento griego y aniquilarlos. Palamedes es apresado, juzgado y condenado a morir lapidado. Todo ello antes de que regrese su fiel amigo Aquiles. Éste, y no otro, es el motivo de la “ira funesta” de Aquiles, no una simple cuestión de botín mal repartido, o un quítame aquí una Briseida.

Baricco ha recogido de varios textos apócrifos (la construcción de la Ilíada es muy parecida a la de la Biblia, a un cierto punto, se descartaron y eliminaron algunas versiones y episodios, como el de Palamedes, para producir una “versión oficial” de los hechos de la Guerra de Troya) el discurso de defensa de Palamedes delante del tribunal de los griegos. Le ha dado una forma asimilable a los gustos actuales y tal discurso lo declama una actriz, muy buena, Valeria Solarino. Actriz que, obviamente, no conocía.

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Alessandro Baricco y Valeria Solarino durante los ensayos.

La defensa de Palamedes es un monólogo de unos veinte minutos; con lógica aplastante el acusado desmonta, uno a uno, todos los cargos contra él. Dejando al descubierto la cruda realidad: él es una víctima… “yo no os he hecho nada, para que me tratéis así”.

Al terminar la representación salí muy despacio del lugar, pues tenía que llevar a cabo mi ritual particular, que hago cada vez que visito restos arqueológicos; algo que quisiera poder hacer con las estatuas en los museos, pero no me dejan porque no soy Mary Beard: acaricio las piedras. Toco los ladrillos, la “pozzolana”, el cemento de los romanos. Cargo las pilas, literalmente. Para no desesperar entre tanta desesperación.

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Siete razones para no escribir novelas y una sola para escribirlas – Zenda

Texto de Javier Marías publicado en 1993 e incluido en Literatura y fantasma (Alfaguara, 2001; DeBolsillo, 2009). En 2015 se publicó en Inglaterra y Estados Unidos con gran éxito.

Escribirlas permite al novelista vivir buena parte de su tiempo instalado en la ficción, seguramente el único lugar soportable, o el que lo es más.

Source: Siete razones para no escribir novelas y una sola para escribirlas – Zenda