El secreto de Rosanegra – reseña

Una de las alquimias de la literatura es la capacidad de hacernos sentir ciertos personajes de ficción cercanos como un viejo amigo. Así me sucede con Aníbal Rosanegra, protagonista de una serie de novelas del escritor salmantino Jairo Junciel. Y eso a pesar de que, aunque hemos recorrido con él media España y cruzado el Atlántico hasta llegar a Cartagena de Indias, seguimos sin haber descubierto el auténtico secreto de Rosanegra, su aspecto. Creo que no es una casualidad que en las dos cubiertas de estos libros Aníbal se presente de espaldas.

No lo hemos visto, como a Edmundo Dantés mientras intentaba reconocerse delante del espejo de un barbero en Portoferraio, o minuciosamente descrito como Athos por D’Artagnan en su reencuentro, veinte años después. Aníbal pasa a nuestro lado arropado por un velo de misterio, apenas rasgado por un vago “aspecto de mílite” o el efecto que provoca en mujeres de la más variada condición. Así pues, nuestra imaginación va moldeando un Aníbal según nuestros gustos o lecturas.

Quizás para compensar esa zona de sombra, el autor no escatima palabras ni destreza para presentarnos a los demás personajes de la novela. Un fray Francisco que podría ser su homónimo en el Vaticano, o un teniente Gravina que es el vivo retrato de Kirk Douglas.

En esta segunda parte de las memorias de Aníbal Rosanegra, éste prosigue con el encargo que le encomendó al final de la anterior entrega el marqués de Villena: se embarcará en una misión secreta que lo llevará hasta Cartagena de Indias, donde se encontrará con Blas de Lezo. Lo hará con su inseparable compañero de vida y aventuras, el vasco Cucha, a bordo de la nave Audaz, gobernada por el capitán Carrión, quien surca los mares impulsado por un deseo de venganza comparable al del capitán Ahab de Melville. Mientras el uno busca a la ballena blanca atado al palo mayor del Pequod, el otro funde en la soledad insomne de su camarote las balas manchadas con la sangre de su hijo en Rande. Aníbal y Carrión están unidos por un vínculo invisible que acabará uniendo el destino de los dos hombres: el pirata holandés Kniven, responsable de las muertes de, respectivamente, su padre y su hijo.

A lo largo de más de cuatrocientas páginas, que como siempre nos parecerán pocas, sufriremos con Aníbal las penurias de una vida a bordo de una nave de la Armada. Las incomodidades, olores, el descanso imposible, la aglomeración, el hambre apenas calmada con ingredientes improbables, pues “cuando el hambre aprieta, no hay pan duro ni rata fea”, el infierno que se desencadena en las cubiertas cada vez que rugen los cañones, la metralla barriendo el puente llevándose todo lo encuentra por delante, el abordaje a una nave desconocida, el intentar escapar en la niebla de un enemigo certero e implacable, la desesperación de náufragos atrapados en la calma chicha.

La némesis de Aníbal en esta aventura será el teniente Gravina, la personificación de algo difícil de aceptar en estos tiempos de exquisita corrección política: un gran profesional no tiene por qué ser al mismo tiempo una bella persona. Sin embargo, a diferencia de cuanto sucedió con su anterior enemigo, Gargantúa, sus diferencias no se resolverán a última sangre en el puente de Toledo. Aníbal redimirá a Gravina, mal que le pese a este último.

Hay más personajes: desde espías holandeses a samurais convertidos en ronin, un marinero que es pasado por la quilla por haber asesinado a un oficial y sobrevive para contarlo, o un niño que se convertirá en el cordero del sacrificio, salvando a Aníbal en su momento más negro, cargando su conciencia con un peso del que nunca se podrá librar.

La novela está escrita con la habitual maestría técnica del autor. Durante la lectura nos emocionamos, reímos y lloramos, nos hallamos totalmente sumergidos en otra época, otro lenguaje, el de los bravos de la carda. Jairo Junciel se confirma como uno de los escritores de novela histórica de mayor talento de los últimos años. El día que llegue el merecido reconocimiento en ventas nosotros pocos, felices pocos lectores veteranos, pronunciaremos el habitual “os lo dije”. Ojalá que su próxima novela, finalista del premio Planeta y que promete ser algo completamente diferente, traiga a Jairo Junciel el reconocimiento que merece.

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