Conocido desconocido

Nighthawks – Edward Hopper

 

Fue por una de esas conversaciones de bar. Se encontró metiendo baza, o fue él quien lo hizo. Habían pasado varios meses y ya no lo tenía claro. Cuando pasa el tiempo se duda de los recuerdos; nunca se está seguro de qué sucedió exactamente en un momento determinado. Ante la duda, te aferras a una versión de los hechos y se da por buena, sin más. Por eso, a esas alturas creía que fue ella quien entró en su conversación, gracias a algo que en ese país pone de acuerdo a desconocidos en pocos instantes: la burocracia y todas aquellas normas y mecanismos que en la cabeza del legislador o el político de turno eran algo genial, pero que puestos en práctica convertían la vida de los sufridos ciudadanos un infierno.

Así pues, ella—hemos quedado en que fue ella quien empezó—hizo partícipe al desconocido de un par de trucos para intentar superar los continuos errores que proporcionaba la nueva herramienta burocrática a la hora de introducir un cierto tipo de datos en el sistema. Consciente, mientras lo hacía, de que se estaba poniendo colorada como un tomate. Pasó a ser algo habitual desde aquel entonces, cada vez que coincidían: la mutua consciencia de que se encontraban en una situación incómoda sin ningún motivo. Aquella mañana, ella salió la primera del bar tras haber pensado unas diez veces mientras pagaba el desayuno si tenía que saludarlo al salir, pero a juzgar por las miradas furtivas que él echaba en su dirección, parecía claro que no era la única que se encontraba en tal dilema. Nunca tuvo todas esas dudas con la joven madre y su bebé: se decían hola y adiós, se saludaban si coincidían en la acera o entrando y saliendo en el bar, a pesar de que nunca compartió con esa mujer ningún truco para engañar al pérfido programa informático: simplemente hizo algunas carantoñas a su hijita. Pero con él no sabía nunca qué hacer. Lo único que compartían era la certeza de que el otro—la otra—estaba igual de incómodo porque había quedado algo pendiente entre ellos. Quizás si aquella primera mañana ambos hubiesen tenido valor para despedirse con un hasta luego, buenos días, esa sensación de y ahora qué no se habría quedado colgando en el aire, como una amenaza, o una promesa.

Por más que analizase la situación con la lógica, no llegaba a conclusión alguna. De acuerdo, era alto y agradable a la vista, podría definirse un hombre atractivo; tenía un cierto aire a un actor americano, Kyle Chandler, el coronel Cathcart de “Catch 22”. Sin embargo, no salía muy bien parado tras una mirada más crítica. Llevaba la ropa un punto demasiado estrecha, calzaba zapatos francamente horribles y encima se ponía gel en el pelo, dejando algún que otro mechón de punta. Probablemente era bastante más joven que ella, pues tenía sólo algún que otro cabello blanco. Los retales de sus conversaciones en el bar no le habían dejado la sensación de que fuese un hombre demasiado inteligente; ni tan siquiera la voz, que para ella era un rasgo que bastaba para convertir un asno en un Adonis, era mínimamente memorable. No se lo imaginaba leyendo un libro ni aunque se lo hubiese encontrado con uno bajo el brazo. Y entonces ¿por qué pasó un mal rato cuando un día estaban los dos delante de la caja para pagar sus consumiciones? ¿Por qué no podía sentir la indiferencia de cuando se sentaba alguien a su lado en el metro?

Quizás porque sabía que el conocido desconocido se encontraba en su misma situación. Lo cual no dejaba de tener su maldita gracia, pues nunca la había visto maquillada, ni hace quince años o veinte kilos, cuando los silbidos de los obreros se activaban automáticamente cada vez que pasaba cerca de un edificio en construcción. Entonces sí que habría un motivo para mirarla de reojo, adoptar una pose de indiferencia muy poco espontánea; había veces que a ella le entraban ganas de recriminarle qué narices encontraba de interesante en su cara ojerosa a las siete y pico de la mañana.

No soportaba más el seguir con la sensación de tener algo pendiente con el desconocido cada vez que se cruzasen por la calle o en el bar. Había que aclarar las cosas lo antes posible: hacer de tripas corazón, mirarle a la cara y soltar a bocajarro un aclaremos las cosas. Con un epílogo variable entre una cara anonadada o acabar dándose el lote en el retrete, como se ve en las películas. Tras unas pocas frases de circunstancia con las que habrían constatado que era inútil negar la evidencia: se gustaban a pesar de todo. La ocasión llegó. Lo vio por la calle, lejos de oídos indiscretos. Aceleró el paso, yendo decidida hacia él, que no se había percatado de su presencia pues estaba escribiendo algo con el móvil. Cuando estuvo a punto de abrir la boca apareció en su mente una imagen, nítida y clara: unos pantalones bajados, el botón de su chaqueta a punto de salirse del ojal, unos horribles calcetines de hilo y un par de zapatos negros, bastante vulgares, pisando las baldosas de un baño.

Ella pasó de largo, fingiendo buscar algo en el bolso.

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Final de trayecto

Ivan Pasič era un hombre metódico y pulcro. Había hecho del orden su razón de vida por lo que, cuando reconoció que determinadas circunstancias, tan inexorables como ajenas a su voluntad, habrían mutado el orden en caos e incertidumbre, decidió suicidarse. Se había declarado siempre un ferviente admirador del periodo republicano de la Antigua Roma, y sobre todo, del recurso al suicidio como la única salida de escena honorable. Lo planificó todo hasta el último detalle para no caer en errores banales de cálculo; no pretendía acabar como Catón el Uticense, sacándose las tripas con las manos por el tajo desacertado con el que no logró matarse al primer intento.

Así pues, cuando decidió acabar con su vida tirándose bajo el tren metropolitano, se dedicó a la preparación con laboriosa tenacidad. Estudió los horarios del metro, cual sería la hora mejor para no causar demasiados problemas a los usuarios del servicio público. Siempre le habían irritado las interrupciones de servicio debidas a otros suicidas más torpes que él, o a hombres cuyas coronarias decidían reventar en plena hora punta. A rigor de lógica, el momento más adecuado era pocos minutos antes de la interrupción del servicio semanal ordinario, el viernes a medianoche. Si cogía el penúltimo tren y se bajaba en la penúltima parada, podría aprovechar la llegada del último convoy para lanzarse contra él. No solía coger el metro a esas horas, por lo que hizo algunas pruebas; nunca varios días seguidos, para no llamar la atención. De igual manera, para que nadie se acordase de él durante sus reconocimientos, se camufló con el tejido urbano vistiéndose como uno de los tantos hombres grises que entran y salen del ferrocarril. Dejó por tanto en casa su inseparable sombrero de pita, y cambió el traje de lino crudo por unos tejanos y una sudadera, que adquirió con profundo disgusto en unos grandes almacenes. Eligió un rincón, entre el andén de la penúltima estación y la salida, al que no llegaba el ojo de las cámaras de seguridad, donde podría esperar la llegada del último tren y tomar carrerilla desde allí para su último salto. Contó mentalmente los segundos necesarios para tal operación, imaginó el salto mientras marcaba el tempo con la mano derecha, como había visto hacer muchas veces a los atletas que se preparaban para el salto triple.

Una vez finiquitado el asunto de la ejecución material de su muerte, pasó a otros preparativos. Pagó a su casero un mes de alquiler por adelantado con la excusa de que estaría ausente una buena temporada por un largo viaje. Con el mismo pretexto dejó a su gato Angst bajo el cuidado de una vecina amante de los animales, que seguramente no lo abandonaría. Los últimos días los dedicó a limpiar con esmero el ya impoluto apartamento, tiró las pocas cosas inservibles que había acumulado en la casa durante los últimos años, efectuó un inventario exhaustivo de los miles de libros que eran la única decoración de todo el inmueble, dejando precisas instrucciones respecto a la cesión de los mismos a la biblioteca municipal, o en su defecto, a la que fue su escuela. Limpió el frigorífico, el horno y demás electrodomésticos; empacó trajes, camisas, zapatos, ropa interior.
Antes de salir de su casa para siempre, dejó encima de la mesa del salón, en buen orden, varios documentos personales incluida una póliza vida pagable incluso en caso de suicidio (había pagado durante decenios una cantidad extra para que cubriese tal eventualidad, era mejor prevenir) a una sobrina de Belgrado a la que vio por última vez hace un decenio.

Ivan Pasič salió de su casa, dejó las llaves en el buzón y se dirigió al metro. Eran las 23,25. A las 23,55 esperaba oculto en el andén; oyó el tren que se acercaba, movió los dedos cual muda batuta, una, dos, tres, una, dos y … Carrera … El choque contra el frontal del tren en desaceleración no le hizo perder el conocimiento; mientras volaba sobre los raíles sonreía satisfecho por el excelente trabajo realizado. Constató, además, que había logrado caer con el cuello encima de la vía. Pudo oír el chirriar de los frenos, el acercarse del vehículo, vio la llanta metálica de la rueda que se acercaba inexorablemente, con certeza quirúrgica. Todo era perfecto hasta que se dio cuenta, en la última fracción de segundo, de que no recordaba el motivo por el que se había matado.

Pide, que te será dado

La queja más unánime sobre Twitter es que se ha convertido en el templo de la crispación, el mal rollo, los trolls y todo aquello que de negativo puede dar internet. Como todas las generalizaciones, son injustas. Trolls haberlos haylos, pero también hay gente capaz de hacerte pasar un buen rato, y que encima es generosa. El locutor Sergi Carles nos deleita con su buen humor en su cuenta @TodoJingles, nos enseña entresijos de su trabajo, comparte frikismos varios, y además tiene una segunda cuenta, @JinglesPoesia en la que recopila peticiones de locuciones. Tras escuchar en su voz el íncipit de una de mis novelas favoritas de los últimos años, “El guardés del tabaco”, me armé de valor y le pedí que leyese uno de mis textos, Un monólogo sobre Ulises .

Había pasado más de un año, y como yo no soy de quienes van exigiendo cosas gratis, ya ni me acordaba del asunto. Hasta que ayer me llegó un mensaje directo por Twitter con la gran noticia. Aquí está el video.

 

Hasta la próxima

Las instrucciones eran claras: tenía que esperar en el bosque a su contacto; este le daría lo necesario para continuar su misión. No era ya más que un enlace, una pieza dentro de un engranaje en el que jugaba un papel prácticamente insignificante. Los tiempos de gloria, cuando se le confiaba un encargo de principio a fin, habían pasado. Eso quedaba ahora para los más jóvenes, los ambiciosos, los inconscientes, o simplemente aquellos que aún no se hacen preguntas. Y ella se las hacía desde hace algún tiempo. Recordaba otros paisajes, otras latitudes: un río que serpenteaba en la selva, envuelta por una humedad que no la dejaba ni siquiera respirar, el aire frío de la estepa cortándole la cara mientras cabalgaba a rienda suelta, aguas turquesas sobre las que, al mando de una nave, perseguía sin descanso a un enemigo que se escabullía entre la niebla. No solo lugares, sino también rostros: la mujer de cabellos morenos recogidos con una horquilla en forma de flecha dorada, el contrabandista corso, con el rostro taraceado con arrugas excavadas por el salitre, el bailarín mundano de sonrisa irresistible.

Cada vez que terminaba un encargo, se decía que lo dejaría estar por un tiempo, que se dedicaría a otras cosas. Sin embargo, acababa cayendo siempre; no podía evitarlo, lo llevaba en la sangre. Durante esas aventuras, su vida no había corrido nunca peligro, por muy audaces que fuesen sus acciones, aunque muchas veces le hicieran perder el sueño. Cuando este, a pesar de todo, llegaba, se volvía a encontrar con los rostros que creyó haber olvidado, y con todo lo que vivió con ellos. Recordaba los saltos de un tejado a otro, en París, cargada con una niña pequeña en sus brazos; o a aquellos cuatro compañeros con los que, con gran sorpresa, volvió a encontrarse veinte años después.

Crujió una rama; se agazapó, ocultándose detrás de unas rocas. Alguien se acercaba; podía distinguir solo una forma negra, pues, mientras estaba sumida en sus recuerdos, había llegado la noche casi sin darse cuenta. Tras identificarse con el santo y seña, el cambio se llevó a cabo sin problemas. Tenía que llegar antes del amanecer al puerto, para entregar el abultado sobre color habano, objeto de la misión. Se preguntaba qué contenía. Documentos, se dijo, sopesando el sobre; de todas maneras, no le dio demasiada importancia. Sus dudas no tenían que ver con el objeto que tuviese que llevar consigo. Sus preguntas eran otras: cuáles eran los mecanismos que ponían en movimiento cada misión, los andamios que la sustentaban, la planificación y el trabajo necesarios para que todo se desarrollase con fluidez.

Por las callejas oscuras que llevaban al puerto no caminaba un alma, ni siquiera los mercaderes habituales de la noche. Había algo que no le cuadraba; aguzó el oído y enderezó el espinazo. Ya había tenido malos presentimientos otras veces, que la sacaron de algún que otro apuro, como en las callejas de Tánger o en las cascadas de Reichenbach.

Todo fue muy rápido: un chasquido, el ruido metálico de un pie chocando inadvertidamente contra una persiana. Empezó a correr antes de comprobar cuántos eran sus perseguidores. Tiró todo aquello que encontró detrás de ella, intentando hacer tropezar a quienes querían darle la caza. Se dio cuenta demasiado tarde de que no había sido una buena idea seguir por el muelle, pues al poco tiempo estaba atrapada entre el agua y los tres tipos que la seguían. Cuando estos empuñaron las pistolas, encajó el sobre en la cintura del pantalón, y se tiró al agua. Era gélida, se hundía cada vez más en el líquido frío y negro, ribeteado por las balas que intentaban alcanzar su cuerpo. Buceó más a fondo, sentía que los pulmones le estallaban; mientras luchaba contra el instinto que la haría respirar, metiendo litros de agua salada en sus pulmones. No podría aguantar mucho más; recordó que tardó mucho menos en salir a flote tras ser lanzada por el acantilado del Castillo de If, sus fuerzas estaban al límite. Le quedaba solo una vía de fuga, el último recurso a su disposición cuando la tensión la atenazaba.

Cerró los ojos y el libro, mientras acariciaba la cubierta. Al abrirlos de nuevo recorrió la mirada por el salón de su casa, ese rincón que elegía siempre para leer, perderse en una nueva aventura con aquellos compañeros de viaje que se convirtieron en sus mejores amigos: Doña Rita, Bertuccio, Max Costa, Jean Valjean, Edmond Dantés… Apoyó satisfecha el libro en la mesilla, hasta la próxima lectura.

Valentia Edetanorum

Ilustración sobre las guerras sertorianas en Hispania. Pinchar en imagen para fuente

El humo oscurecía el sol, que había iniciado su descenso por occidente. El procónsul Cneo Pompeyo Magno observaba la moneda que tenía entre las manos; una pieza de plata, con una cornucopia grabada en el anverso. Cerró el puño, apretando las mandíbulas, mientras intentaba dominar la rabia. Nada estaba saliendo como había planeado; creía que en poco tiempo borraría de la historia a Cayo Sertorio, y sin embargo se le resistía. Unos meses antes, en la batalla de Laurión, tuvo que engañar a las parcas cuando estaban a punto de cortar el hilo de su vida. Escapó de noche junto a pocos fieles, para refugiarse en los cuarteles de invierno en la Galia Narbonense. Él, un procónsul enviado por el Senado de Roma para librar a la República del último de los seguidores de Mario, estaba siendo burlado por Sertorio, que campaba a sus anchas en Hispania, respetado por las tribus iberas, fuente casi inagotable de valientes guerreros. El rebelde contaba con el apoyo de sus ciudades, como lo había hecho hasta ese día Valentia. La batalla tuvo lugar delante de sus murallas; tras una jornada de sangre el legado de Sertorio, Herenio, cayó derrotado. Sin embargo, mientras observaba los cuerpos de los suyos aniquilados a los pies de la Porta Saguntina, a Pompeyo le sabían a poco las diez mil bajas del enemigo.

Estudió una larga fila de prisioneros, que esperaban maniatados su fin. Tras una señal, sus legionarios se dedicaron con saña a la tarea; reconoció a uno de los condenados, un optio que con ocho soldados y algunos hispanos, acabaron con la vida de toda una centuria.

— A éste empaladlo y cortadle las piernas —dijo Pompeyo, lanzando con disgusto la moneda que tenía aún en el puño. Prosiguió su marcha hasta un templo cercano; reconoció, cincelado en la tapia que lo delimitaba, medio derruida, el bastón y la serpiente símbolo del dios Esculapio. Bajo el porticado del peristilo se amasaban mujeres, niños y ancianos, que se habían refugiado allí buscando protección. En medio del patio destacaba una figura inmóvil, un sacerdote. Vestía una toga que tiempo atrás fue blanca, pero que ahora estaba manchada con churretones de sangre reseca y fluidos corporales de los heridos que durante las últimas horas habían buscado amparo en el templo del dios. Era un hombre maduro, de pelo y corta barba gris; su rostro estaba marcado por profundas arrugas. Se apoyaba en un bastón, y fijaba con sus ojos pardos un punto indeterminado por encima del hombro de Pompeyo. Cuando éste se acercó, se dio cuenta de que en realidad los ojos del sacerdote fueron una vez negros, pero que ahora estaban cubiertos por un ligero velo blanco.

— ¿Qué quiere de mí el procónsul?— dijo el sacerdote, con voz tranquila y relajada. El romano se sorprendió no sólo por su tono de voz y por la pregunta, sino por el hecho de que en realidad sí que quería algo de aquel hispano, quería saber.
— ¿Por qué os habéis aliado con el traidor Sertorio?
— Es mejor que Galba.
— ¿Mejor? Es un rebelde, no se somete a la autoridad del Senado de Roma. Vuestra ciudad es una colonia latina, vuestros fundadores eran soldados itálicos, debéis obediencia al Senado.
— Ellos fueron la simiente de un pueblo nuevo. No debemos nada a Roma. Obedecemos a nuestra conciencia.
— No, a un loco que no se separa de una corza blanca.
— Es un don de la diosa Diana. Le hacen llegar mensajes a través de ella. A veces los dioses nos eligen como mensajeros, intermediarios.

Pompeyo se ajustaba, nervioso, las muñequeras de cuero. No sabía por qué estaba perdiendo su tiempo escuchando al sacerdote. Por una parte tenía ganas de reservarle el mismo tratamiento que al optio rebelde, cuyos alaridos se sobreponían al fragor del saqueo. Hubiese bastado poco, una mirada a su escolta personal, que lo acompañaba como una sombra, y el hispano se habría callado para siempre. Sin embargo, no podía evitar seguir interrogando al anciano.

— ¿Te hablan los dioses?
— No. Veo cosas que aún no han sucedido. A medida que estos se van apagando— dijo, señalándose los ojos— las imágenes brotan en mi cabeza.

El procónsul sabía qué quería preguntarle ahora, pero antes de hacerlo el sacerdote le respondió.

— Veo al gran Pompeyo regresando triunfante a Roma, acogido como un héroe. Veo más batallas, más conquistas, el triunfo, la gloria, magníficos edificios llevarán tu nombre… Pero también veo traición, muerte, tu cabeza rodando cerca de un gran río, al otro lado del Mare Nostrum…
— ¡Cierra la boca! ¿Escuchas?— llegaban hasta ellos los sonidos de la muerte, los gritos agónicos del optio, las súplicas de los condenados, el fuego devorando las casas. — Ya he escapado de la muerte una vez, volveré a hacerlo si es necesario. Sin embargo, es tu Valentia la que muere.
— No lo hará. ¿Ves ese niño?— continuó, señalando un bebé que lloraba en brazos de su madre—cuando será muy anciano volverá, con otros, para reconstruir la ciudad, por mandato del heredero de tu peor enemigo. Llegará un tiempo, cuando el senado de Roma no será más que un recuerdo, en el que vendrán otros. Echarán raíces en esta tierra y dejarán de ser extranjeros, como los soldados que trazaron estas murallas hace más de cien años.

El sacerdote volvió a su mutismo. Pompeyo deshizo su camino, regresó a la explanada en la que habían ajusticiado a los prisioneros. Fijó su mirada en los restos del optio, que se había convertido en una ensangrentada masa amorfa. Un ayudante le acercó su caballo. Montó con agilidad, e impartió las últimas órdenes.

— Destruid la ciudad, arrasadla, que no quede rastro de ella ni de sus habitantes. — Recapacitó por unos instantes — Excepto el templo de Esculapio y quienes estén en su interior.

Esqueleto de la edad republicana encontrado en el yacimiento arqueológico de la Almoina, Valencia.

César y Lucrecia

Viana, reino de Navarra, 12 de marzo de 1507

Quería que fuese algo rápido. Y sin embargo, respiro aún. No puedo levantarme, ni apartar los ojos de este cielo gris, de las nubes. No tengo frío, a pesar de que me han desnudado. Uno de ellos ha creído hacer algo piadoso colocando una piedra sobre mi entrepierna, a modo de taparrabos. Pensándolo mejor, si hubiese sido rápido no podría recordarte ahora. Germaneta… Germaneta meua…*  Llorarás cuando sepas que me han matado ¿verdad, Lucrecia? Alguien te hará llegar la noticia hasta Ferrara, apenas me encuentren. No llores delante de ellos, retírate a un lugar privado, que no puedan regodearse en tu dolor, esos d’Este fríos como el viento de tramontana. Aunque, quizás no me llores, pues ya te hice derramar todas tus lágrimas. Me gustaría que lo hicieses, ojalá pudiese ver tu llanto. Soñaba contigo con los ojos abiertos, durante mi reclusión en Chinchilla y en Medina del Campo. Te veía en un rincón de mi celda, tal como te vi aquella noche en tu castillo de Nepi. Vestida de negro, pálida, mirándome, enigmática como una esfinge. Durante el viaje de Roma a Nepi había anticipado nuestro encuentro con la imaginación; esperaba que me acogieses con un sinfín de insultos y reproches. Sin embargo, una vez delante de ti, te miraba y, por primera vez en nuestras vidas, no sabía qué pensabas. No podía derribar ese muro que habías levantado. No me echaste en cara su muerte, no me acusaste de dar la orden que acabó con la vida de tu marido, Alfonso de Bisceglie. Llegué, seguro de mí, repitiendo para mis adentros, mientras me conducían a tu presencia, el discurso que había preparado a conciencia; el destino de nuestra familia, el fin—deshacernos de la alianza con España—justificado con la sangre de un inútil vínculo matrimonial con los Aragón de Nápoles. No pude pronunciar palabra, atemorizado por tu frialdad.

Abriste solo los labios para preguntarme:

— “¿Quién será el próximo?”
— “Alfonso d’Este”.
— “Duquesa de Ferrara. Sea”.

A ello te dedicaste en cuerpo y alma durante los muchos meses que duraron las negociaciones; hiciste todo lo posible para que el asunto se concluyese con éxito: aplacaste la ira de nuestro padre cuando el viejo duque Hércules tiraba demasiado de la cuerda, pues nunca estaba satisfecho con la suma de la dote. Me negabas sonrisas que regalabas a otros. Un par de veces reventé caballos desde mis tierras de Romaña al Vaticano deseoso de verte sonreírme con todo tu ser, como hacías antes. Sin embargo, seguías llevando esa máscara que podía ver solo yo. Bailábamos juntos tras las cenas ofrecidas a los embajadores; nuestro padre y yo te exhibíamos como a uno de esos monitos amaestrados de las Indias. Mirad cómo baila madonna Lucrecia, no dejéis de referirlo al señor duque Hércules y al señor Alfonso. Te levantaba en mis brazos mientras danzábamos al compás de un saltarello y sonreías a los espectadores. Cuando te retirabas con tus damas yo lo hacía engullido por las sombras. A cada una de tus sonrisas negadas seguía un nuevo cadáver flotando en el Tíber. Que tiemble toda Roma por la rabia de César Borgia. Perseguía con saña a los autores de los poemas o las canciones que el pueblo cantaba sobre nosotros. Falsedades sobre nuestra familia, quién dormiría esa noche con la hija del papa, si su padre o su hermano. Acallaba, con cada golpe de mi puñal, aquella parte de mí que deseaba que tuviese algo de verdad.

Años después, cuando las fiebres casi te mataron, me precipité a tu lecho. A partir de ese momento empecé a entender tu fuerza, tu coraje. Me había equivocado; creía que el valor podía medirse por la toma de un castillo, un duelo a espada, el enfrentarme yo solo a siete toros bravos en la arena. Nunca le di importancia al papel al que te condenamos: ser durante toda la vida una pieza movida a lo largo y ancho del tablero de la península para mayor gloria de nuestro nombre. Estaba convencido de que abrir las piernas de vez en cuando al consorte que mejor nos conviniese en cada momento, parir los hijos que viniesen, era un trabajo fácil comparado con el mío; poco esfuerzo para tanto beneficio. Sin embargo, hace falta mucho coraje para sobrevivir en el ambiente hostil de una pequeña corte. Sola, dejando a tus hijos atrás, cargada a pesar de tu juventud con el dolor de demasiadas pérdidas, sin aliados, objeto de críticas; acabaste por ponerlos a todos de tu parte, incluido ese marido que clamó al cielo cuando supo que su padre pretendía desposarlo con la hija del papa. No tienes que ser tan débil si de nuestra estirpe—a excepción de Jofré—quedas solo tú; la mujer que me observaba desde un rincón de mi celda, la figura hierática vestida de negro, con su dolor y dignidad por armadura.

Y ahora sé, finalmente, por qué me miraba desde las sombras. Porque esperaba oír algo que nunca le dije. Las últimas palabras que saldrán de mis labios, aquí, desde esta zanja húmeda en el reino de Navarra, tras una escaramuza imposible a la que me lancé con la esperanza de una muerte rápida, honrosa.

Miro las nubes, se abren por un instante. Hago un esfuerzo, me quedan solo estas dos palabras.

— “Lucrecia, perdóname”.

 

*Hermanita, hermanita mía…

El buen soldado

Bartolomeo Manfredi – Soldado portador de la cabeza del Bautista – Museo del Prado – Imagen descargada del sitio internet del Museo – enlace

Roma – Junio 1606

— ¡Esa es la expresión que iba buscando! ¡No mováis un músculo!
El pintor levanta los brazos, como si quisiera detener el tiempo y aprisionar en él al hombre que está posando. Deja sobre la mesa paleta y pinceles, ignorando el estruendo que hacen al perder su precario equilibrio y caer al suelo; coge el primer papel que encuentra y empieza a dibujar con un carboncillo en una esquina los rasgos del hombre: los ojos negros, grandes, fijos en un punto a su derecha, detrás de la espalda del pintor. La boca está entreabierta, en el rostro una expresión de alegre sorpresa, la aleta de la nariz dilatada como la de un caballo cuando está a punto de iniciar la carrera. El maestro no hacía dibujos preparatorios de sus obras, trazaba como mucho algunas líneas con la punta de los pinceles en la base húmeda de la preparación del lienzo; el pintor seguía sus pasos hasta en eso, pero sabía que al hombre delante de él no le sobraba la paciencia. De hecho, a los pocos momentos se giró del todo enfrentándose al objeto que le había llamado tanto la atención; el pintor resopló, se concentró en el papel para terminar de plasmar los rasgos que había memorizado, intentando no distraerse lo más mínimo.
— Señor Manfredi, lo siento. En mi defensa puedo decir que no habría parpadeado si ella se hubiese quedado en la puerta.
El pintor, Bartolomeo Manfredi, terminó el boceto; con un trazo mínimo dibujó el hoyuelo que había visto por primera vez en la mejilla de su modelo, el austero soldado español, quien, hasta hace un instante, no le había dedicado más que miradas hoscas. No había sido fácil convencerlo para que se quedase en el estudio y aceptase a regañadientes que fuese él quien le hiciera el retrato, a pesar de todo.

— ¿Dónde está el maestro? — le dijo aquel hombre cuando entró con zancadas decididas a primera hora de la mañana en la casa, apartando a Manfredi con un brazo. — He vuelto a Roma lo antes posible, tenía que retratarme. Me gané tal derecho en una partida a cartas en la Taberna del Oso hace veinte días. Le hice jurar que pagaría su deuda de juego cuando volviese del absurdo encargo que me había encomendado Su Excelencia.— Abrió la puerta del dormitorio, gritando. — ¡Michele! ¿Estás durmiendo la última borrachera? ¡Levántate, lombardo del demonio! — Cuando el soldado regresó sobre sus pasos preguntó de nuevo a Manfredi, esta vez hablando despacio, como si su interlocutor fuera duro de oído o de sesera. O puede que las dos cosas. — ¿Me podéis decir dónde está Michelangelo Merisi da Caravaggio, el pintor? Me dio esta dirección, es aquí donde trabaja ¿no?
— Así es. O era, hasta hace dos días. Se ha ido de Roma.
— Espero que por un buen motivo, señor…
— Manfredi. Bartolomeo Manfredi. Ha tenido que escapar de la justicia, discutió con Ranuccio Tomassoni; hay quien dice que lo hicieron por un partido a pallacorda, o por una deuda de juego. No se soportaban desde hacía tiempo; bastó poco para pasar de las palabras a los aceros, y le cortó la femoral de una estocada. Se desangró en pocas horas.
— Pardiez. ¿Y sabéis dónde ha ido?
— Según me han dicho se ha refugiado en Paliano, cerca de Frosinone, en la casa de Filippo Colonna. Pero no creo que esté mucho tiempo ahí, el papa exige que responda de su delito.
— ¿Y vos qué hacéis aquí?
— Soy… era… uno de sus discípulos, he aprendido de él todo lo que sé de pintura. Puedo pintaros yo, si lo deseáis.
El español rió — No tengo con qué pagaros, el dinero que le gané a vuestro… maestro, me lo he gastado ya, y ya sea Su Excelencia el señor embajador que su majestad el Rey se toman con bastante calma el pagarnos la soldada. Es más, como no lo hagan pronto, volveré a hacer el Levante. El corso es duro, pero acaban llegando ducados de los buenos a la bolsa.
— Os pintaré gratis — el soldado arqueó las cejas — Quiero decir, para conseguir un contrato necesito muestras de mi trabajo para enseñar a los clientes, y no tengo prácticamente nada. Vuestro retrato sería mi tarjeta de presentación.
El hombre escuchaba al pintor, mientras paseaba por la estancia, casi vacía a excepción hecha de un caballete, un par de lienzos, pinceles y tarros con aceites y pigmentos. En una esquina descansaba una serie de objetos de lo más variado, que sirvieron en su tiempo como material de escena para los cuadros que fueron pintados tiempo atrás entre esas cuatro paredes: instrumentos musicales, ropas, mantos, partituras, una armadura. Alzó la mirada al techo, y vio que colgaba una cuerda atada a una argolla. Tiró de ella y se abrió una trampilla, por la que entró la luz de la mañana formando una diagonal perfecta, iluminando la casa.
— ¿Entonces, aceptáis que sea yo quien pinte vuestro retrato, señor…? — Manfredi observaba con temor al hombre, que apoyaba con indolencia la mano izquierda en el pomo de su espada mientras seguía sin soltar la cuerda que había liberado la trampilla.
— Capitán Martín de Contreras, al servicio de su excelencia el Conde de Monterrey, embajador de su majestad el Rey Felipe III. — Manfredi sonrió para sus adentros; no había amanecido aún el día en el que conociese un soldado español que no se creyese más importante que el papa. — Y sí, acepto. Con una condición: ya que usaréis mi retrato como muestra de vuestro trabajo pintaréis también una copia. No voy a posar durante horas para algo que no pueda llevarme de vuelta a Madrid.
Bartolomeo Manfredi empezó a arrepentirse de su oferta, calculando lo que le costaría saldar la deuda de juego de su maestro. Y encima por partida doble. Tenía sólo dos telas preparadas y el gasto extra en pigmentos y colores lo obligaría a seguir una dieta rígida a base de pan y lechugas. Pero necesitaba pintar, casi más que comer.
— Cuando queráis empezamos, señor capitán. ¿Qué os parece un ‘soldado portador de la cabeza del Bautista’?

Manfredi apoyó el carboncillo sobre la mesa, satisfecho del resultado. Supo entonces quien había llamo la atención del capitán Contreras; la madre del chiquillo que, a sus pies, había cogido los pinceles que se le habían caído poco antes.
— Lena.
— ¿Has sabido algo, Bartolomeo? ¿Dónde está?
La mujer se había acercado al pintor, suplicante, con la voz rota, sin hacer el menor caso al hombre alto y moreno que no apartaba sus ojos de ella.
— En Paliano.
— ¡Voy con él!
— No digas tonterías, Lena. Estará poco tiempo, aunque los Colonna lo protejan está siempre en los estados pontificios, se marchará de ahí apenas le sea posible, a Nápoles, o Sicilia…
— ¡Tiene que volver! Aunque sea por él — respondió la mujer señalando al niño, ajeno a las lágrimas de su madre. Mientras tanto, Contreras había apoyado la bandeja sobre la cual su alter ego retratado llevaba la cabeza del último profeta, y se acercó al grupo formado por la mujer, el pintor y el niño. No era la primera vez que veía su rostro; la había observado ya antes, dibujada en un altar de la iglesia de Sant’Agostino, llevando en brazos a ese niño, y en otro altar, en San Pietro, aplastando junto con su hijo la cabeza de la serpiente. El capitán no era un hombre culto, pero el servicio de escolta a Su Excelencia suponía ir a donde él fuese; y mientras su señor asistía a misa él, no demasiado interesado en el oremus del oficiante, observaba los cuadros que adornaban las iglesias de Roma. Al estar delante de ella reconoció que Caravaggio le había hecho justicia. Durante las largas misas, no podía apartar la mirada de la piel de la mujer retratada; no había visto nunca una tan blanca y tersa, llegando a la conclusión de que el talento del artista había mejorado la naturaleza, pero no era así. Y no era el único en admirar tal belleza; el cardenal Scipione Borghese usó toda la influencia y poder derivados de ser el sobrino del papa, para que, por cien escudos, la tela conocida como la Virgen de los Palafreneros, fuese descolgada de la basílica de San Pietro para llegar a su colección privada.
La mujer se sentó en un taburete; sollozaba. De repente, se enjuagó las lágrimas con el dorso de la mano y se dirigió, decidida, a la esquina en la que se amontonaban enseres y ropas. Revolvió hasta que encontró lo que buscaba, un vestido de color naranja oscuro. Lo sacudió, alzándose miles de motas de polvo, dibujando torbellinos gracias a la luz que entraba por la trampilla en el techo.
— Me llevo este vestido, es mío. — Al pasar de nuevo al lado de la mesa de trabajo del pintor, se detuvo a observar el dibujo a carboncillo de Contreras, y finalmente lo miró, como si acabase de advertir su presencia. Éste se dio cuenta de que estaba sudando copiosamente, no sólo por el calor de junio y el coselete; notaba la boca seca, no sabía qué decir. Fue Lena quien habló, dirigiéndose al pintor, a pesar de no apartar la mirada del capitán. — Bartolomeo, bien hecho. Al final va a resultar que eres un pintor de verdad — inclinó la cabeza a modo de saludo a Contreras. — Si sabes algo más de Michele, mándame recado. Vamos a casa, Tommaso.
Contreras regresó a su posición; recogió la bandeja de plata, pero la dejó caer al instante. Se quitó el morrión y todas las piezas de su coselete. Luchaba por desatar los correajes que unían el guardabrazo al peto; no lograba abrirlos, notaba los dedos torpes, como si fuese la primera vez que tuviese que despojarse de su armadura, algo que había hecho miles de veces.
— ¡Demonios! — gritó cuando finalmente pudo aflojar las cinchas y las piezas de metal que cubrían sus brazos y torso cayeron al suelo. Tenía la sensación de estar viviendo uno de esos sueños en los que se tiene que escapar de algo pero se notan las piernas pesadas y no se logra dar un paso sino con un esfuerzo titánico. Con la diferencia de que no era él quien escapaba, sino una mujer morena de piel increíblemente blanca y suave. Cuando se deshizo de todas las piezas de metal saltó sobre las mismas. Cogió su espada, sin preocuparse de meter las faldas de la camisa dentro de los calzones.
— ¿Dónde vive? — le preguntó a Manfredi mientras abría la puerta. — “En Piazza delle Cinque Lune… Entre Sant’Agostino y Piazza Navona— contestó el pintor, resignado a trabajar en su cuadro quién sabe durante cuánto tiempo sin su modelo. — Lena suele hacer este efecto — dijo en voz alta, observando el boceto a carboncillo mientras lo colocaba entre la madera del caballete y el lienzo.
Contreras salió a la calle, intentando localizar a la mujer. No podría estar muy lejos, sobre todo con el niño. Pero las estrechas calles estaban llenas a rebosar; mientras intentaba dar con ella entre el gentío decidió que lo mejor era llegar lo antes posible a la dirección que le había dado el pintor. Distinguió al fondo de la calle las columnas corintias del Panteón, y corrió hacia ellas. Recorrió las calles más anchas, evitando carruajes, mendigos y charcos. Dejó a su izquierda la plaza de San Eustaquio y entró por uno de los extremos de Plaza Navona. Atravesó la plaza, buscando a Lena entre los puestos del mercado, sin encontrarla. Cuando llegó a la Plaza de las Cinco Lunas, prácticamente sin resuello y empapado de sudor, se dijo que ella no podía haber llegado aún. En un portal un hombre anciano tejía cestas usando un fajo de cañas secas. El español lo miraba, preguntándose por qué ese rostro le resultaba tan familiar. Se refrescó en una fuente, metiendo la cabeza bajo el caño de agua fría y dejando que el pelo le chorrease sobre los hombros; se tiró hacia atrás las greñas con las manos y se enjuagó la barba, acercándose al cestero, mientras éste le devolvía miradas desconfiadas. Sabe que ha visto ese hombre en algún otro lado. Le son familiares la larga barba blanca, las mejillas excavadas y la frente, que se llena de arrugas cuando alza los ojos para observarlo. Pasa de largo y espera, apoyado a una pared. El primero en aparecer es el niño; el cestero lo llama con una mano, y le regala un animal confeccionado con unos mimbres tiernos. Poco después aparece Lena; pasa bajo el arco de Sant’Agostino, llevando un capazo con verduras apoyado en la cadera. Dentro del mismo se adivina el color naranja del vestido que se ha llevado del estudio del pintor. Su semblante es serio, distraído; mira al suelo y de vez en cuando se le escapa un suspiro. Cuando levanta los ojos se encuentra con la mirada del capitán Contreras, que durante la espera mordisquea nervioso una paja. Ella lo mira y recorre con los ojos toda la plaza, como si buscase, o temiese, la aparición de alguien por una esquina.
Se acerca. — ¿Me habéis seguido, señor soldado? — pronunció las dos últimas palabras en castellano. Contreras no pudo evitar sorprenderse. — No ponga esa cara, vuesa merced. Os delata vuestro acento.
— ¿Y lo de soldado?
— En Roma los españoles de vuestra edad son eclesiásticos, nobles o soldados. Podéis ser sólo lo último. Además, no llevabais la armadura como quien se pone un disfraz. Se nota que es vuestra segunda piel.
La mujer sorprendió a Contreras; se había fijado en él, a pesar de no haberlo demostrado. Siguió un largo silencio, exento de embarazo. Simplemente se observaban. Fue Contreras quien lo rompió.
— El pintor, Manfredi, tiene razón. Michele no va a estar por mucho tiempo en Paliano, no puede quedarse en los estados pontificios. Si lo hace, acabará prisionero en Tor di Nona. Yo, en su lugar, iría a Nápoles.
— ¿Vuesa merced cree que no volverá nunca?
— Puede que lo haga, dentro de un tiempo. Creo que… — el capitán se mesaba la corta barba, mientras pensaba — sólo hay una persona que pueda interceder por él frente al papa y lograr que se le indulte la pena.
— ¿La marquesa Colonna?
— No. El cardenal Borghese. No se conformará con el cuadro que ha comprado a la confraternidad de los palafreneros. Querrá más. Y si logra que su tío el papa lo indulte, tendrá a su servicio al mejor pintor de nuestros tiempos, eternamente agradecido.
— Y ese indulto. ¿Cuándo llegará?
— Dentro de bastantes meses. Un par de años, si no más.
— ¡Demasiado! No puedo esperar tanto tiempo — Lena tenía la voz rota por la angustia, y los ojos llenos de lágrimas. Contreras sintió una punzada de envidia y celos.
— ¿Vos conocéis bien a Michele? No recuerdo haberos visto antes.
— Lo bastante como para haber jugado con él alguna que otra partida a cartas. Esta mañana fui a su estudio a cobrarme la última apuesta: un retrato.
— ¿Y vos qué os jugásteis?
— Mi espada — contestó, moviéndola ligeramente. Era una pieza única. El mejor de los aceros toledanos forjado en una hoja brillante y un filo letal, engañosamente frágil en apariencia. Los gavilanes del guardamanos eran dos espirales, forjadas en forma de serpientes, protegiendo parte de la empuñadura. El pomo era una pequeña esfera de acero. Lena observó el arma, y se dibujó una sonrisa triste en su rostro.
— Sin lugar a dudas, toda una tentación para Michele. ¿Y si la perdíais?
— Yo nunca pierdo a naipes.
— Estáis demasiado seguro de vos mismo.
— Es necesario. En mi oficio la duda, la inseguridad, se pagan con la muerte.
El cestero silbó. Lena miró en su dirección; un grupo de hombres pasaba en esos momentos bajo el arco de Sant’Agostino. Nerviosa, se cubrió la cabeza con una estola y les dio la espalda.
— Entrad en la taberna — dijo a Contreras, señalando el local al lado opuesto a su puerta. — Decid a Cesco que buscáis un rincón tranquilo para beber vino blanco de Frascati. Esperadme, tengo algo que pediros. — terminó, llevándose en volandas al niño. El capitán no quitaba ojo a los hombres. Eran tres, uno de ellos de aspecto amenazador, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla llegando hasta la comisura de los labios. Uno de esos individuos a los que no conviene mirar durante más de pocos segundos si no se quieren tener problemas. Cuando Contreras estaba a punto de comprobarlo, el cestero llamó su atención.
— Aquí tiene su encargo, señor— el hombre le entregó una esterilla, mientras el grupo pasaba detrás del soldado.
— ¡Viejo! Dile a Lena que pasaré a visitarla… ¡esta noche! — dijo el tipo de la cicatriz mientras hacía un gesto obsceno, dándose codazos con sus compadres. Contreras llevó por instinto su mano a la ropera, pero el anciano negó imperceptiblemente. El español relajó los dedos y apretó la mandíbula, los tendones marcándose en la cara.
— Se han ido. Désela a la Lena — dijo el anciano señalando la estera, y prosiguió con su trabajo, como si no estuviese allí.
Al otro lado del portón por el que había entrado la mujer había una taberna. De unos goznes oxidados colgaba un viejo emblema de madera, desconchado, en el que se podía leer En las cinco lunas, con cinco media lunas blancas pintadas sobre un campo que años atrás probablemente había sido rojo. Contreras entró en el local, largo y estrecho. Detrás del banco de madera el tabernero, aburrido, limpiaba con pocas ganas unas jarras de barro. Era un hombre obeso y calvo, cuya incipiente barba tiznaba de negro su cara. Levantó los ojos hacia el recién llegado.
— Busco un rincón tranquilo para beber vino blanco de Frascati — atacó Contreras, sin esperar un qué se le ofrece que probablemente nunca habría salido de boca de Cesco, el tabernero. Éste levantó con desgana una tabla de madera y se acercó al soldado.
— Te manda Lena — afirmó más que preguntó. Contreras se aguantó las ganas de quitarle la papada de un guantazo, por permitirse el tuteo, pero se contuvo. Iban ya dos veces que lo tuvo que hacer en pocos minutos, antes con el tipo de la cicatriz, y ahora con el tabernero. Su intuición le decía que si esa mujer iba a entrar de alguna manera en su vida, no le faltarían ocasiones para poner sujetos como esos en su sitio. Deseaba ambas cosas.
Cesco le indicó una mesa prácticamente escondida para quien entrase de la calle, situada detrás de un panel de madera. Tardó unos momentos en acostumbrarse a la penumbra. Filtraba más luz de una puerta situada a sus espaldas que de las dos velas de sebo encendidas sobre la mesa. El tabernero le sirvió una jarra y un vaso. El soldado estaba seguro de que lo que habría dentro no sería ni tan siquiera vino. Faltaría más que fuese fresco o de Frascati. Sin embargo, estaba sediento y se notaba pegajoso, debido tanto al sudor por la carrera bajo el sol que calentaba ya como en pleno verano, como por el agua goteando de la cabellera, que le había empapado la camisa. Así pues, llevado por la desesperación más que por la curiosidad, llenó el vaso y se lo llevó a la nariz.
— No hay que fiarse de las apariencias — se dijo tras apurar el contenido de un trago. Era sin lugar a dudas un excelente vino blanco. Y fresco.
Entró luz por sus espaldas; alguien había abierto la puerta que cerraba el pasillo. Como si fuese una aparición, de repente Lena estaba sentada delante de él.
— He dejado a Tommaso con una vecina. Se preguntará vuesa merced qué tengo que pediros.
— Protección ¿no es así?
Lena agachó la cabeza y afirmó levemente, secándose con disimulo las lágrimas.
— ¿Cuánto tiempo lleváis en Roma?
— Dos años en este encargo. Y estuve en otras ocasiones.
— Entonces estáis al corriente de los cotilleos de la ciudad. En particular sobre Michele, y no sólo sobre quien compra sus cuadros.
— Así es.
— Y sabréis entonces a lo que me dedico ¿no? — Lena lo miró a los ojos. No había vergüenza en su mirada. Sí, toda Roma sabía que Caravaggio usaba el pueblo como modelo: cortesanas en la piel de santas, prostitutas y amantes como Lena posando como la Virgen, su hijo bastardo el niño Jesús… o cesteros como San Mateo. Fue entonces cuando finalmente recordó donde había visto antes a ese hombre: en los tres cuadros de San Luigi dei Francesi como San Mateo, y en Santa María del Popolo como San Pedro. Contreras asintió.
— ¿Por qué yo? No me conocéis; puede que sea peor que ese bruto con la cicatriz en la mejilla.
— En mi oficio la intuición es tan importante como la habilidad en usar la espada en el vuestro. ¿Dónde prestáis servicio?
— Soy capitán de la guardia del Conde de Monterrey.
— No creía que fuéseis un oficial… Quizás mi propuesta os ha insultado. Pero, si aceptáis os daré una parte de lo que gane. — Contreras levantó la mano, negando con la cabeza. Muchos de los soldados que, tras haber servido en los ejércitos del rey podían regresar a la patria para contarlo, no llevaban consigo más que la licencia en un tubo de plomo, con la bolsa tan vacía como las tripas. Así, entre una petición a tal o cual noble para que el soberano les concediese una pensión, muchos vivían de su coima, a quienes quitaban buena parte de lo ganado con el sudor de sus muslos a cambio de una protección que solía traducirse, para desgracia de la mujer, en palizas y malos tratos. A él siempre le repugnó esta práctica y se juró que antes de hacer algo así se abriría en dos con su espada. No se aprovecharía de las ganancias de Lena. Prosiguió.
— No quiero dinero. Pero hay otro problema. Me tengo que ausentar a menudo de Roma, y cuando estoy pueden pasar días sin tener un momento que dedicar a mis asuntos.
— Michele no hacía la guardia a mi puerta. Basta poco, que se corra la voz de que no estoy a disposición del primer indeseable que quiera tomarme. Que no respetarme puede traer problemas. Además, si estáis posando para Bartolomeo quiere decir que tenéis algunos días a disposición ¿no?
— Así es. Creo que os podré ser útil ya hoy. El de la cicatriz ha dicho al cestero que vendrá a haceros una visita esta noche. Creo que se llevará una buena sorpresa — terminó Contreras, tocándose los bigotes y sonriendo.
— ¡Gracias, mil gracias! Mi puerta está en el segundo piso. Entrad por aquí, no por el portón que da a la plaza, Cesco os indicará el camino.
— Volveré al anochecer. — dijo Contreras, tras entregarle la esterilla.

Pasadas algunas horas, el capitán Martín de Contreras caminaba a paso rápido por las calles de Roma. No sabía si aquel individuo de la cicatriz era peligroso de verdad, y no sólo lo parecía, por lo que llevaba consigo, además de su ropera, una vizcaína ceñida a sus riñones, una pistola y una daga escondida en las botas. Al llegar a la Plaza de las Cinco Lunas, vio que el modesto negocio del cestero estaba cerrado; no así la taberna. El establecimiento estaba tan vacío como por la tarde, probablemente se llenaría después, a noche cerrada. Cesco le salió a su encuentro.
— Te abro la puerta, Lena me ha avisado que vendrías — a pesar de que seguía con el tuteo, Contreras notó que la actitud del tabernero había cambiado. Osaría decir que el tono de su voz era hasta servicial. Abrió la puerta y salieron a un pequeño patio con un pozo en mitad del mismo, al que daban las ventanas de los edificios circundantes. — Esa verja a la izquierda da a las escaleras. Si necesitas ayuda, cuenta conmigo. Lena es una buena mujer, no me perdonaría si le pasase algo. — Terminó, ofreciéndole la mano.
La casa era modesta, pero pulcra; más pequeña aún que el estudio del pintor. Constaba solo de dos estancias. En la más grande una chimenea ocupaba parte de una pared; había una olla sobre el fuego encendido, y una repisa con utensilios de cocina. Cerca de la ventana estaba una mesa con un par de sillas y una cesta con labores en el suelo. Sentado a su lado, el pequeño Tommaso jugaba con el animal que le había dado el cestero. En la pared opuesta a la chimenea una puerta daba a otra habitación, más pequeña, en la que se podía ver una cama, una cuna y un baúl. Completaban el modesto mobiliario un biombo de madera que escondía un par de arcones, y un pequeño cuadro, al lado de la puerta de la habitación. Un retrato de Lena y el niño, recién nacido.
Al principio, engañaron la espera con la cena. Dieron buena cuenta del cocido con verduras. El capitán recordó al cestero. Tardé en caer en la cuenta de quién era, dijo. Se llama Pietro, contestó Lena. Contreras sonrió. No podía llamarse de otra manera; Matteo, como mucho. Lena apoyó una mano bajo el mentón, mientras jugueteaba con unas migas de pan sobre la mesa.
— Sin Michele no tenemos quien hable por nosotros. La ciudad nos ignoraba, éramos los últimos, y ahora estamos en las capillas encargadas por los poderosos, con nuestros pies sucios, nuestras arrugas, nuestra pobreza. Por primera vez los que mandan nos miran a la cara. ¿Quién lo hará ahora? Baglioni no, desde luego, con esas santas que parecen figuras de cera. Durante un tiempo fuimos el centro de la atención, ahora volveremos a desaparecer, tragados por esas sombras que tanto le gustaban.
— Quizás no… Bartolomeo, por ejemplo.
— No llegará nunca a ser tan bueno como Michele. O tan apreciado. Aprenderá, como todos, a malvenderse por un plato de lentejas.
Contreras se preguntaba qué sería ahora de Lena. No le faltaría pan que llevarse a la boca, de eso se encargaría él… ¿por cuánto tiempo? Ella prosiguió, como si estuviese leyendo su pensamiento. No se engañe por esto, señor capitán. Dijo moviendo la mano abarcando la humilde estancia. Tengo mis ahorros. Sabía que él desaparecería tarde o temprano. Por una mujer, por matar a alguien o porque alguien lo habría matado. No podré pagarme la sepultura en Sant’Agostino, no llego a ser una “cortesana honesta”, pero desde luego no soy una “puta de vela”. No acabaré ejerciendo en una esquina por pocas monedas cuando no me queden dientes en la boca. Un día tendré mi mesón, un lugar tranquilo, sirviendo comidas, con habitaciones para la gente de paso. De esa sobra en Roma, gente que viene y se va… como vos, señor capitán. Tarde o temprano os iréis.
— Hoy estoy aquí. Háblame del tipo de la cicatriz.
Lena sonrió, agradeciendo el tuteo. Le dijo que era un amigo del hombre que había matado Michele, Ranuccio Tomassoni.
— Sé también el motivo. No fue por un estúpido partido a pallacorda, o una deuda. Fue todo por Fillide. Así era la vida con Michele, tenía que compartirlo con una multitud, con su arte, sus cambios de humor… Días enteros sin pronunciar palabra porque sabía que tenía la cabeza en otro lado, en el próximo encargo, en los pechos de Fillide. Por eso no dejé de verme con mis clientes fijos, por mucho que él se hiciese el celoso.
Contreras la interrumpió. No quería saber detalles de su vida íntima con el pintor. Era ya noche cerrada y probablemente el de la cicatriz estaría a punto de cobrar su visita.
— Lena, el hombre.
— Se llama Giorgio. Un matón, pero cobarde. Cuando aquella noche se pusieron las cosas feas salió por piernas. Su especialidad es la fuerza bruta, los puños y su mole, pero con un arma en la mano es un patán. Michele y los demás se burlaban de él por ello. Sé lo que quiere, vengarse con una presa fácil como yo. Qué mayor placer que tomársela con la mujer de su enemigo.
— Haré que se le pasen las ganas, Lena.
La mujer se retiró a dormir. Mientras tanto, Contreras estudió la habitación. Colocó el biombo de madera más cerca del dormitorio, sentándose detrás de él, apoyado en la pared. Tenía la corazonada de que vendría solo, pero a una hora en la que ella durmiera, para tomarla por sorpresa. Tras algo más de una hora escuchó cómo alguien estaba forzando la puerta. Mientras el suelo de madera crujía por el peso del tal Giorgio, le llegó a sus narices un inconfundible olor a vino malo. El bravo había pasado la noche buscando valor para su hazaña en el fondo de una jarra. Contreras vio dos pies bajo el biombo. Tenía razón, venía solo, aunque probablemente sus compadres lo esperarían en la plaza. A esas horas el buen Cesco habría cerrado la taberna. En el mismo instante en el que el matón se dio cuenta de que Contreras estaba agazapado detrás del biombo, éste le dio una patada en los tobillos que le hizo perder el equilibrio. El crujir del suelo de madera al recibir en pleno el peso de Giorgio, coincidió con el del cartílago de su nariz rompiéndose. El capitán no lo dejó levantarse, inmovilizándolo con una rodilla en los riñones, mientras que con la mano izquierda le tiraba del pelo y empuñando la daga con la derecha le pinchaba la yugular.
Giorgio se lamentaba, escupiendo sangre sobre el suelo de madera. Contreras lo levantó, a pesar de la mole del matón, sin esfuerzo aparente. Lo obligó a sentarse en una silla; le ató las manos, mientras Lena lo observaba de brazos cruzados.
— Le dijiste a Pietro el cestero que pasarías a “visitar” a Lena, eres hombre de palabra, por lo que veo. — dijo Contreras. Giorgio escupió un grumo de sangre que fue a parar entre las botas del capitán. — Vaya ¿no me digas que tienes redaños? No lo esperaba de tal montaña de tocino — terminó, dándole un puñetazo en el estómago que le hizo perder el aliento.
Lena alzó una mano.
— Basta así, capitán. Creo que messer Giorgio ha entendido que no debe volver a esta casa. Ni buscar mi compañía.
— ¿Has oído a la dama? — dijo Contreras, cogiéndolo de una oreja. — Como vuelva a verte por aquí te hinco tres palmos de mi espada en las tripas. Discúlpame, Lena. Voy a bajar la basura.
Desató al hombre, y bajó con él hasta la plaza, pinchándole con la daga en los riñones, por si uno de sus compadres lo estuviese esperando. Así era; los mismos individuos que iban con él por la tarde le salieron al paso, desenfundando las espadas. Giorgio alzó los brazos, frenándolos.
— Quietos.
— Me place saber que puedes usar la lengua para hablar. — Lo alejó de él con un puntapié mientras extraía la ropera — Y ahora, todos a dormir ¿estamos?
— Creo que no. Nosotros somos tres, y tú eres uno.
— Vaya, vaya, vaya… Hasta sabes contar, Giorgio. — El matón hizo una señal con la barbilla y los otros dos atacaron. Temiendo tal respuesta, Contreras se había acercado más a uno, para tener tiempo de despachar a los dos si se terciara. Fue fácil deshacerse del primero, mientras paraba el golpe con la espada girándose le clavó la daga en un costado, pasándolo de parte a parte. No logró retomar la posición a tiempo, y el otro llegó a darle un tajo en el brazo con su arma. El herido se levantó y salió corriendo, con una mano en el costado. Tras pocas estocadas, el segundo decidió que Contreras era demasiado rival, por lo que salió también él por pies. El capitán, jadeante, se acercó a Giorgio con las dos armas en ristre, los grandes ojos negros brillando por la furia. El hombre permanecía inmóvil, demasiado aterrorizado como para moverse. — Estás empezando a cansarme, Giorgio de los cojones. Te repito, no vuelvas a acercarte a Lena, a su hijo, o a esta plaza. Que no se te ocurra volver creyendo que no estoy; sabes cuántos soldados españoles estamos en la ciudad ¿no? Así que si no estoy yo, estará un camarada. Tocarle un pelo a esa mujer sería como tocárselo al mismo Rey Felipe ¿entendido?
El italiano no se molestó tan siquiera en contestar, salió corriendo. Contreras, por la rabia, cogió una piedra del suelo y se la tiró. Estoy perdiendo puntería, se dijo.

A la mañana siguiente, Bartolomeo Manfredi continuaba trabajando en el retrato, para su sorpresa con el modelo en carne y hueso, que se presentó sonriente a la misma hora del día anterior, a pesar de que, al ponerse la coraza para posar, vio que lucía un vendaje en uno de los brazos. No le fue difícil adoptar la expresión que tanto le había gustado al pintor. A Contreras le bastó recordar la cara de Lena cuando le limpió la herida, sus dedos delicados rodeándole el brazo mientras lo vendaba, la piel blanca de su pecho asomando por el escote de su vestido. Él no pudo resistir la tentación de tocarla con la punta de los dedos, estando tan cerca. Pero los apartó, deteniéndose ante la mirada divertida de la mujer. No estaba acostumbrada a recibir tal trato de un hombre; solían agarrarla, manosearla, aferrarla como si no fuese más que un utensilio creado para su satisfacción. Contreras se tomó su tiempo, y ella se lo dio. Dos años después él regresó a Madrid, llevándose a Lena, su hijo y el cuadro de Manfredi. Caravaggio no había vuelto a Roma; moriría dos años más tarde, precisamente durante el viaje de regreso a la ciudad, pues finalmente, el papa Paolo V Borghese le había concedido el indulto. Lena se dio cuenta de que en la capital de las Españas había también mucha gente de paso, casi tanta como en Roma, y pudo abrir su mesón con hospedería. Por un tiempo, Martín de Contreras siguió sirviendo en los ejércitos, pero tras resultar gravemente herido en una escaramuza en Flandes, se decidió a pedir la licencia. Fue uno de los afortunados que consiguió sacar de las exhaustas arcas del reino una pensión por los servicios prestados, gracias a las buenas palabras de su señor el Conde de Monterrey y también a ese cuadro que se trajo de Roma. A quien quisiera escucharlo, mientras servía vinos en el mesón de Lena, Contreras contaba que al rey le dolió tanto prescindir de sus servicios, que se quedó con su retrato a cambio de una pensión, para que el monarca lo viese cuantas veces quisiese, señalándolo con orgullo diciendo, “este era uno de mis buenos soldados*”.

*De hecho, el cuadro conocido como “Soldado portador de la cabeza del Bautista”, de Bartolomeo Manfredi, formó parte de las colecciones reales, y ahora se encuentra en el Museo del Prado.

Nota: el conde de Monterrey fue embajador en Roma y virrey de Nápoles años después, pero he tomado el nombre de las memorias de, no podía ser otro, el Capitán Alonso de Contreras. 

Ada McQueen (versión ampliada)

Esta es una versión ampliada de un relato que presenté a uno de los concursos literarios de Zenda. Se me quedaron varias cosas en el tintero que no pude contar por el límite de palabras, así que, aprovechando que en otro concurso el tema era un relato de ficción y el límite de palabras era mucho más amplio, he incluido las partes que tuve que cortar para Zenda por falta de espacio. Aún no ha sido publicado el fallo de dicho concurso, pero con 499 relatos presentados, el pasar al grupo de finalistas y ganarlo entraría ya en lo que en Italia denominamos familiarmente “culo”.

Mi nombre verdadero es Ada McQueen, y tengo 485 años.

La primera parte de mi vida terminó el 20 de Junio del 2090, en una carretera comarcal. Perdí el control de mi motocicleta en una curva, y cuando me llevaron al hospital más cercano estaba destinada a morir allí. No tenía derecho a curas médicas por “conducta irresponsable”, pues viajaba a bordo de un viejo medio de locomoción a hidrocarburo, algo que de por sí conlleva pena de reclusión por descarga ilegal de CO2 en el ambiente, y además, había robado la moto de un museo algunos años antes. Siempre fui una rebelde. Una muestra de ello era mi afición por los viejos motores, que me obsesionaban desde que era pequeña. Busqué información sobre los mismos en la clandestinidad, me las ingenié para lograr carburante y me gustaba viajar con ella por la noche, en lugares solitarios, sintiendo el viento en mi cara y las tripas encogerse de la emoción cuando cogía velocidad y saltaba una pequeña loma. Creo que esta pasión la debo de tener escrita en el ADN, por parte de ese antepasado que según me contaron era actor y amaba los motores tanto o más que yo, y corría en cualquier cosa que tuviese pistones y bielas dentro. Nunca he tenido miedo a la muerte, era cien veces mejor dejar la piel en una curva que no terminar como mi tatarabuelo, comido por dentro por el cáncer y escupiendo sangre en un hospital en Méjico. Así pues, el 20 de Junio del 2090, al perder el control de la moto me dije “Hasta aquí hemos llegado”. Terminé en la sala de urgencias de un hospital, destinada a ser dividida en cuantas partes se pudiesen aprovechar de mí: hígado, corazón, óvulos. Dicen que cuando estás a punto de morir te pasa toda la vida por delante. Falso. Pero sí que te enteras de todo aquello que sucede a tu alrededor: oía a los médicos hablar entre ellos mientras examinaban mi cuerpo y valoraban cuánto se podía aprovechar de él. Cuando estaban a punto de abrirme llegó otra mujer a urgencias, en mis mismas condiciones; también la iban a despachar sin más miramientos por “conducta irresponsable”. No me acuerdo en estos momentos del motivo, quizás fuese una fumadora, o una alcoholizada, o quizás había hecho “bungee jumping” sin tener firmado un seguro. En resumidas cuentas, ahí estábamos las dos, preparadas para el descuartizamiento. No sé por qué, empezaron por ella; cuando dos o tres de sus órganos estaban ya dentro de contenedores especiales, rumbo a tal o cual hospital, entró otro enfermero. Había llegado una llamada urgente, dijo, la “recién llegada” no era para reciclar; era un pez gordo, la hija de cierto multimillonario, y a ella le tocaba criogénesis. Nunca podré olvidar el tono de voz de los presentes, estaban todos paralizados, presos del terror; no habían seguido los protocolos médicos necesarios para preservar el cerebro y la médula espinal en las mejores condiciones, y ésta se había dañado irremediablemente. De repente uno de ellos, un hombre con voz de barítono dijo “Hay que dar el cambiazo, nadie se va a dar cuenta. Tienen la misma edad y hasta se parecen”. Y así fue. Inyectaron algo en mi gotero y dejé de oír las voces, hasta que desperté, hace un par de años. No ha sido difícil adivinar qué sucedió después: mi cabeza y espina dorsal, debidamente preparados, entraron en el depósito de criogénesis con un nombre que no era el mío, y la que en teoría era yo terminó descuartizada e incinerada. La heredera tuvo un bonito funeral de cuerpo ausente. Cuando volviese al mundo no quedaría nadie que pudiese reconocerme, y el mismo equipo médico que me preparó se las ingenió para que las muestras genéticas de la heredera millonaria, fuesen cambiadas con las mías en la base de datos médica. Tuve suerte; apenas un año después del accidente cambiaron todos los procedimientos de almacenamiento del ADN, protección de datos y autorizaciones para acceder a las fichas médicas, por lo que habría sido imposible modificar los datos, o sustituir las muestras de tejido.

Así pues, cuatrocientos cincuenta años después de haber nacido volví a abrir los ojos. Recuerdo que lo primero que sentí fue una ligera corriente de aire fresco en mis mejillas, que procedía del aparato de aire acondicionado instalado en la pared opuesta a mi cama, y lo primero que escuché fue el zumbido ligero del motor. Resulta curioso, muchas cosas han cambiado durante los siglos en los que dormía sin soñar o tener pesadillas, pero a simple vista esos aparatos no lo han hecho. Probablemente habrán reducido la dimensión de los motores, que en sus primeras versiones contaminaban casi tanto como mi motocicleta, pero lo que veía era tal como lo recordaba: el display luminoso, las rejillas, el zumbido.

En un primer momento me sentía confundida, con todo aquel personal sanitario que orbitaba a mi alrededor con aire deferente y servil, llamándome con el apellido de la famosa y multimillonaria heredera. Los primeros días de regreso a la conciencia hablaba muy poco; no hacía más que observar mi cuerpo. Mío, pero no el mío. Era tal como lo recordaba, pero sin cicatrices, ni marca alguna. Me preguntaba si  aquella otra cabeza que formaba parte de mi cuerpo, mío pero no el mío, había llegado a pensar algo los años que vivió. Ahora sé bien cómo funciona el proceso. Treinta años atrás, el último miembro en vida de la multimillonaria familia autorizó mi regeneración, para que el apellido—pero sobretodo la fortuna—no se perdiese. Clonaron mi cuerpo, cabeza incluida, que se gestó en una especie de incubadora gigante en la que otros cuerpos se regeneraban como el mío, sin necesidad de un vientre humano; práctica considerada ahora bárbara, pero que se aplicó en los primeros cien años de la regeneración por criogénesis. Apenas salidos de la incubadora, aquellos seres a los que nadie parió con dolor venían sometidos a una pequeña operación en su cerebro, algo parecido a una lobotomía, para evitarles la carga de una conciencia. Aún así, me pregunto si este cuerpo, al que una vez le unía una cabeza idéntica a la mía, tiene recuerdos propios, si esas imágenes que creo ver apenas me despierto son mis sueños o los de aquella otra yo que murió para cederme su cuerpo, que ha sido siempre el mío. Me toco los brazos, las piernas. Son firmes, bien torneados. Este cuerpo hacía ejercicio físico, como lo hice yo, siglos atrás. ¿Prepararán cuerpos flácidos para los vagos? ¿Los someterán a años de vida sedentaria para evitar un trauma al regenerado? Tomé la decisión de no pensar en mi nuevo-viejo cuerpo, mío pero no el mío, abstraerme de todo; hubo un periodo, al poco tiempo de renacer, en el que me inventaba dolores inexistentes para que me suministrasen pastillas que acallasen mi conciencia y mi consciencia, pero una mañana las rechacé. No fue un gesto heroico, sino práctico; si había pasado más de cuatrocientos años dormida, era estúpido seguir haciéndolo, y me obligué a ver el cuerpo que tocaba como aquel que tuve hasta que perdí el control de mi motocicleta.

Hablaba poco o nada con el personal médico; no era mi intención decirle a aquella gente que se habían equivocado y que yo no era quien ellos creían que era. Cuando estaban a punto de darme el alta vino a verme un hombre de aspecto bovino que me enseñó toda una serie de documentos y actas, mis posesiones. Me entregó las llaves de la que sería mi casa, o para ser sincera vistas las dimensiones, mansión; me aseguró que el bufete que representaba había cumplido a la perfección su cometido, siguiendo las instrucciones del que fuera último titular de la fabulosa fortuna, que desgraciadamente falleció a la venerable edad de cien años pocos días antes de mi “resurrección”.

Me preguntaba qué iba a hacer conmigo misma. Durante un tiempo llevé una existencia retirada, las riquezas que se habían acumulado y fructificado en medio milenio seguían haciéndolo sin que yo me interesase ni hiciese nada por aumentarlas. Así que me dediqué a estudiar qué había sido del mundo durante los siglos de ausencia. Me llamó la atención que había poca gente por la calle: la población mundial se había reducido tres cuartas partes. Apenas diez años después de mi accidente empezaron los planes masivos de esterilización y comenzó la colonización de Marte para explotar sus minas. Cuando el número de habitantes no disminuía a la velocidad requerida, alguna que otra pandemia o guerra civil planificada al milímetro ayudaba a cuadrar las cuentas, hasta que en la Tierra quedaron todos aquellos suficientemente ricos como para permitirse vivir en ella y todos aquellos que trabajaban al servicio de los ricos, mientras que los deshechos de la humanidad se amasaban en el subsuelo de otro planeta. No me enteré de todo esto buscándolo en La Nube, pues no existía ninguna referencia. Me llevó años reunir toda la información, encontrar una rendija en la tupida red de secretos y ocultaciones. No fue algo fácil, pero tenía ya una cierta experiencia sobre cómo llegar a saber cosas que en teoría no debía. Obviamente, fue mucho más difícil que destripar los secretos de un motor de cuatro tiempos, pero lo logré. A fin de cuentas, el mecanismo para obtener información tampoco ha cambiado mucho durante los milenios, como los aparatos de aire acondicionado en cuatrocientos años; cuando fui consciente de toda la suciedad que escondía el mundo en apariencia perfecto en el que vivía, volvió a adueñarse de mí la negrura que me atenazó cuando me planteé dilemas morales sobre el origen de mi cuerpo, mío pero no el mío. Caí en una depresión profunda. No paraba de maldecir a los médicos de aquel otro hospital, deseando con vehemencia que los primeros en excavar el rojo subsuelo de Marte hubiesen sido ellos. Sentía una especie de placer morboso imaginando el médico con voz de barítono llorando su desgracia o deseando la muerte. Me preguntaba por qué el último y maldito miembro de la archimaldita y multimillonaria estirpe me tuvo que traer de vuelta, para vivir en un mundo en el que los derechos en los que creí y por los que luché en mi primera vida habían sido pisoteados, aniquilados.

Fue entonces cuando comenzaron los episodios de autolesión. O por lo menos, así los clasificaron mis médicos, abogados, psicólogos, toda esa gente que vive a costa de la multimillonaria heredera. Lo que no sabían, era que le estaba devolviendo a Ada McQueen sus cicatrices: aquella en el antebrazo tras caerme de bruces del mono patín, el corte en el dedo índice de la mano izquierda, que me hice cuando aprendía a cortar verduras, en aquellos tiempos en los que la humanidad aún cocinaba… Una vez había devuelto parte de mis viejas cicatrices a su sitio, empezó a rondarme por la cabeza la idea del suicidio. Incluso un día lo intenté; me tiré de cabeza en las aguas transparentes de la piscina cubierta—de la vida de rica heredera lo que más agradezco es tener a disposición un par de ellas, una en el interior y otra en los jardines de la villa—con la intención de no subir más a la superficie. Había perdido ya el conocimiento, pero alguien me sacó del agua, y me reanimó. Mientras escupía agua mezclada con cloro, mi instinto me llevó a inspirar todo el aire que pudiese entrar en mis pulmones; entonces vi unos pies masculinos alejarse. Cerré por un momento los ojos; cuando los volví a abrir, estaba completamente sola en la piscina, hasta que llegó sofocada una de las muchachas de servicio, una chica menuda y solícita; se nota que nació de una madre que la parió con dolor, no como el resto del personal, probablemente androides. Me preguntó si estaba bien, disculpándose por no haber llegado antes. Le dije que no era nada, que había solo tragado un poco de agua de la piscina sin querer. Le di la tarde libre y le pedí que me dejase sola. Me puse el albornoz y me eché en una tumbona. Al meter la mano en uno de los bolsillos me di cuenta de que había un trozo de papel, doblado. Lo abrí: “El mundo puede cambiar – Mañana, Parque Oeste, mediodía”

Mi nombre verdadero es Ada McQueen. Y voy a hacer todo lo posible—dinero no me falta, y además, tenemos un plan— para cambiar este mundo que ya no reconozco.

Lucio

Hacía un año que en Roma gobernaba Tito Flavio César Vespasiano Augusto, y ésta dominaba un vasto territorio, incluido todo el Mar Mediterráneo que, en su soberbia de conquistadora, llamaba Mare Nostrum. Como si algo tan frágil y perecedero como el hombre pudiese dominarlo. Por eso, a menudo, las aguas recordaban a los romanos que no habían sido derrotadas, sino que simplemente soportaban su presencia. Una mañana del mes de Junio, en la superficie del mar, en apariencia plácido, en un punto indeterminado entre Italia y Grecia, flotaban los restos de la última víctima de tal recuerdo: una galera de transporte militar. De la imponente nave no quedaban más que trozos de vela, maderos sueltos, algún que otro cadáver, rollos con instrucciones militares y mapas que nadie iba a ejecutar ni consultar. Sin embargo, si se prestaba más atención, se veía alguien que se aferraba a la vida con la misma fuerza con la que se sujetaba a un rectángulo formado por varios listones de madera, unidos por la parte final de una de las cuadernas: un hombre.

Hablaba, aunque de su boca no salía más que un rascar áspero que poco recordaba a una voz. Se dirigía a los dioses con tal insistencia, que su plegaria llegó a sus oídos. Júpiter, molesto, iba a ordenar a su hermano Neptuno que levantase una ola que acabase con la vida miserable de ese humano que le impedía gozar de su siesta. Ya había logrado algo imposible: pasar la jornada sin sobresaltos a pesar de que, por insistencia de Juno, todos los dioses estaban reunidos en un banquete en el Monte Olimpo; un homenaje a sus raíces griegas. Estaba a punto de dar la orden, cuando Marte le rogó que no acabase con el hombre, que lo escuchasen. Así pues, todos prestaron atención. Incluso Baco rechazó una copa de vino para saber qué estaba diciendo el moribundo.

— “He cumplido con mi deber de buen romano, he engendrado un hijo que perpetuará el nombre de mi gens, me he aplicado en el estudio de las leyes, he abrazado con convicción el oficio de las armas, que para mí han sido algo más que un paréntesis incómodo en mi carrera política…”
— “Así es” —dijo Marte— “hacía tiempo que no veía un hombre tan dotado para la carrera militar…”
— “Sssshhh ¡Calla!” —terció Venus— “Hay algo más. Lo notamos”

Un amorcillo que dormitaba al lado de la diosa se despertó, y comenzó a batir sus pequeñas alas. Todos callaron. El hombre continuaba con su monólogo desesperado.

— “Sabía que iba a suceder algo. Nada más poner el pie en la cubierta, la madera crujió como cuando se clava en el crucifijo al condenado a muerte. Los soldados no logran distinguir el ruido metálico del martillo que golpea el metal del clavo, de el de la madera que cruje y se abre bajo su impacto. Yo sí. Lo he escuchado decenas de veces en Judea, y lo volví a oír cuando subí a la nave…”

El hombre tosió, escupió agua mientras sus manos se aferraban a la madera como las garras de un águila a su presa. En uno de sus dedos lucía el sello de su familia, una de las más antiguas de Roma.

— “Es Lucio Cornelio Dolabella”
— “Todos sabemos quien es, Marte. Pero no podemos escudriñar dentro de su alma hasta que no nos deje hacerlo, recuerda. Hasta que no dé voz a sus pensamientos, o los escriba, éstos seguirán escondidos en su corazón. Pero sé que ahora va a hacerlo” — respondió Venus.
— “Si no muere antes” — interrumpió la Discordia con su sonrisa ajada.
— “¡No lo hará!” — tronó Júpiter — “Por lo menos, no hasta que desvele su secreto”
— “¡Silencio!” — terció Juno — “Escuchémoslo”

— “Dioses… oh, dioses… Sí, he sido un buen romano. O por lo menos creía que lo era, hasta que… Pero no he podido… Lo he intentado, pero no he podido evitarlo…”— volvió a toser, vomitando al concluir la crisis un hilo de bilis y agua salada — “Nada más pisar la nave, me di cuenta que era inútil oponer resistencia. Esa galera estaba condenada, pero no tenía porque llevárselo a él también. No, si podía evitarlo. Me inventé una excusa, una tarea inútil y le ordené que partiese con el transporte sucesivo, que zarparía de Brundisium el día siguiente. Sabía que Druso no protestaría, sobre todo delante de los legionarios, pero evité mirarlo a los ojos cuando me despedí de él. No podía soportar decirle adiós. No me importa morir; sin embargo, me llevaré conmigo la duda de si él también… Dioses… Quisiera saber si… solo yo sentía… Druso… Druso…”

Lucio perdió el sentido. Mecido por el vaivén de las maderas, encerrado en el mundo de la inconsciencia, recordaba los gestos de su amigo: esa manía de tocarse la barbilla mientras pensaba, o estaba enfrascado en la lectura de un libro. Era como si lo viese de nuevo: en las termas del cuartel, durante la batalla, en las reuniones con el legado de la legión. Su físico era imponente. Anchas espaldas, manos elegantes pero fuertes, abundante cabello negro, rizado, ojos pardos que parecían cambiar de color en según que circunstancias; negros como el ónice durante la lucha, o de color miel cuando le hablaba relajado en el campamento, bajo las estrellas, antes de retirarse a dormir. Era un lector voraz, que disfrutaba tanto leyendo como comentando sus lecturas. Por el contrario, Lucio fue siempre un lector distraído; olvidaba con facilidad personajes y detalles. En una de aquellas largas noches en vela bajo las estrellas de Judea, durante el largo asedio a Masada, confesó a Druso que apenas lograba recordar la Odisea, más allá de que Ulises finalmente regresó a Itaca tras su periplo por el mar. Éste se ofreció a recordársela, y cada noche le narraba una escena. Su voz era suave, aterciopelada, tan diferente del tono que usaba para dar órdenes a la tropa, que parecía provenir de otro hombre. Tenía algo de sobrenatural, mágico como uno de los encantos de Circe. Sin embargo, escuchándolo, Lucio no se convirtió en un cerdo como los compañeros de Ulises, sino que se preguntó, de repente, si ése sería el tono de voz que usaría en la intimidad de su cama. Aquella noche, azorado y avergonzado por sus propios pensamientos, se retiró prácticamente sin despedirse. No pudo dormir. No podía dejar de pensar dónde le podrían llevar sus sentimientos. ¿Qué sería peor? ¿Qué Druso lo ignorase o que también lo amase? ¿Qué sería de ellos? ¿Se convertirían en una broma soez, un cotilleo de soldados? Roma conquistaba y sometía no sólo con los gladios de sus ejércitos, sino también con la verga de sus soldados, con la que se sometían a quienes consideraban, despectivamente, inferiores: mujeres, jóvenes, esclavos. El sexo, el amor entre hombres adultos, libres y ciudadanos, era un tabú. Pocos insultos eran tan hirientes como ser llamado cinaedus.

Lucio tomó una decisión; al regresar a Roma tras la capitulación de Masada se empeñó en borrar de su mente el recuerdo de la voz de Druso. Dejó de encontrar excusas para demorar su boda con Servilia, tuvieron un hijo. Durante cinco años luchó una batalla titánica contra sí mismo, ocultando sus sentimientos, engañándose. Se le había hecho ya insoportable continuar su vida militar, compartiendo rancho y estrecheces con él mientras habría dado su brazo derecho por que le susurrase al oído la historia de Ulises y Calipso. Decidió que esa iba a ser la última campaña militar; a su regreso dejaría el ejército y ocuparía el escaño que llevaba esperándole meses en el Senado de Roma. Puede que intentase engendrar otro hijo, o se empeñase en hacer feliz a su esposa. Pero nada de eso iba a suceder ya; otros brazos lo esperaban, los de la muerte, en el fondo del mar.

— “Padre… ¿Cuál es la respuesta?” — preguntó Venus — “¿Lo ama?”
— “Tú lo has dicho, hija. No podemos entrar en el corazón de los hombres si ellos no nos abren las puertas, y las de Druso están cerradas, lo sabes bien. Dejemos que se cumpla su destino. Ya no reza, qué extraña paz” — concluyó, acercando su copa a Ganímedes, que la llenó de hidromiel hasta el borde. Fijó su mirada en tres mujeres vestidas de negro, sentadas al pie de unas rocas apartadas. Una de ellas acariciaba unas tijeras de plata que descansaban en su regazo sin apartar la vista del padre de los dioses.

Lucio salió de su sopor; se dio cuenta de que le estaban abandonando las fuerzas, que ya no aguantaría mucho tiempo más agarrado a los maderos. La luz del sol de mediodía lo cegaba, se reflejaba en las aguas, entraba en sus pupilas como agujas. Tenía sed, mucha sed. Le parecía escuchar de nuevo el cómitre que, golpeando su tambor, daba el ritmo de boga en la galera. Un batir continuo, rítmico, incesante. Un golpe, otro golpe, otro golpe… Notaba que no podía sujetarse más, estaba resbalando. Un golpe, otro golpe, otro golpe… De repente, se dio cuenta de que el sonido de ese batir le llegaba amortiguado por el agua: se estaba hundiendo. Un golpe, otro golpe, otro golpe… Lo último que quedó en la superficie fue su mano. Cuando finalmente se dejó llevar, notó que tiraban de él. Lo estaban subiendo a un bote. El instinto le llevó a inspirar todo el aire que entraba en sus pulmones, mientras intentaba expulsar el agua que había tragado. El sol seguía cegándolo, no veía nada. Alguien lo tenía entre los brazos, lo había girado para que no se atragantase y le daba golpes en la espalda. Cuando por fin pudo centrar la vista vio que quien le sujetaba lucía una coraza de cuero, con una figura alada repujada en el centro; una coraza que había visto cientos de veces. Escuchó de nuevo la voz aterciopelada que le había acompañado bajo las estrellas de Judea, contándole historias de héroes perdidos.

— “Por todos los dioses, Lucio, creía que no iba a llegar a tiempo. No vuelvas a hacerme esto, no me alejes más de tu lado”

El arma más poderosa

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Madrazo – El Gran Capitán y el cadáver de Nemours tras la batalla de Ceriñola

 

Andria (Apulia) – 13 de febrero de 1503

— Excelencia, esperan su orden.

La voz de Íñigo me trae de vuelta a la realidad. Miro a mi alrededor; las dos formaciones esperan mi señal, dentro del campo preparado para la pelea, en terreno neutral. Los caballos relinchan, las armaduras relucen bajo la luz del tibio sol de finales de invierno. Trece caballeros franceses y trece italianos, inmóviles, unos frente a otros, en un silencio irreal.

Recuerdo cómo hemos llegado hasta aquí. Mientras las tropas francesas aumentan como el caudal de un río en primavera, los refuerzos que he pedido con insistencia a sus majestades durante el último año se me han concedido a cuentagotas; conozco su número, hasta el último peón. Parezco uno de esos contadores del Rey Fernando, pájaros de mal agüero emperchados en mis hombros. No hago más que firmar recibos y documentos; de vender mi alma al mismísimo Lucifer, no tendría que usar tanto la pluma. Mientras algunos en Castilla me acusan de esconderme en Barleta, con los franceses a un lado y el mar al otro, yo escribía algo más que cuentas. Me carteaba con quien conoce mejor que nadie a los franceses, pues ha luchado con ellos y los ha conocido en la corte del Rey Luis, en Chinon. He quemado todas sus cartas, como él habrá destruido las mías; durante estos meses, gracias a esas misivas, he aprendido a ver a estos caballeros franceses con los ojos de César Borgia de Francia, Duque de Valentinois. Siempre he sentido por César el respeto que nunca tuve por su—en buena hora— difunto hermano, Joan, Duque de Gandía. Ese inútil consentido por su padre, hombre tan hábil político en según qué circunstancias, como ciego delante de las muchas carencias y vicios de su hijo. A pesar de que entré victorioso en la ciudad eterna como un general romano, el papa Alejandro presentó al Duque de Gandía y Capitán General de las tropas pontificias como el héroe que recuperó la fortaleza de Ostia. Sin embargo cayó gracias a mí, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Por si fuera poco, tuve que asistir a la liturgia pascual tres escalones detrás de Joan Borgia. Cuando el papa, en un torpe intento de paliar mi rabia me entregó la rosa de oro, me di cuenta de que César, por entonces cardenal de Valencia, me estaba mirando. En sus ojos leí un: “Os entiendo, yo cargo con el mismo lastre que vos”.

— Excelencia…

— Sí, Íñigo. Proceded.

Tras la señal, Charles la Motte, capitán de los franceses, pica espuelas; los trece corceles franceses parten como rayos. A pesar de que el fragor de la galopada y los gritos de ánimo de los espectadores me impiden escuchar al capitán de los italianos, Ettore Fieramosca, sé qué está aullando: esperar a los franceses en formación cerrada, con las lanzas bajadas. Tras el estruendo del choque veo con satisfacción que la formación ha aguantado, tal como lo habían practicado hasta la saciedad, desde que Charles la Motte cayó en la trampa.

A principios de año nos encontrábamos en un punto muerto. Nosotros relativamente bien abastecidos por mar, los franceses fuera de la ciudad, pero sin efectuar un asedio cerrado. Una situación que podía alargarse durante meses. Era habitual que grupos de caballeros de ambas tropas participasen en pequeñas escaramuzas, tomando luego como rehenes a los derrotados, para engordar las bolsas con el rescate. Cuando me confirmaron que Charles la Motte iba a hacer una salida, ordené a Próspero Colonna que él y sus hombres fuesen en su busca. Como era de esperar, pues Próspero es el mejor condottiero de Italia, el francés terminó aquella tarde “huésped” en uno de los palacios que ocupábamos en Barleta, y, para mostrar a los prisioneros lo holgado de nuestra situación, organicé una opípara cena en su honor. Tras haberles servido buen vino —y el más fuerte—Íñigo López de Haro lanzó sus anzuelos: los franceses picaron. Que si no era cierto que la caballería francesa fuese la mejor de Europa, que a nuestro juicio los caballeros italianos eran los mejores de la cristiandad, los hombres de armas más valientes con los que hubiésemos luchado nunca, que los franceses no podían compararse con ellos… —Los italianos son gente vil y cobarde. Si diez caballeros italianos luchasen contra diez franceses, yo mismo formaría parte de la escuadra, y les haríamos morder el polvo—. No estaba presente cuando La Motte, borracho como una cuba, pronunció estas palabras, pero me encargué de recordárselas: había lanzado un desafío a los italianos, el honor exigía que se llevase a cabo, no podía echarse atrás. Tan bien insistí (César me sugirió herirlos en el orgullo e incitar su soberbia), que cuando La Motte me dio una lista con los nombres de los participantes, ya no eran diez, sino trece. Próspero y Fabrizio Colonna eligieron a los trece mejores caballeros a disposición de los italianos, en representación de toda la península.

El griterío aumenta. Los hombres luchan por parejas, o pequeños grupos. Fieramosca ha logrado tirar de su caballo a La Motte, y lo espera, espada en mano. En otro lado del campo tres caballeros italianos han desjarretado a varios caballos. Los franceses caídos protestan ante los árbitros, pero está permitido hacerlo. En apenas una hora, las peleas concluyen a favor de los italianos, La Motte se rinde ante Fieramosca, y finalmente, lo hace el último francés que quedaba en pie.

Regresamos a Barleta con Fieramosca abriendo la marcha, jaleado por el pueblo, llevando victoriosos a sus prisioneros en cadenas. Nosotros, los españoles, vamos cargados con el arma más poderosa que pueda llegar a tener nunca un ejército: la moral. Todos estos hombres están convencidos ahora, como yo, de que ganaremos esta campaña.

—Excelencia, hay un problema. Los franceses, no tienen el dinero que habían prometido en caso de derrota.

— Me lo imaginaba, Íñigo. Habla con mi tesorero, pagaré yo las mil trescientas coronas. Ya arreglaré cuentas con el Rey.